Me ama…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, mi musa, que eres detalle y poema, amor y cielo

Me ama porque cotidianamente me regala el encanto de su sonrisa, la luz de su mirada y el sabor de sus labios. Me ama porque aquella temporada, cuando yo era fragmento, me rescató del naufragio y unió mis trozos con la ilusión de devolverme los colores de la alegría y la vida. Me ama porque su delicadeza femenina es un obsequio a mis sentidos, a mi existencia y a mis sentimientos. Me ama porque es detalle y ternura, realidad e ilusión, sueño y vida, ella y yo, nosotros. Me ama porque es mujer y dama, ángel y musa, día y noche. Me ama por sus atenciones, sus juegos y risas, sus ocurrencias, su apoyo y confianza, su fidelidad, su código de valores, sus felicitaciones y regaños, sus palabras y susurros. Me ama porque mecemos nuestros sueños, esperanzas e ilusiones en la luna cuando asoma entre la cortina de la noche con su cara de columpio. Me ama porque la encuentro aquí y allá, en un espacio y en otro, en todas las páginas de nuestra historia. Me ama porque venimos de un plano mágico y vamos a un mundo prodigioso. Me ama porque al asomar al espejo de la vida, al reflejo del lago custodiado de árboles y flores, me descubre a su lado. Me ama cuando estamos en el mundo y al abrazarnos desde el silencio y la profundidad de nuestras almas. Me ama porque todos los días está conmigo, aunque muchas veces, por la distancia o sus ocupaciones, se encuentre lejos. Me ama porque siempre estamos juntos en la excursión de nuestras vidas y me acompaña en todas las estaciones por la ruta que lleva al cielo.

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Historias y leyendas de los carmelitas descalzos en Valladolid

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Emocionada, la multitud la esperaba. Llegaría por el Barrio de Indios de Santiaguito. De rasgos hermosos e irrepetibles, casi angelicales, había viajado desde España en barco, hasta llegar a Veracruz, cuando las horas y los días del siglo xvi se acumulaban en almanaques hoy cubiertos por el polvo de la historia y el olvido.

Si el mar olía entonces a aventura, piratas, peligro, la Nueva España exhalaba el aroma de la conquista, la colonización, la fusión de indígenas con europeos. El rostro de la decimosexta centuria miraba de frente a los mexicanos autóctonos, quienes habían acudido muy puntuales a su cita con la historia y al complejo e interminable proceso de mestizaje.

Ella, la imagen de Nuestra Señora del Carmen, llegó hermosa y suprema a Valladolid, la actual ciudad de Morelia. Indios, mestizos, criollos y peninsulares miraron su perfil, su semblante delicado y dulce, como si su presencia iluminara a todos y ofreciera protegerlos en su regazo.

La muchedumbre la aclamó en cuanto llegó. Cuatro jóvenes de buen porte la entregaron a los otros, a los monjes de la Orden de los Carmelitas Descalzos, quienes la recibieron embelesados al observar su semblante que no parecía de este mundo, sino de un rincón edénico.

Del Barrio de Indios de Santiaguito, el gentío siguió a los cuatro jóvenes que cargaban la imagen, quienes se internaron por el huerto de los religiosos carmelitas, donde la entregaron durante un acto solemne.

El pesado portón del templo fue cerrado al público ansioso de contemplar a Nuestra Señora del Carmen. En el completo sigilo del recinto, la escultura de madera estufada fue colocada en el altar, en su nuevo hogar, en el espacio donde sería venerada por los moradores de aquella ciudad fundada en 1541.

Distraídos por la emotividad que provocó el recibimiento de Nuestra Señora del Carmen, los carmelitas descalzos olvidaron a los cuatro mozos apuestos que entregaron la imagen. No supieron de ellos. Nadie volvió a mirarlos. Ni aquí ni allá, en ninguna callejuela o plaza de Valladolid estaban los emisarios.

Era una noche estrellada y suprema, como las que incontables ocasiones han admirado los michoacanos. Cobijaba la loma chata y alargada de Guayangareo, otrora morada de matlatzincas o pirindas, mientras los grillos y otros insectos cantaban incesantes alrededor de una ciudad que dormía.

Noche michoacana aquella, transformada en poema, en cuentas de cristal, en notas de la naturaleza. Horas nocturnas aquellas del siglo xvi, cuando tras instantes de intensa alegría y fiesta, los carmelitas decidieron recluirse a orar y dormir en sus celdas apartadas, solitarias y silenciosas.

Tal vez los sueños se transformaron en escenas que se repitieron en las mentes de los ermitaños o quizá la fatiga los doblegó en sus camas, encerrados en un mundo pequeño que los aislaba de los moradores de Valladolid, la ciudad de linaje colonial que un día, centurias más tarde, se convertiría en Morelia.

Los golpes desesperados del aldabón sobre el pesado portón de madera, se repitieron durante las horas de la madrugada, hasta que uno de los guardianes del convento preguntó por el postigo la identidad de quien importunaba el descanso de los hermanos carmelitas.

Ante su sorpresa, descubrió a cuatro jóvenes tiritando de frío, maltrechos, con los rostros sucios, las cabelleras desordenadas y la ropa desgarrada, quienes afligidos y con sobresalto relataron que con muchos días de anterioridad, en Veracruz, recibieron la encomienda de trasladar la imagen de Nuestra Señora del Carmen a Valladolid, la cual había llegado en barco. La escultura procedía, al parecer, de Valencia, España.

Una vez que ellos, los cuatro mozuelos, emprendieron el camino con su preciada carga, un misterioso remolino les arrebató la valiosa escultura, de manera que estaban asustados y afligidos. Ya sin la imagen, decidieron llegar hasta el monasterio de los carmelitas descalzos en Valladolid, la capital de la provincia de Michoacán, con la intención de narrar lo sucedido y enfrentar, en caso de que las circunstancias lo ameritaran, el castigo.

Todos, monjes y emisarios, experimentaron desconcierto y sorpresa. La hermosa e inigualable escultura de Nuestra Señora del Carmen yacía desde hacía horas en el altar del templo. Había llegado inmaculada hasta Valladolid.

¿Quiénes eran, en realidad, los otros, los jóvenes apuestos que horas antes habían entregado la imagen a los hermanos de la Orden de los Carmelitas Descalzos, a los que por cierto ya no volvieron a mirar? Igual que como llegaron, desaparecieron de la ciudad.

Desde entonces, los religiosos y los moradores de la ciudad establecieron la creencia y tradición de que aquéllos, los cuatro jóvenes que transportaron y entregaron a Nuestra Señora del Carmen, no pertenecían a este mundo, sino que eran ángeles, criaturas etéreas, seres muy próximos a la divinidad.

Al caminar por los rincones del templo y del ex convento de Nuestra Señora del Carmen e ingresar al refectorio, al claustro procesal, a la sacristía o a cualquier espacio exquisito en obras pictóricas de la Colonia, uno percibe de inmediato el peso de las centurias y rememora las historias y tradiciones que todavía flotan en el ambiente, como la de “La ventana del muerto”, de la que refiere la tradición que discurrían los otros días, los minutos virreinales, cuando él, fray Jacinto de San Ángel, novicio bromista y retozón, llegó puntual a su cita con el destino, con el acontecimiento que contribuiría a corregir su vida inquieta.

Con frecuencia, los maestros reprendían al novicio desazonado, a fray Jacinto de San Ángel, quien rompía los rosarios para mezclar las cuentas con los garbanzos e ideaba una, otra e incontables travesuras durante la mayor parte del día, las cuales, por cierto, no siempre tenían buenos desenlaces, como lo ocurrido aquella noche anónima de la Colonia, cuando el hermano tornero fray Melitón de la Cruz, hombre él anciano y piadoso, era velado por los carmelitas descalzos.

Entristecidos por el fallecimiento de uno de los hombres más santos de su recinto, los monjes se turnaban para velarlo por parejas en la capilla de profundis, de donde al siguiente día sería trasladado hasta el altar de Nuestra Señora del Carmen para posteriormente sepultarlo.

Discurrían los segundos de la medianoche, en total penumbra y silencio, cuando el novicio Jacinto de San Ángel y el hermano clavero o llavero fray Elías de Santa María, permanecían ante el cadáver del buen anciano fray Melitón de la Cruz.

Cohibido, fray Elías de Santa María sugirió a su compañero la idea ir a la cocina del convento a preparar una bebida caliente, tal vez un chocolate espumoso acompañado de bizcochos, para apaciguar el hambre y el frío de la madrugada.

En cuanto se retiró el hermano clavero, el otro, el bromista, sustrajo al difunto del ataúd y aunque le resultó difícil acomodarlo porque ya estaba tieso, lo colocó en determinado espacio del recinto y le cubrió el rostro con la capucha; posteriormente, buscó un escondite para espiar la reacción de su compañero en cuanto llegara de la cocina.

Miedoso y tímido como era, el hermano fray Elías de Santa María regresó con las bebidas calientes. Miró inmóvil a su compañero, al novicio Jacinto de San Ángel, por lo que optó por sacudirlo repetidas ocasiones, hasta que la capucha cayó y descubrió horrorizado que se trataba del difunto fray Melitón de la Cruz. Arrojó el chocolate al suelo.

Aterrado por el descubrimiento tan macabro, el buen religioso pensó de inmediato que el cadáver había cobrado vida y, en consecuencia, escapado del ataúd. Al no encontrar al novicio, quien proseguía escondido, pensó que algo le habría sucedido. No soportó la impresión y se desvaneció. Permaneció con desmayo toda la madrugada, según la tradición.

Preocupado por las consecuencias de aquella broma, el novicio introdujo de nuevo al difunto al féretro; sin embargo, el buen hermano tornero fray Melitón de la Cruz regresó de las fronteras de la muerte, abrió los ojos, sujetó una de las velas que le rodeaban e inició una persecución contra quien lo había profanado.

No era broma. El religioso excéntrico enfrentaba una pesadilla, un capítulo espeluznante, una historia real, según relata la leyenda. Totalmente despavorido y nervioso, fray Jacinto de San Ángel salió corriendo de la capilla de profundis, pasó por la sacristía y llegó hasta una ventana, por la que planeó huir; no obstante, el guasón no soportó la angustia y el miedo de ser perseguido por un cadáver, un muerto al que momentos antes había profanado en el ataúd.

Cayó desmayado y así quedó, inconsciente en el piso, hasta las primeras horas del amanecer, cuando sus compañeros, los monjes y novicios carmelitas, se trasladaron hasta el recinto con la finalidad de continuar con las exequias de fray Melitón de la Cruz, el buen hermano tornero.

El difunto permanecía recargado en la ventana, totalmente inmóvil e inexpresivo, mientras el novicio bufón yacía en el suelo. Nadie le creyó el relato. Todos los religiosos coincidieron en que se trataba, como siempre, de una broma; mas lo cierto, según consta en los anales del ayer, el principiante rectificó su conducta y desde entonces se convirtió en uno de los hermanos más observantes de las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Mientras uno observa las pinturas coloniales empotradas en los paredones de la sacristía, que relatan los siete derramamientos de la sangre de Cristo, detalle rodeado de santos de la Orden de los Carmelitas Descalzos como Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz con querubines y San Pedro Tomás Obispo, acuden las remembranzas, los ecos de instantes consumidos en el ayer, ya de otra centuria, la decimoctava, y aparece en la memoria, entonces, una historia conmovedora, protagonizada por un hombre desconsolado, procedente de Pátzcuaro, quien tocó el portón del convento carmelita de Valladolid con el objetivo de solicitar su admisión, donde olvidaría su pasado dolor y ofrecería los días de su existencia a Dios.

Hijo de un rebocero de Zamora, estaba desconsolado y entristecido porque ella, Nieves, su amada novia, hija de un conde español que gozaba de incontables privilegios por parte del monarca español Carlos iii, había fallecido como consecuencia de la insondable tristeza que le causaba la prohibición de contraer matrimonio con el hombre que amaba.

Al mirarlo tan afligido, los monjes le creyeron y aceptaron que se quedara en el convento. Así, fue registrado como profeso en el monasterio de la Orden de los Carmelitas Descalzos, en la señorial Valladolid, y una madrugada, mientras se encontraba orando en el espacio que hoy ocupa el coro del templo, desde donde podía admirar la belleza y santidad que irradiaba la imagen de Nuestra Señora del Carmen, escuchó pasos y un ruido similar al roce de la seda.

En la soledad y el silencio de aquella madrugada anónima de la Colonia, notó que el sonido áspero se aproximaba más a él, hasta que su corazón latió apresuradamente, fuera de control, y sintió palidecer al percibir frente a él una silueta que le resultaba familiar, a Nieves, su novia, quien aparecía desde ultratumba en la víspera de la ceremonia en la que refrendaría el compromiso de profesar las reglas de la Orden de los Carmelitas Descalzos.

Nieves, su bella y querida novia, se manifestó ante él y le pidió que consagrara en sufragio de su alma el primer oficio de difuntos y que le rezara como religioso profeso carmelita que era; pero él, el licenciado de Pátzcuaro, quien años más tarde fue conocido como fray Vicente Pérez, le confesó que siempre la había amado y que desde su llegada al convento, todos sus sentimientos, pensamientos, palabras y actos estaban dedicado a ella, a su ser.

Sortilegio de amor, en verdad, que traspasó las fronteras porque sus almas estaban unidas. Nieves retornó a su morada, mientras él, el profeso, corrió a la celda del padre prior para relatarle su experiencia.

Cuando el padre prior escuchó el encargo de la novia y concluyó la narración del hombre, quien estaba lloroso y conmovido, tocó una pequeña campana para reunir a la comunidad religiosa a aquella hora de la madrugada. Todos se unieron al primer oficio de difuntos de fray Vicente Pérez, quien se convirtió en un ejemplar carmelita descalzo.

Tanto el templo de Nuestra Señora del Carmen como el convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, fueron escenario de incontables acontecimientos e historias, como la de un novicio que un día de antaño se enamoró con tal intensidad de una joven hermosa, que diariamente, a toda hora, rezaba para que Dios cumpliera su ilusión.

Y como prueba de su fe y el amor que pretendía dedicar a Dios, reseña la leyenda, tuvo oportunidad de salir del enorme y fortificado convento, caminar por el huerto y mirar, asombrado, las piedras que de improviso se transformaron en escalinatas que le facilitaron el descenso para dirigirse hasta donde se encontraba ella, la joven que lo cautivaba y de quien estaba enamorado. Supuestamente, el sitio donde ocurrió el milagro es exactamente lo que en la actualidad los morelianos conocen como la calle García Pueblita.

Con una demostración tan prodigiosa como la que presenció el novicio enamorado, innegablemente comprendió y sintió la grandeza de Dios, a quien había prometido consagrar su existencia.

Historias y leyendas de antaño parecen flotar en el ambiente, fluir de las habitaciones oscuras, para susurrar a la memoria, al oído, y rescatar los capítulos que gradualmente, ante la caminata del tiempo, se desvanecen. Siempre hay alguien dispuesto a contar las tradiciones carmelitas.

Estas noches lluviosas y solitarias, ya en el siglo xxi, cuando uno camina por las callejuelas de Morelia, la añeja Valladolid, los reflectores alumbran los paredones de cantera y se manifiestan solemnes e imponentes las siluetas del templo de Nuestra Señora del Carmen y del ex convento de la Orden de los Carmelitas Descalzos, tan similares a un libro de páginas despastadas que quedó guardado en algún almanaque olvidado y cubierto de polvo.

El Carmen, relicario moreliano de arte, misticismo e historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Enclavado en el centro histórico de Morelia, el templo colonial de El Carmen se erige soberbio, con imponente estilo barroco sobrio y cuatro cúpulas que se elevan a diferente altura, cada una de particular diseño que ofrece un espectáculo arquitectónico irrepetible, que subyuga al caminante, al hombre y a la mujer que andan aquí y allá en busca de espacios mágicos.

Relicario de esculturas, objetos y pinturas que datan de centurias pasadas, pero también de lápidas de personajes de antaño, oraciones y veladoras, el templo fue construido durante el siglo XVI, cuando Luis de Velasco era virrey de la Nueva España y Alonso Guerra, en tanto, cuarto obispo de Michoacán.

Las de entonces eran horas coloniales y, por lo mismo, de intenso e interminable proceso de mestizaje. No solamente se trataba de la mezcla sanguínea, de la fusión de rasgos españoles con indígenas; también las otras cosas, las creencias, las obras de arte, todo exhibía el sincretismo europeo y americano.

Fue en esa época, ya sepultada ante el galope de los años inquebrantables y por el cúmulo de capítulos y episodios históricos, cuando se estableció la Orden Carmelita en la entonces ciudad de Valladolid, no tanto con la intención de ayudar a los indígenas y evangelizarlos, como la labor desarrollada por agustinos y franciscanos, sino con el objetivo de servir a los españoles.

La iglesia primitiva, construida sobre una ermita dedicada a la Virgen de la Soledad, se concluyó y estrenó, de acuerdo con datos históricos, el 31 de octubre de 1596, en la ancianidad de la decimosexta centuria.

Digno de destacar es que la obra del sepulcro y la capilla, localizada en el costado sur de la iglesia, toda de cantera, fue iniciada el 7 de enero de 1659, siendo prior fray Antonio de San Miguel.

La capilla, con cúpula y camarín, fue auspiciada en aquellas horas coloniales por el capitán Jerónimo Salcedo, dueño de la Hacienda de Guaracha, para él y su familia.

Cabe destacar la espadaña, campanario típico de la Orden Carmelita, que en el caso específico del templo del Carmen presenta arcos botareles de formas artísticas, agregados en el siglo xx con el propósito de evitar un derrumbe.

La fachada principal del templo del Carmen, asentado en un terreno hundido respecto a la calle y la plaza, es de barroco sobrio, peculiar de las construcciones de Valladolid.

En tanto, la portada lateral es muestra fiel del manierismo, que al inicio del siglo XVII comenzaba a estar de moda en Valladolid, hoy Morelia, capital de la provincia de Michoacán.

Los pilares del claustro, de gran altura y bellamente tallados en cantera, sirvieron de inspiración, en su tiempo, a Vicente Barroso de la Escayola, para construir la catedral que hoy distingue a Morelia y forma parte de la colección de monumentos que la convierten en Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Obviamente, el claustro es típico de la arquitectura carmelita. El segundo piso no es reproducción del primero, como suele presentarse en los conventos agustinos y franciscanos; al contrario, se trata de una terraza sencilla, sobria, en cuyo perímetro se distribuyen las celdas.

El piso bajo consta de una esbelta arquería de cantera, que evidentemente contrarresta con maestría la escasa dimensión del patio. Curiosamente, la pila bautismal presenta elementos franciscanos, detalle que hace suponer a los especialistas que allí eran bautizados los indígenas que servían a los carmelitas descalzos.

Y si en el interior del templo se exhiben la escultura de la Virgen del Carmen, con base de “plata quemada”, del siglo XVI; un Cristo de pasta de caña, de la misma centuria; el Cristo de los Entierros, otro Cristo antiguo y el Niño de la Salud, imágenes de santos y pinturas religiosas, llaman la atención, igualmente, en el mismo recinto, el púlpito, las lápidas, el coro, los frescos y los confesionarios.

Hay que recordar que hubo 103 priores en la historia de los carmelitas descalzos. En la época del prior fray Martín de San Lorenzo, quien ocupó el número 42, fue establecida la Cofradía de Nuestra Madre del Carmen, la cual, por cierto, todavía subsiste en el templo, donde siempre, desde los instantes coloniales hasta la hora contemporánea, se ha practicado el culto a la Virgen.

Tan preciado ha sido el templo de Nuestra Señora del Carmen, que durante postrimerías de la decimonovena centuria, cuando fue cerrado el Cabildo de Catedral para realizar su decoración, se trasladó al recinto de los carmelitas descalzos.

La sacristía atesora pinturas al óleo bastante antiguas. En sí, el templo es una pinacoteca, entre la que destacan obras como Retrato del Obispo Palafox, de Cabrera; cuadros de Luis Juárez; La Asunción, de Rizzi; Nuestra Señora de Trapara; Santa Gertrudis, Santa Teresa y otros de la Virgen, de Juan y Nicolás Rodríguez Juárez. Verdaderas obras de arte sacro.

Transformada en pinacoteca, la sacristía exhibe diversos pasajes de la vida de San Juan de la Cruz. En el lienzo principal, empotrado en el muro, cautivan los siete derramamientos de la Preciosa Sangre de Cristo, con santos de la Orden Carmelita como Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz con querubines y San Pedro Tomás Obispo.

Los pasajes relacionados con la vida de San Juan de la Cruz, plasmados con extraordinaria maestría en los lienzos coloniales, relatan su servicio en un hospital, su encierro en la cárcel conventual y su facultad para practicar exorcismos.

Si en el claustro se encuentra una pila bautismal de cantera, muy antigua, en la sacristía, con techo con frescos, se distinguen pinturas al óleo, colocadas ex profeso bajo cada arcada interior, dándole al recinto un ambiente singular, un toque totalmente místico.

Independientemente del ex convento carmelita, hoy sede de la Casa de la Cultura de Morelia, digno de comentar en otro capítulo, el templo dedicado a Nuestra Señora del Carmen ha cautivado a quienes se han interesado en explorarlo, en conocer, a detalle, cada uno de sus rincones que atesoran imágenes y pinturas invaluables. Baúl de detalles y joyas virreinales que embargan los sentidos.

No hay que ser espectadores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La dialéctica del espectador resulta perversa cuando la comodidad, el egoísmo y la indiferencia son superiores al dolor, las necesidades y el sufrimiento de los demás, quienes permanecen en el ruedo de la vida desconsolados y sin esperanza de una mano noble y firme que evite su fatal caída.

El mundo somos todos y lo que acontezca a unos, definitivamente repercutirá en otros, bien o mal, de manera que la construcción de una humanidad grandiosa y extraordinaria exige una verdadera hermandad que implica, en primer término, el rescate y la aplicación de valores para proceder a dar lo mejor de sí, ceder algo de uno a aquellos que más sufren y requieren apoyo.

Y no solamente se trata de ayudar materialmente, sino aconsejar al niño, sostener al anciano trémulo por las enfermedades y por desafiar al tiempo, orientar al adolescente que deambula en busca de una luz, sonreír al desolado, extender la mano al hambriento, escuchar al desesperado y alentar al que lucha y resbala.

Realmente es lamentable y vergonzosa la simulación de incontables hombres y mujeres que aparentan ser piadosos y en los hechos prefieren refugiarse en sus debilidades y egoísmo, permanecer atrapados en sus vicios y pasiones, despilfarrar tiempo y dinero en asuntos baladíes, en aquellas cosas intrascendentes que acumuladas, consumen los días de la existencia hasta convertirla en una historia fútil.

Parece que la vida es similar a un pentagrama al que diariamente, cada segundo, uno agrega notas para componer la sinfonía más subyugante, el concierto de mayor intensidad y magistral belleza, o la más discordante de las composiciones; pero la obra final y excelsa no se obtendrá por medio de la comodidad, el egoísmo y la ambición desmedida del espectador, sino a través de acciones a favor de los demás, principalmente de quienes en realidad lo necesitan.

Ni siquiera la comodidad de su posición, justifica al espectador que mira con indiferencia a la madre angustiada por sus hijos, al padre que lucha por el sustento diario, al enfermo que se arrastra en busca de medicamento, al ser que se hunde en el pauperismo, al anciano que requiere compañía, al joven que pierde las ilusiones, a aquellos que con una palabra de aliento, una mirada de comprensión o una mano decidida, hubieran evitado el camino de los vicios, la desgracia y la muerte.

Resulta muy triste el hecho de que si alguien ofreció su vida por la humanidad, no abunden personas dispuestas a retirar las piedras del camino, cultivar detalles y flores durante su jornada terrena y quitar los clavos y sanar las llagas de los demás.

Al final del recorrido por la vida, es posible voltear atrás con angustia y arrepentimiento ante un paisaje desolado y muerto, o mirar con alegría y satisfacción no sólo las huellas personales, sino innumerables pisadas que lo acompañan y siguen a uno, y de eso dependerá la carga del equipaje para seguir el viaje a rutas grandiosas e insospechadas.

Este artículo fue publicado en el periódico semanal  Comunidad Cristiana, en Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, con el título “No hay que ser espectadores”, en la sección “Cerca de ti”.

Carta desde el cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hija mía, hace dos semanas abandoné mi cuerpo, la envoltura física que cada día, bien lo sabes, envejecía e impedía que me comportara como antaño, cuando eras niña y te arrullaba con ternura, te cargaba con la ilusión de comprarte un globo o un dulce, te aconsejaba, te relataba cuentos, te llevaba a la escuela y te tomaba de las manos para después soltarte y mirar emocionado tus primeros pasos.

Te consta que ya no podía con la carga física que llevaba, y no porque me hubiera dado por vencido, sino por el agotamiento inherente a la edad. Bien hubiera deseado tener energía para convivir contigo y con nuestra familia, compartir los alimentos en la mesa, acompañarte en tus oraciones, sumar mayor número de capítulos a la maravillosa e irrepetible historia que nos tocó vivir.

Quienes nos atrevemos a desafiar al tiempo, enfrentamos una hora y muchas más sus embates, y si yo lo hice, mi niña amada, no fue para prolongar, como otros seres humanos, mi estancia terrena con sus placeres y locuras, sin un sentido justificable y real, sino con la intención de permanecer contigo y con la encantadora y bendita familia que tu mami y yo formamos con tantas ilusiones. Me encantaba estar con ustedes, y vaya que al final de mis días, ya con mis debilidades y padecimientos de la ancianidad, disfrutaba, aunque no lo creas, los consejos, las reprimendas y los cuidados que me dabas, ¿y sabes por qué? Porque me sentía amado y consentido por un ángel que orgullosamente es mi hija.

No sabes cuánto valoro el amor, los detalles y el tiempo que me regalaste, sobre todo porque los días de la vida son como las hojas que se desprenden de las ramas. Llega el momento en que el árbol, al envejecer, se deshoja totalmente, y tú, mi hija amada, cediste parte de tu vida para cuidar de mí, un anciano que aparentemente desatendía tus indicaciones, pero que en el fondo te escuchaba y agradecía a Dios por tenerte como bendición. No sabes cuánto te lo agradecía.

Admito que traje conmigo el calor y la ternura de tus manos, el tono de tu voz, tu mirada brillante y límpida, y hasta las palabras que me repetías al llegar de tus actividades y dedicarme aquellas tardes y noches que jamás olvidaré.

Te he mirado caminar por el cementerio, ante la tumba donde amablemente sepultaron mi cuerpo, y si bien entiendo tu tristeza por mi ausencia física, me preocupa tu dolor. Al deslizar tus lágrimas por tu rostro, se han convertido en perlas diáfanas que milagrosamente penetran por los poros de la tierra para iluminar y disipar cualquier sombra. Así eres de angelical. Me siento agradecido y orgulloso de ti.

Tu sufrimiento y tristeza han tocado hasta la puerta del cielo, donde permanezco pleno y atento a ti y a nuestra familia. Sé que un día se dulcificará tu dolor y lo que hoy son lágrimas, tormento y melancolía, mañana serán recuerdos gratos, riqueza espiritual y bendiciones.

Recientemente, hija mía, expresaste que te falta un trozo de corazón porque partió conmigo; sin embargo, quiero recordarte que las almas son etéreas y puras, y de ninguna manera, al llegar a la morada de Dios, arrebatan la felicidad a quienes se quedan en el mundo, y menos a aquellos que tanto aman.

Tu corazón es muy hermoso, mi niña, y no le falta una porción porque yo no me la llevé al cielo, donde esperaré pacientemente tu llegada y la de nuestra familia, cuando sea el momento señalado por nuestro Creador. Lo que sí traje conmigo son tu imagen y la de nuestra familia, los capítulos que compartimos en el mundo, los recuerdos, el amor que derramamos entre nosotros.

Gracias a Dios y a que eres de otra arcilla, tu corazón está intacto porque lo necesitas en el mundo para seguir viviendo y derramando tus más nobles sentimientos. Consérvalo íntegro porque yo estaré contigo cada instante de tu existencia. Siénteme, hija.

Nuestras almas están unidas, hija preciosa, y así permanecerán toda la eternidad porque es una promesa y un regalo que Dios nos ha concedido. Es un alivio saber que la vida no termina con la muerte del cuerpo. La finitud corporal sólo es el inicio de la jornada espiritual por la inmortalidad.

Me siento muy agradecido contigo, pero también orgulloso de ti porque tu alma es resplandeciente e innegablemente se refleja en el gran ser humano que eres. Me tranquiliza saber que al marcharme del plano terreno, se quedan mis descendientes como parte de los seres humanos que desean trascender.

Cuando me miraste inmóvil y yerto en el ataúd, con tus ojos cubiertos de lágrimas y tu corazón inconsolable, notaste tranquilidad en mi semblante. Hija, no equivocaste. Mi rostro inerte irradiaba alegría y paz no solamente por el gozo de haber entrado al reino de Dios, sino por la dicha de tener una familia ejemplar y maravillosa, de la que formas parte.

Hoy no necesito darte consejos porque eres una mujer de valores sólidos. Conserva tu esencia porque tus principios y trayectoria te conducirán hasta los jardines del cielo.

Posees un código de conducta y valores que asimilaste desde pequeña. Vive plenamente tus principios, hija querida, pero no olvides, mientras permanezcas en el mundo, diseñar y protagonizar tu propia historia.

Si alguna ocasión, en vida, te hice sentir mal o te causé aflicciones, te pido disculpes mis actitudes o palabras. Fui un hombre con los claroscuros de todo ser humano, tal vez muy estricto por mi formación, pero siempre interesado en dar lo mejor de mí en beneficio tuyo y de toda nuestra familia.

Quiero recordarte que la vida, con sus luces y sombras, es bella y preámbulo de la eternidad. Sólo hay que vivirla en armonía, con equilibrio y plenamente. A veces hay que ceder y experimentar unas cosas por otras, pero mientras conserves tus valores y actos, tendrás la salvación.

No olvides vivir. Voltea a tu alrededor y descubrirás que existen muchos motivos para ser feliz. No renuncies a tu dicha. Dios coloca pruebas a los seres humanos y por algo da oportunidad de evolucionar. No todo es tan rígido ni tampoco endeble como para prohibirse la verdadera felicidad. El cielo se conquista por medio del amor, de los valores y de las acciones.

La vida no es nada comparada con la eternidad que nos espera. Te lo digo yo, tu padre, quien ahora moro en el hogar de Dios. Cierra tus ojos e interpreta los susurros del viento que te dice “vive, vive, vive”. Sé que tienes ante ti muchas bendiciones y la oportunidad de protagonizar una historia intensa, noble, bella, irrepetible, excelsa e inolvidable. No te detengas. Sube a la mejor embarcación, a la que te conduzca a lo más sublime en todos sentidos.

En cuanto a tu mami, hermanos y sobrinos, son tu gran tesoro. Ellos, tú y yo siempre seremos bendecidos y ricos porque nos identifican una historia compartida, capítulos mutuos, la familia a la que pertenecemos, y si algunos estamos aquí y otros allá, nuestras almas palpitan al unísono del amor de Dios. Ámense y cuídense unos a otros.

Resulta innegable que entre el cunero y la tumba sólo existe un suspiro. Vive lo que te corresponde como ser humano porque habrá días alegres y tristes, horas de ilusiones y otras de desaliento; mas el amor auténtico, aunado a los valores y a los actos, salva.

Para consuelo de tu ser, hija bella, el alma no muere; al contrario, goza el privilegio de una vida eterna y dichosa. He observado tu llanto, y es natural, mi pequeña; por lo mismo es que deseo comunicarte que aquí estaré siempre, unido a tu alma. Únicamente bastará que en medio del silencio y la soledad, cierres tus ojos y llegues hasta tu alma para sentir la mía.

El judaísmo no es moda ni pose

Al rabino Manahen Shaing

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Más que moda, acto circunstancial o pose, el judaísmo, cuando es auténtico, es un estilo de vida, un compromiso sincero y permanente con Hashem, una actitud para estudiar la Torah y practicar sus preceptos en cada acto, por insignificante que parezca.

En el lapso de los últimos años, han surgido incontables personas que acaso con buena intención, pero confundidas por la mezcla de diversas doctrinas y totalmente ajenas a la Torah, desconocen la esencia y hasta consideran que con colocarse una kipá y un talit, como si se tratara de un vestuario de lucimiento social, o defendiendo determinada causa del pueblo de Israel, ya pertenecen al pueblo de Israel.

Uno, en el judaísmo puro, compromete su alma y vida a Hashem porque sabe que le pertenecen; pero esa entrega exige responsabilidad, de modo que si se hacen a un lado la Torah, el shabatt y la sinagoga, entre otros aspectos relevantes, equivale a renunciar a las bendiciones.

Quien verdaderamente aspire al judaísmo ortodoxo, tendrá que renunciar a las cosas que le distraen, acercarse a los rabinos, asistir a la sinagoga, vivir con plenitud el shabbat y, sobre todo, abrazar con auténtico amor a Hashem y su instrucción.

No basta con haber nacido en una familia judía o que el linaje indique ese origen, si se vive en el desarraigo de los mandatos de la Torah, como tampoco, estando fuera, creer que se pertenece al pueblo de Israel con asumir algunos elementos; los primeros necesitan retornar a los principios, a su esencia, mientras los segundos, en tanto, requieren la conversión bajo características y condiciones muy estrictas y especiales.

En consecuencia, al judío ortodoxo, al que vive la Torah plenamente, el mundo lo reconoce más allá de cuestiones raciales y materiales por sus actitudes, por su estilo, por la forma en que se conduce y educa a sus hijos, por el respeto a su hogar, por sus conceptos, y si se aísla de ciertas modas, prácticas y situaciones de carácter superficial, es por amor a Hashem y por su deseo de no ofenderlo ni alejarse de su sabiduría.

Por lo mismo, resulta fundamental no confundir a quien se llama judío por origen racial y linaje o simplemente por defender una causa, presentarse ante el mundo con una apariencia o aprender mediocremente el conocimiento de la Torah. El judaísmo ortodoxo es algo más, y se nota en cada acto de la vida porque el compromiso con Hashem y la Torah va más allá de de la temporalidad. Es cuestión del alma más que de cosas.