Muñeca de trapo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga y Renata Sofía Galicia Arredondo

Soy caminante incansable. Me encanta recorrer centros históricos, aldeas, callejuelas pintorescas, jardines con calzadas y fuentes, rincones insospechados y plazas, e incluso beber café en un restaurante al aire libre, asistir a museos y a teatros, entrar al cine, asistir a presentaciones de libros, disfrutar exposiciones pictóricas y comer pizza o navegar en un bote de remos con queso, pan y vino.

Eso significa que en mis correrías interminables, también he explorado otras posibilidades y conocido a la gente, a los moradores de cada lugar, en sus mercados, en sus fiestas populares, en sus expresiones, en su gastronomía, en sus diálogos, en su música, en su artesanía y en sus rostros sin maquillar.

Al deambular por avenidas y calles de urbes y pueblos mexicanos, he notado la presencia de mujeres indígenas, sentadas en las banquetas, con una tela o papel en el suelo, donde colocan las muñecas de trapo que elaboran artesanalmente, casi rogando a los transeúntes que pasan indiferentes y a veces hasta con desdén, les compren alguna pieza. Tales escenas, que se repiten cotidianamente, me asombran, entristecen y preocupan; sin embargo, más que explicar los motivos, daré libertad a una muñeca de trapo, dentro de mi imaginación, para que hable y exprese su realidad:

Soy una muñeca de trapo, símbolo del más puro mexicanismo, peinada con trenzas y moños de colores, con piel morena y vestido bordado con hilos de intensa policromía. Manos indígenas, curtidas por el sol, la tierra, el viento, la lluvia y los días repetidos, me elaboraron pacientemente, igual que a mis compañeras, con la esperanza e ilusión de comercializarnos para comer algo y sobrevivir un día más.

Desconocemos el rumor de la maquinaria que produce en serie. No sabemos lo que significa la multiplicación de un rostro y un cuerpo en material sintético, como el plástico, ni conocemos la sensación de permanecer atrapadas en el embalaje y expuestas en anaqueles de tiendas caras en las que no poca gente suele aparecer con la idea de cubrir los huecos de sus existencias y ser alguien en un mundo de aparadores, maniquíes, reflectores y espejos.

En nuestra memoria de hilo y trapo, con rasgos indígenas, conservamos el canto del quetzal y el cenzontle, y el aroma de las flores de cempasúchil, los ahuehuetes y los huizaches; pero también, en ocasiones, el perfume del maíz y los fogones, por el simple orgullo de ser mexicanas.

No obstante nuestra belleza indígena y representar símbolos y valores mexicanos, inconfundibles, formamos parte de un espectáculo denigrante y triste. Las mujeres de rasgos autóctonos -oh, hay muchas personas que desean borrar y desmantelar sus perfiles indígenas y mestizos, a pesar de tenerlos- nos acomodan en el suelo, donde la gente pasa indiferente, con la esperanza de que alguien se interese en una de nosotras y pague el valor justo.

Acostumbrados a lo ligero -si una marca lo escribe en inglés, le da mayor categoría y le abre las puertas del mercado nacional, igual que un rostro sintético que aplasta uno natural-, hombres y mujeres no se fijan en nosotras, que somos de barro y humo, comal y tierra, color y trapo. No pocos transeúntes nos miran con desdén, como si pertenecer a una raza autóctona mereciera repugnancia, y si acaso se interesan en comprarnos como pieza de folklore, regatean el precio, lo negocian, sin pensar, ante su falta de sensibilidad, que denigran a su propia raza y explotan a una persona, a una familia, a un pueblo, sometido, a través de la historia y los siglos, a los abusos, el desprecio y las injusticias.

Somos hermosas e irrepetibles las muñecas de trapo. Cómprenos. Recuerden que detrás de cada una de nosotras, existen manos artesanales, mayúsculas y minúsculas, orgullosas de ser mexicanas, con aspiraciones, sueños, necesidades e ilusiones, como todo ser humano.

Ustedes que enloquecen en los estadios al competir el equipo de su país -por cierto, a veces integrado por jugadores extranjeros- y asisten con banderas a fiestas en las que reproducen los colores de los símbolos patrios en sus caras, y comen alimentos del país y tienen rostros y linaje de gente mexicana, no desprecien su origen, valoren lo que son y lleven ese orgullo puro a todo el mundo.

Somos muñecas artesanales de trapo, elaboradas pacientemente por manos indígenas que huelen a campo, fogón y barro, orgullosamente mexicanas. No desprecien nuestro origen ni permitan que la mercancía en serie y las superficialidades aniquilen la estirpe a la que pertenecemos. Igual que ustedes, somos mexicanas, con la diferencia de que mostramos nuestros rostros naturales con el orgullo que sentimos.

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Mujeres de siempre: Rosemarie Schade, de “niña de guerra” a dama de viajes y de bien a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles… Rosemarie Schade

El mapa del mundo estaba cuadriculado y roto. Tenía círculos, anotaciones, fechas, signos. Olía a miedo, bombardeos, destrucción, muerte, desolación. El presente era un hoy fragmentado y resultaba aterrador, aplastante, digno de un paisaje surrealista, mientras el futuro, el amanecer del siguiente día y las auroras y los ocasos que le sucederían implacables e indiferentes, parecían inciertos. Cada instante llevaba consigo la repetición del miedo, la réplica de la incertidumbre que provocaba la guerra. La crueldad, el odio y la rivalidad entre personas y naciones, desconocen fronteras, inocencia, sonrisas, sentimientos nobles e ilusiones, y destruyen ciegamente muros y puentes, rompen las cadenas de la coexistencia armónica, aniquilan vidas. Todo queda fracturado en una guerra.

Uno, en una guerra, se siente muerto y solo. El hambre, el miedo, el ruido incesante de la artillería, la sangre, los gritos desgarradores y sus silencios repentinos, ahogan, y más al contar las ausencias en la lista de familiares y seres amados, al notar las faltas de nombres y apellidos en la vida desmaquillada, al contemplar las escuelas derruidas, al descubrir los hospitales improvisados en incesante lucha por rescatar el aliento de los moribundos, al probar el cáliz de la amargura, el pánico y la incertidumbre.

Los pedazos de muñecas y juguetes -eco de una infancia mancillada e interrumpida-, las puertas y los muros perforados por las balas, los cristales rotos, el humo que escapa de las casas derruidas, las cosas y los papeles dispersos en las calles pletóricas de escombros, las fotografías incompletas, los hogares ultrajados, la ropa manchada de sangre y mugre, los residuos humanos y sociales, todo se vuelve ruina, recuerdo, locura, amnesia. Las pesadillas escapan de los sueños y aparecen, cual fantasmas, en la realidad. La noche se vuelve día. El día se hace noche.

Aquella generación de adultos, con sus llamados “niños de guerra”, vivió lo indecible. Unos eran náufragos de acontecimientos como la Primera Guerra Mundial, registrada entre 1914 y 1918; otros venían de orillas cada vez más distantes, las de las últimas décadas del siglo XIX, y algunos más eran demasiado jóvenes. Vivieron una de las pesadillas de la vigésima centuria. Un día, al amanecer, despertaron y el panorama mundial era diferente al que conocían, amenazante y mortal, y cayeron unos y se levantaron otros, hasta que hubo un final con la posibilidad de un inicio.

Incontables hombres y mujeres intentaban disimular ante sus hijos los rostros de la Segunda Guerra Mundial y les presentaban, en la medida de lo posible, lecturas, juegos e historias, distracciones que parecían máscaras endebles que pronto caían al aparecer, de improviso, escenas inevitables, sangrientas y aterradoras, mientras otros, en tanto, les hablaban directamente sobre la realidad de aquel período. ¿De qué sirve, entonces, saberse parte de la historia global, si la vida se siente amenazada y cada instante se desmorona ante el riesgo de la muerte?

Quizá, una noche silenciosa, tras una mañana y una tarde de bombardeos, invite a evocar los días de un ayer reciente, a repasar los nombres y rostros familiares y amados, a recordar historias y vivencias, y a reflexionar acerca del sentido de la existencia humana y sus cosas. Llora la gente por lo perdido, por la interrupción abrupta de su historia y sus planes. Y todos preguntan, sin duda, por qué los seres humanos, si somos hermanos, nos odiamos tanto y causamos daño.

En diciembre de 1944, la niña Rosemarie, quien nació en Königsberg -hoy Kaliningrad, Rusia-, capital de Prusia Oriental a partir de la denominada Baja Edad Media, hasta 1945, al ser tomada la ciudad por los soviéticos, cerca del río Pregolia que se fundía en la laguna del Vistula y próxima a las hermosas playas del Mar Báltico, desconocía que el mundo se deformaba por el odio de la humanidad transformado en guerra.

Rosemarie era, hasta entonces, una niña muy feliz, educada en un ambiente familiar de cariño, atenciones y consentimiento. Su madre y su niñera le dedicaban la mayor parte de su tiempo y se esmeraban en que su infancia fuera dichosa e inolvidable.

Su padre, Alfred Heine, era profesor de Matemáticas, Física y Química. Impartía clases en una escuela secundaria, en Wuppertal, Rheinland, a aproximadamente 50 kilómetros de Colonia. En ese lugar, sus padres tenían una fábrica de cartón que fue destruida, años más tarde, por los bombardeos.

No obstante, en 1936, el profesor Alfred Heine fue obligado por los nazis a abandonar su ciudad materna con la idea de trabajar a unos mil kilómetros de distancia, en Prusia, con la intención de sumarse a la enseñanza y fortalecer la educación ante la escasez de maestros.

Fue allá, en Prusia, donde el maestro conoció a Gerda Bisler, la mujer de la que se enamoró y con quien tuvo tres hijos: Lore, Bernd y Rosemarie. Evidentemente, Rosemarie era la más pequeña. Su madre era maestra de párvulos, motivo por el que la pareja contrató una niñera.

Los días infantiles de Rosemarie discurrían felices y parecían, por lo mismo, inagotables, hasta que aquel invierno, en diciembre de 1944, la familia acudió puntual a su cita con el destino y se miró de frente ante los desfiladeros de la historia y la realidad. El ambiente enrareció en casa y en el entorno. La pequeña miraba a su madre callada y nerviosa. Preparaba equipaje con apresuración. Una vez con las maletas, la mujer se trasladó con sus tres hijos a la estación del tren, rumbo a Praga, sin proporcionarles explicaciones.

Silenciosos, en un ambiente de apresuramiento y temor, la maestra de párvulos y sus tres hijos fueron acompañados por el profesor, a quien resultó imposible ir con ellos en el furgón porque debía retornar a la compañía militar, donde entonces se desempeñaba como telegrafista, función que le ayudó a obtener información acerca de la proximidad del Ejército Rojo que pronto llegaría a Prusia.

El viaje en ferrocarril parecía lento. Las ruedas de hierro pasaban una y otra vez sobre los rieles, como midiendo y calculando sus vueltas, al mismo tiempo que el vapor escapaba de la locomotora y se perdía al recibir las caricias del viento, mientras ellos, los pasajeros, miraban los escenarios desde las ventanillas con la esperanza y la urgencia de llegar pronto y a salvo a sus destinos.

Gerda intentaba mantenerse serena con la intención de no transmitir miedo y nerviosismo a sus hijos; pero cada parada, retroceso, cambio de velocidad o recorrido del supervisor de la línea ferroviaria, la inquietaba. Sentimientos tan inexplicables y poderosos se hospedaban en ella y, por lo mismo, le resultaba complicado hablar y sonreír. Estaba distraída en sus pensamientos, en ese estado extraño al que resbalan quienes viven situaciones inimaginables.

Una vez en Praga, la familia del profesor Alfred Heine abordó otro tren. La mujer y sus hijos viajaron hasta Austria, donde se instalaron en la habitación modesta de una villa antigua, la cual fue bombardeada y destruida por artillería norteamericana.

Aterrorizada por los bombardeos y las ráfagas de balas, entre gritos de personas, estallido de cristales y derrumbe de construcciones, Rosemarie, la pequeña Rosemarie, escondió debajo de las escaleras, donde permaneció refugiada durante varias horas, hasta que Gerda y sus hijos la encontraron.

Ella misma lo describe en alemán: “desafortunadamente, no hay paraíso en la tierra, pero tal vez sea algo bueno. De esta manera, apreciamos aún más lo positivo que tenemos. En realidad, permanecí enterrada horas después del colapso en la villa vieja de Austria. Mi hermana, que es mayor, me lo relató hace algunos años. Esa es, probablemente, la razón por la que tengo miedo a las habitaciones cerradas e incluso a las tormentas eléctricas fuertes. He aprendido a vivir con eso… Mi madre, en sus últimos años, se arrastraba debajo de la cama cuando había tormentas. Pienso en las muchas personas en zonas de guerra a las que nadie ayuda”.

