La visita a un amigo de mi abuelo y sus recuerdos del 2 de octubre de 1968

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue una amistad que perduró y rompió fronteras impuestas por el tiempo, la ausencia y el espacio. Comprobé que para algunas personas, la amistad es algo más que un encuentro fortuito o un saludo casual; se trata, parece, de una historia de capítulos mutuos, instantes y años compartidos, convivencia irrepetible.

Aquella tarde, a mis 23 años de edad, llegué hasta su consultorio, instalado lujosamente en un edificio de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Proporcioné mi nombre a la recepcionista, quien anunció al médico militar, al doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, que yo, el nieto de su antiguo amigo Gonzalo Rojon, me encontraba en la sala de espera.

Con la alegría y emoción de identificar y recordar, en la profundidad de mi mirada, a su antiguo amigo, al compañero de sus correrías juveniles y sus proyectos en la etapa de madurez -a mi abuelo-, salió el hombre de su consultorio, quien por cierto nació el 14 de febrero de 1906. Me saludó amablemente, pasó su brazo sobre mi hombro y me invitó a platicar en su gabinete.

Me encontraba frente al amigo de mi abuelo. Por fin, tenía oportunidad de conocerlo, dialogar con él y comprobar, una vez más, que los personajes y las historias que relataba mi madre desde mi niñez, eran verídicas.

Contento y sonriente, me dedicó parte de aquella tarde, y narró anécdotas relacionadas con mi abuelo materno, sobre todo cuando le platiqué que algún día escribiría un libro referente a familias de antaño, incluida la mía. Desde la infancia he recolectado esa clase de historias y quizá, algún día, las escribiré y publicaré.

El hombre conversó con amenidad. Recordó historias que parecían extraviadas en los días de antaño, náufragas de otros momentos, y me lo agradeció al admitir que mi presencia le había alegrado la tarde, con el encanto de retornar a épocas pasadas de su existencia.

Abelardo Zertuche Rodríguez era un médico célebre. En su historial como profesionista, contaba entre sus pacientes a Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, mejor conocido en México y en el mundo, a través de sus películas, como Mario Moreno “Cantinflas”. Él le operó los ojos. El mimo fue su paciente durante muchos años.

También dialogó acerca de la Revolución Mexicana que inició el 20 de noviembre de 1910, cuando él apenas tenía cuatro años de edad, y todo lo que vivió, en su niñez, adolescencia y juventud, en un México convulsivo que buscaba encontrarse a sí mismo, a pesar de sus contrastes y de los encuentros y desencuentros de sus protagonistas.

Me marchaba del consultorio, agradecido y feliz, cuando detuvo mi marcha. Calló unos instantes, me miró reflexivo y advirtió que deseaba compartirme un tema que le parecía importante. Argumentó que al escucharme tan entusiasmado en mi proyecto de escribir libros -le entregué el que publiqué a los 20 años de edad. Oh, pecado de juventud-, pensó que tal vez me resultaría útil un dato ajeno a nuestra conversación, el cual, al paso de los años, indudablemente podría comentar públicamente.

Lo escuché. Habló pausadamente y con firmeza, y dijo que él había operado, años atrás, en 1968, al entonces presidente de la República Mexicana, Gustavo Díaz Ordaz, el cual, al registrarse la matanza de estudiantes en Tlatelolco, Ciudad de México, el 2 de octubre, permanecía en cama y en reposo, convaleciente de una operación que le practicó en los ojos, fecha en que su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, quien se convertiría en el siguiente mandatario nacional para mal del país, ordenó la embestida brutal contra los jóvenes que se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas.

Antes de concluir, se preguntó que quién más iba a saber las condiciones en que se encontraba el presidente Gustavo Díaz Ordaz, si él fue su médico y lo había operado en aquel período. El abuso de poder y la matanza, agregó, no fue ordenada por él, sino por el otro, quien abusó y se excedió con el pretexto de que las Olimpiadas, que se inaugurarían en el país el 12 de octubre de 1968, requerían, para su desarrollo, proyectar una imagen ordenada y pacífica de México. Gustavo Díaz Ordaz se responsabilizó a sí mismo de los acontecimientos, pero la mayoría ignora que el hombre se encontraba en proceso de recuperación tras la cirugía, completó el médico.

Añadió el galeno que tan enloquecido por el poder estaba Luis Echeverría Álvarez que, el jueves de Corpus Christi -10 de junio de 1971., ordenó otra embestida criminal contra estudiantes. Alguien tan cobarde, que no asume su responsabilidad públicamente y permite que un mandatario nacional se cumple totalmente de hechos tan reprobables, cuando en realidad estaba en cama, y posteriormente, ya con el poder absoluto en las manos, repite los asesinatos, ya como presidente de México, no merece credibilidad y sí, en cambio, el peso de las leyes y la condena histórica, recalcó.

El doctor Abelardo Zertuche Rodríguez confió en mí. Me dejó la encomienda de un día, cualquiera de mi vida, transmitir lo que él sabía acerca de la matanza de Tlatelolco, fecha que desde entonces, hasta el minuto presente, es motivo de marchas estudiantiles, cada 2 de octubre, en la Ciudad de México y en las principales urbes del territorio nacional.

Aclaro que, en lo personal, no simpatizo con la clase política mexicana que ha abusado del poder para beneficiarse en lo individual y favorecer a los grupos a los que pertenecen, siempre en perjuicio de la nación y de sus habitantes; sin embargo, hoy he escrito la información que me proporcionó el doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, quien tenía un escenario más amplio sobre las condiciones de salud en que se encontraba al mandatario nacional, Gustavo Díaz Ordaz, en octubre de 1968.

Hoy, varios años después, cumplo la petición del amigo de mi abuelo materno, quien una tarde de mi juventud me regaló algunas horas de plática amena y me relató historias que contribuyeron a enriquecer mi anecdotario familiar.

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Recuerdos: Diario de la Tarde. Advenimiento del 1910

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La historia humana permanece disuelta entre la memoria y la amnesia, inscrita algunas veces en trozos de papel, ruinas y vestigios, y otras ocasiones, en cambio, perdida o escondida, extraviada en refugios que uno busca aquí y allá, y explora, cuando los descubre, un día y otro, sin tregua ni importar la hora.

Hay instantes en los que asoman fragmentos del ayer, pertenecientes a otra gente que tuvo nombres y apellidos, cuya ausencia apenas se advierte dentro de la trama de la vida y la dinámica del minuto presente que arrasa imágenes y recuerdos distantes, atorados en orillas rotas e irreconocibles o atadas en su naufragio irremediable.

Ahora, al revisar una de las páginas amarillentas y quebradizas del Diario de la Tarde, impresa en la aurora de 1910, en Morelia, capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México, encontré una nota que reseña una celebración de fin e inicio de año, como otras que se registraron en el mundo por el mismo motivo. El título de la publicación es Advenimiento del 1910.

El texto periodístico empieza casi poéticamente, con una reflexión con sabor a verdad y amargura: “un día, igual a otro, lo mismo que los meses, que los años, pero la humanidad no piensa que la aparición de un nuevo año significa el anuncio de que hemos descendido un escalón en la fatal escala que conduce al sepulcro, se regocija y alboroza, y con alegre entusiasmo saluda a la aurora del primero de enero”.

Lejos estaba de imaginar aquella sociedad aristócrata que moraba en palacios con columnas, muros y pasillos de cantera, y salones lujosos, con fachadas, portones de madera y balcones con herrajes, que meses más tarde, casi al finalizar el año que festejaban, el 20 de noviembre de 1910, iniciaría el movimiento revolucionario en México, con sus luces y sombras, más allá del significado que le han dado, a través de las décadas, políticos, intelectuales y académicos con ciertos rasgos e intereses comunes.

La narración periodística refería que “Morelia no faltó a la mundial costumbre, y muchas fueron las casas en que se celebraron agradables reuniones para esperar el instante -las doce de la noche. en que se habían de cambiar cariñosas felicitaciones, para seguir después en regocijada animación, hasta que en el oriente apareció el primer destello de luz solar”.

Y cita los templos virreinales, construidos, en amplio número, durante las horas y los días del siglo XVIII, incluso con antecedentes, algunos, de las centurias decimosexta y decimoséptima, que “desde las primeras horas de la noche se vieron llenos de fieles que iban a dar gracias por las mercedes recibidas en el año que expiraba, y en jardines, plazas y calles se notaba gran animación, contribuyendo a ello el H. Ayuntamiento que dispuso magnífica iluminación, serenatas y fuegos artificiales”.

Así, el autor anónimo recuerda que “en el Salón Morelos, después del picante Granito de Sal, la empresa Alva y Cía. dispuso la exhibición de vistas cinematográficas novedosas y de actualidad, y en esta forma se esperó el 1910 que fue saludado con dianas y aplausos”.

Hay que recordar que México se agotaba, entonces, con lo que la gente consideraba una dictadura que inició, en 1877, el general Porfirio Díaz Mori, quien favoreció las inversiones extranjeras, impulsó el ferrocarril y la arquitectura afrancesada, propició el latifundismo y descuidó, en tanto, a las clases menesterosas que trabajaban, en condiciones de esclavitud disfrazada, en haciendas, minas y cultivos de caña de azúcar y henequén, entre otros. México estaba fracturado. Ya venía enfermo e incompleto del siglo XIX. En 1910, los pedazos del país eran contrastantes y ya olía a descomposición social, a descontento, a rebelión.

No obstante, de acuerdo con la reseña publicada en el ejemplar de Diario de la Tarde, que en esa época costaba dos centavos, “entre las fiestas más notables, está seguramente el concierto y baile organizado por la familia López, y que tuvo verificativo en su casa, número 47 de la calle del Águila, habiéndose desempeñado con grande acierto todos los números” del programa, “ante el distinguido concurso de las familias invitadas a la fiesta”.

Concluye la reseña y da a conocer, en dos partes, el programa cultural de la mencionada reunión, entre las que destacaron el Vals N° 1 de Durand, que tocó el señor Francisco Plata; Secreto, melodía de Tosti, que cantó el señor Francisco Alonzo. También aparecen en la lista, Canzone d´Azucena, de Verdi, que cantó la señorita López, junto con La Partida, de L.G. Urbina, Tosca y Pregiere, ambas de Puccini. Las cantaron el señor Adalberto López y la señorita Josefina López, respectivamente.

No faltaron, dentro del programa, Rapsodia Húgara N° 5, de Franz Liszt, interpretada por Francisco Plata, y Sprito Gentil. Favorita y Fantasía, de Donizetti, entre otras piezas clásicas.

Simplemente, el artículo Advenimiento del 1910, publicado en el Diario de la Tarde, en enero de ese año, es el relato de una fiesta privada, como tantas que se celebraron en Morelia, en la República Mexicana y en el mundo, con alegrías y tristezas, con esperanza e ilusión, con el sí y el no de la vida. Cada generación protagoniza su historia y enfrenta los desafíos de su propio destino.

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Fotografía: Cortesía de La Página Noticias/ Víctor Armando López Landeros

Recuerdos: Fraccionador de Morelia en 1908

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Discurrían los minutos de 1908, entre una hora y otra, que formaban días, semanas y meses que aspiraban, sigilosamente, convertirse en años. La vida cotidiana transcurría como en todas las ciudades mexicanas, bajo el régimen del general Porfirio Díaz Mori, quien ostentó el poder en México de 1876 a 1911, con enormes contrastes entre las clases sociales, en el injusto mosaico de familias acaudaladas y multitudes empobrecidas o desposeídas.

Morelia*, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, apenas tenía 37.278 habitantes en 1900 y 40.042 en 1910, de acuerdo con el documento Estadísticas Sociales del Porfiriato 1877-1910, editado en libro por la Dirección General de Estadística de la Secretaría de Economía, cifras que dan idea de una población no muy numerosa, para nuestra época, que se componía, principalmente, de familias ricas -comerciantes, hacendados, prestamistas, mineros, inversionistas y dueños de las escasas e insípidas industrias, unos mexicanos y otros extranjeros-, trabajadores y personas dedicadas a oficios y tareas de servidumbre en las fincas lujosas, entre otros.

El Diario de la Tarde era, en 1908, un periódico que circulaba en Morelia y costaba dos centavos. En sus espacios anunciaba desde acontecimientos de trascendencia local, estatal y nacional, hasta enlaces matrimoniales, defunciones y toda clase de noticias, análisis y comentarios.

Explicaba la nota que en Morelia se comentaba que ese hombre, el general, ya había ordenado el levantamiento de los planos con la idea de “distribuir convenientemente lotes que serán vendidos en buenas condiciones para que sobre ellos se construyan chalets, donde las familias morelianas puedan veranear”.

En una nota informativa que, curiosamente, no tenía la iniciativa de comprobar los rumores, el reportero anónimo comentaba que “la idea del señor Patiño no puede ser mejor, pues, en nuestro concepto, esto viene a satisfacer una necesidad, a la vez que permitirá el ensanche y embellecimiento de la ciudad, al formarse allí una colonia no como las que tenemos, sino a semejanza de las de Roma, Santa María y Guerrero, que existen en la metrópoli”, en la Ciudad de México, “y que son el centro de familias más o menos acomodadas que sienten la necesidad de vivir fuera de las ciudades, sin estar alejados de ellas, para que poder una parte, atender sus negocios fácilmente, y por otra gozar de una vida más higiénica, respirando el aire libre y bien oxigenado por la vegetación que crece en esos parajes”.

Y continúa la reseña: “en la actualidad, solo se dispone de Santa María de los Altos, pueblecillo que atrae, en distintas épocas del año, y de las inmediaciones del Bosque, que está comprobado tienen un clima saludable; pero ya es tiempo de que haya mayor ensanche en los lugares donde la vida es mejor, más cómoda e higiénica, que es la tendencia actual, lo mismo en Europa que en México, y por eso es que veremos con agrado que la idea del señor Patiño se lleve a la práctica, tanto más cuanto que beneficiando a todos, cooperará al embellecimiento de la ciudad, y él mismo se beneficiará vendiendo a buen precio las fracciones de su propiedad que hoy casi nada produce”.

En estos días, los de 2020, es interesante conocer, a través de las noticias y los documentos, el proceso de construcción y expansión de las ciudades en diferentes épocas, como es el caso específico de Morelia, en la cual, por cierto, la especulación, la corrupción e ineptitud de diferentes autoridades, el desorden heredado en la posesión histórica de tierras otrora ejidales, la necesidad de vivienda y la ambición desmedida de ciertos grupos, han roto el equilibrio entre la naturaleza y la sociedad, hasta cubrir los poros de la tierra, incluso en reservas ecológicas, humedales y zonas de riesgo, con asfalto y concreto, en una urbe donde el uso de automóviles es excesivo y asfixiante, entre una vida de apariencias, ociosidad en abundancia, superficialidades y necesidad de desplazarse ante la ineficacia del transporte público y la inseguridad que prevalece.

Obviamente, la expansión de las ciudades es inevitable; sin embargo, la corresponsabilidad de su formación armónica y equilibrada corresponde a autoridades, sociedad y fraccionadores, que los hay honestos y también motivados por la rapacidad de la ambición desmedida.

Igual que hace 192 años, México ha padecido el saqueo de gobiernos y políticos voraces que han menoscabado su riqueza, y de manera similar las diferencias entre las clases sociales cada día se acentúan más, con el engaño, la fascinación y el distractor, ahora, para la clase media que cree que es capaz de poseer todo, en un mundo disfrazado y en un intento de sepultar sus antecedentes, su historia. La historia transmite lecciones y mensajes que, generalmente, desfilan solitarios, carentes de atención y análisis.

En fin, habrá que disfrutar una taza con café y leer El Diario de la Tarde, en su edición del 16 de julio de 1908, con la idea, al menos, de recrearse con las costumbres, las noticias, los acontecimientos y la vida cotidiana de una época que huele a ayer, a historia, a otros días.

*Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México.

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Fotos: cortesía de La Página Noticias/ Víctor Armando López Landeros

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Recuerdos: Las paradas del tranvía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El 11 de agosto de 1910 -segundo jueves de aquel mes, por cierto-, el periódico El Pueblo, con circulación en la ciudad de Morelia, capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México, publicó un artículo que tituló Las paradas del tranvía, firmado con el seudónimo Ego, y que llama la atención por el estilo con que fue escrito y las costumbres de aquellas horas porfirianas.

El autor del texto, quien se definió asiduo usuario del tranvía y dueño de un pase que le facilitaba viajar por la ciudad en ese medio de transporte, relató que “salimos del Hospital. En la esquina inmediata, una señora obesa hace la señal para que el cochero pare, y en brincar los charcos y en subir el terraplén y que el conductor la ayuda a montar el coche, transcurren cinco minutos, detención que no es la única porque llegados a la esquina de El Pasajero, el coche que salió de San Pedro a su hora y que debería de cruzarse con el que yo ocupo en la Plaza de los Mártires, se dejó venir rumbo a la estación y hay que esperar a que pase para seguir la travesía, que a no ser tan flojo y tan pesado, me dieran ganas de continuar a pie…”

Uno, al leer la narración, imagina al hombre, también obeso como la mujer que abordó el tranvía en la parada El Hospital, lento y pesado en sus movimientos, quizá con el reloj de bolsillo en la mano, nervioso e intolerante, incapaz de caminar, con la prisa habitual de alguien que critica severamente la conducta humana y no aborda el transporte con mayor anticipación, sobre todo si era, como aseguraba, pasajero frecuente.

Continúa el autor del artículo con la explicación de que “pasamos, al fin, y no hemos caminado 100 metros cuando, desde la ventana, una señora ordena que se pare el tranvía; cierra la vidriera y tarda ocho o 10 minutos para salir, porque antes de hacerlo se puso el manto, se vio al espejo, se dio polvo, besó al chiquitín, le dio una receta a la vecina y a toda prisa dio sus órdenes a los criados”.

¿Imagina el lector a este hombre, iracundo por la tardanza, el descuido y la torpeza de la gente, en complicidad con la calma del operador del tranvía? Irónicamente escribió, en la misma reseña, “y yo, ¡gozando!… Seguimos la ruta que está escrito tenga más estaciones que un vía crucis, y frente al Monte de Piedad detiene al coche un viejecito que ya al subir recuerda que olvidó el paraguas en el mostrador del establecimiento, y con su paso vacilante pero ceremonioso, va en busca de la prenda, y el coche lo espera a la puerta, como si fuera de su exclusiva propiedad; a la media cuadra siguiente, otro, amigo mío por más señas, detiene nuevamente el tranvía y tarda otros tres o cuatro minutos en acabar de hablar de algún asunto urgente con una persona que lo acompaña…”

Tras paradas continuas, acumulación de minutos perdidos, nerviosismo e intolerancia, el hombre confiesa que “así seguimos, con una detención en cada calle, hasta que llego al Bosque de San Pedro, cuando en la casa en que me habían invitado a comer, ya se está tomando el café; me mortifico, doy excusas, digo que ya comí y me quedo in albis“.

El autor del artículo quedó con la amargura y la vergüenza de llegar con retraso a una invitación y el apetito que, indudablemente, aumentó en cada parada que le representaba un coraje, un gesto, una crítica, y qué decir de la tardanza del tranvía en una calle en descenso.

Se preguntó, al concluir su texto, si sería posible que los habitantes de Morelia aprendieran a abordar los vehículos con brevedad, seguramente con el malestar que le enseñó, fuera de su publicación, a tolerar las costumbres de la gente, salir más temprano de su casa para llegar puntualmente a sus citas o enfrentar su obesidad y flojera y caminar por las callejuelas. Después de todo, quien conozca los puntos de referencia que dio en agosto de 1910, tres meses antes del inicio de la Revolución Mexicana, sabrá que no se trataba de una distancia imposible de recorrer a pie.

En fin, son historias que se repiten en una época y en otra, prueba de que mientras la ciencia y la tecnología avanzan y se aplican en las actividades cotidianas, como el paso de los tranvías a otros medios de transporte más modernos, las costumbres y los hábitos, en muchos pueblos, difícilmente cambian; aunque el relato retrata, igualmente, las costumbres y la tranquilidad que prevalecía en aquella ciudad durante la aurora del siglo XX.

Gracias a ese relato, publicado en El pueblo, copia que gentilmente me compartió mi amigo Gerardo Torres Calderón, hoy recorrimos y conocimos, en el tranvía moreliano, con aroma a provincia, la vida cotidiana de otra época, la de 1910, con el agregado, en la página donde se imprimió el texto, de la venta de dos máquinas de escribir “muy baratas”, una Remington 7 y una más, Smith Premier 4, propiedad del periódico, y en la parte superior, en el extremo izquierdo, una publicidad más, correspondiente a la Lotería de la Beneficencia del Estado de Michoacán, que el 18 de agosto de 1910, sortearía 10 mil pesos, con la advertencia de que si no se vendiera el número premiado, el dinero se repartiría al público. ¿A quién? No lo menciona. Solo se da a conocer, en la publicidad enmarcada, que el precio del billete era de dos pesos y que habría, adicionalmente, 200 números de a 50 pesos cada uno para los documentos cuyas dos últimas cifras fueran idénticas a la del premio mayor.

Fueron otros días, los de antaño, en una época en la que el poder lo ostentaba, desde 1876, a través de diversas reelecciones, el general Porfirio Díaz Mori, estadista que favoreció e impulsó las inversiones extranjeras, el ferrocarril, el latifundismo, la arquitectura afrancesada, el desarrollo de México, con el descuido total de las clases sociales menos favorecidas, como las familias que trabajaban en las haciendas, en los cultivos de henequén y caña, en las minas, en condiciones esclavistas e infrahumanas. La gente, en las ciudades, seguía fiel a sus costumbres, asuntos cotidianos y tradiciones; aunque algo flotaba en el ambiente nacional, aquí y allá, tal vez como preámbulo del descontento y el estallido social que inició el domingo 20 de noviembre de 1910.

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Foto: cortesía La Plana Noticias/ Víctor Armando López Landeros

Recuerdos: Almanaque nacional 1938. Teléfonos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hace días, leí el Almanaque nacional, que en 1938 escribió Armando Vargas de la Maza, entonces miembro de la Sociedad de Geografía y Estadística, presidente de la Unión Mexicana de Autores e integrante del Sindicato Nacional de Redactores, en México, quien en la página 210 del libro citado abordó el tema relacionado con los teléfonos, texto que me pareció interesante reseñar por los datos e información que contiene el documento publicado por Editora Nacional.

Acompañado de un anuncio pequeño que informa que “el imán de su hogar es una magnífica mesa de billar Brunswick”, el artículo evoca que “la primera línea telefónica en la República Mexicana se construyó en el año de 1878, entre el Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec, residencia del Poder Ejecutivo de la Federación”, en la Ciudad de México.

Quienes conocen la Ciudad de México, que es la capital del país, imaginan, sin duda, la majestuosidad del Palacio Nacional, finca construida en la juventud del siglo XVI en el espacio donde se encontraba el Palacio de Moctezuma Xocoyotzin, emperador azteca, como segunda residencia del conquistador español Hernán Cortés.

La imponente construcción, fue vendida posteriormente, en 1562, por el hijo del conquistador que el 13 de agosto de 1521 sometió a los aztecas, Martín Cortés, a la Corona de España, la cual, por cierto, destinó el recinto para los virreyes de la Nueva España.

Conocido en el siglo XIX como Paseo de la Emperatriz y llamado por otros Paseo del Emperador, por ser el camino que transitaban Maximiliano de Habsburgo y Carlota Amalia de su residencia, en el Castillo de Chapultepec, al Palacio Nacional, el hoy Paseo de la Reforma arranca suspiros, a pesar de la depredación contra sus árboles, jardines y arquitectura afrancesada, y evoca a la pareja imperial que llegó engañada a México en 1864.

El autor del Almanaque nacional mencionaba, en 1938, que “en 1882, se organizó la Compañía Telefónica Nacional, empresa particular que inauguró su central en la Ciudad de México con 300 abonados aproximadamente y que debido a su rápido progreso, el 17 de diciembre de 1903 obtuvo la renovación de su contrato, ampliándolo para la explotación del servicio telefónico en todo el Distrito Federal”, es decir en la capital del país.

Dos años más tarde, “en 1905, la Compañía de Teléfonos Ericsson, S.A. comenzó sus instalaciones en el Distrito Federal, inaugurando su central de la Ciudad de México el día 7 de mayo de 1907”, cita la obra referida.

Y el autor va más allá al expresar que “las comunicaciones telefónicas han alcanzado, en la República Mexicana, una gran importancia. Existen a la fecha en todas las entidades de la Federación”.

Y explica, “como datos complementarios, agregaremos el número de teléfonos que existen actualmente en los principales países del mundo por cada 100 habitantes”.

Informa, en consecuencia, que “la República Mexicana tiene aproximadamente un teléfono por cada 150 habitantes. En todo el mundo hay dos teléfonos por cada 100 personas. Se calcula que actualmente se encuentran en servicio 35 millones de aparatos”, a nivel mundial.

Y proporciona otro dato interesante: “por lo que se refiere a ciudades como San Francisco, California, es la que tiene mayor número de teléfonos con relación al número de sus habitantes”. Sin citar fuente de información, el autor especificaba que esa ciudad tenía 40 teléfonos por cada 100 habitantes. La Ciudad de México, en tanto, poseía “cinco teléfonos por cada 100 habitantes”.

Posteriormente, el libro muestra las tarifas vigentes por tres minutos, dentro de la República Mexicana, y también presenta las que se cobraban, por el mismo tiempo, en diversos países del mundo.

Entre las tarifas nacionales y las mundiales, aparece, en una página, un anuncio publicitario de la Compañía Telefónica y Telegráfica Mexicana, con la fotografía de un hombre de traje que saluda de mano a una mujer que asoma y se encuentra junto a la puerta de su casa, bajo el título “Pero no tengo teléfono”.

Resulta interesante destacar que el texto publicitario relata lo siguiente: “Él: ¿has estado contenta? Ella: ¡Mucho! Él: ¿Me permites telefonearte mañana? Ella: Pero no tengo teléfono. Él: Entonces ya nos veremos uno de estos días”. Y concluye el diálogo con una posibilidad, la de coincidir alguno de los siguientes días, lo que simplemente equivaldría a un sí o un no.

Y concluye el anuncio con un segundo párrafo: “uno de estos días puede significar nunca, y es una lástima que una amistad tan encantadora termine tan pronto… Todo por la falta de teléfonos, que son tan indispensables en la vida social… Para conservar las amistades, como para otros mil usos del teléfono, Mexicana es indispensable”.

Era el año de 1938. Como almanaque, seguramente fue escrito en postrimerías de 1937. Ya se respiraba, entonces, la turbulencia mundial que poco tiempo después, el 1° de septiembre de 1939, desencadenó en la Segunda Guerra Mundial. El rostro del mundo cambió.

En contraste con la información proporcionada por Armando Vargas de la Maza en su Almanaque nacional de 1938, en cuanto a que en esa época había un teléfono por cada 150 habitantes de la República Mexicana, pienso en las 120 millones 700 mil líneas móviles que se reportaron en funciones dentro del territorio nacional durante el primer trimestre de 2019, según información de la consultora Competitive Intelligence Unit que publicó El Economista, junto con 20 millones 69 mil 260 números fijos que al concluir difundió El Financiero. Basado en información oficial, Expansión informó, en su momento, que ya en 2020 México tenía 124 millones 738 mil habitantes.

Hoy, al voltear a un lado y a otro, aquí y allá, a toda hora, distingo hombres y mujeres de todas las edades y distintas clases sociales, inmersas en los aparatos móviles. Los equipos celulares se han convertido en los acompañantes de bolsillo de millones de mexicanos, desde niños, adolescentes y jóvenes hasta personas de edad madura y ancianos.

Pienso en lo mucho que las sociedades hemos cambiado las necesidades y costumbres. La vida es dinámica. Nada es estático. Todo es incesante. La ciencia y la tecnología aportan y se presentan ante los millones de consumidores con nombres y apellidos -los de sus marcas-, y su uso es ambivalente, lo que significa que su uso puede ser para fines positivos o negativos.

Miro, en 2020, una sociedad egoísta y superficial, distraída más en los maquillajes artificiales que ha fabricado para su condena, que en los colores y fragancias naturales de la vida. El asunto no es la presencia de la ciencia y la tecnología, sino el uso inteligente o irracional que la gente hace de las mismas.

Por lo pronto, hace días me sumergí en la lectura del artículo sobre los aparatos telefónicos que en 1938 existían en México y en el mundo. Otros días, me repito en silencio y continúo mi ruta sonriente.

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Historias de la Cámara de Comercio de Morelia: El inicio. Una historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La tumba está vacía, pero cargada de recuerdos que callan y ocultan la soledad, el tiempo y los rumores del silencio. Huele a otros días, a historia, a estaciones pasajeras, a humedad. Exhala el aroma y el eco de otra gente; esconde nombres de personajes que naufragan entre las escarpas de la memoria y los abismos del olvido, y se presienten, escuchan y perciben en algún instante del tiempo, en los rincones de la ciudad, en las callejuelas, en las plazas públicas, en los paredones de las casonas derruidas. Todo, casi, se encuentra en el olvido. Nada es permanente.

El monumento funerario permanece desolado, apenas circundado por una reja con herrumbre, entre eucaliptos ancianos y corpulentos que balancean sus ramas y se deshojan un día y otro, igual que las horas y los años de la existencia. Se erige entre sepulcros cubiertos de polvo, zumbidos de abejorros y el silencio y los rumores de la muerte y la vida. Con una ventana en cada lado, los bloques marmóreos sostienen en el techo cuatro antorchas del mismo material, en las esquinas, con una concha cóncava al frente, dos columnas y la entrada, desprovista de puerta, a la antigua capilla que dentro de su estrechez y oscuridad exhibe la fosa carente de ataúdes y lápida. Llegan hasta uno los murmullos del ayer, las pausas silenciosas de la vida ante la muerte, los ecos de tantas historias casi olvidadas. Cada uno lleva consigo su biografía, su historia, sus recuerdos, sus sentimientos.

De la tumba gravitan la soledad y el vacío, acaso porque todo pasa y nada es permanente, quizá por contar el tiempo y callar las historias, tal vez por el abandono y la ausencia de féretros y despojos. Carente de nombres y epitafios, en la parte superior aparece la inscripción “Familia Ramírez García”.

La tierra, en el Panteón Municipal de Morelia, suda remembranzas que provienen de su intimidad, fragmentos de historias y nombres. Los cuerpos de los Ramírez de antaño fueron exhumados un día ya olvidado. La tumba quedó abierta, con la ausencia de quienes en su hora protagonizaron una historia existencial, y con el aliento del encierro y la humedad.

Entre tanta cripta dispersa aquí y allá, la construcción sepulcral pasaría desapercibida y no tendría motivo de interés para aparecer en el recuento del ayer, si no hubiera sido morada de los restos del otrora hacendado, comisionista, arrendador, prestamista, minero, banquero,industrial y comerciante Ramón Ramírez Núñez, presidente, en 1896, de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, y antiguo dueño de “El Huizachal”, en postrimerías del siglo XIX, donde se estableció el panteón municipal porque los dos que entonces funcionaban en la ciudad -el de San Juan de los Mexicanos y el de Los Urdiales-, resultaban insuficientes e insalubres.

Originario de Valle de Santiago, Guanajuato, Ramón Ramírez Núñez está vinculado a la historia del Panteón Municipal de Morelia, al antiguo almacén La Mina de Oro, a la Hacienda La Huerta y a otras más en regiones de tierra caliente michoacana, y evidentemente a las comisiones, el arrendamiento y los préstamos que proporcionaba en aquellas horas del siglo XIX, incluida su participación en las minas, el ferrocarril y la banca; no obstante, también fue hombre activo, con sentido empresarial, que miró más allá de sus negocios y encabezó diversos movimientos entre los comerciantes para luchar por sus intereses y, claro, los suyos.

El Panteón Municipal de Morelia no exhibe la historia de su fundación en una placa pública digna, ni rinde memoria a Ramón Ramírez Núñez, antiguo dueño del terreno donde se encuentra y funciona desde el anochecer de la decimonovena centuria, seguramente por burocracia, descuido, desinterés o negligencia de las administraciones que han encabezado el Ayuntamiento. Y si amplio porcentaje de personas ignora que en ese sitio se localiza, verbigracia, la tumba de Domingo Cruz Acosta, abuelo materno del actor y cantante Pedro Infante, ídolo de incontables generaciones de mexicanos, con mayor razón desconoce la existencia del sepulcro que guardó los restos de Ramón Ramírez Núñez. De pronto, en las ciudades, la gente se adocena y mira un sitio con más de un siglo de existencia -el mismo que vieron sus padres, abuelos y bisabuelos- y no se interesa en su origen, tarea que deja a los historiadores e investigadores, a quienes dedican la vida a escribir documentos y libros, y hasta a los que inventan narraciones y leyendas como modus vivendi.

Por la importancia que significa el Panteón Municipal de Morelia, punto de encuentro de innumerables familias de la capital michoacana en algunos momentos de sus vidas, y precisamente por haber sido Ramón Ramírez Núñez personaje que en 1896 dirigió y formalizó la Cámara de Comercio de la ciudad, resulta interesante exponer la historia del lugar y relatar las actividades del guanajuatense que nació en 1839.

Consta en los documentos amarillentos y quebradizos de los archivos históricos y en la memoria de quienes escuchaban los relatos de sus abuelos, que Ramón Ramírez Núñez prestaba dinero a otros hacendados y comerciantes, a los que solicitaba, como garantía, el respaldo de propiedades que garantizaran la devolución y recuperación de los recursos. Igual que otros arrendadores, hacendados y prestamistas de la segunda mitad del siglo XIX, recibía mercancía que comercializaba hábilmente, siempre obteniendo ganancias significativas que contribuían a la expansión de sus negocios. Junto con otros hombres, se convirtió en uno de los empresarios más activos y prósperos de su época, al menos de Morelia, siempre interesado en acrecentar sus haciendas y en invertir en una multiplicidad de negocios. No es de extrañar que los comerciantes de aquella época también desarrollaran funciones de prestamistas. Era una práctica común en diferentes regiones de la geografía nacional.

En 1862, a los 23 años de edad, Ramón Ramírez Núñez fundó su primer negocio en Morelia, un cajón de ropa y “almacén de efectos extranjeros y del país”, denominado La Mina de Oro, que estableció en el Portal Aldama 9, esquina cerrada de San Agustín 1, en el centro de la ciudad. Fue uno de los comerciantes y prestamistas que más tarde se convirtieron en hacendados y arrendadores. Una década posterior a la fundación de La Mina de Oro, en 1872, compró la Hacienda La Huerta, una de las más importantes en producción de cereales en la región de Morelia. No esperaba que los acontecimientos se presentaran fortuitamente; propiciaba las condiciones y las aprovechaba con análisis e inteligencia. Introducía tecnología y habilitaba caminos que comunicaban sus haciendas y propiedades rurales. Anhelaba, como tantos comerciantes, hacendados e industriales, el establecimiento del ferrocarril, medio de transporte, sabía, que favorecería las actividades productivas. La mayor parte de la gente, como ahora, era emotiva en sus decisiones, y él conocía la naturaleza humana y actuaba, en consecuencia, con análisis y razón.

Quienes tuvieron oportunidad de conocerlo y tratarlo en La Mina de Oro, lo definían amable e interesado en satisfacer la búsqueda de artículos nacionales y extranjeros, conducta que atraía al público sorprendido, además, por el buen gusto y la elegancia de la negociación que competía con otros almacenes y cajones de ropa, algunos de los cuales se encontraban en poder de inversionistas extranjeros, principalmente originarios del Valle de Barcelonette, en los Alpes Bajos, Francia, comunidad que indiscutiblemente contribuyó al dinamismo empresarial de Morelia y la región.

La familia de Ramón Ramírez Núñez obtuvo, en Morelia, la primera línea de teléfono y fue dueña de los primeros tranvías jalados por mulas. Este empresario quedó huérfano de padre y madre a muy temprana edad y amó tanto a sus hermanos, que eran demasiados, al grado de que a los hombres los apoyó con diversos negocios, mientras a las mujeres más jóvenes las casó con personajes acaudalados, ya mayores, y les entregó dotes que consistieron en fincas soberbias en el centro de la capital michoacana.

Fue comerciante hábil que supo aprovechar las ventajas que obtenía de sus transacciones; aunque igual que no pocos de sus contemporáneos, también obtenía préstamos en determinados momentos de su vida para ampliar sus negocios, situación que no siempre resultaba favorable a sus intereses. Dedicaba mucho tiempo a sus haciendas, las cuales le redituaban enormes utilidades y requerían, por lo mismo, mantenimiento y obras tendientes a mejorar sus caminos y otros rubros, hecho que lo motivó a arrendar, cinco años antes de que finalizara el siglo XIX, en 1895, La Mina de Oro, al francés Jean Sauve, dueño del Gran Cajón del Progreso, situado cerca de la entonces Plaza de San Juan de Dios, conocida más tarde como Melchor Ocampo, a unos metros de la catedral barroca y virreinal de Morelia. El Almacén Progreso, fundado la década anterior por el francés Jean Sauve y del que eran socios Amado Tron, Pedro Ollivier y Camilo Tron, fue uno de los cajones de ropa más lujosos y competía con los que se encontraban establecidos en la zona.

No pocos de los hombres de negocios de la época, decidieron incursionar en la minería y hasta formaron sociedades. Ya en esos años de la década de los 80, en el siglo XIX, Ramón Ramírez Núñez mostró interés en la compra de acciones de empresas mineras. Atraído por las riquezas del subsuelo michoacano, incursionó en la aventura de la minería; aunque no de manera tan directa como lo hicieron otros personajes. Se interesó en la compra de acciones y en las denominadas barras de mina. Inició en 1886 como accionista en la minería, junto con otros hombres de negocios.

Si bien es cierto que la política de fomento minero, impulsada en 1886 por la administración del gobernador Mariano Jiménez, quien incluso también fue accionista en alguna de las sociedades, despertó interés en los comerciantes, hacendados y prestamistas michoacanos en ese rubro, en la siguiente década, la de los 90, decayó su participación en la explotación que empezaban a controlar compañías de origen francés, inglés y norteamericano, dueñas de mayor capital y poseedoras de tecnología moderna.

En el rubro de la minería, es digno mencionar el caso de Las Dos Estrellas, en Tlalpujahua, región michoacana colindante con el Estado de México. Tras una serie de análisis, investigaciones y cálculos, François Joseph Fournier, belga posteriormente nacionalizado francés, inició la excavación del túnel el 27 de diciembre de 1899, ya en el ocaso del siglo XIX. Denominó la mina Las Dos Estrellas en alusión a su esposa y él. Bajo la dirección del infatigable europeo, los peones cortaron, a los 600 metros, la imponente y célebre veta verde de hasta 32 metros de ancho, abundante en oro, convirtiéndose Las Dos Estrellas en una de las minas más productivas del mundo.

Resulta primordial destacar que el mayor auge de Las Dos Estrellas, la primera mina moderna de Michoacán por su administración y tecnología, se registró entre 1905 y 1913, período en que produjo alrededor de 45 mil kilos de oro y 400 mil de plata, con una planta laboral superior a cinco mil personas. Ya antes, el 3 de abril de 1909, Porfirio Díaz Mori, entonces presidentede Méx ico, visitó Tlalpujahua con intención de conocer y corroborar el apogeo de Las Dos Estrellas. Existe, incluso, una fotografía que captó la presencia del personaje en la mina, quien recibió por parte de François Joseph Fournier una barra de oro por el hecho de haber realizado la visita. La mina se abastecía de energía eléctrica y tenía capacidad para producir sus engranes, herramientas, moldes y refacciones.

Hijo de Jean-Baptiste y Hortense, François Joseph Fournier nació el 6 de enero de 1857 en Clavecq, Bélgica, en el seno de una familia de barqueros humildes que navegaban por el canalBruselas-Charleroi. Cuando era niño, el otro, su padre, transportaba gente y mercancía en una embarcación que era ayudada, desde el camino de la orilla, por caballos que la jalaban con cuerdas; sin embargo, el hombre necesitaba la ayuda de su hijo, a quien constantemente distraía de sus clases, a pesar de que el profesor Félicien Ballien insistía en que el menor tenía capacidad y talento en las aulas.

Cuando François Joseph se mudó a París, motivado por los consejos de su profesor, capital francesa y centro, entonces, de las modas, el arte y los negocios, con la idea de estudiar en la Escuela de Minas, consiguió empleo en un bar; además, cuentan que alguna dama acaudalada, ofrecía ayuda a ese muchacho tan apuesto, quien tiempo después escuchó noticias relacionadas con la construcción de un tren trascanadiense. Aventurero y emprendedor, partió a Canadá con el objetivo de participar en la obra que ya se encontraba avanzada en más de la mitad del proyecto, situación que lo motivó a dirigir su atención a México, país que de acuerdo con información de la época, ofrecía riqueza minera a los exploradores, aventureros e inversionistas.

El joven Fournier viajó hasta México. Se instaló en la casa de huéspedes de un paisano suyo. Realizaba viajes a zonas mineras del país. En Tlalpujahua, al oriente de Michoacán, se hizo compadre de un señor, quien un día, al caminar por el cerro, encontró una piedra y la guardó en espera de que el europeo regresara de la pensión donde vivía en la Ciudad de México. Se la mostró. Él identificó, por sus estudios truncos en París, que se trataba de mineral valioso, situación que lo animó a solicitar financiamiento a una institución bancaria francesa, cuyo agente se encontraba en México en busca de clientes.

Hombre de su época, personaje irrepetible, François Joseph Fournier convenció hábilmente al agente francés, quien le concedió el financiamiento solicitado, recursos con los que compró maquinaria inglesa e inició sus trabajos de exploración, para lo cual emprendió acciones orientadas al tendido de la línea de electricidad que provenía de Necaxa, en el estado de Puebla.

Una vez fundada Las Dos Estrellas, propició la comunicación entre El Oro, Estado de México, y Tlalpujahua, por medio del ferrocarril, cuyos furgones transportaban lingotes, un par de veces al mes, hasta una afinadora donde eran purificados, y posteriormente enviados a Francia por medio de barco.

Joven, Fournier contrajo matrimonio con Claudine, hija del dueño de la casa de huéspedes, establecida en la Ciudad de México, a quien llevó a vivir a Tlalpujahua, pueblo entonces próspero y con intensa actividad comercial, hasta que un día, en el declinar de los días porfirianos, escudriñó los signos de la época y llegó a la conclusión de que era momento oportuno de vender Las Dos Estrellas y marcharse a Europa. El malestar social contra el régimen porfirista era evidente.

Porfirio Díaz Mori, ofreció respaldo a franceses, alemanes e ingleses, entre otros, con la finalidad de propiciar el desarrollo nacional y, paralelamente, evitar la intromisión de los norteamericanos que se habían apoderado de más de la mitad del territorio mexicano y mostraban, como siempre, tendencias expansionistas; no obstante, uno de los errores del estadista oaxaqueño fue, sin duda, descuidar el aspecto social, las condiciones en que
coexistían las clases más pobres.

En 1906, Fournier se divorció de Claudine y casi de inmediato contrajo matrimonio con Matilde, de la que pronto se separó; no obstante, conoció a una dama más joven que él, Sylvia France Antonia Johnston Lavis, con quien casó en 1911 y realizó un viaje de bodas por toda la costa del Mediterráneo. Empezaron desde España y más tarde llegaron a Toulon, Francia, donde existía una base naval. Él y su esposa bebían café en uno de los tantos negocios al aire libre, cuando descubrieron en un anuncio que parecía un bando, que las autoridades francesas venderían, mediante subasta, la isla de Porquerolles, a un precio insignificante comparado con la
fortuna que poseía. La compró en 1912 y la dio a su esposa como regalo de boda. Un par de años más tarde, se nacionalizó francés.

Una vez dueño de Porquerolles, impulsó el servicio bancario, la oficina de correos y hasta los viajes, cada dos días, de la isla a Toulon. Favoreció a la gente que habitaba el lugar. Con alrededor de media docena de hijos, aprovechó el clima mediterráneo y adquirió árboles de todo el mundo, los cuales plantó, junto con la vid de la que su familia obtenía un exquisito vino
rosado. Autorizó el establecimiento de hoteles y así inició la actividad turística de la isla. El 13 de enero de 1935, murió el inagotable hombre de las incontables aventuras, François Joseph Fournier, quedando al frente de la isla su tercera esposa y sus hijos, quienes posteriormente la vendieron a las autoridades francesas; sin embargo, cuando el viento del Mediterráneo sopla a una hora y otra, parece que sus rumores pronuncian el nombre del minero que transformó los rostros de Tlalpujahua, en México, y de Porquerolles, en Francia. Fue capaz de modificar el destino y la historia de dos sitios, con su gente y sus cosas, uno en América y otro en Europa.

No obstante tales antecedentes y la biografía cautivante de François Joseph Fournier, el tema de la minería da idea del modelo de asociacionismo que concebían desde entonces los hombres de negocios morelianos para fortalecer sus proyectos productivos, esquema que continúa vigente hasta la fecha, como en diversas etapas lo han propuesto diversos líderes de la Cámara de Comercio de la ciudad al reconocer que la unidad en torno a un plan común, repercute en mayor fortaleza y posibilidades de éxito; aunque es innegable que la experiencia que vivieron los empresarios locales en la década de los 80 del siglo XIX, evidencia que la carencia de tecnología adecuada, obstaculiza competir, avanzar y conquistar resultados positivos. El esquema de asociarse en un proyecto de gran escala, da mayores posibilidades de triunfo cuando los inversionistas actúan con inteligencia, honestidad y respeto. Así lo creyeron y practicaron los empresarios morelianos, en el anochecer del siglo XIX, al probarse en la minería, no darse por vencidos y tratar de incorporarla a sus otras actividades.

La otra vertiente se relaciona con la diversificación de capitales, práctica que en la época contemporánea llevan a cabo grandes corporativos que invierten en comercio, industria y servicios. Estos hombres, estimulados por el anhelo de acrecentar sus fortunas, se dedicaron a explorar todas las oportunidades de negocios que se les presentaron.

El ferrocarril incentivó la minería e impulsó las actividades agrícolas, comerciales e industriales de la capital y otras regiones del estado que hasta antes de la década de los 80, en el siglo XIX, carecían de caminos, a pesar de que el tendido de sus vías significó, en la ruta AcámbaroMorelia-Pátzcuaro, alrededor de 550 hectáreas deforestadas para la obtención de materiales como durmientes, de acuerdo con reportes de la época.

De 1881 a 1886, período que la Compañía Constructora Nacional ocupó para la colocación de vías férreas de Maravatío a Pátzcuaro, se registró una deforestación preocupante como consecuencia de que en dicho tramo se requirieron más de 330 mil durmientes. Similar daño forestal se presentó en la Meseta Purépecha, al tenderse las vías a la región de Uruapan. A esa cifra habría que sumar todos los desperdicios que se produjeron en los aserraderos porque la compañía ferroviaria no aceptaba madera astillada ni de segunda clase. Es de entenderse que el peso del ferrocarril y las manifestaciones climáticas -lluvia, calor y humedad-, exigían durmientes de calidad.

Diversos personajes resultaron favorecidos por la comercialización de madera para durmientes y otras labores. La actividad forestal resultó, en ese período, un nicho de negocio lucrativo. Innegable es que las autoridades otorgaron amplias facilidades a la empresa ferroviaria, la cual resultó ampliamente favorecida en materia de venta de predios nacionales, explotación de recursos naturales, condonación de impuestos, y toda clase de prebendas. Tras los problemas financieros que reportó la Compañía Constructora Nacional, los hombres de negocios definieron nuevas oportunidades de inversión en el ramo ferroviario. Ramón Ramírez Núñez, junto con la clase burguesa de su tiempo, destinó parte de sus inversiones al nuevo proyecto que vislumbró propicio para aumentar su capital; aunque ocupó una vocalía suplente en la llamada Junta Menor Directiva del Ferrocarril Michoacano.

El vicepresidente del consejo era Pascual Ortiz de Ayala y Huerta, liberal moderado que fue magistrado de la Suprema Corte de la Nación, legislador, secretario de Gobierno en la entidad, regente del Colegio de San Nicolás y padre de Pascual José Rodrigo Gabriel Ortiz Rubio, quien nació el 10 de marzo de 1877 y posteriormente, en el período de 1917 a 1920, sería gobernador de Michoacán, y años más tarde, en 1930, presidente de la República Mexicana, el cual, por cierto, participó en la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, como lo recordaría el líder de ésta, Eduardo Laris Rubio, el 13 de febrero de 1931, cuando en asamblea fue propuesto José Ugarte para encabezar la comisión que recibiría al mandatario nacional durante su visita a la entidad. La propuesta de Eduardo Laris Rubio quedó asentada en el acta correspondiente: “obsequiar una medalla al señor presidente de la República, ingeniero Pascual Ortiz Rubio, ilustre michoacano, fundador de esta Cámara…”

Como en el caso de los esfuerzos fallidos en la minería, Ramón Ramírez Núñez y los empresarios de aquel tiempo, nuevamente encauzaron sus acciones a las haciendas, el comercio, la industria y los préstamos, porque no solamente requerían mayor inversión para sostener un giro con exigencias tecnológicas, sino Ferrocarril Michoacano obtuvo la recuperación financiera de la Compañía Constructora Nacional, que realizó ciertas transacciones con el consorcio estadounidense Camino de Fierro Nacional Mexicano.

Habría que destacar que el guanajuatense fue el primer michoacano que obtuvo un brazo de línea férrea particular en su Hacienda La Huerta, cuya propiedad se extendía hasta Cointzio y Urapilla. Uno de sus descendientes, Sergio Tirado Castro, autor del libro Casas y familias de Morelia, remembranzas de la cantera, sabe que el antiguo dueño de La Mina de Oro, al organizar a los empresarios con la finalidad de protestar contra las políticas gubernamentales, obtuvo autorización para fundar los tranvías jalados por mulas en la calle Real; aunque en contraparte, solventó la construcción de lavaderos públicos, al oriente de la ciudad, cerca de la garita y el Santuario de Guadalupe, al servicio de familias pobres.

El líder de los comerciantes e industriales morelianos fue hombre visionario de su tiempo, que tuvo capacidad para distinguir oportunidades de negocios. Estaba entregado a su deseo de acumular una fortuna, pasión que lo acompañó día y noche, durante todos los momentos de su existencia. Siempre estuvo delante de los demás y fue así como en las horas porfirianas, entre el anochecer de la decimonovena centuria y el amanecer del siglo XX, decidió integrarse a nivel nacional en el ramo de hilados y tejidos, en la Compañía Industrial de Atlixco, establecida en Puebla.

Aún insatisfecho con su trayectoria y con el peso de sus dos intentos malogrados en la minería y la empresa ferroviaria, extendió su capital a la banca y se volvió accionista, de modo que él, Ramón Ramírez Núñez, junto con Juan Basagoiti, dueño de J. Basagoiti y Compañía, empresa dedicada al comercio y al financiamiento, y León Audiffred, francés propietario, con sus hermanos, del Puerto de Liverpool, fueron nombrados representantes del Banco de Londres y México, establecido por William Newbold en la capital del país el 1 de agosto de 1864, época en que el archiduque Maximiliano de Habsburgo era emperador del país.

En 1897, llegó a Morelia una sucursal del Banco de Londres y México, como lo hicieron, en 1899, el Banco del Estado de México, y en 1903, el Banco Nacional de México. Motivados por las expectativas que se les presentaban, los más prominentes hombres de negocios se incorporaron a la nueva actividad financiera, obviamente sin descuidar sus tareas más rentables. De hecho, como prestamistas, conocían el ambiente y las condiciones del financiamiento. Solo era abrir mayores posibilidades, formalizar los esquemas, relacionarse, protegerse en firmas seguras e institucionalizarse.

Ya compañeros de aventuras pasadas, en 1901, se asociaron con Enrique Creelman y la Compañía Bancaria Agromexicana, que en la ciudad de Morelia había fundado el Banco Refaccionario de Michoacán con un capital inicial de 300 mil pesos. Estos hombres, acostumbrados a triunfar, propiciaron que su institución se transformara en banco de emisión. Con el fortalecimiento de la firma local, cambiaron la razón social a Banco de Michoacán, nombre con el que innegablemente los morelianos sintieron mayor identificación.

No era toda la competencia. Años antes, en 1892, el Banco Nacional Mexicano, establecido en la Ciudad de México, formalizó un convenio con Gustavo Gravenhorst, también hombre de mucha experiencia en el ámbito de los negocios, con el propósito de acreditarlo agente en la plaza michoacana. Coincidió que el mismo año, el Banco Mercantil Mexicano, establecido, como los otros, en la capital del país, comisionó a Juan Basagoiti representante de la institución, aprovechando, precisamente, la amplia experiencia que poseía en los negocios y especialmente en los créditos.

Iniciaba, en Morelia, la etapa bancaria. La banca se estableció gradualmente en los estados mexicanos, conforme lo demandaban las condiciones regionales y las necesidades de gobiernos y hombres de negocios. Así, Michoacán fue de las primeras entidades con bancos, al iniciar operaciones en 1882, paralelamente con Yucatán, después de Chihuahua, que lo hizo en 1875, y antes de Sinaloa, en 1889, y Durango, en 1890.

Si uno hojea las páginas amarillentas y empolvadas de la historia, llegará al año de 1865, cuando el entonces Banco de Londres, México y Sudamérica nombró un primer representante en Morelia. Existen antecedentes, incluso, de que entre el anochecer de la década de los 60 y la aurora de los 70, en el mismo siglo, los inversionistas trataron de establecer una institución bancaria de avío en la capital michoacana, proyecto que no se concretó, mientras en 1884, el Banco Nacional Mexicano y el Banco Mercantil de México, se fusionaron en el país para iniciar así, con mayor poder económico, el Banco Nacional de México.

Fieles a su idiosincrasia, los empresarios morelianos y michoacanos no abandonaron la idea de fundar un banco local, competitivo y fuerte, de modo que en 1897, favorecidos por la Ley General de Instituciones de Crédito, consideraron oportuno materializar sus aspiraciones y proyectos; aunque en noviembre de ese año, dos después de la creación de la Cámara de Comercio de Morelia, el Banco de Londres y México seleccionó a los empresarios de mayor prestigio y con capacidad para responder a todos los compromisos y responsabilidades, nombrándolos directivos en su estructura, entre los que figuraron, desde luego, Ramón Ramírez Núñez, León Audiffred y Juan Basagoiti, quien encabezaba J. Basagoiti y Cía. El primero, Ramón Ramírez Núñez, tenía acciones en el Banco de Londres y México, mientras el otro, Juan Basagoiti, responsable de la Fábrica de Hilados y Tejidos La Unión y de las haciendas San Rafael Turicato, Tepenahua y Los Otates, fue consejero, en su momento, del Banco del Estado de México. En reconocimiento a su amplia experiencia, este hombre, Juan Basagoiti, recibió el nombramiento de consultor del Banco Nacional de México, cuando la firma instaló su primera sucursal en el Portal Aldama, a un lado del número 9, donde se encontraba La Mina de Oro, y a unos metros de la finca marcada con el uno, en la otra esquina, ocupada por El Puerto de Liverpol.

Conviene recordar que en esa época, las empresas e instituciones nacionales y extranjeras acostumbraban enviar cartas a las Cámaras de Comercio e Industria existentes en el país, a cuyos directivos solicitaban referencias de ciertos hombres de negocios para realizar transacciones mercantiles e inversiones, o con la finalidad de invitarlos a participar como
representantes, distribuidores y socios de sus firmas.

Juan Basagoiti fungió, en la directiva camaral encabazada por Ramón Ramírez Núñez, como procurador, y León Audiffred, por su parte, desempeñó el cargo de tesorero. Ellos, en alianza con otros empresarios acaudalados, obtuvieron experiencia con su participación en los bancos establecidos en Morelia. Si por sus actividades como prestamistas conocían parte del mercado, la banca les permitió tener un panorama más amplio sobre el manejo de los recursos crediticios. Y si en 1897, esa generación fracasó en la fundación de una institución local, al iniciar la vigésima centuria, en 1900, el responsable de Hacienda y Crédito Público, en la administración porfiriana, José Ives Limantour, aprobó la solicitud de los inversionistas michoacanos, encabezados por el otrora presidente de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, para la creación del Banco Refaccionario de Michoacán, constituido formalmente en enero de 1901.

Acostumbrados a convertir las oportunidades y el tiempo en dinero, los prominentes hombres de negocios adquirieron diversas acciones de la institución que empezó con un capital de 300 mil pesos. Así, Ramón Ramírez Núñez cristalizó una vez más sus aspiraciones de multiplicar su fortuna, junto con varias decenas de inversionistas, entre los que destacaron religiosos, políticos, hacendados, comerciantes e industriales.

En septiembre de 1902, la institución obtuvo autorización gubernamental para ser emisora y denominarse Banco de Michoacán, S.A. Con tales antecedentes, la historia refiere, en sus archivos, la crisis del régimen Porfirista que necesitaba el respaldo de las instituciones bancarias extranjeras y atender, a la vez, los planteamientos, demandas y reclamos de los banqueros locales mexicanos que exigían para sí los mismos derechos que tenían los foráneos.

Aunado a lo anterior, y así lo relataban también los descendientes de los protagonistas de aquella epopeya, prevalecían competencia y rivalidades endurecidas entre las firmas bancarias, desacato a las reglas, favoritismo a sus accionistas, excesos, autorizaciones para disponer de recursos que beneficiaran sus empresas y negocios personales y una serie de problemas que derivaron, finalmente, en la extinción de varias instituciones, tema que fue comentado, incluso, varios años después e inscrito en las actas camarales más viejas que aún existían entre postrimerías de la década de los 80 y el albor de la de los 90, en la vigésima centuria.

Los ya descritos fueron algunos de los negocios que durante su vida desarrolló Ramón Ramírez Núñez, cuyos hijos, Ramón, Miguel y Salvador Ramírez García, continuaron con sus empresas. La Mina de Oro, recordada todavía por personas que nacieron en la década de los 30, en la vigésima centuria, fue manejada por Maurin Hermanos y Cía. Ellos, los hermanos Ramírez García, como su padre, tampoco se encuentran en la tumba del Panteón Municipal de Morelia. Solamente permanece, cual fiel recuerdo, la leyenda “Familia Ramírez García”. Todo, con la caminata del tiempo, se convierte en recuerdo y más tarde, al anochecer, en olvido.

Tras los años complicados de la Independencia, la intervención francesa, el imperio de Maximiliano de Habsburgo, la lucha de liberales contra conservadores y las Leyes de Reforma, junto con otros acontecimientos, resultaba fundamental restaurar al país, y fueron ellos, los comerciantes, prestamistas, arrendadores, hacendados, mineros e industriales, quienes aprovecharon la coyuntura histórica, social, política y económica para formar o engrandecer sus fortunas. Algunos descendían de familias morelianas de abolengo y otros, en tanto, provenían de diferentes entidades, como fue el caso de Ramón Ramírez Núñez, originario de Valle de Santiago, Guanajuato; aunque hubo extranjeros, incluso, que se establecieron en la capital de Michoacán y formaron empresas competitivas, con amplio surtido e innovadoras, entre los que destacaron los hermanos Audiffred, originarios de Jausiers, Francia, y fundadores, en el
siglo XIX, de los cajones de ropa Cornille y Audiffred, firma que cambió más tarde a Audiffred Hermanos y posteriormente a Audiffred Hermanos y Compañía, negocios respaldados, entonces, por El Puerto de Liverpool y El Louvre, de acuerdo con información disponible en el Consulado Honorario de Francia en Morelia, representado, entre 1977 y 2007, por el hombre del sombrero y los tirantes, el también barcelonette Jean Jaubert Jauffred, quien nació en 1937, y de 2007 a la fecha, por Raul Reynaud Bernard.

Los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente, como lo reflejó, en su momento, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, en su obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, publicada en 1883 por Imprenta de Ignacio Cumplido. En el capítulo VII, denominado Industria y Comercio, el autor expuso textualmente que “no tiene a la verdad Morelia ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El mismo autor mencionó que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…”

Finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

Ese era, grosso modo, el escenario de las actividades económicas en Morelia. Fue en el último tercio de la decimonovena centuria, el período de florecimiento de no pocos de los grandes almacenes y negocios que participaron en la dinámica económica de la ciudad, el estado de Michoacán y México; aunque en contraparte, en su obra Morelia en 1873, Justo Mendoza haya calificado de mezquino al comercio. Consideraba la posibilidad de hacer de la ciudad un “depósito” si felizmente el ferrocarril, que se inauguraría en Morelia 10 años más tarde, se enlazaba a la entidad, y si lo que se consideraba el nuevo puerto de Maruata, presentaba resultados favorables. Como puede notarse, ha sido dominante la tendencia de esperar a que se presenten los acontecimientos para cumplir proyectos y sueños, cuando se requieren acciones concretas y oportunas, bien planeadas, como lo intentaron diversas ocasiones los hombres de negocios. Cuando se espera y se sueña que acontezcan determinados hechos, pueden transcurrir y perderse los mejores años y no cumplirse los proyectos e ilusiones.

Al respecto, los hombres de negocios han puesto el ejemplo porque se adelantan a los acontecimientos y tratan de ser líderes en sus respectivas empresas. Alguna vez, ya en la época contemporánea, el empresario Alain Arnot, uno de los fundadores de la Asociación de Industriales del Estado de Michoacán, expuso a un inversionista norteamericano que si a pesar de los obstáculos que existen en la entidad y el país para las actividades productivas, las fábricas son capaces de exportar, si contaran con el respaldo gubernamental, conquistarían el mundo.

Para tener idea de la Morelia de postrimerías del siglo XIX, descrita por Juan de la Torre, habría que referirse a la Memoria del Ejecutivo del Estado de Michoacán, documento que en 1882 informaba que la urbe estaba habitada por 23 mil 835 personas, cifra que fue criticada por algunos analistas de la época que aseguraban que no era creíble dicho censo, los cuales daban mayor confiabilidad al dato contenido en el folleto Morelia en 1872, de un autor de apellido Mendoza -el mismo Justo Mendoza-, que mencionaba que solamente en el casco de la ciudad había 30 mil hombres y mujeres. Les parecía ilógico que si en 1868 coexistían 25 mil personas en la ciudad, la población hubiera disminuido en un período ausente de acontecimientos extraordinarios, como la peste de cólera que se registró en 1850, verbigracia.

Quien recurra a los anales de la historia, descritos por Juan de la Torre, descubrirá que en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el propio autor de Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, Juan de la Torre, citaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, admitía el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe,en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con
terminación en la Alameda; San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodóny contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia.

Digna de recordarse es la publicación del 2 de marzo de 1868, en el periódico El Constitucionalista, elaborado en la imprenta del acaudalado Octaviano Ortiz y coordinado por Antonio Espinoza, cuyas páginas reseñaron, precisamente, la inauguración de la Fábrica de La Paz, destacando la cantidad de invitados que presenciaron con asombro el funcionamiento de la maquinaria.

Posteriormente, según la información, los invitados llegaron hasta la bella casa de campo, como las que existían al oriente de la ciudad, donde se encontraban platillos deliciosos que compartieron el industrial Félix Alva, el mandatario estatal, el secretario de Gobierno y algunos personajes destacados, como Celso Dávalos, Luis Iturbide y Gabino Ortiz.

Las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Mendoza y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”.

Menciona la obra que “el año de 1868, se fundó la Fábrica de la Paz con dos mil quinientos malacates y sesenta y ocho telares, establecimiento dedicado a la fabricación de hilados y tejidos de algodón. La ciudad necesitaba una fábrica de este género porque pudiéndose producir en el estado el algodón y obligado su comercio a importar de otros la hilaza y las mantas, dejaba en la ociosidad a centenares de brazos e improductivos a muchos capitales. Si la especulación preside a todas las empresas mercantiles, no debe negarse a la compañía que con tal fin se organizó, el positivo bien que se hizo no sólo a la ciudad, sino a todo el estado. Así es la verdad, pues la Fábrica de la Paz produce de mil a mil cien piezas semanarias de manta, trabajando día y noche, y ocupa de ciento ochenta a doscientos operarios por el día, y otros tantos en los trabajos nocturnos. Las rayas semanales importan de mil a mil cien pesos, y el consumo de algodón en el año es de tres mil a tres mil quinientos quintales”.

Y anunciaba el citado libro que “casi es una realidad el establecimiento de otra fábrica de hilados y tejidos de algodón, en el antiguo edificio en que hace años estuvo el de la seda. La maquinaria está ya en camino para esta ciudad; poco falta para la conclusión del local en las condiciones a propósito y muy pronto por esto la clase trabajadora de Morelia tendrá más
medios de subsistencia y se dará mayor movimiento a la seda”.

Respecto a la industria de la impresión, resalta el antiguo volumen que “el arte tipográfico merece sin duda figurar entre la industria, así porque es un medio de subsistencia para muchas familias, como también por su noble destino, que es dar a conocer el pensamiento y propagar las ideas. En Morelia existen dos establecimientos de este género, uno a cargo de la viuda e hijos de don Ignacio Arango, que según estamos informados, tiene cuatro prensas útiles, y otro, propiedad del C. Octaviano Ortiz, que tiene seis prensas en ejercicio”.

Prosigue el texto con el hecho de que “repetidas veces se ha dicho, y con verdad, que Michoacán necesita comunicación para dar fácil salida a sus diferentes productos. Esto se logrará con los caminos, en lo cual ya se ha puesto mano”, y valora que existan oficinas de correos y telégrafos.

Habría que añadir que en su libro Historia y descripción del Ferrocarril Central Mexicano, publicado en 1888 por la Imprenta de I. Cumplido, Juan de la Torre informó que la producción agrícola de Michoacán consistía, principalmente, en algodón, añil, arroz, café, caña de azúcar, cascalote, tabaco, morera, vainilla, cebada, chía, frijol, haba, maíz, papa, chile “y toda clase de verduras y legumbres, fruta de toda especie y plantas medicinales y tintóreas. El corte de una gran variedad de magníficas maderas de construcción, especialmente en el sur, y la cría de toda clase de ganados en los distritos del poniente y otros, son también ramos de riqueza para el estado”.

Michoacán, donde “el valor fiscal de la propiedad raíz que paga impuestos es de 21´124,997 pesos y la exenta de contribuciones vale 1´416,248 pesos”, aportaba anualmente, a nivel nacional, a través de sus productos agrícolas -según documento basado en las condiciones del país en 1879 y elaborado el 21 de agosto de 1881, en Boston, Estados Unidos de Norteamérica, por Nickerson, citado en la obra referida- un valor de 10´540,601 pesos, mientras el Distrito Federal, Guanajuato, Jalisco y Querétaro lo hacían con 591,906, 13¨652,031, 20´862,066 y 1´726,055 pesos, respectivamente.

Ese era, en la ancianidad del siglo siglo XIX, parte del escenario empresarial y social de Morelia, donde él, Ramón Ramírez Núñez, moraba y desarrollaba sus negocios, acaso sin imaginar que pronto acudiría de frente y puntual a su cita con el destino y la historia de la ciudad, al convertirse, en 1896, en quien protocolizó, junto con los integrantes de su directiva, la Cámara Nacional de Comercio e Industria de la capital michoacana.

OTRO RELATO

El tema del Panteón Municipal de Morelia se relaciona con Ramón Ramírez Núñez en el sentido de que el terreno donde se localiza, formó parte de su Hacienda La Huerta. En 1883, la superficie ociosa de seis hectáreas que entonces era conocida como “El Huizachal”, ubicada entre el Río Grande y la Hacienda Molino de Parras, se convirtió en patrimonio de lo que sería el Panteón Municipal. Aunque la historia de ese sitio parece ajena a la Cámara, es interesante y pintoresca, digna de relatarse en este espacio como homenaje a quien formalizó a la institución.

Enclavado al oriente de lo que entonces era la ciudad, en el antiguo y tradicional Barrio de San Juan -San Juan de los Mexicanos-, funcionaba el cementerio de los morelianos de postrimerías del siglo XIX. Era el tradicional panteón de San Juan, totalmente insalubre y ajeno a las ráfagas de viento por estar encajonado. Su trazo se presentaba tan estrecho, que no pocas veces los cadáveres eran sepultados a profundidades inconvenientes porque a unos centímetros de las fosas yacían otros cuerpos putrefactos. Prácticamente, los cadáveres eran sepultados con sus historias fragmentadas y sus nombres y apellidos completos o ignorados, mientras otros, al remover la tierra, aparecían pútridos e irreconocibles. Olía a descomposición, a hierba, a encierro, a muerte.

La ausencia de árboles causaba un aspecto de mayor desolación. Las tumbas exhalaban el sudor de la fetidez y la muerte. Abejorros, cucarachas, gusanos, moscas, lombrices, insectos y roedores infestaban los sepulcros asoleados durante el día y desiertos y helados en las noches. En aquel ambiente de muerte y vida, reposaba la cruz ochavada, tallada por manos tlaxcaltecas en la juventud del siglo XVI y testigo de la primera misa que se celebró en la ciudad, según la tradición, condenada a acompañar la caducidad de la existencia porque permaneció mucho tiempo en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente en el Panteón Municipal de Morelia, donde los soldados fusilaban a los presos en las madrugadas, todavía en la década de los 30, en la vigésima centuria, hasta que en 1967 fue trasladada a un costado del Santuario virreinal
de Guadalupe o de San Diego, como se le conoce popularmente.

Refieren las páginas añejas de la historia que en 1882, el gobernador de Michoacán, Pudenciano Dorantes, en coordinación con las autoridades municipales de Morelia, entonces encabezadas por Manuel Montaño Ramiro, planeó la construcción de un cementerio en la loma de Santiaguito, al norte de la ciudad, que era fértil por la humedad que abosorbía del pantano donde se encontraba el Paseo de las Lechugas; sin embargo, el proyecto no se concretó. Los problemas de espacio, insalubridad, ausencia de corrientes de aire, fetidez acumulada y proximidad entre unos cadáveres y otros, continuaron en San Juan hasta 1894.

Ese panteón, el de San Juan, había acrecentado sus problemas de capacidad en 1833, con la mortandad impresionante que provocó la primera epidemia de cólera. El 31 de diciembre de 1894, el panteón de San Juan registró la inhumación del último cuerpo.

Y si el cementerio de San Juan resultaba insalubre, angosto e incómodo, el de Los Urdiales, al noroeste de la urbe, fue fundado el 23 de mayo de 1850 como consecuencia de que el primero era insuficiente para sepultar a quienes morían por la segunda epidemia de cólera; además, ya antes, en enero del mismo año, el decreto gubernamental ordenaba, entre sus cláusulas, el establecimiento de panteones fuera de las ciudades, precisamente con el objetivo de evitar contagios y el terror de la población al presenciar el tránsito de cadáveres.

El antiguo Paseo de las Lechugas, donde incontables familias vallisoletanas de antaño acudían alegres a convivir y disfrutar días inolvidables de campo, de pronto transformó su rostro y pasó del verdor intenso sobre el valle pantanoso, a un escenario desolador y de miedo. El decreto ordenaba, incluso, el traslado de cadáveres durante la noche para evitar pánico, descontrol y mayores contagios. Las autoridades aprovecharon que la zona, donde alguna vez se asentó el barrio indígena de Santa María de los Urdiales, permanecía casi desolado desde el amanecer del siglo XIX.

Rodeado de pantano, el cementerio de Los Urdiales ofrecía un espectáculo aterrador y deprimente; sin embargo, resultaba perentorio sepultar a la gente que moría contagiada de cólera, epidemia que amenazaba acabar con importante porcentaje de moradores de la capital de Michoacán. El mal se extendía con celeridad como las sombras al aproximarse la noche. Igual que en 1833, el año de 1850 fue fatal, al grado de que las autoridades del país y el estado no solamente presentaron varios decretos, sino difundieron métodos curativos propuestos por el Protomedicato y la Facultad Médica.

Una vez superada esa crisis de salud pública, el cementerio se destinó a la inhumación de cadáveres de gente pobre e indígenas. Los rituales parecían demasiado impresionantes. Desde el muro circundante y de escasa altura, se distinguían las flores pútridas, los cadáveres, las sepulturas.

Bien es sabido que a los niños los vestían de “angelitos” y solían colocar en sus manos una palma, una flor o una cruz, y algunos hasta permanecían con los ojos abiertos, como si vivieran. En Michoacán se acostumbró, por un tiempo, fotografiar los cadáveres de adultos dentro de sus ataúdes, unas veces parados, en los patios de sus casas, y otras, en tanto, en los cementerios.

La contingencia que provocó la epidemia de cólera, reforzó la decisión de clausurar los cementerios de la catedral y de los templos de San José, El Carmen, La Merced, San Agustín y San Francisco. Ese año, el de 1850, incontables hombres trabajaban durante las noches en el cementerio atrial de San José, con la misión de extraer los cadáveres y trasladarlos a los panteones de San Juan y Los Urdiales, e incluso el Santuario de Guadalupe, que aún funcionaba. Es importante reseñar que todavía entre las décadas de los 60 y los 70, en el siglo XX, la infancia de entonces jugaba en las casas y los predios de la colonia Industrial a desenterrar cráneos y huesos humanos, seguramente sin conocer los antecedentes del cementerio que se estableció en el lugar como consecuencia de las muertes que se registraron ante la segunda epidemia de cólera. En cuanto a la catedral barroca del siglo XVIII, también se clausuraron sus criptas. El último cadáver en ingresar fue el del obispo de Michoacán, Juan Cayetano Gómez de Portugal, en abril de 1850.

Discurrían los minutos porfirianos de 1882, época en que las autoridades municipales planearon la construcción de un cementerio que sustituiría el de San Juan y el de Los Urdiales, proyecto que se concretó, finalmente, en 1883, en El Huizachal. Una vez con el predio destinado al establecimiento del nuevo cementerio moreliano, el desplante del mismo fue ejecutado por un especialista de apellido Roth; en tanto, el célebre ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, se encargó de la arquitectura de la fachada.

Las autoridades municipales trazaron y construyeron el Panteón Municipal de Morelia, cuya primera inhumación se llevó a cabo en 1885 y fue inaugurado formalmente 10 años más tarde, en 1895. Otras versiones refieren que el Panteón Municipal de Morelia inició su gestión, todavía incipiente, en 1894, y que un año más tarde, tras su inauguración oficial, el primer cadáver registrado fue el del contador y corredor Luis Lemus Olañeta. En los días de 1905, fue inaugurado el monumento dedicado al segundo arzobispo de Michoacán, José Ignacio Árciga Ruiz de Chávez. Posteriormente, la construcción recibió el título de Capilla del Panteón.

También inició la edificación de la rotonda de los hombres ilustres, media década antes del estallido social que modificaría el rumbo de los mexicanos. Olía, entonces, a acontecimientos intensos, a historia, a capítulos irrepetibles. La nación miraba de frente hacia el horizonte, a su destino irrenunciable, a las páginas que hoy, con sus verdades y mentiras, se estudian en los libros.

Según la tradición, el poderoso hacendado guanajuatense, Ramón Ramírez Núñez, comisionó al joven Fermín Ramírez, vigilante del terreno del cementerio, donde también fungió con el cargo de sepulturero y administrador. Vivió alrededor de 80 años en la necrópolis de Morelia. El velador llegó muy joven al “camposanto” y allí murió, cuando casi tenía un siglo de edad. Coleccionó anécdotas, protagonizó historias y el cementerio formó parte de las horas de su existencia. Como que él y las tumbas ya eran parte de lo mismo.

Acaso por su fortaleza y juventud, Fermín Ramírez no temía a la muerte ni a los difuntos. El cementerio era su hogar, su mundo, su realidad. Todos los días, durante varias décadas, caminó por las calzadas con árboles y criptas. Miró lápidas y cruces. Conoció los nombres de quienes yacían en cada sepulcro. Los epitafios no le eran desconocidos. Sintió y vivió con intensidad, quizá como nadie en Morelia, el ambiente fúnebre. Hasta dos de sus hijas nacieron en el cementerio. De hecho, su nieto José Inés Estrada Ramírez, nacido en la década de los 30 del siglo XX, optó por dedicar los días de su existencia a la elaboración de lápidas y monumentos fúnebres.

Ya anciano, el velador Fermín Ramírez solía contar que en las madrugadas, cuando los soldados llegaban de improviso, irrumpían la tranquilidad fúnebre y fusilaban a la gente junto a la cruz atrial de piedra que actualmente se localiza a un costado del Santuario de Guadalupe, conocido popularmente como San Diego, al oriente del centro histórico de Morelia. Los militares lo llamaban con el objetivo de que recogiera los cadáveres y los sepultara. Incluso, en la época revolucionaria que inició en 1910, la gente le denominó “la cruz de los condenados a muerte”, en alusión a los bandidos que eran ejecutados.

Cierta ocasión, los militares ejecutaron a un par de hombres, acertando todos los tiros a uno y cayendo ambos. Cuando Fermín pretendió enterrarlos, uno de ellos, quien fingió estar muerto ante los soldados, incorporó y huyó despavorido. Al otro hombre, aparentemente fusilado, una bala que parecía mortal pegó en una medalla que colgaba en su pecho, salvándole la vida. Ensangrentado, escapó igual que su compañero, el otro fugitivo.

José Inés Estrada Ramírez, nieto del primer velador y administrador del Panteón Municipal de Morelia, presenció, en los minutos de su infancia, los últimos dos fusilamientos. Miró a su abuelo retirar a los muertos y sepultarlos en una fosa común. El hombre no solamente era velador, administrador y sepulturero; también se dedicaba a esculpir lápidas de cantera, muy modestas, iniciando así, quizá sin sospecharlo, el oficio que más tarde heredaría su nieto, hijo de María Ramírez, la mujer que nació en el cementerio, y de José Inés Estrada González, el primer artífice de monumentos sepulcrales de materiales más modernos, en el amanecer del siglo XX.

Cuando el Hospital General de Morelia, cuya construcción inició en 1897 y la declaración inaugural se pronunció en 1901, hasta desaparecer a mediados del siglo XX, se localizaba al poniente del centro de la ciudad, personal médico ordenaba que los cadáveres sin identidad fueran conducidos al panteón municipal, para lo cual eran colocados en ataúdes que un burro transportaba en un carretón de madera. Ante la ausencia de carretonero, la bestia de trabajo llegaba hasta determinado paraje del cementerio y allí se detenía, en espera de que los sepultureros retiraran los féretros que un hombre de oficio carpintero fabricaba con tablones burdos cerca del hospital. El animal conocía el camino. Entendía su misión y sabía su tarea.

Iba al cementerio y regresaba al hospital sin arriero ni carretonero. Un día, el animal reparó y cayeron las cajas a la tierra, de las cuales rodaron los cadáveres amarillentos y ensangrentados. Los médicos cerraban las heridas con mecates burdos. Innegablemente, el hombre de negocios, Ramón Ramírez Núñez, nunca imaginó que un trozo de la superficie de su hacienda, la de La Huerta, reuniría tanta historia como es el caso del cementerio, con sus claroscuros. De alguna manera, aunque no se le recuerde en ese sitio y su tumba se encuentre vacía, se presiente, al recorrer las calzadas ensombrecidas por árboles corpulentos, que hubo historia y que sus hojas rotas permanecen entretejidas aquí y allá, en un rincón y en otro.

Y si entre las calzadas aparecen criptas fragmentadas, heridas por la humedad, por los saqueadores y por el tiempo, otras han cautivado, como la escultura de San José, firmada por Piccini, o los dos ángeles y la Virgen del Rosario, labrados en mármol, cuyo autor fue el célebre Ponzanelli, miembro de una familia de artistas europeos, entre los que destacaron Valerio Ponzanelli, a quien se atribuye la antigua catedral de Carrara, en Italia.

Personajes ilustres han sido sepultados en el cementerio, pero igualmente resguarda a los morelianos anónimos, a la gente que nació y vivió aquí y allá, en la ciudad, en la capital del estado, y en diversos rincones de Michoacán. Permanecen sepultadas incontables generaciones de hombres y mujeres, unos con nombres y apellidos y otros desposeídos hasta de identidad.

El Panteón Municipal de Morelia conserva fragmentos que recuerdan a quien alguna vez, en postrimerías de la decimonovena centuria, se convirtió en el primer líder formal de los comerciantes establecidos en la capital michoacana. Hay hombres que caminan y dejan huellas, remembranzas, trozos de vida que se recuerdan, aunque sus tumbas se encuentren desoladas y vacías.

Y si la tumba del personaje guanajuatense que protocolizó la fundación de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, Ramón Ramírez Núñez, está vacía, cargada de recuerdos y suspiros que el tiempo y el olvido, aliados inseparables, se empeñan en diluir, el otro sepulcro mortuorio, el de los cuatro hermanos Audiffred, incluido León, el tesorero en 1896 de aquella directiva de empresarios, enclavado con su blancura marmórea en el Cementerio Jausiers, en los Alpes de Haute Provence, Valle de Ubaye, Francia, desprende ecos de un ayer, fragmentos de una historia aquí y allá, las voces y los silencios de la vida y la muerte.

El monumento sepulcral presume el relieve de un ángel, entre dos columnas, quien mira hacia arriba, a un cielo donde se encuentra una cruz que emana rayos luminosos. Las guirnaldas talladas no son menos cautivantes que la Anunciación. El sepulcro, tallado por el arquitecto F. Girard, mira de frente al caserío, y sentencia: “mirabille aeternumque lumen”.

Otro espacio, contiene los datos de los hermanos Audiffred. Bajo la leyenda Ici reposent, aparecen los datos de André Víctor Audiffred, quien nació en Lans el 28 de marzo de 1847 y murió en París, el 29 de marzo de 1905; León Jacques Audiffred, que inició su vida el 3 de septiembre de 1843 y falleció en Jausers, el 17 de junio de 1918. También yace en la tumba Pierre Remy Audiffred, quien nació el 13 de diciembre de 1850 y murió en Jausiers, el 22 de julio de 1922. El otro hermano fue Emile Audiffred, que nació el 21 de abril de 1855 y falleció el 2 de noviembre de 1936.

De entre los suspiros callados, en esos ambientes que flotan en los panteones, las voces parecen clamar que alguien las escuche, y es precisamente en la tumba de los cuatro hermanos Audiffred, tan ostentosa y con el valor, según especialistas franceses, de una finca bien construida, de donde brotan trozos de historias añejas que envuelven, hasta que uno, al escucharlas, se siente inmerso en aquellos días, los del siglo XIX y los de las primeras décadas de la vigésima centuria, después de todo parte de la trama humana.

Relata la tradición que de los cuatro hermanos Audiffred que en la aurora de la década de los años 70, en el siglo XIX, partieron en barco, hacia México, junto con otros contemporáneos de Barcelonette, cuando el mar olía a aventura, a comercio, a epopeya, a piratas, a romanticismo, León, quien nació en Lans, Jausiers, alrededor de 1843, y murió en su pueblo en 1918, de acuerdo con datos guardados en los expedientes del Consulado Honorario de Francia en Morelia, era el más dinámico en los negocios.

Junto con su socio Camilo Cornille, León y sus hermanos adquirían parte de la mercancía en la Ciudad de México y regresaban a Morelia tras seis días de viaje; aunque directamente compraban un porcentaje significativo de artículos en Inglaterra, París y Lyon, los cuales llegaban al Puerto de Veracruz.

Los hermanos Audiffred, quienes se asociaron con otros fundadores de la Compañía Industrial Veracruzana de Tejidos de Ciudad Mendoza, fueron conocidos como “los cuatro sin mujer”, ya que no contrajeron matrimonio. Como era costumbre en las casas francesas de Lans y otros lugares, ellos, los hombres de negocios, firmaban contratos por tres, cinco y hasta ocho años para no contraer matrimonio, que muchas veces refrendaban al término de los mismos, porque debían entregarse por completo a la encomienda de fundar empresas, fortalecerlas y transformarlas en firmas de prestigio, motivo por el que no es de sorprender que no pocos de ellos, en aquella época, permanecieran solteros.

Bajo el liderazgo de León, los Audiffred simbolizaron una dinastía y se sumaron a otros destacados migrantes barcelonettes que trabajaron con empeño y acumularon cuantiosas fortunas, indudablemente despertando suspiros femeninos porque en México no ha sido mínimo el número de personas que sienten embeleso por los extranjeros, a tal grado que a las miradas azules y verdes les denominan “ojos de color” y a la gente de tez más clara le llaman “güera”, aunque no sea rubia.

La alianza de los recién llegados hermanos Audiffred, en 1871, con su paisano Camilo Cornille, representó el inicio de un imperio económico. Fundaron, en Morelia, el cajón de ropa Cornille y Audiffred; pero bastaron seis años para que en 1877, inauguraran la negociación Audiffred Hermanos, que en el albor del siglo XX cambió su razón social por Audiffred Hermanos y Compañía, casa que en esa época porfiriana contó con el respaldo de El Puerto de Liverpool y El Louvre. Esa empresa, fue dirigida por tres familias, cada una en distinto período: Audiffred, Jaubert y Reynaud.

Como otros empresarios, los Audiffred otorgaban créditos refaccionarios e incluso hipotecarios a hacendados, comerciantes e industriales, con intereses bastante considerables y en ocasiones, ante situaciones económicas, sociales y políticas tambaleantes, en las que difícilmente era posible cubrir los adeudos.

Nadie desconoce que los cajones de ropa, fundados por extranjeros -franceses, en su mayoríay mexicanos, fueron resultado del interés de la aristocracia porfiriana y de la clase media en las modas europeas. París dictaba el estilo de vestir. Un país encadenado a la zozobra, a las simulaciones, a la miseria, a los conflictos políticos y sociales, a la corrupción, a la turbulencia y al racismo, acogía con beneplácito esa clase de cajones, donde había desde ropa y sombreros hasta perfumes, libros y mercancía de lujo, como hoy, en otro esquema, en las plazas y los centros comerciales.

México viene, como país, de conflictos sangrientos, corrupción entre políticos, ambición desmedida por parte de grupos capaces de descontrolar a la nación, violaciones, fracasos, traiciones, engaños y crímenes, y nadie, ayer y hoy, ha deseado para sí volver a las cadenas de la miseria. Los cajones de ropa, como actualmente los centros y las plazas comerciales, siempre han ejercido un encanto en la gente, acaso porque le da glamour, probablemente por ser un deleite el arreglo y el aspecto personal, quizá por ser maquillaje en un lugar de apariencias, tal vez por todo.

Consta en archivos notariales e históricos que ellos, los hermanos Audiffred, extendieron su influencia comercial a Pátzcuaro, Uruapan, Ario de Rosales, Tacámbaro y otras poblaciones michoacanas; pero igualmente se asociaron, al finalizar el siglo XIX, con la Compañía Industrial de Atlixco, textilera de la que Ramón Ramírez Núñez también poseía acciones. Tejieron una red y formaron un imperio económico. Establecieron alianzas y negocios no solamente en Atlixco, Puebla, sino en Guanajuato, Veracruz y Guadalajara, por medio de las firmas Caire y Audiffred, Audiffred y Compañía y Audiffred y Garel, respectivamente.

Cuenta la historia que cuando los hermanos Audiffred acumularon una fortuna cuantiosa, llegaron a una casa, en París, que se encontraba muy próxima al Arco del Triunfo. Sus días se diluyeron entre el ambiente parisino y las carreras de caballos; mas los meses de julio y agosto de cada año, radicaban en su palacete construido en una reserva enorme, en Jausier, conocida posteriormente como Villa Morelia.

Influyentes como la mayoría de los integrantes de la comunidad francesa establecida en la capital michoacana, los cuatro hermanos Audiffred construyeron, entre 1903 y 1904, la mansión de exquisita arquitectura ecléctica -le chateu-, ostentosa, con esculturas, chimenea y ático de pizarra, en su terruño, Vallée de l´Ubaye, Jausiers, Francia. Más tarde, el arquitecto F. Girard talló la tumba augusta en mármol, donde los cuatro hermanos, cada uno en su tiempo, fueron depositados al morir solteros, célebres y dueños de una fortuna cuantiosa.

De ambas tumbas, la de Ramón Ramírez Núñez, en Morelia, y la de León Audiffred y sus tres hermanos, en Jausiers, gravitan hondos suspiros y los susurros de un enorme vacío porque los fragmentos permanecen aquí y allá, en cada espacio y rincón, en los otros días, como si de pronto la vida y la muerte fueran un símbolo y se empeñaran, por alguna causa, en reunir a quienes compitieron en los negocios, y ante los signos de su época, establecieron acuerdos y alianzas y se inscribieron en la historia al convertirse, en los días de 1896, en presidente y en tesorero, respectivamente, del primer consejo formal de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia. Compartieron días y capítulos, con sus encuentros y desencuentros, y cada uno partió con los episodios que protagonizó; sin embargo, los sepulcros quedan, al final, entre la desolación, los recuerdos y el olvido, con el resumen de la vida y la muerte, y el eco, quizá, de la historia humana.

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  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. Fue fundada en 1541
  • La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fue fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen, y formalizada un año más tarde, en 1896, por el comerciante y hacendado Ramón Ramírez Núñez. Se trata de una de las agrupaciones de comerciantes más antiguas de México
  • La bibliografía y las fuentes de consulta se encuentran inscritas en el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, escrito por Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Historias de la Cámara de Comercio de Morelia: Circular 8

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los nombres y apellidos, las cosas, los acontecimientos, las fechas y los rostros de antaño naufragan en la desmemoria, en las páginas amarillentas y quebradizas, en las hojas sueltas y fragmentadas, en los recuerdos incompletos, en las imágenes rotas. Son historia olvidada o fracturada.

En alianza con los años, con las manecillas del reloj que giran inagotables, el recuerdo y el olvido arrugan los documentos, los rasgan, y lo que no está escrito, lo que se vivió, finalmente se desvanece en los minutos postreros de la gente, se diluye en las tumbas frías y desoladas.

Todo, al final, queda preso en el ayer, en los otros días, y lo que no se registra y conserva, se pierde, queda recluido en mazmorras oscuras, tras los barrotes de la amnesia y del extravío de la razón. A veces, alguien intenta recordar, tejer o rescatar la historia, a pesar de que sus partes sean trozos, pedazos que deambulan con muletas, en el afán de descubrir el sentido de la vida y sus cosas y dar respuesta a tanta interrogante.

Hoy, al pasear y escudriñar los muchos días del ayer, es preciso caminar por los pasillos, corredores y recintos de la casona antigua de cantera que pertenece a la Cámara de Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia*, donde, en medio de rumores y silencios, se perciben el eco y las fragancias de otra gente.

Refiere la tradición que, desde su fundación, en 1895, por el ferretero alemán Luis Andresen, y su protocolización, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, ambos respaldados por los hombres de negocios más importantes de la época, la Cámara de Comercio de Morelia tuvo participación constante e intensa en los acontecimientos y en la historia de México.

Y así lo respalda, verbigracia, la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industrias y Profesiones del Estado de Michoacán, escrita e impresa en 1930 por Agustín Vega y dedicada al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, al tratar, entre otros temas, el relacionado con la Circular número 8, elaborada por los directivos de la entonces Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia.

El libro establece que la institución “ha venido haciendo sentir su influencia dentro de los intereses que representa, logrando colocarse en situación de hacerse escuchar por todas las fuerzas vivas de la República”, principalmente en una época complicada para México que venía de un estallido social, en 1910, con sus posteriores luchas y traiciones entre generales y grupos interesados en apropiarse del poder.

La publicación establece que, “en la actualidad”, la institución “tiene en estudio varios problemas de gran trascendencia para el país, y ha realizado iniciativas tan importantes como la de su Circular número 8, del año próximo pasado”, es decir de 1929, “en la que anticipándose a las declaraciones últimas que hizo el señor general Calles”, en esos días presidente de México, “respecto del Agrarismo, pidió que todas las instituciones similares hicieran un esfuerzo para que el problema agrario fuera resuelto en todo el país, pidiendo a sus distintos gobiernos locales y al Federal, que se pusiera un plazo más o menos corto en el que, sin lesionar intereses, quedase cumplido el reparto de tierras”.

De esta manera, “la Circular de referencia causó gran impresión en todos los círculos a donde fue remitida, y en muchos estados se hicieron las gestiones que contenía la iniciativa, con magníficos resultados”, y cita: “otras iniciativas de grande importancia, y que han sido aprobadas por todas sus similares, han sido llevadas a cabo en esta época, por lo que la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia ocupa un lugar prominente entre las instituciones de su género”.

Evidentemente, el documento citado, al referirse a agrupaciones similares y de su género, contemplaba las cámaras comerciales, agrícolas e industriales que en esa época había en el país, convulsionado por los estragos de la revolución de 1910 y la posterior lucha por el poder.

Y aquí se citan algunos ejemplos de las reuniones que celebraron, en su momento, los comerciantes, agricultores e industriales de Morelia, quienes trataron el tema y lo asentaron en las actas correspondientes.

En reunión de consejo del 10 de enero de 1930, fue leído por los comerciantes de Morelia el comunicado que la Cámara de Comercio de Zacatecas dirigió al Presidente de la República, de acuerdo con el contenido de la Circular número 8, e indicaba que estaba dispuesta a secundar la labor de los empresarios de la capital de Michoacán. La Cámara de Comercio de Morelia respondió que confiaba recibir la cooperación de esa agrupación homóloga una vez que Pascual Ortiz Rubio tomara posesión como mandatario nacional. Con similar estilo, los comerciantes morelianos respondieron a otras Cámaras del país, las cuales se sumaron y fortalecieron gradualmente la propuesta contenida en la Circular número 8.

La Circular número 8 resultó de tal importancia, que el propio Enrique Creel Cuilty, quien gobernó Chihuahua en el período 1907-1910, y fue secretario de Relaciones Exteriores de 1910 a 1911, fundador y presidente del Banco Minero de Chihuahua en 1882, del Banco Agrícola e Hipotecario de México en 1901 y del Banco Central de México en 1903, y líder de la Asociación de Banqueros de la República Mexicana en 1899 y vicepresidente de la compañía del Ferrocarril Kansas City México y Oriente, entre otros cargos, escribió a la Cámara de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, en febrero de 1930, cuyos consejeros asentaron por escrito: “si tenemos pensado todavía proponer al señor Presidente de la República algunas reformas a la Ley Agraria, pudiendo nuestra iniciativa acompañarse con los estudios que terminará el próximo mes de marzo y que publicará en forma de libro, del cual nos remitirá varios ejemplares. Túrnese al señor licenciado don Eduardo Laris Rubio para que se sirva contestarla en el sentido de que insistiremos y que se está estudiando la mejor forma de presentarnos al señor Presidente de la República, agradeciéndole además su inteligente colaboración”.

Un mes más tarde, en marzo de 1930, Enrique Creel expresó, a través de una misiva leída y asentada en uno de los libros de actas de la Cámara de Comercio de Morelia, que “celebra que hayamos continuado la buena labor de propaganda acerca de reformas al agrarismo, enterándose de nuestra resolución de dar cuenta de ellas al señor Presidente de la República; que igualmente, la Cámara Nacional Agrícola de México ha iniciado trabajos idénticos y que por correo remitirá diez ejemplares del folleto Agricultura y agrarismo“.

En marzo de 1930, la Cámara Nacional Agrícola de México lamentó “que no hayamos concurrido a la Convención Agrícola que debió celebrarse el día 10 del propio febrero y que por la prensa tienen conocimiento de los trabajos de esta Cámara, encaminados a resolver satisfactoriamente el problema agrario; insisten en que se nombre en la capital, persona que lleve la voz de esta Cámara para cambiar recíprocas impresiones”. La institución moreliana invitó a Alfredo Noriega y Salvador Cortés Rubio a convertirse en sus representantes ante dicha asociación agrícola.

Inmersos en los asuntos agrícolas, ellos, los consejeros de la institución, bajo el liderazgo de Bernardino F. Peraldí Carranza, quien por cierto fue sobrino de Venustiano Carranza Garza, presidente de México en el período 1917-1920, coincidieron, en una de sus reuniones de mayo de 1930, “dirigirse a las Cámaras de Comercio del Estado, rogándoles nos remitan a la mayor brevedad posible una lista de los principales propietarios de fincas, con el fin de unificar su criterio en materia agraria y procurar la cooperación de todos los trabajos que a ese respecto está llevando a cabo esta Cámara”.

Por cierto, el 22 de octubre de 1930, la Cámara de Comercio de San Luis Potosí dio a conocer a la de Morelia que se dirigió al Presidente de la República con la finalidad de respaldar la Circular número 8.

El 16 de junio de 1931, el presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio, comunicó a los miembros de la Cámara de Morelia que su administración estudiaba “la manera de resolver la difícil situación del país”, y que “el problema agrario no se dará por terminado mientras se soliciten tierras”.

Los problemas agrarios continuaban. El 10 de febrero de 1933, el presidente de la institución, Rafael Ramírez Jones, informó acerca de los asesinatos de Miguel Ponce de León y Felipe Castañón, cometidos por los agraristas, motivo por el que propuso, con el apoyo del consejo directivo, dirigir una nueva comunicación a los mandatarios nacional y estatal con el propósito de solicitarles el desarme de tales grupos.

No se doblegaron los comerciantes e industriales morelianos ante las circunstancias adversas de la nación. Defendieron su posición respecto a terminar el conflicto en el campo y agilizar el reparto agrario, con el apoyo constante de las asociaciones camarales y su Confederación. Y así se adelantaron, en sus propuestas, a los acontecimientos que entonces y años más tarde se registraron en México. 

Bien conviene enumerar los nombres de algunos de los empresarios que participaron en la elaboración de la Circular número 8 y de otros estudios y propuestas de trascendencia municipal, estatal y nacional, quienes demostraron arrojo y diversas ocasiones enfrentaron caprichos e intereses de la clase política: Miguel Herrejón Patiño, Bernardino H. Peraldí Carranza, Rafael Ramírez Jones, Vicente Barba y Casillas, Vicente González, Francisco G. Laris, Agustín Lagüera, Manuel Ruiz, Jesús Hurtado, José Román, Rafael Calderón, José Ramírez, Aurelio Delgadillo, Salvador Isla, Luis Ramírez, Pastor Castro Tinoco. Eduardo Laris Rubio, Agustín Martínez, Miguel Ramírez Munguía, Rafael Vallejo, Camilo Tron, Enrique Margaillan, Teófilo Jaubert, Enrique Gutiérrez, Heliodoro Durán y Leopoldo Sistos.

* Morelia es capital del estado de Michoacán y se localiza al centro-occidente de México. La antigua ciudad de Valladolid, hoy Morelia, fue fundada el miércoles 18 de mayo de 1541

Santiago Galicia Rojon Serrallonga es autor de diversos libros, entre los que destaca “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, publicado en el año 2019

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Foto de la Casa de Cristal: cortesía de Víctor Armando López Laderos y/o La Plana Noticias

Foto de la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industrias, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán: K. Galicia

Paseo por el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa mañana, caminé entre puestos de fruta y verdura, con aroma a campiña y sabor a tierra, viento y lluvia, y con colores y formas que recuerdan los diseños de la naturaleza, entre cargadores, gente atraída por el olor de los quesos y huacales apilados.

Percibí, entre los rumores del mercado, los golpes de los cuchillos y navajas contra los troncos y las bases de madera o hierro, al cortar las piezas de carne. Vi las carnicerías, donde cuelgan trozos de reses y cabezas de cerdos, o en las que permanecen las gallinas y los pescados sobre bloques de hielo que se consumen junto con las horas pasajeras de la existencia.

También escuché, entre los susurros, a los cargadores con sus diablitos y su grito tradicional “¡ahí va el golpe!”, a las señoras regateando los precios, a las cocineras que desde temprano ofrecen arroz, mole, chiles rellenos de queso, sopes, quesadillas, caldo de pollo, chilaquiles, pancita, pozole, tamales, sopa y una variedad de platillos.

El rechinido de las tortilladoras mecánicas se mezclaba, a esa hora matinal, con las conversaciones de comerciantes, ancianas, hombres y mujeres que hacen del mercado su pequeño mundo, escenario de sus vidas y campo de sus historias.

Igual que ilusiones efímeras, las piñatas de colores emulaban personajes infantiles, los sueños de un rato durante la brevedad de la existencia. Permanecían colgadas como lo que son, ilusiones que en un rato revientan alegría y arrojan dulces y sorpresas.

Piñatas, es cierto, para las posadas navideñas y las celebraciones infantiles, que combinan, en determinadas fechas, con las banderas mexicanas y los rehiletes que agita el viento.

En el pasillo dedicado a las flores, observé las rosas para el amor y la felicidad, pero también las que se entregan en el cunero a la madre y las que se llevan ante la tumba, en una mezcla de alegría y tristeza, con el sí y el no de la vida, con las luces y sombras que forman parte de la dualidad humana y del universo.

Las tiendas de los mercados son especiales. Los comerciantes, otrora diestros en elaborar cucuruchos con pliegos de papel estraza o periódico, pesan arroz, frijol, azúcar y sal. Cortan el queso con cuchillos filosos y distribuyen en los anaqueles las botellas con aceite, los sobres con sopa, las latas con chiles y conservas, los frascos con aceitunas, el café y el chocolate.

Nopales, tortillas de maíz elaboradas a mano, quesos, chiles secos, hierbas, remedios naturales para curar padecimientos, jitomates, limones, piñas, aguacates, guayabas, tomates, cebollas, pepinos, lechugas, melones, papayas, ejotes, fresas, ajos, papas, rábanos, calabazas, cilantro, zanahorias, chícharos, peras, elotes, manzanas, epazote, naranjas e incontables productos simbolizaban, en cada rincón, un mosaico de texturas, colores, formas y perfumes, dignos del más puro mexicanismo.

Ya no encontré, como antaño, los puestos con juguetes, donde los niños mexicanos pedían a sus madres les compraran muñecas de cartón o de trapo, canicas, trompos, baleros, yoyos, caballos con palos de madera, cuerdas, trastes en miniatura, soldaditos, vaqueros, caballos, carritos, monstruos, damas chinas y tableros de la lotería, la oca y serpientes y escaleras, quizá cual ensayo de la infancia a la vida; tampoco me topé con las perfumerías que comercializaban cremas de esencias y fragancias intensas, ni tubos para rizar el cabello.

No vi, a mi paso, las bolsas de cartón de estraza con asas del mismo material, algunas con líneas verticales color rojo, que ellos, los comerciantes, obsequiaban o vendían a sus clientes, ni distinguí, como antaño, los letreros que los fruteros y verduleros colocaban con los precios de su mercancía y en la parte inferior la inscripción de algún dicho mexicano.

Los pajareros casi pertenecen a las estampas del pasado, con sus jaulas de madera o alambre, apiladas y cargadas a la espalda, que aprisionaban loros, canarios, tzentzontles, pericos y otras aves. Eran compañeros, en las explanadas y plazuelas de los mercados, de vendedores de plantas, cilindreros, saltimbanquis, marimberos, pajaritos que sustraían papeles diminutos con la suerte del cliente en turno, paleros, hombres que colocaban sobre una mesa plegable conos para esconder la bolita -pelota pequeña que rodaban con destreza bajo la palma de alguna de sus manos-, payasos y merolicos que ofrecían desde pomadas con grasa de coyote y otras fórmulas y pócimas contra “paño”, “enfermedades de la mujer”, diabetes, impotencia, vitiligio, infertilidad, flebitis, juanetes, “mal de ojo” y nerviosismo, hasta la exhibición de alguna serpiente de cascabel que extraían de un canasto de mimbre.

Comprobé que todavía perduran algunos oficios antiguos, como el de los cargadores y el ya casi extinto de los afiladores, con sus caramillos. La ausencia de la marimba, del hombre que tocaba el acordeón o del guitarrista se siente de inmediato.

El Mercado “Revolución”, al que la población de Morelia -capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México- conoce popularmente como “de San Juan”, en alusión al barrio del mismo nombre, fue fundado en 1965, cuando la gente de aquella década y de años y centurias anteriores tenía la costumbre de concentrarse en la plazuela con la idea de comercializar productos del campo, leña, carbón, guajolotes y pescado.

No niego que el que se localiza en San Juan de los Mexicanos, es un mercado tradicional de Morelia que rememora a los antiguos habitantes de esa zona de la ciudad de Valladolid, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas.

Hasta antes de la fundación del Mercado “Revolución”, hombres y mujeres coexistían en el antiguo y tradicional jardín del barrio de San Juan de los Mexicanos. Unos pregonaban las características de sus mercancías, mientras otros, en tanto, regateaban los precios o practicaban el trueque.

Desde temprano llegaban los arrieros, agotados y enlodados, con sus recuas de mulas, profiriendo insultos a las bestias y embistiendo a los infortunados que se cruzaban en su camino.

Los carretones de madera, jalados por mulas, todavía funcionaban en la década de los 50, en el siglo XX. Los comerciantes establecidos en las colonias aledañas al centro, surtían su mercancía y la trasladaban en esos transportes rudimentarios de alquiler.

Cuando uno visita Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del típico jardín de Villalongín, el acueducto barroco del siglo XVIII, el otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y la pintoresca Calzada Fray Antonio de San Miguel, para recorrer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y conocer, de paso, el Mercado “Revolución”, con todos sus símbolos.

En los años virreinales del siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid fue el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los nativos que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Recordé, al pararme frente a la fachada del templo dedicado a San Juan Bautista, inicialmente, en el siglo XVI, compuesto de materiales endebles, y reconstruido en 1696, en la ancianidad del siglo XVII, que en su costado norte existió, hasta postrimerías de la decimonovena centuria, un cementerio antiguo y estrecho , el de San Juan de Dios, que por su insalubridad y saturación fue trasladado, junto con el de Santa María de los Urdiales, también en Morelia, al actual panteón de la ciudad, cuya primera inhumación se celebró en 1885 y su posterior inauguración se llevó a cabo en 1895, en las horas porfirianas.

Posteriormente, en el siglo XX, el terreno referido ocupó las instalaciones del tradicional internado México-España, Tal institución albergó, en 1937, a 437 niños exiliados de la guerra civil española, hasta que en 1965 se inauguró en dicho espacio el Mercado “Revolución”, el cual funcionaba, en una fase anterior, en el jardín o plazuela de San Juan.

Si ben es cierto que en el pasado se practicaba el comercio en el jardín o plazuela de San Juan, en 1956 las autoridades construyeron un mercado rudimentario que más tarde ocuparon la policía y los bomberos de Morelia, hasta que finalmente, con la reubicación de los vendedores informales del centro histórico de la capital michoacana, el inmueble fue derruido para construir otro funcional e instalarlos a partir del año 2001.

Decidí ingresar al pequeño atrio del templo de San Juan Bautista. Admiré la fachada. Descubrí, en primer lugar, la fecha de su reconstrucción: 1696. Hurgué datos en mi memoria, hasta que recordé que de acuerdo con documentos, las obras del recinto prosiguieron en 1748, según consta en la venta de solares para solventar la edificación.

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el día de San Venancio, un miércoles 18 de mayo de 1541.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular Barrio de San Juan, exhibe una cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original con siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina  dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Dos exhiben, igual que una abuela, las fechas de su fundición: 1769 y 1778. La otra también data del siglo XVIII.

Ya reseñé que contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio, el de San Juan de Dios.. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios atriales de San Agustín, El Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos fue utilizado para la inhumación de cuerpos.

Es importante resaltar que ante la peste derivada de la cólera morbus que enfrentaron los habitantes de la ciudad, el 26 de marzo de 1850 las autoridades dieron a conocer un decreto y fue así como el cementerio de San Juan funcionó para las inhumaciones, a pesar de su saturación e insalubridad.

Por cierto, la cruz ochavada de la Colonia que actualmente se localiza en el jardín contiguo al templo virreinal de Nuestra Señora de Guadalupe, al oriente del centro histórico de Morelia, se encontraba inicialmente en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente, en las postrimerías del siglo XIX, fue trasladada al panteón municipal, inaugurado en 1895. Todavía en las primeras décadas de la vigésima centuria, los militares fusilaban gente en el panteón municipal de Morelia, a un lado de la cruz colonial.

Entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, en diferentes espacios de la urbe, de manera que los amigos y las familias españolas, criollas y mestizas dialogaban plácidamente, bailaban alegres, cantaban emocionados, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, de acuerdo con la clase social a la que pertenecían. En San Juan de los Mexicanos, las familias indígenas también se reunían.

Paralelamente, los conspiradores de Valladolid, en 1809, no solamente se reunían en las casonas palaciegas del centro; también se citaban con sigilo en algunas de las construcciones más modestas del Barrio de San Juan de los Mexicanos. Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban en casas humildes y endebles. El Barrio de San Juan de los Mexicanos era idóneo para pasar desapercibidos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y a la Independencia mexicana de 1810, por lo que se trata de un acontecimiento histórico, más allá de las luces y sombras del movimiento. Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual, por cierto, figuraba en un mapa elaborado en 1794, una centuria después, como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Antes de retirarme del templo colonial de San Juan Bautista, miré el altar, el coro , el púlpito y las reliquias, como la imagen alusiva al nombre del recinto y del barrio, un Santo Entierro y un Cristo del siglo XVII, agonizante, del cual la leyenda popular refiere que crece conforme transcurre el tiempo.

Lamenté que autoridades, hoteleros, restauranteros y prestadores de servicios turísticos no se interesen en rescatar el Barrio de San Juan de los Mexicanos, restaurar sus rincones y trasladar a los visitantes a su mercado, al templo colonial y los espacios que forman parte del ayer y de la historia.

Mercado, templo y ecos de un ayer que cada día parece estampado en páginas quebradizas y traspapeladas en un viejo archivero o en un arcón del que ya no existen la cerradura ni la llave, acaso porque todo, ante la caminata del tiempo, se transforma en recuerdo y después en olvido.

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Capacho, rincón de la zona lacustre de Cuitzeo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Está en las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, pero también entre el lago, las ruinas arqueológicas de Huandacareo y el monumental ex convento agustino y colonial de Santa María Magdalena, en Cuitzeo.

No lo han borrado las centurias ni el viento. Cuando en determinados ciclos renace el lago de Cuitzeo y maquilla su rostro con el crepúsculo dorado del amanecer y amarillo, naranja y rojizo de los minutos postreros de la tarde o refleja la caminata pasajera de las nubes, la profundidad del cielo y los carrizos, árboles, nopaleras, cactus y plantas que crecen en la orilla, las luces y siluetas del caserío asoman en las noches.

El de Cuitzeo es un lago de ciclos. Cuando el nivel del agua es suficiente, se transforma en espejo enorme, en mundo de garzas, patos y aves que hunden sus picos para atrapar a los peces. El viento riza el manto acuático.

Tras la somnolencia de la noche y la madrugada, Capacho, asentamiento de origen purépecha que en lengua indígena significa “tierra de juncos” o “pueblo que se cambió”, despierta ante el trinar de las aves que se refugian en el follaje de los árboles, el tañido del campanario y los rumores del aire.

Las callejuelas desoladas y silenciosas, acostumbradas al paso de generaciones, despiertan y reciben la algarabía de los niños que juegan e inventan su mundo, de los hombres que se dedican a la labranza, de las mujeres que acuden al amasijo, al nixtamal, a la tienda.

En otras horas, la orilla del lago, entre Cuitzeo y Huandacareo, estuvo poblada por indígenas que adoraban ídolos y construían pirámides. Es allá, en un rincón añejo de la loma de Capacho, donde asoma el templo fechado en 1722, relicario del Señor de la Expiración, en su ambiente de veladoras, incienso, copal y oraciones que fluyen en el ambiente de un pueblo lacustre.

Relata la tradición, atrapada en los días virreinales, que El Señor de la Expiración o de Capacho, como le denominan los moradores del poblado, fue descubierto en un monte, en un paraje abrupto y desolado, que se encontraba resguardado por una pilq de piedras.

Las autoridades eclesiásticas de aquellos años, los de la Colonia, decidieron trasladar la imagen a Cuitzeo tras pensar que aparecería el dueño de la imagen para reclamarla. Transcurrieron los días, las semanas, sin que alguien se acreditara como propietario de la escultura.

Otra versión, dentro de la tradición oral, narra que durante las horas ya distantes de la Colonia, dos personas, una de Capacho y otra de Cuitzeo, descubrieron la imagen en el paraje mencionado y acordaron que cierto período del año permanecería resguardada en el primer pueblo y la otra, en tanto, en el segundo.

No obstante, en sus conversaciones, algunos ancianos coinciden en que no fueron dos personas quienes descubrieron al Señor de la Expiración o de Capacho en el paraje montaraz, sino tres. Dos de ellos eran originarios de Capacho y el otro, en tanto, de Cuitzeo. Esto originó que se tomará la decisión de que la imagen permanezca la mayor parte del tiempo en Capacho y menor período en Cuitzeo.

A partir de entonces, quedó establecida la tradición popular de despedir al Señor de la Expiración o de Capacho en su recinto, en el pueblo, para conducirlo, un día después de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, en junio, a Cuitzeo.

Se trata de una gran festividad. Los moradores se unen a la procesión y caminan bajo el sol, entre la campiña y el lago, en medio de oraciones, juegos pirotécnicos y música de banda de viento. Llevan la imagen a Cuitzeo. La fiesta dura ocho días. El Señor de la Expiración es devuelto a Capacho el 17 de octubre, donde la multitud lo espera y recibe con intensa devoción y júbilo.

Tal vez uno de los detalles más cautivantes y enigmáticos de Capacho es el bloque donde reposa la cruz atrial. Es un relieve peculiar e irrepetible que desde hace más de dos siglos exhibe tres rostros que aluden a la Santísima Trinidad.

El efecto fue creado por un artista anónimo. De nombre desconocido, el escultor indígena talló en la cantera cuatro cejas y el mismo número de ojos, unidos a tres narices e igual cantidad de bocas y barbas que forman tres rostros.

Tan extraordinario e inigualable relieve de manufactura indígena, da la espalda a la fachada parroquial y atisba tres árboles que, paradójicamente, permanecen en lazados como los rostros donde reposa la cruz atrial.

Quien admire la talla colonial, descubrirá que en el centro de la cruz de piedra, precisamente donde se unen los ejes horizontal y vertical, se encuentra el rostro de un Cristo de facciones indígenas con una corona de espinas, distribuyéndose a los lados del mismo las pinzas y el martillo, que rematan, en los extremos, con manos ensangrentadas.

Adicionalmente, existen otras cruces de piedra que llaman la atención, como la que se localiza a un costado del templo, cerca de la torre, y la que se encuentra en la barda perimetral, ambas náufragas de minutos virreinales.

Tras la incansable travesía de las horas y las nubes -hermanas, al fin, que comparten similar destino al desvanecerse-, uno comprende que en Michoacán existen incontables historias por desentrañar, y que pueblos como el de Capacho, a la orilla del legendario lago de Cuitzeo, merecen un recorrido turístico.

Capacho se sitúa a mil 849 metros sobre el nivel del mar y se localiza en el municipio michoacano de Huandacareo. El recorrido de Morelia a Capacho, consta de 40.5 kilómetros, es decir un viaje de alrededor de 41 minutos. Una vez que el automovilista llegue a Cuitzeo, tendrá que tomar la dirección a Huandacareo para llegar a Capacho.

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La Alberca, en el cerro de Los Espinos, trozo paradisíaco

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas veraniegas, el aire dispersa los aromas a tierra mojada, hierbas y flores silvestres. Los senderos conducen a parajes intrincados, donde los insectos se refugian. El ascenso entre árboles, piedras y matorrales es lento. El calor húmedo acaricia la piel y sonroja los rostros de los caminantes.

Los rumores de la naturaleza se mezclan con el crujido de las varas al ser pisadas por los viajeros, quienes contemplan la llanura de lo que otrora fue la ciénaga de Zacapu, circundada por montañas que se abrazan en un ciclo imperturbable de auroras y ocasos, primaveras y veranos, otoños e inviernos.

En determinados parajes, las mariposas revolotean y posan, frágiles, sobre las flores ufanas y policromadas, mientras los pájaros hurtan las semillas, pican los frutos, atrapan insectos o vuelan raudos a las frondas de intenso verdor.

Parece como si todo, en la naturaleza, tuviera una correspondencia, de tal manera que las hojas que desprende el viento, la flor que coexiste imperceptible entre la intensidad del verdor y las gotas de lluvia, mantienen relación con las tonalidades de los arcoíris y el color del barro que salpica ante la caminata.

Cuando uno llega, finalmente, a la cima del cerro de Los Espinos, en el municipio michoacano de Jiménez, siente embeleso al contemplar el cono natural que contiene un espejo acuático, ondulado por los ósculos del aire, que refleja las siluetas del bosque y el coqueteo de las nubes de efímera existencia.

El paisaje lacustre es imponente. Cautiva. Al admirar la vegetación y el manto acuífero, uno tiene la sensación de encontrarse en un mundo mágico, en un rincón escondido entre lo abrupto de la naturaleza, a salvo de las fauces de la modernidad.

A una hora y otra, en la mañana y la tarde, las pinceladas de la naturaleza tiñen el escenario lacustre con matices que cambian del azulado o cristalino al morado o al verde, e invitan a contemplar el paisaje o caminar y correr por las veredas.

Durante las mañanas nebulosas y frías o las tardes cálidas o lluviosas, el aire húmedo se introduce al cráter, donde el agua responde a las caricias con un oleaje rizado, apacible y rítmico.

Unas veces grises, plomadas, y otras, en cambio, blancas, rizadas, las nubes asoman al lago atrapado en el cráter de Los Espinos, que recibe la mirada del sol. Con la mochila sobre la espalda, uno admira el cráter, la hondonada, la vegetación, y distingue el proceso de mutación en el maquillaje acuático. Respira el caminante una y otra vez, hasta percibir el aroma de la campiña, la fragancia de las flores, el perfume de la hierba, la hoja, la tierra mojada. Inesperadamente, distingue alguna corriente, un remolino, en el agua.

Existen algunos espacios con asadores para organizar reuniones, comer y admirar el paisaje natural; también, para quien lo desea, los senderos invitan a rodear el cono imponente.

Ya en aquella cima de origen volcánico, el turista desciende al cráter por un sendero chueco y empinado, entre árboles, arbustos y matorrales que de inmediato, al rozarlos, desprenden su fragancia agreste, su perfume montaraz.

Es, para el viajero, la excursión de los sentidos y, adicionalmente, el reencuentro consigo, con la naturaleza. Percibe el palpitar de la vida en cada rincón. El turista siente el aire húmedo en su rostro sonrojado y las caricias de la hierba en sus brazos y manos.

Los gemidos de la hojarasca y las varas al quebrarse, al ser trozadas por los pies del caminante, no son ajenos al murmullo de árboles balanceados por el viento ni al trinar de los pájaros, porque todo parece nota del mismo concierto.

Unas cosas presentan aromas y otras cantos, policromía y sabores; pero todas son hermanas, parientes, y permanecen mezcladas en el lienzo de la naturaleza. Formas, perfumes, sonidos, tonalidades.

Durante su descenso, el trotamundos repasa, como siempre, las páginas empolvadas de la historia, para recordar que discurrían los años precortesianos cuando los indígenas creían que allí, en el cráter, moraban fuerzas malignas.

Relata la tradición que ellos, los nativos, realizaban sacrificios humanos con intención de apaciguar los males que consideraban existían en aquel paraje de rasgos lacustres y volcánicos.

Ya en los días coloniales, las mujeres que descendían con la intención de bañarse y lavar ropa, eran asustadas por el diablo que allí se refugiaba, según la leyenda, de manera que su enojo era tanto que provocaba remolinos y que el agua se agitara hasta impactarse contra la orilla.

Las mujeres corrían despavoridas por la escarpa para huir de aquel fenómeno. Quienes volteaban, descubrían aterradas el rostro del demonio asomado en medio del lago. Algunas murieron ahogadas o se accidentaban durante las huidas.

Fue, por lo mismo, que en las horas juveniles de la Colonia, en el siglo XVI, los naturales solicitaron a un personaje enigmático y tan querido por ellos, fray Jacobo Daciano, que bendijera el cráter y ahuyentara, en consecuencia, los males que allí se alojaban. Y así lo hizo.

El religioso acudió al cráter, acompañado de la comunidad indígena, donde expulsó al demonio, quien provocó un enorme e imponente remolino de agua antes de marcharse. Tras la agitación del lago, prevalecieron la calma y el silencio.

Ya en ese momento, próximo a la orilla del lago, el visitante no olvida que fray Jacobo Daciano o de Dacia, quien nació entre 1482 y 1484 y fue hijo de los reyes Juan y Cristina de Dinamarca, llegó a la Nueva España en 1542 tras haberse entrevistado con el emperador Carlos V y recibir su autorización para zarpar, cuando el mar olía a aventura, peligro y piratas, hacia América.

A diferencia de la mayor parte de los europeos que en aquellas horas coloniales llegaron a la Nueva España en busca de aventura y fortuna, él, fray Jacobo Daciano, amó a los indígenas y se preocupó por ellos, quienes lo consideraban su benefactor y hombre prodigioso y santo.

Fray Jacobo Daciano fue el evangelizador franciscano del que los indios aseguraban poseía facultades extrasensoriales como aparecer en varios lugares al mismo tiempo y levitar. Fundó diversas poblaciones, como Zacapu. Tal fue el amor que por él experimentaron los purépechas, que al morir en Tarecuato, Michoacán, su última morada, y ser sepultado, éstos, los nativos, extrajeron su cuerpo de la tumba y lo colocaron en un nicho del templo, tras el retablo del altar mayor. El cuerpo no se corrompía. Cada cuatro o cinco años, los purépechas le cambiaban hábito; conservaban los anteriores como reliquias muy veneradas.

Acaso esas son las cavilaciones, las remembranzas históricas del turista, quien de pronto, a fuerza de caminar y resbalar por el sendero silvestre, se descubre ante el lago verdoso y en ocasiones azulado o morado.

Sentado en una piedra o quizá en un tronco enlamado o musgoso, permanece largo tiempo en aquella hondonada lacustre y volcánica, observando un escenario de la historia y de la naturaleza.

En ocasiones, el graznido y el trinar de las aves distrae su atención y a veces, en cambio, la mudez que suele demostrar la naturaleza a los hombres y mujeres de soledad, se manifiesta extraordinaria. Da la impresión de que el silencio empieza a hablar, a musitar desde todos los rincones.

Libre como la hoja que se desprende del árbol y es mecida suavemente por el aire, hasta caer al agua y navegar en un delicioso arrullo, el viajero rompe las ataduras y se siente pleno y libre.

Ausente de lo cotidiano, de lo rutinario, enriquece su existencia y quizá hasta se atreve a abrazar un árbol o introducir sus pies en el agua, en el lago, para percibir, al menos unos instantes, el pulso de la naturaleza y la vida.

Cuando hace algunos años, investigadores franceses exploraron La Alberca, en el cerro Los Espinos, que realmente pertenece al municipio de Jiménez y no, como muchos creen, al de Zacapu, concluyeron que el lago no está contaminado. Mundo de peces, el lago presenta sal a cierta profundidad, de acuerdo con los resultados de los investigadores europeos. No detectaron fácilmente el fondo en determinadas áreas, seguramente por sus conexiones en las entrañas de la tierra, pero la profundidad máxima es de 32.5 metros.

Al cerro de Los Espinos, donde abundan huizaches, matorrales y piedras, también se le conoce como volcán de Santa Teresa, o sencillamente La Alberca. Cada año, en octubre, la comunidad de Los Espinos celebra a Santa Teresa, su patrona, con ascenso al cerro, donde el sacerdote oficia misa y la gente, henchida de euforia, lleva banda de música de viento, mariachi y juegos pirotécnicos.

Hay que recordar que ya en las horas porfirianas, e incluso en los días de Reforma, entre el siglo XIX y hasta la aurora del XX, se emprendió la absurda tarea de secar la ciénaga de Zacapu, que era rica e inmensa.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se impulsó la absurda desecación de la ciénaga de Zacapu. Tanta culpa tuvo la administración de Benito Juárez García con su proyecto general de desagüe, como la de Porfirio Díaz Mori, quien calificó las ciénagas, junto con su equipo de “científicos”, de insalubres, carentes de producción y generadoras de una actividad económica miserable.

Los resultados siguen a la vista: miseria y desequilibrio ecológico. Mentalidad aquella, como la de hoy, irracional: destruir lo insustituible a cambio del enriquecimiento de una minoría. Ya en el siglo XXI corresponde a las generaciones contemporáneas el rescate y la protección de sus recursos naturales.

En los días del siglo XVII, fray Alonso de la Rea anotaba que “debajo de este cerro -el de Los Espinos- cae la ciénaga de Zacapu, donde hay lagunas profundísimas con infinito pescado. De esta ciénaga tiene su nacimiento el río Angulo, que discurriendo hacia el norte… se precipita de un cerro muy alto con tanta violencia que abajo, entre el golpe del agua y el peñasco, se pasa a pie enjuto. En esta ciénaga hay infinita caza de patos, y así veremos que toda esta provincia no tiene palmo que no sea fértil y abundante, así de caza como de pescados”.

Uno, al concluir el día entre los parajes abruptos del volcán de Santa Teresa -La Alberca, en el cerro de Los Espinos-, desciende cautivado por los encantos de la naturaleza, con el sentimiento y la alegría de llevar en la mochila de trotamundos un fragmento del paraíso, un trozo del poema de la vida. Vivencias y fotografías para el recuerdo.

De acuerdo con datos oficiales, el lago tiene forma semicircular. Los especialistas calculan que se trata de 370 metros de diámetro en una superficie de 11 hectáreas; además, la máxima profundidad es de aproximadamente 32.5 metros.

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Este texto fue publicado en el portal de Quadratín Michoacán: https://www.quadratin.com.mx/principal/la-alberca-los-espinos-paraje-natural-embelesa/