Fórmula con cierta intencionalidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para que alguien resbale y caiga, es preciso, de alguna manera, que pierda el equilibrio. Y si, además, se le rompe, se le abandona en el suelo, se le fractura, y se le enfrenta a otros y se le divide, mayor será su fragilidad, al grado de que resultará sencillo mantenerlo enajenado, totalmente manipulado, para ejercer control absoluto. Esta fórmula ofrece, sustancial y materialmente, un consejo con objetivos y resultados mezquinos y perversos. No obstante, se trata de una estrategia que, aquí y allá, en distintas regiones del mundo, las élites poderosas han aplicado gradualmente, con cierta intencionalidad, como enfrentar y dividir a los opuestos -padres e hijos, profesores y alumnos, patrones y trabajadores, adultos y menores, autoridades y sociedad, mujeres y hombres, acaudalados y pobres-, con la idea de desgarrar a las familias, a los pueblos, a las instituciones, y así, rotos, adversarios y enajenados, apoderarse de sus voluntades, de sus cosas, de sus destinos, de sus vidas. Y lo han hecho, primero, por medio de la radio y la televisión, y, ahora, a través de redes sociales y páginas cibernéticas, casi de manera imperceptible, sin que la gente entienda que siempre, desde hace varias generaciones, han convivido con el enemigo en casa, en la sala, en el comedor, en el jardín, en la cama, en el estudio, en la cocina, en todas partes. Los resultados se encuentran ante todos, con gobiernos y pueblos intolerantes, violentos, deshumanizados. Miramos tanta crueldad y falta de valores -ausencia de bien-, que a veces preguntamos dónde quedamos, en qué lugar quedaron los ecos y trozos de lo que fuimos. Una humanidad descosida, esclava de sí misma, transformada en serie, en sentimientos e ideas uniformes, carente de valores, cruel e inculta, está destinada a resbalar y caer en lo hondo de abismos mortales. Es hora de reaccionar, al menos quienes todavía conservan el bien y la verdad en sus vidas. Son quienes podrán rescatar y salvar a la humanidad. Sumemos y multipliquemos por el bien y la verdad, por los sentimientos nobles y los pensamientos libres, por los sueños y la vida en armonía, con equilibrio y plena.

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Cierre de negocios y afectación a la economía, a las inversiones y a los empleos, con grandes riesgos sociales

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

México ocupa uno de los peores sitios, a nivel mundial, en cuanto a implementación de estrategias y acciones orientadas a enfrentar los contagios relacionados con el coronavirus. Desde el inicio de la enfermedad, autoridades y sociedad prefirieron desviar irresponsablemente su atención en asuntos baladíes, estúpidos y superficiales, que en reunirse en torno a un asunto de interés público y emergente, de tal manera que abrieron la puerta a la enfermedad y la muerte.

Ante la falta de compromiso e interés en resolver un problema de sanidad mundial, autoridades y legisladores, en toda la geografía nacional, han actuado conforme se presentan los acontecimientos, unas veces consintiendo el desorden, las aglomeraciones y el descuido, y otras, en tanto, con diferentes ocurrencias que, definitivamente, no contribuirán a eliminar contagios ni solucionarán la situación y sí, en cambio, significarán descontento social, quiebra de empresas, pérdida de empleos, mayores índices de delincuencia y caos, como ordenar el cierre parcial o total de establecimientos comerciales, de servicios e industriales.

En una nación donde los diferentes gobiernos han saqueado las riquezas y, de paso, desmantelado los sistemas de salud y seguridad, con gran cantidad de medios de comunicación más dedicados a la complicidad y a la vocación de mercenarios que a la labor de informar y orientar, y con una población que en todos sus niveles ha perdido educación, valores y cultura -aunque aleguen que cursaron la universidad y exhiban títulos con maestrías y doctorados-, muy proclive a la violencia, distraída en programas de televisión que idiotizan y en el encanto cibernético que utilizan ociosamente, a las autoridades les parece fácil tomar la decisión de ordenar el cierre de empresas, bajo la amenaza de clausurarlas e incluso sancionarlas.

Todos sabemos que el coronavirus fue creado en laboratorios y dispersado estratégicamente en diferentes regiones del mundo para su propagación inmediata, y que no cederá mientras los laboratorios no comercialicen satisfactoriamente sus miles de millones de vacunas. Necesitan muchos fallecidos para justificar la venta millonaria de vacunas, a pesar de la aparición de nuevas manifestaciones en la enfermedad. Esa información nadie la ignora.

El hecho de ordenar el cierre parcial o total de negocios, en cualquier zona del país, representa perjuicios mayores, entre los que destacan los siguientes: contracción de las actividades financieras, de servicios, comerciales e industriales, con los consecuentes riesgos de quiebra y pérdida de innumerables empleos y las inmediatas expresiones de inseguridad y efervescencia social; aglomeraciones excesivas de consumidores en mercados, tiendas y centros comerciales durante los días permitidos a las compras, lo que en los hechos contradice la intención de evitar multitudes; propiciamiento de la informalidad y del mercado negro; desolación en las calles y mayores riesgos de delincuencia; peligro constante para los giros indispensables, como farmacias, que pueden ser asaltado por quienes aprovechen el encierro de la gente.

La solución no es reprimir las actividades económicas con el gran peligro social. Gobernantes y legisladores, en todo el país, deben olvidar la comodidad de sus ingresos y sus rivalidades políticas, convocar a auténticas reuniones con todos los sectores sociales y analizar la situación nacional, llegar a acuerdos y tomar decisiones inteligentes, con castigos severos para aquellos que violen las disposiciones.

Es absurdo ordenar el cierre parcial o total de la economía y que la gente, en tanto, se reúna en alguna casa, celebre aniversarios, acuda a comidas. Eso debe supervisarse. La gente no se protege, es sucia, juega a la simulación con los protocolos sanitarios. Es algo que debe revisarse. Mucha de la gente joven, despreciativa y totalmente ensoberbecida, desdeña las indicaciones oficiales y desafía el peligro, mientras viejos ignorantes tratan de demostrar que son fuertes, vigorosos, y desatienden las medidas. Eso hay que vigilarlo. La gente sale en estampida y se concentra, irresponsablemente, en los espacios públicos, en las plazas comerciales, en las calles, en los bares, y eso hay que evitarlo en esta época. Muchas de las costumbres individuales y colectivas -en esto no importan los niveles económicos y educativos- son demasiado primarias, totalmente rebasadas por la lógica, y eso afecta a toda la nación. Es preciso efectuar un trabajo minucioso, un análisis serio, con la idea de responder a las necesidades emergentes de la hora contemporánea; pero no será, definitivamente, paralizando las actividades económicas con los consecuentes riesgos sociales.

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¿Son dignos de confianza?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, y solo es una interrogante sin el afán de agredir, si los políticos que transitan de un partido a otro, por capricho, ambición e interés de conseguir un cargo público, serán personas equilibradas, confiables, respetuosas y congruentes. Quizá por oportunismo, tal vez por ausencia de convicciones, acaso por la ambición desmedida de ejercer el poder y los recursos públicos, se empeñan en ser ellos los candidatos exclusivos, como las vedetes, aunque con anterioridad hayan llevado a cabo esas funciones con exceso de mediocridad. Y si tales personajes ofrecen espectáculos denigrantes y parecen indignos de confianza por su deslealtad, indisciplina y necedad de aferrarse al poder, a los presupuestos gubernamentales, llama la atención que los otros, los militantes de los partidos políticos, callen y acepten esa clase de abusos y prácticas que con frecuencia se registran en diversas regiones del mundo. Unas veces, esos hombres y mujeres, los mismos de siempre, portan un color, y algunas más, en un carrusel de matices que únicamente resulta un camuflaje, una farsa, aparecen con otro, como si fueran dueños de armarios repletos de playeras de diversos estilos. Si no existen proyectos integrales de nación en diferentes zonas del planeta, menos los habrá con gobernantes, políticos, legisladores y funcionarios sin compromiso ni lealtad a los principios de los partidos e instituciones que alguna vez les otorgaron su respaldo. Tampoco serán responsables con los pueblos. Quieren repetir sus funciones públicas como aquellos que obtienen un trofeo y muchos más. No admiten que la gente no los quiere y los rechaza por corruptos, en algunos casos, e ineptos, en otros. Y lo más lamentable es que las mayorías emiten sus votos por esa clase de personajes que hasta suelen presentarse con apariencias de comediantes y modelos de aparador. ¿Quiénes serán menos confiables, los políticos aferrados al poder, carentes de responsabilidad, compromiso y resultados favorables, ávidos de manejar las finanzas públicas, o la gente que vuelve a confiar en ellos, cegada, distraída y masificada, que otorga mayor credibilidad a la apariencia, a la simulación, que a las propuestas inteligentes y bien intencionadas?

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El mundo necesita algo más

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No necesitamos personajes mesiánicos que adivinen el futuro, anticipen hechos destructivos a nivel global y ofrezcan recomendaciones y fórmulas a la humanidad, ni tampoco gobernantes, científicos, líderes, académicos, medios de comunicación, instituciones, políticos, artistas, rezanderos e intelectuales que les aplaudan tanto como si fueran cómplices, mercenarios o títeres. El mundo requiere líderes genuinos, personas auténticas que más que declarar, aconsejar y recomendar lo que no hacen sobre temas preocupantes, que son del conocimiento público, sepan convocar a millones de hombres y mujeres, en cada nación, con el objetivo de enfrentar los retos y problemas con acciones y estrategias reales y honestas, en beneficio colectivo y no de su grupo influyente y poderoso. A la humanidad le urge despertar, sacudirse, reaccionar y emprender acciones orientadas a su rescate y salvación, antes de resbalar al precipicio, a los abismos, y naufragar, hasta ser salvada por grupos depravados que le cobrarán el favor de lanzarle cuerdas podridas para que no se ahogue en las turbulencias provocadas con cierta intencionalidad. Esa élite ya tiene el poder económico, militar y político, en todo el planeta, lo que evidentemente no la hace invulnerable. ¿Cuál es el afán de manipular, jugar tramposamente, mentir y controlar a millones de seres humanos? ¿Contra quién ejercerán su poder una vez que sometan al mundo entero? Resulta estúpido creer que serán eternos y que un sistema absoluto y oscurantista reinará siempre. Y los incontables hombres y mujeres que habitan el planeta, ¿a qué hora interrumpirán sus sueños de consumismo, sus estupideces, sus apetitos pasajeros y sus superficialidades? El mundo no necesita un teatro macabro con espectadores asustados y pasivos, actores hipócritas y titiriteros, guionistas, directores y productores mañosos e impíos. La gente, en el mundo, requiere amor, honestidad, valores, justicia, dignidad, respeto, paz, educación, libertad, progreso, salud.

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Era necesario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era necesario distraer, enfrentar y dividir a las familias, hasta deshumanizarlas y enfermarlas totalmente, mutilarlas y arrancarles su esencia, con el objetivo perverso de vaciar a la sociedad, transformarla en cáscara y en basura, y así, masificada, uniforme, distraída, indiferente, superficial y enajenada, corromperla, etiquetarla en producción en serie y someterla a los apetitos, caprichos e intereses abyectos de quienes, dueños de las fortunas y del poder, pretenden apropiarse de las voluntades humanas y de las riquezas del planeta. Ya idiotizaron a millones de personas que hasta se creen responsables de la contaminación en los mares, cuando la mayoría de la gente habita otras regiones y son ellos, una élite poderosa, los depredadores de esteros y zonas naturales. La gente está distraída en sus aparatos móviles, en las estupideces cotidianas que intercambian y que son tan ajenas a la realidad, al consumo de mercancía y servicios superfluos, a temas grotescos de televisión. Ahora resulta más sencillo alterar la genética y fabricar hombres y mujeres estúpidos, inmorales y sumisos, ausentes de sentimientos e ideas. Han convertido a las sociedades en mastiques que, apelmazados y silenciosos, únicamente servirán para sostener los cristales más elegantes. Casi ninguna institución es confiable. Todos los sectores, a nivel local y global -gobiernos, iglesias, bancos, academia, científicos, artistas, intelectuales, incontables médicos, redes sociales y medios masivos de comunicación, entre otros- parecen cómplices, temerosos o amenazados mortalmente. Nadie se opone ni se atreve a contradecir a la élite poderosa. La mayoría ha callado y obedece y sigue recomendaciones, incluso, de los nuevos mesías que si predicen los acontecimientos y dan recomendaciones, es porque conocen lo que existe detrás del teatro internacional. Son dueños de la mesa de juego, del tablero, de las fichas y de los dados. Una de las mejores fórmulas para enfrentar y eliminar al grupúsculo que se está apoderando del mundo, es actuar de inmediato en la reconstrucción y el fortalecimiento de las familias, integrarlas y retornar a los valores genuinos; sin embargo, se trata de una labor titánica que requiere compromiso, responsabilidad y participación de millones de hombres y mujeres en todo el planeta. ¿Lo lograremos?

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La visita a un amigo de mi abuelo y sus recuerdos del 2 de octubre de 1968

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue una amistad que perduró y rompió fronteras impuestas por el tiempo, la ausencia y el espacio. Comprobé que para algunas personas, la amistad es algo más que un encuentro fortuito o un saludo casual; se trata, parece, de una historia de capítulos mutuos, instantes y años compartidos, convivencia irrepetible.

Aquella tarde, a mis 23 años de edad, llegué hasta su consultorio, instalado lujosamente en un edificio de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Proporcioné mi nombre a la recepcionista, quien anunció al médico militar, al doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, que yo, el nieto de su antiguo amigo Gonzalo Rojon, me encontraba en la sala de espera.

Con la alegría y emoción de identificar y recordar, en la profundidad de mi mirada, a su antiguo amigo, al compañero de sus correrías juveniles y sus proyectos en la etapa de madurez -a mi abuelo-, salió el hombre de su consultorio, quien por cierto nació el 14 de febrero de 1906. Me saludó amablemente, pasó su brazo sobre mi hombro y me invitó a platicar en su gabinete.

Me encontraba frente al amigo de mi abuelo. Por fin, tenía oportunidad de conocerlo, dialogar con él y comprobar, una vez más, que los personajes y las historias que relataba mi madre desde mi niñez, eran verídicas.

Contento y sonriente, me dedicó parte de aquella tarde, y narró anécdotas relacionadas con mi abuelo materno, sobre todo cuando le platiqué que algún día escribiría un libro referente a familias de antaño, incluida la mía. Desde la infancia he recolectado esa clase de historias y quizá, algún día, las escribiré y publicaré.

El hombre conversó con amenidad. Recordó historias que parecían extraviadas en los días de antaño, náufragas de otros momentos, y me lo agradeció al admitir que mi presencia le había alegrado la tarde, con el encanto de retornar a épocas pasadas de su existencia.

Abelardo Zertuche Rodríguez era un médico célebre. En su historial como profesionista, contaba entre sus pacientes a Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, mejor conocido en México y en el mundo, a través de sus películas, como Mario Moreno “Cantinflas”. Él le operó los ojos. El mimo fue su paciente durante muchos años.

También dialogó acerca de la Revolución Mexicana que inició el 20 de noviembre de 1910, cuando él apenas tenía cuatro años de edad, y todo lo que vivió, en su niñez, adolescencia y juventud, en un México convulsivo que buscaba encontrarse a sí mismo, a pesar de sus contrastes y de los encuentros y desencuentros de sus protagonistas.

Me marchaba del consultorio, agradecido y feliz, cuando detuvo mi marcha. Calló unos instantes, me miró reflexivo y advirtió que deseaba compartirme un tema que le parecía importante. Argumentó que al escucharme tan entusiasmado en mi proyecto de escribir libros -le entregué el que publiqué a los 20 años de edad. Oh, pecado de juventud-, pensó que tal vez me resultaría útil un dato ajeno a nuestra conversación, el cual, al paso de los años, indudablemente podría comentar públicamente.

Lo escuché. Habló pausadamente y con firmeza, y dijo que él había operado, años atrás, en 1968, al entonces presidente de la República Mexicana, Gustavo Díaz Ordaz, el cual, al registrarse la matanza de estudiantes en Tlatelolco, Ciudad de México, el 2 de octubre, permanecía en cama y en reposo, convaleciente de una operación que le practicó en los ojos, fecha en que su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, quien se convertiría en el siguiente mandatario nacional para mal del país, ordenó la embestida brutal contra los jóvenes que se manifestaban en la Plaza de las Tres Culturas.

Antes de concluir, se preguntó que quién más iba a saber las condiciones en que se encontraba el presidente Gustavo Díaz Ordaz, si él fue su médico y lo había operado en aquel período. El abuso de poder y la matanza, agregó, no fue ordenada por él, sino por el otro, quien abusó y se excedió con el pretexto de que las Olimpiadas, que se inaugurarían en el país el 12 de octubre de 1968, requerían, para su desarrollo, proyectar una imagen ordenada y pacífica de México. Gustavo Díaz Ordaz se responsabilizó a sí mismo de los acontecimientos, pero la mayoría ignora que el hombre se encontraba en proceso de recuperación tras la cirugía, completó el médico.

Añadió el galeno que tan enloquecido por el poder estaba Luis Echeverría Álvarez que, el jueves de Corpus Christi -10 de junio de 1971., ordenó otra embestida criminal contra estudiantes. Alguien tan cobarde, que no asume su responsabilidad públicamente y permite que un mandatario nacional se cumple totalmente de hechos tan reprobables, cuando en realidad estaba en cama, y posteriormente, ya con el poder absoluto en las manos, repite los asesinatos, ya como presidente de México, no merece credibilidad y sí, en cambio, el peso de las leyes y la condena histórica, recalcó.

El doctor Abelardo Zertuche Rodríguez confió en mí. Me dejó la encomienda de un día, cualquiera de mi vida, transmitir lo que él sabía acerca de la matanza de Tlatelolco, fecha que desde entonces, hasta el minuto presente, es motivo de marchas estudiantiles, cada 2 de octubre, en la Ciudad de México y en las principales urbes del territorio nacional.

Aclaro que, en lo personal, no simpatizo con la clase política mexicana que ha abusado del poder para beneficiarse en lo individual y favorecer a los grupos a los que pertenecen, siempre en perjuicio de la nación y de sus habitantes; sin embargo, hoy he escrito la información que me proporcionó el doctor Abelardo Zertuche Rodríguez, quien tenía un escenario más amplio sobre las condiciones de salud en que se encontraba al mandatario nacional, Gustavo Díaz Ordaz, en octubre de 1968.

Hoy, varios años después, cumplo la petición del amigo de mi abuelo materno, quien una tarde de mi juventud me regaló algunas horas de plática amena y me relató historias que contribuyeron a enriquecer mi anecdotario familiar.

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Televisoras mexicanas, ¿nodrizas de millones de hogares?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Sí, me refiero a México

En la medida que una sociedad se masifica, es más cómodo y sencillo manipularla, aplicar la estrategia del engaño, dividirla o unirla con algún objetivo, jugar con sus intereses nacionales, acecharla, hostigarla, ejercer el poder aplastante y gobernar con corrupción, terror e injusticia.

Obviamente, para desnudar a los habitantes de un país, es preciso diseñar un plan maestro e implementar estrategias y la ley de la gradualidad, con la que los dueños del poder y las “oportunidades históricas”, un día, otro y muchos más desmantelan instituciones, estructuras sociales, costumbres, tradiciones, educación, riqueza y soberanía nacional.

En esa partida tramposa, no importan las consecuencias. Si hay que sacrificar niños, mujeres, ancianos, jóvenes, hombres, simplemente se deben considerar víctimas, número, estadística. Qué importa, entonces, que mueran o sufran tantas personas si es a cambio del bienestar de la clase política mexicana y sus cómplices los empresarios que hacen negocios sucios.

