De nombre y apellidos. Luis Navarro García: Morelia nos toca

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es algo más que un eslogan, una llave política, una máscara, un truco, una ocurrencia o una moda; se trata, en realidad, de un estilo de vida, un anhelo, una y muchas acciones más por objetivos comunes, un compromiso, una realidad. Morelia nos toca, es un deseo legítimo de transformar el entorno, agregarle lo mejor de sí y multiplicarlo para bien de los habitantes de la capital de Michoacán* y las poblaciones aledañas.

Creador de esta iniciativa ciudadana, Luis Navarro García, empresario en el ramo mueblero, explica que Morelia nos toca presenta dos ángulos, el de su clima, sus paisajes naturales, su inigualable arquitectura colonial, su historia y sus tradiciones, que cautivan y enamoran a quienes tienen la fortuna de conocer ese rostro y sentirse envueltos en un ambiente privilegiado que a veces se siente, por lo que es, pedazo de terruño, rincón del mundo irrepetible, hermoso e inolvidable.

Morelia, agrega el empresario, abraza y envuelve con sus atributos, con lo que es en esencia y forma, siempre con algo bueno para quienes moran en su geografía y, desde luego, para aquellos que la visitan y recorren fascinados por sus atractivos.

En ese sentido, Morelia es vida y naturaleza, musa e inspiración, abrigo y diversión, estudio y trabajo, hogar y paseo, ambiente familiar y social, hogar y poema, escenario de múltiples expresiones que cada instante escriben la historia de hombres y mujeres que la habitan o la conocen y exploran. Morelia es cuna, principio y fin, punto de encuentro, y toca a todos con su encanto.

La otra vertiente de Morelia nos toca, argumenta el exfuncionario público y expresidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la capital de Michoacán, consiste en lo que a cada morador, hombre o mujer, corresponde entregar lo mejor de sí a favor de la ciudad y las poblaciones rurales que forman parte del municipio.

Existe una multiplicidad de alternativas para hacer algo positivo e importante por Morelia, sin olvidar que al llevarlo a cabo, el efecto resultará grandioso y favorecerá a la generación de la hora contemporánea, desde niños hasta personas de mayor edad, y a quienes se sumen después a las familias, a las comunidades, a la sociedad, argumenta Luis..

Dentro de su proyecto ciudadano, diariamente suma y multiplica el número de personas que se sienten atraídas por su propuesta, ya que la perciben como es, ausente de rufianes políticos, abierta a iniciativas orientadas al bien, al progreso integral y sostenido.

Evidentemente, este hombre -empresario, expresidente de la agrupación de comerciantes más antigua y de mayor tradición en Michoacán y exfuncionario municipal, estatal y federal en materia económica-, quien nació en una familia tradicional y ha radicado en Morelia por el amor que le tiene a su cuna, a lo que es tan de uno cuando se nace con el orgullo de un lugar, es concertador y respetuoso, dispuesto a escuchar, diseñar estrategias, desafiar obstáculos, enfrentar problemas y presentar resultados positivos.

Resulta entendible que la gente, en México, se sienta defraudada de la clase política, con una carga impositiva voraz e irracional que embiste y desnuda y no corresponde a la capacidad y a las respuestas gubernamentales, y el peso de una burocracia lenta e ineficiente, en un entorno de caos general, salpicado de desempleo, devaluación, carencia de inversiones productivas, inseguridad, desmantelamiento de la educación y la salud versus los mercenarios que están aprovechando esa crisis, desigualdad social, inflación, atropellos, injusticias y deshonestidad.

Ante tal escenario, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en la geografía nacional, siente repugnancia por los mismos rostros cínicos que cambian de partido político de acuerdo con su conveniencia e intereses, como si mudarse de institución y abanderar otros colores influyera en la rectitud de las personas.

Aclaro, por surgen críticas o dudas, que Luis no es oportunista ni alguien que pretenda resurgir de sus cenizas, como existen algunos casos muy evidentes en la Morelia que toca a sus moradores. Me consta que es hombre independientemente, libre de grupos políticos, amigo y conocido de todos, cuyo interés se basa, exclusivamente, en contribuir al progreso y la tranquilidad de la ciudad donde nació.

No acostumbro, en mis artículos, adular a la gente. Jamás lo he hecho, y cuando me lo solicitaron en los medios de comunicación, me molestó demasiado recibir instrucciones para actuar como farsante y mercenario. No recibo dinero ni favores a cambio de publicarle a alguien un texto elaborado entre los maquillajes de un tocador cargado fotografías, teclas y letras encantadoras, motivo por el que tal vez me encuentro desterrado de grupos que se apropian de las oportunidades laborales y profesionales; sin embargo, ese rasgo da la certeza, también, de que si, como escritor y periodista, hablo de una persona, es con autenticidad, y hoy, al mencionar el nombre de Luis Navarro García, lo hago en reconocimiento a la labor ciudadana que realiza con la idea de aportar algo positivo a Morelia Y claro, lo escribí correctamente, tocador. En eso se convierten los escritorios cuando alguien maquilla y publica historias y perfiles lejanas de la realidad.

Evitaré relatar las historias que él y yo, como amigos, hemos compartido, unas veces en la oficina con alguna responsabilidad y otras, por ejemplo la oportunidad que me dio de escribir y publicar el libro 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, cuando fue presidente de esa agrupación, y me concretaré a exponer que tiempo atrás, al tener la responsabilidad de desempeñar el cargo de secretario municipal de Fomento Económico, respaldó otra iniciativa, en conjunto con empresarios y consumidores, denominada Haz Barrio, la cual, por cierto, ausente de banderas políticas, contó con el respaldo de incontables ciudadanos interesados en favorecer el consumo local y fortalecer los negocios familiares y pequeños.

Coordinó el proyecto con agrupaciones productivas de Morelia -Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico, Chapultered y Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y Alimentos Condimentados de Michoacán, por citar algunas-, y tal esfuerzo conjunto llevó a que incontables familias tuvieran mayor conciencia de destinar parte de sus compras en tiendas locales con la consecuente reinversión y circulación del dinero, acción que coadyuvó a fortalecer los negocios familiares y pequeños y conservar el autoempleo y diversas fuentes laborales. Fue un programa exitoso que, lamentablemente, en la administración municipal que le sucedió no recibió el apoyo ni la importancia que merecía por sus resultados favorables, actitud caprichosa y necia que no es de extrañar en un gobierno que derrochó recursos en construir un andador con pista, juegos y mesas y bancas de concreto a la orilla de un canal de desagüe y en clausurar vialidades en el centro histórico, como quien gasta su presupuesto en comprar adornos antes de restaurar y ordenar su casa.

Tras el breve paréntesis, es prioritario informar que la propuesta que Luis Navarro García diseñó y promueve, está abierta, según explicó, a la aportación de iniciativas ciudadanas, aplicables y realistas, que sumen y multipliquen progreso, igualdad, respeto, justicia y cambios estructurales y de beneficio colectivo en temas relacionados con empresas, inversiones productivas, compra local, generación de empleos, educación, seguridad, mejoría de los servicios públicos y salud, entre otros.

Recientemente, tras varios meses de ausencia, coincidí con Luis Navarro García, a quien acompañé a una entrevista con otro amigo mutuo, mi colega Víctor Armando López Landeros, director general de La Página Noticias. La entrevista, transmitida en vivo a través de la web del portal de noticioso, consistió, básicamente, en la iniciativa Morelia nos toca.

Al escuchar los planteamientos de Luis, quien ahora tiene 42 años de edad, me pareció mirar al hombre emprendedor, inagotable y entusiasta, tiempo atrás, en su etapa de secretario municipal de Fomento Económico, con quien un fin de semana, otro y muchos más salíamos a las avenidas y calles de Morelia a promover la iniciativa Haz Barrio. Con el equipo de trabajo que tenía en aquellos días, aprovechábamos los semáforos en rojo con el propósito de convencer a los automovilistas del programa ciudadano Haz Barrio y pegar calcomanías en los cristales; pero también recorrimos mercados y calles, siempre motivados por el liderazgo, la energía y el optimismo que le caracterizan.

He mirado su imagen en múltiples espectaculares instalados estratégicamente en la capital de Michoacán, indicativo de que cada día mayor cantidad de personas se adhieren a la iniciativa ciudadana Morelia nos toca, indudablemente porque es más la gente que desea aportar y construir que arrebatar y destruir.

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*Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

Mensaje del empresario Luis Navarro García sobre su iniciativa Morelia nos toca
Entrevista a Luis Navarro García, en La Página Noticias

De nombre y apellidos: José Guadalupe Muñoz Márquez, el hombre de Radio Ranchito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida escapa, huye, se consume entre un suspiro y otro. Nada es permanente. Todo queda en la memoria, en las huellas que dejamos, en lo que un día y otro hacemos por nosotros y por los demás, en la historia, buena o mala, que escribimos…

Lo conocí en 1989, hace 31 años, cuando en mis días juveniles iniciaba mi carrera periodística y laboraba en un diario, El Sol de Morelia*, con la responsabilidad de cubrir la fuente económica y empresarial. Una vez al mes, él y sus compañeros se reunían, en aquella época, en uno de los salones adyacentes al Centro de Convenciones de la capital de Michoacán*, con la idea de convivir, escuchar a algún conferencista y cenar.

José Guadalupe Muñoz Márquez era, entonces, gerente de Radio Ranchito, radiodifusora perteneciente al grupo de la familia Zorrilla. Formaba parte de la asociación Ejecutivos de Ventas y Mercadotecnia de Morelia y asistía puntualmente a las reuniones. Se sentaba, generalmente, al lado de Raymundo Rodríguez Macías, gerente de Grupo Acir, un grupo de radiodifusoras en la misma ciudad de Morelia, a quien sus amigos llamaban “Topo Gigio”, seguramente por el parecido que tenía, según algunos, con aquel personaje creado por la italiana María Perego y que Raúl Astor acompañó en diferentes series de televisión.

Las bromas de ambos gerentes de radiodifusoras eran fuertes y yo, que era muy joven y siempre portaba algún manuscrito y un libro al lado de mi libreta de reportero, prefería saludarlos con alegría y respeto. Evidentemente, asistían otros empresarios conocidos en Morelia, entre los que destacaban Julio Pacheco Aguilar, uno de los mejores sastres de México; Manuel Garrido Mejía, distribuidor automotriz; Juan Jaubert Jauffred, entonces propietario del almacén centenario El Puerto de Liverpool, en la ciudad, y cónsul honorario de Francia en la capital michoacana; Jaime Rafael Rodríguez Chávez, distribuidor de Pinturas Comex, fábrica que pertenecía a la familia Achar; Rubén Molina Almonte, dedicado al ramo zapatero.

Algunas veces, al evocar las horas y los días de antaño, José Guadalupe Muñoz Márquez explicaba que su familia había llegado a Morelia al escapar del movimiento cristero que afectó a México, principalmente, entre 1926 y 1929, ciudad donde más tarde, en sus años juveniles, se dedicó al negocio de la ropa e incluso, agregaba, a la venta de colchas y cobijas que vendía a crédito, como los antiguos aboneros.

Dos años antes, mi hermano Francisco Javier, locutor, había ingresado, demasiado joven, a Radio Ranchito, coyuntura que me permitió conocer, por referencia, a ese hombre de carácter bromista con sus amigos y enérgico en los negocios y en el ambiente laboral, aunque con grandes sentimientos y dispuesto a escuchar y aconsejar.

Años después, tuve oportunidad de tratarlo y convivir con él, y soy testigo, en verdad, de su carácter enérgico cuando se requería y de su amabilidad, sonrisa y bromas en otros momentos informales, con los amigos, o su rasgo de hombre caritativo.

Todos los días, al caminar, entonces, por los portales típicos de Morelia, construidos durante el Virreinato, donde se establecen diversas cafeterías y restaurantes, desde los que se contemplan la catedral barroca y algunos palacios centenarios de cantera, miraba al hombre con sus amigos, quien hacía un paréntesis dentro de sus actividades para disfrutar un rato de plática y convivencia.

Acontece que los días transcurren implacables, hasta formar años, tiempo que a veces da pautas con la intención de que uno conozca a la gente, y me parece que él, el señor Muñoz, combinó, en Radio Ranchito, la fórmula perfecta, igual que una ecuación precisa, al ofrecer música apropiada al perfil de la estación y del público numeroso que la escuchaba, radionovelas de personajes populares -Kalimán, el hombre increíble; Porfirio Cadena, “el ojo de vidrio”; La Tremenda Corte, con Tres Patines; y Pedro Infante, por citar tres ejemplos, y anuncios innovadores, casi diseñados y grabados a la medida y las necesidades de la gente, en las comunidades y en las colonias proletarias, antes de la llegada de los teléfonos celulares, desde vacas y animales mostrencos, perdidos o recuperados por los jefes de Tenencia, hasta mensajes sobre fallecimientos, horario de velación y sepultura, cancelación de alguna cita o reunión, los cuales, por cierto, resultaban muy sui géneris y propios de una época y diferentes generaciones.

Ese hombre de cabello encanecido, totalmente blanco, quien alguna ocasión fue presidente de la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión en Michoacán y que solía concluir muchas de sus pláticas con la expresión “Radio Ranchito me gusta más, tan tan”, ayudaba generosamente a otras personas con necesidades económicas, enfermas o con hambre. Buscaba su cartera, de la que sustraía uno o varios billetes, acto que demostró siempre, el de su caridad, que si bien es cierto que con su carácter enérgico y su disciplina fortalecía su autoridad, era un ser humano con sentimientos nobles, dispuesto a aliviar el dolor de la gente menos favorecida.

Muchas veces lo miré en las calles del centro histórico de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, con un pequeño portafolio con documentos de cobranza. Fue gerente de la empresa, pero también gran vendedor de anuncios comerciales y cobrador. Respetaba y valoraba la empresa denominada Radio Ranchito, e igual al público, y la prueba está en que no le agradaba mezclar problemas en la programación. Aseguraba que la gente tenía mortificaciones y problemas como para sumar más conflictos en los programas de la estación.

El señor Muñoz, don José Guadalupe Muñoz Márquez, manifestaba, cuando alguna plática o determinado asunto le parecían baladíes e ilógicos, “estas son mafufadas”. En México, mafufo es una persona que fuma marihuana o que es loca y disparatada.

Murió el jueves 3 de septiembre de 2020, quizá con la memoria de su historia, acaso con los ecos de la música ranchera, los anuncios peculiares y las radionovelas de Radio Ranchito, probablemente con el recuerdo de los cafés al aire libre en los portales típicos de Morelia, tal vez con todo lo que significó su vida productiva. Supongo que las generaciones que en determinados instantes de sus vidas escucharon Radio Ranchito, lo han de recordar con cariño en aquella ciudad y sus alrededores.

Comparto algo de lo que escribió mi hermano, Francisco Javier Galicia Rojon, sobre el otrora gerente de Radio Ranchito, un gran personaje dentro de la radio comercial de Morelia y México, hombre él que se formó a base de disciplina, trabajo, honestidad y respeto. Perteneció a la generación de personas que se forjaron en la práctica e hicieron de la radio una pasión, un deleite, una profesión hermosa:

“Con profundo dolor comparto la triste noticia del fallecimiento de mi exjefe, el señor José Guadalupe Muñoz Márquez. Para su familia, mi más sentido pésame. El señor Muñoz fue el hombre, en la gerencia, que mantuvo, durante décadas, en los primeros lugares a Radio Ranchito de Morelia, en el 1240 de A.M. Salía todos los días a vender publicidad; monitoreaba a su competencia, hacía sus propias mediciones con radio en mano, creaba conceptos aparentemente sencillos que tenían éxito, sabía dirigir a su personal; era el hombre que nos daba consejos de vida y que nos enseñaba sobre radio. Creó un sistema de trabajo y una línea a seguir que resultó en el gusto del oyente. Supo cómo llegarle a la gente de los ranchos, los pueblos y la ciudad; Radio Ranchito era la estación querida, potente y que más se escuchaba”.

En su relato menciona lo siguiente: “entrabas a un mercado, al transporte, a los comercios, a la central de autobuses, e ibas a algún puesto de periódicos, a bolear los zapatos, y en todos lados estaba prendido un radio en el 1240. El señor de las canas era de carácter fuerte, pero de buen corazón, bromista en algunas reuniones, conocedor del medio. Fue conocido por muchas personas de la audiencia por ser quien, junto con sus secretarias, atendía en la oficina a los cientos o miles de personas que llegaron durante todos esos años para poner un anuncio, de aquellos que le llamábamos “comunico”, característicos de la estación y que se usaban mucho en un tiempo en el que no todos disponían de teléfono para informar algo importante”.

Y expone: “creó un personaje conocido como el gangosito que atendía a algunas personas que salían al aire para ganarse un premio o simplemente a aquellos que llamaban de Estados Unidos de Norteamérica y querían saludar a sus familiares; él los atendía al aire. Muchas anécdotas y mucho conocimiento de la radio con el famoso “güero”, como le decían sus amigos”.

“En la estación que dirigió, formó a varios locutores que fueron a trabajar a otras empresas. Fue un centro de enseñanza porque, además, llegaron de otros lugares del país y del extranjero a aprender radio con él. Querían saber su exitosa fórmula. Hacía anuncios, a veces sencillos, que resultaban atractivos y exitosos por alguna frase que se le ocurría, como aquel que quedó en la memoria colectiva de Morelia: Con Muebles del Centro, el pueblo está contento”. Francisco Javier Galicia Rojon.

