Los días que se fueron

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los días que se fueron son, quizá, las flores minúsculas que no miramos en el jardín y se marchitaron, a pesar de sus fragancias, policromía y textura, al mediodía o al atardecer de nuestras existencias, o tal vez el riachuelo cristalino que pasó ante nosotros, cuando éramos tan felices sin saberlo, y no probamos la delicia de su agua cristalina por creer que no padeceríamos sed durante la jornada y que el manantial no se secaría. Los días que se fueron, ya no volverán a nosotros, porque no existen, son intangibles, y acaso se diluyeron, igual que los abrazos y las caricias del sol que no se disfrutaron, y seguramente sus fragmentos naufragan en la memoria como últimos sobrevivientes de un barco que se hundió. Los días que se fueron, dejaron marcas indelebles, heridas, señales de sus pisadas, en nuestros rostros y manos, probablemente con la idea de patentarnos antes de la llegada de la muerte con su lista de inventario en una mano y su bolígrafo negro en la otra. Los días que se fueron, cuando éramos tan felices sin sospecharlo, son ayer irrepetible, y quedaron, en consecuencia, en una estación distante, con otros nombres y rostros, entre ráfagas de viento y sombras de la noche. Los días que se fueron, anticipan, sigilosamente, que perderemos los actuales -dichosos o infelices-, porque todos -humanos, vegetales, animales y cuanto existe en el mundo- somos pasajeros que alguna vez -en la mañana, al atardecer, en la noche, en la madrugada- tendremos que descender en alguna estación, solos, sin acompañantes, con el equipaje de lo bueno y lo malo que hicimos. Los días que se fueron, no heredaron pinturas ni retratos porque no son emotivos y sí, en cambio, parecen indiferentes al aprovechamiento o despilfarro de sus momentos y horas. Los días que se fueron, no se repetirán porque el tiempo solo es una herramienta, un medio que lo seres humanos utilizan para calcular y registrar su estancia en el mundo y organizar sus vidas y sus tareas. Los días que se fueron motivan, a veces, a interrogar si el tiempo es real o, sencillamente, una caricatura. Los días que se fueron plantean si en verdad existe el tiempo, si es una medida humana o si nosotros, mujeres y hombres, simplemente envejecemos por procesos naturales, morimos y culpamos a la acumulación de las horas, cuando bien sabemos que la arcilla carece de porvenir. Los días que se fueron, anuncian, a través de su silencio, que no cargan responsabilidades ni culpas por el desaprovechamiento de la vida humana. Los días que se fueron, simplemente representaron trozos de vida, oportunidades de evolución y felicidad que seguramente desdeñamos al inconformarnos por no poseer ni gozar lo que aquí, en el mundo, se ha de quedar. Los días que se fueron, pregonan, calladamente, que sus compañeros, los que están por venir, podrían no tocar a las puertas de muchos y, por lo mismo, significar la caducidad. Los días que se fueron, no saludaron ni preguntaron si uno fue dichoso o infeliz. Los días que se fueron, jamás volverán a nosotros ni devolverán los pedazos que nos arrancaron, quizá sin darnos cuenta, o que, descuidados, abandonamos durante la caminata, con la amenaza del minuto presente que marchará pronto, entre un suspiro y otro, al destino de su inexistencia. Los días que se fueron, nadie los oyó cuando gritaron: “¡la vida, no el tiempo, es breve! ¡Vivan, vivan!”

