Rutas de un viajero. Capítulo XVII. K´uinchekua 2022, la fiesta grande de Michoacán

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La noche, envuelta en la oscuridad profunda, en esos matices ennegrecidos que las estrellas y la luna suelen decorar y alumbrar, asomará al legendario lago de Pátzcuaro, en Michoacán, y escuchará, como hace cientos de años, los rumores y los sigilos de la naturaleza, mezclados con el toque del caracol marino, atrapados en las piedras talladas durante horas prehispánicas, cuando Tzintzuntzan, lugar de colibríes, era sede del majestuoso y poderoso señorío de los purépechas.

K´uinchekua, la fiesta grande de los purépechas y de Michoacán, iniciará, como es su tradición, con un ritual, entre toques de caracol. Invocarán a sus dioses del fuego y del viento, a la Tierra y a la luna, para solicitarles permiso, por medio de la ceremonia de pelota purépecha, la conmemoración del nacimiento y el equilibrio del universo.

Entre luces y sombras y ante la presencia de purépechas, mazahuas, otomíes y nahuas -las cuatro etnias que existen en Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México-, iniciará la K´uinchekua, la tradicional fiesta grande que, durante tres días -del 18 al 20 de marzo de 2022-, podrán admirar cientos de turistas en la zona arqueológica de las Yácatas de Tzintzuntzan*, frente al legendario e imponente lago de Pátzcuaro.

Con respeto a las ruinas arqueológicas que hace cientos de años formaron parte del imperio purépecha, durante los tres días de fiesta, a partir de las siete de la noche, participarán 21 grupos integrados por 250 artistas, quienes presentarán danzas, pirekuas, sones y comparsas.

Habrá, entre otras presentaciones, Danza del Torito de Jarácuaro, Danza de los Viejos Chicos de Charapan, Danza de los Moros, Danza del Pescado, Danza de las Panaderas, Coro de Mujeres de Santa Fe de la Laguna, Paloteros de Puruándiro, Pirekuas, Tlahualiles de Sahuayo, Conjunto de Tamborita de la Depresión del Balsas, Conjunto de Arpa Grande de Tierra Caliente, toritos de petate y mojigangas.

En la calzada de las Yácatas, se instalarán cocineras tradicionales, quienes elaborarán platillos con los aromas y los sabores indígenas, y artesanos que comercializarán piezas bellísimas, manufacturadas en cantera, barro, tule, madera, cobre y tela, entre otros materiales naturales que existen en esas tierras michoacanas y que tanto cautivan a visitantes nacionales y a turistas extranjeros.

Las actividades incluirán, también, festejos religiosos, corpus, celebraciones patronales y rituales indígenas; asimismo, se instalará una pantalla para videomapping, en una superficie de 1.200 metros cuadrados. La festividad contará con un gran escenario. Cada noche, a partir de las 19 horas, podrán ingresar 1.500 personas. El acceso será gratuito. Los boletos son gratuitos y pueden solicitarse en michoacan.travel.

Durante las actividades inaugurales, se contará con la presencia del gobernador de Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla; el secretario estatal de Turismo, Roberto Monroy García; autoridades estatales, municipales y federales; representantes de las cuatro etnias indígenas en el estado, purépechas, mazahuas, otomíes y mazahuas.

La tarde se diluye. El lago de Pátzcuaro refleja las siluetas de las montañas y de las islas, los rostros de los pueblos de adobe y teja, en sus aguas plomadas, hasta que la noche asoma nuevamente, con sus luceros y sus oscuridades, entre murmullos y silencios, en espera, quizá, de que las piedras, talladas por manos indígenas, hace centurias, en la zona arqueológica de Tzintzuntzan, hablen y relaten la prodigiosa epopeya del ayer.

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Rutas de un viajero: Capítulo I. Zona arqueológica de Tzintzuntzan

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Rutas de un viajero. Capítulo XVI. San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas. Volcán Paricutín. San Juan Nuevo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Foto de portada: Sectur México

Cuando era niño, escuchaba hablar acerca del volcán Paricutín, en Michoacán, estado mexicano que, entonces, me parecía muy distante de la ciudad donde vivía. La gente platicaba que se trataba del único volcán que, en América, los seres humanos, en la época moderna, habían mirado surgir de la intimidad de la tierra, el cual, por cierto, tuvo actividad durante nueve años.

Esas historias me atraían e interesaban. Imaginaba las escenas, el pánico de los nativos purépechas al escuchar el lenguaje geológico del Paricutín. Me parecía distinguir a las familias aterradas por el fenómeno y, a la vez, reacios a abandonar sus casas de madera y su pueblo. Escuché varias ocasiones que mi abuelo materno, tan aventurero como yo, viajó hasta San Juan Parangaricutiro, Michoacán, con la idea de presenciar el espectáculo, ayudar a la gente y vivir la experiencia con intensidad. Conoció a Dionisio Pulido, el campesino purépecha que fue dueño del terreno de donde apareció, imponente, el volcán Paricutín.

Relataban, en los días de mi infancia que, en la tarde del 20 de febrero de 1943, alrededor de las cuatro y media de la tarde, el campesino Dionisio Pulido, quien moraba en el pueblo de San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas, se encontraba en su parcela, donde araba, sembraba y cosechaba maíz y otras legumbres, cuando, de improviso, enrareció el ambiente, tembló y la tierra se agrietó.

Bien es sabido, de acuerdo con las declaraciones de aquel campesino, que de la grieta surgieron cenizas y piedras, hasta que se formó un montículo de alrededor de metro y medio de altura. Durante el lapso del primer día, el volcán medía 30 metros de altura, medida que duplicó al tercer día, hasta que, al siguiente mes, en marzo, era de 148 metros. En la actualidad, el volcán Paricutín tiene una altitud de 424 metros.

Mi espíritu aventurero, mi pasión por la naturaleza, mi amor por el arte y mis jornadas intensas de periodismo turístico, propiciaron, años más tarde, que visitara, en diversas ocasiones, el volcán Paricutín, las ruinas del templo colonial y el pedregal que cubre lo que fue el pueblo indígena de San Juan Parangaricutiro, conocido, también, desde horas lejanas, como San Juan de las Colchas. Hoy resumo una de aquellas caminatas inolvidables.

Caminé, emocionado, sobre las arrugas y los pliegues del pedregal ennegrecido y poroso. Me pareció asombroso andar sobre lava transformada en piedra, apenas hace algunas décadas expulsada por un volcán que transformó el destino y la vida de un pueblo, una comunidad purépecha que, hasta antes del 20 de febrero de 1943, coexistía en un rincón natural que parecía tan suyo.

Miré, en el escenario agreste, detalles de la naturaleza, motivos de la vida. De las hojas verdosas deslizaban, muy temprano, las gotas del rocío que, el caer, se filtraban en la arena ennegrecida, antaño arrojada por el volcán, mientras reptiles e insectos, acostumbrados al trinar de los pájaros de bello plumaje, se encontraban inmersos en una comarca que los empujaba a la difícil prueba de la coexistencia.

Bajo la lava, quedaron historias y linajes no recordados, miradas y rostros ya olvidados, anhelos e ilusiones incumplidos, pedazos de vida que calló, ruinas del templo colonial y fragmentos de trojes y chozas indígenas.

Volcán Paricutín. Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez.

Desde muy temprano, cuando los rayos solares desentumen el bosque de pinos que anteceden a la lava, las ruinas del templo colonial y el volcán, partimos a caballo del típico pueblo de Angahuan, que todavía conserva parte de su caserío de madera y, por añadidura, su bello e invaluable templo colonial. Angahuan es pueblo serrano que conserva trojes de madera con tejamanil, entre las que resalta el singular templo dedicado a Santiago Apóstol, construcción al estilo plateresco y morisco que data de las horas del siglo XVI, y la capilla del Hospital o Huatápera con su hermosa cruz atrial.

Junto a mis acompañantes, contemplé, antes de descender de los caballos, el bosque, la superficie rocosa, el volcán y las montañas que resaltan con el azul del cielo matinal. Respiramos profundamente. El aire llegaba, fresco y puro, hasta nosotros. Miramos, una vez más, al horizonte, recordando que un día antes, al atardecer, cuando el crepúsculo postrero se desvaneció, admiramos por algunos instantes una cordillera lejana, siluetas de montañas que apenas permitieron que identificáramos el volcán de Colima. El escenario montaraz resultó, a esa hora vespertina, majestuoso e impresionante.

Ruinas del antiguo templo de San Juan Parangaricutiro. Fotografía: Sectur Michoacán.

Olía a naturaleza. Los parajes desolados, preámbulo del pedregal, seducían nuestros sentidos, invitándonos a admirar el bosque, a escuchar el canto de los pájaros que se propagaba y a respirar profundamente el aire invernal que maquillaba de carmesí nuestras mejillas.

De la intimidad de la tierra brotó, hace más de media centuria -en 1943, cuando la humanidad se ocupaba en la Segunda Guerra Mundial-, la nueva piel de San Juan Parangaricutiro o San Juan de las Colchas, como le conocían los nativos de la región de Uruapan. Inquieto e inconforme, el Paricutín nació y enmendó el paisaje de la naturaleza; sustrajo los pinceles y las pinturas para modificar el lienzo entonces policromado por el agua, las flores y la vegetación. De su matriz infantil, de su vientre que ardía, escapó la lava que modificó el panorama.

Tras los pinos, aparecieron, aquí y allá, al frente y al lado, las hondonadas y las plataformas rocosas que invitaban a bajar de los caballos, a caminar, a escudriñar su piel morena y porosa, a sentir los rasguños del calor. Llegamos hasta un parador donde los indígenas preparaban comida y algunas mujeres, ensimismadas en sus pensamientos y cautivas en su vestuario tradicional de colores chillantes, bordaban, como sus antepasadas, piezas de manta y textiles rústicos.

Fotografía antigua del volcán Paricutín. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

Brincamos. Salvamos obstáculos. Pisamos el pedregal que otrora fue lava, material ardiente que cubrió los poros de la naturaleza, el pulso de la tierra. Llegamos, a fuerza de caminar, hasta las ruinas del templo virreinal, donde la piedra volcánica, ardiente y encolerizada, trepó y derrumbó muros y techo.

Visitamos el altar derruido y los vestigios de las antiguas paredes; pero nos trasladamos, igualmente, a la fachada con una torre y la otra incompleta, comprendiendo que el recinto sacro fue de dimensiones extraordinarias. Quedaron sepultados milagros, confesiones, misas, oraciones, veladoras e historias anónimas, ya olvidados, de un pueblo que admiró y conoció, igual que en la prehistoria, el surgimiento de un volcán.

Mundo de ceniza y piedra, refugio de ardillas, armadillos, conejos, coyotes, cuervos, pájaros, tejones, víboras, zopilotes, zorros y otras especies. Todo cautivaba nuestros sentidos mientras avanzábamos a la cima del Paricutín, dejando atrás, cual niña huérfana, las ruinas del templo.

Fotografía antigua del volcán Paricutín.

Coincidimos, en el camino, con un grupo de franceses de Lyon, con otro de españoles y con uno de mexicanos, gente interesada en conocer el volcán Paricutín y, de paso, ansiosa de visitar San Juan Nuevo, para entrar bailando al templo del Señor de los Milagros.

La ladera, desnuda y ennegrecida, exigía buena condición física. Las hendiduras y los tumores rocosos recuerdan al nativo, al visitante, a todos, que un volcán puede cambiar el escenario, el paisaje, el panorama, la vida de un pueblo o del mundo. Y todos lo saben porque el Paricutín es un volcán que surgió en el siglo XX. En esa época se insistió mucho en que se trataba del volcán “más joven” del mundo.

Inseparables, Paricutín, Chimenea y Zapicho llegaron con exactitud y de frente a su cita con el destino, con la historia de un pueblo entonces apacible y dedicado a las hortalizas, a la elaboración de textiles, a las tradiciones heredadas por sus ancestros purépechas.

Siempre conservando el sentido de orientación y racionando el agua, llegamos, al fin, a la cumbre del cono volcánico, desde la que distinguimos, ya completo, el panorama pedregoso. El escenario resultó imponente. Parecía como si el tiempo hubiera detenido su caminata y todo, incluidos la respiración y el viento, quedaran suspendidos entre los rumores y los silencios.

Admiramos las múltiples huellas que dejaron las corrientes de lava durante sus momentos frenéticos, al acariciar ardientemente la piel de la naturaleza; pero quedamos fascinados, simultáneamente, al descubrir piedras oscuras que brillaron al recibir el ósculo del sol de mediodía.

Difícil resulta describir un espectáculo cenizo y pétreo. ¿Dónde están las palabras para componer un poema a la majestuosidad del Paricutín? ¿Dónde los colores y los pinceles para dedicarle el mejor de los lienzos? ¿Dónde las partituras que dicten un concierto o una sinfonía magistral a su grandeza? ¿Cómo esculpir una réplica si el volcán fue artista inigualable?

Mientras descendíamos por la ladera solitaria, repasamos el álbum, las páginas empolvadas de la historia, con la finalidad de navegar hasta las horas ya distantes del siglo XVI, entre 1530 y 1535, cuando los misioneros franciscanos dedicaron los días de sus existencias a fundar pueblos en la región de Tancítaro.

Fue fray Juan de San Miguel, miembro de la Segunda Real Audiencia que encabezó Vasco de Quiroga, quien fundó San Juan Parangaricutiro, para lo que eligió una llanura al sur de Angahuan. Ellos, los evangelizadores, enseñaron a los nativos técnicas en la elaboración de textiles. Rápido aprendieron el oficio que dio nombre a Parangaricutiro como San Juan de las Colchas. Parangaricutiro significa, en lengua indígena, “canoa de agua metida en el paredón”; aunque otros aseguran que la traducción correcta equivale a “mesa” o “el pequeño”.

Ya las piedras, en el camino, evocaban que, en el ocaso de tal siglo, los hombres del poblado fueron enviados a las minas de Guanajuato, de manera que, décadas más tarde, en 1629, se solicitó la suspensión de dicha acción ante el Juzgado de Indias. Mientras se emitía la resolución, otros hombres fueron comisionados a Valladolid, la capital de Michoacán, con la intención de sumarlos a los contingentes que participaron en la construcción de la catedral.

Hay una leyenda cautivante y hermosa, la del Señor de los Milagros, que refiere que, en los minutos de 1597, cuando aquellas tierras olían a colonización y misiones, llegó a Parangaricutiro un comerciante con tres imágenes de Cristo. El forastero se hospedó en casa de Nicolás, humilde indígena que se interesó en la imagen de un Cristo crucificado, que, por el color, por el tono, parecía la piel de los nativos purépechas. El desconocido rehusó recibir dinero a cambio del Cristo. Lo obsequió a Nicolás. Al marcharse, algunos indígenas siguieron al hombre tan enigmático, del que aseguraban desapareció al llegar a la orilla del caserío, acontecimiento que los moradores interpretaron como señal divina para rendir culto a la imagen que colocaron en la capilla del Hospital.

Señor de los Milagros. Fotografía: San Juan Nuevo, Michoacán. Facebook.

Refiere la tradición que fray Sebastián González llegaría puntual a su cita con el Señor de los Milagros. Al tener noticias los evangelistas acerca del hecho suscitado con la imagen, comisionaron al fraile un 14 de septiembre de 1597 a Parangaricutiro. Él, el religioso, pidió una señal a Dios para adorar la imagen, la cual cambió su gesto y abrió los ojos. Asombrado por el milagro, el evangelizador bendijo al Cristo e inició la promoción de su culto, hasta que, en 1605, en la aurora del siglo XVII, la imagen fue trasladada de la capilla del Hospital al templo de Parangaricutiro, ante la algarabía y la devoción de incontables indígenas de la región. Fue una ceremonia emotiva e inolvidable. Realizaron la procesión del Hospital al templo, acompañados de música y oraciones.

Durante la octava del 22 de septiembre de 1605, es decir ocho días después de la fiesta, el fraile Sebastián González celebró misa y anunció que, “en esta tierra, Dios ha dejado sentir sus dones; en correspondencia, este pueblo debe ser un pueblo santo”.

Notamos, conforme andamos y saltamos, la proximidad de las ruinas del templo que parecían exhalar suspiros nostálgicos, evocando aquellas horas de fervor hacia el Señor de los Milagros, cuando cada año llegaban peregrinaciones multitudinarias que no pocas ocasiones concluían en riñas, hasta que un obispo de Zamora, molesto por los actos, prohibió a los fieles ingresar al templo bailando, acto que era tradicional en el pueblo.

No obstante, el obispo referido viajó a Parangaricutiro, donde sufrió una fractura en una pierna que lo obligó a trasladarse al hospital de Paracho. Comprendió, entonces, que se trataba de una señal del Señor de los Milagros. A pesar de las prohibiciones médicas, solicitó que lo ayudaran a viajar al poblado indígena. Al llegar al portón del templo, entró bailando hasta el altar, donde se recuperó milagrosamente de su lesión, según relata la tradición. Desde entonces, los peregrinos que visitan al Señor de los Milagros, hoy venerado en el templo de San Juan Nuevo, entran y salen bailando con mayor entusiasmo. Hay una frase célebre y popular que refiere: “éntrale a San Juan bailando”.

Aunque con imprecisiones y contradicciones en las fechas, hay quienes refieren que un nativo llamado José Maricho, quien en 1880 tenía alrededor de ciento diez años de edad, fue descendiente de Nicolás Maricho, el hombre que recibió la imagen del Señor de los Milagros de un forastero que rehusó proporcionar su identidad y el origen del Cristo, y que además no aceptó que le pagaran ni probó alimento durante su estancia en la casa humilde, la cual se localizaba a una cuadra del atrio del templo.

Y si innumerables son las historias y leyendas del Señor de los Milagros de la centuria XVI a la XIX, ya en la juventud del siglo XX los habitantes de San Juan Parangaricutiro y los peregrinos dejaron de bailar en el templo, porque ellos, los persecutores de la religión, amenazaron acabar con la imagen. Eran años de la guerra cristera, entre 1926 y 1929, provocada por la Ley Calles que promovió la intolerancia hacia el culto religioso, motivo de derramamiento de sangre en diversas regiones de México. México venía del estallido revolucionario que inició en 1910 y de la posterior lucha entre generales que rivalizaban por el poder.

Los moradores permanecían encerrados en sus trojes, temerosos de que repentinamente se presentaran los federales. La comunidad decidió nombrar a Cayetano Antolino y a José María Cuara para sepultar, en algún paraje secreto, la imagen del Señor de los Milagros, salvándola así de la ferocidad de los enemigos de la Iglesia Católica.

Martirizado, Cayetano Antolino negó revelar el lugar exacto donde él y su compañero enterraron la imagen, actitud que encolerizó a los federales, a los adversarios del catolicismo, quienes lo colgaron, ante el asombro y el miedo de los habitantes, de un árbol. Fue un acto que horrorizó a los moradores del poblado, quienes no traicionaron su fe hacia el Señor de los Milagros.

Regresamos al parador donde los purépechas atendían puestos con comida y vendían artesanías bordadas, fotografías del Paricutín, estampas del Señor de los Milagros y fruta. Entablamos conversación con ellos, con los más ancianos, para enriquecer las anécdotas e historias que conocíamos acerca de la erupción.

Historias que se mecen en el columpio de las evocaciones. Buscamos, en alguna vereda pedregosa y solitaria, a Isidro Juara, quien platicó que hubo nativos que atribuyeron la erupción a un castigo divino que se desencadenó tras un acto cometido por habitantes del pueblo Parícuti, los cuales incendiaron una cruz de madera que se encontraba en el cerro Capatzin.

Se consumían las horas de 1942, muchos meses antes de la erupción del 20 de febrero de 1943, cuando llegó a la zona una plaga incontenible de insectos -“chochos”, les llaman popularmente en tierras michoacanas-, que devoraron árboles, fruta, hortalizas, maíz y plantas.