En este juego perverso, la clase política, respaldada por un grupo reducido de familias que en conjunto poseen fortunas superiores a las reservas del país, establece alianza con las televisoras nacionales -nodrizas de incontables generaciones-, las cuales “normalizan” las situaciones negativas e insanas, ridiculizan a la familia y a las instituciones -véanse los bufones, los cortes comerciales y las telenovelas, verbigracia-, promueven superficialidades y promiscuidad, disfrazan la realidad mexicana con maniquíes de aparador, establecen e imponen conceptos y modelos de vida artificiales y estúpidos, aplastan los valores y hasta fomentan la discordia, la vulgaridad, la estulticia, la confusión y la violencia.

Quien se altere y se sienta ofendido, solamente debe sacrificar algunas horas de su existencia, como diariamente lo hacen millones de mexicanos, para comprobar que la televisión, con el internet mal empleado, contribuyen al atraso y desmantelamiento de México.

La gente, multiplicada por millones, está fascinada con tales modelos de vida que llenan su terrible vacío e insignificancia existencial a través de la idea de que vale si posee un automóvil, una residencia con piscina, vacaciones constantes, perfumes y ropa de marcas prestigiosas, calzado que provoca envidia y no deja huellas y consumismo irracional. Todo se paga a crédito, se empeña la vida o se obtiene una posición socioeconómica aparente. Todos ambicionan la corona y desean la tajada de pastel, y en eso trabajan las camarillas de sinvergüenzas que han saqueado al país y pisoteado leyes, reglas, dignidad humana y vidas.

Es legítimo formar un patrimonio y hasta poseer riqueza; sin embargo, es reprobable construirla a partir de los beneficios tramposos del poder, la corrupción, el engaño y el abuso.

La tragedia de innumerables mexicanos de la hora contemporánea es que se encuentran inmersos en el miedo, la hipocresía, el conformismo, la traición y la pepena de vidas ajenas. Millones de ellos, atrapados en las mazmorras de la pobreza material, y otros tantos ya con formación académica y ciertos niveles de bienestar económico, sienten, piensan, actúan y hablan igual. Sólo cambian los estilos, pero en el fondo son los mismos.

Ni las instituciones universitarias, con sus maestros y doctores, han asumido su responsabilidad histórica y social. Están aletargados. Resulta más cómodo refugiarse en las aulas para criticar frente a los alumnos o en las tertulias de café los crecientes y alarmantes niveles de corrupción, impunidad, subdesarrollo e inseguridad que cotidianamente derrumban los pilares de México. Algunas instituciones se salvan, pero no todas. Igual acontece con los académicos, sobre todo con aquellos que emulan a los grandes corruptos de la política y los negocios turbios, al hostigar a los alumnos por medio de los exámenes “difíciles de aprobar”, los trabajos casi para intelectuales que ni ellos elaborarían a la altura de sus exigencias  y las calificaciones reprobatorias porque “el 10 es para el maestro y conmigo es muy difícil pasar, a menos que…”

En México, amplio porcentaje de familias están distraídas en marcadores deportivos, bromas en doble sentido por parte de los bufones consentidos de las televisoras, memes, telenovelas fuera de la realidad, chismes y boberías.

Una sociedad que en la última década del siglo XX creyó en el “chupacabras” y que hoy, en 2018, padece las consecuencias brutales de un voto hormonal e irracional por una supuesta belleza física y la fascinación de un matrimonio de telenovela, casi imperial, que únicamente dejó entrever la miseria humana de las multitudes, no despertará mientras no reaccione y siga concediendo su amor y confianza a la madrastra que la amamanta -la televisión- y a su padrastro ambivalente, lascivo y bipolar -internet-, pareja que se filtró con astucia a los hogares mexicanos.

Resulta preocupante que no existan puntos de referencia y que quienes sienten, piensan, hablan, escriben y actúan distinto, enfrenten el riesgo de ser asesinados brutalmente, sometidos por el poder y hasta juzgados por la propia sociedad a la que defienden.

Afortunadamente, el otro rostro de México es que también coexisten hombres y mujeres interesados en rescatar los valores de la nación. molestos con la irracionalidad de las mayorías que solapan gobernantes sucios, televisoras corruptas y perversas, desórdenes, injusticias, burocracia, crímenes, desempleo, miseria, enfermedades, subdesarrollo, inseguridad y falta de oportunidades.

Esas minorías, desde niños, adolescentes y jóvenes, hasta personas de edad madura y ancianos, sienten mortificación, vergüenza, coraje, asco e impotencia ante lo que la clase política mexicana, en complicidad con televisoras mercenarias, grupos de empresarios deshonestos y toda clase de delincuentes, están haciendo en contra y perjuicio de México; no obstante, en la balanza nacional, un grupo mayúsculo que habla diferentes lenguajes dentro de un mismo idioma, se encuentra entretenido en la trama interminable de las telenovelas, en el doble sentido de los bufones, en la falsedad de los noticieros, en los rostros y cuerpos de aparador que exhiben los programas televisivos, en las estupideces y vulgaridades de locutores y conductores, en expectativas y marcadores deportivos, en memes y claro, en la realidad impuesta por los poderosos -asaltos, crímenes, abusos, injusticias, inflación, desempleo, burocracia, injusticias y caos, entre otros-, para distraerlos, perturbar la tranquilidad social y desmantelar la riqueza y soberanía nacional. Con todo esto, ¿seguiremos consintiendo que la televisión siga amamantando los hogares mexicanos?

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¿Quién será capaz?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto, en este México que cada día parece desmoronarse ante la apatía y mediocridad de millones de habitantes que se han acostumbrado a ser espectadores de acontecimientos negativos y el ejercicio de corrupción descarada que practica la clase gobernante, cargada de intolerancia e injusticias, con un proyecto perverso de gradualidad para desmantelar a la nación y apoderarse de su riqueza y de todas las oportunidades, ¿quién será capaz de construir puentes, derribar muros y fronteras, devolver la confianza y dignidad a la sociedad, restaurar las instituciones y los valores, modificar el rostro de la historia y definir las rutas de la armonía, el desarrollo y la paz?

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Los mismos nombres y rostros en la política mexicana

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En la política mexicana, quienes se han aferrado a los intereses del poder y causado tanto daño al país, ostentan los mismos nombres, apellidos, linaje y rostros. Cínicamente saltan de un partido a otro, se definen independientes o maquillan sus expresiones y sonrisas, como si la falsedad, la apariencia y la simulación fueran factor de cambio. Tratan de confundir a las masas y que éstas, aturdidas, crean en sus engaños, en su proyecto de desmantelar a la nación y empeñarla. Quien causa daño una vez, no merece una segunda oportunidad. El asunto es que millones de mexicanos, con grados académicos o sin formación escolar, con riqueza o desprovistos de todo, deambulan entre una distracción y otra, y hasta parecen más interesados en los resultados de un marcador, en la belleza física de un cantante o de un actor, en las tramas de las telenovelas y en las ocurrencias de los bufones de la televisión. Una sociedad que tiene a la televisión como nodriza, está perdida y cree, aunque experimente lo contrario, que la realidad es una telenovela, el escenario de un bufón que habla estupideces y promueve modas o el estudio que marca las cámaras y los reflectores a la pepena de vidas ajenas. Un pueblo con tales rasgos, no está preparado para defender a su nación y exigir gobernantes honestos.

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Tentación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En México, parece que los hombres y las mujeres del poder económico y político, aplican la ley de la gradualidad con el objetivo de fragmentar, dividir y desmantelar al país, y así propiciar condiciones adversas y negativas para las masas y “oportunidades históricas” para ellos, ejercer el control absoluto y apropiarse de la riqueza nacional. En complicidad con los medios de comunicación y otros sectores mercenarios, parece que pretenden que la sociedad coexista angustiada y temerosa, hasta provocar situaciones críticas, preocupantes y riesgosas, y justificar, entonces, la intervención aplastante de las fuerzas armadas, pisotear los derechos humanos, imponer reglas castrenses severas y apoderarse del país. Mientras, amplio porcentaje de mexicanos, más allá de su formación académica y de sus niveles socioeconómicos -claro, incluidos médicos y otros grupos soberbios que se sienten élite-, se encuentran enajenados, distraídos en asuntos y cosas baladíes, en el espectáculo que otros, una minoría, les han preparado con cierta intencionalidad.

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