Paseo por el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa mañana, caminé entre puestos de fruta y verdura, con aroma a campiña y sabor a tierra, viento y lluvia, y con colores y formas que recuerdan los diseños de la naturaleza, entre cargadores, gente atraída por el olor de los quesos y huacales apilados.

Percibí, entre los rumores del mercado, los golpes de los cuchillos y navajas contra los troncos y las bases de madera o hierro, al cortar las piezas de carne. Vi las carnicerías, donde cuelgan trozos de reses y cabezas de cerdos, o en las que permanecen las gallinas y los pescados sobre bloques de hielo que se consumen junto con las horas pasajeras de la existencia.

También escuché, entre los susurros, a los cargadores con sus diablitos y su grito tradicional “¡ahí va el golpe!”, a las señoras regateando los precios, a las cocineras que desde temprano ofrecen arroz, mole, chiles rellenos de queso, sopes, quesadillas, caldo de pollo, chilaquiles, pancita, pozole, tamales, sopa y una variedad de platillos.

El rechinido de las tortilladoras mecánicas se mezclaba, a esa hora matinal, con las conversaciones de comerciantes, ancianas, hombres y mujeres que hacen del mercado su pequeño mundo, escenario de sus vidas y campo de sus historias.

Igual que ilusiones efímeras, las piñatas de colores emulaban personajes infantiles, los sueños de un rato durante la brevedad de la existencia. Permanecían colgadas como lo que son, ilusiones que en un rato revientan alegría y arrojan dulces y sorpresas.

Piñatas, es cierto, para las posadas navideñas y las celebraciones infantiles, que combinan, en determinadas fechas, con las banderas mexicanas y los rehiletes que agita el viento.

En el pasillo dedicado a las flores, observé las rosas para el amor y la felicidad, pero también las que se entregan en el cunero a la madre y las que se llevan ante la tumba, en una mezcla de alegría y tristeza, con el sí y el no de la vida, con las luces y sombras que forman parte de la dualidad humana y del universo.

Las tiendas de los mercados son especiales. Los comerciantes, otrora diestros en elaborar cucuruchos con pliegos de papel estraza o periódico, pesan arroz, frijol, azúcar y sal. Cortan el queso con cuchillos filosos y distribuyen en los anaqueles las botellas con aceite, los sobres con sopa, las latas con chiles y conservas, los frascos con aceitunas, el café y el chocolate.

Nopales, tortillas de maíz elaboradas a mano, quesos, chiles secos, hierbas, remedios naturales para curar padecimientos, jitomates, limones, piñas, aguacates, guayabas, tomates, cebollas, pepinos, lechugas, melones, papayas, ejotes, fresas, ajos, papas, rábanos, calabazas, cilantro, zanahorias, chícharos, peras, elotes, manzanas, epazote, naranjas e incontables productos simbolizaban, en cada rincón, un mosaico de texturas, colores, formas y perfumes, dignos del más puro mexicanismo.

Ya no encontré, como antaño, los puestos con juguetes, donde los niños mexicanos pedían a sus madres les compraran muñecas de cartón o de trapo, canicas, trompos, baleros, yoyos, caballos con palos de madera, cuerdas, trastes en miniatura, soldaditos, vaqueros, caballos, carritos, monstruos, damas chinas y tableros de la lotería, la oca y serpientes y escaleras, quizá cual ensayo de la infancia a la vida; tampoco me topé con las perfumerías que comercializaban cremas de esencias y fragancias intensas, ni tubos para rizar el cabello.

No vi, a mi paso, las bolsas de cartón de estraza con asas del mismo material, algunas con líneas verticales color rojo, que ellos, los comerciantes, obsequiaban o vendían a sus clientes, ni distinguí, como antaño, los letreros que los fruteros y verduleros colocaban con los precios de su mercancía y en la parte inferior la inscripción de algún dicho mexicano.

Los pajareros casi pertenecen a las estampas del pasado, con sus jaulas de madera o alambre, apiladas y cargadas a la espalda, que aprisionaban loros, canarios, tzentzontles, pericos y otras aves. Eran compañeros, en las explanadas y plazuelas de los mercados, de vendedores de plantas, cilindreros, saltimbanquis, marimberos, pajaritos que sustraían papeles diminutos con la suerte del cliente en turno, paleros, hombres que colocaban sobre una mesa plegable conos para esconder la bolita -pelota pequeña que rodaban con destreza bajo la palma de alguna de sus manos-, payasos y merolicos que ofrecían desde pomadas con grasa de coyote y otras fórmulas y pócimas contra “paño”, “enfermedades de la mujer”, diabetes, impotencia, vitiligio, infertilidad, flebitis, juanetes, “mal de ojo” y nerviosismo, hasta la exhibición de alguna serpiente de cascabel que extraían de un canasto de mimbre.

Comprobé que todavía perduran algunos oficios antiguos, como el de los cargadores y el ya casi extinto de los afiladores, con sus caramillos. La ausencia de la marimba, del hombre que tocaba el acordeón o del guitarrista se siente de inmediato.

El Mercado “Revolución”, al que la población de Morelia -capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México- conoce popularmente como “de San Juan”, en alusión al barrio del mismo nombre, fue fundado en 1965, cuando la gente de aquella década y de años y centurias anteriores tenía la costumbre de concentrarse en la plazuela con la idea de comercializar productos del campo, leña, carbón, guajolotes y pescado.

No niego que el que se localiza en San Juan de los Mexicanos, es un mercado tradicional de Morelia que rememora a los antiguos habitantes de esa zona de la ciudad de Valladolid, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas.

Hasta antes de la fundación del Mercado “Revolución”, hombres y mujeres coexistían en el antiguo y tradicional jardín del barrio de San Juan de los Mexicanos. Unos pregonaban las características de sus mercancías, mientras otros, en tanto, regateaban los precios o practicaban el trueque.

Desde temprano llegaban los arrieros, agotados y enlodados, con sus recuas de mulas, profiriendo insultos a las bestias y embistiendo a los infortunados que se cruzaban en su camino.

Los carretones de madera, jalados por mulas, todavía funcionaban en la década de los 50, en el siglo XX. Los comerciantes establecidos en las colonias aledañas al centro, surtían su mercancía y la trasladaban en esos transportes rudimentarios de alquiler.

Cuando uno visita Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del típico jardín de Villalongín, el acueducto barroco del siglo XVIII, el otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y la pintoresca Calzada Fray Antonio de San Miguel, para recorrer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y conocer, de paso, el Mercado “Revolución”, con todos sus símbolos.

En los años virreinales del siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid fue el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los nativos que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Recordé, al pararme frente a la fachada del templo dedicado a San Juan Bautista, inicialmente, en el siglo XVI, compuesto de materiales endebles, y reconstruido en 1696, en la ancianidad del siglo XVII, que en su costado norte existió, hasta postrimerías de la decimonovena centuria, un cementerio antiguo y estrecho , el de San Juan de Dios, que por su insalubridad y saturación fue trasladado, junto con el de Santa María de los Urdiales, también en Morelia, al actual panteón de la ciudad, cuya primera inhumación se celebró en 1885 y su posterior inauguración se llevó a cabo en 1895, en las horas porfirianas.

Posteriormente, en el siglo XX, el terreno referido ocupó las instalaciones del tradicional internado México-España, Tal institución albergó, en 1937, a 437 niños exiliados de la guerra civil española, hasta que en 1965 se inauguró en dicho espacio el Mercado “Revolución”, el cual funcionaba, en una fase anterior, en el jardín o plazuela de San Juan.

Si ben es cierto que en el pasado se practicaba el comercio en el jardín o plazuela de San Juan, en 1956 las autoridades construyeron un mercado rudimentario que más tarde ocuparon la policía y los bomberos de Morelia, hasta que finalmente, con la reubicación de los vendedores informales del centro histórico de la capital michoacana, el inmueble fue derruido para construir otro funcional e instalarlos a partir del año 2001.

Decidí ingresar al pequeño atrio del templo de San Juan Bautista. Admiré la fachada. Descubrí, en primer lugar, la fecha de su reconstrucción: 1696. Hurgué datos en mi memoria, hasta que recordé que de acuerdo con documentos, las obras del recinto prosiguieron en 1748, según consta en la venta de solares para solventar la edificación.

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el día de San Venancio, un miércoles 18 de mayo de 1541.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular Barrio de San Juan, exhibe una cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original con siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina  dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Dos exhiben, igual que una abuela, las fechas de su fundición: 1769 y 1778. La otra también data del siglo XVIII.

Ya reseñé que contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio, el de San Juan de Dios.. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios atriales de San Agustín, El Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos fue utilizado para la inhumación de cuerpos.

Es importante resaltar que ante la peste derivada de la cólera morbus que enfrentaron los habitantes de la ciudad, el 26 de marzo de 1850 las autoridades dieron a conocer un decreto y fue así como el cementerio de San Juan funcionó para las inhumaciones, a pesar de su saturación e insalubridad.

Por cierto, la cruz ochavada de la Colonia que actualmente se localiza en el jardín contiguo al templo virreinal de Nuestra Señora de Guadalupe, al oriente del centro histórico de Morelia, se encontraba inicialmente en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente, en las postrimerías del siglo XIX, fue trasladada al panteón municipal, inaugurado en 1895. Todavía en las primeras décadas de la vigésima centuria, los militares fusilaban gente en el panteón municipal de Morelia, a un lado de la cruz colonial.

Entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, en diferentes espacios de la urbe, de manera que los amigos y las familias españolas, criollas y mestizas dialogaban plácidamente, bailaban alegres, cantaban emocionados, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, de acuerdo con la clase social a la que pertenecían. En San Juan de los Mexicanos, las familias indígenas también se reunían.

