Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

¿De qué estamos hechos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿De qué estamos hechos? ¿Acaso de amor, bondad, sentimientos nobles y alegrías, o de odio, tristeza, maldad y temor? ¿De qué?, insisto. ¿Probablemente de alientos y suspiros, de corrientes etéreas, de pedazos de cielo y migajas de trigo, o de cauces secos y ranurados, abrojos y parásitos? ¿Es todo?, pregunto. ¿Quizá de tapices de piel, de engranajes orgánicos, de miradas, de sensaciones? ¿Tal vez de recuerdos, de ecos perdidos en un ayer, de momentos presentes, de imágenes futuras? ¿Estamos compuestos de sueños, de vivencias, de recuerdos, de desmemoria? ¿O somos nada, vacío insondable, polvo disuelto? ¿De qué estamos hechos? ¿De bien, de mal, de ambos? ¿Dioses?, ¿ángeles?, ¿demonios?, ¿simplemente humanos? ¿Todo y nada? ¿Qué somos? ¿Cuál es nuestra fórmula? ¿Agua, fuego, tierra, viento, algo más? ¿De qué estamos hechos?, interrogo de nuevo ante la urgencia de dar respuesta a mi ser inquieto. Pienso que somos principio y fin, eternidad, fuente, luz, esencia, envueltos en arcilla, en barro de apariencias temporales, y que cada uno, de acuerdo con su nivel evolutivo, con la frecuencia vibratoria que emana, es cielo, mundo o infierno, y define, en consecuencia, su ruta, su destino. No somos causalidad ni resultado de ecuaciones torpes, y menos producto de un idilio pasajero y caprichoso. Sencillamente, tú, yo, ella, él, ustedes, ellos, nosotros, somos extraordinarios, almas luminosas que transitamos momentáneamente, en el mundo, de una estación a otra, con oportunidad de hacer del viaje una excursión grandiosa e inolvidable, a pesar de los días soleados y de las noches de tempestad. No es natural morir en el abandono de sentimientos. La vida es algo más, y nosotros también.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El encanto y la magia de los blogueros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mis amigos y colegas blogueros

Ser bloguero tiene un encanto. Se trata de un privilegio, una aventura, una pasión. Es la libertad de publicar textos e imágenes en espacios que estimulan la creatividad, el ingenio, la originalidad, el esfuerzo y hasta la capacidad de presentar un tema de actualidad e interés -el que sea-, cautivar la atención y compartir algo de sí con ciertas llaves y candados. Es cultivar alcatraces, orquídeas, tulipanes y rosas con no muchas herramientas y formar un jardín excelso y magistral. Hay blogueros que dedicamos los días y los años de nuestras existencias al arte, a las letras; otros, en tanto, al pensamiento, a la razón; muchos más a la belleza, a las modas, al ejercicio físico, a la gastronomía, a los viajes, a la música, a la pintura, a la ciencia, a la fotografía, a los animales, a las plantas, a la economía, a la política y a la enseñanza. La mayoría de los blogueros, al menos los que tengo registrados, respetamos nuestros trabajos y publicaciones, a excepción de algunos pillos que plagian obras y las presentan como de su autoría. Me encanta la labor que realizamos los blogueros. En estos días, cuando el llamado coronavirus parece ensombrecer y desmantelar a la humanidad, innumerables artistas, intelectuales y personajes públicos se han ausentado de los escenarios y son incapaces, incluso, de enviar mensajes de esperanza, fe y optimismo a su público, a la gente que los alimenta. Ellos están ansiosos de cámaras, aplausos, reflectores, fama y dinero. Nosotros, los blogueros, somos, parece, más auténticos y libres, y aquí y allá estamos presentes con nuestras publicaciones, felices de que hombres y mujeres, en todo el mundo, tengan la atención, el detalle y la amabilidad de leer nuestras aportaciones. Respeto mucho a mis compañeros blogueros, de tal manera que desde hace tiempo me prometí no participar en ningún concurso que obligue, para registrarse, a la enumeración de cierto número de páginas. Todos los blogueros valen mucho. No podría proponer a algunos como mejores candidatos y dejar a otros fuera. Hoy rindo un homenaje a mis colegas blogueros y reconozco el esfuerzo cotidiano que llevan a cabo para publicar sus textos e imágenes. Con certeza puedo asegurar que seguiremos presentes con nuestros lectores, a pesar del viento y de las tempestades, de los momentos soleados y de los instantes nublados. Lo que hacemos es auténtico, al natural, con lo mejor de nosotros.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Empecemos hoy

