Libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me es grato presentarles mi libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, publicado por Editorial Resistencia y patrocinado y respaldado por el Ayuntamiento de Morelia, a través de la Secretaría de Turismo en el municipio.

Como autor de la obra, agradezco el apoyo y la confianza que mi amigo, Roberto Monroy García, depositó en mí durante su gestión como secretario municipal de Morelia. Su amplia experiencia y su reconocida trayectoria en la actividad turística, influyó en el alcalde de Morelia, en 2020, Raúl Morón Orozco, para respaldar la elaboración de un libro sobre las 14 tenencias de la capital de Michoacán, como legado y reconocimiento de la administración municipal a la gente de la zona rural, a las familias de las regiones naturales que poseen arquitectura típica, artesanías, costumbres, gastronomía, historia, leyendas y tradiciones.

Texto de la primera solapa.

El alcalde de Morelia, aceptó de inmediato la propuesta e iniciativa del secretario municipal de Turismo, quien me autorizó, como escritor, recorrer las tenencias, entrevistar a la gente en un ensayo de rescate de la tradición oral, investigar en documentos y redactar, finalmente, la obra.

Reseña del autor en la segunda solapa.

Roberto Monroy García tuvo el acierto de nombrar a su colaborador, otro amigo de ambos -Gabriel Chávez Villa-, el funcionario que estuvo atento a diferentes procesos, como recorridos a las zonas naturales y a los pueblos que forman parte de las 14 tenencias de Morelia, quien ha desempeñado los cargos de presidente estatal y nacional de una de las agrupaciones de guías de turistas de prestigio.

Contraportada.

Posteriormente, ya como encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo de Morelia, Ada Elena Guevara Chávez, tuvo la amabilidad de apoyar y respetar el proyecto, el cual promueve con entusiasmo y profesionalismo, ya que se trata de un reconocimiento del Ayuntamiento de Morelia a la gente de las 14 joyas que rodean la ciudad de origen colonial, las tenencias.

Es un honor ser autor del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores. Mi gratitud a Roberto Monroy García, principalmente, y al exalcalde Raúl Morón Orozco, a Gabriel Chávez Villa, a Ada Elena Guevara Chávez, a los jefes de Tenencia, a los habitantes de las zonas rurales del municipio, a los fotógrafos que apoyaron con material gráfico, a la editora Josefina Larragoiti Oliver, al diseñador Jaime Espinosa y a toda la gente que me otorgó las facilidades para la creación de esta obra.

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Mujeres de siempre. Tania Brito Melo, de niña soñadora e ingenua a poeta inolvidable y creativa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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“Que las mujeres siempre levanten la cabeza dignamente y no dejen caer la corona. Somos princesas de Dios y tenemos derecho de ser lo que queramos. Que nunca admitan violencia física, patrimonial, verbal o de otro tipo. Que sean firmes en sus convicciones y denuncien cualquier forma de horror… Sean persistentes, libres, y sostengan su corona. Nacimos para brillar en el mundo. Traten siempre de leer buenos libros. Luchen por un mundo mejor”. Tania Brito Melo

Tejía historias, cosía quimeras, hilvanaba sueños, y también escuchaba relatos aquellas noches de su infancia y hasta los leía en los libros, en las palabras, en las letras impresas en las páginas que olían a tinta, en las hojas con aroma a papel, en un mundo bello, libre y mágico. Era una niñez dulce e inocente que, en las noches, antes de dormir, sentía el amor profundo de su madre y escuchaba las narraciones de su padre, hasta que se entregaba al sueño más profundo, al que solo tienen acceso los artistas y las musas.

Su padre y su madre fueron sus primeros maestros. Sabían que con el ejemplo, la pequeña aprendería a ser una persona con sentimientos nobles, pensamientos libres e ideales supremos. La motivaban cotidianamente al aprendizaje, al estudio, al conocimiento, a ensayar la vida una y otra vez, sin temor a equivocarse, porque de eso se trata, de esculpirse a sí mismo.

Tania, Tania María de Jesús Brito de Melo, quien nació en la ciudad de Taguatinga, en el Distrito Federal de Brasil, y que años más tarde, ya como escritora, utilizaría el seudónimo Tania Melo o Tania Brito Melo, fue una niña “llena de inspiración y sueños”, e incluso “las bromas y las competencias entre amigos eran mis pasatiempos favoritos”.

Al mirar atrás, a los otros años, a la época dorada, Tania, la poeta, manifiesta que “tenía una gran familia, integrada por 12 hermanos, e incontables amigos. Había un juego que denominábamos Estatua y conistía en que todos los niños corrían, mientras otro pequeño daba la orden de que paráramos, lo que significaba que debíamos permanecer inmóviles. Quienes se movían, eran expulsados del juego. Había otras competencias, entre las que destacaban las de atrapar-esconderse y dónde está el anillo. Jugábamos a la pelota”.

Entre sus palabras y sus sielencios, Tania confiesa que siempre le gustó escribir. De hecho, “comencé a escribir poesía a los 12 años de edad. Me encantaba leer buenos libros, admirar las puestas de sol y observar los matices de la naturaleza…”

Habla, calla y suspira como poeta, y en verdad lo es esta artista de las letras, quien, sonriente y, a la vez nostálgica, asegura que registró todo lo que le fascinaba y motivaba, en un cuaderno. Utilizaba un lápiz. Paisajes, motivos, detalles, cosas, gente, todo quedó plasmado en aquellas páginas que de alguna manera ponían a prueba su capacidad y su talento de artista.

Artista e intelectual, Tania Brito Melo hace pausas con laa intención de extraer historias y recuerdos de su memoria, acontecimientos y capítulos que naufragan en el ayer y en las remembranzas. Emocionada, platica sobre los instantes y los años que fueron tan suyos: “creí en las hadas y en las reinas, en los hombres del saco, en la cigüeña que voló en el cielo para traer a mis hermanos, en Santa Claus, en una varita mágica, en brujas, en duendes de un bosque encantado. Me gustaba jugar con Topo Gigio, un juguete de mi época primaveral. Bebí refresco Crusch y formulé innumerables preguntas, como ¿dónde está el brazo de la silla?, ¿dónde estará la cabeza del alfiler?, ¿dónde está la leche, la leche del diente de leche? Me gustaban los cacahuates, los dulces y el rompe barbillas. Pregunté: ¿dónde está el pie del niño?, ¿dónde está la barbilla rota? Interrogué sobre todo lo que deseaba saber”.

Es la misma Tania quien evoca a su padre, al que preguntó si el maíz tenía cabello porque él solía llamarle “pelo de elote”. Ella era muy rubia. Incluso, ganó pimer lugar en un concurso para Miss Brasil. Sonríe y confiesa que fue comparada con Miss Brasil Marta Rocha.

Y siguió la primavera existencial, como el vuelo de una mariposa, la elegancia y el perfume de una flor y la sencillez de un helecho. Encantada de repasar su biografía, las páginas que una vez que transcurren los años quedan almacenadas en el desván de la memoria, Tania expresa que “fue un período lleno de alegrías, inspiraciones y logros. Estudié mucho, pero me encantaron los programas de televisión “La bruja”, “Jeanne es un genio” y ” Capitán América”; adicionalmente, leí revistas y novelas, y miré películas como “La Cenicienta”. Tuve gran cantidad de amigos. Yo era como la mujer gato”.

Estudió Administración de Empresasa, Bibliotecología y Pedagogía; sin embargo, el amor y la pasión por el arte germinaron en ella desde que era niña. Deshilvana el ayer, su historia, su biografía, antes de aclarar: “siempre fui muy creativa y original. Creaba artesanías de crochet, con hilos y bolsos de costura, y muchos complementos de moda como calzado, sombreros, collares y otros. Más allá de dedicarme a la poesía, escribí relatos románticos, cuentos y canciones. Era una creadora incansable que exploraba todas las rutas del arte”.

Tras reconocer que uno de los obstáculos más grandes que enfrentan los autores son, precisamente, los altos costos en la impresión de libros, situación que es un problema a nivel global, Tania refiere que es madre de tres hijos, los cuales, por cierto “son mis mejores trabajos”.

Orgullosa de su familia -la de ayer y la de hoy-, la escritora menciona que en 2014, Editorial Semear publicó su libro infantil El cantante Leonardo y su granja, sin omitir que tiene obras terminadas, entre las que destacan A jornada de um Cancango, Alfabeto do amor, A Estrelinha Dourada, O grande painter, Sonhos de crianca, Poemas arrebatados, Poems para amor, El señor Dios de los vientos, El hada mariazinha, Marquinho donante de amor, El nuño pez, Camila comilona juguetona, Quedo en tu amor, Mundo feliz, La biblioteca parlante, Ilumunar, Pueblo de papirus, Construcciones técnicas de literatura infantil, Poemas al amor, Poemas de aninales y Brasil de la inspiración.

Alegre, conversadora, amable, creativa y ocurrente, la escritora y poeta brasileña escucha atenta y responde la pregunta relacionada con los espacios y foros donde publica sus obras. Enumera: Editorial: Semar-Brasil; Darda Editora: EHS Editora; Brincando com poesías; Coletâneas Darda Editora; Editora Sucesso; UNY Editora; Editora issu en Portugal; Editora Assis; Revista Internacional de Literatura y Arte, con poetas y escritores españoles, italianos y portugueses; Universo Poético, con Drugot Letras y otras participaciones con poetas y escritores en antologías: Editor de EHS, Flor da Manhã; Jugando con la poesía, Darda Editora; Antologías Poesía sin fronteras; Brasil Poética, Preses y oraciones. Y también en Editorial Vivendo Criança II UNY. Dardo editor de refloración. Un sueño para todos. Esencia poética, Acuarela de emociones. Antologías navideñas con José Sepulveda en Portugal. Ebooks, y con encuentro de poetas y amistades con Sandra Galante. Escribo para periódicos y revistas: Revista eisfluencias da Fênix, para 32 países, con Carmo Vasconcelos y Henrique Lacerda, de Lisboa; participo en la Revista Arte Toscano, de Colombia, apoyando a Nelson Ortega; Revista Universe Poetic, Revista América sin Fronteras.

Rodeada de apuntes y libros, la escritora y poeta que ha sabido ganar la simpatía del público lector, expone que también publica en los siguientes sitios: Blogs pot meuspoemascomarte. com, página Caneta Criativa Poemas de Tânia Brito Melo, página Agulha Criativa de Tânia Brito Melo artes e espetáculos, grupo Aldeia de Papirus de Tânia Brito Melo e amigos, CPP-Casa do Poeta e da Poesia recanto das Letras Oficial Facebook / Tânia Brito Melo Instagam, Tânia Brito Melo Revista América sin fronteira, Academia Mundial de Cultura e Letras. Brasil Academia Literária música e arte. Academia Internacional de União Cultural, La Academia Nacional e Internacional de la poesia SMGE Sede Tulancinto.

A una mujer tan extraordinaria, hay que preguntarle cuáles son sus proyectos como artista e intelectual. Sonríe. Calla durante algunos segundos. Bebe agua y expresa: “mi mayor proyecto es llevar la lectura y la poesía por todo el mundo y cultivar la paz para la humanidad. Soy embajadora cultural del Foro Mundial por la Paz y la Humanía (Derechos) y embajadora del Colectivo Cultural Internacional de la Utopía Poética Universal, de los poetas más grandes del mundo. Asimismo, soy directora de la Revista América Sin Frontier, con sede en Brasil. He transformado el poema y la música en la ciudad de Portugal, con Antônio Teixeira, maestro, músico y compositor de Cabeceira de Basto.

La plática llega a un tema especia: el de hoy es un mundo complicado. ¿Qué consejos darías a las mujeres que aún no se atreven a dar los primeros pasos y a realizarse plenamente? Escucha, asimila el sentido de la interrogante, mantiene silencio por un rato y aconseja: “que siempre levanten la cabeza dignamente y no dejen caer la corona. Somos princesas de Dios y tenemos derecho de ser lo que queramos. Que nunca admitan violencia física, patrimonial, verbal o de otro tipo. Que sean firmes en sus convicciones y denuncien cualquier forma de horror”.

Y agrega, dirigiéndose especialmente a las mujeres de aquí y de allá, en minúsculas y en mayúsculas, en todo el mundo: “sean persistentes, libres, y sostengan su corona. Nacimos para brillar en el mundo. Traten siempre de leer buenos libros. Luchen por un mundo mejor”.

Tanto la pregunta como la respuesta conducen, naturalmente, a otra interregante: ¿hay esperanza de ser felices y vivir dignamente en un mundo que parece roto? Contesta, segura de sí, sencilla, inteligente, sensata: “creo que la vida es un regalo divino. Con las oportunidades que tenemos, adquirimos capacidad. Vivimos horas felices y horas tristes. Al caer, es necesario levantarnos, reacción que dependerá, en gran medida, de nuestra propia perseverancia. Cuando aprendemos mucho de los errores y aciertos, notamos que la vida es única y maravillosa. La existencia pasa rápido, pero con Dios en nuestro camino, siempre llegaremos a la meta con la victoria”.

Tania, Tania Brito Melo, es agradable, quizá una de esas artistas e intelectuales que resplandecen por ser extraordinarias y, a la vez, sencillas en su estilo de vida, al hablar con otras personas, al responder, al diluir los minutos y los días de la vida. Habla acerca de su trayectoria poética y literaria, dentro de su vida de artista e intelectual, es decir, desde publicaciones, presentaciones, responsabilidades profesionales, organización de eventos, etcétera. Y habla: “participo en veladas literarias presenciales y virtuales, concursos literários, e incluso, alguna vez, formé parte del Comité de Jueces de Poemas. Escribo cuentos para estudiantes en escueuelas. Colaboro en talleres artesanales. Imparto conferencias sobre lecturas y en teatro con mis poemas. Entrevisto a poetas y escritores, entre otras actividades”.

Cuán breves son los momentos de la existencia. La vida parece un poema que se escribe y se diluye, paralelamente, mientras el artista recoge, inagotable, las letras del abecedario, que enlaza en un romance sin final, inspirado en los dictados de Dios, en las confesiones del universo, en el palpitar de la creación.

Antes de cerrar las puertas y las ventanas de las remembranzas, Tania María de Jesús Brito de Melo, la poeta, la intelectual, la mujer, la escritora, declara: “soy yo misma. A veces no soy yo. Puedo compararme con un deseo. O una gran esperanza. Insecto volador de color verde. Una melodía motivadora. Un deseo de búsqueda. De los caminos de las nubes. Gran descubrimiento como el cielo azul. De tal perfección. En el movimiento del tiempo levanto el camino a las estrellas. A veces no soy yo. Me pongo en la piel de los demás, en un inexplicable deseo, del encuentro con el hermoso día. A veces soy como una rosa. Bailo contra el viento. Y siento mi raíz firme. Soy como un gato dulce y busco regazo. Me correspondo con mis abrazos. Soy como un pájaro. Libre para volar alto. Y trato de cuidar mi nido. Soy como una oveja, suelta en el paso sin rumbo, pero fuerte en mi mente todavía. Soy como mariposa, que se renueva cada día. O incluso un simple capullo. Olor a hierba. Cuando me siento sola, enmedio del mundo, miro la naturaleza y renuevo mis fuerzas, en vibración con el Creador. Subo al arcoíris y siento una gran alegría de ser convertida en amor. Enronces me siento yo misma”.

Se marcha Tania, como llegó, contenta, igual que esos seres humanos que resultan bellos, irrepetibles, extraordinarios e inolvidables, una poeta grandiosa, una mujer de siempre.

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A continuación, uno de los poemas de Tania Brito Melo:

Rutas de un viajero. Capítulo IV. Historia colonial de los Felices

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Si las burbujas diáfanas que huyen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, son incendiadas por el sol y revientan, hasta fusionarse y navegar por riachuelos, las historias y leyendas, igualmente, transitan entre el oleaje del tiempo y, un día o una noche, cuando nadie las platica, naufragan en el olvido.

Discurrían las horas coloniales, en el siglo XVI, cuando Tzintzuntzan, antigua capital del imperio purépecha, fue escenario de un milagro, de acuerdo con las pláticas de los ancianos que recibieron las leyendas y las tradiciones de otras generaciones. Algo asombroso ocurrió en la primera capital del Michoacán colonial.

La leyenda se ha deformado a través de los años, ante la caminata presuosa de centurias, al grado de que los nativos conocen, incluso, por lo menos tres versiones sobre el acontecimiento que quedó grabado en la memoria colectiva. Todo gira alrededor de fray Jacobo Daciano o de Dacia, hombre intenso e irrepetible, quien nació en 1482, diez años antes del llamado descubrimiento de América, en el siglo XV. Fue hijo de Juan y Cristina, reyes de Dinamarca.

Descendiente de la más rancia nobleza europea, Jacobo decidió dejar a un lado el brillo de la corona y del poder, y elegir la cruz, la misión; por eso, precisamente, cuando los franciscanos, orden a la que perteneció, fueron expulsados de Dinamarca y él, al cabo de los años, solicitó autorización a Carlos V, rey de España, para viajar a la Nueva España, llegó exacto, puntual y de frente a su cita con el destino, con la historia, con los indios, a quienes amó profundamente y defendió con vehemencia, al grado, incluso, de enfrentar al poder eclesiástico de aquella época que desapareció los rastros de su obra humana y religiosa.

Él, quien fue el primer americano danés en la historia y poseía facultades que le permitían aparecer en distintos lugares a la vez, levitar y sanar a los enfermos, entre otros prodigios que todavía relatan los nativos, celebró una misa en Tzintzuntzan, el 19 de septiembre de 1559, en honor de Carlos V, cuando supo, por intuición, que aquél, el monarca español, había fallecido.

Ese hombre, fray Jacobo Daciano, quien al morir fue sepultado en Tarecuato, Michoacán, y al que los purépechas consideraron santo, enfrentó los intereses de la Iglesia Católica. Luchó contra la discriminación racial y exigió que los indígenas tuvieran los mismos derechos que los europeos dentro de la religión, en especial en lo referente a la recepción de sacramentos y, desde luego, a los cargos eclesiásticos.

La tradición oral, ya deformada, refiere que en aquellas horas coloniales de 1546, fray Jacobo Daciano, quien era guardián del convento de Tzintzuntzan, celebraba misa, cuando al levantar la hostia, ésta se desprendió de sus manos, quedó suspendida y se trasladó, milagrosa y misteriosamente, hasta los labios de un indígena, comprendiendo el misionero danés que se trataba de un mensaje divino, que los purépechas eran seres humanos y que resultaba perentorio luchar por sus derechos.

Existe otra historia relacionada con el acontecimiento, recordada por los descendientes del personaje indígena, la cual narra que, en la misma época, un sacerdote levantó la hostia y que ésta se desprendió de sus manos para llegar hasta los labios purépechas, asegurando el religioso que ellos, el nativo y sus familiares, serían felices toda la vida.

Desde entonces, argumenta la leyenda, los descendientes de aquel indígena adoptaron como apellido el de Felices, que perdura hasta nuestros días, es decir más de cuatrocientos cincuenta años después. De acuerdo con la tradición purépecha, Dios quiso respaldar la lucha de fray Jacobo Daciano en el sentido de que los indígenas eran seres humanos y merecían, en consecuencia, recibir los sacramentos.

Es por lo mismo que fray Pedro de la Reyna, quien también fue guardián del convento franciscano de Tzintzuntzan, celebraba misa aquel día de 1546, cuando sucedió el milagro, de acuerdo con otra versión. que menciona que, de entre las hostias, una se desprendió y voló, viajó por el aire ante las miradas atónitas de los frailes y de los indígenas que se encontraban en el recinto religioso, hasta que llegó a los labios de una mujer purépecha. Al parecer, esa es la versión auténtica que, aseguran, está documentada.

De aquel acontecimiento se tomó nota. Se registró la información canónica y juramentada por testigos y notario. Todos consideraron que se trataba, en efecto, de la confirmación divina para que los nativos recibieran la comunión. Fue Alonso de la Rea, quien nació en 1605 y eligió los hábitos en Valladolid, Michoacán, durante los días de 1623, al que se atribuye que tuvo el testimonio en sus manos. Por cierto, la tradición señala a fray Jacobo Daciano o de Dacia como el primer religioso que suministró comunión a los indios en Michoacán.

Si se registró o no el hecho en aquellos minutos coloniales, si fue fray Pedro de la Reyna quien celebró la misa o si el milagro confirmó la lucha de fray Jacobo Daciano para que los indios recibieran la comunión, lo cierto es que la familia Felices existe en Tzintzuntzan y no pocos de sus miembros conservan la tradición con orgullo.

Una noche, entre una aventura y otra en la tierra nativa de los purépechas, me encontraba en uno de los dos cementerios de Tzintzuntzan, entre la zona arqueológica que presume sus yácatas de piedra y el pueblo de origen colonial, cuando tuve oportunidad de conocer a Avelino Felices Zacapu, hijo de Domingo Felices, quien solía narrar la tradición.

El hombre comentó, alguna vez, una noche de noviembre, en el cementerio de Tzintzuntzan, que la familia Felices es numerosa y que sus integrantes sienten, por su origen, compromiso para que los nativos de su poblado y de la región cuenten con una vida digna. Son felices en realidad, como pronosticó el religioso en minutos añejos de la Colonia.

Al anochecer, las sombras envuelven los olivos arrugados y envejecidos, en el atrio de Tzintzuntzan, y es entonces cuando acuden a la memoria las historias y leyendas que los naturales platican para recordar a los de antes, a quienes habitaron durante muchas horas un pueblo que vivió con intensidad el proceso colonial.

Esas callejuelas pintorescas con sus detalles y rincones típicos, que casi colindan con las yácatas, fueron escenario de acontecimientos cautivantes, en ocasiones ignorados por la historia y con frecuencia olvidados por sus moradores; aunque el viento sople y arrastre sus fragmentos para que nosotros, los de la hora contemporánea, los recordemos.

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De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico: Gerardo Torres Calderón

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Prólogo

Cuando mi padre y yo visitamos, por primera vez, la ciudad de Morelia (1), en julio de 1983, pernoctamos en una posada familiar con la idea de recorrer, al siguiente día, el centro histórico con sus palacios de cantera, sus conventos y sus templos virreinales, sus portales típicos, sus balcones románticos, sus jardines prodigiosos con fuentes y bancas de piedra o hierro, sus portones de madera y sus rincones insospechados. Morelia representaba, para nosotros, una tierra desconocida, un paréntesis dentro de nuestras existencias, la posibilidad de iniciar una historia en un terruño.

Aquel año de nuestras existencias, preferimos viajar en autobús de primera clase, lujoso y cómodo, perteneciente a la línea Tres Estrellas de Oro. No existía, entonces, la autopista México-Morelia-Guadalajara, que sería construida más tarde, durante la década de los 90, en el irrepetible siglo XX, lo que implicó que el recorrido de la Ciudad de México, entonces Distrito Federal, a la capital de Michoacán, resultara una aventura extraordinaria e inolvidable, y, sobre todo, porque iba con mi padre, ambos con el plan y la ilusión de elegir un sitio agradable para vivir, y qué mejor que el lugar del que tanto habíamos escuchado comentarios positivos.

Llegamos a la terminal de autobuses de Morelia, en aquel tiempo instalada al norte del centro histórico, frente a la colonia Industrial -el antiguo Paseo de las Lechugas-, y caminamos a esa hora de la noche -cerca de las nueve-, guiados por las respuestas de la gente que, en vez de informarnos el rumbo correcto para llegar hasta la zona donde se encuentran los portales típicos, la catedral, el Palacio de Gobierno y las fincas añejas y señoriales de cantera, nos condujeron hasta el templo colonial de El Carmen, donde coincidimos con incontables familias que celebraban las fiestas patronales del barrio. Era 16 de julio de 1983.

Cada uno con nuestra mochila de trotamundos, decidimos hospedarnos, descansar y explorar la ciudad al siguiente día. Antes de escudriñar los rincones insospechados de la ciudad, entonces apacible y envuelta en un ambiente provinciano, como era México, acordamos desayunar ensalada de frutas, jugo de naranja, café con leche, bizcochos y chilaquiles (2) en un restaurante que operaba en los portales, donde colgaba un letrero con el título El Paraíso, desde el que admiramos, enfrente, la catedral barroca, iniciada en 1660 y concluida hasta 1744, y escuchamos, arrobados, los tañidos de los campanarios vetustos del centro moreliano y el concierto de los pájaros que se reunían en los árboles de la Plaza de Armas, al recibir las primeras caricias del sol, entre el kiosco, las fuentes y las bancas.

Sonreímos y desayunamos, cautivados por el paisaje soberbio de cantera que parecía ofrecer un mundo mágico. Ambos comentamos que se trataba de un rincón mexicano muy hermoso y tranquilo, adecuado para vivir. Felices e ilusionados, dijimos que hasta estábamos desayunando en El Paraíso, acaso sin imaginar que 37 años después, en 2020, tendría oportunidad de escribir la historia del recinto donde convivimos aquella mañana nebulosa y fría, y no precisamente sobre el restaurante que atendió a tanta gente, sino por las remembranzas y tradiciones de otros días, los de atrás, entre los del siglo XIX y las primeras décadas de la vigésima centuria, que quedaron en sus muros y techos, en su memoria y en su pulso.

Elegimos Morelia. Nos encantó. De forasteros, establecimos la casa en tan hermoso lugar, fundado el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, como Ciudad de Mechuacan, nombre que perduró hasta 1545, cuando fue sustituido por el de Valladolid, y, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, héroe de la Independencia que inició en México en 1810, por el de Morelia. Sin antecedentes familiares en esa ciudad, mi padre, mi madre, mis hermanos y yo protagonizamos una historia y fuimos bien recibidos. Desde muy joven me interesé en el pasado, en los otros días del ayer, y de esa manera me involucré, también, en la historia de Morelia, al grado de que mientras escribía mis obras y publicaba mis trabajos periodísticos en diferentes medios de comunicación, me dediqué a la actividad turística y disfruté guiar a los visitantes nacionales y extranjeros por las rutas cautivantes de esa ciudad y del estado de Michoacán.

Al estudiar y conocer la historia moreliana, aprendí que El Paraíso, donde mi padre y yo desayunamos alguna vez, no era el nombre del restaurante. Simplemente, el letrero quedó en el muro de cantera, en los portales, cual náufrago de otras horas, las del siglo XIX y la vigésima centuria, lapso en que El Paraíso, fundado en 1840 por el campanero de la catedral barroca, Marcial Martínez, funcionó en ese lugar con la venta de dulces y una variedad de productos que la negociación elaboraba y comercializaba.

Me interesé en la historia y en la tradición de esa firma dulcera, la de El Paraíso, sobre todo por los recuerdos que el local representaba para mí, al lado de mi padre, y por la trascendencia del sitio; sin embargo, fue hasta 2018 y 2019, cuando al investigar y escribir la historia de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado y prestamista Ramón Ramírez Núñez, descubrí otros datos e información que me condujeron, obviamente, a la Calle Real y su Museo del Dulce, donde encontré respuestas a mis interrogantes.

Conocí a su propietario, Gerardo Torres Calderón, quien fundó Calle Real como un eslabón de El Paraíso, con toda su historia, sus tradiciones y su experiencia, y con el encanto de insertar el ayer a la hora contemporánea. Entablamos comunicación y de un encuentro y otros más, surgió una amistad que hoy se traduce en un apunte, en un libro breve que reseña la historia de una empresa que inició como un sueño y se convirtió en realidad y símbolo de la dulcería auténtica de Morelia y México.

Gerardo Torres Calderón es un rescatista de la tradición dulcera moreliana y mexicana. Ha dedicado muchos años al estudio y a la investigación del tema, e incluso ha viajado a diferentes países de Europa y a regiones lejanas, en su interés de conocer más. Paralelamente, ha reunido apuntes, libretas y recetarios de dulces, repostería y postres morelianos y mexicanos.

Ahora, al revisar su tarea infatigable, descubro a un ser humano extraordinario que ha consagrado su vida al rescate de la historia y las tradiciones de la dulcería y la repostería de Morelia y México para entregar bocados a quienes aman la calidad y el buen estilo. Ha dejado huella, constancia de su paso, y merece, en consecuencia, un reconocimiento público por su aportación al acervo cultural y gastronómico.

Cuando me desempeñaba como reportero de la fuente económica en periódicos locales como El Sol de Morelia, La Voz de Michoacán, Buen Día, Nuevo Michoacán, Cambio de Michoacán, La Jornada Michoacán y Provincia, entre otros, tuve oportunidad de conocer al padre de Gerardo Torres Calderón -Luis Torres Villicaña-, quien, en su juventud, en 1938, a los 21 años de edad, compró El Paraíso con dinero que con honestidad, valor y firmeza solicitó prestado al empresario reconocido, en aquella época, Máximo Díez.

Luis Torres Villicaña, a quien conocí entre postrimerías de la década de los 80 y la aurora de la de los 90, fue, en el pasado, en 1957, un presidente muy querido de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, ya que aportó mucho a la institución y compró, a base de esfuerzo y talento, la casona que actualmente es sede de esa institución.

Tenía fama de hombre disciplinado y honorable. De él, relataban anécdotas, capítulos e historias interminables quienes tuvieron oportunidad de conocerlo. Mostraba congruencia entre lo que sentía y pensaba con sus actos y palabras. Era, como dicen, hombre de una sola pieza.

