Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Renata Sofía, una artista, una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos extraordinarios por su esencia y por lo que son. Silenciosos, navegan en sus sueños y en sus vivencias, en sus sentimientos y en sus ideas, igual que las estrellas que uno mira arrobado cuando es tan joven. Cautiva al mirarla en su taller, entregada a su arte, a la pintura que le apasiona desde que era muy pequeña; pero también llama la atención su figura cuando es dama y, en plena adolescencia, asoma a la ventana y observa el jardín, o al cocinar espagueti y pizza que tanto le gustan y al prepararse con la intención de seguir sus lecciones de taekwondo. Es adolescente. Con la ilusión de toda joven, cumplió 15 años de edad, década y media de una existencia bella y pura, en aprendizaje continuo, con sueños maravillosos e ideales que la transportan a fronteras y mundos prodigiosos. Renata, como le llama su padre, es Sofía, cual es nombrada por su madre, porque, finalmente, se trata de una sola persona, en femenino y todavía en minúsculas, Renata Sofía, quien baila, bromea, canta, ríe, juega, estudia y planea una existencia bella e inolvidable, digna y libre, equilibrada y armónica. Recuerda, por su educación, a aquellas niñas, adolescentes y jóvenes risueñas y amables, virtuosas y dispuestas a ser mujeres, damas, seres humanos, ángeles. Es una persona real que, en la ciudad tan distante en la que vive, mantiene sus ilusiones y confía en que otro día, al amanecer de nuevo, surgirá la oportunidad de volar a horizontes grandiosos. Sabe esperar. Reconoce que la vida empieza cada instante. Se está preparando con la finalidad de acudir, puntual y de frente, a su grandiosa cita con el destino. Anhela vivir intensamente feliz y dar lo mejor de sí a los demás.. Pretende construir puentes y rutas a la cima y a la luz. Uno, al conocer biografías tan maravillosas, suspira y se repite en silencio: “qué bendición tan grande es, sin duda, tener una hija que se percibe es regalo del cielo”.

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Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Laura Giselle, el encanto de una vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cumplió siete años de edad. Es una niña al natural, auténtica, sensible e inteligente, con la nobleza de quien ha descubierto, en el mundo, la fórmula de la esencia y la arcilla, para algún día transitar, libre y plena, a planos superiores. Responde a su naturaleza infantil, a los rasgos, en minúsculas, de su rostro y sus manos, y por eso juega y aprende a vivir. Desde muy pequeña, sorprendió por su léxico tan rico. Aprendió a hablar rápido y a pronunciar cada palabra correctamente, ante el asombro de su familia. Cautivó. Inquieta, original, creativa, demostró, igualmente, cariño y respeto profundo a la vida, los animales, las plantas y todos los signos de la naturaleza. Cuando asomaba a una fuente, a un charco, y descubría una abeja, una libélula o cualquier insecto ahogándose, pedía ayuda a su madre, a su padre o a su abuelo con el objetivo de emprender el rescate con una vara o una hoja seca. Así, entregada a su gesto humano, participaba, en serio, en la aventura de salvamento. Alguna vez, en la ciudad donde vive, una serpiente escapó de su refugio y llegó hasta el patio de la casa de su abuela. Su madre, Karla Paola, al descubrir que el reptil asoleaba cerca de las macetas, dominó la sensación de terror y fascinación que ejercen las víboras y, ante la mirada de asombro de la pequeña, quien tenía entonces cinco años de edad, decidió capturarla y resguardarla en una cubeta de plástico, hazaña de una mujer joven, valerosa, que dio ejemplo a su hija. Ambas dialogaron e investigaron la clase de reptil a la que pertenecía aquel animal con la intención de conocer los riesgos que enfrentaban al mantenerlo cautivo unas horas o tal vez un día. Tenía similitud con las víboras de cascabel, pero madre e hija descubrieron que se trataba de otra especie. Averiguaron el tipo de alimentos que consumía y los depositaron en la cubeta que siempre permaneció tapada y ventilada. Llamaron a los bomberos, quienes por alguna razón, aparentemente de horario o personal, argumentaron que no podrían rescatar ni trasladar al animal a un albergue seguro, y aconsejaron, apresuradamente, que lo resguardaran e investigaran, entre los vecinos, si pertenecía a alguno. Y se marcharon. La joven y la niña acordaron que al siguiente día se trasladarían hasta un paraje natural, entre barrancos y montañas, próximo a un río y una cascada, donde caminaron y liberaron a la serpiente. La niña tiene demasiada imaginación y le encanta leer. Juega, es verdad; sin embargo, algo le embelesa de los libros que se entrega a sus letras, a la información, al conocimiento. Le encantan los caracoles marinos, las flores y los rompecabezas. Karla Paola, su madre, ha hecho una pausa existencial, un paréntesis dentro de su vida, para entregarse por completo a la educación de la niña, y con mayor calidad en una etapa en la que el coronavirus y otros signos, atentan contra la humanidad. La niña y su madre viven un ciclo que vale demasiado. No tiene precio. Se trata de un proceso de convivencia y educación invaluables. Seguramente nunca lo olvidarán. Siempre quedará grabado en la memoria de las dos, en sus sentimientos, en su alma, como un regalo de Dios, y así se construye el camino a la inmortalidad. Por cierto, el nombre de la pequeña es Laura Giselle, y vive en algún rincón del mundo.

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Somos mujeres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas letras las escribí a todas las mujeres del mundo y, en especial, a las damas de cada nación y a las que, para dicha y fortuna mía, forman parte de mi historia

Somos mujeres: niñas que jugamos, reímos y cantamos al natural; adolescentes que bailamos, soñamos y asomamos a los espejos que tanto nos atraen por las imágenes que regalan a nuestras miradas de asombro; jóvenes ilusionadas, felices y enamoradas de la vida y sus deleites, capaces de diseñar y protagonizar una epopeya, un idilio, una vida; solteras por gusto y señoras de corazón; ancianas contentas, con historia y mucho que contar.

Somos mujeres plenas y libres, en minúsculas y mayúsculas, en el agua y en el fuego, en la tierra y en el viento, porque estamos hechas de esencia y barro. Y así somos, un rato alma y otro, en cambio, rostro y manos, fieles a nuestra naturaleza.

Somos mujeres, en blanco y negro y de todos los colores, con fragancias y razones, con sentimientos y delicadeza, y si unas veces lloramos, otras reímos y algunas más aconsejamos o callamos. Nos encantan los rumores y los silencios.

Somos mujeres de cielo y tierra. Estamos hechas de polvo de estrellas y miradas de ángeles, de barro y piel. Poseemos alas y pies, y así volamos y caminamos, libres y plenas, cuando somos pájaros, flores, lluvia, relámpagos y piedras.

Somos mujeres, al natural y maquilladas, con faldas y pantalones, en el estudio, el trabajo, las fiestas y los paseos. Nada impide nuestra realización. Nacemos, vivimos y morimos con la naturaleza y los rasgos femeninos. Es algo que llevamos con orgullo. y valor.

Somos mujeres hechas de pétalos, tersas y suaves, fragantes y policromadas. Si alguien intenta cortarnos o mancillar nuestra esencia y belleza, aparecemos pronto, solidarias y fuertes, y, aquí y allá, nos multiplicamos, leales a nosotras, a lo que somos. Si los matices de nuestro cutis aparentan competir, nuestras raíces se abrazan desde la intimidad de la tierra, y no nos soltamos.

Somos mujeres de ayer, hoy y mañana. Los calendarios, los engranajes y los péndulos de los relojes -todos con apellidos del tiempo-, resultan frágiles e insuficientes ante nuestra fortaleza, y las canas y las arrugas que supuestamente pintan y esculpen los años, no nos doblegan ni apagan nuestra alegría e ilusiones, porque sabemos que son signos no de las décadas, sino de la vida que experimentamos en femenino.

Somos mujeres, damas, abuelas, madres, hermanas, hijas, nietas, amigas y confidentes. Nunca nos cataloguen dentro de las ecuaciones aritméticas, porque no somos más ni menos que los hombres, ni tampoco cifra de posada de una noche ni estadística de colección. Tenemos vida y merecemos ser intensamente dichosas, realizarnos en femenino y como seres humanos íntegros, desde el alma y la mente, hasta las siluetas y el corazón.

Somos mujeres: alma y cuerpo, sentimientos y razón, primavera y verano, otoño e invierno, arcoíris y sol, lluvia y relámpago, viento y hoja dorada, copo que matiza de blanco el paisaje. Y si en nuestros sueños e ilusiones, patinamos sobre la nieve y reventamos burbujas de sueños e ilusiones para transformarlos en realidades, somos capaces de dar lo mejor de nosotras para cumplir nuestros anhelos.

Somos mujeres de paz y guerra, inquietas, originales, creativas, ocurrentes e innovadoras. Hilvanamos historias, tejemos sueños, diseñamos ilusiones, tendemos puentes, construimos escalinatas, dibujamos escenarios, trazamos rutas y esculpimos realidades. Así somos.

Somos mujeres, a veces libros inexpugnables, en ocasiones páginas leídas una y otra vez, y en ciertos períodos, en cambio, volúmenes que invitan a internarse en sus hojas, en su tinta, en sus letras, para compartir una historia bella, cautivante, magistral e inolvidable.

Somos mujeres nobles, amorosas con los compañeros de nuestras existencias, con los hijos que decoran y dan sentido a los días y a los años que vivimos, con la gente del hogar y con las personas de enfrente, atrás y a los lados, porque sabemos que el mayor bien es dar lo mejor de sí a los demás e irradiar luz desde el interior.

Somos mujeres. Si algunos acusan que maquillamos y escondemos nuestra belleza natural con rubores y matices artificiales, no es por arrogancia ni por superficialidad; es, precisamente, con la idea de aplicar un toque lindo y contribuir con Dios a pintar su obra.

Somos mujeres, y aquí estamos siempre, dispuestas a entregar lo más noble de nosotras para que todos, juntos, escalemos al cielo. No roben el encanto de nuestra inocencia cuando somos niñas y adolescentes, no mancillen la juventud y las ilusiones que brotan de nosotras, no amarguen los años que poseemos en la madurez, no desprecien ni maltraten la debilidad, las pausas, la amnesia y la torpeza de la vejez que algún día se apodera de cualquiera. Ayúdenos con su respeto, amor y comprensión.

Somos mujeres. Aborrecemos las cadenas, los barrotes de las celdas, la desconfianza, las notas infieles, los gritos y los tratos bruscos. No somos cosas ni muñecas de aparador. Sentimos, pensamos, hablamos y actuamos por cuenta propia, porque así es nuestra esencia. Tenemos interrogantes y respuestas, sueños y vida.

Somos mujeres con dirección y sentido, tan impredecibles como certeras y auténticas. Simplemente mujeres, con rostros de ángeles y seres humanos, mucho de unos y tanto de otros, con la maravilla de la vida que abre sus ventanales cada mañana y hasta en las tardes y al anochecer y en las madrugadas. Siempre lo somos.

Somos mujeres de aquí y de allá, en todos los idiomas, razas y creencias. Somos mujeres con orgullo. Lo somos por naturaleza y convicción. Tú, yo, ellas, ustedes, nosotras, todas somos mujeres, identidades de una esencia que palpita en el universo, en la creación, en el mundo, con diferentes rostros. Somos mujeres.

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Niños, Adolescentes, Jóvenes: Renata Sofía, la artista*

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es artista. Trae consigo la esencia de la creación, el estilo y la inspiración, la sensibilidad, el amor y la pasión por el arte. Dibuja, pinta y da forma y vida a los materiales yertos.

Escucha la música que tanto le gusta; aunque, en ocasiones, flota en su estudio ese ambiente de rumores y silencios que se percibe en los talleres de los artistas, y hasta a ella se le nota reflexiva, inmersa en sí, entregada a su creación.

Traza figuras y líneas sobre las hojas de papel o en el lienzo, y lo disfruta tanto, que traslada sus esbozos a otras fronteras, a sus sueños, mientras duerme, y a sus mañanas, tardes y noches, entre una hora y otra, porque el artista lleva sus obras en su ser. No renuncia a su arte.

Una vez concluido el dibujo, lo escudriña minuciosamente, lo revisa, lo observa desde diferentes ángulos, y lo perfecciona, si es necesario, hasta que desliza los pinceles, aquí y allá, con la destreza y seguridad de quien se fusiona en su obra, a la que entrega parte de su vida, un trozo de su ser, un semblante de sí, la magia del proceso creativo que emula a Dios y a la naturaleza.

Ella, Renata Sofía, quien a sus 14 de edad ya posee su firma artística que plasma en cada dibujo, pintura y objeto plástico, conserva a su lado, entre libros y papeles de su escuela -la secundaria-, el caballete que su padre mandó fabricar, hace años, a un carpintero, y le regaló un sábado con la idea de estimular su creatividad y talento.

Un día, entre un juego y otro, alguna película y una más, su padre la invitó a pasear y la llevó cargada hasta la carpintería, donde, emocionada, descubrió, a sus tres años de edad, el caballete tan anhelado, el cual, desde entonces, forma parte de sus cosas tan queridas, en su habitación pletórica de muñecas, recuerdos, pinceles, fotografías y libros.

Y los siguientes años de su infancia, supo mezclar los juegos, las tareas, las diversiones, los paseos y el estudio con su pasión innata al arte. Dibujar y pintar son, para ella, prioridad, un gusto, una necesidad, un delirio, la llave que abre la puerta a un cielo infinito.

A los 11 años de edad, por actividades inherentes a la escuela, ya había participado en los teatros de su ciudad natal, a través de las artes escénicas; sin embargo, el dibujo, la pintura y la escultura fluyen en sus arterias, en su linaje, en su alma, en sus sentimientos, en su vida, en sus sueños, en sus ideales y en sus pensamientos.

Su madre y su padre le compran y regalan cuadernos de dibujo, lienzos, pinceles, espátulas, pinturas y materiales con la idea de que prosiga con su trabajo creativo, con sus obras de arte de adolescente.

Renata Sofía, realiza estudios secundarios y aprende Tae Kwon Do, en su país de origen, donde sueña y vive como adolescente, con el anhelo, cada día, de dedicar unas horas al arte, al dibujo, a la pintura, a la plástica.

Sabe que la grandeza consiste en la suma y multiplicación de detalles. Busca soluciones y respuestas favorables a los desafíos, los problemas y las adversidades, y aprovecha la corriente a su favor para crecer y evolucionar. No desconoce que los abismos, barrotes, fantasmas, muros y sombras existen en quienes no se atreven a ser ellos mismos ni a escalar la cumbre para trascender.

El artista es un ser cautivante, prodigioso y especial que conoce la entrada al paraíso y su retorno al mundo, al cual alumbra y guía con su arte que viene de su interior y del cielo sin final. Es un enviado de Dios, una estrella, que anticipa la belleza y los tesoros del infinito. Y Renata Sofía, como artista, promete algo grandioso.

* Niños, Adolescentes, Jóvenes, es una sección de este blog, basada en personajes e historias reales. Es un reconocimiento a las minúsculas que un día serán mayúsculas, a la infancia, a la adolescencia y a la juventud de todo el mundo. Por tratarse de menores de edad, en el texto se omiten apellidos y pueblos, ciudades y naciones de origen.

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Mujeres de siempre: Ana de Lacalle Fernández, la vida de una escritora y filósofa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hilvanó sus días, su historia, su vida. Los primeros años primaverales -entre los 10 y los 12, los de la niñez y el preámbulo de la adolescencia-, transcurrieron entre las paredes del hogar, en la casa, donde sus únicos amigos fueron sus tres hermanos, y sus maestros, en tanto, su padre y su madre.

Como única mujer al lado de tres hermanos, porque la otra, la niña, nacería seis años después, Ana -Ana de Lacalle Fernández- aprendió juegos que entonces, los de alguna década de los 60 del inolvidable e irrepetible siglo XX, eran exclusivos para hombres. Para las niñas eran las muñecas, las casitas, los trastes, las pelotas con dibujos de princesas, soles y estrellas sonrientes, y los juegos de belleza; los niños, por su parte, se entretenían con soldados, carros y balones.

Enclaustrados en casa, ella y sus tres hermanos establecieron un vínculo estrecho que los hizo compañeros de juegos y de una historia familiar y una realidad que, acaso inconscientemente, evadieron; sin embargo, su madre, perteneciente a una familia acaudalada de Madrid, los reunía con la idea de enseñarles lengua castellana, mientras su padre les impartía clases de matemáticas. No estaban escolarizados.

Ana y sus hermanos nacieron en Madrid, capital de España, en “un barrio tan castizo como el de Chamberí”, habitado en los siglos XIX y XX por familias elegantes y refinadas, actualmente atractivo turístico por su arquitectura, historia, museos, gastronomía, teatros y actividades artísticas y culturales; aunque ella admite con una sonrisa: “el rastro que queda de mi origen debe ser mínimo”.

En ocasiones, el álbum y el cajón de las remembranzas permanecen empolvados, en un paréntesis que se llama olvido; pero ella, Ana de Lacalle Fernández, abre sus páginas y sus puertas secretas, y extrae trozos de aquí y de allá, pedazos que quizá naufragan con sus interrogantes y esperan respuestas, como acontece con cada ser humano que recorre los pasillos de su biografía.

Ana describe a su padre y a su madre. Reseña que “mi padre, de profesión marino mercante, fue una persona de carácter contundente y, a la vez, con mucho sentido del humor. Deambuló de trabajo en trabajo, provocando inestabilidad económica y situaciones negativas, hasta que tuvo la fortuna de ingresar a RENFE como interventor”.

Y continúa con la narración: “mi padre nos enseñó matemáticas en casa, ya que nuestra escolarización fue tardía. Mi madre, procedente de familia de alto poder adquisitivo en Madrid, asumió su rol de ama de casa con bastante desventura porque no estaba acostumbrada a pasar estrecheces económicas y eso deterioró bastante su matrimonio que acabó en divorcio cuando yo contaba con 22 años de edad”.

Admite, por lo mismo, que en su hogar vivieron “momentos duros, y estrategias no demasiado conscientes del grupo de hermanos por evadirnos de la situación familiar. No poseo, por lo tanto, esa noción idealizada de lo que fue la infancia como etapa de ingenuidad y felicidad; al contrario, más bien un tropezar continuo con la dura realidad”.

En un ambiente familiar amurallado y acosado por carencias y problemas, ¿es posible sentir y vivir como niño? No entraban otros rostros ni historias por las puertas de la casa porque el mundo eran ellos, el padre, la madre y los hijos. Si los hay, ¿cómo son los sueños, cuáles las ilusiones, qué los ideales?

Ana es quien responde: “soñaba con ser un chico, porque pronto me apercibí de las ventajas que eso suponía y de las oportunidades que te abría en el mundo. De hecho, siempre me “colaba” en las clases de matemáticas que mi padre impartía a mis hermanos para poder ser como ellos, en el sentido de tener acceso a todo lo que podía aspirar el sexo masculino. Jugaba con mis hermanos, niños, sobre todo; sentía repulsión por el supuesto rol que debía asumir como niña y me infiltré también en las partidas de ajedrez entre los hombres de la casa. Algo debía intuir de que mi potencial intelectual era lo único que me podía permitir llevar una vida opuesta a la que nuestros padres nos daban”

Y en esa época, “más que escribir, en el sentido creativo, pasaba muchas horas copiando a mano, de libros, biografías de personajes célebres que me sirvieron para ejercitar mi comprensión lectora y lingüística”, explica.

Si a la niñez no la acompañaron las burbujas de cristal, jabón y agua que quedan grabadas en la memoria, en los sentimientos, en la biografía, ¿cómo fue el tránsito a la otra estación, a las horas y los años de la adolescencia?, pregunta uno al repasar la historia de Ana, al mirar a los seres humanos, y es su voz la que surge: “la adolescencia, como muchas, fue convulsa. Adquirí más conciencia de la situación de precariedad en la que habíamos vivido, entiendo que por malas artes de mis padres, y además empecé a comprender que había que estar atenta a las relaciones que establecías, de quién te fiabas y, finalmente, un sentimiento profundo de soledad ante una existencia que debía reconvertir en algo mucho más estimulante a partir de mi esfuerzo”.

De esa manera, tras un lapso de silencio, como quien horada en su ser para encontrar respuestas, argumenta: “compatibilicé estudios de bachillerato con dar muchas clases particulares para cubrir mis gastos y la carrera de Filosofía con una jornada laboral de 40 horas. Mi objetivo era labrarme el tipo de vida que creía me podía resultar estimulante, y estudiar Filosofía fue mi primera opción que orientó ese futuro, y la docencia durante 24 años una actividad vocacional y profesional de la que aprendí mucho”.

Añade que “sobre lo que me gustaba hacer, en un sentido de ocio, no me planteaba escribir, porque además del trabajo y el estudio hacía de voluntaria como monitora con adolescentes -¡dos años menores que yo!, ¡eran otros tiempos!- en un centro de educación de tiempo libre de mi barrio en L’Hospitalet -Barcelona- La verdad es que, paradójicamente, no tenía tiempo libre”.

Tras escuchar la historia de una infancia enclaustrada, en un mundo pequeño en el que los protagonistas fueron el padre, la madre y los hermanos, con limitaciones económicas y conflictos, uno imagina la experiencias y sensaciones que vivió una mujer al ingresar a la sociedad con sus luces y sombras, con sus sentidos y contradicciones.

Ana de Lacalle Fernández dice: “inicié mis estudios en lo que ahora equivale a 5º de primaria en una escuela pública, 6º y medio 7º en una de monjas… medio curso de séptimo, yo en mi casa, y 8º en otro colegio de monjas de L’Hospitalet. De hecho, cuando nos mudamos a Cataluña, fue cuando nos escolarizamos. El bachillerato -antiguo BUP y COU- en el Instituto Juan Boscán de Barcelona -los mejores años para mí- y Filosofía en la Universidad Central de Barcelona”.

Con tantos contratiempos, encrucijadas y ocupaciones, uno pregunta, sorprendido, ¿a qué hora de su existencia sintió la pasión de escribir? ¿Cómo germinó en ella la pasión por las letras? Fue en la adolescencia, reseña, “sobre todo la poesía que he cultivado siempre en el terreno de la privacidad. También relatos y posteriormente borradores de ensayos filosóficos; aunque no fue hasta los 49 años de edad que tuve oportunidad de dedicarme con más intensidad a este aspecto que entiendo como totalmente complementario de la docencia. Si tú no lees y te vas replanteando cuestiones, si no tienes una vida interior en movimiento, es imposible transmitir pasión a los alumnos por lo que intentas aproximarles que, en mi caso, era la Filosofía”.

Analítica, reflexiva, observadora, Ana manifiesta que para ella resultaron “muy estimulantes las profesoras que tuve de lengua castellana, tanto en 8º como durante el bachillerato, y el hecho de haber conseguido un reconocimiento por un relato en el Instituto, me hizo plantearme que tal vez, leyendo mucho más, podría llegar a aprender a escribir razonablemente bien. Aunque no tuviese demasiado margen para leer novela, sí intenté leer lo que pude durante la carrera. Sabía que era un previo imprescindible para poder llegar a crear algo propio”.

La autora de Aforismos y Existo para vivir, recalca que le es preciso aclarar que Filosofía del reconocimiento, disquisiciones desde el abismo es el nombre de su blog. Desde que lo inicié, antes con otro nombre, creo que podría hacer un recopilatorio de artículos para más de un libro. Así, además de las obras mencionadas, he publicado un opúsculo con Bubok en formato digital y en papel, cuando la plataforma era gratuita, que es una reflexión sobre el uso de las TIC y el irrenunciable liderazgo del profesor para que se produzca un proceso de aprendizaje. Se titula El príncipe destronado. El liderazgo del profesor, y en este momento se puede descargar gratuitamente desde mi blog. Tras esto, colaboré en una antología junto con profesores universitarios y de institutos en defensa de la enseñanza de la Filosofía y en general de las Humanidades, como una urgencia que si se menosprecia, nos inducirá a deshumanizar aún más el mundo. Lleva por título Huérfanos de Sofía, y fue publicado por Ed Fórcola, en Madrid, en 2015. Una novela que es una autobiografía ficcionada, Híbrido, respaldada por Editorial Adarve, en 2018, y una antología de relatos y poesía colectiva titulada Tren sin parada, en Letras&Poesía, en 2019. Además de las dos últimas obras mencionadas por ti, Aforismos y Existo para vivir, colaboro en diversos blogs y revistas, donde publico periódicamente”.

El primer libro que Ana de Lacalle Fernández publicó es El príncipe destronado, el liderazgo del profesor, por Editorial Bubok. Le fascina escribir “relatos breves y largos, novelas, siempre en un intento de fusionar estos géneros con la reflexión filosófica. Lo primero que publiqué fueron ensayos y no descarto volver en algún momento”.

Le interesa dirigir sus obras “al público en general que obviamente tenga interés por las temáticas que se abordan, que son siempre desde una perspectiva filosófica, pero para su lectura no se requieren conocimientos filosóficos en el sentido académico. De momento”.

Se considera una autora afortunada, a quien han ofrecido colaborar en antologías “o me han propuesto publicar algo que tuviera escrito. Aunque las cosas no funcionan así normalmente. La única vez que presenté un libro a dos editoriales, ambas me dijeron que sí. Quiero dejar claro que no pago por publicar, no hago ni autopublicación -excepto el primer opúsculo que fue gratuito- ni coedición. Aunque también debo dejar claro que no me quedo con las regalías de mis libros; las cedo, según las circunstancias”.

Escribir “es un trabajo duro, porque exige mucha disciplina, lectura y no siempre se trasluce en el resultado el esfuerzo y la dedicación que has puesto en ello. No lo entiendo tampoco como una experiencia por definición catártica. A menudo, durante la escritura de un libro, la identificación con situaciones o personajes te altera la sensibilidad y duermes peor, sientes una cierta insatisfacción de no acabar de encontrar aquello que haga relevante la obra y estimula mucho más la actividad intelectual y, por tanto, emocional. Pero es inevitable, como pensar, analizar, escudriñar…”

Como escritora, ¿cuál es tu fórmula, Ana?, le pregunto, también como artista y autor de libros, y contesta: “no sé si entiendo bien la pregunta, pero escribo sobre lo que espontáneamente me hierve en el interior y siento la necesidad de ordenar y darle forma para ahondar en ello y alcanzar una comprensión mayor”.

Me interesa conocer más sobre sus obras y le pregunto si tiene otros proyectos literarios. “Una novela -responde-, con la que llevo un año y creo que aún no he hallado ese rasgo relevante del que hablaba antes. Un par de antologías para las que mandé los relatos y que desconozco en qué punto se hallan, Y hacer una incursión en el ensayo filosófico, aunque este proyecto es el menos hilado, pero tal vez es lo que más fluye de mi interior… esa espontaneidad de la que hablaba anteriormente”

Los artículos y textos de Ana son ampliamente leídos en su blog, que fundó “a raíz del movimiento 15M, porque desde la situación en la que me hallaba, me pareció que era la única aportación que podía hacer: denuncia y crítica de las sociedades deshumanizadas. Aunque posteriormente he ido incorporando otros géneros, es un tema recurrente en mi obra. El proyecto era el blog en sí mismo, aunque a partir de ahí se me abrió todo un mundo de posibilidades”.

Se autodefine en ciertos rasgos: me considero la eterna finalista que siempre tiende a desviarse algo de la ortodoxia y que impide premio exclusivo. Aunque sí obtuve el de la escritora más leída del año 2019 del colectivo Letras& Poesía. La verdad es que tampoco me presento a concursos, excepto si alguien, por lo que sea, me pide explícitamente que lo haga. La edición la tengo resuelta y el dinero no me interesa, tengo de sobra para vivir -aunque esto siempre es subjetivo-“, aclara.

Quienes venimos de otros años, de minutos y días en los que tener un libro en las manos y hojearlo, leerlo, resultaba una aventura, saborear el arte y el conocimiento, tenemos capacidad de adaptarnos a los medios de la hora contemporánea, como las obras digitales; sin embargo, entre aquella añoranza que uno experimenta, le pregunto si encuentra diferencia: “Ufffff… obviamente el formato, pero personalmente soy incapaz de leerme un libro digital, como mucho algún artículo. La magia de tener y palpar un libro en papel y las palabras con las manos, es para mí, insustituible”.

Ana de Lacalle Fernández, la escritora, la filósofa, envía un mensaje a las mujeres del mundo. Las invita a “que no se coarten ellas mismas por el hecho de ser mujeres. Que confíen en su capacidad y potencial y luchen por aquello que consideran valioso para ellas”.

Y agrega que para tener éxito, ser feliz y dejar huella en la vida es preciso “ser buena persona, es decir tener una voluntad, un querer bueno indisociable de que somos nosotros en relación con los otros, con la alteridad y que solo así podemos edificarnos como humanos. La palabra éxito la eliminé de mi diccionario hace tiempo porque está asociada al triunfo socioeconómico en un sistema capitalista, y eso es un fulgor engañoso”.

Como siempre, un minuto sustituye a otro y a muchos más y se transforman en horas. Ana y yo casi terminamos el diálogo, la breve entrevista para conocer su historia, su perfil, su biografía, sus rasgos de mujer de siempre. Evita retroceder a los días de antaño para rescatar alguna anécdota. Advierte, segura de sí: “la verdad es que tengo la mala suerte de olvidar fácilmente lo anecdótico, tal vez porque solo es eso, anécdota, algo circunstancial e irrelevante”.

Termina con la siguiente reflexión: “quizá, si no hubiera ejercido como profesora durante tantos años, mis obras serían muy diferentes, ya que la voluntad de sostener un diálogo socrático para que de él emerjan las propias verdades -este subjetivismo no es nada socrático, pero si el método, el espíritu didáctico-, me acompañaron y proporcionaron un sentido”. Ella es Ana de Lacalle Fernández, con su historia, su filosofía y sus obras, una mujer de siempre.

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Blog de Ana de Lacalle Fernández: https://filosofiadelreconocimiento.com/

Mujeres de siempre: Olivia Kroth, la escritora

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El lector de libros es un aventurero infatigable que navega a una ruta y a otra del arte y el conocimiento. Es un caminante inquieto, un pasajero que se sumerge en las profundidades insospechadas de las páginas, en la tinta, en el papel, en las letras, y explora sentimientos e ideas que alimentan su alma, su cerebro, su ser.

Entra, el lector, a sueños grandiosos e inesperados, abre las puertas de la sabiduría, derrama sobre sí el arte. Descubre, al leer, senderos inimaginables que creía, por lo mismo, inexistentes, y dan sentido real a sus días, a su búsqueda, a su evolución, a su vida. Se recrea con cada libro que repasa y así, al cabo de las mañanas, las tardes y las noches, ya vivió mil existencias en una sola y justifica su paso por el mundo.

Quien escribe libros, es eso y más. Es el autor, es el artista, es el personaje, es el intelectual, y eso lo vuelve irrepetible. Es el hombre y la mujer, la mujer y el hombre, alguien que ha trascendido y desliza el bolígrafo sobre las hojas de papel u oprime las teclas de la computadora con la intención de plasmar ideas, reflexiones, sentimientos, experiencia, sueños y realidades.

El escritor, hombre o mujer, posee el encanto y la magia de crear historias, regalar burbujas de sentimientos, ofrecer sueños e ilusiones, acercar otros cielos y mundos a la comprensión humana. Como que el autor posee las llaves de paraísos e infiernos y es, al mismo tiempo, explorador de la vida y la muerte, de lo tangible y lo intangible, de la esencia y de la arcilla.

De linaje alemán y ruso, con residencia actual en Moscú, la escritora Olivia Kroth es autora de cuatro libros, y es ella quien relata la historia de sus obras y su entrega a las letras, al arte y al conocimiento.

Elegante, culta, distinguida, como la han definido los lectores de las dos entrevistas previas a la actual -https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/06/15/mujeres-de-siempre-olivia-kroth-escritora-y-periodista/ y https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/07/16/mujeres-de-siempre-entrevista-a-olivia-kroth-recuerdos-de-los-juegos-olimpicos-de-verano-de-1972-en-munich-alemania/)-, Olivia Kroth es una mujer con apertura al diálogo. Es respetuosa. Actúa de manera natural, auténtica, con la sencillez de aquellos seres humanos que han alcanzado la grandeza y la maestría en la vida, y saben, por añadidura, que cada instante es una oportunidad para aprender, dar lo mejor de sí, evolucionar y dejar huellas indelebles. Responde con precisión a las preguntas formuladas:

Autora de cuatro libros publicados, se refiere específicamente a sus tres primeras obras y anticipa que “se orientaron a un tipo de audiencia específica, a los lectores de las montañas Taunus y del área de Rhein-Main, región hermosa que se localiza alrededor de Frankfurt am Main, donde se encuentra, precisamente, la editorial Societäts-Verlag, empresa dedicada a la publicación de títulos locales”.

Esa editorial, agrega, obtiene su principal ingreso económico a través de la impresión de periódicos. “Producen grandes volúmenes de impresiones, principalmente del Frankfurter Allgemeine, un conocido medio de comunicación de tipo conservador que es leído en toda Alemania”.

Y prosigue: “miré el catálogo de libros publicados por la editorial y establecí contacto con sus directivos. Me atreví a hacerlo porque era mi deseo y mi sueño escribir y publicar. Aceptaron mi planteamiento inicial para la edición del primer libro, respuesta que evidentemente me motivó a escribir la obra y publicarla en 2001. Su título es Castillos de hadas y residencias de poetas en las montañas Taunus.

“Mi siguiente libro, Viajes en el tiempo en las montañas Taunus, fue publicado un año más tarde, en 2002. Posteriormente, en 2004, fue editada mi tercer obra bajo el título En la corriente temporal del río principal“, explica la autora.

Reflexiva, abre el cajón de los recuerdos, y expresa, al citar su cuarto libro publicado –Tote tanzen nicht/ Los muertos no bailan-, que en realidad “no hubo ningún acontecimiento especial que me motivara a incursionar en la novela, solo el deseo de escribir y probar algo diferente. Después de haber escrito tres libros de no ficción, me incliné por la novela, acaso por ser una ávida lectora de thrillers, es decir de obras de suspenso e intriga. Pensé que podría escribir una novela. Para mí, representó un nuevo tipo de escritura, desde luego con una historia de ficción situada en las montañas Taunus y en Frankfurt am Main, situación favorable para que Societäts-Verlag lo publicara por tratarse de literatura regional”.

En aquella época, cuando escribía la novela, rememora Olivia, “vivía en un pueblo llamado Köppern. Hay una clínica psiquiátrica, oculta en el bosque, cerca de la estación del trenKöpperner Tal. Cuando viajaba a Frankfurt, abordaba ese tren; además, todas las mañanas solía caminar por el Valle de Köppern para llegar hasta la escuela donde impartía clases de literatura inglesa y alemana”.

Con qué emoción y sencillez recuerda Olivia aquellos años y el valle que le encantaba y era apacible y hermoso a toda hora, en cualquier estación, en primavera, verano, otoño e invierno. Arrobada por el paisaje mágico y ensimismada en sus cavilaciones, diseñó una historia situada en el valle, en torno a la clínica psiquiátrica de Köppern.

Informa que su novela inicia a principio de otoño y concluye en postrimerías de invierno, de manera que “escribí múltiples escenas de ambas estaciones en el bosque. El trágico final ocurre en Fastnacht, precisamente en febrero, época del carnaval en Alemania”.

Cita la autora que “hacia atrás, Köppern tiene una historia oscura y trágica. Los lugareños guardan silencio al respecto, probablemente porque están avergonzados. Esta clínica solía ser de exterminio durante la época nazi. Los pacientes con enfermedades mentales murieron. Les aplicaban inyecciones de veneno letal. Cada vez que pasaba por esta clínica, tenía una sensación tan extraña, como si los muertos no estuvieran realmente muertos, como si me susurraran. Así fue como se me ocurrió la idea de elegir a una enferma mental de la clínica como heroína principal de mi libro”.

No obstante, “la novela está ambientada en el siglo XXI. Es una novela moderna. No me atreví a mencionar ningún hecho histórico sobre la clínica, porque vivía en el pueblo de Köppern y no quería convertir a los aldeanos en mis enemigos. Además, mi editor me advirtió que no mencionara en absoluto la época nazi. Por supuesto que no lo hice. Quería ver mi libro publicado. Esto era importante para mí”.

Considera que su obra “es un thriller, una novela familiar y un retrato de la sociedad. El personaje principal es Olga, una paciente de día en la clínica psiquiátrica de Köppern. Vive en la ciudad vecina de Bad Homburg y viaja tres veces a la semana en tren a la clínica psiquiátrica de Köppern para recibir terapia. Es una mujer pobre que vive en muy malas circunstancias. Los últimos 100 metros, desde la estación de tren hasta la clínica, tiene que caminar por el Valle de Köppern”.

De camino a la clínica, “pasa por la villa de una pareja rica, Peter e Ingrid Gessmann. Olga siente envidia por la buena vida y el lujo de la pareja. Peter es un consultor empresarial próspero y rico. Su segunda esposa, Ingrid, es joven, atractiva y le encanta llevar una buena vida. Ella engaña a su marido, mientras él está en el trabajo. El hombre no sabe nada de su doble vida. Ella cree que la única decepción de él es Harald, el hijo de su primer matrimonio. Harald es un estudiante perpetuo en la Universidad de Frankfurt am Main. En lugar de estudiar economía para hacerse cargo del negocio de consultoría de su padre, Harald prefiere pasar sus noches en un círculo celta, donde baila y canta canciones con un druida celta. La cuarta persona que vive en la hermosa villa, además de Peter, Ingrid y Harald, es la anciana y silenciosa ama de llaves, Hermine, quien guarda su propio secreto oscuro”.

Al referirse a Hermine, el ama de llaves, Olivia menciona la declaración de la mujer tras asesinar a su padre enfermo, quien se encontraba en un lecho: “incluso en la muerte sigues pareciendo estúpido. No me mires así”. Lo asfixió con una almohada. Y aclara la escritora que “lo odiaba porque había abusado de ella sexualmente, cuando era una niña”.

Y así, “la envidiosa y loca paciente mental, Olga, encuentra la manera de entrar a la villa, haciéndose amiga del ama de llaves. Roba una llave de repuesto y joyas a espaldas. de la mujer. Cuando Hermine se entera de la falta de la llave y las joyas, ya no deja que Olga vaya a visitarla a la villa. Olga está furiosa”, relata Olivia, quien destaca que la demente diseña un plan diabólico para asesinar a todos, “a esos bastardos que viven en la villa”, y pretende llevar a cabo su proyecto “durante la noche de Fastnacht, que es de carnaval”.

De improviso, Olivia hace un paréntesis en su narración y declara que debe detenerse en ese punto porque resulta preferible no revelar más detalles acerca del final de la obra. Piensa que la curiosidad y la tensión que genera la historia debe continuar, hasta motivar al público a comprar el libro y leerlo.

Reconoce que para su gran sorpresa, “las reacciones de los críticos fueron excelentes. De hecho, muchos periódicos de la zona publicaron reportajes positivos sobre mi thriller”. En el Frankfurt Live, por ejemplo, leyó lo siguiente: “su felicidad parece perfecta cuando Peter e Ingrid Gessmann se mudan a una villa solitaria en Taunus. El anciano consultor de gestión quiere disfrutar el lujo que tanto le costó ganar con su joven esposa en el idílico pueblo de Köppern. Ya está planeando su jubilación. Se pueden encontrar soluciones para todos los problemas, piensa. Pero el idilio es frágil. Se verá arrastrado a un vórtice de mentiras”.

En tanto, el crítico de Main-Post, escribió: “Olivia Kroth despierta curiosidad por su primera novela. Escribe sobre deseos ocultos y tendencias criminales con consecuencias fatales para las víctimas y los perpetradores. La autora presenta figuras y escenas de forma visual. Las ubicaciones del thriller regional son auténticas: Köppern y Bad Homburg en las montañas Taunus y la metrópolis de Frankfurt Rhein-Main. La novela se basa en una investigación exhaustiva en varios lugares. La escritora, incluso, habló con profesionales de la salud y un asesor fiscal local”.

Höchster Kreisblatt, publicó esto: “el lector es un invitado a lugares donde a la gente demsiado rica y chic le gusta pasar el tiempo. Los eventos, registrados en un hermoso lenguaje, tienen lugar en el Valle de Köppern, el Taunus Spa de Bad Homburg, el Palm Garden, el Covered Market y otros lugares conocidos de Frankfurt am Main”.

El crítico de Bad Vilbel New Press, comentó que “los personajes principales están meticulosamente elaborados. Cada uno de ellos es complejo. Crees que los conoces a todos: el anciano y exitoso hombre de negocios con una segunda esposa demasiado joven, el hijo inepto de su primer matrimonio y la engañosa pareja menor, el ama de llaves silenciosa con su oscuro secreto, el druida autoproclamado, un gurú bienvenido en una época en gran parte sin sentido”.

Al crítico de Wetterauer Zeitung, “también le gustó mi caracterización de las personas”, y hasta mencionó que “la autora traza el destino y los caminos de la vida de los personajes de la novela de una manera muy sensible y con mucho amor por la psicología. La acción de este emocionante thriller psicológico está incrustada en la región entre Rhein y Main”.

Wiesbadener Kurier, elogió la caracterización realista: “la autora Olivia Kroth convence con sus finas habilidades de observación. Ella representa las figuras completamente contrarias de una manera extremadamente realista. Estos estudios ingeniosamente entrelazados sobre la atmósfera y el medio ambiente son tan interesantes que el lector apenas notará que se acerca el desastre final. Solo notará la catástrofe en el último segundo, al igual que todas las figuras involucradas”.

Frankfurt New Press, por su parte, enfatizó la psicología de la novela al indicar que con Tote tanzen nicht, ella, Olivia Kroth, “pinta el cuadro psicológico de una familia que vive en su propio cosmos. Incrustados en la atmósfera rural de los Taunus, sus esperanzas y sueños terminan en una red mortal de amor, lujuria y ambición. Todos buscan la felicidad a su manera, pero la danza, en la que quedan atrapados, termina fatalmente”.

Frankfurter Rundschau, destacó el estilo narrativo: “Olivia Kroth sabe cómo hilar ingeniosamente los hilos de su telaraña. Es particularmente fascinante cómo los aprieta cada vez más, hasta que los protagonistas quedan atrapados en él. Al final, ya no pueden bailar, a menos que sea una danza de muerte”.

En Vilbeler Anzeiger, Olivia leyó este artículo: “¡no temas a la muerte! Tantos ya están muertos, usted también puede morir. Todo el mundo ha podido morir hasta ahora, incluso un idiota como tú, como yo, puede morir si tiene que hacerlo”. Y explica que Olivia Kroth colocó esta cita de la novela Codicia, de la ganadora del Premio Nobel, la escritora austríaca Elfriede Jelinek (2004), como lema en la primera página de su thriller: Tote tanzen nicht. “Con más pasajes humorísticos, la autora le da a su obra una nota trágico-cómica”, señala el medio.

El crítico de Babenhäuser Zeitungm, señaló: “la autora Olivia Kroth ha convertido su ciudad natal en las montañas Taunus en una escena de crimen. Así sigue el rastro de su famosa colega Donna Leon, que vive y escribe en Venecia”.

Tras citar algunas de las reseñas que hicieron los críticos acerca de su novela, la autora da a conocer que presentó sus obras, cada año, en la Feria del Libro de Frankfurt, “en el stand de Societäts-Verlag, entre 2001 y 2007. Fue una experiencia extraordinaria. Me encanta el ambiente de las ferias del libro. Es muy emocionante conocer a vendedores y compradores de libros, lectores y agentes. Me senté en el puesto, bebiendo té con mi editor o deambulando entre los puestos de otras editoriales. Había muchos libros nuevos por descubrir y gente interesante por conocer”.

Completa la idea al decir que también “presenté mis libros en las lecturas. Tuvieron lugar en muchos lugares diferentes de la región de Rhein-Main: en librerías, cafés, bibliotecas, escuelas y ayuntamientos. Los lugares más exóticos eran un antiguo molino reconvertido en restaurante y una estación vetusta de tren, que se había convertido en centro cultural. Algunos de los organizadores fueron muy amables. Ofrecieron bebidas y bocadillos gratis al público y, por supuesto, a mí, durante el intervalo o después de la lectura”.

“Normalmente leo 50 minutos; luego respondo las preguntas de los lectores y firmo libros. Mi tarifa, en ese momento, era de 200 euros por lectura. El número de audiencia varió. El mínimo era de seis personas, el máximo de 120. El promedio habitual se situaba entre 40 y 60 asistentes. Me encantaron estas presentaciones de libros. Hablar con los lectores siempre es interesante. Aprendí mucho de ellos, escuché lo que les gustaba y lo que no les gustaba de mis libros. Era motivo de reflexión”, responde Olivia.

Evoca que un anciano dijo “¡na, endlich passiert ja mal estaba en dem Buch!”, lo que significa “¡así que finalmente algo está sucediendo en este libro!”. Ese hombre “era un fanático de la acción rápida y no apreciaba mis descripciones de la naturaleza o los lugares. Los encontró largos y tediosos. Sin embargo, al finalizar la lectura, compró un libro y me pidió que lo firmara. Encontré esto asombroso. Siempre recordaré su exclamación e intentaré propulsar la acción a un ritmo más rápido en mi próximo thriller”.

Opina la autora: “definitivamente quiero llegar a un mayor número de lectores, e incluso al público internacional, en el futuro. Sin embargo, no creo que se reimpriman los tres primeros libros. Estas guías culturales solo son leídas por lectores locales. Con la novela es diferente. Los personajes, sus problemas y sus vidas son de interés general, ya que forman parte de la humanidad. Todos encontramos el éxito y el fracaso, el amor y el engaño, la felicidad y la tristeza, en el curso de nuestras vidas. Como señaló mi gran colega de Austria”, ganadora del Premio Nobel de Literatura, Elfriede Jelinek, “todos moriremos. Algunos mueren antes, otros más tarde, según su estilo de vida y las circunstancias que encuentren. Pero la muerte es algo seguro que nos espera”. Y esto “es tan evidente, que decidí colocar su famoso bonmot al comienzo de mi novela”.

Añade la escritora: “siempre comencé las presentaciones de libros con esta cita. Hizo reír a mi público, aunque la novela Tote tanzen nicht no es tan divertida, tiene un final triste y trágico. Sin embargo, las partes pueden entenderse como una especie de baile macabro, y puedes reír o llorar, como desees. Probablemente tengo un temperamento satírico. Quizás debería incorporar la sátira nuevamente en mis trabajos futuros. Me queda bien, ya que siempre trato de ver el lado cómico de la vida, no solo las tragedias, pequeñas o grandes, que todos encontramos. Dado que estoy en proceso de mudarme a Rusia de forma permanente, quiero reimprimir mi novela Tote tanzen nicht en ruso. Con la ayuda de un agente literario internacional, me gustaría vender el libro en diferentes idiomas y ediciones extranjeras. Este es un proyecto nuevo y emocionante para mí. Estoy trabajando en eso”.

Como artista e intelectual, confiesa: “sigo escribiendo. Soy escritora, no puedo vivir sin escribir a diario. Desde 2014, he estado escribiendo artículos periodísticos sobre Rusia para varios medios de internet. Quiero publicarlos en un libro, en 2024, con el título Rusia espléndida bajo el presidente Vladimir Putin”, y con el subtítulo Una crónica de la década 2014-2024. “Esta será una colección de mi trabajo periodístico, no ficción”.

Adelanta que tiene planes de escribir y publicar más obras de ficción. “Quiero escribir cuentos y otra novela en Rusia. Se colocarán en un entorno ruso. Ya tengo algunas ideas, pero sería demasiado prematuro hablar ahora de tales proyectos. Prefiero presentar los libros cuando se publican, no hablar de su contenido con anticipación. Además, las ideas cambian a menudo en el transcurso de la escritura. Suceden cosas imprevistas con bastante frecuencia”.

Auténtica y clara, la escritora asegura: “valoro mucho los libros impresos. No me gusta leer ediciones digitales. Es cuestión de gusto personal. Creo que los libros impresos y las ediciones digitales se adaptan a una diversidad de gustos, a diferentes lectores, y ambos seguirán existiendo. Seguramente escribiré el texto tipográfico en mi computadora, ya que ahorra tiempo y es mejor para leer. Mi letra es bastante jeroglífica. Además, puedo cambiar pasajes fácilmente en la computadora, mover capítulos hacia adelante o hacia atrás, según sea necesario. Todo este trabajo es mucho más difícil en manuscritos. Sin embargo, me encanta tener un libro publicado en mi mano, mirar la foto de la portada. A menudo, las ediciones impresas son bastante artísticas. Amo las portadas de mis cuatro libros. Creo que Societäts-Verlag hizo un muy buen trabajo profesional. Además, deseo ver las filas de mis libros en los estantes de libros, en mi propio estante de libros en casa, así como en los estantes de libros de bibliotecas y librerías. Me da este sentimiento muy especial… ¡Ah, lo has logrado, estás ahí!”

Reflexiona en el sentido de que “los libros pueden enriquecer las vidas de las personas de muchas formas. Son entretenidos, pasamos el rato en buena compañía con la obra de un autor que nos gusta. Los libros también pueden ser educativos, podemos aprender con los libros. Estoy usando libros en ruso para estudiar ruso. También me gusta leer cuentos, thrillers, novelas históricas y autobiografías en mi tiempo libre. Los libros son mi medio favorito. Otras personas prefieren el cine o el teatro. Yo no. Me gusta quedarme en casa y relajarme en el sofá con un buen libro, o me siento en mi escritorio y estudio el vocabulario y la gramática rusa con un manual. Además, leer un buen libro aporta un cierto beneficio para la salud. La lectura ejercita el cerebro. Tiene un efecto positivo a largo plazo y ayuda a prevenir la enfermedad de Alzheimer. También amplía nuestro vocabulario y el uso de estructuras de oraciones complejas. Me gusta leer a autores que escriben oraciones largas: Heinrich von Kleist, Thomas Mann, Lev Tolstoi y otros. Me enseñan a estructurar frases elegantes y largas, sin perderme en el laberinto del lenguaje. Esto es de especial interés para mí como escritora”.

Destaca que para ella, “el secreto para escribir una novela es llegar hasta el final. Esto no es tan fácil como parece. Algunos escritores se quedan atrapados en algún punto intermedio y se rinden. O descubren que lo que han escrito es un completo desastre. Algunos escritores dicen que escriben sin un plan, prefieren seguir la corriente. ¡Yo no! Soy una persona muy ordenada y estructurada. Necesito una trama y un plan ordenados y estructurados. Mientras escribo, puede ocurrir que me desvíe aquí y allá. Al principio, sin embargo, la estructura es de suma importancia para mí”.

De esta manera, “cuando escribo un thriller, pienso primero en el último capítulo. Decido cómo terminará esta novela. ¿Quién morirá, quién sobrevivirá? ¿Cómo y por qué? Esta es la parte más importante de la trama. El segundo aspecto más importante es cómo llegar desde el principio hasta el final sin que los lectores sepan lo que les espera en la última página. Debería ser una completa sorpresa. Te guardas el secreto para ti. Juegas tus cartas cerca del pecho. Nunca divulgues demasiada información en el capítulo que estás escribiendo. Lo mínimo es lo mejor, lo suficiente para impulsar la trama hacia el siguiente capítulo. Otro aspecto importante es la caracterización. El héroe o la heroína debe ser un ser humano, ni un superhombre ni una supermujer. Me parece más convincente si tienen virtudes, además de defectos. Los otros personajes deben agruparse en torno al protagonista, ya sea que estén de su lado o en su contra. Intento no introducir demasiados personajes al principio. En mi opinión, es mejor insertarlos lentamente, uno tras otro, con intervalos entre ellos. En mi thriller Tote tanzen nicht, todos los personajes no son ángeles ni villanos. Olga está enferma y frustrada, pero no es realmente una mala persona, aunque al final se convierte en una asesina. Peter Gessmann tiene éxito en su negocio, pero es bastante ingenuo en asuntos privados, especialmente en el amor. Su joven esposa Ingrid es una persona superficial y voluble. Sin embargo, esquía bien y se ve bien, si quieres contar esto como ventaja. Harald es un estudiante perpetuo porque no es un intelectual, sino un místico. Su padre realmente no lo comprende. Hermine, el ama de llaves, asesinó a su padre, pero tenía una buena razón para hacerlo. Al menos, lo hace con discreción, y él no sufre por mucho tiempo”.

Convida parte de su fórmula al exponer que “para cada personaje de mi novela, tengo una hoja informativa. En el lado izquierdo escribo las buenas cualidades, en el lado derecho los defectos. Intento equilibrar ambos lados. Esto es realista, ninguna persona es solo buena o solo mala. Las buenas cualidades pueden, incluso, estar enterradas en los corazones de los asesinos, lo crea o no. Así que no representé a Hermine y Olga como villanos. Son mujeres con problemas: mala salud, falta de dinero, frustración, enfado, envidia, porque se sienten maltratadas y no pueden vivir del lado soleado de la vida. No apruebo el asesinato. Lo hago plausible por la forma en que escribo. Hay más aspectos a tener en cuenta al escribir una novela: atmósfera y entorno, escenario, tiempo y ritmo, lenguaje y estilo. Algunos escritores famosos dan talleres online en los que explican el arte del oficio. Vale la pena mirar estos videos. Debo admitir que me encantan los escritores originales con ideas y temas inusuales, lenguaje y tratamiento de personajes inusuales. No quiero seguir el camino trillado yo misma. Mis próximos libros traerán cambios. Ciertamente, nunca escribiré fantasía o ciencia ficción. Lo que sí quiero probar son historias y una novela histórica sobre una gran personalidad rusa. No les diré a quién me refiero. Seguirá siendo un secreto por ahora”, y completa al decir que aparte de eso, cree en el lema de Voltaire (1694-1778): “se permite todo tipo de escritura, excepto la aburrida”.

Sonríe contenta, sencilla, profunda, como se muestra alguien que ha hecho de la vida algo extraordinario y valioso. Tiene planes literarios. Nadie duda de su éxito porque ha trabajado para lograrlo. Es una mujer que no se ha distraído en asuntos baladíes ni en cosas superficiales. Sabe que la vida apenas alcanza para trascender o perderse, y ella, la inolvidable Olivia Kroth, ha elegido la ruta hacia la cumbre. Sin duda es una mujer de siempre y uno puede aprender mucho de ella.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

Olivia Kroth, periodista y autora de cuatro libros, vive en Rusia. Su blog: https://olivia2010kroth.wordpress.com

Mujeres de siempre: Cynthia Angélica Ayala Jiménez, una historia de ilusiones, sueños y realidades

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“…cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente…” Cynthia Angélica Ayala Jiménez

“Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”. Cynthia Angélica Ayala Jiménez

Un día, en 1994, salió de la oficina del director del periódico, con la alegría juvenil y la ilusión de una universitaria recién egresada de abrirse paso en la vida y realizarse como mujer, profesionista y ser humano.

El director del periódico El Sol de Morelia, Armando Palomino Morales -don Armando, como le llamábamos cariñosamente-, me confesó alguna vez que aquella joven, Cynthia Angélica Ayala Jiménez, le había inspirado confianza y que un rasgo que le agradó fue, precisamente, la amabilidad, la sencillez, el respeto y los deseos de trabajar y progresar de aquella muchacha sonriente, honesta y soñadora. Así la definió al confiarme que esperaba mucho de ella como periodista.

No se equivocó el hombre que entonces tendría alrededor de 63 años de edad. Le autorizó una plaza como reportera y confió plenamente en ella, como lo hizo conmigo, años antes, sin conocerme. Y nunca traicionamos la confianza que aquel señor tuvo en nosotros. Actuamos siempre con honestidad y profesionalismo, fieles a nosotros mismos y a nuestros principios.

Aquella joven soñadora, “amable, bien intencionada y de mirada transparente”, como una vez alguien -otra mujer- la definió en la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, se entregó por completo al quehacer periodístico, profesión riesgosa, poco redituable económicamente y demasiado absorbente en tiempo; sin embargo, siempre llamó mi atención el hecho de que sabía lo que anhelaba en la vida y su mayor tesoro era, como lo es aún, su familia.

Me parece, en consecuencia, una persona que ha dejado huella, digna de ejemplo. Es una mujer de siempre. Es ella, Cynthia Angélica, quien ha respondido mis preguntas por escrito y de diferente modo, a través de lo cual percibo la misma emoción, alegría e ilusión de aquella joven que conocí en las horas de 1994:

“Nací el 18 de febrero de 1971, en Morelia, capital del estado de Michoacán, en el centro-occidente de México. Una ciudad colonial que desde muy temprana edad conquistó mis sentidos y mi corazón. Hablo de aquella ciudad de provincia, en la que aun siendo niños podíamos jugar y andar tranquilamente en la calle”.

Y provoca silencio, nostalgia y reflexión cuando completa la idea: “aquí, en Morelia, transcurrió mi infancia, tranquila y feliz, acaso con los vaivenes que en la época habría de enfrentar toda familia de clase media, pero en la que, ante todo, siempre se buscó inculcar valores y una educación tradicional”.

Es la misma de antaño. Sus palabras e ideales la descubren. Habla con firmeza, valor y seguridad acerca de sus principios, y eso da valor a una persona, a una mujer, a un hombre, a todo ser humano, la congruencia entre sus sentimientos, ideas, palabras y actos. Es el encanto de vivir. Se trata de la pasión de una existencia.

Prosigue con el relato de su vida: “soy la tercera de 6 hijos, llegados alternadamente -mujer-hombre, mujer-hombre, mujer-hombre-, lo cual hizo de la mía una infancia feliz, con acompañamiento constante -entre risas, pleitos infantiles, espacios, aficiones y juegos compartidos-, que bajo la guía de nuestros padres nos hizo crecer como hermanos muy unidos, como nos hemos mantenido hasta la fecha”.

De hecho, Cynthia, a quien desde los 13 años de edad le apasiona tomar fotografías de paisajes naturales, animales, personas y sitios de interés, siente especial amor hacia sus 11 sobrinos. “El vínculo con mis sobrinos, los hijos de mis hermanos, es tan grande que los amo tanto y los considero parte esencial de mí, como si fueran mis hijos”.

Y continúa con la emoción y el orgullo de quien ha tuvo la dicha de disfrutar su hogar e infancia: “hijos de padres trabajadores, desde pequeños aprendimos -principalmente por mi madre- la importancia de colaborar en casa y ser autosuficientes a temprana edad”.

Abre las páginas de su biografía, busca entre los minutos y los días que permanecen en el naufragio del tiempo, horada en sus recuerdos y explica que “en medio de la presencia de mis papás y cinco hermanos, y con un carácter extremadamente tímido, pensaba mucho, pero hablaba poco. Jugaba, sí, pero también observaba, analizaba situaciones que se daban a mi alrededor; percibía actitudes de adultos, que llamaban mi atención e internamente las cuestionaba y hacía conjeturas”.

¿Qué es el tiempo? ¿Cómo se registran los cambios sociales de manera casi imperceptible? No hace tantos años que el rostro del mundo era otro, y ahora aquella época pertenece al ayer, a otras horas, y es historia, recuerdo, historia y recuerdos que se añoran y motiva a preguntar en qué momento se perdieron las familias, la educación, el respeto, la alegría, los hogares.

Cynthia expresa: “mi infancia transcurrió en la época de los juegos de calle, juegos de mesa, muñecas, triciclos, y en una Morelia que aún nos permitía correr por las calles sin los peligros de hoy en día. Regresábamos del colegio -ubicado en el centro histórico de la ciudad- caminando hasta llegar a casa, sin ningún riesgo aparente”.

Refiere que “a pesar de no contar con una situación económica holgada, mi madre siempre se empeñó en que asistiéramos a colegios católicos -tal como su mamá hizo con ella y sus hermanos-, lo que aseguraba que recibiéramos la mejor educación -en esa época y en una ciudad de provincia, éstos eran una garantía -. Así, cursé los primeros 15 años de mi formación escolar con las madres salesianas. Ahí se sentaron en gran medida las bases de mi educación, que venían a complementar y/o reforzar la recibida en el hogar”.

“No obstante, y si bien fueron grandes los momentos, las enseñanzas y los recuerdos que me generó estar en un colegio de monjas, al que asistíamos solamente niñas, también me permitió conocer de manera muy cruda la diferencia de clases sociales y prejuicios raciales que en aquel entonces era muy marcada en la conservadora sociedad de Morelia”, admite.

Confiesa que el hecho de “no pertenecer a una élite predominante en el colegio, lo cual se reflejaba no solo en el color de la piel, sino en la apariencia, los accesorios escolares, el lunch y hasta el auto en que te recogían al salir del colegio -si no es que te tocaba regresar a casa caminado o en transporte público-, marcó sin duda mi vida. Yo estaba en el lado de la minoría, con escasos recursos económicos -en comparación con la mayoría de las compañeras-, y una piel morena que fue motivo de burlas, señalamientos y exclusión, hechos que limitaron mi desarrollo social, haciéndome una niña y luego adolescente extremadamente retraída. Insisto, pensaba mucho, observaba mucho, anticipaba reacciones, a veces en mi mente respondía las preguntas que hacían los maestros, pero nunca me atrevía a hablar ante mi grupo”.

Sus palabras, nuevamente motivan a la reflexión, y uno se pregunta cómo es posible que en una ciudad fundada en 1541, con tantos acontecimientos sociales e históricos en sus rincones, en sus plazas, en sus calles, donde coexistieron diferentes castas, la gente no haya aprendido que las apariencias y las superficialidades son burbujas frágiles y de efímera existencia, tendencia, por cierto, ampliamente practicada en diversas regiones de México y promovida, sobre todo, por las televisoras privadas del país.

Es, parece, mujer analítica: “y, sin embargo, el espíritu que rige a la congregación salesiana, en palabras de su fundador, San Juan Bosco, es “estar siempre alegres”. Y sin duda, es algo que las religiosas -la mayoría- y maestras, podían conseguir en sus colegios gracias al sistema pedagógico que ahí se les inculcaba. Lograba, con el reducido grupo de amigas, o acaso la amiga del momento, estar alegre, disfrutar a mi manera y tener ratos muy buenos, que son los que más grabados están en mi memoria”.

Y cuando uno le pregunta cuáles fueron sus sueños e ilusiones durante su niñez y adolescencia, hace una pausa y anticipa: “tal vez no podría hablar mucho de sueños e ilusiones en la primera infancia, porque solo estaba dedicada a jugar, a vivir. Tal vez fue en la adolescencia, cuando comencé a ser consciente de carencias económicas, que mis sueños e ilusiones se fueron conformando, pero básicamente en el sentido de algún día tener trabajo y dinero para compartir con mi familia. Si acaso, desde muy temprana edad, soñé con aprender a manejar y tener un auto”.

Admite: “no sé si fue el modelo de profesoras que tuve, o mi afición ya desde niña, por los más pequeños, lo que me hizo ir albergando desde muy pronto la que por muchos años fue mi gran ilusión en términos profesionales: ser maestra”.

“Primero con mis hermanos y primos, después con niños vecinos, o con hijos de las amigas de mi mamá, siempre tuve mucha facilidad para relacionarme con los más pequeños. Ensayaba entonces cómo sería maestra cuando grande. Esos fueron en muchos momentos mis juegos, entre los que destacaba preparar presentaciones infantiles para la familia en las festividades (día de la madre, día del padre, etcétera), en lo que una de mis tías -quien fue como mi segunda madre- me apoyaba, ayudándome a confeccionar los atuendos para dicho fin, o cualquier otra cosa que yo creyera necesitar; improvisaba el salón de clases, con un pizarrón que nos habían comprado para coordinar una agenda familiar -lo cual ocurrió muy poco tiempo, y después se quedó como un juguete-; y por supuesto los regaños y los recreos eran parte importante de esos juegos”, similar a una profesora real.

De tal manera, “me visualizaba enseñando a niños, principalmente de preescolar. Este hecho solo cambió cuando en el tercer año de preparatoria -en el bachillerato general con área pedagógica- llevamos la materia de Ciencias de la Comunicación, impartida además por uno de los maestros más reconocidos en Morelia, por su rectitud, fineza, capacidad, rigidez y calidad humana: Gustavo Ernesto Tena Orozco. Era un hombre mayor, que siempre, a cada una nos llamaba por nuestro apellido; de porte distinguido, cabello cano, siempre luciendo impecable, de expresión fina y, sobre todo, siempre exigiendo lo mejor de cada quien”.

Reconoce, tras la sabiduría y experiencia que transmitió aquel maestro: “la materia me conquistó, y el cambio de dirección fue motivado, además, por una prueba vocacional que nos aplicaron en ese periodo, donde me señalaba como áreas de interés y capacidades, la de los medios de comunicación”.

“Debo decir que, para ese entonces, si bien continuaba en el mismo colegio de religiosas, el entorno ya era diferente: grupos reducidos, mayor diversidad socio-cultural, lo que me generó la confianza que en niveles anteriores no había tenido, y me llevó a desenvolverme con mayor facilidad: estudiaba, hablaba, analizaba, me relacionaba, obtenía buenas calificaciones, y a veces no tan buenas; comencé a tener cierto discreto y sutil liderazgo, o eso sentía yo”.

Una vez abierto el libro de las remembranzas, las ideas llegan en tropel y ella las ordena, les da sentido: “tal vez una difícil situación económica, fue el hecho que influyó en mi vida en aquella época. La separación de mis papás, cuando yo tenía 17 años, derivó en desequilibrio económico para mi mamá, y del emocional y psicológico que a mí me ocasionó, solo pude ser consciente muchos años después. En ese momento, nos volvimos pragmáticos, y debimos hacer frente a una difícil realidad: nuestra economía. Mis dos hermanos mayores se convirtieron en el apoyo toral de mi mamá, quien debía hacer frente a la responsabilidad de sostener a la familia. Y yo, ahora lo veo, primero distraje mi atención en asuntos propios de la juventud, sin dar importancia a ese hecho, hasta que comencé a advertir las limitaciones económicas que enfrentábamos, y el impacto que había causado en cada miembro de la familia, comenzando por mí”.

“Desde muy pronto sentí también la inquietud de ser productiva. Quería trabajar, ganar dinero, por lo menos para mis propios gastos. Cuando se presentó la oportunidad, no dudé en aceptar el trabajo que me ofreció mi tía para trabajar en una dulcería grande e innovadora que tuvo una excelente época en Morelia. Tal vez mi modesto sueldo no daba para apoyar entonces al sustento familiar, pero era un gran alivio -de vez en cuando- poder invitarles una hamburguesa o algún otro antojo a mi mamá y hermanos, o simple y sencillamente cubrir mis propios gastos de transporte y escuela. Yo continuaba en el colegio de monjas gracias a una beca que mi mamá gestionó para que pudiera concluir ahí la preparatoria. Trabajar en la dulcería, como dependienta, me dejó grandes aprendizajes, y disfrutaba desde asear el local y acomodar mercancía, hasta decorar con motivos infantiles, de acuerdo a la temporada del año, los ventanales que daban a la calle y atraían a los transeúntes”.

Reconoce que “cuando la carga de trabajo académico fue más pesada en el segundo año del bachillerato, dejé el empleo de la dulcería, pero extrañaba sentirme productiva. Al concluir esa etapa escolar, y ante la incertidumbre de mi ingreso a la universidad, tuve oportunidad de trabajar por casi tres meses en una de las compañías gaseras más grandes del estado de Michoacán en ese entonces. Fui la recepcionista que atendía llamadas para pedidos de gas en Morelia, los organizaba por rutas, los distribuía entre los repartidores, recibía cuentas de éstos, y apoyaba a mi jefe en la preparación de los pagos de cada semana al personal. Dentro de mis funciones, además de recibir los regaños de los usuarios que se quedaban sin gas, porque no se los surtían inmediatamente, estaba el realizar depósitos bancarios, lo que me llevó a observar mucho la dinámica en un banco, y llegar a considerarlo como opción de trabajo”.

Y es que, “al terminar la preparatoria, ya convencida de que no sería educadora, corroboré que aquí en Morelia no había ninguna institución en la que se impartiera la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Con mi mamá, estuvimos al pendiente de la convocatoria para ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM por sus siglas -en aquella época la publicaban en los periódicos más importantes del país-, e hicimos todos los trámites necesarios para aplicar el examen. Fuimos a la Ciudad de México en dos ocasiones: una para sacar la ficha y otra para realizar el examen. Los resultados, según nos informaron, llegarían al domicilio particular, a través del correo terrestre”.

Y así, “llegó septiembre, y nada pasó; siguió octubre y tampoco; mientras, yo continuaba trabajando en la compañía gasera. Pero ante la posibilidad de quedarme sin estudiar, pues no había considerado un plan B, me propuse buscar otro tipo de trabajo, y fue cuando llevé una solicitud a un banco, pero nunca supe si me habrían llamado”.

“Eran casi mediados de noviembre -según recuerdo- cuando ya inesperadamente llegó la carta de la UNAM, felicitándome y dándome la bienvenida, al ser aceptada para cursar la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Fue el 20 de noviembre de 1989 cuando dejaba Morelia para trasladarme a la Ciudad de México”.

Cynthia se interna a sus años juveniles, al momento de su prueba, y admite que “una vez recibida la noticia de que había sido aceptada en la UNAM, sentí pavor. Pero cuando tomé la decisión de realizar el examen, lo recuerdo muy bien, me dije que era lo mejor que podía hacer para vencer todos mis miedos. Ese fue mi principal motivo: quería transformarme en una mujer segura, independiente, valiente, lo cual entonces creía que estaba muy lejos de ser. Hubo ciertas dudas respecto a irme, porque además para ese momento una universidad privada estaba por empezar a impartir esa carrera”.