Tras recordar que con el paso de los años, algunos amigos comentaban a José Guadalupe Muñoz Márquez su parecido físico con el Papa Juan Pablo II, lo cual aparentemente no le molestaba, mi hermano y yo, junto con quienes tuvieron el privilegio de conocerlo, damos la vuelta a la página y llevamos su recuerdo en la memoria porque afuera, en la calle, entre los rumores de las ciudades, los pueblos y el campo, los días de la vida continúan, y quizá, en aquella ciudad de Morelia, Radio Ranchito continúa en la preferencia de ciertos sectores de la sociedad.

  • Morelia es la capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

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Fotografía tomada del archivo familiar, en Facebook, del señor José Guadalupe Muñoz Márquez

Recuerdos: Almanaque nacional 1938. Teléfonos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace días, leí el Almanaque nacional, que en 1938 escribió Armando Vargas de la Maza, entonces miembro de la Sociedad de Geografía y Estadística, presidente de la Unión Mexicana de Autores e integrante del Sindicato Nacional de Redactores, en México, quien en la página 210 del libro citado abordó el tema relacionado con los teléfonos, texto que me pareció interesante reseñar por los datos e información que contiene el documento publicado por Editora Nacional.

Acompañado de un anuncio pequeño que informa que “el imán de su hogar es una magnífica mesa de billar Brunswick”, el artículo evoca que “la primera línea telefónica en la República Mexicana se construyó en el año de 1878, entre el Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec, residencia del Poder Ejecutivo de la Federación”, en la Ciudad de México.

Quienes conocen la Ciudad de México, que es la capital del país, imaginan, sin duda, la majestuosidad del Palacio Nacional, finca construida en la juventud del siglo XVI en el espacio donde se encontraba el Palacio de Moctezuma Xocoyotzin, emperador azteca, como segunda residencia del conquistador español Hernán Cortés.

La imponente construcción, fue vendida posteriormente, en 1562, por el hijo del conquistador que el 13 de agosto de 1521 sometió a los aztecas, Martín Cortés, a la Corona de España, la cual, por cierto, destinó el recinto para los virreyes de la Nueva España.

Conocido en el siglo XIX como Paseo de la Emperatriz y llamado por otros Paseo del Emperador, por ser el camino que transitaban Maximiliano de Habsburgo y Carlota Amalia de su residencia, en el Castillo de Chapultepec, al Palacio Nacional, el hoy Paseo de la Reforma arranca suspiros, a pesar de la depredación contra sus árboles, jardines y arquitectura afrancesada, y evoca a la pareja imperial que llegó engañada a México en 1864.

El autor del Almanaque nacional mencionaba, en 1938, que “en 1882, se organizó la Compañía Telefónica Nacional, empresa particular que inauguró su central en la Ciudad de México con 300 abonados aproximadamente y que debido a su rápido progreso, el 17 de diciembre de 1903 obtuvo la renovación de su contrato, ampliándolo para la explotación del servicio telefónico en todo el Distrito Federal”, es decir en la capital del país.

Dos años más tarde, “en 1905, la Compañía de Teléfonos Ericsson, S.A. comenzó sus instalaciones en el Distrito Federal, inaugurando su central de la Ciudad de México el día 7 de mayo de 1907”, cita la obra referida.

Y el autor va más allá al expresar que “las comunicaciones telefónicas han alcanzado, en la República Mexicana, una gran importancia. Existen a la fecha en todas las entidades de la Federación”.

Y explica, “como datos complementarios, agregaremos el número de teléfonos que existen actualmente en los principales países del mundo por cada 100 habitantes”.

Informa, en consecuencia, que “la República Mexicana tiene aproximadamente un teléfono por cada 150 habitantes. En todo el mundo hay dos teléfonos por cada 100 personas. Se calcula que actualmente se encuentran en servicio 35 millones de aparatos”, a nivel mundial.

Y proporciona otro dato interesante: “por lo que se refiere a ciudades como San Francisco, California, es la que tiene mayor número de teléfonos con relación al número de sus habitantes”. Sin citar fuente de información, el autor especificaba que esa ciudad tenía 40 teléfonos por cada 100 habitantes. La Ciudad de México, en tanto, poseía “cinco teléfonos por cada 100 habitantes”.

Posteriormente, el libro muestra las tarifas vigentes por tres minutos, dentro de la República Mexicana, y también presenta las que se cobraban, por el mismo tiempo, en diversos países del mundo.

Entre las tarifas nacionales y las mundiales, aparece, en una página, un anuncio publicitario de la Compañía Telefónica y Telegráfica Mexicana, con la fotografía de un hombre de traje que saluda de mano a una mujer que asoma y se encuentra junto a la puerta de su casa, bajo el título “Pero no tengo teléfono”.

Resulta interesante destacar que el texto publicitario relata lo siguiente: “Él: ¿has estado contenta? Ella: ¡Mucho! Él: ¿Me permites telefonearte mañana? Ella: Pero no tengo teléfono. Él: Entonces ya nos veremos uno de estos días”. Y concluye el diálogo con una posibilidad, la de coincidir alguno de los siguientes días, lo que simplemente equivaldría a un sí o un no.

Y concluye el anuncio con un segundo párrafo: “uno de estos días puede significar nunca, y es una lástima que una amistad tan encantadora termine tan pronto… Todo por la falta de teléfonos, que son tan indispensables en la vida social… Para conservar las amistades, como para otros mil usos del teléfono, Mexicana es indispensable”.

Era el año de 1938. Como almanaque, seguramente fue escrito en postrimerías de 1937. Ya se respiraba, entonces, la turbulencia mundial que poco tiempo después, el 1° de septiembre de 1939, desencadenó en la Segunda Guerra Mundial. El rostro del mundo cambió.

En contraste con la información proporcionada por Armando Vargas de la Maza en su Almanaque nacional de 1938, en cuanto a que en esa época había un teléfono por cada 150 habitantes de la República Mexicana, pienso en las 120 millones 700 mil líneas móviles que se reportaron en funciones dentro del territorio nacional durante el primer trimestre de 2019, según información de la consultora Competitive Intelligence Unit que publicó El Economista, junto con 20 millones 69 mil 260 números fijos que al concluir difundió El Financiero. Basado en información oficial, Expansión informó, en su momento, que ya en 2020 México tenía 124 millones 738 mil habitantes.

Hoy, al voltear a un lado y a otro, aquí y allá, a toda hora, distingo hombres y mujeres de todas las edades y distintas clases sociales, inmersas en los aparatos móviles. Los equipos celulares se han convertido en los acompañantes de bolsillo de millones de mexicanos, desde niños, adolescentes y jóvenes hasta personas de edad madura y ancianos.

Pienso en lo mucho que las sociedades hemos cambiado las necesidades y costumbres. La vida es dinámica. Nada es estático. Todo es incesante. La ciencia y la tecnología aportan y se presentan ante los millones de consumidores con nombres y apellidos -los de sus marcas-, y su uso es ambivalente, lo que significa que su uso puede ser para fines positivos o negativos.

Miro, en 2020, una sociedad egoísta y superficial, distraída más en los maquillajes artificiales que ha fabricado para su condena, que en los colores y fragancias naturales de la vida. El asunto no es la presencia de la ciencia y la tecnología, sino el uso inteligente o irracional que la gente hace de las mismas.

Por lo pronto, hace días me sumergí en la lectura del artículo sobre los aparatos telefónicos que en 1938 existían en México y en el mundo. Otros días, me repito en silencio y continúo mi ruta sonriente.

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Historias de la Cámara de Comercio de Morelia: El inicio. Una historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La tumba está vacía, pero cargada de recuerdos que callan y ocultan la soledad, el tiempo y los rumores del silencio. Huele a otros días, a historia, a estaciones pasajeras, a humedad. Exhala el aroma y el eco de otra gente; esconde nombres de personajes que naufragan entre las escarpas de la memoria y los abismos del olvido, y se presienten, escuchan y perciben en algún instante del tiempo, en los rincones de la ciudad, en las callejuelas, en las plazas públicas, en los paredones de las casonas derruidas. Todo, casi, se encuentra en el olvido. Nada es permanente.

El monumento funerario permanece desolado, apenas circundado por una reja con herrumbre, entre eucaliptos ancianos y corpulentos que balancean sus ramas y se deshojan un día y otro, igual que las horas y los años de la existencia. Se erige entre sepulcros cubiertos de polvo, zumbidos de abejorros y el silencio y los rumores de la muerte y la vida. Con una ventana en cada lado, los bloques marmóreos sostienen en el techo cuatro antorchas del mismo material, en las esquinas, con una concha cóncava al frente, dos columnas y la entrada, desprovista de puerta, a la antigua capilla que dentro de su estrechez y oscuridad exhibe la fosa carente de ataúdes y lápida. Llegan hasta uno los murmullos del ayer, las pausas silenciosas de la vida ante la muerte, los ecos de tantas historias casi olvidadas. Cada uno lleva consigo su biografía, su historia, sus recuerdos, sus sentimientos.

De la tumba gravitan la soledad y el vacío, acaso porque todo pasa y nada es permanente, quizá por contar el tiempo y callar las historias, tal vez por el abandono y la ausencia de féretros y despojos. Carente de nombres y epitafios, en la parte superior aparece la inscripción “Familia Ramírez García”.

La tierra, en el Panteón Municipal de Morelia, suda remembranzas que provienen de su intimidad, fragmentos de historias y nombres. Los cuerpos de los Ramírez de antaño fueron exhumados un día ya olvidado. La tumba quedó abierta, con la ausencia de quienes en su hora protagonizaron una historia existencial, y con el aliento del encierro y la humedad.

Entre tanta cripta dispersa aquí y allá, la construcción sepulcral pasaría desapercibida y no tendría motivo de interés para aparecer en el recuento del ayer, si no hubiera sido morada de los restos del otrora hacendado, comisionista, arrendador, prestamista, minero, banquero,industrial y comerciante Ramón Ramírez Núñez, presidente, en 1896, de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, y antiguo dueño de “El Huizachal”, en postrimerías del siglo XIX, donde se estableció el panteón municipal porque los dos que entonces funcionaban en la ciudad -el de San Juan de los Mexicanos y el de Los Urdiales-, resultaban insuficientes e insalubres.

Originario de Valle de Santiago, Guanajuato, Ramón Ramírez Núñez está vinculado a la historia del Panteón Municipal de Morelia, al antiguo almacén La Mina de Oro, a la Hacienda La Huerta y a otras más en regiones de tierra caliente michoacana, y evidentemente a las comisiones, el arrendamiento y los préstamos que proporcionaba en aquellas horas del siglo XIX, incluida su participación en las minas, el ferrocarril y la banca; no obstante, también fue hombre activo, con sentido empresarial, que miró más allá de sus negocios y encabezó diversos movimientos entre los comerciantes para luchar por sus intereses y, claro, los suyos.

El Panteón Municipal de Morelia no exhibe la historia de su fundación en una placa pública digna, ni rinde memoria a Ramón Ramírez Núñez, antiguo dueño del terreno donde se encuentra y funciona desde el anochecer de la decimonovena centuria, seguramente por burocracia, descuido, desinterés o negligencia de las administraciones que han encabezado el Ayuntamiento. Y si amplio porcentaje de personas ignora que en ese sitio se localiza, verbigracia, la tumba de Domingo Cruz Acosta, abuelo materno del actor y cantante Pedro Infante, ídolo de incontables generaciones de mexicanos, con mayor razón desconoce la existencia del sepulcro que guardó los restos de Ramón Ramírez Núñez. De pronto, en las ciudades, la gente se adocena y mira un sitio con más de un siglo de existencia -el mismo que vieron sus padres, abuelos y bisabuelos- y no se interesa en su origen, tarea que deja a los historiadores e investigadores, a quienes dedican la vida a escribir documentos y libros, y hasta a los que inventan narraciones y leyendas como modus vivendi.

Por la importancia que significa el Panteón Municipal de Morelia, punto de encuentro de innumerables familias de la capital michoacana en algunos momentos de sus vidas, y precisamente por haber sido Ramón Ramírez Núñez personaje que en 1896 dirigió y formalizó la Cámara de Comercio de la ciudad, resulta interesante exponer la historia del lugar y relatar las actividades del guanajuatense que nació en 1839.

Consta en los documentos amarillentos y quebradizos de los archivos históricos y en la memoria de quienes escuchaban los relatos de sus abuelos, que Ramón Ramírez Núñez prestaba dinero a otros hacendados y comerciantes, a los que solicitaba, como garantía, el respaldo de propiedades que garantizaran la devolución y recuperación de los recursos. Igual que otros arrendadores, hacendados y prestamistas de la segunda mitad del siglo XIX, recibía mercancía que comercializaba hábilmente, siempre obteniendo ganancias significativas que contribuían a la expansión de sus negocios. Junto con otros hombres, se convirtió en uno de los empresarios más activos y prósperos de su época, al menos de Morelia, siempre interesado en acrecentar sus haciendas y en invertir en una multiplicidad de negocios. No es de extrañar que los comerciantes de aquella época también desarrollaran funciones de prestamistas. Era una práctica común en diferentes regiones de la geografía nacional.

En 1862, a los 23 años de edad, Ramón Ramírez Núñez fundó su primer negocio en Morelia, un cajón de ropa y “almacén de efectos extranjeros y del país”, denominado La Mina de Oro, que estableció en el Portal Aldama 9, esquina cerrada de San Agustín 1, en el centro de la ciudad. Fue uno de los comerciantes y prestamistas que más tarde se convirtieron en hacendados y arrendadores. Una década posterior a la fundación de La Mina de Oro, en 1872, compró la Hacienda La Huerta, una de las más importantes en producción de cereales en la región de Morelia. No esperaba que los acontecimientos se presentaran fortuitamente; propiciaba las condiciones y las aprovechaba con análisis e inteligencia. Introducía tecnología y habilitaba caminos que comunicaban sus haciendas y propiedades rurales. Anhelaba, como tantos comerciantes, hacendados e industriales, el establecimiento del ferrocarril, medio de transporte, sabía, que favorecería las actividades productivas. La mayor parte de la gente, como ahora, era emotiva en sus decisiones, y él conocía la naturaleza humana y actuaba, en consecuencia, con análisis y razón.

Quienes tuvieron oportunidad de conocerlo y tratarlo en La Mina de Oro, lo definían amable e interesado en satisfacer la búsqueda de artículos nacionales y extranjeros, conducta que atraía al público sorprendido, además, por el buen gusto y la elegancia de la negociación que competía con otros almacenes y cajones de ropa, algunos de los cuales se encontraban en poder de inversionistas extranjeros, principalmente originarios del Valle de Barcelonette, en los Alpes Bajos, Francia, comunidad que indiscutiblemente contribuyó al dinamismo empresarial de Morelia y la región.

La familia de Ramón Ramírez Núñez obtuvo, en Morelia, la primera línea de teléfono y fue dueña de los primeros tranvías jalados por mulas. Este empresario quedó huérfano de padre y madre a muy temprana edad y amó tanto a sus hermanos, que eran demasiados, al grado de que a los hombres los apoyó con diversos negocios, mientras a las mujeres más jóvenes las casó con personajes acaudalados, ya mayores, y les entregó dotes que consistieron en fincas soberbias en el centro de la capital michoacana.

Fue comerciante hábil que supo aprovechar las ventajas que obtenía de sus transacciones; aunque igual que no pocos de sus contemporáneos, también obtenía préstamos en determinados momentos de su vida para ampliar sus negocios, situación que no siempre resultaba favorable a sus intereses. Dedicaba mucho tiempo a sus haciendas, las cuales le redituaban enormes utilidades y requerían, por lo mismo, mantenimiento y obras tendientes a mejorar sus caminos y otros rubros, hecho que lo motivó a arrendar, cinco años antes de que finalizara el siglo XIX, en 1895, La Mina de Oro, al francés Jean Sauve, dueño del Gran Cajón del Progreso, situado cerca de la entonces Plaza de San Juan de Dios, conocida más tarde como Melchor Ocampo, a unos metros de la catedral barroca y virreinal de Morelia. El Almacén Progreso, fundado la década anterior por el francés Jean Sauve y del que eran socios Amado Tron, Pedro Ollivier y Camilo Tron, fue uno de los cajones de ropa más lujosos y competía con los que se encontraban establecidos en la zona.

No pocos de los hombres de negocios de la época, decidieron incursionar en la minería y hasta formaron sociedades. Ya en esos años de la década de los 80, en el siglo XIX, Ramón Ramírez Núñez mostró interés en la compra de acciones de empresas mineras. Atraído por las riquezas del subsuelo michoacano, incursionó en la aventura de la minería; aunque no de manera tan directa como lo hicieron otros personajes. Se interesó en la compra de acciones y en las denominadas barras de mina. Inició en 1886 como accionista en la minería, junto con otros hombres de negocios.

Si bien es cierto que la política de fomento minero, impulsada en 1886 por la administración del gobernador Mariano Jiménez, quien incluso también fue accionista en alguna de las sociedades, despertó interés en los comerciantes, hacendados y prestamistas michoacanos en ese rubro, en la siguiente década, la de los 90, decayó su participación en la explotación que empezaban a controlar compañías de origen francés, inglés y norteamericano, dueñas de mayor capital y poseedoras de tecnología moderna.

En el rubro de la minería, es digno mencionar el caso de Las Dos Estrellas, en Tlalpujahua, región michoacana colindante con el Estado de México. Tras una serie de análisis, investigaciones y cálculos, François Joseph Fournier, belga posteriormente nacionalizado francés, inició la excavación del túnel el 27 de diciembre de 1899, ya en el ocaso del siglo XIX. Denominó la mina Las Dos Estrellas en alusión a su esposa y él. Bajo la dirección del infatigable europeo, los peones cortaron, a los 600 metros, la imponente y célebre veta verde de hasta 32 metros de ancho, abundante en oro, convirtiéndose Las Dos Estrellas en una de las minas más productivas del mundo.