Durante mis diálogos y visitas a Gerardo Torres Calderón, en Calle Real, las delicias del chocolate semiamargo y del panqué, las galletas, el pan y los pasteles elaborados con tanto esmero, acompañaron nuestras tertulias, en las que tuve oportunidad de conocer más sobre la empresa y los padres de mi amigo -Luis Torres Villicaña y Soledad Torres Calderón-; además, aumentó mi interés en profundizar en el tema apasionante de la dulcería típica moreliana y mexicana.

Me di cuenta de que él, Gerardo, es un estudioso del tema y lo ha rescatado a través de la adquisición y conservación de recetarios antiguos, fórmulas caseras de hace una centuria o más tiempo, con la noticia de que cada una la ha elaborado personalmente y, en su caso, adecuado a la época contemporánea, desde luego sin perder calidad y originalidad.

Recorrí el Museo del Dulce y la fábrica de la Calle Real, donde cada sala está dedicada a la producción artesanal de piezas que resultan un deleite a los sentidos. Los dulces típicos y la repostería de esa marca no son productos industrializados con colorantes, materias primas y saborizantes artificiales. Cada dulce, pan, chocolate, café y pastel contienen la esencia y el secreto de las mujeres de antaño, cuando las familias disfrutaban sabores y aromas que cautivaban los sentidos.

Como artista y escritor, confieso que me sentí atraído y cautivado por la historia de El Paraíso y su rostro actual reflejado en Calle Real, con la estación intermedia de La Estrella Dorada, y de un documento con la reseña de la firma empresarial, una de las más antiguas de México, caí en la tentación de crear una obra breve y amena, basada en datos, cifras, documentos, fotografías y publicidad reales, paralelamente a la tradición oral, con el interés de contribuir al enriquecimiento y a la conservación de la dulcería moreliana y mexicana.

La aportación documental y oral de Gerardo Torres Calderón, tesoro invaluable al que ha dedicado su vida, resultó útil para la realización de la presente obra. Justo es, creo, que aparezca mi nombre como autor de la obra, pero también incluir el del propietario de Calle Real, cuya información hubiera exigido mucho tiempo de investigación.

Esta obra es pequeña en cuanto a número de páginas. Contiene la historia de un período registrado en 1840, y que, en 2020, fecha de su redacción, marca 180 años de trayectoria de una firma comercial, de servicios e industrial, con la promesa de continuar en el liderazgo de su ramo, más allá del tiempo y del espacio. Es un libro peculiar, una guía, la reseña de una historia real y ejemplar.

Curiosamente, los tres personajes más importantes al frente de esta historia -Ignacio Martínez Maciel, Luis Torres Villicaña y Gerardo Torres Calderón-, iniciaron actividades a los 21 años de edad, y dieron, cada uno en su momento, lo mejor de sí para colocar a la industria dulcera de Morelia en el liderazgo y en el gusto de los paladares más refinados.

Generalmente, el tránsito de una generación a otra y a muchas más, implica, paralelamente, que incontables nombres y apellidos, historias y tradiciones naufraguen en la desmemoria y se pierdan definitivamente; sin embargo, me parece loable rescatar los pedazos de antaño, reunirlos y ofrecer, en un libro diferente, el eco de algo que fue real y dio sentido a lo que hoy somos.

Más allá de la edad, las generaciones del minuto presente transitaremos a la historia por ser las que enfrentamos las adversidades, los desafíos, los obstáculos, los problemas y los retos derivados de conflictos globales y de la sombra que se proyecta sobre la humanidad con el Coronavirus y otros temas preocupantes, en una hora en que la continuidad de un planeta sano está en duda; no obstante, cada uno demostraremos lo que somos capaces de llevar a cabo en nuestras vidas, en lo individual y en lo colectivo, por medio de los sentimientos, las ideas, los actos y las palabras que expresemos y por las huellas que dejemos a nuestro paso.

En este sentido, Gerardo Torres Calderón -el amigo, el empresario, el amante de la historia y las tradiciones- y yo, Santiago Galicia Rojon Serrallonga -el artista, el escritor, el periodista-, optamos por aprovechar estos días con la convicción de que la vida es un suspiro y apenas alcanza para hacer algo bueno, aportar lo mejor de sí y dejar huellas indelebles.

La presente obra incluye, al final, un apartado cuyo título es “Calle Real, un apunte para la historia”, documento menos literario que sintetiza el presente escrito, dirigido a aquellos que les interese el tema y que, por alguna causa, no dispongan de tiempo y opten, en consecuencia, por la lectura rápida.

De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones, es la obra que hoy se suma al compendio de la antigua dulcería moreliana y mexicana, tan celosamente guardada por las mujeres de antaño. Es un libro especial y pequeño, breve en su lectura y profundo e intenso en el devenir de los años.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

La historia

y una distinción

La historia se conoce, protege y conserva por medio de documentos, arquitectura, obras, vestigios y objetos; se recuerda cuando transita, en la memoria colectiva, de una generación a otra; se rescata a través de excavaciones, descubrimientos e investigaciones; y también se inventa, a veces, con la responsabilidad implícita de quienes recurren a tales prácticas, en ocasiones con la idea de rellenar los acontecimientos simples con detalles obvios y así tender puentes que eviten el naufragio, la confusión, el olvido y la mentira, y en determinados casos, en cambio, con el objetivo de desfigurar los hechos y engañar, manipular y controlar. Hay, incluso, quienes la rasguñan, la esconden y la destruyen.

En el caso de El Paraíso, establecimiento fundado en 1840 -año en que fue sustituida la nomenclatura vieja por una que se consideró más adecuada, lo cual implicó que el Ayuntamiento local destinara gran cantidad de dinero en la construcción, transporte y colocación de los azulejos correspondientes- y que es antecedente de La Calle Real, firma actual de la tradición dulcera y pastelera de Morelia, posee historia documentada y oral, coyuntura que la anota en la lista de las empresas que operan con mayor antigüedad en México.

Innegablemente, es la dulcería que actualmente tiene mayor antigüedad en la República Mexicana, rasgo que, junto con otros elementos relevantes, propició que, en 2010, la marca Calle Real recibiera un reconocimiento por el entonces mandatario nacional, Felipe Calderón Hinojosa, dentro de las celebraciones que se llevaron a cabo con motivo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Durante el acto conmemorativo que encabezó el presidente de México, al que asistieron funcionarios públicos, intelectuales, artistas, empresarios, periodistas, académicos y propietarios de las firmas comerciales e industriales más antiguas del país, el director general de Calle Real, Gerardo Torres Calderón, recibió el reconocimiento oficial.

Paralelamente al reconocimiento, le fue entregado el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, lujosamente impreso y encuadernado, que consta de 212 páginas e ilustra con fotografías, documentos y textos los antecedentes de los negocios que han enfrentado y superado las diferentes etapas económicas, sociales y políticas del país, con sus vicisitudes y sus luces y sombras.

Portada del libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas.

En la obra, respaldada por la Secretaría de Economía y ProMéxico, aparece en las páginas 32 y 33, entre los perfiles de un centenar de negocios y bajo el título De la Calle Real, un paraíso que sabe a México, la reseña de tan tradicional empresa. Relata, grosso modo, la trayectoria de la dulcería con mayor cantidad de años de operar en la geografía nacional.

Obtener la distinción del Gobierno Federal y aparecer en el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, implicó que Gerardo Torres Calderón, su familia y su equipo de trabajo reunieran pruebas, documentos, fotografías, anuncios, publicaciones y evidencias correspondientes a distintas épocas, que testimoniaran, efectivamente, los antecedentes y la trayectoria que ha tenido su marca. Resultaba indispensable poseer el respaldo que evidenciara y validara la continuidad del negocio de 1840 al año 2010, fecha en que, como quedó asentado, el mandatario nacional entregó los reconocimientos y los ejemplares del libro a los dueños y representantes de los negocios más antiguos que en esa época operaban en el país.

Hoy, el reconocimiento cuelga orgullosamente en uno de los muros de Calle Real, entre litografías, pinturas y fotografías antiguas; el libro conmemorativo, en tanto, forma parte del acervo cultural y de los archivos y estantes de la firma empresarial.

El principio

Calle Real ofrece fragancias y sabores de historia y tradición centenaria, ausentes de matices artificiales, porque su esencia es genuina y conserva, por lo mismo, las delicias y el encanto de las fórmulas y recetas de antaño, celosamente guardadas por las familias, las cuales transitaron a una e incontables generaciones.

Aquellas familias que poseían cocinas pletóricas de cazuelas, utensilios de madera y vajillas, con estufas de leña, de donde surgían manjares y postres que atraían y enamoraban por sus aromas, sus sabores y sus texturas, se reunían en sus comedores lujosos y, entre conversaciones amenas e interminables, diluían sus horas, sus días, sus años.

Los desayunos, acompañados de chocolate, leche o café con bizcochos y otros platillos, junto con las comidas suculentas y las cenas deliciosas, contaban con algún dulce casero, un pan horneado y, a veces, si la ocasión lo ameritaba, un pastel.

Celosamente, las mujeres, las madres, las hijas, las abuelas, las nietas, las tías, guardaban sus recetarios, libretas en las que un día, alguna tarde o cierta noche, a una hora y otra, anotaban fórmulas gastronómicas, indicaciones para elaborar dulces de leche y frutas naturales, y su contenido solo era conocido por las herederas de tan preciados apuntes.

Así se fue la vida. Transcurrieron los años, las décadas y el paso de una centuria a otra, con rostros y linajes distintos, en épocas cruentas y disímiles que hoy se estudian en los libros, en los colegios, en los documentos resguardados en archivos.

Calle Real posee, en sus archivos y biblioteca, los recetarios con letras que parecen moldes y dibujos artísticos de colecciones y de museos, y son, precisamente, la congregación de sabores que ofrece en sus dulces y postres, en sus bocadillos y pasteles.

En consecuencia, una firma que vende calidad, atención, servicio, experiencia, tradición, buen estilo, aromas, sabores, fórmulas y recetas originales, necesariamente debe agregar los encantos de su historia, rasgos que siempre, aquí y allá, en cualquier estación de la vida, la harán agradable, mágica e irrepetible.

Llama la atención, al ingresar al Museo del Dulce, a la cafetería y a las tiendas de Calle Real, el vestuario del personal, a la moda porfiriana (3). Hombres y mujeres atienden al público y sirven en las mesas, entre litografías, adornos, pinturas y muebles que exhalan suspiros por los muchos instantes del ayer y evocan las décadas del siglo XIX y las primeras de la vigésima centuria.

Uno, al ingresar a la Calle Real y a su museo, ya se siente entre dos épocas, la que le corresponde y la otra, la del pasado, la que pertenece al ayer y a la historia, con sabores y fragancias de antaño al gusto y las necesidades de la gente de la hora contemporánea. Es un estilo de vida y lo llevan consigo quienes disfrutan sus tesoros culinarios.

Calle Real y Museo del Dulce, en Morelia, Michoacán, al centro-occidente de México. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Se abre el libro de la historia

Las páginas amarillentas y empolvadas de la historia se abren, una vez más, con el perfume de otra gente y de horas que cada día parecen muy distantes. Cada hoja quebradiza, exhala el soplo de la tinta y de los recuerdos, hasta transportar al lector a las rutas del ayer, a los otros días, a los de 1840, cuando Marcial Martínez era campanero oficial de la catedral barroca de Morelia, capital del estado de Michoacán, al centro-occidente de México.

La ciudad fue fundada el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, con el nombre de Ciudad de Mechuacan. En 1545, cambió por Valladolid, para más tarde, en 1828, denominarse Morelia, en honor del héroe de la Independencia del país, en 1810, José María Morelos, quien nació en ese lugar.

El tañido de las campanas se sumaba a los de otros templos coloniales que también sonaban y envolvían la pequeña ciudad palaciega en un ambiente provinciano y apacible, a pesar de lo convulsivo que resultaba el siglo XIX, y él, Marcial Martínez, se sabía autor de ese concierto en una y en otra torre, concluida en 1742 la del lado poniente y en 1744 la del oriente, desde donde contemplaba la Calle Real, los portales, las casonas, la campiña y el Paseo de las Lechugas con su zona pantanosa y agreste, al norte.

Imagen antigua de la Catedral barroca de Morelia. Colección: Rosalía Sumano Márquez.

Morelia era ciudad señorial, donde coexistían familias acaudaladas y linajudas de españoles y criollos, establecidas en mansiones de cantera, herraje y madera, localizadas en el centro, y mestizos, indígenas, negros y mulatos, entre otras razas, que habitaban barrios aledaños.

Cuando Marcial jalaba las cuerdas con el objetivo de provocar el tañido de las campanas de bronce que colgaban de vigas macizas de madera, hacía un paréntesis entre una actividad y otra, y de inmediato colocaba sus dulces artesanales en los barandales de piedra, en las torres, en las cúpulas y en las azoteas catedralicias con la idea de que recibieran los abrazos del sol y las caricias del viento, y a eso sabían, a los matices y perfumes de la ciudad rodeada de montañas y campo.

Quizá ignoraba que el autor de quien realizó la traza de la catedral de Valladolid, en 1660, fue el arquitecto italiano Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien, finalmente, pasó a llamarse, en ese lugar, Vicente Barroso de la Escayola. Ese hombre se entregó a la obra.

Los indígenas purépechas, que se contaban por miles, tallaban la cantera, arrastraban bloques enormes y pesados, construían muros, aplanaban y cincelaban. Los rumores de las herramientas contra las piedras se mezclaban con los murmullos de los peones que trabajaban en condiciones precarias y cantaban y hablaban en su lengua.

Vicenzo Baroccio de la Escayola murió en la aurora del siglo XVIII, en 1704, y la majestuosa obra quedó inconclusa durante algún tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla, Pedro de Guedea, quien la continuó hasta 1716. Fue Juan de Medina el hombre que se responsabilizó de concluir la obra catedralicia, junto con las fachadas y las torres. En 1744, la catedral estaba concluida y aparecía hermosa y magistral entre fincas palaciegas.

Antes de 1840, Marcial miraba, desde lo alto, el paso airoso de damas, caballeros y familias elegantes y aristócratas que asistían a la primera misa y a los siguientes oficios, mientras los carruajes y los jinetes transitaban libremente a diversas rutas, hasta que los arrieros y carretoneros irrumpían el paisaje tranquilo, embistiendo y salpicando de agua y lodo a los infortunados que encontraban a su paso y gritando improperios a las bestias de trabajo, cargadas de costales con productos frescos y mercancías que provenían de otras regiones.

Vista antigua de la Calle Real, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Los comerciantes se aglomeraban en los portales y en la plaza, donde realizaban transacciones. Los consumidores se acercaban, preguntaban y regateaban precios. Había mercancía procedente de otras regiones de Michoacán y la Nueva España, y hasta de Europa y China.

De las cocinas, en las fincas con corredores y columnas de piedra, escapaban los perfumes de las fórmulas y las recetas familiares, guardadas sigilosamente, que preparaban las mujeres con mucho amor y orgullo, para posteriormente servir, en las mesas de los comedores, chocolate espumoso, café, pan, rebanadas de algún pastel, fruta y una multiplicidad de platillos.

Hacía apenas 19 años -en 1821- que otro vallisoletano, Agustín de Iturbide y Arámburu, había consumado la Independencia de México que inició en 1810, para coronarse, en 1822, emperador. Apenas ayer, antes del movimiento insurgente, esas calles sintieron el paso de Miguel Hidalgo, llamado padre de la patria, quien era rector del Colegio de San Nicolás, al lado de sus colaboradores y alumnos, muchos de los cuales se sumaron a una causa, en lo que indudablemente fue una de las primeras muestras de nacionalismo, y acudieron, por lo mismo, puntuales y de frente a los abismos del destino y la historia.

Todo estaba tan cerca y lejos, al mismo tiempo, que Marcial, sin duda, recordaba y analizaba su vida y repasaba sus sueños y proyectos, entre los rumores y los silencios de las torres, desde las que escuchaba el órgano magistral del recinto catedralicio. A cierta hora de la mañana, puntual, colocaba sobre las azoteas y los espacios de cantera de la catedral, los ates y los dulces que preparaba en su hogar, al lado de su esposa Benita Maciel, instalado en la parte posterior del señorial monumento religioso, con la idea de que el sol brillante que suele aparecer en el cielo moreliano, mezclado con el viento suave, contribuyera a darles un sabor especial.

Así, Marcial mezcló hábilmente las recetas tradicionales con las caricias y las miradas del viento, el sol y los elementos de la naturaleza, hasta que sus dulces adquirían los perfumes y los sabores de las estaciones y de su terruño moreliano.

Entrada a El Paraíso

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Inicialmente, en la fiesta de los Fieles Difuntos y en otras celebraciones, el matrimonio Martínez Maciel se instalaba a un costado de la catedral, donde vendía sus ates y dulces a las familias que habitaban Morelia y a los comerciantes que llegaban de tierras distantes, quienes disfrutaban su esencia y sus sabores; aunque también le compraban, por antojo o recomendación, algunos personajes y visitantes mexicanos y extranjeros, lo que gradualmente dio prestigio a la familia. La calidad de aquellas recetas conservadas celosamente desde hacía varias generaciones, la amabilidad de Marcial y el buen servicio, lo motivaron a soñar y pensar en el tránsito de un negocio con nombre propio.

Enfrente de la catedral se encontraban los portales con sus mansiones señoriales. El Portal Iturbide -hoy Galeana-, era transitado, como los otros adyacentes, por personas que los convirtieron en centro de sus reuniones, en eje de sus encuentros sociales, en motivo de sus operaciones comerciales y paseos.

Fue en aquel portal donde el consumador de la Independencia y otrora primer emperador de México, Agustín de Iturbide y Arámburu, fusilado en 1824, tuvo su residencia, motivo por el que el sitio fue denominado con su primer apellido. En el Portal Iturbide se encontraba la casa marcada con el número 10, espacio que pronto se convertiría en sede de El Paraíso.

Quizá la influencia religiosa que cotidianamente recibieron Marcial y la familia Martínez Maciel, quienes trabajaban y vivían en la catedral, propició el nombre de la dulcería -El Paraíso-, independientemente de que Morelia parecía, entonces, trozo de cielo, y sus manjares, en tanto, deleite del vergel.

La familia Martínez Maciel acudió con exactitud y de frente a su cita con el destino y fundó, sin sospecharlo, una negociación que daría fama y tradición a la dulcería moreliana y mexicana a través de las décadas, hasta convertirse, en la hora contemporánea, en la empresa más antigua de su género en el país. Ahora es, innegablemente, la dulcería de los siglos XIX, XX y XXI.

El hijo

Ignacio Martínez Maciel

Marcial Martínez trabajó arduamente al lado de su esposa Benita Maciel. Posteriormente, ya con una visión de industrial y comerciante, su hijo Ignacio, quien nació en 1844, aprovechó las recetas que sus padres recibieron de sus antepasados, junto con la experiencia y la trayectoria acumulada, para consolidar el negocio que iniciaron en 1840.

Refiere la historia que Ignacio Martínez Maciel, hijo mayor de Marcial y Benita, aprendió el oficio de comerciante al trabajar, desde los años juveniles de su existencia, en la tienda de Octaviano Ortiz, un abarrotero reconocido en Morelia, quien poseía extenso surtido de mercancía, como lo eran, en aquella época, los negocios que ofrecían de todo a sus clientes.

La familia Martínez Maciel dedicó un día, otro y muchos más a la industrialización casera y a la comercialización de dulces típicos, hasta que Marcial, el campanero oficial de catedral, heredó a su hijo Ignacio sus recetas, sus sueños y su negocio.

Con una visión más empresarial, acaso por la experiencia adquirida en la tienda de abarrotes, Ignacio reestructuró el negocio familiar y, en 1865, a los 21 años de edad, dio un semblante de empresa de prestigio a El Paraíso.

Fortaleció la empresa y multiplicó la variedad de dulces, motivo por el que la tercera generación -nietos del fundador Marcial e hijos del consolidador Ignacio-, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, continuaron con las actividades de la empresa familiar.

En aquellos minutos de la decimonovena centuria, ya en la etapa porfiriana, el Portal Iturbide fue conocido popularmente como “de las dulceras”. Cotidianamente, los fabricantes y comerciantes de dulces típicos se instalaban en el portal. Principalmente, eran mujeres quienes llegaban con los dulces resguardados en carretillas de madera que abrían cuidadosamente y se transformaban en mesas que exponían los productos recién elaborados, obviamente con la competencia de El Paraíso, que entonces era un negocio formal, acreditado y reconocido.

Los fabricantes de dulces aprovechaban la fertilidad del campo michoacano, incomparable productor de fruta e incluso con ingenios de azúcar instalados en algunas regiones. El clima favorecía mucho. Tradicionalmente, desde los minutos virreinales, algunas órdenes religiosas contaban con huertos en sus monasterios y preparaban dulces, pastas y frutas en almíbar, como también las mujeres, en diferentes familias, las elaboraban en sus cocinas.

Un paseo a los otros días

Para tener idea de la Morelia que los autores, hombres de negocios y visitantes conocieron durante el siglo XIX, hay que consultar a Juan de la Torre, autor del Bosquejo histórico y estadístico de estado de Michoacán de Ocampo. Quien recurra a los anales de la historia, descubrirá que, en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860. En la segunda mitad del siglo XIX, se distribuían en la ciudad 14 plazas y plazuelas.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el autor citado mencionaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, citaba el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe, en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con terminación en la Alameda; el Bosque de San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que, a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodón y contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia. El autor de la obra, lamentaba que Morelia no fuera ciudad de grandes industrias; aunque reconocía que gran número de familias se dedicaban a la producción de guayabate y otros dulces, giro que estaba adquiriendo prestigio en el país y del cual dependían amplio porcentaje de personas.

Premios mundiales

Los calendarios clásicos

Bajo la conducción de Ignacio Martínez, El Paraíso escaló peldaños de calidad y prestigio social, hasta que, en la época porfiriana, obtuvo diversos premios y reconocimientos locales, nacionales y mundiales, entre los que destacaron, de acuerdo con las menciones inscritas en los calendarios clásicos que la empresa obsequiaba anualmente a sus clientes, los que a continuación se enumeran:

Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días.

Calendario de El Paraíso, 1901. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Indiscutiblemente, los premios y reconocimientos que obtuvo El Paraíso, influyeron de manera determinante en la internacionalización del dulce típico moreliano y mexicano, coyuntura que abrió fronteras y mercados, con nuevas oportunidades de negocios. Los ates y los dulces morelianos llegaron a diferentes mesas, a otra gente, que los probaron, se deleitaron y se enamoraron de sus sabores.

Portada del calendario de El Paraíso, en 1902. Colección: Gerardo Torres Calderón.
Colección: Gerardo Torres Calderon.

Libros

Publicaciones antiguas

El Paraíso fue célebre en México y en el mundo. Su propietario, Ignacio Martínez Maciel, destinó recursos económicos a la difusión del establecimiento, en libros, periódicos y calendarios, documentos que hoy son fuente de consulta y respaldan la existencia del negocio y sus premios obtenidos a nivel local, nacional y mundial.

Anuncio antiguo de El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón

Bajo el título Reseña histórica, estadística y comercial de México y sus estados, editado en 1895, R. O´Farril y Compañía, relataba erróneamente que Morelia “es esencialmente industrial”, cuando la ciudad era comercial, primordialmente, con ausencia de fábricas; aunque no se equivocaba al informar que “se hacen primores en animalitos de pluma copiados del natural; muñecos, juguetes caprichosos, dulces exquisitos de todas clases, siendo verdaderamente una especialidad las conservas y pastas de guayabate, membrillo, durazno, chabacano, etc.; jaleas de todas las frutas y multitud de estas conservas tan renombradas y estimadas en toda la República, y aun en el extranjero, a donde se exportan en gran cantidad”. Citaba, entre “los más ricos importadores que garantizan la legitimidad de las mercancías”, a “D. Ignacio Martínez, que tiene además una excelente dulcería”.

Dos años antes, en 1893, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y autor del libro Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, dio a conocer que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”.

Innegablemente, Juan de la Torre se refería, especialmente a El Paraíso, negocio que aparece publicado en una página completa de su obra Historia y descripción del ferrocarril central mexicano, editada en 1888, que difundía “gran dulcería moreliana, establecida en 1860. Única premiada con medalla de primera clase en la Exposición de 1877. Especialidad en los guayabates y demás dulces batidos y cubiertos. Variado surtido de frutas de pasta de almendra, frutas garapiñadas, secas y prensadas. Depósito de aves artificiales de pluma. Excelente chocolate, diversas clases. Primorosas bateas. Legítimo café de Uruapan. Morelia. Portal de Iturbide. Letra Y. Ignacio Martínez”.

En tanto, las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Sierra y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”. Desde luego, entre esa “industria que primero comenzó en las familias”, estaba incluido, por su prestigio, El Paraíso.

Las obras citadas, demuestran que El Paraíso y la dulcería tradicional no solamente estuvieron presentes en los comedores y platillos como deleite de las familias morelianas del siglo XIX, sino se volvieron, con el paso del tiempo, en industria, en medio de vida para incontables personas que se organizaron, promovieron y comercializaron sus productos naturales a distintas regiones de la geografía mexicana.

En una de las páginas del Primer Almanaque Michoacano, publicado por A. Mier en 1882, aparece un anuncio de la empresa: “El Paraíso. Gran Dulcería y chocolatería. Letra Y. Portal de Iturbide. Letra Y. Morelia El dueño de esta acreditada casa, no omite gasto para elaborar con el mayor esmero y limpieza, el magnífico chocolate que expende por mayor y menor, y emplea los mejores cacaos y azúcares. De acuerdo con las principales fábricas de México, se encuentra un abundante y variado surtido de cigarros de Tolú, Brea, Venado, Aztecas, Niña, César, Profeta y legítimos Habanos de la Honradez. Aquí no hay falsificaciones en los artículos que se expenden”.

Y los calendarios y anuncios publicitarios, difundidos en periódicos, entre el ocaso del siglo XIX y la aurora de la vigésima centuria, convertidos ahora en piezas de colección y de museo, dan idea de las especialidades de El Paraíso, como ates, frutas secas y cubiertas, dulces de leche, de almendra y de nuez, piloncillo, confites, garapiñados, caramelos, chocolate de metate, colaciones y pastillas de menta, por citar algunos. Ya en el inicio del siglo XX, El Paraíso contaba con maquinaria.

Durante la administración de tres generaciones de la familia Martínez -principalmente en la de Ignacio Martínez Maciel-, El Paraíso se transformó en una de las empresas dulceras de mayor prestigio en Morelia y México del siglo XIX y los primeros años de la vigésima centuria, e incluso se fortaleció, registró crecimiento, se acopló a la modernidad y sobrevivió a las vicisitudes de una época convulsiva e inestable.

Ya en 1902, en uno de sus calendarios tradicionales, “obsequio de la dulcería”, siempre con diseños especiales, creativos y originales, El Paraíso, en su página de enero, presumía sus reconocimientos y premios internacionales, y anunciaba su “especialidad en artículos propios del ramo, preparados en casa”, junto con su “espléndido surtido de frutas secas: higos, pasas, ciruelas, manzanas, dátiles, chabacanos, peras, duraznos, etc.” Refería, así, que se trataba de “la casa mejor surtida en esta capital”, la de Morelia, y todavía firmaba Ignacio Martínez, quien ese año cumplió 58 de edad.

Al siguiente año, en 1903, según consta en archivos hemerográficos, El Paraíso, empresa que supo aprovechar los medios de comunicación de cada época para difundir la calidad y el surtido de sus dulces y productos, aunados a sus premios y a su antigüedad y tradición, que siempre fue motivo de orgullo para sus propietarios, daba a conocer que “últimamente, con fecha 30 del que acaba de pasar” -mayo-, “se inauguró en la referida casa un elegante salón para familias, en el que se sirven refrescos, pasteles, sodas heladas y otras especialidades”.

Y continúa el texto de la publicación periodística -El Pueblo-, al plantear que “el crédito que en tanto año ha sostenido la casa, la mejora que se le acaba de hacer y la finura de su propietario, Sr. D Ignacio Martínez, para con todos sus parroquianos, son otros tantos motivos para que la casa comercial de que tratamos, se vea constantemente concurrida”.

Para tener idea de lo que significaba este negocio tan prestigioso, habría que viajar, otra vez, hasta las muchas horas del ayer, a las del 19 de febrero de 1910, meses antes del inicio de la Revolución Mexicana, que fue el 20 de noviembre de ese año, cuando el periódico El Pueblo publicó, entre otras noticias, un anuncio enmarcado que informaba: “Gran Dulcería El Paraíso. Participo a mis numerosos consumidores que acabo de recibir, para la presente temporada de cuaresma, un abundante y variado surtido de conservas alimenticias, francesas y españolas: pescado salado, bacalao con o sin espinas, atún en escabeche, por kilos, en latas y al menudeo; chiles jalapeños rellenos. Todos los viernes, camarones, ostiones y huauchinango frescos. Empanadas y pasteles. Completo surtido de vinos españoles y franceses. Ignacio Martínez. Portal Hidalgo 40. Morelia, Michoacán”.

Y si en época de cuaresma, Ignacio Martínez difundía, a través de los medios de comunicación, los productos tradicionales para dicha temporada, también promovía, entre el tránsito de un año a otro, la mercancía que interesaba al público, como lo demuestra un anuncio del periódico El Diario de la Tarde, ejemplar que costaba dos centavos al iniciar 1910: “Gran Dulcería el Paraíso, Portal Iturbide 10. Esta casa participa a sus numerosos consumidores que acaba de recibir en abundancia y variado surtido de juguetes para posadas y año nuevo. Bombones y chocolates. Confeti, serpentinas. Servilletas japonesas. Velitas para pasteles. Almacén de abarrotes extranjeros y del país. Ventas por mayor y menor. Precios sin competencia. Ignacio Martínez. Morelia. Apartado 62. Teléfonos Comerciales, 101. Empresa Telefónica, 100”.