Paralelamente, los conspiradores de Valladolid, en 1809, no solamente se reunían en las casonas palaciegas del centro; también se citaban con sigilo en algunas de las construcciones más modestas del Barrio de San Juan de los Mexicanos. Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban en casas humildes y endebles. El Barrio de San Juan de los Mexicanos era idóneo para pasar desapercibidos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y a la Independencia mexicana de 1810, por lo que se trata de un acontecimiento histórico, más allá de las luces y sombras del movimiento. Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual, por cierto, figuraba en un mapa elaborado en 1794, una centuria después, como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Antes de retirarme del templo colonial de San Juan Bautista, miré el altar, el coro , el púlpito y las reliquias, como la imagen alusiva al nombre del recinto y del barrio, un Santo Entierro y un Cristo del siglo XVII, agonizante, del cual la leyenda popular refiere que crece conforme transcurre el tiempo.

Lamenté que autoridades, hoteleros, restauranteros y prestadores de servicios turísticos no se interesen en rescatar el Barrio de San Juan de los Mexicanos, restaurar sus rincones y trasladar a los visitantes a su mercado, al templo colonial y los espacios que forman parte del ayer y de la historia.

Mercado, templo y ecos de un ayer que cada día parece estampado en páginas quebradizas y traspapeladas en un viejo archivero o en un arcón del que ya no existen la cerradura ni la llave, acaso porque todo, ante la caminata del tiempo, se transforma en recuerdo y después en olvido.

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Capacho, rincón de la zona lacustre de Cuitzeo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Está en las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, pero también entre el lago, las ruinas arqueológicas de Huandacareo y el monumental ex convento agustino y colonial de Santa María Magdalena, en Cuitzeo.

No lo han borrado las centurias ni el viento. Cuando en determinados ciclos renace el lago de Cuitzeo y maquilla su rostro con el crepúsculo dorado del amanecer y amarillo, naranja y rojizo de los minutos postreros de la tarde o refleja la caminata pasajera de las nubes, la profundidad del cielo y los carrizos, árboles, nopaleras, cactus y plantas que crecen en la orilla, las luces y siluetas del caserío asoman en las noches.

El de Cuitzeo es un lago de ciclos. Cuando el nivel del agua es suficiente, se transforma en espejo enorme, en mundo de garzas, patos y aves que hunden sus picos para atrapar a los peces. El viento riza el manto acuático.

Tras la somnolencia de la noche y la madrugada, Capacho, asentamiento de origen purépecha que en lengua indígena significa “tierra de juncos” o “pueblo que se cambió”, despierta ante el trinar de las aves que se refugian en el follaje de los árboles, el tañido del campanario y los rumores del aire.

Las callejuelas desoladas y silenciosas, acostumbradas al paso de generaciones, despiertan y reciben la algarabía de los niños que juegan e inventan su mundo, de los hombres que se dedican a la labranza, de las mujeres que acuden al amasijo, al nixtamal, a la tienda.

En otras horas, la orilla del lago, entre Cuitzeo y Huandacareo, estuvo poblada por indígenas que adoraban ídolos y construían pirámides. Es allá, en un rincón añejo de la loma de Capacho, donde asoma el templo fechado en 1722, relicario del Señor de la Expiración, en su ambiente de veladoras, incienso, copal y oraciones que fluyen en el ambiente de un pueblo lacustre.

Relata la tradición, atrapada en los días virreinales, que El Señor de la Expiración o de Capacho, como le denominan los moradores del poblado, fue descubierto en un monte, en un paraje abrupto y desolado, que se encontraba resguardado por una pilq de piedras.

Las autoridades eclesiásticas de aquellos años, los de la Colonia, decidieron trasladar la imagen a Cuitzeo tras pensar que aparecería el dueño de la imagen para reclamarla. Transcurrieron los días, las semanas, sin que alguien se acreditara como propietario de la escultura.

Otra versión, dentro de la tradición oral, narra que durante las horas ya distantes de la Colonia, dos personas, una de Capacho y otra de Cuitzeo, descubrieron la imagen en el paraje mencionado y acordaron que cierto período del año permanecería resguardada en el primer pueblo y la otra, en tanto, en el segundo.

No obstante, en sus conversaciones, algunos ancianos coinciden en que no fueron dos personas quienes descubrieron al Señor de la Expiración o de Capacho en el paraje montaraz, sino tres. Dos de ellos eran originarios de Capacho y el otro, en tanto, de Cuitzeo. Esto originó que se tomará la decisión de que la imagen permanezca la mayor parte del tiempo en Capacho y menor período en Cuitzeo.

A partir de entonces, quedó establecida la tradición popular de despedir al Señor de la Expiración o de Capacho en su recinto, en el pueblo, para conducirlo, un día después de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, en junio, a Cuitzeo.

Se trata de una gran festividad. Los moradores se unen a la procesión y caminan bajo el sol, entre la campiña y el lago, en medio de oraciones, juegos pirotécnicos y música de banda de viento. Llevan la imagen a Cuitzeo. La fiesta dura ocho días. El Señor de la Expiración es devuelto a Capacho el 17 de octubre, donde la multitud lo espera y recibe con intensa devoción y júbilo.

Tal vez uno de los detalles más cautivantes y enigmáticos de Capacho es el bloque donde reposa la cruz atrial. Es un relieve peculiar e irrepetible que desde hace más de dos siglos exhibe tres rostros que aluden a la Santísima Trinidad.

El efecto fue creado por un artista anónimo. De nombre desconocido, el escultor indígena talló en la cantera cuatro cejas y el mismo número de ojos, unidos a tres narices e igual cantidad de bocas y barbas que forman tres rostros.

Tan extraordinario e inigualable relieve de manufactura indígena, da la espalda a la fachada parroquial y atisba tres árboles que, paradójicamente, permanecen en lazados como los rostros donde reposa la cruz atrial.

Quien admire la talla colonial, descubrirá que en el centro de la cruz de piedra, precisamente donde se unen los ejes horizontal y vertical, se encuentra el rostro de un Cristo de facciones indígenas con una corona de espinas, distribuyéndose a los lados del mismo las pinzas y el martillo, que rematan, en los extremos, con manos ensangrentadas.

Adicionalmente, existen otras cruces de piedra que llaman la atención, como la que se localiza a un costado del templo, cerca de la torre, y la que se encuentra en la barda perimetral, ambas náufragas de minutos virreinales.

Tras la incansable travesía de las horas y las nubes -hermanas, al fin, que comparten similar destino al desvanecerse-, uno comprende que en Michoacán existen incontables historias por desentrañar, y que pueblos como el de Capacho, a la orilla del legendario lago de Cuitzeo, merecen un recorrido turístico.

Capacho se sitúa a mil 849 metros sobre el nivel del mar y se localiza en el municipio michoacano de Huandacareo. El recorrido de Morelia a Capacho, consta de 40.5 kilómetros, es decir un viaje de alrededor de 41 minutos. Una vez que el automovilista llegue a Cuitzeo, tendrá que tomar la dirección a Huandacareo para llegar a Capacho.

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La Alberca, en el cerro de Los Espinos, trozo paradisíaco

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas veraniegas, el aire dispersa los aromas a tierra mojada, hierbas y flores silvestres. Los senderos conducen a parajes intrincados, donde los insectos se refugian. El ascenso entre árboles, piedras y matorrales es lento. El calor húmedo acaricia la piel y sonroja los rostros de los caminantes.

Los rumores de la naturaleza se mezclan con el crujido de las varas al ser pisadas por los viajeros, quienes contemplan la llanura de lo que otrora fue la ciénaga de Zacapu, circundada por montañas que se abrazan en un ciclo imperturbable de auroras y ocasos, primaveras y veranos, otoños e inviernos.

En determinados parajes, las mariposas revolotean y posan, frágiles, sobre las flores ufanas y policromadas, mientras los pájaros hurtan las semillas, pican los frutos, atrapan insectos o vuelan raudos a las frondas de intenso verdor.

Parece como si todo, en la naturaleza, tuviera una correspondencia, de tal manera que las hojas que desprende el viento, la flor que coexiste imperceptible entre la intensidad del verdor y las gotas de lluvia, mantienen relación con las tonalidades de los arcoíris y el color del barro que salpica ante la caminata.

Cuando uno llega, finalmente, a la cima del cerro de Los Espinos, en el municipio michoacano de Jiménez, siente embeleso al contemplar el cono natural que contiene un espejo acuático, ondulado por los ósculos del aire, que refleja las siluetas del bosque y el coqueteo de las nubes de efímera existencia.

El paisaje lacustre es imponente. Cautiva. Al admirar la vegetación y el manto acuífero, uno tiene la sensación de encontrarse en un mundo mágico, en un rincón escondido entre lo abrupto de la naturaleza, a salvo de las fauces de la modernidad.

A una hora y otra, en la mañana y la tarde, las pinceladas de la naturaleza tiñen el escenario lacustre con matices que cambian del azulado o cristalino al morado o al verde, e invitan a contemplar el paisaje o caminar y correr por las veredas.

Durante las mañanas nebulosas y frías o las tardes cálidas o lluviosas, el aire húmedo se introduce al cráter, donde el agua responde a las caricias con un oleaje rizado, apacible y rítmico.

Unas veces grises, plomadas, y otras, en cambio, blancas, rizadas, las nubes asoman al lago atrapado en el cráter de Los Espinos, que recibe la mirada del sol. Con la mochila sobre la espalda, uno admira el cráter, la hondonada, la vegetación, y distingue el proceso de mutación en el maquillaje acuático. Respira el caminante una y otra vez, hasta percibir el aroma de la campiña, la fragancia de las flores, el perfume de la hierba, la hoja, la tierra mojada. Inesperadamente, distingue alguna corriente, un remolino, en el agua.

Existen algunos espacios con asadores para organizar reuniones, comer y admirar el paisaje natural; también, para quien lo desea, los senderos invitan a rodear el cono imponente.

Ya en aquella cima de origen volcánico, el turista desciende al cráter por un sendero chueco y empinado, entre árboles, arbustos y matorrales que de inmediato, al rozarlos, desprenden su fragancia agreste, su perfume montaraz.

Es, para el viajero, la excursión de los sentidos y, adicionalmente, el reencuentro consigo, con la naturaleza. Percibe el palpitar de la vida en cada rincón. El turista siente el aire húmedo en su rostro sonrojado y las caricias de la hierba en sus brazos y manos.

Los gemidos de la hojarasca y las varas al quebrarse, al ser trozadas por los pies del caminante, no son ajenos al murmullo de árboles balanceados por el viento ni al trinar de los pájaros, porque todo parece nota del mismo concierto.

Unas cosas presentan aromas y otras cantos, policromía y sabores; pero todas son hermanas, parientes, y permanecen mezcladas en el lienzo de la naturaleza. Formas, perfumes, sonidos, tonalidades.

Durante su descenso, el trotamundos repasa, como siempre, las páginas empolvadas de la historia, para recordar que discurrían los años precortesianos cuando los indígenas creían que allí, en el cráter, moraban fuerzas malignas.

Relata la tradición que ellos, los nativos, realizaban sacrificios humanos con intención de apaciguar los males que consideraban existían en aquel paraje de rasgos lacustres y volcánicos.

Ya en los días coloniales, las mujeres que descendían con la intención de bañarse y lavar ropa, eran asustadas por el diablo que allí se refugiaba, según la leyenda, de manera que su enojo era tanto que provocaba remolinos y que el agua se agitara hasta impactarse contra la orilla.

Las mujeres corrían despavoridas por la escarpa para huir de aquel fenómeno. Quienes volteaban, descubrían aterradas el rostro del demonio asomado en medio del lago. Algunas murieron ahogadas o se accidentaban durante las huidas.

Fue, por lo mismo, que en las horas juveniles de la Colonia, en el siglo XVI, los naturales solicitaron a un personaje enigmático y tan querido por ellos, fray Jacobo Daciano, que bendijera el cráter y ahuyentara, en consecuencia, los males que allí se alojaban. Y así lo hizo.

El religioso acudió al cráter, acompañado de la comunidad indígena, donde expulsó al demonio, quien provocó un enorme e imponente remolino de agua antes de marcharse. Tras la agitación del lago, prevalecieron la calma y el silencio.

Ya en ese momento, próximo a la orilla del lago, el visitante no olvida que fray Jacobo Daciano o de Dacia, quien nació entre 1482 y 1484 y fue hijo de los reyes Juan y Cristina de Dinamarca, llegó a la Nueva España en 1542 tras haberse entrevistado con el emperador Carlos V y recibir su autorización para zarpar, cuando el mar olía a aventura, peligro y piratas, hacia América.

A diferencia de la mayor parte de los europeos que en aquellas horas coloniales llegaron a la Nueva España en busca de aventura y fortuna, él, fray Jacobo Daciano, amó a los indígenas y se preocupó por ellos, quienes lo consideraban su benefactor y hombre prodigioso y santo.

Fray Jacobo Daciano fue el evangelizador franciscano del que los indios aseguraban poseía facultades extrasensoriales como aparecer en varios lugares al mismo tiempo y levitar. Fundó diversas poblaciones, como Zacapu. Tal fue el amor que por él experimentaron los purépechas, que al morir en Tarecuato, Michoacán, su última morada, y ser sepultado, éstos, los nativos, extrajeron su cuerpo de la tumba y lo colocaron en un nicho del templo, tras el retablo del altar mayor. El cuerpo no se corrompía. Cada cuatro o cinco años, los purépechas le cambiaban hábito; conservaban los anteriores como reliquias muy veneradas.

Acaso esas son las cavilaciones, las remembranzas históricas del turista, quien de pronto, a fuerza de caminar y resbalar por el sendero silvestre, se descubre ante el lago verdoso y en ocasiones azulado o morado.

Sentado en una piedra o quizá en un tronco enlamado o musgoso, permanece largo tiempo en aquella hondonada lacustre y volcánica, observando un escenario de la historia y de la naturaleza.

En ocasiones, el graznido y el trinar de las aves distrae su atención y a veces, en cambio, la mudez que suele demostrar la naturaleza a los hombres y mujeres de soledad, se manifiesta extraordinaria. Da la impresión de que el silencio empieza a hablar, a musitar desde todos los rincones.

Libre como la hoja que se desprende del árbol y es mecida suavemente por el aire, hasta caer al agua y navegar en un delicioso arrullo, el viajero rompe las ataduras y se siente pleno y libre.

Ausente de lo cotidiano, de lo rutinario, enriquece su existencia y quizá hasta se atreve a abrazar un árbol o introducir sus pies en el agua, en el lago, para percibir, al menos unos instantes, el pulso de la naturaleza y la vida.

Cuando hace algunos años, investigadores franceses exploraron La Alberca, en el cerro Los Espinos, que realmente pertenece al municipio de Jiménez y no, como muchos creen, al de Zacapu, concluyeron que el lago no está contaminado. Mundo de peces, el lago presenta sal a cierta profundidad, de acuerdo con los resultados de los investigadores europeos. No detectaron fácilmente el fondo en determinadas áreas, seguramente por sus conexiones en las entrañas de la tierra, pero la profundidad máxima es de 32.5 metros.

Al cerro de Los Espinos, donde abundan huizaches, matorrales y piedras, también se le conoce como volcán de Santa Teresa, o sencillamente La Alberca. Cada año, en octubre, la comunidad de Los Espinos celebra a Santa Teresa, su patrona, con ascenso al cerro, donde el sacerdote oficia misa y la gente, henchida de euforia, lleva banda de música de viento, mariachi y juegos pirotécnicos.

Hay que recordar que ya en las horas porfirianas, e incluso en los días de Reforma, entre el siglo XIX y hasta la aurora del XX, se emprendió la absurda tarea de secar la ciénaga de Zacapu, que era rica e inmensa.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se impulsó la absurda desecación de la ciénaga de Zacapu. Tanta culpa tuvo la administración de Benito Juárez García con su proyecto general de desagüe, como la de Porfirio Díaz Mori, quien calificó las ciénagas, junto con su equipo de “científicos”, de insalubres, carentes de producción y generadoras de una actividad económica miserable.

Los resultados siguen a la vista: miseria y desequilibrio ecológico. Mentalidad aquella, como la de hoy, irracional: destruir lo insustituible a cambio del enriquecimiento de una minoría. Ya en el siglo XXI corresponde a las generaciones contemporáneas el rescate y la protección de sus recursos naturales.

En los días del siglo XVII, fray Alonso de la Rea anotaba que “debajo de este cerro -el de Los Espinos- cae la ciénaga de Zacapu, donde hay lagunas profundísimas con infinito pescado. De esta ciénaga tiene su nacimiento el río Angulo, que discurriendo hacia el norte… se precipita de un cerro muy alto con tanta violencia que abajo, entre el golpe del agua y el peñasco, se pasa a pie enjuto. En esta ciénaga hay infinita caza de patos, y así veremos que toda esta provincia no tiene palmo que no sea fértil y abundante, así de caza como de pescados”.

Uno, al concluir el día entre los parajes abruptos del volcán de Santa Teresa -La Alberca, en el cerro de Los Espinos-, desciende cautivado por los encantos de la naturaleza, con el sentimiento y la alegría de llevar en la mochila de trotamundos un fragmento del paraíso, un trozo del poema de la vida. Vivencias y fotografías para el recuerdo.

De acuerdo con datos oficiales, el lago tiene forma semicircular. Los especialistas calculan que se trata de 370 metros de diámetro en una superficie de 11 hectáreas; además, la máxima profundidad es de aproximadamente 32.5 metros.

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Camécuaro, lago paradisíaco de Michoacán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas nebulosas y frías, cuando las gotas de lluvia se funden en el verdor del lago de Camécuaro y provocan ondas que se multiplican y juegan con el reflejo del follaje de los ahuehuetes o sabinos, los aromas de la campiña y los fogones se mezclan y son arrastrados por el viento.

Uno mira, desde alguna de las bancas, las raíces de los sabinos añejos y arrugados que asoman a la superficie y forman trenzas que se prolongan a lo largo de la orilla del lago, donde adquieren formas que despiertan la imaginación y cautivan los sentidos. Los troncos retorcidos se unen como si alguien hubiera esculpido un lenguaje caprichoso.

Las burbujas de los manantiales surgen de la intimidad de la tierra y se funden en el manto acuático, donde las ramas se mantienen inclinadas como para complementar su belleza con sus tonalidades cafés y verdosas y complementarse con los matices azulados y grises del cielo.

Uno, al pasear y caminar por la orilla del lago de Camécuaro, en el municipio michoacano de Tangacícuaro, admira los troncos que emergen y extienden sus raíces hacia la tierra, entrelazadas un día y otro, tejidas durante años incontables, hasta formar nudos y figuras de natural encanto. Parecen brazos que agarran la tierra, la orilla. Es cierto, a los niños, a las familias, a los enamorados, a los turistas, a toda la gente le fascina tomarse fotografías en tal escenario y así raptar trozos, momentos, recuerdos de un rincón que parece arrancado de algún sueño.

Aquellos viajeros observadores, descubren que las ramas forman arcos y se extienden en busca, quizá, de un cielo pródigo que les regale calor y lluvia. Quienes desborden sus sentidos e imaginación en el paisaje, verán que el café de los troncos, raíces y ramas se mezcla en armonía y equilibrio con el verdor de las hojas, como si una madrugada o una tarde un pintor inspirado hubiera desbordado su imaginación sobre el lienzo de la naturaleza para aplicarle mayor belleza.

Si se le compara con los lagos michoacanos de Cuitzeo, Pátzcuaro y Zirahuén, el de Camécuaro parecerá una miniatura, una pieza de colección, una pintura que salpicó de un mundo mágico.

Uno camina a la orilla, entre las raíces de los sabinos, completamente arrobado. Las miradas de los turistas quedan atrapadas en una silueta y en otra de los árboles tan mexicanos, en la policromía acuática, donde moran peces y tortugas que coexisten con patos y otras aves como gorriones y tzentzontles.

Es increíble que un lago, expuesto en un paraje michoacano, despierte tantos sentimientos e ideas. El poeta, por ejemplo, se sienta en una de las bancas tapizadas por hojas y la sombra jaspeada que proyectan las ramas de los sabinos al recibir la mirada del sol, y escribe, quizá, los versos más subyugantes; el pintor, al fin artista, observa pacientemente, desentraña cada forma, color y encanto que le permiten trasladar una réplica, un trozo de aquel escenario lacustre a la blancura del lienzo; el músico cierra los ojos y escucha los rumores de la naturaleza con la intención de reproducirlos y cautivar los sentidos; el escultor mira las figuras de los troncos como invitación para cincelar la piedra yerta; los enamorados, en tanto, descubren el coqueteo de las hojas movidas por el aire y los micromundos dispersos en la tierra, próximos a la orilla, o tal vez caminan durante horas de ensueño; las familias y los amigos, por su parte, dejan en el carretón del olvido las horas de la rutina y se mecen en el columpio de la convivencia y las diversiones; el trotamundos y el turista seguramente tomarán fotografías con el objetivo de llevar copias del espectáculo en sus cámaras.

Las lanchas navegan suavemente. Reciben los ósculos del aire que arrastra los aromas de la campiña, de las montañas, de las cocinas rústicas. Los viajeros disfrutan un paseo, como también quienes deciden alquilar triciclos. Los remos de madera son hundidos en el agua y ofrecen al viajero, al turista, la emoción de navegar por el legendario lago de Camécuaro.

El canto de las aves y los graznidos de los patos, mezclados en notas impronunciables, se escucha hasta las pequeñas embarcaciones y la orilla del lago, desde donde ellos, los viajeros, los distinguen aglomerados en comunidades silvestres.

Dentro de un mundo acuático, carpas, mojarras, peces multicolores, truchas y tortugas se mezclan en la profundidad y enfrentan la difícil prueba de la coexistencia. Y mientras el viento riza la superficie del lago y forma filamentos con las nubes que más tarde vuelven a aglomerarse, se antoja caminar hasta el puente para admirar los trozos de belleza natural.

Hay quienes informan que el lago de Camécuaro cuenta con determinado número de manantiales, con sus grandes variantes, o que cada día son menos por el descuido y la falta de saneamiento; sin embargo, todos coinciden en que se trata de uno de los escenarios más hermosos de Michoacán.

Con la aurora, el turista advertirá que a una hora el lago se maquilla de azul y a otra se pinta de verde, y más tarde, en la noche, se enluta y permite que asomen los reflejos de la luna y las estrellas que alumbran los senderos y las bancas desoladas.

Proclives los mexicanos a salpicar los días de sus existencias con acontecimientos pintorescos e historias singulares, el pueblo purépecha almacena en su memoria colectiva la remembranza del legendario lago de Camécuaro, cuando en las horas prehispánicas se registró en aquellos parajes naturales el romance intenso entre un joven guerrero y una sacerdotisa cautivante, hermosa, que moraba en un templo de Tangancícuaro.

Relata la leyenda indígena que el romance entre la doncella mística, otrora entregada a la adoración de los dioses de barro y piedra, y el hombre de interminables aventuras, batallas y proezas, tuvo un desenlace fatal porque en su huida hacia la libertad, a tierras desconocidas e insospechadas donde indudablemente planeaban vivir dichosos, fueron asesinados por los custodios del templo. A partir de aquella hora infausta, de acuerdo con la creencia popular, los espíritus de ambos enamorados moran en el lago de Camécuaro y sus inmediaciones.

Otra leyenda, totalmente distorsionada, refiere que hasta allí, en el lago de Camécuaro, con sus más de 100 metros de ancho por mil 400 de largo, una princesa indígena huyó de los conquistadores españoles montada en un corcel blanco, y que al ser vencida, lloró tanto que con sus lágrimas formó el manto acuático.

En consecuencia, narra la creencia popular que el espíritu de la doncella purépecha habita lo más profundo del lago de Camécuaro, que en lengua indígena significa “lugar de amargura”; no obstante, cuenta la leyenda que cada vez que la joven desafortunada desea un hombre, sin importar su edad, alguien del sexo masculino muere ahogado. Curiosamente, el recuerdo colectivo registra que solamente una mujer se ha ahogado en el lago de Camécuaro y que las demás víctimas han sido hombres.

El Parque Nacional Lago de Camécuaro se encuentra en una superficie natural protegida de 9.65 hectáreas, se localiza en el municipio de Tangancícuaro y se ubica, además, a alrededor de 15 kilómetros de la ciudad de Zamora, al occidente de Michoacán. Tiene cercanía con rincones michoacanos como Patamban, la Cañada de los Once Pueblos, El Curutarán y Jacona, entre otros. Es parque nacional y cuenta con juegos infantiles para quienes organizan reuniones y días de campo. También existen establecimientos con venta de comida típica, bebidas y souvenirs. Ofrece espacio para acampar y estacionamiento fuera del parque.

La extensión del lago es de 1.6 hectáreas y en algunos sitios su profundidad es hasta de seis metros. Desemboca en el río Duero, el cual, por cierto, conecta al Lerma. Este parque nacional se sitúa a 136 kilómetros de Morelia y 186 de Guadalajara.

Estos días nebulosos, las noches son salpicadas por incontables gotas de lluvia que contrastan con las burbujas que emergen en el lago, como si el cielo y la tierra se unieran de repente para conservar el encanto del lago de Camécuaro.

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Primera llamada

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La primera llamada, en teatro, es un anuncio para que el público que se encuentra reunido en el vestíbulo se prepare y disponga a entrar a la sala y ocupar sus butacas, al mismo tiempo que ordena y marca el tiempo de los actores.

Esta vez, me atrevo a titular Primera llamada al presente texto, cuya intención es informar a quienes me favorecen con sus lecturas, que desde hace tiempo escribo un libro relacionado con historias de familias y personajes de antaño, es decir de 1920 hacia atrás.

La idea de la obra es rescatar datos e historias reales, ya que lamentablemente la vorágine de la hora contemporánea ha propiciado que se pierda mucha información relacionada con el pasado, al grado de que los puentes entre el ayer y el hoy parecen encontrarse en ruinas, con el desconocimiento de quiénes somos y de dónde venimos.

Algunas familias poseen datos, documentos, fotografías e información sobre sus antepasados, los cuales, por cierto, enfrentan el riesgo de perderse ante la caminata de los años y no contribuir, por lo mismo, a enriquecer la historia de la humanidad.

En consecuencia, mi convocatoria se orienta a solicitar copias de documentos y fotografías antiguas, junto con alguna reseña de la historia familiar, a quienes dispongan de esa clase de datos.

La condición es que las historias sean reales y respeten la dignidad humana. Evidentemente, dedicaré un capítulo a cada familia. Procesaré y redactaré la información que tengan a bien enviar, de manera que la obra sea rica en historias auténticas.

Evidentemente, como autor de la obra, respetaré los nombres y apellidos de los personajes de antaño, junto con sus respectivas biografías. Las historias están orientadas, principalmente, a México; sin embargo, si pertenecen a otras regiones del mundo y son interesantes y verídicas, y datan del pasado, dispondrán de un capítulo en el libro que estoy escribiendo.

Con relación a las personas que colaboren con el envío de documentos, fotografías, datos e información, sus nombres aparecerán en una sección dedicada a los agradecimientos. Les solicito que en el correo que envíen con la información, por favor me autoricen a publicar el capítulo correspondiente a sus antepasados.

Toda la información relacionada con este tema puede enviarse al siguiente correo: familiasdeantes@gmail.com. La obra, como todos los libros que he editado y los textos que escribo y publico en este espacio, estará protegida con los respectivos derechos de autor, lo cual le dará la formalidad que merece.

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Historias y leyendas de los carmelitas descalzos en Valladolid

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Emocionada, la multitud la esperaba. Llegaría por el Barrio de Indios de Santiaguito. De rasgos hermosos e irrepetibles, casi angelicales, había viajado desde España en barco, hasta llegar a Veracruz, cuando las horas y los días del siglo xvi se acumulaban en almanaques hoy cubiertos por el polvo de la historia y el olvido.

Si el mar olía entonces a aventura, piratas, peligro, la Nueva España exhalaba el aroma de la conquista, la colonización, la fusión de indígenas con europeos. El rostro de la decimosexta centuria miraba de frente a los mexicanos autóctonos, quienes habían acudido muy puntuales a su cita con la historia y al complejo e interminable proceso de mestizaje.

Ella, la imagen de Nuestra Señora del Carmen, llegó hermosa y suprema a Valladolid, la actual ciudad de Morelia. Indios, mestizos, criollos y peninsulares miraron su perfil, su semblante delicado y dulce, como si su presencia iluminara a todos y ofreciera protegerlos en su regazo.

La muchedumbre la aclamó en cuanto llegó. Cuatro jóvenes de buen porte la entregaron a los otros, a los monjes de la Orden de los Carmelitas Descalzos, quienes la recibieron embelesados al observar su semblante que no parecía de este mundo, sino de un rincón edénico.

Del Barrio de Indios de Santiaguito, el gentío siguió a los cuatro jóvenes que cargaban la imagen, quienes se internaron por el huerto de los religiosos carmelitas, donde la entregaron durante un acto solemne.

El pesado portón del templo fue cerrado al público ansioso de contemplar a Nuestra Señora del Carmen. En el completo sigilo del recinto, la escultura de madera estufada fue colocada en el altar, en su nuevo hogar, en el espacio donde sería venerada por los moradores de aquella ciudad fundada en 1541.

Distraídos por la emotividad que provocó el recibimiento de Nuestra Señora del Carmen, los carmelitas descalzos olvidaron a los cuatro mozos apuestos que entregaron la imagen. No supieron de ellos. Nadie volvió a mirarlos. Ni aquí ni allá, en ninguna callejuela o plaza de Valladolid estaban los emisarios.

Era una noche estrellada y suprema, como las que incontables ocasiones han admirado los michoacanos. Cobijaba la loma chata y alargada de Guayangareo, otrora morada de matlatzincas o pirindas, mientras los grillos y otros insectos cantaban incesantes alrededor de una ciudad que dormía.

Noche michoacana aquella, transformada en poema, en cuentas de cristal, en notas de la naturaleza. Horas nocturnas aquellas del siglo xvi, cuando tras instantes de intensa alegría y fiesta, los carmelitas decidieron recluirse a orar y dormir en sus celdas apartadas, solitarias y silenciosas.

Tal vez los sueños se transformaron en escenas que se repitieron en las mentes de los ermitaños o quizá la fatiga los doblegó en sus camas, encerrados en un mundo pequeño que los aislaba de los moradores de Valladolid, la ciudad de linaje colonial que un día, centurias más tarde, se convertiría en Morelia.

Los golpes desesperados del aldabón sobre el pesado portón de madera, se repitieron durante las horas de la madrugada, hasta que uno de los guardianes del convento preguntó por el postigo la identidad de quien importunaba el descanso de los hermanos carmelitas.

Ante su sorpresa, descubrió a cuatro jóvenes tiritando de frío, maltrechos, con los rostros sucios, las cabelleras desordenadas y la ropa desgarrada, quienes afligidos y con sobresalto relataron que con muchos días de anterioridad, en Veracruz, recibieron la encomienda de trasladar la imagen de Nuestra Señora del Carmen a Valladolid, la cual había llegado en barco. La escultura procedía, al parecer, de Valencia, España.

Una vez que ellos, los cuatro mozuelos, emprendieron el camino con su preciada carga, un misterioso remolino les arrebató la valiosa escultura, de manera que estaban asustados y afligidos. Ya sin la imagen, decidieron llegar hasta el monasterio de los carmelitas descalzos en Valladolid, la capital de la provincia de Michoacán, con la intención de narrar lo sucedido y enfrentar, en caso de que las circunstancias lo ameritaran, el castigo.

Todos, monjes y emisarios, experimentaron desconcierto y sorpresa. La hermosa e inigualable escultura de Nuestra Señora del Carmen yacía desde hacía horas en el altar del templo. Había llegado inmaculada hasta Valladolid.

¿Quiénes eran, en realidad, los otros, los jóvenes apuestos que horas antes habían entregado la imagen a los hermanos de la Orden de los Carmelitas Descalzos, a los que por cierto ya no volvieron a mirar? Igual que como llegaron, desaparecieron de la ciudad.

Desde entonces, los religiosos y los moradores de la ciudad establecieron la creencia y tradición de que aquéllos, los cuatro jóvenes que transportaron y entregaron a Nuestra Señora del Carmen, no pertenecían a este mundo, sino que eran ángeles, criaturas etéreas, seres muy próximos a la divinidad.

Al caminar por los rincones del templo y del ex convento de Nuestra Señora del Carmen e ingresar al refectorio, al claustro procesal, a la sacristía o a cualquier espacio exquisito en obras pictóricas de la Colonia, uno percibe de inmediato el peso de las centurias y rememora las historias y tradiciones que todavía flotan en el ambiente, como la de “La ventana del muerto”, de la que refiere la tradición que discurrían los otros días, los minutos virreinales, cuando él, fray Jacinto de San Ángel, novicio bromista y retozón, llegó puntual a su cita con el destino, con el acontecimiento que contribuiría a corregir su vida inquieta.

Con frecuencia, los maestros reprendían al novicio desazonado, a fray Jacinto de San Ángel, quien rompía los rosarios para mezclar las cuentas con los garbanzos e ideaba una, otra e incontables travesuras durante la mayor parte del día, las cuales, por cierto, no siempre tenían buenos desenlaces, como lo ocurrido aquella noche anónima de la Colonia, cuando el hermano tornero fray Melitón de la Cruz, hombre él anciano y piadoso, era velado por los carmelitas descalzos.

Entristecidos por el fallecimiento de uno de los hombres más santos de su recinto, los monjes se turnaban para velarlo por parejas en la capilla de profundis, de donde al siguiente día sería trasladado hasta el altar de Nuestra Señora del Carmen para posteriormente sepultarlo.

Discurrían los segundos de la medianoche, en total penumbra y silencio, cuando el novicio Jacinto de San Ángel y el hermano clavero o llavero fray Elías de Santa María, permanecían ante el cadáver del buen anciano fray Melitón de la Cruz.

Cohibido, fray Elías de Santa María sugirió a su compañero la idea ir a la cocina del convento a preparar una bebida caliente, tal vez un chocolate espumoso acompañado de bizcochos, para apaciguar el hambre y el frío de la madrugada.

En cuanto se retiró el hermano clavero, el otro, el bromista, sustrajo al difunto del ataúd y aunque le resultó difícil acomodarlo porque ya estaba tieso, lo colocó en determinado espacio del recinto y le cubrió el rostro con la capucha; posteriormente, buscó un escondite para espiar la reacción de su compañero en cuanto llegara de la cocina.

Miedoso y tímido como era, el hermano fray Elías de Santa María regresó con las bebidas calientes. Miró inmóvil a su compañero, al novicio Jacinto de San Ángel, por lo que optó por sacudirlo repetidas ocasiones, hasta que la capucha cayó y descubrió horrorizado que se trataba del difunto fray Melitón de la Cruz. Arrojó el chocolate al suelo.

Aterrado por el descubrimiento tan macabro, el buen religioso pensó de inmediato que el cadáver había cobrado vida y, en consecuencia, escapado del ataúd. Al no encontrar al novicio, quien proseguía escondido, pensó que algo le habría sucedido. No soportó la impresión y se desvaneció. Permaneció con desmayo toda la madrugada, según la tradición.

Preocupado por las consecuencias de aquella broma, el novicio introdujo de nuevo al difunto al féretro; sin embargo, el buen hermano tornero fray Melitón de la Cruz regresó de las fronteras de la muerte, abrió los ojos, sujetó una de las velas que le rodeaban e inició una persecución contra quien lo había profanado.

No era broma. El religioso excéntrico enfrentaba una pesadilla, un capítulo espeluznante, una historia real, según relata la leyenda. Totalmente despavorido y nervioso, fray Jacinto de San Ángel salió corriendo de la capilla de profundis, pasó por la sacristía y llegó hasta una ventana, por la que planeó huir; no obstante, el guasón no soportó la angustia y el miedo de ser perseguido por un cadáver, un muerto al que momentos antes había profanado en el ataúd.

Cayó desmayado y así quedó, inconsciente en el piso, hasta las primeras horas del amanecer, cuando sus compañeros, los monjes y novicios carmelitas, se trasladaron hasta el recinto con la finalidad de continuar con las exequias de fray Melitón de la Cruz, el buen hermano tornero.

El difunto permanecía recargado en la ventana, totalmente inmóvil e inexpresivo, mientras el novicio bufón yacía en el suelo. Nadie le creyó el relato. Todos los religiosos coincidieron en que se trataba, como siempre, de una broma; mas lo cierto, según consta en los anales del ayer, el principiante rectificó su conducta y desde entonces se convirtió en uno de los hermanos más observantes de las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Mientras uno observa las pinturas coloniales empotradas en los paredones de la sacristía, que relatan los siete derramamientos de la sangre de Cristo, detalle rodeado de santos de la Orden de los Carmelitas Descalzos como Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz con querubines y San Pedro Tomás Obispo, acuden las remembranzas, los ecos de instantes consumidos en el ayer, ya de otra centuria, la decimoctava, y aparece en la memoria, entonces, una historia conmovedora, protagonizada por un hombre desconsolado, procedente de Pátzcuaro, quien tocó el portón del convento carmelita de Valladolid con el objetivo de solicitar su admisión, donde olvidaría su pasado dolor y ofrecería los días de su existencia a Dios.

Hijo de un rebocero de Zamora, estaba desconsolado y entristecido porque ella, Nieves, su amada novia, hija de un conde español que gozaba de incontables privilegios por parte del monarca español Carlos iii, había fallecido como consecuencia de la insondable tristeza que le causaba la prohibición de contraer matrimonio con el hombre que amaba.

Al mirarlo tan afligido, los monjes le creyeron y aceptaron que se quedara en el convento. Así, fue registrado como profeso en el monasterio de la Orden de los Carmelitas Descalzos, en la señorial Valladolid, y una madrugada, mientras se encontraba orando en el espacio que hoy ocupa el coro del templo, desde donde podía admirar la belleza y santidad que irradiaba la imagen de Nuestra Señora del Carmen, escuchó pasos y un ruido similar al roce de la seda.

En la soledad y el silencio de aquella madrugada anónima de la Colonia, notó que el sonido áspero se aproximaba más a él, hasta que su corazón latió apresuradamente, fuera de control, y sintió palidecer al percibir frente a él una silueta que le resultaba familiar, a Nieves, su novia, quien aparecía desde ultratumba en la víspera de la ceremonia en la que refrendaría el compromiso de profesar las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Nieves, su bella y querida novia, se manifestó ante él y le pidió que consagrara en sufragio de su alma el primer oficio de difuntos y que le rezara como religioso profeso carmelita que era; pero él, el licenciado de Pátzcuaro, quien años más tarde fue conocido como fray Vicente Pérez, le confesó que siempre la había amado y que desde su llegada al convento, todos sus sentimientos, pensamientos, palabras y actos estaban dedicado a ella, a su ser.

Sortilegio de amor, en verdad, que traspasó las fronteras porque sus almas estaban unidas. Nieves retornó a su morada, mientras él, el profeso, corrió a la celda del padre prior para relatarle su experiencia.

Cuando el padre prior escuchó el encargo de la novia y concluyó la narración del hombre, quien estaba lloroso y conmovido, tocó una pequeña campana para reunir a la comunidad religiosa a aquella hora de la madrugada. Todos se unieron al primer oficio de difuntos de fray Vicente Pérez, quien se convirtió en un ejemplar carmelita descalzo.

Tanto el templo de Nuestra Señora del Carmen como el convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, fueron escenario de incontables acontecimientos e historias, como la de un novicio que un día de antaño se enamoró con tal intensidad de una joven hermosa, que diariamente, a toda hora, rezaba para que Dios cumpliera su ilusión.

Y como prueba de su fe y el amor que pretendía dedicar a Dios, reseña la leyenda, tuvo oportunidad de salir del enorme y fortificado convento, caminar por el huerto y mirar, asombrado, las piedras que de improviso se transformaron en escalinatas que le facilitaron el descenso para dirigirse hasta donde se encontraba ella, la joven que lo cautivaba y de quien estaba enamorado. Supuestamente, el sitio donde ocurrió el milagro es exactamente lo que en la actualidad los morelianos conocen como la calle García Pueblita.

Con una demostración tan prodigiosa como la que presenció el novicio enamorado, innegablemente comprendió y sintió la grandeza de Dios, a quien había prometido consagrar su existencia.

Historias y leyendas de antaño parecen flotar en el ambiente, fluir de las habitaciones oscuras, para susurrar a la memoria, al oído, y rescatar los capítulos que gradualmente, ante la caminata del tiempo, se desvanecen. Siempre hay alguien dispuesto a contar las tradiciones carmelitas.

Estas noches lluviosas y solitarias, ya en el siglo xxi, cuando uno camina por las callejuelas de Morelia, la añeja Valladolid, los reflectores alumbran los paredones de cantera y se manifiestan solemnes e imponentes las siluetas del templo de Nuestra Señora del Carmen y del ex convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, tan similares a un libro de páginas despastadas que quedó guardado en algún almanaque olvidado y cubierto de polvo.

Encuentro en el Jardín de la Escultura Mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hablamos de arte y del México con rostro de desigualdad social que tanto nos duele. Ambos, por ser artistas -él escultor y yo escritor-, conocemos el significado del divino ocio, la inspiración y el proceso de la creación. No obstante, coincidimos en que la hora contemporánea plantea la intervención de artistas e intelectuales en las transformaciones que urgen a la nación para retirarse el maquillaje del pauperismo, las injusticias, la corrupción, la inseguridad y la falta de oportunidades reales de desarrollo, y así presentar la autenticidad de su rostro, la del México con gente buena y capaz de emprender tareas extraordinarias. Sí, hacen falta los mexicanos nobles y productivos. Es necesario que asomen y actúen otra vez. Se les extraña y necesita.

Ambos pensamos que es desde la niñez, adolescencia y juventud, y directamente en las comunidades, como influiremos en una revolución pacífica y trascendental, porque en la medida que los seres humanos abren su sensibilidad al arte y su conciencia ante los problemas ecológicos, económicos, políticos y sociales que los orillan al precipicio, están preparados para enfrentar adversidades y retos. El conocimiento bien empleado, es la luz que disipa las sombras.

Él, mi amigo Pedro Dávalos Cotonieto, artista plástico de reconocimiento mundial, es un hombre sencillo, ausente de poses, intelectual y comprometido con el proyecto llamado México. Le duele, como a mí, que las familias mexicanas se desintegren, que padezcan los estragos del hambre y las injusticias, que no tengan acceso a los servicios básicos de salud y que aquí y allá, en todas partes, les cierren las puertas de las oportunidades.

Siempre he pensado que el termómetro de una sociedad lo componen la infancia, adolescencia y juventud, de tal manera que si uno pretende saber si los habitantes de una comunidad, pueblo o ciudad son evolucionados o al contrario, miserables y negativos, habría que fijarse en las generaciones que en unos años más desplazarán a sus padres. Pedro, el artista, también lo sabe y por eso acentúa su trabajo con los menores.

Pedro Dávalos Cotonieto, artista y director del Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, actualmente coordina el programa federal La cañita de maíz, cuyo objetivo es, precisamente, trabajar con la niñez, adolescencia y juventud de las comunidades para por medio del arte -escultura, grabado, pintura, canto, danza, teatro-, la historia local, el elaboración de artesanías y el aprovechamiento amigable e inteligente de los recursos naturales y del acervo cultural, propiciar un cambio positivo en cada sitio, conseguir que la gente renuncie a las dádivas y a los vicios y los sustituya por proyectos viables y trabajo productivo.

En la medida que las comunidades se integran y abren compuertas como las que propone Pedro Dávalos Cotonieto, las familias se unen, prosperan e insertan positivamente en la colectividad. Él, el artista, lo ha logrado en Tupátaro desde hace más de década y media, donde los purépechas que habitan el poblado se sienten orgullosos de sus orígenes y ahora protegen su patrimonio arquitectónico, cultural e histórico, simbolizado específicamente en la capilla colonial dedicada a Santiago Apóstol, relicario de obras sacras y su artesón y frontal del siglo XVIII (https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2015/07/16/la-belleza-los-tesoros-y-el-cielo-colonial-de-santiago-tupataro/).

Se han formado como artesanos de la caña de maíz. Hay que recordar que los evangelizadores españoles, al conocer esta técnica prehispánica, aprovecharon las habilidades de los nativos purépechas para que elaboraran Cristos e imágenes sacras con ese material tan ligero. Existe toda una organización dentro del taller donde se forman los habitantes de Tupátaro, al grado de que se ha convertido en eje de la vida comunitaria y en plataforma de otros proyectos colectivos; además, el artista ha sido cuidadoso al formar capacitadores que se responsabilizan de la gran tarea.

Amplio porcentaje de la población de Tupátaro, en el municipio michoacano de Huiramba, se dedica a la artesanía de pasta de caña, mientras otras familias, aprovechando la atracción de turistas por la llamada “capilla sixtina purépecha”, se dedican a la venta de alimentos típicos y bebidas como atole y chocolate. Algunos más se mantienen de la cría de aves de corral, al grado, incluso, de que personas procedentes de otras comunidades son contratadas para realizar diferentes labores.

Y si uno, como turista, queda asombrado con los tesoros coloniales que resguarda la capilla con orígenes del siglo XVI, la arquitectura típica en el centro del poblado y el taller de pasta de caña, experimenta deleite al conocer el Jardín de la Escultura Mexicana, donde el reconocido artista Pedro Dávalos Cotonieto tiene una exposición permanente de réplicas prehispánicas. Hay que recordar que el Instituto de Antropología e Historia lo ha comisionado durante muchos años para la creación de réplicas aztecas, mayas, olmecas, purépechas, teotihuacanas, toltecas y totonacas, entre otras culturas, que participan en exposiciones mundiales con motivo de los intercambios culturales.

El artista acompaña a los visitantes, les muestra y explica el sentido de las piezas, hasta que los conduce a otro taller, donde enseña la técnica y los procedimientos para elaborar piezas artesanales de pasta de caña. El paseo resulta una delicia para los sentidos y el conocimiento.

Con la encomienda de impartir el programa La cañita de maíz, Pedro Dávalos Cotonieto se traslada a las comunidades del Faro de Bucerías, en el municipio costero de Aquila, El Sabino, en Uruapan, y Capacho, en Huandacareo, donde trabaja arduamente para coadyuvar a que las familias progresen, se involucren y arraiguen en sus comunidades y sumen y multipliquen en vez de restar y dividir, porque finalmente de eso se trata, de dejar huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, sigan el camino e inventen otras rutas hacia horizontes plenos.

Mi querido maestro, como suelo llamarle, sirvió amablemente el chocolate que dejó preparado su esposa María Teresa Tzompantzi Reyes, mientras yo distribuí, también en la mesa de herraje que se encuentra en el jardín, el paquete con alimentos que llevé para almorzar.

La neblina matinal del sábado envolvió las montañas boscosas, mientras los pájaros, refugiados en las frondas, ofrecieron un concierto que acompañó nuestra conversación. Las rachas húmedas cobijaron nuestro encuentro, hasta convertirse, sin sospecharlo, en canto, poema, himno, acaso porque sin darnos cuenta, la plática amigable nos condujo a fronteras insospechadas, acaso por ser moradores de la casa universal del arte, quizá por la fraternidad que une a los seres dedicados a las tareas más sensibles, tal vez por la amistad de un artista plástico y un escritor.

Repasamos algunos capítulos de la historia del hombre que durante su más tierna infancia realizaba dibujos o hurtaba gises a sus maestras para tallarlos y crear figuras en miniatura, o que ya en su juventud enfrentó la disyuntiva de renunciar a sus estudios en la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, o marcharse de la casa (https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2015/08/14/pedro-davalos-cotonieto-la-vida-de-un-artista/).

Pedro Dávalos Cotonieto es un artista auténtico, muy lejano de aquellos que calificándose de sensibles, dedican más tiempo a la presunción de sus reconocimientos que al proceso inacabable de la creación; además, es un luchador social que cotidianamente, sin armas ni violencia, promueve los cambios que requieren Michoacán y México.

Felizmente es mexicano. Quiere a su país, le lastiman las desigualdades e injusticias y se entrega al arte como aquel enamorado que no se concibe en la vida sin su amada. No todos, en el mundo, tienen el privilegio de llamarse Pedro Dávalos Cotonieto ni de ser artista y personaje de su época.

Este artista tiene mucho que aportar durante los próximos años; sin embargo, cuando un día descienda el telón de su existencia, los restos del hombre grandioso que tanto ha dado a Michoacán y México, reposarán en una tumba dentro del Jardín de la Escultura Mexicana, en un sarcófago diseñado especialmente por él y con una réplica de la cruz maya que se localiza en Chiapas, entre otros elementos prehispánicos.

Acordamos reunirnos próximamente con la intención de volver a convivir e intercambiar conocimientos y experiencias. La caminata de las horas es impostergable. Me despedí y ambos, como siempre, nos abrazamos fraternalmente. Estamos acostumbrados a zambullirnos en el océano de la inspiración y el arte. Me sentí afortunado porque no cualquiera tiene la fortuna de coincidir en la vida con un artista grandioso. Puedo afirmar con orgullo, en este y en aquel rincón del mundo, que mi gran amigo se llama Pedro Dávalos Cotonieto, a quien miré, conforme me alejaba de su casa, empequeñecer en la reja del jardín; pero al recorrer los parajes naturales y el pueblo, lo descubrí en todas partes, sí, en las artesanías de pasta de caña, en los muros de adobe, en los tejados, en los árboles, en el atrio del templo, en el artesón, en el frontal, en el nombre de Tupátaro.

Al escribirte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, a quien escribir palabras de amor equivale a mecerse en el oleaje para admirar el enamoramiento, en el horizonte, del océano con el cielo

Escribir las cartas que con frecuencia sumo a tu colección y deposito en el buzón de tu morada, equivale a ir todos los días, en las mañanas, a recolectar las flores más hermosas del jardín para diseñar ramos con las fragancias y tonalidades que te encantan y entregártelas en canastas de original estilo; armar palabras, guiado por la alegría e ilusión que provocas en mí, significa recoger los granos de arena en la playa para formar letras e imágenes que pego en la ventana de tu habitación con la finalidad de que las mires y sientas mi presencia al despertar; inspirarme en ti para componer el más subyugante de los poemas, es salir una tarde de verano a recibir las gotas de la lluvia, atrapar las más hermosas y transparentes y tejerte un collar de diamantes; transformar los sentimientos en párrafos, es igual a zambullirme en el mar, llegar a sus profundidades, extraer las perlas de mayor belleza e insertarlas en aretes de oro para que los luzcas siempre; deslizar el bolígrafo sobre la hoja de papel u oprimir una tecla, otra y muchas más, es fabricar una escalera con el objetivo de alcanzar las nubes y arrullarte cerca del cielo; dedicarte una porción de mi trabajo literario, es fundir nuestros corazones y miradas, estrechar tus manos y las mías y protagonizar una historia inolvidable. Escribir para ti, forma parte de mi estilo de vida. No me agota ni me hastía; al contrario, disfruto pegar una letra a la otra hasta formar palabras y más tarde párrafos y textos que queden como constancia de nuestro amor. Me enamoré de mi musa, de quien me inspira en el arte, en la creación literaria, y me resultaría imposible, en consecuencia, no expresar mis sentimientos. Por eso, cuando la gente pregunta si no duermo, si estoy obsesionado contigo, si ya no escribiré sobre otros temas, si mi arte se encuentra sometido a nuestros sentimientos o si algún día me cansaré de dedicarte mis obras, sonrío porque nadie sabe que al enamorarme de ti, mi musa, tu mano unida a la mía es la que plasma las letras. Mientras el amor, los detalles, la risa, los juegos y los capítulos compartidos formen parte de nuestras existencias y palpiten en tu corazón y el mío, habrá motivos para dedicarte una carta, un párrafo, unas líneas, mis obras, mi arte literario. Si la gente supiera que eres mi musa y yo tu amante de la pluma, comprendería la razón por la que escribirte equivale a extraer pigmentos del morral de Dios para pintar los caminos de tu existencia con tonalidades mágicas o arrullarnos en un oleaje que nos conduzca al horizonte, donde el océano besa al cielo en un acto de belleza extraordinaria y encanto sublime, como tú y yo al unir nuestros corazones.

Santa Clara del Cobre, su gente, su historia, su artesanía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la fragua, el artesano sostiene las pinzas que sujetan el cazo, mientras otro hombre estimula el aliento del fuelle para que el artefacto, enrojecido e irreconocible, reciba las caricias de la lumbre; más tarde, caen pesados y en sincronía los cuatro marros que cincelan y dan forma al cobre.

El calor, la lumbre, el martilleo, la técnica artesanal que data de centurias, el diseño, la creatividad, conviven en cada taller de Santa Clara, donde nacen el adorno, la campana, el cazo, la charola, el jarrón, la joyería, el objeto de cobre brillante, cubierto de plata, con laminilla de oro o con patina.

Del taller, las piezas pasan a las salas de exhibición en Santa Clara del Cobre. Tras un objeto fascinante, están, en la fragua, las bigomias, los fuelles, los marros, los martillos, las mochas, los punzones, las tenazas y una multiplicidad de herramientas.

Y es que en Santa Clara se transforma el cobre burdo, informe, en pieza de colección. Los pobladores, en su mayoría de origen purépecha, llevan el aliento y el color del cobre en el corazón, en la piel, en la sangre. Desde hace siglos convive con ellos y ya son, desde entonces, compañeros inseparables.

Centro metalúrgico con arquitectura típica y paisajes naturales, Santa Clara del Cobre fue asentamiento prehispánico de nativos que rendían tributo de sus labores al imperio purépecha.

Hace siglos, antes de que los navíos españoles cruzaran el océano que olía a aventura, a naufragio, a piratas, los pueblos de la región estaban próximos al río Sisipucho, llamándose algunos Anticua, Churucumeo, Cuirindicho, Huitzila, Itziparachico y Taborca.

Fue en 1530 cuando fray Martín de la Coruña agrupó a los nativos en la primera doctrina de la zona, denominada Santa Clara Xacuaro. La evangelización correspondió a misioneros agustinos, encabezados por Francisco de Villafuerte. Tres años más tarde, en 1533, fue expedida la Cédula Real para la fundación del pueblo, que recibió el nombre de Santa Clara de los Cobres.

Preocupado por los nativos recién agrupados y detectando su destreza en el manejo del cobre, Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, mandó por artífices españoles con amplia experiencia, quienes les enseñaron una multiplicidad de técnicas que les permitieron trabajar el metal con verdadera maestría. Los conocimientos ibéricos se añadieron a los precolombinos.

No conforme con la incorporación de nuevas herramientas y técnicas para la elaboración del cobre, ordenó la construcción de la huatápera, que fue la primera capilla de Santa Clara, donde actualmente reposa el Señor del Laurel.

Una de las materias primas que poseía el antiguo reino purépecha era, precisamente, cobre, metal con que los nativos fabricaban agujas, anzuelos, cascabeles, instrumentos de labranza, leznas, tarecuas y otros, que innegablemente inspiraban codicia en los aztecas.

Fue allí, en minutos de la Colonia, cuando los españoles ordenaron la construcción de una gran fundición para las monjas de la Regla de Santa Clara; sin embargo, en las horas del siglo XVII, un incendio consumió la factoría y parte del convento y del poblado.

De acuerdo con documentos de la época, Santa Clara de los Cobres estaba conformada, en 1765, por dos pueblos de indios naturales: Santa María Opopeo, conocido como El Molino, y Santiago de Ario.

Santa Clara del Cobre no sólo es arquitectura típica y artesanía; también es gastronomía e historia. Sus habitantes tuvieron una intervención bastante significativa durante el movimiento independiente del siglo XIX, ya que la población formaba parte del curato del insurgente Manuel de la Torre Lloreda.

Fue en 1858 cuando la población recibió el nombre de Santa Clara de Portugal, en memoria del brigadier Cayetano de Portugal, caudillo que murió durante su lucha por la libertad de México.

También se registró en Santa Clara del Cobre el primer levantamiento de armas en apoyo al pronunciamiento de Francisco I. Madero, encabezado por Salvador Escalante el 10 de mayo de 1911.

Cabecera del municipio de Salvador Escalante, Santa Clara del Cobre, también conocido como Villa Escalante, colinda con Opopeo y Zirahuén. La población conserva parte de su arquitectura típica que consiste, entre otros elementos, en muros de adobe, puertas de madera y tejados. Situado a 75 kilómetros de Morelia, la capital de Michoacán, Santa Clara del Cobre forma parte del programa federal de Pueblos Mágicos.

El jardín principal posee kiosco con techo de cobre, pérgola, más de 50 bancas de hierro, fuentes y faroles que contrastan con los portales con postes de madera, caserío con tejas, callejuelas, dos templos añejos, huatápera y al horizonte, imponentes, montañas pobladas de árboles.

Cabe destacar que el templo más vetusto está catalogado como edificación barroca con una torre ricamente ornamentada; el segundo, en tanto, es resultado de una reconstrucción que data del siglo XIX y presenta algunos elementos decorativos de cobre. Uno de los templos está dedicado a Nuestra Señora del Sagrario y el otro a la Inmaculada Concepción; frente al segundo se localiza la huatápera.

Una casona, en el mismo centro, es sede del Museo Nacional del Cobre, en cuyas salas exhibe hermosas piezas elaboradas por artesanos del lugar. En el patio del recinto se encuentra la réplica de un taller. El portón de la finca fue labrado en cobre por distintos artesanos purépechas.

Si inútil fue la vida de Pito Pérez, llamado en realidad Jesús Pérez Gaona, se trata de un personaje que inmortalizó José Rubén Romero en su obra literaria. Contra la envidia de quienes no trascienden a pesar de dedicar toda su existencia al estudio y al trabajo, Pito Pérez o Jesús Pérez Gaona, hombre alcohólico, amargado, cínico, holgazán y poeta, es recordado en Santa Clara del Cobre y su casa modesta es en la actualidad biblioteca pública. Curioso y paradójico que la habitación que albergó a un individuo haragán y vicioso, sea recinto de conocimiento. En la biblioteca se encuentra la primera edición de “La vida inútil de Pito Pérez”, ilustrada con dibujos alusivos al personaje.

Desde la casa que habitó tan singular personaje, hoy representado en obras de teatro, se distingue la torre de la iglesia donde solía permanecer durante incontables horas, narrando al escritor José Rubén Romero sus aventuras y quizá recitando: “¿qué favor le debo al sol por haberme calentado…?”

Entumido, irreconocible, envejecido, el campanario del templo agustino de la Purísima Concepción fue escondrijo de Jesús Pérez Gaona, quien rehuía las responsabilidades y atendía, en cambio, las insinuaciones de la cantera para sentarse, descansar, beber, contemplar el caserío y arrullarse con las caricias dulces y sensuales del viento.

Tras siete años de recorrer el “mundo”, Pito Pérez regresó a Santa Clara del Cobre como un pobre desconocido. Tocó las campanas del templo con el propósito de celebrar su retorno, ya que años antes había prometido volver triunfante; mas su osadía le costó la cárcel.

Desde el campanario pulsan las evocaciones de tan peculiar hombrecillo, quien compartió el pecho de su madre con un niño huérfano, fue castigado en la escuela con azotes, bebió vino y robó limosnas del templo… Tantas aventuras en una existencia de apariencia insignificante.

En la huatápera, primer templo colonial de Santa Clara del Cobre, reposa la antigua y enigmática imagen del Salvador del Laurel, busto de Cristo al que aman y veneran los moradores de la región. Cada año, tres días antes del domingo de Ramos, las familias de los seis barrios se organizan con la finalidad de ir a la campiña, a la llanura, al cerro, donde recolectan laureles. Unos se trasladan a caballo y otros caminando. Es día de fiesta.

Dedican todo el día a la recolección de laureles. En el pueblo, algunas mujeres preparan el almuerzo y la comida en gran cantidad para toda la gente que se reúne en el campo en busca de laureles.

Ya de regreso, elaboran una corona de laurel que colocan en la cabeza de la imagen colonial. En una mano porta un laurel y en la otra una palma.

El Salvador del Laurel es bendecido durante el domingo de Ramos. Lo llevan en procesión por las principales calles adornadas por las familias, quienes reciben laureles benditos.

De acuerdo con la tradición, el Salvador del Laurel es velado el viernes santo y lo regresan el sábado de Gloria a la huatápera con cohetes y música de viento, entre la algarabía del gentío que lo adora.

Otra costumbre ancestral de los habitantes de Santa Clara del Cobre es celebrar, el viernes de Dolores, la Procesión del Silencio. Sacan la imagen del Señor de la Agonía, el Santo Entierro y La Dolorosa que junto con incontables Cristos participan en la Procesión del Silencio durante la noche del viernes. Encapuchados cargan las imágenes sacras. Caminan en silencio. Algunos llevan velas. Otros tocan maracas a un ritmo fúnebre. Es noche de duelo.

El Sagrario, templo que colinda con la plaza principal, resguarda la imagen de un Cristo café de bella manufactura y la hermosa e inigualable escultura de la Virgen de Dolores, quien vestida de negro, siempre de luto, muestra un gesto dulce, tierno y, al mismo tiempo, triste. Se notan lágrimas en su rostro.

La gastronomía de Santa Clara del Cobre consiste, principalmente, en borrego preparado de distintas formas y platillos a base de maíz, entre los que destacan corundas y uchepos. También son célebres las tortas de carne molida cocida con limón, queso de puerco y una tostada de maíz en medio.

De piel morena por el linaje purépecha, ellos, los artesanos, dejan caer, uno a uno, los marros sobre el cobre, mientras otros sostienen las tenazas que sujetan el artefacto que abraza la lumbre febrilmente, hasta que a fuerza de trabajar surge la joya que ha de embellecer a la joven turista o la pieza que quedará en algún rincón de la casa o de la oficina como fragmento de una tradición ancestral en Santa Clara.

Rincones naturales en la Barranca del Cupatitzio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde el gusano y los insectos que se arrastran lentamente entre las hojas recién desprendidas de los árboles, hasta los pájaros que posan en las ramas, uno percibe el aliento de la vida, las expresiones de la naturaleza, el palpitar del universo, sensaciones que se acentúan cuando las burbujas que surgen de la intimidad de la tierra revientan y salpican antes de fundirse en la corriente.

La espuma blanca e incendiada por el sol que asoma entre las frondas de los árboles y las hojas de los platanares, cubre fugazmente las tonalidades jade y turquesa de la corriente turbulenta que se ondula y derrama en vertederos que humedecen los helechos, las cortezas musgosas, los cafetales, la maleza y las rocas abrazadas por raíces de ceibas añejas y corpulentas que se balancean al recibir las insinuaciones del viento.

A partir de La Rodilla del Diablo y la cascada El Gólgota, el agua diáfana y helada es expulsada por los poros de la tierra. Como concierto que encanta los sentidos, el rumor de las cascadas, de las fuentes y del río ofrece, en unión con el trinar de las aves y el susurro del viento que acaricia los árboles, uno de los espectáculos más bellos, acaso porque sus rincones parecen fragmento del paraíso, de un sitio insospechado que sólo aparece en los sueños y que al conocerle, al palparlo, invita a desentrañar sus misteriosos atractivos.

Aquí y allá, en todos los escondrijos, por las calzadas y los puentes, entre la corriente y las cascadas intoxicadas por la fragancia de la naturaleza, por el aliento que despide el bosque fresco y sombrío, el aventurero, el caminante, el que se atreve a convertir la vida en algo más que una rueda vertiginosa que ata a lo cotidiano, a las modas y a la televisión, a la rutina, descubre los rasgos de la creación y siente, al fin, que forma parte de un todo que pulsa en el universo.

Acariciado por el clima benévolo de Uruapan, el trotamundos acude puntual a su cita con la naturaleza, en el Parque Nacional “Eduardo Ruiz”, en la Barranca del Cupatitzio, para percibir, al caminar por los senderos, los aromas, el sonido, las tonalidades de la libertad y la plenitud.

Mientras anda por las rutas y veredas diseñadas para admirar la fauna y la flora, el río, las cascadas, las fuentes y los pequeños vertederos, el turista recibe el abrazo de la vida.

Desciende escalinatas o las sube, cruza puentes, detiene su marcha ante una cascada o frente a las tonalidades azuladas, blanquecinas y verdosas de la corriente turbulenta, para comprobar que allí, en algunos lugares de la barranca, brota el agua que forma el río Cupatitzio. Es un espectáculo mágico, hechizante, maravilloso. El paisaje subyuga.

El terruño que otrora, entre postrimerías del siglo XIX y la aurora del XX, perteneció a la familia Ruiz y estaba dedicado al cultivo de café, junto con otros árboles frutales y de ornato, es el extraordinario y paradisíaco Parque Nacional “Eduardo Ruiz”. Cupatitzio significa, en lengua indígena, la purépecha, “en el agua”.

Todo posee nombre. Cada rincón es identificado por algo en especial. Las cascadas se llaman Las Camelinas, Cola de Caballo, El Gólgota, Manantial La Yerbabuena, Manantial El Pescadito, Manantial Rodilla del Diablo.

Las fuentes, en tanto, fueron bautizadas como Cutzi, Xipácata, Eréndira, Cola de Pavorreal, Velo de Novia, Los Espejos, Flor de Lluvia, Uriata y El Tornillo. Los puentes son Recién Casados, Los Enamorados, Del Recuerdo, La Yerbabuena y El Gólgota.

Adicionalmente, la Barranca del Cupatitzio resguarda 84 especies de hongos, 213 de vertebrados terrestres, 495 de plantas nativas, dos de anfibios, tres de reptiles, 14 de aves, cinco de mamíferos, cuatro de orquídeas y 28 endémicas.

¿Quién que es no siente fascinación al recorrer los rincones de Barranca del Cupatitzio? Aquí y allá crecen aguacates, ahuehuetes, bambú, cedros, chirimoyas, encinos, eucaliptos, fresnos, guayabas, helechos, higueras, hongos, tzirandas, laureles de la India, mangos, musgo, pinos, platanares y tulipanes, entre otras especies donde coexisten ardillas, codornices, colibríes, comadrejas, golondrinas, mapaches, murciélagos, palomas, tecolotes, tejones, tlacuaches y zorrillos.

Conocida por los indígenas purépechas desde horas inmemorables, la Barranca del Cupatitzio posee un paraje, el de la Rodilla del Diablo, que conserva una misteriosa leyenda que data de la Colonia.

Refiere la tradición que en los días en que Uruapan olía a conquista, a evangelización, a misiones, en el siglo XVI, fray Juan de San Miguel estaba dedicado a organizar a los indios, cuando éstos, asustados y preocupados, aseguraron que el agua tan abundante en la región, escaseaba y no disponían ni para preparar sus alimentos.

El calor abrazaba y acariciaba frenéticamente la región, provocando sed, desesperación y sequía. Algo estaba ocurriendo. El clima ardiente desgarraba los poros de la naturaleza, agrietaba la tierra, hundía sus garras.

Agotados por la búsqueda infructuosa de agua, ellos, los nativos, recurrieron a la magia, a ritos de adivinos y brujos; pero todo intento resultó, igualmente, ineficaz. No resolvían el problema que crecía conforme avanzaban los minutos, las horas, los días, las semanas.

La comunidad indígena decidió ir al convento franciscano donde moraba fray Juan de San Miguel, quien indicó, preocupado, que al siguiente día, en la madrugada, todo el pueblo tendría que acudir a misa para posteriormente ir en procesión hasta el río.

Místico, el fraile inició su oración a la orilla del Cupatitzio. Su voz se propagó en la barranca. Dijo que era el maligno, el diablo, quien envidioso por la conversión del pueblo a la religión católica, había secado el manantial.

Tras dar su explicación, el misionero franciscano recurrió a la oración, a los incensarios, al agua bendita, para llamar al demonio perverso y ordenarle su partida del venero.

Las últimas palabras del fraile -“…demonio perverso, que te retires”- resultaron sofocadas por un estruendo ensordecedor, diabólico, y una hediondez que lastimó los sentidos de los testigos.

Indefenso ante el conjuro del religioso, él, el diablo, huyó furioso, precipitado, en una nube de humo; pero resbaló en el peñasco al mismo tiempo que sus maldiciones se propagaron por todos los rincones del barranco.

Estupefactos, los nativos reaccionaron minutos más tarde al notar que brotaba, como antes, el agua, quedando en el peñasco las huellas que dejó el diablo al caer y golpear su rodilla. Fray Juan de San Miguel hizo el milagro.

Hoy, los visitantes aprecian, en su recorrido, la peña denominada Rodilla del Diablo. Es un sitio, un rincón popular, donde se desborda la fantasía de los mexicanos.

Excelso, el Parque Nacional “Eduardo Ruiz” cuenta, además, con espacios para senderismo y observación de aves. Es refugio de quienes aman la ecología. Rincón terreno para que discurran las horas placenteras.

A la orilla de Uruapan, en la Barranca del Cupatitzio, el Parque Nacional “Eduardo Ruiz” recibe los ósculos de un clima que mece las hojas de los platanares y la vegetación que la corriente caudalosa e inquieta refresca una y otra vez, mientras el rumor de la naturaleza abrupta y libre pulsa en cada rincón.