Asome en mí

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Asome en mí para que navegue entre mis murmullos y mis silencios, en mis sentimientos y en mis pensamientos. en mis cavilaciones y en mis suspiros, cuando es de día y es de noche. Asome en mí, insisto, con la idea de emprender el viaje juntos, inseparables, y bajar a las orillas, en un paraíso y en otro, y sumergirnos, a veces, en las profundidades del amor y de la vida. Asome en mí, por favor, porque la necesito a mi lado, junto al timón de mi existencia y al itinerario de mi destino. Asome en mí, y perdone mi obstinación, para que impregne mis letras con su perfume y, así, al escribir en cada página, me sea posible entregarle un poema con mucho de usted y tanto de mí. Asome en mí e intérnese en mis rutas, en mi lenguaje, en mis pausas, con el objetivo de admirar las estrellas, tocarlas y colocarlas en los faroles de nuestros rumbos, en las calles que frecuentamos, en los jardines y en los columpios donde jugamos, para liberarlas, muy agradecidos, en la madrugada, y que se retiren a dormir y vayan al encuentro de bellos sueños. Asome en mí, en sus sueños y en sus realidades, en mis quimeras y en mis vivencias, para que descubra, al amanecer, al despertar, una flor en su almohada, y, al dormir, en la noche, una hoja con el más bello y sublime de los poemas. Asome en mí con la intención de percibir mis perfumes y reconocerse en cada fragancia. Asome en mí, y disculpe que lo repita tanto, acaso por el delirio que significa guardar incontables motivos y detalles, probablemente por creer que algo falta a mi nombre si no lo escribo junto al de usted, quizá por ser el amor una historia con uno y con otro, tal vez por más de lo que puedo expresarle a través de mi lenguaje de poeta. Asome en mí, como quien, después de la caminata, llega a un remanso y descubre una represa cautivante que refleja la profundidad azul del cielo y las rubes rizadas y de forma caprichosa que incendia el crepúsculo una mañana o una tarde de verano. Asome en mí, simplemente, mientras soñamos que vivimos en un paseo temporal, aquí, en el mundo, y un destino infinito con todo lo que somos y más. Asome en mí, a mis jardines, con el propósito de jugar y reír, hablar y callar, escribir su historia y la mía. Asome en mí para hacer de mis arenas y desiertos, parajes y vergeles, y de mis cascadas y ríos caudalosos, corrientes navegables. Asome en mí, a mis anhelos e iusiones, a mi vida entera, con la finalidad deque se quede conmigo siempre, como yo, al mirarla a usted, definí el rumbo de mi destino.

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Por usted

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Es que, por usted, he perdido la razón? ¿Es que, por usted, alguna vez decidí modificar mi ruta y mi destino, hasta seguir, juntos, el mismo sendero? ¿Es que, por usted, mis letras aceptaron compartir las novelas y los cuentos -oh, mi arte tan amado- con palabras románticas, con textos poéticos, con alfabetos que se convierten en flores y en gotas de lluvia y de cristal al dedicárselos? ¿Es que, por usted, renuncié a mi soledad natural y ahora la sé mi musa y la siento conmigo? ¿Es que, por usted, asomé y abrí la puerta y las ventanas, y recibí los abrazos de las ilusiones, las caricias del amor y las miradas de un idilio inolvidable? ¿Es que, por usted, cuando escribo algún poema, le entrego un soneto, una canción, un concierto? ¿Es que, por usted, al escribirle tanto, mis signos se convierten en trazos, en dibujos, en pinturas que la descubren en paraísos irrepetibles y hermosos? ¿Es que, por usted, al pintarla en el lienzo, le obsequio, finalmente, una página con letras, signos y palabras que expresan, sinfónicamente, el enamoramiento y el amor durante nuestra jornada terrena y la promesa de un cielo infinito? ¿Es que, por usted, al percibirla tan dama, me sé caballero? ¿Es que, por usted, al saberla mujer, confundo las fragancias de las orquídeas y de los tulipanes con los perfumes que le encantan, y me siento en el paraíso? ¿Es que, por usted, ya no temo, como otros, a la temporalidad, poque ahora, a su lado, reconozco que ya vivo en el infinito?

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Las sandalias

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Un día antes, en el monasterio, el monje habló a sus discípulos acerca de las apariencias, las superficialidades y la petulancia que condenan a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, principalmente en occidente. Citó las prisiones que la gente fabrica, los anfiteatros y las trampas que los seres humanos construyen al rivalizar racialmente, por su aspecto, por sus grados académicos, por sus creencias y por el dinero, el poder y las cosas materiales que obtienen y, erróneamente, no utilizan para trascender. Mostró a sus alumnos, sorprendidos, carteles con fotogafías de calzado moderno. Se asombraron al detectar la incomodidad de la mayor parte de los modelos, unos que oprimían las puntas de los pies y otros, en tanto, que exigían mantener equilibrio, impedían caminar libremente, presionaban la corriente sanguínea, bloqueaban las terminales nerviosas y agotaban. El maestro explicó que en las grandes urbes, donde las personas se han transformado en criaturas de asfalto y plástico, como negación de la naturaleza, a la que asfixian cotidianamente sin entender que condenan su presente y su futuro inmediato, hasta los zapatos son más sintéticos. La gente no dispone de tiempo, en las ciudades, para despojarse, por algunos momentos del día, del ropaje que presume, del calzado que amuralla sus pies y obstaculiza su contacto con la tierra que exhala vibraciones, energía, propiedades magnéticas que armonizan y equilibran el organismo, las facultades y la salud. Son tan ignorantes, ambiciosos, superficiales y presuntuosos, que dedican sus existencias tan breves a satisfacer apetitos primarios, acumular cosas y fortunas, esconder tras apariencias lo que verdaderamente son, y, al final de sus días, con dolor y tristeza, descubrir, tardíamente, que si los placeres y la riqueza material son válidos, existen otros tesoros de mayor permanencia y valor, como la familia, el bien, el amor, las virtudes, la alegría, el conocimiento, la salud, el equilibrio, la armonía, la paz. Eso conduce a niveles superiores, expresó el místico, quien argumentó que los seres humanos diseñan sus propias historias, sus paraísos, sus sueños y sus pesadillas. La vida es algo más, desde luego sin olvidar satisfacer las necesidades naturales en todo ser humano. Toda persona, dijo, merece, si actúa correctamente, realizarse plenamente y ser intensamente feliz. Unos son artistas, científicos o, como nosotros, místicos, buscadores de la verdad y la iluminación; pero otros dedican los días de sus existencias a la industria, al comercio, a la medicina, a la filosofía, a la enseñanza, a la gastronomía y a diferentes disciplinas del conocimiento. No importa que sean de alguna raza en especial ni su condición social, como tampoco sus creencias, aspiraciones, estudios, jornadas laborales, sueños y vivencias, mientras no cometan atrocidades en contra de otros. Es patético que millones de personas se refugien en sus vestuarios no para lucir atractivas, lo cual es genuino y hermoso, sino con la intención de esconder lo que son en realidad y presumir y aplastar a los demás. Busquemos lo auténtico, la plenitud, el bien, la verdad. Aconsejó meditar. Al retirarse a sus celdas, en la noche, el monje solicitó a los jóvenes que reflexionaran, en medi0 de la noche y desde el silencio, la profundad y los susurros de su interior, acerca de la lección que les impartió sobre las apariencias, las superficialidades, la petulancia y las debilidades humanas, y el valor que significa mantener contacto permanente con la naturaleza, con los elementos, con la vida, con la creación; también les comunicó que, al amanecer, saldrían del monasterio con el objetivo de caminar durante todo el día por parajes insospechados. Y así fue. Temprano, el monje y sus alumnos salieron de la fortaleza monástica y caminaron, en silencio, Las cumbres, envueltas en neblina flotante y cubiertas de nieve, permanecían imperturbables, más cerca del cielo y sin perder, por su grandeza, los detalles, las partes minúsculas, sus bases en el suelo, en la tierra. Caminaron el maestro y sus alumnos por parajes abruptos y desolados que invitaban a fundirse con todo. En aquel ambiente, descubrieron un remanso próximo a un río que acariciaba las peñas dispersas en el cauce y salpicaba incontablels gotas cristalinas y heladas a la tierra, a la orilla, a los árboles, a la vegetación, en un concierto magistral que regalaba pedazos de vida. Tras el silencio de la caminata, el monje habló a los jóvenes, a quienes explicó que dispondrían del mediodía y de la tarde para ellos, lo que significaba, en consecuencia, que podrían reír, platicar, dormir, jugar, apartarse, meditar, correr, ensimismarse, soñar, refrescarse en la corriente que descendía de las montañas, estudiar, divertirse y consumir los instantes en la contemplación. Era un ensayo de la libertad. A partir de ese momento y hasta que él lo indicara, serían libres y responsables de sus sentimientos, actos y pensamientos. Mientras los discípulos corrían libres y plenos, el monje decidió permanecer sentado a unos centímetros de un árbol frondoso con la idea de recorrer y explorar su ruta interior, reencontrarse consgo y trascender desde el alma. Al contemplar el escenario y ver a sus alumnos que, en grupos, dialogaban en los peñascos, jugaban en la llanura y reían, descubrió a uno de ellos, apartado, desprovisto ya de sandalias, con los pies hundidos en la tierra, en el barro, mientras abrazaba un árbol y miraba la corriente del rio, hasta sentir el pulso de la naturaleza, el palpitar de la vida, el lenguaje de la creación, la voz de su interior. El joven, quien era conversador, alegre, inquieto y ocurrente, había aprendido la lección sobre la libertad y la decisión de elegir, y, por lo mismo, colocó sus sandalias a un lado, mientras se fundía con los elementos del paisaje, experimentaba los latidos del universo y percibía el ritmo de su alma, del infinito y de la creación. Sonriente, en armonía y en paz, el místico entendió que cada ser, en masculino y en femenino, en minúscula y en mayúscula, decide y elige el sendero, la ruta y el destino que anhela de acuerdo con el sentido de su naturaleza y el despertar de su esencia, y, después de todo, dedicar la existencia al bien, al desenvolvimiento del ser, al aprendizaje, a la acumulacion de una fortuna material, a la satisfacción de necesidades e impulsos, o a cualquier otra expresión humana, forma parte del inacabable proceso de evolución. Sintió, entonces, la energía magnética de los poros de la naturaleza que armonizaban con su ser interno, hasta experimentarse como esencia y arcilla. Voló libre de ataduras. Probó la libertad de elegir responsablemente de acuerdo con su naturaleza, como lo hacían, en la tierra, ls frores minúsculas que recibían las caricias del viento helado.

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Por favor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Por favor, cuando mi cuerpo permanezca yerto, ausente de alma, ya sin esencia, faltante de mí, no desperdicies un día completo en mirarme inmóvil ni en cavar en los años, en el tiempo, para llegar a alguna orilla del ayer, casi olvidada, buscar mis pedazos y recordarme. Las flores se marchitan y quedan abandonadas en los sepulcros, mientras las lágrimas de arrepentimiento, dolor y tristeza, en tanto, secan al amanecer y son olvidadas, cuando el sol pinta los jardines y el paisaje con matices de alegría, y los asuntos de la vida asoman cotidianamente con su sí y su no. La gente que se va y los recuerdos, quedan atrás, al expresarse el siguiente día. Parten de estaciones desoladas a rutas insospechadas. Prefiero que la mañana y la noche, la madrugada y la tarde, que indudablemente me dedicarás alguna vez, en una fecha desconocida y a cierta hora, las diluyas en instantes, en momentos con detalles, para que en verdad convivamos y, al final de nuestras existencias, resplandezcamos con ese tesoro grandioso y tan nuestro, y, ya sin llanto ni remordimientos, prevalezcan la alegría, las evocaciones felices, igual que cuando uno, contento y pleno, lee todo el libro y da vuelta a la página postrera. Prometo que haré lo mismo contigo y con la gente que amo y con la que aún no conozco. Repartiré detalles, motivos, instantes. No importa si es un mensaje instantáneo, si es una carta, si es una llamada o si es una visita. Lo importante es no sabernos ni considerarnos solos, compartir nuestras alegrías y tristezas, los triunfos y los fracasos que tenemos, la sonrisa y el llanto, porque de tales encuentros y desencuentros, sin duda, surgirán historias inolvidables, bellas e irrepetibles. Y si a los minutos que repartimos, agregamos el bien que podamos hacer a los demás, fundirnos en una cadena hacia determinados propósitos nobles, y enseñar a los que no saben, construir puentes y caminos que salven de caer a los abismos, seguramente, al despedirnos, no será en salas velatorias ni en hornos crematorios, ni tampoco en sepulcros. Nos recordaremos de manera idéntica a la de las personas que se aman, cuando se despiden tras una visita feliz y armónica, con la promesa de volver a encontrarse. Y así es. La jornada existencial solo es un paseo, una acumulación de años, para más tarde, si acaso existe el tiempo en otros planos, entregarse a la conquista, por méritos propios, del infinito. Por favor, evita, como lo haré yo, la pena, el dolor y la tristeza de mirar mi cuerpo ausente de mí, ya sin esencia, porque más que cavar una tumba que exhale hondos suspiros y cargar un ataúd en su despedida final, en el cementerio, me gustaría, contigo y con los demás, utilizar la pala para cerrar heridas y construir momentos grandiosos, vivencias inolvidables, oportunidades para hacer el bien y aliviar el dolor de otros. Más que cargar pesos innecesarios, abracemos a quienes están a nuestro lado, a aquellos que necesitan, por sus condiciones, una mano que dé, oídos que escuchen, miradas que vean con benevolencia, palabras de aliento que aconsejen y enseñen. No cavemos ni despediciemos los minutos y los días de la existencia en soportar tanto peso. Perdonemos el mal que nos causamos, si así ha sido, y repongamos la vida perdida -los segundos y los años componen los períodos de la existencia, en este mundo- con sentimientos, palabras, pensamientos y acciones nobles. Por favor, cuando sepas que mi cuerpo permanece con un faltante -yo, mi alma, mi esencia-, lleva alegría, buenos recuerdos, y continúa por la senda que diseñamos como seres humanos dichosos e íntegros. Dejemos las flores no para cubrir ni rodear ataúdes y sepulcros, decoración marchita de los cementerios, sino con la idea de cultivarlas, embellecer el mundo, alegrar a la humanidad y dispersar sus pétalos en los caminos, en las rutas a donde el paraíso, simplemente, inicia y parte de nosotros, de nuestro interior, de cada alma que palpita aquí y allá, en la arcilla y en la luz.

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La joven aburrida y los granos de arena

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-Otro día más -pensó la joven, enfadada, al sentir las caricias del sol que asomaba por el ventanal de su habitación.

Intentó dormir más con la idea de permanecer despierta menos tiempo y así, inmersa en su ocio y en sus sueños, evitar la monotonía de sus días repetidos; pero los colores, las fragancias, los rumores y los silencios de la vida le impidieron regresar a los mundos de quimeras. La noche había partido. La mañana alumbraba otra fecha, un episodio más en su biografía, en su edad, en la historia de todo cuanto le rodeaba.

Salió a caminar y sentarse, como todos los días, al amanecer, en la playa solitaria, en algún paraje donde las olas jade y turquesa, llegaban a la arena que besaban y mojaban, para de inmediato escurrir y retornar, espumosas, a su inmensidad como un detalle, un motivo, un engranaje del océano.

Hastiada, agarró una vara que despedazó. La resquebrajó en pequeños fragmentos, como consumía, igualmente, los minutos de su existencia que se iban y desvanecían irremediablemente. Aquel período vacacional, en la playa, le pareció injusto, a pesar de que la mansión veraniega, propiedad de su familia, le ofrecía innumerables alternativas para disfrutar los instantes pasajeros: las calzadas jardinadas, los balcones dispuestos arquitectónicamente para descansar y contemplar el mar, la biblioteca, la sala de arte, el yate, la tabla de surfing, la caña de pescar.

Emilia, sin sospecharlo, acudió a su encuentro con ella. Admiró el oleaje en su incansable ir y venir, pliegues azulados y verdosos que refrescaban la orilla arenosa, la playa desolada, y dejaban trozos de las profundidades marítimas -estrellas, hipocampos, caracoles, conchas, piedras, botellas de vidrio, huesos y otros objetos naturales y sintéticos-, que, casi de inmediato, volvían a llevarse.

Las olas impetuosas, en una mezcla sinfónica de murmullos y sigilos, provocaron en ella un sopor que le pareció extraño y que se acentuó al admirar, en el horizonte, la unión del océano y el cielo, el matrimonio de uno y otro, en sus azules mágicos, en espera de otra tarde para prender el espacio y la superficie acuática de amarillo, dorado, naranja, rojizo y violeta.

El graznido de gaviotas y pelícanos, disuelto en el lenguaje del mar, en los sonidos y en las pausas del viento, en los truenos que a veces se propagan entre las nubes que mutan de blanquecino a tonos plomados y al embate de millones de gotas de agua contra los riscos imperturbables y desafiantes al tiempo y a los elementos naturales, envolvió a Emilia, la arrastró, cual náufrago, a parajes desfigurados y tétricos -los de su existencia con sus errores, fracasos y omisiones, con lo bueno y lo malo, con sus alegrías y sus triunfos-, donde enfrentó sus propios fantasmas y miedos, sus máscaras y vestuarios, hasta que, inesperadamente, despertó de su letargo, reflejada en una luz que le permitió disginguir un paisaje matizado y perfumes, exquisito en formas y susurros.

Concentró su atención en la playa, donde apreció, mejor que antes, los granos minúsculos de arena, acumulados por millones, tan diferentes unos de otros. Imposible contarlos. Cada uno poseía un motivo, una forma, un destino, una particularidad.

Hundió sus manos en la arena y dejó caer, suavemente, los granos que la brisa dispersó al natural. Cada grano era diferente, peculiar, libre y, a la vez, parte de una familia, integrante de un grupo evolutivo, y, sin perder identidad, all unirse, formaban el paisaje más bello y sublime, un pedazo de cielo, un trozo de paraíso, simplemente una playa en un rincón terreno.

Emocionada, la joven respiró hondamente y sintió el pulso de la vida. Entendió que cada grano de arena, poseedor de una forma y una identidad, cumplía un encargo, una misión, y que unido con los demás, por miles de millones, componía, en el lienzo natural, una playa.

Reflexionó. Sonriente, Emilia recibió la brisa y pensó que los granos de arena, en las playas, tienen similitud con la gente, con los hombres y las mujeres que deambulan en el mundo, cada uno con una esencia y una identidad, en el cumplimiento de una misión y en busca de una evolución y un destino grandioso.

Los granos de arena, reunidos a la orilla del mar y sobre la tierra, en la playa, se mantenían en torno a un proyecto común y servían al mundo, a la gente, a los animales, a los cocoteros, a las palmeras, a los árboles y a las plantas que crecían exuberantes.

No supo Emilia cuántas horas permaneció sentada en la playa, a la orilla del mar -o quizá minutos, acaso días, probablemente siempre, tal vez nunca-; sin embargo, al reaccionar ante el encuentro fugaz, como son, en realidad, las citas de cada tarde del sol y el océano, entre crepúsculos mágicos, comprendió que ya era otra, y que la vida es rica en detalles y motivos, que ningún instante es igual, que los momentos son irrepetibles y que existe, en cada ser, una encomienda, una labor, un motivo. No hay, en consecuencia, razón para aburrirse en el mundo. Sonrió, cerró los párpados y supo, a partir de entonces, que cada despertar, al amanecer, significaría recibir la vida en abundancia y cumplir su misión con alegría.

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Capacidades e incapacidades

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estamos rotos. Pertenecemos a la generación perdida. Hace años, durante postrimerías del siglo XX, escribí, una y otra vez, sobre mi percepción de un mundo fragmentado, antítesis del bien, dedicado más a satisfacer apetitos, caprichos y vanidades que a aliviar dolores y necesidades. Más que construir, la destrucción es una tendencia en las sociedades. El mundo agoniza. Naufragamos en una vorágine de personas que han perdido el sentido de la vida y que creen y piensan que la inmediatez, lo baladí, la estulticia y lo pasajero justificarán sus presencias nocivas, inserevibles y tóxicas. Muchos hombres y mujeres, en mayúsculas y en minúsculas, disponen de energía, dinero y tiempo para actuar cual marionetas cómicas y aberrantes que causan lástima. Hoy, somos capaces de pagar cantidades millonarias por el gusto y el placer de volar en lo que llamamos espacio y contemplar, en un sueño fugaz de austronauta, el planeta azul que ambicionamos conquistar y saquear, y que, a la vez, destruimos; en contraparte, parecemos incapaces de acudir a un hospital de pobres, donde la gente padece enfermedades terribles y hasta mortales, o a los asentamientos en los que las familias carecen de agua y de servicios básicos, con la intención de aliviar el dolor y contribuir al bienestar colectivo. Cotidianamente, dedicamos horas a enviar y recibir mensajes, a través de celulares y de equipos digitales, en amplio porcentaje, por cierto, estúpidos y superfluos; pero carecemos de tiempo para escuchar a quienes nos rodean y necesitan la sensatez de un consejo. ¿Qué se puede esperar de alguien que extiende la mano para colocarse una joya de lujo y no, en cambio, con la intención de dar de sí a aquellos que tienen hambre, que requieren un medicamento o que se encuentran desgarrados tras luchar tanto sin conseguir resultados? Los he visto. Son hombres y mujeres que se transforman al abordar un automóvil, al entrar a un restaurante lujoso o al transitar en las plazas comerciales, en los espacios públicos, para que otros, los que menos oportunidades de desarrollo tienen, los miren como se adora o se envidia un ídolo de piedra ataviado de alhajas. Algunos, incluso, disponen de recursos económicos y de tiempo para despilfarrarlos con alguien más, en un romance pasajero o en una ronda de amigos, y hasta pagan bebidas embriagantes y alquilan posadas de una noche; sin embargo, sus asientos permanecen ausentes en sus casas, sus parejas no reciben un solo detalle y sus hijos carecen de sus consejos, su presencia y su convivencia. Hay quienes duermen cómodamente, entre el lujo, después de participar en exquisitos banquetes, sin recordar que afuera, no muy lejos, otros duermen en el suelo, debajo de periódicos y cajones, o en colchones incómodos y viejos, con el anhelo de un lecho mullido, y comen lo que otros desprecian y tiran. Es una pena que mentes brillantes hayan inventado la televisión y la ciencia digital, y que la mayor parte de la humanidad -acaudalados y pobres, académicos y analfabetos- las utilice como si se tratara de cajas de resonancia de estupideces, violencia y superficialidades, en las que el mal se normaliza y el bien se aplasta y se ridiculiza. Todo ser humano tiene derecho a enriquecerse, a disfrutar las cosas materiales, a gozar lo mejor de la vida. Lo criticable es cuando la esencia es sepultada y los instintos, la ambición desmedida, el mal y la estulticia coronan a las personas que se sienten triunfadoras. Estamos vacíos. Algo falta. Se perciben innumerables ausencias. Poseemos tantas capacidades, pero la realidad demuestra, lamentablemente, que abundan más las incapacidades. ¿Algún día, en cierta fecha, demostraremos que poseemos mayor capacidad que incapacidad para presentarnos honorablemente con el resplandor del bien, el conocimiento, la justicia, los valores y la libertad? Me atrevo a formular tal interrogante porque volteo atrás, adelante, a los lados, y descubro con asombro que existe mayor cantidad de gente capaz de vivir con mediocridad, desequilibrio, tonterías, irresponsabilidad, proyectos temporales, desdicha, violencia, egoísmo, apariencias, deshonestidad y ambición desmedida, que con armonía, plenitud, alegría, sentimientos nobles, ideales, rectitud y pensamientos auténticos. ¿Cuánto valemos? Lo sabremos en cuando midamos de lo que somos capaces e incapaces ante las pruebas de la vida.

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Una noche lluviosa, mientras dormía…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una noche lluviosa, mientras dormía, me interné en las rutas de mi biografía. Caminé entre los escombros de mi historia, al lado de tablas apolilladas y carcomidas, cristales rotos, objetos enmohecidos, herrajes dispersos y cubiertos de herrumbre, muros derruidos y salitrosos. Miré, asombrado, que el tiempo es un caminante inagotable y que rasguña a la gente y las cosas que encuentra durante su paso. Acampé en las ruinas de mi ayer, entre una estación y otra, inconforme con los fragmentos dispersos aquí y allá, inquietud que me motivó a andar hacia adelante y a los lados y descubrir, también, los palacios, las fortalezas, los puentes y las murallas que construí. Estaba en medio de mis debilidades y de mis fortalezas, entre la cordura y la demencia, la abundancia y la pobreza, lo bajo y lo grande que fui hasta ese momento de mi existencia presente. Encontré mis alas desgarradas e incompletas por tanto vuelo y, al voltear atrás, descubrí múltiples huellas, pisadas que di, una y otra vez, durante mis jornadas cotidianas, unas ocasiones solitario y otras, en cambio, acompañado. Distinguí las mías y las sandalias que utilicé. Los escombros de mi vida, con sus alegrías y sus tristezas, sus triunfos y sus fracasos, sus sueños y sus realidades, permacecían dispersos, entre silencios y rumores que me enseñaron que la jornada terrena es un paseo con luces y sombras, y que si hay estaciones -infancia, adolescencia, juventud, madurez, ancianidad- y ciertas escalas -nacimiento, hogar, educación, trabajo, salud, enfermedades, opulencia, mediocridad, pobreza, viajes, premios, castigos, muerte-, alguna vez concluye, en este plano, para continuar y probarse de nuevo, renovarse o transitar a otras fronteras. Llegué hasta una bifurcación que me ofreció diferentes alternativas: permanecer entre los vestigios de mi existencia, con la añoranza de la gente que ya no está y la ausencia de las historias que protagonizamos, compartimos y se diluyeron, y, por añadidura, con remordimientos por el bien que pude hacer y no llevé a cabo, por los momentos desperdiciados y por la fugacidad; dirigirme hasta los palacios que construí y quedarme atrapado en espejismos, en glorias de antaño, en grandezas de todo tipo y sin continuidad ni vigencia; seguir el camino hacia las superficialidades, la estulticia, la satisfacción de apetitos como prioridad, la ignorancia, la perversidad y la indiferencia; y, finalmente, escoger la senda a la luz, a la realización integral del ser, a la plenitud, al equilibrio, a la armonía, a la dicha, a los sentimientos y a los pensamientos bellos, nobles e infinitos. Volví de mi sueño. Amaneció. Desperté con la sensación de que cada instante resulta irrepetible y forma parte de la vida. Ahora, con el tiempo que me queda en la existencia actual -poco, regular o mucho-, estoy dispuesto a seguir la ruta, un itinerario que verdaderamente me ayude a resplandecer y convidar a otros, a los que están conmigo, a los que se encuentran lejos -a todos-, el sentido de la vida.

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Los colores y los lápices grises

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En el morral del artista, cuando pinta sus lienzos, conviven la armonía, el equilibrio, la mezcla adecuada, la profundidad, el dominio de la técnica, la destreza, el estilo, la originalidad, los espacios, el ritmo, la creatividad, los colores, la inspiración, los detalles, las pausas y los compases, elementos que se abrazan fraternalmente y se hermanan con el amor que no desperdician y que se comparten siempre, hasta componer una obra bella y magistral, un cuadro sublime. Los pinceles deslizan, aplican y mezclan la pintura sobre la tela. Los colores son tan prodigiosos y encantadores, que, juntos, forman parte de la obra maestra que cautiva. Lo mismo acontece, en realidad, cuando los seres humanos destierran sus enojos, intereses egoístas, odio, rivalidades y diferencias para sumar y multiplicar el bien, debilitar la ignorancia y fortalecer la convivencia armónica y el progreso integral. La ecuación es sencilla y los resultados, en tanto, grandiosos. No obstante, entre las élites privilegiadas a nivel global, dueñas del poder y de fortunas incalculables, aferradas en aniquilar a millones de seres humanos y enajenar, controlar y dominar a quienes sobrevivan, para así apropiarse del mundo y de sus riquezas, existe la tentación perversa de separar los colores y enfrentarlos por las diferencias de sus tonalidades. Así, azul, verde, amarillo, rojo, café, rosa, naranja, violeta, morado, crema y los demás tonos, ya no se acompañan, se aborrecen, se traicionan, se matan. Abandonaron la misión de crear. Confundieron su encomienda. Están cegados y se odian. Con el respaldo de gobernantes corruptos, militares incapaces de sentir y pensar, científicos, intelectuales y medios de comunicación mercenarios, a los que se suman aquellos que manipulan las redes sociales como instrumentos de distracción, control y enajenación, esa clase dominante -no son numerosos y sí, en cambio, abominables y peligrosos- está separando los colores y provocando, en cada uno, antagonismo, competencia desleal, odio, rivalidad. Están quitando el encanto de los colores para producir, en serie, lápices grises con puntas quebradizas. ¿Quién impedirá que desaparezcan los colores, tus creencias y las mías, los gustos y las preferencias de cada uno, la naturaleza individual y el sentido colectivo, la creatividad, el encanto de las sonrisas y la magia de los sueños y la imaginación, los sentimientos nobles y la inteligencia, los valores, la familia y todo lo que sentimos tan nuestro?

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Rutas de un viajero. Capítulo XIII. Historia del fresco de la Virgen de Guadalupe, en Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografía: Colonia Ibarra. Pátzcuaro, Michoacán. Facebook

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Uno camina embelesado por las callejuelas inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, donde cada rincón es anecdotario, huella, relicario de historias pretéritas y consumidas ante el paso de las centurias, siglos presurosos que todo rasguñan, mientras el aliento de la teja mojada y los aromas del chocolate amargo y dulce y del pan recién horneado, escapan de las cocinas tradicionales y de los hornos de adobe.

El concierto de los pájaros y de los campanarios se mezcla e invita a que las horas de la mañana, envueltas en niebla y en llovizna, discurran apacibles como un encanto dentro de un capítulo irrepetible en el pueblo lacustre e irrepetible de Pátzcuaro

Ya en alguna banca o, quizá, en una plazuela apacible y pintoresca, mecido en el columpio de las añoranzas y los recuerdos, uno comprueba que las manecillas del reloj cumplen su jornada irrenunciable y que, por lo mismo, casi de manera imperceptible han quedado rastros de su caminata en las casas de adobe y teja con balcones y portones de madera, en los monumentos, en los espacios que pertenecierona otra gente, en los templos y en los ex conventos, surgiendo, entonces, la prisa por rescatar lo que queda de la identidad de un pueblo que ha sido uno y en el tiempo y la historia y que ahora llaman mágico.

En consecuencia, uno anota datos, leyendas y tradiciones en la libreta o toma fotografías para el álbum, hasta que coincide en una calle añeja, la de La Paz, entre la Basílica de la Virgen de la Salud y la finca que un día ya distante habitó Juana Pavón, madre de José María Morelos, héroe de la Independencia de México, en el siglo XIX, a quien la gente, en este país latinoamericano, denomina Siervo de la Nación, donde hace un paréntesis con la idea de contemplar un fragmento del ayer en el muro de una casa típica.

Resulta que en el paredón de la fachada de adobe se encuentra, a pocos centímetros del tejado, la imagen de la Virgen de Guadalupe, protegida por una puerta de madera con un orificio que apenas permite distinguir sus manos y su rostro moreno.

Narra la tradición que, en el amanecer del siglo XIX, exactamente el 8 de julio de 1814, las fuerzas realistas perpetraron un ataque contra los habitantes de Pátzcuaro, población que entonces se encontraba resguardada por un grupo de insurgentes encabezados por Felipe Arias, quien murió en un acto de arrojo que contagió a sus compañeros a protagonizar una defensa heroica.

Como consecuencia de la desventaja ante sus enemigos realistas, que eran muy numerosos y poseían mejores armas, murieron no pocos insurgentes, resultando prisioneros los sobrevivientes, a quienes los agresores ordenaron que se formaran en la entoncces calle del Prendimiento, posteriormente de La Paz, con el objetivo de fusilar a aquellos que, por desgracia, debido a su ubicación en la fila, les correspondiera el número cinco.

Uno de cada cinco insurgentes fueron fusilados; sin embargo, quienes salvaron la vida de la cruel ejecución, atribuyeron el milagro a la Virgen de Guadalupe, a quien se encomendaron y es tan venerada por los mexicacnos, por lo que, como muestra de gratitud, mandaron pintar su imagen en una piedra que posteriormente colocaron frente a la casa ya mencionada, escenario, como las otras construcciones, de la tragedia.

La imagen de la Virgen de Guadalupe permaneció intacta durante más de una centuria cual fiel testimonio de la salvación de los insurgentes, hasta que una noche del mes de octubre de 1934, amparado por las sombras, alguien intentó acabar con la obra para coadyuvar, sin duda, a renovar la lucha contra la religión de los católicos, como aconteció entre 1926 y 1929 con la denominada Guerra Cristera, derivada de la Ley Calles que pretendía, desde el Gobierno Federal, reprimir toda acción sacra.

Por tratarse de una piedra, resultó imposible destrozar la base de la imagen, procediendo el agresor, en consecuencia, a rasparle la cara y a arrojarle tinta. Ante la consternación popular, la Virgen de Guadalupe mostraba un intento de mancillación que ofendía a los mexicanos y sus creencias, especialmente a los moradores de Pátzcuaro y de los pueblos enclavados en la región.

Dos o tres días más tarde, regresó quien pretendía, definitivamente, acabar con la imagen sacra, para lo que utilizó una barreta con la intención de despedazarle el rostro. Tal era su odio hacia la Virgen de Guadalupe y las cosas sacras, que no importó al atacante ser sorprendido por la gente enardecida.

Uno de los moradores de la calle, Felipe Ochoa, mandó restaurar la imagen y ordenó colocar un nicho con una puerta de madera, que hastda la fecha presenta un orificio para que todos los católicos, y hoy los turistas nacionales y extranjeros, la miren.

Los años han transcurrido incontenibles, quedando como huella de la insurgencia la Virgen de Guadalupe pintada sobre una piedra y empotrada en una casa de adobe, asomando apenas el rostro por una pequeña ventana, desde donde parece contemplar, en silencio, el paso de los moradores y de los turistas que quedan perplejos e interrogan, en ocasiones, acerca de la historia de la imagen.

Uno camina por un rincón y por otro de Pátzcuaro, siempre con el deseo y la intención de abrir sus páginas añejas y románticas para descubrir un detalle, un espacio, un secreto, acaso una mañana nublada y fría o tal vez una tarde lluviosa, como la abuela que, nostálgica, acude a su ropeto, a su baúl, a su caja pletórica de retratos.

  • Texto publicado, inicialmente, en el año 2000, en El Sol Turístico

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De usted

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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De usted, identifico su nombre, sus apellidos y su rostro… oh, y también su alegría, sus palabras, sus silencios y sus ocurrencias. De usted, no olvido que es mi musa cuando la descubro en las rutas del arte, en mis expediciones en busca de inspiración, en las horas y en los días de encuentro conmigo y con las letras. De usted sé, por lo que defino en la lectura de sus rasgos, que su belleza y su encanto no son improvisados, que provienen de su interior y que tienen mucha similitud con la orquídea, el tulipán y la estrella. De usted, no desconozco que ha dado mucho de sí a la gente que ama y que, a veces, por lo mismo, carece de espacio y tiempo para sus aficiones. De usted, no ignoro que cada mañana, al despertar, su amabilidad y su sonrisa brotan y se manifiestan como las gotas de los manantiales, diáfanas y amigables, con un no sé qué que invita a tomar sus manos y cantar, girar dichosos e incansables, sin importar que sea en el césped bañado por la lluvia o sobre una alfombra de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento de la tarde barre y dispersa con nostalgia por tener que desbaratarlas. De usted, sospecho que, desde la infancia, ya era dama, y tan próximo estoy de comprobarlo, al observarla, al descubrirme en su mirada, al sentirla en mi ayer, en mi presente y en mi mañana, mezclada con mi nombre, que confieso, entre mi asombo y mi locura, que me siento caballero y príncipe cuando actúa con naturalidad y es tan princesa de mi historia. De usted, defino la inspiración de mi arte, de mis letras, y la sé mi musa. De usted, rescato las letras del abecedario, enamoradas entre sí, y escribo un texto poético, una obra en la que percibo su fragancia y me percato de su presencia. De usted, simplemente, acepto y confieso que tengo el alma con sus pedazos, fragmentos suyos que palpo en mí, en mis sentimientos y en mi razón, en la locura que significa amarla. De usted, admiiro que Dios, al decorar el mundo, le haya dedicado las pinceladas que pasó sobre el mar jade y turquesa, en los copos blanquecinos, en la lluvia de gotas de cristal y en los arcoíris que juegan en el paisaje. De usted, es la tinta con que escribo en mis libretas, el perfume de las hojas de los libros y el deleite que siento al amar, al vivir, al saberme temporal e infinito. De usted, sencillamente, está hecha cada una de mis letras, los trazos de mis palabras escritas, la esencia de mis obras. De usted.

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