El salón para familias

Cuando Ignacio Martínez Maciel inauguró, en 1903, el grandioso y espectacular salón para familias, pronto fue concurrido por gente de nombre y apellidos, personajes reconocidos en el arte, el pensamiento, las empresas, las profesiones y la política.

Proclives a las modas francesas, los morelianos del porfiriato, como ciertas clases sociales de México, vestían con elegancia y portaban bombines, trajes, vestidos, bastones, abanicos, perfumes, bolsos, paraguas y sombreros con plumas, entre otros accesorios que adquirían, generalmente, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred, fue uno de los almacenes que frecuentaba la sociedad porfiriana de Morelia. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.
Almacén Puerto de Liverpool. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.

Fue el salón de El Paraíso punto de encuentro, eje de los acontecimientos sociales de Morelia, sitio de reunión, espacio para deleitar los sentidos por medio de aromas, sabores y texturas. Convivieron las familias y los amigos, y repentinamente, acompañados por alguien, los enamorados. Allí se establecieron pactos, ceremonias, acuerdos, y hasta se diseñaron proyectos de vida y destinos. El chocolate, los refrescos, la nieve, el café y los pasteles deleitaban a aquellos visitantes que convivían, dialogaban, reían, callaban, entre los rumores y silencios de sus vidas, hasta que un día, el destino y la historia llegaron puntuales a Morelia y a la República Mexicana.

Los días turbulentos

Si en 1903, El Paraíso inauguró su elegante salón familiar en el que se servían sodas heladas, pasteles, refrescos y otras especialidades de la casa, según lo hizo constar el diario La Libertad, en un ambiente porfiriano, durante el movimiento revolucionario de México, que inició el 20 de noviembre de 1910, el establecimiento fue testigo, junto con otros negocios e instituciones de la época que operaban en locales situados en esquinas de calles céntricas, como Palacio de Justicia, Puerto de Liverpool, Correos, Administración del Timbre, La Cruz y las farmacias Elizarrarás, Reynoso y La Equitativa, de las trincheras que diversos hombres y militares cavaron con el objetivo de enfrentar a los enemigos.

Las fuerzas de resistencia ocuparon templos -catedral, San Agustín, San Francisco, Capuchinas, Las Monjas, Lourdes, Santuario de Guadalupe, San Juan, San José, El Carmen, Las Rosas y La Merced-, como paralelamente lo hicieron en el Colegio Salesiano, Escuela de Artes, Palacio de Gobierno. Antigua Cárcel de San Agustín, Palacio Municipal, Plaza de Toros e Inspección General de Policía. Existían noticias referentes a la cercanía de los enemigos.

La Calle Real, en la que se erigían los principales palacios y fincas de las familias acaudaladas, los portales típicos, la catedral, los templos virreinales de Las Monjas, La Cruz y La Merced, la Plaza San Juan de Dios y la de Armas, y no pocos de los comercios más prósperos, transformó su rostro ante el riesgo del estallido social.

A Morelia llegaban noticias, por los diarios o por medio de algunas personas, acerca de las irrupciones de los revolucionarios en ciertas poblaciones estratégicas. Ellos, los comerciantes más acaudalados, pagaban por la información e incluso contrataban a algunos hombres que estaban al tanto de la presencia enemiga, cerca de la ciudad, para así prevenirse, cerrar sus establecimientos, esconder a las mujeres y sus objetos de valor.

A pesar de los días y los años de amargura, El Paraíso siguió endulzando las mesas y los paladares. No desfalleció. Resistió con la misma energía y valentía de su fundador, y sobrevivió a los estragos que dejan las revoluciones al desdibujar muchos detalles del tejido social.

En las mesas y en los paladares

Dueño de su prestigio, El Paraíso resguardó, en su esencia, en su memoria y en su práctica, los sabores, fórmulas, recetas, tradiciones y aromas que lo hicieron célebre. El establecimiento dulcero enfrentó la turbulencia de las últimas seis décadas del siglo XIX, y nadie duda, por su calidad y por la costumbre que tienen los mexicanos de obsequiar algo típico y clásico de su terruño a sus visitantes, que los ates y otras presentaciones de productos se hayan ofrecido a personajes célebres de cada época, lo que innegablemente, al tratarse de la mejor fábrica y tienda de dulces típicos de Morelia, fue el elegido para cautivar el gusto de cada hombre y mujer.

Cambio generacional

El otro dueño

Agustín Ortiz García

Con las luces y sombras de un México convulsivo, parado entre las laderas y los abismos de sus desafíos, su historia y su destino, El Paraíso continuó al frente de la especialidad dulcera de Morelia, con la tercera generación de la familia Martínez, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, quienes, finalmente, en 1928, época que aún segregaba los olores del reciente movimiento revolucionario del país que inició en 1910, la lucha y las traiciones de los generales y la persecución cristera -movimiento que empezó en 1928 con el conflicto entre las autoridades mexicanas con laicos y religiosos que se oponían a la Ley Calles, la cual pretendía controlar y reprimir el culto y la práctica católica en el territorio nacional-, vendieron el establecimiento a otro inversionista, Agustín Ortiz García.

De ese año y de la década de los 30, pertenecientes al inolvidable siglo XX, Agustín Ortiz García hizo de El Paraíso, eje de la vida cotidiana de Morelia. Era su negocio, su casa, su vida. En una historia familiar y citadina, que inició en 1928 y concluyó en 1938, la familia Ortiz hizo de El Paraíso una leyenda, un destino, una costumbre y un deleite para los paladares. Fue punto de encuentro de familias, amigos y hasta de enamorados, quienes dejaron la amenidad de sus pláticas en aquellos rincones de los portales típicos de Morelia.

El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ni el desequilibrio económico ni la inestabilidad social impidieron que Agustín Ortiz García, viviera su ilusión y entregara una década de existencia a un negocio que formaba parte de la historia de los morelianos. La gente asistía. Era la negociación en la que compraban y convivían sus antepasados, las otras generaciones -bisabuelos, abuelos, tíos y padres-, y donde celebraban reuniones familiares y sociales. En El Paraíso se encontraban fragmentos de su historia. Y asistían las generaciones de esa época. La marca y el lugar tenían un significado especial. La gente buscaba y valoraba lo que era tan suyo.

Luis Torres Villicaña,

la historia

A los 21 años de edad, en 1938, Luis Torres Villicaña (1917-2014) se atrevió a golpear con la aldaba de hierro el antiguo y pesado portón de madera de la casona de Máximo Díez, hombre de negocios respetable, acaudalado y reconocido en Morelia y en diversas poblaciones y ciudades de Michoacán y la República Mexicana, con el objetivo de hablar con él, de frente, y solicitarle crédito para comprar El Paraíso, afamado establecimiento dulcero que su dueño, Agustín Ortiz García, había perdido a una hora infausta, en una apuesta.

Máximo Díez, acostumbrado a los negocios, a las ganancias, al trato con comerciantes, hacendados, industriales e inversionistas, quedó sorprendido al mirar y escuchar los argumentos del muchacho, quien no únicamente se sentía motivado por la adquisición de una empresa acreditada, de la que ya conocía, en la parte dulcera, la dinámica, sino por sus convicciones y proyectos.

Escuchó el hombre de negocios al joven. Percibió sus rasgos de sinceridad y conoció las observaciones, los análisis y los estudios que había realizado. El joven no era improvisado. Tenía deseos de triunfar. Sabía lo que deseaba en la vida. Luis lo convenció por medio de argumentos bien planteados. Con asombro ante la visión empresarial y las convicciones del muchacho, a quien escuchó y al que formuló preguntas con la idea de comprobar la autenticidad de aquellas palabras juveniles y de los valores nobles que irradiaba, Máximo Díez sintió confianza y le prestó, finalmente, el dinero requerido

Máximo Díez, quien participó activamente en la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, de la que frecuentemente era comisionado, por su capacidad, experiencia y conocimiento, para analizar y dar su opinión respecto a temas de relevancia municipal, estatal y nacional, fue un hombre de negocios exitoso y reconocido, con amplia experiencia en el trato humano, y no dudó en el plan que le expuso el joven.

Colección: Gerardo Torres Calderón.

De él, la publicidad contratada en la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930, detalla que “en el cruzamiento de las calles Morelos Sur y Allende, se halla esta importante negociación mercantil, ampliamente conocida por la amplitud de sus transacciones comerciales”.

Y asegura que “el señor Máximo Díez es concesionario de la Pierce Oil Company, S.A., cuyos productos conocidos son: petróleo, gasolina, parafina, aceites y grasas lubricantes, y gas oil para toda clase de motores”.

Máximo Díez diversificó sus negocios, de acuerdo con la reseña del documento dedicado al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, de manera que fue “agente de la Cervecería Moctezuma, S.A., de Orizaba, Ver., de la que distribuye sus exquisitas cervezas XX, XXX y Superior”.

Paralelamente, fue “representante de La Tolteca, Cía. de Cemento Portland, S,A,”, y también, por su amplia experiencia, “agente de El Buen Tono, S.A., disponiendo de todas sus acreditadas marcas de cigarros”, y, por añadidura, “tiene una existencia constante de todos los productos de la región”.

En cuanto al moreliano Pascual Ortiz Rubio, cuya familia fue propietaria de la Hacienda del Rincón, en la capital de Michoacán, asumió la presidencia de México en febrero de 1930, con el hecho de que, tras tomar posesión del mandato y disponerse a viajar al Palacio Nacional, fue acribillado por un tipo de nombre Daniel Flores González. El mandatario nacional permaneció dos meses en convalecencia. Fue a él quien Agustín Vega dedicó el libro citado, el cual tuvo el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, entonces liderada por Bernardino F. Perraldí Carranza, propietario, con su hermano Santiago, de La Esmeralda, una de las tiendas mejor surtidas de la época, que fundaron en 1900. Por cierto, los hermanos Perraldí Carranza eran sobrinos directos del otrora constitucionalista y presidente Venustiano Carranza Garza.

La Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930 por Agustín Vega, con el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Industria y Agricultura de Morelia, fue dedicada al presidente Pascual Ortiz Rubio.

La hacienda, los recuerdos y el inicio

Mientras el entonces joven Luis Torres Villicaña esperaba, impaciente, la fecha acordada para comprar El Paraíso, repasaba las horas de su niñez y adolescencia diluidas en la Hacienda El Tigre, y en la casa solariega, en el pueblo de Quiroga, en tiempos prehispánicos denominado Cocupao, paso forzoso de quienes viajaban de la Ciudad de México a Zacapu, Zamora y Guadalajara, y viceversa, y reflexionaba también en los acontecimientos que, inesperadamente, de un día a otro, despojaron a su familia de sus propiedades y medios de producción.

Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con el proceso de expropiación de tierras que llevó a cabo el presidente Lázaro Cárdenas del Río durante su gestión, entre 1934 y 1936, al transformar los otrora latifundios y haciendas en ejidos y cuadricular el campo con la finalidad, principalmente, de arraigar a la gente y evitar levantamientos armados y desórdenes sociales, más allá de las causas revolucionarias, la supuesta justicia social y las promesas gubernamentales de tantos generales que se traicionaron en la lucha por el poder, los integrantes de la familia Torres, como otras, de pronto fueron despojados.

Propietarios de la Hacienda El Tigre desde 1730, los miembros de la familia Torres se encontraron repentinamente entre el destino, la historia, el pasado esplendoroso, el presente inseguro y el futuro incierto. Las tierras hacendarias fueron repartidas por el mandatario nacional, y años más tarde, Luis Torres Villicaña cedió unos terrenos aledaños a las familias que moraban en el lugar, con el consejo de que establecieran restaurantes para los viajeros que transitaban aquella carretera rumbo a Quiroga, Santa Fe de la Laguna, Zacapu, Zamora y Guadalajara, y así lo hicieron desde entonces con el atractivo y el éxito que han obtenido.

Antepasados de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los integrantes de la familia Torres y Torres y sus descendientes se mudaron a Morelia. Establecieron su casa al poniente de la ciudad, a la orilla, donde aún olía a campo, río y tierra. No era fácil coexistir en el destierro, en un lugar que siempre se caracterizó por la ausencia de grandes industrias y la abundancia de comercios dedicados a diferentes giros: abarrotes, calzado, cervezas, ropa, tabaco.

Padre, madre y hermanos de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ya el autor de la obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, editada en 1883 por la Imprenta de Ignacio Cumplido, Juan de la Torre, criticaba en sus páginas, específicamente en el capítulo denominado Industria y Comercio, que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El escritor, quien era miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, sabía que los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente. Expresaba en su libro que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…” Y finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

La expropiación de la hacienda y los bienes de la familia Torres, los colocó en una situación de quebranto económico, igual que a tantas familias que de improviso perdieron todo. La madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a quienes tenían oportunidad de probarlos y que, ante la adversidad, decidió elaborar con el objetivo de comercializarlos y contribuir al alivio de las necesidades económicas.

Elaboración de laminillas. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Al ser hijo primogénito del matrimonio Torres Villicaña, Luis se sumó al trabajo productivo de la familia, con tal madurez que orientó su atención en la actividad dulcera de Morelia. Dedicó tiempo a observar y analizar el mercado de los ates, las conservas y los dulces, hasta que una vez con la certeza de que poseía elementos suficientes para dirigir una empresa del ramo, decidió comprar, a los 21 años, El Paraíso.

Luis Torres Villicaña, en su juventud. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Entre los rasgos favorables que Luis detectó en El Paraíso, destacaron su antigüedad y tradición en Morelia -en esa fecha, la de 1938, la empresa cumplió 98 años-; la ubicación del establecimiento en uno de los portales típicos, conocido popularmente, por sus actividades cotidianas, con el término “de las dulceras”; la llegada y salida de camiones, en esa zona, frente a la catedral y cerca de los principales comercios y oficinas públicas. De pronto, con la adquisición de El Paraíso, a Luis Torres Villicaña le llegó toda la tradición dulcera de Morelia.

Tres familias

El negocio

Con la incursión de Luis en el giro, El Paraíso cumplió, entonces, tres etapas importantes con el mismo número de propietarios: 1840, fundación de la empresa por parte de Marcial Martínez, con la incorporación posterior de su hijo, Ignacio Martínez Maciel, quien fortaleció, modernizó, internacionalizó y formalizó el negocio y finalmente lo heredó a sus descendientes, Ignacio y José Martínez Uribe; 1928, aparición en el escenario de Agustín Ortiz García, que continuó con la firma que era industria y comercio, a la que convirtió en eje de su vida y de su círculo familiar y social; 1938, los apellidos Torres Villicaña llegaron para reconocer su historia y su tradición, y darle prestigio, coronar la firma con la experiencia, la calidad, el servicio y la atención que siempre la han caracterizado.

La memoria y los registros de la historia lo confirman: Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad, con el recuerdo de una niñez y una adolescencia felices, en medio de las condiciones en que la política, la economía y la dinámica social de México de aquella hora, los colocaron a él y a su familia en una situación emergente de luchar para no caer y sí, al contrario, fortalecerse y crecer, y con la confianza y el dinero que le prestó el empresario Máximo Díez, llegó a El Paraíso, lo compró, con el sueño y la idea de hacer realidad el concepto del nombre tanto en los dulces y mercancía que fabricaba y comercializaba como en su existencia y en la gente que tanto amó. Y conquistó El Paraíso.

De El Paraíso había que hacer el mundo y el cielo, y así, con tal idea, Luis se entregó a la empresa, a la que se sumó, dos años más tarde, al contraer matrimonio, su esposa, María Soledad Calderón Orozco, pieza clave en el fortalecimiento de la empresa, ya que se dedicó a atender las labores de la casa, a su marido y a los 16 hijos que procrearon.

María Soledad Calderón Orozco. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los empleados de la dulcería atendían al público en el Portal Galeana, esquina Benito Juárez, frente a la catedral moreliana, que una centuria antes recorrió, una y otra vez, el campanero Marcial Martínez, quien soñaba en que los productos que elaboraba con la ayuda de su esposa Benita, resultaran una delicia y le abrieran paso a la prosperidad. Desde los campanarios contemplaba el paisaje urbano con esqueleto de cantera y piel de cal pintada de colores, y con esencia capaz de mover a México.

El inquieto Luis Torres Villicaña, atendió la fábrica de dulces que desde tiempo atrás se localizaba en la calle Serapio Rendón, detrás del templo virreinal de San José, construido en el siglo XVIII, cuyas dos torres fueron añadidas entre 1943 y 1945, en la vigésima centuria. La industria, la búsqueda de clientes y las negociaciones para la distribución de los dulces y la contabilidad, cada día requerían mayor atención y tiempo por parte de su dueño, quien, por otra parte, confiaba en el amor y la responsabilidad que, como madre y esposa, caracterizaban a Soledad, descendiente, por cierto, de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los encomenderos españoles que fundaron la Ciudad de Mechuacan el 18 de mayo de 1541, con respaldo del Virrey Antonio de Mendoza.

Nadie imaginaba que, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los fundadores de Valladolid -hoy Morelia- en 1541, con autorización del Virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, la familia Torres, propietaria de la Hacienda El Tigre desde 1730, pronto aparecería en el escenario dulcero de El Paraíso.

Las habitaciones de la casona vetusta, en la calle Serapio Rendón, permanecían repletas de colaciones, dulces y confitería, mientras el rumor de la maquinaria anunciaba, en su lenguaje mecánico, el trabajo constante y disciplinado de aquel hombre que desde temprana edad aprendió a dirigir una empresa dividida en industria, comercio y servicio al público.

Elaboración de dulces. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Pronto devolvió a Máximo Díez el préstamo que le concedió, y se lo agradeció con la caballerosidad de antaño, siempre con el reconocimiento de la confianza y el apoyo que recibió, a pesar de no conocerlo y de su juventud e inexperiencia; sin embargo, algo inquietaba a Luis. El mundo enfrentaba la sombra de una guerra amenazante, México se reacomodaba tras el período de los generales revolucionarios que ambicionaban el poder, El Paraíso crecía tanto industrial como mercantilmente y la familia Torres Calderón aumentaba en cantidad de integrantes y, a la vez, en necesidades.

Tras minutos y horas que anhelaban madurar y convertirse en días, y días que se volvieron semanas, Luis tomó la decisión de fortalecer la industrialización de dulces, como una rama importante de El Paraíso, y cerrar el establecimiento comercial y de servicio al público que acostumbraba reunirse en su salón, y así lo hizo, con todo lo que implicaba. Fue aconsejado por Soledad, su esposa, mujer que dispuso de tiempo para atenderlo, educar 16 hijos y aconsejarlo, como lo hacía, con sabiduría.

El Paraíso, con su dulcería y su salón de convivencia social, donde los morelianos solían compartir sus horas y sus días, y consumir pasteles, refrescos y otras delicias como chocolate de metate, frutas cubiertas, rompope, jamoncillos de leche, morelianas y cajetas, cerró sus puertas en los portales típicos. Dio vuelta a la página de la historia con la intención de proseguir otros capítulos, y la tienda, el salón de reuniones sociales y las recetas irrepetibles, quedaron en la memoria colectiva.

El letrero

La mudanza trasladó el mobiliario a la casa marcada con el número 42 de la calle Miguel Silva, en el centro moreliano, donde se cambiaron la fábrica y las bodegas; no obstante, como si se sintiera aferrado a su origen, a su historia, a su linaje, a su tradición, al recuerdo de tantos años y décadas, a los murmullos y sigilos de una centuria y otra -XIX y XX-, el letrero de El Paraíso quedó olvidado en el muro, dentro de aquel portal con tanta historia e incontables tradiciones, cual testimonio, quizá, de que en ese rincón del mundo, en la capital de Michoacán, hubo sabores, fragancias, suspiros, colores y formas de recetas guardadas en la memoria de otras familias y mujeres, igual que se conserva el más bello de los secretos. Quedó un trozo de El Paraíso.

Todavía los primeros años de la década de los 90, antes de que expirara el siglo XX, el letrero permanecía en los portales y las generaciones de esa hora lo miraban un día, otro y muchos más con la creencia de que se trataba del nombre de un restaurante con cafetería al que todos llamaban El Paraíso.

Y si el nombre de la Dulcería El Paraíso perduró, a través de las décadas, Luis continuó trabajando en la fábrica que fundó, con el recuerdo, probablemente, de sus padres y sus hermanos, quienes al llegar a Morelia se unieron y solidarizaron en los instantes más críticos de sus existencias.

La época moderna

Recordaba Luis, en sus instantes de añoranzas y lucha, a su tío Alfredo Torres y Torres, fundador, entonces, de un negocio tradicional en Morelia, El Hortelano, quien, adicionalmente a las actividades de las semillas, los jardines, las flores y las plantas, elaboraba ates y los comercializaba, a través de su hermano Manuel, en una tienda de dulces en la estación del ferrocarril, en el antiguo Paseo de las Lechugas que posteriormente se convirtió en la colonia Industrial, inmersa en la ruta de los molinos de harina y las fábricas de las primeras décadas del siglo XX.

Antigua estación de ferrocarril, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Alfredo Torres y Torres involucró a sus sobrinos en el negocio de dulces. El hombre no tenía hijos y era muy hábil para los negocios. Finalmente, estableció alianzas con Luis y su hermano Fernando, y uno de los primos, Eduardo Torres Mier, quien radicaba en la Ciudad de México, coyuntura que los formó e impulsó en ese giro.

Ya en la década de los 50, los hermanos Luis y Fernando Torres Villicaña se independizaron y fundaron La Estrella, fábrica que tenía antecedentes por parte de su tío Manuel Torres y Torres, quien en los días convulsivos de 1917 la estableció en su primera versión, mientras su primo Eduardo Torres Mier, por su parte, se dedicó a la producción de ates enlatados, a través de la industria que inició con el nombre La Colmena.

La Estrella. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Tales recuerdos animaban y fortalecían a Luis durante sus lapsos de lucha consigo y con las realidades de un mundo cambiante. En la casa que compró en Miguel Silva, al oriente del centro de Morelia, donde instaló a su familia y estableció una dulcería, eslabón de lo que fue El Paraíso, integró su negocio a la fábrica que inició su tío Manuel Torres y Torres, La Estrella. La familia requería solidaridad. Establecieron alianzas. Eran tiempos de unidad y trabajo.

En la calle Antonio Alzate. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con la industrialización más moderna de la época, Luis introdujo maquinaria de cobre que funcionaba con vapor, y orientó sus esfuerzos en la fabricación de jaleas, ates y laminillas. Redujo costos, intensificó la producción en serie y abrió nuevos mercados, con la conveniencia de que encontró distribuidores que le compraban grandes volúmenes de mercancía. Dos mayoristas nacionales de La Mereced, en la Ciudad de México, adquirían casi toda la producción de dulces.

La Estrella Dorada

Luis y su hermano Fernando eran socios de La Estrella, hasta que, en la misma década de los 50, tomaron la decisión de separarse. Cada uno siguió su camino en los negocios. Con el tesón que aplicó desde que adquirió El Paraíso, Luis denominó dedicó lo mejor a su fábrica, La Estrella Dorada.

Con una familia numerosa que cada día requería mayor atención y espacio, Luis adquirió varios terrenos al oriente de la ciudad, metros adelante del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, que más tarde heredó a sus descendientes.

Trabajó arduamente. No ignoraba que tenía cita con el destino y con la historia. Repartió los días de su existencia en La Estrella Dorada, fábrica especializada en la producción de jaleas, ates y laminillas, en esa etapa dedicada a atender la demanda del mercado popular, como ferias y mayoristas.

En calzada Madero. Colección: Gerardo Torres Calderón.

La Cámara de Comercio, la Cámara de la Industria de la Transformación y la Cruz Roja

Quienes tienen la misión de aportar y dejar huellas insondables, valoran el tiempo, las horas de sus existencias, y no desperdician los minutos y los días en superficialidades. A Luis Torres Villicaña le alcanzó el tiempo para engrandecer el negocio dulcero y convertirlo en tradición de Morelia, educar a su familia con ayuda de su inolvidable Soledad Calderón Orozco y alcanzar la presidencia en la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y otros empresarios, y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez y algunos hombres de negocios.

Refiere la tradición que la Cámara de Comercio de Morelia pagaba renta para contar con instalaciones dignas. Compartió espacios con su Academia en la ostentosa mansión construida por el ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, y en las casonas ubicadas en las calles 4ª de Morelos, Benito Juárez e Ignacio Zaragoza, como también efectuó, en el pasado, algunas reuniones en la Casa de Cristal o en los despachos y domicilios de ciertos presidentes y consejeros.

Antigua Casa de Cristal, en Morelia, donde innumerables ocasiones sesionaron los consejeros de la Cámara de Comercio e Industria de Morelia. Colección: La Página Noticias.
Palacio que construyó el ingeniero belga, Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, en Morelia. Colección: Santiago Galicia Rojon Serrallonga.

Habían transcurrido 72 años desde la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, en 1895, la cual, a pesar de su trascendencia local, estatal y nacional, carecía de sede propia. Fue ese año, el de 1957, cuando el empresario Luis Torres Villicaña presentó su iniciativa para comprar la finca que actualmente ocupa la institución, en la antigua calle del Olvido, marcada entonces con el número 11, y que más tarde se llamó Segunda de Guerrero, para finalmente ostentar el nombre 20 de Noviembre, y cambiar al 55. Las escrituras fueron signadas el 31 de diciembre de 1957. Un año después, en 1958, la agrupación empresarial y su institución educativa poseían domicilio propio. La iniciativa y el esfuerzo de Luis Torres Villicaña, se concretaron en una finca digna y majestuosa para tan tradicional institución.

No conforme con su gestión en la Cámara de Comercio de Morelia, que todavía es recordada, Luis fue presidente estatal de la Cruz Roja y posteriormente delegado regional y nacional, institución a la que entregó lo mejor de sí por los beneficios que sabía representa para la sociedad; además, participó activamente en la Cámara de la Industria de Transformación de la ciudad, como fabricante de dulces.

En la Cámara de Comercio de Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Orgullo familiar

Templo de Fátima

El cortejo fúnebre resultó imponente. Los sentimientos se desbordaron. Al concluir la homilía, en el tradicional templo de Fátima, donde antiguamente existió una capilla virreinal, familiares, amigos, trabajadores y gente que conoció y trató a Luis Torres Villicaña, impidieron que el ataúd fuera colocado en la carroza, y así, a pie, lo trasladaron hasta el Panteón Municipal de Morelia. Discurrían, entonces, los días de 2014.

La gente despedía al industrial del dulce con agradecimiento, lágrimas y emoción. Dejaba recuerdos, huellas, trozos de sí en cada persona. Influyó positivamente en mucha gente. El dulce sabor de sus productos quedaba entre hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de conocerlo y tratarlo.

Nadie olvidaba, en ese momento, que Luis Torres Villicaña era benefactor del templo de Fátima, y que, con sus recursos y su tiempo, había contribuido a la obra tan querida por los morelianos. La gente platicaba que cada semana reunía dinero con la intención de pagar la nómina a albañiles y personal que trabajaba en la construcción del recinto sacro. Y la obra fue concluida. Luis cumplió. El templo de Fátima, en la colonia Cuauhtémoc de Morelia, con la antigua cruz atrial a un costado, aparece bello, espacioso y rico en detalles, tan grandioso y sencillo, a la vez, que no se olvida, quizá cual testimonio de que los dulces que un hombre y su equipo produjeron no solamente endulzaron a una y diversas generaciones, sino como prueba de que el bien puede derramarse en beneficio colectivo.

Templo de Fátima, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Época contemporánea

Calle Real

Con el hijo menor de Luis Torres Villicaña y Soledad Calderón Orozco -Gerardo Torres Calderón-, inició otra etapa dentro del eslabón de El Paraíso. Reunió el acervo documental y fotográfico, la historia y las tradiciones, las fragancias y los sabores, los recetarios y la experiencia, y ya de regreso del pasado, miró a sus lados, al frente, con la certeza de que el mundo es otro y se encuentra inmerso en una competencia acentuada que desgarra a quienes no se preparan y son débiles, y, en cambio, favorece a aquellos que se encuentran fortalecidos.

Cada época tiene sus propios rostros, sus biografías y sus motivos, y si hay quienes maquillan su historia, existen otros que la recuerdan, conservan y rescatan con el propósito de atesorarla y compartir su encanto y majestuosidad a aquellos de mayor sensibilidad.

Tal es el caso de la Calle Real y sus ancestros de linaje, El Paraíso y La Estrella Dorada, cuyos propietarios, en cada etapa, siempre se distinguieron por dar lo mejor de sí para ofrecer calidad, atención y servicio, y quedar en la preferencia de sus clientes, en su memoria y en sus paladares.

En 1999, entre el ocaso del siglo XX y la aurora de la vigésima centuria, con el tránsito de un milenio a otro, Gerardo fundó la Calle Real. Arquitecto, investigador y amante de la historia y las tradiciones, sin perder de vista la modernidad, Gerardo dialogó con su padre, una y otra vez, como quien prepara una expedición a tierras prodigiosas e inexploradas, con la determinación de convencerlo de que era momento oportuno de cerrar la etapa de producción en serie y la distribución de jaleas, ates y laminillas en el mercado popular, en las ferias, porque no resultaba justo ni lógico perder las fórmulas y recetas heredadas y plasmadas en libretas y páginas amarillentas.

Náufrago de otra época, Luis se sentía conmovido al escuchar los argumentos que cada mañana, tarde y noche, a toda hora, le presentaba su hijo Gerardo; aunque le expresaba continuamente que se trataba de una aventura y una locura. Luis, ya retirado y con una canasta enorme de conocimientos y experiencias, escuchaba los argumentos de su hijo menor, quien explicaba que no sería conveniente ni lógico perder tantas fórmulas, recetas, historia, tradición y experiencia, y menos abandonarlas en un baúl o en la desmemoria.

Inauguración de Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

En las palabras y expresiones de su hijo, el empresario retornó a sus horas primaverales, en 1938, cuando a los 21 años de edad, sin más armas y escudos que su iniciativa, empuje, honestidad e interés, se atrevió a hablar con Máximo Díez, quien, sin conocerlo, le dio oportunidad de hacer realidad su sueño y entrar, triunfante, a El Paraíso.

Luis Reflexionaba y en su hijo Gerardo se miraba 61 años atrás, seguro de sí, dispuesto a emprender una hazaña grandiosa, una epopeya, la aventura y la historia de su vida, como en otras etapas, a partir de 1840, lo fue para todos sus propietarios, que dieron al negocio un sabor, una forma, un perfume.

Inauguración de Calle Real, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Hábil en los negocios, Luis colocó diques en las pláticas con Gerardo; no obstante, el joven sorteó los obstáculos y, finalmente, argumentó que entre los rasgos y signos de la hora contemporánea, destacaba el hecho de que, a diferencia con las décadas de antaño, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en México y a nivel mundial, cuentan con estudios universitarios, paralelamente a que sus empleos, cargos, profesiones y negocios, aunados a la dinámica social y económica, los mantienen ocupados. Se trata, dijo, de personas que legítimamente aspiran a mantenerse en niveles socioeconómicos estables, progresar, consumir productos y contratar servicios de mayor calidad, estatus que Calle Real podría ofrecerles inicialmente en Morelia.

Orgulloso de Gerardo, su hijo, Luis le dio libertad de concretar el proyecto, con un estilo especial, como descendiente de El Paraíso, quizá sin imaginar que Calle Real sería la coronación de su historia, su esfuerzo y su vida. Durante los últimos 15 años de su existencia, Luis Torres Villicaña disfrutó Calle Real, con todo su significado.

Fundado por Gerardo Torres Calderón, Calle Real fue la coronación al esfuerzo, trabajo y legado de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Si en su juventud conquistó El Paraíso, en su ancianidad se coronó y entró dignamente a la Calle Real, donde tuvo oportunidad y tiempo de mirarse reflejado y reconocerse por medio de lo que forjó y su hijo le mostraba. Recordaba Luis que Gerardo, el menor de sus hijos, se había incorporado al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir sus estudios universitarios en Arquitectura.

La calidad, los sabores, las formas y los perfumes extraídos de recetarios de antaño, probados una y otra vez y adecuados a los gustos, realidad y necesidades de las generaciones modernas, retornaron a las vitrinas y a las mesas con el encanto de deleitar los sentidos. Calle Real es un reencuentro con el buen gusto y el estilo.

Innegable es que la idea de fundar el Museo del Dulce, al interior de una casona del centro histórico de Morelia, como un apartado de la tienda de la Calle Real, propició el rescate de fórmulas y recetas antiguas, elaboradas y guardadas celosamente por amas de casa, junto con los cazos, fotografías, procesos, herramientas y maquinaria. Contribuyó a salvar la dulcería moreliana y mexicana del naufragio y el olvido. Es una aportación gastronómica, cultural e histórica que permanece cual legado para la presente y las futuras generaciones.

Cuando Calle Real y su Museo del Dulce fueron inaugurados, Luis Torres Villicaña se notaba asombrado e intensamente feliz. Innegablemente, sabía que se trataba, en su caso, de la culminación de una vida de esfuerzo, llena de historia e inscrita con huellas indelebles, y la permanencia de una historia familiar y moreliana.

Acompañado de su esposa y de sus hijos, nietos y bisnietos, se sabía, internamente, personaje central de algo que no era teatro ni fantasía, de una historia inolvidable, esplendorosa e irrepetible. Familiares, amigos, empresarios, turistas y funcionarios públicos asistieron a la inauguración de la Calle Real y el Museo del Dulce, atendido por hombres y mujeres vestidos a la moda porfiriana.

Gerardo Torres Calderón, que entonces había viajado alrededor del mundo en su pasión e interés de conocer y estudiar distintos esquemas de negocios tradicionales, rescató y preservó la dulcería moreliana y mexicana de antaño a través de la Calle Real.

Una anécdota

Alguna vez, ya retirado, Luis Torres Villicaña comentó a Gerardo, su hijo, que le encantaría regresar a las actividades productivas e incorporarse a la Calle Real. Estaba acostumbrado a los negocios, a la productividad, y a esa hora de su existencia -más de 90 años- consideraba que podría aportar a la empresa y ganar algunos recursos económicos, motivo por el que su hijo lo complació y ordenó la fabricación de un carro pintoresco con equipo para elaborar algodones de azúcar.

Inicialmente, Luis se instaló en el patio final de la tienda y del Museo del Dulce, donde los turistas y visitantes pasaban con el objetivo de reiniciar sus paseos en el tranvía. Los niños y enamorados le compraban algodones, golosinas cargadas de colores y sabores que indudablemente le recordaban los muchos instantes del ayer, cuando era joven y ya estaba en El Paraíso para trabajar y cumplir sus sueños, hasta que, al cabo de unas semanas, volvió a hablar con su hijo con la intención de confesarle que en realidad la venta de algodones, en Calle Real y el Museo del Dulce, no era atractiva para los visitantes y, por lo mismo, no resultaba tan buen negocio, motivo por el que renunciaba al pequeño carro.

La marca

Calle Real es una marca, una firma empresarial; pero también un estilo, un concepto de vida. Va más allá de modas, apariencias, producciones en serie y negocios del momento. Es, simplemente, una empresa que fabrica dulces artesanales, repostería con aroma y sabor a recetas del hogar, un crisol de fórmulas de antaño. incorporados a los gustos de un mundo globalizado, exigente y moderno.

Todos los detalles, en Calle Real y el Museo del Dulce, tienen un encanto, poseen un detalle, y ofrecen un deleite. El Museo del Dulce, establecido en una finca antigua del centro histórico de Morelia, es el recorrido a otros años, a épocas distantes. Rescata de la desmemoria, del tiempo, de la historia y de las tradiciones, las fórmulas y recetas de la dulcería típica moreliana y mexicana, la repostería que tanto se extraña. El recinto y la idea valen por lo que contienen y presentan. Simplemente, el rescate, la exhibición y la conservación de la dulcería y la repostería antigua de Morelia.

La fábrica de dulces y repostería de Calle Real, expuesta al público en la sucursal de avenida Acueducto, al oriente de la ciudad, se encuentra separada por áreas y muestra los procesos artesanales de producción y la calidad con que es elaborada cada pieza. Nada es fabricado en serie porque la gente, el buen gusto, los dulces y la repostería no son moda pasajera ni número. Los sabores, las fragancias, los colores y las formas carecen de maquillajes, son auténticos, con esencia tradicional e histórica de otras generaciones para las personas de hoy.

Es importante destacar que la cafetería se encuentra envuelta en un ambiente porfiriano, acompañada del encanto de la época contemporánea. Une a las familias, a los enamorados, a los amigos, a los solitarios. El mobiliario, la mantelería, los cuadros, las pinturas y los elementos arquitectónicos y decorativos cautivan, atraen, enamoran, y más cuando la atención, el servicio y la calidad son atributos y virtudes.

La tienda de Calle Real significa disfrutar y vivir la experiencia de mirar, percibir fragancias, deleitarse y elegir dulces y repostería genuinos, extraídos de su colección de recetarios, fórmulas que datan de las décadas del siglo XIX y la primera mitad de la vigésima centuria. Son historia y tradición, pero rompen el concepto del tiempo y el espacio para deleitar a mujeres y hombres de esta época y trasladarlos hasta El Paraíso.

Inició la tradición en la antigua Calle Real de Morelia, la principal de su centro virreinal, con una entrada a El Paraíso, en uno de los portales típicos, hasta volverse un lucero. Todo es, ahora, Calle Real, digno descendiente de aquel linaje.

Autor del texto e investigación: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico, e investigación: Gerardo Torres Calderón

Notas                    

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. La Ciudad de Mechuacan fue fundada en Guayangareo, el 18 de mayo de 1541, hasta que en 1545 cambió su nombre por el de Valladolid, y en 1828 por el de Morelia, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, personaje de la Independencia de México, movimiento insurgente que inicio la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Los mexicanos lo consideran el Siervo de la Nación
  • Chilaquiles. Es un platillo mexicano, elaborado a base de trozos de tortilla de maíz, que se fríen, a los que se les agrega salsa verde o roja, hasta que obtienen su condimento natural. Se sirven con queso y cebolla picada. Hay quienes los desayunan con carne de pollo deshebrada o con huevo. Su origen no es preciso, aunque algunos autores mencionan que se trata de un vocablo que proviene del náhuat, chilli, que significa chile, más aquilli, que es “metido en”, es decir metido en chile. Existen varios significados.
  • Época Porfiriana o Porfiriato se le denomina al período comprendido de 1876 a 1911, en que el General Porfirio Díaz Mori fue presidente de México. La Revolución Mexicana inició el 20 de noviembre de 1910.

Calle Real

Un apunte para la historia

Los antecedentes de Calle Real, datan de 1840, en el siglo XIX, cuando Marcial Martínez, campanero oficial de la catedral barroca y colonial de Morelia -iniciada en 1660 y concluida en 1744-, inició, junto con Benita Maciel, su esposa, la elaboración de ates y dulces que colocaba pacientemente en las azoteas, en las torres y en las cúpulas del monumento sacro con la intención de que recibieran las caricias del viento y la mirada del sol, y reposaran, hasta obtener bocadillos deliciosos que comercializaba.

Aún olía a años de insurgencia -los que principiaron en 1810- y a días monárquicos, con la presencia, en la historia nacional, del consumador de la Independencia, en 1821, y primer emperador de México, en el período del 21 de julio de 1822 al 19 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide y Arámburu, nacido en Valladolid -hoy Morelia-, cuando los colores y sabores naturales de los llamados guayabates y otros dulces típicos, dignos de las cocinas más refinadas, cautivaban y atraían al negocio de Marcial Martínez.

En verdad, apenas hacía unos años en que el llamado Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, junto con el Siervo de la Nación, José María Morelos y Pavón, y otros personajes de la historia mexicana, habían transitado las calles de la ciudad, con la sustitución posterior, en 1828, del nombre de Valladolid por el de Morelia. Morelia es toponimia del apellido Morelos.

Diariamente, el campanero admiraba, desde las torres, el paisaje urbano, con el anhelo de un día, a cierta hora, independizarse y dedicar los años de su existencia al negocio dulcero que su esposa y él iniciaron con tanta ilusión a un lado de la catedral monumental, donde la gente compraba sus productos caseros, sustraídos de recetarios con fórmulas que resultaban un deleite al gusto y a los sentidos por ser tan naturales y genuinos.

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Pasaron los años y la familia Martínez Maciel creció. Pronto, el hijo mayor, Ignacio, quien nació en 1844, demostró capacidad y talento en los negocios, e hizo del comercio de sus padres un paraíso y un imperio en el ámbito dulcero.

Hombre que desde la adolescencia adquirió experiencia y habilidad en los negocios de abarrotes, Ignacio Martínez Maciel -hijo de Marcial y de Benita- se incorporó por completo al ámbito dulcero, a los 21 años de edad, en 1865, y dio mayor forma y sentido a El Paraíso, empresa que fortaleció a base de disciplina, constancia, esfuerzo, dedicación y trabajo, precisamente en uno de los portales típicos de Morelia -el de Iturbide-, en la Calle Real, que era la vía principal dentro del trazo urbano, donde se encontraban los palacios señoriales de la ciudad, fundada el 18 de mayo de 1541.

Durante el siglo XIX, Morelia fue visitada por diversos personajes, como el emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, en 1864, y otros más, quienes, sin duda, al recorrer los principales espacios públicos de la ciudad, rodeados de conventos, templos, jardines y fincas palaciegas, miraron El Paraíso, cuyos dulces y pasteles, quizá, probaron, sobre todo si se toman en cuenta las tradiciones y costumbres mexicanas de obsequiar productos regionales y típicos a quienes llegan de otros sitios.

A partir de la incorporación y participación de Ignacio Martínez Maciel en El Paraíso, a las siguientes décadas de la decimonovena centuria se añadieron premios y reconocimientos estatales, nacionales y mundiales, con los que el prestigio de los dulces típicos del establecimiento se acrecentó y abrió, en consecuencia, las puertas a otros mercados, en la geografía mexicana, en Estados Unidos de Norteamérica y en Europa. La dulcería moreliana, conservada con mucho celo en la memoria y en los recetarios de las damas de la antigua Valladolid, resultó un deleite a los sentidos en mesas nacionales y extranjeras.

Entre los premios, menciones y reconocimientos, El Paraíso obtuvo los siguientes: Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días; sin embargo, El Paraíso llegó de frente y puntual a su cita con el destino y la historia, y ocupó un sitio preponderante dentro de la dulcería típica, en México y en el mundo.

Tan prestigioso era, en esa época, El Paraíso, que el portal donde se encontraba instalado fue llamado “de las dulceras”. El negocio establecido, ya acreditado a nivel nacional y con presencia en las principales ciudades estadounidenses y europeas, abrió, por medio de sus premios y reconocimientos sustentados en la calidad, los sabores y las fragancias naturales, posibilidades de comercio en la geografía nacional y en diversas regiones del mundo, a pesar de las distancias y los conflictos, adversidades y problemas mundiales.

Durante el Porfiriato, la familia Martínez Maciel introdujo vinos y productos nacionales y europeos de calidad, que se sumaron a la excelencia y tradición dulcera de Morelia, para lo que la negociación contaba, en esa época, con herramientas, equipo y maquinaria para la elaboración de sus productos.

Al principiar el siglo XX -específicamente, en 1903-, El Paraíso inauguró un salón, anexo a la tienda, donde los habitantes de la ciudad y los visitantes, en un ambiente familiar y amigable, al estilo parisino, convivían, organizaban reuniones y disfrutaban chocolate, helados, café, pasteles y refrescos que ahí se servían con atención y esmero.

El salón familiar, pronto se convirtió en sitio de reunión, en punto de encuentro de familias y personajes con ropa, sombreros, abanicos, paraguas, bolsos y accesorios a la moda afrancesada, que generalmente adquirían, en el caso de Morelia, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

De aquel período, datan algunas fotografías en las que aparecen Ignacio Martínez Maciel, sus hijos -Ignacio y José- y diversos personajes, en el exterior del negocio, entre las columnas de los portales, y con el tradicional letrero que indicaba el nombre del establecimiento -Dulcería El Paraíso-, colgado a la entrada.

En su tercera generación, integrada por Ignacio y José Martínez Uribe, El Paraíso ya estaba consolidado como empresa que deleitaba los paladares más exigentes, con calidad y tradición, donde la atención y el servicio eran parte del negocio. Era una empresa que, como otras de la época, enfrentaron y superaron los retos, problemas y vicisitudes del turbulento siglo XIX y de las primeras décadas de la vigésima centuria.

Transitó El Paraíso por el Porfiriato, el movimiento revolucionario de 1910 y los sucesivos períodos de efervescencia política, social y económica en México, con la sombra de una guerra mundial, crisis financiera y epidemias, lo que fortaleció a la empresa que contaba con maquinaria competitiva y moderna, hasta que, en 1928, la negociación fue adquirida por Agustín Ortiz García, quien la hizo centro de su vida y de no pocas de las convivencias familiares y sociales de Morelia.

Una mala partida, de la que se arrepintió toda su vida, fue la causa de que Agustín Ortiz García perdiera El Paraíso, el cual fue adquirido, en 1938, por Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad. Hijo, sobrino y nieto de los dueños de la Hacienda El Tigre, próxima a Quiroga, asentamiento que se encuentra a la orilla del Lago de Pátzcuaro, el joven, nacido en 1917, obtuvo un préstamo del entonces reconocido hombre de negocios, Máximo Díez, quien creyó en el proyecto que le mostró con tanto entusiasmo.

Desde entonces, Luis Torres Villicaña, quien contrajo matrimonio. dos años más tarde, con Soledad Calderón Orozco, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco -uno de los encomenderos españoles que en 1541, con apoyo del virrey Antonio de Mendoza, fundaron, en Guayangareo, la Ciudad de Mechuacan, nombre que permaneció hasta 1545, cuando cambió al de Valladolid-, dedicó todo su esfuerzo a fortalecer El Paraíso, negocio que dio paso, en un proceso de transformación acorde a la época, a los gustos y a las necesidades de las generaciones de entonces, a fundar La Estrella Dorada.

El Paraíso terminó su ciclo en el llamado “portal de las dulceras”, para adquirir otro nombre y apellido, el de La Estrella Dorada, que, con la participación activa de Luis Torres Villicaña, Soledad Calderón Orozco al cuidado de los hijos y el compromiso irrestricto del equipo de trabajo, orientó su fabricación a los ates, las laminillas y las jaleas de frutas, acordes a la demanda de las ferias y los mercados populares del país. Los productos elaborados en la fábrica, endulzaron a múltiples generaciones de niños, adolescentes y jóvenes de México.

Con la fábrica, los productos de la familia Torres Villicaña conquistaron a incontables consumidores locales y nacionales, y fueron competitivos durante varias décadas. Tales dulces transitaron por los mercados, las tiendas y las ferias, cuando México era tan pintoresco, y así quedaron sus sabores, sus formas y sus colores en los gustos y en los paladares de una generación, otra y muchas más.

Años antes, la madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a aquellos que tenían oportunidad de probarlos, los cuales fueron incorporados en la producción de la fábrica.

El trabajo disciplinado, apoyado en el orden, la honestidad, la constancia, los valores y la lucha incansable por ser los mejores dentro de su género, dio resultados favorables a Luis Torres Villicaña, como se encuentra acreditado en la historia dulcera de Morelia, del estado de Michoacán y de la República Mexicana, mientras Soledad Calderón Orozco, mujer culta y reflexiva, al cuidado de sus hijos y del hogar, aconsejaba a su marido, al padre, al industrial, al comerciante, al hombre que, no obstante las horas cotidianas de esfuerzo y retos, tuvo tiempo para disfrutar su hogar y legar a sus descendientes el ejemplo de entrega, rectitud, compromiso y responsabilidad.

La coronación de tantos años de esfuerzo, llegó a Luis Torres Villicaña y a su esposa, Soledad Calderón Orozco, en 1999, cuando su hijo -el menor de 16 hermanos-, Gerardo Torres Calderón, inauguró, en el centro histórico de Morelia, la tienda Calle Real y el tradicional Museo del Dulce, como una aportación al acervo cultural de la capital de Michoacán y México, dentro de un mundo globalizado que plantea grandes desafíos y retos.

Gerardo Torres Calderón, depositario de la tradición y de las marcas empresariales que sus padres dirigieron con acierto y orgullo, se incorporó al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir su carrera profesional de Arquitectura. Dedicó muchos años al estudio e investigación de los dulces típicos. Buscó, rescató y experimentó las recetas escritas con tanto cuidado y celo por mujeres de antaño, quienes elaboraban dulces y repostería que en verdad resultaban un deleite a los paladares. Viajó a distintas regiones del mundo, investigó negociaciones añejas y tradicionales, conoció el rostro de la dulcería y la repostería y decidió, con apoyo de su padre y consejo de su madre, fundar, como descendiente linajudo y digno de El Paraíso, Calle Real, con todo lo que es y significa, con su rostro, su experiencia y su tradición e historia, y con el paso firme en el presente para caminar con seguridad hacia el futuro sin perder su esencia.

Calle Real es dulcería, gastronomía y repostería tradicional y fina, preparada minuciosamente y con calidad, lejos de fabricaciones en serie, para gente con estilo, interesada en el embeleso de sus sentidos a través de las fragancias, los sabores y las formas.

Inmersos en la dinámica de la hora contemporánea, una generación y otra no disponen de tiempo para elaborar dulces y postres tradicionales en sus respectivos hogares. Las recetas naufragan, generalmente, en rutas inciertas que conducen al olvido, mientras no pocas de las marcas de productos comerciales, en su mayoría, están desprovistas de calidad; no obstante, se trata de un segmento de mercado muy significativo que se interesa en la calidad, en lo genuino, en el rescate de aromas y sabores perdidos. A esa clase de gente están dirigidos los bienes y servicios que proporciona Calle Real en su cafetería y en sus tiendas.

El mobiliario de la cafetería y las tiendas, denotan el estilo y la buena clase de la época del Porfiriato. Los dulces son fabricados con ingredientes auténticos y naturales, bajo estrictas medidas de calidad e higiene, ausentes de producciones en serie. La repostería, en tanto, procede de fórmulas exquisitas de antaño, adaptadas al gusto y a los protocolos del minuto presente.

Los empaques, la mantelería, los detalles arquitectónicos, las vajillas, los utensilios, el mobiliario, la decoración y el vestuario del equipo profesional de colaboradores, forman parte de una colección de elementos que necesariamente llevan a la excelencia, a la tradición y a la experiencia que fue acumulada desde la apertura, en 1840, de El Paraíso, y que hoy, en el siglo XXI, en la modernidad, ofrece Calle Real.

En 2010, al celebrarse el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, Calle Real obtuvo un reconocimiento por parte del Gobierno Federal, y fue el presidente de la República, en ese momento, Felipe Calderón Hinojosa, quien lo entregó a Gerardo Torres Calderón en un acto público al que asistieron empresarios, intelectuales, artistas y funcionarios públicos.

Como empresa descendiente de El Paraíso, Calle Real aparece en las páginas, lujosamente impresas y encuadernadas, de la obra 100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas, editado por el Gobierno Federal, por medio de la Secretaría de Economía y de ProMéxico. Su título es “De la Calle Real, un Paraíso que sabe a México”.

La marca Calle Real es resultado, en consecuencia, de los sabores, la tradición, los aromas, la experiencia y el conocimiento acumulados desde los instantes de 1840, atesorados y practicados por una firma que ya cuenta con un espacio y un nombre en la historia de los dulces y la repostería de Morelia y México, consolidada y preparada para afrontar los retos que plantea el mundo globalizado de la hora contemporánea.

Tranvía turístico del Museo del Dulce y Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

Otoño de 2020

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“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

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“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

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Otras fuentes

Calendario obsequio de la Dulcería El Paraíso. Morelia, Michoacán. 1902

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Mujeres de siempre: Anna Waldherr, dama y escritora, abogada y defensora de los pobres

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley

Nuestra sociedad está enamorada de la riqueza y la fama. Idolatramos a los multimillonarios. Mientras tanto, la brecha entre ricos y pobres está creciendo. Pagaremos un alto precio por esta inequidad. El talento se desperdicia a medida que aumenta la inquietud. Los demagogos, dispuestos a explotar la división para sus propios fines, incitan a la violencia. A menudo descartamos las vidas de las llamadas personas comunes. Pero la gente común es la columna vertebral de la sociedad. Ellos pelean las guerras, apagan los incendios, dan personal a los hospitales, construyen las casas, cultivan los campos, manejan las fábricas, transportan las mercancías y mantienen todo. desde las alcantarillas hasta las torres de telefonía celular de las que depende la sociedad …” Anna Waldherr

Hay seres humanos que enfrentan, en alguna etapa de sus existencias, historias, momentos, experiencias y acontecimientos desgarradores que, más tarde, tras sus luchas para no permanecer rotos ni sucumbir tras los barrotes y las celdas de sus fantasmas, y sí, en cambio, superar las adversidades y el daño que alguna vez les causaron manos despiadadas, comparten con valentía, a otros, sus lecciones de vida y así diseñan y alumbran rutas para compartir la alegría, los valores, la dignidad, el bien, la verdad, la plenitud y la libertad.

Se trata de hombres y mujeres que sufrieron pobreza, dolor, soledad, abusos e infortunio, y que, lejos de empequeñecer y quedar atrabados detrás de los muros del miedo, desafiaron a los monstruos y las sombras que se les presentaron y repitieron a una hora, a otra y a muchas más, hasta liberarse de ataduras, recuperar la felicidad y la vida que parecían desvanecer y convertirse en seres grandiosos y ejemplares.

Anna Waldherr es, ante todo, mujer y dama, escritora y abogada, y algo más, uno de esos seres humanos extraordinarios que dan de sí y piensan en los demás, en los que sufren, en los pobres, en la gente maltratada. Irradia amor, sentimientos nobles, y aplica sus conocimientos y su experiencia en la justicia.

Reseña que nació en Manhattan y creció en Bronx, uno de los suburbios más empobrecidos de la ciudad de Nueva York, en Estados Unidos de Noreamérica, en la década de los 50, en el cautivante, grandioso e inolvidable siglo XX. Recuerda que vivía con sus padres en un vecindario de clase trabajadora; pero reconoce, igualmente, que todavía en la actualidad hay zonas, en Bronx, que se encuentran sumergidas en la indigencia.

Envuelta en sus recuerdos y en sus sentimientos, rodeada de sus libros y de sus experiencias, junto a los años que se han consumido, Anna admite que ellos, sus padres, eran inmigrantes, trabajadores y refugiados que se conocieron en un campo de desplazados al concluir, en 1945, la Segunda Guerra Mundial.

Repasa las páginas de su historia, dispersas en los muchos días del ayer, hasta que expresa que sus padres “llegaron a este país -Estados Unidos de Norteamérica- con poco más que la ropa que llevaban puesta. Desafortunadamente, no pudiron terminar su educación debido al conflicto armado” que marcó a la humanidad y destruyó tantas cosas y trajo otras más.

No obstante, sus progenitores trabajaron arduamente y se las ingeniaron para comprar una pequeña casa y adquirir un negocio. Transmitieron a sus hijos “su ética de trabajo, lo cual impulsó mi éxito profesional, igual que el valor otorgado a la educación. Mi padre y mi abuela, en tanto, me transmitieron su fe cristiana”.

Al navegar por las rutas de su memoria, se encuentra a sí misma, con una Anna Waldherr en minúsculas, pequeña, en la primavera de su existencia. Se descubre en la infancia consumida por los días y los años, y habla de lo que para otros, menos fuertes, podría significar quebranto y tristeza, dolor y llanto, malestar e infortunio: “mi padre abusó sexualmente de mí durante toda mi infancia…”

Tras un lapso de silencio, respira profundamente y argumenta: “el abuso sexual terminó en mi adolescencia, etapa demasiado complicada para mí en diversos aspectos, conflicto al que se sumó la ausencia de mis abuelos, cuya presencia en casa, en la vida familiar, “había funcionado como amortiguador. Ya no estaban con nosotros. La ira de mi padre, definitivamente no se contuvo. Aumentó su enojo considerablemente. Nosotros, sus hijos, éramos, en ese momento, lo que se conoce como niños con llave”.

Por lo anterior, Ana Waldherr está convencida de que “los padres y las madres, preocupados y responsables, deben permanecer involucrados en las vidas de sus hijos e informarse acerca de los signos del abuso infantil, cuando desgraciadamente lo hay. Con demasiada frecuencia, los progenitores consienten que sus hijos miren televisión, películas y material en línea, sin supervisión. Los menores acceden a las redes sociales, medio que aprovechan los depredadores sexuales”.

Y agrega la escritora y abogada: “Los niños solitarios son más vulnerables que aquellos que tienen diálogo y relación abierta y permanente con sus padres. Los adolescentes, en tanto, están totalmente expuestos a imágenes sexualmente gráficas e incluso se encuentran en riesgo de intentar la emulación del comportamiento de los adultos”.

Ana Waldherr -la escritora, la mujer, la abogada, el ser humano-, ha acumulado experiencia y conocimiento, y se nota cuando declara que los padres deben elegir con cuidado y responsablemente a los adultos confiables que pueden estar al lado de sus hijos. Y en el caso de las madres solteras, es fundamental que sean más cautelosas. Es prioritario que todo padre y madre permanezcan atentos a las señales de abuso infantil, mantener abiertas las líneas de comunicación con sus hijos, fortalecer la confianza y reaccionar con madurez y sensibilidad si ocurre el acoso o la violación”.

No olvida que, en primer término, las víctimas de abuso infantil deben sentir que no fueron responsables de la violación. Reconoce que con frecuencia, las víctimas sienten culpa y vergüenza persistentes. Es indispensable, en consecuencia, que sepan que no están solos, recomienda.

Denunciante y autora de una diversidad de artículos relacionados con abuso infantil, miseria e injusticias, admite que es común que las víctimas se hayan sentido abandonadas y rechazadas; no obstante, “millones de persomas experimentamos la misma violación, y millones, también, estamos listos para extender una mano amiga. Los sobrevivientes de abuso sexual, generalmente presentan las cicatrices de lo que enfrentaron: ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático, disfunción sexual y una serie de afectaciones preocupantes”.

Con un sentido humano, esta mujer de siempre, manifiesta que “las víctimas de abuso sexual no deben sentirse contaminados ni disminuidos. Son dignos de amor y valiosos a la mirada de Dios. Sus existencias pueden resultar significativas. Uno entiende la ira que sienten por el abuso. La amargura no es una estrategia últil a largo plazo; al contrario, resulta corrosiva para todo ser humano. Esas personas merecen algo mejor”. Recuerda al poeta George Herbert, quien escribió “vivir bien es la mejor venganza”.

La maestría existencial tiene un precio. A veces hay que pagar el costo de la experiencia y del conocimiento, las lecciones por las que uno pasa, y así es ella, Anna Waldherr, una dama, una mujer, un ser humano firme y sensible, dedicada al bien, preocupada por los que sufren, dispuesta a ayudar.

Opina que los otros, “los abusadores, anteponen sus propios deseos egoístas, sus apetitos, a los derechos y a las necesidades de los niños. Y no es de extrañar que amplio porcentaje de tales personas, también hayan sido violadas en algún momento de sus existencias. Evidentemente, esto no significa que los sobrevivientes de abuso sexual estén destinados a convertirse en violadores. De hecho, la mayoría de quienes han sufrido abusos, nunca los cometen”.

Lamenta que los seres humanos tiendan a repetir patrones familiares. “La ausencia de buenos modelos a seguir, exacerba el problema”, asegura la especialista, quien invita a los adultos, una y otra vez, a permanecer en comunicación con sus hijos, establecer canales de diálogo, y ofrecerles toda la confianza.

Y agrega, preocupada y reflexiva: “la motivación de la gente que comete atrocidades e injusticias contra los demás, varía de acuerdo con la clase de maltrato infantil, que lo hay por negligencia, sexual, fisico, emocional. Muchos de quienes enfrentan maltrato físico o emocional, desahogan sus frustraciones y sentimientos de impotencia, lo cual, por cierto, no justifica el abuso. De hecho, existen formas y mecanismos más saludables y apropiados para que los adultos se estabilicen y sanen, en la medida de lo posible, sin que descarguen su ira contra los niños indefensos”.

Autora de dos libros y fundadora de un par de blogs, Anna habla con mortificación de aquellos seres humanos que padecen y opina que “la negligencia puede resultar de narcisismo, depresión severa y/o consumo de drogas. El abuso sexual es otro tema. Algunos abusadores de niños se engañan a sí mismos al manifestar que, simplemente, están instruyendo a un pequeño en el sexo y que la violación a un menor es en realidad un acto amoroso. Nada más lejano de la realidad. Otros más son sádicos sexuales, cuyo placer se centra en destruir la inocencia de un niño”. Todo es aberrante en esa clase de depravados.

Considera que “los depredadores son más que culpables y, en consecuencia, no escaparán a la justicia de Dios, en este mundo o al morir. Esto puede sonar duro, pero creo y respaldo la castración química de los depredadores. La Psiquiatría no ha demostrado una eficacia absoluta en muchos casos. El impacto del abuso sexual en los niños, suele ser devastador y puede durar toda la vida, motivo por el que es fundamental tomar medidas estrictas para evitar que los depredadores sexuales interactúen con los infantes”.

De hecho, la escritora, abogada y defensora recomienda que “a los depredadores sexuales se les impida el empleo con los niños o cerca de ellos, y menos se les debe autorizar vivir próximos a escuelas, centros de cuidado infantil u otros espacios donde se reúnan menores de edad”.

Anna Waldher, mujer con autoridad en los temas que expone, piensa que, “como sociedad, debemos presionar con el objetivo de lograr regulaciones y sanciones más severas contra los abusadores y traficantes. Debemos destinar fondos suficientes a la aplicación de la ley y a los servicios sociales. Es preciso enjuiciar a los abusadores sin diferencia a la riqueza o posición”.

Y dice: “ciertamente, se pueden implementar salvaguardas. Los controles de empleo se deben ejecutar en posibles contrataciones; las puertas de la escuela se pueden mantener cerradas. Los niños pueden recibir instrucción sobre la seguridad corporal y la denuncia de abusos, entre otros temas que refuercen su integridad. El mal, sin embargo, comienza en el alma. Solo si los corazones se vuelven nuevamente hacia Dios, podemos esperar que disminuya el abuso infantil. La resiliencia puede, hasta cierto punto, ser innata. También implica una elección la determinación de seguir adelante, a pesar de los obstáculos. En mi caso, admito que, efectivamente, el amor -especialmente de mi madre, mis abuelos y mi hermana- fue un elemento clave para mí. También recibí esperanza y aliento de los libros”.

Anna Waldherr ama la vida, protege a los débiles y a los que sufren, deja huellas de bien, y así, acaso sin darse cuenta, se transforma en una mujer de siempre, en un ser humano extraordinario, inolvidable y valioso. Sabe que “cada niño es único. El trabajo escolar de la mayoría de los niños sufrirá en la medida que enfrenten abuso o descuido. Algunos, sobresalen en la escuela, a pesar de los abusos”.

Es verdad, asegura la especialista, que “incontables niños abusados, encuentran consuelo en la fantasía, la música, el arte, la naturaleza o los deportes. Algunos son más capaces que otros al compartimentar el abuso y continuar con sus vidas. Infortunadamente, los efectos del abuso, finalmente surgen. En mi expereiencia personal, el asesoramiento fue importante para enfrentar los efectos de una situación tan negativa. Lo recomiendo mucho. Me fue útil lo que llaman desensibilización y reprocesamiento del movimiento ocular. Evidentemente, los antidepresivos son otra opción, pero estos medicamentos tan potentes suelen provocar efectos secundarios negativos. Deben tomarse con precaución y bajo supervición médica”.

Habla. Responde preguntas. Reflexiona. De memoria ágil, explica pausadamente que “escribir es tanto un medio para aclarar mis sentimientos como para expresar mis pensamientos. Siempre me han gustado los libros, por lo que escribir fue algo natural en mí desde una edad temprana. Cuando era niña, disfrutaba escribiendo asignaciones; posteriormente lo hacía en un diario. Como adulto, escribir fue una parte integral de mi trabajo como abogada”.

Agrega: “publiqué dos libros: The Rose Garden – A Daughter’s Story, sobre el abuso que sufrí y mi recuperación, y un evangélico de izquierda sobre la política de la religión y el lugar de la fe en la vida pública. Desafortunadamente, mi editor enfrentó un quebranto y los libros ya no se imprimen. Quería compartir las lecciones de mi abuso con otros sobrevivientes”.

También deseaba expresar mis preocupaciones sobre la pobreza y los asuntos de conciencia. Por esa razón, tengo dos blogs: A Voice Reclaimed -https://avoicereclaimed.com, que trata acerca del abuso, y A Lawyer’s Prayers -https://alawyersprayers.com-, que aborda la religión, la política y los problemas de justicia social. Bloguear me ha dado la oportunidad de conocer a sobrevivientes de abuso en todo el mundo. Son un grupo notable: hombres y mujeres que triunfaron sobre un sufrimiento insoportable cuando eran niños, y que estaban traumatizados en un nivel profundo, pero prevalecieron. Los supervivientes de abusos han tenido éxito en todos los campos de la actividad humana. Un número sorprendente, encuentra una salida a su dolor en la creatividad. Su fuerza y ​​coraje son una inspiración”.

Busca en las profundidades de su memoria, en su historia, en la biografía que le corresponde, en los confines de su alma: “practiqué la abogacía durante 25 años, hasta que mi salud falló. Inicialmente, me convertí en socio de una empresa privada, en un corporativo; luego, gestioné oficinas legales y supervisé litigios en toda la geografía de Estados Unidos de Norteamérica. No obstante, me siento muy orgullosa de haber cofundado una clínica legal gratuita para los pobres. La injusticia me preocupó desde que era niña. Desafortunadamente, encontré que el trabajo, en nombre de los niños maltratados, me volvía a traumatizar, y no pude seguir adelante. En cambio, mi práctica se centró en lesiones personales, incluida la negligencia médica, la responsabilidad por productos y los litigios por agravios tóxicos”.

Es humana, es dama, es mujer. Reconoce que “cada uno de nosotros recibe dones únicos de Dios. Si bien la cultura no siempre ve a hombres y mujeres como iguales, Dios sí. Eso debería animarnos a encontrar oportunidades para usar nuestros dones. Me estoy acercando a los 70 años de edad. En estos días, paso tiempo con familiares y amigos, sirvo a mi iglesia y apoyo un centro local de defensa de los niños. Más que cualquier otra cosa, la felicidad y el bienestar de los seres queridos me hacen dichosa; pero me siento profundamente agradecida cuando algo que he escrito toca o ayuda a un lector”.

Indica que “como cristiana que soy, creo en la Regla de Oro, que debemos tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran. Si todos viviéramos de acuerdo con ese estándar, éste sería un mundo mejor. Sin embargo, solo cuando Cristo regrese, dejará de ser una utopía. Los seres humanos, por supuesto, ocupan las necesidades básicas de la vida: comida, ropa, refugio. Más allá de eso, las cosas materiales no pueden proporcionar una felicidad duradera. Para ser verdaderamente dichosos, los seres humanos necesitan dar sentido a sus vidas. El psiquiatra y sobreviviente del Holocausto, Viktor Frankl, escribió en Man’s Search for Meaning, que el amor, el trabajo y el sufrimiento pueden dar sentido a la vida. Agregaría fe a esa lista. Hay un vacío con nosotros que solo Dios puede llenar”

“Nuestra sociedad está enamorada de la riqueza y la fama. Idolatramos a los multimillonarios. Mientras tanto, la brecha entre ricos y pobres está creciendo. Pagaremos un alto precio por esta inequidad. El talento se desperdicia a medida que aumenta la inquietud. Los demagogos, dispuestos a explotar la división para sus propios fines, incitan a la violencia. A menudo descartamos las vidas de las llamadas personas comunes. Pero la gente común es la columna vertebral de la sociedad. Ellos pelean las guerras, apagan los incendios, dan personal a los hospitales, construyen las casas, cultivan los campos, manejan las fábricas, transportan las mercancías y mantienen todo, desde las alcantarillas hasta las torres de telefonía celular de las que depende la sociedad. Se necesita una enorme devoción para realizar un trabajo ingrato, año tras año, para alimentar y vestir a una familia. Hay pocos aplausos para ese tipo de sacrificio. Pero Dios reconoce su valor. La Biblia nos dice: así que los postreros serán primeros, y los primeros postreros (Mateo 20:16). Al final, la balanza de la justicia se equilibrará. Hasta entonces, debemos luchar por la justicia y la igualdad en un mundo imperfecto”, concluye la plática.

Anna Waldherr cierra, por el momento, el libro que contiene las páginas de sus reflexiones, su vida entera, con la historia que le ha tocado protagonizar, con lo que ha aprendido y experimentado, y con lo que comparte, principalmente, a favor de los que menos tienen y más sufren. Y eso, sencillamente, es ser grandioso y, por lo mismo, una mujer de siempre.

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  • Agradezco a Anna Waldherr la confianza que ha tenido en mí al autorizarme una entrevista sobre su vida. Es una dama honesta y valerosa que comparte sus experiencias infantiles y aporta consejos, experiencia y conocimientos a favor de quienes han sufrido abuso infantil. Gracias, Anna, por ser quien eres. La humanidad necesita personas como tú, siempre dispuestas a ayudar a los pobres y a los que más sufren. Tienes mi amistad, gratitud, admiración y afecto. Gracias por sr quien eres, una mujer de siempre.

Mujeres de siempre: Ana de Lacalle Fernández, la vida de una escritora y filósofa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hilvanó sus días, su historia, su vida. Los primeros años primaverales -entre los 10 y los 12, los de la niñez y el preámbulo de la adolescencia-, transcurrieron entre las paredes del hogar, en la casa, donde sus únicos amigos fueron sus tres hermanos, y sus maestros, en tanto, su padre y su madre.

Como única mujer al lado de tres hermanos, porque la otra, la niña, nacería seis años después, Ana -Ana de Lacalle Fernández- aprendió juegos que entonces, los de alguna década de los 60 del inolvidable e irrepetible siglo XX, eran exclusivos para hombres. Para las niñas eran las muñecas, las casitas, los trastes, las pelotas con dibujos de princesas, soles y estrellas sonrientes, y los juegos de belleza; los niños, por su parte, se entretenían con soldados, carros y balones.

Enclaustrados en casa, ella y sus tres hermanos establecieron un vínculo estrecho que los hizo compañeros de juegos y de una historia familiar y una realidad que, acaso inconscientemente, evadieron; sin embargo, su madre, perteneciente a una familia acaudalada de Madrid, los reunía con la idea de enseñarles lengua castellana, mientras su padre les impartía clases de matemáticas. No estaban escolarizados.

Ana y sus hermanos nacieron en Madrid, capital de España, en “un barrio tan castizo como el de Chamberí”, habitado en los siglos XIX y XX por familias elegantes y refinadas, actualmente atractivo turístico por su arquitectura, historia, museos, gastronomía, teatros y actividades artísticas y culturales; aunque ella admite con una sonrisa: “el rastro que queda de mi origen debe ser mínimo”.

En ocasiones, el álbum y el cajón de las remembranzas permanecen empolvados, en un paréntesis que se llama olvido; pero ella, Ana de Lacalle Fernández, abre sus páginas y sus puertas secretas, y extrae trozos de aquí y de allá, pedazos que quizá naufragan con sus interrogantes y esperan respuestas, como acontece con cada ser humano que recorre los pasillos de su biografía.

Ana describe a su padre y a su madre. Reseña que “mi padre, de profesión marino mercante, fue una persona de carácter contundente y, a la vez, con mucho sentido del humor. Deambuló de trabajo en trabajo, provocando inestabilidad económica y situaciones negativas, hasta que tuvo la fortuna de ingresar a RENFE como interventor”.

Y continúa con la narración: “mi padre nos enseñó matemáticas en casa, ya que nuestra escolarización fue tardía. Mi madre, procedente de familia de alto poder adquisitivo en Madrid, asumió su rol de ama de casa con bastante desventura porque no estaba acostumbrada a pasar estrecheces económicas y eso deterioró bastante su matrimonio que acabó en divorcio cuando yo contaba con 22 años de edad”.

Admite, por lo mismo, que en su hogar vivieron “momentos duros, y estrategias no demasiado conscientes del grupo de hermanos por evadirnos de la situación familiar. No poseo, por lo tanto, esa noción idealizada de lo que fue la infancia como etapa de ingenuidad y felicidad; al contrario, más bien un tropezar continuo con la dura realidad”.

En un ambiente familiar amurallado y acosado por carencias y problemas, ¿es posible sentir y vivir como niño? No entraban otros rostros ni historias por las puertas de la casa porque el mundo eran ellos, el padre, la madre y los hijos. Si los hay, ¿cómo son los sueños, cuáles las ilusiones, qué los ideales?

Ana es quien responde: “soñaba con ser un chico, porque pronto me apercibí de las ventajas que eso suponía y de las oportunidades que te abría en el mundo. De hecho, siempre me “colaba” en las clases de matemáticas que mi padre impartía a mis hermanos para poder ser como ellos, en el sentido de tener acceso a todo lo que podía aspirar el sexo masculino. Jugaba con mis hermanos, niños, sobre todo; sentía repulsión por el supuesto rol que debía asumir como niña y me infiltré también en las partidas de ajedrez entre los hombres de la casa. Algo debía intuir de que mi potencial intelectual era lo único que me podía permitir llevar una vida opuesta a la que nuestros padres nos daban”

Y en esa época, “más que escribir, en el sentido creativo, pasaba muchas horas copiando a mano, de libros, biografías de personajes célebres que me sirvieron para ejercitar mi comprensión lectora y lingüística”, explica.

Si a la niñez no la acompañaron las burbujas de cristal, jabón y agua que quedan grabadas en la memoria, en los sentimientos, en la biografía, ¿cómo fue el tránsito a la otra estación, a las horas y los años de la adolescencia?, pregunta uno al repasar la historia de Ana, al mirar a los seres humanos, y es su voz la que surge: “la adolescencia, como muchas, fue convulsa. Adquirí más conciencia de la situación de precariedad en la que habíamos vivido, entiendo que por malas artes de mis padres, y además empecé a comprender que había que estar atenta a las relaciones que establecías, de quién te fiabas y, finalmente, un sentimiento profundo de soledad ante una existencia que debía reconvertir en algo mucho más estimulante a partir de mi esfuerzo”.

De esa manera, tras un lapso de silencio, como quien horada en su ser para encontrar respuestas, argumenta: “compatibilicé estudios de bachillerato con dar muchas clases particulares para cubrir mis gastos y la carrera de Filosofía con una jornada laboral de 40 horas. Mi objetivo era labrarme el tipo de vida que creía me podía resultar estimulante, y estudiar Filosofía fue mi primera opción que orientó ese futuro, y la docencia durante 24 años una actividad vocacional y profesional de la que aprendí mucho”.

Añade que “sobre lo que me gustaba hacer, en un sentido de ocio, no me planteaba escribir, porque además del trabajo y el estudio hacía de voluntaria como monitora con adolescentes -¡dos años menores que yo!, ¡eran otros tiempos!- en un centro de educación de tiempo libre de mi barrio en L’Hospitalet -Barcelona- La verdad es que, paradójicamente, no tenía tiempo libre”.

Tras escuchar la historia de una infancia enclaustrada, en un mundo pequeño en el que los protagonistas fueron el padre, la madre y los hermanos, con limitaciones económicas y conflictos, uno imagina la experiencias y sensaciones que vivió una mujer al ingresar a la sociedad con sus luces y sombras, con sus sentidos y contradicciones.

Ana de Lacalle Fernández dice: “inicié mis estudios en lo que ahora equivale a 5º de primaria en una escuela pública, 6º y medio 7º en una de monjas… medio curso de séptimo, yo en mi casa, y 8º en otro colegio de monjas de L’Hospitalet. De hecho, cuando nos mudamos a Cataluña, fue cuando nos escolarizamos. El bachillerato -antiguo BUP y COU- en el Instituto Juan Boscán de Barcelona -los mejores años para mí- y Filosofía en la Universidad Central de Barcelona”.

Con tantos contratiempos, encrucijadas y ocupaciones, uno pregunta, sorprendido, ¿a qué hora de su existencia sintió la pasión de escribir? ¿Cómo germinó en ella la pasión por las letras? Fue en la adolescencia, reseña, “sobre todo la poesía que he cultivado siempre en el terreno de la privacidad. También relatos y posteriormente borradores de ensayos filosóficos; aunque no fue hasta los 49 años de edad que tuve oportunidad de dedicarme con más intensidad a este aspecto que entiendo como totalmente complementario de la docencia. Si tú no lees y te vas replanteando cuestiones, si no tienes una vida interior en movimiento, es imposible transmitir pasión a los alumnos por lo que intentas aproximarles que, en mi caso, era la Filosofía”.

Analítica, reflexiva, observadora, Ana manifiesta que para ella resultaron “muy estimulantes las profesoras que tuve de lengua castellana, tanto en 8º como durante el bachillerato, y el hecho de haber conseguido un reconocimiento por un relato en el Instituto, me hizo plantearme que tal vez, leyendo mucho más, podría llegar a aprender a escribir razonablemente bien. Aunque no tuviese demasiado margen para leer novela, sí intenté leer lo que pude durante la carrera. Sabía que era un previo imprescindible para poder llegar a crear algo propio”.

La autora de Aforismos y Existo para vivir, recalca que le es preciso aclarar que Filosofía del reconocimiento, disquisiciones desde el abismo es el nombre de su blog. Desde que lo inicié, antes con otro nombre, creo que podría hacer un recopilatorio de artículos para más de un libro. Así, además de las obras mencionadas, he publicado un opúsculo con Bubok en formato digital y en papel, cuando la plataforma era gratuita, que es una reflexión sobre el uso de las TIC y el irrenunciable liderazgo del profesor para que se produzca un proceso de aprendizaje. Se titula El príncipe destronado. El liderazgo del profesor, y en este momento se puede descargar gratuitamente desde mi blog. Tras esto, colaboré en una antología junto con profesores universitarios y de institutos en defensa de la enseñanza de la Filosofía y en general de las Humanidades, como una urgencia que si se menosprecia, nos inducirá a deshumanizar aún más el mundo. Lleva por título Huérfanos de Sofía, y fue publicado por Ed Fórcola, en Madrid, en 2015. Una novela que es una autobiografía ficcionada, Híbrido, respaldada por Editorial Adarve, en 2018, y una antología de relatos y poesía colectiva titulada Tren sin parada, en Letras&Poesía, en 2019. Además de las dos últimas obras mencionadas por ti, Aforismos y Existo para vivir, colaboro en diversos blogs y revistas, donde publico periódicamente”.

El primer libro que Ana de Lacalle Fernández publicó es El príncipe destronado, el liderazgo del profesor, por Editorial Bubok. Le fascina escribir “relatos breves y largos, novelas, siempre en un intento de fusionar estos géneros con la reflexión filosófica. Lo primero que publiqué fueron ensayos y no descarto volver en algún momento”.

Le interesa dirigir sus obras “al público en general que obviamente tenga interés por las temáticas que se abordan, que son siempre desde una perspectiva filosófica, pero para su lectura no se requieren conocimientos filosóficos en el sentido académico. De momento”.

Se considera una autora afortunada, a quien han ofrecido colaborar en antologías “o me han propuesto publicar algo que tuviera escrito. Aunque las cosas no funcionan así normalmente. La única vez que presenté un libro a dos editoriales, ambas me dijeron que sí. Quiero dejar claro que no pago por publicar, no hago ni autopublicación -excepto el primer opúsculo que fue gratuito- ni coedición. Aunque también debo dejar claro que no me quedo con las regalías de mis libros; las cedo, según las circunstancias”.

Escribir “es un trabajo duro, porque exige mucha disciplina, lectura y no siempre se trasluce en el resultado el esfuerzo y la dedicación que has puesto en ello. No lo entiendo tampoco como una experiencia por definición catártica. A menudo, durante la escritura de un libro, la identificación con situaciones o personajes te altera la sensibilidad y duermes peor, sientes una cierta insatisfacción de no acabar de encontrar aquello que haga relevante la obra y estimula mucho más la actividad intelectual y, por tanto, emocional. Pero es inevitable, como pensar, analizar, escudriñar…”

Como escritora, ¿cuál es tu fórmula, Ana?, le pregunto, también como artista y autor de libros, y contesta: “no sé si entiendo bien la pregunta, pero escribo sobre lo que espontáneamente me hierve en el interior y siento la necesidad de ordenar y darle forma para ahondar en ello y alcanzar una comprensión mayor”.

Me interesa conocer más sobre sus obras y le pregunto si tiene otros proyectos literarios. “Una novela -responde-, con la que llevo un año y creo que aún no he hallado ese rasgo relevante del que hablaba antes. Un par de antologías para las que mandé los relatos y que desconozco en qué punto se hallan, Y hacer una incursión en el ensayo filosófico, aunque este proyecto es el menos hilado, pero tal vez es lo que más fluye de mi interior… esa espontaneidad de la que hablaba anteriormente”

Los artículos y textos de Ana son ampliamente leídos en su blog, que fundó “a raíz del movimiento 15M, porque desde la situación en la que me hallaba, me pareció que era la única aportación que podía hacer: denuncia y crítica de las sociedades deshumanizadas. Aunque posteriormente he ido incorporando otros géneros, es un tema recurrente en mi obra. El proyecto era el blog en sí mismo, aunque a partir de ahí se me abrió todo un mundo de posibilidades”.

Se autodefine en ciertos rasgos: me considero la eterna finalista que siempre tiende a desviarse algo de la ortodoxia y que impide premio exclusivo. Aunque sí obtuve el de la escritora más leída del año 2019 del colectivo Letras& Poesía. La verdad es que tampoco me presento a concursos, excepto si alguien, por lo que sea, me pide explícitamente que lo haga. La edición la tengo resuelta y el dinero no me interesa, tengo de sobra para vivir -aunque esto siempre es subjetivo-“, aclara.

Quienes venimos de otros años, de minutos y días en los que tener un libro en las manos y hojearlo, leerlo, resultaba una aventura, saborear el arte y el conocimiento, tenemos capacidad de adaptarnos a los medios de la hora contemporánea, como las obras digitales; sin embargo, entre aquella añoranza que uno experimenta, le pregunto si encuentra diferencia: “Ufffff… obviamente el formato, pero personalmente soy incapaz de leerme un libro digital, como mucho algún artículo. La magia de tener y palpar un libro en papel y las palabras con las manos, es para mí, insustituible”.

Ana de Lacalle Fernández, la escritora, la filósofa, envía un mensaje a las mujeres del mundo. Las invita a “que no se coarten ellas mismas por el hecho de ser mujeres. Que confíen en su capacidad y potencial y luchen por aquello que consideran valioso para ellas”.

Y agrega que para tener éxito, ser feliz y dejar huella en la vida es preciso “ser buena persona, es decir tener una voluntad, un querer bueno indisociable de que somos nosotros en relación con los otros, con la alteridad y que solo así podemos edificarnos como humanos. La palabra éxito la eliminé de mi diccionario hace tiempo porque está asociada al triunfo socioeconómico en un sistema capitalista, y eso es un fulgor engañoso”.

Como siempre, un minuto sustituye a otro y a muchos más y se transforman en horas. Ana y yo casi terminamos el diálogo, la breve entrevista para conocer su historia, su perfil, su biografía, sus rasgos de mujer de siempre. Evita retroceder a los días de antaño para rescatar alguna anécdota. Advierte, segura de sí: “la verdad es que tengo la mala suerte de olvidar fácilmente lo anecdótico, tal vez porque solo es eso, anécdota, algo circunstancial e irrelevante”.

Termina con la siguiente reflexión: “quizá, si no hubiera ejercido como profesora durante tantos años, mis obras serían muy diferentes, ya que la voluntad de sostener un diálogo socrático para que de él emerjan las propias verdades -este subjetivismo no es nada socrático, pero si el método, el espíritu didáctico-, me acompañaron y proporcionaron un sentido”. Ella es Ana de Lacalle Fernández, con su historia, su filosofía y sus obras, una mujer de siempre.

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Blog de Ana de Lacalle Fernández: https://filosofiadelreconocimiento.com/

De nombre y apellidos. Luis Navarro García: Morelia nos toca

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es algo más que un eslogan, una llave política, una máscara, un truco, una ocurrencia o una moda; se trata, en realidad, de un estilo de vida, un anhelo, una y muchas acciones más por objetivos comunes, un compromiso, una realidad. Morelia nos toca, es un deseo legítimo de transformar el entorno, agregarle lo mejor de sí y multiplicarlo para bien de los habitantes de la capital de Michoacán* y las poblaciones aledañas.

Creador de esta iniciativa ciudadana, Luis Navarro García, empresario en el ramo mueblero, explica que Morelia nos toca presenta dos ángulos, el de su clima, sus paisajes naturales, su inigualable arquitectura colonial, su historia y sus tradiciones, que cautivan y enamoran a quienes tienen la fortuna de conocer ese rostro y sentirse envueltos en un ambiente privilegiado que a veces se siente, por lo que es, pedazo de terruño, rincón del mundo irrepetible, hermoso e inolvidable.

Morelia, agrega el empresario, abraza y envuelve con sus atributos, con lo que es en esencia y forma, siempre con algo bueno para quienes moran en su geografía y, desde luego, para aquellos que la visitan y recorren fascinados por sus atractivos.

En ese sentido, Morelia es vida y naturaleza, musa e inspiración, abrigo y diversión, estudio y trabajo, hogar y paseo, ambiente familiar y social, hogar y poema, escenario de múltiples expresiones que cada instante escriben la historia de hombres y mujeres que la habitan o la conocen y exploran. Morelia es cuna, principio y fin, punto de encuentro, y toca a todos con su encanto.

La otra vertiente de Morelia nos toca, argumenta el exfuncionario público y expresidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la capital de Michoacán, consiste en lo que a cada morador, hombre o mujer, corresponde entregar lo mejor de sí a favor de la ciudad y las poblaciones rurales que forman parte del municipio.

Existe una multiplicidad de alternativas para hacer algo positivo e importante por Morelia, sin olvidar que al llevarlo a cabo, el efecto resultará grandioso y favorecerá a la generación de la hora contemporánea, desde niños hasta personas de mayor edad, y a quienes se sumen después a las familias, a las comunidades, a la sociedad, argumenta Luis..

Dentro de su proyecto ciudadano, diariamente suma y multiplica el número de personas que se sienten atraídas por su propuesta, ya que la perciben como es, ausente de rufianes políticos, abierta a iniciativas orientadas al bien, al progreso integral y sostenido.

Evidentemente, este hombre -empresario, expresidente de la agrupación de comerciantes más antigua y de mayor tradición en Michoacán y exfuncionario municipal, estatal y federal en materia económica-, quien nació en una familia tradicional y ha radicado en Morelia por el amor que le tiene a su cuna, a lo que es tan de uno cuando se nace con el orgullo de un lugar, es concertador y respetuoso, dispuesto a escuchar, diseñar estrategias, desafiar obstáculos, enfrentar problemas y presentar resultados positivos.

Resulta entendible que la gente, en México, se sienta defraudada de la clase política, con una carga impositiva voraz e irracional que embiste y desnuda y no corresponde a la capacidad y a las respuestas gubernamentales, y el peso de una burocracia lenta e ineficiente, en un entorno de caos general, salpicado de desempleo, devaluación, carencia de inversiones productivas, inseguridad, desmantelamiento de la educación y la salud versus los mercenarios que están aprovechando esa crisis, desigualdad social, inflación, atropellos, injusticias y deshonestidad.

Ante tal escenario, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en la geografía nacional, siente repugnancia por los mismos rostros cínicos que cambian de partido político de acuerdo con su conveniencia e intereses, como si mudarse de institución y abanderar otros colores influyera en la rectitud de las personas.

Aclaro, por surgen críticas o dudas, que Luis no es oportunista ni alguien que pretenda resurgir de sus cenizas, como existen algunos casos muy evidentes en la Morelia que toca a sus moradores. Me consta que es hombre independientemente, libre de grupos políticos, amigo y conocido de todos, cuyo interés se basa, exclusivamente, en contribuir al progreso y la tranquilidad de la ciudad donde nació.

No acostumbro, en mis artículos, adular a la gente. Jamás lo he hecho, y cuando me lo solicitaron en los medios de comunicación, me molestó demasiado recibir instrucciones para actuar como farsante y mercenario. No recibo dinero ni favores a cambio de publicarle a alguien un texto elaborado entre los maquillajes de un tocador cargado fotografías, teclas y letras encantadoras, motivo por el que tal vez me encuentro desterrado de grupos que se apropian de las oportunidades laborales y profesionales; sin embargo, ese rasgo da la certeza, también, de que si, como escritor y periodista, hablo de una persona, es con autenticidad, y hoy, al mencionar el nombre de Luis Navarro García, lo hago en reconocimiento a la labor ciudadana que realiza con la idea de aportar algo positivo a Morelia Y claro, lo escribí correctamente, tocador. En eso se convierten los escritorios cuando alguien maquilla y publica historias y perfiles lejanas de la realidad.

Evitaré relatar las historias que él y yo, como amigos, hemos compartido, unas veces en la oficina con alguna responsabilidad y otras, por ejemplo la oportunidad que me dio de escribir y publicar el libro 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, cuando fue presidente de esa agrupación, y me concretaré a exponer que tiempo atrás, al tener la responsabilidad de desempeñar el cargo de secretario municipal de Fomento Económico, respaldó otra iniciativa, en conjunto con empresarios y consumidores, denominada Haz Barrio, la cual, por cierto, ausente de banderas políticas, contó con el respaldo de incontables ciudadanos interesados en favorecer el consumo local y fortalecer los negocios familiares y pequeños.

Coordinó el proyecto con agrupaciones productivas de Morelia -Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico, Chapultered y Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y Alimentos Condimentados de Michoacán, por citar algunas-, y tal esfuerzo conjunto llevó a que incontables familias tuvieran mayor conciencia de destinar parte de sus compras en tiendas locales con la consecuente reinversión y circulación del dinero, acción que coadyuvó a fortalecer los negocios familiares y pequeños y conservar el autoempleo y diversas fuentes laborales. Fue un programa exitoso que, lamentablemente, en la administración municipal que le sucedió no recibió el apoyo ni la importancia que merecía por sus resultados favorables, actitud caprichosa y necia que no es de extrañar en un gobierno que derrochó recursos en construir un andador con pista, juegos y mesas y bancas de concreto a la orilla de un canal de desagüe y en clausurar vialidades en el centro histórico, como quien gasta su presupuesto en comprar adornos antes de restaurar y ordenar su casa.

Tras el breve paréntesis, es prioritario informar que la propuesta que Luis Navarro García diseñó y promueve, está abierta, según explicó, a la aportación de iniciativas ciudadanas, aplicables y realistas, que sumen y multipliquen progreso, igualdad, respeto, justicia y cambios estructurales y de beneficio colectivo en temas relacionados con empresas, inversiones productivas, compra local, generación de empleos, educación, seguridad, mejoría de los servicios públicos y salud, entre otros.

Recientemente, tras varios meses de ausencia, coincidí con Luis Navarro García, a quien acompañé a una entrevista con otro amigo mutuo, mi colega Víctor Armando López Landeros, director general de La Página Noticias. La entrevista, transmitida en vivo a través de la web del portal de noticioso, consistió, básicamente, en la iniciativa Morelia nos toca.

Al escuchar los planteamientos de Luis, quien ahora tiene 42 años de edad, me pareció mirar al hombre emprendedor, inagotable y entusiasta, tiempo atrás, en su etapa de secretario municipal de Fomento Económico, con quien un fin de semana, otro y muchos más salíamos a las avenidas y calles de Morelia a promover la iniciativa Haz Barrio. Con el equipo de trabajo que tenía en aquellos días, aprovechábamos los semáforos en rojo con el propósito de convencer a los automovilistas del programa ciudadano Haz Barrio y pegar calcomanías en los cristales; pero también recorrimos mercados y calles, siempre motivados por el liderazgo, la energía y el optimismo que le caracterizan.

He mirado su imagen en múltiples espectaculares instalados estratégicamente en la capital de Michoacán, indicativo de que cada día mayor cantidad de personas se adhieren a la iniciativa ciudadana Morelia nos toca, indudablemente porque es más la gente que desea aportar y construir que arrebatar y destruir.

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*Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

Mensaje del empresario Luis Navarro García sobre su iniciativa Morelia nos toca
Entrevista a Luis Navarro García, en La Página Noticias

Mujeres de siempre: Olivia Kroth, la escritora

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El lector de libros es un aventurero infatigable que navega a una ruta y a otra del arte y el conocimiento. Es un caminante inquieto, un pasajero que se sumerge en las profundidades insospechadas de las páginas, en la tinta, en el papel, en las letras, y explora sentimientos e ideas que alimentan su alma, su cerebro, su ser.

Entra, el lector, a sueños grandiosos e inesperados, abre las puertas de la sabiduría, derrama sobre sí el arte. Descubre, al leer, senderos inimaginables que creía, por lo mismo, inexistentes, y dan sentido real a sus días, a su búsqueda, a su evolución, a su vida. Se recrea con cada libro que repasa y así, al cabo de las mañanas, las tardes y las noches, ya vivió mil existencias en una sola y justifica su paso por el mundo.

Quien escribe libros, es eso y más. Es el autor, es el artista, es el personaje, es el intelectual, y eso lo vuelve irrepetible. Es el hombre y la mujer, la mujer y el hombre, alguien que ha trascendido y desliza el bolígrafo sobre las hojas de papel u oprime las teclas de la computadora con la intención de plasmar ideas, reflexiones, sentimientos, experiencia, sueños y realidades.

El escritor, hombre o mujer, posee el encanto y la magia de crear historias, regalar burbujas de sentimientos, ofrecer sueños e ilusiones, acercar otros cielos y mundos a la comprensión humana. Como que el autor posee las llaves de paraísos e infiernos y es, al mismo tiempo, explorador de la vida y la muerte, de lo tangible y lo intangible, de la esencia y de la arcilla.

De linaje alemán y ruso, con residencia actual en Moscú, la escritora Olivia Kroth es autora de cuatro libros, y es ella quien relata la historia de sus obras y su entrega a las letras, al arte y al conocimiento.

Elegante, culta, distinguida, como la han definido los lectores de las dos entrevistas previas a la actual -https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/06/15/mujeres-de-siempre-olivia-kroth-escritora-y-periodista/ y https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/07/16/mujeres-de-siempre-entrevista-a-olivia-kroth-recuerdos-de-los-juegos-olimpicos-de-verano-de-1972-en-munich-alemania/)-, Olivia Kroth es una mujer con apertura al diálogo. Es respetuosa. Actúa de manera natural, auténtica, con la sencillez de aquellos seres humanos que han alcanzado la grandeza y la maestría en la vida, y saben, por añadidura, que cada instante es una oportunidad para aprender, dar lo mejor de sí, evolucionar y dejar huellas indelebles. Responde con precisión a las preguntas formuladas:

Autora de cuatro libros publicados, se refiere específicamente a sus tres primeras obras y anticipa que “se orientaron a un tipo de audiencia específica, a los lectores de las montañas Taunus y del área de Rhein-Main, región hermosa que se localiza alrededor de Frankfurt am Main, donde se encuentra, precisamente, la editorial Societäts-Verlag, empresa dedicada a la publicación de títulos locales”.

Esa editorial, agrega, obtiene su principal ingreso económico a través de la impresión de periódicos. “Producen grandes volúmenes de impresiones, principalmente del Frankfurter Allgemeine, un conocido medio de comunicación de tipo conservador que es leído en toda Alemania”.

Y prosigue: “miré el catálogo de libros publicados por la editorial y establecí contacto con sus directivos. Me atreví a hacerlo porque era mi deseo y mi sueño escribir y publicar. Aceptaron mi planteamiento inicial para la edición del primer libro, respuesta que evidentemente me motivó a escribir la obra y publicarla en 2001. Su título es Castillos de hadas y residencias de poetas en las montañas Taunus.

“Mi siguiente libro, Viajes en el tiempo en las montañas Taunus, fue publicado un año más tarde, en 2002. Posteriormente, en 2004, fue editada mi tercer obra bajo el título En la corriente temporal del río principal“, explica la autora.

Reflexiva, abre el cajón de los recuerdos, y expresa, al citar su cuarto libro publicado –Tote tanzen nicht/ Los muertos no bailan-, que en realidad “no hubo ningún acontecimiento especial que me motivara a incursionar en la novela, solo el deseo de escribir y probar algo diferente. Después de haber escrito tres libros de no ficción, me incliné por la novela, acaso por ser una ávida lectora de thrillers, es decir de obras de suspenso e intriga. Pensé que podría escribir una novela. Para mí, representó un nuevo tipo de escritura, desde luego con una historia de ficción situada en las montañas Taunus y en Frankfurt am Main, situación favorable para que Societäts-Verlag lo publicara por tratarse de literatura regional”.

En aquella época, cuando escribía la novela, rememora Olivia, “vivía en un pueblo llamado Köppern. Hay una clínica psiquiátrica, oculta en el bosque, cerca de la estación del trenKöpperner Tal. Cuando viajaba a Frankfurt, abordaba ese tren; además, todas las mañanas solía caminar por el Valle de Köppern para llegar hasta la escuela donde impartía clases de literatura inglesa y alemana”.

Con qué emoción y sencillez recuerda Olivia aquellos años y el valle que le encantaba y era apacible y hermoso a toda hora, en cualquier estación, en primavera, verano, otoño e invierno. Arrobada por el paisaje mágico y ensimismada en sus cavilaciones, diseñó una historia situada en el valle, en torno a la clínica psiquiátrica de Köppern.

Informa que su novela inicia a principio de otoño y concluye en postrimerías de invierno, de manera que “escribí múltiples escenas de ambas estaciones en el bosque. El trágico final ocurre en Fastnacht, precisamente en febrero, época del carnaval en Alemania”.

Cita la autora que “hacia atrás, Köppern tiene una historia oscura y trágica. Los lugareños guardan silencio al respecto, probablemente porque están avergonzados. Esta clínica solía ser de exterminio durante la época nazi. Los pacientes con enfermedades mentales murieron. Les aplicaban inyecciones de veneno letal. Cada vez que pasaba por esta clínica, tenía una sensación tan extraña, como si los muertos no estuvieran realmente muertos, como si me susurraran. Así fue como se me ocurrió la idea de elegir a una enferma mental de la clínica como heroína principal de mi libro”.

No obstante, “la novela está ambientada en el siglo XXI. Es una novela moderna. No me atreví a mencionar ningún hecho histórico sobre la clínica, porque vivía en el pueblo de Köppern y no quería convertir a los aldeanos en mis enemigos. Además, mi editor me advirtió que no mencionara en absoluto la época nazi. Por supuesto que no lo hice. Quería ver mi libro publicado. Esto era importante para mí”.

Considera que su obra “es un thriller, una novela familiar y un retrato de la sociedad. El personaje principal es Olga, una paciente de día en la clínica psiquiátrica de Köppern. Vive en la ciudad vecina de Bad Homburg y viaja tres veces a la semana en tren a la clínica psiquiátrica de Köppern para recibir terapia. Es una mujer pobre que vive en muy malas circunstancias. Los últimos 100 metros, desde la estación de tren hasta la clínica, tiene que caminar por el Valle de Köppern”.

De camino a la clínica, “pasa por la villa de una pareja rica, Peter e Ingrid Gessmann. Olga siente envidia por la buena vida y el lujo de la pareja. Peter es un consultor empresarial próspero y rico. Su segunda esposa, Ingrid, es joven, atractiva y le encanta llevar una buena vida. Ella engaña a su marido, mientras él está en el trabajo. El hombre no sabe nada de su doble vida. Ella cree que la única decepción de él es Harald, el hijo de su primer matrimonio. Harald es un estudiante perpetuo en la Universidad de Frankfurt am Main. En lugar de estudiar economía para hacerse cargo del negocio de consultoría de su padre, Harald prefiere pasar sus noches en un círculo celta, donde baila y canta canciones con un druida celta. La cuarta persona que vive en la hermosa villa, además de Peter, Ingrid y Harald, es la anciana y silenciosa ama de llaves, Hermine, quien guarda su propio secreto oscuro”.

Al referirse a Hermine, el ama de llaves, Olivia menciona la declaración de la mujer tras asesinar a su padre enfermo, quien se encontraba en un lecho: “incluso en la muerte sigues pareciendo estúpido. No me mires así”. Lo asfixió con una almohada. Y aclara la escritora que “lo odiaba porque había abusado de ella sexualmente, cuando era una niña”.

Y así, “la envidiosa y loca paciente mental, Olga, encuentra la manera de entrar a la villa, haciéndose amiga del ama de llaves. Roba una llave de repuesto y joyas a espaldas. de la mujer. Cuando Hermine se entera de la falta de la llave y las joyas, ya no deja que Olga vaya a visitarla a la villa. Olga está furiosa”, relata Olivia, quien destaca que la demente diseña un plan diabólico para asesinar a todos, “a esos bastardos que viven en la villa”, y pretende llevar a cabo su proyecto “durante la noche de Fastnacht, que es de carnaval”.

De improviso, Olivia hace un paréntesis en su narración y declara que debe detenerse en ese punto porque resulta preferible no revelar más detalles acerca del final de la obra. Piensa que la curiosidad y la tensión que genera la historia debe continuar, hasta motivar al público a comprar el libro y leerlo.

Reconoce que para su gran sorpresa, “las reacciones de los críticos fueron excelentes. De hecho, muchos periódicos de la zona publicaron reportajes positivos sobre mi thriller”. En el Frankfurt Live, por ejemplo, leyó lo siguiente: “su felicidad parece perfecta cuando Peter e Ingrid Gessmann se mudan a una villa solitaria en Taunus. El anciano consultor de gestión quiere disfrutar el lujo que tanto le costó ganar con su joven esposa en el idílico pueblo de Köppern. Ya está planeando su jubilación. Se pueden encontrar soluciones para todos los problemas, piensa. Pero el idilio es frágil. Se verá arrastrado a un vórtice de mentiras”.

En tanto, el crítico de Main-Post, escribió: “Olivia Kroth despierta curiosidad por su primera novela. Escribe sobre deseos ocultos y tendencias criminales con consecuencias fatales para las víctimas y los perpetradores. La autora presenta figuras y escenas de forma visual. Las ubicaciones del thriller regional son auténticas: Köppern y Bad Homburg en las montañas Taunus y la metrópolis de Frankfurt Rhein-Main. La novela se basa en una investigación exhaustiva en varios lugares. La escritora, incluso, habló con profesionales de la salud y un asesor fiscal local”.

Höchster Kreisblatt, publicó esto: “el lector es un invitado a lugares donde a la gente demsiado rica y chic le gusta pasar el tiempo. Los eventos, registrados en un hermoso lenguaje, tienen lugar en el Valle de Köppern, el Taunus Spa de Bad Homburg, el Palm Garden, el Covered Market y otros lugares conocidos de Frankfurt am Main”.

El crítico de Bad Vilbel New Press, comentó que “los personajes principales están meticulosamente elaborados. Cada uno de ellos es complejo. Crees que los conoces a todos: el anciano y exitoso hombre de negocios con una segunda esposa demasiado joven, el hijo inepto de su primer matrimonio y la engañosa pareja menor, el ama de llaves silenciosa con su oscuro secreto, el druida autoproclamado, un gurú bienvenido en una época en gran parte sin sentido”.

Al crítico de Wetterauer Zeitung, “también le gustó mi caracterización de las personas”, y hasta mencionó que “la autora traza el destino y los caminos de la vida de los personajes de la novela de una manera muy sensible y con mucho amor por la psicología. La acción de este emocionante thriller psicológico está incrustada en la región entre Rhein y Main”.

Wiesbadener Kurier, elogió la caracterización realista: “la autora Olivia Kroth convence con sus finas habilidades de observación. Ella representa las figuras completamente contrarias de una manera extremadamente realista. Estos estudios ingeniosamente entrelazados sobre la atmósfera y el medio ambiente son tan interesantes que el lector apenas notará que se acerca el desastre final. Solo notará la catástrofe en el último segundo, al igual que todas las figuras involucradas”.

Frankfurt New Press, por su parte, enfatizó la psicología de la novela al indicar que con Tote tanzen nicht, ella, Olivia Kroth, “pinta el cuadro psicológico de una familia que vive en su propio cosmos. Incrustados en la atmósfera rural de los Taunus, sus esperanzas y sueños terminan en una red mortal de amor, lujuria y ambición. Todos buscan la felicidad a su manera, pero la danza, en la que quedan atrapados, termina fatalmente”.

Frankfurter Rundschau, destacó el estilo narrativo: “Olivia Kroth sabe cómo hilar ingeniosamente los hilos de su telaraña. Es particularmente fascinante cómo los aprieta cada vez más, hasta que los protagonistas quedan atrapados en él. Al final, ya no pueden bailar, a menos que sea una danza de muerte”.

En Vilbeler Anzeiger, Olivia leyó este artículo: “¡no temas a la muerte! Tantos ya están muertos, usted también puede morir. Todo el mundo ha podido morir hasta ahora, incluso un idiota como tú, como yo, puede morir si tiene que hacerlo”. Y explica que Olivia Kroth colocó esta cita de la novela Codicia, de la ganadora del Premio Nobel, la escritora austríaca Elfriede Jelinek (2004), como lema en la primera página de su thriller: Tote tanzen nicht. “Con más pasajes humorísticos, la autora le da a su obra una nota trágico-cómica”, señala el medio.

El crítico de Babenhäuser Zeitungm, señaló: “la autora Olivia Kroth ha convertido su ciudad natal en las montañas Taunus en una escena de crimen. Así sigue el rastro de su famosa colega Donna Leon, que vive y escribe en Venecia”.

Tras citar algunas de las reseñas que hicieron los críticos acerca de su novela, la autora da a conocer que presentó sus obras, cada año, en la Feria del Libro de Frankfurt, “en el stand de Societäts-Verlag, entre 2001 y 2007. Fue una experiencia extraordinaria. Me encanta el ambiente de las ferias del libro. Es muy emocionante conocer a vendedores y compradores de libros, lectores y agentes. Me senté en el puesto, bebiendo té con mi editor o deambulando entre los puestos de otras editoriales. Había muchos libros nuevos por descubrir y gente interesante por conocer”.

Completa la idea al decir que también “presenté mis libros en las lecturas. Tuvieron lugar en muchos lugares diferentes de la región de Rhein-Main: en librerías, cafés, bibliotecas, escuelas y ayuntamientos. Los lugares más exóticos eran un antiguo molino reconvertido en restaurante y una estación vetusta de tren, que se había convertido en centro cultural. Algunos de los organizadores fueron muy amables. Ofrecieron bebidas y bocadillos gratis al público y, por supuesto, a mí, durante el intervalo o después de la lectura”.

“Normalmente leo 50 minutos; luego respondo las preguntas de los lectores y firmo libros. Mi tarifa, en ese momento, era de 200 euros por lectura. El número de audiencia varió. El mínimo era de seis personas, el máximo de 120. El promedio habitual se situaba entre 40 y 60 asistentes. Me encantaron estas presentaciones de libros. Hablar con los lectores siempre es interesante. Aprendí mucho de ellos, escuché lo que les gustaba y lo que no les gustaba de mis libros. Era motivo de reflexión”, responde Olivia.

Evoca que un anciano dijo “¡na, endlich passiert ja mal estaba en dem Buch!”, lo que significa “¡así que finalmente algo está sucediendo en este libro!”. Ese hombre “era un fanático de la acción rápida y no apreciaba mis descripciones de la naturaleza o los lugares. Los encontró largos y tediosos. Sin embargo, al finalizar la lectura, compró un libro y me pidió que lo firmara. Encontré esto asombroso. Siempre recordaré su exclamación e intentaré propulsar la acción a un ritmo más rápido en mi próximo thriller”.

Opina la autora: “definitivamente quiero llegar a un mayor número de lectores, e incluso al público internacional, en el futuro. Sin embargo, no creo que se reimpriman los tres primeros libros. Estas guías culturales solo son leídas por lectores locales. Con la novela es diferente. Los personajes, sus problemas y sus vidas son de interés general, ya que forman parte de la humanidad. Todos encontramos el éxito y el fracaso, el amor y el engaño, la felicidad y la tristeza, en el curso de nuestras vidas. Como señaló mi gran colega de Austria”, ganadora del Premio Nobel de Literatura, Elfriede Jelinek, “todos moriremos. Algunos mueren antes, otros más tarde, según su estilo de vida y las circunstancias que encuentren. Pero la muerte es algo seguro que nos espera”. Y esto “es tan evidente, que decidí colocar su famoso bonmot al comienzo de mi novela”.

Añade la escritora: “siempre comencé las presentaciones de libros con esta cita. Hizo reír a mi público, aunque la novela Tote tanzen nicht no es tan divertida, tiene un final triste y trágico. Sin embargo, las partes pueden entenderse como una especie de baile macabro, y puedes reír o llorar, como desees. Probablemente tengo un temperamento satírico. Quizás debería incorporar la sátira nuevamente en mis trabajos futuros. Me queda bien, ya que siempre trato de ver el lado cómico de la vida, no solo las tragedias, pequeñas o grandes, que todos encontramos. Dado que estoy en proceso de mudarme a Rusia de forma permanente, quiero reimprimir mi novela Tote tanzen nicht en ruso. Con la ayuda de un agente literario internacional, me gustaría vender el libro en diferentes idiomas y ediciones extranjeras. Este es un proyecto nuevo y emocionante para mí. Estoy trabajando en eso”.

Como artista e intelectual, confiesa: “sigo escribiendo. Soy escritora, no puedo vivir sin escribir a diario. Desde 2014, he estado escribiendo artículos periodísticos sobre Rusia para varios medios de internet. Quiero publicarlos en un libro, en 2024, con el título Rusia espléndida bajo el presidente Vladimir Putin”, y con el subtítulo Una crónica de la década 2014-2024. “Esta será una colección de mi trabajo periodístico, no ficción”.

Adelanta que tiene planes de escribir y publicar más obras de ficción. “Quiero escribir cuentos y otra novela en Rusia. Se colocarán en un entorno ruso. Ya tengo algunas ideas, pero sería demasiado prematuro hablar ahora de tales proyectos. Prefiero presentar los libros cuando se publican, no hablar de su contenido con anticipación. Además, las ideas cambian a menudo en el transcurso de la escritura. Suceden cosas imprevistas con bastante frecuencia”.

Auténtica y clara, la escritora asegura: “valoro mucho los libros impresos. No me gusta leer ediciones digitales. Es cuestión de gusto personal. Creo que los libros impresos y las ediciones digitales se adaptan a una diversidad de gustos, a diferentes lectores, y ambos seguirán existiendo. Seguramente escribiré el texto tipográfico en mi computadora, ya que ahorra tiempo y es mejor para leer. Mi letra es bastante jeroglífica. Además, puedo cambiar pasajes fácilmente en la computadora, mover capítulos hacia adelante o hacia atrás, según sea necesario. Todo este trabajo es mucho más difícil en manuscritos. Sin embargo, me encanta tener un libro publicado en mi mano, mirar la foto de la portada. A menudo, las ediciones impresas son bastante artísticas. Amo las portadas de mis cuatro libros. Creo que Societäts-Verlag hizo un muy buen trabajo profesional. Además, deseo ver las filas de mis libros en los estantes de libros, en mi propio estante de libros en casa, así como en los estantes de libros de bibliotecas y librerías. Me da este sentimiento muy especial… ¡Ah, lo has logrado, estás ahí!”

Reflexiona en el sentido de que “los libros pueden enriquecer las vidas de las personas de muchas formas. Son entretenidos, pasamos el rato en buena compañía con la obra de un autor que nos gusta. Los libros también pueden ser educativos, podemos aprender con los libros. Estoy usando libros en ruso para estudiar ruso. También me gusta leer cuentos, thrillers, novelas históricas y autobiografías en mi tiempo libre. Los libros son mi medio favorito. Otras personas prefieren el cine o el teatro. Yo no. Me gusta quedarme en casa y relajarme en el sofá con un buen libro, o me siento en mi escritorio y estudio el vocabulario y la gramática rusa con un manual. Además, leer un buen libro aporta un cierto beneficio para la salud. La lectura ejercita el cerebro. Tiene un efecto positivo a largo plazo y ayuda a prevenir la enfermedad de Alzheimer. También amplía nuestro vocabulario y el uso de estructuras de oraciones complejas. Me gusta leer a autores que escriben oraciones largas: Heinrich von Kleist, Thomas Mann, Lev Tolstoi y otros. Me enseñan a estructurar frases elegantes y largas, sin perderme en el laberinto del lenguaje. Esto es de especial interés para mí como escritora”.

Destaca que para ella, “el secreto para escribir una novela es llegar hasta el final. Esto no es tan fácil como parece. Algunos escritores se quedan atrapados en algún punto intermedio y se rinden. O descubren que lo que han escrito es un completo desastre. Algunos escritores dicen que escriben sin un plan, prefieren seguir la corriente. ¡Yo no! Soy una persona muy ordenada y estructurada. Necesito una trama y un plan ordenados y estructurados. Mientras escribo, puede ocurrir que me desvíe aquí y allá. Al principio, sin embargo, la estructura es de suma importancia para mí”.

De esta manera, “cuando escribo un thriller, pienso primero en el último capítulo. Decido cómo terminará esta novela. ¿Quién morirá, quién sobrevivirá? ¿Cómo y por qué? Esta es la parte más importante de la trama. El segundo aspecto más importante es cómo llegar desde el principio hasta el final sin que los lectores sepan lo que les espera en la última página. Debería ser una completa sorpresa. Te guardas el secreto para ti. Juegas tus cartas cerca del pecho. Nunca divulgues demasiada información en el capítulo que estás escribiendo. Lo mínimo es lo mejor, lo suficiente para impulsar la trama hacia el siguiente capítulo. Otro aspecto importante es la caracterización. El héroe o la heroína debe ser un ser humano, ni un superhombre ni una supermujer. Me parece más convincente si tienen virtudes, además de defectos. Los otros personajes deben agruparse en torno al protagonista, ya sea que estén de su lado o en su contra. Intento no introducir demasiados personajes al principio. En mi opinión, es mejor insertarlos lentamente, uno tras otro, con intervalos entre ellos. En mi thriller Tote tanzen nicht, todos los personajes no son ángeles ni villanos. Olga está enferma y frustrada, pero no es realmente una mala persona, aunque al final se convierte en una asesina. Peter Gessmann tiene éxito en su negocio, pero es bastante ingenuo en asuntos privados, especialmente en el amor. Su joven esposa Ingrid es una persona superficial y voluble. Sin embargo, esquía bien y se ve bien, si quieres contar esto como ventaja. Harald es un estudiante perpetuo porque no es un intelectual, sino un místico. Su padre realmente no lo comprende. Hermine, el ama de llaves, asesinó a su padre, pero tenía una buena razón para hacerlo. Al menos, lo hace con discreción, y él no sufre por mucho tiempo”.

Convida parte de su fórmula al exponer que “para cada personaje de mi novela, tengo una hoja informativa. En el lado izquierdo escribo las buenas cualidades, en el lado derecho los defectos. Intento equilibrar ambos lados. Esto es realista, ninguna persona es solo buena o solo mala. Las buenas cualidades pueden, incluso, estar enterradas en los corazones de los asesinos, lo crea o no. Así que no representé a Hermine y Olga como villanos. Son mujeres con problemas: mala salud, falta de dinero, frustración, enfado, envidia, porque se sienten maltratadas y no pueden vivir del lado soleado de la vida. No apruebo el asesinato. Lo hago plausible por la forma en que escribo. Hay más aspectos a tener en cuenta al escribir una novela: atmósfera y entorno, escenario, tiempo y ritmo, lenguaje y estilo. Algunos escritores famosos dan talleres online en los que explican el arte del oficio. Vale la pena mirar estos videos. Debo admitir que me encantan los escritores originales con ideas y temas inusuales, lenguaje y tratamiento de personajes inusuales. No quiero seguir el camino trillado yo misma. Mis próximos libros traerán cambios. Ciertamente, nunca escribiré fantasía o ciencia ficción. Lo que sí quiero probar son historias y una novela histórica sobre una gran personalidad rusa. No les diré a quién me refiero. Seguirá siendo un secreto por ahora”, y completa al decir que aparte de eso, cree en el lema de Voltaire (1694-1778): “se permite todo tipo de escritura, excepto la aburrida”.

Sonríe contenta, sencilla, profunda, como se muestra alguien que ha hecho de la vida algo extraordinario y valioso. Tiene planes literarios. Nadie duda de su éxito porque ha trabajado para lograrlo. Es una mujer que no se ha distraído en asuntos baladíes ni en cosas superficiales. Sabe que la vida apenas alcanza para trascender o perderse, y ella, la inolvidable Olivia Kroth, ha elegido la ruta hacia la cumbre. Sin duda es una mujer de siempre y uno puede aprender mucho de ella.

