Son flores, caminos, historias

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La letras y las palabras, cuando uno las escribe con talento, sensibilidad e inspiración, son perfumes que envuelven el ambiente y cautivan al ser y deleitan los sentidos, como un oleaje suave que ondula el viento en un lago que refleja las frondas de los árboles, las nubes rizadas que flotan peregrinas y el azul profundo del cielo.

Al escribir, el artista se encuentra entre el infinito y la temporalidad, lo que equivale, indudablemente, a pasear por los jardines y las moradas de Dios, con todos sus encantos, y a andar por los caminos de un mundo con flores y abrojos, auroras y ocasos, donde el alma abraza y besa a la arcilla en un pacto inquebrantable que rompe barreras y fronteras.

Quien escribe sin máscaras ni disfraces, lejos de la arrogancia y de superficialidades, ausente del calzado que pisotea, preferentemente descalzo o con sandalias, deja huelles indelebles en el camino, en el sendero que lleva a rutas insospechadas. Cada párrafo es una idea, un mundo, una reflexión, una época, una o más vidas.

Uno, al enlazar una, otra y muchas letras más, compone historias, rumbos, ideas, motivos. Las palabras se fusionan, similares a las gotas que surgen de la intimidad del la tierra y se unen a tantas, hasta transformarse en corrientes diáfanas, en cascadas y en ríos de incomparable belleza que invitan a bañarse y a hundir los pies en la arena para sentir el pulso de la creación, los susurros y los silencios de la vida, el canto de la naturaleza.

Escribir es, parece, dispersar las semillas en los surcos, regarlas, permitir que sientan los abrazos, las caricias y los besos de la lluvia, del viento, una mañana soleada, una tarde nublada o una noche estrellada. Es un acto magistral y prodigioso, exclusivo de seres casi etéreos que exploran las rutas del alma y del infinito.

Los textos bien escritos -oh, el encanto y la magia del artista- son flores -orquídeas, buganvilias, margaritas, tulipanes, rosas, nardos, gladiolas, crisantemos, azucenas, dalias- que cautivan, enamoran y regalan detalles y fragancias; matorrales y tallos con espinas, plantas venenosas, como opción para aquellos que renuncian a las texturas; hongos, cortezas, helechos. Cada palabra lleva consigo un regalo, una sorpresa, un detalle, una razón, un sentido.

Al contemplar tanta belleza, en el arte de las letras, siento y pienso, definitivamente, que, al escribir, dejo pedazos de mí en las hojas de los cuadernos, en los equipos, aquí y allá, para constancia de mi entrada a paraísos etéreos e infinitos y mi paso por el mundo. Quiero que la gente que amo reciba mis letras como prueba de nuestra unión dentro de la inmortalidad; pero también quiero que otros, mis lectores, descubran en cada página un camino, un rumbo, un destino.

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Y nunca lo olvides

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y nunca lo olvides, cuida y valora a tu familia, a tu pareja, a la gente que amas, como la bendición y el tesoro más grande de tu vida y de tu alma. Son un regalo invaluable. No los descuides ni los exhibas como mercancía. En la época actual de peligro, superficialidades, violencia y mal, jamás salgas a la calle con tu corazón porque alguien podría causarle daño o robarlo. Eso significa que no hay motivos para cargar retratos ni detalles que delaten tus sentimientos cuando andes en los espacios públicos, donde los ambientes son nocivos y la gente se lastima y se odia. ¿Se los mostrarías a alguien indigno de confianza? ¿Presentarías, indirectamente, a tus seres queridos a hombres y mujeres desconocidos? ¿Es necesario portar fotografías para recordar a quienes amas? No vivas con temores y dedícate a hacer el bien, a tratar correctamente a las personas, a mantener la honestidad, el respeto y la justicia en todos tus sentimientos, palabras, ideales, pensamientos y acciones; pero no abras puertas innecesarias porque alguien más podría entrar como invitado indeseable. No muestres tus sentimientos familiares a personas extrañas porque, finalmente, se transformarán en debilidades. La familia y la gente que amas no son mercancía que se exhiben o se presumen en espacios públicos y en redes sociales. Cada uno merece atenciones, respeto y cuidado. Las bendiciones y los regalos de la vida no son ofertas ni necesitan difundirse entre desconocidos. No son diseños para aparadores y vitrinas superficiales, donde cualquiera puede manosear lo que más se ama. El amor a la familia, a la pareja, a las amistades auténticas y especiales, no necesita demostrarse a la gente que no es cercana a ti, y menos a aquellos que son proclives a ambiciones desmedidas, enojos, odio, envidias, apetitos, superficialidades, tristezas y perversidad. Protege a quienes amas. Nunca aparezcas en las redes sociales ni salgas a las calles con tu corazón porque alguien, carente de sentimientos, podría causarle daño o robarlo. Aprende a demostrar el amor a tu familia, a tu pareja, a los amigos genuinos. Cuídalos. No los ofrezcas en escaparates. Son tu bendición y tu regalo.

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La edad toca a la puerta

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La edad es una dama traviesa que, en ocasiones, se disfaza de recién nacida, niña, adolescente o joven, y otras veces, en cambio, se presenta con el vestuario de la madurez o de la ancianidad. No toca a la puerta ni tiene la costumbre de asomar a las ventanas. Simplemente llega y se hospeda en la gente, en las criaturas de la naturaleza, en las cosas. Es pintora y escultora. Su lienzo es la piel, la textura, cuanto encuentra a su paso. Allí deja sus poemas y sus epitafios. Es, sencillamente, una enamorada incorregible que deja huellas donde camina y en lo que toca. Asusta a las personas que asoman al espejo y definen arrugas, desarreglos y canas. Está al servicio de la vida y de la muerte. Es compañera de un tipo indiferente -el tiempo-, que no tiene apegos ni sentimientos. La edad tampoco se queda, pero arranca pedazos o deja marcas de su andar. Muchos agreden a la edad y la convierten en enemiga deleznable; sin embargo, no le importa entablar amistad ni formar parentescos, indudablemente porque su mayor pasión es dejar señas de su estancia. Distrae tanto, que provoca amnesias, hasta que el ideal del infinito se pierde y se diluye entre cirugías plásticas, cremas y tratamientos para retrasar el envejecimiento. La edad, sonriente, hurta la niñez, la adolescencia y la juventud -sus mayores tesoros-, y sonríe al descubrir, una y otra vez, que el tránsito a la madurez y a la ancianidad resulta aterrador e inaceptable para tanta gente. Incontables hombres y mujeres temen a la idea de la finitud. La edad les demuestra que la vida y el tiempo no se compran. Si las personas, en masculino y en femenino, en mayúsculas y en minúsculas, se acercaran a la edad y escucharan con atención sus rumores y sus silencios, aprenderían a aprovechar los instantes de sus existencias y a convertirse en protagonistas de historias grandiosas. Algo más que arrugas, enfermedades, canas y agotamiento debe aportar, sin duda, la edad. Hay que escucharla con atención cuando habla o calla.

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¿Qué somos?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué somos? ¿Dos flores, acaso, que se abrazan tiernamente y bailan alegres cuando el viento las agita? ¿Qué somos? ¿Dos flores, quizá, que se enamoran y se prometen amor eterno una mañana de primavera? ¿Qué somos? ¿Dos flores, tal vez, que comparten sus instantes una primavera, un verano, un otoño, un invierno? ¿Qué somos? ¿Dos flores, probablemente, que, juntas, miran el paso de los minutos del amanecer, del mediodía, de la tarde y de la noche?¿Qué somos? ¿Dos flores, seguramente, que se acompañan durante este sueño llamado vida? ¿Qué somos? ¿Dos flores, pregunto, que, al amarse tanto, suspiran profundamente y anhelan, tras la vida efímera en el mundo, despertar en los jardines del infinito?

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De nombre y apellidos

Luis Navarro García

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La vida y el tiempo apenas son suficientes para hacer algo trascendente en el mundo. Todo es tan breve e inmediato que, a veces, la mayoría de los seres humanos no logran conquistarse a sí mismos ni realizar algo grandioso durante los días de sus existencias. Quienes enfrentan los desafíos, los problemas y los retos, y dejan huellas indelebles en el camino para que otros, los que vienen atrás, las sigan o se atrevan a ser ellos y lleven a cabo sus sueños, aspiraciones y proyectos, merecen toda la admiración y el respeto de las mayorías.

El autor de la Rebelión de las masas, el eminente escritor, filósofo y ensayista español, don José Ortega y Gasset, escribió en su libro, España invertebrada, que, «cuando varios hombres se hallan juntos, acaece que uno de ellos hace un gesto más gracioso, más expresivo, más exacto que los habituales, o bien ponuncia una palabra más bella, más reverberante de sentido, o bien emite un pensamiento más agudo, más luminoso, o bien manifiesta un modo de reacción sentimental ante un caso de la vida que parece más acertada, más gallardo, más elegante o más justo. Si los presentes tienen un temperamento normal, sentirán que, automáticamente, brota en su ánimo el deseo de hacer aquel gusto, de pronunciar aquella palabra, de vibrar en pareja emoción… Al hallar otro hombe que es mejor, o que hace algo mejor que nosotros, si gozamos de una sensibilidad normal, desearemos llegar a ser de verdad, y no ficticiamente, como él es, y hacer las cosas como el las hace…»

Y, en verdad, en todo grupo existen hombres y mujeres que se distinguen por la profundidad de sus sentimientos, la brillantez de sus ideas, sus palabras respetuosas y el acierto de sus reacciones y de sus actos. Son ellos quienes aportan, los que tienen capacidad y voluntad de enfrentar y solucionar los obstáculos, y los que suman y multiplican, con su esfuerzo, para dejar el mundo un tanto mejor que como lo encontraron.

La adulación no forma parte de mi estilo de vida, motivo por el que cuando escribo algo bello o importante acerca de una persona -hombre o mujer-, lo hago de manera auténtica, sin otra intención que la de reconocer a las personas geniales y contagiar con sus vidas ejemplares a aquellos que, por alguna circunstancia, no pueden o no quieren ser protagonistas y maestros de sus propias existencias. Las lisonjas son una práctica dezlenable, propias de seres viles y bajos.

Hoy me referiré, brevemente, a un personaje mexicano que ha demostrado, a través de sus casi cuatro décadas y media de edad, ser un hombre justo, íntegro y honesto. Cuando tiene un proyecto, una encomienda o una responsabilidad, entrega lo mejor de sí y entrega resultados favorables.

Michoacán es un estado que se localiza al centro-occidente de México. Su capital es Morelia. Su gobernador se llama Alfredo Ramírez Bedolla, hombre que tuvo el acierto de nombrar a Luis Navarro García como secretario de Finanzas y Administración del Gobierno de Michoacán. Y digo acierto porque si en Michoacán hubiera que reconocer al funcionario público del año, sin duda nadie se opondría al nombre de Luis Navarro García. Incluso, analistas, críticos y miembros de partidos políticos opositores al del actual Goberno de Michoacán, lo han reconocido y felicitado públicamente.

Cuando el mandatario del estado de Michoacán lo nombró responsable del manejo de las finanzas públicas, a partir del 1 de octubre de 2021, él, Luis Navarro García, formó un equipo de hombres y mujeres con capacidad y talento, comprometidos con el desarrollo, quienes aceptaron el reto enorme de restaurar el desorden y el quebranto de las cuentas, con deudas bancarias, institucionales y a proveedores, por miles de millones de pesos. Parecía, por definirlo así, una pesadilla. ¿Cómo responder a los compromisos y a las demandas sociales, como autoridad, cuando las arcas públicas son caóticas, erróneas y confusas?

De inmediato se dedicó a trabajar con su equipo de colaboradores. Tenía presiones bancarias, magisteriales, sociales y políticas, independientemente de que el 21 de noviembre del mismo año, de acuerdo con lo que estipula la ley en Michoacán, el gobierno estatal, a través de la Secretaría de Finanzas y Administración, debía cumplir con la entrega del Presupuesto 2022 al Poder Legislativo de Michoacán, a los legisladores locales que con tiempo analizaron la propuesta, la discutieron y, finalmente, la aprobaron.

Así, mientras Luis Navaro García viajaba constantemente a la Ciudad de México con la intención de obtener el apoyo del Gobierno Federal, resolvía los adeudos con los profesores y con otros grupos, se reunía con los diputados e iniciaba el ordenamiento de las finanzas públicas, tan maltrechas como se encontraban, también, diversos temas como educación, salud, generación de empleos, seguridad e inversiones productivas. Todo era un desorden. Parecía que la madeja económica, social y política no tendría orden. y que estaba tan enredada como para entorpecer la gestión de un nuevo gobierno.

Desde entonces, la función de Luis Navarro García como responsable del manejo de los recursos públicos de Michoacán, ha sido calificada como significativa. Mis amigos y colegas, los periodistas michoacanos, han reconocido que. por primera vez en la historia moderna de Michoacán, el tesorero es un hombre amable, sencillo, dispuesto a escuchar a la gente, confiable y honesto.

Se ha encargado, gradualmente, de reconstruir las finanzas michoacanas. La restauración no es sencilla ante la deuda pública, por decenas de millones de pesos, que contrajeron los anteriores gobiernos estatales; sin embargo, existe la certeza de que, con Luis Navarro García, se reducirá significativamente el peso financiero que afecta, desde hace años, el desarrollo integral de la población.

En lo personal, confío en que así será. En este momento recuerdo que alguna vez, cuando asumió el liderazgo de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, porque también es empresario, estableció el compromiso de sanear las finanzas de la agrupación. Me ofreció, entonces, que investigara y escribiera un libro sobre la historia de la asociación de comerciantes, la cual fue fundada en postrimerías del siglo XIX, desde luego con la advertencia de que la publicación de la obra dependería de los resultados que obtendría al rescatar las finanzas. Y lo hizo y lo cumplió.

Luis Navarro García estabilizó la situación económica de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, y todavía le añadió mayor cantidad de beneficios; además, solventó la edición del libro. Cumplió su promesa. Por tal motivo, aunque soy escritor, artista de las letras, y él, en tanto, empresario y funcionario público, cuando se refiere al libro Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, 123 años de historia, como nuestra obra, estoy de acuerdo en que se incluya porque, en su momento, se entregó por completo al proceso de edición. Siempre estuvo presente. Claro que es nuestrro libro.

Sus declaraciones, en los diferentes medios de comunicación, han sido congruentes, objetivos y valientes. A excepción de aquellos que critican sin sentido con la finalidad de obtener prebendas, algún cargo laboral y cierto tipo de beneficio, como era costumbre de muchos en el pasado reciente, la mayoría de quienes lo conocemos tenemos la seguridad de que cumplirá su encomienda, como lo ha hecho hasta el momento, y así habrá contribuido al desarrollo y al engrandecimiento del estado mexicano de Michoacán. Ya tendremos noticias. Por lo pronto, es un ser humano de nombre y apellidos.

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No tiene permiso

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Es un engatuzador que no tiene apegos ni cumple las promesas que uno le confía -opinan algunas personas, quizá, al contemplar, incrédulas, las huellas del año que se marcha, similar a cuando llegó, indiferente y sin compromisos. Por eso no lleva cargas ni liviandades. Por su encomienda y su natualeza, el año ha preferido deshacerse de recuerdos, sentimientos y todo lo que aconteció durante su estancia pasajera en el mundo. Muchos hombres y mujeres, desde antes de la visita del año nuevo, se abrazan, suspiran, hacen planes, acuden a brindis y reuniones, celebran y piensan que es momento de transformarse y mejorar, y, para su sorpresa, no es así porque, simplemente, se trata de una medida de tiempo para organizar la vida. El año nuevo no trae consigo premios, sorpresas, alegrías, tristezas, promesas, salud, enfermedad, nacimientos, defunciones, triunfos y fracasos; depende de cada ser humano, en mayúsculas y en minúsculas, en femenino y en masculino, convertirse en autor de su historia existencial y trascender, evolucionar a pesar de las luces y las sombras que forman parte de la realidad terrena. El año, con sus instantes y sus meses, con sus minutos y sus semanas, con sus horas y sus días, es contratado por el tiempo y, por lo mismo, está marcado con un número secuencial. No tiene permiso de enamorarse o decidir el rumbo y el destino de la gente. Su naturaleza es distinta. No puede, aunque suspire, detenerse en alguna de las estaciones. Sencillamente, pasa. La gente es sentimentalista e ilusa cuando piensa que el año nuevo le regalará dicha y prosperidad sin esforzarse en conquistar sus anhelos, planes y sueños. Pocos se exploran a sí mismos y deciden, en consecuencia, modificar sus sentimientos, conductas, pensamientos, ideales y palabras; no se ateven a actuar, a protagonizar cada día de sus existencias, a trascender, y así se desvanecen los años, llegan otros tan efímeros como los anteriores y se va la vida. No es que el año viejo se retire o se jubile con su carga de recuerdos y vivencias, ni que el nuevo asome y llegue con un costal pletórico de regalos y sorpresas; es que cada hombre y mujer debe diseñar y tratar de seguir la ruta de una vida plena, inolvidable, bella y dedicada al bien, a la verdad y a la evolución. Nadie debe confundirse. El año no tiene autorización de mezclarse con la gente. No se queda ni regresa. Es como el viento que se siente y no puede atraparse. No tiene permiso.

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La fórmula

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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He caminado entre la vida y la muerte. Mi andar en las calzadas desoladas y envueltas en niebla, entre árboles corpulentos que proyectan sombras, sepulcros gélidos y yertos, epitafios que ya nadie lee y esculturas de mirada angustiada y triste, donde escabulle el viento fugaz con sus rumores y sus silencios, me ha enseñado, a través de las estaciones, a reflexionar sobre el paso temporal por este mundo.

Mucho tiempo he dedicado a meditar. Como estudioso e investigador de orígenes antiguos, he visitado tumbas abandonadas, criptas ennegrecidas que cubren nombres y apellidos y que, quizá, emulan a la desmemoria que todo lo arrebata a los recuerdos para dispersarlo como lo hace el viento con las hojas secas una tarde otoñal.

También, con profundo embeleso, he admirado las auroras y los ocasos, el nacimiento de cada día y su extinción dramática, horas más tarde. con sus cargas y sus liviandades, como si encerrara un mensaje secreto, un lenguaje oculto, para descifrarlo y, en consecuencia, no desaprovechar la vida humana y expermentarla en armonía, con equilibrio y plenamente.

He visto, con pesar, el duelo y las lágrimas de la gente en los cementerios. Colocan flores y rezan, a veces, creo, en susttución del amor, el bien y los detalles que, por alguna razón, no demostraron a sus familiares ya difuntos. Y las personas, en mayúsculas y en minúsculas, en femenino y en masculino, sienten dolor, soledad, arrepentimiento y tristeza ante tan fuerte ausencia. Se les fue el tiempo. Llegó la noche cuando pensaban que la mañana serpia duradera. Sospechan, desconsolados, que jamás volverán a reencontrarse con sus seres queridos, y lloran y sufren con mayor intensidad.

Unos creen, otros suponen y algunos más piensan o imaginan que, sin duda, al morir, se reunirán con la gente que quisieron y formó parte de sus historias y de sus vidas; sin embargo, la mayoría, en lo más íntimo, desconoce la realidad y se tambalea, hasta que el olvido se empeña en arrancarle al recuerdo las flores, las hojas y los perfumes. La textura se impone a la esencia, acaso por ser de este mundo, y, de esa manera, la vida humana sigue con desequilibrio, entre risas y llanto, apresuraciones y pausas, en su interminable y, en ocasiones, incomprensible dualidad.

Esta tarde, mientras contemplo el follaje, el tronco y las ramas de un viejo árbol, he pensado que si amo desde el alma, si hago el bien desinteresadamente, si dejo huellas para que otros las sigan, si doy ejemplo de actos buenos, si actúo con honestidad y valores, indudablemente, un día, al morir terrenalmente, mi alma recorrerá, antes de llegar a la morada inmortal, el interior de cada persona, y allí iniciará mi entrada al paraíso.

Mi hogar, mi paraíso, será, en un primer paso, al morir terrenalmente, en cada hombre y mujer que me recuerden con amor. Allí estaré, en ellos, y así, no lo dudo, comenzaré mi travesía hacia la inmortalidad. Pienso que si todos decidiéramos practicar esta fórmula, aseguraríamos el ingreso a un pedazo de cielo, a un trozo de infinito, y no habría, entonces, motivos para dudar y sufrir.

La clave se basa, parece, en amar y en hacer el bien a los demás para quedar en el recuerdo, en la memoria y en los sentimientos de la gente. Así, al volver a ser hermanos, perduraremos. Parte de nuestro remanso, al dejar el mundo, serán las almas con las que compartimos la aventura de la vida temporal. Hermoso sendero hacia la vida infinita. Tal es la fórmula.

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El poema de la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Encuentro una correspondencia prodigiosa entre la naturaleza, la vida, y el arte, en sus diferentes expresiones. Es como si, en un lado y en otro, a una hora y a otra, se manifestara la esencia en su interminable proceso creativo y se plasmara en letras, en música, en colores, en formas, en movimientos.

Descubro con asombro, entre los rumores y los silencios de la lluvia, del viento, de las cascadas, de los ríos y del mar, el arte de las letras, de las palabras escritas con inspiración, el poema más bello, un relato tan profundo como el azul intenso del cielo, y, también, encuentro las notas musicales que cautivan a las almas, a todas las criaturas, a los árboles y a las piedras, a los manantiales y a las flores, a la tierra y a las nubes flotantes, a los hombres y a las mujeres.

Las ramas de los árboles, junto con las plantas y las flores, al sentir los besos y las caricias del aire, se balancean igual que la mano del escritor al dejar sus letras en el cuaderno y crear sus obras literarias, o la del músico al ejecutar las notas a través de sus instrumentos, o la del pintor al deslizar sus pinceles en el lienzo, o la del escultor al dar forma a los materiales yertos, sin omitur al que danza y regala sus movimientos sutiles.

Y hay más cuando detecto los colores y las formas de la creación, lo mismo en los seres vivientes que en las montañas y en todas las expresiones materiales que existen en el mundo, con su ritmo infatigable que que habla y calla tanto. El arte posee tal similitud con los suspiros de la vida. Es una corespondencia permanente con la naturaleza.

Camino por veredas solitarias e insospechadas, al amanecer y al atardecer, al mediodía y en la noche, y hasta en la madrugada, y distingo el canto de las aves -pájaros de la aurora y lechuzas del ocaso-, y también de los insectos, convertidos en notas, en conciertos, en melodías. Los susurros y los silencios de los bosques, de las selvas, de los desiertos y de las llanuras son parte de una obra magistral, como la que uno percibe al admirar el mar desde la orilla.

Me siento fascinado. Como artista de las letras -oh, nosotros, los escritores-, me fundo en la vida temporal e infinita, me entrego a la contemplación, me deleito con el proceso de la creación, vivo y sueño, sigo las rutas de la imaginación. El silencio interior me habla y reproduzco sus voces, como lo hago, igualmente, al permanecer entre los susurros.

La vida, al excursionar por el mundo, deja constancia de sus obras, huellas maravillosas, como para que uno, al dedicarse al arte, siga su camino y no pierda la luz. Cada sonido, color, silencio, movimiento y forma, en la naturaleza, es reflejo de lo que hace el gran artista, la mente infinita a la que nosotros, los escritores, los poetas, los músicos, los pintores, los escultores, emulamos como aprendices, simplemente con la encomienda de regalar pedazos de cielo a los hombres y a las mujeres que, alguna vez, en su peregrinar, coinciden con nosotros. La correspondencia del arte con la vida y la naturaleza, no es casualidad; se trata de una conexión etérea con el principio creador que es inmortal y late en cada uno de nosotros.

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Fuimos cristales

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Fuimos, quizá, un cristal bonito, cautivante y prodigioso, igual que un poema o una nota musical de inspiración profunda. Un cristal etéreo y mágico que separaba con cuidado la esencia de la arcilla. Sin duda, embellecía la fachada, reflejaba el paisaje y, a la vez, permitía mirar el interior de nuestra morada, eco de aquel ayer que vivimos entre el infinito y la temporalidad. Acaso desconocíamos que, una mañana o una tarde, una noche o en la madrugada, a cierta hora y en determinada fecha, se volvería opaco o se rompería por exceso de historias y por tantos días que se acumularían en ayeres, en pasados, en recuerdos y en olvidos, en murmullos y en silencios que, forzosamente, llegan a uno, a pesar de que ya no se les espere. Somos, probablemente, cristales rotos que, una vez, fueron esculturas, imágenes, objetos con una vida terrena que parecía extinguirse conforme transitaban los minutos y las horas, los meses y los años, a otras rutas. Fuimos parte de ventanales que permanecieron abiertos o cerrados a las ráfagas del viento, a la nieve, a la lluvia, a los perfumes, a las fragancias, a la policromía, a los susurros de la vida. Las envidias, los miedos, las discordias, los rencores, los desencuentros, los odios, las discusiones, las avaricias, las superficialdades, las tristezas, la ignorancia y la maldad -tanto y más, aunque agote y fastidie enumerarlas-, ensuciaron y rayaron los vidrios otrora límpidos, los cristales que antaño lucieron transparentes, sin que reaccionáramos y, por lo mismo, los laváramos o, en su caso, los puliéramos. Se fracturaron. Quedaron rotos como nuestro tiempo y las historias que escribimos a diario, precisamente cuando ya no había oportunidad de rescatarlos. Están incompletos. Quedaron tan sucios, rayados y mutilados, que ya no pudimos observar ni reconocer lo que había dentro. Ya lo olvidamos. Rompimos los vidrios. Imposible pasar al interior porque hay exceso de astillas. Es necesario retirarlas. Fuimos, parece, viajeros que descuidamos los vidrios, los detalles, cada pieza de crital. Ahora ya sabemos que un cristal, al ensuciarse o quedar rayado, puede lavarse o pulirse oportrunamente; sin embargo, una vez que se rompe, no vuelve a ser el mismo, aunque se le pegue con esmero. Indudablemente, muchos de nosotros aún conservamos un ventanal completo, un espacio con un cristal que puede restaurarse y, así, ofrecer una inspección a la morada, la entrada a la ruta interiot y a nosotros mismos, en busca de la esencia, la verdad, el bien y el plano de la inmortalidad. No esperemos a que nuestros cristales estén todos rotos para, esterilmente, tratar de encontrarnos en los escombros y reconstruirnos.

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Contaba los días

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El anciano contaba los días, en el calendario y mentalmente, con la ilusión de prepararse para recibir a sus hijos y nietos en su casa, un hogar en el que las ausencias, los recuerdos y la melancolía flotaban en el ambiente y pesaban demasiado, como si los muebles, los cuadros, las paredes y todas las cosas y los rincones extrañaran a la gente de los otros días, cuando apenas ayer, el bullicio, la alegría, los juegos y la trama de la vida se expresaban cada instante en aquel recinto familiar.

Otras veces, los hijos del hombre le habían prometido visitarlo en determinada fecha, con una cancelación apresurada horas antes de la cita, siempre con argumentos y justificaciones que parecían inverosímiles, creados, indudablemente, para evitar perder el tiempo a su lado. El viejo entristecía profundamente y sentía un dolor asfixiante; sin embargo, manifestaba a sus hijos y nietos que no había problema, que atendieran sus asuntos y que otro día, el que ellos desearan, podrían convivir. Él, su padre, su abuelo, los esperaría con emoción, alegría e ilusión. Si necesitaban sus consejos, su apoyo, su compañía y su amor, decía, podrían contar con él sin importar la hora o la fecha.

Él había amado tanto a su padre y a su madre que, con frecuencia, se preguntaba las razones por las que ellos, sus hijos, evitaban visitarlo y convivir. Si no les llamaba por teléfono, eran incapaces de marcarle. Ni siquiera recordaban las fechas significativas. Ya pertenecía al pasado, donde permanecen en el olvido tantas cosas rotas. Había sido hijo, hermano, esposo, padre y abuelo maravilloso. Un ser irrepetible.

Tenía la esperanza de que sus hijos cumplieran su promesa y llegaran a su cita. Por eso se preparaba. Buscó la ropa y el calzado que utilizaría ese día; además, seleccionó los trastes en los que cocinaría algunos platillos, escogió la vajilla y los cubiertos, y repasó las recetas gastronómicas con las que deleitaría y sorprendería a sus visitantes.

Cada día significaba, en su caso, un acercamiento al instante postrero, con el sueño de reunirse con sus descendientes, platicar, convivir, recordar historias pasadas y renovar el amor y la unidad familiar. Eso era todo lo que anhelaba. Estaba dispuesto, como siempre, a respetar la identidad, los compromisos y el tiempo de sus parientes. Únicamente se trataba de rescatar la esencia de familia que, pensaba, sería factible que pasara de una generación a otra.

Reservó un buen vino tinto. Compó carne, pasta, verdura para ensalada, pan con ajo, quesos, carnes frías y sodas. Faltaba un día para tan esperada reunión. Desde muy temprano habló con la señora que, en ocasiones, le ayudaba con la limpieza de la casa. Era una vecina piadosa a la que pagaba por su apoyo y los cuidados que le daba, La mujer aceptó. Sabía que se trataba de una ilusión que el viejo tenía desde mucho tiempo atrás, un sueño que con frecuencia se fracturaba y quedaba mutilado.

El día previo, el anciano y la mujer limpiaron y ordenaron la casa. Revisaron el menú. Todo estaba preparado con la intención de cocinar y honear. De acuerdo con la lista que elaboraron juntos, en la mesa del antecomedor, todo estaba completo y quedaría delicioso. Sacaron una vajilla de alguna de las vitrinas y la lavaron, como lo hicieron, en su momento, con las copas, los vasos y los cubiertos.

La señora se retiró al anochecer. Prometió al hombre regresar la mañana siguiente. Resultaría un placer ayudarlo, sobre todo porque se trataba de la comida que desde hacía tanto tiempo anhelaba ofrecer a sus hijos y a sus nietos. El hombrecillo soníó y confesó a la mujer que era su cumpleaños y que si sus descendientes no le habían llamado para felicitarlo, seguramente le reservaban la sorpresa de hacerlo durante la comida. Ella, al escucharlo, reaccionó con un abrazo emotivo. Explicó al viejo que, posiblemente, lo sorprenderían con un delicioso pastel, del cual tendría que soplar con el objetivo de apagar las velas. Ambos sonrieron. Ella caminó pensativa, mortificada por el desaire que podrían hacerle al anciano, su vecino de tantos años, sus hijos y sus nietos.

Profundamente emocionado, el anciano no durmió bien. Despertaba continuamente con la idea de que debía preparar la comida, las ensaladas y los postres para sus familiares. Imaginaba, entre la realidad y los sueños, la presencia de cada uno de sus hijos y nietos, los momentos de su llegada a la casa, los abrazos que intercambiarían, las palabras amables y las historias y los recuerdos que narrarían. Para cada uno reservó una anécdota, un asunto especial. Repasó los temas que le parecieron interesantes. Anotó, en una libreta, los asuntos que trataría; así evitaría relatar las mismas anécdotas. Evitaría incurrir en tartamudeos o quedar atrapado en lagunas mentales. Trataría de no aburrirlos. El apunte sería la guía de la plática para no repetir historias. Sorprendería a sus descendientes.

Al amanecer, la señora, su vecina, llegó muy puntual a la cita. Dedicaron toda la mañana a preparar los platillos; también colocaron, en la mesa del comedor, el mantel, la vajilla, los cubiertos, las servilletas de tela, las copas, los vasos y todos los elementos para un convivio agradable, dentro de un ambiente familiar de amor y unión. El viejo, educado con principios sólidos, guiaba a la mujer en el acomodo de la mesa. Sería, sin duda, un acontecimiento familiar que nadie olvidaría.

Cuando, por fin terminaron, la mujer recomendó al anciano que fuera al vestidor a ponerse el traje que previamente había seleccionado para tan emotivo acontecimiento. Y así lo hizo. Había elegido el calzado, la ropa, la corbata y el perfume que le darían el toque distinguido de padre y abuelo, antecesor que siempre amaría y bendecería a sus descendientes, sus tesoros, su ilusión, los motivos de su existencia.

Llevó las cajas con retratos hasta la sala, donde los mostraría a sus hijos, a sus nietos, para que se reconocieran en los perfiles y en las siluetas del pasado. Estaba dispuesto a regalar fotografías a quienes se las solicitaran, junto con los objetos -juguetes, libros, dibujos, libretas escolares- de las infancias que quedaron atrás. Les ofrecería café, limonada y té.

-Probablemente -reflexionaba-, mis hijos se sentirán muy contentos al reencontrarse con las cosas que les pertenecieron, y las mostraran a mis nietos con alegría y orgullo.

Cada miembro de su familia, incluidos sus nueras y sus yernos, recibirían obsequios, tarjetas y fotografías en los que aparecían. Suspirarían y hasta brindarían por el ayer, por los tiempos pasados, por el gusto del reencuentro, por estar reunidos y fortalecer y refrendar el amor y la unión familiar.

A la una de la tarde, la señora invitó al viejo a descansar en uno de los sillones de la sala. Le sugirió que dejara la impaciencia. En una hora más, a las dos de la tarte, él comenzaría a escuchar el timbre y pronto, en unos instantes, la casa estaría repleta de familiares, pronosticó la mujer.

El hombre ocupó su sillón reclinable. Allí esperaría a sus parientes, a sus hijos y a sus nietos, como un hombre desolado que aguarda en el puerto la llegada de un barco que lleva de regreso a su familia que ha añorardo durante tantos años. Los esperaría pacientemente.

Dos de la tarde, hora de la cita, momento del reencuentro, instante que soñó durante tantos años. La mujer asomó, una y otra vez, por el ventanal; el anciano preguntó, repetidas ocasiones, si eran ellos los que se escuchaban en el jardín o si se trataba de esos murmullos y silencioas que se captan durante la ansiosa espera. Dos y media de la tarde. Treinta minutos de retraso. La puerta y el timbre permanecieron mudos. Tres de la tarde. Una hora sin noticias. La espera se volvió incierta. Dolía cada segundo de impaciencia. Tres y media. Algo sucedería, probablemente. Hora y media de impuntualidad. Las manecillas sigueron su ruta. Al tiempo no se le permiten los apegos. Cuatro de la tarde. La soledad se acentuó, los sobresaltos regresaronn, las lágrimas brotaron disimuladamente, la hiel se apoderó de la garganta, el dolor se sentió con mayor intensidad. Cuatro y media. El atardecer lastima demasiado. Es una cárcel que impone sufrimiento y tristeza.

El anciano preguntó nuevamente. Se sentía inquierto. Ellos, sus descendientes, prometieron que lo visitarían. Consultó su agenda. No había error en la cita. Había más interrogantes que respuestas. La mujer, su vecina, experimentó impotencia. Comprobó sus sospechas, una vez más, los hijos y los nietos no acudirán a la cita con su padre, su progenitor que les dio todo su amor y lo que tuvo, y que ya dormitaba, fatigado y melancólico, en el más angustiante de los desconsuelos.

La mujer permaneció inmívil y reflexiva en la cocina, mientras el viejo dormía, agotado y entristecido, en vana espera. ¿Cómo explicarle que ellos, sus hijos y sus nietos lo habían olvidado y, por lo mismo, no deseaban permanecer a su lado? ¿Existe algún consuelo para aliviar el desaliento, la tristeza, el dolor, la soledad y el olvido?

Siete de la noche. La tarde murió irremediablemente, abandonada, como las hojas que el viento otoñal arrancó y dispersó en el suelo. Las sombras del anochecer, supremas durante las próximas horas, se apoderaron de los rincones desolados de la casa, donde yacían tristes recuerdos y parecían escucharse susuros, ecos y sigilos de otros días. El silencio parecía incomodar. Y es que causa heridas que difícilmente cicatrizan. Siete treinta y cinco de la noche. Era momento de ir al lado del anciano, despertarlo y pedirle que se retirara a dormir a su habitación.

La mujer se acercó al viejo, quien permaneció inmóvil, profundamente dormido, ausente ya de las cosas del mundo, con las nostalgias de los recuerdos y la soledad, abandonado por quienes tanto amó y por los que entregó lo mejor de sí. Quedó en espera de su familia, igual que el náufrago que se ahoga mientras aguarda la llegada de sus salvadores. Su semblante acusaba desolación, tristeza, mortificación y abandono. Se marchó, innegablemente, con el amor que tuvo a sus hijos y nietos, con las bendiciones que siempre les enviaba, con el perdón por los desprecios recibidos, con los buenos deseos para todos.

El llanto inconsolable de la mujer se perdió en las sombras nocturnas. Avisaría a sus familiares sobre el fallecimiento del anciano, quien se llevó consigo la ausencia y el desprecio de sus descendientes, el olvido y la soledad terribles, el abandono y el dolor, las esperanzas y las ilusiones fallidas. ¿Para qué el llanto? ¿De qué sirven las flores,l los monumentos sepulcrales con esculturas de mármol, los epitafios de las tumbas, las remembranzas del ayer, cuando se niegan el amor, la compañía, el bien, la conviencia y el tiempo a quien dio lo mejor de sí y navega irremediablemente en las corrientes de la hora postrera?

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