Columpio de remembranzas, de libro a manuscrito

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Aquellas noches de mi infancia, tan distantes como la edad que celebro cada año, las tempestades y los relámpagos me parecían interminables. Las gotas de lluvia deslizaban en los cristales de las ventanas; las ramas de los eucaliptos se balanceaban y crujían al recibir las caricias del viento; los truenos se propagaban en todos los rincones de la casa solariega, en el jardín inmenso y en los escondrijos insospechados donde mis hermanos y yo jugábamos a la vida y protagonizábamos incontables historias y capítulos épicos; los árboles, la higuera, las flores y las plantas destilaban sus perfumes al mojarse.

En la finca, mi padre y mi madre derramaban un amor profundo y real hacia nosotros, sus hijos, a quienes consentían tanto. Entonces, las casas eran hogares que albergaban familias que se amaban y respetaban, sin que las diferencias de edad fueran motivo para discutir y pelear. Éramos intensamente dichosos y no conocíamos los antagonismos.

Dormíamos temprano, pero antes, cenábamos y platicábamos. Mi padre y mi madre hablaban dulcemente y aconsejaban sabiamente o relataban historias de las que aprendíamos mucho. Algunas veces, cuando nuestros visitantes pernoctaban en nuestra casa, solían reseñar episodios de los antepasados y de la gente de antaño, narraciones que me atraían y embelesaban. Imaginaba a los personajes y visualizaba los acontecimientos.

Así, a través de los años, reuní gran cantidad de historias familiares. Decidí, entonces, visitar a mis familiares de mayor edad, a los amigos que tuvieron mis abuelos, a la gente que naufragaba desde el pasado, hasta que me convertí, sin darme cuenta, en puente entre las generaciones de antaño y las de mi hora presente. Llegué, en mis investigaciones, hasta días medievales, navegué en mares que olían a aventuras y a piratas, estuve en batallas y en conquistas y sentí las alegrías y las tristezas, los triunfos y los fracasos, el sí y el no de mis antepasados.

Si bien es cierto que, desde temprana edad, ya había definido que dedicaría los días de mi existencia al arte de las letras, independientemente de tener, en el futuro, una grandiosa familia y realizar todos los proyectos que contemplé para mi biografía, pensé que, por gusto, podría escribir una memoria sobre mis antepasados. El primer título que diseñé fue Historia de la familia; sin embargo, ya en mis horas de madurez, llegué a la conclusión de que el título sería Columpio de remembranzas.

Transcurrieron los años. Con gran cantidad de información, acumulada durante varias décadas, me di cuenta de que mis antecesores eran eso, precisamente, ayer, pasado, historia, y que, por lo mismo, ya no estaban presentes; también comprobé que a las generaciones de la hora contemporánea, inmersas en una realidad diferente a la que viví en en mi niñez, adolescencia y juventud, les interesan otros temas.

Sé que en cada familia y generación, suelen aparecer, entre sus integrantes, personas con la inquietud sobre sus orígenes, en busca de respuestas a sus interrogantes y de un principio, historias que lamentablemente no siempre se conservan. Los recuerdos se diluyen y se transforman en olvido. Quedan los retratos de la antigüedad, de hace un siglo o más, y los sucesores no reconocen a sus antepasados. Se pierden las historias que a una hora del pasado fueron realidad de otra gente.

Pienso que la genealogía es una asignatura que debería de impartirse en todos los niveles escolares. La gente rescataría su origen y sus historias; además, facilitaría obtener tendencias de conductas, enfermedades, causas de muerte, aficiones y tantos rasgos humanos. Contiene una riqueza invaluable que muchas personas todavía no exploran.

La vida es tan breve que apenas alcanza para hacer algo importante. Las grandes tareas no admiten distracciones ni treguas. Aún debo escribir otras obras. La historia antigua de mi familia, que siempre me ha acompañado y cautivado, no se perderá porque se encuentra asentada en mis apuntes; no obstante, tomé la determinación de transcribirla en una libreta especial que pasará de una generación a otra y a muchas más, con la idea de que mis descendientes agreguen datos e información. Creo que el documento tendrá más valor, por lo que significa nuestra historia familiar, si lo escribo a mano en una libreta y se suman mis sucesores con sus aportaciones, que si lo publico. Después de todo, es un tema familiar. Hace poco, descifré, estudié y analicé más de 500 documentos. Me siento bastante contento porque, finalmente, tras toda una vida de búsqueda e investigación, por fin conozco los aspectos más trascendentes de la historia de mis antepasados. He cumplido uno de mis sueños de la infancia y así rindo homenaje a mis antepasados.

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Me refiero a los niños y a los adolescentes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me refiero a los niños y a los adolescentes de la hora contemporánea. Con enojo y preocupación, noto que, aquí y allá, alguien con poder, y otros más, están acostumbrando a los infantes y a los adolescentes del momento actual, a la escasez, a la inflación, al desempleo, al odio, a la fractura entre opuestos, a la violencia, a la enfermedad, a la muerte, a la estulticia, a la superficialidad, a la enajenación, a la falta de valores y al control absoluto. En un entorno sistematizado, donde la mayoría siente, piensa, habla y actúa de acuerdo con patrones similares, las generaciones del minuto presente están perdiendo sus capacidades y a pocos les enseñan a enfrentar los desafíos y a solucionar problemas. Entre la confusión de un mundo virtual que hechiza, atrae y parece el edén, y la realidad cada vez más compleja y peligrosa, los niños y los adolescentes reciben dosis cotidianas que intoxican sus sentimientos, vacían su memoria, desbaratan sus pensamientos, ensombrecen sus sueños e ideales y los encaminan hacia un ambiente robotizado. Los están haciendo personas inútiles, dependientes e incapaces. Están formando una generación perdida, mediocre e inhumana. Les están normalizando las violaciones, los asesinatos, el odio racial, la violencia, las guerras, el antagonismo entre opuestos, la estupidez y los vicios. Me mortifica que muchos de los progenitores de esos niños y adolescentes, también sigan en el juego y en la trampa mortal que una élite poderosa, económica y políticamente, les ha preparado con cierta intencionalidad perversa. Sé, como lo he comprobado una y otra vez, que hay quienes aborrecen que trate esta clase de temas porque la idea es ejercer control totalitario sobre la humanidad; sin embargo, mientras pueda expresarme, seguiré tocando a la puerta de la conciencia. Me preocupan mucho los niños y los adolescentes del minuto presente.

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Y una noche, uno descubre tanto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y una noche, al repasar las jornadas del día y observar las huellas que quedaron en el camino, uno se da cuenta de que es preciso compartir los frutos que lleva en la canasta con el objetivo de aliviar el hambre de otros, cultivar y multiplicar alimentos para bien de los demás y aligerar la carga. Y una noche, al dormir la gente en las aldeas, en los pueblos y en las ciudades, uno asoma a la ventana y descubre el paso de la vida y de la muerte que llegan puntuales, cada una, a sus citas, en los domicilios o fuera, para cumplir sus encomiendas. Y una noche, tras mucho andar, uno se percata de que merece vivir plenamente, con equilibrio y en armonía consigo, con la creación y con los demás, para los cual es necesario reír, amar, compartir, dar, aprender, enseñar y hacer el bien. Y una noche, cuando todas las oportunidades de la mañana y de la tarde se consumieron, uno aprende, definitivamente, que muchos inician sus historias, entre las auroras, y otros, en tanto, concluyen sus biografías en medio de atardeceres y ocasos, porque la vida y la muerte, en el plano temporal, forman parte de un ciclo grandioso y natural. Y una noche, al regresar a casa, uno repasa los muchos años del ayer y la hora presente, acaso con la idea de efectuar un balance y planear el siguiente amanecer y el futuro, quizá por la nostalgia que se siente tras la caminata pasada, tal vez por tantos motivos. Y una noche, en el hogar o en alguna posada, uno mira atrás, a los muchos ayeres de su existencia, a los momentos que apenas un rato antes eran presente y rápido se convirtieron en pasado, y encuentra, entre tantas huellas, las propias, con la alegría y la satisfacción de haber cumplido y de trascender, o con la pena y la tristeza de permanecer atrapado en una celda oscura. Y una noche, uno sonríe contento o llora amargamente. Y una noche, uno dispone las cosas para el siguiente amanecer, con la promesa de dar lo mejor de sí y enmendar su propio guion para alcanzar la paz del alma y conquistar la vida infinita, o, sencillamente, si ya es tarde, prepara el equipaje con el propósito de ir a otras fronteras. Y una noche, en el lecho, uno sonríe con la alegría de la vida resplandeciente o solloza con el dolor y la tristeza de una historia que se apaga sin mérito. Y una noche, uno descubre tanto.

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Historia de un gran amor. Familias Palafox del Río y Escalante Arroyo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No entendía la brevedad de la existencia. ¿A qué venimos al mundo, si la jornada es tan corta? ¿De qué sirven los momentos dichosos si, al final, cuando alguien parte, derramamos lágrimas y sentimos un vacío muy hondo? ¿La vida es real, es sueño, es una prueba, es juego, es el paso temporal por distintas estaciones, es el camino a un destino grandioso?

A mi entrañable amigo, Jorge Palafox Terán, con la gratitud y el recuerdo de siempre.

Lloró inconsolable. Las lágrimas deslizaron por su cutis demacrado al repasar la historia reciente de su existencia, al revisar los capítulos de amor e ilusiones. Miró, una y otra vez, los retratos del hombre de quien se enamoró desde los primeros años juveniles, cuando todo le parecía encantador y prodigioso. Le pareció, a partir de entonces, un gran personaje, un ser de capacidades y virtudes extraordinarias. No obstante, él, José Palafox y Díaz, yacía bajo una tumba silenciosa y solitaria, como son los mausoleos al sepultar uno a la gente tan amada y retirarse con su dolor y sus recuerdos, despiadados, silenciosos y fríos.

Observó las facciones de sus hijos -María Elena, José Luis y Jorge-, e intentó reconocer al padre en cada uno. Descubrió en los rostros infantiles, pedazos de su marido, dentista él que nació en la Ciudad de México, en la época ddel Porfiriato, durante los días de 1890, y murió a los 39 años de edad, en Puebla, en las horas de 1929.

Familia Palafox del Río, en 1920. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

El amor y la admiración de Elena del Río Rossainz hacia su marido, no fue secreto para nadie. Hoy, cuando su historia de romance reposa en la memoria del ayer, casi cubierta por el polvo del olvido, quedan, acaso como consuelo de que el amor es lo que salva, las dedicatorias que le escribió en el reverso de algunas fotografías.

Ya el 11 de agosto de 1907, tres años antes de que iniciara la Revolución Mexicana, ella escribió a quien más tarde, en 1914, se convertiría en su esposo: “alma y vida mía, quiera Dios que el placer que hoy experimentas al poseer este, y mi amor sublime, sea eterno. Si mañana llegaras a olvidarme, piensa que de ti dependen la vida y la felicidad de tu Elena”.

Así, también en la ciudad de Puebla, un 28 de noviembre de 1908, escribió: “alma mía, cuando al fin de mil penas veamos realizados nuestros ensueños, contemplaremos esta con placer. Que mientras, endulcen tus horas tristes. Tuya: Elena”.

Generalmente, al escribirle a su enamorado, se dirigía a él como “doctor don José Palafox y Díaz”. Como bella e intensa historia, un día, el amor de Elena y José culminó en el matrimonio. El 14 de agosto de 1918, cuando México se encontraba ante los abismos de su historia y de su destino, con todos los generales que se disputaban el poder tras el caos y el desastre nacional que generaron, ella escribió: “esposo, amado mío, ¡no me olvides jamás! Piensa que tu amor es mi vida. Tuya: Elena”. En otro retrato, simplemente redactó: “si algún día me olvidas, me moriría”.

Hija de una familia provinciana, Elena conoció a José cuando éste prestaba su servicio como dentista en Chalchicomula, Puebla, y se enamoró profundamente de él, hasta que, finalmente, en 1914, mientras la humanidad estaba distraída en efervescencias sociales y en la Primera Guerra Mundial, contrajo matrimonio con él y se mudaron a la capital del estado, donde fundaron una familia que parecía destinada a la felicidad; sin embargo, durante las horas aciagas de 1929, el hombre cerró los ojos y enmudeció; su cuerpo ya no presentó signos vitales y jamás volvió a emitir una palabra ni a dirigir una mirada de amor a la mujer. La muerte se interpuso entre ambos.

Al morir el cirujano dentista José Palafox y Díaz, su esposa, Elena del Río Rossainz, entristeció demasiado; pero no se doblegó y decidió, por lo mismo, marcharse a la Ciudad de México en busca de mejores oportunidades de bienestar para ella y sus tres hijos, entonces todavía pequeños, porque María Elena, la mayor, nació en 1915; José Luis, en 1918; Jorge, en tanto, en 1920.

La rueda de la vida gira incontenible y si una mañana, a una hora no recordada, se detiene en algún engranaje insospechado, otra tarde, en cambio, reposa en una orilla determinada. Así, mientras los hijos del matrimonio Palafox del Río crecían en la Ciudad de México, en Michoacán, al centro-occidente del país, se escribía la historia de una familia hasta entonces ajena a la de José y Elena. Una descendiente de la familia Escalante Arroyo -María Elena Terán Escalante-, emparentaría, en algún momento del siglo XX, con Jorge, el hijo menor de los Palafox del Río.

Hermanos Escalante Arroyo. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

El 10 de mayo de 1911, Salvador Escalante Pérez Gil, quien fungía como subprefecto de la región de Santa Clara del Cobre, en Michoacán, encabezó el primer levantamiento a favor de Francisco I Madero, el cual fue secundado por gran cantidad de gente. Francisco Ignacio Madero González, fue presidente de México del 6 de enero de 1911 al 19 de febrero de 1913.

Al morir Salvador Escalante en una de las contiendas de la Revolución Mexicana, Santa Clara del Cobre cambió su nombre por el de Villa Salvador Escalante. En enero de 1981, la cabecera recuperó el nombre de Santa Clara del Cobre y el municipio conservó el de Salvador Escalante en memoria, precisamente, de su héroe local.

Mientras aquel hombre, Salvador Escalante Pérez Gil, miraba de frente el rostro de la historia y trabajaba , sin darse cuenta, por una causa que inmortalizaría su nombre, en Morelia, la capital de Michoacán, moraba su esposa, una joven llamada Soledad Arroyo Sánchez, hija de Filomena Sánchez Rosiles y del español Juan Arroyo, a quien en esos primeros años de la vigésima centuria la gente conocía como “Judas, patas peludas”, por su participación anual, en semana santa, en la Pasión de Cristo.

Igual que en su hora, Elena del Río Rossainz se enamoró intensamente de José Palafox y Díaz, la otra, Soledad Arroyo Sánchez, años atrás quedó profundamente arrobada e ilusionada cuando conoció a Salvador Escalante, quien más tarde se convertiría en el héroe de Santa Clara del Cobre, del que el escritor José Rubén Romero, su antiguo secretario particular, haría referencia en una obra.

Salvador Escalante. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

Soledad tuvo la dicha de cumplir su sueño de contraer matrimonio con Salvador. El matrimonio tuvo nueve hijos, de los cuales, por cierto, casi todos murieron jóvenes; por eso, cuando el personaje aclamado en Santa Clara del Cobre, falleció en un combate durante el movimiento revolucionario, tiempo después, la hija del español “Judas, patas peludas”, decidió emigrar, como la otra familia -Palafox del Río-, a la que entonces no conocía, entre 1928 y 1929.

Una de las hijas de Soledad Arroyo Sánchez y Salvador Escalante, llamada María Teresa, también protagonizó una historia de romance en Morelia, capital de Michoacán, cuando conoció a Fernando Terán Quintana, que nació en Santander, España, y se sumó a quien años más tarde sería presidente de México, Lázaro Cárdenas del Río, para combatir en diferentes episodios durante la Revolución Mexicana que inició en 1910.

Acaso influida por el ejemplo de su padre -Salvador Escalante-, quien encabezó, en Santa Clara del Cobre, el primer levantamiento a favor de Francisco I Madero, o tal vez por la personalidad que irradiaba aquel español que se sumó al movimiento revolucionario -Fernando Terán Quintana-, ella, María Teresa Escalante Arroyo, no dudó, un día, en compartir los días de su existencia con ese hombre que lo mismo conversaba acerca del terruño, en España, que de la experiencia de viajar en barco por mares desolados o de combates en un estallido social que no le correspondía por no ser mexicano y en los que, no obstante, participó con valentía.

De aquel amor, la pareja tuvo una hija, María Elena Terán Escalante, quien años más tarde, ya en la Ciudad de México, se enamoraría y contraería matrimonio con Jorge Palafox del Río, exactamente el 27 de abril de 1946, época en que la humanidad comenzaba a reponerse de la sombra que le dejó la Segunda Guerra Mundial.

María Elena Terán Escalante, en 1925. Cortesía: Jorge Palafox Terán.

Con María Elena Terán Escalante y Jorge Palafox del Río, hijos de dos parejas que protagonizaron historias de amor intensas e irrepetibles, los engranes de la vida y del destino coincidieron y grabaron los nombres y apellidos de otros hombres y mujeres que, igual que sus antepasados, escribieron las novelas de sus existencias en un rincón de México.

María Elena Terán Escalante. Cortesía: Jorge Palafox Terán.
  • Esta historia la he escrito en memoria de mi amigo, el inolvidable Jorge Palafox Terán, a quien prometí, antes de su fallecimiento, que la publicaría como un homenaje a sus antepasados y al amor que expresaron los personajes.
  • Las fotografías fueron proporcionadas por Jorge Palafox Terán y pertenecen a sus sucesores.

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El encanto de los pequeños charcos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al caminar por los parques y las callejuelas, en los pueblos y en las ciudades, o por la campiña, en las llanuras, en los bosques y en las montañas, asomo a los pequeños charcos que forman las gotas de lluvia al acumularse o los ríos al salpicar una y otra vez, con la intención de descubrir las imágenes que reflejan. Encuentro, al mirarlos, los perfiles modestos y presumidos de las casas, de los edificios y de las tiendas, y hasta de los faroles y de las personas y de los vehículos que transitan incesantes, o las siluetas de los árboles, de las montañas y de los peñascos; aunque al fijar la mirada, si el agua de los charcos es diáfana, observo el fondo arenoso o de tierra, en contraste con la profundidad del cielo azul intenso y la blancura o el grisáceo de las nubes que flotan y modifican su apariencia, en un intento metafórico, quizá, de mostrar la dualidad, el infinito y la temporalidad. Me encanta volver a los pequeños charcos, igual que los niños regresan a sus espacios donde juegan a la vida, porque enseñan mucho. He aprendido que lo diminuto y lo sencillo pueden reflejar tanto, lo mismo los paisajes con su naturaleza, que la grandiosidad y los días soleados y nublados. Cuando el viento sopla, se multiplican los pliegues en el agua y las imágenes se vuelven difusas y parecen distorsionar lo que reflejan, como acontece con las personas y sus cosas al transcurrir los años. Las estaciones transforman el panorama que humildemente reflejan los charcos, con los colores de la primavera, el celaje nublado y la lluvia del verano, el aire otoñal y la nieve del invierno. Cuando los escenarios cambian, uno aprende, al mirar los reflejos, que nada, en el mundo, es permanente. Con frecuencia, los charcos se secan o se contaminan al permanecer inmóviles, como ocurre con hombres y mujeres al perder su dinamismo e interés en la vida. En los charcos que se evaporan o que la gente pisa con descuido, he visto mi reflejo, el del entorno y el de la profundidad azul del cielo, siempre con el asombro y la interrogante de cómo, algo tan minúsculo, puede replicar tanto. Si yo pudiera, como los charcos, reflejar mi interior y el exterior, como parte de una vida noble, con mis razones y mis motivos, con mi cordura y mi delirio, sencillo y grandioso, a la vez, dispuesto a compartir hasta regalar la imagen del cielo, me parece que sería un hombre extraordinario; no obstante, me sé un caminante, un discípulo de los árboles, de las plantas, de las flores, del viento y del agua, observador del alma y de la textura, explorador del cielo y de la arcilla, con la curiosidad de asomar a las pequeñas represas naturales que me enseñan tanto y me piden, a su nombre, derramar lo que contienen para bien mío y de los demás.

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Y un día, a cierta hora, al darte cuenta…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y un día, al paso de los años, te das cuenta de que los niños de entonces -tus hijos, tus nietos, tus sobrinos-, que tanto te admiraban y que parecían tus compañeros inseparables, a los que abrazabas y besabas con tanto amor y educabas con consejos y ejemplos, ya no te siguen porque recorren sus propias rutas -las que trazaron con la idea de realizarse como seres humanos y protagonizar la historia que les corresponde- y construyen sus motivos y sus razones.

Te parece escuchar los ecos lejanos de sus voces infantiles, sus risas, sus pláticas ingenuas, sus sueños y sus aventuras, y más lo sientes al -notar la ausencia en los asientos del comedor y en los sillones de la sala, en el jardín y en los espacios de la casa. Los juguetes y las cosas que les compraste y los hicieron tan felices, ahora las conservas en los muebles, seguramente como adornos y recuerdo del pasado tan inolvidable, igual que lo hicieron tu padre y tu madre al marcharse del hogar tú y tus hermanos.

Transcurren los años, se acumulan uno tras otro como los ladrillos cuando el albañil los acomoda con el objetivo de construir una barda que impida ver atrás o que algún elemento extraño robe la tranquilidad del momento presente, hasta que, un día, a cierta hora, te percatas de que hay, más o menos, carga y liviandad en el equipaje con que veniste al mundo, y que es hora, antes de que llegue la noche, de deshacerte de ornamentos inútiles y apovechar plenamente, en armonía y con equilibrio, los instantes o los años que aún te quedan por recorrer.

Caminan los minutos, los días, las semanas, los meses, los años, y te quedas sin un amor, acaso porque alguna vez las flores se marchitan y se convierten en pétalos secos que exhalan viejas fragancias, suspiros y melancolías, con los recuerdos de otros tiempos de enamoramiento y romance. Se jugaba al amor y a la vida. Descubres, entonces, que te quedaste solo.

Ese amor que tanto te ilusionó y por el que hubieras cometido locuras y añadido días épicos y memorables a tu existencia, ya no está. Lo buscas en ti, en tus sentimientos y en tu memoria, en los retratos, en las cosas que alguna vez compartieron, y no lo encuentras. Las ausencias suelen causar heridas profundas que, a veces, no sanan, y, en ocasiones, cicatrizan lentamente como un martirio que se paga por la dicha pasada.

Y siguen dando vuelta las páginas de tu historia. Acuden a tu memoria los capítulos, en la casa solariega, al lado de tu padre, tu madre y tus hermanos, inmersos, en esa época, en el guion que compartieron con las dulzuras y las amarguras de la vida, entre luces y sombras naturales en un mundo dual. Imposible repetir los cuentos de hadas. y de castillos encantados. No es factible enmendar ni mejorar las planas; aunque es permitido correr hacia las personas que aún sobreviven y expresarles amor y gratitud por tanto y ser esencia y compañeros de viaje a un plano infinito.

Miras a los lados y atrás. Te das cuenta de que las generaciones que te antecedieron y las que fueron tus compañeras, ya no están completas. La lista de ausencias crece diariamente, a cambio de nuevas presencias que sienten, piensan y actúan diferente a ti. Y te acostumbras a las soledades o te acoplas a las compañías porque la gente que conociste se está yendo.

Se estrenan y caducan modas, costumbres, tendencias y razones. Nada, en el mundo, es permanente. Giran las manecillas del reloj y el planeta, las auroras y los ocasos, la vida y la muerte terrenales. Todo se modifica entre un suspiro y otro, en su afán de descender o subir. En mucho, tienes la decisión.

Los niños de entonces, abandonaron sus juegos y tienen rostros de adultos; los ancianos de antaño, se retiraron del camino y ya no están presentes, y lo puedes notar porque ni siquiera se habla de ellos y los espejos no volvieron a reflejar sus imágenes. Se recuerda y se olvida, y más cuando no se dejan huellas en la memoria de otros ni testimonios en los sentimientos de quienes te conocieron.

Y una mañana, al despertar, encuentras más arrugas y canas en tu aspecto. Estás irreconocible, a pesar de que, en tu interior, en esencia, eres el mismo. Tu rostro lozano y tu mirada transparente cambiaron tanto que, soprendido, apenas te reconoces. Si eres fuerte y maduro, comprendes que las estaciones han pasado, una tras otra, con gran celeridad, y que si aprendiste y, al mismo tiempo, disfrutaste cada momento y evolucionaste, te aproximas a un plano superior y no a la muerte; si te acosan los arrepentimientos, las debilidades y los miedos, quizá tengas oportunidad de compensar el daño y rescatar algo de ti. Nunca es tarde si quedan esperanzas de unos segundos o años más.

Otra tarde, durante la lluvia o al soplar el viento, te distingues asomado -quizá reflexivo, tal vez solo y entristecido-, tras los cristales de la ventana. Recuerdas, sin duda, aquellas horas, esos años, cuando te divertías, en tu juventud, con las gotas de lluvia que deslizaban, una tras otra, en tu piel.

Y así, al llegar la noche -generalmente entra a casa sin avisar ni tocar a la puerta-, te percatas de que la nieve cubre los abetos, las montañas, las aldeas y las ciudades, el paisaje y el jardín que cultivaste con tanto esmero. Todo cambia. Hay que morir, en la temporalidad, para volver a nacer; aunque la esencia sea insustancial y, a la vez, permanente e infinita.

Y un día, puntual, exacto y de frente al destino, a la vida, aprendes a distinguir que atrás, a los lados y delante de ti, hay mucho o poco, todo o nada, para alcanzar, soltar y vivir. Ningún momento se va a repetir. Las fechas son irrecuperables y, en ocasiones, naufragan en la amnesia y se hunden irremediablemente en el olvido.

Así, mientras el espejo refleja tu imagen y te motiva a las añoranzas y a las reflexiones, apenas escuchas una voz que surge de tu interior, de tu ser casi sepultado por tantas capas que lo cubren, que te susurra al oído: «eres inmortal, en esencia; pero ahora que estás aquí, en medio de la temporalidad, vive en armonía, con equilibrio y plenamente, con el amor y el bien de tu alma, sin importar que al siguiente minuto o dentro de algunos años, escribas la hoja postrera de tu paseo por este mundo y des vuelta a la página. No te vayas sin haber expresado tu amor infinito a los demás. Deja huellas indelebles para bien de la gente, de la naturaleza, de la creación. Eso te sanará totalmente y, de paso, te salvará. Abrázalos y diles lo mucho que los amas. No omitas hacer el bien a toda hora, disfrutar el aliento de cada instante, compartir lo sublime, ser una persona inolvidable, regalar detalles nobles, enseñar, sonreír, perdonar y trazar senderos resplandecientes.

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Al contabilizar los instantes y los años

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Serán la mañana y la tarde, la noche y la madrugada, un poema o trozos de hojas secas que se desprenden del árbol y dispersa el viento? ¿Serán los instantes, pedazos de horas y de días, porciones de semanas y de meses, o acaso desconduelo de los años que pasan casi imperceptibles? ¿Serán alegrías o nostalgias lo que uno siente al contabilizar los momentos que han partido? ¿Serán espejismos los períodos de la existencia que ya pasaron y no volverán? ¿Serán reales las etapas de la vida o simplemente se trata de sueños que se diluyen mientras naufragan en la memoria? ¿Serán los años, en el mundo, treguas que se hacen desde el infinito para valorarlo por lo que significa y distinguirlo de la temporalidad?

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Los colores y las fragancias de las noches

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me pregunto, cuando, en las noches, admiro los luceros que decoran la bóveda celeste, ¿quién los hizo plateados, a la distancia y ante mi mirada, aunque sus colores, en la proximidad, sean otros? Aparecen, como las letras de un verso, en las páginas del firmamento, libres y hermosos, cautivantes y magistrales, como para que uno no se sienta desolado. Los astros, las estrellas y los elementos del universo parecen sustituir, en las horas nocturnas, los matices de la naturaleza, aquí, en el mundo. Tan exquisita es la creación que, en las noches, cambian los perfumes, son diferentes a las fragancias matutinas y de la tarde, especiales para atraer y embelesar a los artistas, a los enamorados, a la gente buena, a aquellos que sienten dentro de sí la inmensidad que pulsa en todas partes. Cuando, en las noches, percibo los aromas que exhalan los árboles, las plantas, las flores, la tierra y la lluvia, me doy cuenta de que forman parte de una fórmula prodigiosa, de una receta que milagrosamente se repite. Al caminar descalzo sobre el césped, a una hora de la noche, adivino los colores que, al amanecer, regala la naturaleza a los sentidos; también siento, al andar, el palpitar incesante de la vida, con sus voces y sus sigilos. La gente duerme. Algunos trasnochadores están reunidos y atienden sus asuntos, sus motivos, sus sentidos. Yo deambulo, en la noche, en busca de colores y perfumes para, inspirado, plasmar mis letras en las páginas que esperan mi retorno, con pedazos de fragancias y de matices que recolecto.

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Los días, en este momento de mi vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días, en este momento de mi vida, parecen transcurrir con mayor celeridad. Aparecen, casi imperceptibles, similares al viento que apenas acaricia el rostro y se marcha, acaso con el mensaje oculto de la brevedad en cada minuto, quizá porque tal es la existencia. Y es así como se va la vida, junto con los instantes pasajeros, sin que uno note, muchas veces, que, a pesar de su prisa, el tiempo, que es una medida, deja huellas. Uno, con los años, aprende que cada segundo es irrepetible y que nada lo reemplaza; cambia, entonces, la conciencia del tiempo y se le valora, incluso, más que el dinero. El desarrollo y el posterior envejecimiento en los seres humanos, es un proceso natural que ni siquiera tiene apego a las manecillas del reloj; no obstante, al ser el tiempo la medida de todas las cosas, en el mundo, uno sabe que cada día que se suma a la existencia, es uno menos en la biografía, en la excursión terrena, en la estancia temporal. Uno sabe, con el paso de los años, que camina a otras fronteras, que se aproxima a planos diferentes a la arcilla, y que, por lo mismo, es necesario preparar la senda y la carga, elegir el itinerario y, en todo instante, antes de marcharse definitivamente, cultivar el bien y trascender. Últimamente, personas jóvenes y de mayor edad me han comentado que sienten que los días de sus existencias corren presurosos y que apenas disponen de tiempo para atender sus asuntos cotidianos e inmediatos. Me parece que, en parte, la dinámica de la hora contemporánea provoca la sensación de vacío. Estamos tan ocupados y distraídos en esos asuntos cotidianos e intrascendentes que, acumulados, raptan pedazos de nuestras existencias, que difícilmente comprendemos que si en verdad deseamos momentos de calidad, es necesario desterrar los apetitos pasajeros, las superficialidades, la estulticia y la necedad de permanecer en las butacas de los espectadores que reciben, para mantenerlos distraídos y enajenarlos, espectáculos baratos y grotescos. En estos años de mi existencia, cuando tengo la idea de que me falta espacio para cumplir mi encomienda terrena, me es preciso hacer pausas y abrir paréntesis con la idea de reservarlos a la gente que amo, a lo que tanto disfruto, al bien, a mí, a lo que enriquece la vida y le da un sentido excelso.

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Mis citas con las letras

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Acudo, puntual, a mi cita, a mi encuentro cotidiano con las letras, en la esquina del cuaderno de notas, al centro de la pantalla, en cualquier parte, sin importar el minuto, la hora y la fecha, porque, en un idilio, como el mío con el abecedario, sus puntuaciones y sus signos, es preciso entregarse por completo. Así, entre soledades y compañías, rumores y silencios, tareas y descansos, ausencias y presencias, cargas y liviandades, me fundo en las letras, armo palabras, compongo obras, textos que son pedazos de mí, expresiones de mi inspiración, fragmentos de lo que siento y pienso. No quisiera marcharme, una noche o una mañana, una tarde o una madrugada, con impuntualidades en mis encuentros con el arte, porque, entonces, sería un escritor infiel, un caminante que no deja huellas a su paso. En el arte, las citas suelen presentarse inesperadamente, sin agendar ni programar, quizá porque es libre y toca a los sueños, acompaña día y noche, en la vida y en la muerte, en la temporalidad y en el infinito. Me despierta la inspiración, me llaman las letras y las palabras, me acompaña el arte. Desde el amanecer, entre una inspiración y otra, en medio de mis tareas, alrededor y dentro de cualquier actividad, me presento entero ante las letras, el papel y la tinta, en un acto de amor puro que concibe textos y obras. Acudo, puntual, a mis citas irrenunciables con el arte, a mis momentos de amor las letras.

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