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Olivia Kroth, periodista y autora de cuatro libros, vive en Rusia. Su blog: https://olivia2010kroth.wordpress.com

De nombre y apellidos: Gasparini Fabiano, el niño que se enamoró de la cocina

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Del menú que le ofreció la vida, eligió el de la gastronomía. Desde temprana edad, supo que los colores, las formas y los sabores, cuando se mezclan con alegría, creatividad, pasión y originalidad, se convierten en platillos deliciosos, en ensaladas exquisitas, en postres magistrales.

Le fascina la cocina, acaso por el encanto que le provoca la mezcla de condimentos y sabores, probablemente por recordar sazones familiares, quizá por tratarse de su arte y su vida, tal vez por todo. Como que ya lo traía en su memoria, en su forma de ser. La gastronomía lo ha acompañado día y noche, la mayor parte de su vida, y es parte de su historia.

Gasparini Fabiano es originario de un pueblo enclavado en la provincia italiana de Treviso, llamado Sala D´Istrana. Nació en las horas postreras de 1978, precisamente el 13 de diciembre -día de Santa Lucía-, en un hogar humilde, donde ellos, sus padres -Gasparini Emiliano y Baldan Lucilla-, tuvieron cinco hijos, “dos chicos y dos chicas, en el lapso de nueve años. Fui el tercer hijo y el segundo niño de la casa”.

Sabe, por experiencia, que cada alimento natural trae consigo el aroma y el sabor del  huerto, de la campiña, de la hortaliza, y es, en consecuencia, la suma de los canales de riego, de la lluvia, del sol, del viento y de todos los nutrientes de la tierra, igual que un poema se compone de las letras y los signos del abecedario sin que algo le falte o le sobre.

Y entre la magia de las bebidas y la comida, aparecen las fórmulas, los platos, las recetas, los sabores y las fragancias que llegan hasta los comensales, desde gente anónima hasta personajes célebres, y todos, en un idioma global, se deleitan en una mesa y en otra, a cierta hora, como si se tratara de un paréntesis agradable y tranquilo, un lapso de la vida para convivir y disfrutar.

Gasparini es un hombre amable, conversador y sincero, alejado de apariencias. Es él quien habla de frente al abrir los baúles de sus recuerdos, la historia de su vida: “sinceramente, no me agradaba asistir a la escuela ni estudiar, y así, a los 11 años de edad, de pronto sentí inclinación por la cocina al ayudar a mi madre a preparar una salsa de tomate casera. Corté las verduras y me enamoré de la cocina”.

Reconoce que algo especial y prodigioso aconteció aquel día de su vida, al cortar verduras y participar en la elaboración de la salsa de tomate  Rescata del naufragio aquel capítulo infantil y recalca que a la edad de 13 años, decidió cursar en una escuela de gastronomía, de manera que su primer platillo, que no se elaboraba ni comía en casa, consistió en Macarrones Amatriciana.

Sonriente y emocionado, como quien repasa los momentos inolvidables de su existencia y se sabe vencedor y exitoso, Gasparini relata: “mi padre, mi madre y mis hermanos, sentados a la mesa, probaron con alegría y sorpresa los Macarrones Amatriciana que preparé en el colegio, y les encantaron tanto que, motivado, seguí elaborando otras recetas. Obtuve la aprobación familiar y eso es importante para caminar con mayor seguridad por las rutas de la vida”.

Un minuto se enlazó al siguiente y el otro formó una y muchas más, hasta transformarse en días, “y yo, entre las prácticas escolares y el hogar, estudié y también aprendí de mis padres algo más que cocina”, revela el hombre, quien se siente orgulloso de una profesión que es su estilo de vida.

Nostálgico, confiesa que su infancia fue regular, “no bien, no mal. Al ser el tercer hijo y el segundo niño de la casa, vestía la ropa que utilizaba mi hermano mayor. Recuerdo que durante la temporada de fiestas, como Navidad y Reyes, mis padres obsequiaban un solo regalo para todos porque resultaba preciso ahorrar dinero”.

Uno imagina al pequeño Gasparini, en la aldea italiana, con la ropa de su hermano mayor y compartiendo los juguetes y las cosas en casa. Ante la falta de recursos económicos, todo se volvió de uso común entre él y sus hermanos.

Ya en la adolescencia, salía con su hermano, mayor que él 21 meses. Eso significa que Gasparini era el más pequeño del grupo de amigos y, en consecuencia, ingresaba a discotecas donde estaba prohibido el acceso  a menores de 18 edad. “Recién cumplidos 13 años de edad, bebí cerveza por primera vez. A los 15 años de edad, fumé mi primer cigarrillo…”

Entre aquellas carencias, sus estudios y sus correrías juveniles, Gasparini deseaba materializar su sueño de fundar un restaurante antes de cumplir 30 años de edad, “y como todos los chicos de aquella época, reunir dinero para comprar lo que tanto deseaba”.

Y agrega: “no tenía un plan concreto. Y si tuvo aciertos en la cocina, también hubo momentos complicados, como aquella ocasión, cuando en la escuela participó en la preparación de un flan, al cual le correspondió añadirle la gelatina. Tiré la gelatina y mi reacción fue agregarle el agua que permaneció en el recipiente. Pensé que el agua conservaría la esencia de la gelatina e intenté salvar la dificultad. El resultado desencadenó la risa de mis compañeros y el regaño del profesor”.

Como Gasparini creyó fielmente en su sueño y fue constante en el trabajo, finalmente, al cumplir el período 1992-1997, se graduó en la escuela de gastronomía; aunque reconoce que al no ser buen estudiante, su calificación resultó con un promedio de los más bajos, con 66/100, en Treviso”.

Nunca olvidará, quizá, que mientras asistió a la escuela, laboró durante temporadas de verano en tres hoteles diferentes de playa, como ayudante de cocinero, donde tuvo un despertar como ser humano y adquirió, paralelamente, agilidad en sus actividades y sensatez en sus asuntos. “Conocí gente amable que me enseñó y ayudo en el empleo. A los 15 años de edad, cobré mi primer cheque por la cantidad de 850 euros, equivalente a aproximadamente un millón 600 mil liras italianas”.

Estudió y participó en el servicio militar, hasta que incursionó en su profesión: ayudante de cocina, cocinero, chef y dueño de dos restaurantes. “En mi carrera gastronómica, he intentado variar mi experiencia y he participado en diferentes ramos, como spaghettería, restaurante de pescado, chiringuito, catering, hoteles, comida italiana con máquina para elaborar pasta fresca, pizzería, trattoria. Fui responsable de un negocio”.

Él, Gasparini, soñó y pensó que algún día podría disponer de tiempo suficiente para escribir y publicar un libro de recetas; sin embargo, al descubrir la cantidad de personas que lo hacen y las promueven en youtube, a través de videos que cotizan, y notando lo fácil que es buscarlas en google, pensó que no valdría la pena. Se requieren bastante tiempo y demasiado trabajo. “Es impresionante la cantidad de personas que graban y publican recetas. Abundan en internet”.

Así es Gasparini, original, inquieto, creativo, innovador. Habla acerca de su estilo de vida, de lo que lo motiva a cocinar, de sus detalles. “Soy inquieto. Me gusta experimentar platillos con ingredientes variados. Unas veces, al crearlos, resultan deliciosos y otras, en cambio, en eso quedan, en pruebas. Siempre lo intento hasta obtener una comida exquisita. También incluyo, en ocasiones, ingredientes raros como pasta fresca al cacao con salsa de langostino, por ejemplo”.

Refiere que al principio, cuando los clientes escuchaban sus explicaciones y recomendaciones gastronómicas, quedaban perplejos; pero al probar los platillos, se sentían asombrados y les encantaban. No desconoce que uno de los secretos de la gastronomía consiste en la mezcla perfecta de los ingredientes, como si todos se tomaran de las manos para cumplir su misión en cuanto a sabor, aroma y presentación; sin embargo, tiene presente que la entrega, el amor, la pasión, el entusiasmo, la creatividad y la alegría, en el momento de cocinar, son, en verdad, la combinación que da un toque especial a cada receta, igual que el creador de arte deja las huellas de su estilo en cada obra que produce. A la cocina hay que llegar contento e inspirado, siempre con la idea de dar gusto a los sentidos de los comensales.

Sonríe nuevamente. Rescata de las evocaciones su primer año de estancia en España. Sabe que el aprendizaje tiene un costo, y en verdad protagonizó una experiencia complicada y graciosa, al mismo tiempo, cuando debía elaborar un pedido de comida y solicitó al proveedor de lácteos le surtiera burro, expresión que dejó perplejo al hombre. Gasparini insistía: “necesito burro. Me urge”. El agente, incrédulo y fuera de sí, escuchaba al cocinero italiano y no comprendía lo que en verdad deseaba, al grado que le parecía una locura utilizar un burro en la elaboración de las recetas de cocina. ¿En qué se relacionaba un animal de carga con la preparación y condimentación de alimentos? Definitivamente, no entendía al cocinero, hasta que se acercó el dueño del restaurante y aclaró la confusión. Explicó al proveedor de lácteos que mantequilla en italiano se define burro, y Gasparini, por su lado, aprendió la lección; aunque confiesa que todos sus compañeros, en la cocina, rieron por el incidente”.

Gasparini Fabiano hace un paréntesis, respira profundamente y expresa: “por el momento me siento demasiado feliz y satisfecho con mi vida. Poseo todo lo que una persona común puede anhelar: una familia, una casa propia, dos automóviles. Si no fuera por mi estado de salud, mi vida sería perfecta; pero no me quejo, soy y tengo mucho más de lo que esperaba”.

“Sé que todo se arreglará. Mi hija, mi huerto urbano, mi blog y mi afición por las redes sociales, me mantienen ocupado todo el día. Así permanezco entretenido, transcurre el tiempo y no pienso en asuntos negativos. En estos tiempos tan raros, es fundamental estar cerca de la gente que queremos e intentar vivir felices y plenos, como si cada día fuera una oportunidad nueva para realizarnos y se encontrara lleno de esperanza, sin mirar atrás”, plantea el gastrónomo italiano que radica en España.

Admite que tiene el proyecto de retornar a sus actividades una vez que sea operado de la espalda. Se encuentra en casa. Es un hombre activo y sabe, por lo mismo, que la cocina lo espera con el deleite de siempre.

Hace algunos años, fundó el blog Cocinaitaly, un espacio que ha resultado exitoso y referencia de la gastronomía italiana. Es un hombre que comparte su experiencia y conocimiento en materia culinaria. Tiene miles de seguidores y la página recibe innumerables visitas y comentarios positivos. Cada publicación refleja su amor y pasión por la cocina.

Habla Gasparini: “a la gente que tiene bien definido un proyecto, una ilusión, un sueño, y se siente segura de sí, le aconsejo que se atreva a realizarlo. La vida es una y si las personas no se atreven a protagonizar su historia, a cumplir sus sueños, tal vez mañana resulte demasiado tarde y se arrepienta. Si uno considera que no le va bien, habrá que buscar una solución, otras alternativas y rutas, pero al menos lo intentó. Nunca hay que darse por vencidos. Con buenos deseos y con voluntad, existen posibilidades de triunfar, evidentemente siempre que el entorno se encuentre integrado de gente positiva y honesta”.

Reflexiona y aconseja con el conocimiento y la experiencia que le han concedido los años de análisis: “pienso que el trabajo es importante, pero no es todo. Hay que experimentar la vida con equilibrio y de la mejor forma. Mira, he trabajado desde hace 25 años -un cuarto de siglo-, un promedio de 10 horas diarias, y sentirme enfermo a los 41 años de edad y sin poder realizar las actividades que me gustan, como el deporte, cocinar, la jardinería, pasear, convivir con mi esposa y jugar con mi hija sin padecer dolores, no es grato. Es necesario alcanzar el equilibrio, disfrutar cada día, descubrir lo bello en lo sencillo y ser feliz con lo que uno ama…”

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

Blog Cocinaitaly, fundado por Gasparini Fabiano: cocinaitaly.wordpress.com

Fotografía de la colección de Gasparini Fabiano

 

Mujeres de siempre: Cynthia Angélica Ayala Jiménez, una historia de ilusiones, sueños y realidades

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“…cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente…” Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

Un día, en 1994, salió de la oficina del director del periódico, con la alegría juvenil y la ilusión de una universitaria recién egresada de abrirse paso en la vida y realizarse como mujer, profesionista y ser humano.

El director del periódico El Sol de Morelia, Armando Palomino Morales -don Armando, como le llamábamos cariñosamente-, me confesó alguna vez que aquella joven, Cynthia Angélica Ayala Jiménez, le había inspirado confianza y que un rasgo que le agradó fue, precisamente, la amabilidad, la sencillez, el respeto y los deseos de trabajar y progresar de aquella muchacha sonriente, honesta y soñadora. Así la definió al confiarme que esperaba mucho de ella como periodista.

No se equivocó el hombre que entonces tendría alrededor de 63 años de edad. Le autorizó una plaza como reportera y confió plenamente en ella, como lo hizo conmigo, años antes, sin conocerme. Y nunca traicionamos la confianza que aquel señor tuvo en nosotros. Actuamos siempre con honestidad y profesionalismo, fieles a nosotros mismos y a nuestros principios.

Aquella joven soñadora, “amable, bien intencionada y de mirada transparente”, como una vez alguien -otra mujer- la definió en la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, se entregó por completo al quehacer periodístico, profesión riesgosa, poco redituable económicamente y demasiado absorbente en tiempo; sin embargo, siempre llamó mi atención el hecho de que sabía lo que anhelaba en la vida y su mayor tesoro era, como lo es aún, su familia.

Me parece, en consecuencia, una persona que ha dejado huella, digna de ejemplo. Es una mujer de siempre. Es ella, Cynthia Angélica, quien ha respondido mis preguntas por escrito y de diferente modo, a través de lo cual percibo la misma emoción, alegría e ilusión de aquella joven que conocí en las horas de 1994:

“Nací el 18 de febrero de 1971, en Morelia, capital del estado de Michoacán, en el centro-occidente de México. Una ciudad colonial que desde muy temprana edad conquistó mis sentidos y mi corazón. Hablo de aquella ciudad de provincia, en la que aun siendo niños podíamos jugar y andar tranquilamente en la calle”.

Y provoca silencio, nostalgia y reflexión cuando completa la idea: “aquí, en Morelia, transcurrió mi infancia, tranquila y feliz, acaso con los vaivenes que en la época habría de enfrentar toda familia de clase media, pero en la que, ante todo, siempre se buscó inculcar valores y una educación tradicional”.

Es la misma de antaño. Sus palabras e ideales la descubren. Habla con firmeza, valor y seguridad acerca de sus principios, y eso da valor a una persona, a una mujer, a un hombre, a todo ser humano, la congruencia entre sus sentimientos, ideas, palabras y actos. Es el encanto de vivir. Se trata de la pasión de una existencia.

Prosigue con el relato de su vida: “soy la tercera de 6 hijos, llegados alternadamente -mujer-hombre, mujer-hombre, mujer-hombre-, lo cual hizo de la mía una infancia feliz, con acompañamiento constante -entre risas, pleitos infantiles, espacios, aficiones y juegos compartidos-, que bajo la guía de nuestros padres nos hizo crecer como hermanos muy unidos, como nos hemos mantenido hasta la fecha”.

De hecho, Cynthia, a quien desde los 13 años de edad le apasiona tomar fotografías de paisajes naturales, animales, personas y sitios de interés, siente especial amor hacia sus 11 sobrinos. “El vínculo con mis sobrinos, los hijos de mis hermanos, es tan grande que los amo tanto y los considero parte esencial de mí, como si fueran mis hijos”.

Y continúa con la emoción y el orgullo de quien ha tuvo la dicha de disfrutar su hogar e infancia: “hijos de padres trabajadores, desde pequeños aprendimos -principalmente por mi madre- la importancia de colaborar en casa y ser autosuficientes a temprana edad”.

Abre las páginas de su biografía, busca entre los minutos y los días que permanecen en el naufragio del tiempo, horada en sus recuerdos y explica que “en medio de la presencia de mis papás y cinco hermanos, y con un carácter extremadamente tímido, pensaba mucho, pero hablaba poco. Jugaba, sí, pero también observaba, analizaba situaciones que se daban a mi alrededor; percibía actitudes de adultos, que llamaban mi atención e internamente las cuestionaba y hacía conjeturas”.

¿Qué es el tiempo? ¿Cómo se registran los cambios sociales de manera casi imperceptible? No hace tantos años que el rostro del mundo era otro, y ahora aquella época pertenece al ayer, a otras horas, y es historia, recuerdo, historia y recuerdos que se añoran y motiva a preguntar en qué momento se perdieron las familias, la educación, el respeto, la alegría, los hogares.

Cynthia expresa: “mi infancia transcurrió en la época de los juegos de calle, juegos de mesa, muñecas, triciclos, y en una Morelia que aún nos permitía correr por las calles sin los peligros de hoy en día. Regresábamos del colegio -ubicado en el centro histórico de la ciudad- caminando hasta llegar a casa, sin ningún riesgo aparente”.

Refiere que “a pesar de no contar con una situación económica holgada, mi madre siempre se empeñó en que asistiéramos a colegios católicos -tal como su mamá hizo con ella y sus hermanos-, lo que aseguraba que recibiéramos la mejor educación -en esa época y en una ciudad de provincia, éstos eran una garantía -. Así, cursé los primeros 15 años de mi formación escolar con las madres salesianas. Ahí se sentaron en gran medida las bases de mi educación, que venían a complementar y/o reforzar la recibida en el hogar”.

“No obstante, y si bien fueron grandes los momentos, las enseñanzas y los recuerdos que me generó estar en un colegio de monjas, al que asistíamos solamente niñas, también me permitió conocer de manera muy cruda la diferencia de clases sociales y prejuicios raciales que en aquel entonces era muy marcada en la conservadora sociedad de Morelia”, admite.

Confiesa que el hecho de “no pertenecer a una élite predominante en el colegio, lo cual se reflejaba no solo en el color de la piel, sino en la apariencia, los accesorios escolares, el lunch y hasta el auto en que te recogían al salir del colegio -si no es que te tocaba regresar a casa caminado o en transporte público-, marcó sin duda mi vida. Yo estaba en el lado de la minoría, con escasos recursos económicos -en comparación con la mayoría de las compañeras-, y una piel morena que fue motivo de burlas, señalamientos y exclusión, hechos que limitaron mi desarrollo social, haciéndome una niña y luego adolescente extremadamente retraída. Insisto, pensaba mucho, observaba mucho, anticipaba reacciones, a veces en mi mente respondía las preguntas que hacían los maestros, pero nunca me atrevía a hablar ante mi grupo”.

Sus palabras, nuevamente motivan a la reflexión, y uno se pregunta cómo es posible que en una ciudad fundada en 1541, con tantos acontecimientos sociales e históricos en sus rincones, en sus plazas, en sus calles, donde coexistieron diferentes castas, la gente no haya aprendido que las apariencias y las superficialidades son burbujas frágiles y de efímera existencia, tendencia, por cierto, ampliamente practicada en diversas regiones de México y promovida, sobre todo, por las televisoras privadas del país.

Es, parece, mujer analítica: “y, sin embargo, el espíritu que rige a la congregación salesiana, en palabras de su fundador, San Juan Bosco, es “estar siempre alegres”. Y sin duda, es algo que las religiosas -la mayoría- y maestras, podían conseguir en sus colegios gracias al sistema pedagógico que ahí se les inculcaba. Lograba, con el reducido grupo de amigas, o acaso la amiga del momento, estar alegre, disfrutar a mi manera y tener ratos muy buenos, que son los que más grabados están en mi memoria”.

Y cuando uno le pregunta cuáles fueron sus sueños e ilusiones durante su niñez y adolescencia, hace una pausa y anticipa: “tal vez no podría hablar mucho de sueños e ilusiones en la primera infancia, porque solo estaba dedicada a jugar, a vivir. Tal vez fue en la adolescencia, cuando comencé a ser consciente de carencias económicas, que mis sueños e ilusiones se fueron conformando, pero básicamente en el sentido de algún día tener trabajo y dinero para compartir con mi familia. Si acaso, desde muy temprana edad, soñé con aprender a manejar y tener un auto”.

Admite: “no sé si fue el modelo de profesoras que tuve, o mi afición ya desde niña, por los más pequeños, lo que me hizo ir albergando desde muy pronto la que por muchos años fue mi gran ilusión en términos profesionales: ser maestra”.

“Primero con mis hermanos y primos, después con niños vecinos, o con hijos de las amigas de mi mamá, siempre tuve mucha facilidad para relacionarme con los más pequeños. Ensayaba entonces cómo sería maestra cuando grande. Esos fueron en muchos momentos mis juegos, entre los que destacaba preparar presentaciones infantiles para la familia en las festividades (día de la madre, día del padre, etcétera), en lo que una de mis tías -quien fue como mi segunda madre- me apoyaba, ayudándome a confeccionar los atuendos para dicho fin, o cualquier otra cosa que yo creyera necesitar; improvisaba el salón de clases, con un pizarrón que nos habían comprado para coordinar una agenda familiar -lo cual ocurrió muy poco tiempo, y después se quedó como un juguete-; y por supuesto los regaños y los recreos eran parte importante de esos juegos”, similar a una profesora real.

De tal manera, “me visualizaba enseñando a niños, principalmente de preescolar. Este hecho solo cambió cuando en el tercer año de preparatoria -en el bachillerato general con área pedagógica- llevamos la materia de Ciencias de la Comunicación, impartida además por uno de los maestros más reconocidos en Morelia, por su rectitud, fineza, capacidad, rigidez y calidad humana: Gustavo Ernesto Tena Orozco. Era un hombre mayor, que siempre, a cada una nos llamaba por nuestro apellido; de porte distinguido, cabello cano, siempre luciendo impecable, de expresión fina y, sobre todo, siempre exigiendo lo mejor de cada quien”.

Reconoce, tras la sabiduría y experiencia que transmitió aquel maestro: “la materia me conquistó, y el cambio de dirección fue motivado, además, por una prueba vocacional que nos aplicaron en ese periodo, donde me señalaba como áreas de interés y capacidades, la de los medios de comunicación”.

“Debo decir que, para ese entonces, si bien continuaba en el mismo colegio de religiosas, el entorno ya era diferente: grupos reducidos, mayor diversidad socio-cultural, lo que me generó la confianza que en niveles anteriores no había tenido, y me llevó a desenvolverme con mayor facilidad: estudiaba, hablaba, analizaba, me relacionaba, obtenía buenas calificaciones, y a veces no tan buenas; comencé a tener cierto discreto y sutil liderazgo, o eso sentía yo”.

Una vez abierto el libro de las remembranzas, las ideas llegan en tropel y ella las ordena, les da sentido: “tal vez una difícil situación económica, fue el hecho que influyó en mi vida en aquella época. La separación de mis papás, cuando yo tenía 17 años, derivó en desequilibrio económico para mi mamá, y del emocional y psicológico que a mí me ocasionó, solo pude ser consciente muchos años después. En ese momento, nos volvimos pragmáticos, y debimos hacer frente a una difícil realidad: nuestra economía. Mis dos hermanos mayores se convirtieron en el apoyo toral de mi mamá, quien debía hacer frente a la responsabilidad de sostener a la familia. Y yo, ahora lo veo, primero distraje mi atención en asuntos propios de la juventud, sin dar importancia a ese hecho, hasta que comencé a advertir las limitaciones económicas que enfrentábamos, y el impacto que había causado en cada miembro de la familia, comenzando por mí”.

“Desde muy pronto sentí también la inquietud de ser productiva. Quería trabajar, ganar dinero, por lo menos para mis propios gastos. Cuando se presentó la oportunidad, no dudé en aceptar el trabajo que me ofreció mi tía para trabajar en una dulcería grande e innovadora que tuvo una excelente época en Morelia. Tal vez mi modesto sueldo no daba para apoyar entonces al sustento familiar, pero era un gran alivio -de vez en cuando- poder invitarles una hamburguesa o algún otro antojo a mi mamá y hermanos, o simple y sencillamente cubrir mis propios gastos de transporte y escuela. Yo continuaba en el colegio de monjas gracias a una beca que mi mamá gestionó para que pudiera concluir ahí la preparatoria. Trabajar en la dulcería, como dependienta, me dejó grandes aprendizajes, y disfrutaba desde asear el local y acomodar mercancía, hasta decorar con motivos infantiles, de acuerdo a la temporada del año, los ventanales que daban a la calle y atraían a los transeúntes”.

Reconoce que “cuando la carga de trabajo académico fue más pesada en el segundo año del bachillerato, dejé el empleo de la dulcería, pero extrañaba sentirme productiva. Al concluir esa etapa escolar, y ante la incertidumbre de mi ingreso a la universidad, tuve oportunidad de trabajar por casi tres meses en una de las compañías gaseras más grandes del estado de Michoacán en ese entonces. Fui la recepcionista que atendía llamadas para pedidos de gas en Morelia, los organizaba por rutas, los distribuía entre los repartidores, recibía cuentas de éstos, y apoyaba a mi jefe en la preparación de los pagos de cada semana al personal. Dentro de mis funciones, además de recibir los regaños de los usuarios que se quedaban sin gas, porque no se los surtían inmediatamente, estaba el realizar depósitos bancarios, lo que me llevó a observar mucho la dinámica en un banco, y llegar a considerarlo como opción de trabajo”.

Y es que, “al terminar la preparatoria, ya convencida de que no sería educadora, corroboré que aquí en Morelia no había ninguna institución en la que se impartiera la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Con mi mamá, estuvimos al pendiente de la convocatoria para ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM por sus siglas -en aquella época la publicaban en los periódicos más importantes del país-, e hicimos todos los trámites necesarios para aplicar el examen. Fuimos a la Ciudad de México en dos ocasiones: una para sacar la ficha y otra para realizar el examen. Los resultados, según nos informaron, llegarían al domicilio particular, a través del correo terrestre”.

Y así, “llegó septiembre, y nada pasó; siguió octubre y tampoco; mientras, yo continuaba trabajando en la compañía gasera. Pero ante la posibilidad de quedarme sin estudiar, pues no había considerado un plan B, me propuse buscar otro tipo de trabajo, y fue cuando llevé una solicitud a un banco, pero nunca supe si me habrían llamado”.

“Eran casi mediados de noviembre -según recuerdo- cuando ya inesperadamente llegó la carta de la UNAM, felicitándome y dándome la bienvenida, al ser aceptada para cursar la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Fue el 20 de noviembre de 1989 cuando dejaba Morelia para trasladarme a la Ciudad de México”.

Cynthia se interna a sus años juveniles, al momento de su prueba, y admite que “una vez recibida la noticia de que había sido aceptada en la UNAM, sentí pavor. Pero cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos. Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente, lo cual entonces creía que estaba muy lejos de ser. Hubo ciertas dudas respecto a irme, porque además para ese momento una universidad privada estaba por empezar a impartir esa carrera”.

“Mi análisis me dijo, sin embargo, que no se podría comparar estudiar en una institución que apenas comenzaba a impartirla, con una universidad pública que ya tenía años de experiencia -la más grande del país- y en la que yo ya tenía una matrícula. Y con todo el apoyo y respaldo de mi mamá, tanto emocional como material, tomé la decisión de irme. Una amiga de la familia materna, que vivía allá, generosamente nos ofreció su departamento para que yo viviera con ella durante mis estudios”.

Respira profundamente al evocar aquella prueba de su vida y asegura que “fue así que, de un día para otro, me vi llegando a la Ciudad de México. Me llevó mi mamá en compañía de uno de mis hermanos. Debo reconocer lo contradictorio que puede parecer vivir aquel momento de la separación como uno de los voluntariamente más doloroso de mi vida. Nunca me había separado de ellos, de mi mamá, de mis hermanos. Recuerdo que lloré mucho, tuve mucho miedo, pánico, al verme sola -sin mi familia- en aquel monstruo de ciudad”.

Uno entiende los sentimientos de pánico que experimentó aquella muchacha con sueños e ilusiones enormes y una vida consumida en un ambiente familiar, en una provincia otrora apacible; sin embargo, como ella declara, “afortunadamente, tanto la persona con la que llegué a vivir, una señorita ya mayor, que vivía sola, y su cuñada, que vivía en un departamento del mismo edificio con su hija de 15 años, me acogieron como familia. Debo decir que este apoyo fue fundamental, porque si bien extrañaba inmensamente a mi mamá, hermanos, y todas las personas que formaban parte de mi entorno en Morelia, no me sentía sola. Ellas se convirtieron entonces en mi familia, con lo que se reforzó un lazo de amistad y familiaridad que data desde dos generaciones anteriores, y que hasta el día de hoy se mantiene”.

“Así, y afrontando el dolor que nunca dejó de ocasionarme la distancia de mi familia -confieso que lloré mucho, durante muchos días seguidos-, a quienes veía en promedio cada mes, que venía a Morelia, concluí la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Y por lo mismo, siempre tuve claro que, al terminar, quería volver a Morelia, a mi ciudad, con mi mamá y hermanos, con mi familia, y trabajar aquí”.

Hace el recuento: “fueron cuatro años y medio los que viví en la capital de México, suficientes para enamorarme de la ciudad, con todos sus contrastes, de la grandeza y riqueza histórica y cultural que encierra la gran urbe, y sobre todo de la muy breve pero entrañable historia que ahí construí. Adopté entonces al Distrito Federal como mi segunda ciudad favorita, y le estoy infinitamente agradecida porque en medio del pánico me empujó a sacar la osadía de hacer y vivir, de aprender a valerme por mí misma, que tal vez en otras circunstancias me hubiera costado más trabajo sacar”.

Es agradecida. Reconoce el esfuerzo de su familia, de la gente que la ama, y es por eso, quizá, que menciona que “estudiar en la Ciudad de México sin duda fue una de las mejores experiencias y oportunidades que agradezco infinitamente a mi mamá, a mi familia, y a la vida. Me cambió la visión del mundo. Me permitió descubrirme a mí misma”.

Surge, entonces, el espíritu de quienes han cursado alguna carrera profesional en la Universidad Nacional Autónoma de México, una de las instituciones más grandiosas que han encumbrado el nombre del país: “tal vez son unos cuantos los amigos que conservo de la universidad, pero con cada persona que conviví, compañeros, personal administrativo, de las bibliotecas, etcétera, aprendí la grandeza de una universidad que te hermana aún con el que no conoces”.

Recuerda con la alegría, el orgullo y la satisfacción de quien se ha atrevido a vivir episodios que parecían inalcanzables: “caminar por la explanada principal de la UNAM, admirar los murales de la biblioteca central, la torre de Rectoría, y la facultad de Medicina, solo por mencionar algunos de los espacios del campus, era un aliciente cuando me sentía sola y a punto de flaquear. A pesar de sentirme pequeña en aquella inmensa ciudad universitaria, y aquel mundo de estudiantes, me reconocía afortunada por estar ahí, y tener acceso a esas inmensas bibliotecas, hemerotecas, y, sobre todo, a grandes maestros”.

No omite que “sin duda la mayoría de profesores, cada uno a su manera, influyeron en mí. Lourdes Quintanilla, Javier Oliva Posada, Leopoldo Borrás Sánchez, Carmen Avilés Solís, Carmen Sanz, son los nombres que vienen a mi mente, como excelentes profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales”.

Recorre, como una viajera con experiencia en las muchas rutas de su vida, que “para la realización de un trabajo escolar, tuve oportunidad de entrevistar, como simple estudiante, al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, a quien fui a buscar a las oficinas de la radiodifusora Grupo Radio Mil, y donde me dio una cita para visitarlo en su despacho. Encantada en una oficina en aparente desorden, de papeles, documentos y libros, me habló sobre el periodismo, su trayectoria y su renuncia -que estaba muy reciente- al periódico La Jornada”.

Recalca, segura de sí: “pero quien llegó a marcar mi vida de manera contundente, tanto en lo profesional como en lo personal, fue el maestro -así, en toda la extensión de la palabra- don Henrique (si, con H) González Casanova. Sus clases eran esperadas con gran placer, porque siempre, aun cuando por llamar la atención a algún compañero se saliera del tema, nos daba grandes lecciones. Un caballero, en toda la extensión de la palabra, de excelente educación y fineza, de porte elegante, siempre vestido de traje; nos exigía hablar correctamente, con propiedad. Siempre con un voto de confianza en la juventud, se acercaba a algunos de sus estudiantes para ofrecer algún tipo de apoyo, dependiendo de las cualidades que viera. Por alguna razón se acercó a mí, al igual que a otras compañeras y compañeros. Al advertir mi gusto por la lectura, me regaló libros que aún conservo, nos invitaba a tomar un café, nos llevó a conocer su casa en la colonia Florida, y en ella su inmensa biblioteca, y en cada encuentro eran interesantes charlas sobre literatura, sobre personajes de la vida pública, del arte, de las letras, con quienes había convivido, pero, sobre todo, nos daba grandes lecciones de periodismo, de comunicación y de la vida”.

Ya en la última etapa de estudios, “y al percatarse de una condición económica limitada, me otorgó una beca estudiantil con la que apoyé un poco mi manutención; esto, y un negocio informal que comencé entonces, me ayudaban a hacer menos pesada la carga monetaria para mi mamá. Era una época en que se comenzaba a usar bisutería de fantasía muy vistosa y económica, que yo compraba en el centro de la Ciudad de México y vendía cada vez que venía a Morelia entre amistades, vecinas y compañeras de trabajo de mi mamá y hermana”.

Es lectora de libros. “Mi gusto por la lectura en la infancia y adolescencia, se fue dando en una de las recámaras de mi casa, donde había todo un librero lleno. En muchos casos, mientras mis hermanos jugaban o veían televisión, o hacían otras cosas, yo me sentaba a la orilla de la cama que estaba junto al librero, y recorría todos los títulos, sus nombres, autores, y si acaso alguno llamaba mi atención, lo sacaba, lo ojeaba y tal vez hasta lo leía. Hubo un momento en que, me atrevo a decir, tenía un inventario mental de la bibliografía que ahí concentraban mis papás: literatura universal, superación personal, buenos modales, colecciones, enciclopedias, psicología, técnicos, etcétera. Creo que a ellos debo mi fuerte inclinación y gusto por la lectura. Son personas muy preparadas e inteligentes, a quienes admiro y respeto profundamente, más allá del infinito amor y gratitud que les tengo”.

Uno de los libros que “llamó grandemente mi atención en la adolescencia, fue La Noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Después de leerlo comencé a documentarme y conocer su trayectoria y a interesarme por su literatura. Ya en la universidad mi maestro don Henrique se enteró de mi gusto por la obra de la escritora que además fue su amiga personal, y me regaló Hasta no verte Jesús mío, y Tinísima (dedicado por él: “Para Cynthia, este retrato que hizo Elena de Tina, y la fotografía que Tina hizo de la azucena, hoy que viene vestida de blanco, con el agradecimiento y la amistad de Enrique G. C.”)”.

De esta forma, “comenzaba mi colección de obras de la autora, a quien he tratado de seguir de cerca, y si bien no he leído su obra completa, sí una gran mayoría. Entre mis favoritas, Dos veces única, que narra la vida de Guadalupe Marín, y Las siete cabritas, donde retrata a siete mujeres destacadas en el arte en México”.

Estas primeras lecturas, “y por supuesto mi formación periodística, me fueron haciendo una aficionada a la literatura que tiene como base la realidad: la novela histórica, periodística o biográfica. Entre mis autores favoritos, Mario Vargas Llosa, a quien tuve la oportunidad de ver y escuchar en una conferencia en el Centro Cultural Universitario de la UNAM, donde presentó su libro El pez en el agua, apenas unas semanas después de que declarara que México era la dictadura perfecta; Gabriel García Márquez, Francisco Marín Moreno, Julio Sherer, por mencionar algunos, y por mucho tiempo fui asidua lectora del Mar de historias que publicaba cada ocho días Cristina Pacheco en el periódico La Jornada. Además de los ya mencionados, puedo pasar largos ratos en una librería, analizando títulos y si alguno llama mi atención, simplemente me doy la oportunidad de conocer nuevos autores”

Nunca olvidará, quizá que “muchos de mis tiempos libres en la Ciudad de México, fines de semana que no venía a Morelia, para no sentirme sola y nostálgica, me iba a las grandes librerías, Gandhi, El Sótano, donde podía pasar horas viendo libros, aunque no comprara, porque generalmente no tenía dinero”-

Agrega: “también me he ido haciendo aficionada de libros, artículos o entrevistas relacionados con educación y psicología, temas que siempre han llamado poderosamente mi atención, y sobre los cuales busco documentarme de manera constante”.

Detiene su conversación, hace una pausa como para ordenar sus recuerdos, hasta que habla de nuevo: “como estudiante de periodismo recibí la oportunidad, primero, en un periodo vacacional, de asistir un par de semanas al periódico La Voz de Michoacán, tan solo para conocer cómo era la dinámica en un diario, y donde me permitieron realizar algunas notas periodísticas. Seguramente para ellos pasé inadvertida, pero estaban en la redacción periodistas que hoy gozan de toda una trayectoria y todo mi respeto y admiración profesional, era el inicio de la década de los 90”.

Todo, parece, tiene un inicio y un final. Un día, de pronto se levantan las cortinas del escenario, y otro, en cambio, descienden, y puede ser que el escenario ofrezca la oportunidad de reaparecer con otro capítulo, y así aconteció con Cynthia:  “a mi regreso a Morelia, una vez concluidos mis estudios y el servicio social, el cual realicé en la misma Facultad, como adjunto de profesor, el compañero periodista a quien le habían asignado orientarme y asignarme tareas en La Voz de Michoacán, me pasó el dato de que se acababa de irse un reportero en El Sol de Morelia, por lo que tal vez habría una oportunidad para mí. Decidida fui a llevar mi currículum, y a los pocos días me llamaron de parte del director para que fuera a una entrevista”.

“Aún recuerdo, con mucha gratitud, mi nerviosismo ante el señor Armando Palomino, quien hizo notar que, si bien no tenía experiencia, era justo dar oportunidad a quienes apenas comienzan. Sin duda, empezar a trabajar después de los estudios universitarios, considero, es el verdadero principio del aprendizaje; es cierto que se llega con un bagaje de conocimientos, pero que sin la práctica difícilmente pueden cobrar sentido y considerarse completos”.

Detalla que “fueron dos años y medio -de gran aprendizaje- los que me desempeñé como reportera en El Sol de Morelia, primero dando cobertura a la información relacionada con el ayuntamiento local, y al poco tiempo se me asignó de manera especial todo lo relacionado con economía y empresarios”.

Posteriormente, “en la búsqueda de otro tipo de actividades, que me permitieran compaginar mi etapa de maternidad, desempeñé actividades de oficina y como docente. Áreas de relaciones públicas, oficinas de prensa, y la oportunidad de dar clases, fueron durante los primeros años como mamá, lo que me permitió dedicar lo que yo consideraba tiempo de calidad para mi hija, que hoy tiene 23 años de edad”.

Discurrían los días del año 2000, “cuando formé parte de la plantilla de corresponsales del que fuera el primer periódico por internet, llamado MexisTo2. Fui a la Ciudad de México a recibir capacitación, ya que entonces no se tenía como ahora el conocimiento generalizado del manejo de correo electrónico; más aún, era toda una hazaña tener un modem alámbrico y lograr conectar, sobre todo en una ciudad de provincia, como la nuestra, donde la tecnología siempre tarda un poco más en llegar que en la capital del país”.

“Fue poco el tiempo que duró el proyecto como tal, ya que la empresa se enfocó más a la prestación del servicio de internet, que a la generación de contenidos, por lo que terminó mi contrato, pero dejándome grandes aprendizajes”.

Tras navegar por su existencia, Cynthia informa que “después de algunas breves participaciones en radio, mi trayectoria periodística debió hacer una pausa, por voluntad propia. La tarea de ser mamá me representó una prioridad, quise permitirme hacerla lo mejor posible y disfrutarla; estar presente en los momentos importantes de mi hija: llevarla a la escuela, recogerla, ayudarla con tareas, asistir a sus festivales, acompañarla en actividades extraescolares, estar presente los fines de semana, etcétera. Así, y al contar con todo el respaldo económico y moral de mi esposo, me ausenté de los medios de comunicación, y me enfoqué en la actividad docente, que también disfruté plenamente, pero con la bondad de que se reducía a solo algunas horas a la semana; todo lo que implicaba, preparación de clases y procesos de evaluación, los podía hacer en casa”.

Como académica, “tuve a cargo materias enfocadas a los géneros periodísticos en las instituciones privadas que entonces ya impartían la carrera: Universidad de Morelia, Instituto de Estudios Superiores de la Comunicación -que posteriormente desapareció-, Universidad Vasco de Quiroga y Universidad Latina de América. Sin duda hasta la fecha sigue siendo una gran satisfacción esa etapa, al encontrar en pleno y exitoso ejercicio de su carrera a algunos de aquellos jóvenes que fueron alumnos, y que aún me dispensan una grata sonrisa al verme, un afecto manifiesto, y que aún me llaman maestra”.

Inquieta, resume que “como emprendedora, en tres ocasiones participé en el impulso de proyectos editoriales, específicamente revistas especializadas, que no trascendieron por no contar con el respaldo económico que entonces todavía se requería, al no existir las plataformas digitales y requerir grandes inversiones para impresión”.

“Durante el tiempo que dejé de trabajar en los medios, busqué actividades alternativas, como trabajos independientes de redacción y corrección de textos -libros, tesis, manuales, discursos, proyectos especializados-, y comencé un pequeño negocio informal de venta de perfumes, que, sin ser mi principal actividad, hasta la fecha conservo”.

Recuerda que cuando su hija “estuvo un poco más grande, tuve la oportunidad y decidí regresar a los medios de comunicación. Arrancaba el proyecto del periódico La Jornada Michoacán, y formé parte del equipo de reporteros con que inició este diario. Volví a ser asignada a la fuente económica de manera prioritaria. Debo asumir que reencontrarme con el periodismo, me revitalizó profesionalmente hablando, y disfruté plenamente los dos años y medio que participé de este medio”.

Da vuelta a otra página de su existencia y menciona que “después vinieron un par de campañas políticas, en área de comunicación social, y nuevamente la pausa, el trabajo independiente, desde casa, que me permitía estar presente y acompañar a mi hija adolescente”.

Y, sin embargo, “nunca me solté de los medios de comunicación, que me seguían atrayendo. En 2013, la entonces directora multimedia de Cambio de Michoacán, y mi ex alumna en la Universidad de Morelia, la licenciada Lety Florián, me invitó a participar en la generación de contenidos audiovisuales para el portal de internet del periódico. Volví a integrarme al medio, aunque de manera moderada”.

Los proyectos Cambio en el Debate, primero, con entrevistas a empresarios michoacanos, más tarde Mujeres de Cambio, y luego EducarT, impulsados desde la dirección mencionada, “me permitieron encontrar una nueva forma de hacer y decir periodísticamente, sobre aquellos temas de interés social. En cada tema o problemática abordada, confirmaba la importancia de la comunicación como paso fundamental para generar los cambios que tanto necesitamos como sociedad, pero sobre todo y ante todo, de la educación, de la cual depende en gran medida lo que somos y de donde derivan muchos de los problemas que padecemos”.

Argumenta que “concluir mi participación en Cambio de Michoacán, dejó en mí sembrada la semilla para ahondar, ahora sí, en temas que siempre me habían sido de especial interés: educación, psicología y mujeres, de donde nacieron algunos proyectos de comunicación personales, independientes, haciendo uso de las plataformas digitales, para difundir toda una diversidad de información sobre los mismos. Uno de ellos, ya en marcha, aunque enfrentando la compleja tarea de emprender en tiempos de pandemia, EducarT, medio de comunicación digital, especializado en educación, arte y cultura. Y otros más, aún en proceso”.

Opina: “y es que el ejercicio del periodismo enfrenta un momento por demás complejo, en el que el acceso a la información a un solo click, la aparición de la figura del periodismo ciudadano, nos ha impuesto nuevos retos, pero también pone a la ciudadanía ante un riesgo -aún mayor que antes- de ser víctima de la desinformación, la rumorología y la manipulación masiva”.

“Grandes y prestigiadas empresas periodísticas han sucumbido a la realidad tecnológica que las rebasa y les deja sin mayores herramientas para sostenerse”, añade, “mientras los reporteros, conductores, comentaristas y líderes de opinión ya no dependen de ellas, pues con sus solos nombres dan continuidad a su labor informativa y de opinión en las plataformas digitales, siguiendo sus propias líneas editoriales, de acuerdo a convicciones, criterios o intereses personales”.

Sin embargo, “no todos tienen la visión, las posibilidades o habilidades para incursionar en esta nueva era del periodismo, del periodismo digital, lo que ha dejado a un importante número de periodistas sin otra posibilidad que la de acercarse a trabajar para las instituciones que tal vez en ejercicio cuestionaron o denunciaron, convirtiéndose en parte de ellas, o en la necesidad de trabajar en otras áreas que nada tienen que ver con la comunicación”.

Mujer que ha acumulado conocimiento y experiencia a través de los años, quizá con tropiezos como acontece a las personas grandiosas, tal vez con períodos de triunfos, acepta que al parecer “se está gestando un nuevo modelo de empresas periodísticas, que busca responder a la época actual, y tenemos la obligación de actualizarnos y avanzar al ritmo de la tecnología, con la responsabilidad social que ello implica. Hay muchas de las empresas de tradición que supieron adecuarse y llevaron muy bien su transición, y otras nuevas que están llegando con gran empuje. Pero siempre, y ante todo, debemos pugnar por rescatar y dignificar al periodismo como una actividad profesional, especializada y de alto sentido social”.

La pregunta está dirigida a un punto deficiente en el sistema educativo mexicano y su aplicación en la realidad, y se refiere, específicamente, a si existen congruencia y vinculación entre la universidad y el ámbito profesional: “considero que en la mayoría de las profesiones, existe una marcada distancia entre la universidad, los contenidos, la realidad que pintan los profesores, o aquella que los estudiantes -como estudiantes- alcanzan a percibir cuando salen a realizar investigación, trabajo de campo o prácticas, y aquella a la que se han de enfrentar ya como profesionistas. Con mucho gusto he podido atestiguar que las universidades locales se han preocupado por actualizar sus planes y programas de estudio, para hacerlos cada vez más congruentes con la realidad en la que se verán inmersos sus egresados. Sin embargo, considero que es una cuestión de madurez: la congruencia total entre una y otra difícilmente se va a alcanzar, porque es la experiencia, la práctica, sin duda, la mejor y más contundente maestra para los profesionistas. Por eso, es importante que las universidades sigan haciendo su mayor esfuerzo para ofrecer profesionistas lo mejor preparados posible, con lo que les estarán haciendo menos difícil dichos aprendizajes en la etapa de su inmersión al mercado laboral; que muy pronto los empiecen a vincular con empresas e instituciones donde se habrán de desempeñar, para que al concluir sus estudios no siga ocurriendo lo que a muchos, que llegan sin tener la menor idea de cómo es la realidad”.

Sabe, por lo que ha experimentado, que la vida es dinámica y que uno, si en verdad pretende dejar huellas indelebles y constancia de su paso, no debe perder el tiempo en asuntos baladíes ni en pasatiempos estériles, y es la razón, sin duda, por la que tiene proyectos, de manera que “actualmente trabajo en el ya mencionado, EducarT, medio de comunicación especializado en educación, arte y cultura. Se trata de un sitio web, educart.mx que ofrece información escrita, audiovisual y gráfica sobre las diferentes opciones educativas que hay en el estado; entrevistas sobre temas relacionados con el proceso educativo, y en los que, por supuesto se contempla el arte, como elemento fundamental en la educación; análisis sobre las problemáticas y aspectos relacionados con el tema; así como la integración de un directorio escolar y agenda de eventos culturales”.

Por otra parte, “el haberme alejado durante algunos años de la práctica periodística, me llevó a obligarme a la actualización constante. Tomé algunos cursos sobre periodismo digital, periodismo creativo, gestión de redes sociales, por mencionar algunos, lo cual me ha permitido desarrollar algunas actividades adicionales de manera independiente. Así, de forma conjunta con mi esposo, que es diseñador gráfico y con quien hacemos un buen equipo, ofrecemos el servicio de páginas web, imagen, fotografía y manejo de redes sociales para empresas”.

Adicionalmente, “tengo un blog en el que no he escrito tanto como quisiera, pero en el que puedo verter ideas sobre toda una diversidad de temas, de interés social, educativos, literarios, hasta los muy personales que me permiten proyectar sentimientos y emociones, lo encuentras como cynthiaayalaj.wordpress.com”. En facebook tengo una página denominada Mis creaciones, en la que presento mis trabajos y pinturas sobre madera”.

Felizmente, como madre realizada que es, refuerza su deseo de agregar que “con mi hija Vania Jocelyn, compartimos el gusto por la literatura, los libros, la poesía, la palabra, y este año comenzamos –- iniciativa de ella- el proyecto Declamador_es, enfocado única y exclusivamente a leer en voz alta y con ello promover esta forma de arte. Es una página de Instagram, @declamador_es, y un canal de YouTube, Declamador Es, en donde quienes comparten como nosotros el gusto por la declamación, están participando gustosos. Es un proyecto, reitero, sin fines de lucro, solo por el gusto de promover la poesía, los cuentos, y todo aquello que tiene que ver con el arte de la palabra. Seguidores y suscriptores, y no otra cosa, será nuestra ganancia en este proyecto, porque al ver y escuchar nuestros videos, al escuchar poesía, narraciones o cuentos, y tal vez sentir la inquietud por leer más, por declamar, sabremos que estamos logrando algo muy bueno”.

Las condiciones, los retos, los intereses y los escenarios de la hora contemporánea son preocupantes y riesgosos; no obstante, Cynthia asegura que uno de sus intereses es “la educación, sin duda alguna, porque es donde está la base de muchos de los grandes problemas que como sociedad estamos enfrentando. Entre los más severos, la violencia intrafamiliar, hacia las mujeres y los niños, la violencia y agresiones en las escuelas”.

Hace un año, “participé en el Congreso Nacional de Bibliotecarios, y uno de los compañeros panelistas, quien representaba a una universidad virtual, hacía notar que la educación ya no está en manos de los padres o la familia, que ahora nuestros niños se tienen que educar a través de internet o de otros medios electrónicos, y que estos son ahora los responsables de educar a los niños y jóvenes, lo cual me pareció por demás descabellado”.

“Creo que debemos hacer un arduo trabajo para que las nuevas generaciones rescaten la integración familiar, sea cual sea su composición, para que los niños reciban en casa aquellos cimientos que les permitan salir y hacer frente al mundo, a la sociedad, con actitud empática, de respeto, tolerancia y ante todo con un sentido humano. Debemos encontrar el equilibrio entre el trabajo, el esparcimiento, y la responsabilidad que conlleva ser padres o tutores de los menores, quienes sin duda solo pueden encontrar en el amor de los adultos que les rodean, en su ejemplo, una guía para hacerse hombres o mujeres íntegros, y con la suficiente fuerza para defenderse a sí mismos y aquello en lo que creen”.

El tiempo camina implacable. Las manecillas recorren la carátula del reloj una y otra vez, inagotables, demasiado acordes a su misión y fieles al tiempo. Cynthia lo sabe y aprovecha los lapsos de la entrevista con la idea de declarar que “lo más importante en la vida de una mujer es ser consciente que tiene tanto valor, capacidades y derechos, como los de un hombre. Ante todo, tener siempre claro que es un ser independiente, libre, con tantas obligaciones como derechos. Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”.

Excelente oradora, apasionada de la fotografía y entusiasta pintora sobre madera, plantea que “como seres humanos tenemos un poder superior que nos permite lograr aquello que deseamos, pero hemos sido alienados por instituciones y grupos de poder, para creer que tenemos límites, que el sufrimiento y las carencias son virtud que será compensada algún día, tal vez cuando ya no estemos en este mundo”.

“Uno de los grandes aprendizajes que me ha dado la vida, poniéndome siempre a los mensajeros en el camino, la intuición, las lecturas adecuadas, es que nuestra mente es muy poderosa, y tenemos la capacidad de crear nuestras propias circunstancias, si rompemos con viejos esquemas heredados de generaciones anteriores, para alcanzar un estado de bienestar”, expone.

Y responde: “como mujer, debo decir, he vivido el amor hasta su máxima expresión y también sufrí el dolor de las rupturas, la decepción, el desengaño en relaciones de pareja, pero un día tuve el deseo con toda mi fuerza de compartir mi vida con alguien, y ese alguien llegó. Hoy vivo en una relación plena, con un hombre que camina conmigo, a mi lado, como compañero de vida y con quien compartimos alegrías, preocupaciones, tristezas, actividades domésticas, ¡todo!”

Como quien ha navegado y recorrido el mapa de la vida, Cynthia -la mujer, la periodista, la hija, la hermana, la madre, la sobrina, la tía, la esposa, la lectora de libros, la fotógrafa, la oradora, la artista de la pintura sobre madera-, expresa: “hoy puedo ver que las decisiones que he tomado en el camino profesional, en función de mi vida personal, han sido las adecuadas, y me hace inmensamente feliz seguir acompañando a mi hija mientras se sigue forjando como una gran mujer y profesionista en el ámbito de la medicina”.

“He aprendido que la verdadera felicidad se encuentra en ser aquello que verdaderamente deseamos, aunque no siempre vaya en concordancia con lo que dictan los cánones y estereotipos sociales, y que, si bien podemos ser muy cuestionados por ser o hacer las cosas de manera diferente a la mayoría, debemos confiar en que somos capaces de llegar a nuestras metas”.

Detalla que “de ahí, la importancia además de ser congruentes entre el decir y el hacer. Si partimos de la congruencia en nuestras relaciones personales, sociales, laborales, estaremos en el camino adecuado. Si ya no sientes esa confianza en el camino que estás siguiendo, ya no lo sigas; si no te sientes contento con esa persona, aléjate; si no es eso lo que deseas para tu vida, déjalo, y por el contrario, si es lo que anhelas, lucha y trabaja por lograrlo. No hables de honestidad, lealtad, respeto, tolerancia, o cualquier otro valor, ¡vívelo y pregónalo con el ejemplo!”.

Serena, contesta la pregunta “la familia parece un modelo desgarrado en estos días. ¿Qué opinas?” Responde firme: “durante mi infancia, adolescencia y juventud, escuchaba las críticas que se hacían a la televisión, por ser un factor de desintegración familiar. Sin duda ha sido un medio de enajenación extrema. Pero creímos que nada más grave podía pasar, porque no imaginábamos a donde llegaría la tecnología. Mientras la televisión tal vez distraía y alienaba a la sociedad, con contenidos superfluos y vanos, todavía permitía cierto grado de interacción familiar al disfrutar algún programa, comentarlo, o hasta en las discusiones y acuerdos sobre los contenidos o tiempos de que cada quien dispondría para verla. No sucede así ahora. Hoy asistimos a una época contradictoriamente globalizada, pero por demás individualizada; podemos estar en contacto con alguien que está del otro lado del mundo, pero demasiado lejos de quien está sentado a nuestro lado, así sea padre, madre, hijo, hermano, abuelos o tíos. La tecnología nos ha aislado, y tal vez ha sido el mayor disruptor de la estructura familiar. Hemos permitido que los aparatos inteligentes nos absorban y reemplacen la interacción familiar, las charlas anecdóticas, la posibilidad de compartir preocupaciones y alegrías con nuestra familia, y más aún, el proceso de educación de nuestros hijos. Me parece muy grave ver en la calle, en restaurantes o lugares de esparcimiento, a las parejas jóvenes que les dan a sus bebés, de apenas 8 meses, uno o dos años de edad, un teléfono celular para que jueguen y no distraigan sus comidas o su convivencia con amigos”.

Argumenta que “bajo la muy socorrida idea de no querer que los hijos padezcan las carencias o limitaciones que nosotros tuvimos, los padres estamos siendo en exceso permisivos, dejando de lado las enseñanzas más importantes para los menores: a ser respetuosos con el prójimo, tolerantes, y a esforzarse para conseguir lo que quieren”.

“Aquí hay una importante tarea para educadores, padres de familia y medios de comunicación, que aprovechando precisamente la tecnología y sus alcances, podemos difundir y promover la vuelta a esa convivencia familiar en la que se encuentran los mayores aprendizajes; a la comunicación al interior del hogar, a los juegos, a las charlas, a la integración familiar que permita a las nuevas generaciones llegar a la edad adulta con la fortaleza y valores que tanto se requiere para lograr mejorar al mundo”.

Respecto a sus proyectos, responde: “efectivamente, siempre están llegando ideas a mi cabeza. Hay proyectos enfocados en la comunicación. Uno de ellos es dar continuidad a un espacio dedicado a información relacionada con mujeres; otros más a escribir… escribir, escribir y escribir, porque -creo- “siempre hay algo que decir”.

Asegura que desea escribir de manera más sistemática, “y de ahí dar el salto y ahondar en temas específicos de educación, psicología y cultura, y uno que otro biográfico, aprovechando las plataformas digitales que hoy están al alcance de todos”.

Envía un mensaje a las mujeres, antes de concluir la entrevista: “que crean en sí mismas, que busquen hasta descubrirse como seres únicos e irrepetibles, y sobre todo, con todo el derecho a la realización plena; a amar y ser amadas, con equilibrio y respeto. Que hagan conciencia de que la vida es un constante comenzar. Que siempre, siempre hay la posibilidad de volver a empezar. Aunque a veces parezca que las fuerzas decaen, aunque a veces sentimos dolor en el alma, desánimo, siempre habrá un nuevo comienzo. Que las mujeres somos tan frágiles y nos podemos romper, pero igualmente tan fuertes que nos podemos reconstruir y resurgir como el ave Fénix. Se puede ir una pareja, alejarse la que considerabas una gran amiga, podemos perder un trabajo, un proyecto, pero siempre podemos y tenemos la obligación de volver a empezar, porque hay una fuerza interior que nunca se pierde”

Hace una recomendación: “y algo muy importante, que confíen en su instinto, porque en efecto, las mujeres hemos sido dotadas de la magia, intuición femenina, sexto sentido, o como quieran llamarle, y tenemos la capacidad de identificar cuando algo en nuestra vida o en nuestras relaciones no está bien. Si todas hiciéramos caso a esa voz interior que nos alerta, habría menos casos de violencia, de abusos, muchas más mujeres realizadas, plenas y felices, y en consecuencia mejores seres humanos educados por ellas”.

Cynthia, quien una vez regresó a su ciudad natal después de enfrentar y vencer sus miedos y debilidades, y apareció joven, feliz y sonriente en los pasillos añejos del periódico El Sol de Morelia, aún no concluye su historia. Sabe que la grandeza espiritual y humana se construye cada momento de la vida, y así lo hace diariamente, convencida de que al mundo uno viene a aprender, dar amor y lo mejor de sí.

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