Nadie pudo aniquilarlos. Eran demasiados. La gente, convencida de que se trataba de una maldición, se encontraba atemorizada. Los animales verdosos estaban acabando con todo. Avanzaban insaciables. No lograban contenerlos. Evocaban las plagas narradas en tierras lejanas, en tiempos distantes, en páginas del Antiguo Testamento, en la Biblia.

Tras la invasión de insectos, se registraron temblores; más tarde, ya en 1943, el recién nacido volcán dio muestras de actividad. El cielo nocturno, hasta entonces sereno, se incendiaba ante las erupciones. Los nativos tenían pánico. Algo, en su mundo, no estaba bien. El cielo ennegreció. La comarca permaneció en la oscuridad ante el humo denso que flotaba.

Aniceto Velázquez Contreras, deambulaba por esos caminos de ceniza y piedra. Pesan los años. El tiempo le dejó cicatrices, huellas, signos. Tenía nueve años de edad cuando “reventó” el Paricutín, como dicen los indígenas. Era muy pobre. Asistía a la escuela por las mañanas y durante las tardes laboraba en un “amasijo”, en un horno de pan.

Caminaba por las otrora apacibles callejuelas del poblado, pletóricas de trojes de madera, cuando percibió que la multitud, atemorizada, miraba hacia el Paricutín que expulsaba gran cantidad de humo. Temerosos, pero con bastante hambre, los pobladores robaron pan del canasto, mientras el niño, tan aterrorizado como la multitud, dio aviso a sus patrones sobre las expulsiones de humo en el Paricutín. Nadie recordó el pan que jamás pagó.

Y aquí y allá, en este y en ese paraje, los nativos, ya encanecidos por las horas acumuladas, por los años pasajeros, narraron historias relacionadas con la erupción del Paricutín. Supimos, por ellos, que fue hasta abril de 1944, cuando el Paricutín destruyó los cultivos de los moradores de San Juan Parangaricutiro; un año después, en 1945, la actividad volcánica era impresionante. Arrojó lava que cubrió grandes extensiones de terreno. En 1943, la lava avanzaba a veintitrés metros por hora. El templo fue sepultado en 1944, el mismo año que los nativos celebraron las despedidas de las Vírgenes del Hospital y de La Natividad.

Ciertas tradiciones indican que, durante los días de incesantes erupciones, los moradores de San Juan Parangaricutiro ingresaron al templo con intención de llevar a su lado al Señor de los Milagros. La otrora imagen ligera, se volvió demasiado pesada, al grado, incluso, de que apenas lograron cargarla dos personas. Extrañamente, conforme avanzaban, la imagen adquiría mayor peso. Ya en el bosque desolado y sombrío, los hombres no resistieron el peso.

Hábiles carpinteros, los peregrinos cortaron algunos árboles con los que fabricaron una mesa con cuatro salientes. Colocaron la imagen al centro y siguieron el camino. Rumbo a Angahuan, la imagen aumentó, como horas antes, su peso. Los hombres desfallecían. Llegaron a Corupo y pernoctaron en el atrio, mientras la actividad volcánica continuaba incesante allá, cerca de San Juan Parangaricutiro, donde se descubría el resplandor del cielo.

Un día después de que iniciaron la peregrinación, el 22 de febrero de 1943, el sacerdote celebró misa; pero al encontrarse en el acto de comunión, hizo una pausa extraña y comunicó a los fieles que él, el Señor de los Milagros, no se sentía a gusto en Corupo y que era preciso, en consecuencia, trasladarlo de nuevo a San Juan Parangaricutiro.

Narra la historia que, sin esfuerzo ni titubeos, el cura se dirigió a la imagen, la cargó y caminó dieciséis kilómetros ante la sorpresa de los fieles, hasta que ingresó al templo y colocó al Señor de los Milagros en el altar. Oró durante los siguientes dos días, probando exclusivamente agua y pan.

Revivía la fe en el Señor de los Milagros, como se convulsionaba, paralelamente, el Paricutín, que pronto modificaría el escenario. Temblaba continuamente. El cielo se cubría de fuego y humo. Los habitantes permanecieron en sus trojes catorce meses más, hasta que la lava llegó durante los primeros días de mayo.

Fue el 10 de mayo de 1944, cuando los moradores de San Juan Parangaricutiro, el antiguo y tradicional San Juan de las Colchas, donde se celebraban, desde hacía siglos, fiestas y peregrinaciones en honor del Señor de los Milagros, se marcharon con la finalidad de fundar otro pueblo en la añeja Hacienda de los Conejos, hoy llamado San Juan Nuevo.

El Señor de los Milagros fue el guía. Dicen que él, el Cristo, eligió el lugar para su morada. No se registraron incidentes durante el trayecto. Mucha gente desarmó sus trojes de madera y las trasladó hasta San Juan Nuevo. Inició el éxodo del antiguo pueblo.

Evidentemente, la imagen del Señor de los Milagros yace en el templo principal de San Juan Nuevo, donde la gente -feligreses y peregrinos- continúa bailando al entrar y al salir, porque en la otra capilla reposa la Virgen del Hospital que apareció hace siglos, según la leyenda, en un tronco próximo a un manantial, en un paraje denominado Pantzingo.

Hoy, como hace centurias, la imagen sigue atrayendo a incontables personas de diversas regiones. San Juan Nuevo es pueblo que cuenta, además, con museo alusivo al Paricutín, donde se reseña la actividad volcánica que cesó el 14 de marzo de 1952, teniendo un ciclo de nueve años, once días, diez horas. Al Paricutín se le denominó el volcán “más joven” del mundo y el que seres humanos vieron surgir de las entrañas de la tierra,

El museo exhibe piezas interesantes, entre las que destacan un telar de 1874, una silla de montar de 1887, un yugo de 1834, una camua de 1884, un santo, jícaras, un rebozo de 1874, bateas de 1887, 1889 y 1894, un metate, molcajetes de 1884 y 1894, y fotografías tomadas durante la erupción.

En el jardín principal hay una fuente y una pérgola, pero también la réplica del Paricutín, de las trojes y del templo de San Juan Parangaricutiro. Recuerdo, después de todo, de un pueblo que fue consumido por la lava. También existe, en San Juan Nuevo, un pequeño zoológico. Los nativos comercializan artesanías y fruta de la región. El pueblo es centro al que continuamente llegan peregrinos y turistas.

Las pinceladas vespertinas, con la nostalgia que provocan el amarillo, azulado, el naranja, el rojizo y el violeta del horizonte, indicaron el retorno a casa; pero aún emocionados ante el pedregal ennegrecido y poroso que tapizó las facciones de la tierra, ocultando mil historias anónimas, decidimos tomar algunas fotografías de las siluetas, cada vez menos definidas ante la distancia, del Paricutín y las ruinas. Se hizo de noche y pernoctamos cerca de las piedras que sepultan pedazos de un pueblo indígena con sus rostros, sus historias, su linaje y sus sueños.

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Pastelería Ideal, un recinto con tradición, historia y sabor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Con mucha amabilidad, una persona me regaló una caja con galletas. En cuanto la recibí, de inmediato reconocí el dibujo de la tapa -un horno con tres hombres elaborando pan y la inscripción «Alemania, 1794»- y los detalles laterales e inconfundibles -cuadros de talavera- de Pastelería Ideal, establecimiento fundado por don Adolfo Fernández Cetina, en los días de 1927, en la Ciudad de México.

Mientras saboreo una taza con café y deleito mi paladar con el inigualable sabor de las galletas de Pastelería Ideal, acuden a mi memoria imágenes de mi niñez, cuando acompañaba a mi padre al centro de la Ciudad de México, donde realizaba una multiplicidad de actividades y trámites relacionados con sus funciones y responsabilidades; pero también recuerdo las conversaciones amenas de mi madre, quien solía relatarme historias de personajes y negocios de épocas pasadas.

Fotografía: Pastelería Ideal. Fuente: Página de Facebook.

Panadero español, don Adolfo inauguró su establecimiento el 25 de agosto de 1927, en la calle Independencia, en el centro de la Ciudad de México, donde la gente de entonces percibía el aroma que escapaba del horno y cautivaba los sentidos. El pan era delicioso. Ideal Bakery se volvió noticia desde el momento en que, su fundador y propietario, inició la elaboración de pan de caja, cuya venta se realizaba en carros sencillos. Hay quienes, en mi infancia, todavía platicaban y recordaban los letreros que referían «el pan que usted comerá». Y creo que fue la causa por la que mi padre, al acompañarlo al centro y visitar la negociación, decía: «vamos a comprar el pan que comerás».

Fotografía: Pastelería Ideal. Fuente: Página de Facebook.

Era una época difícil para los mexicanos, pero cualquier noticia se convertía en acontecimiento y en tema de conversación. Desgastado por la revolución de 1910 y por las luchas posteriores de los generales por controlar y ejercer el poder, México enfrentaba la Guerra Cristera (1926-1929), conflicto entre el Gobierno Federal y milicias de católicos que se oponían a la denominada Ley Calles, la cual promovía la intolerancia religiosa y fue motivo, en consecuencia, de derramamiento de sangre en diversas regiones de la geografía nacional.

El pan de caja resultó una fórmula exitosa para la empresa de don Adolfo y un deleite para los consumidores. La gente acudía al establecimiento con la idea de comprarlo, pero también las otras piezas de pan que ofrecían calidad y sabor exquisito. Así, tras una década de operaciones en la calle Independencia, Ideal fue trasladada a la de 16 de Septiembre, precisamente en parte de lo que otrora fue el convento virreinal de San Francisco, inmueble que don Adolfo restauró con bastante entusiasmo, al grado de que, actualmente, en 2022, todavía es posible admirar los candiles que datan de los primeros años del siglo XX y los elementos que hacen del establecimiento un auténtico museo y, por añadidura, un punto de encuentro, un sitio para adquirir más de 350 variedades de pan. Cuando pregunté cuántas piezas de pan elaboran diariamente, me informaron que de 25.000 a 30.000.

Mientras deleito mi paladar con las galletas y disfruto el diseño de la tradicional caja de cartón, pienso en Pastelería Ideal, atendida, a través de su historia, por tres generaciones: Adolfo Fernández Cetina, Adolfo Fernández Fariña y Adolfo Fernández Mendaro, quienes siempre se han sentido orgullosos de su empresa, la cual, por cierto, ocupa más de un centenar de panaderos que trabajan artesanalmente en sus tres turnos laborales en tres turnos.

Fotografía: Pastelería Ideal.

He terminado mi café. Disfruté las galletas. Creo que planearé una visita a Pastelería Ideal, donde recorreré los anaqueles de pan casero, galletas, pasteles, bocadillos y gelatinas, y me identificaré, obviamente, con los elementos que forman parte de la historia, del ayer y de la tradición de los mexicanos. Como que Pastelería Ideal tiene el encanto de reunir el encanto de los colores, las formas y los sabores.

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Entrevista en EducarT y en Tenencias, la otra Voz de Morelia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Este día, jueves 2 de septiembre de 2021, me es grato anunciarles que las periodistas Cynthia Ayala Jiménez y Leticia Florián Arriaga, fundadoras y directoras, respectivamente, de las páginas EducarT y Tenencias, la otra Voz de Morelia. harán favor de entrevistarme, a las seis de la tarde, hora de México centro.

No sin antes invitar a mis amables lectores a seguir el desenlace de la entrevista en las páginas ya citadas, agradezco a ambas comunicadoras la atención de entrevistarme. Esta vez será con motivo de la publicación de mi séptimo libro, Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, impreso en Editorial Resistencia y respaldado totalmente por el H. Ayuntamiento de Morelia, a través de su Secretaría de Turismo, como reconocimiento a los habitantes de esas zonas dentro de tan extraordinario y hermoso municipio de Michoacán, localizado al centro-occidente de la República Mexicana.

Este libro no sería realidad sin el apoyo irrestricto de mi amigo Roberto Monroy García, quien con su experiencia, conocimiento y visión turística, el año pasado, entre julio y agosto de 2020, habló con el entonces alcalde de Morelia, Raúl Morón Orozco, al que planteó la importancia de que la administración municipal, en la capital michoacana, dejara un legado cultural de las 14 tenencias de Morelia, regiones que merecen el reconocimiento oficial por todo lo que significan.

Y así fue como el entonces secretario de Turismo en Morelia, confió me confió la elaboración de la obra Tenencias de Moreia, sus colores, sus rostros, sus sabores. Mi gratitud a este hombre que desde hace muchos años se ha especializado en la materia turística, como también agradezco a la exencargada del Despacho de la Secretaría de Turismo, en la capital de Michoacán, Ada Elena Guevara Chávez; a mi amigo Gabriel Chávez Villa, exdirector de Desarrollo Turístico y Capacitación, en la misma dependencia municipal, quien, además, cuenta con amplia trayectoria dentro del sector de los guías turísticos, de los cuales, por cierto, fue líder estatal y nacional.

También agradezco el apoyo y el respaldo por parte de la extesorera municipal de Morelia, María de los Remedios López Moreno, y de los funcionarios y colaboradores de la administración, como lo hago con los jefes de Tenencia, los moradores de la zona rural que hicieron favor de recibirme y transmitir parte de su tradición oral, y a los fotógrafos y amigos que tan amablemente participaron con imágenes: Jorge Érick Sánchez Vázquez, Leticia Florián Arriaga, Lázaro Alejandre Gutiérrez, Luis Vílchez Pella, Araceli López Valdez, Damaris Cortés Bedolla, José Arturo González Acuña y César Barrera Ceja. Igualmente, valoro el apoyo de Josefina Larragoiti Oliver, directora de Editorial Resistencia, y de su diseñador profesional, Jaime Espinosa García.. Como lo mencioné en una de mis publicaciones anteriores, mi gratitud a ellos y a los que no aparecen en la lista.

Libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Me es grato presentarles mi libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, publicado por Editorial Resistencia y patrocinado y respaldado por el Ayuntamiento de Morelia, a través de la Secretaría de Turismo en el municipio.

Como autor de la obra, agradezco el apoyo y la confianza que mi amigo, Roberto Monroy García, depositó en mí durante su gestión como secretario municipal de Morelia. Su amplia experiencia y su reconocida trayectoria en la actividad turística, influyó en el alcalde de Morelia, en 2020, Raúl Morón Orozco, para respaldar la elaboración de un libro sobre las 14 tenencias de la capital de Michoacán, como legado y reconocimiento de la administración municipal a la gente de la zona rural, a las familias de las regiones naturales que poseen arquitectura típica, artesanías, costumbres, gastronomía, historia, leyendas y tradiciones.

Texto de la primera solapa.

El alcalde de Morelia, aceptó de inmediato la propuesta e iniciativa del secretario municipal de Turismo, quien me autorizó, como escritor, recorrer las tenencias, entrevistar a la gente en un ensayo de rescate de la tradición oral, investigar en documentos y redactar, finalmente, la obra.

Reseña del autor en la segunda solapa.

Roberto Monroy García tuvo el acierto de nombrar a su colaborador, otro amigo de ambos -Gabriel Chávez Villa-, el funcionario que estuvo atento a diferentes procesos, como recorridos a las zonas naturales y a los pueblos que forman parte de las 14 tenencias de Morelia, quien ha desempeñado los cargos de presidente estatal y nacional de una de las agrupaciones de guías de turistas de prestigio.

Contraportada.

Posteriormente, ya como encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo de Morelia, Ada Elena Guevara Chávez, tuvo la amabilidad de apoyar y respetar el proyecto, el cual promueve con entusiasmo y profesionalismo, ya que se trata de un reconocimiento del Ayuntamiento de Morelia a la gente de las 14 joyas que rodean la ciudad de origen colonial, las tenencias.

Es un honor ser autor del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores. Mi gratitud a Roberto Monroy García, principalmente, y al exalcalde Raúl Morón Orozco, a Gabriel Chávez Villa, a Ada Elena Guevara Chávez, a los jefes de Tenencia, a los habitantes de las zonas rurales del municipio, a los fotógrafos que apoyaron con material gráfico, a la editora Josefina Larragoiti Oliver, al diseñador Jaime Espinosa y a toda la gente que me otorgó las facilidades para la creación de esta obra.

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Presentación del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Fue una de esas presentaciones que quedan en la memoria, en los sentimientos, acaso por el ambiente, probablemente por su significado, quizá por la gente con la que uno coincide, tal vez por eso y más. Cada presentación literaria, en mi vida de escritor, ha tenido un rostro, un detalle, un motivo, y no olvido ninguna, desde la de mi primer libro, a la edad de 20 años, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, hasta la que hoy reseño con el deleite de lo que significó para mí.

Llegué puntual a la Casona de Villalongín, en el centro histórico de Morelia*, donde todos los invitados permanecían formados, en orden y con respeto, para seguir los protocolos sanitarios y evitar, por lo mismo, contagios de COVID-19. Había, en la fila, periodistas, empleados y funcionarios públicos municipales, jefes de Tenencia, cronistas, representantes de instituciones educativas, fotógrafos, empresarias de la hotelería e incluso una profesora del nivel de enseñanza preescolar, interesada en conocer más acerca de Morelia con el propósito de enseñarles a sus pequeños alumnos las bellezas, las riquezas y la grandiosidad de la zona rural del municipio.

Ada Elena Guevara Chávez, encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo en Morelia.

Ingresé. Miré las baldosas de origen colonial y la finca añeja, restaurada y dedicada actualmente a diferentes actividades culturales y sociales. En el patio, había un toldo enorme. Las sillas permanecían alineadas a cierta distancia prudente, dentro de las reglas de higiene y prevención de contagios.

Me recibió un gran amigo, Gabriel Chávez Villa, quien es director de Desarrollo Turístico y Capacitación en la Secretaría de Turismo de Morelia, hombre con amplia experiencia que, adicionalmente, hace algunos años, fue presidente a nivel estatal y nacional de una agrupación reconocida de guías de turistas. Como responsable de la coordinación de la presentación del libro y del acto que se llevaría a cabo, me saludó amablemente y me invitó a pasar al patio. Él recibía el apoyo entusiasta de sus compañeros de oficina.

Al llegar al patio, observé el presidium con los personalizadores. Anóté el nombre de los integrantes de esa mesa de honor. En primer lugar, registré el nombre de la actual encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo de Morelia, Ada Elena Guevara Chávez, quien, por cierto, en ese momento era entrevistada por algunos de mis colegas periodistas, los cuales me recordaron mis pasadas jornadas reporteriles.

Tras la pausa que inevitablemente me provocó suspiros por las tantas experiencias del ayer y la nostalgia por aquellos episodios periodísticos, anoté el nombre de mi entrañable amigo, Roberto Monroy García, quien el año pasado, en 2020, como secretario municipal de Turismo y con su gran experiencia y talento, habló con el entonces alcalde de Morelia -otro amigo, con el que trabajé cuando era diputado y yo coordinador de Comunicación Social en el Congreso del Estado de Michoacán-, Raúl Morón Orozco, al que convenció acerca de la trascendencia de respaldar la elaboración de un libro sobre las 14 tenencias morelianas, enclavadas en la zona rural del municipio.

El presidente municipal de Morelia, escuchó con atención e interés los argumentos del secretario de Turismo. De inmediato, aprobó la propuesta. El profesor Raúl Morón Orozco, conocedor de la realidad del municipio de Morelia, coincidió con su secretario de Turismo, Roberto Monroy García, en la necesidad de que el Ayuntamiento de Morelia reconociera a las 14 tenencias, a sus habitantes y todo lo que significan, desde hace siglos, dentro del desarrollo de la ciudad. Le pareció indispensable rendir un merecido y justo reconocimiento a las 14 tenencias: Atapaneo, Atécuaro, Capula, Chiquimitío, Cuto de la Esperanza, Morelos, Jesús del Monte, San Miguel del Monte, San Nicolás Obispo, Santa María de Guido, Santiago Undameo, Tacícuaro, Teremendo de los Reyes y Tiripetío.

Agradezco, en verdad, la confianza que Roberto Monroy García depositó en mí como escritor. Las presiones del tiempo, las dificultades del entorno y la complejidad del Coronavirus, resultaron bastante intensas; sin embargo, afortunadamente concretamos el proyecto y ese día, jueves 12 de agosto de 2021, a las 11 de la mañana, presentamos el libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores.

Roberto Monroy García, ex secretario de Turismo en Morelia y hombre con amplia trayectoria, quien impulsó el proyecto.

Posteriormente, registré, en la lista, los nombres de Gabriel Chávez Villa, director de Desarrollo Turístico y Capacitación de la Secretaría de Turismo en Morelia; Beatriz Pérez Torres, presidenta de la Asociación de Hoteles y Moteles del Estado de Michoacán, conocida por sus siglas como AHMEMAC; y Judith Mora Rodríguez, dirigente de la misma agrupación hotelera en la capital de la entidad.

Junto con los nombres ya citados, yo, como escritor y autor del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, compartiría un espacio en el presidium. Tuve oportunidad de saludar a varios amigos y colegas, a quienes hacía bastante tiempo no veía.

Tras anunciar públicamente nuestra presencia, el maestro de ceremonias solicitó a la encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo, Ada Elena Guevara Chávez, que dirigiera un mensaje de apertura. Y lo hizo muy bien. Atenta, respetuosa y conocedora del tema, la funcionaria expresó que la obra, sin duda, dejará huella como producto turístico que reconoce la importancia de las 14 tnencias morelianas y de sus habitantes. Es un justo homenaje a la gente de las etnencias morelianas, dijo.

La funcionaria resaltó el compromiso de la administración municipal en el trabajo a favor de las 14 tenencias de Morelia, donde es posible encontrar tantas manifestaciones naturales y expresiones artesanales, gastronómicas, culturales, históricas, sociales y arquitectónicas.

Por su parte, el entusiasta impulsor del proyecto, Roberto Monroy García, tomó un ejemplar y destacó que, por primera vez, una administración municipal, en Morelia, promovió una investigación seria y a fondo de las 14 tenencias, cuando antes solo se trataba, principalmente, de folletos y publicaciones someras.

Argumentó que figuran, entre los objetivos primordiales del libro, despertar el interés de los diferentes sectores de la sociedad y de los turistas en visitar las tenencias morelianas, recorrerlas, sentirlas, explorar sus rincones, tratar a sus moradores, vivir sus costumbres, fiestas y tradiciones. Anunció que la obra se distribuirá en bibliotecas e instiituciones académicas, entre otros sitios, con el objetivo de difundir la investigación.

En tanto, las presidentas de los hoteleros michoacanos y morelianos, Beatriz Pérez Torres y Judith Mora Rodríguez, respectivamente, coincidieron en que los resultados de la investigación, plasmados en el libro, no solamente recuerdan e invitan a recorrer, vivir la experiencia y descubrir las riquezas de las tenencias morelianas, sino estimula a continuar la exploración y la difusión de lo tanto que ofrecen y significan esos rincones.

Presentación del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores,

Durante mi intervención, agradecí la asistencia de los participantes y reconocí, principalmente, el apoyo irrestricto de mi amigo Roberto Monroy García, a quien conozco desde hace tres décadas. Le agradecí la confianza y destaqué su reconocida trayectoria, la cual es real y no simple parte de formalidad discursiva. Su visión en temas turísticos, lo estimularon a ofrecerme todo su apoyo para la elaboración del libro.

Y, efectivamente, dije que, con frecuencia, los pueblos y los gobiernos nos interesamos en construir autopistas, pasos a desnivel, avenidas, calles y obras de infraestructura, y destruimos, acaso sin darnos cuenta, historia, tradiciones, leyendas, costumbrse, arquitectura típica, sabores y tantas cosas que representan nuestra identidad; sin embargo, aclaré, la presente administración municipal se ha preocupado por participar en el desarrollo de los habitantes de la ciudad y de las tenencias y sus comunidades, como puede comprobarse, y en reconocer, por añadidura, el valor de sus 14 joyas, que cotidianamente, dede hace centurias, han contribuido al progreso y a la dinámica de Morelia.

Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, es una aportación, un legado y un reconocimiento a la gente de la zona rural del municipio, y un intento por rescatar y difundir sus riquezas naturales, su arquitectura típica, sus costumbres, su gastronomía, sus leyendas, sus artesanías, su folklore y su historia.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga, autor del libro.

Evidentemente, en una sola obra resulta imposible concentrar toda la expresión y el significado de las 14 tenencias de Morelia, pero se trata, sencillamente, de un intento para estimular a escritores, periodistas, académicos, investigadores y estudiosos a desentrañar y publicar tanta riqueza.

Una vez que concluyó la presentación del libro, jefes de Tenencia y representantes de instituciones académicas, principalmente, recibieron ejemplares para su consulta permanente y su difusión. Como suele acontecer en esa clase de actos, el público me solicitó amablemente que autografiara sus ejemplares, lo cual hice con mucho gusto y respeto.

No obstante, entre una persona y otra, tomé un ejemplar y lo dediqué a mi amigo Roberto Monroy García. A pesar de los protocolos sanitarios, a ambos nos rebasó la emotividad y nos dimos un abrazo breve y, finalmente, tras expresar «gracias, amigo», estiró su mano y estrechó la mía. Fue, para mí, un gesto muy humano que siempre mantendré en mi memoria y en mis sentimientos.

Gracias, Roberto Monroy García, Raúl Morón Orozco, Ada Elena Guevara Chávez y Gabriel Chávez Villa. También agradezco el apoyo y el respaldo por parte del alcalde actual de Morelia, Humberto Arróniz Reyes, de la tesorera municipal María de los Remedios López Moreno, de los funcionarios y colaboradores de la administración, como lo hago con los jefes de Tenencia, los moradores de la zona rural que hicieron favor de recibirme y transmitir parte de su tradición oral, y a los fotógrafos y amigos que tan amablemente participaron con imágenes: Jorge Érick Sánchez Vázquez, Leticia Florián Arriaga, Lázaro Alejandre Gutiérrez, Luis Vílchez Pella, Araceli López Valdez, Damaris Cortés Bedolla, José Arturo González Acuña y César Barrera Ceja. Igualmente, valoro el apoyo de Josefina Larragoiti Oliver, directora de Editorial Resistencia, y de su diseñador profesional, Jaime Espinosa. Mi gratitud a ellos y a los que no aparecen en la lista.

  • Morelia es la capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Su fundación, en el Valle de Guayanguero, data del 18 de mayo de 1541. Su nombre fue Ciudad de Mechuacan, para más tarde, en 1545, cambiar por el de Valladolid, hasta que, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos, héroe de la Independencia mexicana que inició en 1810, se le llamó Morelia.

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Rutas de un viajero. Capítulo XV. El Sagrario, rincón pintoresco e irrepetible de Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Parece un dibujo de ensueño, un trazo distante, una pintura plasmada en el lienzo añejo que reposa en el sótano de las añoranzas y los recuerdos, en algún rincón del mundo, en un espacio cautivante y mágico, donde cada detalle se transforma en arte, partitura, boceto, poesía, porque para los otros, los de entonces, los moradores del Pátzcuaro de las horas coloniales, su pueblo representó la casa, el refugio, la morada, la página en la que diseñaron y protagonizaron los capítulos y las horas de sus existencias.

Desde la hoja que se desprende del follaje y mece el viento suavemente, hasta el cielo que hospeda nubes rizadas que cambian sus formas, transitan fugazmente y reflejan su coquetería en el lago legendario, donde las islas, el tule y las garzas coexisten, el escenario se presenta magistral y extraordinario para enmarcar el caserío de Pátzcuaro, cuyo origen colonial se remonta al siglo XVI, precisamente a los minutos de 1540, cuando el humanista Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, lo eligió como sede tras haberse establecido con anterioridad en Tzintzuntzan, comarca en la que existió y se desarrolló el antiguo y poderoso reino purépecha antes de la conquista española.

Dentro del caserío de adobe con tejados agónicos y bermejos, entre callejuelas empedradas, cuecas e inclinadas y plazas y jardines pintorescos, en los que se erigen fincas virreinales con portales típicos, se localiza El Sagrario, uno de los complejos arquitectónicos más bellos de tan irrepetible población lacustre.

Es allí, en El Sagrario, donde uno suspira al contemplar la arquitectura caprichosa y romántica. Y es que cuando la piedra burda e informe se convirtió en arquería, en fachada, en muro, en torre, durante las horas cada vez más distantes de la Colonia, se hizo, acaso sin sospecharlo, pintura, música, poema, que todavía, en nuestros días, cautivan los sentidos.

El Sagrario.

En aquellos días añejos, contemporáneos a conquistadores insaciables y a misioneros que predicaban la piedad y las virtudes, con sus luces y sombras, con sus látigos a un lado y sus santos en el otro, la mano indígena, hábil en tallado de piedra, abundaba para participar en construcción de casonas, templos y conventos.

Ya separados de sus dioses y cantando y hablando en su lengua, ellos, los nativos, sumaron un día, otro y muchos más la piedra y el bloque de adobe, la madera, hasta concluir casas palaciegas e iglesias y monasterios que hoy causan admiración, e interés. Formaron un caserío de adobe, madera, herraje, piedra y teja, y protagonizaron una historia.

Desafiante al aire, a la lluvia, al sol, al tiempo, el majestuoso templo de Las Monjas o El Sagrario, que albergó durante ciento noventa y un años la imagen de Nuestra Señora de la Salud, se erige en uno de los rumbos más bellos y románticos de Pátzcuaro.

Los arcos chuecos que componen la barda principal del conjunto sacro, se prolongan por la calle típica, desde donde se contempla el templo con aspecto de fortaleza abandonada. Es uno de los rincones arquitectónicos más significativos del pueblo, elegido, por lo mismo, por artistas que lo plasman en sus lienzos.

Detalle arquitectónio en El Sagrario. Pátzcuaro, Michoacán.

Igual que un gran viejo que conoce anécdotas y secretos del pasado y de otra gente, parece increíble que sobreviva ante la vorágine de la cotidanidad y la modernidad. Semeja un monumento extaído de un álbum mágico y sublime.

Manchado por la humedad, por la llovizna, por los siglos implacables que dejan huellas indelebles, rasguños en lo que tocan, el edificio inició su construcción durante postrimeríias del siglo XVII, precisamente en 1691, porque ya resultaba insuficiente el recinto que albergaba a la Virgen de la Salud, imagen de pasta de caña tan venerada por los moradores de Pátzcuaro y la región lacustre, en el Hospital de Santa Martha y La Asunción.

Exquisito, irrepetible, solemne, el templo fue proyectado para resguardar a la Virgen de la Salud, elaborada en el discurrir de la decimosexta centuria a base de pasta de caña y, a la vez, con la intención de recibir a incontables devotos y peregrinos de Pátzcuaro y de otras regiones que veneraban la imagen. Fue Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, quien encargó la elaboración de la escultura a indígenas que dominaban la técnica ancestral de la pasta de caña.

Discurrían, apacibles y lentamente, las horas virreinales. salpicadas de leyendas y tradiciones, cuando el cura Juan Meléndez Carreño inició la obra, en 1691, solicitando la licencia correspondiente a las autoridades; entonces pidió cooperaciones y lmosnas. Envió al lego Andrés de Burdos a que llevara a cabo la colecta por todo el territorio michoacano.

Tras dos años de peregrinaje, portando una imagen diminuta de la Virgen de la Salud, el enviado regresó a Pátzcuaro con la cantidad de cuatro mil pesos que, evidentemente, resultaban insuficientes para emprender la construcción del templo.

En consecuencia, el hermano Francisco de Lerín, sevillano acaudalado de no pocas virtudes, emprendió una segunda colecta. Viajó por gran parte de la Nueva España. Retornó a Pátzcuaro en 1696.

Juan Meléndez Carreño, cura iniciador del proyecto arquitectónico, murió diez años antes de su conclusión, en la época en que era canónigo penitenciario de la catedral de Valladolid -hoy Morelia-; pero El Sagrario permane, desde entonces, con sus posteriores añadiduras de acuerdo con cada etapa, como una obra que encanta por su antigüedad y suntuosidad en el legendario, pintoresco y lacustre Pátzcuaro.

La caminata de los años continuó imparable. El templo registró algunas modificaciones, como la efectuada en 1874, cuando se retiró la reja que separaba el coro bajo, antiguamente reservado a las monjas catarinas, o las que se realizaron en 1890, siendo arzobispo Ignacio Árciga, quien ordenó derribar el altar mayor, que era de madera, para sustituirlo por uno de cantera.

Concluidas las transformaciones arquitectónicas y decorativas,, el 8 de diciembre de 1893, reabrió el templo al culto, registrándose, en consecuencia, diversas celebraciones religiosas y fiestas profanas en Pátzcuaro durante el lapso de ocho días.

Finalmente, el 8 de diciembre de 1899, el arzobispo Ignacio Árciga coronó solemnemente, con autorización pontificia, la imagen de la Virgen de la Salud, ante el regocijo popular. La multitud sentía emoción desbortante por aquel hecho insólito.

Imagen colonial de Nuestra Señora de la Salud, elaborada en el siglo XVI bajo la técnica de pasta de caña.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Ante la ferviente multitud, el religioso subió al trono, en estado agónico, y colocó la corona a la Virgen de la Salud. Dirigió un mensaje conmovedor. Días más tarde, falleció en la entonces ciudad de Morelia, capital de Michoacán.

La imagen de Nuestra Señora de la Salud, todavía venerada en la hora contemporánea, permaneció en El Sagrario de 1717 a 1908, fecha en la que fue trasladada al Santuario que actualmente ocupa.

En el otrora templo de Las Monjas, hoy conocido como El Sagrario, reposan algunas reliquiias invaluables y es escenario, en su parte exterior, que no pocos artistas han elegido con la finalidad de plasmar en sus lienzos.

No es raro encontrar artistas en la calle chueca y empedrada. Observan la peculiar arquitectura de El Sagrario, la dibujan, hacen trazos y la plasman en sus lienzos, para después llevarlos a Europa, Asia, Australia, Canadá, Estados Unidos de Norteamérica, Argentina, Uruguay, Chile y otros rincones del mundo.

La neblina de la tarde envuelve El Sagrario y las callejuelas del pintoresco e irrepetible Pátzcuaro, como si al cubrirlos con su flotante manto, los acariciara y arrullara en el sueño de las centurias y los conservara imperturbables para continuar embelesando los sentidos y ocupando un espacio en la memoria y en la historia.

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Rutas de un viajero. Capítulo XIII. Historia del fresco de la Virgen de Guadalupe, en Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografía: Colonia Ibarra. Pátzcuaro, Michoacán. Facebook

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Uno camina embelesado por las callejuelas inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, donde cada rincón es anecdotario, huella, relicario de historias pretéritas y consumidas ante el paso de las centurias, siglos presurosos que todo rasguñan, mientras el aliento de la teja mojada y los aromas del chocolate amargo y dulce y del pan recién horneado, escapan de las cocinas tradicionales y de los hornos de adobe.

El concierto de los pájaros y de los campanarios se mezcla e invita a que las horas de la mañana, envueltas en niebla y en llovizna, discurran apacibles como un encanto dentro de un capítulo irrepetible en el pueblo lacustre e irrepetible de Pátzcuaro

Ya en alguna banca o, quizá, en una plazuela apacible y pintoresca, mecido en el columpio de las añoranzas y los recuerdos, uno comprueba que las manecillas del reloj cumplen su jornada irrenunciable y que, por lo mismo, casi de manera imperceptible han quedado rastros de su caminata en las casas de adobe y teja con balcones y portones de madera, en los monumentos, en los espacios que pertenecierona otra gente, en los templos y en los ex conventos, surgiendo, entonces, la prisa por rescatar lo que queda de la identidad de un pueblo que ha sido uno y en el tiempo y la historia y que ahora llaman mágico.

En consecuencia, uno anota datos, leyendas y tradiciones en la libreta o toma fotografías para el álbum, hasta que coincide en una calle añeja, la de La Paz, entre la Basílica de la Virgen de la Salud y la finca que un día ya distante habitó Juana Pavón, madre de José María Morelos, héroe de la Independencia de México, en el siglo XIX, a quien la gente, en este país latinoamericano, denomina Siervo de la Nación, donde hace un paréntesis con la idea de contemplar un fragmento del ayer en el muro de una casa típica.

Resulta que en el paredón de la fachada de adobe se encuentra, a pocos centímetros del tejado, la imagen de la Virgen de Guadalupe, protegida por una puerta de madera con un orificio que apenas permite distinguir sus manos y su rostro moreno.

Narra la tradición que, en el amanecer del siglo XIX, exactamente el 8 de julio de 1814, las fuerzas realistas perpetraron un ataque contra los habitantes de Pátzcuaro, población que entonces se encontraba resguardada por un grupo de insurgentes encabezados por Felipe Arias, quien murió en un acto de arrojo que contagió a sus compañeros a protagonizar una defensa heroica.

Como consecuencia de la desventaja ante sus enemigos realistas, que eran muy numerosos y poseían mejores armas, murieron no pocos insurgentes, resultando prisioneros los sobrevivientes, a quienes los agresores ordenaron que se formaran en la entoncces calle del Prendimiento, posteriormente de La Paz, con el objetivo de fusilar a aquellos que, por desgracia, debido a su ubicación en la fila, les correspondiera el número cinco.

Uno de cada cinco insurgentes fueron fusilados; sin embargo, quienes salvaron la vida de la cruel ejecución, atribuyeron el milagro a la Virgen de Guadalupe, a quien se encomendaron y es tan venerada por los mexicacnos, por lo que, como muestra de gratitud, mandaron pintar su imagen en una piedra que posteriormente colocaron frente a la casa ya mencionada, escenario, como las otras construcciones, de la tragedia.

La imagen de la Virgen de Guadalupe permaneció intacta durante más de una centuria cual fiel testimonio de la salvación de los insurgentes, hasta que una noche del mes de octubre de 1934, amparado por las sombras, alguien intentó acabar con la obra para coadyuvar, sin duda, a renovar la lucha contra la religión de los católicos, como aconteció entre 1926 y 1929 con la denominada Guerra Cristera, derivada de la Ley Calles que pretendía, desde el Gobierno Federal, reprimir toda acción sacra.

Por tratarse de una piedra, resultó imposible destrozar la base de la imagen, procediendo el agresor, en consecuencia, a rasparle la cara y a arrojarle tinta. Ante la consternación popular, la Virgen de Guadalupe mostraba un intento de mancillación que ofendía a los mexicanos y sus creencias, especialmente a los moradores de Pátzcuaro y de los pueblos enclavados en la región.

Dos o tres días más tarde, regresó quien pretendía, definitivamente, acabar con la imagen sacra, para lo que utilizó una barreta con la intención de despedazarle el rostro. Tal era su odio hacia la Virgen de Guadalupe y las cosas sacras, que no importó al atacante ser sorprendido por la gente enardecida.

Uno de los moradores de la calle, Felipe Ochoa, mandó restaurar la imagen y ordenó colocar un nicho con una puerta de madera, que hastda la fecha presenta un orificio para que todos los católicos, y hoy los turistas nacionales y extranjeros, la miren.

Los años han transcurrido incontenibles, quedando como huella de la insurgencia la Virgen de Guadalupe pintada sobre una piedra y empotrada en una casa de adobe, asomando apenas el rostro por una pequeña ventana, desde donde parece contemplar, en silencio, el paso de los moradores y de los turistas que quedan perplejos e interrogan, en ocasiones, acerca de la historia de la imagen.

Uno camina por un rincón y por otro de Pátzcuaro, siempre con el deseo y la intención de abrir sus páginas añejas y románticas para descubrir un detalle, un espacio, un secreto, acaso una mañana nublada y fría o tal vez una tarde lluviosa, como la abuela que, nostálgica, acude a su ropeto, a su baúl, a su caja pletórica de retratos.

  • Texto publicado, inicialmente, en el año 2000, en El Sol Turístico

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Rutas de un Viajero. Capítulo XII. El encanto, la historia y los enigmas de la Pila del Torito, en Pátzcuaro de ayer

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Fotografía en blanco y negro: Pátzcuaro de Antaño. Facebook (@Patzcuaroantano  · Tienda de antigüedades) Imagen a color: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Andábamos en las calles inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, con aroma a teja, a lago, a adobe, a madera, cuando descubrimos, arrobados, la legendaria Pila del Torito, con su historia recóndita y sus muchos suspiros atrapados en la piedra.

Éramos inagotables. En cada rincón, coincidíamos con un detalle, con un encanto, con un pedazo de ayer que coleccionábamos en nuestra memoria, en los recuerdos, en las fotografías. Portones de madera tallada, muros y fachadas de adobe con balcones románticos, templos y ex conventos de piedra de los que escapaban los perfumes del incienso, de las flores, del copal y de las veladoras que alumbraban las imágenes sacras de la Colonia, con rostros entristecidos, estofados o elaborados bajo la técnica prehispánica de pasta de caña.

Fue en la antigua calle Las Campanitas -hoy Iturbe-, esquina con la plaza Gertrudis Bocanegra, donde miramos la Pila del Torito, imperturbable, desafiante al tiempo, a la lluvia, al son, al viento, al humo y a la gente, de la que relata la leyenda un episodio que quedó grabado en la historia del pueblo michoacano que cautiva por su arquitectura.

Según la leyenda, no pocas de las personas que durante los segundos de la Colonia se encontraban en la plazuela y en la entonces calle de Las Campanitas, presenciaron con gran horror y sobresalto la carrera desbocada de un caballo que provenía de la plaza Mayor -hoy Vasco de Quiroga-, montado por un personaje del ejército español, quien luchaba desesperadamente por dominar al animal.

El caballo, totalmente enloquecido en su carrera, no cedía; pero el jinete, acostumbrado a las aventuras y a los peligros, intentaba recuperar la calma, al grado, incluso, de que pretendió parar al equino en la fuente conocida popularmente como del Torito. Dirigió al animal hacia la fuente famosa por el toro esculpido en piedra.

Raudo e irracional, como era, el animal pasó entre la pared y la fuente. Azotó al desventurado jinete contra la torre de la fuente. El hombre, como era de esperarse, murió de inmediato, horrorizando a los testigos. Fue un acontecimiento fatídico que quedó registrado en los anales de Pátzcuaro.

Nos relataron los ancianos de Pátzcuaro, a quienes sus antepasados les narraban innumerables historias, que la misma tradición indica que las autoridades de aquel rincón michoacano, totalmente indignadas, acusaron a la fuente de homicidio, iniciando así un proceso en su contra, consistente, en primer término, en la suspensión del agua y, posteriormente, en un juicio extenuante y prolongado, para lo que se requirió, incluso, la declaración de cada testigo.

Con su toro tallado en una piedra, la fuente se encontraba en un problema serio. Por curioso, inverosímil o ridículo que parezca, estaba en líos con la justicia, con las autoridades encolerizadas, quienes injustamente la acusaban porque el culpable, en realidad, era el caballo desbocado.

La tristemente Fuente del Torito, recibió su sentencia: fue condenada a perder su lugar original, el que ocupaba en la calle Las Campanitas, para ser trasladada a otro sitio, metros más adelante, con la intención de evitar, en lo sucesivo, que causara daño.

Según las pruebas que datan de aquella época, se tomó en consideración su función de dar vida a través del agua que contenía. Los jueces ordenaron, por lo mismo, cambiarla de ubicación, sin derribarla, añadirle o quitarle cualquier elemento original, con lo que pretendieron hacerle padecer por entero el escarmiento acordado.

Creíble o no la historia, era del conocimiento común, de acuerdo con las versions de la gente de antaño, que cuando fue pavimentada la calle Iturbe, los trabajadores de la obra descubrieron cimientos de la fuente en el espacio que supuestamente ocupaba originalmente.

Hay quienes relatan una historia diferente y refieren, al mirar el relieve de piedra con la inscripción del año 1837, que un jinete corría por la calle Iturbe, enlace entre la plaza principal y la de San Agustín, cuando, inesperadamente, casi al llegar a la esquina de la segunda, estampó contra un toro, acontecimiento en cuya memoria la fuente recibió el título que ostenta en la actualidad, quizá con la incrustación, entonces, de la pequeña talla en piedra.

Antigua Pila del Torito, en Pátzcuaro.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
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En cuanto a la fecha, aseguran algunos que no se sabe si data de la época en que se registró el suceso o si indica el año de la colocación del relieve con la cabeza del toro. Desconocen, incluso, si la piedra tallada es la original; sin embargo, coinciden en que el estilo de la escultura corresponde al de la fecha inscrita.

La fuente del Torito, en el pueblo mágico de Pátzcuaro, forma parte de la colección de antigüedades de Michoacán, del inventario de rincones pintorescos y legendarios. Su arquitectura original fue diseñada para que los moradores del poblado tomaran el agua que requerían, mientras en la parte más baja, cuya función fue de abrevadero, los animales podían beberla. El hidrante se erige a mayor altura que las casas de adobe y tejados bermejos. Quien visite Pátzcuaro, de inmediato reconocerá, en la plaza Gertrudis Bocanegra, la fuente del Torito, que es un testimonio más de la historia y, al mismo tiempo, de las narraciones populares de la Colonia y de las épocas que le sucedieron.

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Fotografía en blanco y negro: Pátzcuaro de Antaño. Facebook (@Patzcuaroantano  · Tienda de antigüedades) Imagen a color: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Rutas de un viajero. Capítulo XI. Antigua Casa de Comercio y Arriería. Casa del Conspirador José María Abarca. Mansión Iturbe

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Después de andar aquí y allá, en embarcaciones que navegan mares impetuosos e interminables, en pueblos pintorescos con tradiciones e historias, en lugares cosmopolitas, en caseríos rurales, en parajes con tempestades, en escenarios naturales de incomparable encanto y en silencios y en rumores, en aglomeraciones y en soledades, uno hace un paréntesis en alguna banca de la añoranza para hojear el álbum de fotogafías y la libreta de anotaciones, justificando así los días de la existencia consumidos en uno e incontables rincones del mundo.

Al mirar las páginas de las evocaciones, el corazón palpita con mayor emoción y la memoria se recrea en cuanto aparecen los capítulos dedicados a Pátzcuaro, pueblo legendario y mágico con casas y rincones pintorescos. Es irrepetible y uno de los pueblos más hermosos de México. Se localiza en el estado de Michoacán, al centro-occidente de la República Mexicana.

Igual que la fuente con la escultura de Vasco de Quiroga -primer obispo de Michoacán, en el siglo XVI-, al centro, en el jardín principal de Pátzcuaro, cuya agua trémula por las caricias del viento intenta atrapar las fachadas de las casonas de adobe y teja con portales, uno recurre a la memoria que ofrece imágenes un tanto difusas, pero auténticas, para revivir las horas consumidas en el inigualable pueblo lacustre.

De los recuerdos gratos que naufragan en la memoria, indudablemente surgen los que uno compartió con las personas amadas, en el Hotel Mansión Iturbe, finca con antecedentes del siglo XVII, considerada por especialistas en arquitectura novohismana, una de las mejor conservadas y de las más bellas de América en su género.

Y si en ocasiones el olvido parece más fuerte y temible que el recuerdo, quizá porque al final todo se consume uno rememora el Hotel Mansión Iturbe no solo por su belleza y majestuosidad, sino por el hecho de que, pernoctar en sus habitaciones centenarias con enormes paredes de adobe, andar por sus corredores, sentir la presencia casi intacta del pasado y observar sus escondrijos coloniales, resulta una gran aventura y una experiencia inolvidable.

En el recinto, donde uno duerme y convive, hace siglos se desarrollaron escenas e historias coloniales, protagonizadas, obviamente, por personajes de apellidos linajudos como Iturbe y Heriz, Arriaga y Peralta. En la parte superior de la finca virreinal, moraban ellos, los miembros de las familias ya mencionadas, representantes de la Casa de Comercio y Arriería Iturbe e Iraeta.

Personajes de la época virreinal, relacionados con Mansión Iturbe.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

La de Pátzcuaro, fue la segunda Casa de Comercio y Arriería que se estableció en la Nueva España, durante la Colonia. Registó una gran epopeya porque Pátzcuaro formaba parte de la ruta que seguían los productos que transportaba, por mar, la Nao de China, conocida, también, como Galeón de Manila o de Acapulco. El trayecto incluía Acapulco, Pátzcuaro, Valladolid, Ciudad de México y Veracruz, entre otros destinos.

Refiere la tadición que la casona data del siglo XVII y que perteneció a don Francisco de Iturbe y Heriz, quien llegó a la Nueva España como administrador de la Real Hacienda y alferez de la Reina. Adquirió la propiedad a fines de la decimoctava centuria, en 1790, para continuar el negocio de comercio y arriería, convirtiéndose en uno de los hombres más influyentes de Pátzcuaro gracias a la ruta de la Nao de China.

Don Francisco de Iturbe y Heriz, fue representante, en la población lacustre de Pátzcuaro, de la Casa de Arriería, perteneciente a su tío, el coronel Emeterio de Iturbe, quien radicaba en la Ciudad de México. Sus actividades comerciales en la Ciudad de México, la región del Bajío, Valladolid -hoy Morelia- y Acapulco, propiciaron su enriquecimiento y la importancia que tuvo entre los hombres prósperos y de negocios del siglo XVIII.

Nació en Vergara, provincia de Vascongada, el 20 de septiembre de 1768. En 1784, a los 26 años de edad, zarpó de España a América, cuando el mar olía a aventura, a conquista, a piratas. Contrajo matrimonio con doña Josefa Anciola y del Solar y Pérez Santoyo. Tuvieron cinco hijos: Francisco de María, María Ignacia, Jesusa, Victoriano y Francisca de Iturbe y Anciola, conocida como doña Paca, quien en el discurrir de 1830, en la juventud del siglo XIX, recibió la mansión en calidad de dote al casar con don Francisco Arriaga y Peralta.

