Luis Navarro García, una marca que da confianza

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es una marca humana que da confianza. Es su cumpleaños. Es un ser humano extraordinario. un hombre bueno y honesto que ha acumulado experiencia y cuenta con una trayectoria reconocida como empresario y funcionario público municipal, estatal y federal.

Ante todo, es un ser humano, una persona, un hombre que nació en Morelia, capital de Michoacán -estado que se localiza al centro-occidente de México-, donde su nombre y sus apellidos permanecen grabados en la memoria de la gente que lo conoce y que, en algún momento de sus vidas, lo han tratado.

Se trata, obviamente, de Luis Navarro García, el hombre que, a pesar del enojo de quienes lo consideran adversario e incluso obstáculo para sus aspiraciones políticas, se encuentra presente, desde hace meses, en el transporte público y en las azoteas -en los espectaculares-, con la promoción de su iniciativa ciudadana “Morelia nos toca”, orientada a la participación social, a trabajar en proyectos integrales bajo la fórmula autoridades-población y a propiciar el desarrollo, el bien común y transformaciones sustanciales en todos los ámbitos.

Es el mismo personaje amable, sonriente y honesto con quien colaboré, profesionalmente, hace algunos años, cuando impulsó con éxito el programa ciudadano “Haz barrio”, tendiente a fomentar el consumo local, dinamizar la economía municipal y regional y fortalecer los negocios pequeños, el autoempleo, las empresas familiares.

Me consta que entonces, como titular de una dependencia municipal responsable de la economía y las inversiones en Morelia, dio lo mejor de sí, presentó resultados positivos y logró, como hoy con su propuesta, colocar “Haz barrio” en un peldaño de excelencia que propició despertar conciencias sobre la relevancia, necesidad y urgencia de apoyar el consumo local, proyecto que más tarde, en la siguiente administración, fue desdeñado.

Uno, parece, no termina de conocer a las personas. En las horas de los desafíos, los planes y los retos, es cuando, generalmente, hombres y mujeres se prueban realmente y demuestran de qué clase de arcilla están hechos.

Hace algunos años, tras concluir su más reciente cargo público -secretario de Fomento Económico en la capital de Michoacán-, Luis Navarro García resultó electo presidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, una de las agrupaciones empresariales de mayor antigüedad y tradición en México -fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y protocolizada en 1896 por el hombre de negocios y hacendado Ramón Ramírez Núñez- con el reto principal fue rescatar la estabilidad financiera de la misma y asegurar su autonomía económica. Y lo logró.

Parecía descomunal su reto, pero él, acostumbrado a enfrentar desafíos, fue tenaz y dedicó semanas y meses -oh, el tiempo es vida- a subsanar las finanzas y, por añadidura, entregar, al final de su gestión, una administración sustentable. Lo que parecía imposible, lo hizo realidad por medio de entrega, trabajo, disciplina, esfuerzo y honestidad.

En aquellos días, los de postrimerías de 2017, tuvo la amabilidad de invitarme, como artista y escritor, periodista e investigador, a crear una obra, un libro acerca de la historia de la institución empresarial, anticipándome que antes de publicarlo, tendría que devolverle su capacidad económica a la asociación de comerciantes, lo que, evidentemente, significaba que yo correría el riesgo de que mi manuscrito quedara en espera de otra oportunidad. Saldar deudas millonarias y rescatar a la Cámara de Comercio de Morelia, era su prioridad.

Comprendí que los datos, la información y la historia de la Cámara de Comercio de Morelia estaban dispersos, rotos y extraviados. No resultaría sencillo investigar y escribir un libro con las características deseadas. No obstante, el nombre de Luis Navarro García vale mucho e inspira confianza y respeto, credibilidad absoluta, motivo por el que acepté la invitación con la certeza de que publicaríamos la obra. Creí en él porque es una garantía, una marca humana confiable, y el prestigio y los valores no se encuentran en las vitrinas ni en los anaqueles de las tiendas, y menos tras cristales que exhiben maniquíes alumbrados por reflectores, como es el estilo de vida de tantos políticos aferrados al poder, quienes se adueñan de partidos y votantes.

El tema del libro pertenece a otra historia. Únicamente explicaré, por hoy, que a pesar de las dificultades, las críticas, los obstáculos y los problemas, Luis nunca claudicó y sí, al contrario, luchó arduamente con la idea de cumplir sus promesas y dar algo más, una constancia para la historia dedicada a los empresarios de Morelia.

No pocas veces, Luis Navarro García se ha referido a la obra 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, como “nuestro libro”, y tiene razón, a ambos pertenece la dicha y el privilegio de ser autor y presidente, respectivamente. Creyó en el proyecto y lo defendió. Hasta consiguió el respaldo de los empresarios. Me acompañó y se involucró conmigo en aquellas jornadas inolvidables de revisión y diseño. Comprobé, una vez más, que Luis Navarro García no es un figurín improvisado que vista a la moda de los partidos políticos; es un personaje, un ser humano que no defrauda ni traiciona. Si se involucra en un proyecto, en alguna promesa, entrega lo mejor de sí, ofrece resultados y cumple.

Hoy celebra su cumpleaños dignamente. Y aunque sus adversarios lo critiquen y otros lo vigilen, insisto en que Morelia necesita políticos como él, hombres y mujeres con marca registrada, porque es garantía del compromiso y la responsabilidad que requieren los mexicanos para deshacerse de la basura y transitar a verdaderos estados de bien y desarrollo social. Feliz cumpleaños y mucho éxito en tu vida, Luis. Gracias por tu amistad, por ser quien eres y por dar ejemplo de calidad humana.

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Cierre de negocios y afectación a la economía, a las inversiones y a los empleos, con grandes riesgos sociales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México ocupa uno de los peores sitios, a nivel mundial, en cuanto a implementación de estrategias y acciones orientadas a enfrentar los contagios relacionados con el coronavirus. Desde el inicio de la enfermedad, autoridades y sociedad prefirieron desviar irresponsablemente su atención en asuntos baladíes, estúpidos y superficiales, que en reunirse en torno a un asunto de interés público y emergente, de tal manera que abrieron la puerta a la enfermedad y la muerte.

Ante la falta de compromiso e interés en resolver un problema de sanidad mundial, autoridades y legisladores, en toda la geografía nacional, han actuado conforme se presentan los acontecimientos, unas veces consintiendo el desorden, las aglomeraciones y el descuido, y otras, en tanto, con diferentes ocurrencias que, definitivamente, no contribuirán a eliminar contagios ni solucionarán la situación y sí, en cambio, significarán descontento social, quiebra de empresas, pérdida de empleos, mayores índices de delincuencia y caos, como ordenar el cierre parcial o total de establecimientos comerciales, de servicios e industriales.

En una nación donde los diferentes gobiernos han saqueado las riquezas y, de paso, desmantelado los sistemas de salud y seguridad, con gran cantidad de medios de comunicación más dedicados a la complicidad y a la vocación de mercenarios que a la labor de informar y orientar, y con una población que en todos sus niveles ha perdido educación, valores y cultura -aunque aleguen que cursaron la universidad y exhiban títulos con maestrías y doctorados-, muy proclive a la violencia, distraída en programas de televisión que idiotizan y en el encanto cibernético que utilizan ociosamente, a las autoridades les parece fácil tomar la decisión de ordenar el cierre de empresas, bajo la amenaza de clausurarlas e incluso sancionarlas.

Todos sabemos que el coronavirus fue creado en laboratorios y dispersado estratégicamente en diferentes regiones del mundo para su propagación inmediata, y que no cederá mientras los laboratorios no comercialicen satisfactoriamente sus miles de millones de vacunas. Necesitan muchos fallecidos para justificar la venta millonaria de vacunas, a pesar de la aparición de nuevas manifestaciones en la enfermedad. Esa información nadie la ignora.

El hecho de ordenar el cierre parcial o total de negocios, en cualquier zona del país, representa perjuicios mayores, entre los que destacan los siguientes: contracción de las actividades financieras, de servicios, comerciales e industriales, con los consecuentes riesgos de quiebra y pérdida de innumerables empleos y las inmediatas expresiones de inseguridad y efervescencia social; aglomeraciones excesivas de consumidores en mercados, tiendas y centros comerciales durante los días permitidos a las compras, lo que en los hechos contradice la intención de evitar multitudes; propiciamiento de la informalidad y del mercado negro; desolación en las calles y mayores riesgos de delincuencia; peligro constante para los giros indispensables, como farmacias, que pueden ser asaltado por quienes aprovechen el encierro de la gente.

La solución no es reprimir las actividades económicas con el gran peligro social. Gobernantes y legisladores, en todo el país, deben olvidar la comodidad de sus ingresos y sus rivalidades políticas, convocar a auténticas reuniones con todos los sectores sociales y analizar la situación nacional, llegar a acuerdos y tomar decisiones inteligentes, con castigos severos para aquellos que violen las disposiciones.

Es absurdo ordenar el cierre parcial o total de la economía y que la gente, en tanto, se reúna en alguna casa, celebre aniversarios, acuda a comidas. Eso debe supervisarse. La gente no se protege, es sucia, juega a la simulación con los protocolos sanitarios. Es algo que debe revisarse. Mucha de la gente joven, despreciativa y totalmente ensoberbecida, desdeña las indicaciones oficiales y desafía el peligro, mientras viejos ignorantes tratan de demostrar que son fuertes, vigorosos, y desatienden las medidas. Eso hay que vigilarlo. La gente sale en estampida y se concentra, irresponsablemente, en los espacios públicos, en las plazas comerciales, en las calles, en los bares, y eso hay que evitarlo en esta época. Muchas de las costumbres individuales y colectivas -en esto no importan los niveles económicos y educativos- son demasiado primarias, totalmente rebasadas por la lógica, y eso afecta a toda la nación. Es preciso efectuar un trabajo minucioso, un análisis serio, con la idea de responder a las necesidades emergentes de la hora contemporánea; pero no será, definitivamente, paralizando las actividades económicas con los consecuentes riesgos sociales.

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Recuerdos: Almanaque nacional 1938. Teléfonos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace días, leí el Almanaque nacional, que en 1938 escribió Armando Vargas de la Maza, entonces miembro de la Sociedad de Geografía y Estadística, presidente de la Unión Mexicana de Autores e integrante del Sindicato Nacional de Redactores, en México, quien en la página 210 del libro citado abordó el tema relacionado con los teléfonos, texto que me pareció interesante reseñar por los datos e información que contiene el documento publicado por Editora Nacional.

Acompañado de un anuncio pequeño que informa que “el imán de su hogar es una magnífica mesa de billar Brunswick”, el artículo evoca que “la primera línea telefónica en la República Mexicana se construyó en el año de 1878, entre el Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec, residencia del Poder Ejecutivo de la Federación”, en la Ciudad de México.

Quienes conocen la Ciudad de México, que es la capital del país, imaginan, sin duda, la majestuosidad del Palacio Nacional, finca construida en la juventud del siglo XVI en el espacio donde se encontraba el Palacio de Moctezuma Xocoyotzin, emperador azteca, como segunda residencia del conquistador español Hernán Cortés.

La imponente construcción, fue vendida posteriormente, en 1562, por el hijo del conquistador que el 13 de agosto de 1521 sometió a los aztecas, Martín Cortés, a la Corona de España, la cual, por cierto, destinó el recinto para los virreyes de la Nueva España.

Conocido en el siglo XIX como Paseo de la Emperatriz y llamado por otros Paseo del Emperador, por ser el camino que transitaban Maximiliano de Habsburgo y Carlota Amalia de su residencia, en el Castillo de Chapultepec, al Palacio Nacional, el hoy Paseo de la Reforma arranca suspiros, a pesar de la depredación contra sus árboles, jardines y arquitectura afrancesada, y evoca a la pareja imperial que llegó engañada a México en 1864.

El autor del Almanaque nacional mencionaba, en 1938, que “en 1882, se organizó la Compañía Telefónica Nacional, empresa particular que inauguró su central en la Ciudad de México con 300 abonados aproximadamente y que debido a su rápido progreso, el 17 de diciembre de 1903 obtuvo la renovación de su contrato, ampliándolo para la explotación del servicio telefónico en todo el Distrito Federal”, es decir en la capital del país.

Dos años más tarde, “en 1905, la Compañía de Teléfonos Ericsson, S.A. comenzó sus instalaciones en el Distrito Federal, inaugurando su central de la Ciudad de México el día 7 de mayo de 1907”, cita la obra referida.

Y el autor va más allá al expresar que “las comunicaciones telefónicas han alcanzado, en la República Mexicana, una gran importancia. Existen a la fecha en todas las entidades de la Federación”.

Y explica, “como datos complementarios, agregaremos el número de teléfonos que existen actualmente en los principales países del mundo por cada 100 habitantes”.

Informa, en consecuencia, que “la República Mexicana tiene aproximadamente un teléfono por cada 150 habitantes. En todo el mundo hay dos teléfonos por cada 100 personas. Se calcula que actualmente se encuentran en servicio 35 millones de aparatos”, a nivel mundial.

Y proporciona otro dato interesante: “por lo que se refiere a ciudades como San Francisco, California, es la que tiene mayor número de teléfonos con relación al número de sus habitantes”. Sin citar fuente de información, el autor especificaba que esa ciudad tenía 40 teléfonos por cada 100 habitantes. La Ciudad de México, en tanto, poseía “cinco teléfonos por cada 100 habitantes”.

Posteriormente, el libro muestra las tarifas vigentes por tres minutos, dentro de la República Mexicana, y también presenta las que se cobraban, por el mismo tiempo, en diversos países del mundo.

Entre las tarifas nacionales y las mundiales, aparece, en una página, un anuncio publicitario de la Compañía Telefónica y Telegráfica Mexicana, con la fotografía de un hombre de traje que saluda de mano a una mujer que asoma y se encuentra junto a la puerta de su casa, bajo el título “Pero no tengo teléfono”.

Resulta interesante destacar que el texto publicitario relata lo siguiente: “Él: ¿has estado contenta? Ella: ¡Mucho! Él: ¿Me permites telefonearte mañana? Ella: Pero no tengo teléfono. Él: Entonces ya nos veremos uno de estos días”. Y concluye el diálogo con una posibilidad, la de coincidir alguno de los siguientes días, lo que simplemente equivaldría a un sí o un no.

Y concluye el anuncio con un segundo párrafo: “uno de estos días puede significar nunca, y es una lástima que una amistad tan encantadora termine tan pronto… Todo por la falta de teléfonos, que son tan indispensables en la vida social… Para conservar las amistades, como para otros mil usos del teléfono, Mexicana es indispensable”.

Era el año de 1938. Como almanaque, seguramente fue escrito en postrimerías de 1937. Ya se respiraba, entonces, la turbulencia mundial que poco tiempo después, el 1° de septiembre de 1939, desencadenó en la Segunda Guerra Mundial. El rostro del mundo cambió.

En contraste con la información proporcionada por Armando Vargas de la Maza en su Almanaque nacional de 1938, en cuanto a que en esa época había un teléfono por cada 150 habitantes de la República Mexicana, pienso en las 120 millones 700 mil líneas móviles que se reportaron en funciones dentro del territorio nacional durante el primer trimestre de 2019, según información de la consultora Competitive Intelligence Unit que publicó El Economista, junto con 20 millones 69 mil 260 números fijos que al concluir difundió El Financiero. Basado en información oficial, Expansión informó, en su momento, que ya en 2020 México tenía 124 millones 738 mil habitantes.

Hoy, al voltear a un lado y a otro, aquí y allá, a toda hora, distingo hombres y mujeres de todas las edades y distintas clases sociales, inmersas en los aparatos móviles. Los equipos celulares se han convertido en los acompañantes de bolsillo de millones de mexicanos, desde niños, adolescentes y jóvenes hasta personas de edad madura y ancianos.

Pienso en lo mucho que las sociedades hemos cambiado las necesidades y costumbres. La vida es dinámica. Nada es estático. Todo es incesante. La ciencia y la tecnología aportan y se presentan ante los millones de consumidores con nombres y apellidos -los de sus marcas-, y su uso es ambivalente, lo que significa que su uso puede ser para fines positivos o negativos.

Miro, en 2020, una sociedad egoísta y superficial, distraída más en los maquillajes artificiales que ha fabricado para su condena, que en los colores y fragancias naturales de la vida. El asunto no es la presencia de la ciencia y la tecnología, sino el uso inteligente o irracional que la gente hace de las mismas.

Por lo pronto, hace días me sumergí en la lectura del artículo sobre los aparatos telefónicos que en 1938 existían en México y en el mundo. Otros días, me repito en silencio y continúo mi ruta sonriente.

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COPARMEX, pobre COPARMEX..

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con amistad para los empresarios que respetan la dignidad humana

“Para ustedes, los periodistas, está disponible la tarima. Es el espacio que les asignaron”, expresó una de las empleadas del Centro Empresarial de Michoacán, filial de la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX), a los reporteros invitados a cubrir la disertación de otro comunicólogo que ahora pretende ser presidente de México, Pedro Ferriz de Con.

La cita, de acuerdo con la invitación enviada a los medios de comunicación, fue a las ocho de la mañana, en uno de los salones del Hotel Holliday Inn, en la zona comercial y financiera de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, donde empleados de la agrupación empresarial registraban y cobraban el ingreso de los hombres de negocios interesados en asistir al desayuno y a la conferencia.

Cuando miré, atrás, casi escondida, la tarima gris de madera, reaccioné de inmediato y manifesté a la empleada mi descontento con el argumento de que como ser humano merezco respeto y de ninguna manera me sentaría en ese lugar que marcaba una diferencia repugnante de clases sociales.

Le recordé que COPARMEX es una agrupación empresarial fundada en 1929, con doctrinas como la defensa de la dignidad humana y los valores trascendentales, de modo que al tratarnos con discriminación, con un sello de diferencia que suele caracterizar a los seres humanos adocenados que apenas tienen cierta posición económica actúan como amos despiadados de quienes les rodean, demostraban incongruencia.

Auxiliada por algunas compañeras y un joven de gafas, atrapado en un traje oscuro, la asistente anunció que ordenaría a los empleados de la empresa hotelera la colocación de sillas sobre la tarima, ofrecimiento al que evidentemente me opuse por tratarse de un espacio que podrían utilizar camarógrafos y fotógrafos para colocar los tripiés de sus cámaras, y porque me pareció falta de respeto servirse de nosotros para la promoción de sus actividades y tratarnos como personas de quinta categoría, claro, muy ad hoc a las costumbres mexicanas de simulación que en una mano presentan un ramo de flores y en otra un látigo.

Ante la sorpresa de mis colegas, advertí al personal operativo de COPARMEX que lo que menos me interesaba era desayunar. De ninguna manera iba a sentarme en el escenario del desprecio y la mediocridad, ni sería un mal necesario ni objeto de compasión por parte de quienes nos invitaban y demostraban su falta de educación al no ofrecernos un espacio digno.

En consecuencia, anticipé que en todo caso permanecería cerca del acceso del recinto porque mi vocación nunca ha sido causar lástima ni ser denigrado porque parto del principio de que todos los seres humanos, independientemente de su condición económica y racial, merecen respeto.

El joven de las gafas de aumento se aproximó a una mesa próxima al acceso, donde dos mujeres le aconsejaron ignorar mis peticiones porque nosotros, los periodistas, somos insoportables, o sea que se sirven de los medios de comunicación para satisfacer sus intereses y ansiedades ególatras, y al mismo tiempo los escupen. Vaya porquería.

Tan falsas como su tinte y su maquillaje, ambas mujeres demostraron lo que valen en realidad, nada. Su filiación a COPARMEX excluye los principios sobre el respeto a la dignidad humana y la práctica de los valores trascendentales.

Esa es, parece, la clase de empresarios mediocres e improvisados que tienen Michoacán y México. Obviamente, son los que hablan de empresas con responsabilidad social y condenan, como el adúltero que se espanta de la suripanta, la corrupción de funcionarios públicos y políticos que han saqueado al país.

Tras mi malestar, finalmente influí para que nos proporcionaran una mesa, admito que con el servicio completo del banquete, no tan delicioso como el que suelo preparar con alguien cada fin de semana. Por cierto, espero no me envíen la factura de la mesa.

Confieso que mi intención no fue tramitar un desayuno con fruta, jugo, café, bizcochos y un pan con pollo en salsa verde, parecida al pipián. No, no fue eso. Tampoco busqué una silla para estirar las piernas y convertirme en espectador dedicado a aplaudir a un señor comunicólogo arrogante. Fue cuestión de defender un principio fundamental: la dignidad humana.

Igual que todos los seres humanos, ricos y pobres, inteligentes y tontos, bellos y feos, merezco respeto. Como escritor y periodista, también exijo que el trato hacia mí sea digno. Tales empresarios, con todo el dinero que aparentan poseer en este país de simulaciones, jamás podrán comprar talento ni calidad humana.

Fue, igualmente, por defender la dignidad humana, el respeto y los derechos humanos del ser humano, de los reporteros que un día y otro de mañana se sumarán a las tareas periodísticas. Se trata, en parte, de hacer talacha para que las futuras generaciones no enfrenten el desprecio y el trato despótico de personas a las que si se les desnudara, es decir si se les quitaran dinero y títulos académicos, enseñarían lo que en realidad son, seres carentes de calidad humana, criaturas vacías.

De la experiencia anterior, protagonizada el martes 6 de diciembre de 2016 -a veces ayuda memorizar las fechas-, obtengo dos conclusiones tristes que lamentablemente me confirman los niveles tan ínfimos que envuelven a amplio porcentaje de seres humanos.

En primer término, los principios relacionados con dignidad humana, respeto, derechos fundamentales y valores trascendentales, promovidos por los ideólogos de COPARMEX, son, en casos como el expuesto y materializado específicamente en las dos mujeres citadas, tan parecidos a las expresiones melosas “te quiero” y “te amo” de quienes se creen enamorados, y se comportan ausentes a la hora de las pruebas y los hechos. “Te quiero” en la medida que no me involucras en tus necesidades y problemas. Te amo, pero siempre que disfrutemos las horas de placer, no tus lágrimas y sufrimiento”.

Afortunadamente no todos los empresarios de COPARMEX Michoacán actúan igual. Ignoran que durante muchos años cubrí la fuente económica en diversos medios de comunicación y que conozco sus historias con todos sus claroscuros. Habría que relatar, verbigracia, las barbaridades que uno de sus dirigentes cometió recientemente.

Por otra parte, me entristece y preocupa el hecho de que muchos de ellos, mis colegas, se resignen a que nos traten con tanto desprecio, como si fuéramos un mal necesario del que los hombres del poder se sirven para satisfacer su egolatría, caprichos e intereses. Algunos son amigos míos y otros únicamente compañeros y colegas; pero lamentablemente no existe iniciativa por parte del gremio para unirse, formar un frente no de ataque, sino profesional, y exigir respeto a nuestra dignidad como personas y profesionales.

Tales actitudes de conformismo y pasividad, característico en millones de mexicanos, han conducido al país a su funeral. Si todos tuviéramos el valor de actuar y reclamar lo justo, sin duda sumaríamos y multiplicaríamos a favor de la nación en vez de restar y dividir en perjuicio de todos.

Ahora recuerdo que hace poco más de dos años, en una asamblea de COPARMEX Michoacán que se celebró en los jardines y el área de banquetes y reuniones de Altozano, en la ciudad de Morelia, citaron a los periodistas a determinada hora y los mantuvieron en un pabellón, mientras los otros, empresarios  y funcionarios, eran conducidos a mesas donde les servirían platillos aparentemente deliciosos. Era, curiosamente, la hora de la comida.

Corresponsales, reporteros locales, camarógrafos y fotógrafos permanecieron más de una hora en el pabellón. Recuerdo que cuando llegué, enfrenté a quien entonces dirigía a la agrupación. Le reclamé el acto de desprecio a mis colegas y resalté que solamente los utilizaban, que no era humanitario mantenerlos en un pabellón con alta temperatura, aislado del área de mesas, sin ofrecerles agua o algunas bebidas.

Tramité una entrevista con el líder nacional de COPARMEX. El personal operativo y algunos empresarios michoacanos se opusieron a mi petición, pero insistí y finalmente logré que dicho personaje concediera unos minutos a la prensa, con la condición de que si escuchábamos el helicóptero en el que llegaría el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, suspenderíamos la sesión de preguntas y respuestas. Obtuvimos la entrevista y como es de imaginar, permanecimos de pie durante el acto mientras veíamos comer a los invitados.

He de admitir que dentro de COPARMEX Michoacán tengo amigos y conozco gente muy valiosa que da ejemplo de lo que es ser empresario. Son excepcionales y merecen todo mi reconocimiento; sin embargo, ha presentado descalabros y retrocedido, hasta tener similitud con agrupaciones y cámaras oficialistas que aplauden a los mandatarios, gobernadores, funcionarios públicos y políticos en turno, cuando debería de reconocer el trabajo oficial que se realiza bien, criticar lo negativo y proponer respuestas y soluciones a los problemas, conflictos y planteamientos de la hora contemporánea.

Dentro de Coparmex Michocán hay integrantes muy valiosos, con experiencia y trayectoria reconocida en diversas disciplinas, quienes deberían asumir el liderazgo o, al menos, aportar a quienes han permitido que se tambalee la agrupación patronal. Tengo la fortuna de haber cubierto perdiodísticamente desde su fundación, con su primer presidente, y sé, por lo mismo, que tiene gente muy valiosa.

Por ese tiempo, la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automóviles (AMDA) celebró una asamblea con empresarios de ese ramo en el estado de Michoacán. Asistieron el presidente nacional de la agrupación, el gerente general de la misma y otros directivos. La comida fue en el club Campestre de Altozano, también en la ciudad de Morelia.

Citaron a los periodistas con más de una hora de anticipación. Traté de que el líder nacional de AMDA concediera una conferencia de prensa, pues el gobernador michoacano llegaría con retraso. Insistí a varios de los empresarios que conozco hasta que finalmente hice la petición al gerente general de la agrupación, quien negó mi solicitud y manifestó “para eso los trajimos, para que cubran el saludo del señor gobernador y nuestro presidente nacional”. “¿Nos trajeron?”, reclamé molesto y advertí: “al menos a mí nadie me trajo. Vine por mi cuenta a cumplir una tarea profesional. Para su conocimiento, ni a mí ni a mis compañeros nos interesa el saludo del gobernador y el presidente nacional de AMDA porque eso carece de interés noticioso, es superficial; en cambio, lo que deseamos es obtener información, números, el crecimiento del sector, las inversiones, la generación de empleos, los planes de expansión. Si desean fotos y textos con flashes, saludos, poses y sonrisas, paguen publicidad en los medios de comunicación”.

Las mesas estaban dispuestas conforme a las normas más rigurosas de etiqueta, con la distribución de vajillas, copas y cubiertos que muy pocos entienden, como si hasta para comer, piensan, se requirieran ecuaciones. Igual que en COPARMEX, AMDA tampoco había dispuesto espacios para los representantes de los medios de comunicación. Unos y otros se sirven de los reporteros, pero los consideran basura. Se necesita tener dignidad y valor para defender el respeto y así poder mirar de frente a los demás, a los que uno ama, a los que se aconseja, a la gente que lee lo que transmitimos.

Con sus excepciones respetables, esos empresarios resultan de estatura muy corta ante personajes extraordinarios e inolvidables como doña Loraine Greves, la viuda de don Oliver Grace. Con más de 90 años de edad, esa mujer maravillosa, billonaria en dólares, quien pasó por la transición en 2015, en Estados Unidos de Norteamérica, fue tan humana y sencilla, de espíritu verdaderamente humilde, que jamás hubiera maltratado a una persona. Hubiera condenado las actitudes y los comentarios de las dos mujeres de COPARMEX Michoacán y de otros de sus integrantes.

Integrante de una familia que ocupa más de la mitad del Empire State, en Nueva York, con una multiplicidad de negocios internacionales que cotizan en los mercados accionarios del mundo, doña Loraine fue una mujer que cada día de su existencia cultivó detalles.

Billonaria en dólares, con acceso a la Casa Blanca y a los ámbitos económicos, sociales y políticos más exclusivos del mundo, ella, doña Loraine Greves, la señora Grace, solía ordenar a su chofer que frenara cuando miraba, desde su lujoso vehículo, alguna persona empobrecida en la calle. Nunca volteó al otro extremo cuando se topó con la miseria; al contrario, siempre dio anónimamente, y aun después de su muerte, surgen historias de personas que la recuerdan por lo que hizo a su favor cuando se sintieron más desgraciadas.

Doña Loraine pintaba. También era artista y de su interior surgía una gran sensibilidad. La mansión y el departamento que habitaba no se comparan con las “residencias” de estos ricos mexicanos que con menos recursos económicos, desprecian a quienes consideran inferiores por su aspecto o por su condición de trabajadores.

¿Qué hubiera expresado doña Loraine al escuchar a las dos mujeres de COPARMEX Michoacán o ante el desprecio, hipocresía, petulancia de aspirantes a multimillonarios? Entre los seres humanos acaudalados hay diferencias y niveles, y no solamente por las fortunas billonarias que acumulan, como fue el caso de doña Loraine, sino por la riqueza que surge de su interior y derraman hacia el mundo. Qué pena, en verdad, con estos empresarios mediocres que se sienten divinidades y ejes del universo.

Pedrito, el mentiroso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Pedrito, el pastorcillo, disfrutaba mucho cuando engañaba a los aldeanos con la supuesta presencia de un lobo que pretendía devorar su rebaño. Cómo reía cuando los hombres acudían a su auxilio y lo descubrían burlón. Volvía a gritar y los vecinos del pueblo, convencidos de que verdaderamente se encontraba la fiera ante el muchacho, regresaban en su búsqueda para salvarlo y nuevamente lo descubrían mofándose de ellos.

Tras repetir sus mentiras, a la siguiente mañana apareció el lobo ante Pedro, quien gritó despavorido sin lograr la ayuda de los aldeanos, que coincidieron en que se trataba de una nueva mentira. El animal devoró varias de las ovejas y hurtó otras para la cena, según el relato infantil. El pastor aprendió que la mentira trae, al final, consecuencias negativas.

Cuando los niños escuchan la narración, aprenden que las mentiras son negativas y que igual que aconteció con Pedro y su rebaño, pueden representar problemas muy serios en la vida; sin embargo, en México parece que a algunas personas, cuando eran menores, sus padres les leyeron “El príncipe”, de Nicolás Maquiavelo, “El arte de la guerra”, de Sun Tzu, las lecciones del poder y otras obras que enseñan a ejercer control y dominio sobre los demás sin importar los medios.

Lamentablemente, esos niños crecen con la ambición de conquistar el poder para manipular a la sociedad y enriquecerse a niveles escandalosos, sin que les importe que millones de familias carezcan de alimentos y medios para subsistir o enfrentar enfermedades.

El síndrome de Pedrito es común en muchos funcionarios públicos y políticos mexicanos, quienes mienten a la sociedad con cinismo y descaro, como ya es costumbre, verbigracia, con la promesa de no incrementar las tarifas eléctricas y los precios del gas, diesel y gasolina, y al poco tiempo realizar ajustes que definitivamente lesionan la economía nacional.

La corrupción, el desinterés y la incapacidad de autoridades y políticos han provocado desorden en las variables económicas que tanto lastiman y denigran a los más de 120 millones de mexicanos que coexisten en un país resquebrajado por innumerables problemas.

En medio de inseguridad, burocracia, corrupción, impunidad, rezagos, miseria, injusticias e ilegalidad, las autoridades siguen con su táctica de mentir a los mexicanos. Sólo hay que lanzar el anzuelo al océano gubernamental para extraer algunas piezas que bien pueden examinarse, como es el caso de la llamada reforma energética, de la cual, al defenderla el mandatario nacional y sus colaboradores, prometieron que beneficiaría a los mexicanos, que las acciones redundarían en ahorros significativos, que incrementarían la productividad, que habría ahorro significativo, versus la dolorosa realidad que periódicamente entrega a la población un paquete con el aumento doloroso y perverso en los precios de los combustibles y el gas o en las tarifas eléctricas.

¿Por qué mentir a los mexicanos y prometer desarrollo, cuando las políticas gubernamentales tienden a destruir a las empresas generadoras de empleos y riqueza, a las familias y al país? ¿Cuál es el afán de declarar a favor de la población y en los hechos actuar en su contra?

Resulta que poco antes del cambio de horario -esquema, por cierto, que definitivamente no contribuye al ahorro de energía-, y  después de sus celebraciones tradicionales de noche de muertos, los mexicanos regresan al mundo de los vivos, al país de los que padecen las consecuencias de la sumisión ante un gobierno ambicioso, autoritario e insensible, y en lo sucesivo, aunque les hayan prometido lo contrario, tendrán que ser más austeros porque la Comisión Federal de Electricidad aumentó sus tarifas, medida que afectará a hogares con niveles de alto consumo y comercios e industrias, es decir a quienes invierten sus capitales, generan empleos y contribuyen, a traves de sus impuestos, al engrandecimiento de la nación, y claro, también a acrecentar las fortunas de aquellos que pellizcan recursos al presupuesto público.

De acuerdo con el comunicado de la Comisión Federal de Electricidad, con relación a octubre pasado, este mes de noviembre las tarifas para el sector industrial presentarán aumentos del 5.6 al 7.2 por ciento.

En el caso del sector comercial, las tarifas registran aumentos del 3.3 al 5 por ciento de octubre pasado al actual mes de noviembre. En tanto, la tarifa de uso doméstico de alto consumo, presenta un ajuste al alza de 3.3 por ciento, también de octubre a noviembre de 2016.

Si se relacionan los incrementos de noviembre de 2016 con las que se encontraban vigentes en el mismo mes de 2015, se notará que se trata de porcentajes del 25 al 30 por ciento para el sector industrial, del 17 al 23 por ciento en el caso de los comercios y del 17 por ciento para el uso doméstico de alto consumo.

La Comisión Federal de Electricidad justificó los incrementos al argumentar que los insumos que utiliza en la generación de energía han presentado aumentos sustanciales en sus precios, ante lo cual habría que preguntar cuáles son los beneficios que la clase política mexicana ofreció a la sociedad.

Con bastante orgullo y presunción, la paraestatal asegura que no se registrarán cambios en las tarifas domésticas de bajo consumo, pues “cerca del 99 por ciento de los hogares en México se encuentran” en ese rango, lo que equivale a 35.5 millones de clientes.

En realidad, si alguien se atreve a afirmar que millones de hogares mexicanos estarán exentos de tan lastimoso aumento, hablará con ambigüedad y cierta perversidad porque si bien es cierto que no se encuentran incluidos en las nuevas tarifas, es innegable que tendrán que pagar mayor cantidad de dinero al comprar alimentos y toda clase de mercancía debudi a que industriales y comerciantes aumentarán los precios de sus productos si no desean perder utilidades y quebrar.

Pedrito volvió a mentir a un pueblo distraído, totalmente enajenado con el teatro que les ofrecen la televisión y las redes sociales, sólo que el peligro que se proyecta sobre la nación mexicana será peor que las travesuras del pastorcillo o la devastación que provocó el lobo que devoró las ovejas.

¿Sillas o atención eficiente en Banamex?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La generación de nuestros padres no accedió en sus años juveniles, como nosotros, a la comodidad de la tecnología y las ventajas del internet; pero indiscutiblemente tuvo otras experiencias que hoy, por la vorágine en las actividades, la cotidianeidad, la descomposición social y la pérdida de valores, desconocen muchos de quienes nacieron en el lapso de los últimos 30 años.

En una sociedad en la que la superficialidad predomina sobre los valores y es más admirado quien conquista mayor riqueza material, se entrega a más placeres, presume  su estulticia y frecuenta más bares que museos y bibliotecas, la prueba de la coexistencia humana parece muy complicada.

Casi en todos los ámbitos se percibe una deshumanización acentuada y preocupante. En las instituciones bancarias, verbigracia, donde la atención y la experiencia fueron sustituidas por rostros de maniquíes -al menos así actúan o se sienten no pocos de los funcionarios, cajeros y empleados- y por la ausencia de conocimiento y desinterés en servir, evidentemente con directrices movidas por la ambición de enriquecimiento desmedido que caracteriza a la generación de la hora contemporánea, resulta difícil que gran cantidad de clientes sientan confianza en el manejo de sus cuentas, de modo que no solamente deben cuidarse de los otros, de los bandidos callejeros y cibernéticos, sino del peor enemigo, el interno, el que labora en las instituciones. Hay que aclarar que no todo el personal bancario es malo. Afortunadamente todavía existen personas capacitadas, honestas y con espíritu de servicio.

Durante la infancia, muchos acompañábamos a nuestros padres a las sucursales bancarias y éramos testigos del buen trato y de la eficiencia de los empleados bancarios, quienes prácticamente se desarrollaban toda su vida profesional  y laboral en el ambiente financiero. Eran personas que valoraban a los clientes.

Recientemente, tuve oportunidad de acudir a una de las sucursales del Banco Nacional de México (Banamex), en los límites del centro histórico de Morelia, la capital del estado mexicano de Michoacán, donde fui testigo de la arrogancia y despotismo por parte del gerente.

Acompañé a una persona a presentar una queja porque días antes había recibido la descortesía del funcionario, cuya primera reacción, al verme, fue reclamar mi presencia. Sin conocer el parentesco o relación con su cliente, sus palabras fueron en el sentido de que no se trataba de mi asunto y, por lo mismo, no debía estar allí, frente a él.

Mi acompañante insistió y demostró que la institución dispuso parcialmente de sus recursos, sin autorización de su parte para hacerlo, de modo que al menos requería un comprobante para sentir tranquilidad de que su dinero estaba seguro, argumento que fue negado por el responsable de la sucursal, quien además aseguró que una investigación sobre posibles fallas humanas o técnicas, requeriría bastante tiempo. Le negó el documento comprobatorio de su inversión.

Enfadado y grosero, alegó hasta por situaciones absurdas e incongruentes, como si la ocasión anterior había dicho o no tal palabra o indicación, e incluso justificó que si los celulares fallan, con mayor razón los sistemas de una institución bancaria.

Sin incorporarse de su asiento o tomar el teléfono para actuar y resolver un problema que para cualquier gerente bancario resultaría sencillo y cotidiano, el hombre acusó a su cliente de mentir y ofenderlo.

Incluso, manifestó a su cliente que si la institución ya no le inspiraba seguridad, se encontraba en total libertad de retirar su dinero y trasladarlo a otra firma bancaria, y expresó, igualmente, que también podría presentar su queja, si así lo deseaba, ante Derechos Humanos, la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef) o algún medio de comunicación. Utilizó el estilo de los arrabales en México: “hágale como quiera”.

Finalmente, hizo una promesa de escritorio -las palabras, dicen en México, se las lleva el viento- en el sentido de que atraería el caso para darle seguimiento, de manera que remitió a su cliente al área de atención, donde el empleado mostró mayor disposición y educación que su jefe. El gerente permaneció sentado en su lugar, por no llamarle trono, observando a su cliente, hasta que se retiró de la sucursal quizá con el argumento, si se le hubiera interrogado, de que tendría que asistir a una reunión corporativa o visitar una empresa con inversiones muy importantes.

Llama la atención que si Banamex destina anualmente recursos millonarios para promover sus servicios ante la sociedad mexicana, cuente con gerentes desleales, incapaces de mantener a sus clientes en un mercado cada día más competido, quienes actúan igual que en los puestos callejeros: “si no le gusta el precio, vaya a otro lugar a comprar la verdura”.

En fin, las actitudes en la vida provocan reacciones positivas o negativas. Tal vez si el funcionario hubiera dado una explicación atenta y mostrado interés en su cliente, sin necesidad de agredir ni soslayarme sin conocer mi relación con la persona que acompañé, no habría redactado el presente artículo. Casi me corrió de la institución. Lógicamente, si un cliente llega con compañía, es porque existe una relación de cualquier tipo y el funcionario debe respetar. Es un banco, no se trata de los separos de la Procuraduría de Justicia.

Curiosamente, desde los 15 años de edad tuve contacto con funcionarios y empleados de instituciones bancarias porque trabajaba y estudiaba, de modo que las actitudes de arrogancia, desatención, deslealtad a la institución, grosería e incapacidad del gerente citado, me parecen las de un muchacho berrinchudo y majadero en un salón de clases. Como periodista, grabé sus palabras; pero siempre me he comportado con educación, madurez y respeto, de modo que omitiré su nombre en esta ocasión con el propósito de invitarlo a la reflexión y que la institución bancaria, en tanto, recapacite y la selección de su personal sea por medio de la capacidad y las cualidades de servicio de los aspirantes, claro, si es que sus dueños desean que Banamex siga como una de las instituciones líderes  dentro del sistema bancario mexicano.

Grupo Financiero Banamex no es la institución fundada el 2 de junio de 1884, ni tampoco la de los timbres y las cartillas escolares para fomentar el ahorro entre la niñez. Es otra época. Son los días de la deshumanización, la voracidad extrema y la simulación. De nada sirve que sea la firma bancaria de las sillas en sus sucursales, si esa aparente  comodidad se paga, como en el caso de la sucursal citada, con el desdén de funcionarios incapaces de conservar a los clientes, evidentemente con el detrimento económico en contra de la empresa a la que pertenecen.