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, con el tiempo, aprende que hay una hora en la que la cuerda se rompe y las historias de antaño, los relatos de familia, las remembranzas del ayer y las narraciones de barcos y naufragios, las etapas de paz y las épocas de guerra, se deshilvanan al marcharse los abuelos. Uno, entonces, deja de ser nieto, y queda, en el mundo, con la memoria de los rostros y la ternura de los abuelos. Uno, con el tiempo, es testigo del desfile de la vida y de las bienvenidas, en los cuneros, y de las despedidas, en las criptas, y agrega en las listas presenciales y en las de las ausencias, nombres y apellidos. Y se marchan los tíos, ya ancianos, y uno deja de ser sobrino en un sentido práctico y terreno. Y se van amigos, compañeros, vecinos. Uno no imagina, a veces, que un día, a cierta hora, dejará de ser hijo, porque ella y él, la madre y el padre, no estarán para regalar su amor y sus sonrisas, sus consejos y sus regaños, su ejemplo y sus momentos. Y así, un día, uno deja de ser hijo, aquí, en el mundo. Uno, entonces, voltea atrás, a los lados, adelante, hasta descubrir y percatarse de que comienza a estar solo. Los rasgos de los otros días, permanecen en el fiel recuerdo, y más cuando abundan rostros nuevos, quizá cariñosos, probablemente crueles, tal vez indiferentes, que transitan por las mismas rutas de la vida y la muerte. Y otro día y algunos más, uno, con dolor y tristeza, deja de ser hermano, indudablemente con la certeza de que la hora del balance se aproxima. Y se acumulan los instantes, los días, los años, casi sin que uno lo note, hasta que el espejo habla con la verdad y devuelve imágenes reales de una edad o de cierta ancianidad. Si a uno le va bien, hasta el minuto postrero compartirá lo que es con sus hijos y nietos; sin embargo, en determinada fecha dejará de ser padre y abuelo. Y de esta manera quedan incontables historias en el mundo, biografías que alguien encierra en el armario o que se rompen con la caminata presurosa del tiempo. Y lo que fue recuerdo, se vuelve olvido. ¿Quiénes somos, entonces? ¿A qué venimos al mundo? Es incomprensible y tonto que innumerables seres humanos, hombres y mujeres, dediquen los años de sus existencia a cultivar enojos, rencores, daños, cuando la vida, en el planeta, es tan breve. ¿Por qué empeñarse en sembrar espinas, cuando los perfumes y la belleza de las flores, los árboles y los helechos alegran y son trozos de paraíso? Las gotas de la lluvia, multiplicadas por millones, abrazan a los ríos, a los océanos impetuosos, a los bosques, a la campiña, y alivia su sed en un acto excelso, magistral y prodigioso, sin extraviarse en divagaciones porque tienen el privilegio y la fortuna de dar a todos, derramar los mejor de sí y expresar el milagro de la vida. ¿Por qué no aprendemos de la lluvia? No esperemos el instante de dejar de ser nietos y abuelos, hijos y padres, hermanos y primos, sobrinos y tíos, parejas inolvidables y amorosas, amigos y compañeros, vecinos y moradores de este mundo. Cuán triste resulta, al final, dejar de ser uno, con su nombre y sus apellidos terrenos, con la envoltura finita del alma que se mantuvo aprisionada, y voltear atrás, al paisaje que abandona, ausente de huellas, amor, sonrisas, virtudes y bien. No esperemos la hora postrera para lamentar lo que no nos atrevimos a hacer por nosotros y por los demás. Empecemos hoy a componer la obra, el concierto que deseamos ser.