La casa y la villa estaban desfiguradas. Aquí y allá, en un espacio y en otro, el rostro y la historia de una aldea antigua fueron alterados por las bombas, el fuego, las balas y la muerte. Fue, sin duda, el primer encuentro de Rosemarie con la guerra. Allí aprendió, sin duda, que la vida no significaba jugar con muñecas y soñar en un mundo de fantasía; la realidad parecía algo más serio y grave, tan ácido como el odio con que disparaban los militares.

El chalet donde vivía la familia Heine fue destruido por una bomba norteamericana. La misma Rosemarie aparece en una fotografía, montada en un burro, días antes de que la bomba destruyera la construcción. Atrás de ella se distingue la edificación antigua. Era muy pequeña. Ella misma cita: “solamente fueron unas pocas semanas felices en el bello chalet viejo situado a orillas del Zeller See, en Austria. Poco después, una bomba de los norteamericanos destruyó completamente el chalet y mi madre tuvo que buscar otra vez una habitación para nosotros”.

Gerda se probó a si misma. Era responsable de proteger a sus tres hijos. Consiguió una habitación en la alta montaña, cuyo dueño, paisano de la familia, tuvo compasión. La otrora maestra de párvulos tricotaba y laboraba en el campo y en el establo.

Hay momentos, en la vida, en que los seres humanos enfrentan los desafíos y los obstáculos del destino y tienen oportunidad de medirse y crecer o caer, y ella, Gerda, demostró de qué material estaba hecha al asumir los riesgos de un conflicto armado a nivel mundial, trabajar arduamente en la campiña y en el establo y atender, cuidar y educar a sus hijos Lore, Bernd y Rosemarie.

Tras el fin de la guerra, todos los alemanes, como ellos, salieron inmediatamente de Austria. Gerda y sus hijos se hospedaron en una habitación en Bavaria, mientras Alfred Heine, quien abandonó la base militar, no encontró empleo como profesor, situación que lo motivó a conseguirlo en Leverkusen, Rheinland, su región materna.

El profesor Alfred Heine no encontró en Leverkusen un departamento para alojar a su familia, la cual permaneció en Bavaria. Se sufre después de los conflictos bélicos. Quienes no mueren por la artillería, se encuentran de pronto frente a sí, desprovistos de presente y con un porvenir incierto, con un destino y un paisaje desfigurados que retan a luchar y armar los pedazos dispersos e incompletos.

Alfred Heine visitaba a su esposa y a sus tres hijos durante los períodos vacacionales. Para Gerda y sus hijos resultaba un período tranquilo, feliz y extraordinario la ausencia del profesor, quien solía gritar y pegar sin motivo en determinadas ocasiones. De pronto, se volvía un hombre severo.

La familia de Rosemarie era pobre, pero a cambio se desarrollaba en un ambiente apacible e inmersa en un paisaje hermoso, con un lago donde la pequeña aprendió a nadar. Su madre la inscribió en una escuela local y pronto consiguió una amiga con quien diluyó las horas infantiles y compartió juegos, pláticas, recuerdos, momentos.

Gerda experimentaba dolor y tristeza. Había perdido todo, a sus padres y amigos, los lugares en los que se desarrollaron su niñez y adolescencia, su empleo como profesora de párvulos y el dinero ahorrado e invertido. Añoraba con nostalgia los otros años, los del ayer, cuando vivía en Prusia, en excelentes condiciones económicas. Al parecer, su padre murió durante la guerra. Una e incontables veces se preguntaba por el destino de su progenitor. No tenía a su madre a su lado, y menos a su hermana con seis hijos, quien moraba cerca de Stuttgart. Desde la profundidad de su ser, la mujer deseaba que nunca más volviera a registrarse otra guerra.

En la hora actual de su existencia, Rosemarie abre las páginas de su memoria y suavemente da vuelta a las hojas, hasta que evoca el episodio en que durante el bombardeo, perdió su pequeña liebre de tela, extravío que le causó mucho dolor y tristeza.

Días más tarde, la pequeña Rosemarie notó la presencia de una mujer que subió hasta la habitación familiar, en la alta montaña, quien le entregó gentilmente su querida liebre, compañera de tantos juegos, imaginación e historias infantiles durante las horas más cruentas de su existencia. Se sintió agradecida e intensamente feliz, y descubrió que hasta en los momentos menos afortunados, existe la posibilidad de encontrar un destello.

Rosemarie estudió en Colonia. Se formó profesionalmente en Ciencias Económicas y en Español; mas no consiguió empleo adecuado porque en 1967 había gran cantidad de suspensiones en las actividades productivas de Alemania. Solamente una empresa que fabricaba armas y municiones, con contactos de negocios en Sudamérica, le dio oportunidad de desarrollarse laboralmente como traductora del alemán al español. Definitivamente, el proyecto existencial de la ya entonces joven Rosemarie era superior a permanecer siempre en una fábrica de armas. Nuevamente ingresó a la escuela con la idea de estudiar y convertirse, a través de los años, en profesora de Matemáticas y Español.

Retorna a su período infantil en Bavaria y asegura que se sentía inmensamente dichosa cuando su padre no se encontraba en casa. Todos, en el ambiente apacible del hogar, tenían libertad de jugar con objetos que encontraban en el suelo e ir a los alrededores y nadar en el lago.

Y así, entre una hora y otra, la infancia se diluía con sus luces y sombras, con el sí y el no de la vida. Como toda mujer que ha sufrido los estragos y la persecución de la guerra, soñaba y le ilusionaba la idea de no padecer más hambre y tener mayor espacio en su casa. Por cierto, “cuando recibíamos la visita de mi padre, éramos cinco personas las que ocupábamos la habitación, más un ganso y tres conejos que planeábamos comer un día”, evoca con la nostalgia y la sabiduría de quien ha vivido intensamente.

Y reconoce: “mi juventud no fue muy feliz. Mis padres y mis profesores eran demasiado autoritarios. En la escuela a la que asistía, había muchas chicas de familias ricas, mientras yo no podía comprar los libros y las cosas necesarias. Tenía que trabajar para ganar dinero y así estudiar. No vivía libre de las amonestaciones por parte de mi padre y de los profesores, y, a la vez, soñaba con ser independiente y poder marcharme a cualquier sitio con mi madre y mis hermanos. Leía mucho y deseaba irme a los países citados en los libros”.

Hace un paréntesis con la finalidad de relatar: “tenía una pasión que de cierta manera daba sentido a mi vida, y era tocar el piano con excelencia, virtud que me acercó a una banda de Jazz, cuyos integrantes éramos cinco muchachos y yo, la única mujer. Tocábamos en discotecas y en diversos espacios”.

La pasión por los viajes, agrega Rosemarie, “surgió por la lectura de obras que describían otras naciones y paisajes. Como no existían la televisión ni los videos sobre viajes, leía muchos libros, por ejemplo, del escritor Karl May, autor de “A orillas del río de la Plata”, y de exploradores como Alexander Von Humboldt. Imaginaba que algún día, por mí misma, podría visitar esos países”.

Y continúa: “tomé la decisión de independizarme de mi familia cuando trabajaba en Bayer Leverkusen AG. Miré un pequeño libro con todas las direcciones de las representaciones de Bayer Leverkusen en el mundo. En ese momento, tuve la idea de escribir a la representación de México y de Argentina. La oficina de Buenos Aires me contestó inmediatamente, mientras la de México lo hizo meses después. Era demasiado tarde. Viajé en barco a Sudamérica”.

Retrocede a otras páginas de su existencia y menciona que debía trabajar durante su período estudiantil para ganarse la vida. Fue entonces cuando “un día leí un cartel en la universidad, el cual invitaba a alumnos interesados en ser guías de viajes de estudiantes. Cursé un seminario con duración de una semana y presenté un examen. Como mujer, no fue fácil abrirme paso en ese medio; pero hablaba cuatro idiomas extranjeros y tenía experiencias en viajes. Fui aceptada como guía de estudiantes”.

Rosemarie conoció a su marido, Werner Schade, durante un viaje que realizó a Mallorca, en las Islas Baleares, cuando era guía para estudiantes. Su esposo era miembro del grupo estudiantil. En aquella época no tenían interés uno del otro, pero transcurrió casi un año para descubrir que entre ellos había algo más que simpatía”.

A partir de entonces, ha viajado a diversos países de los cinco continentes. Algunos los ha recorrido varias ocasiones. Tiene amigos entrañables en determinadas naciones. Participa, además, en un proyecto de ayuda a orfanatos. Tales acciones las lleva a cabo en Myanmar.

Reconoce que lo que más le agrada de los viajes son las obras de arte, la naturaleza con su flora y fauna y, principalmente, la gente. Le interesa mucho el estilo de vida de las personas sencillas y cómo influyen en ellas la religión, las tradiciones y el sistema político. Igualmente, le atraen temas relacionados con las condiciones en que viven las personas y las alternativas que existen para ayudarles a superar su crisis.

Dueña de sí misma, Rosemarie explica: “yo sé que mi vida no siempre resultó fácil. Ahora tengo mucha suerte porque puedo vivir sin padecer hambre y asisto al médico cuando estoy enferma. Los viajes me han dejado la enseñanza de que muchas personas viven en malas condiciones y que yo tengo la posibilidad de ayudarlas por lo menos un poco. De hecho, pertenezco a Myanmar Kinderhilfe, que apoya orfanatos, y también a Talita Kumi de Ecuador, que ayuda a chicas que viven en malas condiciones. Respaldo, paralelamente, un hospital para niños en Kambodscha, e integro diversas organizaciones”.

Rosemarie es creadora de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, donde publica artículos referentes a sus experiencias de viaje. Aclara: “mi página sólo tiene ese nombre porque mi idea es expresar que su autora no es joven. Su contenido se dirige a hombres y mujeres de todas las edades. La persona más joven que lee mis artículos, tiene 15 años de edad y vive en Inglaterra”.

“Los viajes significan mucho en mi vida. Me encanta admirar las bellezas naturales, arquitectónicas y artísticas que existen en el mundo; pero también me interesa conocer los problemas que hay en cada región del planeta y no concretarme exclusivamente a lo que presentan y ofrecen los diarios y la televisión. Es muy importante para mí hablar con la gente, conocer lo que sienten”, revela Rosemarie con el encanto de quien siente la pasión de vivir, dar de sí y tratar de mejorar el mundo y las condiciones de las personas que menos oportunidades de desarrollo tienen.

Confiesa que no pretende escribir un libro acerca de sus viajes porque cada uno es diferente; pero planea redactar artículos sobre ciertos países y temas. “He empezado a escribir un libro acerca de mi vida”, anuncia con la sencillez de quien verdaderamente es auténtico, libre, pleno y magistral, y confirma que la obra tratará de manera especial el tema de lo que fue durante su infancia, “una niña de guerra”, porque los jóvenes de la hora presente “no pueden imaginar cómo eran los días en esa época”.

El tiempo es una embarcación que, finalmente, llega a un puerto y a otro, donde la tripulación se queda con sus vivencias y recuerdos, con sus soles, lunas y estrellas, con su esencia, con lo que fue y con lo que es, cada uno con una historia, con pasos que dejaron huellas y rutas con diferentes significados, y ella, Rosemarie Schade, es un ser extraordinario, dedicada a lo que le encanta -los viajes-, y también al conocimiento y al bien. Como mujer de siempre, deja trozos de sí a los demás, fragmentos que germinan en los corazones y se reproducen para multiplicar el bien y dibujar alegría y esperanza en otros rostros.

Habla pausadamente: “el mensaje que pretendo dar a las mujeres es que se atrevan a ser auténticas, a desarrollarse plenamente y a convertir en realidad todos sus sueños. Es importante que se fijen metas y luchen, a pesar de las adversidades y obstáculos, para conseguirlas. En mi paso por el mundo he conocido mujeres con posibilidades de ser grandiosas, singulares, extraordinarias; pero no se atrevieron a luchar y así transcurrieron sus años, entre aspiraciones incumplidas y suspiros tristes, hasta que se les hizo tarde ante la brevedad de la existencia… Otro mensaje que me gustaría transmitirles es que no se subordinen a personas que no son positivas para su desarrollo. No sean pasivas. Nunca sepulten sus anhelos y sueños. Les aconsejo luchar incansablemente por sus metas y, si es necesario, solicitar ayuda a personas e instituciones buenas y confiables. Recuerden que la grandeza se compone de la suma y multiplicación de pequeños detalles cotidianos. No desmayen. En mi opinión, también ayuda mucho a una vida feliz y plena, preocuparse siempre por personas que coexisten en condiciones difíciles…”

Se despide como es, grandiosa, sencilla, extraordinaria, con sus recuerdos y vivencias. Tiene proyecto existencial. Valora cada instante de su vida. Es la otrora “niña de guerra” que superó las adversidades, la pobreza, el hambre, y se preparó, trabajó y cumplió sus aspiraciones. Es y será mujer de siempre.

