Esta mañana, al recolectar las flores que te regalo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Desconozco la hora en que Dios aplicó matices y fragancias en los tulipanes, las rosas y las orquídeas que recolecto para ti esta mañana; pero creo que hace rato pasó por aquí con su morral de artista y su caballete, porque encontré uno de sus pinceles y huele a cielo, a eternidad, a paraíso. No sé si fue Dios quien dejó, junto a los rosales, entre los abetos y la fuente, una libreta con anotaciones y poemas, idénticos a los que te escribo, quizá para recordarme que es autor de las letras y la música, del amor y la dicha, de la esencia y la arcilla, y que solo hay que internarse en uno, en la ruta interior, para coincidir con sus tesoros. Ignoro a qué hora inicia el milagro de la vida -si acaso existe el tiempo-; sin embargo, empiezo a sospechar que el pintor de estrellas es el mismo que prende los faroles de la existencia y dicta a mis oídos y manos las palabras que, a una hora y otra, escribo para ti. Esta mañana, al reunir tus flores en una canasta, descubrí un listón de colores mágicos y sutiles, parecidos a los de la inmortalidad, que me enseñaron que la vida, el amor y la felicidad son una gama, una escala que hay que saber combinar para descubrir la senda a uno mismo y, en nuestro caso, hacer de ti y de mí un yo y un tú libres, plenos e inseparables. Temprano, al mirar las gotas del rocío deslizar sobre la textura de los pétalos, me pareció sentir la presencia de Dios, escuchar sus susurros, compartir sus letras, percibir tu aliento y saberte mucho de mí y yo tanto de ti, porque eso es, en el amor, el gran secreto, y hoy lo aprendí.

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¿Estamos preparados?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He mirado a aquellos que una mañana, una tarde o una noche lloran tristes y desconsolados ante un ataúd, acaso por el amor y la nostalgia que experimentan al reconocer y sentir la ausencia de quienes han partido a otras fronteras; pero también he observado, a hurtadillas y con pesar, a los que derraman lágrimas y se sienten rasgados por el dolor que proviene del arrepentimiento, la indiferencia, el rencor, el olvido y los remordimientos, con un “te amo”, “perdóname”, “gracias por todo”, que no fue pronunciado con oportunidad por la ceguera de la altivez, los sentimientos negativos, el descuido y la superficialidad. Los primeros, alivian su dolor y tristeza porque se sienten libres de los barrotes y las celdas que imponen el odio, el rechazo y el remordimiento. Los segundos, en tanto, aunque lo rehúsen, permanecen encadenados a su incapacidad de no haber demostrado amor, interés, respeto y atención a los que transitaron a otros planos. Me pregunto, ¿estamos preparados, espiritual y mentalmente, para despedir a quienes de improviso pasan por la transición, con el dulce recuerdo de las luces y sombras compartidas, o seremos iguales a aquellos que, al morir alguien, miran con congoja que forman parte de grilletes que los encadenarán y martirizarán toda la vida? ¿Somos de los que regalamos detalles a la gente, cuando vive, o de aquellos que movidos por el desconsuelo y el arrepentimiento llevan flores que se marchitan en el olvido y la frialdad de un sepulcro?

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El arte… el arte abre las otras puertas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El bolígrafo que desliza suavemente sobre las hojas de papel, es el pincel que traza y pinta colores y formas en el lienzo, el arco que acaricia las cuerdas del violín, el martillo y el cincel que esculpen la piedra yerta. En cada movimiento percibo rasgos similares, algo que es tan propio de los artistas y sus obras. Existe, parece, una correspondencia sutil en el arte, como si cada expresión -las letras, la pintura, la música y otras- perteneciera al mismo linaje, a una casa solariega, a una hermandad luminosa e infinita que emula los amores y las pasiones de Dios. Entiendo que el arte no es del mundo, pero lo envuelve al provenir de cielos inmortales que están en uno y en todo. Es para los humanos, a quienes presenta, sintetiza y asimila la creación, la vida, las ilusiones, los sueños y las realidades. Son burbujas que exploran y regalan lo que los sentidos materiales no captan. Enseñan a la humanidad lo que a veces, por sus distracciones, no mira ni escucha. Al dibujar letras y palabras con el lápiz o el bolígrafo, o al oprimir teclas para registrarlas en una pantalla, en un aparato, el escritor es el pintor que crea algún cuadro y el músico que cubre el ambiente con los rumores y silencios de un paraíso mágico. El arte es un mundo infinito, rico e inacabable. Creo que al formar el mundo, Dios hizo incontables paréntesis y dejó espacios, trozos ausentes de sonidos y matices, listas con faltantes, para que sus discípulos, los artistas, los completemos con los materiales que cargamos desde tierras lejanas y tiempos distantes. Dejó palabras incompletas, paisajes a medios tonos, silencios y piedras informes con el objetivo de que los escritores y poetas, inspirados, regalemos las historias y los versos más cautivantes, los pintores obsequien colores, los músicos repartan conciertos supremos y los escultores ofrezcan formas cautivantes. Nadie debe apagar las voces de los escritores y poetas, borrar la policromía y los trazos de los pintores, callar el lenguaje de los instrumentos musicales y destruir las formas cinceladas y fundidas, porque equivaldría, en consecuencia, a derrumbar la entrada a otros recintos, a profundidades hasta ahora insondables, donde se encuentran vetas, tesoros grandiosos, secretos y la fórmula de la inmortalidad. Hay quienes denigran, escupen y encadenan al arte porque saben que tiene alas y luz, y transporta, por lo mismo, a la libertad, a la plenitud. Otros, en tanto, con capacidad y talento de artistas, se transforman y solo aparecen cuando hay butacas ocupadas, reflectores y cámaras, como si las obras fueran mercancía fabricada en serie. El arte es superior porque viene del alma, del ser, y emula el poder de la creación, retrata el sí y el no de la vida, explica lo que casi nadie entendería de otra manera, y acerca, definitivamente, a paraísos, mundos e infiernos, como para que todos conozcan cada sitio y elijan la esencia y las flores o los cardos. El arte es clave, signo, llave. Abre las puertas del alma, del cielo, del mundo.

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Una de esas noches

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una de esas noches, cuando Dios pintaba el mundo, rasgó el cielo con la espátula, de donde sustrajo estrellas, luceros que colgó aquí y allá, igual que el poeta que escribe versos en las páginas de su libreta y los dispersa para deleite de los enamorados y soñadores. Una de esas noches, parece, por la misma hendidura escaparon algunas notas musicales que se mezclaron con el lenguaje de la vida, con los sonidos de la creación, con las pausas del infinito y la temporalidad, con los rumores y los sigilos terrenos, y aparecieron, entonces, las melodías, los conciertos, los susurros que se perciben en el interior -en el alma, en los sentimientos- y afuera, en la lluvia, en los ríos, en las olas, en el viento. Una de esas noches, cuando el mural parecía réplica del paraíso, brotó una corriente sutil que fluyó por todas las rutas del mundo y repartió, como ahora, pedazos de vida. Una de esas noches, cuando el artista pintaba inspirado, un ángel, otro y muchos más asomaron por la misma rendija y se introdujeron en los seres que poblaron el mundo, y así, entre un suspiro y otro, la arcilla fue animada por la esencia, y desde entonces los sentimientos y la razón se volvieron compañeros inseparables. Una de esas noches, al retocar Dios los escenarios terrestres y planear la creación de incontables planos, tuvo la idea de colocar en un sitio y en otros tantos, a los artistas -escritores, músicos, pintores, poetas, escultores- con la idea de legarles el privilegio de adornar e iluminar el mundo. Una de esas noches, Dios y sus artistas derramaron matices, fragancias y sabores en la tierra, en los frutos, en los paisajes. Una de esas noches, Dios abrió los portones de su casa, la entrada a sus recintos palaciegos, el ingreso a su hogar prodigioso, y quedaron en uno y en todos la esperanza y la ilusión de la inmortalidad. Una de esas noches, tú, yo, nosotros, ustedes, ellos, todos, ya estábamos concebidos en las notas y en los versos de Dios.

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¿Qué somos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué somos? ¿Acaso un sueño del que rehusamos despertar, a pesar de los fantasmas y las pesadillas que suelen aparecer a hurtadillas y desvanecerse en nuestras correrías? ¿Qué somos? ¿Seremos pedazos rotos que Dios abandonó, desilusionado, una tarde desolada y febril? ¿Qué somos? ¿Quizá poemas maltrechos e incompletos, palabras deshilachadas que algún poeta olvidó en su libreta de apuntes? ¿Qué somos? ¿Eco de otros tiempos, reflejo de mundos paralelos, trozos de paraísos olvidados, piezas incompletas de vergeles perdidos? ¿Qué somos? ¿Alegría, tristeza, anhelo, ilusión? ¿Qué somos? ¿Hombres, mujeres, caricaturas de personas, minúsculas, mayúsculas, el rostro que aparece en el cunero, el semblante que reposa inerte en el ataúd, la cara que refleja el espejo? ¿Qué somos? ¿Primavera?, ¿verano?, ¿otoño?, ¿invierno? ¿Qué somos? ¿Aire?, ¿fuego?, ¿agua?, ¿tierra?, ¿o simplemente brisa, nube, cascada? ¿Qué somos? ¿Marionetas, títeres, muñecos de trapo? ¿Qué somos? ¿Proyecto, realidad, experimento, fantasía, invento, verdad, mentira? ¿Qué somos? ¿Arcilla condenada a morir ante una temporalidad inevitable? ¿Barro carente de porvenir? ¿Esencia, luz, alma inmortal? ¿Lucero sin final? ¿Qué somos? ¿Algo maravilloso e inolvidable? ¿Qué somos? ¿Mariposas de alas frágiles, colibríes suspendidos en el aire, libélulas, ángeles? ¿Qué somos? ¿Sol, luna, estrella? ¿Qué somos? ¿Cielo, mundo, infierno? ¿Qué somos? ¿Un suspiro accidental de Dios o uno de sus apellidos y parte de su linaje? ¿Qué somos? ¿Alguien escucha los murmullos y sigilos que provienen de su interior, el lenguaje de su ser, los rumores y silencios de su alma? ¿Qué somos?

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Unos y otros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay quienes arrebatan, destruyen y dejan a su paso trozos de sí, pedazos irreparables, desaliento y tristeza, dolor y sufrimiento, hasta convertirse en hombres y mujeres acaudalados y, paradójicamente, incompletos, desfigurados, rotos, desolados. Creyéndose dueños del navío, la brújula y el timón, una noche de tormenta, naufragan y llegan desgarrados a alguna orilla incierta. Existen otros, en cambio, que entregan lo mejor de sí y dispersan alegría, amor, bien, justicia, enseñanza, comprensión, libertad, apoyo, sentimientos, dignidad y ayuda a su alrededor, a los que más lo necesitan, y dejan trozos de sí que alumbran y dan esperanza, fe y luz. Se vuelven seres humanos completos, inolvidables y ricos, muy afortunados, tanto que no necesitan la opulencia atesorada egoístamente. Saben que el dinero, cuando se destina a causas nobles, fluye naturalmente, se multiplica y da vida. El hombre y la mujer de sentimientos nobles, reconocen que el dinero es igual al estiércol que, bien disperso en las tierras de cultivo, las abona y fertiliza, hasta producir frutos que multiplican sus colores, fragancias y sabores; al contrario, al acumularlo egoístamente, se pudre y su hediondez lastima, hiere, intoxica, mata. Aquellos que ambicionan los bienes de los demás y causan daño con el objetivo acumular placeres, riqueza material y poder, ya están muertos, son infelices y se disponen a llevar su carga pesada en carrozas fúnebres, entre laberintos, encrucijadas y caminos abruptos e interminables; los que dan de sí y derraman amor, bien, ayuda y lo mejor de la vida sin esperar recompensas a cambio, descubren, adelante, la existencia de puentes que salvan de caer a los abismos y conducen a portones y rutas insospechadas. Unos y otros, de acuerdo con su evolución, con el equilibrio entre la esencia y la arcilla o en medio de su ceguera, descontrol y locura, eligen la ruta, el destino, la vida o la muerte.

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Con las flores y las gotas que recolecto en mi mochila y en mi canasto de artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La flor que una mañana, en su cielo, Dios pintó con los matices de su paleta de artista y perfumó antes de plantarla y regar sus hojas, sus raíces y su tallo, asoma un día cualquiera, en el jardín, a la hora que recolecto gladiolas, orquídeas, tulipanes y rosas en mi canasta de escritor, en mi mochila de poeta, con la idea de armar letras con los pétalos y formar palabras dulces. Así es como fabrico los poemas que un minuto y otros más, en cierta fecha -hoy y siempre-, me inspiras. La corriente que serpentea el paisaje abrupto y refleja el cielo y las frondas de los árboles, hasta navegar tonos azulados y verdosos sobre su piel de agua, me regala sus faenas y sus pausas, sus murmullos y sus sigilos, en un acto de correspondencia con la vida, con la naturaleza, para que mis poemas, al entregártelos, te salpiquen gotas diáfanas y comprendas y descubras que el amor se siente y que existen otros paraísos en uno. El viento que sopla y llega de rincones lejanos, de mundos insospechados, lleva consigo, en sus alas etéreas, incontables mensajes, los que te escribo cada momento, cuando pienso en ti y te siento en mí. Los colores de primavera, los perfumes de verano, la música del otoño y los rumores y silencios del invierno, se presentan en mi tintero, en mi libreta de apuntes, en mi pentagrama, en mi lienzo, con el objetivo de fundirse y acompañarme durante mis horas de creación, los instantes de magia e inspiración, cuando la locura de este amor se apodera de mí y escribo para ti. Salto las cercas del paraíso, frente a la casa de Dios, y desprendo pedazos de cielo, ecos y reflejos del infinito, con la intención de que sepas, al recibirlos, que existen un lugar y una inmortalidad para nosotros -los de ayer, los de entonces, los de hoy, los de mañana, los de siempre-, con un tú y un yo muy nuestros.

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La otra noche, no recuerdo cuál

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La otra noche -no recuerdo cuál-, la muerte asomó a mi ventana y tocó a la puerta. Preguntó por mí, sonriente e incauta. Ya la conocía de otras jornadas pasadas, cuando morí una madrugada y regresé a la vida, a una hora ya distante de mi primavera. Ambos nos miramos de frente, silenciosos, como quien coincide en una estación desolada y vieja y se reconoce después de tantos años de ausencia. Adivinó mis pensamientos, acaso por la expresión que mostré, y se anticipó a mis palabras e interrogantes: “solo se trata de una visita de cortesía. Quiero que no te olvides de mí. A veces, la gente, por enamorarse de las cosas del mundo, olvida que los días de la existencia concluyen a una hora exacta y no viven las historias que les corresponden. Evaden el tema. Y aquí estoy ahora, frente a ti, sencillamente con la idea de recordarte que algún día, a cierta hora, tu caminata mundana concluirá. Incontables seres humanos salvan de morir, tienen otras oportunidades para vivir mayor cantidad de años y no las aprovechan La mayoría de ellos dejan asuntos pendientes, Pretenden amar, agradecer, perdonar, cumplir promesas fallidas, visitar a la familia y a los amigos despreciados y olvidados, pedir disculpas, reconciliarse y hacer el bien durante los últimos minutos de sus existencias, en el lecho de agonía, cuando es imposible reconstruir los días, las oportunidades y los años que se fueron. No dispongo de tiempo para detenerme en cada morada para que mis tripulantes se reconcilien consigo, con la vida, con la gente, con el mundo. Eso debieron hacerlo antes. Era su obligación y responsabilidad. No pierdo los instantes en sentimentalismos. En consecuencia, si anhelas, en verdad, hacer de tu biografía una obra cautivante, magistral, inolvidable, hermosa, sublime y maravillosa, inicia ahora tu reconstrucción, comienza a vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenamente, y derrama el bien, la verdad y la justicia en tu sendero para que a tu paso crezcan flores y no abrojos. Cuelga faroles en el cielo y nunca apagues el brillo de las estrellas. Deja huellas indelebles. Busca a los que alguna vez ofendiste y compensa con mayor bien el daño que causaste. Habla con los que en un momento y muchos más abandonaste cuando más te necesitaban, y si ya no están presentes, ayuda a otros que se encuentren en similares o peores condiciones. No permitas que huya la mañana sin agradecer la vida, la salud y el bienestar que recibes, y derrámalo para bienaventuranza de los demás. No arrebates ni olvides a los que sufren. Encárgate de que ningún pequeño manche su infancia con los tintes de los abusos y el mal. Lucha contra el mal, la ignorancia, la deshonestidad, la injusticia y la superficialidad. Sé tu propio maestro y crea en ti una obra especial y grandiosa. Yo, la muerte, te invito a que vivas. La vida es breve. El momento de cambiar y transformar es hoy. Descubre los valores que hay en ti, en tu ser, y exprésalos plenamente, ahora que tienes vida y salud. Si quieres transitar a otros planos, a niveles infinitos y superiores a los del mundo, aprende a vivir y a morir dignamente, feliz, satisfecho de cumplir”. Y la muerte se fue la otra noche -no recuerdo cuál-, sonriente y plena.

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Con las hojas del otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para los que en otoño se quedan sin un amor

Con las hojas del otoño, el amor partió y abandonó, en la estación, los pedazos de una historia. Con el viento que sopla y recuerda los ciclos de la vida, el amor sintió desfallecer, cayó al suelo y se disolvió. Con los rumores del aire, solo quedaron hojas secas y quebradizas, dispersas en las calles, en los parques y en los sitios donde jugábamos al amor y a la vida. Cubren hasta las antiguas vías del ferrocarril que reposan sobre durmientes de madera carcomida, en el olvido, como lo que es tan viejo y duerme ya en espera del minuto postrero. Con las hojas del otoño, descubro una alfombra amarilla, dorada, naranja y rojiza; pero no encuentro el color de tu mirada ni el perfil de tu rostro. Camino desolado, triste, reflexivo, con un canasto pletórico de recuerdos que escapan mientras ando sobre las hojas que crujen al sentir dolor a mi paso, igual que yo lo experimento ante el tránsito de los minutos y las horas sin un tú y un yo que creí indisoluble. Hay ausencias que duelen, lastiman, hieren. Y tú, al marcharte, te llevas algo de mí, sí, mi vida, mis sueños, mi alegría, mis ilusiones. Sin darte cuenta, en tu equipaje van pedazos míos, fragmentos que necesito rescatar y unir para no sentirme incompleto y evitar mi terrible agonía. De toda aquella primavera y del verano que le siguió, el otoño arrugado apareció entre nubes plomadas de las lluvias agonizantes y otras rasgadas por su aliento, sin nada más que ofrecer que un espectáculo de tardes solitarias y cubiertas de matices que acentúan mi soledad. Con las hojas de otoño que antes eran nuestro poema y con las que jugábamos al desplomarse la mañana, empiezo a conocer y probar el sabor de la muerte. Los recuerdos sirven, a veces, para recrear otros rostros y días consumidos y dispersos en el ayer, con lo que fuimos, y, en ocasiones, al contrario, provocan cicatrices que no cierran. Busco tu rostro entre los pasajeros y no te encuentro. Todos son hojas, flores y plantas que abordan los furgones a destinos inciertos, lejos del otoño, temerosos de arrugarse y envejecer. Me faltan tus ocurrencias, tus alegrías y tus tristezas, y hasta tus enojos. Un día cualquiera, la gente despierta, regresa de sus sueños, y se dispone a continuar su historia existencial, quizá sin sospechar que a cierta hora sufrirá la ausencia de un amor. Una noche lejana de mi vida, miré entre la multitud a una niña con cara de ángel y ojos y pestañas de muñeca, y una voz interna me ordenó que la buscara y le hablara porque juntos tejeríamos una vida, una historia, una eternidad; y otro día la vi partir a rutas que ignoro. Desprovisto de mí, cargado de recuerdos y con faltantes en mi cuenta, en lo que soy, en lo que me he forjado, espero el siguiente tren en la vieja estación, desolada y fría, con la idea de buscarla aquí y allá, en este tiempo y en otras horas, tal vez ambos en otra versión y con la extraña e inexplicable sensación de que ya antes habríamos protagonizado una historia, capítulos épicos que quedaron incompletos, como yo, al descubrirme tan solo. Pienso que siempre, con cada amanecer, en cualquier plano, hay una oportunidad para abrir la ventana. El amor, como las hojas doradas y secas, murió en el otoño, con un tú y un yo extintos, en espera, probablemente, de llegar a otra estación y mirar nuevamente las tonalidades de las flores y percibir sus fragancias de mágico encanto.

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