Resulta primordial destacar que el mayor auge de Las Dos Estrellas, la primera mina moderna de Michoacán por su administración y tecnología, se registró entre 1905 y 1913, período en que produjo alrededor de 45 mil kilos de oro y 400 mil de plata, con una planta laboral superior a cinco mil personas. Ya antes, el 3 de abril de 1909, Porfirio Díaz Mori, entonces presidentede Méx ico, visitó Tlalpujahua con intención de conocer y corroborar el apogeo de Las Dos Estrellas. Existe, incluso, una fotografía que captó la presencia del personaje en la mina, quien recibió por parte de François Joseph Fournier una barra de oro por el hecho de haber realizado la visita. La mina se abastecía de energía eléctrica y tenía capacidad para producir sus engranes, herramientas, moldes y refacciones.

Hijo de Jean-Baptiste y Hortense, François Joseph Fournier nació el 6 de enero de 1857 en Clavecq, Bélgica, en el seno de una familia de barqueros humildes que navegaban por el canalBruselas-Charleroi. Cuando era niño, el otro, su padre, transportaba gente y mercancía en una embarcación que era ayudada, desde el camino de la orilla, por caballos que la jalaban con cuerdas; sin embargo, el hombre necesitaba la ayuda de su hijo, a quien constantemente distraía de sus clases, a pesar de que el profesor Félicien Ballien insistía en que el menor tenía capacidad y talento en las aulas.

Cuando François Joseph se mudó a París, motivado por los consejos de su profesor, capital francesa y centro, entonces, de las modas, el arte y los negocios, con la idea de estudiar en la Escuela de Minas, consiguió empleo en un bar; además, cuentan que alguna dama acaudalada, ofrecía ayuda a ese muchacho tan apuesto, quien tiempo después escuchó noticias relacionadas con la construcción de un tren trascanadiense. Aventurero y emprendedor, partió a Canadá con el objetivo de participar en la obra que ya se encontraba avanzada en más de la mitad del proyecto, situación que lo motivó a dirigir su atención a México, país que de acuerdo con información de la época, ofrecía riqueza minera a los exploradores, aventureros e inversionistas.

El joven Fournier viajó hasta México. Se instaló en la casa de huéspedes de un paisano suyo. Realizaba viajes a zonas mineras del país. En Tlalpujahua, al oriente de Michoacán, se hizo compadre de un señor, quien un día, al caminar por el cerro, encontró una piedra y la guardó en espera de que el europeo regresara de la pensión donde vivía en la Ciudad de México. Se la mostró. Él identificó, por sus estudios truncos en París, que se trataba de mineral valioso, situación que lo animó a solicitar financiamiento a una institución bancaria francesa, cuyo agente se encontraba en México en busca de clientes.

Hombre de su época, personaje irrepetible, François Joseph Fournier convenció hábilmente al agente francés, quien le concedió el financiamiento solicitado, recursos con los que compró maquinaria inglesa e inició sus trabajos de exploración, para lo cual emprendió acciones orientadas al tendido de la línea de electricidad que provenía de Necaxa, en el estado de Puebla.

Una vez fundada Las Dos Estrellas, propició la comunicación entre El Oro, Estado de México, y Tlalpujahua, por medio del ferrocarril, cuyos furgones transportaban lingotes, un par de veces al mes, hasta una afinadora donde eran purificados, y posteriormente enviados a Francia por medio de barco.

Joven, Fournier contrajo matrimonio con Claudine, hija del dueño de la casa de huéspedes, establecida en la Ciudad de México, a quien llevó a vivir a Tlalpujahua, pueblo entonces próspero y con intensa actividad comercial, hasta que un día, en el declinar de los días porfirianos, escudriñó los signos de la época y llegó a la conclusión de que era momento oportuno de vender Las Dos Estrellas y marcharse a Europa. El malestar social contra el régimen porfirista era evidente.

Porfirio Díaz Mori, ofreció respaldo a franceses, alemanes e ingleses, entre otros, con la finalidad de propiciar el desarrollo nacional y, paralelamente, evitar la intromisión de los norteamericanos que se habían apoderado de más de la mitad del territorio mexicano y mostraban, como siempre, tendencias expansionistas; no obstante, uno de los errores del estadista oaxaqueño fue, sin duda, descuidar el aspecto social, las condiciones en que
coexistían las clases más pobres.

En 1906, Fournier se divorció de Claudine y casi de inmediato contrajo matrimonio con Matilde, de la que pronto se separó; no obstante, conoció a una dama más joven que él, Sylvia France Antonia Johnston Lavis, con quien casó en 1911 y realizó un viaje de bodas por toda la costa del Mediterráneo. Empezaron desde España y más tarde llegaron a Toulon, Francia, donde existía una base naval. Él y su esposa bebían café en uno de los tantos negocios al aire libre, cuando descubrieron en un anuncio que parecía un bando, que las autoridades francesas venderían, mediante subasta, la isla de Porquerolles, a un precio insignificante comparado con la
fortuna que poseía. La compró en 1912 y la dio a su esposa como regalo de boda. Un par de años más tarde, se nacionalizó francés.

Una vez dueño de Porquerolles, impulsó el servicio bancario, la oficina de correos y hasta los viajes, cada dos días, de la isla a Toulon. Favoreció a la gente que habitaba el lugar. Con alrededor de media docena de hijos, aprovechó el clima mediterráneo y adquirió árboles de todo el mundo, los cuales plantó, junto con la vid de la que su familia obtenía un exquisito vino
rosado. Autorizó el establecimiento de hoteles y así inició la actividad turística de la isla. El 13 de enero de 1935, murió el inagotable hombre de las incontables aventuras, François Joseph Fournier, quedando al frente de la isla su tercera esposa y sus hijos, quienes posteriormente la vendieron a las autoridades francesas; sin embargo, cuando el viento del Mediterráneo sopla a una hora y otra, parece que sus rumores pronuncian el nombre del minero que transformó los rostros de Tlalpujahua, en México, y de Porquerolles, en Francia. Fue capaz de modificar el destino y la historia de dos sitios, con su gente y sus cosas, uno en América y otro en Europa.

No obstante tales antecedentes y la biografía cautivante de François Joseph Fournier, el tema de la minería da idea del modelo de asociacionismo que concebían desde entonces los hombres de negocios morelianos para fortalecer sus proyectos productivos, esquema que continúa vigente hasta la fecha, como en diversas etapas lo han propuesto diversos líderes de la Cámara de Comercio de la ciudad al reconocer que la unidad en torno a un plan común, repercute en mayor fortaleza y posibilidades de éxito; aunque es innegable que la experiencia que vivieron los empresarios locales en la década de los 80 del siglo XIX, evidencia que la carencia de tecnología adecuada, obstaculiza competir, avanzar y conquistar resultados positivos. El esquema de asociarse en un proyecto de gran escala, da mayores posibilidades de triunfo cuando los inversionistas actúan con inteligencia, honestidad y respeto. Así lo creyeron y practicaron los empresarios morelianos, en el anochecer del siglo XIX, al probarse en la minería, no darse por vencidos y tratar de incorporarla a sus otras actividades.

La otra vertiente se relaciona con la diversificación de capitales, práctica que en la época contemporánea llevan a cabo grandes corporativos que invierten en comercio, industria y servicios. Estos hombres, estimulados por el anhelo de acrecentar sus fortunas, se dedicaron a explorar todas las oportunidades de negocios que se les presentaron.

El ferrocarril incentivó la minería e impulsó las actividades agrícolas, comerciales e industriales de la capital y otras regiones del estado que hasta antes de la década de los 80, en el siglo XIX, carecían de caminos, a pesar de que el tendido de sus vías significó, en la ruta AcámbaroMorelia-Pátzcuaro, alrededor de 550 hectáreas deforestadas para la obtención de materiales como durmientes, de acuerdo con reportes de la época.

De 1881 a 1886, período que la Compañía Constructora Nacional ocupó para la colocación de vías férreas de Maravatío a Pátzcuaro, se registró una deforestación preocupante como consecuencia de que en dicho tramo se requirieron más de 330 mil durmientes. Similar daño forestal se presentó en la Meseta Purépecha, al tenderse las vías a la región de Uruapan. A esa cifra habría que sumar todos los desperdicios que se produjeron en los aserraderos porque la compañía ferroviaria no aceptaba madera astillada ni de segunda clase. Es de entenderse que el peso del ferrocarril y las manifestaciones climáticas -lluvia, calor y humedad-, exigían durmientes de calidad.

Diversos personajes resultaron favorecidos por la comercialización de madera para durmientes y otras labores. La actividad forestal resultó, en ese período, un nicho de negocio lucrativo. Innegable es que las autoridades otorgaron amplias facilidades a la empresa ferroviaria, la cual resultó ampliamente favorecida en materia de venta de predios nacionales, explotación de recursos naturales, condonación de impuestos, y toda clase de prebendas. Tras los problemas financieros que reportó la Compañía Constructora Nacional, los hombres de negocios definieron nuevas oportunidades de inversión en el ramo ferroviario. Ramón Ramírez Núñez, junto con la clase burguesa de su tiempo, destinó parte de sus inversiones al nuevo proyecto que vislumbró propicio para aumentar su capital; aunque ocupó una vocalía suplente en la llamada Junta Menor Directiva del Ferrocarril Michoacano.

El vicepresidente del consejo era Pascual Ortiz de Ayala y Huerta, liberal moderado que fue magistrado de la Suprema Corte de la Nación, legislador, secretario de Gobierno en la entidad, regente del Colegio de San Nicolás y padre de Pascual José Rodrigo Gabriel Ortiz Rubio, quien nació el 10 de marzo de 1877 y posteriormente, en el período de 1917 a 1920, sería gobernador de Michoacán, y años más tarde, en 1930, presidente de la República Mexicana, el cual, por cierto, participó en la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, como lo recordaría el líder de ésta, Eduardo Laris Rubio, el 13 de febrero de 1931, cuando en asamblea fue propuesto José Ugarte para encabezar la comisión que recibiría al mandatario nacional durante su visita a la entidad. La propuesta de Eduardo Laris Rubio quedó asentada en el acta correspondiente: “obsequiar una medalla al señor presidente de la República, ingeniero Pascual Ortiz Rubio, ilustre michoacano, fundador de esta Cámara…”

Como en el caso de los esfuerzos fallidos en la minería, Ramón Ramírez Núñez y los empresarios de aquel tiempo, nuevamente encauzaron sus acciones a las haciendas, el comercio, la industria y los préstamos, porque no solamente requerían mayor inversión para sostener un giro con exigencias tecnológicas, sino Ferrocarril Michoacano obtuvo la recuperación financiera de la Compañía Constructora Nacional, que realizó ciertas transacciones con el consorcio estadounidense Camino de Fierro Nacional Mexicano.

Habría que destacar que el guanajuatense fue el primer michoacano que obtuvo un brazo de línea férrea particular en su Hacienda La Huerta, cuya propiedad se extendía hasta Cointzio y Urapilla. Uno de sus descendientes, Sergio Tirado Castro, autor del libro Casas y familias de Morelia, remembranzas de la cantera, sabe que el antiguo dueño de La Mina de Oro, al organizar a los empresarios con la finalidad de protestar contra las políticas gubernamentales, obtuvo autorización para fundar los tranvías jalados por mulas en la calle Real; aunque en contraparte, solventó la construcción de lavaderos públicos, al oriente de la ciudad, cerca de la garita y el Santuario de Guadalupe, al servicio de familias pobres.

El líder de los comerciantes e industriales morelianos fue hombre visionario de su tiempo, que tuvo capacidad para distinguir oportunidades de negocios. Estaba entregado a su deseo de acumular una fortuna, pasión que lo acompañó día y noche, durante todos los momentos de su existencia. Siempre estuvo delante de los demás y fue así como en las horas porfirianas, entre el anochecer de la decimonovena centuria y el amanecer del siglo XX, decidió integrarse a nivel nacional en el ramo de hilados y tejidos, en la Compañía Industrial de Atlixco, establecida en Puebla.

Aún insatisfecho con su trayectoria y con el peso de sus dos intentos malogrados en la minería y la empresa ferroviaria, extendió su capital a la banca y se volvió accionista, de modo que él, Ramón Ramírez Núñez, junto con Juan Basagoiti, dueño de J. Basagoiti y Compañía, empresa dedicada al comercio y al financiamiento, y León Audiffred, francés propietario, con sus hermanos, del Puerto de Liverpool, fueron nombrados representantes del Banco de Londres y México, establecido por William Newbold en la capital del país el 1 de agosto de 1864, época en que el archiduque Maximiliano de Habsburgo era emperador del país.

En 1897, llegó a Morelia una sucursal del Banco de Londres y México, como lo hicieron, en 1899, el Banco del Estado de México, y en 1903, el Banco Nacional de México. Motivados por las expectativas que se les presentaban, los más prominentes hombres de negocios se incorporaron a la nueva actividad financiera, obviamente sin descuidar sus tareas más rentables. De hecho, como prestamistas, conocían el ambiente y las condiciones del financiamiento. Solo era abrir mayores posibilidades, formalizar los esquemas, relacionarse, protegerse en firmas seguras e institucionalizarse.

Ya compañeros de aventuras pasadas, en 1901, se asociaron con Enrique Creelman y la Compañía Bancaria Agromexicana, que en la ciudad de Morelia había fundado el Banco Refaccionario de Michoacán con un capital inicial de 300 mil pesos. Estos hombres, acostumbrados a triunfar, propiciaron que su institución se transformara en banco de emisión. Con el fortalecimiento de la firma local, cambiaron la razón social a Banco de Michoacán, nombre con el que innegablemente los morelianos sintieron mayor identificación.

No era toda la competencia. Años antes, en 1892, el Banco Nacional Mexicano, establecido en la Ciudad de México, formalizó un convenio con Gustavo Gravenhorst, también hombre de mucha experiencia en el ámbito de los negocios, con el propósito de acreditarlo agente en la plaza michoacana. Coincidió que el mismo año, el Banco Mercantil Mexicano, establecido, como los otros, en la capital del país, comisionó a Juan Basagoiti representante de la institución, aprovechando, precisamente, la amplia experiencia que poseía en los negocios y especialmente en los créditos.

Iniciaba, en Morelia, la etapa bancaria. La banca se estableció gradualmente en los estados mexicanos, conforme lo demandaban las condiciones regionales y las necesidades de gobiernos y hombres de negocios. Así, Michoacán fue de las primeras entidades con bancos, al iniciar operaciones en 1882, paralelamente con Yucatán, después de Chihuahua, que lo hizo en 1875, y antes de Sinaloa, en 1889, y Durango, en 1890.

Si uno hojea las páginas amarillentas y empolvadas de la historia, llegará al año de 1865, cuando el entonces Banco de Londres, México y Sudamérica nombró un primer representante en Morelia. Existen antecedentes, incluso, de que entre el anochecer de la década de los 60 y la aurora de los 70, en el mismo siglo, los inversionistas trataron de establecer una institución bancaria de avío en la capital michoacana, proyecto que no se concretó, mientras en 1884, el Banco Nacional Mexicano y el Banco Mercantil de México, se fusionaron en el país para iniciar así, con mayor poder económico, el Banco Nacional de México.

Fieles a su idiosincrasia, los empresarios morelianos y michoacanos no abandonaron la idea de fundar un banco local, competitivo y fuerte, de modo que en 1897, favorecidos por la Ley General de Instituciones de Crédito, consideraron oportuno materializar sus aspiraciones y proyectos; aunque en noviembre de ese año, dos después de la creación de la Cámara de Comercio de Morelia, el Banco de Londres y México seleccionó a los empresarios de mayor prestigio y con capacidad para responder a todos los compromisos y responsabilidades, nombrándolos directivos en su estructura, entre los que figuraron, desde luego, Ramón Ramírez Núñez, León Audiffred y Juan Basagoiti, quien encabezaba J. Basagoiti y Cía. El primero, Ramón Ramírez Núñez, tenía acciones en el Banco de Londres y México, mientras el otro, Juan Basagoiti, responsable de la Fábrica de Hilados y Tejidos La Unión y de las haciendas San Rafael Turicato, Tepenahua y Los Otates, fue consejero, en su momento, del Banco del Estado de México. En reconocimiento a su amplia experiencia, este hombre, Juan Basagoiti, recibió el nombramiento de consultor del Banco Nacional de México, cuando la firma instaló su primera sucursal en el Portal Aldama, a un lado del número 9, donde se encontraba La Mina de Oro, y a unos metros de la finca marcada con el uno, en la otra esquina, ocupada por El Puerto de Liverpol.

Conviene recordar que en esa época, las empresas e instituciones nacionales y extranjeras acostumbraban enviar cartas a las Cámaras de Comercio e Industria existentes en el país, a cuyos directivos solicitaban referencias de ciertos hombres de negocios para realizar transacciones mercantiles e inversiones, o con la finalidad de invitarlos a participar como
representantes, distribuidores y socios de sus firmas.

Juan Basagoiti fungió, en la directiva camaral encabazada por Ramón Ramírez Núñez, como procurador, y León Audiffred, por su parte, desempeñó el cargo de tesorero. Ellos, en alianza con otros empresarios acaudalados, obtuvieron experiencia con su participación en los bancos establecidos en Morelia. Si por sus actividades como prestamistas conocían parte del mercado, la banca les permitió tener un panorama más amplio sobre el manejo de los recursos crediticios. Y si en 1897, esa generación fracasó en la fundación de una institución local, al iniciar la vigésima centuria, en 1900, el responsable de Hacienda y Crédito Público, en la administración porfiriana, José Ives Limantour, aprobó la solicitud de los inversionistas michoacanos, encabezados por el otrora presidente de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, para la creación del Banco Refaccionario de Michoacán, constituido formalmente en enero de 1901.

Acostumbrados a convertir las oportunidades y el tiempo en dinero, los prominentes hombres de negocios adquirieron diversas acciones de la institución que empezó con un capital de 300 mil pesos. Así, Ramón Ramírez Núñez cristalizó una vez más sus aspiraciones de multiplicar su fortuna, junto con varias decenas de inversionistas, entre los que destacaron religiosos, políticos, hacendados, comerciantes e industriales.

En septiembre de 1902, la institución obtuvo autorización gubernamental para ser emisora y denominarse Banco de Michoacán, S.A. Con tales antecedentes, la historia refiere, en sus archivos, la crisis del régimen Porfirista que necesitaba el respaldo de las instituciones bancarias extranjeras y atender, a la vez, los planteamientos, demandas y reclamos de los banqueros locales mexicanos que exigían para sí los mismos derechos que tenían los foráneos.

Aunado a lo anterior, y así lo relataban también los descendientes de los protagonistas de aquella epopeya, prevalecían competencia y rivalidades endurecidas entre las firmas bancarias, desacato a las reglas, favoritismo a sus accionistas, excesos, autorizaciones para disponer de recursos que beneficiaran sus empresas y negocios personales y una serie de problemas que derivaron, finalmente, en la extinción de varias instituciones, tema que fue comentado, incluso, varios años después e inscrito en las actas camarales más viejas que aún existían entre postrimerías de la década de los 80 y el albor de la de los 90, en la vigésima centuria.

Los ya descritos fueron algunos de los negocios que durante su vida desarrolló Ramón Ramírez Núñez, cuyos hijos, Ramón, Miguel y Salvador Ramírez García, continuaron con sus empresas. La Mina de Oro, recordada todavía por personas que nacieron en la década de los 30, en la vigésima centuria, fue manejada por Maurin Hermanos y Cía. Ellos, los hermanos Ramírez García, como su padre, tampoco se encuentran en la tumba del Panteón Municipal de Morelia. Solamente permanece, cual fiel recuerdo, la leyenda “Familia Ramírez García”. Todo, con la caminata del tiempo, se convierte en recuerdo y más tarde, al anochecer, en olvido.

Tras los años complicados de la Independencia, la intervención francesa, el imperio de Maximiliano de Habsburgo, la lucha de liberales contra conservadores y las Leyes de Reforma, junto con otros acontecimientos, resultaba fundamental restaurar al país, y fueron ellos, los comerciantes, prestamistas, arrendadores, hacendados, mineros e industriales, quienes aprovecharon la coyuntura histórica, social, política y económica para formar o engrandecer sus fortunas. Algunos descendían de familias morelianas de abolengo y otros, en tanto, provenían de diferentes entidades, como fue el caso de Ramón Ramírez Núñez, originario de Valle de Santiago, Guanajuato; aunque hubo extranjeros, incluso, que se establecieron en la capital de Michoacán y formaron empresas competitivas, con amplio surtido e innovadoras, entre los que destacaron los hermanos Audiffred, originarios de Jausiers, Francia, y fundadores, en el
siglo XIX, de los cajones de ropa Cornille y Audiffred, firma que cambió más tarde a Audiffred Hermanos y posteriormente a Audiffred Hermanos y Compañía, negocios respaldados, entonces, por El Puerto de Liverpool y El Louvre, de acuerdo con información disponible en el Consulado Honorario de Francia en Morelia, representado, entre 1977 y 2007, por el hombre del sombrero y los tirantes, el también barcelonette Jean Jaubert Jauffred, quien nació en 1937, y de 2007 a la fecha, por Raul Reynaud Bernard.

Los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente, como lo reflejó, en su momento, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, en su obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, publicada en 1883 por Imprenta de Ignacio Cumplido. En el capítulo VII, denominado Industria y Comercio, el autor expuso textualmente que “no tiene a la verdad Morelia ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El mismo autor mencionó que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…”

Finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

Ese era, grosso modo, el escenario de las actividades económicas en Morelia. Fue en el último tercio de la decimonovena centuria, el período de florecimiento de no pocos de los grandes almacenes y negocios que participaron en la dinámica económica de la ciudad, el estado de Michoacán y México; aunque en contraparte, en su obra Morelia en 1873, Justo Mendoza haya calificado de mezquino al comercio. Consideraba la posibilidad de hacer de la ciudad un “depósito” si felizmente el ferrocarril, que se inauguraría en Morelia 10 años más tarde, se enlazaba a la entidad, y si lo que se consideraba el nuevo puerto de Maruata, presentaba resultados favorables. Como puede notarse, ha sido dominante la tendencia de esperar a que se presenten los acontecimientos para cumplir proyectos y sueños, cuando se requieren acciones concretas y oportunas, bien planeadas, como lo intentaron diversas ocasiones los hombres de negocios. Cuando se espera y se sueña que acontezcan determinados hechos, pueden transcurrir y perderse los mejores años y no cumplirse los proyectos e ilusiones.

Al respecto, los hombres de negocios han puesto el ejemplo porque se adelantan a los acontecimientos y tratan de ser líderes en sus respectivas empresas. Alguna vez, ya en la época contemporánea, el empresario Alain Arnot, uno de los fundadores de la Asociación de Industriales del Estado de Michoacán, expuso a un inversionista norteamericano que si a pesar de los obstáculos que existen en la entidad y el país para las actividades productivas, las fábricas son capaces de exportar, si contaran con el respaldo gubernamental, conquistarían el mundo.

Para tener idea de la Morelia de postrimerías del siglo XIX, descrita por Juan de la Torre, habría que referirse a la Memoria del Ejecutivo del Estado de Michoacán, documento que en 1882 informaba que la urbe estaba habitada por 23 mil 835 personas, cifra que fue criticada por algunos analistas de la época que aseguraban que no era creíble dicho censo, los cuales daban mayor confiabilidad al dato contenido en el folleto Morelia en 1872, de un autor de apellido Mendoza -el mismo Justo Mendoza-, que mencionaba que solamente en el casco de la ciudad había 30 mil hombres y mujeres. Les parecía ilógico que si en 1868 coexistían 25 mil personas en la ciudad, la población hubiera disminuido en un período ausente de acontecimientos extraordinarios, como la peste de cólera que se registró en 1850, verbigracia.

Quien recurra a los anales de la historia, descritos por Juan de la Torre, descubrirá que en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el propio autor de Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, Juan de la Torre, citaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, admitía el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe,en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con
terminación en la Alameda; San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodóny contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia.

Digna de recordarse es la publicación del 2 de marzo de 1868, en el periódico El Constitucionalista, elaborado en la imprenta del acaudalado Octaviano Ortiz y coordinado por Antonio Espinoza, cuyas páginas reseñaron, precisamente, la inauguración de la Fábrica de La Paz, destacando la cantidad de invitados que presenciaron con asombro el funcionamiento de la maquinaria.

Posteriormente, según la información, los invitados llegaron hasta la bella casa de campo, como las que existían al oriente de la ciudad, donde se encontraban platillos deliciosos que compartieron el industrial Félix Alva, el mandatario estatal, el secretario de Gobierno y algunos personajes destacados, como Celso Dávalos, Luis Iturbide y Gabino Ortiz.

Las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Mendoza y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”.

Menciona la obra que “el año de 1868, se fundó la Fábrica de la Paz con dos mil quinientos malacates y sesenta y ocho telares, establecimiento dedicado a la fabricación de hilados y tejidos de algodón. La ciudad necesitaba una fábrica de este género porque pudiéndose producir en el estado el algodón y obligado su comercio a importar de otros la hilaza y las mantas, dejaba en la ociosidad a centenares de brazos e improductivos a muchos capitales. Si la especulación preside a todas las empresas mercantiles, no debe negarse a la compañía que con tal fin se organizó, el positivo bien que se hizo no sólo a la ciudad, sino a todo el estado. Así es la verdad, pues la Fábrica de la Paz produce de mil a mil cien piezas semanarias de manta, trabajando día y noche, y ocupa de ciento ochenta a doscientos operarios por el día, y otros tantos en los trabajos nocturnos. Las rayas semanales importan de mil a mil cien pesos, y el consumo de algodón en el año es de tres mil a tres mil quinientos quintales”.

Y anunciaba el citado libro que “casi es una realidad el establecimiento de otra fábrica de hilados y tejidos de algodón, en el antiguo edificio en que hace años estuvo el de la seda. La maquinaria está ya en camino para esta ciudad; poco falta para la conclusión del local en las condiciones a propósito y muy pronto por esto la clase trabajadora de Morelia tendrá más
medios de subsistencia y se dará mayor movimiento a la seda”.

Respecto a la industria de la impresión, resalta el antiguo volumen que “el arte tipográfico merece sin duda figurar entre la industria, así porque es un medio de subsistencia para muchas familias, como también por su noble destino, que es dar a conocer el pensamiento y propagar las ideas. En Morelia existen dos establecimientos de este género, uno a cargo de la viuda e hijos de don Ignacio Arango, que según estamos informados, tiene cuatro prensas útiles, y otro, propiedad del C. Octaviano Ortiz, que tiene seis prensas en ejercicio”.

Prosigue el texto con el hecho de que “repetidas veces se ha dicho, y con verdad, que Michoacán necesita comunicación para dar fácil salida a sus diferentes productos. Esto se logrará con los caminos, en lo cual ya se ha puesto mano”, y valora que existan oficinas de correos y telégrafos.

Habría que añadir que en su libro Historia y descripción del Ferrocarril Central Mexicano, publicado en 1888 por la Imprenta de I. Cumplido, Juan de la Torre informó que la producción agrícola de Michoacán consistía, principalmente, en algodón, añil, arroz, café, caña de azúcar, cascalote, tabaco, morera, vainilla, cebada, chía, frijol, haba, maíz, papa, chile “y toda clase de verduras y legumbres, fruta de toda especie y plantas medicinales y tintóreas. El corte de una gran variedad de magníficas maderas de construcción, especialmente en el sur, y la cría de toda clase de ganados en los distritos del poniente y otros, son también ramos de riqueza para el estado”.

Michoacán, donde “el valor fiscal de la propiedad raíz que paga impuestos es de 21´124,997 pesos y la exenta de contribuciones vale 1´416,248 pesos”, aportaba anualmente, a nivel nacional, a través de sus productos agrícolas -según documento basado en las condiciones del país en 1879 y elaborado el 21 de agosto de 1881, en Boston, Estados Unidos de Norteamérica, por Nickerson, citado en la obra referida- un valor de 10´540,601 pesos, mientras el Distrito Federal, Guanajuato, Jalisco y Querétaro lo hacían con 591,906, 13¨652,031, 20´862,066 y 1´726,055 pesos, respectivamente.

Ese era, en la ancianidad del siglo siglo XIX, parte del escenario empresarial y social de Morelia, donde él, Ramón Ramírez Núñez, moraba y desarrollaba sus negocios, acaso sin imaginar que pronto acudiría de frente y puntual a su cita con el destino y la historia de la ciudad, al convertirse, en 1896, en quien protocolizó, junto con los integrantes de su directiva, la Cámara Nacional de Comercio e Industria de la capital michoacana.

OTRO RELATO

El tema del Panteón Municipal de Morelia se relaciona con Ramón Ramírez Núñez en el sentido de que el terreno donde se localiza, formó parte de su Hacienda La Huerta. En 1883, la superficie ociosa de seis hectáreas que entonces era conocida como “El Huizachal”, ubicada entre el Río Grande y la Hacienda Molino de Parras, se convirtió en patrimonio de lo que sería el Panteón Municipal. Aunque la historia de ese sitio parece ajena a la Cámara, es interesante y pintoresca, digna de relatarse en este espacio como homenaje a quien formalizó a la institución.

Enclavado al oriente de lo que entonces era la ciudad, en el antiguo y tradicional Barrio de San Juan -San Juan de los Mexicanos-, funcionaba el cementerio de los morelianos de postrimerías del siglo XIX. Era el tradicional panteón de San Juan, totalmente insalubre y ajeno a las ráfagas de viento por estar encajonado. Su trazo se presentaba tan estrecho, que no pocas veces los cadáveres eran sepultados a profundidades inconvenientes porque a unos centímetros de las fosas yacían otros cuerpos putrefactos. Prácticamente, los cadáveres eran sepultados con sus historias fragmentadas y sus nombres y apellidos completos o ignorados, mientras otros, al remover la tierra, aparecían pútridos e irreconocibles. Olía a descomposición, a hierba, a encierro, a muerte.

La ausencia de árboles causaba un aspecto de mayor desolación. Las tumbas exhalaban el sudor de la fetidez y la muerte. Abejorros, cucarachas, gusanos, moscas, lombrices, insectos y roedores infestaban los sepulcros asoleados durante el día y desiertos y helados en las noches. En aquel ambiente de muerte y vida, reposaba la cruz ochavada, tallada por manos tlaxcaltecas en la juventud del siglo XVI y testigo de la primera misa que se celebró en la ciudad, según la tradición, condenada a acompañar la caducidad de la existencia porque permaneció mucho tiempo en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente en el Panteón Municipal de Morelia, donde los soldados fusilaban a los presos en las madrugadas, todavía en la década de los 30, en la vigésima centuria, hasta que en 1967 fue trasladada a un costado del Santuario virreinal
de Guadalupe o de San Diego, como se le conoce popularmente.

Refieren las páginas añejas de la historia que en 1882, el gobernador de Michoacán, Pudenciano Dorantes, en coordinación con las autoridades municipales de Morelia, entonces encabezadas por Manuel Montaño Ramiro, planeó la construcción de un cementerio en la loma de Santiaguito, al norte de la ciudad, que era fértil por la humedad que abosorbía del pantano donde se encontraba el Paseo de las Lechugas; sin embargo, el proyecto no se concretó. Los problemas de espacio, insalubridad, ausencia de corrientes de aire, fetidez acumulada y proximidad entre unos cadáveres y otros, continuaron en San Juan hasta 1894.

Ese panteón, el de San Juan, había acrecentado sus problemas de capacidad en 1833, con la mortandad impresionante que provocó la primera epidemia de cólera. El 31 de diciembre de 1894, el panteón de San Juan registró la inhumación del último cuerpo.

Y si el cementerio de San Juan resultaba insalubre, angosto e incómodo, el de Los Urdiales, al noroeste de la urbe, fue fundado el 23 de mayo de 1850 como consecuencia de que el primero era insuficiente para sepultar a quienes morían por la segunda epidemia de cólera; además, ya antes, en enero del mismo año, el decreto gubernamental ordenaba, entre sus cláusulas, el establecimiento de panteones fuera de las ciudades, precisamente con el objetivo de evitar contagios y el terror de la población al presenciar el tránsito de cadáveres.

El antiguo Paseo de las Lechugas, donde incontables familias vallisoletanas de antaño acudían alegres a convivir y disfrutar días inolvidables de campo, de pronto transformó su rostro y pasó del verdor intenso sobre el valle pantanoso, a un escenario desolador y de miedo. El decreto ordenaba, incluso, el traslado de cadáveres durante la noche para evitar pánico, descontrol y mayores contagios. Las autoridades aprovecharon que la zona, donde alguna vez se asentó el barrio indígena de Santa María de los Urdiales, permanecía casi desolado desde el amanecer del siglo XIX.

Rodeado de pantano, el cementerio de Los Urdiales ofrecía un espectáculo aterrador y deprimente; sin embargo, resultaba perentorio sepultar a la gente que moría contagiada de cólera, epidemia que amenazaba acabar con importante porcentaje de moradores de la capital de Michoacán. El mal se extendía con celeridad como las sombras al aproximarse la noche. Igual que en 1833, el año de 1850 fue fatal, al grado de que las autoridades del país y el estado no solamente presentaron varios decretos, sino difundieron métodos curativos propuestos por el Protomedicato y la Facultad Médica.

Una vez superada esa crisis de salud pública, el cementerio se destinó a la inhumación de cadáveres de gente pobre e indígenas. Los rituales parecían demasiado impresionantes. Desde el muro circundante y de escasa altura, se distinguían las flores pútridas, los cadáveres, las sepulturas.

Bien es sabido que a los niños los vestían de “angelitos” y solían colocar en sus manos una palma, una flor o una cruz, y algunos hasta permanecían con los ojos abiertos, como si vivieran. En Michoacán se acostumbró, por un tiempo, fotografiar los cadáveres de adultos dentro de sus ataúdes, unas veces parados, en los patios de sus casas, y otras, en tanto, en los cementerios.

La contingencia que provocó la epidemia de cólera, reforzó la decisión de clausurar los cementerios de la catedral y de los templos de San José, El Carmen, La Merced, San Agustín y San Francisco. Ese año, el de 1850, incontables hombres trabajaban durante las noches en el cementerio atrial de San José, con la misión de extraer los cadáveres y trasladarlos a los panteones de San Juan y Los Urdiales, e incluso el Santuario de Guadalupe, que aún funcionaba. Es importante reseñar que todavía entre las décadas de los 60 y los 70, en el siglo XX, la infancia de entonces jugaba en las casas y los predios de la colonia Industrial a desenterrar cráneos y huesos humanos, seguramente sin conocer los antecedentes del cementerio que se estableció en el lugar como consecuencia de las muertes que se registraron ante la segunda epidemia de cólera. En cuanto a la catedral barroca del siglo XVIII, también se clausuraron sus criptas. El último cadáver en ingresar fue el del obispo de Michoacán, Juan Cayetano Gómez de Portugal, en abril de 1850.

Discurrían los minutos porfirianos de 1882, época en que las autoridades municipales planearon la construcción de un cementerio que sustituiría el de San Juan y el de Los Urdiales, proyecto que se concretó, finalmente, en 1883, en El Huizachal. Una vez con el predio destinado al establecimiento del nuevo cementerio moreliano, el desplante del mismo fue ejecutado por un especialista de apellido Roth; en tanto, el célebre ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, se encargó de la arquitectura de la fachada.

Las autoridades municipales trazaron y construyeron el Panteón Municipal de Morelia, cuya primera inhumación se llevó a cabo en 1885 y fue inaugurado formalmente 10 años más tarde, en 1895. Otras versiones refieren que el Panteón Municipal de Morelia inició su gestión, todavía incipiente, en 1894, y que un año más tarde, tras su inauguración oficial, el primer cadáver registrado fue el del contador y corredor Luis Lemus Olañeta. En los días de 1905, fue inaugurado el monumento dedicado al segundo arzobispo de Michoacán, José Ignacio Árciga Ruiz de Chávez. Posteriormente, la construcción recibió el título de Capilla del Panteón.

También inició la edificación de la rotonda de los hombres ilustres, media década antes del estallido social que modificaría el rumbo de los mexicanos. Olía, entonces, a acontecimientos intensos, a historia, a capítulos irrepetibles. La nación miraba de frente hacia el horizonte, a su destino irrenunciable, a las páginas que hoy, con sus verdades y mentiras, se estudian en los libros.

Según la tradición, el poderoso hacendado guanajuatense, Ramón Ramírez Núñez, comisionó al joven Fermín Ramírez, vigilante del terreno del cementerio, donde también fungió con el cargo de sepulturero y administrador. Vivió alrededor de 80 años en la necrópolis de Morelia. El velador llegó muy joven al “camposanto” y allí murió, cuando casi tenía un siglo de edad. Coleccionó anécdotas, protagonizó historias y el cementerio formó parte de las horas de su existencia. Como que él y las tumbas ya eran parte de lo mismo.

Acaso por su fortaleza y juventud, Fermín Ramírez no temía a la muerte ni a los difuntos. El cementerio era su hogar, su mundo, su realidad. Todos los días, durante varias décadas, caminó por las calzadas con árboles y criptas. Miró lápidas y cruces. Conoció los nombres de quienes yacían en cada sepulcro. Los epitafios no le eran desconocidos. Sintió y vivió con intensidad, quizá como nadie en Morelia, el ambiente fúnebre. Hasta dos de sus hijas nacieron en el cementerio. De hecho, su nieto José Inés Estrada Ramírez, nacido en la década de los 30 del siglo XX, optó por dedicar los días de su existencia a la elaboración de lápidas y monumentos fúnebres.

Ya anciano, el velador Fermín Ramírez solía contar que en las madrugadas, cuando los soldados llegaban de improviso, irrumpían la tranquilidad fúnebre y fusilaban a la gente junto a la cruz atrial de piedra que actualmente se localiza a un costado del Santuario de Guadalupe, conocido popularmente como San Diego, al oriente del centro histórico de Morelia. Los militares lo llamaban con el objetivo de que recogiera los cadáveres y los sepultara. Incluso, en la época revolucionaria que inició en 1910, la gente le denominó “la cruz de los condenados a muerte”, en alusión a los bandidos que eran ejecutados.

Cierta ocasión, los militares ejecutaron a un par de hombres, acertando todos los tiros a uno y cayendo ambos. Cuando Fermín pretendió enterrarlos, uno de ellos, quien fingió estar muerto ante los soldados, incorporó y huyó despavorido. Al otro hombre, aparentemente fusilado, una bala que parecía mortal pegó en una medalla que colgaba en su pecho, salvándole la vida. Ensangrentado, escapó igual que su compañero, el otro fugitivo.

José Inés Estrada Ramírez, nieto del primer velador y administrador del Panteón Municipal de Morelia, presenció, en los minutos de su infancia, los últimos dos fusilamientos. Miró a su abuelo retirar a los muertos y sepultarlos en una fosa común. El hombre no solamente era velador, administrador y sepulturero; también se dedicaba a esculpir lápidas de cantera, muy modestas, iniciando así, quizá sin sospecharlo, el oficio que más tarde heredaría su nieto, hijo de María Ramírez, la mujer que nació en el cementerio, y de José Inés Estrada González, el primer artífice de monumentos sepulcrales de materiales más modernos, en el amanecer del siglo XX.

Cuando el Hospital General de Morelia, cuya construcción inició en 1897 y la declaración inaugural se pronunció en 1901, hasta desaparecer a mediados del siglo XX, se localizaba al poniente del centro de la ciudad, personal médico ordenaba que los cadáveres sin identidad fueran conducidos al panteón municipal, para lo cual eran colocados en ataúdes que un burro transportaba en un carretón de madera. Ante la ausencia de carretonero, la bestia de trabajo llegaba hasta determinado paraje del cementerio y allí se detenía, en espera de que los sepultureros retiraran los féretros que un hombre de oficio carpintero fabricaba con tablones burdos cerca del hospital. El animal conocía el camino. Entendía su misión y sabía su tarea.

Iba al cementerio y regresaba al hospital sin arriero ni carretonero. Un día, el animal reparó y cayeron las cajas a la tierra, de las cuales rodaron los cadáveres amarillentos y ensangrentados. Los médicos cerraban las heridas con mecates burdos. Innegablemente, el hombre de negocios, Ramón Ramírez Núñez, nunca imaginó que un trozo de la superficie de su hacienda, la de La Huerta, reuniría tanta historia como es el caso del cementerio, con sus claroscuros. De alguna manera, aunque no se le recuerde en ese sitio y su tumba se encuentre vacía, se presiente, al recorrer las calzadas ensombrecidas por árboles corpulentos, que hubo historia y que sus hojas rotas permanecen entretejidas aquí y allá, en un rincón y en otro.

Y si entre las calzadas aparecen criptas fragmentadas, heridas por la humedad, por los saqueadores y por el tiempo, otras han cautivado, como la escultura de San José, firmada por Piccini, o los dos ángeles y la Virgen del Rosario, labrados en mármol, cuyo autor fue el célebre Ponzanelli, miembro de una familia de artistas europeos, entre los que destacaron Valerio Ponzanelli, a quien se atribuye la antigua catedral de Carrara, en Italia.

Personajes ilustres han sido sepultados en el cementerio, pero igualmente resguarda a los morelianos anónimos, a la gente que nació y vivió aquí y allá, en la ciudad, en la capital del estado, y en diversos rincones de Michoacán. Permanecen sepultadas incontables generaciones de hombres y mujeres, unos con nombres y apellidos y otros desposeídos hasta de identidad.

El Panteón Municipal de Morelia conserva fragmentos que recuerdan a quien alguna vez, en postrimerías de la decimonovena centuria, se convirtió en el primer líder formal de los comerciantes establecidos en la capital michoacana. Hay hombres que caminan y dejan huellas, remembranzas, trozos de vida que se recuerdan, aunque sus tumbas se encuentren desoladas y vacías.

Y si la tumba del personaje guanajuatense que protocolizó la fundación de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, Ramón Ramírez Núñez, está vacía, cargada de recuerdos y suspiros que el tiempo y el olvido, aliados inseparables, se empeñan en diluir, el otro sepulcro mortuorio, el de los cuatro hermanos Audiffred, incluido León, el tesorero en 1896 de aquella directiva de empresarios, enclavado con su blancura marmórea en el Cementerio Jausiers, en los Alpes de Haute Provence, Valle de Ubaye, Francia, desprende ecos de un ayer, fragmentos de una historia aquí y allá, las voces y los silencios de la vida y la muerte.

El monumento sepulcral presume el relieve de un ángel, entre dos columnas, quien mira hacia arriba, a un cielo donde se encuentra una cruz que emana rayos luminosos. Las guirnaldas talladas no son menos cautivantes que la Anunciación. El sepulcro, tallado por el arquitecto F. Girard, mira de frente al caserío, y sentencia: “mirabille aeternumque lumen”.

Otro espacio, contiene los datos de los hermanos Audiffred. Bajo la leyenda Ici reposent, aparecen los datos de André Víctor Audiffred, quien nació en Lans el 28 de marzo de 1847 y murió en París, el 29 de marzo de 1905; León Jacques Audiffred, que inició su vida el 3 de septiembre de 1843 y falleció en Jausers, el 17 de junio de 1918. También yace en la tumba Pierre Remy Audiffred, quien nació el 13 de diciembre de 1850 y murió en Jausiers, el 22 de julio de 1922. El otro hermano fue Emile Audiffred, que nació el 21 de abril de 1855 y falleció el 2 de noviembre de 1936.

De entre los suspiros callados, en esos ambientes que flotan en los panteones, las voces parecen clamar que alguien las escuche, y es precisamente en la tumba de los cuatro hermanos Audiffred, tan ostentosa y con el valor, según especialistas franceses, de una finca bien construida, de donde brotan trozos de historias añejas que envuelven, hasta que uno, al escucharlas, se siente inmerso en aquellos días, los del siglo XIX y los de las primeras décadas de la vigésima centuria, después de todo parte de la trama humana.

Relata la tradición que de los cuatro hermanos Audiffred que en la aurora de la década de los años 70, en el siglo XIX, partieron en barco, hacia México, junto con otros contemporáneos de Barcelonette, cuando el mar olía a aventura, a comercio, a epopeya, a piratas, a romanticismo, León, quien nació en Lans, Jausiers, alrededor de 1843, y murió en su pueblo en 1918, de acuerdo con datos guardados en los expedientes del Consulado Honorario de Francia en Morelia, era el más dinámico en los negocios.

Junto con su socio Camilo Cornille, León y sus hermanos adquirían parte de la mercancía en la Ciudad de México y regresaban a Morelia tras seis días de viaje; aunque directamente compraban un porcentaje significativo de artículos en Inglaterra, París y Lyon, los cuales llegaban al Puerto de Veracruz.

Los hermanos Audiffred, quienes se asociaron con otros fundadores de la Compañía Industrial Veracruzana de Tejidos de Ciudad Mendoza, fueron conocidos como “los cuatro sin mujer”, ya que no contrajeron matrimonio. Como era costumbre en las casas francesas de Lans y otros lugares, ellos, los hombres de negocios, firmaban contratos por tres, cinco y hasta ocho años para no contraer matrimonio, que muchas veces refrendaban al término de los mismos, porque debían entregarse por completo a la encomienda de fundar empresas, fortalecerlas y transformarlas en firmas de prestigio, motivo por el que no es de sorprender que no pocos de ellos, en aquella época, permanecieran solteros.

Bajo el liderazgo de León, los Audiffred simbolizaron una dinastía y se sumaron a otros destacados migrantes barcelonettes que trabajaron con empeño y acumularon cuantiosas fortunas, indudablemente despertando suspiros femeninos porque en México no ha sido mínimo el número de personas que sienten embeleso por los extranjeros, a tal grado que a las miradas azules y verdes les denominan “ojos de color” y a la gente de tez más clara le llaman “güera”, aunque no sea rubia.

La alianza de los recién llegados hermanos Audiffred, en 1871, con su paisano Camilo Cornille, representó el inicio de un imperio económico. Fundaron, en Morelia, el cajón de ropa Cornille y Audiffred; pero bastaron seis años para que en 1877, inauguraran la negociación Audiffred Hermanos, que en el albor del siglo XX cambió su razón social por Audiffred Hermanos y Compañía, casa que en esa época porfiriana contó con el respaldo de El Puerto de Liverpool y El Louvre. Esa empresa, fue dirigida por tres familias, cada una en distinto período: Audiffred, Jaubert y Reynaud.

Como otros empresarios, los Audiffred otorgaban créditos refaccionarios e incluso hipotecarios a hacendados, comerciantes e industriales, con intereses bastante considerables y en ocasiones, ante situaciones económicas, sociales y políticas tambaleantes, en las que difícilmente era posible cubrir los adeudos.

Nadie desconoce que los cajones de ropa, fundados por extranjeros -franceses, en su mayoríay mexicanos, fueron resultado del interés de la aristocracia porfiriana y de la clase media en las modas europeas. París dictaba el estilo de vestir. Un país encadenado a la zozobra, a las simulaciones, a la miseria, a los conflictos políticos y sociales, a la corrupción, a la turbulencia y al racismo, acogía con beneplácito esa clase de cajones, donde había desde ropa y sombreros hasta perfumes, libros y mercancía de lujo, como hoy, en otro esquema, en las plazas y los centros comerciales.

México viene, como país, de conflictos sangrientos, corrupción entre políticos, ambición desmedida por parte de grupos capaces de descontrolar a la nación, violaciones, fracasos, traiciones, engaños y crímenes, y nadie, ayer y hoy, ha deseado para sí volver a las cadenas de la miseria. Los cajones de ropa, como actualmente los centros y las plazas comerciales, siempre han ejercido un encanto en la gente, acaso porque le da glamour, probablemente por ser un deleite el arreglo y el aspecto personal, quizá por ser maquillaje en un lugar de apariencias, tal vez por todo.

Consta en archivos notariales e históricos que ellos, los hermanos Audiffred, extendieron su influencia comercial a Pátzcuaro, Uruapan, Ario de Rosales, Tacámbaro y otras poblaciones michoacanas; pero igualmente se asociaron, al finalizar el siglo XIX, con la Compañía Industrial de Atlixco, textilera de la que Ramón Ramírez Núñez también poseía acciones. Tejieron una red y formaron un imperio económico. Establecieron alianzas y negocios no solamente en Atlixco, Puebla, sino en Guanajuato, Veracruz y Guadalajara, por medio de las firmas Caire y Audiffred, Audiffred y Compañía y Audiffred y Garel, respectivamente.

Cuenta la historia que cuando los hermanos Audiffred acumularon una fortuna cuantiosa, llegaron a una casa, en París, que se encontraba muy próxima al Arco del Triunfo. Sus días se diluyeron entre el ambiente parisino y las carreras de caballos; mas los meses de julio y agosto de cada año, radicaban en su palacete construido en una reserva enorme, en Jausier, conocida posteriormente como Villa Morelia.

Influyentes como la mayoría de los integrantes de la comunidad francesa establecida en la capital michoacana, los cuatro hermanos Audiffred construyeron, entre 1903 y 1904, la mansión de exquisita arquitectura ecléctica -le chateu-, ostentosa, con esculturas, chimenea y ático de pizarra, en su terruño, Vallée de l´Ubaye, Jausiers, Francia. Más tarde, el arquitecto F. Girard talló la tumba augusta en mármol, donde los cuatro hermanos, cada uno en su tiempo, fueron depositados al morir solteros, célebres y dueños de una fortuna cuantiosa.

De ambas tumbas, la de Ramón Ramírez Núñez, en Morelia, y la de León Audiffred y sus tres hermanos, en Jausiers, gravitan hondos suspiros y los susurros de un enorme vacío porque los fragmentos permanecen aquí y allá, en cada espacio y rincón, en los otros días, como si de pronto la vida y la muerte fueran un símbolo y se empeñaran, por alguna causa, en reunir a quienes compitieron en los negocios, y ante los signos de su época, establecieron acuerdos y alianzas y se inscribieron en la historia al convertirse, en los días de 1896, en presidente y en tesorero, respectivamente, del primer consejo formal de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia. Compartieron días y capítulos, con sus encuentros y desencuentros, y cada uno partió con los episodios que protagonizó; sin embargo, los sepulcros quedan, al final, entre la desolación, los recuerdos y el olvido, con el resumen de la vida y la muerte, y el eco, quizá, de la historia humana.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. Fue fundada en 1541
  • La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fue fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen, y formalizada un año más tarde, en 1896, por el comerciante y hacendado Ramón Ramírez Núñez. Se trata de una de las agrupaciones de comerciantes más antiguas de México
  • La bibliografía y las fuentes de consulta se encuentran inscritas en el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, escrito por Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Historias de la Cámara de Comercio de Morelia: Circular 8

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los nombres y apellidos, las cosas, los acontecimientos, las fechas y los rostros de antaño naufragan en la desmemoria, en las páginas amarillentas y quebradizas, en las hojas sueltas y fragmentadas, en los recuerdos incompletos, en las imágenes rotas. Son historia olvidada o fracturada.

En alianza con los años, con las manecillas del reloj que giran inagotables, el recuerdo y el olvido arrugan los documentos, los rasgan, y lo que no está escrito, lo que se vivió, finalmente se desvanece en los minutos postreros de la gente, se diluye en las tumbas frías y desoladas.

Todo, al final, queda preso en el ayer, en los otros días, y lo que no se registra y conserva, se pierde, queda recluido en mazmorras oscuras, tras los barrotes de la amnesia y del extravío de la razón. A veces, alguien intenta recordar, tejer o rescatar la historia, a pesar de que sus partes sean trozos, pedazos que deambulan con muletas, en el afán de descubrir el sentido de la vida y sus cosas y dar respuesta a tanta interrogante.

Hoy, al pasear y escudriñar los muchos días del ayer, es preciso caminar por los pasillos, corredores y recintos de la casona antigua de cantera que pertenece a la Cámara de Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia*, donde, en medio de rumores y silencios, se perciben el eco y las fragancias de otra gente.

Refiere la tradición que, desde su fundación, en 1895, por el ferretero alemán Luis Andresen, y su protocolización, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, ambos respaldados por los hombres de negocios más importantes de la época, la Cámara de Comercio de Morelia tuvo participación constante e intensa en los acontecimientos y en la historia de México.

Y así lo respalda, verbigracia, la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industrias y Profesiones del Estado de Michoacán, escrita e impresa en 1930 por Agustín Vega y dedicada al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, al tratar, entre otros temas, el relacionado con la Circular número 8, elaborada por los directivos de la entonces Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia.

