Coincidió el hoy con el ayer y el mañana

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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El hoy pintaba, cada día, los rincones del mundo, derramaba perfumes, esculpía formas y aplicaba sabores, cuando de improviso, al voltear atrás, descubrió la presencia sigilosa del ayer, oculto entre piedras y varas dispersas en un paraje umbrío, quien le expresó: “a diferencia tuya, querido presente, que decoras los instantes y conviertes los espacios en bellos remansos que poca gente aprecia y disfruta, en mis rincones sombríos deambulan incontables hombres y mujeres, intoxicados por el arrepentimiento, la confusión, el dolor, la amargura, los recuerdos, la tristeza y los sentimientos, las oportunidades, los pensamientos, las vivencias y los sueños desperdiciados y perdidos. Están rotos. Los percibo incompletos, totalmente irreconocibles. Lloran y se aferran a permanecer encadenados en mis celdas, tras los barrotes que ellos fabrican cotidianamente. Son esclavos de sí mismos y, no obstante, me culpan. Ofrezco estampas pasadas y es grato, algunas veces, mirarlas, revisar los detalles y recrearse, con la idea de reconocerse, abrazar a quienes estuvieron con uno y con otro, recordarlos con amor yjustificar la existencia, la caminata por el mundo; sin embargo, esta gente, en femenino y en masculino, en minúsculas y en mayúsculas, no busca los minutos y los años inolvidables, maravillosos e irrepetibles, sino el veneno de los remordimientos, la melancolía y el sufrimiento inútil. Aquí, conmigo, renuncian voluntariamente a su presente y a su futuro. No saben que la vida es un fluir incesante”. El hoy, al escuchar a su hermano -el pasado-, lamentó tanto dolor humano, y prosiguió su tarea de decorar el mundo con la idea de atraer a las personas ante la oportunidad de vivir plenamente, en armonía y con equilibrio, cada momento. Tenía la certeza de que el hoy, en el mundo, es un ensayo y un paréntesis para experimentar la vida con sus luces y sombras, y el antecedente, en otros planos, de un paraíso sin final. Inmerso en sus cavilaciones, el hoy percibió la presencia del futuro, quien, con un morral pletórico de burbujas, sueños, promesas e ilusiones, arrojaba semillas que el viento arrastrba a rumbos inciertos. Ofrecía, a los ilusos, puentes de cristal, quimeras, lechos mullidos, costales con optimismo desbordante que navegaban en embarcaciones frágiles sobre mares impetuosos y durante noches de tormenta. Los barcos y las lanchas del futuro transitaban repletas de gente qu asomaba distraída y perpleja, con ansias de huir del ayer y del hoy para entregarse, por completo, a sus anhelos, ambiciones y sueños. Eran espectadores, no protagonistas, de los instantes y los años que fluían inagotables y escapaban irremediablemente con pedazos de vida. El hoy observó el panorama completo y, a pesar de que se supo uno con el ayer y con el mañana, porque el tiempo es una realidad humana, terrena y material, y no etérea ni infinita, sonrió y repitió para sí, con la esperanza de que sus palabras llegaran hasta alguien, que si las personas comprendieran que su realidad inmediata es el presente y lo experimentaran en armonía, con equilibrio y plenamente, en su interminable juego de sí y no, con sus auroras y ocasos, innegablemente aprenderían a ser dichosas y se realizarían hasta irradiar lo que verdaderamente son y ocultan tras capas de ignorancia, ambición desmedida, prejuicios y estulticia. Continuó matizando la vida con la esperanza y la ilusión de que mayor número de hombres y mujeres aceptaran su invitación a disfrutar el hoy, el presente, con su grandioso patrimonio de alegrías y tristezas, amaneceres y anocheceres, ascensos y caídas, risa y llanto, encuentros y desencuentros. Se sabía artista incomprendida. Poca gente, en realidad, entinde que el hoy es el presente, la pauta que momentáneamente le pertenece para vivir su biografía y trascender en todo sentido. El presente es aquí y ahora, es un hoy que alguna vez fue futuro y que de pronto se convierte en ayer, en pasado.

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Colores y fragancias de la noche, matices y perfumes de la mañana y de la tarde, murmullos y sigilos de la vida…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Colores y fragancias de la noche, matices y perfumes de la mañana y de la tarde, murmullos y sigilos de la vida, auroras y ocasos… Los minutos, las horas y los instantes repetidos durante la mañana, el mediodía y la tarde, llegan a la otra estación, a cierta orilla -la de la noche-, desde la que apagan la luz del sol que ya no asoma y, quizá, desearía trasnochar con las estrellas y la luna en sus juegos y en sus romances inagotables. Los colores, en la oscuridad nocturna, pierden brillo, ganan opacidad, hasta que uno pregunta si son genuinos, si en verdad existen, si se trata de espejismos o de realidades, solo porque no se les ve. Olvidamos disfrutar las tonalidades de la naturaleza y del universo, a través de los sentidos, y perdimos la capacidad de mirar desde el interior. La vida contesta, entre sus acostumbrados rumores y silencios, y no duerme porque su tarea, en el mundo, es crear, restaurar, dar y renacer. La noche, mágica y benevolente, desdibuja las formas y los maquillajes del mundo y de la vida con el objetivo de que la gente, en femenino y en masculino, en minúsculas y en mayúsculas, admire los luceros que decoran el infinito techo celeste y se entregue, en consecuencia, a los sueños, mientras sus almas se funden en un concierto sin final, en la armonía y en el equilibrio de una corriente etérea que no cesa. Los perfumes de la mañana, del mediodía y de la tarde, adormcidos, ceden espacio a las fragancias de la noche y de la madrugada, con sus encantos, en un deleite que, al natural, no huye del engranaje que le da vueltas ni evita los ciclos de la existencia. La mañana, al retornar de nuevo y derramar sus aromas, sus matices, sus formas y sus sabores, desmiente a los incrédulos, a aquellos que pregonan que las oportunidades de ser felices, dar lo mejor de sí, sonreír, hacer el bien y realizarse plenamente, quedan atrás, en las sombras. El día enseña que las sombras son pasajeras y que, por lo mismo, uno selecciona los materiales y las obras que engrandecerán o empequeñecerán su desenvolvimiento espiritual, mental, físico y material, mientras la noche, en tanto, demuestra que hay un momento para vivir y que, si alguien prefiere despilfarrar los instantes que le parecen insignificantes, al llegar las sombras y contemplar su rostro en el espejo, descubrirá que ha transcurrido una fecha más, un período existencial que no regresará nunca. Y así, entre las dunas de una existencia carente de sentido, tan insignificante como su petulancia y lo que ha acumulado sin derramar el bien, tanta gente, pávida y triste, escuchará cotidianamente que el amanecer y la noche tocarán a su puerta como una oportunidad perdida y con el reclamo callado de que mientras dispone de oportunidades y tiempo, otros, los que están desprovistos de todo y sufren tanto, anhelarían, al menos, algunos granos de la arena acuumulada en un desierto carente de sentimientos, ideales, pensamientos y aegría. La aurora y el ocaso derraman sus colores, sus sigilos, sus perfumes, sus murmullos y sus sabores, cada uno con el sentido de su naturaleza y su significado.

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Las sandalias

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Un día antes, en el monasterio, el monje habló a sus discípulos acerca de las apariencias, las superficialidades y la petulancia que condenan a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, principalmente en occidente. Citó las prisiones que la gente fabrica, los anfiteatros y las trampas que los seres humanos construyen al rivalizar racialmente, por su aspecto, por sus grados académicos, por sus creencias y por el dinero, el poder y las cosas materiales que obtienen y, erróneamente, no utilizan para trascender. Mostró a sus alumnos, sorprendidos, carteles con fotogafías de calzado moderno. Se asombraron al detectar la incomodidad de la mayor parte de los modelos, unos que oprimían las puntas de los pies y otros, en tanto, que exigían mantener equilibrio, impedían caminar libremente, presionaban la corriente sanguínea, bloqueaban las terminales nerviosas y agotaban. El maestro explicó que en las grandes urbes, donde las personas se han transformado en criaturas de asfalto y plástico, como negación de la naturaleza, a la que asfixian cotidianamente sin entender que condenan su presente y su futuro inmediato, hasta los zapatos son más sintéticos. La gente no dispone de tiempo, en las ciudades, para despojarse, por algunos momentos del día, del ropaje que presume, del calzado que amuralla sus pies y obstaculiza su contacto con la tierra que exhala vibraciones, energía, propiedades magnéticas que armonizan y equilibran el organismo, las facultades y la salud. Son tan ignorantes, ambiciosos, superficiales y presuntuosos, que dedican sus existencias tan breves a satisfacer apetitos primarios, acumular cosas y fortunas, esconder tras apariencias lo que verdaderamente son, y, al final de sus días, con dolor y tristeza, descubrir, tardíamente, que si los placeres y la riqueza material son válidos, existen otros tesoros de mayor permanencia y valor, como la familia, el bien, el amor, las virtudes, la alegría, el conocimiento, la salud, el equilibrio, la armonía, la paz. Eso conduce a niveles superiores, expresó el místico, quien argumentó que los seres humanos diseñan sus propias historias, sus paraísos, sus sueños y sus pesadillas. La vida es algo más, desde luego sin olvidar satisfacer las necesidades naturales en todo ser humano. Toda persona, dijo, merece, si actúa correctamente, realizarse plenamente y ser intensamente feliz. Unos son artistas, científicos o, como nosotros, místicos, buscadores de la verdad y la iluminación; pero otros dedican los días de sus existencias a la industria, al comercio, a la medicina, a la filosofía, a la enseñanza, a la gastronomía y a diferentes disciplinas del conocimiento. No importa que sean de alguna raza en especial ni su condición social, como tampoco sus creencias, aspiraciones, estudios, jornadas laborales, sueños y vivencias, mientras no cometan atrocidades en contra de otros. Es patético que millones de personas se refugien en sus vestuarios no para lucir atractivas, lo cual es genuino y hermoso, sino con la intención de esconder lo que son en realidad y presumir y aplastar a los demás. Busquemos lo auténtico, la plenitud, el bien, la verdad. Aconsejó meditar. Al retirarse a sus celdas, en la noche, el monje solicitó a los jóvenes que reflexionaran, en medi0 de la noche y desde el silencio, la profundad y los susurros de su interior, acerca de la lección que les impartió sobre las apariencias, las superficialidades, la petulancia y las debilidades humanas, y el valor que significa mantener contacto permanente con la naturaleza, con los elementos, con la vida, con la creación; también les comunicó que, al amanecer, saldrían del monasterio con el objetivo de caminar durante todo el día por parajes insospechados. Y así fue. Temprano, el monje y sus alumnos salieron de la fortaleza monástica y caminaron, en silencio, Las cumbres, envueltas en neblina flotante y cubiertas de nieve, permanecían imperturbables, más cerca del cielo y sin perder, por su grandeza, los detalles, las partes minúsculas, sus bases en el suelo, en la tierra. Caminaron el maestro y sus alumnos por parajes abruptos y desolados que invitaban a fundirse con todo. En aquel ambiente, descubrieron un remanso próximo a un río que acariciaba las peñas dispersas en el cauce y salpicaba incontablels gotas cristalinas y heladas a la tierra, a la orilla, a los árboles, a la vegetación, en un concierto magistral que regalaba pedazos de vida. Tras el silencio de la caminata, el monje habló a los jóvenes, a quienes explicó que dispondrían del mediodía y de la tarde para ellos, lo que significaba, en consecuencia, que podrían reír, platicar, dormir, jugar, apartarse, meditar, correr, ensimismarse, soñar, refrescarse en la corriente que descendía de las montañas, estudiar, divertirse y consumir los instantes en la contemplación. Era un ensayo de la libertad. A partir de ese momento y hasta que él lo indicara, serían libres y responsables de sus sentimientos, actos y pensamientos. Mientras los discípulos corrían libres y plenos, el monje decidió permanecer sentado a unos centímetros de un árbol frondoso con la idea de recorrer y explorar su ruta interior, reencontrarse consgo y trascender desde el alma. Al contemplar el escenario y ver a sus alumnos que, en grupos, dialogaban en los peñascos, jugaban en la llanura y reían, descubrió a uno de ellos, apartado, desprovisto ya de sandalias, con los pies hundidos en la tierra, en el barro, mientras abrazaba un árbol y miraba la corriente del rio, hasta sentir el pulso de la naturaleza, el palpitar de la vida, el lenguaje de la creación, la voz de su interior. El joven, quien era conversador, alegre, inquieto y ocurrente, había aprendido la lección sobre la libertad y la decisión de elegir, y, por lo mismo, colocó sus sandalias a un lado, mientras se fundía con los elementos del paisaje, experimentaba los latidos del universo y percibía el ritmo de su alma, del infinito y de la creación. Sonriente, en armonía y en paz, el místico entendió que cada ser, en masculino y en femenino, en minúscula y en mayúscula, decide y elige el sendero, la ruta y el destino que anhela de acuerdo con el sentido de su naturaleza y el despertar de su esencia, y, después de todo, dedicar la existencia al bien, al desenvolvimiento del ser, al aprendizaje, a la acumulacion de una fortuna material, a la satisfacción de necesidades e impulsos, o a cualquier otra expresión humana, forma parte del inacabable proceso de evolución. Sintió, entonces, la energía magnética de los poros de la naturaleza que armonizaban con su ser interno, hasta experimentarse como esencia y arcilla. Voló libre de ataduras. Probó la libertad de elegir responsablemente de acuerdo con su naturaleza, como lo hacían, en la tierra, ls frores minúsculas que recibían las caricias del viento helado.

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Por favor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Por favor, cuando mi cuerpo permanezca yerto, ausente de alma, ya sin esencia, faltante de mí, no desperdicies un día completo en mirarme inmóvil ni en cavar en los años, en el tiempo, para llegar a alguna orilla del ayer, casi olvidada, buscar mis pedazos y recordarme. Las flores se marchitan y quedan abandonadas en los sepulcros, mientras las lágrimas de arrepentimiento, dolor y tristeza, en tanto, secan al amanecer y son olvidadas, cuando el sol pinta los jardines y el paisaje con matices de alegría, y los asuntos de la vida asoman cotidianamente con su sí y su no. La gente que se va y los recuerdos, quedan atrás, al expresarse el siguiente día. Parten de estaciones desoladas a rutas insospechadas. Prefiero que la mañana y la noche, la madrugada y la tarde, que indudablemente me dedicarás alguna vez, en una fecha desconocida y a cierta hora, las diluyas en instantes, en momentos con detalles, para que en verdad convivamos y, al final de nuestras existencias, resplandezcamos con ese tesoro grandioso y tan nuestro, y, ya sin llanto ni remordimientos, prevalezcan la alegría, las evocaciones felices, igual que cuando uno, contento y pleno, lee todo el libro y da vuelta a la página postrera. Prometo que haré lo mismo contigo y con la gente que amo y con la que aún no conozco. Repartiré detalles, motivos, instantes. No importa si es un mensaje instantáneo, si es una carta, si es una llamada o si es una visita. Lo importante es no sabernos ni considerarnos solos, compartir nuestras alegrías y tristezas, los triunfos y los fracasos que tenemos, la sonrisa y el llanto, porque de tales encuentros y desencuentros, sin duda, surgirán historias inolvidables, bellas e irrepetibles. Y si a los minutos que repartimos, agregamos el bien que podamos hacer a los demás, fundirnos en una cadena hacia determinados propósitos nobles, y enseñar a los que no saben, construir puentes y caminos que salven de caer a los abismos, seguramente, al despedirnos, no será en salas velatorias ni en hornos crematorios, ni tampoco en sepulcros. Nos recordaremos de manera idéntica a la de las personas que se aman, cuando se despiden tras una visita feliz y armónica, con la promesa de volver a encontrarse. Y así es. La jornada existencial solo es un paseo, una acumulación de años, para más tarde, si acaso existe el tiempo en otros planos, entregarse a la conquista, por méritos propios, del infinito. Por favor, evita, como lo haré yo, la pena, el dolor y la tristeza de mirar mi cuerpo ausente de mí, ya sin esencia, porque más que cavar una tumba que exhale hondos suspiros y cargar un ataúd en su despedida final, en el cementerio, me gustaría, contigo y con los demás, utilizar la pala para cerrar heridas y construir momentos grandiosos, vivencias inolvidables, oportunidades para hacer el bien y aliviar el dolor de otros. Más que cargar pesos innecesarios, abracemos a quienes están a nuestro lado, a aquellos que necesitan, por sus condiciones, una mano que dé, oídos que escuchen, miradas que vean con benevolencia, palabras de aliento que aconsejen y enseñen. No cavemos ni despediciemos los minutos y los días de la existencia en soportar tanto peso. Perdonemos el mal que nos causamos, si así ha sido, y repongamos la vida perdida -los segundos y los años componen los períodos de la existencia, en este mundo- con sentimientos, palabras, pensamientos y acciones nobles. Por favor, cuando sepas que mi cuerpo permanece con un faltante -yo, mi alma, mi esencia-, lleva alegría, buenos recuerdos, y continúa por la senda que diseñamos como seres humanos dichosos e íntegros. Dejemos las flores no para cubrir ni rodear ataúdes y sepulcros, decoración marchita de los cementerios, sino con la idea de cultivarlas, embellecer el mundo, alegrar a la humanidad y dispersar sus pétalos en los caminos, en las rutas a donde el paraíso, simplemente, inicia y parte de nosotros, de nuestro interior, de cada alma que palpita aquí y allá, en la arcilla y en la luz.

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La joven aburrida y los granos de arena

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-Otro día más -pensó la joven, enfadada, al sentir las caricias del sol que asomaba por el ventanal de su habitación.

Intentó dormir más con la idea de permanecer despierta menos tiempo y así, inmersa en su ocio y en sus sueños, evitar la monotonía de sus días repetidos; pero los colores, las fragancias, los rumores y los silencios de la vida le impidieron regresar a los mundos de quimeras. La noche había partido. La mañana alumbraba otra fecha, un episodio más en su biografía, en su edad, en la historia de todo cuanto le rodeaba.

Salió a caminar y sentarse, como todos los días, al amanecer, en la playa solitaria, en algún paraje donde las olas jade y turquesa, llegaban a la arena que besaban y mojaban, para de inmediato escurrir y retornar, espumosas, a su inmensidad como un detalle, un motivo, un engranaje del océano.

Hastiada, agarró una vara que despedazó. La resquebrajó en pequeños fragmentos, como consumía, igualmente, los minutos de su existencia que se iban y desvanecían irremediablemente. Aquel período vacacional, en la playa, le pareció injusto, a pesar de que la mansión veraniega, propiedad de su familia, le ofrecía innumerables alternativas para disfrutar los instantes pasajeros: las calzadas jardinadas, los balcones dispuestos arquitectónicamente para descansar y contemplar el mar, la biblioteca, la sala de arte, el yate, la tabla de surfing, la caña de pescar.

Emilia, sin sospecharlo, acudió a su encuentro con ella. Admiró el oleaje en su incansable ir y venir, pliegues azulados y verdosos que refrescaban la orilla arenosa, la playa desolada, y dejaban trozos de las profundidades marítimas -estrellas, hipocampos, caracoles, conchas, piedras, botellas de vidrio, huesos y otros objetos naturales y sintéticos-, que, casi de inmediato, volvían a llevarse.

Las olas impetuosas, en una mezcla sinfónica de murmullos y sigilos, provocaron en ella un sopor que le pareció extraño y que se acentuó al admirar, en el horizonte, la unión del océano y el cielo, el matrimonio de uno y otro, en sus azules mágicos, en espera de otra tarde para prender el espacio y la superficie acuática de amarillo, dorado, naranja, rojizo y violeta.

El graznido de gaviotas y pelícanos, disuelto en el lenguaje del mar, en los sonidos y en las pausas del viento, en los truenos que a veces se propagan entre las nubes que mutan de blanquecino a tonos plomados y al embate de millones de gotas de agua contra los riscos imperturbables y desafiantes al tiempo y a los elementos naturales, envolvió a Emilia, la arrastró, cual náufrago, a parajes desfigurados y tétricos -los de su existencia con sus errores, fracasos y omisiones, con lo bueno y lo malo, con sus alegrías y sus triunfos-, donde enfrentó sus propios fantasmas y miedos, sus máscaras y vestuarios, hasta que, inesperadamente, despertó de su letargo, reflejada en una luz que le permitió disginguir un paisaje matizado y perfumes, exquisito en formas y susurros.

Concentró su atención en la playa, donde apreció, mejor que antes, los granos minúsculos de arena, acumulados por millones, tan diferentes unos de otros. Imposible contarlos. Cada uno poseía un motivo, una forma, un destino, una particularidad.

Hundió sus manos en la arena y dejó caer, suavemente, los granos que la brisa dispersó al natural. Cada grano era diferente, peculiar, libre y, a la vez, parte de una familia, integrante de un grupo evolutivo, y, sin perder identidad, all unirse, formaban el paisaje más bello y sublime, un pedazo de cielo, un trozo de paraíso, simplemente una playa en un rincón terreno.

Emocionada, la joven respiró hondamente y sintió el pulso de la vida. Entendió que cada grano de arena, poseedor de una forma y una identidad, cumplía un encargo, una misión, y que unido con los demás, por miles de millones, componía, en el lienzo natural, una playa.

Reflexionó. Sonriente, Emilia recibió la brisa y pensó que los granos de arena, en las playas, tienen similitud con la gente, con los hombres y las mujeres que deambulan en el mundo, cada uno con una esencia y una identidad, en el cumplimiento de una misión y en busca de una evolución y un destino grandioso.

Los granos de arena, reunidos a la orilla del mar y sobre la tierra, en la playa, se mantenían en torno a un proyecto común y servían al mundo, a la gente, a los animales, a los cocoteros, a las palmeras, a los árboles y a las plantas que crecían exuberantes.

No supo Emilia cuántas horas permaneció sentada en la playa, a la orilla del mar -o quizá minutos, acaso días, probablemente siempre, tal vez nunca-; sin embargo, al reaccionar ante el encuentro fugaz, como son, en realidad, las citas de cada tarde del sol y el océano, entre crepúsculos mágicos, comprendió que ya era otra, y que la vida es rica en detalles y motivos, que ningún instante es igual, que los momentos son irrepetibles y que existe, en cada ser, una encomienda, una labor, un motivo. No hay, en consecuencia, razón para aburrirse en el mundo. Sonrió, cerró los párpados y supo, a partir de entonces, que cada despertar, al amanecer, significaría recibir la vida en abundancia y cumplir su misión con alegría.

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Capacidades e incapacidades

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estamos rotos. Pertenecemos a la generación perdida. Hace años, durante postrimerías del siglo XX, escribí, una y otra vez, sobre mi percepción de un mundo fragmentado, antítesis del bien, dedicado más a satisfacer apetitos, caprichos y vanidades que a aliviar dolores y necesidades. Más que construir, la destrucción es una tendencia en las sociedades. El mundo agoniza. Naufragamos en una vorágine de personas que han perdido el sentido de la vida y que creen y piensan que la inmediatez, lo baladí, la estulticia y lo pasajero justificarán sus presencias nocivas, inserevibles y tóxicas. Muchos hombres y mujeres, en mayúsculas y en minúsculas, disponen de energía, dinero y tiempo para actuar cual marionetas cómicas y aberrantes que causan lástima. Hoy, somos capaces de pagar cantidades millonarias por el gusto y el placer de volar en lo que llamamos espacio y contemplar, en un sueño fugaz de austronauta, el planeta azul que ambicionamos conquistar y saquear, y que, a la vez, destruimos; en contraparte, parecemos incapaces de acudir a un hospital de pobres, donde la gente padece enfermedades terribles y hasta mortales, o a los asentamientos en los que las familias carecen de agua y de servicios básicos, con la intención de aliviar el dolor y contribuir al bienestar colectivo. Cotidianamente, dedicamos horas a enviar y recibir mensajes, a través de celulares y de equipos digitales, en amplio porcentaje, por cierto, estúpidos y superfluos; pero carecemos de tiempo para escuchar a quienes nos rodean y necesitan la sensatez de un consejo. ¿Qué se puede esperar de alguien que extiende la mano para colocarse una joya de lujo y no, en cambio, con la intención de dar de sí a aquellos que tienen hambre, que requieren un medicamento o que se encuentran desgarrados tras luchar tanto sin conseguir resultados? Los he visto. Son hombres y mujeres que se transforman al abordar un automóvil, al entrar a un restaurante lujoso o al transitar en las plazas comerciales, en los espacios públicos, para que otros, los que menos oportunidades de desarrollo tienen, los miren como se adora o se envidia un ídolo de piedra ataviado de alhajas. Algunos, incluso, disponen de recursos económicos y de tiempo para despilfarrarlos con alguien más, en un romance pasajero o en una ronda de amigos, y hasta pagan bebidas embriagantes y alquilan posadas de una noche; sin embargo, sus asientos permanecen ausentes en sus casas, sus parejas no reciben un solo detalle y sus hijos carecen de sus consejos, su presencia y su convivencia. Hay quienes duermen cómodamente, entre el lujo, después de participar en exquisitos banquetes, sin recordar que afuera, no muy lejos, otros duermen en el suelo, debajo de periódicos y cajones, o en colchones incómodos y viejos, con el anhelo de un lecho mullido, y comen lo que otros desprecian y tiran. Es una pena que mentes brillantes hayan inventado la televisión y la ciencia digital, y que la mayor parte de la humanidad -acaudalados y pobres, académicos y analfabetos- las utilice como si se tratara de cajas de resonancia de estupideces, violencia y superficialidades, en las que el mal se normaliza y el bien se aplasta y se ridiculiza. Todo ser humano tiene derecho a enriquecerse, a disfrutar las cosas materiales, a gozar lo mejor de la vida. Lo criticable es cuando la esencia es sepultada y los instintos, la ambición desmedida, el mal y la estulticia coronan a las personas que se sienten triunfadoras. Estamos vacíos. Algo falta. Se perciben innumerables ausencias. Poseemos tantas capacidades, pero la realidad demuestra, lamentablemente, que abundan más las incapacidades. ¿Algún día, en cierta fecha, demostraremos que poseemos mayor capacidad que incapacidad para presentarnos honorablemente con el resplandor del bien, el conocimiento, la justicia, los valores y la libertad? Me atrevo a formular tal interrogante porque volteo atrás, adelante, a los lados, y descubro con asombro que existe mayor cantidad de gente capaz de vivir con mediocridad, desequilibrio, tonterías, irresponsabilidad, proyectos temporales, desdicha, violencia, egoísmo, apariencias, deshonestidad y ambición desmedida, que con armonía, plenitud, alegría, sentimientos nobles, ideales, rectitud y pensamientos auténticos. ¿Cuánto valemos? Lo sabremos en cuando midamos de lo que somos capaces e incapaces ante las pruebas de la vida.

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Una noche lluviosa, mientras dormía…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una noche lluviosa, mientras dormía, me interné en las rutas de mi biografía. Caminé entre los escombros de mi historia, al lado de tablas apolilladas y carcomidas, cristales rotos, objetos enmohecidos, herrajes dispersos y cubiertos de herrumbre, muros derruidos y salitrosos. Miré, asombrado, que el tiempo es un caminante inagotable y que rasguña a la gente y las cosas que encuentra durante su paso. Acampé en las ruinas de mi ayer, entre una estación y otra, inconforme con los fragmentos dispersos aquí y allá, inquietud que me motivó a andar hacia adelante y a los lados y descubrir, también, los palacios, las fortalezas, los puentes y las murallas que construí. Estaba en medio de mis debilidades y de mis fortalezas, entre la cordura y la demencia, la abundancia y la pobreza, lo bajo y lo grande que fui hasta ese momento de mi existencia presente. Encontré mis alas desgarradas e incompletas por tanto vuelo y, al voltear atrás, descubrí múltiples huellas, pisadas que di, una y otra vez, durante mis jornadas cotidianas, unas ocasiones solitario y otras, en cambio, acompañado. Distinguí las mías y las sandalias que utilicé. Los escombros de mi vida, con sus alegrías y sus tristezas, sus triunfos y sus fracasos, sus sueños y sus realidades, permacecían dispersos, entre silencios y rumores que me enseñaron que la jornada terrena es un paseo con luces y sombras, y que si hay estaciones -infancia, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad- y ciertas escalas -nacimiento, hogar, educación, trabajo, salud, enfermedades, opulencia, mediocridad, pobreza, viajes, premios, castigos, muerte-, alguna vez concluye, en este plano, para continuar y probarse de nuevo, renovarse o transitar a otras fronteras. Llegué hasta una bifurcación que me ofreció diferentes alternativas: permanecer entre los vestigios de mi existencia, con la añoranza de la gente que ya no está y la ausencia de las historias que protagonizamos, compartimos y se diluyeron, y, por añadidura, con remordimientos por el bien que pude hacer y no llevé a cabo, por los momentos desperdiciados y por la fugacidad; dirigirme hasta los palacios que construí y quedarme atrapado en espejismos, en glorias de antaño, en grandezas de todo tipo y sin continuidad ni vigencia; seguir el camino hacia las superficialidades, la estulticia, la satisfacción de apetitos como prioridad, la ignorancia, la perversidad y la indiferencia; y, finalmente, escoger la senda a la luz, a la realización integral del ser, a la plenitud, al equilibrio, a la armonía, a la dicha, a los sentimientos y a los pensamientos bellos, nobles e infinitos. Volví de mi sueño. Amaneció. Desperté con la sensación de que cada instante resulta irrepetible y forma parte de la vida. Ahora, con el tiempo que me queda en la existencia actual -poco, regular o mucho-, estoy dispuesto a seguir la ruta, un itinerario que verdaderamente me ayude a resplandecer y convidar a otros, a los que están conmigo, a los que se encuentran lejos -a todos-, el sentido de la vida.

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Los colores y los lápices grises

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En el morral del artista, cuando pinta sus lienzos, conviven la armonía, el equilibrio, la mezcla adecuada, la profundidad, el dominio de la técnica, la destreza, el estilo, la originalidad, los espacios, el ritmo, la creatividad, los colores, la inspiración, los detalles, las pausas y los compases, elementos que se abrazan fraternalmente y se hermanan con el amor que no desperdician y que se comparten siempre, hasta componer una obra bella y magistral, un cuadro sublime. Los pinceles deslizan, aplican y mezclan la pintura sobre la tela. Los colores son tan prodigiosos y encantadores, que, juntos, forman parte de la obra maestra que cautiva. Lo mismo acontece, en realidad, cuando los seres humanos destierran sus enojos, intereses egoístas, odio, rivalidades y diferencias para sumar y multiplicar el bien, debilitar la ignorancia y fortalecer la convivencia armónica y el progreso integral. La ecuación es sencilla y los resultados, en tanto, grandiosos. No obstante, entre las élites privilegiadas a nivel global, dueñas del poder y de fortunas incalculables, aferradas en aniquilar a millones de seres humanos y enajenar, controlar y dominar a quienes sobrevivan, para así apropiarse del mundo y de sus riquezas, existe la tentación perversa de separar los colores y enfrentarlos por las diferencias de sus tonalidades. Así, azul, verde, amarillo, rojo, café, rosa, naranja, violeta, morado, crema y los demás tonos, ya no se acompañan, se aborrecen, se traicionan, se matan. Abandonaron la misión de crear. Confundieron su encomienda. Están cegados y se odian. Con el respaldo de gobernantes corruptos, militares incapaces de sentir y pensar, científicos, intelectuales y medios de comunicación mercenarios, a los que se suman aquellos que manipulan las redes sociales como instrumentos de distracción, control y enajenación, esa clase dominante -no son numerosos y sí, en cambio, abominables y peligrosos- está separando los colores y provocando, en cada uno, antagonismo, competencia desleal, odio, rivalidad. Están quitando el encanto de los colores para producir, en serie, lápices grises con puntas quebradizas. ¿Quién impedirá que desaparezcan los colores, tus creencias y las mías, los gustos y las preferencias de cada uno, la naturaleza individual y el sentido colectivo, la creatividad, el encanto de las sonrisas y la magia de los sueños y la imaginación, los sentimientos nobles y la inteligencia, los valores, la familia y todo lo que sentimos tan nuestro?

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Definición de artista

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

¿Definición de artista? Es el segador que retira abrojos de las páginas y de los cuadernos en los que ha de escribir sus historias interminables, sus novelas magistrales y sus poemas emotivos; es el jornalero que, previo a su encuentro con las musas, con los dictados de cielos insospechados, corta espinas y mala hierba con la idea de pintar los rostros, los jardines y las cosas del mundo y del paraíso, de la realidad y de los sueños; es el caminante original e inagotable, creativo y ocurrente, que perfuma los pentagramas en los ha de anotar los signos y las melodías más sublines que cautivarán a las almas y los sentidos; es el peón de Dios que prepara los materiales yertos que ha de esculpir. Es el diseñador, el artífice, el decorador de los senderos y las rutas para llegar al destino, a lo sublime, a lo que pulsa en la esencia y en el barro. Es el jardinero que cultiva flores, plantas, árboles y frutos, en la tierra nativa, durante el viaje, y quien una mañana o una tarde mágica, o quizá hasta una noche prodigiosa -de esas que no se olvidan por su significado tan especial-, anticipa, en fragmentos, el edén infinito, con el objetivo de que hombres y mujeres comprendan y sientan que no son marionetas, sino algo más, tan majestuoso e inmortal como lo es el infinito. Es el creador, el que aporta, el que fabrica y decora estrellas que alguien, el maestro de los artistas, coloca en la oscuridad de la noche para alumbrar el universo y recordar que somos luz.

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