Derechos reservados conforme a la ley

 

Enlace de la página “Personas mayores alrededor del mundo”, de Rosemarie Schade:

Paseo por el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esa mañana, caminé entre puestos de fruta y verdura, con aroma a campiña y sabor a tierra, viento y lluvia, y con colores y formas que recuerdan los diseños de la naturaleza, entre cargadores, gente atraída por el olor de los quesos y huacales apilados.

Percibí, entre los rumores del mercado, los golpes de los cuchillos y navajas contra los troncos y las bases de madera o hierro, al cortar las piezas de carne. Vi las carnicerías, donde cuelgan trozos de reses y cabezas de cerdos, o en las que permanecen las gallinas y los pescados sobre bloques de hielo que se consumen junto con las horas pasajeras de la existencia.

También escuché, entre los susurros, a los cargadores con sus diablitos y su grito tradicional “¡ahí va el golpe!”, a las señoras regateando los precios, a las cocineras que desde temprano ofrecen arroz, mole, chiles rellenos de queso, sopes, quesadillas, caldo de pollo, chilaquiles, pancita, pozole, tamales, sopa y una variedad de platillos.

El rechinido de las tortilladoras mecánicas se mezclaba, a esa hora matinal, con las conversaciones de comerciantes, ancianas, hombres y mujeres que hacen del mercado su pequeño mundo, escenario de sus vidas y campo de sus historias.

Igual que ilusiones efímeras, las piñatas de colores emulaban personajes infantiles, los sueños de un rato durante la brevedad de la existencia. Permanecían colgadas como lo que son, ilusiones que en un rato revientan alegría y arrojan dulces y sorpresas.

Piñatas, es cierto, para las posadas navideñas y las celebraciones infantiles, que combinan, en determinadas fechas, con las banderas mexicanas y los rehiletes que agita el viento.

En el pasillo dedicado a las flores, observé las rosas para el amor y la felicidad, pero también las que se entregan en el cunero a la madre y las que se llevan ante la tumba, en una mezcla de alegría y tristeza, con el sí y el no de la vida, con las luces y sombras que forman parte de la dualidad humana y del universo.

Las tiendas de los mercados son especiales. Los comerciantes, otrora diestros en elaborar cucuruchos con pliegos de papel estraza o periódico, pesan arroz, frijol, azúcar y sal. Cortan el queso con cuchillos filosos y distribuyen en los anaqueles las botellas con aceite, los sobres con sopa, las latas con chiles y conservas, los frascos con aceitunas, el café y el chocolate.

Nopales, tortillas de maíz elaboradas a mano, quesos, chiles secos, hierbas, remedios naturales para curar padecimientos, jitomates, limones, piñas, aguacates, guayabas, tomates, cebollas, pepinos, lechugas, melones, papayas, ejotes, fresas, ajos, papas, rábanos, calabazas, cilantro, zanahorias, chícharos, peras, elotes, manzanas, epazote, naranjas e incontables productos simbolizaban, en cada rincón, un mosaico de texturas, colores, formas y perfumes, dignos del más puro mexicanismo.

Ya no encontré, como antaño, los puestos con juguetes, donde los niños mexicanos pedían a sus madres les compraran muñecas de cartón o de trapo, canicas, trompos, baleros, yoyos, caballos con palos de madera, cuerdas, trastes en miniatura, soldaditos, vaqueros, caballos, carritos, monstruos, damas chinas y tableros de la lotería, la oca y serpientes y escaleras, quizá cual ensayo de la infancia a la vida; tampoco me topé con las perfumerías que comercializaban cremas de esencias y fragancias intensas, ni tubos para rizar el cabello.

No vi, a mi paso, las bolsas de cartón de estraza con asas del mismo material, algunas con líneas verticales color rojo, que ellos, los comerciantes, obsequiaban o vendían a sus clientes, ni distinguí, como antaño, los letreros que los fruteros y verduleros colocaban con los precios de su mercancía y en la parte inferior la inscripción de algún dicho mexicano.

Los pajareros casi pertenecen a las estampas del pasado, con sus jaulas de madera o alambre, apiladas y cargadas a la espalda, que aprisionaban loros, canarios, tzentzontles, pericos y otras aves. Eran compañeros, en las explanadas y plazuelas de los mercados, de vendedores de plantas, cilindreros, saltimbanquis, marimberos, pajaritos que sustraían papeles diminutos con la suerte del cliente en turno, paleros, hombres que colocaban sobre una mesa plegable conos para esconder la bolita -pelota pequeña que rodaban con destreza bajo la palma de alguna de sus manos-, payasos y merolicos que ofrecían desde pomadas con grasa de coyote y otras fórmulas y pócimas contra “paño”, “enfermedades de la mujer”, diabetes, impotencia, vitiligio, infertilidad, flebitis, juanetes, “mal de ojo” y nerviosismo, hasta la exhibición de alguna serpiente de cascabel que extraían de un canasto de mimbre.

Comprobé que todavía perduran algunos oficios antiguos, como el de los cargadores y el ya casi extinto de los afiladores, con sus caramillos. La ausencia de la marimba, del hombre que tocaba el acordeón o del guitarrista se siente de inmediato.

El Mercado “Revolución”, al que la población de Morelia -capital de Michoacán, estado que se localiza al centro occidente de México- conoce popularmente como “de San Juan”, en alusión al barrio del mismo nombre, fue fundado en 1965, cuando la gente de aquella década y de años y centurias anteriores tenía la costumbre de concentrarse en la plazuela con la idea de comercializar productos del campo, leña, carbón, guajolotes y pescado.

No niego que el que se localiza en San Juan de los Mexicanos, es un mercado tradicional de Morelia que rememora a los antiguos habitantes de esa zona de la ciudad de Valladolid, en época de la Colonia, quienes proveían de leña, alimentos y materiales a las familias españolas.

Hasta antes de la fundación del Mercado “Revolución”, hombres y mujeres coexistían en el antiguo y tradicional jardín del barrio de San Juan de los Mexicanos. Unos pregonaban las características de sus mercancías, mientras otros, en tanto, regateaban los precios o practicaban el trueque.

Desde temprano llegaban los arrieros, agotados y enlodados, con sus recuas de mulas, profiriendo insultos a las bestias y embistiendo a los infortunados que se cruzaban en su camino.

Los carretones de madera, jalados por mulas, todavía funcionaban en la década de los 50, en el siglo XX. Los comerciantes establecidos en las colonias aledañas al centro, surtían su mercancía y la trasladaban en esos transportes rudimentarios de alquiler.

Cuando uno visita Morelia, surge la tentación de trasladarse al oriente del centro histórico, muy cerca del típico jardín de Villalongín, el acueducto barroco del siglo XVIII, el otrora Callejón de la Bolsa -hoy del Romance- y la pintoresca Calzada Fray Antonio de San Miguel, para recorrer el antiguo Barrio de San Juan de los Mexicanos y conocer, de paso, el Mercado “Revolución”, con todos sus símbolos.

En los años virreinales del siglo XVI, uno de los barrios indígenas más próximos al centro de Valladolid fue el de San Juan de los Mexicanos, llamado así por ser asentamiento de los nativos que acompañaron a los españoles en la conquista y colonización de la provincia de Michoacán.

Recordé, al pararme frente a la fachada del templo dedicado a San Juan Bautista, inicialmente, en el siglo XVI, compuesto de materiales endebles, y reconstruido en 1696, en la ancianidad del siglo XVII, que en su costado norte existió, hasta postrimerías de la decimonovena centuria, un cementerio antiguo y estrecho , el de San Juan de Dios, que por su insalubridad y saturación fue trasladado, junto con el de Santa María de los Urdiales, también en Morelia, al actual panteón de la ciudad, cuya primera inhumación se celebró en 1885 y su posterior inauguración se llevó a cabo en 1895, en las horas porfirianas.

Posteriormente, en el siglo XX, el terreno referido ocupó las instalaciones del tradicional internado México-España, Tal institución albergó, en 1937, a 437 niños exiliados de la guerra civil española, hasta que en 1965 se inauguró en dicho espacio el Mercado “Revolución”, el cual funcionaba, en una fase anterior, en el jardín o plazuela de San Juan.

Si ben es cierto que en el pasado se practicaba el comercio en el jardín o plazuela de San Juan, en 1956 las autoridades construyeron un mercado rudimentario que más tarde ocuparon la policía y los bomberos de Morelia, hasta que finalmente, con la reubicación de los vendedores informales del centro histórico de la capital michoacana, el inmueble fue derruido para construir otro funcional e instalarlos a partir del año 2001.

Decidí ingresar al pequeño atrio del templo de San Juan Bautista. Admiré la fachada. Descubrí, en primer lugar, la fecha de su reconstrucción: 1696. Hurgué datos en mi memoria, hasta que recordé que de acuerdo con documentos, las obras del recinto prosiguieron en 1748, según consta en la venta de solares para solventar la edificación.

Con atrio, campanario, torre y cúpula, la capilla colonial, dedicada a San Juan Bautista, evoca al barrio indígena de San Juan de los Mexicanos, que como otros de Valladolid, eran proveedores de alimentos, leña y mano de obra para la ciudad que fue fundada el día de San Venancio, un miércoles 18 de mayo de 1541.

El templo que hoy permanece cual náufrago en el popular Barrio de San Juan, exhibe una cruz latina, mientras sus muros se erigen a escasa altura; además, cuenta con una cubierta original con siete casquetes.

Por otra parte, la torre de piedra presenta un campanario esbelto, el cual, por cierto, es calificado por especialistas como de gran austeridad barroca, detalle que contrasta con la fachada ornamentada. Esta, la fachada, aglutina  dos expresiones del estilo barroco, de modo que uno es académico y el otro, en tanto, indígena, como si representara, ya desde aquella época, la de los días del siglo XVII, la mezcla de dos razas, la de los conquistadores y evangelizadores españoles y la de los nativos de Mesoamérica.

De la portada se deriva un arco de medio punto que sostiene un ensamblamiento moldurado, sobre el cual reposan dos pináculos de forma piramidal. Al centro del segundo cuerpo, se ubica una ventana rectangular que comunica al coro; aunque encima se encuentra un nicho vacío, rematado por una cruz de doble brazo. La fachada concluye con una forma piramidal y una cornisa sencilla.

Muy próximo al templo, yacen tres campanas que alguna vez, en otra centuria, emitieron sus tañidos desde la torre. Dos exhiben, igual que una abuela, las fechas de su fundición: 1769 y 1778. La otra también data del siglo XVIII.

Ya reseñé que contiguo al recinto sacro, se localizaba un cementerio, el de San Juan de Dios.. Tras la clausura, en el siglo XIX, de los cementerios atriales de San Agustín, El Carmen, San Francisco y San José, afectados por las pestes provocadas por la cólera que devastaba a la ciudad, el de San Juan de los Mexicanos fue utilizado para la inhumación de cuerpos.

Es importante resaltar que ante la peste derivada de la cólera morbus que enfrentaron los habitantes de la ciudad, el 26 de marzo de 1850 las autoridades dieron a conocer un decreto y fue así como el cementerio de San Juan funcionó para las inhumaciones, a pesar de su saturación e insalubridad.

Por cierto, la cruz ochavada de la Colonia que actualmente se localiza en el jardín contiguo al templo virreinal de Nuestra Señora de Guadalupe, al oriente del centro histórico de Morelia, se encontraba inicialmente en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente, en las postrimerías del siglo XIX, fue trasladada al panteón municipal, inaugurado en 1895. Todavía en las primeras décadas de la vigésima centuria, los militares fusilaban gente en el panteón municipal de Morelia, a un lado de la cruz colonial.

Entre postrimerías de la decimoctava centuria y la aurora del siglo XIX, los moradores de la ciudad tenían la costumbre de reunirse no solamente los domingos, sino otros días de la semana, en diferentes espacios de la urbe, de manera que los amigos y las familias españolas, criollas y mestizas dialogaban plácidamente, bailaban alegres, cantaban emocionados, recitaban poemas, ejecutaban instrumentos musicales y comían o merendaban, de acuerdo con la clase social a la que pertenecían. En San Juan de los Mexicanos, las familias indígenas también se reunían.

Paralelamente, los conspiradores de Valladolid, en 1809, no solamente se reunían en las casonas palaciegas del centro; también se citaban con sigilo en algunas de las construcciones más modestas del Barrio de San Juan de los Mexicanos. Ellos, los conspiradores de Valladolid, conversaban acerca de los acontecimientos políticos y sociales de la ciudad y de la Nueva España. Se reunían en las fincas que pertenecían a José María García Obeso, al licenciado Soto Saldaña y a los hermanos Michelena, entre otros.

No obstante, José María García Obeso, Vicente Santa María, José María Izazaga, Antonio María Uraga, José María Abarca, Manuel Villalongín, Manuel Muñiz, Juan José de Lejarza y otros conspiradores, no solamente celebraban tertulias en las fincas vallasolitanas; también las efectuaban en casas humildes y endebles. El Barrio de San Juan de los Mexicanos era idóneo para pasar desapercibidos.

Por cierto, la conspiración de Valladolid, en los días de 1809, antecedió a la de Querétaro y a la Independencia mexicana de 1810, por lo que se trata de un acontecimiento histórico, más allá de las luces y sombras del movimiento. Valladolid, hoy Morelia, fue origen de la Independencia de México.

Valladolid estaba rodeada, en el siglo XVII, de diversos poblados indígenas que abastecían a la ciudad de mano de obra y materias primas, entre los que destacaba, precisamente, el Barrio de San Juan de los Mexicanos, el cual, por cierto, figuraba en un mapa elaborado en 1794, una centuria después, como uno de los dos cuarteles menores. Al documento, creado en la noche del siglo XVIII, se le denominó “plan o mapa de la nobilísima ciudad de Valladolid”.

Antes de retirarme del templo colonial de San Juan Bautista, miré el altar, el coro , el púlpito y las reliquias, como la imagen alusiva al nombre del recinto y del barrio, un Santo Entierro y un Cristo del siglo XVII, agonizante, del cual la leyenda popular refiere que crece conforme transcurre el tiempo.

Lamenté que autoridades, hoteleros, restauranteros y prestadores de servicios turísticos no se interesen en rescatar el Barrio de San Juan de los Mexicanos, restaurar sus rincones y trasladar a los visitantes a su mercado, al templo colonial y los espacios que forman parte del ayer y de la historia.

Mercado, templo y ecos de un ayer que cada día parece estampado en páginas quebradizas y traspapeladas en un viejo archivero o en un arcón del que ya no existen la cerradura ni la llave, acaso porque todo, ante la caminata del tiempo, se transforma en recuerdo y después en olvido.

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Capacho, rincón de la zona lacustre de Cuitzeo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Está en las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, pero también entre el lago, las ruinas arqueológicas de Huandacareo y el monumental ex convento agustino y colonial de Santa María Magdalena, en Cuitzeo.

No lo han borrado las centurias ni el viento. Cuando en determinados ciclos renace el lago de Cuitzeo y maquilla su rostro con el crepúsculo dorado del amanecer y amarillo, naranja y rojizo de los minutos postreros de la tarde o refleja la caminata pasajera de las nubes, la profundidad del cielo y los carrizos, árboles, nopaleras, cactus y plantas que crecen en la orilla, las luces y siluetas del caserío asoman en las noches.

El de Cuitzeo es un lago de ciclos. Cuando el nivel del agua es suficiente, se transforma en espejo enorme, en mundo de garzas, patos y aves que hunden sus picos para atrapar a los peces. El viento riza el manto acuático.

Tras la somnolencia de la noche y la madrugada, Capacho, asentamiento de origen purépecha que en lengua indígena significa “tierra de juncos” o “pueblo que se cambió”, despierta ante el trinar de las aves que se refugian en el follaje de los árboles, el tañido del campanario y los rumores del aire.

Las callejuelas desoladas y silenciosas, acostumbradas al paso de generaciones, despiertan y reciben la algarabía de los niños que juegan e inventan su mundo, de los hombres que se dedican a la labranza, de las mujeres que acuden al amasijo, al nixtamal, a la tienda.

En otras horas, la orilla del lago, entre Cuitzeo y Huandacareo, estuvo poblada por indígenas que adoraban ídolos y construían pirámides. Es allá, en un rincón añejo de la loma de Capacho, donde asoma el templo fechado en 1722, relicario del Señor de la Expiración, en su ambiente de veladoras, incienso, copal y oraciones que fluyen en el ambiente de un pueblo lacustre.

Relata la tradición, atrapada en los días virreinales, que El Señor de la Expiración o de Capacho, como le denominan los moradores del poblado, fue descubierto en un monte, en un paraje abrupto y desolado, que se encontraba resguardado por una pilq de piedras.

Las autoridades eclesiásticas de aquellos años, los de la Colonia, decidieron trasladar la imagen a Cuitzeo tras pensar que aparecería el dueño de la imagen para reclamarla. Transcurrieron los días, las semanas, sin que alguien se acreditara como propietario de la escultura.

Otra versión, dentro de la tradición oral, narra que durante las horas ya distantes de la Colonia, dos personas, una de Capacho y otra de Cuitzeo, descubrieron la imagen en el paraje mencionado y acordaron que cierto período del año permanecería resguardada en el primer pueblo y la otra, en tanto, en el segundo.

No obstante, en sus conversaciones, algunos ancianos coinciden en que no fueron dos personas quienes descubrieron al Señor de la Expiración o de Capacho en el paraje montaraz, sino tres. Dos de ellos eran originarios de Capacho y el otro, en tanto, de Cuitzeo. Esto originó que se tomará la decisión de que la imagen permanezca la mayor parte del tiempo en Capacho y menor período en Cuitzeo.

A partir de entonces, quedó establecida la tradición popular de despedir al Señor de la Expiración o de Capacho en su recinto, en el pueblo, para conducirlo, un día después de la festividad del Sagrado Corazón de Jesús, en junio, a Cuitzeo.

Se trata de una gran festividad. Los moradores se unen a la procesión y caminan bajo el sol, entre la campiña y el lago, en medio de oraciones, juegos pirotécnicos y música de banda de viento. Llevan la imagen a Cuitzeo. La fiesta dura ocho días. El Señor de la Expiración es devuelto a Capacho el 17 de octubre, donde la multitud lo espera y recibe con intensa devoción y júbilo.

Tal vez uno de los detalles más cautivantes y enigmáticos de Capacho es el bloque donde reposa la cruz atrial. Es un relieve peculiar e irrepetible que desde hace más de dos siglos exhibe tres rostros que aluden a la Santísima Trinidad.

El efecto fue creado por un artista anónimo. De nombre desconocido, el escultor indígena talló en la cantera cuatro cejas y el mismo número de ojos, unidos a tres narices e igual cantidad de bocas y barbas que forman tres rostros.

Tan extraordinario e inigualable relieve de manufactura indígena, da la espalda a la fachada parroquial y atisba tres árboles que, paradójicamente, permanecen en lazados como los rostros donde reposa la cruz atrial.

Quien admire la talla colonial, descubrirá que en el centro de la cruz de piedra, precisamente donde se unen los ejes horizontal y vertical, se encuentra el rostro de un Cristo de facciones indígenas con una corona de espinas, distribuyéndose a los lados del mismo las pinzas y el martillo, que rematan, en los extremos, con manos ensangrentadas.

Adicionalmente, existen otras cruces de piedra que llaman la atención, como la que se localiza a un costado del templo, cerca de la torre, y la que se encuentra en la barda perimetral, ambas náufragas de minutos virreinales.

Tras la incansable travesía de las horas y las nubes -hermanas, al fin, que comparten similar destino al desvanecerse-, uno comprende que en Michoacán existen incontables historias por desentrañar, y que pueblos como el de Capacho, a la orilla del legendario lago de Cuitzeo, merecen un recorrido turístico.

Capacho se sitúa a mil 849 metros sobre el nivel del mar y se localiza en el municipio michoacano de Huandacareo. El recorrido de Morelia a Capacho, consta de 40.5 kilómetros, es decir un viaje de alrededor de 41 minutos. Una vez que el automovilista llegue a Cuitzeo, tendrá que tomar la dirección a Huandacareo para llegar a Capacho.

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Pedro Dávalos Cotonieto, la pasión de un artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es un estilo de vida, un destino, una pasión, un delirio. La mano que escribe el poema y el relato parece tener correspondencia con la que desliza los pinceles sobre el lienzo, talla la piedra y el material yerto y pasa el arco sobre las cuerdas del violín, como si se tratara de alumbrar y dar sentido a la vida humana.

Arranca o sustrae la inspiración para adornar la estancia en el mundo. Convierte los sentimientos, las ideas y los sueños en obras que, minúsculas o mayúsculas, dejan huellas indelebles y contribuyen a marcar la diferencia entre lo primario y lo sensible y excelso. Sin arte, el mundo sería noche ausente de estrellas.

Quizá el artista auténtico -no el de poses en los cafetines y conferencias barnizadas de arrogancia- es la criatura extraña del vecindario; sin embargo, es el creador, el que aporta luces en un mundo cargado de discordia, materialismo y violencia.

El arte es entrega interminable, incesante proceso creativo que implica dar y aportar, aunque a veces, por no decir que con frecuencia, el juicio colectivo y las carencias económicas sean abrumadoras.

Resulta innegable que en cada obra hay motivos, horas y hasta años de producción e inspiración; pero también es cierto que tras el artista existen una historia, un ayer, un significado, una justificación, un mensaje.

Pedro, el artista

Tal vez sea la razón por la que Pedro no sea el Pedro ingeniero que soñaron sus padres, ni tampoco el Pedro corredor de autos y torero de los primeros años de juventud, sino el Pedro artista, el Pedro que desde la infancia arrancaba hojas a los cuadernos de sus hermanos para dibujar y pintar.

Pedro Dávalos Cotonieto recuerda, a sus 71 años de edad, sus años juveniles. En algún rincón de Tupátaro, enclavado en el municipio michoacano de Huiramba, el maestro refiere que desde hacía tres meses, introducir la llave en la cerradura y entrar a casa significaba cubrir su rostro de artista con antifaz de estudiante de Ingeniería Mecánica. Cada noche, al regresar de la Academia de San Carlos, en la Ciudad de México, echaba varias paladas de tierra a su esencia de artista para que ellos, sus padres, no descubrieran su identidad, los quehaceres académicos a los que se dedicaba. Pedro, Pedro Dávalos Cotonieto, maquillaba sus rasgos con la intención de transformarse en alumno universitario, “normal” como la mayoría, no “aprendiz” de pintor y escultor que no ganaría ni para comer.

Esa noche, al entrar y prender la luz de la sala, experimentó asombro y sobresalto al descubrir las facciones endurecidas de sus padres, quienes sentados en uno de los sillones, lo cuestionaron de inmediato sobre la carrera universitaria que en realidad cursaba. Algo andaba mal. Las expresiones paternas indicaban decepción, enojo, reproches. Estaba por venir lo peor, sospechó el joven.

Como ladrón sorprendido una noche helada y oscura de lluvia, Pedro tenía en sus manos, a la vista de todos, las pruebas en su contra. Portaba cuadernos, libros, rollos de papel con dibujos y una pieza escultórica, la del Cordobés.

El padre, encolerizado, exigió que mostrara los dibujos plasmados en los rollos de papel. Pedro, quien entonces tenía 20 años de edad, desenrolló el primer pliego con delicadeza, como si se tratara de una criatura viviente, y apareció, artístico, un desnudo femenino.

Aquel dibujo significó una ofensa a sus progenitores. Les pareció que el muchacho era un degenerado que indudablemente se reunía con malvivientes y vagos con la finalidad de dibujar cuerpos de mujeres.

Cuando mostró el segundo pliego, la irritación paterna fue mayor. Se trataba de un desnudo masculino. ¿Qué clase de hombre era Pedro, que hasta dibujaba hombres sin ropa?

La pareja Dávalos Cotonieto imaginó escenarios insanos en los que seguramente se desenvolvía su hijo. Tal vez, Pedro y otros estudiantes de arte, casi convertidos en rocanroleros y hippies, se reunían en una bodega abandonada, en un departamento húmedo y pestilente, en algún sitio descuidado, con el objetivo de mirar hombres y mujeres desnudos. Quizá entre ellos, los aspirantes a artistas, habría algunos que ingirieran bebidas alcohólicas o drogas. Eran, por cierto, los primeros años de la década de los 60, en el siglo XX.

Iracundo, el señor de la casa advirtió que no toleraría esa clase de conductas, motivo por el que sentenció a Pedro, a quien dio a elegir entre su hogar y la rectificación de sus estudios: su casa y sus estudios de Ingeniería Mecánica o el arte y la calle. Esa noche tendría que tomar la decisión. Y eligió.

Pedro miró, como al inicio, los rostros desencajados de sus padres y comprendió, en consecuencia, que no entenderían su amor e inclinación por el arte porque es algo que ya se trae, un estado que forma parte de la esencia, de manera que eligió la calle, y así como llegó, salió con sus cuadernos, libros, pliegos de papel y escultura, sin posibilidad de entrar a su recámara por ropa y otras pertenencias.

Eran más de las 11 de la noche cuando, bajo la lluvia, caminó desde el rumbo de la Villa, al norte de la Ciudad de México, al centro histórico, donde hasta la fecha de localiza la Academia de San Carlos, fundada en 1781 como Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes de la Nueva España, en la época del rey de España, Carlos III, ante la solicitud de la Casa de Moneda de dicha Colonia e inspirada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

Durante su caminata nocturna, Pedro evocó los otros días de su existencia, cuando tenía alrededor de cinco años de edad y miró a una persona que pintaba. Entonces comprendió que sería pintor. La escena del artista lo condujo a su interior, a su esencia. Desde muy pequeño dibujaba.

Cursaba primaria cuando en su escuela organizaron una visita a la Academia de San Carlos, la cual fue determinante en la ruta que seguiría durante su vida. Lo recordaba mientras caminaba; el frío lo entumía y la llovizna lo empapaba.

-San Carlos me maravilló -admite Pedro, el escultor, el pintor, el grabador, el maestro que coexiste en el pueblo michoacano de Tupátaro-. Cuando miré las copias antiguas de Moisés, de Miguel Ángel Buonarroti, y de La Victoria de Samotracia, sentí asombro y decidí que sería artista.

Desde la niñez, cuando sus padres y otras personas interrogaban a Pedro acerca de la carrera que pensaba estudiar, invariablemente contestaba que sería pintor. Tanto sus progenitores como sus familiares intentaban persuadirlo para que optara por otra clase de estudios, pero él sabía que su cita con el destino, con el arte, sería inevitable. Llegaría puntual y de frente al encuentro con el arte.

Entre los 12 y 13 años de edad, en plena adolescencia, Pedro recibió un regalo especial por parte de sus padres: una motocicleta con su carrito anexo, utilizada por los soldados nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Como notaron que Pedro continuaba con la idea de ser artista, lo indujeron a la fiesta brava, a los toros; pero después de conocer el ambiente y adquirir los conocimientos necesarios, desistió y lo motivaron a participar con los hermanos Pedro y Ricardo Rodríguez en las carreras de autos.

A los 14 años de edad, sus progenitores le regalaron un Buick 1941 y posteriormente un Cadillac 1952; sin embargo, analizó la intención de ambos obsequios, en diferentes momentos de su vida, y descubrió que eran con el propósito de desviar su atención del arte.

El matrimonio Dávalos Cotonieto deseaba que Pedro fuera médico, abogado, ingeniero o arquitecto. Cualquier estudio universitario resultaría adecuado, siempre que no fueran actividades relacionadas con el arte.

Pedro mintió a los 20 años de edad. Aseguró en su hogar que se inscribiría en la carrera de Ingeniería Mecánica, pero solicitó información en la Academia de San Carlos, donde le explicaron que disponía de tres días para registrarse. Así que entregó los documentos correspondientes y pagó la inscripción. Durante tres meses fingió estudiar una carrera ajena, como lo deseaba su familia, hasta que fue descubierto.

Caminó durante toda la noche y madrugada, hasta que a las seis de la mañana se sentó en las escalinatas del cine Teresa, donde llegó a la conclusión de que su realidad había cambiado. Tendría que trabajar si en vedad deseaba estudiar y desarrollarse como artista.

Nostálgico, pero también con sentimiento de orgullo, Pedro refiere que aquella ocasión pensó que lo que uno desea conquistar, hacer y tener, es posible obtenerlo si se esfuerza. Y eso hizo.

El alumno Pedro Dávalos Cotonieto, uno de los más destacados de la Academia de San Carlos, se dedicó a trabajar desde el momento en que entendió que no regresaría más a la casa solariega. El primer medio año, a partir de que sus padres lo corrieron del hogar, vivió en la calle.

-Había que estar atentos a las oportunidades, a los espacios, porque existía competencia en las calles entre quienes buscábamos un rincón seguro para pernoctar -advierte el artista-. En los espacios públicos del centro histórico de la Ciudad de México, éramos muchos los que andábamos en busca de un tramo de piso, protegido por algún techo o toldo, para dormir. Los quicios de las iglesias eran idóneos para pasar la noche.

Un día, después de tanto tiempo, su hermano lo buscó en la Academia de San Carlos con la finalidad de informarle que había llegado un telegrama a casa. Lo había enviado Javier Barros Sierra, quien fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el propósito de informarle que por ser uno de los mejores alumnos de generación, recibiría un diploma como reconocimiento.

Durante el acto, rememora el artista, recibió el diploma y una beca. Le preguntaron públicamente cómo deseaba devolver a la nación los beneficios que recibía. Respondió que por medio de la enseñanza, y lo hizo con el amor y la pasión que tiene al arte.

En determinado momento, distinguió que atrás, en una de las columnas, se encontraban sus padres, de modo que experimentó cierta incertidumbre cuando lo abrazaron las modelos profesionales y Guadalupe, una bailarina, gritó muy efusiva para felicitarlo. La mujer, henchida de euforia, lo abrazó y cargó.

Sus progenitores se aproximaron con el objetivo de felicitarlo e invitarlo a comer en casa. Su madre lloró. La familia Dávalos Cotonieto se encontraba ante el artista, el pintor, escultor y grabador. Lo invitaron a casa, pero ya había probado los ósculos y caricias de la libertad y le encantaron; mas no el libertinaje, como dice, porque jamás permitió que lo sedujeran los vicios.

Discurrían las horas postreras de la década de los 60, exactamente en 1969, cuando ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Desde hace aproximadamente cuatro décadas y media, se dedica a hacer facsímiles de importantes piezas arqueológicas, las cuales se encuentran expuestas en museos y zonas arqueológicas, e incluso han participado en intercambios para naciones europeas, asiáticas, americanas y prácticamente todo el mundo.

Lector incansable, Pedro Dávalos Cotonieto se dedica desde hace 44 años a la conservación del patrimonio cultural de México. Mucha obra se deteriora por la irresponsabilidad humana, el deterioro de capas y la contaminación, entre otras causas, por lo cual es fundamental su rescate a través de la manufactura de facsímiles.

Fue gracias a la intervención de Pedro Dávalos Cotonieto que La Venta, Tabasco, recuperó su identidad como sitio arqueológico; pero ha participado en incontables tareas de salvamento histórico. Ha reproducido piezas de casi todas las culturas de Mesoamérica y el mundo.

Pintor, escultor y grabador, Pedro dirige el Taller de Recuperación de Técnicas y Oficios de la Caña de Maíz, en Tupátaro, Michoacán, donde radica desde hace varios años; además, es fundador del Centro Cultural “Antonio Trejo Osorio”, del Centro “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez” y del Jardín de la Escultura Mexicana, en la misma población, donde recibe grupos estudiantiles, turistas y toda clase de visitantes.

Gracias a su trabajo en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, que le ha dado prestigio nacional y mundial a través de los facsímiles que realiza con fósiles y piezas arqueológicas, expuestas en museos, zonas arqueológicas y diferentes foros de México y el mundo, Pedro Dávalos Cotonieto no ha tenido necesidad de comercializar sus pinturas, grabados y esculturas.

Se visualiza trabajando en sus obras hasta el instante postrero de su existencia, acaso porque el espíritu del arte siempre lo ha acompañado y se irá con él.

Una trayectoria

De 1994 a 1998, Pedro Dávalos Cotonieto participó en la restauración del frontal de caña de maíz, fechado en 1765, único en el mundo por sus características. Cabe destacar que el rescate del frontal, marcó interés de la comunidad indígena de Tupátaro para aprender, conocer y manejar la técnica de escultura de caña de maíz, perdida durante más de dos centurias en la región, lo que ocasionó que el artista fuera comisionado, a partir de 1998, como instructor de un curso sobre “Manufactura de los frontales de caña de maíz”, antecedente del actual taller para el rescate y la enseñanza de la técnica ancestral conocida como “pasta de caña de maíz”.

El artista radica en Tupátaro desde hace 18 años, donde su influencia ha sido determinante para que los habitantes de la población tengan conciencia sobre el cuidado y la protección de su acervo cultural e histórico; pero también un aprendizaje continuo dentro de la formación en la técnica de pasta de caña de maíz para que la comunidad se arraigue y cuente con la oportunidad de crear piezas que den sustento digno a las familias.

Ha influido en el rescate de los altares de muertos, la danza, el vestuario y la gastronomía de Michoacán. Esto se ha traducido en que el pueblo haya recobrado su folklore y su vocación artesanal.

Paralelamente, el artista ha impulsado, en la misma población, actividades culturales como conciertos musicales, danza moderna y contemporánea y teatro. Más allá de haber formado dos bibliotecas sobre diversos temas en el poblado que actualmente ese admirado por incontables turistas nacionales y extranjeros, el maestro Dávalos Cotonieto recorre periódicamente comunidades dentro del Faro de Bucerías, El Sabino y Capacho, en los municipios de Aquila, Uruapan y Capacho, para llevar cultura a niños y adolescentes que viven en los rincones más apartados. Su proyecto se denomina “El arte de la cañita, una alternativa cultural, educativa y de sustentabilidad en el medio rural”, respaldado por la Federación.

A nivel nacional, dentro de su carrera artística que prácticamente inició desde la infancia, el maestro, quien se ha distinguido como escultor en modelado, realizó una multiplicidad de obras relacionadas con diversas culturas del mundo -asirias, egipcias, griegas, estruscas, sumerias, africanas, chinas y romanas- para  el Museo Nacional de las Culturas; además, es pionero en México en el empleo de resina poliéster y cargas minerales, lo que le permitió crear reproducciones de monolitos de grandes dimensiones, entre los que destacan la Coyolxauhqui, el calendario solar y la maqueta del Templo Mayor.

El artista Dávalos Cotonieto participó, dentro de su carrera, en tareas de rescate, salvaguarda y difusión del patrimonio arqueológico en Monte Albán, Tula, La Venta, Palenque, Tikal, Bonampak, Yaxchilan y Uaxctun e incluso Copán, Honduras, de manera que gran número de sus facsímiles se encuentran expuestos en los museos de Antropología e Historia, el de las Culturas y el de Xochimilco, en la Ciudad de México; aunque también en el de Baja California y en el Jardín de la Escultura Mexicana, en Santiago Tupátaro. Se encuentran, igualmente, en países como Japón, precisamente para que el mundo conozca la cultura mexicana.

Docente en diferentes instituciones universitarias durante alguna etapa de su vida, actualmente lo es en el Centro de Capacitación para el Trabajo “Juan Manuel Gutiérrez Vázquez”, el cual se encuentra acreditado y fundó en 2011 en Tupátaro, cuya relevancia estriba, precisamente, en la certificación de la enseñanza de las técnicas y los oficios en la escuela de caña de maíz en Michoacán.

Adicionalmente, ha participado en diversos festivales y exposiciones a nivel estatal, nacional e internacional, como el Festival del Juguete, con respaldo del Museo Papalote, para lo que recorrió Chicago, San Diego, Texas y Washington, entre 2007 y 2012.

Con sus alumnos, ha llevado artesanía, danza y gastronomía a diferentes festivales en Dallas y Lufkin, Texas. Sus alumnas han tenido una participación trascendental en el Concurso de Artesanías de Domingo de Ramos, en Uruapan, ya que de 2005 a 2016 han obtenido nueve premios en categoría de escultura de caña de maíz.

Pedro Dávalos Cotonieto refiere que cuando anda por las comunidades, con una caja de cartón, la gente le pregunta si vende algo. Sonríe y contesta que ofrece arte. Sabe que el arte cambia los rostros de los pueblos y es la razón, dice, por la que inculca en niños y jóvenes ese estilo de vida.

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La Alberca, en el cerro de Los Espinos, trozo paradisíaco

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas veraniegas, el aire dispersa los aromas a tierra mojada, hierbas y flores silvestres. Los senderos conducen a parajes intrincados, donde los insectos se refugian. El ascenso entre árboles, piedras y matorrales es lento. El calor húmedo acaricia la piel y sonroja los rostros de los caminantes.

Los rumores de la naturaleza se mezclan con el crujido de las varas al ser pisadas por los viajeros, quienes contemplan la llanura de lo que otrora fue la ciénaga de Zacapu, circundada por montañas que se abrazan en un ciclo imperturbable de auroras y ocasos, primaveras y veranos, otoños e inviernos.

En determinados parajes, las mariposas revolotean y posan, frágiles, sobre las flores ufanas y policromadas, mientras los pájaros hurtan las semillas, pican los frutos, atrapan insectos o vuelan raudos a las frondas de intenso verdor.

Parece como si todo, en la naturaleza, tuviera una correspondencia, de tal manera que las hojas que desprende el viento, la flor que coexiste imperceptible entre la intensidad del verdor y las gotas de lluvia, mantienen relación con las tonalidades de los arcoíris y el color del barro que salpica ante la caminata.

Cuando uno llega, finalmente, a la cima del cerro de Los Espinos, en el municipio michoacano de Jiménez, siente embeleso al contemplar el cono natural que contiene un espejo acuático, ondulado por los ósculos del aire, que refleja las siluetas del bosque y el coqueteo de las nubes de efímera existencia.

El paisaje lacustre es imponente. Cautiva. Al admirar la vegetación y el manto acuífero, uno tiene la sensación de encontrarse en un mundo mágico, en un rincón escondido entre lo abrupto de la naturaleza, a salvo de las fauces de la modernidad.

A una hora y otra, en la mañana y la tarde, las pinceladas de la naturaleza tiñen el escenario lacustre con matices que cambian del azulado o cristalino al morado o al verde, e invitan a contemplar el paisaje o caminar y correr por las veredas.

Durante las mañanas nebulosas y frías o las tardes cálidas o lluviosas, el aire húmedo se introduce al cráter, donde el agua responde a las caricias con un oleaje rizado, apacible y rítmico.

Unas veces grises, plomadas, y otras, en cambio, blancas, rizadas, las nubes asoman al lago atrapado en el cráter de Los Espinos, que recibe la mirada del sol. Con la mochila sobre la espalda, uno admira el cráter, la hondonada, la vegetación, y distingue el proceso de mutación en el maquillaje acuático. Respira el caminante una y otra vez, hasta percibir el aroma de la campiña, la fragancia de las flores, el perfume de la hierba, la hoja, la tierra mojada. Inesperadamente, distingue alguna corriente, un remolino, en el agua.

Existen algunos espacios con asadores para organizar reuniones, comer y admirar el paisaje natural; también, para quien lo desea, los senderos invitan a rodear el cono imponente.

Ya en aquella cima de origen volcánico, el turista desciende al cráter por un sendero chueco y empinado, entre árboles, arbustos y matorrales que de inmediato, al rozarlos, desprenden su fragancia agreste, su perfume montaraz.

Es, para el viajero, la excursión de los sentidos y, adicionalmente, el reencuentro consigo, con la naturaleza. Percibe el palpitar de la vida en cada rincón. El turista siente el aire húmedo en su rostro sonrojado y las caricias de la hierba en sus brazos y manos.

Los gemidos de la hojarasca y las varas al quebrarse, al ser trozadas por los pies del caminante, no son ajenos al murmullo de árboles balanceados por el viento ni al trinar de los pájaros, porque todo parece nota del mismo concierto.

Unas cosas presentan aromas y otras cantos, policromía y sabores; pero todas son hermanas, parientes, y permanecen mezcladas en el lienzo de la naturaleza. Formas, perfumes, sonidos, tonalidades.

Durante su descenso, el trotamundos repasa, como siempre, las páginas empolvadas de la historia, para recordar que discurrían los años precortesianos cuando los indígenas creían que allí, en el cráter, moraban fuerzas malignas.

Relata la tradición que ellos, los nativos, realizaban sacrificios humanos con intención de apaciguar los males que consideraban existían en aquel paraje de rasgos lacustres y volcánicos.

Ya en los días coloniales, las mujeres que descendían con la intención de bañarse y lavar ropa, eran asustadas por el diablo que allí se refugiaba, según la leyenda, de manera que su enojo era tanto que provocaba remolinos y que el agua se agitara hasta impactarse contra la orilla.

Las mujeres corrían despavoridas por la escarpa para huir de aquel fenómeno. Quienes volteaban, descubrían aterradas el rostro del demonio asomado en medio del lago. Algunas murieron ahogadas o se accidentaban durante las huidas.

Fue, por lo mismo, que en las horas juveniles de la Colonia, en el siglo XVI, los naturales solicitaron a un personaje enigmático y tan querido por ellos, fray Jacobo Daciano, que bendijera el cráter y ahuyentara, en consecuencia, los males que allí se alojaban. Y así lo hizo.

El religioso acudió al cráter, acompañado de la comunidad indígena, donde expulsó al demonio, quien provocó un enorme e imponente remolino de agua antes de marcharse. Tras la agitación del lago, prevalecieron la calma y el silencio.

Ya en ese momento, próximo a la orilla del lago, el visitante no olvida que fray Jacobo Daciano o de Dacia, quien nació entre 1482 y 1484 y fue hijo de los reyes Juan y Cristina de Dinamarca, llegó a la Nueva España en 1542 tras haberse entrevistado con el emperador Carlos V y recibir su autorización para zarpar, cuando el mar olía a aventura, peligro y piratas, hacia América.

A diferencia de la mayor parte de los europeos que en aquellas horas coloniales llegaron a la Nueva España en busca de aventura y fortuna, él, fray Jacobo Daciano, amó a los indígenas y se preocupó por ellos, quienes lo consideraban su benefactor y hombre prodigioso y santo.

Fray Jacobo Daciano fue el evangelizador franciscano del que los indios aseguraban poseía facultades extrasensoriales como aparecer en varios lugares al mismo tiempo y levitar. Fundó diversas poblaciones, como Zacapu. Tal fue el amor que por él experimentaron los purépechas, que al morir en Tarecuato, Michoacán, su última morada, y ser sepultado, éstos, los nativos, extrajeron su cuerpo de la tumba y lo colocaron en un nicho del templo, tras el retablo del altar mayor. El cuerpo no se corrompía. Cada cuatro o cinco años, los purépechas le cambiaban hábito; conservaban los anteriores como reliquias muy veneradas.

Acaso esas son las cavilaciones, las remembranzas históricas del turista, quien de pronto, a fuerza de caminar y resbalar por el sendero silvestre, se descubre ante el lago verdoso y en ocasiones azulado o morado.

Sentado en una piedra o quizá en un tronco enlamado o musgoso, permanece largo tiempo en aquella hondonada lacustre y volcánica, observando un escenario de la historia y de la naturaleza.

En ocasiones, el graznido y el trinar de las aves distrae su atención y a veces, en cambio, la mudez que suele demostrar la naturaleza a los hombres y mujeres de soledad, se manifiesta extraordinaria. Da la impresión de que el silencio empieza a hablar, a musitar desde todos los rincones.

Libre como la hoja que se desprende del árbol y es mecida suavemente por el aire, hasta caer al agua y navegar en un delicioso arrullo, el viajero rompe las ataduras y se siente pleno y libre.

Ausente de lo cotidiano, de lo rutinario, enriquece su existencia y quizá hasta se atreve a abrazar un árbol o introducir sus pies en el agua, en el lago, para percibir, al menos unos instantes, el pulso de la naturaleza y la vida.

Cuando hace algunos años, investigadores franceses exploraron La Alberca, en el cerro Los Espinos, que realmente pertenece al municipio de Jiménez y no, como muchos creen, al de Zacapu, concluyeron que el lago no está contaminado. Mundo de peces, el lago presenta sal a cierta profundidad, de acuerdo con los resultados de los investigadores europeos. No detectaron fácilmente el fondo en determinadas áreas, seguramente por sus conexiones en las entrañas de la tierra, pero la profundidad máxima es de 32.5 metros.

Al cerro de Los Espinos, donde abundan huizaches, matorrales y piedras, también se le conoce como volcán de Santa Teresa, o sencillamente La Alberca. Cada año, en octubre, la comunidad de Los Espinos celebra a Santa Teresa, su patrona, con ascenso al cerro, donde el sacerdote oficia misa y la gente, henchida de euforia, lleva banda de música de viento, mariachi y juegos pirotécnicos.

Hay que recordar que ya en las horas porfirianas, e incluso en los días de Reforma, entre el siglo XIX y hasta la aurora del XX, se emprendió la absurda tarea de secar la ciénaga de Zacapu, que era rica e inmensa.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se impulsó la absurda desecación de la ciénaga de Zacapu. Tanta culpa tuvo la administración de Benito Juárez García con su proyecto general de desagüe, como la de Porfirio Díaz Mori, quien calificó las ciénagas, junto con su equipo de “científicos”, de insalubres, carentes de producción y generadoras de una actividad económica miserable.

Los resultados siguen a la vista: miseria y desequilibrio ecológico. Mentalidad aquella, como la de hoy, irracional: destruir lo insustituible a cambio del enriquecimiento de una minoría. Ya en el siglo XXI corresponde a las generaciones contemporáneas el rescate y la protección de sus recursos naturales.

En los días del siglo XVII, fray Alonso de la Rea anotaba que “debajo de este cerro -el de Los Espinos- cae la ciénaga de Zacapu, donde hay lagunas profundísimas con infinito pescado. De esta ciénaga tiene su nacimiento el río Angulo, que discurriendo hacia el norte… se precipita de un cerro muy alto con tanta violencia que abajo, entre el golpe del agua y el peñasco, se pasa a pie enjuto. En esta ciénaga hay infinita caza de patos, y así veremos que toda esta provincia no tiene palmo que no sea fértil y abundante, así de caza como de pescados”.

Uno, al concluir el día entre los parajes abruptos del volcán de Santa Teresa -La Alberca, en el cerro de Los Espinos-, desciende cautivado por los encantos de la naturaleza, con el sentimiento y la alegría de llevar en la mochila de trotamundos un fragmento del paraíso, un trozo del poema de la vida. Vivencias y fotografías para el recuerdo.

De acuerdo con datos oficiales, el lago tiene forma semicircular. Los especialistas calculan que se trata de 370 metros de diámetro en una superficie de 11 hectáreas; además, la máxima profundidad es de aproximadamente 32.5 metros.

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Camécuaro, lago paradisíaco de Michoacán

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estas mañanas nebulosas y frías, cuando las gotas de lluvia se funden en el verdor del lago de Camécuaro y provocan ondas que se multiplican y juegan con el reflejo del follaje de los ahuehuetes o sabinos, los aromas de la campiña y los fogones se mezclan y son arrastrados por el viento.

Uno mira, desde alguna de las bancas, las raíces de los sabinos añejos y arrugados que asoman a la superficie y forman trenzas que se prolongan a lo largo de la orilla del lago, donde adquieren formas que despiertan la imaginación y cautivan los sentidos. Los troncos retorcidos se unen como si alguien hubiera esculpido un lenguaje caprichoso.

Las burbujas de los manantiales surgen de la intimidad de la tierra y se funden en el manto acuático, donde las ramas se mantienen inclinadas como para complementar su belleza con sus tonalidades cafés y verdosas y complementarse con los matices azulados y grises del cielo.

Uno, al pasear y caminar por la orilla del lago de Camécuaro, en el municipio michoacano de Tangacícuaro, admira los troncos que emergen y extienden sus raíces hacia la tierra, entrelazadas un día y otro, tejidas durante años incontables, hasta formar nudos y figuras de natural encanto. Parecen brazos que agarran la tierra, la orilla. Es cierto, a los niños, a las familias, a los enamorados, a los turistas, a toda la gente le fascina tomarse fotografías en tal escenario y así raptar trozos, momentos, recuerdos de un rincón que parece arrancado de algún sueño.

Aquellos viajeros observadores, descubren que las ramas forman arcos y se extienden en busca, quizá, de un cielo pródigo que les regale calor y lluvia. Quienes desborden sus sentidos e imaginación en el paisaje, verán que el café de los troncos, raíces y ramas se mezcla en armonía y equilibrio con el verdor de las hojas, como si una madrugada o una tarde un pintor inspirado hubiera desbordado su imaginación sobre el lienzo de la naturaleza para aplicarle mayor belleza.

Si se le compara con los lagos michoacanos de Cuitzeo, Pátzcuaro y Zirahuén, el de Camécuaro parecerá una miniatura, una pieza de colección, una pintura que salpicó de un mundo mágico.

Uno camina a la orilla, entre las raíces de los sabinos, completamente arrobado. Las miradas de los turistas quedan atrapadas en una silueta y en otra de los árboles tan mexicanos, en la policromía acuática, donde moran peces y tortugas que coexisten con patos y otras aves como gorriones y tzentzontles.

Es increíble que un lago, expuesto en un paraje michoacano, despierte tantos sentimientos e ideas. El poeta, por ejemplo, se sienta en una de las bancas tapizadas por hojas y la sombra jaspeada que proyectan las ramas de los sabinos al recibir la mirada del sol, y escribe, quizá, los versos más subyugantes; el pintor, al fin artista, observa pacientemente, desentraña cada forma, color y encanto que le permiten trasladar una réplica, un trozo de aquel escenario lacustre a la blancura del lienzo; el músico cierra los ojos y escucha los rumores de la naturaleza con la intención de reproducirlos y cautivar los sentidos; el escultor mira las figuras de los troncos como invitación para cincelar la piedra yerta; los enamorados, en tanto, descubren el coqueteo de las hojas movidas por el aire y los micromundos dispersos en la tierra, próximos a la orilla, o tal vez caminan durante horas de ensueño; las familias y los amigos, por su parte, dejan en el carretón del olvido las horas de la rutina y se mecen en el columpio de la convivencia y las diversiones; el trotamundos y el turista seguramente tomarán fotografías con el objetivo de llevar copias del espectáculo en sus cámaras.

Las lanchas navegan suavemente. Reciben los ósculos del aire que arrastra los aromas de la campiña, de las montañas, de las cocinas rústicas. Los viajeros disfrutan un paseo, como también quienes deciden alquilar triciclos. Los remos de madera son hundidos en el agua y ofrecen al viajero, al turista, la emoción de navegar por el legendario lago de Camécuaro.

El canto de las aves y los graznidos de los patos, mezclados en notas impronunciables, se escucha hasta las pequeñas embarcaciones y la orilla del lago, desde donde ellos, los viajeros, los distinguen aglomerados en comunidades silvestres.

Dentro de un mundo acuático, carpas, mojarras, peces multicolores, truchas y tortugas se mezclan en la profundidad y enfrentan la difícil prueba de la coexistencia. Y mientras el viento riza la superficie del lago y forma filamentos con las nubes que más tarde vuelven a aglomerarse, se antoja caminar hasta el puente para admirar los trozos de belleza natural.

Hay quienes informan que el lago de Camécuaro cuenta con determinado número de manantiales, con sus grandes variantes, o que cada día son menos por el descuido y la falta de saneamiento; sin embargo, todos coinciden en que se trata de uno de los escenarios más hermosos de Michoacán.

Con la aurora, el turista advertirá que a una hora el lago se maquilla de azul y a otra se pinta de verde, y más tarde, en la noche, se enluta y permite que asomen los reflejos de la luna y las estrellas que alumbran los senderos y las bancas desoladas.

Proclives los mexicanos a salpicar los días de sus existencias con acontecimientos pintorescos e historias singulares, el pueblo purépecha almacena en su memoria colectiva la remembranza del legendario lago de Camécuaro, cuando en las horas prehispánicas se registró en aquellos parajes naturales el romance intenso entre un joven guerrero y una sacerdotisa cautivante, hermosa, que moraba en un templo de Tangancícuaro.

Relata la leyenda indígena que el romance entre la doncella mística, otrora entregada a la adoración de los dioses de barro y piedra, y el hombre de interminables aventuras, batallas y proezas, tuvo un desenlace fatal porque en su huida hacia la libertad, a tierras desconocidas e insospechadas donde indudablemente planeaban vivir dichosos, fueron asesinados por los custodios del templo. A partir de aquella hora infausta, de acuerdo con la creencia popular, los espíritus de ambos enamorados moran en el lago de Camécuaro y sus inmediaciones.

Otra leyenda, totalmente distorsionada, refiere que hasta allí, en el lago de Camécuaro, con sus más de 100 metros de ancho por mil 400 de largo, una princesa indígena huyó de los conquistadores españoles montada en un corcel blanco, y que al ser vencida, lloró tanto que con sus lágrimas formó el manto acuático.

En consecuencia, narra la creencia popular que el espíritu de la doncella purépecha habita lo más profundo del lago de Camécuaro, que en lengua indígena significa “lugar de amargura”; no obstante, cuenta la leyenda que cada vez que la joven desafortunada desea un hombre, sin importar su edad, alguien del sexo masculino muere ahogado. Curiosamente, el recuerdo colectivo registra que solamente una mujer se ha ahogado en el lago de Camécuaro y que las demás víctimas han sido hombres.

El Parque Nacional Lago de Camécuaro se encuentra en una superficie natural protegida de 9.65 hectáreas, se localiza en el municipio de Tangancícuaro y se ubica, además, a alrededor de 15 kilómetros de la ciudad de Zamora, al occidente de Michoacán. Tiene cercanía con rincones michoacanos como Patamban, la Cañada de los Once Pueblos, El Curutarán y Jacona, entre otros. Es parque nacional y cuenta con juegos infantiles para quienes organizan reuniones y días de campo. También existen establecimientos con venta de comida típica, bebidas y souvenirs. Ofrece espacio para acampar y estacionamiento fuera del parque.

La extensión del lago es de 1.6 hectáreas y en algunos sitios su profundidad es hasta de seis metros. Desemboca en el río Duero, el cual, por cierto, conecta al Lerma. Este parque nacional se sitúa a 136 kilómetros de Morelia y 186 de Guadalajara.

Estos días nebulosos, las noches son salpicadas por incontables gotas de lluvia que contrastan con las burbujas que emergen en el lago, como si el cielo y la tierra se unieran de repente para conservar el encanto del lago de Camécuaro.

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Sanitarios públicos con 107 años de antigüedad

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El mercado, símbolo del más puro mexicanismo, era pequeño mundo con sus colores, aromas, sabores, formas y murmullos que en aquel rincón moreliano, el del atrio del templo y ex convento coloniales de San Agustín, atraía desde muy temprano a la gente, a los comerciantes que vendían o intercambiaban, todavía por medio del trueque, su mercancía, y a los clientes que compraban productos de la campiña y regateaban precios.

Antes de que la aurora se anunciara, los arrieros irrumpían la somnolencia de las callejuelas del centro. Las mulas, agotadas, paraban en algún sitio y ellos, los hombres, retiraban de sus lomos los costales con carbón, leña, cazuelas, gallinas, guajolotes y verdura.

El mercado de San Agustín era uno de los ejes de abasto de los moradores de Morelia. Alfareros, aguadores, afiladores, carboneros, leñadores, pajareros, cocineras, carniceros, merolicos y verduleros acudían puntuales y de frente a su cita con los clientes, con las familias que habitaban el ex convento agustino de Santa María de Gracia, del siglo XVI, la segunda finca monástica más antigua de la otrora Valladolid, de acuerdo con algunos historiadores e investigadores, donde se erigían tendejones, como el de don Elpidio, y negocios de oficios hoy casi extintos.

No hay que olvidar que durante los días de 1874, tras la expulsión de los agustinos, el convento colonial fue adquirido por comerciantes, quienes en menos de un par de meses cedieron los derechos a dos abogados de apellidos Cervantes y Torres, que usufructuaron la finca como vecindad.

Discurrían los minutos de 1910. Fue el año postrero del Porfiriato. Meses más tarde estallaría el conflicto social de México. Ese año, el de 1910, una mujer de nombre Ángeles fundó los primeros sanitarios públicos de la ciudad, entre la arquería de cantera que inició su construcción el 5 de mayo de 1885 y fue concluida el mismo día y mes de 1888, y el ex convento y templo coloniales de San Agustín.

A sus más de 70 años de edad, Gustavo Ortuño Pulido, actual propietario de los sanitarios públicos, recuerda que su madre, doña Carmelita -Carmen Pulido Cortés, si hay que ser exactos-, compró los baños a la señora Ángeles. Los obtuvo en 1939, reseña el hombre.

Al obtener el título de propiedad del negocio, doña Carmelita se convirtió en uno de los personajes más populares del mercado de San Agustín, donde la gente realizaba compras y algunas veces comía en los puestos instalados.

Entre los días agónicos del Porfiriato y el surgimiento del movimiento social de 1910, los baños, con letrinas de madera, eran utilizados por arrieros, cargadores, comerciantes, aguadores, merolicos y compradores, hombres y mujeres que respiraron el ambiente de una ciudad con palacios de cantera, jardines románticos y callejuelas estrechas, con sus luces y sombras, con sus desigualdades sociales; pero también por revolucionarios, federales y personas que sudaron miedo y percibieron el estruendo de la pólvora.

Abogado de profesión, Gustavo recuerda que ella, su madre, fue una mujer piadosa, bastante querida por los morelianos de entonces. Destinaba parte de las utilidades de los baños públicos -los únicos en la ciudad- a obras de caridad. Se interesaba en aliviar los dolores y necesidades de la gente enferma y con hambre y necesidades.

Los baños fueron atendidos por sus abuelos y su madre. La familia se organizaba para atender el negocio. Alguno se encontraba en la caja, recinto de madera con herraje, donde la gente pagaba su ingreso a los sanitarios. El negocio contaba con tal mecanismo que si alguno de los usuarios olvidaba dar cauce al agua para limpiar los excusados, los dueños jalaban la cadena correspondiente, instalada en la pequeña caja y oficina adjunta, para su desagüe y limpieza.

Gustavo narra que antaño, muy cerca del negocio, en la cerrada de San Agustín, se establecían las “polleras”, señoras que preparaban las auténticas enchiladas morelianos con pollo y verdura. Instalaban mesas largas de madera al centro de la calle, donde cenaban las familias y los transeúntes.

Tras rememorar, el hijo de doña Carmelita refiere que con las “´polleras” cenaron Pedro Infante, el Ratón Macías, Paco Malgesto, Fernando Casanova y Antonio Aguilar, entre otros personajes, quienes utilizaron, en su momento, los sanitarios públicos, igual que cualquier ciudadano. En su momento lo hicieron, igualmente, los políticos y funcionarios públicos tras asistir a un acto o pronunciar discursos. “Eso es lo que enseñan los baños públicos, advierte, que sin excepción, todos los hombres y mujeres, por acaudalados, famosos, poderosos, atractivos o inteligentes que sean, son frágiles y pasajeros, con las mismas necesidades biológicas de la humanidad”.

Los años existenciales de don Gustavo se han diluido en el negocio familiar de los sanitarios públicos de San Agustín. A los ocho años de edad se incorporó a las labores. Nació en 1946. Su padre lo despertaba a las cinco de la mañana, cuando los campanarios llamaban a la primera misa y en la lejanía se escuchaban el canto de los gallos y el concierto de los pájaros.

El hombre despertaba a sus hijos Gustavo, Eva, Margarita, Simón y Héctor porque los otros, los comerciantes, arrieros, cargadores y campesinos que llegaban temprano al mercado de San Agustín, requerían el servicio de sanitarios.

Así, Gustavo combinó los juegos e ilusiones de la infancia con las tareas escolares y las labores y obligaciones domésticas en aquel ambiente de sabores, colorido y rumores del mercado que se instalaba en el antiguo atrio agustino que fue cementerio durante los instantes coloniales.

Gustavo conserva una fotografía en la que aparece sentado en una silla pequeña, al lado de un niño menor que él, quien entonces era morador del vecindario que ocupaba el ex convento agustino. Rememora que cuando le tocaba encargarse de los baños, a su corta edad, tomaba su silla de madera y mimbre, donde permanecía sentado en espera de los clientes. En aquella, el ingreso a los sanitarios costaba cuatro centavos. “Cuando incrementamos un centavo la cuota personal, los clientes protestaron bastante molestia y casi nos apedreaban”, relata.

Enclavados en el centro histórico, en la plaza que actualmente se llama Ignacio Comonfort, los primeros baños públicos de Morelia son mundo y vida para Gustavo, quien tras dar vuelta a una y otra página del ayer, admite que toda la gente, en el barrio de San Agustín, era como una familia. Diariamente, las familias que moraban en las antiguas celdas conventuales, los comerciantes y los habitantes de la ciudad enfrentaban la compleja prueba de la coexistencia.

Gustavo, el hijo de Carmelita, sabe que sus baños públicos son fragmento de la historia, pequeño museo, eco de otra hora. Es una empresa familiar. Aunque hace décadas retiraron las letrinas y las sustituyeron por sanitarios modernos -tazas de porcelana-, el establecimiento conserva el mobiliario de madera original, otrora verde y actualmente amarillo, con su taquilla con herraje y cristal, puertas originales, aljibe cilíndrico que alcanza las vigas del techo, tablones adheridos a la pared para evitar el paso de la humanidad y cuatro ganchos en los que los clientes, hombres y mujeres, colgaban abrigos, bombines, sombreros, bolsas, sombrillas y otros objetos antes de ingresar a los sanitarios.

Los sanitarios individuales se encuentran alineados a la caja que conduce a un pasillo con escaleras que conectan a la parte superior de la casa, donde la familia Ortuño Pulido protagonizó su historia. Adyacentes a la caja, existen cuatro puertas, dos con figuras femeninas adheridas en un tablón y otro par con imágenes masculinas, con la intención de distinguir los baños de las damas y de los caballeros. Cabe resaltar que una de las figuras es una bailarina; la otra es una dama que porta vestuario de hace más de un siglo y evoca los capítulos porfirianos. Las dos que se encuentran colocadas en los baños de los hombres, también recuerdan horas consumidas.

Igual que los ganchos, el cilindro y la mayoría de los elementos forman parte del pasado y de la historia. Los años acumulados y la modernidad los han desterrado y condenado al naufragio, al olvido; aunque hay quienes utilizan el servicio a pesar de que las autoridades municipales de Morelia construyeron sanitarios públicos entre la arquería de fines del siglo XIX.

En la parte superior de la caja se encuentra una placa metálica pesada que marca el negocio 00059 y contiene datos del Banco Rural con los términos “Michoacán única”. A unos centímetros de distancia cuelga, igualmente, la lámina que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público otorgó al establecimiento en 1950, con el número 309.

Gustavo ha solicitado la intervención de las autoridades municipales de Morelia y del Instituto Nacional de Antropología e Historia para el rescate de las instalaciones con más de 100 años de antigüedad, sin respuesta satisfactoria; no obstante, permanece sentado en una silla de madera, afuera de los primeros baños públicos de la ciudad, donde se encuentra una pequeña mesa de madera con trozos de papel higiénico y una charola con monedas para dar cambio a los clientes, donde sus días se diluyen entre la ilusión de una empresa familiar y la tradición que lo mantiene ocupado e inmerso en sus recuerdos, sueños y realidades.

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El encanto del oficio perdido de los “pajaritos de la suerte”

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estaban en los mercados, en las plazas públicas, donde los aromas, el colorido y los sabores formaban parte del más puro mexicanismo. La caminata inexorable del tiempo los borró del paisaje urbano. Sólo quedan fragmentos, recuerdos del ayer, ecos, igual que las estampas amarillentas que se conservan en un álbum olvidado entre papeles viejos o en la memoria de quienes se mecen en la ancianidad.

Rodeados de puestos de fruta y verdura, entre merolicos que pregonaban las maravillas de sus jarabes y ungüentos, payasos callejeros con sonrisas mal maquilladas, marimberos, vendedores de aves, organilleros y afiladores tristes, ellos, los hombres de los “pajaritos de la suerte”, vendían esperanzas e ilusiones.

Mientras al otro lado, un hombre colocaba una mesita sobre la que manipulaba una pelota minúscula que posteriormente ocultaba en uno de los tres vasos acomodados al revés, al ritmo de “dónde, dónde quedó la bolita” y la posibilidad de ganar una apuesta, los “pajaritos de la suerte” ofrecían sueños y realidades.

“¡Vengan, vengan a conocer lo que les depara el destino!”, gritaban los señores de los “pajaritos de la suerte”, canarios atrapados en jaulas minúsculas, acostumbrados al murmullo de la gente, a los silbatos de los globeros que vendían ilusiones de colores.

Atrapados en sus jaulas de trabajo, los canarios salían y tras algunos momentos de emoción y nerviosismo, elegían tres o cuatro papelitos que los clientes, hombres y mujeres, esperaban leer con ansias porque lo oculto siempre ha atraído a las multitudes, y más si encierra una sorpresa.

La gente pagaba y se llevaba sus papelitos, un sueño, una fantasía, una promesa. La suerte en el amor, la escuela, el empleo o el negocio. Unos centavos, en aquellos años consumidos y atrapados en las páginas amarillentas y quebradizas de la historia, eran nada comparados con los secretos que revelaban aquellos papelitos seleccionados por los “pajaritos de la suerte”. Lo mismo recorrían las plazuelas, los mercados, que las callejuelas de terracería o las vecindades de donde los moradores asomaban y salían para conocer su destino.

Ulises Reyes, originario de la Ciudad de México, se dedica desde hace 45 años al oficio casi perdido de los “pajaritos de la suerte”. Cuatro décadas y media atrás, tenía 14 años de edad. Vivía entonces a unas cuadras de la Basílica de Guadalupe, donde millones de mexicanos acuden devotamente al año.

Su tío instalaba todos los días una mesa de madera, sobre la que colocaba la jaula con los “pajaritos de la suerte”. Los feligreses caminaban o llegaban hincados, con las rodillas heridas y totalmente maltrechos, para agradecer algún favor a la Virgen de Guadalupe o pedirle un milagro, y de paso, al abandonar el complejo religioso del Tepeyac, contratar en la explanada el servicio de los canarios.

Ulises que aún no cumplía 15 años de edad cuando estudiaba y trabajaba con su tío, el hombre de los “pajaritos de la suerte”, los fines de semana, que era el período en que mayor número de personas asistían a la Basílica.

Los “pajaritos de la suerte” siempre fueron la tradición de la familia. “Es algo que se lleva con orgullo, un oficio que aunque las costumbres actuales y la tecnología parezcan despreciar, se lleva en la sangre porque es lo que lo distingue a uno, lo que da sentido a nuestras vidas”, expresa mientras ofrece alpiste a sus dos canarios, “Copetes” y “Tacho”.

Recuerda el hombre que alguna vez el actor Jorge Negrete filmó una película alusiva a los “pajaritos de la suerte”, lo cual lo motivó, junto con su familia, a continuar en el oficio, a darle vida a pesar de que parezca una tradición que agoniza en la hora contemporánea.

Ulises refiere que su tío le enseñó el oficio, pero también a seis de sus primos, quienes ya transmitieron los conocimientos a sus hijos. Ante la falta de empleo y la necesidad económica, los “pajaritos de la suerte” son opción para el sustento de una familia, señala.

“Copetes” y “Tacho” conservan anillos pequeños en sus patas, los cuales los distinguen porque se trata de canarios que descienden de otros que fueron entrenados para extraer de la caja de madera los papelitos de la suerte. Pertenecen a un linaje de canarios que desde hace incontables generaciones se han dedicado a este oficio, precisa.

Admite que él, que también se dedica a la ebanistería y a la plomería, fabrica las jaulas de madera y alambre de sus “pájaros de la suerte”, es decir el centro de trabajo de los canarios, especie que requiere muchos cuidados. “A determinada hora de la tarde o de la noche, difícilmente trabajan porque ya se sienten cansados. Necesitan mucha atención”, explica.

Relata que no es poca la gente de mayor edad que llega con sus nietos para narrarles que en su juventud un “pajarito de la suerte” sacó papelitos y se cumplió el pronóstico. “El pajarito sacó una cartita en la que mencionaba que me casaría pronto y así fue como contraje matrimonio con tu abuelita”, refieren algunos, mientras otros suspiran al añorar las horas de antaño, las de su juventud. Contemplan un trozo del México que se desmorona.

Las costumbres y la vida han cambiado radicalmente, acepta Ulises Reyes, quien expone que no pocas personas le indican que consultan los horóscopos diariamente por medio de internet, motivo por el que no están dispuestas a pagar 20 pesos por cuatro papelitos de la suerte; aunque reconoce que todavía hay quienes lo contratan para las fiestas y reuniones, y que incluso lo buscan en ferias y pueblos.

Sopla el viento invernal en las callejuelas estrechas de Morelia, la capital del estado mexicano de Michoacán, mientras los tañidos de los campanarios de cantera anuncian y despiden las horas postreras de la tarde. Las palomas retornan a los muros centenarios de cantera, a sus escondrijos.

Se hizo de noche. Algunos turistas detienen su marcha con la finalidad de admirar un mosaico que naufraga de horas distantes; sin embargo, él, Ulises, el hombre de los “pájaros de la suerte”, debe marcharse antes de que los otros, los inspectores municipales, le confisquen la mesa y la jaula con “Copetes” y “Tacho”, porque a pesar tratarse el suyo de un oficio y una tradición mexicana que agoniza ante los embates de la modernidad, las autoridades le niegan el permiso que necesita para trabajar en las calles de la capital michoacana.

El de los “pajaritos de la suerte” es un oficio ancestral que agoniza paulatinamente, sin que la gente lo note porque las redes sociales y la magia de internet distraen la atención. Está destinado a quedar atrapado en los catálogos de los encantos que alguna vez tuvo el México de la hora contemporánea que hoy se diluye frente a los desfiladeros de la historia y la realidad.

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Somos un pueblo que prepara colores, aromas y sabores para deleite del mundo: Catalina Domingo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Envuelto en neblina, el caserío asomaba somnoliento, con el perfil de sus montañas boscosas, su semblante de tejamanil, sus rostros de adobe y madera y la ancianidad de su templo del siglo XVI, mientras las humaredas delataban la presencia de cocinas donde ellas, las nativas de Zopoco, en la Cañada de los 11 Pueblos, desde la madrugada arrancaban los aromas y sabores del campo para transformarlos en fórmulas gastronómicas.

Catalina, Catalina Domingo Morales, miraba con admiración a su abuela, hincada en el piso de tierra a pesar de la carga de los años acumulados un día y otro, quien preparaba en su metate de piedra el nixtamal que la otra mujer, su madre, tomaba para dar forma de tortillas a la masa y colocarlas sobre el comal de barro que la lumbre abrazaba con frenesí.

Discurrían, entonces, las horas de la década de los 40, en el siglo XX, cuando Catalina era una miniatura femenina y ensayaba las pruebas de la vida. Le bastaba un guijarro o un trozo de leña para jugar y divertirse porque la felicidad, lo sabía desde la infancia, no depende de cosas y superficialidades; consiste, parece, en dar un sentido real a lo que se es y se tiene cada instante.

“No conocíamos las estufas. Estábamos acostumbradas a preparar nuestros alimentos en los fogones, sobre piedras y leña que el fuego consumía -igual que el tiempo diluye nuestras vidas-, donde guisábamos de acuerdo con las enseñanzas y tradiciones de nuestras antepasadas”, rememora, casi al mismo tiempo que una joven ataviada con ropa purépecha, le habla en su lengua para solicitarle instrucciones sobre la atápakua que preparan sus descendientes.

Recuerda que los días primaverales se diluyeron ante la caminata de las manecillas. Los juegos e ilusiones se mezclaron con fórmulas y recetas, con el encanto y la magia de impregnar en los platillos la fragancia de la campiña, los sabores del terruño, la policromía de la vida.

De eso se trata en la cocina purépecha, lo sabe Catalina, recinto convertirlo en punto de encuentro para la familia, donde las mujeres conversan, relatan historias de sus antepasados, enseñan a sus hijas a cocinar, planean fiestas, diseñan la convivencia y se vuelven confidentes unas de otras.

Fue allí, en la cocina de la casa solariega, donde su abuela relató que antiguamente, antes de la conquista española que se registró durante la juventud del siglo XVI, sus antepasados moraban en un paraje que denominaban Zapquio, al parecer alusivo a los zopilotes que abundan en esa zona. Ya con los evangelizadores franciscanos, los nativos se establecieron en el lugar que actualmente ocupa el pueblo, al que denominaron Zopoco, en memoria de que durante los primeros días coloniales, en la decimosexta centuria, argumentaron “somos pocos”.

Mientras el mundo apenas superaba los tintes sombríos de la Segunda Guerra Mundial, Zopoco permanecía apacible en la década de los 40, enclavado en el municipio mexicano de Michoacán, Chilchota, donde Catalina aprendió que la imagen colonial del Cristo Milagroso fue descubierto, según la leyenda que ha transitado desde sus antepasados hasta las generaciones de la hora contemporánea, en un lugar desolado, donde se fundó el cementerio del pueblo.

Alrededor del fogón, mientras aprendía a cocinar las recetas purépechas, Catalina escuchó a su abuela narrar que en aquellos días coloniales un leñador de edad ya muy avanzada se aproximó a un pino con la intención de llevar a su casa trozos de leña que las mujeres de su familia utilizarían en el fogón.

Cuando el hombre intento partir la rama del pino, descubrió con alarma y sorpresa que brotaba sangre. La segunda vez que pretendió cortarla, volvió a asomar sangre, hecho que lo estimuló a correr en busca del sacerdote de la comarca, quien invitó a la gente a descubrir el milagro. Allí le manufacturaron una cruz.

La noticia provocó que el obispo de Zamora resultara atraído hasta Zopoco, donde declaró que efectivamente, se trataba de una imagen de Cristo y que habría que venerarla como el Señor de los Milagros.

“En las cocinas tradicionales purépechas, asegura Catalina, las mujeres rescatamos historias de antaño y preparamos platillos. Me encantó, desde la infancia, arrancar los sabores, fragancias y tonalidades del campo para mezclarlos en las cazuelas, en las ollas de barro, hasta convertirlos en atoles, corundas, atápakuas, churipo y otros platillos que forman parte del legado culinario que heredaron nuestras antepasadas a las mujeres de la Cañada de los 11 Pueblos y en especial de Zopoco”.

A sus 76 años de edad, Catalina se siente orgullosa de ser cocinera tradicional michoacana y portadora de las fórmulas y recetas gastronómicas del pueblo purépecha. Esa es, quizá, una de las razones por las que enseña a sus hijas y nietas a preparar esa clase de platillos.

Como cocinera tradicional purépecha, admite sentirse orgullosa de su labor; sin embargo, también reconoce que no se trata de un membrete, sino de un estilo de vida que da nombre y sentido a Michoacán.

“La cocina tradicional incluye la defensa del patrimonio arquitectónico, de la lengua materna, de las costumbres y de todo lo que es tan nuestro. Somos un pueblo vivo, con rasgos propios y manos que preparan aromas, sabores y colores para deleite del mundo, y es que en las cocinas elaboramos comida, alimentos para los días soleados y las tardes nebulosas, gastronomía para la convivencia cotidiana, las fiestas y el luto; pero también bordamos historias, tejemos romances y condimentamos cada instante con nuestras familias”, concluye Catalina, quien por cierto obtuvo un premio durante el XIV Encuentro de Cocina que se celebró en el Centro de Convenciones de Morelia, la capital de Michoacán, al inicio de diciembre de 2016.

Entrevista publicada inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán