En estos días y los que siguen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días pasados y los actuales, han alterado las notas de la vida, y no es por el destino ni por el tiempo. La guerra continúa con su rostro deforme e irreconocible, casi sin que lo note la gente que está tan distraída y desconoce que, junto con otros miles de millones de seres humanos, se ha convertido en prueba de laboratorio, en ensayo perverso, en producción en serie, en estadística. El agua, el oxígeno, la tierra y los alimentos, en el mundo, se agotan, al mismo tiempo que manos ambiciosas, crueles y egoístas -las mismas que crearon los desórdenes y propician el caos, el odio, las enfermedades, los enfrentamientos, la destrucción, los antagonismos y la muerte- acaparan los recursos naturales y minerales y acumulan fortunas y poder inmensos que contrastan con el hambre, las carencias económicas y las enfermedades. Mucha de la gente que se dedica a la ciencia, al arte, al conocimiento, ya lo comprobamos una y otra vez, es soberbia, ausente de sentimientos, y tiene precio. Vende el arte y la ciencia igual que se comerrcializa cualquier baratija. Son mercenarios que se han aliado al mal y a los que no les interesa prostituir el bien, la verdad, la justicia y la libertad. La élite ha saqueado al planeta, con la cacería de animales, el botín que obtienen de las entrañas de la tierra y los paraísos de cristal y mármol que construyen sobre esteros, bosques y selvas, siempre culpando a las multitudes que formó a través de la televisión y los medios de internet. Y la guerra se acentuará. Ahora, tras el experimento del Coronavirus, poseen el mapa completo, la geografía humana, y saben cómo reaccionan cada pueblo y raza. Intentan, y lo están logrando, apoderarse de la voluntad humana, destruir a los que les estorban y significan cargas onerosas, a quienes sienten y piensan diferente. La búsqueda de condiciones favorables a la vida en el espacio, en otros planetas, no es con el objetivo de beneficiar a la humanidad, sino a un segmento privilegiado materialmente, y no solo con la idea de colonizar el universo, sino para obtener y ganar la supremacía militar y el control absoluto. Y claro, también saquearán las riquezas de otros planetas, aunque la inversión supere las cantidades que se requieren para alimentar y sanar a las multitudes. Seguramente habrá nuevos minerales y piedras que sustituyan al oro y a los diamantes. Todo será distinto. De hecho, ya lo es. Si el denominado Covid-19 fue diseñado, creado y disperso en sitios estratégicos para su propagación inmediata, se trata del principio de la destrucción masiva, y pronto, sin duda, surgirán otras expresiones que asustarán, desestabilizarán y aniquilarán a amplio porcentaaje de hombres y mujeres a nivel global. Si innumerables artistas y científicos se han escondido, por conveniencia, miedo o interés, otros, lo sabemos, son mercenarios que trabajan a favor de quienes les pagan. Dentro de esa basura humana que ha tenido oportunidad de dominar las manifestaciones artísticas y el conocimiento, también existen hombres y mujeres auténticos y extraordinarios, capaces de desafiar a los dueños de las fortunas y del poder, con el objtivo de defender la verdad, el derecho a la vida, las libertades y la dgnidad humana. Quienes aún poseemos la fortuna y el privilegio de contar con valores y practicarlos para bien propio y de los demás, en la incabable tarea de construir un mundo hermoso y pleno, tenemos la obligación, el compromiso y la responsabilidad histórica de crear e investigar con ética y respeto, siempre para beneficio de la humanidad. El arte y la ciencia, si son auténticos, tienen el compromiso irrestricto de invitar al bien, a la verdad, al desarrollo equilibrado e integral de la humanidad y de toda expresión con vida e inanimada, a la evolución. Y el arte y la ciencia, en manos de gente honesta y con valores, no están a la venta, y menos para causar sufrimiento en los demás. Al menos, yo no utilizaría mis letras y mis palabras, en la destrucción y en el engaño, y sobre todo cuando pienso que el arte es lenguaje de Dios, destello de la fuente de bien y luz.

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1968

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Pido a mis lectores que me disculpen si acaso escribí abrumado. Hace rato, mientras escribía el presente texto, no pude contener las lágrimas al recordar el dolor y la impotencia con que mi padre narraba la masacre contra incontables jóvenes estudiantes, de la cual fue testugo en 1968

Un extraño silencio prevaleció en las calles. El ambiente, enrarecido, parecía distinto al de otros días, al de meses pasados, cuando la gente, en postrimerrías de la década de los 60, en el siglo XX, caminaba apacible, miraba aparadores, se asombraba con la mercancía novedosa, y los campanarios de los templos coloniales sonaban cada hora.

Entre el Zócalo y La Alameda Central, en la Ciudad de México, se resumía una atmósfera cosmopolita, la difícil prueba de la coexistencia en un país en el que el campo abandonaba los surcos y se iba a un paisaje de concreto, cristales y ladrillos. La luz solar y de la luna y de las estrellas parecía secundaria en una urbe de colores, lámparas y reflectores. Los caminos rurales y la campiña, próximos a la ciudad, se volvían avenidas, calles, viviendas. El agua y los poros de la tierra resultaban asfixiados por el cemento.

Se trataba de una época, la de los 60, en la que se registraron el encuentro y el desencuentro de generaciones. Convivían, entonces, personas que nacieron en la segunda mitad del siglo XIX, en la etapa porfiriana, durante la Revolución Mexicana de 1910 y todas las décadas de luchas y traiciones de los generales que ambicionaban el poder, el período de los políticos que gobernaban con el respaldo de un estallido social que se caracterizó por violaciones, rapiña, crueldad e injusticias y que, con el respaldo de intelectuales mercenarios, volvieron sagrado e intocable. En las estaciones radiofónicas se escuchaban valses, música clásica e instrumental, ópera, canciones populares, baladas románticas y melodías populares. Coincidieron generaciones muy heterogéneas en aquella década que ahora se siente cada día más lejana, en orillas que empequeñecen conforme transcurren los años.

La capital de México vivía el proceso de transformaciones, positivas y negativas, que intervienen durante las metamorfosis citadinas. México venía de un movimiento revolucionario sanguinario, de desenlaces de asesinatos y rapacidad, de farsas históricas, abusos, saqueos y corrupción; pero también de elementos bellos, invaluables, únicos e inigualables, con los antecedentes de dos guerras mundiales, la repartición del mundo para cada bloque y la multiplicidad de acontecimientos que se presentaron, sucesivamente, a nivel nacional y global.

Dentro de aquel panorama, algo acontecía. Los jóvenes mexicanos, como en diversas naciones, se rebelaban y, al mismo tiempo, expresaban la necesidad de implementar otras tendencias en la existencia humana. Muchas aspiraciones eran legítimas, tenían ciertos motivos y razones, en un mundo de costumbres y reglas que mostraban agotamientos y signos de caducidad, mientras otras, simplemente, parecían locuras de una generación de jóvenes greñudos, sucios, rebeldes y viciosos, seguidores de los Beatles, los Credence y otros grupos.

En México, las autoridades los reprimieron criminalmente en los días de 1968. Los testimonios de los sobrevivientes, los documentos de la historia y una diversidad de material se encuentran a disposición de los analistas e investigadores, motivo por el que, en esta página, no tiene caso reproducir los argumentos, las tesis y los capítulos que se han repetido y se encuentran en diversos archivos e instituciones.

Hay silencios que traen rumores y arrastran olor a muerte, a dolor, a miedo. Uno, al notarlos, al descifrar su lenguaje, comprende que algo ha cambiado, que existen signos que pulsan en el escenario y que pueden desencadenar, en cualquier momento, situaciones adversas y peligrosas.

Esa tarde, mi padre detectó que tras el silencio repentino, trastornado por algunas ráfagas de viento, apenas se distinguián los rumores que crecían ante la caminata de los segundos. Calles como Francisco I. Madero y 5 de Mayo, entre otras, de pronto quedaron desoladas. La gente -hombres y mujeres de diversas edades y clases sociales- corría aterrada y enloquecida en busca de refugio, mientras los propietarios y responsables de negocios -bazares de antigüedades, numismáticas, tiendas de fotografía y de telas, zapaterías, librerías, discotecas, boutiques, relojerías- ordenaban a los empleados que cerraran los establecimientos comerciales.

Las cortinas de hierro caían, pesadas, al suelo. Los empleados, también aterrados, cerraban y aunque algunos intentaban evitar el paso de la gente, eran arrollados por las multitudes que buscaban escondites. No había tiempo para discutir ni para echar a la gente a la calle. Había que cerrar.

El silencio enrarecido dispersó, tras de sí, ráfagas de viento, lluvia, gritos, disparos y rumores metálicos de tanques de guerra y motores de camiones de carga. Mi padre, que permanecía oculto, con otros hombres y mujeres, en una joyería, miró desde las ventanillas de la cortina de acero, el espectáculo terrible que ofrecía el aniquilamiento cobarde de incontables jóvenes de preparatoria y universitarios.

Mi padre, quien en junio de 1944, participó en el Desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial, conocía el perfume del odio y de la muerte. Reconoció la matanza, y esta vez en perjuicio de jóvenes inocentes que enfrentaban la crueldad, dureza y corrupción del poder.

Unos, en el interior del local comercial, oraban, mientras algunos gritaban, lloraban o sentían desfallecer. Mi padre, asomado a la calle, fue testigo de aquella matanza brutal. Vio, entre los estudiantes que corrían despavoridos, a una mujer joven, quien detuvo la carrera, volteó hacia el tanque, colocó sus manos en la cintura y lo reto. El tanque, imperturbable, la embistió y la aplastó, paralelamente a los disparos contra otros estudiantes que corrían y de pronto se desplomaban mortalmente heridos o ya sin vida.

Detrás de los soldados y de los tanques, avanzaban camiones en los que otros militares recogían y depositaban los cadáveres de los jóvenes, algunos mal heridos que eran arrojados y apilados. Se desangraban y el personal de la milicia los remataba con palas y rastrillos de acero. Entre los cadáveres acumulados en los camiones, algunos jóvenes todavía se movían. Agonizaban entre otros elementos y signos de la muerte. Los hombres esculcaban su ropa, les robaban aretes, dinero, collares, pulseras, relojes y hasta zapatos, para de inmediato asesinarlos brutalmente.

Impotente, mi padre derramó lágrimas en silencio, con la amargura de quien ve la muerte de seres inocentes a unos metros de sí. Una cortina de hierro y una puerta de cristal, en un negocio de diamantes, oro, rubíes y joyas, lo separaban, como a otros ciudadanos, de la muerte despiadada de muchachos inocentes. Ser joven, en esos días, casi era un delito en la Ciudad de México y en otras urbes.

Nuevamente, los gritos, las balas, los cristales rotos, el rodaje metálico de los tanques y los rumores de los motores, se desvanecieron, y apareció el silencio, el sigilo de la muerte que se apoderó de las calles manchadas de sangre, entre cuadernos, libros, morrales, zapatos y pertenencias juveniles.

Las nubes plomadas flotaban, hasta que el aguacero y los relámpagos se apoderaron de las calles del centro de la Ciudad de México. Los comerciantes ordenaron abrir las cortinas y los portones de sus establecimientos con la intención de desalojar a la gente refugiada.

Hombres brutos, engrandecidos y poderosos por las armas, el entrenamiento militar y los uniformes, gritaban a los ciudadanos que salían de los negocios con la finalidad de que caminaran aprisa y no descubrieran, en las calles, las manchas de sangre, los pedazos de cuerpos que no fueron recogidos y trasladados en los camiones, los cuadernos y los libros deshojados, las zapatillas de las muchachas y sus bolsas con maquillajes, los espejos rotos y tantas cosas que quedan durante una matanza. Un equipo de trabajadores llegaron a lavar las calles.

Aquella tarde, casi al anochecer, mi padre llegó a casa. Cambió su ropa y su calzado antes de entrar al hogar y, atormentado por el espectáculo grotesco que había presenciado, se bañó y relató a mi madre, con detalle, ese episodio vergonzoso de la historia mexicana.

Días más tarde, el 2 de octubre de 1968, ocurrió la matanza estudiantil de Tlatelolco, una masacre que las autoridades mexicanas, con la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación, minimizó y justificó. La historia real tiene la palabra. Poco después, ese mismo mes, fueron inaugurados en la Ciudad de México los XIX Juegos Olímpicos de la historia moderna.

Ahora, cuando me entero de que en las ciudades mexicanas y en la capital del país, innumerables jóvenes realizan marchas por las calles y protestan contra aquel acontecimiento que no vivieron y que otros grupos, en actos de oportunismo y confusión, apovechan para cometer fechorías y dañar casas y zaguanes con pintura y otros materiales, pienso que resulta sano hacer un paréntesis, recordar la historia y asimilar las lecciones, y participar responsablemente y con firmeza ciudadana en los procesos nacionales de transformación. No se trata de gritar ni de amenazar cada año a las autoridades, sino de permanecer atentos a los aciertos y desaciertos de la clase política y ejercer el poder ciudadano para no repetir más las atrocidades y los errores del pasado.

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Encuentros y desencuentros en el colegio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Era pequeño e inocente, cuando la profesora, en el colegio, encolerizó y gritó, fuera de sí, totalmente descontrolada, por mis respuestas. Ordenó que me incorporara del pupitre que ocupaba y que de inmediato, sin titubeos, contestara sus preguntas, mientras los otros, mis compañeros, me observaban sonrientes y con mofa.

La maestra preguntó el motivo por el que había opinado, en el examen, que resultaba más aconsejable descifrar, comprender y asimilar lecciones de geografía e historia, que memorizar, a cambio de una calificación aprobatoria, continentes, países y sus capitales, fechas, nombres y apellidos de personajes, acontecimientos y guerras. Lo primero, dije, serviría para entender las conductas y las tendencias sociales, mientras lo segundo, en tanto, finalmente quedaría en la desmemoria y absolutamente desfasado ante nuevas realidades.

Rió burlona. Mis compañeros, respaldados por la mujer, carcajearon. Irónica, manifestó al grupo que yo, Santiago Galicia Rojon, al andar en las calles o en otras ciudades y naciones, sería un analfabeto e inculto al que habría que tomar de la mano para mostrarle los nombres de las avenidas, los jardines, las plazas y las urbes. Volvieron a reír. Escuché gritos colectivos, majaderías y silbidos, conductas indignas de una institución educativa.

Me resultaba complicado hablar, pero me atreví a explicar que en los siguientes años, ya en mi juventud y en mi madurez, la geografía sería diferente y quizá hasta las fronteras y los nombres de las naciones cambiarían. Ella pertenecía a una época que quedaría marcada en el pasado, en la historia, y yo, en cambio, pisaría otras tierras con distribuciones físicas y términos distintos.

Irascible, argumentó que demostraba atrevimiento e ignorancia, y que la ofendía al decirle que era una vieja que quedaría en el ayer. Simplemente, respondí que el mundo de mi juventud, de mi madurez y de mi ancianidad, sería diferente al suyo, y que si los nombres de los países cambiaban, era natural porque el mundo es dinámico y nada es permanente.

Mis compañeros mantuvieron silencio, en espera, tal vez, de que la profesora atacara de nuevo. Al demostrarle la inutilidad de la memorización de continentes y nombres de ciudades y países, transitó a la historia y expuso que sería tan ignorante, que ni siquiera conocería el significado de los días festivos y de las celebraciones nacionales.

Callé, pero exigió que hablara con la idea de arrojarme al escarnio, al coliseo, al anfiteatro, donde quedaría roto y destruido, envuelto en la basura y los escupitajos de la turba enardecida; sin embargo, al mirarme rodeado de sus fieras, cerca del patíbulo, argumenté que en otro tiempo, el de mi juventud y mi edad adulta, seguramente tendría capacidad para discernir entre la verdad y la mentira, con la fortuna, entonces, de identificar a la gente por sus obras, con sus luces y sombras, y no por ser estampas e imágenes de una farsa creada para engañar, manipular y controlar a una generación.

Insistí en marcar mi respeto al estudio, al conocimiento, y a ella, como profesora. No estaba de acuerdo con el enfoque de la educación; aunque, evidentemente, debía aprender y obtener el mayor provecho de la instrucción que recibía. Repliqué que se podría aprender demasiado sin necesidad de memorizar fórmulas, nombres, datos e información, generalmente sin procesar, como un robot que se programa y más tarde se desecha.

Me llevó, como otros días, a la oficina de la directora, no si antes golpearme con la regla de madera. Relató a la superiora, una monja, mi osadía de burlarme de ella y rebatir su enseñanza. La religiosa, a quien no simpatizaba a pesar de compartir detalles y motivos de la tierra nativa, me interrogó severamente, igual que lo haría, sin duda, cualquier tirano con poder, y repetí que carecía de lógica memorizar nombres de una geografía que cambiaría y de personas del pasado que, finalmente, eran catalogados ángeles y demonios, de acuerdo con los intereses oficiales de la época, respaldados por sus académicos e intelectuales, cuando lo más importante era, en todo caso, asimilar las lecciones, entender los sentidos y los motivos de la humanidad y su trayecto por el mundo.

Sumidas en su enojo e ignorancia, en su falta de dominio de sí y en su abuso de autoridad basado en su tamaño y en sus cargos dentro de la institución educativa, las dos mujeres -la monja y la profesora, la directora y la maestra- me escudriñaron, como pieza de laboratorio, y prácticamente montaron su espectáculo, un teatro grotesco, en el que ellas hubieran obtenido, en caso de estar presentes, los aplausos de mis compañeros, quienes innegablemente habrían mostrado sus colmillos.

Ellas se aferraron a que era un niño atrapado en los extravíos de la razón, ocrurente y loco, incapaz de asistir al colegio y estudiar con normalidad, como los otros alumnos, y yo, en tanto, con la defensa de mis argumentos -en casa, mi padre solía decir que los ideales genuinos se defendían, incluso, con la vida-, en una batalla, de su parte, por imponer la enseñanza por medio de sistemas y métodos desfasdos versus, de mi lado, la propuesta buscar e implementar mecanismos acordes a la época y congruentes con la realidad y el método cienfífico.

Definitivamente, no llegamos a un acuerdo y me castigaron. Horas después, en el portón del colegio, yo permanecía de pie, igual que otros niños, expuestos públicamente por haber orinado los uniformes o por conductas que parecían irracionales de nuestra parte. Recibíamos, entonces, el desprecio y el escarnio de la comunidad educativa.

Años más tarde, en mi etapa juvenil, enfrrenté una situación parecida con un profesor radical, quien militaba en un partido político de ideología extrema, en Europa. Pidió, en clase, que elaboráramos un texto relacionado con el contexto global y nuestra opinión personal. Cuando terminé la encomienda, le entregué el breve manustrito, como lo hicieron, en su momento, otros compañeros. Leyó mi texto en silencio, sonrojado, entiendo, por el coraje que le produjo mi planteamiento.

Con las hojas de papel en la mano, como quien sostiene basura, me preguntó que si estaba seguro de lo que había escrito. Mi respuesta fue afirmativa. Volvió a interrogarme y advirtió que si no cambiaba mi opinión, me reprobaría. Solo contesté que modificar mi opinión equivaldría a intentar transformar los procesos de transformaciones mundiales.

Amenazante con la idea de romper mi manuscrito, expresó “cómo es posible que un joven, en pleno siglo XX, trate de anticipar que el Muro de Berlín caerá y quedará como triste y vergonzoso recuerdo en las páginas de la historia, y que la Unión Soviética se transformará. No me convencen tus argumentos. La realidad humana no es sueño, joven poeta”.

El hombre me reprobó y condenó mi actitud y mi pensamiento, como años antes, en el colegio, lo hicieron la religiosa y la profesora. No transcurrió mucho tiempo después de aquel incidente, cuando el Muro de Berlín, en Alemania, fue derrumbado, mientras la geografía, en otras naciones, modificó sus fronteras, independientemente de que surgieron, a nivel internacional, tendencias orientadas a revisar la historia y denunciar la falacia de tantos capítulos respaldados por ciertos gobiernos y sus ideólogos, académicos e intelectuales.

Si hoy tuviera oportunidad de traer del pasado a la religiosa, a la maestra y al profesor, no fabricaría mi anfiteatro, como ellos lo hicieron. Simplemente les recordaría nuestros encuentros y desencuentros, en clases, y les aclararía con sencillez que mi idea no era, como suponían, aplastar el conocimiento ni tampoco considerarme superior ni desprestigiarlos, porque mi intención era proponer otros mecanismos y sistemas en la forma de enseñar. De nada o de muy poco sirve memorizar en un mundo cambiante, donde vale más lo real, asimilar las lecciones para entender la situación presente y no repetir errores.

Hoy, en el verano de mi existencia, insisto en el mismo mensaje. Estamos impartiendo educación, en diversas regiones del mundo, con herramientas anticuadas e impropias para que las generaciones de la hora contemporánea se preparen integralmente, asuman sus responsabilidades y afronten con éxito los problemas, las contradicciones y los retos que amenazan a la humanidad y parecen ensombrecer su presente y su mañana tan cercano.

No esperemos grandes humanistas ni científicos mientras continuemos empeñados en impartir educación desfasada, pobre, inadecuada y parcial, más proclive a obedecer intereses egoístas y a fabricar seres humanos alejados de su esencia, del bien, de la justicia, de la dignidad, del conocimiento puro y de la libertad, en un entorno en el que valen más las personas que rinden culto a las apariencias, a las cosas, a los temas superfluos y a poseer sin destino ni motivo.

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Entrevista en EducarT y en Tenencias, la otra Voz de Morelia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Este día, jueves 2 de septiembre de 2021, me es grato anunciarles que las periodistas Cynthia Ayala Jiménez y Leticia Florián Arriaga, fundadoras y directoras, respectivamente, de las páginas EducarT y Tenencias, la otra Voz de Morelia. harán favor de entrevistarme, a las seis de la tarde, hora de México centro.

No sin antes invitar a mis amables lectores a seguir el desenlace de la entrevista en las páginas ya citadas, agradezco a ambas comunicadoras la atención de entrevistarme. Esta vez será con motivo de la publicación de mi séptimo libro, Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, impreso en Editorial Resistencia y respaldado totalmente por el H. Ayuntamiento de Morelia, a través de su Secretaría de Turismo, como reconocimiento a los habitantes de esas zonas dentro de tan extraordinario y hermoso municipio de Michoacán, localizado al centro-occidente de la República Mexicana.

Este libro no sería realidad sin el apoyo irrestricto de mi amigo Roberto Monroy García, quien con su experiencia, conocimiento y visión turística, el año pasado, entre julio y agosto de 2020, habló con el entonces alcalde de Morelia, Raúl Morón Orozco, al que planteó la importancia de que la administración municipal, en la capital michoacana, dejara un legado cultural de las 14 tenencias de Morelia, regiones que merecen el reconocimiento oficial por todo lo que significan.

Y así fue como el entonces secretario de Turismo en Morelia, confió me confió la elaboración de la obra Tenencias de Moreia, sus colores, sus rostros, sus sabores. Mi gratitud a este hombre que desde hace muchos años se ha especializado en la materia turística, como también agradezco a la exencargada del Despacho de la Secretaría de Turismo, en la capital de Michoacán, Ada Elena Guevara Chávez; a mi amigo Gabriel Chávez Villa, exdirector de Desarrollo Turístico y Capacitación, en la misma dependencia municipal, quien, además, cuenta con amplia trayectoria dentro del sector de los guías turísticos, de los cuales, por cierto, fue líder estatal y nacional.

También agradezco el apoyo y el respaldo por parte de la extesorera municipal de Morelia, María de los Remedios López Moreno, y de los funcionarios y colaboradores de la administración, como lo hago con los jefes de Tenencia, los moradores de la zona rural que hicieron favor de recibirme y transmitir parte de su tradición oral, y a los fotógrafos y amigos que tan amablemente participaron con imágenes: Jorge Érick Sánchez Vázquez, Leticia Florián Arriaga, Lázaro Alejandre Gutiérrez, Luis Vílchez Pella, Araceli López Valdez, Damaris Cortés Bedolla, José Arturo González Acuña y César Barrera Ceja. Igualmente, valoro el apoyo de Josefina Larragoiti Oliver, directora de Editorial Resistencia, y de su diseñador profesional, Jaime Espinosa García.. Como lo mencioné en una de mis publicaciones anteriores, mi gratitud a ellos y a los que no aparecen en la lista.

Libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me es grato presentarles mi libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, publicado por Editorial Resistencia y patrocinado y respaldado por el Ayuntamiento de Morelia, a través de la Secretaría de Turismo en el municipio.

Como autor de la obra, agradezco el apoyo y la confianza que mi amigo, Roberto Monroy García, depositó en mí durante su gestión como secretario municipal de Morelia. Su amplia experiencia y su reconocida trayectoria en la actividad turística, influyó en el alcalde de Morelia, en 2020, Raúl Morón Orozco, para respaldar la elaboración de un libro sobre las 14 tenencias de la capital de Michoacán, como legado y reconocimiento de la administración municipal a la gente de la zona rural, a las familias de las regiones naturales que poseen arquitectura típica, artesanías, costumbres, gastronomía, historia, leyendas y tradiciones.

Texto de la primera solapa.

El alcalde de Morelia, aceptó de inmediato la propuesta e iniciativa del secretario municipal de Turismo, quien me autorizó, como escritor, recorrer las tenencias, entrevistar a la gente en un ensayo de rescate de la tradición oral, investigar en documentos y redactar, finalmente, la obra.

Reseña del autor en la segunda solapa.

Roberto Monroy García tuvo el acierto de nombrar a su colaborador, otro amigo de ambos -Gabriel Chávez Villa-, el funcionario que estuvo atento a diferentes procesos, como recorridos a las zonas naturales y a los pueblos que forman parte de las 14 tenencias de Morelia, quien ha desempeñado los cargos de presidente estatal y nacional de una de las agrupaciones de guías de turistas de prestigio.

Contraportada.

Posteriormente, ya como encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo de Morelia, Ada Elena Guevara Chávez, tuvo la amabilidad de apoyar y respetar el proyecto, el cual promueve con entusiasmo y profesionalismo, ya que se trata de un reconocimiento del Ayuntamiento de Morelia a la gente de las 14 joyas que rodean la ciudad de origen colonial, las tenencias.

Es un honor ser autor del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores. Mi gratitud a Roberto Monroy García, principalmente, y al exalcalde Raúl Morón Orozco, a Gabriel Chávez Villa, a Ada Elena Guevara Chávez, a los jefes de Tenencia, a los habitantes de las zonas rurales del municipio, a los fotógrafos que apoyaron con material gráfico, a la editora Josefina Larragoiti Oliver, al diseñador Jaime Espinosa y a toda la gente que me otorgó las facilidades para la creación de esta obra.

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Presentación del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Fue una de esas presentaciones que quedan en la memoria, en los sentimientos, acaso por el ambiente, probablemente por su significado, quizá por la gente con la que uno coincide, tal vez por eso y más. Cada presentación literaria, en mi vida de escritor, ha tenido un rostro, un detalle, un motivo, y no olvido ninguna, desde la de mi primer libro, a la edad de 20 años, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, hasta la que hoy reseño con el deleite de lo que significó para mí.

Llegué puntual a la Casona de Villalongín, en el centro histórico de Morelia*, donde todos los invitados permanecían formados, en orden y con respeto, para seguir los protocolos sanitarios y evitar, por lo mismo, contagios de COVID-19. Había, en la fila, periodistas, empleados y funcionarios públicos municipales, jefes de Tenencia, cronistas, representantes de instituciones educativas, fotógrafos, empresarias de la hotelería e incluso una profesora del nivel de enseñanza preescolar, interesada en conocer más acerca de Morelia con el propósito de enseñarles a sus pequeños alumnos las bellezas, las riquezas y la grandiosidad de la zona rural del municipio.

Ada Elena Guevara Chávez, encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo en Morelia.

Ingresé. Miré las baldosas de origen colonial y la finca añeja, restaurada y dedicada actualmente a diferentes actividades culturales y sociales. En el patio, había un toldo enorme. Las sillas permanecían alineadas a cierta distancia prudente, dentro de las reglas de higiene y prevención de contagios.

Me recibió un gran amigo, Gabriel Chávez Villa, quien es director de Desarrollo Turístico y Capacitación en la Secretaría de Turismo de Morelia, hombre con amplia experiencia que, adicionalmente, hace algunos años, fue presidente a nivel estatal y nacional de una agrupación reconocida de guías de turistas. Como responsable de la coordinación de la presentación del libro y del acto que se llevaría a cabo, me saludó amablemente y me invitó a pasar al patio. Él recibía el apoyo entusiasta de sus compañeros de oficina.

Al llegar al patio, observé el presidium con los personalizadores. Anóté el nombre de los integrantes de esa mesa de honor. En primer lugar, registré el nombre de la actual encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo de Morelia, Ada Elena Guevara Chávez, quien, por cierto, en ese momento era entrevistada por algunos de mis colegas periodistas, los cuales me recordaron mis pasadas jornadas reporteriles.

Tras la pausa que inevitablemente me provocó suspiros por las tantas experiencias del ayer y la nostalgia por aquellos episodios periodísticos, anoté el nombre de mi entrañable amigo, Roberto Monroy García, quien el año pasado, en 2020, como secretario municipal de Turismo y con su gran experiencia y talento, habló con el entonces alcalde de Morelia -otro amigo, con el que trabajé cuando era diputado y yo coordinador de Comunicación Social en el Congreso del Estado de Michoacán-, Raúl Morón Orozco, al que convenció acerca de la trascendencia de respaldar la elaboración de un libro sobre las 14 tenencias morelianas, enclavadas en la zona rural del municipio.

El presidente municipal de Morelia, escuchó con atención e interés los argumentos del secretario de Turismo. De inmediato, aprobó la propuesta. El profesor Raúl Morón Orozco, conocedor de la realidad del municipio de Morelia, coincidió con su secretario de Turismo, Roberto Monroy García, en la necesidad de que el Ayuntamiento de Morelia reconociera a las 14 tenencias, a sus habitantes y todo lo que significan, desde hace siglos, dentro del desarrollo de la ciudad. Le pareció indispensable rendir un merecido y justo reconocimiento a las 14 tenencias: Atapaneo, Atécuaro, Capula, Chiquimitío, Cuto de la Esperanza, Morelos, Jesús del Monte, San Miguel del Monte, San Nicolás Obispo, Santa María de Guido, Santiago Undameo, Tacícuaro, Teremendo de los Reyes y Tiripetío.

Agradezco, en verdad, la confianza que Roberto Monroy García depositó en mí como escritor. Las presiones del tiempo, las dificultades del entorno y la complejidad del Coronavirus, resultaron bastante intensas; sin embargo, afortunadamente concretamos el proyecto y ese día, jueves 12 de agosto de 2021, a las 11 de la mañana, presentamos el libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores.

Roberto Monroy García, ex secretario de Turismo en Morelia y hombre con amplia trayectoria, quien impulsó el proyecto.

Posteriormente, registré, en la lista, los nombres de Gabriel Chávez Villa, director de Desarrollo Turístico y Capacitación de la Secretaría de Turismo en Morelia; Beatriz Pérez Torres, presidenta de la Asociación de Hoteles y Moteles del Estado de Michoacán, conocida por sus siglas como AHMEMAC; y Judith Mora Rodríguez, dirigente de la misma agrupación hotelera en la capital de la entidad.

Junto con los nombres ya citados, yo, como escritor y autor del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, compartiría un espacio en el presidium. Tuve oportunidad de saludar a varios amigos y colegas, a quienes hacía bastante tiempo no veía.

Tras anunciar públicamente nuestra presencia, el maestro de ceremonias solicitó a la encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo, Ada Elena Guevara Chávez, que dirigiera un mensaje de apertura. Y lo hizo muy bien. Atenta, respetuosa y conocedora del tema, la funcionaria expresó que la obra, sin duda, dejará huella como producto turístico que reconoce la importancia de las 14 tnencias morelianas y de sus habitantes. Es un justo homenaje a la gente de las etnencias morelianas, dijo.

La funcionaria resaltó el compromiso de la administración municipal en el trabajo a favor de las 14 tenencias de Morelia, donde es posible encontrar tantas manifestaciones naturales y expresiones artesanales, gastronómicas, culturales, históricas, sociales y arquitectónicas.

Por su parte, el entusiasta impulsor del proyecto, Roberto Monroy García, tomó un ejemplar y destacó que, por primera vez, una administración municipal, en Morelia, promovió una investigación seria y a fondo de las 14 tenencias, cuando antes solo se trataba, principalmente, de folletos y publicaciones someras.

Argumentó que figuran, entre los objetivos primordiales del libro, despertar el interés de los diferentes sectores de la sociedad y de los turistas en visitar las tenencias morelianas, recorrerlas, sentirlas, explorar sus rincones, tratar a sus moradores, vivir sus costumbres, fiestas y tradiciones. Anunció que la obra se distribuirá en bibliotecas e instiituciones académicas, entre otros sitios, con el objetivo de difundir la investigación.

En tanto, las presidentas de los hoteleros michoacanos y morelianos, Beatriz Pérez Torres y Judith Mora Rodríguez, respectivamente, coincidieron en que los resultados de la investigación, plasmados en el libro, no solamente recuerdan e invitan a recorrer, vivir la experiencia y descubrir las riquezas de las tenencias morelianas, sino estimula a continuar la exploración y la difusión de lo tanto que ofrecen y significan esos rincones.

Presentación del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores,

Durante mi intervención, agradecí la asistencia de los participantes y reconocí, principalmente, el apoyo irrestricto de mi amigo Roberto Monroy García, a quien conozco desde hace tres décadas. Le agradecí la confianza y destaqué su reconocida trayectoria, la cual es real y no simple parte de formalidad discursiva. Su visión en temas turísticos, lo estimularon a ofrecerme todo su apoyo para la elaboración del libro.

Y, efectivamente, dije que, con frecuencia, los pueblos y los gobiernos nos interesamos en construir autopistas, pasos a desnivel, avenidas, calles y obras de infraestructura, y destruimos, acaso sin darnos cuenta, historia, tradiciones, leyendas, costumbrse, arquitectura típica, sabores y tantas cosas que representan nuestra identidad; sin embargo, aclaré, la presente administración municipal se ha preocupado por participar en el desarrollo de los habitantes de la ciudad y de las tenencias y sus comunidades, como puede comprobarse, y en reconocer, por añadidura, el valor de sus 14 joyas, que cotidianamente, dede hace centurias, han contribuido al progreso y a la dinámica de Morelia.

Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, es una aportación, un legado y un reconocimiento a la gente de la zona rural del municipio, y un intento por rescatar y difundir sus riquezas naturales, su arquitectura típica, sus costumbres, su gastronomía, sus leyendas, sus artesanías, su folklore y su historia.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga, autor del libro.

Evidentemente, en una sola obra resulta imposible concentrar toda la expresión y el significado de las 14 tenencias de Morelia, pero se trata, sencillamente, de un intento para estimular a escritores, periodistas, académicos, investigadores y estudiosos a desentrañar y publicar tanta riqueza.

Una vez que concluyó la presentación del libro, jefes de Tenencia y representantes de instituciones académicas, principalmente, recibieron ejemplares para su consulta permanente y su difusión. Como suele acontecer en esa clase de actos, el público me solicitó amablemente que autografiara sus ejemplares, lo cual hice con mucho gusto y respeto.

No obstante, entre una persona y otra, tomé un ejemplar y lo dediqué a mi amigo Roberto Monroy García. A pesar de los protocolos sanitarios, a ambos nos rebasó la emotividad y nos dimos un abrazo breve y, finalmente, tras expresar “gracias, amigo”, estiró su mano y estrechó la mía. Fue, para mí, un gesto muy humano que siempre mantendré en mi memoria y en mis sentimientos.

Gracias, Roberto Monroy García, Raúl Morón Orozco, Ada Elena Guevara Chávez y Gabriel Chávez Villa. También agradezco el apoyo y el respaldo por parte del alcalde actual de Morelia, Humberto Arróniz Reyes, de la tesorera municipal María de los Remedios López Moreno, de los funcionarios y colaboradores de la administración, como lo hago con los jefes de Tenencia, los moradores de la zona rural que hicieron favor de recibirme y transmitir parte de su tradición oral, y a los fotógrafos y amigos que tan amablemente participaron con imágenes: Jorge Érick Sánchez Vázquez, Leticia Florián Arriaga, Lázaro Alejandre Gutiérrez, Luis Vílchez Pella, Araceli López Valdez, Damaris Cortés Bedolla, José Arturo González Acuña y César Barrera Ceja. Igualmente, valoro el apoyo de Josefina Larragoiti Oliver, directora de Editorial Resistencia, y de su diseñador profesional, Jaime Espinosa. Mi gratitud a ellos y a los que no aparecen en la lista.

  • Morelia es la capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Su fundación, en el Valle de Guayanguero, data del 18 de mayo de 1541. Su nombre fue Ciudad de Mechuacan, para más tarde, en 1545, cambiar por el de Valladolid, hasta que, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos, héroe de la Independencia mexicana que inició en 1810, se le llamó Morelia.

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Rutas de un viajero. Capítulo XV. El Sagrario, rincón pintoresco e irrepetible de Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Parece un dibujo de ensueño, un trazo distante, una pintura plasmada en el lienzo añejo que reposa en el sótano de las añoranzas y los recuerdos, en algún rincón del mundo, en un espacio cautivante y mágico, donde cada detalle se transforma en arte, partitura, boceto, poesía, porque para los otros, los de entonces, los moradores del Pátzcuaro de las horas coloniales, su pueblo representó la casa, el refugio, la morada, la página en la que diseñaron y protagonizaron los capítulos y las horas de sus existencias.

Desde la hoja que se desprende del follaje y mece el viento suavemente, hasta el cielo que hospeda nubes rizadas que cambian sus formas, transitan fugazmente y reflejan su coquetería en el lago legendario, donde las islas, el tule y las garzas coexisten, el escenario se presenta magistral y extraordinario para enmarcar el caserío de Pátzcuaro, cuyo origen colonial se remonta al siglo XVI, precisamente a los minutos de 1540, cuando el humanista Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, lo eligió como sede tras haberse establecido con anterioridad en Tzintzuntzan, comarca en la que existió y se desarrolló el antiguo y poderoso reino purépecha antes de la conquista española.

Dentro del caserío de adobe con tejados agónicos y bermejos, entre callejuelas empedradas, cuecas e inclinadas y plazas y jardines pintorescos, en los que se erigen fincas virreinales con portales típicos, se localiza El Sagrario, uno de los complejos arquitectónicos más bellos de tan irrepetible población lacustre.

Es allí, en El Sagrario, donde uno suspira al contemplar la arquitectura caprichosa y romántica. Y es que cuando la piedra burda e informe se convirtió en arquería, en fachada, en muro, en torre, durante las horas cada vez más distantes de la Colonia, se hizo, acaso sin sospecharlo, pintura, música, poema, que todavía, en nuestros días, cautivan los sentidos.

El Sagrario.

En aquellos días añejos, contemporáneos a conquistadores insaciables y a misioneros que predicaban la piedad y las virtudes, con sus luces y sombras, con sus látigos a un lado y sus santos en el otro, la mano indígena, hábil en tallado de piedra, abundaba para participar en construcción de casonas, templos y conventos.

Ya separados de sus dioses y cantando y hablando en su lengua, ellos, los nativos, sumaron un día, otro y muchos más la piedra y el bloque de adobe, la madera, hasta concluir casas palaciegas e iglesias y monasterios que hoy causan admiración, e interés. Formaron un caserío de adobe, madera, herraje, piedra y teja, y protagonizaron una historia.

Desafiante al aire, a la lluvia, al sol, al tiempo, el majestuoso templo de Las Monjas o El Sagrario, que albergó durante ciento noventa y un años la imagen de Nuestra Señora de la Salud, se erige en uno de los rumbos más bellos y románticos de Pátzcuaro.

Los arcos chuecos que componen la barda principal del conjunto sacro, se prolongan por la calle típica, desde donde se contempla el templo con aspecto de fortaleza abandonada. Es uno de los rincones arquitectónicos más significativos del pueblo, elegido, por lo mismo, por artistas que lo plasman en sus lienzos.

Detalle arquitectónio en El Sagrario. Pátzcuaro, Michoacán.

Igual que un gran viejo que conoce anécdotas y secretos del pasado y de otra gente, parece increíble que sobreviva ante la vorágine de la cotidanidad y la modernidad. Semeja un monumento extaído de un álbum mágico y sublime.

Manchado por la humedad, por la llovizna, por los siglos implacables que dejan huellas indelebles, rasguños en lo que tocan, el edificio inició su construcción durante postrimeríias del siglo XVII, precisamente en 1691, porque ya resultaba insuficiente el recinto que albergaba a la Virgen de la Salud, imagen de pasta de caña tan venerada por los moradores de Pátzcuaro y la región lacustre, en el Hospital de Santa Martha y La Asunción.

Exquisito, irrepetible, solemne, el templo fue proyectado para resguardar a la Virgen de la Salud, elaborada en el discurrir de la decimosexta centuria a base de pasta de caña y, a la vez, con la intención de recibir a incontables devotos y peregrinos de Pátzcuaro y de otras regiones que veneraban la imagen. Fue Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, quien encargó la elaboración de la escultura a indígenas que dominaban la técnica ancestral de la pasta de caña.

Discurrían, apacibles y lentamente, las horas virreinales. salpicadas de leyendas y tradiciones, cuando el cura Juan Meléndez Carreño inició la obra, en 1691, solicitando la licencia correspondiente a las autoridades; entonces pidió cooperaciones y lmosnas. Envió al lego Andrés de Burdos a que llevara a cabo la colecta por todo el territorio michoacano.

Tras dos años de peregrinaje, portando una imagen diminuta de la Virgen de la Salud, el enviado regresó a Pátzcuaro con la cantidad de cuatro mil pesos que, evidentemente, resultaban insuficientes para emprender la construcción del templo.

En consecuencia, el hermano Francisco de Lerín, sevillano acaudalado de no pocas virtudes, emprendió una segunda colecta. Viajó por gran parte de la Nueva España. Retornó a Pátzcuaro en 1696.

Juan Meléndez Carreño, cura iniciador del proyecto arquitectónico, murió diez años antes de su conclusión, en la época en que era canónigo penitenciario de la catedral de Valladolid -hoy Morelia-; pero El Sagrario permane, desde entonces, con sus posteriores añadiduras de acuerdo con cada etapa, como una obra que encanta por su antigüedad y suntuosidad en el legendario, pintoresco y lacustre Pátzcuaro.

La caminata de los años continuó imparable. El templo registró algunas modificaciones, como la efectuada en 1874, cuando se retiró la reja que separaba el coro bajo, antiguamente reservado a las monjas catarinas, o las que se realizaron en 1890, siendo arzobispo Ignacio Árciga, quien ordenó derribar el altar mayor, que era de madera, para sustituirlo por uno de cantera.

Concluidas las transformaciones arquitectónicas y decorativas,, el 8 de diciembre de 1893, reabrió el templo al culto, registrándose, en consecuencia, diversas celebraciones religiosas y fiestas profanas en Pátzcuaro durante el lapso de ocho días.

Finalmente, el 8 de diciembre de 1899, el arzobispo Ignacio Árciga coronó solemnemente, con autorización pontificia, la imagen de la Virgen de la Salud, ante el regocijo popular. La multitud sentía emoción desbortante por aquel hecho insólito.

Imagen colonial de Nuestra Señora de la Salud, elaborada en el siglo XVI bajo la técnica de pasta de caña.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Ante la ferviente multitud, el religioso subió al trono, en estado agónico, y colocó la corona a la Virgen de la Salud. Dirigió un mensaje conmovedor. Días más tarde, falleció en la entonces ciudad de Morelia, capital de Michoacán.

La imagen de Nuestra Señora de la Salud, todavía venerada en la hora contemporánea, permaneció en El Sagrario de 1717 a 1908, fecha en la que fue trasladada al Santuario que actualmente ocupa.

En el otrora templo de Las Monjas, hoy conocido como El Sagrario, reposan algunas reliquiias invaluables y es escenario, en su parte exterior, que no pocos artistas han elegido con la finalidad de plasmar en sus lienzos.

No es raro encontrar artistas en la calle chueca y empedrada. Observan la peculiar arquitectura de El Sagrario, la dibujan, hacen trazos y la plasman en sus lienzos, para después llevarlos a Europa, Asia, Australia, Canadá, Estados Unidos de Norteamérica, Argentina, Uruguay, Chile y otros rincones del mundo.

La neblina de la tarde envuelve El Sagrario y las callejuelas del pintoresco e irrepetible Pátzcuaro, como si al cubrirlos con su flotante manto, los acariciara y arrullara en el sueño de las centurias y los conservara imperturbables para continuar embelesando los sentidos y ocupando un espacio en la memoria y en la historia.

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Rutas de un viajero. Capítulo XIII. Historia del fresco de la Virgen de Guadalupe, en Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografía: Colonia Ibarra. Pátzcuaro, Michoacán. Facebook

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Uno camina embelesado por las callejuelas inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, donde cada rincón es anecdotario, huella, relicario de historias pretéritas y consumidas ante el paso de las centurias, siglos presurosos que todo rasguñan, mientras el aliento de la teja mojada y los aromas del chocolate amargo y dulce y del pan recién horneado, escapan de las cocinas tradicionales y de los hornos de adobe.

El concierto de los pájaros y de los campanarios se mezcla e invita a que las horas de la mañana, envueltas en niebla y en llovizna, discurran apacibles como un encanto dentro de un capítulo irrepetible en el pueblo lacustre e irrepetible de Pátzcuaro

Ya en alguna banca o, quizá, en una plazuela apacible y pintoresca, mecido en el columpio de las añoranzas y los recuerdos, uno comprueba que las manecillas del reloj cumplen su jornada irrenunciable y que, por lo mismo, casi de manera imperceptible han quedado rastros de su caminata en las casas de adobe y teja con balcones y portones de madera, en los monumentos, en los espacios que pertenecierona otra gente, en los templos y en los ex conventos, surgiendo, entonces, la prisa por rescatar lo que queda de la identidad de un pueblo que ha sido uno y en el tiempo y la historia y que ahora llaman mágico.

En consecuencia, uno anota datos, leyendas y tradiciones en la libreta o toma fotografías para el álbum, hasta que coincide en una calle añeja, la de La Paz, entre la Basílica de la Virgen de la Salud y la finca que un día ya distante habitó Juana Pavón, madre de José María Morelos, héroe de la Independencia de México, en el siglo XIX, a quien la gente, en este país latinoamericano, denomina Siervo de la Nación, donde hace un paréntesis con la idea de contemplar un fragmento del ayer en el muro de una casa típica.

Resulta que en el paredón de la fachada de adobe se encuentra, a pocos centímetros del tejado, la imagen de la Virgen de Guadalupe, protegida por una puerta de madera con un orificio que apenas permite distinguir sus manos y su rostro moreno.

Narra la tradición que, en el amanecer del siglo XIX, exactamente el 8 de julio de 1814, las fuerzas realistas perpetraron un ataque contra los habitantes de Pátzcuaro, población que entonces se encontraba resguardada por un grupo de insurgentes encabezados por Felipe Arias, quien murió en un acto de arrojo que contagió a sus compañeros a protagonizar una defensa heroica.

Como consecuencia de la desventaja ante sus enemigos realistas, que eran muy numerosos y poseían mejores armas, murieron no pocos insurgentes, resultando prisioneros los sobrevivientes, a quienes los agresores ordenaron que se formaran en la entoncces calle del Prendimiento, posteriormente de La Paz, con el objetivo de fusilar a aquellos que, por desgracia, debido a su ubicación en la fila, les correspondiera el número cinco.

Uno de cada cinco insurgentes fueron fusilados; sin embargo, quienes salvaron la vida de la cruel ejecución, atribuyeron el milagro a la Virgen de Guadalupe, a quien se encomendaron y es tan venerada por los mexicacnos, por lo que, como muestra de gratitud, mandaron pintar su imagen en una piedra que posteriormente colocaron frente a la casa ya mencionada, escenario, como las otras construcciones, de la tragedia.

La imagen de la Virgen de Guadalupe permaneció intacta durante más de una centuria cual fiel testimonio de la salvación de los insurgentes, hasta que una noche del mes de octubre de 1934, amparado por las sombras, alguien intentó acabar con la obra para coadyuvar, sin duda, a renovar la lucha contra la religión de los católicos, como aconteció entre 1926 y 1929 con la denominada Guerra Cristera, derivada de la Ley Calles que pretendía, desde el Gobierno Federal, reprimir toda acción sacra.

Por tratarse de una piedra, resultó imposible destrozar la base de la imagen, procediendo el agresor, en consecuencia, a rasparle la cara y a arrojarle tinta. Ante la consternación popular, la Virgen de Guadalupe mostraba un intento de mancillación que ofendía a los mexicanos y sus creencias, especialmente a los moradores de Pátzcuaro y de los pueblos enclavados en la región.

Dos o tres días más tarde, regresó quien pretendía, definitivamente, acabar con la imagen sacra, para lo que utilizó una barreta con la intención de despedazarle el rostro. Tal era su odio hacia la Virgen de Guadalupe y las cosas sacras, que no importó al atacante ser sorprendido por la gente enardecida.

Uno de los moradores de la calle, Felipe Ochoa, mandó restaurar la imagen y ordenó colocar un nicho con una puerta de madera, que hastda la fecha presenta un orificio para que todos los católicos, y hoy los turistas nacionales y extranjeros, la miren.

Los años han transcurrido incontenibles, quedando como huella de la insurgencia la Virgen de Guadalupe pintada sobre una piedra y empotrada en una casa de adobe, asomando apenas el rostro por una pequeña ventana, desde donde parece contemplar, en silencio, el paso de los moradores y de los turistas que quedan perplejos e interrogan, en ocasiones, acerca de la historia de la imagen.

Uno camina por un rincón y por otro de Pátzcuaro, siempre con el deseo y la intención de abrir sus páginas añejas y románticas para descubrir un detalle, un espacio, un secreto, acaso una mañana nublada y fría o tal vez una tarde lluviosa, como la abuela que, nostálgica, acude a su ropeto, a su baúl, a su caja pletórica de retratos.

  • Texto publicado, inicialmente, en el año 2000, en El Sol Turístico

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Rutas de un Viajero. Capítulo XII. El encanto, la historia y los enigmas de la Pila del Torito, en Pátzcuaro de ayer

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Fotografía en blanco y negro: Pátzcuaro de Antaño. Facebook (@Patzcuaroantano  · Tienda de antigüedades) Imagen a color: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Andábamos en las calles inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, con aroma a teja, a lago, a adobe, a madera, cuando descubrimos, arrobados, la legendaria Pila del Torito, con su historia recóndita y sus muchos suspiros atrapados en la piedra.

Éramos inagotables. En cada rincón, coincidíamos con un detalle, con un encanto, con un pedazo de ayer que coleccionábamos en nuestra memoria, en los recuerdos, en las fotografías. Portones de madera tallada, muros y fachadas de adobe con balcones románticos, templos y ex conventos de piedra de los que escapaban los perfumes del incienso, de las flores, del copal y de las veladoras que alumbraban las imágenes sacras de la Colonia, con rostros entristecidos, estofados o elaborados bajo la técnica prehispánica de pasta de caña.

Fue en la antigua calle Las Campanitas -hoy Iturbe-, esquina con la plaza Gertrudis Bocanegra, donde miramos la Pila del Torito, imperturbable, desafiante al tiempo, a la lluvia, al son, al viento, al humo y a la gente, de la que relata la leyenda un episodio que quedó grabado en la historia del pueblo michoacano que cautiva por su arquitectura.

Según la leyenda, no pocas de las personas que durante los segundos de la Colonia se encontraban en la plazuela y en la entonces calle de Las Campanitas, presenciaron con gran horror y sobresalto la carrera desbocada de un caballo que provenía de la plaza Mayor -hoy Vasco de Quiroga-, montado por un personaje del ejército español, quien luchaba desesperadamente por dominar al animal.

El caballo, totalmente enloquecido en su carrera, no cedía; pero el jinete, acostumbrado a las aventuras y a los peligros, intentaba recuperar la calma, al grado, incluso, de que pretendió parar al equino en la fuente conocida popularmente como del Torito. Dirigió al animal hacia la fuente famosa por el toro esculpido en piedra.

Raudo e irracional, como era, el animal pasó entre la pared y la fuente. Azotó al desventurado jinete contra la torre de la fuente. El hombre, como era de esperarse, murió de inmediato, horrorizando a los testigos. Fue un acontecimiento fatídico que quedó registrado en los anales de Pátzcuaro.

Nos relataron los ancianos de Pátzcuaro, a quienes sus antepasados les narraban innumerables historias, que la misma tradición indica que las autoridades de aquel rincón michoacano, totalmente indignadas, acusaron a la fuente de homicidio, iniciando así un proceso en su contra, consistente, en primer término, en la suspensión del agua y, posteriormente, en un juicio extenuante y prolongado, para lo que se requirió, incluso, la declaración de cada testigo.

Con su toro tallado en una piedra, la fuente se encontraba en un problema serio. Por curioso, inverosímil o ridículo que parezca, estaba en líos con la justicia, con las autoridades encolerizadas, quienes injustamente la acusaban porque el culpable, en realidad, era el caballo desbocado.

La tristemente Fuente del Torito, recibió su sentencia: fue condenada a perder su lugar original, el que ocupaba en la calle Las Campanitas, para ser trasladada a otro sitio, metros más adelante, con la intención de evitar, en lo sucesivo, que causara daño.

Según las pruebas que datan de aquella época, se tomó en consideración su función de dar vida a través del agua que contenía. Los jueces ordenaron, por lo mismo, cambiarla de ubicación, sin derribarla, añadirle o quitarle cualquier elemento original, con lo que pretendieron hacerle padecer por entero el escarmiento acordado.

Creíble o no la historia, era del conocimiento común, de acuerdo con las versions de la gente de antaño, que cuando fue pavimentada la calle Iturbe, los trabajadores de la obra descubrieron cimientos de la fuente en el espacio que supuestamente ocupaba originalmente.

Hay quienes relatan una historia diferente y refieren, al mirar el relieve de piedra con la inscripción del año 1837, que un jinete corría por la calle Iturbe, enlace entre la plaza principal y la de San Agustín, cuando, inesperadamente, casi al llegar a la esquina de la segunda, estampó contra un toro, acontecimiento en cuya memoria la fuente recibió el título que ostenta en la actualidad, quizá con la incrustación, entonces, de la pequeña talla en piedra.

Antigua Pila del Torito, en Pátzcuaro.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://mansioniturbe.blogspot.com/)

En cuanto a la fecha, aseguran algunos que no se sabe si data de la época en que se registró el suceso o si indica el año de la colocación del relieve con la cabeza del toro. Desconocen, incluso, si la piedra tallada es la original; sin embargo, coinciden en que el estilo de la escultura corresponde al de la fecha inscrita.

La fuente del Torito, en el pueblo mágico de Pátzcuaro, forma parte de la colección de antigüedades de Michoacán, del inventario de rincones pintorescos y legendarios. Su arquitectura original fue diseñada para que los moradores del poblado tomaran el agua que requerían, mientras en la parte más baja, cuya función fue de abrevadero, los animales podían beberla. El hidrante se erige a mayor altura que las casas de adobe y tejados bermejos. Quien visite Pátzcuaro, de inmediato reconocerá, en la plaza Gertrudis Bocanegra, la fuente del Torito, que es un testimonio más de la historia y, al mismo tiempo, de las narraciones populares de la Colonia y de las épocas que le sucedieron.

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Fotografía en blanco y negro: Pátzcuaro de Antaño. Facebook (@Patzcuaroantano  · Tienda de antigüedades) Imagen a color: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Rutas de un viajero. Capítulo XI. Antigua Casa de Comercio y Arriería. Casa del Conspirador José María Abarca. Mansión Iturbe

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Después de andar aquí y allá, en embarcaciones que navegan mares impetuosos e interminables, en pueblos pintorescos con tradiciones e historias, en lugares cosmopolitas, en caseríos rurales, en parajes con tempestades, en escenarios naturales de incomparable encanto y en silencios y en rumores, en aglomeraciones y en soledades, uno hace un paréntesis en alguna banca de la añoranza para hojear el álbum de fotogafías y la libreta de anotaciones, justificando así los días de la existencia consumidos en uno e incontables rincones del mundo.

Al mirar las páginas de las evocaciones, el corazón palpita con mayor emoción y la memoria se recrea en cuanto aparecen los capítulos dedicados a Pátzcuaro, pueblo legendario y mágico con casas y rincones pintorescos. Es irrepetible y uno de los pueblos más hermosos de México. Se localiza en el estado de Michoacán, al centro-occidente de la República Mexicana.

Igual que la fuente con la escultura de Vasco de Quiroga -primer obispo de Michoacán, en el siglo XVI-, al centro, en el jardín principal de Pátzcuaro, cuya agua trémula por las caricias del viento intenta atrapar las fachadas de las casonas de adobe y teja con portales, uno recurre a la memoria que ofrece imágenes un tanto difusas, pero auténticas, para revivir las horas consumidas en el inigualable pueblo lacustre.

De los recuerdos gratos que naufragan en la memoria, indudablemente surgen los que uno compartió con las personas amadas, en el Hotel Mansión Iturbe, finca con antecedentes del siglo XVII, considerada por especialistas en arquitectura novohismana, una de las mejor conservadas y de las más bellas de América en su género.

Y si en ocasiones el olvido parece más fuerte y temible que el recuerdo, quizá porque al final todo se consume uno rememora el Hotel Mansión Iturbe no solo por su belleza y majestuosidad, sino por el hecho de que, pernoctar en sus habitaciones centenarias con enormes paredes de adobe, andar por sus corredores, sentir la presencia casi intacta del pasado y observar sus escondrijos coloniales, resulta una gran aventura y una experiencia inolvidable.

En el recinto, donde uno duerme y convive, hace siglos se desarrollaron escenas e historias coloniales, protagonizadas, obviamente, por personajes de apellidos linajudos como Iturbe y Heriz, Arriaga y Peralta. En la parte superior de la finca virreinal, moraban ellos, los miembros de las familias ya mencionadas, representantes de la Casa de Comercio y Arriería Iturbe e Iraeta.

Personajes de la época virreinal, relacionados con Mansión Iturbe.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

La de Pátzcuaro, fue la segunda Casa de Comercio y Arriería que se estableció en la Nueva España, durante la Colonia. Registó una gran epopeya porque Pátzcuaro formaba parte de la ruta que seguían los productos que transportaba, por mar, la Nao de China, conocida, también, como Galeón de Manila o de Acapulco. El trayecto incluía Acapulco, Pátzcuaro, Valladolid, Ciudad de México y Veracruz, entre otros destinos.

Refiere la tadición que la casona data del siglo XVII y que perteneció a don Francisco de Iturbe y Heriz, quien llegó a la Nueva España como administrador de la Real Hacienda y alferez de la Reina. Adquirió la propiedad a fines de la decimoctava centuria, en 1790, para continuar el negocio de comercio y arriería, convirtiéndose en uno de los hombres más influyentes de Pátzcuaro gracias a la ruta de la Nao de China.

Don Francisco de Iturbe y Heriz, fue representante, en la población lacustre de Pátzcuaro, de la Casa de Arriería, perteneciente a su tío, el coronel Emeterio de Iturbe, quien radicaba en la Ciudad de México. Sus actividades comerciales en la Ciudad de México, la región del Bajío, Valladolid -hoy Morelia- y Acapulco, propiciaron su enriquecimiento y la importancia que tuvo entre los hombres prósperos y de negocios del siglo XVIII.

Nació en Vergara, provincia de Vascongada, el 20 de septiembre de 1768. En 1784, a los 26 años de edad, zarpó de España a América, cuando el mar olía a aventura, a conquista, a piratas. Contrajo matrimonio con doña Josefa Anciola y del Solar y Pérez Santoyo. Tuvieron cinco hijos: Francisco de María, María Ignacia, Jesusa, Victoriano y Francisca de Iturbe y Anciola, conocida como doña Paca, quien en el discurrir de 1830, en la juventud del siglo XIX, recibió la mansión en calidad de dote al casar con don Francisco Arriaga y Peralta.

De los hijos del matrimonio Iturbe y Anciola, los archivos familiares refieren que Francisco María fue constituyente, en 1856, en la Ciudad de México, y tambien ocupó, entre otros, cargos como alcalde de Tacubaya, ministro de Hacienda y caballero de la Orden de Guadalupe. Su hermana María Ignacia, contrajo nupcias con don Fernando de Miranda y Septién, brigadier de los Reales Ejércitos, mientras Jesusa, en tanto, optó por dedicarse a la religión y fue monja capuchina, supereiora del Convento de las Bernardas, en la Ciudad de México. Victoriano, quien murió en la Batalla de Churubosco, en la Ciiudad de México, en 1847, fue capitán de la Guardia de Lanceros. Finalmente, Francisca casó en 1830 con don Francisco de Arriaga y Peralta, descendiente del conquistador don Antón de Arriaga, quien llegó a Michoacán en 1524 con la Encomienda de Tlazazalca.

Antigua finca virreinal, sede de la Casa de Comercio y Arriería Iturbe e Iraeta,
hoy Hotel Mansión Iturbe. Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html).

Otra referencia histórica, indica que durante los días de la decimoséptima centuria, Lorenzo Pérez de Mendoza compró, a través de un remate, las fincas establecidas en una de las esquinas de la plaza principal de Pátzcuaro, las cuales heredó, posteriormente, a su hijo, el presbítero Diego Pérez de Mendoza, quien falleció en el amanececr del siglo XVIII, exactamente en 1700.

Fue el campitán Francisco García de Valdez, regidor y alcalde de la ciudad colonial, quien ese año, el de 1700, compró a la heredera del clérigo siete casas y tiendas ubicadas en la calle del Empedradillo, frente a la plaza pública, cuyo precio consistió, entonces, bajo lo estipulado en un convenio que dictaba que este hombre cubriría exclusivamente los débitos del importe de seis mil pesos, a la Capellanía, más cinco misas cantadas, cada año, por tiempo indefinido, por las almas de la familia Pérez de Mendoza.

Comparadas con otras mansiones, las construcciones eran pequeñas y modestas; aunque evidentemente, según consta, se rentaban a excelente precio por encontrarse ubcadas en la zona más comercial de la plaza pública. Refiere la tradición que conservan los descendientes de las familias Arriaga e Iturbe, que en la decimoseptima centuria, la casona se localizaba en la zona norte de la plaza mayor, al lado de seis casas más de una sola planta, las cuales fueron propiedad del mismo hombre. La mansión se encontraba en la esquina de la calle San Agustín, actualmente conocida como Iturbe, cuya planta alta estaba destinada a habitaciones; el nivel inferior, contaba con huerto, patios, acceso para diligncias, trastienda y tienda dedicada a comercializar toda clase de mercancía procedente de la Nao de China.

La nusna tradición, refiere que los orígenes de la casona datan de 1540, época en la que s construyeron las primeras fincas de Pátzcuaro alrededor de la plaza mayor, conocida en la hora contemporánea con el nombre de Vasco de Quiroga. Las primeras casas edificadas en torno a la plaza mayor, fueron residencias de las familias españolas que acompañaron al primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, al cambiar la sede de la diócesis establecida en Tzintzuntzan a Pátzcuaro. Evidentemente, la arquitectura de aquella época sugiere que las casas eran sobrias y de un nivel.

Al fallecer el regidor García de Valdez, las casas pasaron a formar parte de la Capellanía, la cual, por cierto, durante varios años percibió el producto de sus rentas. Relata la historia que, en los instantes de 1737, su propietario fue el estudiante de Filosofía, Francisco Xavier de Ugarte, quien las recibió en mal estado y estableció el compromiso de repararlas con los recursos obtenidos por medio de su arrendamiento.

Ante la cabalgata de los años, el estudiante de Filosofía se convirtió en presbítero. Rentaba las fincas a muy bajo precio; no obstante, cuando Miguel de Abarca y Ugarte llegó a la Capellanía, en 1776, siendo muy joven y todavía dependendiente de su padre, Manuel de Abarca y León, recuperó las casas.

Manuel de Abarca y León propuso reedificar todas las casas con portales, pero a cambio solicitó su adjudicación, lo cual fue concedido en 1777, pero como administrador de los bienes de su hijo, el capellán. El hombre procedió a demoler las casas de las esquinas, donde erigió una mansión de dos plantas con portales al frente, mientras las otras construcciones siguieron con su aspecto modesto.

La tradición cuenta que, en las horas de 1784. Manuel de Abarca y León, quien enviudó en ds ocasiones, murió rodeado de sus hijos, quedando la casona en manos de su primogénito, José María de Abarca Monasterio, quien, catorce años más tarde, en 1798 se transformó en el único propietario de la misma.

Hijo del regidor honorario del Ayuntamiento de Pátzcuaro, Manuel de Abarca y León, y de María Ana Eduarda de Monasterio, José María de Abarca Monasterio nació durante los segundos de 1770. Su madre murió en 1771, cuando él tenía un año de edad, de modo que su padre conrajo segundas nupcias con Rosa Izquierdo, de cuya unión nació Miguel de Abarca y Ugarte.

José María de Abarca Monastrio, quien en 1787 conoció a párroco José Antonio Lecuona, contrajo matrimonio con María Antonieta Salceda, en 1792. Ella, María Antonieta, era hija del teniente coronel del Regimiento de Dragones de Pátzcuaro, José Antonio Salceda.

A partir de 1796, Abarca Monasterio tuvo relación con personajes significativos de Valladolid, capital de Michoacán. Se trató de una amistad que duró hasta los días de 1809, durante la conspiración de Valladolid. Algunos de sus amigos fueron los hermanos Nicolás y Juan José de Michelena.

Durante postrimerías de 1797, cuando José María de Abarca desempeñaba la función de regidor depositario general del Ayuntamiento de Pátzcuaro, coincidió con otro perrsonaje que sería importante en los días de su existencia, José María de Peredo, perteneciente al Regimiento de Dragones de Milicias Provinciales de Michoacán; no obstante, continuó incrementando y fortaleciendo sus negocios y ampliando su círculo de amistades políticas en Valladolid y en la Ciudad de México.

Fue el 26 de julio de 1800, en la aurora del siglo XIX, cuando nació su sexta hija, Margarita, cuyos padrinos fueron Francisco Menocal y María Josefa Díaz de Ortega, hermana del intendente de Valladolid. Así, en 1795, José María de Abarca Momasterio aprovechó la influencia del cura y de la reducida oligarquía a la que pertenecía para ocupar el cargo de subdelegado de Aio-Carácuaro y Santa Clara; pero once años más tarde, en 1806, solicitó la Subdelegación de Pátzcuaro, la cual, por cierto, incluía los pueblos de Erongarícuaro y Cocupao, petición que fue concedida con apoyo del intendente Felipe Díaz de Ortega, hecho que influyó para que mejoraran sus ingresos económicos.

Los capítulos del ayer flotan y permanecen dispersos unos de otros, cada día más separados y aislados; pero todo paece inducar que fue a mediados de 1808 cuando él, Abarca Monasterio, comenzó a frecuentar a los conspiradores de Valladolid, encabezados por Mariano Michelena.

De acuerdo con la relación que Mariano Michelena escribió después de la Independencia de 1810 sobre lo ocurrido en diciembre de 1809, Abarca Monaserio asistió a las reuniones en su calidad de comisionado por la ciudad de Pátzcuaro, lo que generó sospechas entre los españoles.

Al consultar uno los anales del ayer, descubre que, en Pátzcuaro, José María de Abarca Monasterio fue contacto ente los conspiradores de Valladolid y los patriotas patcuarenses que anhelaban la independencia. Cuando sus planes quedaron al descubierto, fue aprehendido y posteriormente dejado en libertad, hasta que en 1810 decidió vender sus propiedades y mudarse a la Ciudad de México. Falleció en 1831 y fue, como se sabe, de los pocos conspiradoes que lograron atestiguar el triunfo de la Independencia de México.

La historia es un carrusel. Entre 1810 y 1830, la mansión que otrora perteneció a Abarca Monasterio, fue adquirida por Francisco de Antinio de Iturbe y Heriz, quien la entregó a su hija Paca como dote en su matrimonio con Francisco de Arriaga y Peralta, en 1830.

Después de todo, la historia está rota ante el paso de los años que se han acumulado, tras acontecimientos sociales; pero su romanticismo se palpa en los rincones de la casona de adobe, piedra, madera, herraje y teja, donde cada rincón tiene un detalle irrepetible.

Tal vez una noche lluviosa, uno ya esté hospedado en una de las habitaciones del Hotel Mansión Iturbe y asome al balcón con la intención de admirar el paisaje típico, la arboleda y las bancas de la plaza principal, rodeada de palacios de adobe y tejados, con portales iluminados por faroles ámbar. El espectáculo contagia y embelesa.

Arquitectura típica de Pátzcuaro. Fotografía: Colección Galicia Rojon.

Las habitaciones poseen techos hasta de cinco metros de altura y conservan pisos originales de tablones y decoración apropiada para un refugio colonial, donde parecen percibirse los ecos y suspiros del ayer, porque allí fue gran mundo de convivencia, tertulias, fiestas e historia de familias de alcurnia. Palacio que miró los minutos virreinales, las horas independientes, los segundos imperiales, los días reformistas, los años porfirianos, los instantes de estallido social y múltiples etapas de la historia nacional, hasta llegar, finalmente, a la hora presente.

Uno cierra el compendio de viajes, el álbum de fotogafías y la libreta de anotaciones con la grata sensación de haber respasado capítulos ya consumidos por la caminata de las horas; pero con la promesa de regresar a Pátzcuaro y disfrutar al máximo una estancia en la Mansión Iturbe, casona vireinal donde es posible el reencuentro con el pasado y la historia en pleno siglo XXI.

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Fotografía de portada e imágenes: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)