El libro establece que la institución “ha venido haciendo sentir su influencia dentro de los intereses que representa, logrando colocarse en situación de hacerse escuchar por todas las fuerzas vivas de la República”, principalmente en una época complicada para México que venía de un estallido social, en 1910, con sus posteriores luchas y traiciones entre generales y grupos interesados en apropiarse del poder.

La publicación establece que, “en la actualidad”, la institución “tiene en estudio varios problemas de gran trascendencia para el país, y ha realizado iniciativas tan importantes como la de su Circular número 8, del año próximo pasado”, es decir de 1929, “en la que anticipándose a las declaraciones últimas que hizo el señor general Calles”, en esos días presidente de México, “respecto del Agrarismo, pidió que todas las instituciones similares hicieran un esfuerzo para que el problema agrario fuera resuelto en todo el país, pidiendo a sus distintos gobiernos locales y al Federal, que se pusiera un plazo más o menos corto en el que, sin lesionar intereses, quedase cumplido el reparto de tierras”.

De esta manera, “la Circular de referencia causó gran impresión en todos los círculos a donde fue remitida, y en muchos estados se hicieron las gestiones que contenía la iniciativa, con magníficos resultados”, y cita: “otras iniciativas de grande importancia, y que han sido aprobadas por todas sus similares, han sido llevadas a cabo en esta época, por lo que la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia ocupa un lugar prominente entre las instituciones de su género”.

Evidentemente, el documento citado, al referirse a agrupaciones similares y de su género, contemplaba las cámaras comerciales, agrícolas e industriales que en esa época había en el país, convulsionado por los estragos de la revolución de 1910 y la posterior lucha por el poder.

Y aquí se citan algunos ejemplos de las reuniones que celebraron, en su momento, los comerciantes, agricultores e industriales de Morelia, quienes trataron el tema y lo asentaron en las actas correspondientes.

En reunión de consejo del 10 de enero de 1930, fue leído por los comerciantes de Morelia el comunicado que la Cámara de Comercio de Zacatecas dirigió al Presidente de la República, de acuerdo con el contenido de la Circular número 8, e indicaba que estaba dispuesta a secundar la labor de los empresarios de la capital de Michoacán. La Cámara de Comercio de Morelia respondió que confiaba recibir la cooperación de esa agrupación homóloga una vez que Pascual Ortiz Rubio tomara posesión como mandatario nacional. Con similar estilo, los comerciantes morelianos respondieron a otras Cámaras del país, las cuales se sumaron y fortalecieron gradualmente la propuesta contenida en la Circular número 8.

La Circular número 8 resultó de tal importancia, que el propio Enrique Creel Cuilty, quien gobernó Chihuahua en el período 1907-1910, y fue secretario de Relaciones Exteriores de 1910 a 1911, fundador y presidente del Banco Minero de Chihuahua en 1882, del Banco Agrícola e Hipotecario de México en 1901 y del Banco Central de México en 1903, y líder de la Asociación de Banqueros de la República Mexicana en 1899 y vicepresidente de la compañía del Ferrocarril Kansas City México y Oriente, entre otros cargos, escribió a la Cámara de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, en febrero de 1930, cuyos consejeros asentaron por escrito: “si tenemos pensado todavía proponer al señor Presidente de la República algunas reformas a la Ley Agraria, pudiendo nuestra iniciativa acompañarse con los estudios que terminará el próximo mes de marzo y que publicará en forma de libro, del cual nos remitirá varios ejemplares. Túrnese al señor licenciado don Eduardo Laris Rubio para que se sirva contestarla en el sentido de que insistiremos y que se está estudiando la mejor forma de presentarnos al señor Presidente de la República, agradeciéndole además su inteligente colaboración”.

Un mes más tarde, en marzo de 1930, Enrique Creel expresó, a través de una misiva leída y asentada en uno de los libros de actas de la Cámara de Comercio de Morelia, que “celebra que hayamos continuado la buena labor de propaganda acerca de reformas al agrarismo, enterándose de nuestra resolución de dar cuenta de ellas al señor Presidente de la República; que igualmente, la Cámara Nacional Agrícola de México ha iniciado trabajos idénticos y que por correo remitirá diez ejemplares del folleto Agricultura y agrarismo“.

En marzo de 1930, la Cámara Nacional Agrícola de México lamentó “que no hayamos concurrido a la Convención Agrícola que debió celebrarse el día 10 del propio febrero y que por la prensa tienen conocimiento de los trabajos de esta Cámara, encaminados a resolver satisfactoriamente el problema agrario; insisten en que se nombre en la capital, persona que lleve la voz de esta Cámara para cambiar recíprocas impresiones”. La institución moreliana invitó a Alfredo Noriega y Salvador Cortés Rubio a convertirse en sus representantes ante dicha asociación agrícola.

Inmersos en los asuntos agrícolas, ellos, los consejeros de la institución, bajo el liderazgo de Bernardino F. Peraldí Carranza, quien por cierto fue sobrino de Venustiano Carranza Garza, presidente de México en el período 1917-1920, coincidieron, en una de sus reuniones de mayo de 1930, “dirigirse a las Cámaras de Comercio del Estado, rogándoles nos remitan a la mayor brevedad posible una lista de los principales propietarios de fincas, con el fin de unificar su criterio en materia agraria y procurar la cooperación de todos los trabajos que a ese respecto está llevando a cabo esta Cámara”.

Por cierto, el 22 de octubre de 1930, la Cámara de Comercio de San Luis Potosí dio a conocer a la de Morelia que se dirigió al Presidente de la República con la finalidad de respaldar la Circular número 8.

El 16 de junio de 1931, el presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio, comunicó a los miembros de la Cámara de Morelia que su administración estudiaba “la manera de resolver la difícil situación del país”, y que “el problema agrario no se dará por terminado mientras se soliciten tierras”.

Los problemas agrarios continuaban. El 10 de febrero de 1933, el presidente de la institución, Rafael Ramírez Jones, informó acerca de los asesinatos de Miguel Ponce de León y Felipe Castañón, cometidos por los agraristas, motivo por el que propuso, con el apoyo del consejo directivo, dirigir una nueva comunicación a los mandatarios nacional y estatal con el propósito de solicitarles el desarme de tales grupos.

No se doblegaron los comerciantes e industriales morelianos ante las circunstancias adversas de la nación. Defendieron su posición respecto a terminar el conflicto en el campo y agilizar el reparto agrario, con el apoyo constante de las asociaciones camarales y su Confederación. Y así se adelantaron, en sus propuestas, a los acontecimientos que entonces y años más tarde se registraron en México. 

Bien conviene enumerar los nombres de algunos de los empresarios que participaron en la elaboración de la Circular número 8 y de otros estudios y propuestas de trascendencia municipal, estatal y nacional, quienes demostraron arrojo y diversas ocasiones enfrentaron caprichos e intereses de la clase política: Miguel Herrejón Patiño, Bernardino H. Peraldí Carranza, Rafael Ramírez Jones, Vicente Barba y Casillas, Vicente González, Francisco G. Laris, Agustín Lagüera, Manuel Ruiz, Jesús Hurtado, José Román, Rafael Calderón, José Ramírez, Aurelio Delgadillo, Salvador Isla, Luis Ramírez, Pastor Castro Tinoco. Eduardo Laris Rubio, Agustín Martínez, Miguel Ramírez Munguía, Rafael Vallejo, Camilo Tron, Enrique Margaillan, Teófilo Jaubert, Enrique Gutiérrez, Heliodoro Durán y Leopoldo Sistos.

* Morelia es capital del estado de Michoacán y se localiza al centro-occidente de México. La antigua ciudad de Valladolid, hoy Morelia, fue fundada el miércoles 18 de mayo de 1541

Santiago Galicia Rojon Serrallonga es autor de diversos libros, entre los que destaca “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, publicado en el año 2019

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Foto de la Casa de Cristal: cortesía de Víctor Armando López Laderos y/o La Plana Noticias

Foto de la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industrias, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán: K. Galicia

Mujeres de siempre: Lupita Vega Ibarra, una tradición, una historia y una vida de entrega a la Cámara de Comercio de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue la historia de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia*. Cuando nació, el 20 de diciembre de 1928, la institución en la que laboró desde las horas de 1952, apenas tenía 33 años de existencia. Conoció los días y las noches de la agrupación empresarial, sus luces y sombras, su tradición y sus capítulos. Por vivir tanto, llevó consigo los recuerdos del ayer, las imágenes de otros años y rostros con nombres y apellidos cada vez menos presentes en la memoria colectiva.

* Morelia, la antigua Valladolid, es una ciudad que fundaron los españoles el 18 de mayo de 1541. Es capital de Michoacán, estado que se sitúa al centro-occidente de México. La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia fue creada en 1895 por el empresario alemán Luis Andresen y otros hombres de negocios, y protocolizada en 1896 por Ramón Ramírez Núñez, comerciante, hacendado y prestamista.

Desafiar al tiempo implica un costo, un peso, una carga. La vida es breve, se fuga igual que como llegó, entre un suspiro y otro, en un abrir y cerrar de ojos, y ella, Guadalupe Vega Ibarra -Lupita, como le llamábamos cariñosamente quienes tuvimos oportunidad de conocerla y tratarla-, se atrevió a caminar al lado de los minutos, las horas y los años.

Longeva y sana por naturaleza, “porque no sufro ni una gripe”, también lo fue por herencia, ya que su padre trabajó en la Harinera de Morelia durante 57 años consecutivos, hasta que se jubiló. Ella presumía que nunca presentó incapacidades laborales. Siempre se sintió bien y jamás se ausentó ni por vacaciones. Su vida y su sueño fueron la Cámara de Comercio de Morelia.

Recomendaba una alimentación equilibrada y sana, suficientes horas de sueño, acciones nobles y mucha productividad, Lupita fue la joya de la Cámara de Comercio de Morelia. Se formó como secretaria en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, perteneciente a la institución, de la que egresó en 1952 y en la que impartió clases de Mecanografía a las señoritas del segundo curso de Secretariado.

Como anécdota, habría que recordar los días juveniles de Lupita, época en que su cabello era tan largo que llegaba a sus tobillos. Daba atención especial a su cabellera. Un día, las autoridades municipales de Morelia realizaron una obra cerca del templo virreinal de San José y afectó las calles aledañas, como la de Serapio Rendón, donde se encontraba la casa de Lupita. Los vecinos enfrentaron carencia de agua. Una amiga invitó a Lupita a bañarse en su casa, pero la entonces joven estudiante de la Academia, sugirió que solicitara permiso a su madre porque era una señora muy delicada y severa.

Mientas la muchacha intentaba convencer a la madre de Lupita para que le permitiera bañarse en su casa, la mujer vio a su hija con enojo y se concretó a decir que estaba en libertad de elegir la decisión que más le conviniera. Lupita bañó en una pila enorme de piedra y posteriormente, una vez que secó su cabellera con una toalla y la peinó con un cepillo que le prestó su amiga, se retiró a su casa feliz, limpia, sin imaginar que días más tarde, tras la comezón intensa, descubriría que los piojos habían anidado en su cabeza. Con la molestia de su madre, quien atribuyó el contagio a la desobediencia de la muchacha, Lupita, entristecida, acudió al salón de belleza, donde una estilista cortó su enorme cabellera.

Al egresar de la institución educativa, presentó examen junto con otras dos jóvenes para ser contratada como secretaria de la Cámara de Comercio de Morelia. En aquellos días, tanto la Academia como la Cámara se encontraban en una finca de la calle Ignacio Zaragoza 148, en el centro histórico de la ciudad, donde los empresarios pagaban renta que cada día parecía más onerosa.

Como antecedente, hay que señalar que la secretaria que entonces laboraba en la institución, pronto contraería matrimonio. Mandaba a Lupita al mercado “Revolución”, en el antiguo barrio de San Juan de los Mexicanos, con el propósito de que le comprara algunos artículos para preparar la comida en su casa. Descubrió en la muchacha bastante talento, motivo por el que le confió que pronto se retiraría de la vida laboral para dedicarse a su hogar. Preguntó a la joven si le interesaría laborar como secretaria del presidente de la asociación, Francisco Páramo Castro, quien era propietario de una tienda de pinturas establecida en las calles de Valladolid y Morelos Sur, en el centro moreliano. Sin meditarlo tanto, Guadalupe Vega Ibarra pensó que se trataba de una responsabilidad enorme, pero aceptó con la alegría e ilusión juvenil.

De las tres aspirantes que se presentaron al examen, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, obtuvo la calificación más alta y fue contratada, acaso sin sospechar que a partir de entonces los días de su existencia estarían totalmente ligados a la Cámara de Comercio de Morelia. Se presentaba diariamente a las siete de la mañana y se retiraba a las nueve de la noche. En ocasiones trabajaba los sábados.

Armando García Sánchez, presidente en tres ocasiones de la Cámara de Comercio de Morelia, en los períodos 1948-1949, 1956 y 1961-1962, comentó alguna vez a Lupita que la renta mensual que pagaban por la finca era excesiva, motivo por el que requerían una casa propia. Era necesario, en consecuencia, conseguir dinero por medio de las cuotas que pagaban los socios. Lupita entendió el mensaje y se comprometió a multiplicar esfuerzos con la finalidad de captar mayor cantidad de recursos económicos. Y así lo hizo, salió a las calles un día y otro, donde visitó establecimientos comerciales para afiliarlos a cambio de los servicios que ofrecía la agrupación.

Un día, sin esperarlo, un comerciante anunció a Lupita que tenía en venta una finca antigua, cuyo precio era de 80 mil pesos. Anunció la oferta al presidente de la Cámara, Luis Torres Villicaña, quien tras analizar el precio con los consejeros, tomó la decisión de hablar con el propietario de la casona para negociar la compra-venta. Durante la negociación, ambas partes acordaron el precio del inmueble por 80 mil pesos a plazos.

En reunión de consejo, Luis Torres Villicaña y su equipo de consejeros establecieron el compromiso de adquirir la casa por la cantidad pactada, en abonos, más la aportación de 20 mil pesos que se destinarían a trabajos de restauración. Todos se dedicaron a conseguir recursos económicos para cumplir el compromiso, incluida Lupita Vega Ibarra, quien desde muy temprano salía en busca de socios.

Durante las siguientes gestiones, continuó la tarea de conseguir recursos para sostener los gastos de la Cámara, pagar el inmueble y concluir su restauración, al grado que en consejo se aprobó la elaboración de una circular a todos los socios, en el sentido de solicitar a cada uno la adquisición de bonos que se tomarían como préstamos. Obviamente, fue la fórmula para apresurar los pagos de la casa que se localiza en 20 de Noviembre 55, en el centro histórico de Morelia.

Años más tarde, en otros días que Lupita evocaba con nostalgia, un comerciante llegó a las oficinas de la Cámara con la idea de ofrecer en venta un terreno con una casa en ruinas, que poseía en la calle Quintana Roo, frente al templo de La Soterraña, oferta que de inmediato informó la mujer al consejo directivo que entonces estaba interesado en conseguir una propiedad para construir la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Lupita Vega Ibarra, quien nació en la calle Serapio Rendón, en casa de su abuela materna, y desde hacía décadas moraba en la calle Estaño, en la colonia Industrial, en el antiguo Barrio de Santa María de los Urdiales y el añejo Paseo de las Lechugas, fue pieza fundamental no solamente en la adquisición de las dos fincas que hoy son propiedad de la Cámara de Comercio de Morelia, sino en los pagos puntuales.

Perteneciente a la generación que inició sus estudios de secretariado en 1948, en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, Lupita fue amiga, entre otras jóvenes, de María del Carmen Hinojosa González, quien sería madre del otrora presidente de la República Mexicana, Felipe Calderón Hinojosa.

Durante mucho tiempo, transcribió los informes de los secretarios a los libros de actas, tramitó licencias municipales en el Ayuntamiento de Morelia, visitó diariamente a los comerciantes y prestadores de servicios, recuperó cuotas de filiación en gran cantidad y efectuó una diversidad de trámites en diferentes dependencias públicas e instituciones.

Cuando la directiva adquirió el inmueble para instalar la Cámara y la Academia, en su sede actual, el presidente de la misma, Luis Torres Villicaña, dijo a Lupita: “necesitamos dinero para pagar la casa. Usted sabe cómo le hace para conseguirlo…” Y cumplió la encomienda como lo hizo, más tarde, con la compra de la casa en ruinas de la calle Quintana Roo, donde fue establecida la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Moreliana por nacimiento y tradición, despertaba a las seis de la mañana, barría la calle, desayunaba y se preparaba para llegar puntual, como cada día, a su empleo; dormía entre nueve y media y diez de la noche. La mujer que durante los minutos de su infancia jugó en los campos del Molino Santa Lucía, en la colonia Industrial, y ganaba las competencias de carreras de una esquina a otra y brincaba la cuerda, se entregó años después, con la misma pasión, a la Cámara de Comercio de Morelia.

Ese es el secreto, parece, entregarse con autenticidad y pasión a algo, desarrollarse plenamente, dar lo mejor de sí, creer en algo, soñarlo y materializarlo. Y Lupita lo hizo, hasta fundirse, en cierto sentido, con la esencia de la Cámara de Comercio de Morelia, una de las más antiguas de su género en México.

A través de los años, Guadalupe Vega Ibarra fue, además, custodio de los muebles y documentos de la institución. Impidió, en diversas ocasiones, que algunas personas se llevaran las sillas, la mesa, el archivero, el perchero con su espejo y otros muebles, todos antiguos, como se opuso, en la última década del siglo pasado, a las actitudes de un director de la agrupación camaral, quien con apoyo de sus alumnos, extrajo cajas con papeles y libros de actas añejos que tiraron a la basura, con lo que eliminaron irresponsablemente la historia de la institución; sin embargo, lamentaba desconocer el paradero de las fotografías de antaño, las máquinas de escribir L.C. Smith y cajas y sumadoras del ayer, como también le lastimaban las modificaciones estructurales de la casona, “totalmente fuera de contexto”, aseguraba con molestia y de frente. “como el piso del patio principal que sustituyó los mosaicos tan hermosos. Ese piso verde es un adefesio, un insulto al edificio y a lo que representa la institución”.

