¿Quién apreciará el arte?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los artistas originales, los que llevamos la encomienda de la creación en el alma y en la sangre, los que sacrificamos tantas cosas al sentirnos inspirados -escritores, músicos, pintores, escultores-, dedicamos los minutos y los años de nuestras existencias a la producción de obras genuinas, y, así, aportamos novelas, cuentos, poemas, relatos, melodías, cuadros, murales y formas, en un mundo que cada día es más proclive a la inmediatez y a la superficialidad, a lo fácil, a lo que no implica esfuerzo mental ni físico, a lo que es más apariencia y barniz que esencia. La producción en serie, lo que está de moda y es tendencia del momento, se encuentra al alcance de la gente, más allá de su posición económica o de su grado académico, al grado de que, paulatinamente, se reduce el número de personas interesadas en leer un buen libro -impreso en papel o digital-, disfrutar un concierto magistral o admirar una obra plástica. Dicen, en muchas partes, que no hay que escribir tanto porque la gente no lee, y me pregunto, entonces, ¿también quieren controlarnos y manipularnos a nosotros, los artistas de las letras? ¿Desean volvernos cómplices de la metamorfosis dolorosa que se aplica gradualmente a millones de personas con la intención de propiciar que utilicen muletas ante su incapacidad espiritual, mental y física? Existe la pretensión de alterar a millones de hombres y mujeres para que sean indiferentes al bien, a los sentimientos y a los valores, y totalmente irracionales, mediocres e inútiles. ¿No es, acaso, un intento perverso de encadenar la creatividad, la iniciativa, la originalidad, la inspiración? Esa ligereza en la que pretenden confinarnos, presenta innumerables cargas que dañan tanto. A veces, cuando en los automóviles, en el transporte público, en los auditorios, en las oficinas gubernamentales, en las empresas, en las calles, en las reuniones, en las conferencias, en los centros laborales y en las escuelas, entre otros lugares, veo tanta gente inmersa en sus equipos portátiles, atrapada en las redes sociales, en un mundo que se llama realidad virtual y está muy lejos de lo palpable, de los sentimientos, de las acciones, de los pensamientos, me pregunto con congoja, ¿qué destino tendrá el arte dentro de algunos años? ¿Se perderá? ¿Será privilegio de quienes se hayan salvado de quedar sepultados por la estulticia de la hora presente o lo controlarán aquellos que ostenten el poder? ¿Dónde quedarán nuestras obras literarias, musicales, pictóricas y escultóricas? ¿Y nuestro público al que nos debemos, respetamos y apreciamos? Es innegable que la vida es dinámica y que los seres humanos propician transformaciones en sí y en sus aldeas locales y globales, de acuerdo con lo que sienten y piensan en cada época; pero la ruta que hoy seguimos, parece, es fabricar criaturas autómatas e insensibles, manipulables e indiferentes, vacíos y totalmente perezosos, incapaces de expresar sentimientos nobles y auténticos y de pensar, hablar y actuar con libertad. La realidad actual ensombrece el panorama. Dentro de algunos años, ¿quiénes leerán obras literarias, asistirán a conciertos magistrales y admirarán las pinturas y las esculturas? ¿Nos extinguiremos autores y público? Como artista de las letras, no me rendiré. Si al final, en un mundo controlado, vacío y manipulado, solo tuviera un lector, seguiría escribiendo con la misma entrega y sensibilidad artística. El arte es irrenunciable. No está subordinado a arbitrariedades, injusticias, control y órdenes. Es libre y pleno. Como que viene de algo más allá que simples apariencias e intereses. El arte es la voz y la obra de una fuente inmortal, a pesar de que alguien, y otros más, pretendan amordazarlo. Al rato o mañana, ¿quién apreciará el arte?

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Los amo tanto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y alguna vez -no recuerdo si fue una mañana, una tarde o una noche de lluvia-, sentí el deseo y la necesidad de salir, correr a su lado, tomarnos las manos, formar un círculo y expresarnos, desde las profundidades y los rumores y los silencios de nuestras almas, el amor y el agradecimiento que nos tenemos, simplemente por la bendición de ser hermanos y compartir una historia terrena con el anhelo de conquistar la luz inmortal…

Los amo tanto. Somos hermanos. Desde los primeros años, los de la primavera, en el amanecer de nuestras existencias, fuimos compañeros de juegos y travesuras en un hogar maravilloso, con un padre y una madre amables, buenos, educados y amorosos. La familia, el hogar, la casa, eran nuestro pequeño mundo, un pedazo o un reflejo, quizá, de un paraíso encantador e infinito que siempre, por ventura, hemos llevado en lo más profundo del alma.

Convivimos intensamente. Fuimos gladiadores, aventureros, comerciantes, exploradores, padres, madres, hijos, hermanos, competidores, artistas, cocineros, profesores, magos, príncipes, mendigos, cantantes, atletas, músicos y todo lo que, en la imaginación y en los juegos infantiles, uno puede concebir, en un ambiente de armonía y de inocencia; aunque es innegable que, en ocasiones, surgía alguna diferencia,, cierta rivalidad, y enojábamos unos con otros, con el anhelo secreto, la esperanza y la ilusión de que pronto borraríamos, para dicha nuestra, las líneas desagradables del guión. Todo volvía a la normalidad. La gente que nos conocía, entonces, decía que éramos una familia amorosa y unida.

Compartimos una historia irrepetible, sigular e inolvidable, con todas sus luces y sombras, porque eso es la vida, en el mundo, una dualidad. Es innegable que fuimos bendecidos. Y así, la adolescencia fue una extensión de la niñez, con la suma de los rasgos de otra estación, hasta llegar a la juventud y a la edad madura..

Juntos, cada uno con su identidad y sus libertades, somos -los cinco- protagonistas de una historia que ahora, como siempre, nos identifica y enriquece, y, sin duda, lo sé, se proyectará hacia el porvenir, a otros días y planos, hasta que nuestra evolución nos lleve al infinito.

Amamos y recordamos, con amor, respeto, admiración, humildad y agradecimiento, al padre y a la madre que, en este plano, nos heredaron su ejemplo y sus principios. No podríamos traicionarlos. Honramos su memoria al seguir, a través de nuestros sentimientos, ideales, pensamientos, acciones y palabras, el legado que dejaron para nosotros. Y no hablo de dinero porque eso se queda atrás y un día se pierde todo, sino de sus valores, del tesoro etéreo que ya traían en ellos por ser más esencia que arcilla. Eso es lo que nos queda y lo que perdurará.

¿Dinero? ¿Riqueza material? ¿Lujos? No. Su herencia fue mayor. Somos inmensamente ricos por la historia que hemos compartido desde nuestros nacimientos hasta el minuto presente, por el padre y la madre que tuvimos, por los juegos y las travesuras, por la educación que recibimos, por la unidad familiar, por el hogar tan bello e inolvidable, por saber que el paso por el mundo solamente es la caminata temporal por una estación de las tantas que hay antes de cruzar el umbral de la inmortalidad.

Somos uno con diferentes rostros e identidades, pero en esencia no desconocemos que venimos de la misma fuente, de un origen grandioso, de la luz que engrandece e inmortaliza las almas. Y eso, lo admito y lo sé, es un tesoro invaluable que no se compra con riquezas materiales.

Somos hermanos. Reímos y lloramos, coexistimos entre las luces y las sombras, protagonizamos innumerables historias, estuvimos unidos en los instantes de dolor y tristeza y en los momentos de alegría y plenitud. Pertenecemos al mismo libreto, a la estirpe a la que nunca renunciaremos y que siempre llevaremos en nosotros. Deseamos multiplicar el encanto, el milagro, la bendición, el detalle sublime y la fortuna de ser hermanos y, por añadidura, llevar en la memoria los capítulos mutuos y al padre y a la madre insustituibles y magistrales que, alguna vez, aquí, en el mundo, estuvieron con nosotros, y que, indudablemente, permanecen en nuestras esencias.

Los amo tanto. No los cambiaría. Simplemente, lo confieso, somos hermanos, y eso, amigos míos, es una distinción de la luz, de la vida, una bendición que he de agradecer cada día hasta el instante postrero de mi existencia terrena, con la convicción de que, en esencia, estaremos vinculados en el pulso infinito del que formamos parte. Los amo tanto. Somos hermanos.

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La letra que inicia y la que concluye

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una letra es, apenas, un trazo, un proyecto, el esbozo que, sumado y multiplicado, aspira convertirse en una palabra y en otras más que se agregan a un cuento, a una novela, a un texto, a un poema. Se encuentra en el nacimiento, en la formación de una idea que, innegablemente, expresará tanto. Otra letra es una enamorada que se une a su compañera inseparable para el nacimiento de un significado. Incontables letras se enlazan o se separan para formar palabras, sentimientos, ideas. Son silencios y rumores que dicen y enseñan lo que, de otra manera, no podría expresarse. Así surgen las obras literarias, cuando el artista, inspirado, escribe sus historias durante aquellas soledades repetidas e incansables que no cualquiera acepta. El bolígrafo y el papel, o el equipo digital, son herramientas y un crisol que reciben el material, el tropel de letras que llegan de repente desde las profundidades del ser, el abecedario con sus acentos y sus signos, que se transforman en arte literario. La letra, al unirse a otras, adquiere una personalidad, un rasgo, una dirección, un sentido. Una letra es el inicio, el intermedio o el final de una obra que toca a la puerta de los sentimientos, que abre las ventanas de la reflexión, igual que un acompañante fiel que se vuelve inseparable. La letra que inicia es, sin duda, el principio de una historia grandiosa; la postrera, en cambio, marca el final y la despedida. Una letra es, apenas, el comienzo de algo que puede ser noble, hermoso, sublime y profundo. Una letra y muchas más.

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Llanto en el bosque

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A los árboles, a los bosques, a las selvas, a la vida, a nosotros…

No son susurros en el bosque; tampoco es el viento que acaricia las frondas de los árboles. Se oyen suspiros tristes, gritos que el silencio de la muerte apaga y oculta. El bosque llora. Cada árbol se queja al sentir, en su tronco, el filo de la sierra metálica que lo hiere mortalmente, hasta que cae en la tierra que lo nutrió desde que era semilla. Los motores de las sierras se escuchan incontenibles, enmudecen el concierto de la naturaleza y cubren los ríos que pierden su transparencia y pureza al recibir los pedazos de cortezas que acreditan un crimen más en perjuicio de la humanidad, del mundo, de la vida. Los árboles son talados en los bosques, en las selvas, como si se tratara de objetos inertes que no sienten. Son asesinados por seres humanos sin escrúpulos, capaces de destruir el planeta en su afán rapaz de acumular poder y riqueza. Aquí y allá, en tantos rincones del mundo, los árboles sienten las heridas que les provocan las sierras de acero que, finalmente, los matan con la intención de robar su madera. Uno y muchos más alteran el equilibrio, rompen la armonía, atentan contra la vida. El paisaje que un artista, al principio, concibió y pintó en el mundo, pierde sus formas, sus colores, sus texturas y sus perfumes, y solo quedan hojas y varas secas, polvo y desolación. Los rumores de la existencia se vuelven, de pronto, sigilos que nadie entiende; aunque todos, en parte, sean responsables por atentar contra lo naturaleza o por callar y ser cómplices. Los perfumes que cautivan, en los bosques y en las selvas, se apagan y solo flota la hediondez de la muerte, entre aserrín, varas secas y lodo; la policromía se diluye y el escenario se torna luctuoso, monótono, aterrador; los himnos naturales no se escuchan más. Alguien, y otros más, provocan dolor y luto en los bosques y en las selvas. Las raíces, al interior de la tierra, parecen abrazarse en un consuelo que pronto se diluye y se transforma en fatal despedida. Cada vez se perciben menos pulsaciones de la vida. El viento arrastra, hasta los pueblos y las ciudades, el susurro de los bosques y de las selvas que suplican ayuda; pero las luces de los aparadores, el ruido en las avenidas y tantas cosas que tocan a la puerta y asoman por las ventanas, impiden escuchar el lenguaje de la creación que es aniquilada. No es simple viento. Es la vida que se escapa.

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No hay tiempo para despedirnos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No hay tiempo para despedirnos. Simplemente, en algún momento insospechado, abandonamos a la gente que tanto amamos, las cosas que acumulamos, el paisaje en el que estábamos, y nos vamos en silencio a otras fronteras, a un plano que la mayoría supone y asegura que es superior e infinito.

Un día, a cierta hora y en cualquier minuto de la noche, la madrugada, la mañana o la tarde, uno parte y renuncia, incluso, a su cuerpo, a la envoltura de arcilla, a su apariencia, a su biografía, a su historia, porque no hay tiempo para abrazos y despedidas. La muerte, créanme, es impaciente.

Incontables personas, en femenino y en masculino, se enamoran y se aferran a las apariencias, a las superficialidades, a las cosas pasajeras, que olvidan vivir felices y en armonía consigo y con los demás, con equilibrio y plenamente. No se percatan de que cada segundo, por insignificante que parezca, es irrecuperable y contribuye a acortar el lapso entre la aurora y el ocaso.

Las hojas y los frutos caen de los árboles, igual que la gente se separa del camino y se ausenta de la excursión terrena. Como las flores que, con asombro e inesperadamente, ven marchitar la textura de sus pétalos y descomponerse el perfume que tanto cautivaba, los seres humanos se miran, alguna vez, perplejos, aproximarse hacia el final de su recorrido por el mundo.

Tarde decidimos sentir las gotas de la lluvia mientras corremos por el césped, hundir los pies en el fondo arenoso de un riachuelo y abrazar un árbol, contemplar el paisaje, respirar profundamente, escuchar el himno de las aves y el susurro del viento, admirar las estrellas y, lo más grandioso y extraordinario, comunicarnos con nosotros, en nuestro interior, expresar amor a la familia que tenemos y a la gente que nos acompaña, hacer el bien, dar lo mejor de sí, agradecer, sonreír y practicar, cada instante, una existencia de virtud modelo.

No hay tiempo para rencores, injusticias, desamores, tristezas, egoísmo, enojos, maldad, superficialidades, miedo y estulticia. La ambición es natural y justa, pero enferma y aniquila cuando se vuelve desmedida. Algunos dedican los años de sus existencias a conseguir más de lo que les daría paz y estabilidad, y acarician un diamante o un rubí y maltratan a un niño, a un anciano, a un enfermo, a un pobre, sin importarles destruir la naturaleza ni desequilibrar al mundo.

En verdad no hay tiempo. La vida es tan breve, que, entre un suspiro y otro, se fuga. Apenas hay etapas para amar y trascender con el bien y la verdad, o, al contrario, para hundirse en el lodazal y condenarse al extravío.

Ahora que es posible, solicitemos perdón a quienes hemos lastimado, abracemos sinceramente, amemos desde la profundidad de nuestras almas, regalemos sonrisas y lo mejor de nosotros, desterremos la maldad y la tristeza, eliminemos el odio, y seamos parte de una historia cautivante, hermosa e inolvidable. Es por nuestro bien, ahora que hay oportunidad de hacerlo.

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Jugamos a la vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Jugamos a la vida sin sospechar que un día, a cierta hora, se extinguen los motivos y las razones. Recorrimos las páginas de la existencia, como quien da vuelta a las hojas de un libro que tiene un principio y un final, mientras la arena del reloj solía resbalar tan callada y despacio que no sabíamos que su huida era permanente. Fuimos personajes de un guión del cual, en amplio porcentaje, perteneció a nuestra autoría. Estábamos en el tablero, donde unos elegían los casilleros que les atraían o que les parecían convenientes y otros -la mayoría, quizá- esperaban que alguien los moviera junto con las piezas que les acompañaban en la partida. Los encantos y los desencantos de la vida, ofrecieron, durante nuestra caminata, encuentros y desencuentros, dulzuras y amarguras, cargas y liviandades. Y así se sucedieron los minutos, los días y los años, unos tras otros, persiguiéndose, en su incesante carrera, cuando estábamos despiertos y mientras dormíamos, al permanecer en lo que supusimos real y en los sueños, acaso sin darnos cuenta de que nos rompíamos y quedaban nuestros pedazos en el camino. Parecíamos, entonces y hoy, árboles que se deshojaban, flores que perdían maquillaje, pétalos y textura. Algunos -o muchos- quedábamos sin aliento y culpábamos a los relojes y a los calendarios del agotamiento y del fatal derrumbe, probablemente sin notar que nosotros derrochábamos los pedazos de vida humana. Anduvimos en diferentes estaciones y pernoctamos seguros, con la idea de que se trataba de nuestra casa, tal vez sin sospechar que la morada infinita es un hogar que no se encuentra en cualquier posada. Y acertamos y nos equivocamos, una y otra vez, cuando ensayábamos la vida humana en el mundo. A veces nos sentíamos tan pequeños e insignificantes, que parecíamos absolutamente confundidos entre incontables granos de arena; en ocasiones, en cambio, creíamos que éramos deidades y manipulábamos todo. Ensayamos el juego de la vida. Y aquí estamos, ante los desfiladeros y las cimas, con la opción y la libertad de elegir la ruta.

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Aprendí de los minutos y de las horas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Aprendí de los minutos y de las horas a no tener apegos, a pasar sin la idea de apropiarme de lo que no podré cargar, a no enamorarme de las cosas temporales, a pesar de que me ofrezcan guiños y la lascivia de sus encantos. Las manecillas del reloj me enseñaron, también, que el escenario, en la carátula, podría ya no ser el mismo al completar la vuelta; en consecuencia, es prioritario aprovechar el viaje y experimentar cada instante. Me mostraron que no conviene, por ningún motivo, atorarse en los números del pasado, en las etapas que ya quedaron atrás, porque generalmente es imposible alcanzar a las manecillas en su caminata incansable y, cuando uno lo nota, ya es de noche y aparecen las sombras. Del tiempo asimilé que cada uno de sus pedazos es un lapso, un espacio para vivir en armonía y en equilibrio, plenamente, con la certeza de que los momentos desperdiciados significan oportunidades despilfarradas y arrojadas a la basura. Los engranajes, al girar, me han demostrado que nadie ni nada es insignificante y que todo, en el mundo, tiene un motivo. El péndulo, al columpiar los instantes tan diminutos, al mecer los segundos fugaces, me dio una lección al demostrar que la constancia, la disciplina y el esfuerzo resultan fundamentales, con los pequeños detalles, para obtener resultados grandiosos. Si el reloj descuidara los segundos, no conseguiría llegar a los minutos ni tampoco a las horas, y traicionaría, con su fracaso, su misión y su encomienda, hasta abandonar a la vida y a la muerte en sus faenas. Lo más extraordinario, me enseñó el reloj, se consigue con la suma y la multiplicación de pequeños detalles, igual que las manecillas consiguen, al contabilizar segundos y minutos, conquistar horas que se transforman en días y en años. De las manecillas adquirí el conocimiento de que las oportunidades y la vida pasan, y que si uno no conoce, experimenta y siente el número 1, no llegará al 2 ni a las cifras sucesivas, porque el tiempo se habrá movido y también la gente y las cosas. Aprendí de los minutos y de las horas, en el plano de la temporalidad, que antes de abrir las puertas y recorrer las rutas hacia el infinito, debo entender los ciclos terrenos. Entre los rumores y los sigilos de sus engranajes, de su péndulo y de sus manecillas, el reloj musitó a mis oídos la fórmula del tiempo y el secreto de la inmortalidad. De los minutos y de las horas aprendí tanto de la vida.

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Amaneceres lluviosos y nublados

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En la infancia, me encantaban los amaneceres lluviosos y nublados. Me parecían encantadores y mágicos, y más si la llovizna se prolongaba durante horas. El inmenso y primoroso jardín de la casa solariega, despedía fragancias exquisitan que embelesaban. Olía a árboles, flores, helechos, plantas y frutos empapados, a piedras y a tierra mojadas, a vida palpitante en cada expresión natural. La esencia y las formas de la creación fluían en el ambiente. Me parecía maravilloso aquel espectáculo. Era, pensaba, un milagro de la vida. Me causaba asombro mirar las gotas cristalinas que deslizaban en cada hoja del follaje y en los cristales de las ventanas. Las nubes, espesas y grises, flotaban tan bajo, que imaginaba que podía tocarlas e introducirme en sus capas misteriosas y prodigiosas. Creía, en aquella niñez azul y dorada, que el cielo descendía al mundo para sentirlo, descubrir sus tesoros infinitos y soñar y vivir en una felicidad eterna al lado de la gente que tanto amaba. Imaginaba tantas historias como gotas de lluvia se precipitaban. Ahora que lo recuerdo, este día nebuloso y de llovizna, confieso que me sentía inmensamente agradecido y cautivado, al grado, incluso, de que me gustaba y disfrutaba más contemplar el ambiente, que permanecer cautivo en el aula de clases. Me preguntaba, desde mi razonamiento infantil, por qué, si Dios me regalaba pedazos de cielo y de paraíso, debía soportar los castigos, desprecios, enojos y gritos de la profesora -una maestra agresiva que no dominaba sus impulsos negativos- y el acoso de mis compañeros, en un colegio de esos que hoy se exhiben en las películas de misterio, suspenso y terror. Me sabía, entonces, entre el cielo y el infierno. Aprendí, en consecuencia, que, en todo detalle y manifestación natural, podría reencontrarme conmigo, con el principio de la creación, sin olvidar que el mundo es transitorio y que uno, durante su paso, debe aprender, evolucionar y aportar lo mejor de sí para bien de la vida.

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Les arrebataron creatividad, sueños e identidad

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Con tristeza, noto, en la ciudad donde radico, como en otras tantas que visito, la enajenación en la que, lamentablemente, se encuentran inmersos tantos niños. Las redes sociales, los juegos, la basura, la estulticia y las superficialidades, maquillajes que disfrazan y ocultan las monstruosidades que hay atrás y los planes tan perversos que alguien, y otros más, pareparan en contra de la humanidad, especialmente en perjuicio de las generaciones jóvenes, los mantienen distraídos, enajenados e idiotizados, totalmente atrapados en lecciones deshumanizadas para romperlos, destruir las familias y las instituciones, volverlos inútiles y torpes, transformarlos en marionetas dependientes, masificarlos y controlarlos. Si de pronto se les arrebatan, a los niños, los celulares y todos los equipos que los transportan a realidades estúpidas -y conste que no estoy en contra de la ciencia y la tecnología cuando se utilizan para bien-, se aburren y carecen de imaginación, creatividad, energía, ánimo y originalidad para jugar, convivir, dialogar, construir y entretenerse. Se han transformado en la otra parte del contenido burdo de esos aparatos. Y sus padres, sus madres, sus familiares, ¿dónde están? Unos, cada día más ocupados, en busca no solo del sustento diario, en una época de crisis general -provocada, en gran parte, por una élite poderosa-, sino de mayor cantidad de recursos para participar en la aldea de las competencias en que se ha convertido el mundo, donde tienen mayor valor aquellas personas que ganan mucho dinero y estrenan autos y joyas como quien cambia la camisa o el vestido; otros, en tanto, igual que sus hijos, permanecen cautivos en el encanto digital que les han preparado como emboscada, antes de arrojarlos al precipicio o a la arena de las fieras. Hombres y mujeres prefieren mantenerse ocupados en los mensajes y en los contenidos de las redes sociales, al grado de que no dedican atención de calidad a sus hijos, a los pequeños que se encuentran entre las fauces y las garras de seres humanos despiadados que pretenden borrar todas las cosas buenas -el bien y la verdad-, para suplantarlas por los espejismos de un camino y un paraíso que ocultan el proyecto más cruel, desgarrador y terrible para la humanidad. ¿Seguiremos enajenados e idiotizados en distractores peligrosos? ¿Alcanzaremos a darnos cuenta de la trampa, del plan despiadado, de la tragedia que se prepara en contra de niños, adolescentes y jóvenes?

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Solamente, si usted quisiera

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al pronunciar su nombre, suavemente, me pregunto si le gustaría que, con las mismas letras, le escribiera algo, un poema, un texto, un te amo, para que me sienta, como antes y siempre, en usted, y me descubr en su mirada de espejo y en su pulso, en su esencia y en su textura. Al recordarla, casi me atrevo a interrogarla con el objetivo de proponerle ser su aurora y su ocaso, su día y su noche, para acompañarla y nunca renunciar a usted. Si me aceptara como su amanecer, tenga la certeza de que sería el sol que asomaría a su ventanal con la idea de anunciarle que la vida inicia otra vez con nuevas tonalidades, el perfume de la flor que con delicadeza se impregne en su piel, la policromía intensa del paisaje que maquille su rostro, la abeja que endulce sus horas, el pájaro y la mariposa que la lleven, en un vuelo encantador e irrepetible, por las rutas de la vida y de las ilusiones. Y si usted quisiera, sería su noche para, así, inspirarme y escribirle poemas. Me volvería luciérnaga capaz de alumbrar su andar y estrella interesada en guiar su caminata a los sueños. Si usted quisiera, simplemente me volvería la mañana y la noche de su existencia, La dibujaría, la pintaría, la diluiría en las notas musicales y en mis letras, para tenerla conmigo en mi arte, en mis motivos, en mis detalles. Solamente, si usted quisiera.

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