“Mi análisis me dijo, sin embargo, que no se podría comparar estudiar en una institución que apenas comenzaba a impartirla, con una universidad pública que ya tenía años de experiencia -la más grande del país- y en la que yo ya tenía una matrícula. Y con todo el apoyo y respaldo de mi mamá, tanto emocional como material, tomé la decisión de irme. Una amiga de la familia materna, que vivía allá, generosamente nos ofreció su departamento para que yo viviera con ella durante mis estudios”.

Respira profundamente al evocar aquella prueba de su vida y asegura que “fue así que, de un día para otro, me vi llegando a la Ciudad de México. Me llevó mi mamá en compañía de uno de mis hermanos. Debo reconocer lo contradictorio que puede parecer vivir aquel momento de la separación como uno de los voluntariamente más doloroso de mi vida. Nunca me había separado de ellos, de mi mamá, de mis hermanos. Recuerdo que lloré mucho, tuve mucho miedo, pánico, al verme sola -sin mi familia- en aquel monstruo de ciudad”.

Uno entiende los sentimientos de pánico que experimentó aquella muchacha con sueños e ilusiones enormes y una vida consumida en un ambiente familiar, en una provincia otrora apacible; sin embargo, como ella declara, “afortunadamente, tanto la persona con la que llegué a vivir, una señorita ya mayor, que vivía sola, y su cuñada, que vivía en un departamento del mismo edificio con su hija de 15 años, me acogieron como familia. Debo decir que este apoyo fue fundamental, porque si bien extrañaba inmensamente a mi mamá, hermanos, y todas las personas que formaban parte de mi entorno en Morelia, no me sentía sola. Ellas se convirtieron entonces en mi familia, con lo que se reforzó un lazo de amistad y familiaridad que data desde dos generaciones anteriores, y que hasta el día de hoy se mantiene”.

“Así, y afrontando el dolor que nunca dejó de ocasionarme la distancia de mi familia -confieso que lloré mucho, durante muchos días seguidos-, a quienes veía en promedio cada mes, que venía a Morelia, concluí la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Y por lo mismo, siempre tuve claro que, al terminar, quería volver a Morelia, a mi ciudad, con mi mamá y hermanos, con mi familia, y trabajar aquí”.

Hace el recuento: “fueron cuatro años y medio los que viví en la capital de México, suficientes para enamorarme de la ciudad, con todos sus contrastes, de la grandeza y riqueza histórica y cultural que encierra la gran urbe, y sobre todo de la muy breve pero entrañable historia que ahí construí. Adopté entonces al Distrito Federal como mi segunda ciudad favorita, y le estoy infinitamente agradecida porque en medio del pánico me empujó a sacar la osadía de hacer y vivir, de aprender a valerme por mí misma, que tal vez en otras circunstancias me hubiera costado más trabajo sacar”.

Es agradecida. Reconoce el esfuerzo de su familia, de la gente que la ama, y es por eso, quizá, que menciona que “estudiar en la Ciudad de México sin duda fue una de las mejores experiencias y oportunidades que agradezco infinitamente a mi mamá, a mi familia, y a la vida. Me cambió la visión del mundo. Me permitió descubrirme a mí misma”.

Surge, entonces, el espíritu de quienes han cursado alguna carrera profesional en la Universidad Nacional Autónoma de México, una de las instituciones más grandiosas que han encumbrado el nombre del país: “tal vez son unos cuantos los amigos que conservo de la universidad, pero con cada persona que conviví, compañeros, personal administrativo, de las bibliotecas, etcétera, aprendí la grandeza de una universidad que te hermana aún con el que no conoces”.

Recuerda con la alegría, el orgullo y la satisfacción de quien se ha atrevido a vivir episodios que parecían inalcanzables: “caminar por la explanada principal de la UNAM, admirar los murales de la biblioteca central, la torre de Rectoría, y la facultad de Medicina, solo por mencionar algunos de los espacios del campus, era un aliciente cuando me sentía sola y a punto de flaquear. A pesar de sentirme pequeña en aquella inmensa ciudad universitaria, y aquel mundo de estudiantes, me reconocía afortunada por estar ahí, y tener acceso a esas inmensas bibliotecas, hemerotecas, y, sobre todo, a grandes maestros”.

No omite que “sin duda la mayoría de profesores, cada uno a su manera, influyeron en mí. Lourdes Quintanilla, Javier Oliva Posada, Leopoldo Borrás Sánchez, Carmen Avilés Solís, Carmen Sanz, son los nombres que vienen a mi mente, como excelentes profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales”.

Recorre, como una viajera con experiencia en las muchas rutas de su vida, que “para la realización de un trabajo escolar, tuve oportunidad de entrevistar, como simple estudiante, al periodista Miguel Ángel Granados Chapa, a quien fui a buscar a las oficinas de la radiodifusora Grupo Radio Mil, y donde me dio una cita para visitarlo en su despacho. Encantada en una oficina en aparente desorden, de papeles, documentos y libros, me habló sobre el periodismo, su trayectoria y su renuncia -que estaba muy reciente- al periódico La Jornada”.

Recalca, segura de sí: “pero quien llegó a marcar mi vida de manera contundente, tanto en lo profesional como en lo personal, fue el maestro -así, en toda la extensión de la palabra- don Henrique (si, con H) González Casanova. Sus clases eran esperadas con gran placer, porque siempre, aun cuando por llamar la atención a algún compañero se saliera del tema, nos daba grandes lecciones. Un caballero, en toda la extensión de la palabra, de excelente educación y fineza, de porte elegante, siempre vestido de traje; nos exigía hablar correctamente, con propiedad. Siempre con un voto de confianza en la juventud, se acercaba a algunos de sus estudiantes para ofrecer algún tipo de apoyo, dependiendo de las cualidades que viera. Por alguna razón se acercó a mí, al igual que a otras compañeras y compañeros. Al advertir mi gusto por la lectura, me regaló libros que aún conservo, nos invitaba a tomar un café, nos llevó a conocer su casa en la colonia Florida, y en ella su inmensa biblioteca, y en cada encuentro eran interesantes charlas sobre literatura, sobre personajes de la vida pública, del arte, de las letras, con quienes había convivido, pero, sobre todo, nos daba grandes lecciones de periodismo, de comunicación y de la vida”.

Ya en la última etapa de estudios, “y al percatarse de una condición económica limitada, me otorgó una beca estudiantil con la que apoyé un poco mi manutención; esto, y un negocio informal que comencé entonces, me ayudaban a hacer menos pesada la carga monetaria para mi mamá. Era una época en que se comenzaba a usar bisutería de fantasía muy vistosa y económica, que yo compraba en el centro de la Ciudad de México y vendía cada vez que venía a Morelia entre amistades, vecinas y compañeras de trabajo de mi mamá y hermana”.

Es lectora de libros. “Mi gusto por la lectura en la infancia y adolescencia, se fue dando en una de las recámaras de mi casa, donde había todo un librero lleno. En muchos casos, mientras mis hermanos jugaban o veían televisión, o hacían otras cosas, yo me sentaba a la orilla de la cama que estaba junto al librero, y recorría todos los títulos, sus nombres, autores, y si acaso alguno llamaba mi atención, lo sacaba, lo ojeaba y tal vez hasta lo leía. Hubo un momento en que, me atrevo a decir, tenía un inventario mental de la bibliografía que ahí concentraban mis papás: literatura universal, superación personal, buenos modales, colecciones, enciclopedias, psicología, técnicos, etcétera. Creo que a ellos debo mi fuerte inclinación y gusto por la lectura. Son personas muy preparadas e inteligentes, a quienes admiro y respeto profundamente, más allá del infinito amor y gratitud que les tengo”.

Uno de los libros que “llamó grandemente mi atención en la adolescencia, fue La Noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Después de leerlo comencé a documentarme y conocer su trayectoria y a interesarme por su literatura. Ya en la universidad mi maestro don Henrique se enteró de mi gusto por la obra de la escritora que además fue su amiga personal, y me regaló Hasta no verte Jesús mío, y Tinísima (dedicado por él: “Para Cynthia, este retrato que hizo Elena de Tina, y la fotografía que Tina hizo de la azucena, hoy que viene vestida de blanco, con el agradecimiento y la amistad de Enrique G. C.”)”.

De esta forma, “comenzaba mi colección de obras de la autora, a quien he tratado de seguir de cerca, y si bien no he leído su obra completa, sí una gran mayoría. Entre mis favoritas, Dos veces única, que narra la vida de Guadalupe Marín, y Las siete cabritas, donde retrata a siete mujeres destacadas en el arte en México”.

Estas primeras lecturas, “y por supuesto mi formación periodística, me fueron haciendo una aficionada a la literatura que tiene como base la realidad: la novela histórica, periodística o biográfica. Entre mis autores favoritos, Mario Vargas Llosa, a quien tuve la oportunidad de ver y escuchar en una conferencia en el Centro Cultural Universitario de la UNAM, donde presentó su libro El pez en el agua, apenas unas semanas después de que declarara que México era la dictadura perfecta; Gabriel García Márquez, Francisco Marín Moreno, Julio Sherer, por mencionar algunos, y por mucho tiempo fui asidua lectora del Mar de historias que publicaba cada ocho días Cristina Pacheco en el periódico La Jornada. Además de los ya mencionados, puedo pasar largos ratos en una librería, analizando títulos y si alguno llama mi atención, simplemente me doy la oportunidad de conocer nuevos autores”

Nunca olvidará, quizá que “muchos de mis tiempos libres en la Ciudad de México, fines de semana que no venía a Morelia, para no sentirme sola y nostálgica, me iba a las grandes librerías, Gandhi, El Sótano, donde podía pasar horas viendo libros, aunque no comprara, porque generalmente no tenía dinero”-

Agrega: “también me he ido haciendo aficionada de libros, artículos o entrevistas relacionados con educación y psicología, temas que siempre han llamado poderosamente mi atención, y sobre los cuales busco documentarme de manera constante”.

Detiene su conversación, hace una pausa como para ordenar sus recuerdos, hasta que habla de nuevo: “como estudiante de periodismo recibí la oportunidad, primero, en un periodo vacacional, de asistir un par de semanas al periódico La Voz de Michoacán, tan solo para conocer cómo era la dinámica en un diario, y donde me permitieron realizar algunas notas periodísticas. Seguramente para ellos pasé inadvertida, pero estaban en la redacción periodistas que hoy gozan de toda una trayectoria y todo mi respeto y admiración profesional, era el inicio de la década de los 90”.

Todo, parece, tiene un inicio y un final. Un día, de pronto se levantan las cortinas del escenario, y otro, en cambio, descienden, y puede ser que el escenario ofrezca la oportunidad de reaparecer con otro capítulo, y así aconteció con Cynthia:  “a mi regreso a Morelia, una vez concluidos mis estudios y el servicio social, el cual realicé en la misma Facultad, como adjunto de profesor, el compañero periodista a quien le habían asignado orientarme y asignarme tareas en La Voz de Michoacán, me pasó el dato de que se acababa de irse un reportero en El Sol de Morelia, por lo que tal vez habría una oportunidad para mí. Decidida fui a llevar mi currículum, y a los pocos días me llamaron de parte del director para que fuera a una entrevista”.

“Aún recuerdo, con mucha gratitud, mi nerviosismo ante el señor Armando Palomino, quien hizo notar que, si bien no tenía experiencia, era justo dar oportunidad a quienes apenas comienzan. Sin duda, empezar a trabajar después de los estudios universitarios, considero, es el verdadero principio del aprendizaje; es cierto que se llega con un bagaje de conocimientos, pero que sin la práctica difícilmente pueden cobrar sentido y considerarse completos”.

Detalla que “fueron dos años y medio -de gran aprendizaje- los que me desempeñé como reportera en El Sol de Morelia, primero dando cobertura a la información relacionada con el ayuntamiento local, y al poco tiempo se me asignó de manera especial todo lo relacionado con economía y empresarios”.

Posteriormente, “en la búsqueda de otro tipo de actividades, que me permitieran compaginar mi etapa de maternidad, desempeñé actividades de oficina y como docente. Áreas de relaciones públicas, oficinas de prensa, y la oportunidad de dar clases, fueron durante los primeros años como mamá, lo que me permitió dedicar lo que yo consideraba tiempo de calidad para mi hija, que hoy tiene 23 años de edad”.

Discurrían los días del año 2000, “cuando formé parte de la plantilla de corresponsales del que fuera el primer periódico por internet, llamado MexisTo2. Fui a la Ciudad de México a recibir capacitación, ya que entonces no se tenía como ahora el conocimiento generalizado del manejo de correo electrónico; más aún, era toda una hazaña tener un modem alámbrico y lograr conectar, sobre todo en una ciudad de provincia, como la nuestra, donde la tecnología siempre tarda un poco más en llegar que en la capital del país”.

“Fue poco el tiempo que duró el proyecto como tal, ya que la empresa se enfocó más a la prestación del servicio de internet, que a la generación de contenidos, por lo que terminó mi contrato, pero dejándome grandes aprendizajes”.

Tras navegar por su existencia, Cynthia informa que “después de algunas breves participaciones en radio, mi trayectoria periodística debió hacer una pausa, por voluntad propia. La tarea de ser mamá me representó una prioridad, quise permitirme hacerla lo mejor posible y disfrutarla; estar presente en los momentos importantes de mi hija: llevarla a la escuela, recogerla, ayudarla con tareas, asistir a sus festivales, acompañarla en actividades extraescolares, estar presente los fines de semana, etcétera. Así, y al contar con todo el respaldo económico y moral de mi esposo, me ausenté de los medios de comunicación, y me enfoqué en la actividad docente, que también disfruté plenamente, pero con la bondad de que se reducía a solo algunas horas a la semana; todo lo que implicaba, preparación de clases y procesos de evaluación, los podía hacer en casa”.

Como académica, “tuve a cargo materias enfocadas a los géneros periodísticos en las instituciones privadas que entonces ya impartían la carrera: Universidad de Morelia, Instituto de Estudios Superiores de la Comunicación -que posteriormente desapareció-, Universidad Vasco de Quiroga y Universidad Latina de América. Sin duda hasta la fecha sigue siendo una gran satisfacción esa etapa, al encontrar en pleno y exitoso ejercicio de su carrera a algunos de aquellos jóvenes que fueron alumnos, y que aún me dispensan una grata sonrisa al verme, un afecto manifiesto, y que aún me llaman maestra”.

Inquieta, resume que “como emprendedora, en tres ocasiones participé en el impulso de proyectos editoriales, específicamente revistas especializadas, que no trascendieron por no contar con el respaldo económico que entonces todavía se requería, al no existir las plataformas digitales y requerir grandes inversiones para impresión”.

“Durante el tiempo que dejé de trabajar en los medios, busqué actividades alternativas, como trabajos independientes de redacción y corrección de textos -libros, tesis, manuales, discursos, proyectos especializados-, y comencé un pequeño negocio informal de venta de perfumes, que, sin ser mi principal actividad, hasta la fecha conservo”.

Recuerda que cuando su hija “estuvo un poco más grande, tuve la oportunidad y decidí regresar a los medios de comunicación. Arrancaba el proyecto del periódico La Jornada Michoacán, y formé parte del equipo de reporteros con que inició este diario. Volví a ser asignada a la fuente económica de manera prioritaria. Debo asumir que reencontrarme con el periodismo, me revitalizó profesionalmente hablando, y disfruté plenamente los dos años y medio que participé de este medio”.

Da vuelta a otra página de su existencia y menciona que “después vinieron un par de campañas políticas, en área de comunicación social, y nuevamente la pausa, el trabajo independiente, desde casa, que me permitía estar presente y acompañar a mi hija adolescente”.

Y, sin embargo, “nunca me solté de los medios de comunicación, que me seguían atrayendo. En 2013, la entonces directora multimedia de Cambio de Michoacán, y mi ex alumna en la Universidad de Morelia, la licenciada Lety Florián, me invitó a participar en la generación de contenidos audiovisuales para el portal de internet del periódico. Volví a integrarme al medio, aunque de manera moderada”.

Los proyectos Cambio en el Debate, primero, con entrevistas a empresarios michoacanos, más tarde Mujeres de Cambio, y luego EducarT, impulsados desde la dirección mencionada, “me permitieron encontrar una nueva forma de hacer y decir periodísticamente, sobre aquellos temas de interés social. En cada tema o problemática abordada, confirmaba la importancia de la comunicación como paso fundamental para generar los cambios que tanto necesitamos como sociedad, pero sobre todo y ante todo, de la educación, de la cual depende en gran medida lo que somos y de donde derivan muchos de los problemas que padecemos”.

Argumenta que “concluir mi participación en Cambio de Michoacán, dejó en mí sembrada la semilla para ahondar, ahora sí, en temas que siempre me habían sido de especial interés: educación, psicología y mujeres, de donde nacieron algunos proyectos de comunicación personales, independientes, haciendo uso de las plataformas digitales, para difundir toda una diversidad de información sobre los mismos. Uno de ellos, ya en marcha, aunque enfrentando la compleja tarea de emprender en tiempos de pandemia, EducarT, medio de comunicación digital, especializado en educación, arte y cultura. Y otros más, aún en proceso”.

Opina: “y es que el ejercicio del periodismo enfrenta un momento por demás complejo, en el que el acceso a la información a un solo click, la aparición de la figura del periodismo ciudadano, nos ha impuesto nuevos retos, pero también pone a la ciudadanía ante un riesgo -aún mayor que antes- de ser víctima de la desinformación, la rumorología y la manipulación masiva”.

“Grandes y prestigiadas empresas periodísticas han sucumbido a la realidad tecnológica que las rebasa y les deja sin mayores herramientas para sostenerse”, añade, “mientras los reporteros, conductores, comentaristas y líderes de opinión ya no dependen de ellas, pues con sus solos nombres dan continuidad a su labor informativa y de opinión en las plataformas digitales, siguiendo sus propias líneas editoriales, de acuerdo a convicciones, criterios o intereses personales”.

Sin embargo, “no todos tienen la visión, las posibilidades o habilidades para incursionar en esta nueva era del periodismo, del periodismo digital, lo que ha dejado a un importante número de periodistas sin otra posibilidad que la de acercarse a trabajar para las instituciones que tal vez en ejercicio cuestionaron o denunciaron, convirtiéndose en parte de ellas, o en la necesidad de trabajar en otras áreas que nada tienen que ver con la comunicación”.

Mujer que ha acumulado conocimiento y experiencia a través de los años, quizá con tropiezos como acontece a las personas grandiosas, tal vez con períodos de triunfos, acepta que al parecer “se está gestando un nuevo modelo de empresas periodísticas, que busca responder a la época actual, y tenemos la obligación de actualizarnos y avanzar al ritmo de la tecnología, con la responsabilidad social que ello implica. Hay muchas de las empresas de tradición que supieron adecuarse y llevaron muy bien su transición, y otras nuevas que están llegando con gran empuje. Pero siempre, y ante todo, debemos pugnar por rescatar y dignificar al periodismo como una actividad profesional, especializada y de alto sentido social”.

La pregunta está dirigida a un punto deficiente en el sistema educativo mexicano y su aplicación en la realidad, y se refiere, específicamente, a si existen congruencia y vinculación entre la universidad y el ámbito profesional: “considero que en la mayoría de las profesiones, existe una marcada distancia entre la universidad, los contenidos, la realidad que pintan los profesores, o aquella que los estudiantes -como estudiantes- alcanzan a percibir cuando salen a realizar investigación, trabajo de campo o prácticas, y aquella a la que se han de enfrentar ya como profesionistas. Con mucho gusto he podido atestiguar que las universidades locales se han preocupado por actualizar sus planes y programas de estudio, para hacerlos cada vez más congruentes con la realidad en la que se verán inmersos sus egresados. Sin embargo, considero que es una cuestión de madurez: la congruencia total entre una y otra difícilmente se va a alcanzar, porque es la experiencia, la práctica, sin duda, la mejor y más contundente maestra para los profesionistas. Por eso, es importante que las universidades sigan haciendo su mayor esfuerzo para ofrecer profesionistas lo mejor preparados posible, con lo que les estarán haciendo menos difícil dichos aprendizajes en la etapa de su inmersión al mercado laboral; que muy pronto los empiecen a vincular con empresas e instituciones donde se habrán de desempeñar, para que al concluir sus estudios no siga ocurriendo lo que a muchos, que llegan sin tener la menor idea de cómo es la realidad”.

Sabe, por lo que ha experimentado, que la vida es dinámica y que uno, si en verdad pretende dejar huellas indelebles y constancia de su paso, no debe perder el tiempo en asuntos baladíes ni en pasatiempos estériles, y es la razón, sin duda, por la que tiene proyectos, de manera que “actualmente trabajo en el ya mencionado, EducarT, medio de comunicación especializado en educación, arte y cultura. Se trata de un sitio web, educart.mx que ofrece información escrita, audiovisual y gráfica sobre las diferentes opciones educativas que hay en el estado; entrevistas sobre temas relacionados con el proceso educativo, y en los que, por supuesto se contempla el arte, como elemento fundamental en la educación; análisis sobre las problemáticas y aspectos relacionados con el tema; así como la integración de un directorio escolar y agenda de eventos culturales”.

Por otra parte, “el haberme alejado durante algunos años de la práctica periodística, me llevó a obligarme a la actualización constante. Tomé algunos cursos sobre periodismo digital, periodismo creativo, gestión de redes sociales, por mencionar algunos, lo cual me ha permitido desarrollar algunas actividades adicionales de manera independiente. Así, de forma conjunta con mi esposo, que es diseñador gráfico y con quien hacemos un buen equipo, ofrecemos el servicio de páginas web, imagen, fotografía y manejo de redes sociales para empresas”.

Adicionalmente, “tengo un blog en el que no he escrito tanto como quisiera, pero en el que puedo verter ideas sobre toda una diversidad de temas, de interés social, educativos, literarios, hasta los muy personales que me permiten proyectar sentimientos y emociones, lo encuentras como cynthiaayalaj.wordpress.com”. En facebook tengo una página denominada Mis creaciones, en la que presento mis trabajos y pinturas sobre madera”.

Felizmente, como madre realizada que es, refuerza su deseo de agregar que “con mi hija Vania Jocelyn, compartimos el gusto por la literatura, los libros, la poesía, la palabra, y este año comenzamos –- iniciativa de ella- el proyecto Declamador_es, enfocado única y exclusivamente a leer en voz alta y con ello promover esta forma de arte. Es una página de Instagram, @declamador_es, y un canal de YouTube, Declamador Es, en donde quienes comparten como nosotros el gusto por la declamación, están participando gustosos. Es un proyecto, reitero, sin fines de lucro, solo por el gusto de promover la poesía, los cuentos, y todo aquello que tiene que ver con el arte de la palabra. Seguidores y suscriptores, y no otra cosa, será nuestra ganancia en este proyecto, porque al ver y escuchar nuestros videos, al escuchar poesía, narraciones o cuentos, y tal vez sentir la inquietud por leer más, por declamar, sabremos que estamos logrando algo muy bueno”.

Las condiciones, los retos, los intereses y los escenarios de la hora contemporánea son preocupantes y riesgosos; no obstante, Cynthia asegura que uno de sus intereses es “la educación, sin duda alguna, porque es donde está la base de muchos de los grandes problemas que como sociedad estamos enfrentando. Entre los más severos, la violencia intrafamiliar, hacia las mujeres y los niños, la violencia y agresiones en las escuelas”.

Hace un año, “participé en el Congreso Nacional de Bibliotecarios, y uno de los compañeros panelistas, quien representaba a una universidad virtual, hacía notar que la educación ya no está en manos de los padres o la familia, que ahora nuestros niños se tienen que educar a través de internet o de otros medios electrónicos, y que estos son ahora los responsables de educar a los niños y jóvenes, lo cual me pareció por demás descabellado”.

“Creo que debemos hacer un arduo trabajo para que las nuevas generaciones rescaten la integración familiar, sea cual sea su composición, para que los niños reciban en casa aquellos cimientos que les permitan salir y hacer frente al mundo, a la sociedad, con actitud empática, de respeto, tolerancia y ante todo con un sentido humano. Debemos encontrar el equilibrio entre el trabajo, el esparcimiento, y la responsabilidad que conlleva ser padres o tutores de los menores, quienes sin duda solo pueden encontrar en el amor de los adultos que les rodean, en su ejemplo, una guía para hacerse hombres o mujeres íntegros, y con la suficiente fuerza para defenderse a sí mismos y aquello en lo que creen”.

El tiempo camina implacable. Las manecillas recorren la carátula del reloj una y otra vez, inagotables, demasiado acordes a su misión y fieles al tiempo. Cynthia lo sabe y aprovecha los lapsos de la entrevista con la idea de declarar que “lo más importante en la vida de una mujer es ser consciente que tiene tanto valor, capacidades y derechos, como los de un hombre. Ante todo, tener siempre claro que es un ser independiente, libre, con tantas obligaciones como derechos. Toda mujer debe saber y tener claro que no tiene por qué estar en un espacio y con personas que no la tratan bien, o más aún, que la violentan física o psicológicamente. Lo más importante en la vida de una mujer, es atreverse a ser y hacer aquello en lo que se sienta plena, realizada”.

Excelente oradora, apasionada de la fotografía y entusiasta pintora sobre madera, plantea que “como seres humanos tenemos un poder superior que nos permite lograr aquello que deseamos, pero hemos sido alienados por instituciones y grupos de poder, para creer que tenemos límites, que el sufrimiento y las carencias son virtud que será compensada algún día, tal vez cuando ya no estemos en este mundo”.

“Uno de los grandes aprendizajes que me ha dado la vida, poniéndome siempre a los mensajeros en el camino, la intuición, las lecturas adecuadas, es que nuestra mente es muy poderosa, y tenemos la capacidad de crear nuestras propias circunstancias, si rompemos con viejos esquemas heredados de generaciones anteriores, para alcanzar un estado de bienestar”, expone.

Y responde: “como mujer, debo decir, he vivido el amor hasta su máxima expresión y también sufrí el dolor de las rupturas, la decepción, el desengaño en relaciones de pareja, pero un día tuve el deseo con toda mi fuerza de compartir mi vida con alguien, y ese alguien llegó. Hoy vivo en una relación plena, con un hombre que camina conmigo, a mi lado, como compañero de vida y con quien compartimos alegrías, preocupaciones, tristezas, actividades domésticas, ¡todo!”

Como quien ha navegado y recorrido el mapa de la vida, Cynthia -la mujer, la periodista, la hija, la hermana, la madre, la sobrina, la tía, la esposa, la lectora de libros, la fotógrafa, la oradora, la artista de la pintura sobre madera-, expresa: “hoy puedo ver que las decisiones que he tomado en el camino profesional, en función de mi vida personal, han sido las adecuadas, y me hace inmensamente feliz seguir acompañando a mi hija mientras se sigue forjando como una gran mujer y profesionista en el ámbito de la medicina”.

“He aprendido que la verdadera felicidad se encuentra en ser aquello que verdaderamente deseamos, aunque no siempre vaya en concordancia con lo que dictan los cánones y estereotipos sociales, y que, si bien podemos ser muy cuestionados por ser o hacer las cosas de manera diferente a la mayoría, debemos confiar en que somos capaces de llegar a nuestras metas”.

Detalla que “de ahí, la importancia además de ser congruentes entre el decir y el hacer. Si partimos de la congruencia en nuestras relaciones personales, sociales, laborales, estaremos en el camino adecuado. Si ya no sientes esa confianza en el camino que estás siguiendo, ya no lo sigas; si no te sientes contento con esa persona, aléjate; si no es eso lo que deseas para tu vida, déjalo, y por el contrario, si es lo que anhelas, lucha y trabaja por lograrlo. No hables de honestidad, lealtad, respeto, tolerancia, o cualquier otro valor, ¡vívelo y pregónalo con el ejemplo!”.

Serena, contesta la pregunta “la familia parece un modelo desgarrado en estos días. ¿Qué opinas?” Responde firme: “durante mi infancia, adolescencia y juventud, escuchaba las críticas que se hacían a la televisión, por ser un factor de desintegración familiar. Sin duda ha sido un medio de enajenación extrema. Pero creímos que nada más grave podía pasar, porque no imaginábamos a donde llegaría la tecnología. Mientras la televisión tal vez distraía y alienaba a la sociedad, con contenidos superfluos y vanos, todavía permitía cierto grado de interacción familiar al disfrutar algún programa, comentarlo, o hasta en las discusiones y acuerdos sobre los contenidos o tiempos de que cada quien dispondría para verla. No sucede así ahora. Hoy asistimos a una época contradictoriamente globalizada, pero por demás individualizada; podemos estar en contacto con alguien que está del otro lado del mundo, pero demasiado lejos de quien está sentado a nuestro lado, así sea padre, madre, hijo, hermano, abuelos o tíos. La tecnología nos ha aislado, y tal vez ha sido el mayor disruptor de la estructura familiar. Hemos permitido que los aparatos inteligentes nos absorban y reemplacen la interacción familiar, las charlas anecdóticas, la posibilidad de compartir preocupaciones y alegrías con nuestra familia, y más aún, el proceso de educación de nuestros hijos. Me parece muy grave ver en la calle, en restaurantes o lugares de esparcimiento, a las parejas jóvenes que les dan a sus bebés, de apenas 8 meses, uno o dos años de edad, un teléfono celular para que jueguen y no distraigan sus comidas o su convivencia con amigos”.

Argumenta que “bajo la muy socorrida idea de no querer que los hijos padezcan las carencias o limitaciones que nosotros tuvimos, los padres estamos siendo en exceso permisivos, dejando de lado las enseñanzas más importantes para los menores: a ser respetuosos con el prójimo, tolerantes, y a esforzarse para conseguir lo que quieren”.

“Aquí hay una importante tarea para educadores, padres de familia y medios de comunicación, que aprovechando precisamente la tecnología y sus alcances, podemos difundir y promover la vuelta a esa convivencia familiar en la que se encuentran los mayores aprendizajes; a la comunicación al interior del hogar, a los juegos, a las charlas, a la integración familiar que permita a las nuevas generaciones llegar a la edad adulta con la fortaleza y valores que tanto se requiere para lograr mejorar al mundo”.

Respecto a sus proyectos, responde: “efectivamente, siempre están llegando ideas a mi cabeza. Hay proyectos enfocados en la comunicación. Uno de ellos es dar continuidad a un espacio dedicado a información relacionada con mujeres; otros más a escribir… escribir, escribir y escribir, porque -creo- “siempre hay algo que decir”.

Asegura que desea escribir de manera más sistemática, “y de ahí dar el salto y ahondar en temas específicos de educación, psicología y cultura, y uno que otro biográfico, aprovechando las plataformas digitales que hoy están al alcance de todos”.

Envía un mensaje a las mujeres, antes de concluir la entrevista: “que crean en sí mismas, que busquen hasta descubrirse como seres únicos e irrepetibles, y sobre todo, con todo el derecho a la realización plena; a amar y ser amadas, con equilibrio y respeto. Que hagan conciencia de que la vida es un constante comenzar. Que siempre, siempre hay la posibilidad de volver a empezar. Aunque a veces parezca que las fuerzas decaen, aunque a veces sentimos dolor en el alma, desánimo, siempre habrá un nuevo comienzo. Que las mujeres somos tan frágiles y nos podemos romper, pero igualmente tan fuertes que nos podemos reconstruir y resurgir como el ave Fénix. Se puede ir una pareja, alejarse la que considerabas una gran amiga, podemos perder un trabajo, un proyecto, pero siempre podemos y tenemos la obligación de volver a empezar, porque hay una fuerza interior que nunca se pierde”

Hace una recomendación: “y algo muy importante, que confíen en su instinto, porque en efecto, las mujeres hemos sido dotadas de la magia, intuición femenina, sexto sentido, o como quieran llamarle, y tenemos la capacidad de identificar cuando algo en nuestra vida o en nuestras relaciones no está bien. Si todas hiciéramos caso a esa voz interior que nos alerta, habría menos casos de violencia, de abusos, muchas más mujeres realizadas, plenas y felices, y en consecuencia mejores seres humanos educados por ellas”.

Cynthia, quien una vez regresó a su ciudad natal después de enfrentar y vencer sus miedos y debilidades, y apareció joven, feliz y sonriente en los pasillos añejos del periódico El Sol de Morelia, aún no concluye su historia. Sabe que la grandeza espiritual y humana se construye cada momento de la vida, y así lo hace diariamente, convencida de que al mundo uno viene a aprender, dar amor y lo mejor de sí.

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Convocatoria a mis amigas y compañeras blogueras y a mis contactos y seguidoras de Facebook

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Todas mis amigas y compañeras blogueras y mis seguidoras y contactos de Facebook, tienen mi admiración y respeto. Son personas valiosas, positivas, dedicadas al bien, productivas y admirables. Como bien saben, recientemente inicié una sección denominada “Mujeres de siempre”. Mi intención es relatar historias reales de mujeres que han dejado huella en algún aspecto de la vida y que pueden aconsejar a otras personas a que se atrevan a ser felices, hacer de sus sueños e ilusiones una realidad, dar lo mejor de sí y coexistir en un entorno de bien, dignidad, respeto, libertad y realización. En consecuencia, las convoco con la idea de que me escriban para así remitirles algún cuestionario y redactar sus historias con mucho gusto. El mundo de la hora presente necesita ejemplos reales de vida. A continuación, anoto algunos enlaces relacionados con la sección “Mujeres de siempre”, que espero sean de su interés y las motive a participar en este proyecto.

https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/06/15/mujeres-de-siempre-olivia-kroth-escritora-y-periodista/

https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/06/28/mujeres-de-siempre-irina-viktorovna-a-su-brillante-memoria/

https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/07/06/mujeres-de-siempre-evelyn-tavares-de-una-infancia-feliz-y-una-juventud-de-ensueno-a-un-paseo-inolvidable-por-el-mundo/

https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/07/12/mujeres-de-siempre-blanca-pascual-forcada-el-arte-como-estilo-de-vida-y-los-colores-en-la-belleza-y-la-moda/

https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/07/16/mujeres-de-siempre-entrevista-a-olivia-kroth-recuerdos-de-los-juegos-olimpicos-de-verano-de-1972-en-munich-alemania/

https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/07/21/mujeres-de-siempre-lupita-vega-ibarra-una-tradicion-una-historia-y-una-vida-de-entrega-a-la-camara-de-comercio-de-morelia/

https://santiagogaliciarojonserrallonga.wordpress.com/2020/07/27/mujeres-de-siempre-rosemarie-schade-de-nina-de-guerra-a-dama-de-viajes-y-de-bien-a-la-gente/

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Mujeres de siempre: Rosemarie Schade, de “niña de guerra” a dama de viajes y de bien a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles… Rosemarie Schade

El mapa del mundo estaba cuadriculado y roto. Tenía círculos, anotaciones, fechas, signos. Olía a miedo, bombardeos, destrucción, muerte, desolación. El presente era un hoy fragmentado y resultaba aterrador, aplastante, digno de un paisaje surrealista, mientras el futuro, el amanecer del siguiente día y las auroras y los ocasos que le sucederían implacables e indiferentes, parecían inciertos. Cada instante llevaba consigo la repetición del miedo, la réplica de la incertidumbre que provocaba la guerra. La crueldad, el odio y la rivalidad entre personas y naciones, desconocen fronteras, inocencia, sonrisas, sentimientos nobles e ilusiones, y destruyen ciegamente muros y puentes, rompen las cadenas de la coexistencia armónica, aniquilan vidas. Todo queda fracturado en una guerra.

Uno, en una guerra, se siente muerto y solo. El hambre, el miedo, el ruido incesante de la artillería, la sangre, los gritos desgarradores y sus silencios repentinos, ahogan, y más al contar las ausencias en la lista de familiares y seres amados, al notar las faltas de nombres y apellidos en la vida desmaquillada, al contemplar las escuelas derruidas, al descubrir los hospitales improvisados en incesante lucha por rescatar el aliento de los moribundos, al probar el cáliz de la amargura, el pánico y la incertidumbre.

Los pedazos de muñecas y juguetes -eco de una infancia mancillada e interrumpida-, las puertas y los muros perforados por las balas, los cristales rotos, el humo que escapa de las casas derruidas, las cosas y los papeles dispersos en las calles pletóricas de escombros, las fotografías incompletas, los hogares ultrajados, la ropa manchada de sangre y mugre, los residuos humanos y sociales, todo se vuelve ruina, recuerdo, locura, amnesia. Las pesadillas escapan de los sueños y aparecen, cual fantasmas, en la realidad. La noche se vuelve día. El día se hace noche.

Aquella generación de adultos, con sus llamados “niños de guerra”, vivió lo indecible. Unos eran náufragos de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial, registrada entre 1914 y 1918; otros venían de orillas cada vez más distantes, las de las últimas décadas del siglo XIX, y algunos más eran demasiado jóvenes. Vivieron una de las pesadillas de la vigésima centuria. Un día, al amanecer, despertaron y el panorama mundial era diferente al que conocían, amenazante y mortal, y cayeron unos y se levantaron otros, hasta que hubo un final con la posibilidad de un inicio.

Incontables hombres y mujeres intentaban disimular ante sus hijos los rostros de la Segunda Guerra Mundial y les presentaban, en la medida de lo posible, lecturas, juegos e historias, distracciones que parecían máscaras endebles que pronto caían al aparecer, de improviso, escenas inevitables, sangrientas y aterradoras, mientras otros, en tanto, les hablaban directamente sobre la realidad de aquel período. ¿De qué sirve, entonces, saberse parte de la historia global, si la vida se siente amenazada y cada instante se desmorona ante el riesgo de la muerte?

Quizá, una noche silenciosa, tras una mañana y una tarde de bombardeos, invite a evocar los días de un ayer reciente, a repasar los nombres y rostros familiares y amados, a recordar historias y vivencias, y a reflexionar acerca del sentido de la existencia humana y sus cosas. Llora la gente por lo perdido, por la interrupción abrupta de su historia y sus planes. Y todos preguntan, sin duda, por qué los seres humanos, si somos hermanos, nos odiamos tanto y causamos daño.

En diciembre de 1944, la niña Rosemarie, quien nació en Königsberg -hoy Kaliningrad, Rusia-, capital de Prusia Oriental a partir de la denominada Baja Edad Media, hasta 1945, al ser tomada la ciudad por los soviéticos, cerca del río Pregolia que se fundía en la laguna del Vistula y próxima a las hermosas playas del Mar Báltico, desconocía que el mundo se deformaba por el odio de la humanidad transformado en guerra.

Rosemarie era, hasta entonces, una niña muy feliz, educada en un ambiente familiar de cariño, atenciones y consentimiento. Su madre y su niñera le dedicaban la mayor parte de su tiempo y se esmeraban en que su infancia fuera dichosa e inolvidable.

Su padre, Alfred Heine, era profesor de Matemáticas, Física y Química. Impartía clases en una escuela secundaria, en Wuppertal, Rheinland, a aproximadamente 50 kilómetros de Colonia. En ese lugar, sus padres tenían una fábrica de cartón que fue destruida, años más tarde, por los bombardeos.

No obstante, en 1936, el profesor Alfred Heine fue obligado por los nazis a abandonar su ciudad materna con la idea de trabajar a unos mil kilómetros de distancia, en Prusia, con la intención de sumarse a la enseñanza y fortalecer la educación ante la escasez de maestros.

Fue allá, en Prusia, donde el maestro conoció a Gerda Bisler, la mujer de la que se enamoró y con quien tuvo tres hijos: Lore, Bernd y Rosemarie. Evidentemente, Rosemarie era la más pequeña. Su madre era maestra de párvulos, motivo por el que la pareja contrató una niñera.

Los días infantiles de Rosemarie discurrían felices y parecían, por lo mismo, inagotables, hasta que aquel invierno, en diciembre de 1944, la familia acudió puntual a su cita con el destino y se miró de frente ante los desfiladeros de la historia y la realidad. El ambiente enrareció en casa y en el entorno. La pequeña miraba a su madre callada y nerviosa. Preparaba equipaje con apresuración. Una vez con las maletas, la mujer se trasladó con sus tres hijos a la estación del tren, rumbo a Praga, sin proporcionarles explicaciones.

Silenciosos, en un ambiente de apresuramiento y temor, la maestra de párvulos y sus tres hijos fueron acompañados por el profesor, a quien resultó imposible ir con ellos en el furgón porque debía retornar a la compañía militar, donde entonces se desempeñaba como telegrafista, función que le ayudó a obtener información acerca de la proximidad del Ejército Rojo que pronto llegaría a Prusia.

El viaje en ferrocarril parecía lento. Las ruedas de hierro pasaban una y otra vez sobre los rieles, como midiendo y calculando sus vueltas, al mismo tiempo que el vapor escapaba de la locomotora y se perdía al recibir las caricias del viento, mientras ellos, los pasajeros, miraban los escenarios desde las ventanillas con la esperanza y la urgencia de llegar pronto y a salvo a sus destinos.

Gerda intentaba mantenerse serena con la intención de no transmitir miedo y nerviosismo a sus hijos; pero cada parada, retroceso, cambio de velocidad o recorrido del supervisor de la línea ferroviaria, la inquietaba. Sentimientos tan inexplicables y poderosos se hospedaban en ella y, por lo mismo, le resultaba complicado hablar y sonreír. Estaba distraída en sus pensamientos, en ese estado extraño al que resbalan quienes viven situaciones inimaginables.

Una vez en Praga, la familia del profesor Alfred Heine abordó otro tren. La mujer y sus hijos viajaron hasta Austria, donde se instalaron en la habitación modesta de una villa antigua, la cual fue bombardeada y destruida por artillería norteamericana.

Aterrorizada por los bombardeos y las ráfagas de balas, entre gritos de personas, estallido de cristales y derrumbe de construcciones, Rosemarie, la pequeña Rosemarie, escondió debajo de las escaleras, donde permaneció refugiada durante varias horas, hasta que Gerda y sus hijos la encontraron.

Ella misma lo describe en alemán: “desafortunadamente, no hay paraíso en la tierra, pero tal vez sea algo bueno. De esta manera, apreciamos aún más lo positivo que tenemos. En realidad, permanecí enterrada horas después del colapso en la villa vieja de Austria. Mi hermana, que es mayor, me lo relató hace algunos años. Esa es, probablemente, la razón por la que tengo miedo a las habitaciones cerradas e incluso a las tormentas eléctricas fuertes. He aprendido a vivir con eso… Mi madre, en sus últimos años, se arrastraba debajo de la cama cuando había tormentas. Pienso en las muchas personas en zonas de guerra a las que nadie ayuda”.

La casa y la villa estaban desfiguradas. Aquí y allá, en un espacio y en otro, el rostro y la historia de una aldea antigua fueron alterados por las bombas, el fuego, las balas y la muerte. Fue, sin duda, el primer encuentro de Rosemarie con la guerra. Allí aprendió, sin duda, que la vida no significaba jugar con muñecas y soñar en un mundo de fantasía; la realidad parecía algo más serio y grave, tan ácido como el odio con que disparaban los militares.

El chalet donde vivía la familia Heine fue destruido por una bomba norteamericana. La misma Rosemarie aparece en una fotografía, montada en un burro, días antes de que la bomba destruyera la construcción. Atrás de ella se distingue la edificación antigua. Era muy pequeña. Ella misma cita: “solamente fueron unas pocas semanas felices en el bello chalet viejo situado a orillas del Zeller See, en Austria. Poco después, una bomba de los norteamericanos destruyó completamente el chalet y mi madre tuvo que buscar otra vez una habitación para nosotros”.

Gerda se probó a si misma. Era responsable de proteger a sus tres hijos. Consiguió una habitación en la alta montaña, cuyo dueño, paisano de la familia, tuvo compasión. La otrora maestra de párvulos tricotaba y laboraba en el campo y en el establo.

Hay momentos, en la vida, en que los seres humanos enfrentan los desafíos y los obstáculos del destino y tienen oportunidad de medirse y crecer o caer, y ella, Gerda, demostró de qué material estaba hecha al asumir los riesgos de un conflicto armado a nivel mundial, trabajar arduamente en la campiña y en el establo y atender, cuidar y educar a sus hijos Lore, Bernd y Rosemarie.

Tras el fin de la guerra, todos los alemanes, como ellos, salieron inmediatamente de Austria. Gerda y sus hijos se hospedaron en una habitación en Bavaria, mientras Alfred Heine, quien abandonó la base militar, no encontró empleo como profesor, situación que lo motivó a conseguirlo en Leverkusen, Rheinland, su región materna.

El profesor Alfred Heine no encontró en Leverkusen un departamento para alojar a su familia, la cual permaneció en Bavaria. Se sufre después de los conflictos bélicos. Quienes no mueren por la artillería, se encuentran de pronto frente a sí, desprovistos de presente y con un porvenir incierto, con un destino y un paisaje desfigurados que retan a luchar y armar los pedazos dispersos e incompletos.

Alfred Heine visitaba a su esposa y a sus tres hijos durante los períodos vacacionales. Para Gerda y sus hijos resultaba un período tranquilo, feliz y extraordinario la ausencia del profesor, quien solía gritar y pegar sin motivo en determinadas ocasiones. De pronto, se volvía un hombre severo.

La familia de Rosemarie era pobre, pero a cambio se desarrollaba en un ambiente apacible e inmersa en un paisaje hermoso, con un lago donde la pequeña aprendió a nadar. Su madre la inscribió en una escuela local y pronto consiguió una amiga con quien diluyó las horas infantiles y compartió juegos, pláticas, recuerdos, momentos.

Gerda experimentaba dolor y tristeza. Había perdido todo, a sus padres y amigos, los lugares en los que se desarrollaron su niñez y adolescencia, su empleo como profesora de párvulos y el dinero ahorrado e invertido. Añoraba con nostalgia los otros años, los del ayer, cuando vivía en Prusia, en excelentes condiciones económicas. Al parecer, su padre murió durante la guerra. Una e incontables veces se preguntaba por el destino de su progenitor. No tenía a su madre a su lado, y menos a su hermana con seis hijos, quien moraba cerca de Stuttgart. Desde la profundidad de su ser, la mujer deseaba que nunca más volviera a registrarse otra guerra.

En la hora actual de su existencia, Rosemarie abre las páginas de su memoria y suavemente da vuelta a las hojas, hasta que evoca el episodio en que durante el bombardeo, perdió su pequeña liebre de tela, extravío que le causó mucho dolor y tristeza.

Días más tarde, la pequeña Rosemarie notó la presencia de una mujer que subió hasta la habitación familiar, en la alta montaña, quien le entregó gentilmente su querida liebre, compañera de tantos juegos, imaginación e historias infantiles durante las horas más cruentas de su existencia. Se sintió agradecida e intensamente feliz, y descubrió que hasta en los momentos menos afortunados, existe la posibilidad de encontrar un destello.

Rosemarie estudió en Colonia. Se formó profesionalmente en Ciencias Económicas y en Español; mas no consiguió empleo adecuado porque en 1967 había gran cantidad de suspensiones en las actividades productivas de Alemania. Solamente una empresa que fabricaba armas y municiones, con contactos de negocios en Sudamérica, le dio oportunidad de desarrollarse laboralmente como traductora del alemán al español. Definitivamente, el proyecto existencial de la ya entonces joven Rosemarie era superior a permanecer siempre en una fábrica de armas. Nuevamente ingresó a la escuela con la idea de estudiar y convertirse, a través de los años, en profesora de Matemáticas y Español.

Retorna a su período infantil en Bavaria y asegura que se sentía inmensamente dichosa cuando su padre no se encontraba en casa. Todos, en el ambiente apacible del hogar, tenían libertad de jugar con objetos que encontraban en el suelo e ir a los alrededores y nadar en el lago.

Y así, entre una hora y otra, la infancia se diluía con sus luces y sombras, con el sí y el no de la vida. Como toda mujer que ha sufrido los estragos y la persecución de la guerra, soñaba y le ilusionaba la idea de no padecer más hambre y tener mayor espacio en su casa. Por cierto, “cuando recibíamos la visita de mi padre, éramos cinco personas las que ocupábamos la habitación, más un ganso y tres conejos que planeábamos comer un día”, evoca con la nostalgia y la sabiduría de quien ha vivido intensamente.

Y reconoce: “mi juventud no fue muy feliz. Mis padres y mis profesores eran demasiado autoritarios. En la escuela a la que asistía, había muchas chicas de familias ricas, mientras yo no podía comprar los libros y las cosas necesarias. Tenía que trabajar para ganar dinero y así estudiar. No vivía libre de las amonestaciones por parte de mi padre y de los profesores, y, a la vez, soñaba con ser independiente y poder marcharme a cualquier sitio con mi madre y mis hermanos. Leía mucho y deseaba irme a los países citados en los libros”.

Hace un paréntesis con la finalidad de relatar: “tenía una pasión que de cierta manera daba sentido a mi vida, y era tocar el piano con excelencia, virtud que me acercó a una banda de Jazz, cuyos integrantes éramos cinco muchachos y yo, la única mujer. Tocábamos en discotecas y en diversos espacios”.

La pasión por los viajes, agrega Rosemarie, “surgió por la lectura de obras que describían otras naciones y paisajes. Como no existían la televisión ni los videos sobre viajes, leía muchos libros, por ejemplo, del escritor Karl May, autor de “A orillas del río de la Plata”, y de exploradores como Alexander Von Humboldt. Imaginaba que algún día, por mí misma, podría visitar esos países”.

Y continúa: “tomé la decisión de independizarme de mi familia cuando trabajaba en Bayer Leverkusen AG. Miré un pequeño libro con todas las direcciones de las representaciones de Bayer Leverkusen en el mundo. En ese momento, tuve la idea de escribir a la representación de México y de Argentina. La oficina de Buenos Aires me contestó inmediatamente, mientras la de México lo hizo meses después. Era demasiado tarde. Viajé en barco a Sudamérica”.

Retrocede a otras páginas de su existencia y menciona que debía trabajar durante su período estudiantil para ganarse la vida. Fue entonces cuando “un día leí un cartel en la universidad, el cual invitaba a alumnos interesados en ser guías de viajes de estudiantes. Cursé un seminario con duración de una semana y presenté un examen. Como mujer, no fue fácil abrirme paso en ese medio; pero hablaba cuatro idiomas extranjeros y tenía experiencias en viajes. Fui aceptada como guía de estudiantes”.

Rosemarie conoció a su marido, Werner Schade, durante un viaje que realizó a Mallorca, en las Islas Baleares, cuando era guía para estudiantes. Su esposo era miembro del grupo estudiantil. En aquella época no tenían interés uno del otro, pero transcurrió casi un año para descubrir que entre ellos había algo más que simpatía”.

A partir de entonces, ha viajado a diversos países de los cinco continentes. Algunos los ha recorrido varias ocasiones. Tiene amigos entrañables en determinadas naciones. Participa, además, en un proyecto de ayuda a orfanatos. Tales acciones las lleva a cabo en Myanmar.

Reconoce que lo que más le agrada de los viajes son las obras de arte, la naturaleza con su flora y fauna y, principalmente, la gente. Le interesa mucho el estilo de vida de las personas sencillas y cómo influyen en ellas la religión, las tradiciones y el sistema político. Igualmente, le atraen temas relacionados con las condiciones en que viven las personas y las alternativas que existen para ayudarles a superar su crisis.

Dueña de sí misma, Rosemarie explica: “yo sé que mi vida no siempre resultó fácil. Ahora tengo mucha suerte porque puedo vivir sin padecer hambre y asisto al médico cuando estoy enferma. Los viajes me han dejado la enseñanza de que muchas personas viven en malas condiciones y que yo tengo la posibilidad de ayudarlas por lo menos un poco. De hecho, pertenezco a Myanmar Kinderhilfe, que apoya orfanatos, y también a Talita Kumi de Ecuador, que ayuda a chicas que viven en malas condiciones. Respaldo, paralelamente, un hospital para niños en Kambodscha, e integro diversas organizaciones”.

Rosemarie es creadora de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, donde publica artículos referentes a sus experiencias de viaje. Aclara: “mi página sólo tiene ese nombre porque mi idea es expresar que su autora no es joven. Su contenido se dirige a hombres y mujeres de todas las edades. La persona más joven que lee mis artículos, tiene 15 años de edad y vive en Inglaterra”.

“Los viajes significan mucho en mi vida. Me encanta admirar las bellezas naturales, arquitectónicas y artísticas que existen en el mundo; pero también me interesa conocer los problemas que hay en cada región del planeta y no concretarme exclusivamente a lo que presentan y ofrecen los diarios y la televisión. Es muy importante para mí hablar con la gente, conocer lo que sienten”, revela Rosemarie con el encanto de quien siente la pasión de vivir, dar de sí y tratar de mejorar el mundo y las condiciones de las personas que menos oportunidades de desarrollo tienen.

Confiesa que no pretende escribir un libro acerca de sus viajes porque cada uno es diferente; pero planea redactar artículos sobre ciertos países y temas. “He empezado a escribir un libro acerca de mi vida”, anuncia con la sencillez de quien verdaderamente es auténtico, libre, pleno y magistral, y confirma que la obra tratará de manera especial el tema de lo que fue durante su infancia, “una niña de guerra”, porque los jóvenes de la hora presente “no pueden imaginar cómo eran los días en esa época”.

El tiempo es una embarcación que, finalmente, llega a un puerto y a otro, donde la tripulación se queda con sus vivencias y recuerdos, con sus soles, lunas y estrellas, con su esencia, con lo que fue y con lo que es, cada uno con una historia, con pasos que dejaron huellas y rutas con diferentes significados, y ella, Rosemarie Schade, es un ser extraordinario, dedicada a lo que le encanta -los viajes-, y también al conocimiento y al bien. Como mujer de siempre, deja trozos de sí a los demás, fragmentos que germinan en los corazones y se reproducen para multiplicar el bien y dibujar alegría y esperanza en otros rostros.

Habla pausadamente: “el mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles…”

Se despide como es, grandiosa, sencilla, extraordinaria, con sus recuerdos y vivencias. Tiene proyecto existencial. Valora cada instante de su vida. Es la otrora “niña de guerra” que superó las adversidades, la pobreza, el hambre, y se preparó, trabajó y cumplió sus aspiraciones. Es y será mujer de siempre.

Derechos reservados conforme a la ley

 

Enlace de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, de Rosemarie Schade:

Mujeres de siempre: Lupita Vega Ibarra, una tradición, una historia y una vida de entrega a la Cámara de Comercio de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue la historia de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia*. Cuando nació, el 20 de diciembre de 1928, la institución en la que laboró desde las horas de 1952, apenas tenía 33 años de existencia. Conoció los días y las noches de la agrupación empresarial, sus luces y sombras, su tradición y sus capítulos. Por vivir tanto, llevó consigo los recuerdos del ayer, las imágenes de otros años y rostros con nombres y apellidos cada vez menos presentes en la memoria colectiva.

* Morelia, la antigua Valladolid, es una ciudad que fundaron los españoles el 18 de mayo de 1541. Es capital de Michoacán, estado que se sitúa al centro-occidente de México. La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia fue creada en 1895 por el empresario alemán Luis Andresen y otros hombres de negocios, y protocolizada en 1896 por Ramón Ramírez Núñez, comerciante, hacendado y prestamista.

Desafiar al tiempo implica un costo, un peso, una carga. La vida es breve, se fuga igual que como llegó, entre un suspiro y otro, en un abrir y cerrar de ojos, y ella, Guadalupe Vega Ibarra -Lupita, como le llamábamos cariñosamente quienes tuvimos oportunidad de conocerla y tratarla-, se atrevió a caminar al lado de los minutos, las horas y los años.

Longeva y sana por naturaleza, “porque no sufro ni una gripe”, también lo fue por herencia, ya que su padre trabajó en la Harinera de Morelia durante 57 años consecutivos, hasta que se jubiló. Ella presumía que nunca presentó incapacidades laborales. Siempre se sintió bien y jamás se ausentó ni por vacaciones. Su vida y su sueño fueron la Cámara de Comercio de Morelia.

Recomendaba una alimentación equilibrada y sana, suficientes horas de sueño, acciones nobles y mucha productividad, Lupita fue la joya de la Cámara de Comercio de Morelia. Se formó como secretaria en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, perteneciente a la institución, de la que egresó en 1952 y en la que impartió clases de Mecanografía a las señoritas del segundo curso de Secretariado.

Como anécdota, habría que recordar los días juveniles de Lupita, época en que su cabello era tan largo que llegaba a sus tobillos. Daba atención especial a su cabellera. Un día, las autoridades municipales de Morelia realizaron una obra cerca del templo virreinal de San José y afectó las calles aledañas, como la de Serapio Rendón, donde se encontraba la casa de Lupita. Los vecinos enfrentaron carencia de agua. Una amiga invitó a Lupita a bañarse en su casa, pero la entonces joven estudiante de la Academia, sugirió que solicitara permiso a su madre porque era una señora muy delicada y severa.

Mientas la muchacha intentaba convencer a la madre de Lupita para que le permitiera bañarse en su casa, la mujer vio a su hija con enojo y se concretó a decir que estaba en libertad de elegir la decisión que más le conviniera. Lupita bañó en una pila enorme de piedra y posteriormente, una vez que secó su cabellera con una toalla y la peinó con un cepillo que le prestó su amiga, se retiró a su casa feliz, limpia, sin imaginar que días más tarde, tras la comezón intensa, descubriría que los piojos habían anidado en su cabeza. Con la molestia de su madre, quien atribuyó el contagio a la desobediencia de la muchacha, Lupita, entristecida, acudió al salón de belleza, donde una estilista cortó su enorme cabellera.

Al egresar de la institución educativa, presentó examen junto con otras dos jóvenes para ser contratada como secretaria de la Cámara de Comercio de Morelia. En aquellos días, tanto la Academia como la Cámara se encontraban en una finca de la calle Ignacio Zaragoza 148, en el centro histórico de la ciudad, donde los empresarios pagaban renta que cada día parecía más onerosa.

Como antecedente, hay que señalar que la secretaria que entonces laboraba en la institución, pronto contraería matrimonio. Mandaba a Lupita al mercado “Revolución”, en el antiguo barrio de San Juan de los Mexicanos, con el propósito de que le comprara algunos artículos para preparar la comida en su casa. Descubrió en la muchacha bastante talento, motivo por el que le confió que pronto se retiraría de la vida laboral para dedicarse a su hogar. Preguntó a la joven si le interesaría laborar como secretaria del presidente de la asociación, Francisco Páramo Castro, quien era propietario de una tienda de pinturas establecida en las calles de Valladolid y Morelos Sur, en el centro moreliano. Sin meditarlo tanto, Guadalupe Vega Ibarra pensó que se trataba de una responsabilidad enorme, pero aceptó con la alegría e ilusión juvenil.

De las tres aspirantes que se presentaron al examen, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, obtuvo la calificación más alta y fue contratada, acaso sin sospechar que a partir de entonces los días de su existencia estarían totalmente ligados a la Cámara de Comercio de Morelia. Se presentaba diariamente a las siete de la mañana y se retiraba a las nueve de la noche. En ocasiones trabajaba los sábados.

Armando García Sánchez, presidente en tres ocasiones de la Cámara de Comercio de Morelia, en los períodos 1948-1949, 1956 y 1961-1962, comentó alguna vez a Lupita que la renta mensual que pagaban por la finca era excesiva, motivo por el que requerían una casa propia. Era necesario, en consecuencia, conseguir dinero por medio de las cuotas que pagaban los socios. Lupita entendió el mensaje y se comprometió a multiplicar esfuerzos con la finalidad de captar mayor cantidad de recursos económicos. Y así lo hizo, salió a las calles un día y otro, donde visitó establecimientos comerciales para afiliarlos a cambio de los servicios que ofrecía la agrupación.

Un día, sin esperarlo, un comerciante anunció a Lupita que tenía en venta una finca antigua, cuyo precio era de 80 mil pesos. Anunció la oferta al presidente de la Cámara, Luis Torres Villicaña, quien tras analizar el precio con los consejeros, tomó la decisión de hablar con el propietario de la casona para negociar la compra-venta. Durante la negociación, ambas partes acordaron el precio del inmueble por 80 mil pesos a plazos.

En reunión de consejo, Luis Torres Villicaña y su equipo de consejeros establecieron el compromiso de adquirir la casa por la cantidad pactada, en abonos, más la aportación de 20 mil pesos que se destinarían a trabajos de restauración. Todos se dedicaron a conseguir recursos económicos para cumplir el compromiso, incluida Lupita Vega Ibarra, quien desde muy temprano salía en busca de socios.

Durante las siguientes gestiones, continuó la tarea de conseguir recursos para sostener los gastos de la Cámara, pagar el inmueble y concluir su restauración, al grado que en consejo se aprobó la elaboración de una circular a todos los socios, en el sentido de solicitar a cada uno la adquisición de bonos que se tomarían como préstamos. Obviamente, fue la fórmula para apresurar los pagos de la casa que se localiza en 20 de Noviembre 55, en el centro histórico de Morelia.

Años más tarde, en otros días que Lupita evocaba con nostalgia, un comerciante llegó a las oficinas de la Cámara con la idea de ofrecer en venta un terreno con una casa en ruinas, que poseía en la calle Quintana Roo, frente al templo de La Soterraña, oferta que de inmediato informó la mujer al consejo directivo que entonces estaba interesado en conseguir una propiedad para construir la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Lupita Vega Ibarra, quien nació en la calle Serapio Rendón, en casa de su abuela materna, y desde hacía décadas moraba en la calle Estaño, en la colonia Industrial, en el antiguo Barrio de Santa María de los Urdiales y el añejo Paseo de las Lechugas, fue pieza fundamental no solamente en la adquisición de las dos fincas que hoy son propiedad de la Cámara de Comercio de Morelia, sino en los pagos puntuales.

Perteneciente a la generación que inició sus estudios de secretariado en 1948, en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, Lupita fue amiga, entre otras jóvenes, de María del Carmen Hinojosa González, quien sería madre del otrora presidente de la República Mexicana, Felipe Calderón Hinojosa.

Durante mucho tiempo, transcribió los informes de los secretarios a los libros de actas, tramitó licencias municipales en el Ayuntamiento de Morelia, visitó diariamente a los comerciantes y prestadores de servicios, recuperó cuotas de filiación en gran cantidad y efectuó una diversidad de trámites en diferentes dependencias públicas e instituciones.

Cuando la directiva adquirió el inmueble para instalar la Cámara y la Academia, en su sede actual, el presidente de la misma, Luis Torres Villicaña, dijo a Lupita: “necesitamos dinero para pagar la casa. Usted sabe cómo le hace para conseguirlo…” Y cumplió la encomienda como lo hizo, más tarde, con la compra de la casa en ruinas de la calle Quintana Roo, donde fue establecida la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Moreliana por nacimiento y tradición, despertaba a las seis de la mañana, barría la calle, desayunaba y se preparaba para llegar puntual, como cada día, a su empleo; dormía entre nueve y media y diez de la noche. La mujer que durante los minutos de su infancia jugó en los campos del Molino Santa Lucía, en la colonia Industrial, y ganaba las competencias de carreras de una esquina a otra y brincaba la cuerda, se entregó años después, con la misma pasión, a la Cámara de Comercio de Morelia.

Ese es el secreto, parece, entregarse con autenticidad y pasión a algo, desarrollarse plenamente, dar lo mejor de sí, creer en algo, soñarlo y materializarlo. Y Lupita lo hizo, hasta fundirse, en cierto sentido, con la esencia de la Cámara de Comercio de Morelia, una de las más antiguas de su género en México.

A través de los años, Guadalupe Vega Ibarra fue, además, custodio de los muebles y documentos de la institución. Impidió, en diversas ocasiones, que algunas personas se llevaran las sillas, la mesa, el archivero, el perchero con su espejo y otros muebles, todos antiguos, como se opuso, en la última década del siglo pasado, a las actitudes de un director de la agrupación camaral, quien con apoyo de sus alumnos, extrajo cajas con papeles y libros de actas añejos que tiraron a la basura, con lo que eliminaron irresponsablemente la historia de la institución; sin embargo, lamentaba desconocer el paradero de las fotografías de antaño, las máquinas de escribir L.C. Smith y cajas y sumadoras del ayer, como también le lastimaban las modificaciones estructurales de la casona, “totalmente fuera de contexto”, aseguraba con molestia y de frente. “como el piso del patio principal que sustituyó los mosaicos tan hermosos. Ese piso verde es un adefesio, un insulto al edificio y a lo que representa la institución”.

Cuando escribí el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, entre 2017 y 2018, vivió, al menos, dos momentos emotivos que la conectaron con los otros días, los de ayer: la visita de Javier Esparza Rodríguez, zacatecano, también nacido en 1928, quien fue su jefe entre 1962 y 1963. Una de las empleadas de la Cámara, ofreció té al otrora presidente, quien minutos más tarde, para su sorpresa, recibió la taza y el pequeño plato por parte de Lupita. Ambos comprobaron que la vida es un engranaje incesante que determinado día, en cierto lugar y hora, puede reunir a los protagonistas de los otros años. El otro capítulo emotivo para Lupita fue cuando salí con ella, como escritor, periodista y amigo suyo, a la finca marcada con el número 148 en la calle Ignacio Zaragoza, en el centro histórico de Morelia, antigua sede de la Cámara de Comercio y de la Academia. Alguien permitió amablemente nuestro paso y Lupita, profundamente emocionada, suspiró y exclamó que habían transcurrido por lo menos seis décadas, 60 años, desde la última vez que ingresó a la finca.

Entendió, porque así lo confirmó, que aquella visita al inmueble que albergó sus amadas y entrañables Academia y Cámara, era un regalo de la vida, como lo fue, igualmente, el encuentro con su antiguo jefe, Javier Esparza Rodríguez, a quien calificó como hombre afable, justo, productivo y honesto.

Miró un rincón y otro, como si pretendiera atrapar los ecos del ayer, los murmullos de antaño, aquellas pláticas y risas de las jóvenes que estudiaban Secretariado y se enamoraban y soñaban y ensayaban el juego de la vida, las voces de los muchachos que cursaban Contaduría y compartían aventuras, espacios, momentos; pero también las cátedras de los profesores, el paso del tiempo, las reuniones de los hombres de negocios, las juntas semanales que entonces realizaban los directivos camarales. Encontró, a su paso lento, pedazos de historia, un ayer roto, testimonios rotos de su vida.

La mujer caminaba por los espacios públicos y las callejuelas del centro histórico de Morelia, como desafiando al tiempo, con su carpeta con documentos de filiación y su blusa que presumía el nombre de la institución a la que perteneció desde hacía casi siete décadas y el suyo, Guadalupe Vega Ibarra.

Era un ser humano fuerte e inagotable. Hace algunos años apenas -oh, ¿qué es el tiempo si no la sucesión de acontecimientos? ¿Acaso es recolección de sentimientos, ideas y actos, o es, quizá, la acumulación de momentos, realidades, sueños e historias? ¿Qué es? ¿Es sueño, es vida, es ilusión?-, Lupita fue atropellada en dos ocasiones y resultó con las heridas consecuentes y, asombroso, sin fracturas, al grado de que el médico que la atendió le preguntó, en broma, de qué estaba hecha, y ella, como era, respondió: “igual que usted, doctor, de carne y hueso; pero con muchos deseos de vivir”.

Un final

La trama de la vida está formada de compases, momentos, colores y susurros que la enriquecen, la hacen diferente o la empobrecen y convierten en notas discordantes. La biografía de un ser humano inicia un día y concluye otro. A una hora sube el telón y a otra, casi siempre insospechada, desciende al mismo tiempo que los reflectores se apagan.

Lupita Vega Ibarra llegó ese día a laborar, a la oficina que la añora y exhala su aroma, el viernes 14 de diciembre de 2018. Cobró su sueldo por honorarios y recibió una compensación extraordinaria por las fiestas decembrinas y de fin de año y abrazó a todos sus compañeros, deseándoles una Navidad feliz y el inicio de 2019 con alegría, salud y prosperidad.

Se despidió como si algo, en su interior, le indicara que no retornaría más a su Cámara de Comercio tan amada. Y así fue. Por su edad, el entonces presidente de la institución, Luis Navarro García, dialogó con su hermano y otros miembros de su familia con la idea de concluir la relación laboral con una mujer que ha quedado en la historia de la agrupación. Quedan inscritos el aroma y los recuerdos de Lupita en los paredones de cantera, en los recintos, en los dos patios, en memoria de quien entregó los días de su existencia a una institución que algo tiene de encanto.

Luis Navarro García es un hombre justo y honesto. Comprendió, entonces, que Lupita, a sus 90 años de edad, se exponía al salir cotidianamente a la calle en busca de agremiados y socios, y que era conveniente, por lo mismo, ofrecerle condiciones para su retiro digno. Años antes, ella obtuvo su jubilación. Laboraba por honorarios.

Y se fue y mantuvo consigo el recuerdo de la Cámara de Comercio de Morelia, su mundo, su vida, su ilusión, su historia, su aliento. Y llegó el día de su transición, la hora de abordar el furgón en una estación para dirigirse a otro plano, a su destino.

La tarde del lunes 20 de julio de 2020, ella, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, casi de 92 años de edad, dio el último suspiro y así, con su estilo y su biografía, dejó su ejemplo y remembranza en la Cámara de Comercio de Morelia, cuyos paredones y corredores de cantera indudablemente exhalan su fragancia y la proyectan, dentro y fuera de la institución, como una mujer de siempre. ¿Qué somos? ¿Realidad, sueño, ilusión? ¿Esencia?, ¿arcilla? Tal es la vida.

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