Cuando escribí el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, entre 2017 y 2018, vivió, al menos, dos momentos emotivos que la conectaron con los otros días, los de ayer: la visita de Javier Esparza Rodríguez, zacatecano, también nacido en 1928, quien fue su jefe entre 1962 y 1963. Una de las empleadas de la Cámara, ofreció té al otrora presidente, quien minutos más tarde, para su sorpresa, recibió la taza y el pequeño plato por parte de Lupita. Ambos comprobaron que la vida es un engranaje incesante que determinado día, en cierto lugar y hora, puede reunir a los protagonistas de los otros años. El otro capítulo emotivo para Lupita fue cuando salí con ella, como escritor, periodista y amigo suyo, a la finca marcada con el número 148 en la calle Ignacio Zaragoza, en el centro histórico de Morelia, antigua sede de la Cámara de Comercio y de la Academia. Alguien permitió amablemente nuestro paso y Lupita, profundamente emocionada, suspiró y exclamó que habían transcurrido por lo menos seis décadas, 60 años, desde la última vez que ingresó a la finca.

Entendió, porque así lo confirmó, que aquella visita al inmueble que albergó sus amadas y entrañables Academia y Cámara, era un regalo de la vida, como lo fue, igualmente, el encuentro con su antiguo jefe, Javier Esparza Rodríguez, a quien calificó como hombre afable, justo, productivo y honesto.

Miró un rincón y otro, como si pretendiera atrapar los ecos del ayer, los murmullos de antaño, aquellas pláticas y risas de las jóvenes que estudiaban Secretariado y se enamoraban y soñaban y ensayaban el juego de la vida, las voces de los muchachos que cursaban Contaduría y compartían aventuras, espacios, momentos; pero también las cátedras de los profesores, el paso del tiempo, las reuniones de los hombres de negocios, las juntas semanales que entonces realizaban los directivos camarales. Encontró, a su paso lento, pedazos de historia, un ayer roto, testimonios rotos de su vida.

La mujer caminaba por los espacios públicos y las callejuelas del centro histórico de Morelia, como desafiando al tiempo, con su carpeta con documentos de filiación y su blusa que presumía el nombre de la institución a la que perteneció desde hacía casi siete décadas y el suyo, Guadalupe Vega Ibarra.

Era un ser humano fuerte e inagotable. Hace algunos años apenas -oh, ¿qué es el tiempo si no la sucesión de acontecimientos? ¿Acaso es recolección de sentimientos, ideas y actos, o es, quizá, la acumulación de momentos, realidades, sueños e historias? ¿Qué es? ¿Es sueño, es vida, es ilusión?-, Lupita fue atropellada en dos ocasiones y resultó con las heridas consecuentes y, asombroso, sin fracturas, al grado de que el médico que la atendió le preguntó, en broma, de qué estaba hecha, y ella, como era, respondió: “igual que usted, doctor, de carne y hueso; pero con muchos deseos de vivir”.

Un final

La trama de la vida está formada de compases, momentos, colores y susurros que la enriquecen, la hacen diferente o la empobrecen y convierten en notas discordantes. La biografía de un ser humano inicia un día y concluye otro. A una hora sube el telón y a otra, casi siempre insospechada, desciende al mismo tiempo que los reflectores se apagan.

Lupita Vega Ibarra llegó ese día a laborar, a la oficina que la añora y exhala su aroma, el viernes 14 de diciembre de 2018. Cobró su sueldo por honorarios y recibió una compensación extraordinaria por las fiestas decembrinas y de fin de año y abrazó a todos sus compañeros, deseándoles una Navidad feliz y el inicio de 2019 con alegría, salud y prosperidad.

Se despidió como si algo, en su interior, le indicara que no retornaría más a su Cámara de Comercio tan amada. Y así fue. Por su edad, el entonces presidente de la institución, Luis Navarro García, dialogó con su hermano y otros miembros de su familia con la idea de concluir la relación laboral con una mujer que ha quedado en la historia de la agrupación. Quedan inscritos el aroma y los recuerdos de Lupita en los paredones de cantera, en los recintos, en los dos patios, en memoria de quien entregó los días de su existencia a una institución que algo tiene de encanto.

Luis Navarro García es un hombre justo y honesto. Comprendió, entonces, que Lupita, a sus 90 años de edad, se exponía al salir cotidianamente a la calle en busca de agremiados y socios, y que era conveniente, por lo mismo, ofrecerle condiciones para su retiro digno. Años antes, ella obtuvo su jubilación. Laboraba por honorarios.

Y se fue y mantuvo consigo el recuerdo de la Cámara de Comercio de Morelia, su mundo, su vida, su ilusión, su historia, su aliento. Y llegó el día de su transición, la hora de abordar el furgón en una estación para dirigirse a otro plano, a su destino.

La tarde del lunes 20 de julio de 2020, ella, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, casi de 92 años de edad, dio el último suspiro y así, con su estilo y su biografía, dejó su ejemplo y remembranza en la Cámara de Comercio de Morelia, cuyos paredones y corredores de cantera indudablemente exhalan su fragancia y la proyectan, dentro y fuera de la institución, como una mujer de siempre. ¿Qué somos? ¿Realidad, sueño, ilusión? ¿Esencia?, ¿arcilla? Tal es la vida.

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Más de una centuria entre flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entre arreglos florales que provocan suspiros y enamoramiento, bouquets con burbujas de alegría, promesas e ilusiones, rosas y tulipanes que roban el aliento y coronas que se solidarizan con el luto, el dolor y las lágrimas, aparece don Guillermo, el propietario de la ya centenaria empresa familiar “Florería Tere”, quien a sus 88 años de edad asegura que el secreto para conservarse sano es “comer adecuadamente, dormir bien, no causar daño y trabajar, dedicarse a la vida productiva”.

Guillermo Fabián Reyes es un artífice. De cada arreglo floral, sencillo o complejo, hace un poema, una obra natural con armonía y equilibrio, con matices y fragancias que embelesan.

Hijo de doña Teresa Reyes Corona, moreliana nacida en postrimerías del siglo XIX y quien durante las horas de 1915, cuando México se encontraba ante los abismos de la historia, fundó su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, ha dedicado los días de su vida a la empresa familiar que de alguna manera ha participado, a través de sus arreglos, en romances, fiestas y luto de los moradores de la capital michoacana.

Y es que las flores tienen algún encanto que acompañan a los seres humanos en sus momentos de alegría e instantes de tristeza. De rostros finos, brotan de la intimidad de la tierra y exhiben y presumen sus aromas, tonalidades y formas, como si vinieran de algún vergel lejano.

Igual que las nubes, la lluvia y el rocío, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de la vorágine de la existencia, un fragmento para deleitarse, enamorar a alguien, expresar sentimientos o solidaridad.

De intensa policromía, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de la montaña, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles y piedras, o en campos de cultivo, con el pulso de la naturaleza, para acompañar a los serse humanos en todos los momentos de sus vidas, y eso lo sabe muy bien don Guillermo, como le llaman todos en el Mercado Independencia, en la ciudad de Morelia.

Es innegable que desde la aurora hasta el ocaso de la existencia, hombres y mujeres están acompañados de flores en casi todos los momentos. Y si existen dudas, ¿no acaso alguien obsequia un ramo a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente hay quienes llevan arreglos y coronas a un funeral o un sepulcro? Se encuentran en los escenarios naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y las tristezas. ¿Quién no ha experimentado algún sentimiento al recibir una flor?

Recuerdan, igualmente, la fugacidad de los días. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asuman su cutis maquillado y aromático al cielo. Todas son hermosas y tienen un nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, margaritas, orquídeas, tulipanes, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, como la música, fronteras.

Quizá a doña Teresa la arrobaron el encanto y la magia de las flores y, por lo mismo, en 1915 decidió fundar su negocio. Emprendedora, como lo fueron sus padres la centuria anterior, la decimonovena, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a unos metros del acueducto barroco y virreinal de Morelia, donde coexistían innumerables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines. Los claveles, en tanto, abundaban en otro rumbo de la ciudad, por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente, rumbo al cerro del Punhuato, unos metros antes del final de los arcos de cantera.

Don Guillermo, el hijo de Teresa, recuerda que amplio y distribuido en lo que actualmente es Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad de Morelia el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces. En su interior operaban los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, permanecían los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

Con cierta nostalgia, don Guillermo recuerda que el Mercado Valladolid era mundo pequeño, hogar, escenario donde los comerciantes llevaban a cabo su convivencia diaria y compartían alegrías y dolores, noticias y acontecimientos. Asegura que “parecíamos una gran familia. Todos nos conocíamos”. Cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir su historia.

Tras hacer un paréntesis, don Guillermo refiere que “en el Mercado Valladolid, que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos relación entre nosotros y con los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico”.

Entre las remembranzas de don Guillermo, aparece de nuevo la imagen de su madre, doña Teresa, quien adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia. “Las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, entre 1938 y 1940”, completa”.

Los rumores de la historia flotan en el ambiente. Llegan otros recuerdos a su memoria. Muestra el calendario que data de 1965, ejemplar de los almanaques que por última vez entregó su madre. El calendario exhibe el nombre del negocio materno, “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; entonces, los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Don Guillermo reconoce que las flores de plástico, muchas procedentes de China, han reducido en un porcentaje alarmante el mercado de las especies naturales. Sabe, también, que hay flores para la vida y la muerte, las alegrías y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos, la nieve y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Con 102 años de antigüedad, la empresa familiar genera empleos, asegura don Guillermo, quien afirma nostálgico y con gesto de satisfacción y la tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, que no le gustaría que la florería concluyera actividades cuando él se retire del camino; al contrario, “me encantará que siga acumulando experiencia e historia y muchas satisfacciones y beneficios para todos”, finaliza y retorna a sus labores, al diseño y elaboración de arreglos.

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Esta entrevista fue publicada en el portal Quadratín Michoacán: https://www.quadratin.com.mx/principal/convierte-guillermo-reyes-arreglos-florales-en-poesia/

COPARMEX, pobre COPARMEX..

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con amistad para los empresarios que respetan la dignidad humana

“Para ustedes, los periodistas, está disponible la tarima. Es el espacio que les asignaron”, expresó una de las empleadas del Centro Empresarial de Michoacán, filial de la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX), a los reporteros invitados a cubrir la disertación de otro comunicólogo que ahora pretende ser presidente de México, Pedro Ferriz de Con.

La cita, de acuerdo con la invitación enviada a los medios de comunicación, fue a las ocho de la mañana, en uno de los salones del Hotel Holliday Inn, en la zona comercial y financiera de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, donde empleados de la agrupación empresarial registraban y cobraban el ingreso de los hombres de negocios interesados en asistir al desayuno y a la conferencia.

Cuando miré, atrás, casi escondida, la tarima gris de madera, reaccioné de inmediato y manifesté a la empleada mi descontento con el argumento de que como ser humano merezco respeto y de ninguna manera me sentaría en ese lugar que marcaba una diferencia repugnante de clases sociales.

Le recordé que COPARMEX es una agrupación empresarial fundada en 1929, con doctrinas como la defensa de la dignidad humana y los valores trascendentales, de modo que al tratarnos con discriminación, con un sello de diferencia que suele caracterizar a los seres humanos adocenados que apenas tienen cierta posición económica actúan como amos despiadados de quienes les rodean, demostraban incongruencia.

Auxiliada por algunas compañeras y un joven de gafas, atrapado en un traje oscuro, la asistente anunció que ordenaría a los empleados de la empresa hotelera la colocación de sillas sobre la tarima, ofrecimiento al que evidentemente me opuse por tratarse de un espacio que podrían utilizar camarógrafos y fotógrafos para colocar los tripiés de sus cámaras, y porque me pareció falta de respeto servirse de nosotros para la promoción de sus actividades y tratarnos como personas de quinta categoría, claro, muy ad hoc a las costumbres mexicanas de simulación que en una mano presentan un ramo de flores y en otra un látigo.

Ante la sorpresa de mis colegas, advertí al personal operativo de COPARMEX que lo que menos me interesaba era desayunar. De ninguna manera iba a sentarme en el escenario del desprecio y la mediocridad, ni sería un mal necesario ni objeto de compasión por parte de quienes nos invitaban y demostraban su falta de educación al no ofrecernos un espacio digno.

En consecuencia, anticipé que en todo caso permanecería cerca del acceso del recinto porque mi vocación nunca ha sido causar lástima ni ser denigrado porque parto del principio de que todos los seres humanos, independientemente de su condición económica y racial, merecen respeto.

El joven de las gafas de aumento se aproximó a una mesa próxima al acceso, donde dos mujeres le aconsejaron ignorar mis peticiones porque nosotros, los periodistas, somos insoportables, o sea que se sirven de los medios de comunicación para satisfacer sus intereses y ansiedades ególatras, y al mismo tiempo los escupen. Vaya porquería.

Tan falsas como su tinte y su maquillaje, ambas mujeres demostraron lo que valen en realidad, nada. Su filiación a COPARMEX excluye los principios sobre el respeto a la dignidad humana y la práctica de los valores trascendentales.

Esa es, parece, la clase de empresarios mediocres e improvisados que tienen Michoacán y México. Obviamente, son los que hablan de empresas con responsabilidad social y condenan, como el adúltero que se espanta de la suripanta, la corrupción de funcionarios públicos y políticos que han saqueado al país.

Tras mi malestar, finalmente influí para que nos proporcionaran una mesa, admito que con el servicio completo del banquete, no tan delicioso como el que suelo preparar con alguien cada fin de semana. Por cierto, espero no me envíen la factura de la mesa.

Confieso que mi intención no fue tramitar un desayuno con fruta, jugo, café, bizcochos y un pan con pollo en salsa verde, parecida al pipián. No, no fue eso. Tampoco busqué una silla para estirar las piernas y convertirme en espectador dedicado a aplaudir a un señor comunicólogo arrogante. Fue cuestión de defender un principio fundamental: la dignidad humana.

Igual que todos los seres humanos, ricos y pobres, inteligentes y tontos, bellos y feos, merezco respeto. Como escritor y periodista, también exijo que el trato hacia mí sea digno. Tales empresarios, con todo el dinero que aparentan poseer en este país de simulaciones, jamás podrán comprar talento ni calidad humana.

Fue, igualmente, por defender la dignidad humana, el respeto y los derechos humanos del ser humano, de los reporteros que un día y otro de mañana se sumarán a las tareas periodísticas. Se trata, en parte, de hacer talacha para que las futuras generaciones no enfrenten el desprecio y el trato despótico de personas a las que si se les desnudara, es decir si se les quitaran dinero y títulos académicos, enseñarían lo que en realidad son, seres carentes de calidad humana, criaturas vacías.

De la experiencia anterior, protagonizada el martes 6 de diciembre de 2016 -a veces ayuda memorizar las fechas-, obtengo dos conclusiones tristes que lamentablemente me confirman los niveles tan ínfimos que envuelven a amplio porcentaje de seres humanos.

En primer término, los principios relacionados con dignidad humana, respeto, derechos fundamentales y valores trascendentales, promovidos por los ideólogos de COPARMEX, son, en casos como el expuesto y materializado específicamente en las dos mujeres citadas, tan parecidos a las expresiones melosas “te quiero” y “te amo” de quienes se creen enamorados, y se comportan ausentes a la hora de las pruebas y los hechos. “Te quiero” en la medida que no me involucras en tus necesidades y problemas. Te amo, pero siempre que disfrutemos las horas de placer, no tus lágrimas y sufrimiento”.

Afortunadamente no todos los empresarios de COPARMEX Michoacán actúan igual. Ignoran que durante muchos años cubrí la fuente económica en diversos medios de comunicación y que conozco sus historias con todos sus claroscuros. Habría que relatar, verbigracia, las barbaridades que uno de sus dirigentes cometió recientemente.

Por otra parte, me entristece y preocupa el hecho de que muchos de ellos, mis colegas, se resignen a que nos traten con tanto desprecio, como si fuéramos un mal necesario del que los hombres del poder se sirven para satisfacer su egolatría, caprichos e intereses. Algunos son amigos míos y otros únicamente compañeros y colegas; pero lamentablemente no existe iniciativa por parte del gremio para unirse, formar un frente no de ataque, sino profesional, y exigir respeto a nuestra dignidad como personas y profesionales.

Tales actitudes de conformismo y pasividad, característico en millones de mexicanos, han conducido al país a su funeral. Si todos tuviéramos el valor de actuar y reclamar lo justo, sin duda sumaríamos y multiplicaríamos a favor de la nación en vez de restar y dividir en perjuicio de todos.

Ahora recuerdo que hace poco más de dos años, en una asamblea de COPARMEX Michoacán que se celebró en los jardines y el área de banquetes y reuniones de Altozano, en la ciudad de Morelia, citaron a los periodistas a determinada hora y los mantuvieron en un pabellón, mientras los otros, empresarios  y funcionarios, eran conducidos a mesas donde les servirían platillos aparentemente deliciosos. Era, curiosamente, la hora de la comida.

Corresponsales, reporteros locales, camarógrafos y fotógrafos permanecieron más de una hora en el pabellón. Recuerdo que cuando llegué, enfrenté a quien entonces dirigía a la agrupación. Le reclamé el acto de desprecio a mis colegas y resalté que solamente los utilizaban, que no era humanitario mantenerlos en un pabellón con alta temperatura, aislado del área de mesas, sin ofrecerles agua o algunas bebidas.

Tramité una entrevista con el líder nacional de COPARMEX. El personal operativo y algunos empresarios michoacanos se opusieron a mi petición, pero insistí y finalmente logré que dicho personaje concediera unos minutos a la prensa, con la condición de que si escuchábamos el helicóptero en el que llegaría el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, suspenderíamos la sesión de preguntas y respuestas. Obtuvimos la entrevista y como es de imaginar, permanecimos de pie durante el acto mientras veíamos comer a los invitados.

He de admitir que dentro de COPARMEX Michoacán tengo amigos y conozco gente muy valiosa que da ejemplo de lo que es ser empresario. Son excepcionales y merecen todo mi reconocimiento; sin embargo, ha presentado descalabros y retrocedido, hasta tener similitud con agrupaciones y cámaras oficialistas que aplauden a los mandatarios, gobernadores, funcionarios públicos y políticos en turno, cuando debería de reconocer el trabajo oficial que se realiza bien, criticar lo negativo y proponer respuestas y soluciones a los problemas, conflictos y planteamientos de la hora contemporánea.

Dentro de Coparmex Michocán hay integrantes muy valiosos, con experiencia y trayectoria reconocida en diversas disciplinas, quienes deberían asumir el liderazgo o, al menos, aportar a quienes han permitido que se tambalee la agrupación patronal. Tengo la fortuna de haber cubierto perdiodísticamente desde su fundación, con su primer presidente, y sé, por lo mismo, que tiene gente muy valiosa.

Por ese tiempo, la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automóviles (AMDA) celebró una asamblea con empresarios de ese ramo en el estado de Michoacán. Asistieron el presidente nacional de la agrupación, el gerente general de la misma y otros directivos. La comida fue en el club Campestre de Altozano, también en la ciudad de Morelia.

Citaron a los periodistas con más de una hora de anticipación. Traté de que el líder nacional de AMDA concediera una conferencia de prensa, pues el gobernador michoacano llegaría con retraso. Insistí a varios de los empresarios que conozco hasta que finalmente hice la petición al gerente general de la agrupación, quien negó mi solicitud y manifestó “para eso los trajimos, para que cubran el saludo del señor gobernador y nuestro presidente nacional”. “¿Nos trajeron?”, reclamé molesto y advertí: “al menos a mí nadie me trajo. Vine por mi cuenta a cumplir una tarea profesional. Para su conocimiento, ni a mí ni a mis compañeros nos interesa el saludo del gobernador y el presidente nacional de AMDA porque eso carece de interés noticioso, es superficial; en cambio, lo que deseamos es obtener información, números, el crecimiento del sector, las inversiones, la generación de empleos, los planes de expansión. Si desean fotos y textos con flashes, saludos, poses y sonrisas, paguen publicidad en los medios de comunicación”.

Las mesas estaban dispuestas conforme a las normas más rigurosas de etiqueta, con la distribución de vajillas, copas y cubiertos que muy pocos entienden, como si hasta para comer, piensan, se requirieran ecuaciones. Igual que en COPARMEX, AMDA tampoco había dispuesto espacios para los representantes de los medios de comunicación. Unos y otros se sirven de los reporteros, pero los consideran basura. Se necesita tener dignidad y valor para defender el respeto y así poder mirar de frente a los demás, a los que uno ama, a los que se aconseja, a la gente que lee lo que transmitimos.

Con sus excepciones respetables, esos empresarios resultan de estatura muy corta ante personajes extraordinarios e inolvidables como doña Loraine Greves, la viuda de don Oliver Grace. Con más de 90 años de edad, esa mujer maravillosa, billonaria en dólares, quien pasó por la transición en 2015, en Estados Unidos de Norteamérica, fue tan humana y sencilla, de espíritu verdaderamente humilde, que jamás hubiera maltratado a una persona. Hubiera condenado las actitudes y los comentarios de las dos mujeres de COPARMEX Michoacán y de otros de sus integrantes.

Integrante de una familia que ocupa más de la mitad del Empire State, en Nueva York, con una multiplicidad de negocios internacionales que cotizan en los mercados accionarios del mundo, doña Loraine fue una mujer que cada día de su existencia cultivó detalles.

Billonaria en dólares, con acceso a la Casa Blanca y a los ámbitos económicos, sociales y políticos más exclusivos del mundo, ella, doña Loraine Greves, la señora Grace, solía ordenar a su chofer que frenara cuando miraba, desde su lujoso vehículo, alguna persona empobrecida en la calle. Nunca volteó al otro extremo cuando se topó con la miseria; al contrario, siempre dio anónimamente, y aun después de su muerte, surgen historias de personas que la recuerdan por lo que hizo a su favor cuando se sintieron más desgraciadas.

Doña Loraine pintaba. También era artista y de su interior surgía una gran sensibilidad. La mansión y el departamento que habitaba no se comparan con las “residencias” de estos ricos mexicanos que con menos recursos económicos, desprecian a quienes consideran inferiores por su aspecto o por su condición de trabajadores.

¿Qué hubiera expresado doña Loraine al escuchar a las dos mujeres de COPARMEX Michoacán o ante el desprecio, hipocresía, petulancia de aspirantes a multimillonarios? Entre los seres humanos acaudalados hay diferencias y niveles, y no solamente por las fortunas billonarias que acumulan, como fue el caso de doña Loraine, sino por la riqueza que surge de su interior y derraman hacia el mundo. Qué pena, en verdad, con estos empresarios mediocres que se sienten divinidades y ejes del universo.

Pasión con 101 años de flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los poemas las incluyen, lo mismo si son alegres, románticos o tristes, igual que una noche no olvida sus estrellas enclavadas en la galería celeste. Acompañan a los seres humanos desde el dintel de la aurora hasta el umbral del ocaso, lo mismo en los instantes dichosos que en los minutos dolorosos, como si por medio de su belleza recordaran la fugacidad de la existencia.

De rostros dulces y finos, tan sutiles como la brisa, el crepúsculo o las nubes, brotan de la intimidad de la tierra y presumen sus aromas, colores y formas, quizá cual fragmentos de un vergel olvidado o de un paraíso real, fantástico o perdido, o tal vez en un intento de recordar la alegoría de una existencia efímera en el mundo.

Junto con la lluvia, el rocío, las nubes y las horas, las flores parecen un suspiro, un paréntesis dentro de los esquemas de la inmortalidad, un fragmento para deleitarse, reflexionar y no olvidar que la vida es breve. Policromadas y fragantes, aparecen dispersas en la campiña, en las laderas de las montañas, cerca de las cascadas y los ríos, entre árboles con piedras y cortezas musgosas, con su pulso al compás de la naturaleza, para acompañar a la gente en todos los acontecimientos.

Desde el cunero hasta el ataúd, hombres y mujeres están acompañados de flores. ¿No acaso alguien obsequia un arreglo floral a su amada cuando comparten la dicha del nacimiento de un hijo, e igualmente uno lleva una corona a quien ha muerto? Aparecen en los paisajes naturales y en las mesas, en los templos, durante los aniversarios, las celebraciones religiosas, las comidas, las fiestas y los funerales. Vida y muerte. Día y noche. Luz y sombra. Sí y no. Las hay para las alegrías y también, es cierto, para las tristezas. ¿Quién que es no se ha conmovido o estremecido al recibir una flor?

Coquetas y ufanas, recuerdan la fugacidad de los días de la existencia. Bonitas, frágiles, tersas, las flores asoman su cutis multicolor y perfumado al cielo y miran la marcha de las nubes de formas caprichosas. Todas son bellas y poseen nombre: alcatraces, cempasúchil, claveles, jazmines, lilís, margaritas, orquídeas, rosas. Parecen poemas, conciertos, sonatas, quizá porque su lenguaje es universal y desconoce, por lo mismo, fronteras.

Tal vez por eso le cautivó la magia de las flores. Discurrían, entonces, los minutos de 1915, en los años convulsivos de México, cuando ella, Teresa Reyes Corona, doña Tere, moreliana nacida en el siglo XIX, inició su negocio de flores en el Mercado Valladolid, frente al ex convento y templo coloniales de San Francisco, época en que la capital de Michoacán aún conservaba su maquillaje pintoresco con casonas de cantera, balcones con herraje y portones de madera.

Emprendedora, como lo habían sido sus padres en la centuria anterior, Teresa conseguía flores en el antiguo Bosque de San Pedro, a un lado del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, donde coexistían incontables especies de flora y fauna y crecían, además, alcatraces y jazmines, porque los claveles abundaban por las vías del ferrocarril, y los rosales, en tanto, hacia el oriente de la ciudad, rumbo al cerro del Punhuato.

Aquellos eran otros días, recuerda con nostalgia Guillermo Fabián Reyes, hijo de Teresa, quien nació entre flores y aprendió el secreto del negocio. Amplio y distribuido en lo que actualmente es la Plaza Valladolid, donde se llevó a cabo la fundación de la ciudad el 18 de mayo de 1541, el mercado contaba con tragaluces y en su interior se encontraban los otros, los comerciantes, quienes ofrecían flores y verdura, mientras en el exterior, alrededor de la construcción, estaban los vendedores de fruta, jarcería, ropa y zapatos. Entre el ex convento franciscano -hoy Casa de las Artesanías de Michoacán- y el Mercado Valladolid, otras personas comercializaban “carnitas” de cerdo y comida preparada.

El del Mercado Valladolid era pequeño mundo, hogar, escenario de los comerciantes que diariamente convivían y compartían alegrías y olores, noticias y acontecimientos. Después de todo, don Guillermo lo sabe, los mercados son casa y punto de encuentro. “Parecíamos una gran familia, rememora don Guillermo, porque todos nos conocíamos. Compartíamos nuestros días e historias”.

Y en verdad, cuántas historias se entretejen en los mercados, donde un hombre y una mujer pueden enamorarse y unir sus vidas, o una familia y otra rivalizar o compartir sus capítulos e historias. En el Mercado Valladolid, “que era amplio y bonito, organizábamos una kermesse cada 15 de septiembre, y el sábado de Gloria, en tanto, quemábamos Judas que vestíamos de diversas formas. Eran fiestas inolvidables. Todos participábamos. Teníamos buena relación entre nosotros y los comerciantes establecidos en las fincas del centro histórico de Morelia”, la capital del estado mexicano de Michoacán.

Guillermo recuerda, también, a su madre con intenso amor. Si sabe que ella, Teresa, fundó la florería en 1915, no olvida que adquiría alcatraces, claveles, jazmines y rosas en ciertos parajes naturales de Morelia o que las gladiolas llegaron a la capital michoacana, procedentes de Tuxpan, al oriente de Michoacán, entre 1938 y 1940.

Los rumores de la historia flotan en su memoria, en su corazón, y señala, entonces, el calendario que todavía cuelga en su negocio, ya en el Mercado Independencia, con un año distante, el de 1965, cuando Teresa, su madre, entregó el último almanaque. Bien conservado, el calendario presume el nombre del negocio que fundó su madre: “Florería Tere”, y el año 1965, como un hijo de la inolvidable e irrepetible década de los 60, en el siglo XX. Posteriormente llegó el hálito de la modernidad y derrumbó el Mercado Valladolid; los comerciantes fueron trasladados al Mercado Independencia.

Guillermo sabe que hay flores para la vida y la muerte, la alegría y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el amor y la decepción, y que si son efímeras como la lluvia, los minutos y las nubes, forman parte de la trama de la existencia.

Al conversar con él, el hijo de Teresa, la mujer que fundó el negocio de durante las horas de 1915, afirma nostálgico y con gesto que refleja la satisfacción y tranquilidad de quien ha experimentado todos los capítulos de la vida, “la empresa terminará cuando yo concluya mi jornada”.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

Del consultorio a la tortería

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“No se preocupen por la alimentación y el hospedaje porque aquí, en Morelia, yo los apoyaré en ese sentido hasta que concluyan su formación profesional”, prometió Gerardo a sus hermanos recién llegados de Zamora, ciudad enclavada al occidente del estado de Michoacán, y así, sin imaginarlo, definió la ruta de su existencia al transitar de médico recién egresado a propietario de un establecimiento de hamburguesas, hot dogs y tortas.

Ya no rasga la piel humana con el bisturí ni expide recetas médicas, como fue su sueño juvenil, cuando se visualizaba como el mejor cirujano; ahora, y desde hace algunas décadas, corta el pan con celeridad y maestría para preparar sus productos.

Afable, siempre con alguna broma a sus clientes, en su mayoría estudiantes universitarios, ha atraído a sus clientes desde 1987, cuando el dueño de Pic´s le traspasó el establecimiento, ya que él, Gerardo, Gerardo Luna Vázquez, era alumno de Medicina en aquella época y trabajaba, como podía, ante los horarios absorbentes de la carrera profesional, en la preparación de tortas de jamón, queso de puerco, milanesa y salchicha, entre otras.

Niño travieso e inquieto, a quien su padre alguna vez rompió el palo de una escoba al golpearlo como escarmiento, fue bautizado por su abuelo como “El judío”, ya que el hombre relacionaba a la gente de ese pueblo, el de Hashem, con los negocios.

Gerardo, a quien su padre llamó Lalo desde muy pequeño, colocaba una mesa afuera de su casa, en la calle, con la intención de vender dulces, papas a la zamorana, frituras, pepinos y toda clase de mercancía accesible a los niños.

Conocido por los estudiantes como don Lalo o don Pic´s, en alusión a su negocio, el hombre reconoce que los disgustos, mortificaciones y problemas hay que arrojarlos al carretón de la basura antes de llegar al negocio, principalmente si es de preparación de alimentos, como el suyo, porque los clientes merecen atención y buen trato, “disfrutar su almuerzo, comida o cena, hacer un manjar de un platillo que en otro lugar podría parecer una simple torta”.

Más del 80 por ciento de sus clientes son estudiantes de Leyes, Medicina y otras carreras profesionales, y el resto, en tanto, personas que regresan porque les agradan la calidad y el servicio, por comer algo de lo que ofrece la lista de especialidades o por la nostalgia que uno lleva, a veces, del ayer, de las horas juveniles, cuando la fórmula de la escuela, las fiestas, los paseos y las ilusiones formaba parte de lo cotidiano.

Don Pic´s admite que los precios de sus productos son accesibles. “Siempre damos prioridad a la atención, la calidad, los precios y el servicio, pues cada cliente es especial para nosotros”,  señala mientras abre un paréntesis dentro de sus actividades imparables.

El hombre bromista se transforma, inesperadamente, no en don Lalo ni en don Pic´s, sino en el médico que recuerda que desde los nueve años de edad participó como ayudante de socorrista en la Cruz Roja de Zamora, donde se involucró, como le gustaba, con el tema de la salud, y así fue como un día, otro y muchos más estudió, en los instantes juveniles, en la facultad de Medicina de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Tercero de 10 hermanos, don Pic´s conoció los rasgos del hambre y las aspiraciones e ilusiones estudiantiles, los días juveniles que alguna vez han de fugarse para dejar, a cambio, remembranzas, vivencias, claroscuros cual es la vida, y por eso, quizá, es que desde 1987 ha ayudado a los muchachos con menos recursos económicos, quienes posteriormente regresan a pagarle algún adeudo, la pequeña diferencia que quedaron a deber.

La vida le ha enseñado que todo regresa, igual que las cosas que devuelve el oleaje en la desolación de una playa o las hojas que arrastra el viento una tarde otoñal, y es así como ante la caminata de los años y por diversas circunstancia dentro de la trama existencial, de pronto ha habido quien le ha ofrecido apoyo cuando más lo ha necesitado, y es que no pocos de sus clientes de antaño, a los que apoyó y sonrió cuando tenían hambre y necesidades, ahora son personajes dentro de las empresas y la función pública. “Un día, cuando me atropellaron, un abogado reconocido me proporcionó todo el apoyo que necesité, y cuando le pregunté cuánto le debía por sus honorarios, respondió: de ninguna manera, don Lalo. Usted me ayudó cuando era estudiante y tenía hambre. Este apoyo profesional es muestra de mi agradecimiento”.

Sus bromas nunca ofenden ni son obscenas; al contrario, “trato de que ellos, los muchachos, disfruten su estancia en Pic´s y que si tienen presiones por exámenes y otras cuestiones académicas, al menos descubran que la vida siempre ofrece una oportunidad para reír y experimentarla con sabiduría”, explica.

El viento de la tarde otoñal mueve las hojas de las plantas que asoman de los balcones y las maceteras de las casas que se prolongan en el Callejón del Romance, esquina donde se encuentra Pic´s, con sus mesas en el empedrado, al aire libre, que ofrece la vista al acueducto barroco y la Calzada Fray Antonio de San Miguel, del siglo XVIII.

A sus 52 años de edad, don Pic´s, como le llaman todos, asegura que tiene muchos proyectos y que en su itinerario no figura la ociosidad. Al marcharse, camina hacia su motocicleta, acompañado de Laica, su perra de 16 años edad, que con dificultad da un paso y otro más, porque todo, en la vida, afirma don Lalo, ha de concluir; por eso, “como me ha enseñado la tortería, hay que disfrutar cada instante al máximo, sin causar daño a los demás y sí, en cambio, con el propósito de dejar una huella positiva, por insignificante que parezca”.

Pic´s se localiza en Madero Oriente 993, a unos metros del acueducto, el Callejón del Romance y el Jardín de Villalongín, en el centro histórico de Morelia, y da servicio de 8:30 a 18:00 horas y de 19:00 a 22:00 horas, de lunes a viernes. Los domingos permanece abierto de 19: a 22:00 horas. Las especialidades son hamburguesas, hot dogs, tortas, limonadas y malteadas.

Este artículo fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán