Rutas de un viajero. Capítulo VI. San Francisco Ihuatzio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A los habitantes de San Francisco Ihuatzio y en memoria de aquellos años

de viajes y expediciones en tierras michoacanas

Autor del Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Fotografía de portada. Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Mich, (Facebook)/ Imágenes: Colección El Sol Turístico, Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Mich. (Facebook) y foro-mexico.com.

Las trenzas de la niña, envuelta en un rebozo, permanecen amarradas con listones amarillos, azules, morados, naranjas, rojos y verdes, como los colores que exhala la naturaleza después de una lluvia y muchas más, al brotar las flores, las hojas y las frutas con sus matices, texturas y perfumes.

Ella, la pequeña, luce orgullosa su vestuario indígena, igual que los de las abuelas purépechas, con delantal bordado, falda con pliegues y rebozo; pero se sabe hermosa con sus trenzas negras y sus rasgos de doncella purépecha. Presiente, en silencio, que su linaje ha sido grandioso y que viene de un ayer de gloria y esplendor. Define su espíritu y sus rasgos en el perfil de las montañas, en la fragancia de la campiña, en el color de la tierra.

San Francisco Ihuatzio. Fotografía: foro-mexico.com.

Como ella, otras niñas, adolescentes, jóvenes, señoras y ancianas, se sienten emocionadas y felices con su indumentaria y caminan por las callejuelas del pueblo -San Francisco Ihuatzio-, que fundaron los misioneros franciscanos durante las primeras horas coloniales, en el siglo XVI, cuando la gente vivía en el cerro, donde se yerguen, señoriales e imperturbables, las piráides.

Mujeres purépechas de San Francisco Ihuatzio, Michoacán. Foto: Colección El Sol Turístico.

Se trata de la fiesta de San Francisco de Asís, patrono de ellos, los moradores de Ihuatzio, que en lengua indígena significa “lugar de coyotes”, “donde los coyotes bajan a beber agua” o “en casa del coyote”. Los habitantes aprendieron a amar a San Francisco de Asís, que los frailes llevaron, representado en una escultura, durante las horas distantes de 1525, fecha desde la que lo consideran pare de ellos y de las cosas que más quieren.

La imagen original de San Francisco de Asís, permanece en su nicho, en el altar del templo; pero dos réplicas son preparadas con la intención de llevarlas, en procesión, por las calles que conservan algunas casas de adobe con tejas y puertas de madera, al estilo de los pueblos de la zona lacustre de Pátzcuaro.

Imagen de San Francisco de Asís. Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

Representan a San Francisco de Asís, con el hábito que recuerda la ropa de los campesinos italianos de los siglos XII y XIII, de acuerdo con las opiniones de algunos presbíteros que han resguardado el lugar; además, ambas imágenes, una más grande que la otra, llevan el crucifijo que simboliza el amor y la pasión que él, el santo, sintió por Cristo. En la otra mano, cada imagen sostiene un cráneo que recuerda a los nativos de Ihuatzio la finitud de la existencia y, a la vez, que él, San Francisco, fue un hombre que padeció dolor por su gran amor a Dios, a Cristo y a la creación.

Entre la multitud concentrada en el atrio, donde los “coheteros” preparan el “castillo”, y en las calles aledañas al templo vetusto, la niña de las trenzas observa la torre y el campanario. Recuerda que sus padres, sus tíos y sus abuelos siempre han platicado acerca del coyote de piedra empotrado en la torre, imagen de animal que sus antepasados purépechas consideraban sagrada, hace centurias, antes de la conquista que emprendieron los españoles por estas tierras que ahora son historia, leyenda, añoranza, tradición, suspiro.

Preparativos para la fiesta, en Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Parroquia
de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Sus ojos brillantes y grandes de niña indígena, reflejan el campanario y la torre, con la evocación permanente de la escultura del coyote, acaso en un juego enigmático y complejo, que recuerda la fusión de dos razas, la asimilación de una cultura y de otra, el enlace entre dos religiones, porque, finalmente, parece, sólo hay un palpitar en el universo con una multiplicidad de rostros. Si los antepasados de la criatura indígena creyeron en lo que representaban las deidades de piedra -expresiones profundas y sabias de la vida, después de todo-, asimilaron, tras siglos de catecismo, la religión impuesta por los conquistadores y los evangelizadores españoles.

Y si un día lejano, ya olvidado, rindieron culto a una o a otra deidad de piedra, barro o madera, o si después fueron devotos de Cristo, de la Virgen María y de los santos, que convirtieron, incluso, en patronos de sus pueblos, iban por el mismo camino, por senderos paralelos, porque aquí, allá y en todas partes, el soplo de la vida y del universo proviene de la misma fuente.

Lo seres humano pueden representar la energía primaria, la fuerza esencial de vida, a través de una imagen -un ídolo, un santo-; pero la fuente, el origen de la creación, es el mismo, y todos, indígenas y europeos, transitaban hacia un fin similar. La religión sólo era el sendero para llegar a la meta espiritual que les anunciaron sus líderes; pero la verdad permanecía oculta y latente al otro lado, a la vuelta, en algún escondrijo de su interior. Algunos más, en cambio, argumentan que simplemente se trató de otra conquista, la de las ideologías y las creencias.

El coyote en la torre católica, el estilo de la fachada del templo de San Francisco o el ritmo prehispánico de las chirimías de barro y el tambor rudimentario que contrastan con las notas de la banda de viento, forman parte del sincretismo de los pueblos enclavados en esa tierra. Hasta el nombre del poblado, San Francisco Ihuatzio, sugiere la unión de dos culturas disímiles, pero inseparables a través de las centurias.

Ya en la mañana de ese día, el 4 de octubre, la gente se levantó temprano y acudió al templo con el propósito de cantar Las Mañanitas a su santo, a San Francisco de Asís, y participar en la misa, mientras el estruendo de los cohetes se mezcla con el campanario y con el murmullo de asnos, gallos, pájaros y vacas.

Esa tarde, la niña mira, contempla, aprende, porque San Francisco Ihuatzio, como otros pueblos purépechas, es lugar de costumbres, fiestas, leyendas y tradiciones. Es el hogar, la morada indígena, donde ella, la pequeña, asimila el mundo de los mayores, de sus abuelos, de sus padres, de la gente que ha transitado en el devenir de las centurias.

Cuatro caballos con moros encabezan la procesión por las callejuelas chuecas y desniveladas, siguiéndoles la banda de música de viento que emociona a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los ancianos, quienes caminan y llevan flores, veladoras y recipientes con copal. El pueblo huele a fiesta, a alegría, a bebidas y platillos típicos.

No son pocas las mujeres que lucen y presumen atuendos y delantales bordados. Saben que cada delantal bordado, que requiere de uno a dos meses de elaboración, cautivará la atención de los visitantes. Es su ropa, son sus cosas, es su costumbre.

Solemnes, las mujeres indígenas llevan una flor, una vela, un incensario o copal, que ofrecen al patrono, a su santo, a San Francisco de Asís, en su día; aunque la fiesta, en la que algunos cargueros invierten enormes cantidades de dinero, se prolonga cinco o seis días. Es la festividad de San Francisco Ihuatzio.

Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Continúan los soldados. Ellos batallarán más adelante, en las calles que forman una cruz, en honor al santo que en el siglo XVI llevaron al poblado indígena los evangelizadores franciscanos. Tras ellos, otras mujeres avanzan con la distinción de llevar estandartes de Cristo y de la Virgen, antecediendo a quienes cargan las dos imágenes de San Francisco de Asís.

El sacerdote camina al lado de una de las imágenes, rodeada de mujeres que oran y pretenden depositar, en el templo, flores y velas. Caminan emocionadas y orgullosas. Todos sienten felicidad. Son los instantes que esperaron durante el lapso del año.

Los músicos de la banda de viento, caminan despacio y emotivos, mezclando sus notas con las de los dos hombres que tocan las chirimías de barro y las del tambor rudimentario, un descendiente del teponaxtle, que carga un niño purépecha. Los tres personajes -los de las chirimías y el tambor- reconocen que se trata de instrumentos que representan las bandas primitivas de música. Se sienten contentos y orgullosos de tocar la música de sus ancestros.

Otros hombres, apartados de la multitud, lanzan cohetes que estallan arriba, a unos metros de los tejados. El estruendo se propaga, huye por la ribera del lago y se pierde en las montañas. En otros pueblos lacustres, reconocen que ellos, los nativos de Ihuatzio, celebran su tradicional fiesta patronal.

Hay quienes asoman en las puertas y las ventanas de sus casas para observar, más cómodos, la procesión de San Francisco de Asís; pero los que tienen el mérito son, precisamente, aquellos que se suman a la fiesta, porque pertenecer a una raza como la purépecha y vivir sus tradiciones, ofrece un sentido auténtico dentro de sus existencias.

Callejuela típica de Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

Ya en las calles que, por su trazo, forman la cruz, el sacerdote recuerda que fue en 1525 cuando los otros, los de ayer, los evangelizadores franciscanos, establecieron su primer ermita en Ihuatzio. Ellos, los misioneros, legaron a San Francisco de Asís como patrono y, además, para que aquellos, los nativos, no olvidaran seguir el camino de su vida ejemplar de humildad y sencillez.

Fiesta en Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

En los pueblos fundados por franciscanos, los frailes dejaron un Cristo y una Virgen -la Inmaculada Concepción-, dos pilares de la evangelización. San Francisco llevó las llagas de Cristo. Los franciscanos recurrieron al dibujo y a la escenografía para evangelizar. No es raro encontrar, por lo mismo, frescos en los conventos; tampoco extraña el hecho de que utilizaron las pastorelas y otras escenas como método de enseñanza cristiana.

Al concluir las explicaciones sacerdotales, los cantos y las oraciones que los purépechas dedican a San Francisco de Asís, los moros inician su danza al ritmo de la banda de música de viento que se suma al estruendo de los cohetes. Cuando termina la danza de los Moros, reinicia la procesión por las callejuelas, rumbo al templo de San Francisco de Asís. La multitud camina henchida de euforia, rodeada de colores y envuelta en el humo de los juegos pirotécnicos, el copal y el incienso.

Nuevamente se escuchan las notas prehispánicas, antiquísimas, de las chirimías y del tambor, que el viento arrastra y lleva hacia el ayer, a las páginas ocultas de la historia. Cuántas costumbres, historias, leyendas y tradiciones existen en Ihuatzio y en los pueblos purépechas, donde todavía permanece en la memoria colectiva el recuerdo de hombres como fray Jacobo Daciano o de Dacia, quien vivió en Tzintzuntzan y en no pocos asentamientos indígenas, hasta que murió en Tarecuato.

Música de banda de viento. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

Y es que en las primeras horas coloniales, los indígenas no tenían derecho a los sacramentos; la comunión les era negada. Un día, en apoyo a la tesis de fray Jacobo Daciano que defendía a los nativos, un sacerdote sintió que la hostia se desprendió de sus manos durante la misa y ésta, como un mensaje y un milagro divino, quedó suspendida y fue hasta los labios de una indígena, de acuerdo con la tradición.

Ese hombre, fray Jacobo Daciano, príncipe de nacimiento, quien mantuvo el secreto de ser hijo de los reyes Juan y Cristina, poseía la facultad de aparecer en varios lugares al mismo tiempo y levitar, según la tradición oral, comprendió que los indígenas no eran bestias, sino seres humanos, y los defendió y protegió. Tuvo enemigos dentro del catolicismo, es cierto; pero amó a los indígenas, quienes lo consideraron santo y hasta la fecha lo recuerdan como su benefactor.

Los nativos continúan su procesión, hasta que, finalmente, son recibidos con cohetes y música en el atrio y acceden al templo, donde colocan las imágenes de San Francisco de Asís, las flores, las velas y las veladoras. También llevan ofrendas, que consisten en fruta y pan. Preparan arroz con mole y pollo, junto con algunos otros platillos de origen purépecha. Es día de fiesta. Por algo elaboran más de mil quinientas piezas de pan que reparten entre los asistentes.

Todos los participantes de la procesión ingresan al templo y escuchan las palabras del sacerdote, para más tarde, ya en la noche, asistir al baile y presenciar el “castillo” que se incendia, explota y lanza mil luces que se desvanecen como las horas, la lluvia y la vida.

Refiere la tradición oral que hace muchos años, los antepasados de quienes hoy moran en Ihuatzio, tenían la costumbre, como la gente de otros pueblos, de llevar, durante Semana Santa, sus Cristos a Tzintzuntzan. Las imágenes coloniales de Cristo, muchas de pasta de caña, permanecían toda la Semana Santa en Tzintzuntzan, hasta que el siguiente miércoles, en la Semana de Pascua, los peregrinos regresaban de los pueblos y los trasladaban, en procesión, a sus respectivos templos.

Discurrían las horas de 1918, en Semana Santa, cuando una epidemia se registró en Ihuatzio y la región, causando la muerte de innumerables personas. Angustiados y entristecidos, los habitantes de Ihuatzio decidieron trasladarse hasta Tzintzuntzan con el propósito de visitar a su Cristo, el Señor de la Expiración, a quien suplicaron evitara más muerte y desterrara la epidemia.

Señor de la Expiración. Fotografía: Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Ante la admiración y la fe del pueblo, la epidemia se disipó, según conta en la memoria colectiva, en las pláticas de abuelos a nietos, de padres a hijos. Desde entonces, el Señor de la Expiración tiene su fiesta en Ihuatzio, que coincide, precisamente, con el miércoles posterior a Semana Santa, en recuerdo de aquel acontecimiento.

Altar con el Señor de la Expiración, San Francisco de Asís y otras imágenes sacras. Fotografía: Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Hay varias fiestas en Ihuatzio. El 15 de mayo de cada año, verbigracia, los campesinos llevan la imagen de San Isidro Labrador a las parcelas, acompañada, desde luego, con música de banda de viento. Se trata de la temporada de siembra.

Entre otras celebraciones, hay que recordar la danza de las Huapanas, que se presenta dos veces en diciembre y dos en enero. Es la danza que evoca la fundación del pueblo de Ihuatzio. Las mujeres descienden del cerro, donde están las pirámides, en busca de agua; en ese momento aparece un viejo que las cuida y aconseja. Todas las danzantes forman un tejido que simboliza la unión de Ihuatzio.

La danza de la Malintza se presenta el 12 de diciembre. Es representada por niños. Aparece el sol con las estrellas, con quienes baila; sin embargo, llega la Malintza con intención de conquistar al astro. Se unen las estrellas y expulsan a la Malintza. El bailable se realiza frente a la Virgen de Guadalupe.

Imagen sacra. San Francisco Ihuatzio, Michoacán, México.
Fotografía: Colección El Sol Turístico.

El templo posee una colección reliquias coloniales, destacando el Señor de la Expiración, San Francisco de Asís, San Nicolás, Virgen de Agosto, San Isidro Labrador y Virgen de la Candelaria, entre otras. Llaman la atención, en algún rincón del conjunto religioso, la presencia de dos imágenes coloniales de manufactura indígena, la de Cosme y la de Damián, de las que referían los otros, los antepasados de los nativos, que fueron descubiertas en un potrero, entre piedras, y que si bien es cierto que inicialmente eran dos bultos que apenas sugerían la identidad de los santos, fue a través de los días, de los años, cuando adquirieron forma y tamaño, hasta llegar a las características actuales.

Imágenes sacras. Ihuatzio, Michoacán.
Fotografía: Colección El Sol Turístico.

También hay quienes cuentan que el coyote original de piedra, cuya réplica fue admirada por tantas generaciones en la torre del templo, lo descubrió un campesino en un predio de labranza. Un hombre, al sembrar en su parcela, topó con una gran piedra, la cual dejó por un rato; pero al regresar, descubrió totalmente desenterrada la escultura del coyote, de acuerdo con la tradición oral.

Imagen sacra. San Francisco Ihuatzio.
Fotografía: Colección El Sol Turístico.

Ihuatzio pertenece al municipio de Tzintzuntzan. Se localiza entre Tzurumútaro y Tzintzuntzan. Se encuentra a cinco kilómetros de Pátzcuaro. Cuenta, además, con una interesante zona arqueológica. En días prehispánicos, los purépechas convirtieron las pirámides de Ihuatzio en centro ceremonial y observatorio astronómico. Allí rindieron culto a Curicaveri y a Xaratanga.

Templo de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Anochece. La neblina impide apreciar, como otros días, las estrellas que se reflejan en el lago plomado y legendario de Pátzcuaro; pero cuando estallan las luces del “castillo”, iluminan el caserío, los rostros y el paisaje, hasta que los destellos se desvanecen y retorna la oscuridad.

Detalle en la fachada del templo de San Francisco de Asís, en Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

La pequeña de las trenzas con listones policromados, estremece y algo impreciso la estimula a acudir a la memoria colectiva, donde aparecen, cual fantasmas, las siluetas de sus antepasados. Sus abuelos y sus antecesores, todos de linaje purépecha, la abrazan. Son los nativos del ayer quienes parecen retornar a la tierra nativa. Reconocen a la niña y la abrazan entre el humo del copal y las luces efímeras de los juegos pirotécnicos. Voltea la pequeña durante el estallido de las luces, contempla brevemente a su familia, a los habitantes de Ihuatzio, y nuevamente regresa la oscuridad, hasta que la música de la banda de viento irrumpe e inicia el baile, porque la vida es eso, luz y sombra, alegría y tristeza, calor y frío, y es cierto que Ihuatzio lo enseña.

Derechos reservados conforme a la ley

Autor del Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Fotografía de portada. Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Mich, (Facebook)/ Imágenes: Colección El Sol Turístico, Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Mich. (Facebook) y foro-mexico.com.

Rutas de un viajero. Capítulo V. Zona arqueológica de Ihuatzio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Imagen de portada: Secretaría de Cultura/INAH. Fotografías: Hotel Mansión Iturbe (Pátzcuaro, Michoacán)

Piedras acumuladas desde hace centurias, con un lenguaje oculto, talladas por otra gente. Material pétreo, inerte y frío, que la hojarasca, las raíces y la tierra cubrieron insaciables, hasta que ciertos días, en distintas fechas, fueron descubiertos sus rostros, sus perfiles, sus rasgos, y alguien escuchó con atención sus voces y sus silencios.

Cuando enmudecen los murmullos de la infancia y quedan sepultados los rumores y los silencios de hombres y mujeres, en un rincón y en otro más, son las piedras las que despiertan de su letargo para que otros, los que llegan posteriormente, las descubran y descifren sus signos, su lenguaje, su historia.

Un día no recordado, antes de que los conquistadores y misioneros españoles emprendieran su aventura en estos parajes, esas piedras se convirtieron en seres vivientes porque una mano, otra y muchas más las arrancaron de las montañas y de los barrancos, para darles forma, sentido, significado mientras cantaban y hablaban en su pequeño mundo, en un rincón que era tan suyo.

Las rocas insensibles y salvajes se transformaron en adoratorios, escalinatas, ídolos, murallas, basamentos,, calzadas, observatorios y templos de una raza que conocía otras ciencias, se comunicaba con sus dioses y estaba en armonía y equilibrio con la naturaleza.

Raza, la purépecha, que convirtió el paisaje agreste en pueblo, en hogar, en templo, en pequeño mundo. Morada de indígenas que convivieron con las criaturas del lago y de las montañas. Del barro y de la cantera hizo deidades. Vivió su epopeya al lado del manto acuífero de Pátzcuaro.

Zona arqueológica de Ihuatzio. Foto: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

El aventurero, acostumbrado a desentrañar misterios, a experimentar intensamente cada momento de la existencia, emprenderá la caminata hacia la zona arqueológica. Por ser más emocionante caminar y sentir los besos y las caricias del calor primaveral, de la lluvia veraniega, del aire otoñal o del viento invernal, o quizá todavía en un paisaje húmedo por las lluvias vespertinas y nocturnas, seguramente preferirá dejar su automóvil en el pueblo -Francisco Ihuatzio- y andar como lo que es, un explorador, un trotamundos, un ser humano acostumbrado a enlodarse, admirar el prodigio natural y humano y asolearse.

Tal vez, durante su ascenso por un camino solitario, coincidirá con el hombre anciano, agotado, con un burro cargado de leña, o con niños y mujeres que regresan de la campiña, o con pastores que guían a sus rebaños a la montaña, a otras praderas. Escuchará, al mismo tiempo, el canto de pájaros, el murmullo de insectos y el susurro de árboles y maizales al ser tocados por el viento. Oirá, con suerte, el cascabel de una víbora que se asolea sobre una piedra. Un himno suave, armónico, permanente, llegará a sus oídos, el de la vida, el de la creación…

Percibirá el trotamundos, en consecuencia, los perfumes, los rumores, los silencios y el maquillaje de flores, hierba, bosque, lago y montañas; pero también, es innegable, se sentirá en medio y de frente con la historia, las leyendas y pasado.

Quizá, el viajero descubrirá, a su paso entre matorrales y piedras, al reptil silencioso, acechante, a la víbora de cascabel que seduce y aterra a la vez. Astutas, las serpientes de cascabel se arrastran y la tonalidad de sus pieles se confunde con las piedras, con la tierra. Parece como si adormecieran a sus enemigos, al aventurero que las descubre y mira fijamente con su encanto y terror. Próximos a las serpientes de cascabel, hay otros animales que comparten el terruño, las hendiduras de la tierra. Ihuatzio es mundo de aves, insectos y reptiles; aunque también es escenario de árboles, flores y matorrales.

Durante la mañana, las corrientes de aire, dueñas de su tiempo, se dedicarán, como artistas, a moldear figuras caprichosas con las nubes coquetas y risueñas, o las desfigurará en un momento irascible, o sencillamente consentirá que se aglomeren y, grisáceas, derramen la lluvia y las rasguen en determinados momentos los rayos.

El lago de Pátzcuaro, el pueblo, las montañas y la zona arqueológica, cada uno atrapado en su realidad, conviven cotidianamente y ofrecen al viajero su aroma, esencia, formas y policromía. Es lienzo natural que subyuga a quien desentraña sus secretos.

Cautivado, el turista sabe que la zona arqueológica se localiza a aproximadamente un kilómetro del pueblo de Ihuatzio, que en lengua purépecha significa “lugar de coyotes”, “donde los coyotes bajan a beber agua” o “en casa del coyote”. Durante su trayecto, recordará que los especialistas calculan que la zona arqueológica comprende una extensión aproximada de ciento cincuenta hectáreas, de las que infortunadamente una mínima parte se encuentra explorada y abierta al público. Ya durante su caminata, el visitante detectará, en la lejanía, la presencia de montículos cubiertos de vegetación, donde yacen vestigios de una civilización antigua.

En consecuencia, al llegar a la zona arqueológica, sentirá emoción al descubrir la denominada Plaza de Armas, en la que se distinguen majestuosas, soberbias, una plataforma rectangular y dos estructuras piramidales donde supuestamente los nativos llevaban a cabo actividades de carácter ceremonial. Aparecerá, ante su mirada, la zona cívico-militar.

Zona arqueológica de Ihuatzio. Foto: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Precisamente en una de las áreas restringidas, aún sin explorar, se aprecian unas yácatas de proporciones similares a las de Tzintzuntzan. En la misma zona cerrada se encuentran la Calzada del Rey, el muro-calzada y El Mirador, parajes que reservan información y cosas insospechadas a futuros arqueólogos y exploradores.

Refiere la historia que cuando murió Tariacuri, el poder político y religioso que concentraba, fue dividido en tres señoríos -Pátzcuaro, Ihuatzio y Tzintzuntzan-, quedando como personajes principales su hijo menor, Huiquingaje, y sus sobrinos Hiripan y Tanganxoan, respectivamente.

Aparentemente relacionado con Tula en sus inicios, Ihuatzio creció considerablemente durante el reinado purépecha, edificándose, entonces, la extraordinaria plaza abierta, sobre la que se erigió el conjunto de tres yácatas conocidas localmente como Tres Marías; los huatziris; el muro-calzada; la estructura circular, considerada observatorio estelar.

Durante su estancia en la zona arqueológica de Ihuatzio, enclavada en el municipio michoacano de Tzintzuntzan, él, ella, ambos, quienes tienen por afición los viajes, la aventura, se enterarán de que los huatziris eran construcciones alargadas, con altura de hasta cinco metros, compuestas por cuerpos escalonados, los cuales, por cierto, también delimitaban las diferentes áreas.

Los especialistas consideran que tales construcciones eran utilizadas como caminos. En Ihuatzio, el cazonci era transportado del centro ceremonial a diversos lugares por tales caminos; por eso se le conoce como Calzada del Rey. También hubo huatziris que tuvieron funciones defensivas, siendo un ejemplo los muros que rodean al sitio.

Al sur de la zona arqueológica, se localiza una base circular. De forma casi cilíndrica, al parecer fue observatorio de los purépechas, de acuerdo con deducciones de los investigadores, quienes han descubierto evidencias al respecto. Actualmente, el visitante puede recorrer la gran plaza y las dos estructuras de planta rectangular y cuerpos escalonados, donde quedará maravillado ante la traza exacta.

Las yácatas y la mayor parte de los huatziris que existen en la zona arqueológica, todavía no han sido estudiados ni restaurados por completo por los especialistas en la materia. Todavía se requieren años de exploraciones para conocer los secretos de Ihuatzio. Bien es sabido que en las aproximadamente ciento cincuenta hectáreas que ocupó Ihuatzio, se han identificado 84 estructuras, de las cuales únicamente siete son accesibles a los visitantes. Innegablemente, existe mayor cantidad de basamentos sepultados.

Cuentan que si bien es cierto que Ihuatzio significa “lugar de coyotes”, “donde los coyotes bajan a beber agua” o “en casa del coyote”, no se trata exclusivamente del animal astuto, carnívoro, montaraz, que aúlla y acecha desde su escondite a las gallinas y que “avienta vaho”, provocando un encantamiento, un hechizo irresistible, como aseguran los moradores del lugr, sino del ser intenso, profundo, que mira al más allá.

En las horas prehispánicas, los indígenas admiraban y reconocían los atributos del coyote; en los días contemporáneos, ya transformado el ser humano en criatura de concreto, plástico y petróleo, lo apedrea y lo mata Algo se fragmentó entre tan enigmática criatura y el hombre, quien se convirtió, a través de los siglos, en negación de la naturaleza y de la vida. Es el ser humano, no el coyote, quien depreda.

Ihuatzio, pueblo indígena, costumbrista y lacustre, se localiza a cinco kilómetros de la carretera Pátzcuaro-Tzintzuntzan. Las ruinas arqueológicas se ubican a aproximadamente mil metros de distancia del poblado, por un camino desolado con paisaje silvestre, y a alrededor de 65 kilómetros de Morelia, capital del estado de Michoacán.

De acuerdo con arqueólogos e historiadores, Ihuatzio presentó dos períodos, el que comprende del siglo X al XII, con pobladores de origen náhuatl que, incluso, se establecieron a la orilla del lago de Pátzcuaro y en sus islas, y el de mayor esplendor, el de los purépechas, del año 1200 a 1530 después de Cristo. Hay que recordar que la caída de los aztecas, en la Gran Tenochtitlan, se registró el 21 de agosto de 1521, mientras la conquista de Michoacán, en tanto, inició en los días de 1522.

Zona arqueológica de Ihuatzio. Foto: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Narran las tradiciones que, antiguamente, Ihuatzio contaba con nueve barrios, entre los que destacaban Tzanduri, Tzitzique y Uscuti; mas un día, los habitantes del lugar se trasladaron a lo que hoy es el pueblo, dejando así, para siempre, la otrora morada esplendorosa que se palpa en las ruinas arqueológicas. El paraje, con sus montículos, era conocido como Yacatécharo.

El cambio de residencia, la mudanza de los barrios prehispánicos al poblado, se escenifica, se evoca, se rescata de la memoria colectiva por medio de la Huapana, danza que deja entrever, igualmente, al coyote que cuidaba a las mujeres. La campana suena en los momentos más dramáticos de la danza, para que ellas, las mujeres, no se pierdan. La Huapana es una de las danzas más antiguas que habla, en lenguaje corporal, del traslado de un pueblo del Ihuatzio viejo al Ihuatzio nuevo.

Las piedras son criaturas inertes y frías que la hojarasca, las raíces y la tierra cubren, ocultan, y que un día cobran vida para contar, a quien sepa interpretar su lenguaje, sus signos, las cosas y la historia de la gente de horas añejas. Como mujer que cubre sus rasgos cautivantes y hermosos con maquillaje y tras un velo oscuro, la tierra y la hierba envuelven las piedras gélidas, talladas, que desean hablar, decir otras cosas -las del pretérito-, para que las generaciones de hoy se reencuentren con sus antepasados, con su esencia, y comprendan su origen y el sentido de la vida, y amen su tierra nativa.

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Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Imagen de portada: Secretaría de Cultura. Fotografías: Hotel Mansión Iturbe (Pátzcuaro, Michoacán. https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

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Rutas de un viajero. Capítulo IV. Historia colonial de los Felices

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Si las burbujas diáfanas que huyen de la intimidad de la tierra, en los manantiales, son incendiadas por el sol y revientan, hasta fusionarse y navegar por riachuelos, las historias y leyendas, igualmente, transitan entre el oleaje del tiempo y, un día o una noche, cuando nadie las platica, naufragan en el olvido.

Discurrían las horas coloniales, en el siglo XVI, cuando Tzintzuntzan, antigua capital del imperio purépecha, fue escenario de un milagro, de acuerdo con las pláticas de los ancianos que recibieron las leyendas y las tradiciones de otras generaciones. Algo asombroso ocurrió en la primera capital del Michoacán colonial.

La leyenda se ha deformado a través de los años, ante la caminata presuosa de centurias, al grado de que los nativos conocen, incluso, por lo menos tres versiones sobre el acontecimiento que quedó grabado en la memoria colectiva. Todo gira alrededor de fray Jacobo Daciano o de Dacia, hombre intenso e irrepetible, quien nació en 1482, diez años antes del llamado descubrimiento de América, en el siglo XV. Fue hijo de Juan y Cristina, reyes de Dinamarca.

Descendiente de la más rancia nobleza europea, Jacobo decidió dejar a un lado el brillo de la corona y del poder, y elegir la cruz, la misión; por eso, precisamente, cuando los franciscanos, orden a la que perteneció, fueron expulsados de Dinamarca y él, al cabo de los años, solicitó autorización a Carlos V, rey de España, para viajar a la Nueva España, llegó exacto, puntual y de frente a su cita con el destino, con la historia, con los indios, a quienes amó profundamente y defendió con vehemencia, al grado, incluso, de enfrentar al poder eclesiástico de aquella época que desapareció los rastros de su obra humana y religiosa.

Él, quien fue el primer americano danés en la historia y poseía facultades que le permitían aparecer en distintos lugares a la vez, levitar y sanar a los enfermos, entre otros prodigios que todavía relatan los nativos, celebró una misa en Tzintzuntzan, el 19 de septiembre de 1559, en honor de Carlos V, cuando supo, por intuición, que aquél, el monarca español, había fallecido.

Ese hombre, fray Jacobo Daciano, quien al morir fue sepultado en Tarecuato, Michoacán, y al que los purépechas consideraron santo, enfrentó los intereses de la Iglesia Católica. Luchó contra la discriminación racial y exigió que los indígenas tuvieran los mismos derechos que los europeos dentro de la religión, en especial en lo referente a la recepción de sacramentos y, desde luego, a los cargos eclesiásticos.

La tradición oral, ya deformada, refiere que en aquellas horas coloniales de 1546, fray Jacobo Daciano, quien era guardián del convento de Tzintzuntzan, celebraba misa, cuando al levantar la hostia, ésta se desprendió de sus manos, quedó suspendida y se trasladó, milagrosa y misteriosamente, hasta los labios de un indígena, comprendiendo el misionero danés que se trataba de un mensaje divino, que los purépechas eran seres humanos y que resultaba perentorio luchar por sus derechos.

Existe otra historia relacionada con el acontecimiento, recordada por los descendientes del personaje indígena, la cual narra que, en la misma época, un sacerdote levantó la hostia y que ésta se desprendió de sus manos para llegar hasta los labios purépechas, asegurando el religioso que ellos, el nativo y sus familiares, serían felices toda la vida.

Desde entonces, argumenta la leyenda, los descendientes de aquel indígena adoptaron como apellido el de Felices, que perdura hasta nuestros días, es decir más de cuatrocientos cincuenta años después. De acuerdo con la tradición purépecha, Dios quiso respaldar la lucha de fray Jacobo Daciano en el sentido de que los indígenas eran seres humanos y merecían, en consecuencia, recibir los sacramentos.

Es por lo mismo que fray Pedro de la Reyna, quien también fue guardián del convento franciscano de Tzintzuntzan, celebraba misa aquel día de 1546, cuando sucedió el milagro, de acuerdo con otra versión. que menciona que, de entre las hostias, una se desprendió y voló, viajó por el aire ante las miradas atónitas de los frailes y de los indígenas que se encontraban en el recinto religioso, hasta que llegó a los labios de una mujer purépecha. Al parecer, esa es la versión auténtica que, aseguran, está documentada.

De aquel acontecimiento se tomó nota. Se registró la información canónica y juramentada por testigos y notario. Todos consideraron que se trataba, en efecto, de la confirmación divina para que los nativos recibieran la comunión. Fue Alonso de la Rea, quien nació en 1605 y eligió los hábitos en Valladolid, Michoacán, durante los días de 1623, al que se atribuye que tuvo el testimonio en sus manos. Por cierto, la tradición señala a fray Jacobo Daciano o de Dacia como el primer religioso que suministró comunión a los indios en Michoacán.

Si se registró o no el hecho en aquellos minutos coloniales, si fue fray Pedro de la Reyna quien celebró la misa o si el milagro confirmó la lucha de fray Jacobo Daciano para que los indios recibieran la comunión, lo cierto es que la familia Felices existe en Tzintzuntzan y no pocos de sus miembros conservan la tradición con orgullo.

Una noche, entre una aventura y otra en la tierra nativa de los purépechas, me encontraba en uno de los dos cementerios de Tzintzuntzan, entre la zona arqueológica que presume sus yácatas de piedra y el pueblo de origen colonial, cuando tuve oportunidad de conocer a Avelino Felices Zacapu, hijo de Domingo Felices, quien solía narrar la tradición.

El hombre comentó, alguna vez, una noche de noviembre, en el cementerio de Tzintzuntzan, que la familia Felices es numerosa y que sus integrantes sienten, por su origen, compromiso para que los nativos de su poblado y de la región cuenten con una vida digna. Son felices en realidad, como pronosticó el religioso en minutos añejos de la Colonia.

Al anochecer, las sombras envuelven los olivos arrugados y envejecidos, en el atrio de Tzintzuntzan, y es entonces cuando acuden a la memoria las historias y leyendas que los naturales platican para recordar a los de antes, a quienes habitaron durante muchas horas un pueblo que vivió con intensidad el proceso colonial.

Esas callejuelas pintorescas con sus detalles y rincones típicos, que casi colindan con las yácatas, fueron escenario de acontecimientos cautivantes, en ocasiones ignorados por la historia y con frecuencia olvidados por sus moradores; aunque el viento sople y arrastre sus fragmentos para que nosotros, los de la hora contemporánea, los recordemos.

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La gente se va

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A los que ya no están

Y así se vacían las casas, hasta que un día se desvanecen aquellos rostros de familias, sonrientes, dichosas, sí, personas acompañadas y solitarias que se convierten en pedazos, en evocaciones, en ecos y sigilos. Uno, al paso de los años, regresa a las calles de su infancia, a los rumbos de su adolescencia, a los domicilios de su juventud, donde las fachadas tienen otros colores y apariencias, idénticos a sus nuevos moradores, tan distintos a los de antaño, a los de apenas hace algunos años. Algo se llevó los juegos y las rondas infantiles, los sueños de la adolescencia, las ilusiones y las locuras juveniles, los proyectos de la madurez y los recuerdos, las historias y los relatos de los ancianos. Envejece todo. La gente va y viene. Los cuneros permanecen repletos de nuevas caras, con otros nombres y apellidos, mientras en los hospitales se aferran algunas identidades a no marcharse, a no renunciar a la arcilla, hasta que la esencia se libera y quedan barro y cenizas en las tumbas con datos de hombres y mujeres ausentes, entre suspiros y remembranzas. Amigos, enemigos, aliados, arversarios, todos coinciden en un destino que parece incierto, aunque se presientan y sospechen paraísos. Todo, al final, parece irreconocible. Y así se vacían las casas -hasta mansiones y pocilgas, en casos extremos-,, en un desalojo impregnado de enigmas. Al tocar a la puerta, aparece gente insensible a las añoranzas que uno siente, inflieles a cualquier nostalgia, que asegura no reconocer los nombres enumerados, las características de otra gente, los perfiles tan buscados. Se rompen los eslabones, los lazos de cada generación, y las historias calladas se olvidan, se deshacen, algo -quizá el tiempo, tal vez los actuales moradores- las desdibuja. Aún no cruzo el umbral a la ancianidad; no obstante, ya percibo, aquí y allá, ausencias y listas de nuevas presencias, nombres que duermen y otros que despiertan. Insisto. No los encuentro. Permanecí distraído tantos años en mis historias, entre mis aventuras y desventuras, que aquella gente de mi niñez, adolescencia y juventud quedó recluida en mi memoria, en mis sentimientos, y nunca más volví a hablarles. La vida continuó indiferente, con sus luces y sus sombras, entre sus murmullos y sus silencios. Ahora, en un verano intenso que asoma por la ventanilla del furgón y descubre que en toda vida están cercanas las estaciones del otoño y del invierno, añoro tanto la primavera y descubro, una vez más, que todo es ciclo y que lo que no se experimenta en su momento, bien o mal, difícilmente regresa. Cuántas oportunidades perdidas. Hubo oportunidad de buscar a aquellos rostros con nombres y apellidos, tan reales, entonces, como uno, compañeros de generación e historia, con la simple intención de abrazarlos, preguntar por su salud, conocer los rumbos y destinos de sus caminatas, repasar los encuentros y desencuentros, reír y llorar, otorgar el perdón y solicitarlo en caso de viejas ofensas, renovarse y descubrir que el amor, el bien y la verdad se pueden sumar y multiplicar cuando son auténticos. Ya no están. Son otras identidades, caras distintas, las que habitan los antiguos rumbos donde uno, en un viaje al ayer, podría reconocerse al lado de la gente que tanto amó, entregado a juegos infantiles, a rebeldías y sueños de adolescentes, a hazañas e ilusiones juveniles. Todo pasa. Nada, en el mundo, es permanente. Hoy recuerdo a aquella gente y sé, tras visitar rumbos añejos y tocar a las puertas que alguna vez fueron tan familiares y amigables, que las casas quedaron vacías ante las ausencias El mundo es otro. ¿Perderé más instantes de vida terrena en estulticia y superficialidades, olvidaré expresar amor a quienes me rodean, evitaré tender las manos, enlodarme y rasgar mi piel y mi ropa al hacer el bien a otros? Si los domicilios de antaño contienen hondos vacíos y ausencias que se extrañan, con listas de presencias actuales y desconocidas, ¿seré capaz de no expresar a los que quedan que los amo y perderé, por la seducción de las apariencias, la luz que siento en mi interior? No me gustaría asomar en mí y descubrir, con horror, que descuidé al maravilloso y resplandeciente inquilino -mi ser interno-, como si se tratara de una de tantas casas vacías.

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Rutas de un viajero. Capítulo III. Santo Entierro y penitentes de Tzintzuntzan

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Las notas del viajero, acomuladas en una caja llena de fotografías y papeles, aparecen nuevamente y, tras su liberación repentina, evocan y cuentan historias. El aventurero, sentado en algún sillón de su sala, quizá recordará un viernes añejo de Semana Santa, en los rincones pintorescos e irrepetibles de Tzintzuntzan, en la provincia de Michoacán, entre su gente, sus cosas, sus leyendas y sus costumbres.

Entre la colección de tradiciones, hay una, la del viernes de Semana Santa, que llama la atención. Se relaciona con el Santo Entierro de Tzintzuntzan, que es un Cristo de goznes que data del siglo XVI, obra con rasgos purépechas, de perfil indígena, elaborado en la época en que fray Pedro de Pila fue guardián del antiguo convento franciscano.

La imagen fue manufacturada a través de la técnica indígena de pasta de caña. Los nativos de Tzintzuntzan aseguran que el Santo Entierro, al que aman tanto, ha crecido entre una centuria y otras más, de manera que su sarcófago de cristal exhibe añadiduras. Dicen que en dos ocasiones, la escultura creció al grado de que rompió los cristales.

Hay quienes explican que al tratarse de una imagen de goznes, el Santo Entierro tenía las rodillas flexionadas; sin embargo, al estirarlas para colocarlo en la cruz durante el viernes de semana santa, evidentemente no cupo en el sarcófago. Tzintzuntzan, población indígena enclavada entre el lago de Pátzcuaro y las montañas, es un paraje húmedo.

Relata la tradición oral que antaño, una anciana que en los años juveniles había sido carguera del templo colonial de Nuestra Señora de la Soledad, narraba a sus descendientes que cierta noche, mientras limpiaba el recinto sacro, se aproximó a la escultura de goznes, cubierta totalmente con una sábana blanca, como las mujeres purépechas envuelven a sus bebés, la cual retiró de su rostro con la intención de besar su mejilla. Fue un impulso interior, confesó, el que la motivó a dar un ósculo a la imagen que tanto veneraba.

Una vez que besó la mejilla, nuevamente colocó la sábana inmaculada sobre el rostro de pasta de caña y prosiguió con su labor de limpieza; no obstante, una sensación extraña la estimuló a voltear hacia la imagen que apareció con el rostro descubierto. Cuantas veces intentó resguardar la cara del Santo Entierro, éste aparecía, instantes más tarde, libre del sudario.

Otra ocasión, la encanecida anciana llegó muy temprano al templo. Introdujo la llave de hierro al cerrojo del antiguo portón, abrió y, al ingresar al recinto oscuro, descubrió que él, el Santo Entierro, no se encontraba en el sarcófago, lo que le causó alarma al sospechar que algun intruso lo había hurtado durante la noche o la madrugada.

Mortificada, la mujer purépecha miró el sarcófago vacío; pero nuevamente, como antes, experimentó una sensación inexplicable que la motivó a voltear hacia una silla, donde descubrió, sorpendida, la imagen enorme y vetusta que descansaba.

Cuenta la historia que en los días coloniales, los religiosos de Pátzcuaro pretendieron adueñarse del Santo Entierro de Tzintzuntzan para colocarlo en uno de sus templos. Ambicionaban la escultura por su belleza, por su misterio y por los milagros que se le atribuían

Una vez que presentaron las supuestas pruebas de pertenencia, los religiosos de Pátzcuaro y sus ayudantes no pudieron cargar el Santo Entierro; cada vez que intentaban hacerlo, la imagen de pasta de caña se convertía en escultura que inexplicablemente pesaba con exageración. Imposible cargarla y extraerla del templo.

Eran días en que nativos de otros pueblos acostumbraban, en Semana Santa, llevar sus Cristos a Tzintzuntzan. Mucha gente visitaba el poblado y permanecía en el atrio, en las callejuelas, en los templos. Aquí y allá, en una calle y en otra, en todos los rincones del antiguo imperio purépecha, cuyas ruinas comenzaban a quedar cubiertas por tierra, los nativos deambulaban con sus imágenes sacras, y eran testigos del mensaje del Santo Entierro al negarse a abandonar su pueblo, Tzintzuntzuntzan.

Ante la admiración de todos, los moradores de Tzintzuntzan lo cargaban sin dificultades. Era conocido que lo sacaban de la urna, como cada año lo hacen, en el templo de Nuestra Señora de la Soledad, para colocarlo en una gran cruz, al lado de Dimas y Gestas, y, más tarde, una vez que lo descendían, llevarlo en procesión.

Por cierto, las imágenes de Dimas y Gestas, también de los minutos coloniales, fueron elaboradas con maestría. Una de las esculturas refleja a un hombre de tez clara, mientras el otro, mortecino, luce un color verdoso. Las venas muestran un gran realismo.

Los religiosos y los habitantes de Pátzcuaro, desistieron al convencerse, ante los hechos, de que el Santo Entierro pertenecía a los pobladores de Tzintzuntzan. Era de ellos y, en consecuencia, siempre permanecería en el poblado asentado sobre la capital del antiguo imperio purépecha.

Muy grande es devoción que los naturales de Tzintzuntzan le tienen a su Cristo, al Santo Entierro. Cuando el cielo soleado, ausente de nubes, dibuja jeroglíficos de sequía en la tierra y la ranura, llevan la imagen en procesión por las callejuelas del pueblo, implorándole que la lluvia alivie el calor y la sed de la campiña.

Como dato curioso, en el año 2002, cuando granizó en Morelia con ímpetu, previamente las familias de Tzintzuntzan llevaron la imagen en procesión por sus rincones pintorescos, circundados por el lago, las montañas y las yácatas, suplicándole una temporada excelente de lluvia. No lo olvidan y comentan: “sacamos el Santo Entierro, en procesión, pidiéndole un buen temporal, que inició con la granizada que hubo en Morelia”.

Entre la penumbra y el silencio que intoxican al templo de Nuestra Señora de la Soledad, recinto que atesora reliquias coloniales, atrae la atención el descomunal y misterioso Santo Entierro, imagen que algunos purépechas aseguran haber visto sentada, desaparecer entre los olivos centenarios del atrio o presentarse ante enfermos y moribundos que necesitan su intervención perentoria para salvarse.

Tal es la devoción que hombres y mujeres le tienen al Cristo, al que piden milagros y ofrecen, a cambio, pagarlos con penitencias durante el viernes de Semana Santa. Lo adoran. Su fe es enorme. Los penitentes anotan sus nombres en una lista y otras personas les colocan una capucha, una sábana alrededor de la cintura y grilletes que terminan por sangrarlos.

Ellos, los penitentes, caminan por el templo, por el atrio con sus singulares árboles de olivo de la Colonia, con las arrugas de la vejez, y por las calles típicas del pueblo. Deambulan por todos los rincones de Tzintzuntzan. Llevan un plato que deben llenar con dinero que proviene de limosnas. Si dos penitentes coinciden en el camino, según las costumbres purépechas de Tzintzuntzan, se saludan con una reverencia, sin hablar; de lo contrario, las reglas les prohíben avanzar.

Los moradores de Tzintzuntzan tienen la creencia de que quienes ofrecen penitencia y mueren antes del viernes de Semana Santa, regresan de ultratumba con intención de cumplir su promesa al Santo Entierro. No es de extrañar, como aseguran, que un muerto o más, cubiertos con capucha, deambulen por aquellos rincones sacros para cumplir sus promesas, confundiéndose con los penitentes vivos.

Ya en la noche, otros penitentes, los que cargan cruces de madera, se flagelan cruel e intensamente hasta que sangran sus espaldas. Los turistas, asombrados, son testigos de las costumbres purépechas que aún se conservan, a pesar de la dinámica de la hora contemporánea que se empeña en cubrir todo con plástico y concreto.

Costumbres ancestrales. Fanatismo o ritos paganos, tal vez, pero se trata del fragmento, del sincretismo de dos culturas, la española y la purépecha, que sobreviven, cual náufragos, hasta nuestros días, y envuelven con su encanto y su magia a quienes tienen la fortuna de asistir a sus fiestas, a sus rituales, a sus ceremonias, en un acto que parece transitar de una página a las anteriores, viejas y amarillentas, con incontables historias que cautivan.

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Rutas de un viajero: Capítulo I. Zona arqueológica de Tzintzuntzan

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez

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Al pueblo de Michoacán y, en especial, a los purépechas de Tzintzuntzan

Las flores amarillas brotan diminutas, cautivantes, risueñas, en la tierra que un día, otro y muchos más se ha acumulado entre las piedras, sobre la ciudad legendaria y sagrada de los antiguos purépechas, quienes antes de la llegada de los conquistadores y evangelizadores españoles, en el siglo XVI, dominaron Michoacán.

Hierba y flores con pétalos de textura fragante y policromada, brotan incontenibles, plenas e insaciables; exhalan aromas silvestres y suspiros que parecen provenir de algún lugar secreto de las entrañas de la tierra, acaso repitiendo el eco de una cultura enterrada, perdida durante un atardecer prehispánico, una mañana incierta, un día colonial. Un día, todo cambió para ese pueblo.

El sol ardiente se filtra entre las nubes rasgadas por el viento e incendia el lago plomado que refleja, cual espejo, las montañas azuladas que se distinguen en el horizonte, en la lejanía, como moles apocalípticas que han atestiguado la historia de un pueblo y que bien podrían narrar lo indecible, lo que aconteció antes de que llegara el ser humano a esas tierras. El escenario lacustre permanece imperturbable en ciertos rincones y en otros, en tanto, padece las deformaciones que le han dado las centurias y presentan el lenguaje de los seres humanos.

Aparece, ante la mirada, el lago de Pátzcuaro, irrepetible, con signos aún de su antigua majestuosidad. Acaricia y refresca la orilla de Tzintzuntzan, lugar donde se erigió, en las horas prehispánicas, el imperio de los purépechas. Las calzadas de piedra, entonces, conducían al lago agónico que todavía ofrece su belleza.

El rostro de Tzintzuntzan, antiquísimo, asoma al lago que cada instante se aleja de la orilla -acaso por los siglos y milenios acumulados, quizá por la depredación humana, tal vez por eso y más-, como intentando recobrar el esplendor de antaño, porque al despertar sus piedras de un sueño prolongado, al salir del velo de la tierra que las mantuvo cautivas, buscan a sus arquitectos, a sus moradores, a sus reyes y a sus sacerdotes, quienes ya no se encuentran presentes y yacen, igual, en parajes abruptos y lacustres.

Las yácatas, singulares en Michoacán, semejan una doncella morena de piedra, luciendo formas hermosas e indígenas, al pie de la montaña que oculta otros palacios precolombinos. Son pirámides distintas a las que existen en otras regiones de Mesoaméreica, y se les distingue por su enorme plataforma rectangular sobre la que se erigen basamentos semicirculares.

Tras las ruinas, el cerro repleto de maleza se extiende abrupto, misterioso, guardando con celo los montículos, los dioses, los vestigios del antiguo imperio purépecha. El paraje montaraz custodia entierros con ofrendas, basamentos, figurillas, restos de la civilización que fue una en el tiempo y el espacio.

Los colibríes, ya escasos, vuelan ligeramente; se acercan a las ruinas, a las flores pequeñas que crrecen entre las losas, y extraen el néctar de la vida, el sabor de la naturaleza. Compiten, al natural, con libélulas, mariposas y abejas que revolotean.

En la antigüedad, cuando el imperio purépecha tenía su sede en Tzintzuntzan, abundaban los colibríes de bello plumaje que, junto con otras aves exóticas, casi extintas, emitían cantos, murmullos hoy perdidos en el eco del ayer. Era paisaje edénico e inimaginable, escenario majestuoso con seres humanos, lago, montañas, cielo, animales, árboles y plantas.

Por algo, la lengua purépecha bautizó el sitio como Tzintzuntzan, que significa “lugar de colibríes”. Había muchas aves; no obstante, hay que comprender su significado, relacionado con signos y conceptos profundos que iban más allá de la especie de los colibríes.

Los purépechas definieron su ruta existencial; pero también, es cierto, concibieron dioses de piedra, diseñaron formas e inventaron su ciudad diferente a las que entonces existían en Mesoamérica. Las yácatas demuestran la genialidad arquitectónica de esa civilización. Tan distinta fue su arquitectura, su concepción del mundo, que hoy, varias centurias después de su esplendor, las ruinas asombran a quienes las recorren. Son peculiares.

Vista parcial de las yácatas, en Tzintzuntzan, Michoacán. Foto: Lázaro Alejandre Gutiérrez.

Quien conozca Chichén Itzá, Uxmal, Palenque, Cholula, El Tajín, Mitla, Monte Albán, Teotihuacan, Tula o Xochicalco, seguramente descifrará en cada complejo arqueológico un lenguaje, un signo particular, como lo percibirá, también, en los rincones de Tzintzuntzan, con sus formas, sus siluetas que no se comparten en otra parte, porque se trata de una doncella morena, una princesa de piedra, celosa, inigualable, que hunde sus pies de barro en el agua plomada del lago.

Lo que en la actualidad se conoce como yácatas, se compone de cinco construcciones de planta mixta rectangular y circular, con cuerpos escalonados que descansan sobre una gran plataforma. De acuerdo con investigaciones arqueológicas, las yácatas cumplían doble función: eran recinto de los dioses purépechas y tumbas de los señores principales del reino. Ciertamente, las yácatas se distinguen de otras construcciones precolombinas por su planta rectangular-circular, característica de la región lacustre de Pátzcuaro. Fueron morada de los dioses y también de los grandes señores.

Digno de mencionar es que las cinco yácatas que se encuentran descubiertas, fueron edificadas a base de piedra laja de basalto, sin cementante, recubierta con grandes bloques de tezontle. Mucho del material pétreo, tallado por los antiguos purépechas, fueron trasladados, ya en la Colonia, a partir del siglo XVI, hasta otra zona de Tzintzuntzan, para construir el convento franciscano y los templos, en los que se notan, incluso, algunas piezas con petroglifos.

Las yácatas reposan sobre una gran plataforma, cuyas dimensiones alcanzan cuatrocientos metros de largo por ciento ochenta de ancho, con esquinas redondeadas. Frente al muro mayor de contención de la denominada gran plataforma, se distinguen nivelaciones menores que, junto con algunas escaleras, sirvieron de rampa de acceso a la parte superior. Comunicaban directamente con el centro ceremonial, con el lago y con los caminos que conducían a diversos sitios de la cuenca.

Al contemplar el escenario, uno imagina que la imagen de la ciudad prehispánica de Tzintzuntzan, debió ser majestuosa e impresionante desde el lago. El conjunto de nivelaciones, según investigaciones arqueológicas, conducía al embarcadero. Los árboles han crecido y proyectan sus sombras jaspeadas en la llanura que separa la parte postrera de las yácatas de una estructura conocida como El Palacio, conjunto localizado en el extremo noreste de la gran plataforma y que consta de un patio rodeado de habitaciones.

El Palacio, en Tzintzuntzan, Michoacán. Foto: Lázaro Alejandre Gutiérrez.

Quien sepa interpretar el lenguaje pétreo, los signos de las piedras antiguas, entenderá que allí se encontraban los cimientos de las columnas sobre las que descansaba el techo de madera y paja, ya consumido por la lluvia, el sol, el tiempo y el viento.

Durante las excavaciones, los investigadores descubrieron restos humanos, hallazgo que indica se trataba de un recinto con funciones similares a las de los tzompantlis de los aztecas. Era un elemento ritual característico de los asentamientos mexicas; allí se concentraban las cabezas de los enemigos derrotados durante las contiendas. En el exterior de El Palacio, los arqueólogos descubrieron vestigios de un altar, no visible en la actualidad.

También en la parte posterior de las yácatas, a varios metros de distancia de El Palacio, aparece, en el suelo, un círculo de piedras enterradas, el cual delata días y noches de hace centurias, cuando ellos, los nativos purépechas, realizaban ceremonias y rituales.

Desde tales construcciones, el visitante admira el lago de Pátzcuaro y las montañas que se extienden en la lejanía, resguardando pueblos purépechas que permanecen arrullados; también siente en su rostro las caricias del viento fresco, helado, que desciende de la montaña, y escucha, arrobado, el roce del follaje que parece exhalar murmullos, suspiros, palabras incomprensibles, la lengua indígena de otros tiempos que habla y calla.

Cuán grato caminar entre las yácatas y la orilla de la gran plataforma, admirando el paisaje lacustre, con el caserío de tejado bermejo a poca distancia, sus edificaciones coloniales, su kiosco y sus árboles enormes, frondosos, cerca del lago. En las casas de adobe y teja, a las que se han sumado otras de piedra y ladrillo, coexisten los descendientes de aquellos hombres y mujeres que hace cientos de años tuvieron una historia, un motivo, y que un día, de improviso, fueron conquistados por la espada y el crucifijo.

Dignos de conocerse son, igualmente, los petroglifos que se encuentran en algunas de las losas y lajas; aunque es innegable que no pocas de las piedras que pertenecieron a las construcciones indígenas, permanecen atrapadas en el ex convento y parte del complejo franciscano que se encuenra en el pueblo.

Al caminar, el trotamundos llega hasta una subestructura que se encuentra entre la cuarta y la quinta yácatas. En realidad se trata de un pozo de sondeo, desde el que se observa parte de uno de los muros de contención de la gran plataforma, perteneciente a una etapa anterior a las yácatas. La generación de la hora contemporánea tiene el privilegio de observar, en tal pozo de prueba, parte de un muro que los últimos purépechas prehispánicos no conocieron. Es un sitio de mayor antigüedad.

El pueblo purépecha estableció su capital en Huitzitzilan, traduciendo el nombre a su lengua como Tzintzuntzan, que significa “lugar de colibríes” o “lugar del colibrí mensajero”, porque estaba dedicado a Huitzilopochtli o Tzintzuuquixu, “el colibrí del sur”.

Hay que recordar que el imperio purépecha se fortaleció con las conquistas de grandes extensiones de territorio, recibiendo su capital -Tzintzuntzan- un tributo impresionante; en consecuencia, el rey de Michoacán era llamado caltzontzin por los aztecas, o sea “señor de las innumerables casas o pueblos”.

Enemiga tradicional de los aztecas, la cultura purépecha surgió alrededor del año 1350 después de Cristo, abarcando en su momento de mayor apogeo más de setenta y cinco mil kilómetros cuadrados de superficie. Según las excavaciones e investigaciones arqueológicas, emprendidas a partir de 1930, se concluye que cuando llegaron los españoles a tierras michoacanas, en 1522, Tzintzuntzan era una ciudad próspera con alrededor de treinta y cinco mil habitantes que vivían en una extensión calculada en siete kilómetros cuadrados, entre el lago de Pátzcuaro y las faldas de dos cerros volcánicos.

Vista parcial del pueblo de Tzintzuntzan y del lago de Pátzcuaro. Foto: Lázaro Alejandre Gutiérrez.

Hay evidencias de que en el territorio que comprende Tzintzuntzan, existían áreas residenciales -destinadas exclusivamente a la alta nobleza- y otras zonas, en tanto, dedicadas a las clases bajas; además, había talleres en los que se producían objetos de barro, cobre, obsidiana y piedra para los rituales o de uso común.

Por cierto, frente a la zona arqueológica que resguarda el Instituto Nacional de Antropología e Historia, tras caminar por algunas cañadas totalmente erosionadas, yacen, semienterradas, varias estructuras arqueológicas que delatan la majestuosidad y las dimensiones que debió tener aquella urbe en sus momentos de esplendor.

Ya cubierta por la hierba, existe una plataforma de grandes dimensiones, cuyas laderas revelan la presencia de basamentos prehispánicos, indicativo de la importancia que debió tener el sitio. Incluso, los arqueólogos cubrieron con malla un cuerpo piramidal, con lo que evitaron su deterioro y saqueo.

Las yácatas estaban dedicadas a la deidad purépecha del sol, Curicaueri, y a sus cuatro hermanos, los Tiripeme. La plataforma principal presenta evidencias de que contenía varias cámaras funerarias de la élite purépecha, de manera que se han extraído alrededor de sesenta entierros.

Cuando moría el cazonci, su cuerpo era ataviado con mantas, plumaje y joyas; además, colocaban sus armas a un lado. Era sacrificada parte de su servidumbre, la gente que se dedicaba a diferentes oficios, la cual lo acompañaba al más allá, según las creencias purépechas de entonces.

De acuerdo con algunos autores, los purépechas que aparecieron durante el siglo XII de nuestra era, pertenecieron a un grupo procedente de la zona ecuatoriana o peruana; no obstante, existen diferentes teorías respecto a su origen. Zacapu, en la región de Michoacán, es considerado cuna de los purépechas, pero Tzintzuntzan fue sede del imperio.

Si bien es cierto que la zona arqueológica de Tzintzuntzan se distribuye en una superficie de aproximadamente ciento ochenta hectáreas, la ciudad era mayor, incluyendo los cerros Yahuarato y Tariacuri. En la zona arqueológica de Tzintzuntzan se encuentra un museo, en cuya sala son exhibidas algunas de las piezas de cerámica, cobre, obsidiana y piedra descubiertas durante las excavaciones efectuadas en el lugar, colección que, por cierto, no corresponde en cantidad e importancia a los hallazgos registrados en la zona. Es un museo muy raquítico para la grandeza de la zona arqueológica.

Tzintzuntzan, centro político y religioso de los purépechas que en días precolombinos controlaron gran parte de lo que en la actualidad forma parte de Michoacán y lugares importantes de Guanajuato, Guerrero, Jalisco, Querétaro y México, esconde incontables enigmas bajo la tierra, entre las piedras, tras la maleza; pero su mirada actual y su rostro de princesa purépecha seducen e invitan a conocerle, a experimentar su palpitar en los poros de la piel. Es para llevarse un pedazo en la memoria y en las fotografías.

Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga/ Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez

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Rutas de un viajero: Presentación

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Presentación

Rutas de un viajero es la obra que no publiqué. Y no lo hice porque contiene 207 capítulos que suman alrededor de dos millones 500 mil caracteres. Es un libro demasiado extenso, derivado, en amplio porcentaje, de los reportajes que semanalmente publiqué en un suplemento turístico de circulación estatal en Michoacán.

Inicialmente, su título era Cartas y estampas de viaje a la provincia de Michoacán; sin embargo, me pareció que requería otro nombre y decidí, en consecuencia, que fuera Rutas de un viajero, igual que el programa turístico que conduje en la web del ya extinto diario Cambio de Michoacán.

El Sol Turístico era un suplemento de ocho a 12 páginas, semanal, inserto en el periódico El Sol de Morelia, perteneciente a la cadena de Organización Editorial Mexicana. Un día, los directivos del periódico me citaron con el objetivo de informar: “a partir de hoy, serás coordinador de El Sol Turístico, lo que implica que cada semana viajarás a diversos sitios de la geografía michoacana. Planearás y organizarás los viajes, escribirás y, por añadidura, diseñarás la edición conforme a los lineamientos de El Sol de Morelia”.

Un compañero me aconsejó no esforzarme, es decir, solicitar información de diversos lugares de Michoacán a la Secretaría de Turismo -boletines y fotografías- y publicarla cada semana, puntualmente; no obstante, me pareció fallta de ética, exceso de mediocridad y ausencia de profesionalismo, independientemente de que me negaría la oportunidad de recorrer los rincones de una provincia mexicana tan hermosa como es Michoacán.

Tomé la decisión de explorar el estado y protagonizar una aventura intensa, bella e inolvidable, y, obviamente, compartir mis experiencias con el público, con los lectores que cada semana buscaban el suplemento turístico. Me encantaba recorrer veredas, introducirme a cuevas, descubrir ruinas y conocer los paisajes naturales, los pueblos pintorescos, la arqueología, el folklore, la gastronomía, la arquitectura típica, las artesanías, las fiestas, las leyendas, la historia y las tradiciones. Promoví, incluso, pueblos y rincones que ni siquiera figuraban en los planes de difusión de las dependencias públicas y de las instituciones privadas. Me enlodé, respiré la emoción de lo inesperado y disfruté mis viajes y escribir plenamente.

Detrás de cada reportaje, hubo una historia, un motivo, una serie de anécdotas, todo concentrado en el tintero y en espera, quizá, de que algún día las recuerde y las plasme en incontables hojas, en páginas que relaten las aventuras de un viajero inagotable. Y sí, viví cada experiencia sin poses ni actitudes protagónicas. Simplemente, lo viví.

Sin ser terruño de mis antepasados ni mío, Michoacán y sus habitantes me recibieron cálidamente, con respeto, y, por lo mismo, conservo un grato recuerdo de mi estancia en esa provincia con tanta riqueza natural y mineral, folklore, historia, tradiciones y leyendas. Michoacán figura en la ruta de mi existencia.

La presente obra no es un tratado académico. Simplemente es, como expliqué, resultado de aquellas jornadas periodísticas que llevé a cabo entre postrimerías de la inolvidable vigésima centuria y la aurora del siglo XXI, en una estancia de varios años en la provincia de Michoacán, en el centro-occidente de la República Mexicana.

Hoy, desde mi destierro, quiero ofrecer a mis lectores la publicación regular de los capítulos de Rutas de un viajero, con la aclaración de que no pocas de las historias relatadas, provinieron de la tradición oral, la cual, obviamente, suele variar de una generación a otra. Mi intención, al escribir la obra, fue presentar la historia de frente, sin maquillajes, con un estilo menos frío, más próximo a la gente., con el deseo de que hombres y mujeres amen y se arraiguen dignamente a su tierra nativa y que los otros, los turistas nacionales y extranjeros, conozcan tan bella y maravillosa entidad.

Después de todo, Rutas de un viajero contiene, en sus páginas, la narración de lo que mi compañero fotógrafo y yo encontramos in situ, en cada destino, en todos los paseos. Lo vivimos y hoy lo recordamos con el cariño a un estado mexicano, el de Michoacán, que alguna vez nos recibió.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Catedral barroca de Morelia, iniciada en el siglo XVII y concluida en la decimoctava centuria.

De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico: Gerardo Torres Calderón

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Prólogo

Cuando mi padre y yo visitamos, por primera vez, la ciudad de Morelia (1), en julio de 1983, pernoctamos en una posada familiar con la idea de recorrer, al siguiente día, el centro histórico con sus palacios de cantera, sus conventos y sus templos virreinales, sus portales típicos, sus balcones románticos, sus jardines prodigiosos con fuentes y bancas de piedra o hierro, sus portones de madera y sus rincones insospechados. Morelia representaba, para nosotros, una tierra desconocida, un paréntesis dentro de nuestras existencias, la posibilidad de iniciar una historia en un terruño.

Aquel año de nuestras existencias, preferimos viajar en autobús de primera clase, lujoso y cómodo, perteneciente a la línea Tres Estrellas de Oro. No existía, entonces, la autopista México-Morelia-Guadalajara, que sería construida más tarde, durante la década de los 90, en el irrepetible siglo XX, lo que implicó que el recorrido de la Ciudad de México, entonces Distrito Federal, a la capital de Michoacán, resultara una aventura extraordinaria e inolvidable, y, sobre todo, porque iba con mi padre, ambos con el plan y la ilusión de elegir un sitio agradable para vivir, y qué mejor que el lugar del que tanto habíamos escuchado comentarios positivos.

Llegamos a la terminal de autobuses de Morelia, en aquel tiempo instalada al norte del centro histórico, frente a la colonia Industrial -el antiguo Paseo de las Lechugas-, y caminamos a esa hora de la noche -cerca de las nueve-, guiados por las respuestas de la gente que, en vez de informarnos el rumbo correcto para llegar hasta la zona donde se encuentran los portales típicos, la catedral, el Palacio de Gobierno y las fincas añejas y señoriales de cantera, nos condujeron hasta el templo colonial de El Carmen, donde coincidimos con incontables familias que celebraban las fiestas patronales del barrio. Era 16 de julio de 1983.

Cada uno con nuestra mochila de trotamundos, decidimos hospedarnos, descansar y explorar la ciudad al siguiente día. Antes de escudriñar los rincones insospechados de la ciudad, entonces apacible y envuelta en un ambiente provinciano, como era México, acordamos desayunar ensalada de frutas, jugo de naranja, café con leche, bizcochos y chilaquiles (2) en un restaurante que operaba en los portales, donde colgaba un letrero con el título El Paraíso, desde el que admiramos, enfrente, la catedral barroca, iniciada en 1660 y concluida hasta 1744, y escuchamos, arrobados, los tañidos de los campanarios vetustos del centro moreliano y el concierto de los pájaros que se reunían en los árboles de la Plaza de Armas, al recibir las primeras caricias del sol, entre el kiosco, las fuentes y las bancas.

Sonreímos y desayunamos, cautivados por el paisaje soberbio de cantera que parecía ofrecer un mundo mágico. Ambos comentamos que se trataba de un rincón mexicano muy hermoso y tranquilo, adecuado para vivir. Felices e ilusionados, dijimos que hasta estábamos desayunando en El Paraíso, acaso sin imaginar que 37 años después, en 2020, tendría oportunidad de escribir la historia del recinto donde convivimos aquella mañana nebulosa y fría, y no precisamente sobre el restaurante que atendió a tanta gente, sino por las remembranzas y tradiciones de otros días, los de atrás, entre los del siglo XIX y las primeras décadas de la vigésima centuria, que quedaron en sus muros y techos, en su memoria y en su pulso.

Elegimos Morelia. Nos encantó. De forasteros, establecimos la casa en tan hermoso lugar, fundado el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, como Ciudad de Mechuacan, nombre que perduró hasta 1545, cuando fue sustituido por el de Valladolid, y, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, héroe de la Independencia que inició en México en 1810, por el de Morelia. Sin antecedentes familiares en esa ciudad, mi padre, mi madre, mis hermanos y yo protagonizamos una historia y fuimos bien recibidos. Desde muy joven me interesé en el pasado, en los otros días del ayer, y de esa manera me involucré, también, en la historia de Morelia, al grado de que mientras escribía mis obras y publicaba mis trabajos periodísticos en diferentes medios de comunicación, me dediqué a la actividad turística y disfruté guiar a los visitantes nacionales y extranjeros por las rutas cautivantes de esa ciudad y del estado de Michoacán.

Al estudiar y conocer la historia moreliana, aprendí que El Paraíso, donde mi padre y yo desayunamos alguna vez, no era el nombre del restaurante. Simplemente, el letrero quedó en el muro de cantera, en los portales, cual náufrago de otras horas, las del siglo XIX y la vigésima centuria, lapso en que El Paraíso, fundado en 1840 por el campanero de la catedral barroca, Marcial Martínez, funcionó en ese lugar con la venta de dulces y una variedad de productos que la negociación elaboraba y comercializaba.

Me interesé en la historia y en la tradición de esa firma dulcera, la de El Paraíso, sobre todo por los recuerdos que el local representaba para mí, al lado de mi padre, y por la trascendencia del sitio; sin embargo, fue hasta 2018 y 2019, cuando al investigar y escribir la historia de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado y prestamista Ramón Ramírez Núñez, descubrí otros datos e información que me condujeron, obviamente, a la Calle Real y su Museo del Dulce, donde encontré respuestas a mis interrogantes.

Conocí a su propietario, Gerardo Torres Calderón, quien fundó Calle Real como un eslabón de El Paraíso, con toda su historia, sus tradiciones y su experiencia, y con el encanto de insertar el ayer a la hora contemporánea. Entablamos comunicación y de un encuentro y otros más, surgió una amistad que hoy se traduce en un apunte, en un libro breve que reseña la historia de una empresa que inició como un sueño y se convirtió en realidad y símbolo de la dulcería auténtica de Morelia y México.

Gerardo Torres Calderón es un rescatista de la tradición dulcera moreliana y mexicana. Ha dedicado muchos años al estudio y a la investigación del tema, e incluso ha viajado a diferentes países de Europa y a regiones lejanas, en su interés de conocer más. Paralelamente, ha reunido apuntes, libretas y recetarios de dulces, repostería y postres morelianos y mexicanos.

Ahora, al revisar su tarea infatigable, descubro a un ser humano extraordinario que ha consagrado su vida al rescate de la historia y las tradiciones de la dulcería y la repostería de Morelia y México para entregar bocados a quienes aman la calidad y el buen estilo. Ha dejado huella, constancia de su paso, y merece, en consecuencia, un reconocimiento público por su aportación al acervo cultural y gastronómico.

Cuando me desempeñaba como reportero de la fuente económica en periódicos locales como El Sol de Morelia, La Voz de Michoacán, Buen Día, Nuevo Michoacán, Cambio de Michoacán, La Jornada Michoacán y Provincia, entre otros, tuve oportunidad de conocer al padre de Gerardo Torres Calderón -Luis Torres Villicaña-, quien, en su juventud, en 1938, a los 21 años de edad, compró El Paraíso con dinero que con honestidad, valor y firmeza solicitó prestado al empresario reconocido, en aquella época, Máximo Díez.

Luis Torres Villicaña, a quien conocí entre postrimerías de la década de los 80 y la aurora de la de los 90, fue, en el pasado, en 1957, un presidente muy querido de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, ya que aportó mucho a la institución y compró, a base de esfuerzo y talento, la casona que actualmente es sede de esa institución.

Tenía fama de hombre disciplinado y honorable. De él, relataban anécdotas, capítulos e historias interminables quienes tuvieron oportunidad de conocerlo. Mostraba congruencia entre lo que sentía y pensaba con sus actos y palabras. Era, como dicen, hombre de una sola pieza.

Durante mis diálogos y visitas a Gerardo Torres Calderón, en Calle Real, las delicias del chocolate semiamargo y del panqué, las galletas, el pan y los pasteles elaborados con tanto esmero, acompañaron nuestras tertulias, en las que tuve oportunidad de conocer más sobre la empresa y los padres de mi amigo -Luis Torres Villicaña y Soledad Torres Calderón-; además, aumentó mi interés en profundizar en el tema apasionante de la dulcería típica moreliana y mexicana.

Me di cuenta de que él, Gerardo, es un estudioso del tema y lo ha rescatado a través de la adquisición y conservación de recetarios antiguos, fórmulas caseras de hace una centuria o más tiempo, con la noticia de que cada una la ha elaborado personalmente y, en su caso, adecuado a la época contemporánea, desde luego sin perder calidad y originalidad.

Recorrí el Museo del Dulce y la fábrica de la Calle Real, donde cada sala está dedicada a la producción artesanal de piezas que resultan un deleite a los sentidos. Los dulces típicos y la repostería de esa marca no son productos industrializados con colorantes, materias primas y saborizantes artificiales. Cada dulce, pan, chocolate, café y pastel contienen la esencia y el secreto de las mujeres de antaño, cuando las familias disfrutaban sabores y aromas que cautivaban los sentidos.

Como artista y escritor, confieso que me sentí atraído y cautivado por la historia de El Paraíso y su rostro actual reflejado en Calle Real, con la estación intermedia de La Estrella Dorada, y de un documento con la reseña de la firma empresarial, una de las más antiguas de México, caí en la tentación de crear una obra breve y amena, basada en datos, cifras, documentos, fotografías y publicidad reales, paralelamente a la tradición oral, con el interés de contribuir al enriquecimiento y a la conservación de la dulcería moreliana y mexicana.

La aportación documental y oral de Gerardo Torres Calderón, tesoro invaluable al que ha dedicado su vida, resultó útil para la realización de la presente obra. Justo es, creo, que aparezca mi nombre como autor de la obra, pero también incluir el del propietario de Calle Real, cuya información hubiera exigido mucho tiempo de investigación.

Esta obra es pequeña en cuanto a número de páginas. Contiene la historia de un período registrado en 1840, y que, en 2020, fecha de su redacción, marca 180 años de trayectoria de una firma comercial, de servicios e industrial, con la promesa de continuar en el liderazgo de su ramo, más allá del tiempo y del espacio. Es un libro peculiar, una guía, la reseña de una historia real y ejemplar.

Curiosamente, los tres personajes más importantes al frente de esta historia -Ignacio Martínez Maciel, Luis Torres Villicaña y Gerardo Torres Calderón-, iniciaron actividades a los 21 años de edad, y dieron, cada uno en su momento, lo mejor de sí para colocar a la industria dulcera de Morelia en el liderazgo y en el gusto de los paladares más refinados.

Generalmente, el tránsito de una generación a otra y a muchas más, implica, paralelamente, que incontables nombres y apellidos, historias y tradiciones naufraguen en la desmemoria y se pierdan definitivamente; sin embargo, me parece loable rescatar los pedazos de antaño, reunirlos y ofrecer, en un libro diferente, el eco de algo que fue real y dio sentido a lo que hoy somos.

Más allá de la edad, las generaciones del minuto presente transitaremos a la historia por ser las que enfrentamos las adversidades, los desafíos, los obstáculos, los problemas y los retos derivados de conflictos globales y de la sombra que se proyecta sobre la humanidad con el Coronavirus y otros temas preocupantes, en una hora en que la continuidad de un planeta sano está en duda; no obstante, cada uno demostraremos lo que somos capaces de llevar a cabo en nuestras vidas, en lo individual y en lo colectivo, por medio de los sentimientos, las ideas, los actos y las palabras que expresemos y por las huellas que dejemos a nuestro paso.

En este sentido, Gerardo Torres Calderón -el amigo, el empresario, el amante de la historia y las tradiciones- y yo, Santiago Galicia Rojon Serrallonga -el artista, el escritor, el periodista-, optamos por aprovechar estos días con la convicción de que la vida es un suspiro y apenas alcanza para hacer algo bueno, aportar lo mejor de sí y dejar huellas indelebles.

La presente obra incluye, al final, un apartado cuyo título es “Calle Real, un apunte para la historia”, documento menos literario que sintetiza el presente escrito, dirigido a aquellos que les interese el tema y que, por alguna causa, no dispongan de tiempo y opten, en consecuencia, por la lectura rápida.

De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones, es la obra que hoy se suma al compendio de la antigua dulcería moreliana y mexicana, tan celosamente guardada por las mujeres de antaño. Es un libro especial y pequeño, breve en su lectura y profundo e intenso en el devenir de los años.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

La historia

y una distinción

La historia se conoce, protege y conserva por medio de documentos, arquitectura, obras, vestigios y objetos; se recuerda cuando transita, en la memoria colectiva, de una generación a otra; se rescata a través de excavaciones, descubrimientos e investigaciones; y también se inventa, a veces, con la responsabilidad implícita de quienes recurren a tales prácticas, en ocasiones con la idea de rellenar los acontecimientos simples con detalles obvios y así tender puentes que eviten el naufragio, la confusión, el olvido y la mentira, y en determinados casos, en cambio, con el objetivo de desfigurar los hechos y engañar, manipular y controlar. Hay, incluso, quienes la rasguñan, la esconden y la destruyen.

En el caso de El Paraíso, establecimiento fundado en 1840 -año en que fue sustituida la nomenclatura vieja por una que se consideró más adecuada, lo cual implicó que el Ayuntamiento local destinara gran cantidad de dinero en la construcción, transporte y colocación de los azulejos correspondientes- y que es antecedente de La Calle Real, firma actual de la tradición dulcera y pastelera de Morelia, posee historia documentada y oral, coyuntura que la anota en la lista de las empresas que operan con mayor antigüedad en México.

Innegablemente, es la dulcería que actualmente tiene mayor antigüedad en la República Mexicana, rasgo que, junto con otros elementos relevantes, propició que, en 2010, la marca Calle Real recibiera un reconocimiento por el entonces mandatario nacional, Felipe Calderón Hinojosa, dentro de las celebraciones que se llevaron a cabo con motivo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Durante el acto conmemorativo que encabezó el presidente de México, al que asistieron funcionarios públicos, intelectuales, artistas, empresarios, periodistas, académicos y propietarios de las firmas comerciales e industriales más antiguas del país, el director general de Calle Real, Gerardo Torres Calderón, recibió el reconocimiento oficial.

Paralelamente al reconocimiento, le fue entregado el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, lujosamente impreso y encuadernado, que consta de 212 páginas e ilustra con fotografías, documentos y textos los antecedentes de los negocios que han enfrentado y superado las diferentes etapas económicas, sociales y políticas del país, con sus vicisitudes y sus luces y sombras.

Portada del libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas.

En la obra, respaldada por la Secretaría de Economía y ProMéxico, aparece en las páginas 32 y 33, entre los perfiles de un centenar de negocios y bajo el título De la Calle Real, un paraíso que sabe a México, la reseña de tan tradicional empresa. Relata, grosso modo, la trayectoria de la dulcería con mayor cantidad de años de operar en la geografía nacional.

Obtener la distinción del Gobierno Federal y aparecer en el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, implicó que Gerardo Torres Calderón, su familia y su equipo de trabajo reunieran pruebas, documentos, fotografías, anuncios, publicaciones y evidencias correspondientes a distintas épocas, que testimoniaran, efectivamente, los antecedentes y la trayectoria que ha tenido su marca. Resultaba indispensable poseer el respaldo que evidenciara y validara la continuidad del negocio de 1840 al año 2010, fecha en que, como quedó asentado, el mandatario nacional entregó los reconocimientos y los ejemplares del libro a los dueños y representantes de los negocios más antiguos que en esa época operaban en el país.

Hoy, el reconocimiento cuelga orgullosamente en uno de los muros de Calle Real, entre litografías, pinturas y fotografías antiguas; el libro conmemorativo, en tanto, forma parte del acervo cultural y de los archivos y estantes de la firma empresarial.

El principio

Calle Real ofrece fragancias y sabores de historia y tradición centenaria, ausentes de matices artificiales, porque su esencia es genuina y conserva, por lo mismo, las delicias y el encanto de las fórmulas y recetas de antaño, celosamente guardadas por las familias, las cuales transitaron a una e incontables generaciones.

Aquellas familias que poseían cocinas pletóricas de cazuelas, utensilios de madera y vajillas, con estufas de leña, de donde surgían manjares y postres que atraían y enamoraban por sus aromas, sus sabores y sus texturas, se reunían en sus comedores lujosos y, entre conversaciones amenas e interminables, diluían sus horas, sus días, sus años.

Los desayunos, acompañados de chocolate, leche o café con bizcochos y otros platillos, junto con las comidas suculentas y las cenas deliciosas, contaban con algún dulce casero, un pan horneado y, a veces, si la ocasión lo ameritaba, un pastel.

Celosamente, las mujeres, las madres, las hijas, las abuelas, las nietas, las tías, guardaban sus recetarios, libretas en las que un día, alguna tarde o cierta noche, a una hora y otra, anotaban fórmulas gastronómicas, indicaciones para elaborar dulces de leche y frutas naturales, y su contenido solo era conocido por las herederas de tan preciados apuntes.

Así se fue la vida. Transcurrieron los años, las décadas y el paso de una centuria a otra, con rostros y linajes distintos, en épocas cruentas y disímiles que hoy se estudian en los libros, en los colegios, en los documentos resguardados en archivos.

Calle Real posee, en sus archivos y biblioteca, los recetarios con letras que parecen moldes y dibujos artísticos de colecciones y de museos, y son, precisamente, la congregación de sabores que ofrece en sus dulces y postres, en sus bocadillos y pasteles.

En consecuencia, una firma que vende calidad, atención, servicio, experiencia, tradición, buen estilo, aromas, sabores, fórmulas y recetas originales, necesariamente debe agregar los encantos de su historia, rasgos que siempre, aquí y allá, en cualquier estación de la vida, la harán agradable, mágica e irrepetible.

Llama la atención, al ingresar al Museo del Dulce, a la cafetería y a las tiendas de Calle Real, el vestuario del personal, a la moda porfiriana (3). Hombres y mujeres atienden al público y sirven en las mesas, entre litografías, adornos, pinturas y muebles que exhalan suspiros por los muchos instantes del ayer y evocan las décadas del siglo XIX y las primeras de la vigésima centuria.

Uno, al ingresar a la Calle Real y a su museo, ya se siente entre dos épocas, la que le corresponde y la otra, la del pasado, la que pertenece al ayer y a la historia, con sabores y fragancias de antaño al gusto y las necesidades de la gente de la hora contemporánea. Es un estilo de vida y lo llevan consigo quienes disfrutan sus tesoros culinarios.

Calle Real y Museo del Dulce, en Morelia, Michoacán, al centro-occidente de México. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Se abre el libro de la historia

Las páginas amarillentas y empolvadas de la historia se abren, una vez más, con el perfume de otra gente y de horas que cada día parecen muy distantes. Cada hoja quebradiza, exhala el soplo de la tinta y de los recuerdos, hasta transportar al lector a las rutas del ayer, a los otros días, a los de 1840, cuando Marcial Martínez era campanero oficial de la catedral barroca de Morelia, capital del estado de Michoacán, al centro-occidente de México.

La ciudad fue fundada el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, con el nombre de Ciudad de Mechuacan. En 1545, cambió por Valladolid, para más tarde, en 1828, denominarse Morelia, en honor del héroe de la Independencia del país, en 1810, José María Morelos, quien nació en ese lugar.

El tañido de las campanas se sumaba a los de otros templos coloniales que también sonaban y envolvían la pequeña ciudad palaciega en un ambiente provinciano y apacible, a pesar de lo convulsivo que resultaba el siglo XIX, y él, Marcial Martínez, se sabía autor de ese concierto en una y en otra torre, concluida en 1742 la del lado poniente y en 1744 la del oriente, desde donde contemplaba la Calle Real, los portales, las casonas, la campiña y el Paseo de las Lechugas con su zona pantanosa y agreste, al norte.

Imagen antigua de la Catedral barroca de Morelia. Colección: Rosalía Sumano Márquez.

Morelia era ciudad señorial, donde coexistían familias acaudaladas y linajudas de españoles y criollos, establecidas en mansiones de cantera, herraje y madera, localizadas en el centro, y mestizos, indígenas, negros y mulatos, entre otras razas, que habitaban barrios aledaños.

Cuando Marcial jalaba las cuerdas con el objetivo de provocar el tañido de las campanas de bronce que colgaban de vigas macizas de madera, hacía un paréntesis entre una actividad y otra, y de inmediato colocaba sus dulces artesanales en los barandales de piedra, en las torres, en las cúpulas y en las azoteas catedralicias con la idea de que recibieran los abrazos del sol y las caricias del viento, y a eso sabían, a los matices y perfumes de la ciudad rodeada de montañas y campo.

Quizá ignoraba que el autor de quien realizó la traza de la catedral de Valladolid, en 1660, fue el arquitecto italiano Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien, finalmente, pasó a llamarse, en ese lugar, Vicente Barroso de la Escayola. Ese hombre se entregó a la obra.

Los indígenas purépechas, que se contaban por miles, tallaban la cantera, arrastraban bloques enormes y pesados, construían muros, aplanaban y cincelaban. Los rumores de las herramientas contra las piedras se mezclaban con los murmullos de los peones que trabajaban en condiciones precarias y cantaban y hablaban en su lengua.

Vicenzo Baroccio de la Escayola murió en la aurora del siglo XVIII, en 1704, y la majestuosa obra quedó inconclusa durante algún tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla, Pedro de Guedea, quien la continuó hasta 1716. Fue Juan de Medina el hombre que se responsabilizó de concluir la obra catedralicia, junto con las fachadas y las torres. En 1744, la catedral estaba concluida y aparecía hermosa y magistral entre fincas palaciegas.

Antes de 1840, Marcial miraba, desde lo alto, el paso airoso de damas, caballeros y familias elegantes y aristócratas que asistían a la primera misa y a los siguientes oficios, mientras los carruajes y los jinetes transitaban libremente a diversas rutas, hasta que los arrieros y carretoneros irrumpían el paisaje tranquilo, embistiendo y salpicando de agua y lodo a los infortunados que encontraban a su paso y gritando improperios a las bestias de trabajo, cargadas de costales con productos frescos y mercancías que provenían de otras regiones.

Vista antigua de la Calle Real, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Los comerciantes se aglomeraban en los portales y en la plaza, donde realizaban transacciones. Los consumidores se acercaban, preguntaban y regateaban precios. Había mercancía procedente de otras regiones de Michoacán y la Nueva España, y hasta de Europa y China.

De las cocinas, en las fincas con corredores y columnas de piedra, escapaban los perfumes de las fórmulas y las recetas familiares, guardadas sigilosamente, que preparaban las mujeres con mucho amor y orgullo, para posteriormente servir, en las mesas de los comedores, chocolate espumoso, café, pan, rebanadas de algún pastel, fruta y una multiplicidad de platillos.

Hacía apenas 19 años -en 1821- que otro vallisoletano, Agustín de Iturbide y Arámburu, había consumado la Independencia de México que inició en 1810, para coronarse, en 1822, emperador. Apenas ayer, antes del movimiento insurgente, esas calles sintieron el paso de Miguel Hidalgo, llamado padre de la patria, quien era rector del Colegio de San Nicolás, al lado de sus colaboradores y alumnos, muchos de los cuales se sumaron a una causa, en lo que indudablemente fue una de las primeras muestras de nacionalismo, y acudieron, por lo mismo, puntuales y de frente a los abismos del destino y la historia.

Todo estaba tan cerca y lejos, al mismo tiempo, que Marcial, sin duda, recordaba y analizaba su vida y repasaba sus sueños y proyectos, entre los rumores y los silencios de las torres, desde las que escuchaba el órgano magistral del recinto catedralicio. A cierta hora de la mañana, puntual, colocaba sobre las azoteas y los espacios de cantera de la catedral, los ates y los dulces que preparaba en su hogar, al lado de su esposa Benita Maciel, instalado en la parte posterior del señorial monumento religioso, con la idea de que el sol brillante que suele aparecer en el cielo moreliano, mezclado con el viento suave, contribuyera a darles un sabor especial.

Así, Marcial mezcló hábilmente las recetas tradicionales con las caricias y las miradas del viento, el sol y los elementos de la naturaleza, hasta que sus dulces adquirían los perfumes y los sabores de las estaciones y de su terruño moreliano.

Entrada a El Paraíso

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Inicialmente, en la fiesta de los Fieles Difuntos y en otras celebraciones, el matrimonio Martínez Maciel se instalaba a un costado de la catedral, donde vendía sus ates y dulces a las familias que habitaban Morelia y a los comerciantes que llegaban de tierras distantes, quienes disfrutaban su esencia y sus sabores; aunque también le compraban, por antojo o recomendación, algunos personajes y visitantes mexicanos y extranjeros, lo que gradualmente dio prestigio a la familia. La calidad de aquellas recetas conservadas celosamente desde hacía varias generaciones, la amabilidad de Marcial y el buen servicio, lo motivaron a soñar y pensar en el tránsito de un negocio con nombre propio.

Enfrente de la catedral se encontraban los portales con sus mansiones señoriales. El Portal Iturbide -hoy Galeana-, era transitado, como los otros adyacentes, por personas que los convirtieron en centro de sus reuniones, en eje de sus encuentros sociales, en motivo de sus operaciones comerciales y paseos.

Fue en aquel portal donde el consumador de la Independencia y otrora primer emperador de México, Agustín de Iturbide y Arámburu, fusilado en 1824, tuvo su residencia, motivo por el que el sitio fue denominado con su primer apellido. En el Portal Iturbide se encontraba la casa marcada con el número 10, espacio que pronto se convertiría en sede de El Paraíso.

Quizá la influencia religiosa que cotidianamente recibieron Marcial y la familia Martínez Maciel, quienes trabajaban y vivían en la catedral, propició el nombre de la dulcería -El Paraíso-, independientemente de que Morelia parecía, entonces, trozo de cielo, y sus manjares, en tanto, deleite del vergel.

La familia Martínez Maciel acudió con exactitud y de frente a su cita con el destino y fundó, sin sospecharlo, una negociación que daría fama y tradición a la dulcería moreliana y mexicana a través de las décadas, hasta convertirse, en la hora contemporánea, en la empresa más antigua de su género en el país. Ahora es, innegablemente, la dulcería de los siglos XIX, XX y XXI.

El hijo

Ignacio Martínez Maciel

Marcial Martínez trabajó arduamente al lado de su esposa Benita Maciel. Posteriormente, ya con una visión de industrial y comerciante, su hijo Ignacio, quien nació en 1844, aprovechó las recetas que sus padres recibieron de sus antepasados, junto con la experiencia y la trayectoria acumulada, para consolidar el negocio que iniciaron en 1840.

Refiere la historia que Ignacio Martínez Maciel, hijo mayor de Marcial y Benita, aprendió el oficio de comerciante al trabajar, desde los años juveniles de su existencia, en la tienda de Octaviano Ortiz, un abarrotero reconocido en Morelia, quien poseía extenso surtido de mercancía, como lo eran, en aquella época, los negocios que ofrecían de todo a sus clientes.

La familia Martínez Maciel dedicó un día, otro y muchos más a la industrialización casera y a la comercialización de dulces típicos, hasta que Marcial, el campanero oficial de catedral, heredó a su hijo Ignacio sus recetas, sus sueños y su negocio.

Con una visión más empresarial, acaso por la experiencia adquirida en la tienda de abarrotes, Ignacio reestructuró el negocio familiar y, en 1865, a los 21 años de edad, dio un semblante de empresa de prestigio a El Paraíso.

Fortaleció la empresa y multiplicó la variedad de dulces, motivo por el que la tercera generación -nietos del fundador Marcial e hijos del consolidador Ignacio-, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, continuaron con las actividades de la empresa familiar.

En aquellos minutos de la decimonovena centuria, ya en la etapa porfiriana, el Portal Iturbide fue conocido popularmente como “de las dulceras”. Cotidianamente, los fabricantes y comerciantes de dulces típicos se instalaban en el portal. Principalmente, eran mujeres quienes llegaban con los dulces resguardados en carretillas de madera que abrían cuidadosamente y se transformaban en mesas que exponían los productos recién elaborados, obviamente con la competencia de El Paraíso, que entonces era un negocio formal, acreditado y reconocido.

Los fabricantes de dulces aprovechaban la fertilidad del campo michoacano, incomparable productor de fruta e incluso con ingenios de azúcar instalados en algunas regiones. El clima favorecía mucho. Tradicionalmente, desde los minutos virreinales, algunas órdenes religiosas contaban con huertos en sus monasterios y preparaban dulces, pastas y frutas en almíbar, como también las mujeres, en diferentes familias, las elaboraban en sus cocinas.

Un paseo a los otros días

Para tener idea de la Morelia que los autores, hombres de negocios y visitantes conocieron durante el siglo XIX, hay que consultar a Juan de la Torre, autor del Bosquejo histórico y estadístico de estado de Michoacán de Ocampo. Quien recurra a los anales de la historia, descubrirá que, en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860. En la segunda mitad del siglo XIX, se distribuían en la ciudad 14 plazas y plazuelas.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el autor citado mencionaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, citaba el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe, en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con terminación en la Alameda; el Bosque de San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que, a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodón y contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia. El autor de la obra, lamentaba que Morelia no fuera ciudad de grandes industrias; aunque reconocía que gran número de familias se dedicaban a la producción de guayabate y otros dulces, giro que estaba adquiriendo prestigio en el país y del cual dependían amplio porcentaje de personas.

Premios mundiales

Los calendarios clásicos

Bajo la conducción de Ignacio Martínez, El Paraíso escaló peldaños de calidad y prestigio social, hasta que, en la época porfiriana, obtuvo diversos premios y reconocimientos locales, nacionales y mundiales, entre los que destacaron, de acuerdo con las menciones inscritas en los calendarios clásicos que la empresa obsequiaba anualmente a sus clientes, los que a continuación se enumeran:

Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días.

Calendario de El Paraíso, 1901. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Indiscutiblemente, los premios y reconocimientos que obtuvo El Paraíso, influyeron de manera determinante en la internacionalización del dulce típico moreliano y mexicano, coyuntura que abrió fronteras y mercados, con nuevas oportunidades de negocios. Los ates y los dulces morelianos llegaron a diferentes mesas, a otra gente, que los probaron, se deleitaron y se enamoraron de sus sabores.

Portada del calendario de El Paraíso, en 1902. Colección: Gerardo Torres Calderón.
Colección: Gerardo Torres Calderon.

Libros

Publicaciones antiguas

El Paraíso fue célebre en México y en el mundo. Su propietario, Ignacio Martínez Maciel, destinó recursos económicos a la difusión del establecimiento, en libros, periódicos y calendarios, documentos que hoy son fuente de consulta y respaldan la existencia del negocio y sus premios obtenidos a nivel local, nacional y mundial.

Anuncio antiguo de El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón

Bajo el título Reseña histórica, estadística y comercial de México y sus estados, editado en 1895, R. O´Farril y Compañía, relataba erróneamente que Morelia “es esencialmente industrial”, cuando la ciudad era comercial, primordialmente, con ausencia de fábricas; aunque no se equivocaba al informar que “se hacen primores en animalitos de pluma copiados del natural; muñecos, juguetes caprichosos, dulces exquisitos de todas clases, siendo verdaderamente una especialidad las conservas y pastas de guayabate, membrillo, durazno, chabacano, etc.; jaleas de todas las frutas y multitud de estas conservas tan renombradas y estimadas en toda la República, y aun en el extranjero, a donde se exportan en gran cantidad”. Citaba, entre “los más ricos importadores que garantizan la legitimidad de las mercancías”, a “D. Ignacio Martínez, que tiene además una excelente dulcería”.

Dos años antes, en 1893, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y autor del libro Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, dio a conocer que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”.

Innegablemente, Juan de la Torre se refería, especialmente a El Paraíso, negocio que aparece publicado en una página completa de su obra Historia y descripción del ferrocarril central mexicano, editada en 1888, que difundía “gran dulcería moreliana, establecida en 1860. Única premiada con medalla de primera clase en la Exposición de 1877. Especialidad en los guayabates y demás dulces batidos y cubiertos. Variado surtido de frutas de pasta de almendra, frutas garapiñadas, secas y prensadas. Depósito de aves artificiales de pluma. Excelente chocolate, diversas clases. Primorosas bateas. Legítimo café de Uruapan. Morelia. Portal de Iturbide. Letra Y. Ignacio Martínez”.

En tanto, las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Sierra y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”. Desde luego, entre esa “industria que primero comenzó en las familias”, estaba incluido, por su prestigio, El Paraíso.

Las obras citadas, demuestran que El Paraíso y la dulcería tradicional no solamente estuvieron presentes en los comedores y platillos como deleite de las familias morelianas del siglo XIX, sino se volvieron, con el paso del tiempo, en industria, en medio de vida para incontables personas que se organizaron, promovieron y comercializaron sus productos naturales a distintas regiones de la geografía mexicana.

En una de las páginas del Primer Almanaque Michoacano, publicado por A. Mier en 1882, aparece un anuncio de la empresa: “El Paraíso. Gran Dulcería y chocolatería. Letra Y. Portal de Iturbide. Letra Y. Morelia El dueño de esta acreditada casa, no omite gasto para elaborar con el mayor esmero y limpieza, el magnífico chocolate que expende por mayor y menor, y emplea los mejores cacaos y azúcares. De acuerdo con las principales fábricas de México, se encuentra un abundante y variado surtido de cigarros de Tolú, Brea, Venado, Aztecas, Niña, César, Profeta y legítimos Habanos de la Honradez. Aquí no hay falsificaciones en los artículos que se expenden”.

Y los calendarios y anuncios publicitarios, difundidos en periódicos, entre el ocaso del siglo XIX y la aurora de la vigésima centuria, convertidos ahora en piezas de colección y de museo, dan idea de las especialidades de El Paraíso, como ates, frutas secas y cubiertas, dulces de leche, de almendra y de nuez, piloncillo, confites, garapiñados, caramelos, chocolate de metate, colaciones y pastillas de menta, por citar algunos. Ya en el inicio del siglo XX, El Paraíso contaba con maquinaria.

Durante la administración de tres generaciones de la familia Martínez -principalmente en la de Ignacio Martínez Maciel-, El Paraíso se transformó en una de las empresas dulceras de mayor prestigio en Morelia y México del siglo XIX y los primeros años de la vigésima centuria, e incluso se fortaleció, registró crecimiento, se acopló a la modernidad y sobrevivió a las vicisitudes de una época convulsiva e inestable.

Ya en 1902, en uno de sus calendarios tradicionales, “obsequio de la dulcería”, siempre con diseños especiales, creativos y originales, El Paraíso, en su página de enero, presumía sus reconocimientos y premios internacionales, y anunciaba su “especialidad en artículos propios del ramo, preparados en casa”, junto con su “espléndido surtido de frutas secas: higos, pasas, ciruelas, manzanas, dátiles, chabacanos, peras, duraznos, etc.” Refería, así, que se trataba de “la casa mejor surtida en esta capital”, la de Morelia, y todavía firmaba Ignacio Martínez, quien ese año cumplió 58 de edad.

Al siguiente año, en 1903, según consta en archivos hemerográficos, El Paraíso, empresa que supo aprovechar los medios de comunicación de cada época para difundir la calidad y el surtido de sus dulces y productos, aunados a sus premios y a su antigüedad y tradición, que siempre fue motivo de orgullo para sus propietarios, daba a conocer que “últimamente, con fecha 30 del que acaba de pasar” -mayo-, “se inauguró en la referida casa un elegante salón para familias, en el que se sirven refrescos, pasteles, sodas heladas y otras especialidades”.

Y continúa el texto de la publicación periodística -El Pueblo-, al plantear que “el crédito que en tanto año ha sostenido la casa, la mejora que se le acaba de hacer y la finura de su propietario, Sr. D Ignacio Martínez, para con todos sus parroquianos, son otros tantos motivos para que la casa comercial de que tratamos, se vea constantemente concurrida”.

Para tener idea de lo que significaba este negocio tan prestigioso, habría que viajar, otra vez, hasta las muchas horas del ayer, a las del 19 de febrero de 1910, meses antes del inicio de la Revolución Mexicana, que fue el 20 de noviembre de ese año, cuando el periódico El Pueblo publicó, entre otras noticias, un anuncio enmarcado que informaba: “Gran Dulcería El Paraíso. Participo a mis numerosos consumidores que acabo de recibir, para la presente temporada de cuaresma, un abundante y variado surtido de conservas alimenticias, francesas y españolas: pescado salado, bacalao con o sin espinas, atún en escabeche, por kilos, en latas y al menudeo; chiles jalapeños rellenos. Todos los viernes, camarones, ostiones y huauchinango frescos. Empanadas y pasteles. Completo surtido de vinos españoles y franceses. Ignacio Martínez. Portal Hidalgo 40. Morelia, Michoacán”.

Y si en época de cuaresma, Ignacio Martínez difundía, a través de los medios de comunicación, los productos tradicionales para dicha temporada, también promovía, entre el tránsito de un año a otro, la mercancía que interesaba al público, como lo demuestra un anuncio del periódico El Diario de la Tarde, ejemplar que costaba dos centavos al iniciar 1910: “Gran Dulcería el Paraíso, Portal Iturbide 10. Esta casa participa a sus numerosos consumidores que acaba de recibir en abundancia y variado surtido de juguetes para posadas y año nuevo. Bombones y chocolates. Confeti, serpentinas. Servilletas japonesas. Velitas para pasteles. Almacén de abarrotes extranjeros y del país. Ventas por mayor y menor. Precios sin competencia. Ignacio Martínez. Morelia. Apartado 62. Teléfonos Comerciales, 101. Empresa Telefónica, 100”.

El salón para familias

Cuando Ignacio Martínez Maciel inauguró, en 1903, el grandioso y espectacular salón para familias, pronto fue concurrido por gente de nombre y apellidos, personajes reconocidos en el arte, el pensamiento, las empresas, las profesiones y la política.

Proclives a las modas francesas, los morelianos del porfiriato, como ciertas clases sociales de México, vestían con elegancia y portaban bombines, trajes, vestidos, bastones, abanicos, perfumes, bolsos, paraguas y sombreros con plumas, entre otros accesorios que adquirían, generalmente, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred, fue uno de los almacenes que frecuentaba la sociedad porfiriana de Morelia. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.
Almacén Puerto de Liverpool. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.

Fue el salón de El Paraíso punto de encuentro, eje de los acontecimientos sociales de Morelia, sitio de reunión, espacio para deleitar los sentidos por medio de aromas, sabores y texturas. Convivieron las familias y los amigos, y repentinamente, acompañados por alguien, los enamorados. Allí se establecieron pactos, ceremonias, acuerdos, y hasta se diseñaron proyectos de vida y destinos. El chocolate, los refrescos, la nieve, el café y los pasteles deleitaban a aquellos visitantes que convivían, dialogaban, reían, callaban, entre los rumores y silencios de sus vidas, hasta que un día, el destino y la historia llegaron puntuales a Morelia y a la República Mexicana.

Los días turbulentos

Si en 1903, El Paraíso inauguró su elegante salón familiar en el que se servían sodas heladas, pasteles, refrescos y otras especialidades de la casa, según lo hizo constar el diario La Libertad, en un ambiente porfiriano, durante el movimiento revolucionario de México, que inició el 20 de noviembre de 1910, el establecimiento fue testigo, junto con otros negocios e instituciones de la época que operaban en locales situados en esquinas de calles céntricas, como Palacio de Justicia, Puerto de Liverpool, Correos, Administración del Timbre, La Cruz y las farmacias Elizarrarás, Reynoso y La Equitativa, de las trincheras que diversos hombres y militares cavaron con el objetivo de enfrentar a los enemigos.

Las fuerzas de resistencia ocuparon templos -catedral, San Agustín, San Francisco, Capuchinas, Las Monjas, Lourdes, Santuario de Guadalupe, San Juan, San José, El Carmen, Las Rosas y La Merced-, como paralelamente lo hicieron en el Colegio Salesiano, Escuela de Artes, Palacio de Gobierno. Antigua Cárcel de San Agustín, Palacio Municipal, Plaza de Toros e Inspección General de Policía. Existían noticias referentes a la cercanía de los enemigos.

La Calle Real, en la que se erigían los principales palacios y fincas de las familias acaudaladas, los portales típicos, la catedral, los templos virreinales de Las Monjas, La Cruz y La Merced, la Plaza San Juan de Dios y la de Armas, y no pocos de los comercios más prósperos, transformó su rostro ante el riesgo del estallido social.

A Morelia llegaban noticias, por los diarios o por medio de algunas personas, acerca de las irrupciones de los revolucionarios en ciertas poblaciones estratégicas. Ellos, los comerciantes más acaudalados, pagaban por la información e incluso contrataban a algunos hombres que estaban al tanto de la presencia enemiga, cerca de la ciudad, para así prevenirse, cerrar sus establecimientos, esconder a las mujeres y sus objetos de valor.

A pesar de los días y los años de amargura, El Paraíso siguió endulzando las mesas y los paladares. No desfalleció. Resistió con la misma energía y valentía de su fundador, y sobrevivió a los estragos que dejan las revoluciones al desdibujar muchos detalles del tejido social.

En las mesas y en los paladares

Dueño de su prestigio, El Paraíso resguardó, en su esencia, en su memoria y en su práctica, los sabores, fórmulas, recetas, tradiciones y aromas que lo hicieron célebre. El establecimiento dulcero enfrentó la turbulencia de las últimas seis décadas del siglo XIX, y nadie duda, por su calidad y por la costumbre que tienen los mexicanos de obsequiar algo típico y clásico de su terruño a sus visitantes, que los ates y otras presentaciones de productos se hayan ofrecido a personajes célebres de cada época, lo que innegablemente, al tratarse de la mejor fábrica y tienda de dulces típicos de Morelia, fue el elegido para cautivar el gusto de cada hombre y mujer.

Cambio generacional

El otro dueño

Agustín Ortiz García

Con las luces y sombras de un México convulsivo, parado entre las laderas y los abismos de sus desafíos, su historia y su destino, El Paraíso continuó al frente de la especialidad dulcera de Morelia, con la tercera generación de la familia Martínez, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, quienes, finalmente, en 1928, época que aún segregaba los olores del reciente movimiento revolucionario del país que inició en 1910, la lucha y las traiciones de los generales y la persecución cristera -movimiento que empezó en 1928 con el conflicto entre las autoridades mexicanas con laicos y religiosos que se oponían a la Ley Calles, la cual pretendía controlar y reprimir el culto y la práctica católica en el territorio nacional-, vendieron el establecimiento a otro inversionista, Agustín Ortiz García.

De ese año y de la década de los 30, pertenecientes al inolvidable siglo XX, Agustín Ortiz García hizo de El Paraíso, eje de la vida cotidiana de Morelia. Era su negocio, su casa, su vida. En una historia familiar y citadina, que inició en 1928 y concluyó en 1938, la familia Ortiz hizo de El Paraíso una leyenda, un destino, una costumbre y un deleite para los paladares. Fue punto de encuentro de familias, amigos y hasta de enamorados, quienes dejaron la amenidad de sus pláticas en aquellos rincones de los portales típicos de Morelia.

El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ni el desequilibrio económico ni la inestabilidad social impidieron que Agustín Ortiz García, viviera su ilusión y entregara una década de existencia a un negocio que formaba parte de la historia de los morelianos. La gente asistía. Era la negociación en la que compraban y convivían sus antepasados, las otras generaciones -bisabuelos, abuelos, tíos y padres-, y donde celebraban reuniones familiares y sociales. En El Paraíso se encontraban fragmentos de su historia. Y asistían las generaciones de esa época. La marca y el lugar tenían un significado especial. La gente buscaba y valoraba lo que era tan suyo.

Luis Torres Villicaña,

la historia

A los 21 años de edad, en 1938, Luis Torres Villicaña (1917-2014) se atrevió a golpear con la aldaba de hierro el antiguo y pesado portón de madera de la casona de Máximo Díez, hombre de negocios respetable, acaudalado y reconocido en Morelia y en diversas poblaciones y ciudades de Michoacán y la República Mexicana, con el objetivo de hablar con él, de frente, y solicitarle crédito para comprar El Paraíso, afamado establecimiento dulcero que su dueño, Agustín Ortiz García, había perdido a una hora infausta, en una apuesta.

Máximo Díez, acostumbrado a los negocios, a las ganancias, al trato con comerciantes, hacendados, industriales e inversionistas, quedó sorprendido al mirar y escuchar los argumentos del muchacho, quien no únicamente se sentía motivado por la adquisición de una empresa acreditada, de la que ya conocía, en la parte dulcera, la dinámica, sino por sus convicciones y proyectos.

Escuchó el hombre de negocios al joven. Percibió sus rasgos de sinceridad y conoció las observaciones, los análisis y los estudios que había realizado. El joven no era improvisado. Tenía deseos de triunfar. Sabía lo que deseaba en la vida. Luis lo convenció por medio de argumentos bien planteados. Con asombro ante la visión empresarial y las convicciones del muchacho, a quien escuchó y al que formuló preguntas con la idea de comprobar la autenticidad de aquellas palabras juveniles y de los valores nobles que irradiaba, Máximo Díez sintió confianza y le prestó, finalmente, el dinero requerido

Máximo Díez, quien participó activamente en la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, de la que frecuentemente era comisionado, por su capacidad, experiencia y conocimiento, para analizar y dar su opinión respecto a temas de relevancia municipal, estatal y nacional, fue un hombre de negocios exitoso y reconocido, con amplia experiencia en el trato humano, y no dudó en el plan que le expuso el joven.

Colección: Gerardo Torres Calderón.

De él, la publicidad contratada en la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930, detalla que “en el cruzamiento de las calles Morelos Sur y Allende, se halla esta importante negociación mercantil, ampliamente conocida por la amplitud de sus transacciones comerciales”.

Y asegura que “el señor Máximo Díez es concesionario de la Pierce Oil Company, S.A., cuyos productos conocidos son: petróleo, gasolina, parafina, aceites y grasas lubricantes, y gas oil para toda clase de motores”.

Máximo Díez diversificó sus negocios, de acuerdo con la reseña del documento dedicado al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, de manera que fue “agente de la Cervecería Moctezuma, S.A., de Orizaba, Ver., de la que distribuye sus exquisitas cervezas XX, XXX y Superior”.

Paralelamente, fue “representante de La Tolteca, Cía. de Cemento Portland, S,A,”, y también, por su amplia experiencia, “agente de El Buen Tono, S.A., disponiendo de todas sus acreditadas marcas de cigarros”, y, por añadidura, “tiene una existencia constante de todos los productos de la región”.

En cuanto al moreliano Pascual Ortiz Rubio, cuya familia fue propietaria de la Hacienda del Rincón, en la capital de Michoacán, asumió la presidencia de México en febrero de 1930, con el hecho de que, tras tomar posesión del mandato y disponerse a viajar al Palacio Nacional, fue acribillado por un tipo de nombre Daniel Flores González. El mandatario nacional permaneció dos meses en convalecencia. Fue a él quien Agustín Vega dedicó el libro citado, el cual tuvo el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, entonces liderada por Bernardino F. Perraldí Carranza, propietario, con su hermano Santiago, de La Esmeralda, una de las tiendas mejor surtidas de la época, que fundaron en 1900. Por cierto, los hermanos Perraldí Carranza eran sobrinos directos del otrora constitucionalista y presidente Venustiano Carranza Garza.

La Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930 por Agustín Vega, con el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Industria y Agricultura de Morelia, fue dedicada al presidente Pascual Ortiz Rubio.

La hacienda, los recuerdos y el inicio

Mientras el entonces joven Luis Torres Villicaña esperaba, impaciente, la fecha acordada para comprar El Paraíso, repasaba las horas de su niñez y adolescencia diluidas en la Hacienda El Tigre, y en la casa solariega, en el pueblo de Quiroga, en tiempos prehispánicos denominado Cocupao, paso forzoso de quienes viajaban de la Ciudad de México a Zacapu, Zamora y Guadalajara, y viceversa, y reflexionaba también en los acontecimientos que, inesperadamente, de un día a otro, despojaron a su familia de sus propiedades y medios de producción.

Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con el proceso de expropiación de tierras que llevó a cabo el presidente Lázaro Cárdenas del Río durante su gestión, entre 1934 y 1936, al transformar los otrora latifundios y haciendas en ejidos y cuadricular el campo con la finalidad, principalmente, de arraigar a la gente y evitar levantamientos armados y desórdenes sociales, más allá de las causas revolucionarias, la supuesta justicia social y las promesas gubernamentales de tantos generales que se traicionaron en la lucha por el poder, los integrantes de la familia Torres, como otras, de pronto fueron despojados.

Propietarios de la Hacienda El Tigre desde 1730, los miembros de la familia Torres se encontraron repentinamente entre el destino, la historia, el pasado esplendoroso, el presente inseguro y el futuro incierto. Las tierras hacendarias fueron repartidas por el mandatario nacional, y años más tarde, Luis Torres Villicaña cedió unos terrenos aledaños a las familias que moraban en el lugar, con el consejo de que establecieran restaurantes para los viajeros que transitaban aquella carretera rumbo a Quiroga, Santa Fe de la Laguna, Zacapu, Zamora y Guadalajara, y así lo hicieron desde entonces con el atractivo y el éxito que han obtenido.

Antepasados de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los integrantes de la familia Torres y Torres y sus descendientes se mudaron a Morelia. Establecieron su casa al poniente de la ciudad, a la orilla, donde aún olía a campo, río y tierra. No era fácil coexistir en el destierro, en un lugar que siempre se caracterizó por la ausencia de grandes industrias y la abundancia de comercios dedicados a diferentes giros: abarrotes, calzado, cervezas, ropa, tabaco.

Padre, madre y hermanos de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ya el autor de la obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, editada en 1883 por la Imprenta de Ignacio Cumplido, Juan de la Torre, criticaba en sus páginas, específicamente en el capítulo denominado Industria y Comercio, que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El escritor, quien era miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, sabía que los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente. Expresaba en su libro que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…” Y finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

La expropiación de la hacienda y los bienes de la familia Torres, los colocó en una situación de quebranto económico, igual que a tantas familias que de improviso perdieron todo. La madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a quienes tenían oportunidad de probarlos y que, ante la adversidad, decidió elaborar con el objetivo de comercializarlos y contribuir al alivio de las necesidades económicas.

Elaboración de laminillas. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Al ser hijo primogénito del matrimonio Torres Villicaña, Luis se sumó al trabajo productivo de la familia, con tal madurez que orientó su atención en la actividad dulcera de Morelia. Dedicó tiempo a observar y analizar el mercado de los ates, las conservas y los dulces, hasta que una vez con la certeza de que poseía elementos suficientes para dirigir una empresa del ramo, decidió comprar, a los 21 años, El Paraíso.

Luis Torres Villicaña, en su juventud. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Entre los rasgos favorables que Luis detectó en El Paraíso, destacaron su antigüedad y tradición en Morelia -en esa fecha, la de 1938, la empresa cumplió 98 años-; la ubicación del establecimiento en uno de los portales típicos, conocido popularmente, por sus actividades cotidianas, con el término “de las dulceras”; la llegada y salida de camiones, en esa zona, frente a la catedral y cerca de los principales comercios y oficinas públicas. De pronto, con la adquisición de El Paraíso, a Luis Torres Villicaña le llegó toda la tradición dulcera de Morelia.

Tres familias

El negocio

Con la incursión de Luis en el giro, El Paraíso cumplió, entonces, tres etapas importantes con el mismo número de propietarios: 1840, fundación de la empresa por parte de Marcial Martínez, con la incorporación posterior de su hijo, Ignacio Martínez Maciel, quien fortaleció, modernizó, internacionalizó y formalizó el negocio y finalmente lo heredó a sus descendientes, Ignacio y José Martínez Uribe; 1928, aparición en el escenario de Agustín Ortiz García, que continuó con la firma que era industria y comercio, a la que convirtió en eje de su vida y de su círculo familiar y social; 1938, los apellidos Torres Villicaña llegaron para reconocer su historia y su tradición, y darle prestigio, coronar la firma con la experiencia, la calidad, el servicio y la atención que siempre la han caracterizado.

La memoria y los registros de la historia lo confirman: Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad, con el recuerdo de una niñez y una adolescencia felices, en medio de las condiciones en que la política, la economía y la dinámica social de México de aquella hora, los colocaron a él y a su familia en una situación emergente de luchar para no caer y sí, al contrario, fortalecerse y crecer, y con la confianza y el dinero que le prestó el empresario Máximo Díez, llegó a El Paraíso, lo compró, con el sueño y la idea de hacer realidad el concepto del nombre tanto en los dulces y mercancía que fabricaba y comercializaba como en su existencia y en la gente que tanto amó. Y conquistó El Paraíso.

De El Paraíso había que hacer el mundo y el cielo, y así, con tal idea, Luis se entregó a la empresa, a la que se sumó, dos años más tarde, al contraer matrimonio, su esposa, María Soledad Calderón Orozco, pieza clave en el fortalecimiento de la empresa, ya que se dedicó a atender las labores de la casa, a su marido y a los 16 hijos que procrearon.

María Soledad Calderón Orozco. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los empleados de la dulcería atendían al público en el Portal Galeana, esquina Benito Juárez, frente a la catedral moreliana, que una centuria antes recorrió, una y otra vez, el campanero Marcial Martínez, quien soñaba en que los productos que elaboraba con la ayuda de su esposa Benita, resultaran una delicia y le abrieran paso a la prosperidad. Desde los campanarios contemplaba el paisaje urbano con esqueleto de cantera y piel de cal pintada de colores, y con esencia capaz de mover a México.

El inquieto Luis Torres Villicaña, atendió la fábrica de dulces que desde tiempo atrás se localizaba en la calle Serapio Rendón, detrás del templo virreinal de San José, construido en el siglo XVIII, cuyas dos torres fueron añadidas entre 1943 y 1945, en la vigésima centuria. La industria, la búsqueda de clientes y las negociaciones para la distribución de los dulces y la contabilidad, cada día requerían mayor atención y tiempo por parte de su dueño, quien, por otra parte, confiaba en el amor y la responsabilidad que, como madre y esposa, caracterizaban a Soledad, descendiente, por cierto, de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los encomenderos españoles que fundaron la Ciudad de Mechuacan el 18 de mayo de 1541, con respaldo del Virrey Antonio de Mendoza.

Nadie imaginaba que, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los fundadores de Valladolid -hoy Morelia- en 1541, con autorización del Virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, la familia Torres, propietaria de la Hacienda El Tigre desde 1730, pronto aparecería en el escenario dulcero de El Paraíso.

Las habitaciones de la casona vetusta, en la calle Serapio Rendón, permanecían repletas de colaciones, dulces y confitería, mientras el rumor de la maquinaria anunciaba, en su lenguaje mecánico, el trabajo constante y disciplinado de aquel hombre que desde temprana edad aprendió a dirigir una empresa dividida en industria, comercio y servicio al público.

Elaboración de dulces. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Pronto devolvió a Máximo Díez el préstamo que le concedió, y se lo agradeció con la caballerosidad de antaño, siempre con el reconocimiento de la confianza y el apoyo que recibió, a pesar de no conocerlo y de su juventud e inexperiencia; sin embargo, algo inquietaba a Luis. El mundo enfrentaba la sombra de una guerra amenazante, México se reacomodaba tras el período de los generales revolucionarios que ambicionaban el poder, El Paraíso crecía tanto industrial como mercantilmente y la familia Torres Calderón aumentaba en cantidad de integrantes y, a la vez, en necesidades.

Tras minutos y horas que anhelaban madurar y convertirse en días, y días que se volvieron semanas, Luis tomó la decisión de fortalecer la industrialización de dulces, como una rama importante de El Paraíso, y cerrar el establecimiento comercial y de servicio al público que acostumbraba reunirse en su salón, y así lo hizo, con todo lo que implicaba. Fue aconsejado por Soledad, su esposa, mujer que dispuso de tiempo para atenderlo, educar 16 hijos y aconsejarlo, como lo hacía, con sabiduría.

El Paraíso, con su dulcería y su salón de convivencia social, donde los morelianos solían compartir sus horas y sus días, y consumir pasteles, refrescos y otras delicias como chocolate de metate, frutas cubiertas, rompope, jamoncillos de leche, morelianas y cajetas, cerró sus puertas en los portales típicos. Dio vuelta a la página de la historia con la intención de proseguir otros capítulos, y la tienda, el salón de reuniones sociales y las recetas irrepetibles, quedaron en la memoria colectiva.

El letrero

La mudanza trasladó el mobiliario a la casa marcada con el número 42 de la calle Miguel Silva, en el centro moreliano, donde se cambiaron la fábrica y las bodegas; no obstante, como si se sintiera aferrado a su origen, a su historia, a su linaje, a su tradición, al recuerdo de tantos años y décadas, a los murmullos y sigilos de una centuria y otra -XIX y XX-, el letrero de El Paraíso quedó olvidado en el muro, dentro de aquel portal con tanta historia e incontables tradiciones, cual testimonio, quizá, de que en ese rincón del mundo, en la capital de Michoacán, hubo sabores, fragancias, suspiros, colores y formas de recetas guardadas en la memoria de otras familias y mujeres, igual que se conserva el más bello de los secretos. Quedó un trozo de El Paraíso.

Todavía los primeros años de la década de los 90, antes de que expirara el siglo XX, el letrero permanecía en los portales y las generaciones de esa hora lo miraban un día, otro y muchos más con la creencia de que se trataba del nombre de un restaurante con cafetería al que todos llamaban El Paraíso.

Y si el nombre de la Dulcería El Paraíso perduró, a través de las décadas, Luis continuó trabajando en la fábrica que fundó, con el recuerdo, probablemente, de sus padres y sus hermanos, quienes al llegar a Morelia se unieron y solidarizaron en los instantes más críticos de sus existencias.

La época moderna

Recordaba Luis, en sus instantes de añoranzas y lucha, a su tío Alfredo Torres y Torres, fundador, entonces, de un negocio tradicional en Morelia, El Hortelano, quien, adicionalmente a las actividades de las semillas, los jardines, las flores y las plantas, elaboraba ates y los comercializaba, a través de su hermano Manuel, en una tienda de dulces en la estación del ferrocarril, en el antiguo Paseo de las Lechugas que posteriormente se convirtió en la colonia Industrial, inmersa en la ruta de los molinos de harina y las fábricas de las primeras décadas del siglo XX.

Antigua estación de ferrocarril, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Alfredo Torres y Torres involucró a sus sobrinos en el negocio de dulces. El hombre no tenía hijos y era muy hábil para los negocios. Finalmente, estableció alianzas con Luis y su hermano Fernando, y uno de los primos, Eduardo Torres Mier, quien radicaba en la Ciudad de México, coyuntura que los formó e impulsó en ese giro.

Ya en la década de los 50, los hermanos Luis y Fernando Torres Villicaña se independizaron y fundaron La Estrella, fábrica que tenía antecedentes por parte de su tío Manuel Torres y Torres, quien en los días convulsivos de 1917 la estableció en su primera versión, mientras su primo Eduardo Torres Mier, por su parte, se dedicó a la producción de ates enlatados, a través de la industria que inició con el nombre La Colmena.

La Estrella. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Tales recuerdos animaban y fortalecían a Luis durante sus lapsos de lucha consigo y con las realidades de un mundo cambiante. En la casa que compró en Miguel Silva, al oriente del centro de Morelia, donde instaló a su familia y estableció una dulcería, eslabón de lo que fue El Paraíso, integró su negocio a la fábrica que inició su tío Manuel Torres y Torres, La Estrella. La familia requería solidaridad. Establecieron alianzas. Eran tiempos de unidad y trabajo.

En la calle Antonio Alzate. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con la industrialización más moderna de la época, Luis introdujo maquinaria de cobre que funcionaba con vapor, y orientó sus esfuerzos en la fabricación de jaleas, ates y laminillas. Redujo costos, intensificó la producción en serie y abrió nuevos mercados, con la conveniencia de que encontró distribuidores que le compraban grandes volúmenes de mercancía. Dos mayoristas nacionales de La Mereced, en la Ciudad de México, adquirían casi toda la producción de dulces.

La Estrella Dorada

Luis y su hermano Fernando eran socios de La Estrella, hasta que, en la misma década de los 50, tomaron la decisión de separarse. Cada uno siguió su camino en los negocios. Con el tesón que aplicó desde que adquirió El Paraíso, Luis denominó dedicó lo mejor a su fábrica, La Estrella Dorada.

Con una familia numerosa que cada día requería mayor atención y espacio, Luis adquirió varios terrenos al oriente de la ciudad, metros adelante del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, que más tarde heredó a sus descendientes.

Trabajó arduamente. No ignoraba que tenía cita con el destino y con la historia. Repartió los días de su existencia en La Estrella Dorada, fábrica especializada en la producción de jaleas, ates y laminillas, en esa etapa dedicada a atender la demanda del mercado popular, como ferias y mayoristas.

En calzada Madero. Colección: Gerardo Torres Calderón.

La Cámara de Comercio, la Cámara de la Industria de la Transformación y la Cruz Roja

Quienes tienen la misión de aportar y dejar huellas insondables, valoran el tiempo, las horas de sus existencias, y no desperdician los minutos y los días en superficialidades. A Luis Torres Villicaña le alcanzó el tiempo para engrandecer el negocio dulcero y convertirlo en tradición de Morelia, educar a su familia con ayuda de su inolvidable Soledad Calderón Orozco y alcanzar la presidencia en la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y otros empresarios, y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez y algunos hombres de negocios.

Refiere la tradición que la Cámara de Comercio de Morelia pagaba renta para contar con instalaciones dignas. Compartió espacios con su Academia en la ostentosa mansión construida por el ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, y en las casonas ubicadas en las calles 4ª de Morelos, Benito Juárez e Ignacio Zaragoza, como también efectuó, en el pasado, algunas reuniones en la Casa de Cristal o en los despachos y domicilios de ciertos presidentes y consejeros.

Antigua Casa de Cristal, en Morelia, donde innumerables ocasiones sesionaron los consejeros de la Cámara de Comercio e Industria de Morelia. Colección: La Página Noticias.
Palacio que construyó el ingeniero belga, Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, en Morelia. Colección: Santiago Galicia Rojon Serrallonga.

Habían transcurrido 72 años desde la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, en 1895, la cual, a pesar de su trascendencia local, estatal y nacional, carecía de sede propia. Fue ese año, el de 1957, cuando el empresario Luis Torres Villicaña presentó su iniciativa para comprar la finca que actualmente ocupa la institución, en la antigua calle del Olvido, marcada entonces con el número 11, y que más tarde se llamó Segunda de Guerrero, para finalmente ostentar el nombre 20 de Noviembre, y cambiar al 55. Las escrituras fueron signadas el 31 de diciembre de 1957. Un año después, en 1958, la agrupación empresarial y su institución educativa poseían domicilio propio. La iniciativa y el esfuerzo de Luis Torres Villicaña, se concretaron en una finca digna y majestuosa para tan tradicional institución.

No conforme con su gestión en la Cámara de Comercio de Morelia, que todavía es recordada, Luis fue presidente estatal de la Cruz Roja y posteriormente delegado regional y nacional, institución a la que entregó lo mejor de sí por los beneficios que sabía representa para la sociedad; además, participó activamente en la Cámara de la Industria de Transformación de la ciudad, como fabricante de dulces.

En la Cámara de Comercio de Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Orgullo familiar

Templo de Fátima

El cortejo fúnebre resultó imponente. Los sentimientos se desbordaron. Al concluir la homilía, en el tradicional templo de Fátima, donde antiguamente existió una capilla virreinal, familiares, amigos, trabajadores y gente que conoció y trató a Luis Torres Villicaña, impidieron que el ataúd fuera colocado en la carroza, y así, a pie, lo trasladaron hasta el Panteón Municipal de Morelia. Discurrían, entonces, los días de 2014.

La gente despedía al industrial del dulce con agradecimiento, lágrimas y emoción. Dejaba recuerdos, huellas, trozos de sí en cada persona. Influyó positivamente en mucha gente. El dulce sabor de sus productos quedaba entre hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de conocerlo y tratarlo.

Nadie olvidaba, en ese momento, que Luis Torres Villicaña era benefactor del templo de Fátima, y que, con sus recursos y su tiempo, había contribuido a la obra tan querida por los morelianos. La gente platicaba que cada semana reunía dinero con la intención de pagar la nómina a albañiles y personal que trabajaba en la construcción del recinto sacro. Y la obra fue concluida. Luis cumplió. El templo de Fátima, en la colonia Cuauhtémoc de Morelia, con la antigua cruz atrial a un costado, aparece bello, espacioso y rico en detalles, tan grandioso y sencillo, a la vez, que no se olvida, quizá cual testimonio de que los dulces que un hombre y su equipo produjeron no solamente endulzaron a una y diversas generaciones, sino como prueba de que el bien puede derramarse en beneficio colectivo.

Templo de Fátima, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Época contemporánea

Calle Real

Con el hijo menor de Luis Torres Villicaña y Soledad Calderón Orozco -Gerardo Torres Calderón-, inició otra etapa dentro del eslabón de El Paraíso. Reunió el acervo documental y fotográfico, la historia y las tradiciones, las fragancias y los sabores, los recetarios y la experiencia, y ya de regreso del pasado, miró a sus lados, al frente, con la certeza de que el mundo es otro y se encuentra inmerso en una competencia acentuada que desgarra a quienes no se preparan y son débiles, y, en cambio, favorece a aquellos que se encuentran fortalecidos.

Cada época tiene sus propios rostros, sus biografías y sus motivos, y si hay quienes maquillan su historia, existen otros que la recuerdan, conservan y rescatan con el propósito de atesorarla y compartir su encanto y majestuosidad a aquellos de mayor sensibilidad.

Tal es el caso de la Calle Real y sus ancestros de linaje, El Paraíso y La Estrella Dorada, cuyos propietarios, en cada etapa, siempre se distinguieron por dar lo mejor de sí para ofrecer calidad, atención y servicio, y quedar en la preferencia de sus clientes, en su memoria y en sus paladares.

En 1999, entre el ocaso del siglo XX y la aurora de la vigésima centuria, con el tránsito de un milenio a otro, Gerardo fundó la Calle Real. Arquitecto, investigador y amante de la historia y las tradiciones, sin perder de vista la modernidad, Gerardo dialogó con su padre, una y otra vez, como quien prepara una expedición a tierras prodigiosas e inexploradas, con la determinación de convencerlo de que era momento oportuno de cerrar la etapa de producción en serie y la distribución de jaleas, ates y laminillas en el mercado popular, en las ferias, porque no resultaba justo ni lógico perder las fórmulas y recetas heredadas y plasmadas en libretas y páginas amarillentas.

Náufrago de otra época, Luis se sentía conmovido al escuchar los argumentos que cada mañana, tarde y noche, a toda hora, le presentaba su hijo Gerardo; aunque le expresaba continuamente que se trataba de una aventura y una locura. Luis, ya retirado y con una canasta enorme de conocimientos y experiencias, escuchaba los argumentos de su hijo menor, quien explicaba que no sería conveniente ni lógico perder tantas fórmulas, recetas, historia, tradición y experiencia, y menos abandonarlas en un baúl o en la desmemoria.

Inauguración de Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

En las palabras y expresiones de su hijo, el empresario retornó a sus horas primaverales, en 1938, cuando a los 21 años de edad, sin más armas y escudos que su iniciativa, empuje, honestidad e interés, se atrevió a hablar con Máximo Díez, quien, sin conocerlo, le dio oportunidad de hacer realidad su sueño y entrar, triunfante, a El Paraíso.

Luis Reflexionaba y en su hijo Gerardo se miraba 61 años atrás, seguro de sí, dispuesto a emprender una hazaña grandiosa, una epopeya, la aventura y la historia de su vida, como en otras etapas, a partir de 1840, lo fue para todos sus propietarios, que dieron al negocio un sabor, una forma, un perfume.

Inauguración de Calle Real, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Hábil en los negocios, Luis colocó diques en las pláticas con Gerardo; no obstante, el joven sorteó los obstáculos y, finalmente, argumentó que entre los rasgos y signos de la hora contemporánea, destacaba el hecho de que, a diferencia con las décadas de antaño, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en México y a nivel mundial, cuentan con estudios universitarios, paralelamente a que sus empleos, cargos, profesiones y negocios, aunados a la dinámica social y económica, los mantienen ocupados. Se trata, dijo, de personas que legítimamente aspiran a mantenerse en niveles socioeconómicos estables, progresar, consumir productos y contratar servicios de mayor calidad, estatus que Calle Real podría ofrecerles inicialmente en Morelia.

Orgulloso de Gerardo, su hijo, Luis le dio libertad de concretar el proyecto, con un estilo especial, como descendiente de El Paraíso, quizá sin imaginar que Calle Real sería la coronación de su historia, su esfuerzo y su vida. Durante los últimos 15 años de su existencia, Luis Torres Villicaña disfrutó Calle Real, con todo su significado.

Fundado por Gerardo Torres Calderón, Calle Real fue la coronación al esfuerzo, trabajo y legado de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Si en su juventud conquistó El Paraíso, en su ancianidad se coronó y entró dignamente a la Calle Real, donde tuvo oportunidad y tiempo de mirarse reflejado y reconocerse por medio de lo que forjó y su hijo le mostraba. Recordaba Luis que Gerardo, el menor de sus hijos, se había incorporado al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir sus estudios universitarios en Arquitectura.

La calidad, los sabores, las formas y los perfumes extraídos de recetarios de antaño, probados una y otra vez y adecuados a los gustos, realidad y necesidades de las generaciones modernas, retornaron a las vitrinas y a las mesas con el encanto de deleitar los sentidos. Calle Real es un reencuentro con el buen gusto y el estilo.

Innegable es que la idea de fundar el Museo del Dulce, al interior de una casona del centro histórico de Morelia, como un apartado de la tienda de la Calle Real, propició el rescate de fórmulas y recetas antiguas, elaboradas y guardadas celosamente por amas de casa, junto con los cazos, fotografías, procesos, herramientas y maquinaria. Contribuyó a salvar la dulcería moreliana y mexicana del naufragio y el olvido. Es una aportación gastronómica, cultural e histórica que permanece cual legado para la presente y las futuras generaciones.

Cuando Calle Real y su Museo del Dulce fueron inaugurados, Luis Torres Villicaña se notaba asombrado e intensamente feliz. Innegablemente, sabía que se trataba, en su caso, de la culminación de una vida de esfuerzo, llena de historia e inscrita con huellas indelebles, y la permanencia de una historia familiar y moreliana.

Acompañado de su esposa y de sus hijos, nietos y bisnietos, se sabía, internamente, personaje central de algo que no era teatro ni fantasía, de una historia inolvidable, esplendorosa e irrepetible. Familiares, amigos, empresarios, turistas y funcionarios públicos asistieron a la inauguración de la Calle Real y el Museo del Dulce, atendido por hombres y mujeres vestidos a la moda porfiriana.

Gerardo Torres Calderón, que entonces había viajado alrededor del mundo en su pasión e interés de conocer y estudiar distintos esquemas de negocios tradicionales, rescató y preservó la dulcería moreliana y mexicana de antaño a través de la Calle Real.

Una anécdota

Alguna vez, ya retirado, Luis Torres Villicaña comentó a Gerardo, su hijo, que le encantaría regresar a las actividades productivas e incorporarse a la Calle Real. Estaba acostumbrado a los negocios, a la productividad, y a esa hora de su existencia -más de 90 años- consideraba que podría aportar a la empresa y ganar algunos recursos económicos, motivo por el que su hijo lo complació y ordenó la fabricación de un carro pintoresco con equipo para elaborar algodones de azúcar.

Inicialmente, Luis se instaló en el patio final de la tienda y del Museo del Dulce, donde los turistas y visitantes pasaban con el objetivo de reiniciar sus paseos en el tranvía. Los niños y enamorados le compraban algodones, golosinas cargadas de colores y sabores que indudablemente le recordaban los muchos instantes del ayer, cuando era joven y ya estaba en El Paraíso para trabajar y cumplir sus sueños, hasta que, al cabo de unas semanas, volvió a hablar con su hijo con la intención de confesarle que en realidad la venta de algodones, en Calle Real y el Museo del Dulce, no era atractiva para los visitantes y, por lo mismo, no resultaba tan buen negocio, motivo por el que renunciaba al pequeño carro.

La marca

Calle Real es una marca, una firma empresarial; pero también un estilo, un concepto de vida. Va más allá de modas, apariencias, producciones en serie y negocios del momento. Es, simplemente, una empresa que fabrica dulces artesanales, repostería con aroma y sabor a recetas del hogar, un crisol de fórmulas de antaño. incorporados a los gustos de un mundo globalizado, exigente y moderno.

Todos los detalles, en Calle Real y el Museo del Dulce, tienen un encanto, poseen un detalle, y ofrecen un deleite. El Museo del Dulce, establecido en una finca antigua del centro histórico de Morelia, es el recorrido a otros años, a épocas distantes. Rescata de la desmemoria, del tiempo, de la historia y de las tradiciones, las fórmulas y recetas de la dulcería típica moreliana y mexicana, la repostería que tanto se extraña. El recinto y la idea valen por lo que contienen y presentan. Simplemente, el rescate, la exhibición y la conservación de la dulcería y la repostería antigua de Morelia.

La fábrica de dulces y repostería de Calle Real, expuesta al público en la sucursal de avenida Acueducto, al oriente de la ciudad, se encuentra separada por áreas y muestra los procesos artesanales de producción y la calidad con que es elaborada cada pieza. Nada es fabricado en serie porque la gente, el buen gusto, los dulces y la repostería no son moda pasajera ni número. Los sabores, las fragancias, los colores y las formas carecen de maquillajes, son auténticos, con esencia tradicional e histórica de otras generaciones para las personas de hoy.

Es importante destacar que la cafetería se encuentra envuelta en un ambiente porfiriano, acompañada del encanto de la época contemporánea. Une a las familias, a los enamorados, a los amigos, a los solitarios. El mobiliario, la mantelería, los cuadros, las pinturas y los elementos arquitectónicos y decorativos cautivan, atraen, enamoran, y más cuando la atención, el servicio y la calidad son atributos y virtudes.

La tienda de Calle Real significa disfrutar y vivir la experiencia de mirar, percibir fragancias, deleitarse y elegir dulces y repostería genuinos, extraídos de su colección de recetarios, fórmulas que datan de las décadas del siglo XIX y la primera mitad de la vigésima centuria. Son historia y tradición, pero rompen el concepto del tiempo y el espacio para deleitar a mujeres y hombres de esta época y trasladarlos hasta El Paraíso.

Inició la tradición en la antigua Calle Real de Morelia, la principal de su centro virreinal, con una entrada a El Paraíso, en uno de los portales típicos, hasta volverse un lucero. Todo es, ahora, Calle Real, digno descendiente de aquel linaje.

Autor del texto e investigación: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico, e investigación: Gerardo Torres Calderón

Notas                    

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. La Ciudad de Mechuacan fue fundada en Guayangareo, el 18 de mayo de 1541, hasta que en 1545 cambió su nombre por el de Valladolid, y en 1828 por el de Morelia, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, personaje de la Independencia de México, movimiento insurgente que inicio la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Los mexicanos lo consideran el Siervo de la Nación
  • Chilaquiles. Es un platillo mexicano, elaborado a base de trozos de tortilla de maíz, que se fríen, a los que se les agrega salsa verde o roja, hasta que obtienen su condimento natural. Se sirven con queso y cebolla picada. Hay quienes los desayunan con carne de pollo deshebrada o con huevo. Su origen no es preciso, aunque algunos autores mencionan que se trata de un vocablo que proviene del náhuat, chilli, que significa chile, más aquilli, que es “metido en”, es decir metido en chile. Existen varios significados.
  • Época Porfiriana o Porfiriato se le denomina al período comprendido de 1876 a 1911, en que el General Porfirio Díaz Mori fue presidente de México. La Revolución Mexicana inició el 20 de noviembre de 1910.

Calle Real

Un apunte para la historia

Los antecedentes de Calle Real, datan de 1840, en el siglo XIX, cuando Marcial Martínez, campanero oficial de la catedral barroca y colonial de Morelia -iniciada en 1660 y concluida en 1744-, inició, junto con Benita Maciel, su esposa, la elaboración de ates y dulces que colocaba pacientemente en las azoteas, en las torres y en las cúpulas del monumento sacro con la intención de que recibieran las caricias del viento y la mirada del sol, y reposaran, hasta obtener bocadillos deliciosos que comercializaba.

Aún olía a años de insurgencia -los que principiaron en 1810- y a días monárquicos, con la presencia, en la historia nacional, del consumador de la Independencia, en 1821, y primer emperador de México, en el período del 21 de julio de 1822 al 19 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide y Arámburu, nacido en Valladolid -hoy Morelia-, cuando los colores y sabores naturales de los llamados guayabates y otros dulces típicos, dignos de las cocinas más refinadas, cautivaban y atraían al negocio de Marcial Martínez.

En verdad, apenas hacía unos años en que el llamado Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, junto con el Siervo de la Nación, José María Morelos y Pavón, y otros personajes de la historia mexicana, habían transitado las calles de la ciudad, con la sustitución posterior, en 1828, del nombre de Valladolid por el de Morelia. Morelia es toponimia del apellido Morelos.

Diariamente, el campanero admiraba, desde las torres, el paisaje urbano, con el anhelo de un día, a cierta hora, independizarse y dedicar los años de su existencia al negocio dulcero que su esposa y él iniciaron con tanta ilusión a un lado de la catedral monumental, donde la gente compraba sus productos caseros, sustraídos de recetarios con fórmulas que resultaban un deleite al gusto y a los sentidos por ser tan naturales y genuinos.

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Pasaron los años y la familia Martínez Maciel creció. Pronto, el hijo mayor, Ignacio, quien nació en 1844, demostró capacidad y talento en los negocios, e hizo del comercio de sus padres un paraíso y un imperio en el ámbito dulcero.

Hombre que desde la adolescencia adquirió experiencia y habilidad en los negocios de abarrotes, Ignacio Martínez Maciel -hijo de Marcial y de Benita- se incorporó por completo al ámbito dulcero, a los 21 años de edad, en 1865, y dio mayor forma y sentido a El Paraíso, empresa que fortaleció a base de disciplina, constancia, esfuerzo, dedicación y trabajo, precisamente en uno de los portales típicos de Morelia -el de Iturbide-, en la Calle Real, que era la vía principal dentro del trazo urbano, donde se encontraban los palacios señoriales de la ciudad, fundada el 18 de mayo de 1541.

Durante el siglo XIX, Morelia fue visitada por diversos personajes, como el emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, en 1864, y otros más, quienes, sin duda, al recorrer los principales espacios públicos de la ciudad, rodeados de conventos, templos, jardines y fincas palaciegas, miraron El Paraíso, cuyos dulces y pasteles, quizá, probaron, sobre todo si se toman en cuenta las tradiciones y costumbres mexicanas de obsequiar productos regionales y típicos a quienes llegan de otros sitios.

A partir de la incorporación y participación de Ignacio Martínez Maciel en El Paraíso, a las siguientes décadas de la decimonovena centuria se añadieron premios y reconocimientos estatales, nacionales y mundiales, con los que el prestigio de los dulces típicos del establecimiento se acrecentó y abrió, en consecuencia, las puertas a otros mercados, en la geografía mexicana, en Estados Unidos de Norteamérica y en Europa. La dulcería moreliana, conservada con mucho celo en la memoria y en los recetarios de las damas de la antigua Valladolid, resultó un deleite a los sentidos en mesas nacionales y extranjeras.

Entre los premios, menciones y reconocimientos, El Paraíso obtuvo los siguientes: Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días; sin embargo, El Paraíso llegó de frente y puntual a su cita con el destino y la historia, y ocupó un sitio preponderante dentro de la dulcería típica, en México y en el mundo.

Tan prestigioso era, en esa época, El Paraíso, que el portal donde se encontraba instalado fue llamado “de las dulceras”. El negocio establecido, ya acreditado a nivel nacional y con presencia en las principales ciudades estadounidenses y europeas, abrió, por medio de sus premios y reconocimientos sustentados en la calidad, los sabores y las fragancias naturales, posibilidades de comercio en la geografía nacional y en diversas regiones del mundo, a pesar de las distancias y los conflictos, adversidades y problemas mundiales.

Durante el Porfiriato, la familia Martínez Maciel introdujo vinos y productos nacionales y europeos de calidad, que se sumaron a la excelencia y tradición dulcera de Morelia, para lo que la negociación contaba, en esa época, con herramientas, equipo y maquinaria para la elaboración de sus productos.

Al principiar el siglo XX -específicamente, en 1903-, El Paraíso inauguró un salón, anexo a la tienda, donde los habitantes de la ciudad y los visitantes, en un ambiente familiar y amigable, al estilo parisino, convivían, organizaban reuniones y disfrutaban chocolate, helados, café, pasteles y refrescos que ahí se servían con atención y esmero.

El salón familiar, pronto se convirtió en sitio de reunión, en punto de encuentro de familias y personajes con ropa, sombreros, abanicos, paraguas, bolsos y accesorios a la moda afrancesada, que generalmente adquirían, en el caso de Morelia, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

De aquel período, datan algunas fotografías en las que aparecen Ignacio Martínez Maciel, sus hijos -Ignacio y José- y diversos personajes, en el exterior del negocio, entre las columnas de los portales, y con el tradicional letrero que indicaba el nombre del establecimiento -Dulcería El Paraíso-, colgado a la entrada.

En su tercera generación, integrada por Ignacio y José Martínez Uribe, El Paraíso ya estaba consolidado como empresa que deleitaba los paladares más exigentes, con calidad y tradición, donde la atención y el servicio eran parte del negocio. Era una empresa que, como otras de la época, enfrentaron y superaron los retos, problemas y vicisitudes del turbulento siglo XIX y de las primeras décadas de la vigésima centuria.

Transitó El Paraíso por el Porfiriato, el movimiento revolucionario de 1910 y los sucesivos períodos de efervescencia política, social y económica en México, con la sombra de una guerra mundial, crisis financiera y epidemias, lo que fortaleció a la empresa que contaba con maquinaria competitiva y moderna, hasta que, en 1928, la negociación fue adquirida por Agustín Ortiz García, quien la hizo centro de su vida y de no pocas de las convivencias familiares y sociales de Morelia.

Una mala partida, de la que se arrepintió toda su vida, fue la causa de que Agustín Ortiz García perdiera El Paraíso, el cual fue adquirido, en 1938, por Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad. Hijo, sobrino y nieto de los dueños de la Hacienda El Tigre, próxima a Quiroga, asentamiento que se encuentra a la orilla del Lago de Pátzcuaro, el joven, nacido en 1917, obtuvo un préstamo del entonces reconocido hombre de negocios, Máximo Díez, quien creyó en el proyecto que le mostró con tanto entusiasmo.

Desde entonces, Luis Torres Villicaña, quien contrajo matrimonio. dos años más tarde, con Soledad Calderón Orozco, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco -uno de los encomenderos españoles que en 1541, con apoyo del virrey Antonio de Mendoza, fundaron, en Guayangareo, la Ciudad de Mechuacan, nombre que permaneció hasta 1545, cuando cambió al de Valladolid-, dedicó todo su esfuerzo a fortalecer El Paraíso, negocio que dio paso, en un proceso de transformación acorde a la época, a los gustos y a las necesidades de las generaciones de entonces, a fundar La Estrella Dorada.

El Paraíso terminó su ciclo en el llamado “portal de las dulceras”, para adquirir otro nombre y apellido, el de La Estrella Dorada, que, con la participación activa de Luis Torres Villicaña, Soledad Calderón Orozco al cuidado de los hijos y el compromiso irrestricto del equipo de trabajo, orientó su fabricación a los ates, las laminillas y las jaleas de frutas, acordes a la demanda de las ferias y los mercados populares del país. Los productos elaborados en la fábrica, endulzaron a múltiples generaciones de niños, adolescentes y jóvenes de México.

Con la fábrica, los productos de la familia Torres Villicaña conquistaron a incontables consumidores locales y nacionales, y fueron competitivos durante varias décadas. Tales dulces transitaron por los mercados, las tiendas y las ferias, cuando México era tan pintoresco, y así quedaron sus sabores, sus formas y sus colores en los gustos y en los paladares de una generación, otra y muchas más.

Años antes, la madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a aquellos que tenían oportunidad de probarlos, los cuales fueron incorporados en la producción de la fábrica.

El trabajo disciplinado, apoyado en el orden, la honestidad, la constancia, los valores y la lucha incansable por ser los mejores dentro de su género, dio resultados favorables a Luis Torres Villicaña, como se encuentra acreditado en la historia dulcera de Morelia, del estado de Michoacán y de la República Mexicana, mientras Soledad Calderón Orozco, mujer culta y reflexiva, al cuidado de sus hijos y del hogar, aconsejaba a su marido, al padre, al industrial, al comerciante, al hombre que, no obstante las horas cotidianas de esfuerzo y retos, tuvo tiempo para disfrutar su hogar y legar a sus descendientes el ejemplo de entrega, rectitud, compromiso y responsabilidad.

La coronación de tantos años de esfuerzo, llegó a Luis Torres Villicaña y a su esposa, Soledad Calderón Orozco, en 1999, cuando su hijo -el menor de 16 hermanos-, Gerardo Torres Calderón, inauguró, en el centro histórico de Morelia, la tienda Calle Real y el tradicional Museo del Dulce, como una aportación al acervo cultural de la capital de Michoacán y México, dentro de un mundo globalizado que plantea grandes desafíos y retos.

Gerardo Torres Calderón, depositario de la tradición y de las marcas empresariales que sus padres dirigieron con acierto y orgullo, se incorporó al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir su carrera profesional de Arquitectura. Dedicó muchos años al estudio e investigación de los dulces típicos. Buscó, rescató y experimentó las recetas escritas con tanto cuidado y celo por mujeres de antaño, quienes elaboraban dulces y repostería que en verdad resultaban un deleite a los paladares. Viajó a distintas regiones del mundo, investigó negociaciones añejas y tradicionales, conoció el rostro de la dulcería y la repostería y decidió, con apoyo de su padre y consejo de su madre, fundar, como descendiente linajudo y digno de El Paraíso, Calle Real, con todo lo que es y significa, con su rostro, su experiencia y su tradición e historia, y con el paso firme en el presente para caminar con seguridad hacia el futuro sin perder su esencia.

Calle Real es dulcería, gastronomía y repostería tradicional y fina, preparada minuciosamente y con calidad, lejos de fabricaciones en serie, para gente con estilo, interesada en el embeleso de sus sentidos a través de las fragancias, los sabores y las formas.

Inmersos en la dinámica de la hora contemporánea, una generación y otra no disponen de tiempo para elaborar dulces y postres tradicionales en sus respectivos hogares. Las recetas naufragan, generalmente, en rutas inciertas que conducen al olvido, mientras no pocas de las marcas de productos comerciales, en su mayoría, están desprovistas de calidad; no obstante, se trata de un segmento de mercado muy significativo que se interesa en la calidad, en lo genuino, en el rescate de aromas y sabores perdidos. A esa clase de gente están dirigidos los bienes y servicios que proporciona Calle Real en su cafetería y en sus tiendas.

El mobiliario de la cafetería y las tiendas, denotan el estilo y la buena clase de la época del Porfiriato. Los dulces son fabricados con ingredientes auténticos y naturales, bajo estrictas medidas de calidad e higiene, ausentes de producciones en serie. La repostería, en tanto, procede de fórmulas exquisitas de antaño, adaptadas al gusto y a los protocolos del minuto presente.

Los empaques, la mantelería, los detalles arquitectónicos, las vajillas, los utensilios, el mobiliario, la decoración y el vestuario del equipo profesional de colaboradores, forman parte de una colección de elementos que necesariamente llevan a la excelencia, a la tradición y a la experiencia que fue acumulada desde la apertura, en 1840, de El Paraíso, y que hoy, en el siglo XXI, en la modernidad, ofrece Calle Real.

En 2010, al celebrarse el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, Calle Real obtuvo un reconocimiento por parte del Gobierno Federal, y fue el presidente de la República, en ese momento, Felipe Calderón Hinojosa, quien lo entregó a Gerardo Torres Calderón en un acto público al que asistieron empresarios, intelectuales, artistas y funcionarios públicos.

Como empresa descendiente de El Paraíso, Calle Real aparece en las páginas, lujosamente impresas y encuadernadas, de la obra 100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas, editado por el Gobierno Federal, por medio de la Secretaría de Economía y de ProMéxico. Su título es “De la Calle Real, un Paraíso que sabe a México”.

La marca Calle Real es resultado, en consecuencia, de los sabores, la tradición, los aromas, la experiencia y el conocimiento acumulados desde los instantes de 1840, atesorados y practicados por una firma que ya cuenta con un espacio y un nombre en la historia de los dulces y la repostería de Morelia y México, consolidada y preparada para afrontar los retos que plantea el mundo globalizado de la hora contemporánea.

Tranvía turístico del Museo del Dulce y Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

Otoño de 2020

Bibliografía

100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas. (2010). México. Secretaría de Economía/ ProMéxico

El libro de referencias, directorio de profesionistas y principales hombres de negocios de la República Mexicana. (1912). México: Alv. F. Salazar

Estadísticas sociales del Porfiriato 1877-1910. (1956). México: Dirección General de Estadística de la Secretaría de Economía

FIGUEROA DOMENECH, J. Guía descriptiva de la República Mexicana. Historia, Geografía, Estadística. Con triple directorio del comercio y la industria, autoridades, oficinas públicas, abogados, médicos, hacendados, correos, telégrafos y ferrocarriles. (1899). México: Ramón de S. N. Araluce

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia. (2019). México: ImpresionArte

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. Rutas de un viajero.  (En proceso de revisión y edición)

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Hemerografía

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“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. Diario de la Tarde. 1910

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. Revista Morelia en su IV Centenario (Junta Cívica). 1941

FARFÁN RÍOS, Antonio. Morelia, Michoacán. “Echando mano al feliz pasado. Recepción de los ornamentos del glorioso héroe Morelos”. Municipio, órgano del Ayuntamiento de Morelia, No. 9. 1955

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GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. “Museo del Dulce, empresa moreliana que apoya la cultura y el turismo”. Cambio de Michoacán. 2008

Otras fuentes

Calendario obsequio de la Dulcería El Paraíso. Morelia, Michoacán. 1902

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Vacantes y espacios ausentes: abuelas que relataban cuentos e historias

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Apenas ayer, en mi infancia, las abuelas, amorosas, relataban cuentos e historias a sus nietos. En las tardes y en las noches de lluvia, cuando las tempestades parecían incesantes y los relámpagos incendiaban y rasgaban las nubes ennegrecidas que ocultaban la luna y las estrellas con nuestros juegos e ilusiones, ellas abrían los roperos y los baúles de sus remembranzas y extraían alguna historia, un acontecimiento registrado, quizá, en sus horas juveniles y lejanas, para narrar, pacientemente, cada detalle. Y uno, en minúscula, escuchaba atento y con mucho cariño y respeto, e imaginaba todas las escenas. Eran tan dulces que, a pesar de los años acumulados y su agotamiento, preparaban café, té o chocolate, que acompañaban con bizcochos, mientras hablaban y, orgullosas, miraban a sus descendientes saborear y disfrutar la merienda. Eran mujeres buenas y sensibles que trataban de introducir algunos mensajes positivos en sus relatos. Y si acaso en alguna fecha la ausencia de ellas, las abuelas, se sentía con profunda nostalgia en uno, las otras, las tías, ocupaban tan honroso sitio y platicaban amenamente, como quien hojea un libro decorado con el arte de las letras y las imágenes. La televisión permanecía apagada. No estaba invitada a nuestras tertulias. Era la familia, en un hogar, lo que más valía, y así, las abuelas y las tías mayores eran bien amadas, siempre con admiración y respeto. Hace tiempo partieron y muchos espacios quedaron vacantes u ocupados, en innumerables casos, no por lo mejor y selecto, sino por la más burdo y grotesco que ofrecen radio, televisión e internet. Sustituyeron a las abuelas, a las tías mayores, con la diferencia de que el amor y la sensibilidad se han perdido y abundan la grosería, el antagonismo, la falta de respeto, la violencia. Hoy, al recordarlas, rindo un especial homenaje a esas mujeres -abuelas y tías mayores- que acompañaron nuestros años infantiles y hasta juveniles con su amor incondicional y sus historias maravillosas, y qué importaba si las repetían. Se les añora.

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Noviembre se fue y diciembre llegó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se fue noviembre con su cara de hoja seca y su voz de aire. En su equipaje lleva hojarasca, suspiros y flores marchitas. Carga recuerdos. Promete regresar algún día, en otro tiempo, como lo hace siempre, con sus nostalgias y recuerdos de personaje envejecido. Marchó a otras rutas, a ciertos rumbos, con matices propios del anciano que es, con tonos graves y ausentes de policromía juvenil. El ambiente otoñal enseña a preparar la visita de las horas y los días invernales. Noviembre dejó, cual recuerdo, algunos días otoñales que reciben y dan la bienvenida a diciembre, con su costal de invierno a la espalda. Llegó diciembre, al principio con rasgos de otoño y, más tarde, con aliento helado y cutis de nieve. Y así envejecemos, cada día, acaso sin darnos cuenta, distraídos en asuntos baladíes y superficiales, con la esperanza de que la siguiente estación resultará más favorable en nuestras vidas, como si la alegría, el amor, la fortuna, el éxito y la evolución dependieran de un almanaque. Las estaciones llegan y se marchan. Y transcurre el tiempo, o es la vida, quizá, la que se consume ante la indiferencia de los años. Las estaciones llegan, se marchan y regresan, y no les interesa si estamos presentes o si ya formamos parte de las listas de ausencia. La humanidad, en porcentaje mayoritario, está tan enajenada y vacía que, por deambular en la oscuridad, no distingue entre la luz del sol y la de la luna, desde la disertación de mis metáforas, lo que significa que, a pesar del terror de una pesadilla que durante años prepararon los miembros de una élite poderosa e interesada en exterminar a millones de personas y apoderarse, posteriormente, de sus voluntades y de la riqueza del planeta, no reaccionan y se encuentran igual que el ganado, totalmente acorralado, nervioso y con miedo, incapaz de enfrentar los desafíos, problemas y retos que los de su propia raza les han impuesto, y en espera de acudir puntuales al matadero. Llegó diciembre y muchos hombres y mujeres esperan concluya con la idea de que inicie otro año, seguramente sin pensar que no es el relevo de fecha lo que traerá cambios positivos, sino la transformación que lleven a cabo desde su interior y apliquen de manera genuina e integral en sí. Los años que vienen, en esta década, ensombrecerán al mundo porque las estrategias y las acciones forman parte de un plan siniestro, a menos que un porcentaje significativo de personas reaccionen y detengan las pretensiones de un grupúsculo tan ambicioso y perverso. Se fue noviembre. Nació diciembre. Se vive o se muere cada instante, pero es absurdo e incongruente esperar que las horas lleven a otras playas apacibles, a puertos fuertes y seguros. Todos anhelan llegar a orillas distantes, salvarse de las tempestades y evitar el naufragio y la muerte; sin embargo, pocos están despiertos y llevan el peso de la carga. Diciembre está presente. Hay que vivirlo plenamente, en armonía y con equilibrio, más la ecuación algebraica que plantea, obviamente, permanecer atentos a los signos de la época contemporánea y tener capacidad de raciocinio, análisis y reacción. Diciembre está en casa, en el jardín, en la ciudad, en las montañas boscosas, en los lagos. Es nuestro huésped.

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