De los hijos del matrimonio Iturbe y Anciola, los archivos familiares refieren que Francisco María fue constituyente, en 1856, en la Ciudad de México, y tambien ocupó, entre otros, cargos como alcalde de Tacubaya, ministro de Hacienda y caballero de la Orden de Guadalupe. Su hermana María Ignacia, contrajo nupcias con don Fernando de Miranda y Septién, brigadier de los Reales Ejércitos, mientras Jesusa, en tanto, optó por dedicarse a la religión y fue monja capuchina, supereiora del Convento de las Bernardas, en la Ciudad de México. Victoriano, quien murió en la Batalla de Churubosco, en la Ciiudad de México, en 1847, fue capitán de la Guardia de Lanceros. Finalmente, Francisca casó en 1830 con don Francisco de Arriaga y Peralta, descendiente del conquistador don Antón de Arriaga, quien llegó a Michoacán en 1524 con la Encomienda de Tlazazalca.

Antigua finca virreinal, sede de la Casa de Comercio y Arriería Iturbe e Iraeta,
hoy Hotel Mansión Iturbe. Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html).

Otra referencia histórica, indica que durante los días de la decimoséptima centuria, Lorenzo Pérez de Mendoza compró, a través de un remate, las fincas establecidas en una de las esquinas de la plaza principal de Pátzcuaro, las cuales heredó, posteriormente, a su hijo, el presbítero Diego Pérez de Mendoza, quien falleció en el amanececr del siglo XVIII, exactamente en 1700.

Fue el campitán Francisco García de Valdez, regidor y alcalde de la ciudad colonial, quien ese año, el de 1700, compró a la heredera del clérigo siete casas y tiendas ubicadas en la calle del Empedradillo, frente a la plaza pública, cuyo precio consistió, entonces, bajo lo estipulado en un convenio que dictaba que este hombre cubriría exclusivamente los débitos del importe de seis mil pesos, a la Capellanía, más cinco misas cantadas, cada año, por tiempo indefinido, por las almas de la familia Pérez de Mendoza.

Comparadas con otras mansiones, las construcciones eran pequeñas y modestas; aunque evidentemente, según consta, se rentaban a excelente precio por encontrarse ubcadas en la zona más comercial de la plaza pública. Refiere la tradición que conservan los descendientes de las familias Arriaga e Iturbe, que en la decimoseptima centuria, la casona se localizaba en la zona norte de la plaza mayor, al lado de seis casas más de una sola planta, las cuales fueron propiedad del mismo hombre. La mansión se encontraba en la esquina de la calle San Agustín, actualmente conocida como Iturbe, cuya planta alta estaba destinada a habitaciones; el nivel inferior, contaba con huerto, patios, acceso para diligncias, trastienda y tienda dedicada a comercializar toda clase de mercancía procedente de la Nao de China.

La nusna tradición, refiere que los orígenes de la casona datan de 1540, época en la que s construyeron las primeras fincas de Pátzcuaro alrededor de la plaza mayor, conocida en la hora contemporánea con el nombre de Vasco de Quiroga. Las primeras casas edificadas en torno a la plaza mayor, fueron residencias de las familias españolas que acompañaron al primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, al cambiar la sede de la diócesis establecida en Tzintzuntzan a Pátzcuaro. Evidentemente, la arquitectura de aquella época sugiere que las casas eran sobrias y de un nivel.

Al fallecer el regidor García de Valdez, las casas pasaron a formar parte de la Capellanía, la cual, por cierto, durante varios años percibió el producto de sus rentas. Relata la historia que, en los instantes de 1737, su propietario fue el estudiante de Filosofía, Francisco Xavier de Ugarte, quien las recibió en mal estado y estableció el compromiso de repararlas con los recursos obtenidos por medio de su arrendamiento.

Ante la cabalgata de los años, el estudiante de Filosofía se convirtió en presbítero. Rentaba las fincas a muy bajo precio; no obstante, cuando Miguel de Abarca y Ugarte llegó a la Capellanía, en 1776, siendo muy joven y todavía dependendiente de su padre, Manuel de Abarca y León, recuperó las casas.

Manuel de Abarca y León propuso reedificar todas las casas con portales, pero a cambio solicitó su adjudicación, lo cual fue concedido en 1777, pero como administrador de los bienes de su hijo, el capellán. El hombre procedió a demoler las casas de las esquinas, donde erigió una mansión de dos plantas con portales al frente, mientras las otras construcciones siguieron con su aspecto modesto.

La tradición cuenta que, en las horas de 1784. Manuel de Abarca y León, quien enviudó en ds ocasiones, murió rodeado de sus hijos, quedando la casona en manos de su primogénito, José María de Abarca Monasterio, quien, catorce años más tarde, en 1798 se transformó en el único propietario de la misma.

Hijo del regidor honorario del Ayuntamiento de Pátzcuaro, Manuel de Abarca y León, y de María Ana Eduarda de Monasterio, José María de Abarca Monasterio nació durante los segundos de 1770. Su madre murió en 1771, cuando él tenía un año de edad, de modo que su padre conrajo segundas nupcias con Rosa Izquierdo, de cuya unión nació Miguel de Abarca y Ugarte.

José María de Abarca Monastrio, quien en 1787 conoció a párroco José Antonio Lecuona, contrajo matrimonio con María Antonieta Salceda, en 1792. Ella, María Antonieta, era hija del teniente coronel del Regimiento de Dragones de Pátzcuaro, José Antonio Salceda.

A partir de 1796, Abarca Monasterio tuvo relación con personajes significativos de Valladolid, capital de Michoacán. Se trató de una amistad que duró hasta los días de 1809, durante la conspiración de Valladolid. Algunos de sus amigos fueron los hermanos Nicolás y Juan José de Michelena.

Durante postrimerías de 1797, cuando José María de Abarca desempeñaba la función de regidor depositario general del Ayuntamiento de Pátzcuaro, coincidió con otro perrsonaje que sería importante en los días de su existencia, José María de Peredo, perteneciente al Regimiento de Dragones de Milicias Provinciales de Michoacán; no obstante, continuó incrementando y fortaleciendo sus negocios y ampliando su círculo de amistades políticas en Valladolid y en la Ciudad de México.

Fue el 26 de julio de 1800, en la aurora del siglo XIX, cuando nació su sexta hija, Margarita, cuyos padrinos fueron Francisco Menocal y María Josefa Díaz de Ortega, hermana del intendente de Valladolid. Así, en 1795, José María de Abarca Momasterio aprovechó la influencia del cura y de la reducida oligarquía a la que pertenecía para ocupar el cargo de subdelegado de Aio-Carácuaro y Santa Clara; pero once años más tarde, en 1806, solicitó la Subdelegación de Pátzcuaro, la cual, por cierto, incluía los pueblos de Erongarícuaro y Cocupao, petición que fue concedida con apoyo del intendente Felipe Díaz de Ortega, hecho que influyó para que mejoraran sus ingresos económicos.

Los capítulos del ayer flotan y permanecen dispersos unos de otros, cada día más separados y aislados; pero todo paece inducar que fue a mediados de 1808 cuando él, Abarca Monasterio, comenzó a frecuentar a los conspiradores de Valladolid, encabezados por Mariano Michelena.

De acuerdo con la relación que Mariano Michelena escribió después de la Independencia de 1810 sobre lo ocurrido en diciembre de 1809, Abarca Monaserio asistió a las reuniones en su calidad de comisionado por la ciudad de Pátzcuaro, lo que generó sospechas entre los españoles.

Al consultar uno los anales del ayer, descubre que, en Pátzcuaro, José María de Abarca Monasterio fue contacto ente los conspiradores de Valladolid y los patriotas patcuarenses que anhelaban la independencia. Cuando sus planes quedaron al descubierto, fue aprehendido y posteriormente dejado en libertad, hasta que en 1810 decidió vender sus propiedades y mudarse a la Ciudad de México. Falleció en 1831 y fue, como se sabe, de los pocos conspiradoes que lograron atestiguar el triunfo de la Independencia de México.

La historia es un carrusel. Entre 1810 y 1830, la mansión que otrora perteneció a Abarca Monasterio, fue adquirida por Francisco de Antinio de Iturbe y Heriz, quien la entregó a su hija Paca como dote en su matrimonio con Francisco de Arriaga y Peralta, en 1830.

Después de todo, la historia está rota ante el paso de los años que se han acumulado, tras acontecimientos sociales; pero su romanticismo se palpa en los rincones de la casona de adobe, piedra, madera, herraje y teja, donde cada rincón tiene un detalle irrepetible.

Tal vez una noche lluviosa, uno ya esté hospedado en una de las habitaciones del Hotel Mansión Iturbe y asome al balcón con la intención de admirar el paisaje típico, la arboleda y las bancas de la plaza principal, rodeada de palacios de adobe y tejados, con portales iluminados por faroles ámbar. El espectáculo contagia y embelesa.

Arquitectura típica de Pátzcuaro. Fotografía: Colección Galicia Rojon.

Las habitaciones poseen techos hasta de cinco metros de altura y conservan pisos originales de tablones y decoración apropiada para un refugio colonial, donde parecen percibirse los ecos y suspiros del ayer, porque allí fue gran mundo de convivencia, tertulias, fiestas e historia de familias de alcurnia. Palacio que miró los minutos virreinales, las horas independientes, los segundos imperiales, los días reformistas, los años porfirianos, los instantes de estallido social y múltiples etapas de la historia nacional, hasta llegar, finalmente, a la hora presente.

Uno cierra el compendio de viajes, el álbum de fotogafías y la libreta de anotaciones con la grata sensación de haber respasado capítulos ya consumidos por la caminata de las horas; pero con la promesa de regresar a Pátzcuaro y disfrutar al máximo una estancia en la Mansión Iturbe, casona vireinal donde es posible el reencuentro con el pasado y la historia en pleno siglo XXI.

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Fotografía de portada e imágenes: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)