En estos días y los que siguen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días pasados y los actuales, han alterado las notas de la vida, y no es por el destino ni por el tiempo. La guerra continúa con su rostro deforme e irreconocible, casi sin que lo note la gente que está tan distraída y desconoce que, junto con otros miles de millones de seres humanos, se ha convertido en prueba de laboratorio, en ensayo perverso, en producción en serie, en estadística. El agua, el oxígeno, la tierra y los alimentos, en el mundo, se agotan, al mismo tiempo que manos ambiciosas, crueles y egoístas -las mismas que crearon los desórdenes y propician el caos, el odio, las enfermedades, los enfrentamientos, la destrucción, los antagonismos y la muerte- acaparan los recursos naturales y minerales y acumulan fortunas y poder inmensos que contrastan con el hambre, las carencias económicas y las enfermedades. Mucha de la gente que se dedica a la ciencia, al arte, al conocimiento, ya lo comprobamos una y otra vez, es soberbia, ausente de sentimientos, y tiene precio. Vende el arte y la ciencia igual que se comerrcializa cualquier baratija. Son mercenarios que se han aliado al mal y a los que no les interesa prostituir el bien, la verdad, la justicia y la libertad. La élite ha saqueado al planeta, con la cacería de animales, el botín que obtienen de las entrañas de la tierra y los paraísos de cristal y mármol que construyen sobre esteros, bosques y selvas, siempre culpando a las multitudes que formó a través de la televisión y los medios de internet. Y la guerra se acentuará. Ahora, tras el experimento del Coronavirus, poseen el mapa completo, la geografía humana, y saben cómo reaccionan cada pueblo y raza. Intentan, y lo están logrando, apoderarse de la voluntad humana, destruir a los que les estorban y significan cargas onerosas, a quienes sienten y piensan diferente. La búsqueda de condiciones favorables a la vida en el espacio, en otros planetas, no es con el objetivo de beneficiar a la humanidad, sino a un segmento privilegiado materialmente, y no solo con la idea de colonizar el universo, sino para obtener y ganar la supremacía militar y el control absoluto. Y claro, también saquearán las riquezas de otros planetas, aunque la inversión supere las cantidades que se requieren para alimentar y sanar a las multitudes. Seguramente habrá nuevos minerales y piedras que sustituyan al oro y a los diamantes. Todo será distinto. De hecho, ya lo es. Si el denominado Covid-19 fue diseñado, creado y disperso en sitios estratégicos para su propagación inmediata, se trata del principio de la destrucción masiva, y pronto, sin duda, surgirán otras expresiones que asustarán, desestabilizarán y aniquilarán a amplio porcentaaje de hombres y mujeres a nivel global. Si innumerables artistas y científicos se han escondido, por conveniencia, miedo o interés, otros, lo sabemos, son mercenarios que trabajan a favor de quienes les pagan. Dentro de esa basura humana que ha tenido oportunidad de dominar las manifestaciones artísticas y el conocimiento, también existen hombres y mujeres auténticos y extraordinarios, capaces de desafiar a los dueños de las fortunas y del poder, con el objtivo de defender la verdad, el derecho a la vida, las libertades y la dgnidad humana. Quienes aún poseemos la fortuna y el privilegio de contar con valores y practicarlos para bien propio y de los demás, en la incabable tarea de construir un mundo hermoso y pleno, tenemos la obligación, el compromiso y la responsabilidad histórica de crear e investigar con ética y respeto, siempre para beneficio de la humanidad. El arte y la ciencia, si son auténticos, tienen el compromiso irrestricto de invitar al bien, a la verdad, al desarrollo equilibrado e integral de la humanidad y de toda expresión con vida e inanimada, a la evolución. Y el arte y la ciencia, en manos de gente honesta y con valores, no están a la venta, y menos para causar sufrimiento en los demás. Al menos, yo no utilizaría mis letras y mis palabras, en la destrucción y en el engaño, y sobre todo cuando pienso que el arte es lenguaje de Dios, destello de la fuente de bien y luz.

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Y así…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Con esperanza, a quienes han olvidado vivir… Y sí, la muerte aparece cuando la vida pierde sentido

Y así, la vida se va, como el suspiro de una primavera que se añora tanto o la lluvia de un verano que despierta perfumes entre las cortezas, los helechos y las flores de un bosque encantado. Se marcha y no vuelve más, aunque se le extrañe y se le llore. Y así, llega un momento en que la mañana se vuelve tarde o noche, y el día entero se consume sin más posibilidades. No se repite, a pesar de que existan horas de apariencia idéntica, porque la vida es viajerra incansable que anda de una estación a otra. Y así, casi sin darnos cuenta, una mañana despertamos y, al descubrir nuestro semblante en el espejo, estrmecemos sin consuelo y pensamos que tal rostro irreconocible no es nuestro. Culpamos al destino, a otros, al tiempo, a los minutos y a as horas, a los días y a los años, que depilfarramos de modo impiadoso en contra propia. Y así, llega el momento, en el viaje, en que la gente sustituye las acciones, las vivencias, por los recuerdos y las nostalgias. Guarda sus caminatas, si las tuvo, en cajones empolvados, y saca, para justificación de sus tiempos y de su permanencia en el mundo, los ecos, las sombras, los pedazos rotos de sus vidas. El ayer les duele, el presente les incomoda y el mañana, el porvenir, el siguiente amanecer, les resulta incierto y los asusta. Darían sus fortunas, sus rasgos, su fama, a cambio de trozos minúsculos de salud y de vida, y de tener la dicha de salir libremente al jardín una mañana soleada o una tarde de lluvia, sentir las gotas deslizar en su textura cutánea, empaparse y saberse plenos. La vida tan bella, parece indiferente a las súplicas y no se corrompe con lisonjas ni le conmueven fortunas o rrostros bonitos. ¿Acaso le interesarían las baratijas que distraen a la humanidad, las cosas materiales y los apetitos humanos, las apariencias y los motivos? Cada persona, lo sabe la vida, define sus rutas y elige su destino. Y así, llega el período en que la aurora se convierte en ocaso, cada uno con su encanto y su desencanto, con sus fascinaciones y sus terrores, porque la vida y la creación se componen de dualidades, de cristales con el sí y el no, que la mayoría confunde con buena o con mala suerte y no comprende ni aplica para vibrar a ritmos superiores, en un sentido o en otro y desbarrancarse o irradiar la luz más herrmosa y plena. Y así, casi sin notarlo, el aliento del amanecer permanece muy cercano al del anochecer, como si el nacimiento y la muerte terrena mantuvieran un vínculo secreto e inquebrantable, un pacto incomprensible para tanta gente, cuando se trata de un lapso y de un acto pasajero fuera de casa. Y así, la inocencia de la niñez, la lozanía juvenil y el vigor de la madurez, parecen agotarse un día, a cierta hora, después de las tempestades y de la quietud, cuando el viento regresa tras su recurrente ausencia, sopla y arranca las hojas de los árboles y las flores que tiñe de matices nostálgicos, de esos tonos que uno ve al escapar la vida. Y así, casi sin percatarse, la vida escapa y llega puntual a su cita, en alguna estación, para saludar a la muerte y marcharse a otras rutas. Tal es la vida. Y así, al emprender el viaje, incontables hombres y mujeres miran atrás y descubren que el paisaje, con su gente, sus historias y sus cosas, empequeñece y se diluye, hasta que aquella realidad pierde sentido. Y así, cada viajero nota, durante el trayecto, que en su equipaje solo carga lo bueno y lo malo de sí, su biografía inalterable, como pasaporte a otros ciclos y destinos. Y así, la calidez de primavera -con sus colores y perfumes-, la lluvia de verano -mágica, sorprendente y encantadora-, al aire otoñal -tan nostálgico- y el frío del invierno -oh, esos copos que cubren abetos, montañas, paisajes y caseríos, al repetirse tanto, cubren las lápidas y sus epitafios con sus lágrimas y sus sudores, los ennegrecen y, alguna vez, por cierto, los recuerdos se vuelven olvido. Nombres, acontecimientos, fechas, todo naufraga en la desmemoria. Los amores y los desamores, los encuentros y los desencuentros, las alegrías y las tristezas, los hechos y los sueños, la abundancia y la escasez, la fama y el anonimato, la belleza y la fealdad, la sabiduría y la ignorancia, todo se vuelve parte de una historia, de una biografía, y la vida, indiferente, da vuelta a la página. Cada uno, por cierto, compone su obra magistral o sus notas discordntes.

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Quién que es…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Quién que es no se ha sentido cautivado, una noche, al contemplar un lago rodeado de abetos y descubrir en la pinacoteca celeste los faroles y los luceros estelares que asoman enamorados al espejo actuático que duerme arrullado por los rumores y los sigilos de las horas? ¿Quién que es no ha experimentado la locura de correr, una tarde de lluvia, en el parque, solo o acompado, y sentir las gotas deslizar en su rostro y empapar su cabello, su ropa y su calzado? ¿Quién que es no ha sentido embeleso al percibir las fragancias de los tulipanes, las orquídeas y las rosas, una mañana primaveral, al internarse en algún jardín con rasgos de paraíso? ¿Quién que es, al admirar el oleaje en su interminable ir y venir y distinguir, en la lejanía, al sol y al horizonte, refugiados entre matices amarillos, maranjas y rojizos, en su romance y en su ósculo vespertino, antes del anochecer, no ha reaccionado con un suspiro que se propaga en el universo? ¿Quién que es, al nacer no trae un pedazo de cielo y al vivir elige, antes de la muerte, su destino en un paraíso o en un infierno? ¿Quién que es no ha reído y llorado, en sus alegrías y tristezas, con el consuelo de no saberse solo? ¿Quién que es no está incluido en los guiones y en las partituras de Dios, en los susurros y en las pausas del viento, en el palpitar de la creación?