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El encanto de los libros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Duermen las letras y las palabras con los sentimientos, las ideas, los sueños y las realidades, en las páginas de los libros, entre el perfume de la tinta y el papel, en espera de que alguien -tú, yo, nosotros, ustedes, ellos- se atreva a explorarlos y desentrañar sus secretos. Descansan en los estantes de las bibliotecas, los hogares, las librerías y las escuelas, atentos a su cita, a su encuentro impostergable con lectores interesados en el viaje a mundos insospechados del pensamiento. Tras los cristales de las librerías, miran el paso indiferente de hombres y mujeres, acumulados en minúsculas y mayúsculas, distraídos en ambientes que brillan artificialmente, en modas que la tarde próxima serán pasado, en superficialidades que masifican y dejan estulticia y hondos vacíos, entre los que transitan personas que buscan el bien y la verdad en las letras convertidas en arte y conocimiento. Los libros -lo saben bien- regalan trozos de sí a sus lectores, quienes completan sus espacios rotos por la coexistencia en una sociedad en proceso de deshumanización. Los libros son la otra parte de la vida y se encuentran entre el mundo y planos infinitos, en medio de la arcilla y la esencia. Son vida y muerte, alegría y tristeza, luz y sombra, cielo e infierno, todo y nada. Enseñan. Acompañan. Llevan a fronteras y escenarios inimaginables. Jamás traicionan. Son leales. Una casa con libros que se consultan y se estudian constantemente, es un hogar vivo del que innegablemente surgirán mujeres y hombres cultos, amables, refinados, con valores, respetuosos y comprensivos; una vivienda ausente de obras escritas y repleta de bebidas embriagantes, sea residencia o pocilga, habrá sustituido el estante del conocimiento por una cantina, anticipo de existencias burdas y carentes de sentido. Los libros tienen magia. Su encanto consiste en el amor que le tienen a uno, cuando los lee, y sus detalles de construir, gradualmente, una escalera que conduce a los paraísos que se creían perdidos.

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Nuestros detalles

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una sonrisa que se regala un día nebuloso y frío, al amanecer, es un pedazo que uno deja de sí a otro ser humano. Las manos que dan a quienes más lo necesitan, reparten trozos de uno. Las palabras que una tarde desolada o una noche de tempestad son pronunciadas con amor, sinceridad y atención, acompañadas de consejos o de los sigilos, al escuchar, representan ecos que uno, a su paso, entrega a los que sufren, a aquellos que necesitan un consuelo, a quienes les urgen consejos que los animen e impulsen a reencontrarse consigo, a atreverse a vivir. El trabajo productivo, en cualquiera de sus renglones, conserva el palpitar que uno impregna durante una hora y otra. Dar es la palabra mágica, es la llave que abre las puertas del alma y del infinito. Uno, al dar lo mejor de sí a los demás, se pule y va dispersando pedazos de sí, un día y muchos más, aquí y allá, con el prodigio asombroso de que nunca queda vacío; al contrario, la entrega auténtica y desinteresada, crea espacios que se llenan con una mirada de agradecimiento, una sonrisa devuelta, una bendición callada, una vida que se rescata de la mediocridad, la perdición, la enfermedad, el duelo o la muerte. En esa medida, uno se vuelve más hombre y mujer, menos reflector que se enciende artificialmente y se apaga y funde alguna vez. Dar de sí a otros es, parece, emular a Dios en su taller, a la naturaleza incesante, a la vida y a sus estaciones.

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Niños, Adolescentes, Jóvenes: Renata Sofía, la artista*

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es artista. Trae consigo la esencia de la creación, el estilo y la inspiración, la sensibilidad, el amor y la pasión por el arte. Dibuja, pinta y da forma y vida a los materiales yertos.

Escucha la música que tanto le gusta; aunque, en ocasiones, flota en su estudio ese ambiente de rumores y silencios que se percibe en los talleres de los artistas, y hasta a ella se le nota reflexiva, inmersa en sí, entregada a su creación.

Traza figuras y líneas sobre las hojas de papel o en el lienzo, y lo disfruta tanto, que traslada sus esbozos a otras fronteras, a sus sueños, mientras duerme, y a sus mañanas, tardes y noches, entre una hora y otra, porque el artista lleva sus obras en su ser. No renuncia a su arte.

Una vez concluido el dibujo, lo escudriña minuciosamente, lo revisa, lo observa desde diferentes ángulos, y lo perfecciona, si es necesario, hasta que desliza los pinceles, aquí y allá, con la destreza y seguridad de quien se fusiona en su obra, a la que entrega parte de su vida, un trozo de su ser, un semblante de sí, la magia del proceso creativo que emula a Dios y a la naturaleza.

Ella, Renata Sofía, quien a sus 14 de edad ya posee su firma artística que plasma en cada dibujo, pintura y objeto plástico, conserva a su lado, entre libros y papeles de su escuela -la secundaria-, el caballete que su padre mandó fabricar, hace años, a un carpintero, y le regaló un sábado con la idea de estimular su creatividad y talento.

Un día, entre un juego y otro, alguna película y una más, su padre la invitó a pasear y la llevó cargada hasta la carpintería, donde, emocionada, descubrió, a sus tres años de edad, el caballete tan anhelado, el cual, desde entonces, forma parte de sus cosas tan queridas, en su habitación pletórica de muñecas, recuerdos, pinceles, fotografías y libros.

Y los siguientes años de su infancia, supo mezclar los juegos, las tareas, las diversiones, los paseos y el estudio con su pasión innata al arte. Dibujar y pintar son, para ella, prioridad, un gusto, una necesidad, un delirio, la llave que abre la puerta a un cielo infinito.

A los 11 años de edad, por actividades inherentes a la escuela, ya había participado en los teatros de su ciudad natal, a través de las artes escénicas; sin embargo, el dibujo, la pintura y la escultura fluyen en sus arterias, en su linaje, en su alma, en sus sentimientos, en su vida, en sus sueños, en sus ideales y en sus pensamientos.

Su madre y su padre le compran y regalan cuadernos de dibujo, lienzos, pinceles, espátulas, pinturas y materiales con la idea de que prosiga con su trabajo creativo, con sus obras de arte de adolescente.

Renata Sofía, realiza estudios secundarios y aprende Tae Kwon Do, en su país de origen, donde sueña y vive como adolescente, con el anhelo, cada día, de dedicar unas horas al arte, al dibujo, a la pintura, a la plástica.

Sabe que la grandeza consiste en la suma y multiplicación de detalles. Busca soluciones y respuestas favorables a los desafíos, los problemas y las adversidades, y aprovecha la corriente a su favor para crecer y evolucionar. No desconoce que los abismos, barrotes, fantasmas, muros y sombras existen en quienes no se atreven a ser ellos mismos ni a escalar la cumbre para trascender.

El artista es un ser cautivante, prodigioso y especial que conoce la entrada al paraíso y su retorno al mundo, al cual alumbra y guía con su arte que viene de su interior y del cielo sin final. Es un enviado de Dios, una estrella, que anticipa la belleza y los tesoros del infinito. Y Renata Sofía, como artista, promete algo grandioso.

* Niños, Adolescentes, Jóvenes, es una sección de este blog, basada en personajes e historias reales. Es un reconocimiento a las minúsculas que un día serán mayúsculas, a la infancia, a la adolescencia y a la juventud de todo el mundo. Por tratarse de menores de edad, en el texto se omiten apellidos y pueblos, ciudades y naciones de origen.

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Ingenuidad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cansados de sí mismos, entre barrotes que los separan de su interior, muchos hombres y mujeres, en el planeta, anhelan y pretenden salir a las calles no con el propósito de sonreír a otros seres humanos, y menos con la idea de vivir plenamente, sino con el objetivo de consumir y que la gente que conocen -familiares, amigos, vecinos, compañeros- los miren en las tiendas de lujo, en los restaurantes, en los gimnasios, tras gruesos cristales que ahora exhiben a las personas igual que muñecos de aparador, porque lamentablemente aprendieron a ser maniquíes de temporada, con bromas, sentimientos, conversaciones, ideas y acciones desechables, ligeras y de moda, dictados por los dueños del poder a través de la televisión, las redes sociales y otros medios. Incapaces de convivir en familia -esquema ya roto, adulterado y pisoteado-, no pocos seres humanos -en femenino y en masculino-suspiran, en el encierro, por las reuniones en bares y cantinas, en posadas de unas horas, en tertulias interminables y sin sentido, similares a los colores amontonados y a las notas musicales discordantes acaso porque las minúsculas, sus hijos, les cansan, los fastidian, y les parece, en consecuencia, más grato disfrutar la compañía de otras personas que convivir y participar con quienes llevan su sangre. Tan distraídos están, que ni siquiera notan que el mundo, en diversas regiones, avanza hacia el odio racial, el totalitarismo y la violencia, con algunos personajes que se sienten elegidos -los nuevos mesías de la hora contemporánea- y pronostican calamidades globales, informan y prometen soluciones, con el control absoluto de las situaciones, como acontece ahora, tras la puerta y las ventanas, en época del coronavirus creado y dispersado perversamente con cierta intencionalidad. Previo a este mal que la élite poderosa intenta convertir en pandemia con el objetivo de justificar y llevar a cabo sus planes, se les hizo sentir a millones de personas, a nivel internacional, que son basura, escoria de la creación, y así se les ha enseñado a sentir, pensar y actuar. En un lapso breve, les presentaron, uno tras otro, daños ocasionados por el plástico en los océanos, erupciones volcánicas, incendios en el Amazonas y en Australia, deshielo en los polos, contaminación, proximidad de asteroides, animales en peligro de extinción, ruidos extraños en el ambiente y hasta aparición de abejas, y ahora se les domestica y se les prepara para un nuevo orden mundial. Ingenuamente, creí que tras la primera etapa de aislamiento, muchos aprovecharíamos la oportunidad para reencontrarnos con nosotros y nuestras familias, valorar lo que somos y tenemos, diferenciar los sentimientos, los ideales y los pensamientos de las apariencias y las superficialidades y decidir, finalmente, una vida auténtica, libre y plena. Tristemente, al andar por las calles, en los espacios públicos, en los jardines colectivos, en las plazas, descubro que, efectivamente, algunas personas tomaron la decisión de crecer y trascender; pero la mayoría continúa obstinada en sus asuntos baladíes, sus apetitos, su estulticia, su ambición desmedida, su egoísmo, su superficialidad, su ignorancia y su agresividad. Y no se trata de cambiar a la humanidad de acuerdo con las convicciones que uno tiene, sino de despertar, sentir y reaccionar, con transformaciones reales y sustanciales que generen armonía, respeto, tolerancia, libertad, paz, bien, justicia y dignidad. Creí, torpemente, que seríamos hermanos o, al menos, amigables y buenos; pero miro a una colectividad ansiosa de lucirse, consumir y dedicar los días de sus existencias a esas cosas insignificantes, superficiales e intrascendentes que, acumuladas, arrebatan la vida y la opción de ser felices y plenos.

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La ruta que sigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Retiro bloques de piedra y materiales de las fronteras y los muros que encuentro en el camino y los acomodo, pacientemente, con la idea de construir puentes que sorteen abismos profundos, desfiladeros de apariencia insalvable, y que acerquen a parajes bellos y cautivantes, donde los rostros sean orquídeas y helechos amigables y sonrientes. Trato de dejar huellas y señales cuando descubro rutas seguras, con la intención de que otros, los que vienen atrás, las sigan y transiten alegres y confiados, igual que hermanos. Me hace muy feliz convidar mis viandas a los pájaros y a las ardillas que esperan mi paso, a los niños que juegan y a los ancianos que relatan las mismas historias. Intento convencer a otros, a los que me siguen y a los que se quedan, que la dirección más esplendorosa es la que conduce a destinos de amor, bien, verdad, respeto, nobleza de sentimientos, ideales, dignidad, justicia, sueños, ilusiones, actos positivos, armonía, paz y libertad. Reconozco que la existencia plantea que cada ser humano -mujer y hombre- se pruebe y se mida en diferentes circunstancias, para así evolucionar o precipitarse; sin embargo, mi intención es, al paso de los días, construir albergues que enseñen a dar de sí, plantar árboles y sembrar plantas que expresen el milagro de la vida, alumbrar durante las noches más oscuras, regalar amor y sonrisas donde todo parece estéril, marcar el sentido de la felicidad, sepultar el mal y las tristezas que deforman y hieren mortalmente a la gente, volver a ser hermanos y parte de un todo que palpita sin tregua, más allá de distancias, tiempo y rasgos, y se siente en uno, en lo que está en el interior y se encuentra afuera, porque solamente de esa manera es posible abrir la puerta y regresar a la morada, donde fluye una corriente etérea que envuelve en una gasa infinita.

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Herramientas anticuadas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si uno descubre que una persona fabrica o repara algo con herramientas de hace un siglo o mayor antigüedad, de inmediato surge la idea de que su raciocinio es precario, le faltan creatividad e iniciativa, es conformista y mediocre, vive en alguna región aislada de la civilización o definitivamente carece de medios económicos para acceder a equipo y maquinaria acordes a la hora contemporánea. En temas actuales y prácticos, ese hombre o mujer estaría desfasado, fuera de la época, atrapado en una realidad primaria que lo hará incompetente para crecer, desarrollarse, competir, aportar y evolucionar. Y si tal individuo, como todos los de su aldea, ignorara los renglones de la ciencia y la tecnología, y existiera, además, una frontera, un muro, entre él y el conocimiento, y tuviera en sus manos armas poderosas, quizá aportadas por mercenarios a cambio de sus riquezas naturales y minerales, el asombro, la preocupación y el riesgo serían mayores. Por increíble que parezca, amplio porcentaje de seres humanos, pertenecientes a la generación del minuto actual, aún se encuentran en escalas primarias. Su nivel de conciencia, sus mecanismos de aprendizaje, su solidaridad a los demás, sus sistemas de enseñanza, sus sentimientos, sus compromisos y sus responsabilidades, su pensamiento, su educación, su ética y sus conductas se encuentran estancados y tienen más parentesco, según parece, con apetitos, reacciones e impulsos primitivos. Y todos los días somos testigos de la denigración humana en el mundo, en los hogares, en las escuelas, en los centros laborales, en las calles, en los espacios públicos, donde los más fuertes y poderosos aplastan y destruyen a los débiles. La deshumanización no solamente es un barniz que deforma los rostros y los maquilla con falsedad; es un martillo y un cincel que esculpen el perfil de la gente, personas que no aportan y sí, en cambio, tienen capacidad de aniquilar y consumir con voracidad. Hay tanto odio y violencia, como superficialidad, estupidez, egoísmo, apetitos fugaces y ambición desmedida. Millones de hombres y mujeres, en nuestros días, creen que los sentimientos nobles, la verdad, los ideales, la justicia y los valores son modas añejas, basura que estorba para vivir y gozar. Alguien, con pretensiones ambiciosas y perversas de aplicar ciertos planes, de acuerdo con la ley de la gradualidad, les regaló la idea de la inmediatez y la vida carente de sentido y valor. Todo es desechable y ligero, ausente de compromiso y responsabilidad. La mayoría desea flores, pero es incapaz de conocer las hojas y el tallo, y formarse con el conocimiento y la experiencia que dejan las heridas de las espinas. Parecemos, en consecuencia, el salvaje que utiliza herramientas y utensilios de hace mil años y mata a quienes encuentra a su paso, seres humanos, animales o plantas. Hoy, en el tercer milenio de nuestra era, la ciencia y la tecnología ofrecen grandes adelantos que son desproporcionados a los niveles de conciencia, sentimientos, valores, conductas y pensamientos humanos. La televisión es la nodriza de innumerables generaciones. Entró a las casas, se apoderó de los corazones y las mentes, y su plan gradual ha funcionado. Denigra. Se ha encargado de criticar, mofarse y ridiculizar a las familias, el bien, la verdad, los sentimientos y la capacidad de raciocinio, a cambio de difundir, en amplio porcentaje, estupideces, violencia, hipocresía, superficialidades, falsedad y devoción a las formas, a los vicios, a los apetitos, al afán de poseer sin sentido. Se ha dedicado a normalizar el mal, las infidelidades, el odio, la corrupción, los vicios, la mentira. El internet, en tanto, es ambivalente, tiene dos caras; pero la condición humana, tan poco evolucionada, prefiere, en amplio porcentaje, lo burdo y pasajero. Solo hay que salir de viaje, a cualquier hora, por las rutas cibernéticas y las redes sociales para comprobar, una vez más, el nivel evolutivo en que muchos nos encontramos. Algo acontece en los hogares, en la academia, en los centros laborales, en todas partes, que se siente una terrible ausencia de sentimientos nobles, conciencia, madurez, inteligencia, bien, verdad, justicia, ideales, sueños, dignidad, actos grandiosos y libertad. ¿Dónde estamos? ¿Qué hicimos de nosotros? ´¿A qué hora nos perdimos y renunciamos a lo que era tan nuestro? ¿No acaso estamos trabajando con ciencia y tecnología sorprendentes, en un estado de barbarie, con más reacciones negativas que aportaciones positivas? ¿A qué hora ocuparemos el sitio que nos corresponde?

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Una ecuación

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Por causas naturales, con frecuencia hay un dolor al nacer y otro al morir; pero no se trata del anticipo de una existencia infeliz ni de la despedida infausta al abordar el último furgón y abandonar la estación. La vida, en el mundo, es, parece, una ecuación con repetidos e incontables sí y no, multiformes y policromados, que se presentan repentinamente o que la gente, en el lapso de su caminata, propicia, y que, por lo mismo, es preciso equilibrar con la idea de que el resultado sea favorable. Quienes suman y multiplican bien, alegría, amor, sentimientos nobles, conocimiento, justicia, pensamientos positivos, libertad, sueños y detalles, ya se encuentran en un jardín bello, cautivante y supremo, aunque a veces haya espinas; aquellos que, al contrario, son títeres de apetitos, debilidades y maldad, se encontrarán entre cardos y plantas amargas y venenosas, a pesar de que se crean y sientan dueños del paraíso. Hombres y mujeres construyen la historia de sus instantes, minutos, horas, días y años. Esculpen y pintan sus rostros cotidianamente y definen las rutas de su destino. No es que la vida sea injusta. Es que cada uno diseña y construye sus sueños, sus realidades, sus capítulos, sus ascensos, sus tropiezos, sus conquistas, sus fracasos. Al final, cuando desciende el telón de la existencia, cada ser humano descubre si actuó dignamente y con libertad, auténtico y pleno, o si fue marioneta de sus caprichos, egoísmos y fechorías. Cada momento significa la oportunidad de anotar signos en el pentagrama, elementos que formarán parte de una sinfonía magistral y suprema o de un concierto discordante y pobre. Los aplausos o el rechazo, en el teatro, reconocerán o desaprobarán al actor; pero el mayor premio será, indudablemente, la satisfacción de haber probado una vida dedicada al bien, a la búsqueda de la verdad, al cultivo de detalles y sentimientos nobles, al pensamiento positivo, a la justicia, a la libertad plena, al trabajo productivo.

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Llegó noviembre y octubre se marchó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con perfume y cutis de hojarasca, octubre esperó sentado en la banca del jardín, hasta que, somnoliento, escuchó pasos a cierta hora de la madrugada. Noviembre llegó con su equipaje, con sus alegrías y tristezas, con su carga de trotamundos y sus 30 días completos. Igual que las flores marchitas que caen sobre las hojas yertas y el viento dispersa lejos, sin la esperanza ni la posibilidad de recuperarlas, los días de octubre se desvanecieron, como aconteció con los del invierno, la primavera y el verano, en el transcurso del año. Llegó noviembre otoñal, invicto, con la atención para sí, dueño de sus minutos, días y semanas. Se le esperó desde el balcón, la sala, el comedor y el jardín, al lado de la chimenea, en alguna poltrona, en una silla o en el lecho, con la esperanza de recibir algo nuevo y alentador; pero su visita es temporal y se comporta indiferente, como los otros meses que se hospedan silenciosos y se marcharon sin una despedida. Es preámbulo de nieve y frío. Anuncia la cercanía de diciembre, el último furgón del año, con sus nostalgias y esperanzas, con su vida y su muerte. Noviembre es un hoy que abandona ayeres y espera la consumación de mañanas, hasta que sucumbe o escapa. Desmaquilla y aumenta edades. No trae nada mágico ni sublime, parece, ni tampoco regala caras risueñas, porque es idéntico al aire de su tiempo, que todo se lleva, acaso con el mensaje de que cada ser humano debe construir su biografía, protagonizar su historia, sin esperar la visita de un día y otro que, a cierta hora, pueda traer regalos y sorpresas. Sabe que lo grandioso debe venir de cada hombre y mujer y no de las estaciones. El aliento y el lenguaje del otoño son aire que sopla y arranca flores, hojas y ramas. Se lleva los años, la belleza y la vida. Es la presencia pasajera entre la lluvia y la nieve. Tiene murmullos y sigilos, claroscuros, poemas y música. Es otoñal. Pinta rostros de melancolía en aquellos que no actúan ni planean rutas bien definidas hacia sus destinos. Otro día, a determinada hora, permanecerá sentado, al lado de la fuente, en el jardín o en el parque, en espera de diciembre y su invierno, con la carga de un año más y la conexión a uno nuevo, con sus esperanzas e ilusiones. No es el viejo con bastón y prótesis que llega de improviso, toca a la puerta y se hospeda malhumorado; es el personaje del otoño, el mes del viento, la fugacidad del tiempo y la vida. Se le descubre en casa, en todos los rumbos, corredores y pasillos. Le corresponde acompañarnos, a los de la hora presente, a los que aún permanecemos en el mundo, quizá cual enseñanza de que la vida se compone de etapas, ciclos, estaciones pasajeras, y que cada día es un paseo, una oportunidad irrepetible de vida y evolución. Pronto se irá noviembre, igual que como llegó, para no volver más en su versión 2020. Es preciso, en consecuencia, seguir la caminata y aprender el significado del paisaje alfombrado de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento dispersa cuando las voces y las pausas de noviembre se sienten tan próximas.

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El hondo vacío

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El hondo vacío inicia cuando ya no hay detalles ni motivos. Empieza al morir la sonrisa, al aburrir y agotar la caminata, al terminar el día sin intentos ni resultados. Es la muerte que se disfraza de rutina. Se apodera de los sentimientos, las ilusiones, las palabras, los sueños, las acciones y los pensamientos. Encadena a la gente, le hace creer que ya no hay nada y la arroja al precipicio. La tristeza, el miedo, la ambición desmedida, el odio, la estulticia, el resentimiento, la superficialidad, el egoísmo, la crueldad, la injusticia y la maldad socavan a la gente, la descosen y abandonan sus pedazos deshilachados en las calles y en los parques desolados y sucios. El hondo vacío comienza en el instante en que alguien mide su estatura y descubre que no es el ser humano que refleja el espejo y al que los demás aplauden. Principia en el minuto en que se es incapaz de amar y hacer algo grandioso por uno y por los demás. Se presenta cuando el bien y la verdad se someten y convierten en títeres callejeros, en marionetas de carpa, en rehenes encadenados a barrotes cubiertos de herrumbre. El hondo vacío no es algo que llega de improviso y se posesiona de la gente; se trata de un estado espiritual, físico y mental que cada uno fabrica. Las profundidades del ser resultan sorprendentes, grandiosas, interminables y enriquecedoras; pero la ceguera voluntaria, la invalidez de los sentimientos, las ideas y la creatividad, el uso de muletas y prótesis innecesarias, junto al exceso de antifaces, confunden, extravían, llevan a otras rutas donde los abismos aparecen monstruosos e insondables. Cualquiera supondría que la sustitución de piernas por neumáticos motorizados, la comunicación moderna que reta distancias y tiempo por medio de aparatos móviles, la trasmisión de sonidos e imágenes que distraen y los avances científicos y tecnológicos, dan mayor comodidad, salud, bienestar y dicha a los seres humanos; pero hoy, tristemente descubrimos, aquí y allá, en un lugar y en otro, hombres y mujeres dependientes de las cosas, enamorados de las superficialidades y de la inmediatez, totalmente incompletos, confundidos, infelices y trastornados, en un naufragio que irremediablemente los lleva a un hondo vacío. La mayoría compró, a un precio excesivo, la mentira más barata del mundo, que supone la inexistencia del ser y de los valores, los cuales ridiculiza y pisotea, y envuelve con listones de colores llamativos la creencia de que es preciso vivir y gozar irresponsablemente porque la vida es breve. Entregaron sus riquezas y las cambiaron por piedras con brillos artificiales, por un estilo ligero que supone cargas innecesarias y, paradójicamente, impone, en cierto paraje del camino, pesos excesivos e inevitables. Sumergirse a las profundidades del ser y regresar con los tesoros más preciados -amor, salud, alegría, honestidad, sentimientos nobles, bien, verdad-, da vida, y es muy diferente a hundirse en el hondo vacío, donde la muerte acecha incesante. El hondo vacío inicia con algún sentimiento distorsionado, con ideas mezquinas, con un estilo de vida arrogante, estúpido y superficial. Enfrente de cada uno se encuentran una fosa con barandales de oro, reflectores, una superficie maquillada y un fondo de agua pútrida, y un manantial del que surgen burbujas de cristal, sin más decoración que su autenticidad y su belleza natural. Me parece contar mayor número de hombres y mujeres en la fosa ornamentada artificialmente que en el venero del que brotan gotas de agua diáfana. Entiendo que el hondo vacío es elección personal y no capricho del destino.

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