Hoy llevo conmigo, en un morral, el abecedario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy llevo conmigo, en un morral, el abecedario, con sus letras en mayúsculas y en minúsculas, con el objetivo de dispersar palabras que alivien el desamor y la soledad, el miedo y la tristeza. Quiero hilvanar sonrisas, tejer sentimientos, coser abrazos. Mi deseo consiste en fabricar ideas, un oasis en la inmensidad del desierto, para descanso y refugio de los caminantes que sientan fatiga. Anhelo diseñar rutas, tender puentes, trazar senderos, porque la felicidad y la plenitud se construyen diariamente, cada momento, entre una aurora y un ocaso. Regalo letras, entrego palabras, comparto poemas, derrocho textos, porque sé que curan desamores y congojas, soledades y tristezas, odios y crueldades. He buscado un lenguaje parecido a las caricias del viento, a los susurros de la lluvia, a los rumores del cielo. Un idioma que entiendan todos, pletórico de significados de amor y sentimientos nobles, alejado del mal y cercano al bien, que abrace y vuelva hermanos a quienes lean y escuchen los mensajes. Sé que por cada letra que cultive, germinarán palabras, sentimientos e ideas con fragancias de plantas y colores y texturas de flores. Hoy llevo conmigo, en un morral, la dulzura de un abecedario, el encanto de las palabras que alguien me dictó anoche, mientras dormía.

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Ayer, mientras caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ayer, mientras caminaba, inmerso en mis cavilaciones, pasé cerca de un campamento donde gente especializada aplica pruebas Covid-19 a aquellas personas que, por los síntomas que padecen, sospechan algún contagio, y descubrí en la fila la mirada de una mujer de unos 35 años de edad, que permanecía triste e inquieta, demasiado pensativa, con la expresión de quien presiente se aproxima sigilosa e inevitablemente a la orilla de un abismo, entre la vida y la muerte. Sin duda, repasaba la historia de su existencia y hacía pausas amargas al probar el sabor del final. Quizá pensaba en sus hijos, en sus padres, en sus hermanos, en su marido; probablemente, formulaba preguntas, interrogantes sin respuestas; tal vez evocaba sus horas y sus años felices, atrapada en sus juegos e inocencia, en su escuela y en sus tareas, en sus sueños e ilusiones. ¿Qué puede uno sentir y pensar mientras permanece en la hilera, junto a hombres y mujeres que tosen, próximos a su cita con el destino, en espera de un resultado de laboratorio que puede augurar un fin infausto? En todo y en nada. Es enfrentarse a algo que asoma de improviso, seguramente cuando menos se sospecha y se es tan dichoso. Algo que no tiene respuesta, aunque intuyamos que su creación malévola y su dispersión estratégica por el mundo, tiene nombres y apellidos, autores que se burlan de la humanidad. Seguí mi caminata, pero ya llevaba conmigo el peso de un dolor, la mirada apagada y triste de una vida que parecía consumirse, el probable final de una historia. Y lloré. Más tarde, al anochecer, otra persona me envió un mensaje con el propósito de informarme acerca de la crisis sanitaria en la oficina donde trabaja, en la que tres empleados jóvenes, totalmente irresponsables, asistieron a sus jornadas laborales con los síntomas de coronavirus y así, enfermos, trataron con incontables personas, evidentemente multiplicando los contagios. Sentí coraje por tanta gente sin conciencia, atrofiada espiritual y mentalmente, que consume, desecha y contamina. Basura, en verdad, que enferma a quienes anhelan vivir con dignidad y salud, al lado de sus familiares y de quienes tanto aman. En la noche, al cerrar los ojos, en medio de la oscuridad y el silencio, acudieron a mi ser, en tropel, los rostros de la humanidad, sus voces y silencios, sus gritos y sigilos, y experimenté el horror de interrumpir la vida cuando aún hay auroras y ocasos por delante. Lo siento, en verdad. Mis palabras son insuficientes para expresar el dolor que comparto con tantas personas que sufren aquí y allá, en todos los rincones del mundo, al mismo tiempo que otros celebran, ocultos en su poder y riqueza temporales, los resultados de un proyecto con el que pretenden convertirse en dioses y mesías de quienes sobrevivan. No soy médico, pero sí artista, y escribiré, mientras me sea posible, con la idea de hacer de los escenarios áridos y cubiertos de espinas, campos pletóricos de colores, fragancias y texturas, como un regalo de mi ser a la gente.

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¿Aún vivimos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Creemos, ingenuamente, que estamos vivos, acaso sin entender que hace tiempo morimos. Miramos nuestras imágenes en los espejos y hasta saciamos apetitos, y suponemos, por lo mismo, que seguimos vivos. No reconocemos nuestros nombres, apellidos y biografías, inscritos en sepulcros inexistentes, en tumbas desoladas, en criptas sin flores. No nos reconocemos ni recordamos la fecha en que hicimos feliz a alguien, regalamos una cobija al que tenía frío, dimos un consejo al que iba a suicidarse o consumir drogas, sonreímos al caminante entristecido o cedimos nuestro platillo al que padecía hambre; pero resguardamos en la memoria, con abundancia de detalles y emotividad, el día y la hora en que compramos un auto lujoso, el momento en que adquirimos un anillo de oro con diamantes y el año en que hicimos un negocio redituable. Nadie dijo que la ambición y las cosas materiales sean malas e indignas. El problema es que, al paso del tiempo, cubrimos nuestros aspectos y existencias con tantos atuendos, que olvidamos quiénes somos. Preferimos hablar sobre fragancias -lo que es legítimo- y olvidamos profundizar en la esencia. Nos enamoramos de las apariencias, hasta que su brillo cegó nuestras miradas y conciencias. Y así sepultamos y olvidamos lo que éramos, la fuente de la vida, lo que nos daba sentido. Morimos a partir del instante en que olvidamos que nosotros, hombres y mujeres, somos hermanos y dejamos, en algún sitio, o en la nada, el amor, las sonrisas, el respeto, la dignidad, el trato amable, la tolerancia, el bien y la verdad. Estamos muertos, insisto, porque en alguna parte renunciamos, intencionalmente o por descuido, al milagro de la vida. Nos mataron el desamor, la ignorancia, el odio, la crueldad, el miedo, la violencia, el rencor, la injusticia, el afán de acumular fortunas inhumanas, poseer en exceso, dominar, la afición de colocarnos máscaras y disfraces y el delirio de tratar de satisfacer, casi exclusivamente, apetitos primarios. Recordamos el modelo de un automóvil de colección o de lujo, y la marca de un perfume distinguido y elegante, y eso es formidable y causa emoción; pero olvidamos extender las manos no con el objetivo de arrebatar o recibir, sino de dar de nosotros lo mejor, lo más noble, principalmente a aquellos que, por sus condiciones humanas de enfermedad, ignorancia o pobreza, más lo requieren. Morimos antes de la masacre del coronavirus y de lo que una élite tiene planeado, y si en verdad deseamos abrir los ojos, despertar de las pesadillas, las redes y las telarañas que hemos tejido, en unos casos, y que, en otros, algunas más han tendido sobre nosotros. Volveremos a nacer cuando amemos y experimentemos, desde el interior, los sentimientos y los valores que, alguna vez, cegados y ensoberbecidos, dejamos perder. ¿Renaceremos esta tarde, mañana temprano, alguna noche o cierta madrugada? No lo sabemos. Cada uno decidirá si vive o muere antes de que las manecillas indiquen la hora de partir definitivamente. Aquí nos encontramos, en medio del mundo, con la creencia de que vivimos y sin sospechar que hoy, al consentir la descomposición humana, estamos muertos.

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El otro riesgo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desde hace varios años, amplio porcentaje de seres humanos han perdido, gradualmente y con cierta intencionalidad, el derecho y la capacidad de asombro, al grado de que casi ningún acontecimiento les sorprende. La mayoría de la gente, envuelta en bolsas artificiales de desecho, casi sin letras y de preferencia con dibujos y signos, se ha acostumbrado tanto a los sucesos, a la violencia, a las invenciones científicas y tecnológicas, al consumismo y a la dinámica revuelta de la hora contemporánea, que parece nada le conmueve ni maravilla. La capacidad de asombro y el respeto fueron sepultados, hace años, en una cripta gélida y ausente de nombre y epitafio, quizá con la intención de que nadie los recuerde. Alguien los arrojó a la fosa común. Ahora, millones de seres humanos, en todo el mundo, enfrentan otro peligro: la costumbre a la muerte de los seres queridos, el fallecimiento cotidiano de los miembros de una familia, una escuela, un centro laboral, un grupo de amigos, un sector de la población. La muerte es un proceso natural en todo ser vivo, nadie lo duda; no obstante, la repetición de un hecho, por doloroso que resulte, tiende a ser costumbre, y el riesgo es ya no poseer sentimientos. Quienes mayor peligro corren ante la insensibilidad de la muerte de los seres queridos y la gente que les rodea, son los niños, los adolescentes y los jóvenes. Probablemente, dentro de algunos años, acostumbrados al fallecimiento sorpresivo e inesperado de parientes, amigos, colegas, vecinos y compañeros, la niñez, la adolescencia y la juventud de hoy, reaccionarán con frialdad e indiferencia. De ser así, sus hijos, los de la siguiente generación, serán personas carentes de sentimientos, incapaces de asombrarse, programadas en serie e imposibilitadas para expresar amor y rasgos nobles. Nos estamos acostumbrando a la muerte inesperada, a la violencia, a la carencia de sentimientos. Y eso, hay que admitirlo, es habituarse a estar muertos.

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Aquí estoy, dijo la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Aquí estoy, en ti y en ellos, en las espigas y en los helechos, en las tempestades y en las olas, en los granos de arena y en las piedras que esculpen los ríos y el viento- gritó la vida y añadió-: Si estoy presente aquí y allá, en un paraje y en otro, ¿por qué insistes en caminar y acampar donde el agua se ha estancado y refleja, en sus pútridas condiciones, miradas tristes, ausencia de sonrisas, abundancia de egoísmo y maldad, rostros enojados y manos que arrebatan? Hunde tus pies en el barro, abraza un árbol, sumérgete en las profundidades de tu ser, entre mis murmullos y silencios, hasta que formes parte del todo, con tu identidad, y sientas mi palpitar inagotable y percibas el aliento y las voces de la creación. Soy luz y sombra, aurora y ocaso, y tú tienes libertad, derecho y responsabilidad de elegir una de las dos sendas. En una, la más compleja, descubrirás, al final de la caminata, que abundan los tesoros infinitos, mientras la otra, la de apariencia sencilla, te invitará, al concluir la jornada, a colocarte grilletes en tus tobillos y permanecer atrapado, en constante asfixia y llanto, dentro de sus mazmorras tristes y lóbregas. No te detengas. Ningún abismo es capaz de someter y desafiar al caminante si éste, sensible e inteligente, enfrenta retos, destruye muros y construye puentes, ayuda y da la mano a otros, suma y multiplica el bien, vive y sueña, ama y entrega lo mejor de sí a los demás. La muerte terrena es natural. Alguna mañana o tarde, o cierta noche o madrugada, llega puntual y de frente, toca a la puerta y entra sin invitación. No le temas si tu biografía ha sido de bien. Sabe que me encantan las historias de la gente que, en el mundo, dedicó los años de su existencia al amor, la verdad, el bien, la justicia, la honestidad, los valores y el servicio a los demás. Aquí estaré, contigo, en espera de que algún día me relates tu historia, desde el cunero hasta antes de llegar al sepulcro, para así regalarte la entrada a mi casa palaciega o, al contrario, lamentar la crónica de tu viaje por el mundo, despedirte y cerrar la puerta ante tu partida.

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Si un día no estás conmigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si un día no estás conmigo, acaso porque tuviste que partir a rutas distantes, mi prosa poética sentirá tu ausencia y sus letras, signos y palabras marchitarán, igual que las hojas que despiadadamente arranca el viento otoñal y dispersa en el bosque, en las calzadas de los parques y en el boulevard. Si alguna vez, por cierto motivo, partes de mi lado, volveré una tarde y muchas más a la banca de piedra, junto a la fuente, donde solíamos admirar la pinacoteca celeste, mecernos en la luna sonriente y contabilizar luceros. Si en cierta fecha indefinida, renuncias a mí simplemente porque te cansé o por no ser iguales, te extrañaré tanto que no dudo que a partir de entonces comenzaré a morir. Si una mañana o una tarde, una noche o una madrugada, me dejas, atrapado en la soledad y los recuerdos, pienso que al asomar al espejo, un tanto irreconocible y desmejorado, te identificaré en mí porque un amor como el nuestro no se desvanece ni muere con una despedida. Si en determinado momento, corres al tren y subes a uno de sus furgones, rumbo a un destino incierto, trataré de alcanzarte, y si en el camino mis fuerzas desfallecen, sentiré consuelo al voltear atrás y recordar los días y los años de nuestra historia. Si un día te encuentras en otro sitio, lejos de mí, te aseguro que construiré puentes y escalinatas con la intención de cruzar los abismos que separan al mundo del paraíso, transitar de la arcilla a la esencia, y reencontrarte en un jardín matizado de colores mágicos y envuelto en la delicia del perfume de los ángeles. Si un día no estás conmigo, te buscaré en mi alma, en mi memoria, en mis sentimientos, en mis ideales, en mis sueños, en mis pensamientos, en las huellas que dejamos.

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Dios lo ha notado

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dios lo ha notado. No puedo engañarlo. Sabe que durante las noches, cuando finge dormir, hurto sus pinceles con la idea de reproducir en tu jardín algunas de las flores de su paraíso, a las que impregno muchas de sus fragancias. Sospecha, y bien lo sabe, que con sus letras construyo poemarios, palabras que cautivan y llegan a los sentidos por venir del cielo. Los escribo para ti. Sonríe cuando me mira en la buhardilla, entre partituras y el violín, y escucha el concierto que me inspiras y tiene un tanto de rumores y silencios, murmullos y sigilos, como las voces de las almas enamoradas y la lluvia, la ópera del mar y la sinfonía del bosque y el viento, parecidos a ti y a mí cuando eres yo y soy tú. Dios lo sabe. Es imposible mentirle. No desconoce que me fascina tu mirada de espejo, pero también tus pestañas y tus manos, y que a hurtadillas escucho el lenguaje de tu ser. Dios aparenta ciertos descuidos, algunos olvidos, y deja, aquí y allá, innumerables letras y signos, el abecedario con que escribo mi confesión de amor. Revisa mis libretas cuando hago un paréntesis y tomo un descanso, y ríe paternal, como quien consiente las andanzas y travesuras de sus hijos. Dios me descubrió. Entiende que necesito minutos y horas, días y años, aquí, en el mundo, para darte lo mejor de mí, con la locura de este amor, y que más tarde volveré con la intención de solicitarle me obsequie los secretos de la eternidad que deseo compartir a tu lado, tú en mí y yo en ti. Dios lo ha notado. No puedo mentirle.

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No tienen precio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La originalidad, el talento, la inspiración y la creatividad, en el arte, no tienen precio. Las obras genuinas no son creadas en serie para exhibirlas en anaqueles de mercados y tiendas. No se trata de alimentos envueltos en bolsas y empaques de celofán para satisfacer ansiedades, deseos y apetitos de individuos golosos. No se dedica a personas insensibles y burdas. La ciencia, en tanto, cuando es pura, sirve a la humanidad, le ayuda a escalar dentro de su proceso de evolución, a pesar de ser ambivalente y servir, indistintamente, al bien y al mal. No pertenecen, ambos, a ninguna élite ni son propiedad de páginas de internet, redes sociales, grupos o personajes, a menos que los artistas y científicos lo aprueben y permitan, sean mercenarios, cedan los derechos y las patentes o les arrebaten sus creaciones y fórmulas. La sensibilidad y la inteligencia no las compra ninguna fortuna. El artista y el científico tienen que obtener recursos que les permitan vivir dignamente, motivo por el que es válido que comercialicen, justamente, sus obras, descubrimientos e invenciones. Cada artista registra legalmente sus creaciones, como patentan, en su caso, los científicos, sus descubrimientos, fórmulas e inventos. Los artistas y científicos dedican los días de sus existencias a su misión, a ese delirio que les acompaña día y noche, aunque equivalga a no comer ni dormir, quizá por acercar a hombres y mujeres la luz que alumbra el sendero y la ruta a destinos sublimes y grandiosos. Como artista y escritor, registro legalmente todas mis obras, pequeñas y grandes, y solo yo decidiré a quienes heredaré los derechos de las mismas. Las difundo y comparto al público que hace favor de leerlas, pero los derechos legales me pertenecen. Ninguna página ni red social pueden apropiarse de mis obras. Y lo mismo pienso de los demás artistas y también de los científicos. Siempre defenderé el derecho que tenemos de ser autores, hombres y mujeres dedicados libremente a la creación, a la sensibilidad, a la observación. Es un deleite crear letras, palabras, historias, textos, y compartirlos con el público. Las páginas de internet y las redes sociales son eso, medios e instrumentos de gran valor para difundir nuestras obras, como otros usuarios publican sus mensajes y fotografías. Es importante el respaldo tecnológico que ofrecen para llegar a tantas personas, lo cual valora uno, y es muy diferente reconocer sus magníficas funciones que ceder derechos. Al cabo de los años, las obras artísticas y los descubrimientos y las fórmulas científicas son del dominio global y se vuelven patrimonio de la humanidad. Es un orgullo y un privilegio aportar al arte.

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Nosotros, los de aquellos días

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Apenas fue ayer. Nosotros, los de aquellos días, reíamos sanamente, encontrábamos diversión hasta en lo de apariencia más insignificante. Éramos felices sin tantos programas burdos y enajenantes de televisión, y los locutores, en las estaciones radiofónicas, no faltaban al respeto ni hablaban estupideces. Los bufones y los majaderos eran para las carpas y los burdeles. No pensábamos tanto en beber líquidos alterados ni en comer alimentos procesados, envasados en capacidades para glotones y personas sin dominio de sí, totalmente consumistas y dedicadas a saciar apetitos primarios, quizá porque en nuestras mesas todo era nutritivo y preparado en casa con amor, dedicación e higiene. Nosotros, los de aquellos tiempos, escribíamos cartas y esperábamos las respuestas con esperanza e ilusión, y cuánta alegría sentíamos al escuchar el silbato del cartero, recibir los sobres y abrirlos, algunas veces con fragancias distantes que acercaban a las almas. Nosotros, los de entonces, reíamos y llorábamos de verdad, y nuestros sueños e ilusiones pudieron ser inocentes, fantasiosos e ingenuos, pero jamás mal intencionados. Probamos la dulzura y el rigor de nuestros padres y de los maestros, a quienes siempre agradecimos la educación que nos dieron. Un castigo ejemplar y merecido no era motivo para escandalizar ni demandar. Apenas fue ayer. No ha transcurrido demasiado tiempo. Hay algunas generaciones, antes que las nuestras, todos ellos de ancianos respetables y entristecidos, que están partiendo, en tantos casos con el doloroso recuerdo del desprecio y abandono de la gente que siempre consideraron una bendición y un tesoro, y por la que dieron lo mejor de sí cuando tuvieron energía y vitalidad. En cuanto se marchen, seguiremos nosotros, los de la estación veraniega, los cercanos al otoño, en una fila inmensa que enseña el sentido de la vida y el significado de la muerte. Nosotros, los que inventábamos nuestros juegos sin recurrir a pantallas que idiotizan y roban la salud, la imaginación, los sentimientos, la inteligencia, los sueños, la creatividad, las ilusiones y la vida, éramos demasiado felices con lo que teníamos, y eso no significaba que fuéramos conformistas o mediocres. No renunciábamos a lo más hermoso de la vida a cambio de algo superficial que podría encadenarnos. Agradecíamos, al despertar, el amanecer que asomaba por nuestras ventanas y pintaba los jardines de matices paradisíacos, y no olvidábamos dar gracias, en la noche, por todo lo bueno y maravilloso del día que se consumía. Respetábamos a la gente mayor. Nosotros, los del otro día, crecimos y maduramos sin causar daño, simplemente con la idea de amar a nuestras familias, disfrutar los momentos existenciales y protagonizar una historia bonita e inolvidable. Tuvimos la dicha de que ellos, nuestros padres y madres, nos escucharan con atención e interés, sin la distracción de un aparato dedicado a enviar y recibir mensajes, incontables ocasiones carentes de sentido. Usábamos el lenguaje correctamente y solo los majaderos lo empleaban para lastimar a la gente. Nosotros, los de apenas ayer, conocimos a las damas y a los caballeros y los conceptos de Dios, familia, bien, verdad, amor, hogar, alma y valores. Nosotros, a los que algunos, por su edad o sus intereses, les estorbamos y pretenden, por lo mismo, exterminarnos como lo han hecho con los ancianos, pertenecemos a la última generación que conoció la belleza y dulzura de un hogar y una familia, la magia de dar lo mejor de sí a los demás, la bendición de derramar el bien desde la profundidad y el silencio de nuestras almas. No apaguen las flamas de nuestras antorchas. No somos jóvenes ni viejos. Nosotros, los de un antaño tan cercano, podemos relatarles historias, compartirles lecciones, transmitirles experiencia, regalarles parte del tiempo que escapa. Nosotros, los de apenas ayer, poseemos mucho para contribuir a la reconstrucción humana y del mundo. Nosotros, los de aquellos días.

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