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En un párrafo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Para usted

En un párrafo le digo que cuando me ausento de las letras que usted me inspira, me encuentro en el abecedario y en las palabras que construyo para entregarle un poema, una hoja de papel con las expresiones más sublimes y elegantes que solo manifiesta quien ha sentido la presencia de un amor en su alma y en su textura, en su esencia y en su mirada, en sus realidades y en sus sueños, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus ideales y en sus pensamientos, como un regalo que llega del cielo, una locura que se experimenta cada instante, todos los días, con sus motivos, sus detalles y sus sentidos, o un delirio que propicia ocurrencias y risas, caminatas y aventuras, amaneceres y ocasos, a pesar de los encuentros y los desencuentros que pudieran presentarse en uno o en otro, acaso por saberse tú y yo, quizá por despertar perfumes de un paraíso infinito, tal vez por pensar que vienen de una fuente etérea, bella, prodigiosa e inmortal, donde estarán siempre.

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Cuando digo que usted da sentido a mi vida

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cuando digo que usted da sentido a mi vida, no me refiero, como algunos supondrían, quizá, que andaba sin rumbo en mis caminos o extraviado en rumbos y destinos inciertos; significa que es maravilloso coincidir con alguien en el mundo -un amor, un alma gemela, la otra parte de uno- y elegir, juntos, las sendas con flores, las hondonadas apacibles, los campos serpeteados por ríos de agua cristalina, sin duda en un acuerdo de sortear abismos, escalar cumbres y llegar al cielo infinito. Cuando escribo que usted ordena mi existencia, no lo hago con la intención de que algunos entiendan que realiza mis tareas cotidianas; es con la finalidad de que la gente sepa que me acompaña y permanece no atrás ni adelante de mí, sino a mi lado. Cuando manifiesto que usted es mi musa, es porque me inspira profundamente y, pregunto, ¿quién no se siente cautivado y enamorado de alguien que no tiene reemplazo? Cuando declaro que usted es una dama, sencillamente es porque a su lado me pruebo y me mido como caballero. Cuando expreso que usted es el amor de mi vida y de mi infinito, es poque ya la siento en mí, en mi alma, y no espero a alguien más.

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Preocupa tanto…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Preocupa tanto que a las generaciones de la hora contemporánea, la élite del poder económico y político las desmantele, en complicidad con medios de comunicación mercenarios e instituciones totalmente indignas de confianza. Cotidianamente les arrebatan sus ideales y sus sueños, interrumpen sus proyectos, vacían su esencia, endurecen sus sentimientos, acortan los días de sus existencias, colocan trampas, los entretienen con estupideces y superficialidades, manipulan sus pensamientos y los condenan a transformarse en marionetas y en títeres de un escenario que tiene dueños ambiciosos y perversos Diariamente presenciamos el infausto paisaje. ¿Reaccionaremos antes de que ocurra la deshumanización en el planeta? La mejor trinchera para defender a los niños, adolescentes y jóvenes es desde la familia, en el hogar, con ejemplos positivos, con la práctica del bien, la búsqueda del conocimiento y la defensa de la dignidad humana y la libertad, en ambientes de respeto, armonía, paz y amor, reforzada con la enseñanza, en la escuela, siempre que sus profesores sean auténticos, profesionales, éticos y responsables. Preocupa tanto, en verdad, que alguien -y muchos más- tenga interés en desarticular a la humanidad, a través de la niñez, la adolescencia y la juventud. Bastará con destruir a la generación del minuto presente para sepultar la esencia, la luz, lo que era tan nuestro, y transitar con ropaje manufacturado a la medida de hombres y mujeres enajenados, ausentes de sí, incapaces de crear y de soñar, distantes de sentimientos e ideales, empobrecidos racionalmente. ¿Eso deseamos? ¿Queremos retroceder? Los antagonismos, las desigualdades y el odio se acentúan, mientras las estructuras espirituales, mentales y orgánicas son manipuladas e intoxicadas por mentes y manos capaces de destruir masivamente a la humanidad. De eso no hay duda. Ya lo estamos viviendo, y lo peor no es presenciar y sufrir las atrocidades diseñadas e implementadas por alguien -y otros más-, sino callar y no defender lo poco que queda de nosotros.

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Cada instante que pasa

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En cada instante descubro un paisaje de mi existencia, un pedazo de mi historia, una huella de mi caminata. En cada minuto que pasa, miro transitar los motivos de mi vida, las rutas a otros destinos, algo de lo que fui y de lo que soy, con la posibilidad, en un quizá de cristal, de lo que, finalmente, seré. En cada movimiento del péndulo, al columpiarse bajo las manecillas inquietas del reloj, observo a la gente que estuvo conmigo, a quienes aún permanecen a mi lado, y siento sus abrazos y su presencia, percibo sus fragancias, escucho sus voces y me reconozco en sus miradas. En cada día que se consume y se agrega a mi biografía, detecto los segundos, los minutos y las horas que se acumularon y se llevaron algo de mí, y así, con asombro, contemplo los años de mi existencia con sus momentos fugaces. Cada minuto, agradable o repugnante, feliz o triste, bueno o malo, integra el expediente de mi perfil, la historia que protagonizo al vivir y al soñar, de día y de noche, acompañado o solo. Noto que mi existencia no es la apariencia de mi rostro, la ropa que me cubre, el perfume que despido y las cosas materiales que pueda tener. Lo compruebo al verme a cierta hora del ayer y en otro momento más cercano a mi presente, tan distinto e irreconocible en algunos rasgos y signos. No obstante, bajo tantos escombros, en mi interior, me encuentro conmigo, me identifico, me doy cuenta de que soy yo, el que pulsa con el ritmo infinito y trasciende más allá de cada período. Una voz, afuera y dentro de mí, me invita a vivir con mis apariencias materiales y mis profundidades etéreas, con mi luz y mi textura, con mis realidades y mis sueños, con mi esencia y mi ropaje, porque cada instante, positivo o negativo, es parte de mi historia durante mi paso temporal por este mundo. Y los mismos susurros que escucho, me dicen que los días de la vida, en el mundo, son breves y que, por lo mismo, he de experimentarlos en armonía, con equilibrio, plenamente, siempre aplicado en el bien y en la verdad, en la justicia y en la dignidad, en el amor y en la libertad, si es que deseo, en verdad, conquistar la eternidad. Hay ciclos amargos y períodos dulces. Debo buscar el equilibrio, sortear abismos, derribar fronteras, destruir celdas y, por añadidura, cruzar puentes y escalar cimas, hasta trascender. Cada instante que se presenta es mío, me pertenece, entre un suspiro y uno más, como todos los que se fueron en otros tiempos de mi vida y los que están por venir. Hay que vivir ahora. Sería ocioso esperar otros días o años para recobrar la felicidad con alguna meta anhelada y soñada. El trayecto no debe quedar desierto. El navegante vive con intensidad su travesía y lo mismo se prueba durante las tempestades, en medio del mar impetuoso, que en la tranquilidad de una noche estrellada, mientras toma el timón y sigue su itinerario. Se provocan vacíos tristes y dolorosos cuando no se disfrutan los instantes por esperar una fecha grandiosa. Cada momento tiene un espacio para uno, un escenario para vivirlo. Vivamos, antes de que una tarde lluviosa o una noche desolada, lloremos desconsolados por la historia existencial que dejamos escapar.

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El tiempo es idéntico en ustedes y en nosotros, dijo el pordiosero a los magnates

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Su colección de relojes valía una fortuna. Eran modelos elegantes y finos. Los había de oro, con incrustaciones de diamantes y de todas las piedras y de los metales preciosos más caros y selectos. Él y ella recibían catálogos de las relojerías de mayor prestigio en el mundo; además, los agentes que reresentaban las compañías de renombre, los buscaban con la intención de presentarles las novedades y los diseños exclusivos. La gente, en aquella ciudad, reconocía la fama de ambos personajes, quienes, por cierto, eran admirados públicamente por la distinción de los relojes que portaban. Una mañana, un pordiosero de los tantos que deambulaban en las calles de aquella ciudad, de cabello desordenado y mirada extraviada, aprovechó un descuido del personal de seguridad con el objetivo de acercarse al “matrimonio de los relojes”, como se les conocía popularmente en la región, a quienes preguntó la hora. El hombre y la mujer intercambiaron miradas de asombro. Estaban tan sorprendidos como sus escoltas. “Un pordiosero o un loco pide comida o dinero, pero no pregunta la hora”, expresó la pareja con el propósito de que el hombre escuchara y se hiciera a un lado, avergonzado por el acto. Le informaron la hora y siguieron su caminata con desdén; sin embargo, el pordiosero sonrió y fue tras ellos. Balbuceó. Explicó al hombre y a la mujer: “les he preguntado la hora, en este momento, porque al mirar personas tan altivas e inaccesibles para las multitudes, creí que el tiempo sería distinto o que tendría para ustedes concesiones y significados diferentes y privilegiados; pero me doy cuenta de que para los acaudalados y los menesterosos, los instantes y las horas parecen idénticos. He descubierto, gracias a ustedes, que no existe diferencia en el tiempo de los ricos y en el de los pobres. Es el mismo”. Enfadados, él y ella ignoraron al limosnero, quien habló: “el problema no es invertir su fortuna en relojes de tanta elegancia, sino en pretender comprar un tiempo de lujo que es igual para todos -magnates y pobres, cultos e ignorantes, buenos y malos, bellos y feos- y perder los segundos y los minutos en presunciones y en superficialidades. Es secreto consiste, parece, en el uso que se le da al tiempo. ¿Se han dado cuenta de que de nada sirve presumir relojes tan finos -máquinas para medir el tiempo, después de todo-, si no aprovechan cada instante en experimentar una vida grandiosa, bella y ejemplar? Pierden su tiempo -pedazos de vida, al fin- en tanta banalidad, que resulta estúpido, contradictorio y fatuo pretender mostrarlo en maquinaria fina y perfecta. El tiempo huye y no regresa más. Ahora que sé que el tiempo de ustedes, los acaudalados, es igual al de nosotros, los pobres, los exhorto a que no lo despilfarren en ese sueño llamado fortuna y poder. Si es su pasión y tienen oportunidad de hacerlo, compren relojes de lujo; pero utilicen su dinero y su poder para el bien que puedan hacer a los demás, en la búsqueda de la verdad, en la aplicación de la justicia y en el vuelo de la libertad. Vivan plenamente su tiempo y hagan de su existencia una historia ejemplar, cautivante y magistral. El tiempo, en el mundo, no se compra para perpetuar la arcilla. Contiene los mismos lapsos y ritmos para todos. Vívanlo plenamente.

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Calidad humana o rostros bonitos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Isaías Ayala Alipio, es un destacado especialista moreliano en materias contable y fiscal. Hace tiempo, fue presidente de la Asociación Michoacana de Contadores Públicos, Colegio Profesional, y más tarde de la Federación Nacional de la Asociación Mexicana de Colegios de Contadores Públicos, A. C. Actualmente, es presidente del consejo editorial de la revista Cuestión, que publica dicha agrupación a nivel nacional.

Hace algunas semanas, tuvo la gentileza de invitarme a escribir un artículo en la revista Cuestión. Colaboré con el artículo Calidad humana o rostros bonitos, que a continuación me permito reproducir. Para mí, fue un honor participar en el número 102 de la revista, impresa durante el pasado mes de septiembre de 2021.

A continuación, mi artículo Calidad humana o rostros bonitos:

Ha sido gradual, casi sin darnos cuenta, hasta que ahora, cuando necesitamos y exigimos mayor atención, calidad, disciplina, eficiencia, honestidad, entrega, lealtad y trabajo, descubrimos que hemos convertido muchos de nuestros despachos, comercios, fábricas, talleres, consultorios y empresas de servicios en verdaderos paisajes decorativos, en galerías de rostros bonitos, en paraísos de colaboradores enamorados de las redes sociales, los mensajes por celular y los memes.

Sabemos, por experiencia, que amplio porcentaje del personal que labora en el sector público, se ha caracterizado, a través de la historia, por exceso de burocracia, ineptitud, torpeza, desinformación, grosería y desatención, y no es raro, incluso, mirar con coraje e impotencia y, a la vez, normalidad, a los empleados que almuerzan en horarios de trabajo, que se ausentan porque tienen derecho a “días económicos”, que tratan al público irresponsablemente y que piensan, casi exclusivamente, en las fechas de quincena, en bonos, en períodos vacacionales y en lo que almorzarán ese día, evidentemente intocables porque reciben protección sindical o de políticos y funcionarios públicos. No todos los burócratas y funcionarios son groseros, ociosos y mal intencionados; sin embargo, abundan tales perfiles en las diferentes áreas públicas, igual que un cáncer que se expande irremediablemente y daña.

En contraparte, el sector privado se caracterizaba, hace algunas décadas, por el potencial de su gente, la cual, desde cualquier nivel laboral, cumplía la encomienda de atender al público con calidad, esmero y respeto, y se buscaban eficiencia y rendimiento, más allá de caras bonitas y cuerpos atractivos y esbeltos.

De pronto, otra generación pensó que había que colocar rostros jóvenes y lindos, y títulos académicos en exceso –elementos y signos con los que uno no está peleado-, e hizo a un lado la amabilidad, el respeto, la experiencia, y predominaron, en consecuencia, la desatención, el enfado, la intolerancia, la superficialidad y la ineptitud.

Y no es porque la belleza, la juventud y la superación académica sean sinónimos de estulticia y superficialidad; al contrario, es agradable tratar personas con mayores conocimientos especializados y con el empuje y la vitalidad de los años primaverales.

El problema es que, de alguna manera, perdimos calidad en la selección de personal a nivel directivo y operativo, al grado, incluso, que sacrificamos el aspecto cálido de las relaciones humanas y colocamos a todos -acreedores, clientes, proveedores- en niveles de cifra, número de serie, estadística, con trato descortés, ajenos a las necesidades y con el único afán de ganar. Damos prioridad a la inmediatez.

Antaño, la gente, en los centros comerciales, era atenta y apoyaba a los clientes; hoy, su ceño fruncido, sus respuestas y sus actitudes tienen mucha similitud con quienes únicamente cumplen horarios y permanecen sentados tras escritorios en oficinas públicas.

Los empleados bancarios, el personal de los establecimientos comerciales, los operadores de líneas de autobuses y taxis, aquellos que desempeñan oficios y hasta los profesionistas que exhiben y presumen títulos de maestrías y doctorados, son otros y no precisamente muestran semblantes amables, humanos y tolerantes.

En no pocas ocasiones, se han perdido oportunidades de negocios y ventas por una actitud negativa o una mala respuesta, por falta de un saludo amable, por las contestaciones de desgano a los clientes que preguntan, por un ceño fruncido. La gente ingresa a algún almacén, a una tienda, y siente, ipso facto, el malestar de dueños y empleados.

Hace tiempo, en una agencia automotriz, la cajera, una mujer de aproximadamente 40 años de edad, quien era célebre en su ambiente laboral por la ropa con etiquetas de prestigio que frecuentemente estrenaba, me solicitó que concluyera la redacción de un documento, ya que sus uñas postizas y la falta de costumbre en la escritura manuscrita -lo que hacen los equipos celulares y las computadoras, ¿verdad?-, le impedían escribir correctamente. Me pareció, en ese momento, un episodio surrealista.

En otra empresa, donde laboré, la responsable del área contable me recibió con antipatía, como si le molestara mi amistad con el propietario de la misma. No completé la integración de mis documentos y, por lo mismo, fue imposible cobrar mi primer sueldo en esa empresa. Fue hasta la siguiente quincena, tras algunos días de asueto por Semana Santa, que acudí a cobrar. Solo me pagó la segunda quincena porque la anterior, explicó, ya se me había entregado, y hasta una de sus colaboradoras mostró un expediente que supuestamente tenía mi firma de recibido.

Me retiré a comer. Reflexioné. Obviamente, no molestaría a mi amigo por un asunto que podía enfrentar personalmente, de manera que, en la tarde, hablé con el gerente general de la empresa, quien llamó a la responsable del área contable. Una vez que ella explicó que me había pagado con un cheque que yo mismo endosé para que el mensajero realizara el trámite de cobranza en la institución bancaria, como lo hacía cada quincena con los documentos de otros empleados, argumenté que solicitaría, vía legal, una copia, precisamente con el objetivo de demandar penalmente a quien había falsificado mi firma. El gerente general, también contador, detectó que nuestra compañera palideció y ordenó: “págale lo que le debes”.

No permanecí mucho tiempo en la empresa. En esos días me llamaron de un periódico con la finalidad de invitarme a laborar. No obstante, me di cuenta de que a la responsable del área contable le encantaba que sus compañeras y el personal en general la adularan, le regalaran chocolates y le entregaran regalos. Generaba un ambiente de discordia y rivalidad, simplemente por creerse superior a los demás. ¿Esa clase de personajes deseamos para nuestros negocios, industrias, consultorios, despachos y comercios? ¿Queremos doncellas que traten a sus propios compañeros como lacayos que tienen que sonreírles y ofrecerles tributo, y que consideran a los clientes simples piezas de estadística?

Recientemente, en una tienda de autoservicio, los verificadores de precios no funcionaban. De pronto, coincidí con una empleada joven que tenía un escáner portátil, a quien pedí que hiciera favor de indicarme el precio. No contestó mi saludo. Respondió que los verificadores de precios se encontraban distribuidos en la tienda. Su reacción agresiva y grosera, me obligó a ordenarle que me indicara el precio solicitado o la reportaría.

Y lo mismo enfrenta uno, como cliente, desatención en sitios donde se paga el prestigio del establecimiento que en un puesto semifijo. En una cadena nacional de comida, que con el paso del tiempo ha perdido calidad tanto en sus platillos como en la atención de su personal, la mesera no volvió más con el resto del menú y la cajera, en tanto, contestó “hágale como quiera. El gerente está ocupado. No puede atenderlo”, actitud parecida a la comerciante que, en el puesto de un tianguis, rehusó venderme la cantidad, en gramos, que le solicité, y claro, por la hora, se quedó con su mercancía.

Casos reales de grosería, desdén y abuso pueden citarse lo mismo por parte de profesionistas -médicos, abogados, contadores públicos, comunicadores, profesores- que de dependientes de tiendas, empleados, meseras, obreros y prestadores de servicios, quienes se han sumado a las actitudes que caracterizan, desde siempre, a la costosa e ineficiente burocracia mexicana.

Más que galería de rostros juveniles y papeles escolares que no concuerdan con la atención y la educación, necesitamos gente activa, responsable, atenta, comprometida y amable que sume y multiplique progreso, no que divida y reste desarrollo.

Afuera, en las calles, hay filas de hombres y mujeres que verdaderamente desean trabajar y dar lo mejor de sí. Es fundamental, si deseamos fortalecernos y progresar, dar oportunidad a la gente con un perfil integral de servicio, amabilidad, disciplina, atención, honestidad y trabajo.

Los retos de la hora contemporánea, plantean la actuación de personas responsables, competitivas y dispuestas a aportar y construir. El desarrollo y el prestigio de una industria, un comercio, un despacho, un consultorio o una empresa de servicios, no lo dan los cimientos y los muros endebles de rostros bonitos y los marcos que presumen formación académica sin educación integral y carencia de sentido común. De eso estamos hartos. Necesitamos calidad humana y sensatez.

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1968

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Pido a mis lectores que me disculpen si acaso escribí abrumado. Hace rato, mientras escribía el presente texto, no pude contener las lágrimas al recordar el dolor y la impotencia con que mi padre narraba la masacre contra incontables jóvenes estudiantes, de la cual fue testugo en 1968

Un extraño silencio prevaleció en las calles. El ambiente, enrarecido, parecía distinto al de otros días, al de meses pasados, cuando la gente, en postrimerrías de la década de los 60, en el siglo XX, caminaba apacible, miraba aparadores, se asombraba con la mercancía novedosa, y los campanarios de los templos coloniales sonaban cada hora.

Entre el Zócalo y La Alameda Central, en la Ciudad de México, se resumía una atmósfera cosmopolita, la difícil prueba de la coexistencia en un país en el que el campo abandonaba los surcos y se iba a un paisaje de concreto, cristales y ladrillos. La luz solar y de la luna y de las estrellas parecía secundaria en una urbe de colores, lámparas y reflectores. Los caminos rurales y la campiña, próximos a la ciudad, se volvían avenidas, calles, viviendas. El agua y los poros de la tierra resultaban asfixiados por el cemento.

Se trataba de una época, la de los 60, en la que se registraron el encuentro y el desencuentro de generaciones. Convivían, entonces, personas que nacieron en la segunda mitad del siglo XIX, en la etapa porfiriana, durante la Revolución Mexicana de 1910 y todas las décadas de luchas y traiciones de los generales que ambicionaban el poder, el período de los políticos que gobernaban con el respaldo de un estallido social que se caracterizó por violaciones, rapiña, crueldad e injusticias y que, con el respaldo de intelectuales mercenarios, volvieron sagrado e intocable. En las estaciones radiofónicas se escuchaban valses, música clásica e instrumental, ópera, canciones populares, baladas románticas y melodías populares. Coincidieron generaciones muy heterogéneas en aquella década que ahora se siente cada día más lejana, en orillas que empequeñecen conforme transcurren los años.

La capital de México vivía el proceso de transformaciones, positivas y negativas, que intervienen durante las metamorfosis citadinas. México venía de un movimiento revolucionario sanguinario, de desenlaces de asesinatos y rapacidad, de farsas históricas, abusos, saqueos y corrupción; pero también de elementos bellos, invaluables, únicos e inigualables, con los antecedentes de dos guerras mundiales, la repartición del mundo para cada bloque y la multiplicidad de acontecimientos que se presentaron, sucesivamente, a nivel nacional y global.

Dentro de aquel panorama, algo acontecía. Los jóvenes mexicanos, como en diversas naciones, se rebelaban y, al mismo tiempo, expresaban la necesidad de implementar otras tendencias en la existencia humana. Muchas aspiraciones eran legítimas, tenían ciertos motivos y razones, en un mundo de costumbres y reglas que mostraban agotamientos y signos de caducidad, mientras otras, simplemente, parecían locuras de una generación de jóvenes greñudos, sucios, rebeldes y viciosos, seguidores de los Beatles, los Credence y otros grupos.

En México, las autoridades los reprimieron criminalmente en los días de 1968. Los testimonios de los sobrevivientes, los documentos de la historia y una diversidad de material se encuentran a disposición de los analistas e investigadores, motivo por el que, en esta página, no tiene caso reproducir los argumentos, las tesis y los capítulos que se han repetido y se encuentran en diversos archivos e instituciones.

Hay silencios que traen rumores y arrastran olor a muerte, a dolor, a miedo. Uno, al notarlos, al descifrar su lenguaje, comprende que algo ha cambiado, que existen signos que pulsan en el escenario y que pueden desencadenar, en cualquier momento, situaciones adversas y peligrosas.

Esa tarde, mi padre detectó que tras el silencio repentino, trastornado por algunas ráfagas de viento, apenas se distinguián los rumores que crecían ante la caminata de los segundos. Calles como Francisco I. Madero y 5 de Mayo, entre otras, de pronto quedaron desoladas. La gente -hombres y mujeres de diversas edades y clases sociales- corría aterrada y enloquecida en busca de refugio, mientras los propietarios y responsables de negocios -bazares de antigüedades, numismáticas, tiendas de fotografía y de telas, zapaterías, librerías, discotecas, boutiques, relojerías- ordenaban a los empleados que cerraran los establecimientos comerciales.

Las cortinas de hierro caían, pesadas, al suelo. Los empleados, también aterrados, cerraban y aunque algunos intentaban evitar el paso de la gente, eran arrollados por las multitudes que buscaban escondites. No había tiempo para discutir ni para echar a la gente a la calle. Había que cerrar.

El silencio enrarecido dispersó, tras de sí, ráfagas de viento, lluvia, gritos, disparos y rumores metálicos de tanques de guerra y motores de camiones de carga. Mi padre, que permanecía oculto, con otros hombres y mujeres, en una joyería, miró desde las ventanillas de la cortina de acero, el espectáculo terrible que ofrecía el aniquilamiento cobarde de incontables jóvenes de preparatoria y universitarios.

Mi padre, quien en junio de 1944, participó en el Desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial, conocía el perfume del odio y de la muerte. Reconoció la matanza, y esta vez en perjuicio de jóvenes inocentes que enfrentaban la crueldad, dureza y corrupción del poder.

Unos, en el interior del local comercial, oraban, mientras algunos gritaban, lloraban o sentían desfallecer. Mi padre, asomado a la calle, fue testigo de aquella matanza brutal. Vio, entre los estudiantes que corrían despavoridos, a una mujer joven, quien detuvo la carrera, volteó hacia el tanque, colocó sus manos en la cintura y lo reto. El tanque, imperturbable, la embistió y la aplastó, paralelamente a los disparos contra otros estudiantes que corrían y de pronto se desplomaban mortalmente heridos o ya sin vida.

Detrás de los soldados y de los tanques, avanzaban camiones en los que otros militares recogían y depositaban los cadáveres de los jóvenes, algunos mal heridos que eran arrojados y apilados. Se desangraban y el personal de la milicia los remataba con palas y rastrillos de acero. Entre los cadáveres acumulados en los camiones, algunos jóvenes todavía se movían. Agonizaban entre otros elementos y signos de la muerte. Los hombres esculcaban su ropa, les robaban aretes, dinero, collares, pulseras, relojes y hasta zapatos, para de inmediato asesinarlos brutalmente.

Impotente, mi padre derramó lágrimas en silencio, con la amargura de quien ve la muerte de seres inocentes a unos metros de sí. Una cortina de hierro y una puerta de cristal, en un negocio de diamantes, oro, rubíes y joyas, lo separaban, como a otros ciudadanos, de la muerte despiadada de muchachos inocentes. Ser joven, en esos días, casi era un delito en la Ciudad de México y en otras urbes.

Nuevamente, los gritos, las balas, los cristales rotos, el rodaje metálico de los tanques y los rumores de los motores, se desvanecieron, y apareció el silencio, el sigilo de la muerte que se apoderó de las calles manchadas de sangre, entre cuadernos, libros, morrales, zapatos y pertenencias juveniles.

Las nubes plomadas flotaban, hasta que el aguacero y los relámpagos se apoderaron de las calles del centro de la Ciudad de México. Los comerciantes ordenaron abrir las cortinas y los portones de sus establecimientos con la intención de desalojar a la gente refugiada.

Hombres brutos, engrandecidos y poderosos por las armas, el entrenamiento militar y los uniformes, gritaban a los ciudadanos que salían de los negocios con la finalidad de que caminaran aprisa y no descubrieran, en las calles, las manchas de sangre, los pedazos de cuerpos que no fueron recogidos y trasladados en los camiones, los cuadernos y los libros deshojados, las zapatillas de las muchachas y sus bolsas con maquillajes, los espejos rotos y tantas cosas que quedan durante una matanza. Un equipo de trabajadores llegaron a lavar las calles.

Aquella tarde, casi al anochecer, mi padre llegó a casa. Cambió su ropa y su calzado antes de entrar al hogar y, atormentado por el espectáculo grotesco que había presenciado, se bañó y relató a mi madre, con detalle, ese episodio vergonzoso de la historia mexicana.

Días más tarde, el 2 de octubre de 1968, ocurrió la matanza estudiantil de Tlatelolco, una masacre que las autoridades mexicanas, con la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación, minimizó y justificó. La historia real tiene la palabra. Poco después, ese mismo mes, fueron inaugurados en la Ciudad de México los XIX Juegos Olímpicos de la historia moderna.

Ahora, cuando me entero de que en las ciudades mexicanas y en la capital del país, innumerables jóvenes realizan marchas por las calles y protestan contra aquel acontecimiento que no vivieron y que otros grupos, en actos de oportunismo y confusión, apovechan para cometer fechorías y dañar casas y zaguanes con pintura y otros materiales, pienso que resulta sano hacer un paréntesis, recordar la historia y asimilar las lecciones, y participar responsablemente y con firmeza ciudadana en los procesos nacionales de transformación. No se trata de gritar ni de amenazar cada año a las autoridades, sino de permanecer atentos a los aciertos y desaciertos de la clase política y ejercer el poder ciudadano para no repetir más las atrocidades y los errores del pasado.

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