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El Movimiento Continuo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era soñador e idealista. Le atraían y cautivaban el arte y la ciencia. Sabía que los seres humanos no vienen al mundo con la encomienda de actuar como parásitos, porque cada persona, hombre o mujer, tiene la misión de evolucionar, crecer, medirse y aportar lo mejor de sí para bien suyo y de los demás. Así lo entendió desde niño, y lo hizo lo mejor que pudo cada día de su vida. Y si probó, a su corta edad, la experiencia de montar un elefante y pasear por las calles, y muchos años después volar un avión de dos alas y, también, en otro tiempo, participar en el desembarco de Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, es innegable que en alguna de las aulas de la escuela primaria “Los Pinitos”, aprendió y jugó, soñó y vivió, con la idea fija de que la humanidad necesitaba una fórmula que evitara contaminación y explotación irracional de recursos. Artista y pensador, también era, a los 10 años de edad, inventor. Si nació en 1920, significa que en 1930 ya vislumbraba la catástrofe futura del planeta, motivo por el que decidió consagrar parte de su existencia a descubrir la fórmula científica del Movimiento Continuo, reto descomunal si se considera la dificultad de que un sistema genere energía por sí mismo; sin embargo, se prometió, a pesar de los desafíos, las mofas y los obstáculos, dar algo a la gente, sin importar creencias, niveles educativos, capacidad económica y razas. Si lograba descubrir el Movimiento Continuo, lo patentaría y el mismo día lo regalaría al mundo. Sabía que en el camino de sus investigaciones, toparía con intereses brutales y despiadados, como no desconocía, igualmente, que la mayoría de las personas no lo entenderían en esa etapa de la historia. Y así dedicó muchos años a trabajar, en la desolación y el silencio de su buhardilla, pasión que mezcló, en diferentes etapas de su existencia, con el estudio, la arqueología, la enseñanza en una escuela, el aislamiento en una celda monástica de los franciscanos, la incursión juvenil en la industria del zapato, sus posteriores empleos y la convivencia familiar Contrajo matrimonio cuando estaba próximo a cumplir 40 años de edad. Escribía, dibujaba, esculpía, pintaba y sabía tocar el violín; pero siempre estaba atento a su familia, a sus responsabilidades profesionales y laborales y a sus inventos. La gente, cuando escuchaba su intención de crear el Movimiento Continuo, no entendía el significado que tendría para el mundo evitar el abuso en el consumo de hidrocarburos. Resultaba muy temprano para que la mayoría comprendiera la crisis que ensombrecería al planeta. Otros lo calificaban de soñador. Él siguió. Hacía sus apuntes y sus experimentos, unas veces con la emoción de sentirse próximo a la culminación de su invento, y otras ocasiones, en cambio, decaído y triste por las pruebas fallidas; sin embargo, jamás renunció a su proyecto ni lo rindieron las adversidades. Una madrugada, al dormir, sufrió un infarto que lo hizo pasar por la transición, y su proyecto de inventar algo extraordinario y de beneficio mundial, perdió a su impulsor. Ya se había despedido de su familia con anticipación. Le dolía que su trabajo científico e invento, quedaran inconclusos. Lamentablemente, en aquellos días, los de la década de los 80, en el siglo XX, se extraviaron sus apuntes y ahora, en 2021, cuando la humanidad requiere con urgencia transitar a fuentes de energía superiores, a pesar de los intereses mezquinos y egoístas de ciertos grupúsculos que controlan al mundo y, a la vez, pregonan que resulta perentorio emprender acciones para evitar que los trastornos climáticos dañen más al planeta, es imposible rescatar sus libretas. No ignoraba que en otros laboratorios, establecidos en distintas regiones del planeta, existían fórmulas y descubrimientos sobre el mismo tema, quizá hasta más avanzados, recluidos en archivos empolvados y resguardados por una élite ambiciosa y con exceso de poder. Él, mi padre, soñaba regalar a las naciones un beneficio, la generación de energía limpia, el Movimiento Continuo. Si hubiera vivido mayor cantidad de años, seguramente habría inventado o, al menos, aportado a la ciencia; no obstante, me pregunto si los intereses de la élite que controla a la humanidad, aprobarían alguna invención que atentara contra sus intereses. Creo que no. Hubieran aplastado a mi padre y sus aportaciones, como lo hizo, en su momento, el titular de un noticiero de televisión, entre postrimerías de la década de los 60 e inicio de la de los 70, en el siglo XX, quien, majadero y soberbio, se mofó de él y le aconsejó que mejor se dedicara a otra clase de actividades y no a rasguñar al poder. Hoy rindo homenaje a mi padre, con el amor, la gratitud, el respeto y la admiración que me inspira su figura. Fue un honor ser su hijo, y lo es, no lo niego, desde el plano donde se encuentra,

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Renata Sofía, una artista, una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos extraordinarios por su esencia y por lo que son. Silenciosos, navegan en sus sueños y en sus vivencias, en sus sentimientos y en sus ideas, igual que las estrellas que uno mira arrobado cuando es tan joven. Cautiva al mirarla en su taller, entregada a su arte, a la pintura que le apasiona desde que era muy pequeña; pero también llama la atención su figura cuando es dama y, en plena adolescencia, asoma a la ventana y observa el jardín, o al cocinar espagueti y pizza que tanto le gustan y al prepararse con la intención de seguir sus lecciones de taekwondo. Es adolescente. Con la ilusión de toda joven, cumplió 15 años de edad, década y media de una existencia bella y pura, en aprendizaje continuo, con sueños maravillosos e ideales que la transportan a fronteras y mundos prodigiosos. Renata, como le llama su padre, es Sofía, cual es nombrada por su madre, porque, finalmente, se trata de una sola persona, en femenino y todavía en minúsculas, Renata Sofía, quien baila, bromea, canta, ríe, juega, estudia y planea una existencia bella e inolvidable, digna y libre, equilibrada y armónica. Recuerda, por su educación, a aquellas niñas, adolescentes y jóvenes risueñas y amables, virtuosas y dispuestas a ser mujeres, damas, seres humanos, ángeles. Es una persona real que, en la ciudad tan distante en la que vive, mantiene sus ilusiones y confía en que otro día, al amanecer de nuevo, surgirá la oportunidad de volar a horizontes grandiosos. Sabe esperar. Reconoce que la vida empieza cada instante. Se está preparando con la finalidad de acudir, puntual y de frente, a su grandiosa cita con el destino. Anhela vivir intensamente feliz y dar lo mejor de sí a los demás.. Pretende construir puentes y rutas a la cima y a la luz. Uno, al conocer biografías tan maravillosas, suspira y se repite en silencio: “qué bendición tan grande es, sin duda, tener una hija que se percibe es regalo del cielo”.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Laura Giselle, el encanto de una vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cumplió siete años de edad. Es una niña al natural, auténtica, sensible e inteligente, con la nobleza de quien ha descubierto, en el mundo, la fórmula de la esencia y la arcilla, para algún día transitar, libre y plena, a planos superiores. Responde a su naturaleza infantil, a los rasgos, en minúsculas, de su rostro y sus manos, y por eso juega y aprende a vivir. Desde muy pequeña, sorprendió por su léxico tan rico. Aprendió a hablar rápido y a pronunciar cada palabra correctamente, ante el asombro de su familia. Cautivó. Inquieta, original, creativa, demostró, igualmente, cariño y respeto profundo a la vida, los animales, las plantas y todos los signos de la naturaleza. Cuando asomaba a una fuente, a un charco, y descubría una abeja, una libélula o cualquier insecto ahogándose, pedía ayuda a su madre, a su padre o a su abuelo con el objetivo de emprender el rescate con una vara o una hoja seca. Así, entregada a su gesto humano, participaba, en serio, en la aventura de salvamento. Alguna vez, en la ciudad donde vive, una serpiente escapó de su refugio y llegó hasta el patio de la casa de su abuela. Su madre, Karla Paola, al descubrir que el reptil asoleaba cerca de las macetas, dominó la sensación de terror y fascinación que ejercen las víboras y, ante la mirada de asombro de la pequeña, quien tenía entonces cinco años de edad, decidió capturarla y resguardarla en una cubeta de plástico, hazaña de una mujer joven, valerosa, que dio ejemplo a su hija. Ambas dialogaron e investigaron la clase de reptil a la que pertenecía aquel animal con la intención de conocer los riesgos que enfrentaban al mantenerlo cautivo unas horas o tal vez un día. Tenía similitud con las víboras de cascabel, pero madre e hija descubrieron que se trataba de otra especie. Averiguaron el tipo de alimentos que consumía y los depositaron en la cubeta que siempre permaneció tapada y ventilada. Llamaron a los bomberos, quienes por alguna razón, aparentemente de horario o personal, argumentaron que no podrían rescatar ni trasladar al animal a un albergue seguro, y aconsejaron, apresuradamente, que lo resguardaran e investigaran, entre los vecinos, si pertenecía a alguno. Y se marcharon. La joven y la niña acordaron que al siguiente día se trasladarían hasta un paraje natural, entre barrancos y montañas, próximo a un río y una cascada, donde caminaron y liberaron a la serpiente. La niña tiene demasiada imaginación y le encanta leer. Juega, es verdad; sin embargo, algo le embelesa de los libros que se entrega a sus letras, a la información, al conocimiento. Le encantan los caracoles marinos, las flores y los rompecabezas. Karla Paola, su madre, ha hecho una pausa existencial, un paréntesis dentro de su vida, para entregarse por completo a la educación de la niña, y con mayor calidad en una etapa en la que el coronavirus y otros signos, atentan contra la humanidad. La niña y su madre viven un ciclo que vale demasiado. No tiene precio. Se trata de un proceso de convivencia y educación invaluables. Seguramente nunca lo olvidarán. Siempre quedará grabado en la memoria de las dos, en sus sentimientos, en su alma, como un regalo de Dios, y así se construye el camino a la inmortalidad. Por cierto, el nombre de la pequeña es Laura Giselle, y vive en algún rincón del mundo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El día que me vaya

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El día que me vaya, las estrellas seguirán asomando en la espesura de la noche, acaso con la idea de recordar que existen otros mundos y fronteras celestes, probablemente para demostrar que la vida es incesante y no termina aquí, quizá con una luz con mayor intensidad, tal vez por eso y más. El día que me vaya, las gotas del rocío continuarán deslizando sobre los pétalos de las flores que tanto amé, indudablemente como lección de que los sentimientos son inextinguibles y se demuestran todos los días con las caricias de los detalles. El día que me vaya, el libro de mi biografía dará vuelta a la página final. a la hoja postrera, y se cerrará, seguramente, con el perfume de lo bueno y lo malo que hice, con los nombres y apellidos de la gente que tanto amé y con mis mañanas, tardes y noches que parecían inagotables y secretas. El día que me vaya, retornaré a casa, al hogar, donde reencontraré a aquellos que compartieron una historia conmigo, y esperaré a quienes permanezcan temporalmente en el mundo, para juntos, todos, volver a ser luz. El día que me vaya, los pájaros cantarán, igual que siempre, acompañados de los rumores y silencios del aire y de la vida. El día que me vaya, será la cáscara, el cuerpo, la piel, lo que ya no exista ante la falta de porvenir y el exceso de temporalidad; no obstante, estaré presente en esencia, en la luz que alumbra las almas, porque amo tanto a la gente que elegí como familia y seres cercanos, que los cuidaré y partiré con ellos. El día que me vaya, quiero dejar todo en orden y borrar mis desencuentros, si acaso los hubo, y estar en armonía y en paz. El día que me vaya, deseo muchas lágrimas de alegría, abrazos entre los que aún se encuentren presentes y pactos de hermandad y amor. El día que me vaya, se apagarán mis poemas, mis letras quedarán en hojas y en ciertos cuadernos, en libros impresos y en borradores, y, no lo dudo, en la memoria y en el recuerdo de algunos. El día que me vaya, tocaré a la puerta de Dios con el objetivo de darle las gracias por lo bueno y lo malo que viví en el mundo, por la gente que me acercó y por la historia que me regaló.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Y un día, la gente se va

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y un día se va la gente que uno conoció. Hombres y mujeres, al retirarse, llevan consigo la memoria de sus biografías y la carga de lo bueno y lo malo que hicieron durante su paseo por el mundo. Y un día quedan las fotografías atrapadas en cajas, marcos, álbumes y archivos que nadie vuelve a mirar. Permanecen, en las imágenes, rostros, figuras, momentos y cosas, como si cada uno hubiera preguntado: “cuando yo ya no exista, ¿habrá alguien que me recuerde? Y un día las plantas del jardín empiezan a marchitar. El pasto crece, las enredaderas y las hiedras trepan insaciables y los abrojos cubren y asfixian las flores, cual desafío a la ausencia de quienes amaban las plantas y los árboles. Se convierte el jardín en un trozo de paraíso menos en el planeta. Y un día, casi imperceptiblemente, las calles, las plazas y las tiendas se aglomeran con nombres y apellidos que sustituyen a los que se fueron y de pronto resultan extraños. Y uno se va sintiendo más solo. Y un día, las fragancias y los sabores de la cocina son otros. Se pierden las recetas. Y un día, uno a uno, las sillas del comedor y los espacios de la sala van quedando vacíos, hasta que la lista de faltantes provoca hondos suspiros y lágrimas que duelen mucho. Y un día, la vejez asoma a las ventanas y toca a las puertas de la gente que uno conoció y trató. Ya no hay a quién estrecharle la mano. Son menos los abrazos y los besos. Quienes apenas ayer entregaron lo mejor de sí a los demás, se dan cuenta de que, a cierta edad, no son prioridad ni figuran en los planes de otros. Y un día, uno deja de ser hijo, nieto, hermano, padre, madre, abuelo, pareja, amigo, compañero, habitante, vecino. Y un día, cuando uno piensa que ha asimilado las lecciones de la vida y está preparado para mejorar su historia, aparece la muerte que provoca el último suspiro. El libro de la biografía se cierra de pronto, quizá con un destino parecido a otros que son olvidados, mientras sus páginas amarillentas y arrugadas envejecen y se sienten invadidas de polilla, hasta que se desintegran. Y un día, uno muere y tal vez, a pesar de las lágrimas y las flores sobre la cripta, será olvidado porque la vida continúa, similar a un río cristalino. Y un día, uno queda solo y se va igual, como llegó, sin compañía. Y un día, uno es llanura, pasado, desmemoria, acompañado exclusivamente de la luz o de la oscuridad que portó en el mundo. Y un día, uno es esencia y no cuerpo, luz y no oscuridad, infinito y no temporalidad. Y un día.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

No lo olvides

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nunca olvides la ruta que un día, a cierta hora soñada, trazaste feliz, con tanta ilusión. No la pierdas. Si así aconteciera, también se extraviaría algo de ti y serías, tristemente, una persona rota. No sepultes tus alegrías ni tus sueños -reflejos de tu alma-, y menos por apariencias o por complacer a gente que envidia tu dicha. No te condenes al sufrimiento a cambio de superficialidades y tonterías. Es una locura empeñar la eternidad feliz y tranquila a cambio de unos años, en el mundo, de poder y riqueza obtenidos y utilizados cruelmente. Siempre recuerda de dónde vienes y quién eres para que nadie ni nada te confunda. No empeñes ni vendas tus sentimientos, que valen más que los apetitos, el poder y las fortunas sin causa ni rumbo. Sé tú, completo, inconfundible, sin mezclas que te aparten de ti. No te confundas con las imágenes que los días, al repetir sus pasos y multiplicar sus ascensos y descensos, transforman y desfiguran. Confía en ti y sigue la luz que proviene de tu interior. No busques en tumbas; mejor descúbrete en el amor, los sentimientos, los ideales, las sonrisas y los pensamientos que hay en ti y en otros. Encuéntrate en ti, en las gotas de lluvia, en los árboles, en el pulso de la creación. Sé feliz. No cargues maldad. Construye tus alas con el amor y el bien que derrames en los demás. Sálvate con la intensidad de tu luz interior. No apagues tu destino infinito. Y cuando llegue tu instante postrero, deja huellas, una sonrisa y un “te quiero”.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright