Libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Me es grato presentarles mi libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, publicado por Editorial Resistencia y patrocinado y respaldado por el Ayuntamiento de Morelia, a través de la Secretaría de Turismo en el municipio.

Como autor de la obra, agradezco el apoyo y la confianza que mi amigo, Roberto Monroy García, depositó en mí durante su gestión como secretario municipal de Morelia. Su amplia experiencia y su reconocida trayectoria en la actividad turística, influyó en el alcalde de Morelia, en 2020, Raúl Morón Orozco, para respaldar la elaboración de un libro sobre las 14 tenencias de la capital de Michoacán, como legado y reconocimiento de la administración municipal a la gente de la zona rural, a las familias de las regiones naturales que poseen arquitectura típica, artesanías, costumbres, gastronomía, historia, leyendas y tradiciones.

Texto de la primera solapa.

El alcalde de Morelia, aceptó de inmediato la propuesta e iniciativa del secretario municipal de Turismo, quien me autorizó, como escritor, recorrer las tenencias, entrevistar a la gente en un ensayo de rescate de la tradición oral, investigar en documentos y redactar, finalmente, la obra.

Reseña del autor en la segunda solapa.

Roberto Monroy García tuvo el acierto de nombrar a su colaborador, otro amigo de ambos -Gabriel Chávez Villa-, el funcionario que estuvo atento a diferentes procesos, como recorridos a las zonas naturales y a los pueblos que forman parte de las 14 tenencias de Morelia, quien ha desempeñado los cargos de presidente estatal y nacional de una de las agrupaciones de guías de turistas de prestigio.

Contraportada.

Posteriormente, ya como encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo de Morelia, Ada Elena Guevara Chávez, tuvo la amabilidad de apoyar y respetar el proyecto, el cual promueve con entusiasmo y profesionalismo, ya que se trata de un reconocimiento del Ayuntamiento de Morelia a la gente de las 14 joyas que rodean la ciudad de origen colonial, las tenencias.

Es un honor ser autor del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores. Mi gratitud a Roberto Monroy García, principalmente, y al exalcalde Raúl Morón Orozco, a Gabriel Chávez Villa, a Ada Elena Guevara Chávez, a los jefes de Tenencia, a los habitantes de las zonas rurales del municipio, a los fotógrafos que apoyaron con material gráfico, a la editora Josefina Larragoiti Oliver, al diseñador Jaime Espinosa y a toda la gente que me otorgó las facilidades para la creación de esta obra.

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Presentación del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Fue una de esas presentaciones que quedan en la memoria, en los sentimientos, acaso por el ambiente, probablemente por su significado, quizá por la gente con la que uno coincide, tal vez por eso y más. Cada presentación literaria, en mi vida de escritor, ha tenido un rostro, un detalle, un motivo, y no olvido ninguna, desde la de mi primer libro, a la edad de 20 años, en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, hasta la que hoy reseño con el deleite de lo que significó para mí.

Llegué puntual a la Casona de Villalongín, en el centro histórico de Morelia*, donde todos los invitados permanecían formados, en orden y con respeto, para seguir los protocolos sanitarios y evitar, por lo mismo, contagios de COVID-19. Había, en la fila, periodistas, empleados y funcionarios públicos municipales, jefes de Tenencia, cronistas, representantes de instituciones educativas, fotógrafos, empresarias de la hotelería e incluso una profesora del nivel de enseñanza preescolar, interesada en conocer más acerca de Morelia con el propósito de enseñarles a sus pequeños alumnos las bellezas, las riquezas y la grandiosidad de la zona rural del municipio.

Ada Elena Guevara Chávez, encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo en Morelia.

Ingresé. Miré las baldosas de origen colonial y la finca añeja, restaurada y dedicada actualmente a diferentes actividades culturales y sociales. En el patio, había un toldo enorme. Las sillas permanecían alineadas a cierta distancia prudente, dentro de las reglas de higiene y prevención de contagios.

Me recibió un gran amigo, Gabriel Chávez Villa, quien es director de Desarrollo Turístico y Capacitación en la Secretaría de Turismo de Morelia, hombre con amplia experiencia que, adicionalmente, hace algunos años, fue presidente a nivel estatal y nacional de una agrupación reconocida de guías de turistas. Como responsable de la coordinación de la presentación del libro y del acto que se llevaría a cabo, me saludó amablemente y me invitó a pasar al patio. Él recibía el apoyo entusiasta de sus compañeros de oficina.

Al llegar al patio, observé el presidium con los personalizadores. Anóté el nombre de los integrantes de esa mesa de honor. En primer lugar, registré el nombre de la actual encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo de Morelia, Ada Elena Guevara Chávez, quien, por cierto, en ese momento era entrevistada por algunos de mis colegas periodistas, los cuales me recordaron mis pasadas jornadas reporteriles.

Tras la pausa que inevitablemente me provocó suspiros por las tantas experiencias del ayer y la nostalgia por aquellos episodios periodísticos, anoté el nombre de mi entrañable amigo, Roberto Monroy García, quien el año pasado, en 2020, como secretario municipal de Turismo y con su gran experiencia y talento, habló con el entonces alcalde de Morelia -otro amigo, con el que trabajé cuando era diputado y yo coordinador de Comunicación Social en el Congreso del Estado de Michoacán-, Raúl Morón Orozco, al que convenció acerca de la trascendencia de respaldar la elaboración de un libro sobre las 14 tenencias morelianas, enclavadas en la zona rural del municipio.

El presidente municipal de Morelia, escuchó con atención e interés los argumentos del secretario de Turismo. De inmediato, aprobó la propuesta. El profesor Raúl Morón Orozco, conocedor de la realidad del municipio de Morelia, coincidió con su secretario de Turismo, Roberto Monroy García, en la necesidad de que el Ayuntamiento de Morelia reconociera a las 14 tenencias, a sus habitantes y todo lo que significan, desde hace siglos, dentro del desarrollo de la ciudad. Le pareció indispensable rendir un merecido y justo reconocimiento a las 14 tenencias: Atapaneo, Atécuaro, Capula, Chiquimitío, Cuto de la Esperanza, Morelos, Jesús del Monte, San Miguel del Monte, San Nicolás Obispo, Santa María de Guido, Santiago Undameo, Tacícuaro, Teremendo de los Reyes y Tiripetío.

Agradezco, en verdad, la confianza que Roberto Monroy García depositó en mí como escritor. Las presiones del tiempo, las dificultades del entorno y la complejidad del Coronavirus, resultaron bastante intensas; sin embargo, afortunadamente concretamos el proyecto y ese día, jueves 12 de agosto de 2021, a las 11 de la mañana, presentamos el libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores.

Roberto Monroy García, ex secretario de Turismo en Morelia y hombre con amplia trayectoria, quien impulsó el proyecto.

Posteriormente, registré, en la lista, los nombres de Gabriel Chávez Villa, director de Desarrollo Turístico y Capacitación de la Secretaría de Turismo en Morelia; Beatriz Pérez Torres, presidenta de la Asociación de Hoteles y Moteles del Estado de Michoacán, conocida por sus siglas como AHMEMAC; y Judith Mora Rodríguez, dirigente de la misma agrupación hotelera en la capital de la entidad.

Junto con los nombres ya citados, yo, como escritor y autor del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, compartiría un espacio en el presidium. Tuve oportunidad de saludar a varios amigos y colegas, a quienes hacía bastante tiempo no veía.

Tras anunciar públicamente nuestra presencia, el maestro de ceremonias solicitó a la encargada del Despacho de la Secretaría de Turismo, Ada Elena Guevara Chávez, que dirigiera un mensaje de apertura. Y lo hizo muy bien. Atenta, respetuosa y conocedora del tema, la funcionaria expresó que la obra, sin duda, dejará huella como producto turístico que reconoce la importancia de las 14 tnencias morelianas y de sus habitantes. Es un justo homenaje a la gente de las etnencias morelianas, dijo.

La funcionaria resaltó el compromiso de la administración municipal en el trabajo a favor de las 14 tenencias de Morelia, donde es posible encontrar tantas manifestaciones naturales y expresiones artesanales, gastronómicas, culturales, históricas, sociales y arquitectónicas.

Por su parte, el entusiasta impulsor del proyecto, Roberto Monroy García, tomó un ejemplar y destacó que, por primera vez, una administración municipal, en Morelia, promovió una investigación seria y a fondo de las 14 tenencias, cuando antes solo se trataba, principalmente, de folletos y publicaciones someras.

Argumentó que figuran, entre los objetivos primordiales del libro, despertar el interés de los diferentes sectores de la sociedad y de los turistas en visitar las tenencias morelianas, recorrerlas, sentirlas, explorar sus rincones, tratar a sus moradores, vivir sus costumbres, fiestas y tradiciones. Anunció que la obra se distribuirá en bibliotecas e instiituciones académicas, entre otros sitios, con el objetivo de difundir la investigación.

En tanto, las presidentas de los hoteleros michoacanos y morelianos, Beatriz Pérez Torres y Judith Mora Rodríguez, respectivamente, coincidieron en que los resultados de la investigación, plasmados en el libro, no solamente recuerdan e invitan a recorrer, vivir la experiencia y descubrir las riquezas de las tenencias morelianas, sino estimula a continuar la exploración y la difusión de lo tanto que ofrecen y significan esos rincones.

Presentación del libro Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores,

Durante mi intervención, agradecí la asistencia de los participantes y reconocí, principalmente, el apoyo irrestricto de mi amigo Roberto Monroy García, a quien conozco desde hace tres décadas. Le agradecí la confianza y destaqué su reconocida trayectoria, la cual es real y no simple parte de formalidad discursiva. Su visión en temas turísticos, lo estimularon a ofrecerme todo su apoyo para la elaboración del libro.

Y, efectivamente, dije que, con frecuencia, los pueblos y los gobiernos nos interesamos en construir autopistas, pasos a desnivel, avenidas, calles y obras de infraestructura, y destruimos, acaso sin darnos cuenta, historia, tradiciones, leyendas, costumbrse, arquitectura típica, sabores y tantas cosas que representan nuestra identidad; sin embargo, aclaré, la presente administración municipal se ha preocupado por participar en el desarrollo de los habitantes de la ciudad y de las tenencias y sus comunidades, como puede comprobarse, y en reconocer, por añadidura, el valor de sus 14 joyas, que cotidianamente, dede hace centurias, han contribuido al progreso y a la dinámica de Morelia.

Tenencias de Morelia, sus colores, sus rostros, sus sabores, es una aportación, un legado y un reconocimiento a la gente de la zona rural del municipio, y un intento por rescatar y difundir sus riquezas naturales, su arquitectura típica, sus costumbres, su gastronomía, sus leyendas, sus artesanías, su folklore y su historia.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga, autor del libro.

Evidentemente, en una sola obra resulta imposible concentrar toda la expresión y el significado de las 14 tenencias de Morelia, pero se trata, sencillamente, de un intento para estimular a escritores, periodistas, académicos, investigadores y estudiosos a desentrañar y publicar tanta riqueza.

Una vez que concluyó la presentación del libro, jefes de Tenencia y representantes de instituciones académicas, principalmente, recibieron ejemplares para su consulta permanente y su difusión. Como suele acontecer en esa clase de actos, el público me solicitó amablemente que autografiara sus ejemplares, lo cual hice con mucho gusto y respeto.

No obstante, entre una persona y otra, tomé un ejemplar y lo dediqué a mi amigo Roberto Monroy García. A pesar de los protocolos sanitarios, a ambos nos rebasó la emotividad y nos dimos un abrazo breve y, finalmente, tras expresar “gracias, amigo”, estiró su mano y estrechó la mía. Fue, para mí, un gesto muy humano que siempre mantendré en mi memoria y en mis sentimientos.

Gracias, Roberto Monroy García, Raúl Morón Orozco, Ada Elena Guevara Chávez y Gabriel Chávez Villa. También agradezco el apoyo y el respaldo por parte del alcalde actual de Morelia, Humberto Arróniz Reyes, de la tesorera municipal María de los Remedios López Moreno, de los funcionarios y colaboradores de la administración, como lo hago con los jefes de Tenencia, los moradores de la zona rural que hicieron favor de recibirme y transmitir parte de su tradición oral, y a los fotógrafos y amigos que tan amablemente participaron con imágenes: Jorge Érick Sánchez Vázquez, Leticia Florián Arriaga, Lázaro Alejandre Gutiérrez, Luis Vílchez Pella, Araceli López Valdez, Damaris Cortés Bedolla, José Arturo González Acuña y César Barrera Ceja. Igualmente, valoro el apoyo de Josefina Larragoiti Oliver, directora de Editorial Resistencia, y de su diseñador profesional, Jaime Espinosa. Mi gratitud a ellos y a los que no aparecen en la lista.

  • Morelia es la capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Su fundación, en el Valle de Guayanguero, data del 18 de mayo de 1541. Su nombre fue Ciudad de Mechuacan, para más tarde, en 1545, cambiar por el de Valladolid, hasta que, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos, héroe de la Independencia mexicana que inició en 1810, se le llamó Morelia.

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Rutas de un viajero. Capítulo XV. El Sagrario, rincón pintoresco e irrepetible de Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Parece un dibujo de ensueño, un trazo distante, una pintura plasmada en el lienzo añejo que reposa en el sótano de las añoranzas y los recuerdos, en algún rincón del mundo, en un espacio cautivante y mágico, donde cada detalle se transforma en arte, partitura, boceto, poesía, porque para los otros, los de entonces, los moradores del Pátzcuaro de las horas coloniales, su pueblo representó la casa, el refugio, la morada, la página en la que diseñaron y protagonizaron los capítulos y las horas de sus existencias.

Desde la hoja que se desprende del follaje y mece el viento suavemente, hasta el cielo que hospeda nubes rizadas que cambian sus formas, transitan fugazmente y reflejan su coquetería en el lago legendario, donde las islas, el tule y las garzas coexisten, el escenario se presenta magistral y extraordinario para enmarcar el caserío de Pátzcuaro, cuyo origen colonial se remonta al siglo XVI, precisamente a los minutos de 1540, cuando el humanista Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, lo eligió como sede tras haberse establecido con anterioridad en Tzintzuntzan, comarca en la que existió y se desarrolló el antiguo y poderoso reino purépecha antes de la conquista española.

Dentro del caserío de adobe con tejados agónicos y bermejos, entre callejuelas empedradas, cuecas e inclinadas y plazas y jardines pintorescos, en los que se erigen fincas virreinales con portales típicos, se localiza El Sagrario, uno de los complejos arquitectónicos más bellos de tan irrepetible población lacustre.

Es allí, en El Sagrario, donde uno suspira al contemplar la arquitectura caprichosa y romántica. Y es que cuando la piedra burda e informe se convirtió en arquería, en fachada, en muro, en torre, durante las horas cada vez más distantes de la Colonia, se hizo, acaso sin sospecharlo, pintura, música, poema, que todavía, en nuestros días, cautivan los sentidos.

El Sagrario.

En aquellos días añejos, contemporáneos a conquistadores insaciables y a misioneros que predicaban la piedad y las virtudes, con sus luces y sombras, con sus látigos a un lado y sus santos en el otro, la mano indígena, hábil en tallado de piedra, abundaba para participar en construcción de casonas, templos y conventos.

Ya separados de sus dioses y cantando y hablando en su lengua, ellos, los nativos, sumaron un día, otro y muchos más la piedra y el bloque de adobe, la madera, hasta concluir casas palaciegas e iglesias y monasterios que hoy causan admiración, e interés. Formaron un caserío de adobe, madera, herraje, piedra y teja, y protagonizaron una historia.

Desafiante al aire, a la lluvia, al sol, al tiempo, el majestuoso templo de Las Monjas o El Sagrario, que albergó durante ciento noventa y un años la imagen de Nuestra Señora de la Salud, se erige en uno de los rumbos más bellos y románticos de Pátzcuaro.

Los arcos chuecos que componen la barda principal del conjunto sacro, se prolongan por la calle típica, desde donde se contempla el templo con aspecto de fortaleza abandonada. Es uno de los rincones arquitectónicos más significativos del pueblo, elegido, por lo mismo, por artistas que lo plasman en sus lienzos.

Detalle arquitectónio en El Sagrario. Pátzcuaro, Michoacán.

Igual que un gran viejo que conoce anécdotas y secretos del pasado y de otra gente, parece increíble que sobreviva ante la vorágine de la cotidanidad y la modernidad. Semeja un monumento extaído de un álbum mágico y sublime.

Manchado por la humedad, por la llovizna, por los siglos implacables que dejan huellas indelebles, rasguños en lo que tocan, el edificio inició su construcción durante postrimeríias del siglo XVII, precisamente en 1691, porque ya resultaba insuficiente el recinto que albergaba a la Virgen de la Salud, imagen de pasta de caña tan venerada por los moradores de Pátzcuaro y la región lacustre, en el Hospital de Santa Martha y La Asunción.

Exquisito, irrepetible, solemne, el templo fue proyectado para resguardar a la Virgen de la Salud, elaborada en el discurrir de la decimosexta centuria a base de pasta de caña y, a la vez, con la intención de recibir a incontables devotos y peregrinos de Pátzcuaro y de otras regiones que veneraban la imagen. Fue Vasco de Quiroga, primer obispo de la provincia de Michoacán, quien encargó la elaboración de la escultura a indígenas que dominaban la técnica ancestral de la pasta de caña.

Discurrían, apacibles y lentamente, las horas virreinales. salpicadas de leyendas y tradiciones, cuando el cura Juan Meléndez Carreño inició la obra, en 1691, solicitando la licencia correspondiente a las autoridades; entonces pidió cooperaciones y lmosnas. Envió al lego Andrés de Burdos a que llevara a cabo la colecta por todo el territorio michoacano.

Tras dos años de peregrinaje, portando una imagen diminuta de la Virgen de la Salud, el enviado regresó a Pátzcuaro con la cantidad de cuatro mil pesos que, evidentemente, resultaban insuficientes para emprender la construcción del templo.

En consecuencia, el hermano Francisco de Lerín, sevillano acaudalado de no pocas virtudes, emprendió una segunda colecta. Viajó por gran parte de la Nueva España. Retornó a Pátzcuaro en 1696.

Juan Meléndez Carreño, cura iniciador del proyecto arquitectónico, murió diez años antes de su conclusión, en la época en que era canónigo penitenciario de la catedral de Valladolid -hoy Morelia-; pero El Sagrario permane, desde entonces, con sus posteriores añadiduras de acuerdo con cada etapa, como una obra que encanta por su antigüedad y suntuosidad en el legendario, pintoresco y lacustre Pátzcuaro.

La caminata de los años continuó imparable. El templo registró algunas modificaciones, como la efectuada en 1874, cuando se retiró la reja que separaba el coro bajo, antiguamente reservado a las monjas catarinas, o las que se realizaron en 1890, siendo arzobispo Ignacio Árciga, quien ordenó derribar el altar mayor, que era de madera, para sustituirlo por uno de cantera.

Concluidas las transformaciones arquitectónicas y decorativas,, el 8 de diciembre de 1893, reabrió el templo al culto, registrándose, en consecuencia, diversas celebraciones religiosas y fiestas profanas en Pátzcuaro durante el lapso de ocho días.

Finalmente, el 8 de diciembre de 1899, el arzobispo Ignacio Árciga coronó solemnemente, con autorización pontificia, la imagen de la Virgen de la Salud, ante el regocijo popular. La multitud sentía emoción desbortante por aquel hecho insólito.

Imagen colonial de Nuestra Señora de la Salud, elaborada en el siglo XVI bajo la técnica de pasta de caña.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Ante la ferviente multitud, el religioso subió al trono, en estado agónico, y colocó la corona a la Virgen de la Salud. Dirigió un mensaje conmovedor. Días más tarde, falleció en la entonces ciudad de Morelia, capital de Michoacán.

La imagen de Nuestra Señora de la Salud, todavía venerada en la hora contemporánea, permaneció en El Sagrario de 1717 a 1908, fecha en la que fue trasladada al Santuario que actualmente ocupa.

En el otrora templo de Las Monjas, hoy conocido como El Sagrario, reposan algunas reliquiias invaluables y es escenario, en su parte exterior, que no pocos artistas han elegido con la finalidad de plasmar en sus lienzos.

No es raro encontrar artistas en la calle chueca y empedrada. Observan la peculiar arquitectura de El Sagrario, la dibujan, hacen trazos y la plasman en sus lienzos, para después llevarlos a Europa, Asia, Australia, Canadá, Estados Unidos de Norteamérica, Argentina, Uruguay, Chile y otros rincones del mundo.

La neblina de la tarde envuelve El Sagrario y las callejuelas del pintoresco e irrepetible Pátzcuaro, como si al cubrirlos con su flotante manto, los acariciara y arrullara en el sueño de las centurias y los conservara imperturbables para continuar embelesando los sentidos y ocupando un espacio en la memoria y en la historia.

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Rutas de un viajero. Capítulo XIII. Historia del fresco de la Virgen de Guadalupe, en Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografía: Colonia Ibarra. Pátzcuaro, Michoacán. Facebook

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Uno camina embelesado por las callejuelas inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, donde cada rincón es anecdotario, huella, relicario de historias pretéritas y consumidas ante el paso de las centurias, siglos presurosos que todo rasguñan, mientras el aliento de la teja mojada y los aromas del chocolate amargo y dulce y del pan recién horneado, escapan de las cocinas tradicionales y de los hornos de adobe.

El concierto de los pájaros y de los campanarios se mezcla e invita a que las horas de la mañana, envueltas en niebla y en llovizna, discurran apacibles como un encanto dentro de un capítulo irrepetible en el pueblo lacustre e irrepetible de Pátzcuaro

Ya en alguna banca o, quizá, en una plazuela apacible y pintoresca, mecido en el columpio de las añoranzas y los recuerdos, uno comprueba que las manecillas del reloj cumplen su jornada irrenunciable y que, por lo mismo, casi de manera imperceptible han quedado rastros de su caminata en las casas de adobe y teja con balcones y portones de madera, en los monumentos, en los espacios que pertenecierona otra gente, en los templos y en los ex conventos, surgiendo, entonces, la prisa por rescatar lo que queda de la identidad de un pueblo que ha sido uno y en el tiempo y la historia y que ahora llaman mágico.

En consecuencia, uno anota datos, leyendas y tradiciones en la libreta o toma fotografías para el álbum, hasta que coincide en una calle añeja, la de La Paz, entre la Basílica de la Virgen de la Salud y la finca que un día ya distante habitó Juana Pavón, madre de José María Morelos, héroe de la Independencia de México, en el siglo XIX, a quien la gente, en este país latinoamericano, denomina Siervo de la Nación, donde hace un paréntesis con la idea de contemplar un fragmento del ayer en el muro de una casa típica.

Resulta que en el paredón de la fachada de adobe se encuentra, a pocos centímetros del tejado, la imagen de la Virgen de Guadalupe, protegida por una puerta de madera con un orificio que apenas permite distinguir sus manos y su rostro moreno.

Narra la tradición que, en el amanecer del siglo XIX, exactamente el 8 de julio de 1814, las fuerzas realistas perpetraron un ataque contra los habitantes de Pátzcuaro, población que entonces se encontraba resguardada por un grupo de insurgentes encabezados por Felipe Arias, quien murió en un acto de arrojo que contagió a sus compañeros a protagonizar una defensa heroica.

Como consecuencia de la desventaja ante sus enemigos realistas, que eran muy numerosos y poseían mejores armas, murieron no pocos insurgentes, resultando prisioneros los sobrevivientes, a quienes los agresores ordenaron que se formaran en la entoncces calle del Prendimiento, posteriormente de La Paz, con el objetivo de fusilar a aquellos que, por desgracia, debido a su ubicación en la fila, les correspondiera el número cinco.

Uno de cada cinco insurgentes fueron fusilados; sin embargo, quienes salvaron la vida de la cruel ejecución, atribuyeron el milagro a la Virgen de Guadalupe, a quien se encomendaron y es tan venerada por los mexicacnos, por lo que, como muestra de gratitud, mandaron pintar su imagen en una piedra que posteriormente colocaron frente a la casa ya mencionada, escenario, como las otras construcciones, de la tragedia.

La imagen de la Virgen de Guadalupe permaneció intacta durante más de una centuria cual fiel testimonio de la salvación de los insurgentes, hasta que una noche del mes de octubre de 1934, amparado por las sombras, alguien intentó acabar con la obra para coadyuvar, sin duda, a renovar la lucha contra la religión de los católicos, como aconteció entre 1926 y 1929 con la denominada Guerra Cristera, derivada de la Ley Calles que pretendía, desde el Gobierno Federal, reprimir toda acción sacra.

Por tratarse de una piedra, resultó imposible destrozar la base de la imagen, procediendo el agresor, en consecuencia, a rasparle la cara y a arrojarle tinta. Ante la consternación popular, la Virgen de Guadalupe mostraba un intento de mancillación que ofendía a los mexicanos y sus creencias, especialmente a los moradores de Pátzcuaro y de los pueblos enclavados en la región.

Dos o tres días más tarde, regresó quien pretendía, definitivamente, acabar con la imagen sacra, para lo que utilizó una barreta con la intención de despedazarle el rostro. Tal era su odio hacia la Virgen de Guadalupe y las cosas sacras, que no importó al atacante ser sorprendido por la gente enardecida.

Uno de los moradores de la calle, Felipe Ochoa, mandó restaurar la imagen y ordenó colocar un nicho con una puerta de madera, que hastda la fecha presenta un orificio para que todos los católicos, y hoy los turistas nacionales y extranjeros, la miren.

Los años han transcurrido incontenibles, quedando como huella de la insurgencia la Virgen de Guadalupe pintada sobre una piedra y empotrada en una casa de adobe, asomando apenas el rostro por una pequeña ventana, desde donde parece contemplar, en silencio, el paso de los moradores y de los turistas que quedan perplejos e interrogan, en ocasiones, acerca de la historia de la imagen.

Uno camina por un rincón y por otro de Pátzcuaro, siempre con el deseo y la intención de abrir sus páginas añejas y románticas para descubrir un detalle, un espacio, un secreto, acaso una mañana nublada y fría o tal vez una tarde lluviosa, como la abuela que, nostálgica, acude a su ropeto, a su baúl, a su caja pletórica de retratos.

  • Texto publicado, inicialmente, en el año 2000, en El Sol Turístico

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Rutas de un Viajero. Capítulo XII. El encanto, la historia y los enigmas de la Pila del Torito, en Pátzcuaro de ayer

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Fotografía en blanco y negro: Pátzcuaro de Antaño. Facebook (@Patzcuaroantano  · Tienda de antigüedades) Imagen a color: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Andábamos en las calles inclinadas y chuecas de Pátzcuaro, con aroma a teja, a lago, a adobe, a madera, cuando descubrimos, arrobados, la legendaria Pila del Torito, con su historia recóndita y sus muchos suspiros atrapados en la piedra.

Éramos inagotables. En cada rincón, coincidíamos con un detalle, con un encanto, con un pedazo de ayer que coleccionábamos en nuestra memoria, en los recuerdos, en las fotografías. Portones de madera tallada, muros y fachadas de adobe con balcones románticos, templos y ex conventos de piedra de los que escapaban los perfumes del incienso, de las flores, del copal y de las veladoras que alumbraban las imágenes sacras de la Colonia, con rostros entristecidos, estofados o elaborados bajo la técnica prehispánica de pasta de caña.

Fue en la antigua calle Las Campanitas -hoy Iturbe-, esquina con la plaza Gertrudis Bocanegra, donde miramos la Pila del Torito, imperturbable, desafiante al tiempo, a la lluvia, al son, al viento, al humo y a la gente, de la que relata la leyenda un episodio que quedó grabado en la historia del pueblo michoacano que cautiva por su arquitectura.

Según la leyenda, no pocas de las personas que durante los segundos de la Colonia se encontraban en la plazuela y en la entonces calle de Las Campanitas, presenciaron con gran horror y sobresalto la carrera desbocada de un caballo que provenía de la plaza Mayor -hoy Vasco de Quiroga-, montado por un personaje del ejército español, quien luchaba desesperadamente por dominar al animal.

El caballo, totalmente enloquecido en su carrera, no cedía; pero el jinete, acostumbrado a las aventuras y a los peligros, intentaba recuperar la calma, al grado, incluso, de que pretendió parar al equino en la fuente conocida popularmente como del Torito. Dirigió al animal hacia la fuente famosa por el toro esculpido en piedra.

Raudo e irracional, como era, el animal pasó entre la pared y la fuente. Azotó al desventurado jinete contra la torre de la fuente. El hombre, como era de esperarse, murió de inmediato, horrorizando a los testigos. Fue un acontecimiento fatídico que quedó registrado en los anales de Pátzcuaro.

Nos relataron los ancianos de Pátzcuaro, a quienes sus antepasados les narraban innumerables historias, que la misma tradición indica que las autoridades de aquel rincón michoacano, totalmente indignadas, acusaron a la fuente de homicidio, iniciando así un proceso en su contra, consistente, en primer término, en la suspensión del agua y, posteriormente, en un juicio extenuante y prolongado, para lo que se requirió, incluso, la declaración de cada testigo.

Con su toro tallado en una piedra, la fuente se encontraba en un problema serio. Por curioso, inverosímil o ridículo que parezca, estaba en líos con la justicia, con las autoridades encolerizadas, quienes injustamente la acusaban porque el culpable, en realidad, era el caballo desbocado.

La tristemente Fuente del Torito, recibió su sentencia: fue condenada a perder su lugar original, el que ocupaba en la calle Las Campanitas, para ser trasladada a otro sitio, metros más adelante, con la intención de evitar, en lo sucesivo, que causara daño.

Según las pruebas que datan de aquella época, se tomó en consideración su función de dar vida a través del agua que contenía. Los jueces ordenaron, por lo mismo, cambiarla de ubicación, sin derribarla, añadirle o quitarle cualquier elemento original, con lo que pretendieron hacerle padecer por entero el escarmiento acordado.

Creíble o no la historia, era del conocimiento común, de acuerdo con las versions de la gente de antaño, que cuando fue pavimentada la calle Iturbe, los trabajadores de la obra descubrieron cimientos de la fuente en el espacio que supuestamente ocupaba originalmente.

Hay quienes relatan una historia diferente y refieren, al mirar el relieve de piedra con la inscripción del año 1837, que un jinete corría por la calle Iturbe, enlace entre la plaza principal y la de San Agustín, cuando, inesperadamente, casi al llegar a la esquina de la segunda, estampó contra un toro, acontecimiento en cuya memoria la fuente recibió el título que ostenta en la actualidad, quizá con la incrustación, entonces, de la pequeña talla en piedra.

Antigua Pila del Torito, en Pátzcuaro.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://mansioniturbe.blogspot.com/)

En cuanto a la fecha, aseguran algunos que no se sabe si data de la época en que se registró el suceso o si indica el año de la colocación del relieve con la cabeza del toro. Desconocen, incluso, si la piedra tallada es la original; sin embargo, coinciden en que el estilo de la escultura corresponde al de la fecha inscrita.

La fuente del Torito, en el pueblo mágico de Pátzcuaro, forma parte de la colección de antigüedades de Michoacán, del inventario de rincones pintorescos y legendarios. Su arquitectura original fue diseñada para que los moradores del poblado tomaran el agua que requerían, mientras en la parte más baja, cuya función fue de abrevadero, los animales podían beberla. El hidrante se erige a mayor altura que las casas de adobe y tejados bermejos. Quien visite Pátzcuaro, de inmediato reconocerá, en la plaza Gertrudis Bocanegra, la fuente del Torito, que es un testimonio más de la historia y, al mismo tiempo, de las narraciones populares de la Colonia y de las épocas que le sucedieron.

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Fotografía en blanco y negro: Pátzcuaro de Antaño. Facebook (@Patzcuaroantano  · Tienda de antigüedades) Imagen a color: Hotel Mansión Iturbe (https://mansioniturbe.blogspot.com/)

Rutas de un viajero. Capítulo XI. Antigua Casa de Comercio y Arriería. Casa del Conspirador José María Abarca. Mansión Iturbe

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Después de andar aquí y allá, en embarcaciones que navegan mares impetuosos e interminables, en pueblos pintorescos con tradiciones e historias, en lugares cosmopolitas, en caseríos rurales, en parajes con tempestades, en escenarios naturales de incomparable encanto y en silencios y en rumores, en aglomeraciones y en soledades, uno hace un paréntesis en alguna banca de la añoranza para hojear el álbum de fotogafías y la libreta de anotaciones, justificando así los días de la existencia consumidos en uno e incontables rincones del mundo.

Al mirar las páginas de las evocaciones, el corazón palpita con mayor emoción y la memoria se recrea en cuanto aparecen los capítulos dedicados a Pátzcuaro, pueblo legendario y mágico con casas y rincones pintorescos. Es irrepetible y uno de los pueblos más hermosos de México. Se localiza en el estado de Michoacán, al centro-occidente de la República Mexicana.

Igual que la fuente con la escultura de Vasco de Quiroga -primer obispo de Michoacán, en el siglo XVI-, al centro, en el jardín principal de Pátzcuaro, cuya agua trémula por las caricias del viento intenta atrapar las fachadas de las casonas de adobe y teja con portales, uno recurre a la memoria que ofrece imágenes un tanto difusas, pero auténticas, para revivir las horas consumidas en el inigualable pueblo lacustre.

De los recuerdos gratos que naufragan en la memoria, indudablemente surgen los que uno compartió con las personas amadas, en el Hotel Mansión Iturbe, finca con antecedentes del siglo XVII, considerada por especialistas en arquitectura novohismana, una de las mejor conservadas y de las más bellas de América en su género.

Y si en ocasiones el olvido parece más fuerte y temible que el recuerdo, quizá porque al final todo se consume uno rememora el Hotel Mansión Iturbe no solo por su belleza y majestuosidad, sino por el hecho de que, pernoctar en sus habitaciones centenarias con enormes paredes de adobe, andar por sus corredores, sentir la presencia casi intacta del pasado y observar sus escondrijos coloniales, resulta una gran aventura y una experiencia inolvidable.

En el recinto, donde uno duerme y convive, hace siglos se desarrollaron escenas e historias coloniales, protagonizadas, obviamente, por personajes de apellidos linajudos como Iturbe y Heriz, Arriaga y Peralta. En la parte superior de la finca virreinal, moraban ellos, los miembros de las familias ya mencionadas, representantes de la Casa de Comercio y Arriería Iturbe e Iraeta.

Personajes de la época virreinal, relacionados con Mansión Iturbe.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

La de Pátzcuaro, fue la segunda Casa de Comercio y Arriería que se estableció en la Nueva España, durante la Colonia. Registó una gran epopeya porque Pátzcuaro formaba parte de la ruta que seguían los productos que transportaba, por mar, la Nao de China, conocida, también, como Galeón de Manila o de Acapulco. El trayecto incluía Acapulco, Pátzcuaro, Valladolid, Ciudad de México y Veracruz, entre otros destinos.

Refiere la tadición que la casona data del siglo XVII y que perteneció a don Francisco de Iturbe y Heriz, quien llegó a la Nueva España como administrador de la Real Hacienda y alferez de la Reina. Adquirió la propiedad a fines de la decimoctava centuria, en 1790, para continuar el negocio de comercio y arriería, convirtiéndose en uno de los hombres más influyentes de Pátzcuaro gracias a la ruta de la Nao de China.

Don Francisco de Iturbe y Heriz, fue representante, en la población lacustre de Pátzcuaro, de la Casa de Arriería, perteneciente a su tío, el coronel Emeterio de Iturbe, quien radicaba en la Ciudad de México. Sus actividades comerciales en la Ciudad de México, la región del Bajío, Valladolid -hoy Morelia- y Acapulco, propiciaron su enriquecimiento y la importancia que tuvo entre los hombres prósperos y de negocios del siglo XVIII.

Nació en Vergara, provincia de Vascongada, el 20 de septiembre de 1768. En 1784, a los 26 años de edad, zarpó de España a América, cuando el mar olía a aventura, a conquista, a piratas. Contrajo matrimonio con doña Josefa Anciola y del Solar y Pérez Santoyo. Tuvieron cinco hijos: Francisco de María, María Ignacia, Jesusa, Victoriano y Francisca de Iturbe y Anciola, conocida como doña Paca, quien en el discurrir de 1830, en la juventud del siglo XIX, recibió la mansión en calidad de dote al casar con don Francisco Arriaga y Peralta.

De los hijos del matrimonio Iturbe y Anciola, los archivos familiares refieren que Francisco María fue constituyente, en 1856, en la Ciudad de México, y tambien ocupó, entre otros, cargos como alcalde de Tacubaya, ministro de Hacienda y caballero de la Orden de Guadalupe. Su hermana María Ignacia, contrajo nupcias con don Fernando de Miranda y Septién, brigadier de los Reales Ejércitos, mientras Jesusa, en tanto, optó por dedicarse a la religión y fue monja capuchina, supereiora del Convento de las Bernardas, en la Ciudad de México. Victoriano, quien murió en la Batalla de Churubosco, en la Ciiudad de México, en 1847, fue capitán de la Guardia de Lanceros. Finalmente, Francisca casó en 1830 con don Francisco de Arriaga y Peralta, descendiente del conquistador don Antón de Arriaga, quien llegó a Michoacán en 1524 con la Encomienda de Tlazazalca.

Antigua finca virreinal, sede de la Casa de Comercio y Arriería Iturbe e Iraeta,
hoy Hotel Mansión Iturbe. Fotografía: Hotel Mansión Iturbe
(https://www.mansioniturbe.com/es/index.html).

Otra referencia histórica, indica que durante los días de la decimoséptima centuria, Lorenzo Pérez de Mendoza compró, a través de un remate, las fincas establecidas en una de las esquinas de la plaza principal de Pátzcuaro, las cuales heredó, posteriormente, a su hijo, el presbítero Diego Pérez de Mendoza, quien falleció en el amanececr del siglo XVIII, exactamente en 1700.

Fue el campitán Francisco García de Valdez, regidor y alcalde de la ciudad colonial, quien ese año, el de 1700, compró a la heredera del clérigo siete casas y tiendas ubicadas en la calle del Empedradillo, frente a la plaza pública, cuyo precio consistió, entonces, bajo lo estipulado en un convenio que dictaba que este hombre cubriría exclusivamente los débitos del importe de seis mil pesos, a la Capellanía, más cinco misas cantadas, cada año, por tiempo indefinido, por las almas de la familia Pérez de Mendoza.

Comparadas con otras mansiones, las construcciones eran pequeñas y modestas; aunque evidentemente, según consta, se rentaban a excelente precio por encontrarse ubcadas en la zona más comercial de la plaza pública. Refiere la tradición que conservan los descendientes de las familias Arriaga e Iturbe, que en la decimoseptima centuria, la casona se localizaba en la zona norte de la plaza mayor, al lado de seis casas más de una sola planta, las cuales fueron propiedad del mismo hombre. La mansión se encontraba en la esquina de la calle San Agustín, actualmente conocida como Iturbe, cuya planta alta estaba destinada a habitaciones; el nivel inferior, contaba con huerto, patios, acceso para diligncias, trastienda y tienda dedicada a comercializar toda clase de mercancía procedente de la Nao de China.

La nusna tradición, refiere que los orígenes de la casona datan de 1540, época en la que s construyeron las primeras fincas de Pátzcuaro alrededor de la plaza mayor, conocida en la hora contemporánea con el nombre de Vasco de Quiroga. Las primeras casas edificadas en torno a la plaza mayor, fueron residencias de las familias españolas que acompañaron al primer obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, al cambiar la sede de la diócesis establecida en Tzintzuntzan a Pátzcuaro. Evidentemente, la arquitectura de aquella época sugiere que las casas eran sobrias y de un nivel.

Al fallecer el regidor García de Valdez, las casas pasaron a formar parte de la Capellanía, la cual, por cierto, durante varios años percibió el producto de sus rentas. Relata la historia que, en los instantes de 1737, su propietario fue el estudiante de Filosofía, Francisco Xavier de Ugarte, quien las recibió en mal estado y estableció el compromiso de repararlas con los recursos obtenidos por medio de su arrendamiento.

Ante la cabalgata de los años, el estudiante de Filosofía se convirtió en presbítero. Rentaba las fincas a muy bajo precio; no obstante, cuando Miguel de Abarca y Ugarte llegó a la Capellanía, en 1776, siendo muy joven y todavía dependendiente de su padre, Manuel de Abarca y León, recuperó las casas.

Manuel de Abarca y León propuso reedificar todas las casas con portales, pero a cambio solicitó su adjudicación, lo cual fue concedido en 1777, pero como administrador de los bienes de su hijo, el capellán. El hombre procedió a demoler las casas de las esquinas, donde erigió una mansión de dos plantas con portales al frente, mientras las otras construcciones siguieron con su aspecto modesto.

La tradición cuenta que, en las horas de 1784. Manuel de Abarca y León, quien enviudó en ds ocasiones, murió rodeado de sus hijos, quedando la casona en manos de su primogénito, José María de Abarca Monasterio, quien, catorce años más tarde, en 1798 se transformó en el único propietario de la misma.

Hijo del regidor honorario del Ayuntamiento de Pátzcuaro, Manuel de Abarca y León, y de María Ana Eduarda de Monasterio, José María de Abarca Monasterio nació durante los segundos de 1770. Su madre murió en 1771, cuando él tenía un año de edad, de modo que su padre conrajo segundas nupcias con Rosa Izquierdo, de cuya unión nació Miguel de Abarca y Ugarte.

José María de Abarca Monastrio, quien en 1787 conoció a párroco José Antonio Lecuona, contrajo matrimonio con María Antonieta Salceda, en 1792. Ella, María Antonieta, era hija del teniente coronel del Regimiento de Dragones de Pátzcuaro, José Antonio Salceda.

A partir de 1796, Abarca Monasterio tuvo relación con personajes significativos de Valladolid, capital de Michoacán. Se trató de una amistad que duró hasta los días de 1809, durante la conspiración de Valladolid. Algunos de sus amigos fueron los hermanos Nicolás y Juan José de Michelena.

Durante postrimerías de 1797, cuando José María de Abarca desempeñaba la función de regidor depositario general del Ayuntamiento de Pátzcuaro, coincidió con otro perrsonaje que sería importante en los días de su existencia, José María de Peredo, perteneciente al Regimiento de Dragones de Milicias Provinciales de Michoacán; no obstante, continuó incrementando y fortaleciendo sus negocios y ampliando su círculo de amistades políticas en Valladolid y en la Ciudad de México.

Fue el 26 de julio de 1800, en la aurora del siglo XIX, cuando nació su sexta hija, Margarita, cuyos padrinos fueron Francisco Menocal y María Josefa Díaz de Ortega, hermana del intendente de Valladolid. Así, en 1795, José María de Abarca Momasterio aprovechó la influencia del cura y de la reducida oligarquía a la que pertenecía para ocupar el cargo de subdelegado de Aio-Carácuaro y Santa Clara; pero once años más tarde, en 1806, solicitó la Subdelegación de Pátzcuaro, la cual, por cierto, incluía los pueblos de Erongarícuaro y Cocupao, petición que fue concedida con apoyo del intendente Felipe Díaz de Ortega, hecho que influyó para que mejoraran sus ingresos económicos.

Los capítulos del ayer flotan y permanecen dispersos unos de otros, cada día más separados y aislados; pero todo paece inducar que fue a mediados de 1808 cuando él, Abarca Monasterio, comenzó a frecuentar a los conspiradores de Valladolid, encabezados por Mariano Michelena.

De acuerdo con la relación que Mariano Michelena escribió después de la Independencia de 1810 sobre lo ocurrido en diciembre de 1809, Abarca Monaserio asistió a las reuniones en su calidad de comisionado por la ciudad de Pátzcuaro, lo que generó sospechas entre los españoles.

Al consultar uno los anales del ayer, descubre que, en Pátzcuaro, José María de Abarca Monasterio fue contacto ente los conspiradores de Valladolid y los patriotas patcuarenses que anhelaban la independencia. Cuando sus planes quedaron al descubierto, fue aprehendido y posteriormente dejado en libertad, hasta que en 1810 decidió vender sus propiedades y mudarse a la Ciudad de México. Falleció en 1831 y fue, como se sabe, de los pocos conspiradoes que lograron atestiguar el triunfo de la Independencia de México.

La historia es un carrusel. Entre 1810 y 1830, la mansión que otrora perteneció a Abarca Monasterio, fue adquirida por Francisco de Antinio de Iturbe y Heriz, quien la entregó a su hija Paca como dote en su matrimonio con Francisco de Arriaga y Peralta, en 1830.

Después de todo, la historia está rota ante el paso de los años que se han acumulado, tras acontecimientos sociales; pero su romanticismo se palpa en los rincones de la casona de adobe, piedra, madera, herraje y teja, donde cada rincón tiene un detalle irrepetible.

Tal vez una noche lluviosa, uno ya esté hospedado en una de las habitaciones del Hotel Mansión Iturbe y asome al balcón con la intención de admirar el paisaje típico, la arboleda y las bancas de la plaza principal, rodeada de palacios de adobe y tejados, con portales iluminados por faroles ámbar. El espectáculo contagia y embelesa.

Arquitectura típica de Pátzcuaro. Fotografía: Colección Galicia Rojon.

Las habitaciones poseen techos hasta de cinco metros de altura y conservan pisos originales de tablones y decoración apropiada para un refugio colonial, donde parecen percibirse los ecos y suspiros del ayer, porque allí fue gran mundo de convivencia, tertulias, fiestas e historia de familias de alcurnia. Palacio que miró los minutos virreinales, las horas independientes, los segundos imperiales, los días reformistas, los años porfirianos, los instantes de estallido social y múltiples etapas de la historia nacional, hasta llegar, finalmente, a la hora presente.

Uno cierra el compendio de viajes, el álbum de fotogafías y la libreta de anotaciones con la grata sensación de haber respasado capítulos ya consumidos por la caminata de las horas; pero con la promesa de regresar a Pátzcuaro y disfrutar al máximo una estancia en la Mansión Iturbe, casona vireinal donde es posible el reencuentro con el pasado y la historia en pleno siglo XXI.

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Fotografía de portada e imágenes: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Rutas de un viajero. Capítulo IX. Isla de Urandén de Morelos, poema del lago de Pátzcuaro

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Fotografías: Urandén de Morelos, Michoacán. Facebook.
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A los purépechas de la isla de Urandén

Ya no tiene dueño. Está rota. La cubren las sombras de la nostalgia y del olvido. Es hija de la finitud, de la temporalidad. Almacena evocaciones y desmemorias, rumores y sigilos, alegrías y tristezas, auroras y ocasos. Se va su recuerdo, como se fueron, cierto día, las ilusiones de las niñas purépechas que crecieron, abandonaron las muñecas, renunciaron a los juegos y, de pronto, al mirarse al espejo, ya eran abuelas con una colección de historias. Se desvanece su figura, igual que las conversaciones de los nativos se diluyen, mientras queda en la memoria la imagen de las flores perfumadas y de intensa policromía que asomaban, enamoradas, al espejo lacustre, al lado de carrizos, mientras los nativos remaban hasta la isla de Urandén, donde estaban sus casas frágiles de adobe, custodiadas, en repentinos descuidos, por urracas que solían refugiarse en las frondas de los sauces.

Herida por los abrazos de los años, la lluvia, el sol y el viento -cómplices, al fin-, la canoa de madera permanece abandonada en la orilla del canal intoxicado por carrizo y lirio, escondrijo de garzas y patos que emiten graznidos y acechan a los peces confiados y descuidados, en un juego cotidiano de subsistencia dentro de la trama de la vida.

Desmejorada e irreconocible, la canoa parece un rostro perforado por la viruela, quizá porque la polilla se ha apropiado de sus tablones, mientras la hojarasca y la humedad acarician y protegen placenteramente los hongos que brotan de las hendiduras de la madera.

Hormigas e insectos anidan entre la hojarasca apelmazada, sintiendo la humedad del lago que transpira y el calor vaporoso que las estimula a ir y venir. Sí. Van y vienen. Juegan a la vida en una canoa olvidada, inerte, envejecida. Es su mundo. Cuántas voces y silencios, qué de emociones, tantas historias que fueron protagonizadas en la vieja embarcación.

Igual que el cautivante, legendario y mítico lago de Pátzcuaro, que cada instante se consume en una agonía dolorosa y lamentable, la canoa envejece irremediablemente, se desmorona y comienza a formar parte del polvo, de la tierra cubierta de vegetación.

Como la anciana que contempla, desde la distancia, a la dama joven y hermosa que a todos atrae y embelesa, la canoa permanece aislada, lejos de las lanchas nuevas que utilizan los purépechas de la isla de Urandén de Morelos, para cruzar el canal.

Mirábamos la antigua canoa de madera, abandonada en la orilla del canal, cerca de dos manantiales que también se secaban paulatinamente, cuando llegaron ellas, las mujeres nativas de Urandén, damas ataviadas con faldas de colores y rebozos, hablando su dialecto y saludándonos, como lo hacían ya desde tiempo atrás, mientras acomodaban canastas, bolsas y costales en las lanchas angostas y frágiles.

Rincón lacustre, en la isla Urandén de Morelos.
Fotografía: Urandén de Morelos, Michoacán. Facebook.
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Cada familia posee una canoa, que deja a la orilla de la isla, muy próxima a su casa. Es su medio de transporte. Las necesitan para atravesar el canal, navegar por el lago o pescar. Desde niños, hombres y mujeres aprenden a remar y, además, a nadar.

Tras acomodar las canastas, las bolsas y los costales en las canoas, hablando lengua purépecha entre ellas, y, al dirigirse a nosotros, en castellano, nuevamente nos invitaron a abordar alguna de las embarcaciones, a viajar por el canal invadido de lirio. Sabían que sin su ayuda no podríamos cruzar el canal ni llegar, en consecuencia, a la isla de Urandén. Ellos, los indígenas, son demasiado sensibles y de inmediato captan cuando el forastero pretende burlarse o engañarlos. Es gente que entrega el corazón cuando descubre la amistad y la palabra sincera. Se trata de una raza cautivante e intensa. Solo cuando se les conoce, comprende uno por qué personajes como fray Jacobo Daciano, el franciscano de la nobleza danesa, y otros, los defendieron de los conquistadores, incluso exponiendo sus vidas.

Y mientras viajábamos en la canoa estrecha que exhibió su fragilidad al balancearse durante el trayecto, ellas, las mujeres, hundían los carrizos o unos remos demasiado cortos, y platicaban, como siempre, acerca de sus costumbres y de su vida, interrumpiendo el diálogo, repentinamente, con algunas palabras purépechas que dirigían a otras damas de diferentes edades.

La primera vez que subimos a sus canoas, granizó con tanta intensidad, que parecía que de un momento a otro voltearíamos al lago, hasta atorarnos con el lirio y hundirnos irremediablemente; pero afortunadamente, tales momentos de emoción y riesgo solo se sumaron a los capítulos de una historia que durará hasta que el espíritu aventurero prefiera dormir, cerrar los ojos, tras la hora del balance y los recuerdos.

Mujer purpepecha, entre agua, flores, canoas y árboles.
Fotografía: Urandén de Morelos, Michoacán. Facebook.
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Ellas, las nativas de Urandén, despiertan muy temprano, antes de que la aurora maquille el celaje en el horizonte, a la hora que los pájaros cantan en las arboledas y se preparan para volar en parvadas. Acomodan, en bolsas, canastas y costales, los elotes, los pescados y la verdura que trasladan, primero, hasta la otra orilla del canal, en canoa, y que posteriormente llevan a Pátzcuaro para su comercialización en el mercado.

Son isleñas y purépechas, doble encanto que les da un privilegio, un motivo, algo especial en su raza irrepetible. Los habitantes y algunos turistas de Pátzcuaro, les compran pescado o los elotes más frescos y tiernos. No hay tregua. Venden todo. Al concluir su actividad, compran carne, fruta, bebidas gaseosas y otros productos que en ocasiones no hay en la isla o se agotan en las tiendas locales.

Tanta fortaleza poseen las indígenas, que cargan a sus hijos y llevan, adicionalmente, bolsas, canastas y costales pletóricos de productos. Incluso, envuelven las canastas en sus rebozos que amarran contra sus frentes, demostrando energía y fuerza. Llevan a sus hijos y no descuidan su preciado cargamento.

Entre Huecorio y Tzentzénguaro, dos poblados de origen purépecha, existe una carretera que conduce al muelle rústico de Urandén, donde reposan las canoas en espera de sus propietarias, quienes, al llegar, colocan su cargamento en los sitios más adecuados y empiezan a remar rumbo a sus hogares.

Otras mujeres purépechas, en tanto, caminan por la campiña, antiguamente cubierta por el lago de Pátzcuaro, y desde la orilla del canal avisan que ya llegaron para que ellos, sus maridos o sus hijos, recurran a las canoas y las trasladen hasta la isla. Es un mundo mágico. Así lo vimos y lo sentimos, hace años, cuando visitamos, por primera vez y otras ocasiones posteriores, la isla Urandén de Morelos, joya, poema y canto de la zona lacustre.

Amanecer en el lago de Pátzcuaro. Isla Urandén de Morelos.
Fotografía: Urandén de Morelos, Michoacán. Facebook.
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Es asombroso observar a las mujeres con carrizos o remos cortos que hunden una y otra vez, con gran habilidad, hasta que llegan a la orilla de su isla, donde dejan sus canoas y emprenden la caminata hacia sus casas. Se trata de mujeres que desde la infancia aprenden de sus madres, tías y abuelas tantos rasgos de la vida. Bellas imágenes familiares, en verdad, la de los purépechas de la isla de Urandén de Morelos.

Aquella era una mañana apacible, nebulosa y con llovizna, cuando la abuela y la hija entablaron conversación con nosotros, evidentemente sin dejar de remar. Reconocieron que no es poca la gente que los trata mal por su condición de indígenas, como si las razas fueran ingrediente de superioridad o inferioridad, y que hasta los escuchan y miran con burla y morbosidad.

Hay quienes los consideran como si se tratara de una pieza de folklore, cuando son seres humanos muy valiosos; sin embargo, aceptaron que saben distinguir a las personas que se acercan a ellos con afecto y sinceridad. Y fue así como nos ofrecieron su amistad sincera, su apoyo incondicional.

En lo personal, cuando visité aquellos pueblos y rincones purépechas, fui recibido con cariño por parte de los purépechas, hombres y mujeres que confiaron en mí, me convidaron sus platillos y me relataron historias, recuerdos, tradiciones, leyendas.

Innegable es que resulta emocionante navegar en las canoas estrechas que se balancean, como si en determinado momento presagiaran un hundimiento, una caída, un naufragio. Se trata, en verdad, de una gran aventura, una vivencia irrepetible y grandiosa en un rincón lacuste del mundo.

Durante el trayecto, observamos el manto de lirio, donde posan las garzas asustadizas y refinadas; pero también miramos, más distantes y ya sin las caricias del agua, los montículos que antiguamente, todavía hace media centuria, formaban las islas de Urandén Morales y Careán. Afortunadamente, Urandén, Urandén Morelos, aún es isla y está rodeada por el canal y el lago, a pesar de las arrugas, las cicatrices y las ranuras que anticipan la sequía que ataca al planeta que una vez fue paraíso.

Conforme la canoa se alejaba del muelle rudimentario, distinguimos, en el horizonte, el caserío de Huecorio y el poblado de Tzentzénguaro, al mismo tiempo que descubrimos, ya más cercanos, los cultivos y el pueblo de los isleños de Urandén de Morelos.

Belleza natural en la isla de Urandén de Morelos.
Fotografía: Urandén de Morelos, Michoacán. Facebook.
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Al llegar a la isla, niños y perros esperaban nuestro descenso. Acostumbrados a sus amos, a su ambiente, los perros ladraban y olfateaban; paralelamente, los niños se aproximaban a las canoas con el propósito de ayudar a sus abuelas, madres, hermanas y tías a cargar bolsas, canastas, bultos y costales.

Evidentemente, nosotros ayudamos. También cargamos canastas, bolsas y costales. Pasamos por los campos de cultivo, a unos metros de los cerdos que permanecían amarrados y exhibían, cuando podían, colmillos filosos y temibles y trompas cubiertas de lodo.

Las mujeres, pertenecientes a la misma familia, se despidieron entre sí y nosotros continuamos con algunas de ellas el camino, primero por unas escalinatas de piedra y luego por una callejuela chueca, en declive y empedrada, con faroles típicos.

Finalmente, a fuerza de caminar, llegamos a la morada de las indígenas, quienes se despidieron alegremente sin aceptar remuneración económica por la travesía en canoa. A otros visitantes, en cambio, les cobran el servicio tan necesario. Quedamos muy agradecidos y les ofrecimos nuestra amistad.

Capilla en la isla Urandén de Morelos.
Fotografía: Urandén de Morelos, Michoacán. Facebook.
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Era una mañana agradable, húmeda, igual a esos días de la infancia que uno recuerda como los más maravillosos, acaso porque todo es dicha, ilusión y juego. El aire fresco, náufrago de parajes lejanos, con olor a tierra húmeda, a gotas de lluvia, a hortalizas, besaba nuestros rostros y los sonrojaba.

Como una enamorada que no abandona a su amado, la llovizna acompañó nuestra caminata por la callejuela principal, que está empedrada y dispone de faroles que alumbran el paisaje isleño durante las noches nebulosas y frías. Había que tomar fotografías de cada detalle y explorar, al mismo tiempo, los rincones isleños y lacustres. Callejuela desolada y, a la vez, mirador del fascinante y misterioso lago de Pátzcuaro que muere lentamente y nos abandona.

El rumor de las aves -garzas, golondrinas, gorriones, urracas y tantas especies- se mezclaba con el lenguaje del aire y con las voces de las frondas de verdor intenso, como si pertenecieran a un concierto universal que también se percibe y presiente en cada latido del corazón.

Los pequeños purépechas -niñas y niños- corrían al mirarnos y se refugiaban tras alguna roca, en sus moradas o a poca distancia de las escalinatas que conducen a callejuelas desconocidas; sin embargo, un saludo, una sonrisa, bastaban para atraerlos y lograr, a cambio, su aceptación en un terruño que es el suyo.

Unas veces nos deteníamos ante un muro de adobe o un tejado, desde donde contemplábamos el canal y en la lejanía, sobre una loma que hace centurias debió ser isla, el pueblo de Tzentzénguaro, con su capilla colonial; otras ocasiones, en cambio, mirábamos hacia el lago de Pátzcuaro, del que sobresalen Janitzio y sus hermanas inseparables.

Llegamos hasta la escuela, en la parte más alta de la isla, donde reposa, en silencio y soledad, una cruz añeja de piedra que nadie, ni los ancianos, recuerdan de dónde procede. Siempre, desde que eran niños, la vieron en el mismo lugar.

Joven con vestuario purépecha.
Fotografía: Urandén de Morelos, Michoacán. Facebook.
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Desde ese sitio, admiramos el lago de Pátzcuaro con sus islas legendarias y los pueblos indígenas y típicos enclavados en la región. Miramos parte del canal que rodea a Urandén y hasta las montañas que circundan el manto lacustre y que, por la distancia, se distinguen azuladas.

En la misma zona alta de la isla, se localiza la capilla dedicada a la Virgen de Guadalupe, tan venerada por los pueblos mexicanos. A la Virgen de Guadalupe le organizan una fiesta cada 12 de enero, un mes después de la celebración tradicional.

De acuerdo con la tradición, el 25 de diciembre, toda la comunidad indígena de Urandén se reúne en el atrio de la capilla con el objetivo de presenciar, en un ambiente de alegría y fiesta, la danza de los Catrines, con la aparición y adoración del Niño Jesús.

La danza, los juegos pirotécnicos y la música de banda de viento, son preludio de la fiesta mayor que se celebrará días después, el 12 de enero, en el mismo lugar, en el atrio, con la aparición de “luzbeles” que pelean con el Ángel, quien acompaña y protege a la pastora. Todos portan espadas. El Ángel defiende a los pastores. Inesperadamente, aparece un ermitaño -Tarerahuari-, quien también, como el Ángel, cuida a los pastores.

Tarerahuari porta máscara y viste túnica morada. Es él quien cuenta a los pastores y los protege para que los “luzbeles”, enfurecidos, no los rapten. Al compás de la música de viento, el Ángel y Tarerahuari luchan encarnizadamente contra los “luzbeles”, hasta que ganan la batalla.

Otra fiesta que con entusiasmo y orgullo celebran los habitantes de la isla de Urandén -Urandén Morelos-, es la de Corpus Christi, con la danza de los Oficios, que es acompañada con música purépecha. Ese día, el de Corpus Christi, hay juegos pirotécnicos y música. Los nativos organizan una procesión por las callejuelas chuecas y en desnivel de la isla… Llegan bailando al atrio y a la capilla.

Artesana purpepecha de la isla de Urandén.
Fotografía: Urandén de Morelos, Michoacán. Facebook.
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Llevan al Santísimo en procesión, por los cuatro barrios de Urandén. Al término de la procesión, éste, el Santísimo, es despedido con la bendición del Altísimo, según la costumbre del pueblo. La procesión inicia en un barrio y concluye en la capilla. Igual que en otros poblados de origen purépecha, los moradores arrojan regalos -bandejas, fruta, pescado, verdura- como agradecimiento a Dios por un año de bendiciones. Ese día, la gente coloca adornos en los cuatro barrios. Son horas de devoción y euforia. Los pócitos son barrios. Cada uno recibe un nombre: La Guadalupe, San Francisco, Natividad y San Antonio.

Recuerdan los ancianos que la capilla fue, primero, escuela, y más tarde, en la época del presidente Lázaro Cárdenas del Río, cuartel, hasta que éste, el entonces mandatario nacional, ordenó que funcionara como templo. Discurrían las horas de la persecución cristera, guerra que se registró en México entre laicos y gobierno, de 1926 a 1929, cuando ellos, los nativos de Urandén, impidieron la clausura y el saqueo de su templo. Defendieron su fe. Las imágenes sacras que resguarda la capilla, proceden de los pueblos de la zona lacustre. La imagen de la Virgen de Guadalupe, verbigracia, fue donada, hace muchos años, por un hombre que vivía en el otro Urandén, la isla vecina que hoy es un gran montículo.

Evocábamos los acontecimientos relevantes de Urandén, cuando decidimos descender por un callejón para llegar hasta el manantial, el único que quedaba de decenas que existían, todavía hace algunas décadas, en la isla. Refiere la leyenda que hace siglos, antes de la llegada de los españoles, la isla de Urandén permanecía en la somnolencia bajo el lago, hasta que un día, en las horas prehispánicas, los indígenas de la región notaron que, gradualmente, asomaba. Finalmente, emergió.

Asombrados, los indígenas observaron el fenómeno. La isla de Urandén salía de las profundidades lacustres. Recibía, por primera vez, los abrazos del sol, las caricias del viento y los besos de la lluvia. En memoria de aquel acontecimiento, los moradores de Urandén esperaban, cada ciclo, el viento del sur. Era un ritual. Colocaban una jícara en medio de uno de los manantiales, hasta que llegaba, cual visitante misterioso y peregrino, el viento del sur. Como en un acto de amor, jícara y viento se encontraban y recibían caricias mutuas. El aire sureño arrastraba, por el lago, entonces transparente, la jícara, dejándola en algún paraje cercano a San Pedro Pareo, otro pueblo de oigen purépecha.

Urandén. Jícara volteada. La jícara viaja porque el viento del sur la empuja, la lleva hasta el pueblo lacustre de San Pedro Pareo. Jícara para tomar atole, decían los abuelos. La jícara daba vueltas, giraba, y marchaba, junto con el aire, a San Pedro Pareo. El ritual se realizaba diariamente, a las doce del día, cuando llegaba el viento del sur, ante el asombro de hombres y mujeres.

Hay dos versiones respecto a la fundación de Urandén. Unos afirman que sus antepasados narraban que ya en horas lejanas, antes de la conquista española de la decimosexta centuria, la isla estaba habitada por nativos que se dedicaban a la pesca; otros, al contrario, aseguran que fueron sus abuelos, entre postrimerías del siglo XIX y la aurora del XX, cuando poblaron el lugar.

Estos últimos recuerdan, según las versiones que les platicaron sus padres hace muchas décadas, que ellos, los abuelos, procedían de Janitzio y de los alrededores, y decidieron cambiar morada, solicitando autorización a un hacendado de San Pedro Pareo para establecerse en terrenos colindantes con el lago.

Implacables, los coyotes acechaban el caserío y durante las noches robaban gallinas y cerdos, situación que motivó a los indígenas a visitar a los señores de Tzentzénguaro con la finalidad de pedirles autorización para poblar la isla de Urandén. Así lo hicieron.

En aquella época, el lago era más extenso. Hoy convertidas en montículos, las islas de Urandén Morales y Careán, pertenecientes a Huecorio, eran vecinas de Urandén Morelos. La cortina lacustre llegaba hasta comunidades indígenas de Santa Ana y Tzentzénguaro.

Urandén, la isla, está poblada, entre otras especies, de ardillas, culebras, garzas, golondrinas, gorriones y patos, independientemente de la variedad de peces que habitan el lago. La isla de Urandén Morelos se localiza en el lago de Pátzcuaro, entre Huecorio y Tzentzénguaro, por la carretera que conduce a Erongarícuaro.

Incontenibles, las horas se acumularon en el terruño, en la isla apacible y pintoresca de Urandén, en el enigmático, legendario y mítico lago de Pátzcuaro, hasta que el crepúsculo postrero presagió el ocaso, la noche, las sombras.

Ante un cielo maquillado de tonalidades amarillas, naranjas y rojizas, a pesar de la llovizna, seguidas por un telón grisáceo, suspiramos y comprendimos, entonces, que las horas se habían extinguido y que, como todo en su momento, era oportuno dejar la isla.

Reflexivos y en silencio, como quien reserva para sí el dolor de la despedida, abandonamos la callejuela chueca, desnivelada y empedrada para descender por unos escalones de piedra, hasta que llegamos a la orilla del canal. Admiramos el paisaje lacustre.

Quizá recordábamos la hospitalidad de los indígenas o tal vez a aquel hombre humilde y sabio que encontramos en el campo, quien lamentó que las ciudades sean antagónicas a la convivencia sana y que los políticos, cada vez más voraces y menos interesados en el progreso de los pueblos, causen tantos conflictos y miseria… Respiró hondamente y admitió que si ellos, los políticos, trabajaran en la campiña y percibieran, en consecuencia, las precarias ganancias de la siembra, respetarían a la gente del medio rural. La labor del campesino es auténtica; la del político común, en cambio, se ha transformado en botín de mercenarios.

Ese hombre, ya anciano, recordó la bonanza del cautivante y majestuoso lago de Pátzcuaro, cuando parecía espejo y había incontables manantiales en todos los rincones. Cuánto pescado. Era un paraíso. Suspiró nuevamente y se marchó tranquilo, como si llevara en un canasto o costal, el de los recuerdos, las vivencias de los otros días.

Inmersos en sus fantasías, en sus juegos, niñas y niños se arrojaban al canal desde una cuerda que colgaba de un árbol de ramas corpulentas, a la orilla. Nadaban, emocionados, felices, plenos. Se sumergían en el agua plomada, otrora límpida, y salían metros más adelante, mientras los perros nadaban en total libertad.

Los pájaros, libres de ataduras, regresaban a sus nidos, en los follajes, en el campanario, en los tejados; pero ellos, los pequeños, continuaban nadando y remando en el canal, al otro lado del lago. Como ellos, dos perros atravesaron el canal a nado. Mundo silvestre. Escenario agreste. Paraíso mágico, tierra nativa de ensueño.

Sonia, tan auténtica como pequeña, acudió a nuestro llamado. Subimos a la canoa y ella sola, custodiada, repentinamente, por niños que nadaban y balanceaban la frágil embarcación, remó hasta la otra orilla. Le dimos unas monedas y sonrió. Se marchó feliz en su canoa endeble.

Ya en la otra orilla del canal, escuchamos murmullos, voces que provenían de la isla de Urandén. Hasta cierta distancia del poblado isleño, se escucha el eco de la gente que habla en sus casas. Las familias dialogan, conviven, ríen y lloran. Uno las escucha desde la otra orilla.

Nos retiramos. Caminamos reflexivos y silenciosos por el campo antaño cubierto de agua. Miramos, por última ocasión, el paisaje lacustre, el horizonte incendiado por el crepúsculo agónico y la canoa de madera, otra vez, carcomida por los años, la humedad, la lluvia, la polilla, el sol y el viento.

Atrás quedó el concierto de la naturaleza, en la isla de Urandén de Morelos y en el paisaje lacustre, que también latía, acaso desde siempre, porque forma parte de la creación, en nuestros corazones. Tanta belleza era digna de compartirla.

Han transcurrido los años. El lago de Pátzcuaro agoniza, su tierra tiene sed, el agua se pierde. Urge rescatarlo, devolverle su esplendor de antaño, aportar lo mejor de cada uno con el objetivo de que vuelva a ser el paraíso cautivante de apenas hace algunos años.

Por cierto, la Escuela Michoacana de Canotaje, establecida en la isla Urandén de Morelos, ha formado, a través de los años, excelentes deportistas que han dado prestigio a ese sitio tan especial de la zona lacustre de Pátzcuaro, en Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México.

Agradezco a los moradores de la isla y, en especial, a la comunidad que forma parte de la página, en Facebook, Urandén de Morelos, Michoacán (@urandendemorelos. Agencia de publicidad. ,https://www.facebook.com/urandendemorelos/), el apoyo recibido.

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Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Fotografías: Urandén de Morelos, Michoacán (@urandendemorelos. Agencia de publicidad. ,https://www.facebook.com/urandendemorelos/).

Rutas de un viajero. Capítulo VIII. Isla de Janitzio, entre el lago de Pátzcuaro y las tradiciones purépechas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

A los moradores de la isla de Janitzio y en memoria de aquellos años de historias y aventuras

Asistí, una y otra vez, al espectáculo mágico de la naturaleza y de los elementos cuando enamoran y pintan sus sentimientos y pasiones de tonalidades apagadas e intensas, hasta incendiar el cielo que se refleja en el lago plomado y legendario de Pátzcuaro. Sentí las caricias del viento y hasta salpicaron en mi piel y en mi rostro gotas de agua al asomar por la embarcación y contemplar los surcos que dejaba a su paso, mirar el lirio y a las aves acuáticas y descubrir el perfil de la isla de Janitzio.

Supe lo que es trasladarse en lancha y recibir, una mañana o una tarde, incontables gotas de una tempestad; pero también, al anochecer, admiré, en pleno embeleso, las estrellas, los luceros que cuelgan en la pinacoteca celeste y guían a los viajeros, encantan e inspiran a los artistas y seducen a los enamorados.

Detalles arquitectónicos. Janitzio, Michoacán. Foto: Gobierno de México.

Viví la aventura con entusiasmo, alegre e ilusionado, como la disfruta un artista, un escritor. Y también arranqué, suavemente, insondables suspiros, historias, sabores, leyendas y tradiciones que plasmé, al repasarlas, en diversas publicaciones que ahora huelen a papel y a tinta, a encierro, a archivo, a ayer.

Resulta que trigueño, cuando el sol asoma, en la mañana y al atardecer, para mirar su cutis ardiente y rejuvenecido, o tibio y envejecido, y café o plomado, al colocar la luna y las estrellas sus cabezas sobre la almohada del anochecer, el lago de Pátzcuaro -legendario, misterioso, subyugante- acaricia, cada instante, desde hace miles de años, la piel morena de la enigmática y fascinante isla de Janitzio.

Las nubes se aglomeran y forman figuras caprichosase irrepetibles que, más tarde, con el crepúsculo postrero, se incendian y quedan retratadas, dentro de su efímera existencia, en el espejo acuático que un día añejo perteneció a otra gente, la del imperio purépecha, hasta que el viento helado y pertinaz las desvanece.

Isla de Janitzio, en el majestuoso y legendario Lago de Pátzcuaro, Michoacán.
Foto: Janitzio, Michoacán, Facebook/ Galería Xanichu. Dirección: (@janitziomichoacanmexico.
Guía de turismo/ Janitzio, Michoacán. https://www.facebook.com/JanitzioMichoacanMexico/)

De día y de noche, a una y a otra hora, los lirios naufragan, sobreviven al lago que los arrulla y mece suavemente, coexistiendo con garzas, moscos, patos silvestres y peces. Mundo lacustre que data de días lejanos, de horas ya no recordadas, de minutos inmemorables.

Los bulbos y las flores violetas emergen entre hojas y raíces que flotan, en un mundo mágico de agua y leyendas; el lirio acuático se atrae, queda seducido, hasta formar alfombras delicadas, frágiles, que ceden el paso a canoas con nativos y lanchas con viajeros.

Rodeadas de bulbos, hojas y raíces, las flores crecen alegres, solitarias, igual que doncellas del agua, maquilladas con los hechizantes cosméticos de la naturaleza. Exhiben el pulso de la vida. En la orilla lacustre, entre carrizos y pastizales, posan las garzas que presumen blancura, elegancia y refinamiento de señoritas del más rancio abolengo. Algunas emprenden el vuelo sobre la superficie de cristal acuático, extendiendo sus alas inmaculadas, siempre en busca de algún pez descuidado y solitario o de insectos que coexisten en plantas, cortezas y tierra.

Pescadores con redes. Isla de Janitzio, Michoacán.
Foto: Janitzio, Michoacán, Facebook/ Galería Xanichu. Dirección: (@janitziomichoacanmexico.
Guía de turismo/ Janitzio, Michoacán. https://www.facebook.com/JanitzioMichoacanMexico/)

Hijo de días y noches perdidos en la lejanía del tiempo, acaso fragmento de la creación o de un paraíso no recordado durante la brevedad de la jornada terrena, el lago, ya agónico -¿qué no tiende a morir en nuestra época?-, cautiva al aventurero que lo contempla desde la lancha que se dirige a una de las islas, la de Janitzio, que es altar y recinto de la sangre purépecha. Solitario o acompañado de su familia, de su pareja o de sus amigos, el viajero, que ya ha recorrido una, otra y muchas veces las arterias de Michoacán, distingue desde la embarcación las montañas azuladas a la distancia e iluminadas por el sol. La piel se vuelve tostada en esos parajes, sin duda porque el sol la envuelve con vehemencia.

El ambiente huele a agua, a lago, a vegetación. Es un paisaje pintado con los matices de la naturaleza, entre los que se distinguen, enclavados, templos añejos y caseríos de adobe y teja, desafiantes al tiempo, al aire, a las tempestades, al sol, a la modernidad.

En la embarcación, rumbo a la isla de Janitzio, en el lago de Pátzcuaro, Michoacán.
Fotografía: Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html)

Las islas del lago de Pátzcuaro permanecen en hilera, formadas, luciendo sus formas, su esencia y sus nombres purépechas, eco de un gran linaje indígena: Los Urandenes, Jarácuaro, Janitzio, Tecuena, Yunuén y Pacanda. Todas son pedazos de tierra en el agua, hermanas y amigas, hijas de la misma estirpe, suelo que exhala los aromas del linaje purépecha.

Conforme avanza la lancha colectiva, en la que conviven nativos purépechas con turistas mexicanos y extranjeros, con vendedores de artesanías y dulces típicos, con cantantes que arrancan melodías a las guitarras y a los acordeones, el muelle se achica, queda reducido en un paisaje de tierra y agua con embarcaciones y gente que espera, que va y viene, que coexiste en un rincón del mundo.

Cual muchachas con rostros coquetos, graciosamente maquillados, las lanchas permanecen ancladas en el muelle, presumiendo sus nombres -Eréndira, Ereri, Gloria, Guadalupe, Karina, María, Noemí, Yolanda, Yunuén-, en espera de que los ansiosos viajeros las aborden y se acomoden en sus largos asientos de madera, para nuevamente deslizarse sobre el agua y sentir en sus cuerpo de madera y hierro las caricias y la frescura del lago.

Durante el trayecto a Janitzio, algunos niños asoman e introducen sus redes artesanales de juguete al agua plomada, emulando a los pescadores, o tal vez, nadie lo sabe, imaginando que atraparán algún tesoro oculto en las profundidades; otros pequeños, no menos audaces, pretenden estirar las manos, ante el descuido o la apobación de sus padres, para desprender una flor del lirio acuático y luego, en un acto del más puro amor, regalarla a la abuela o a la madre.

La cámara fotográfica, familiar o profesional, junto con la de video, o simplemente con la del teléfono celular, intentan captar imágenes de gente y del legendario paisaje lacustre, que quedarán plasmadas para la historia y el recuerdo en un álbum que alguien hojeará o mirará en un monitor, con melancolía, hasta el fin de su existencia.

Continúa la navegación de quienes pueden convertirse en la última generación de viajeros a la isla de Janitzio, si autoridades y sociedad no actúan de inmediato para curar la agonía del enigmático y subyugante lago de Pátzcuaro. El lago se ondula con los besos y los susurros del viento; el agua se mece plácidamente, libre, sin resentimiento contra quienes diariamente la contaminan. Es la misma de centurias pasadas. Lágrimas que quizá derramaron, en la cuenca, los dioses de barro, madera y piedra antes de ser concebidos por la mano indígena, o que tal vez dejó la doncella purépecha una noche, en sus horas más difíciles, cuando iba a ser sacrificada.

El escenario lacustre evoca, al menos por algunos instantes, los días de la prehistoria, mucho tiempo antes del establecimiento de los purépechas y de la formación de su gran imperio. Los rasgos del lago, de los carrizos y de las montañas, sugieren que se trató, en la prehistoria, de un escenario agreste, irrepetible, majestuoso, con animales, árboles, flores y plantas en abundancia.

Transcurren los minutos en el lago, en la embarcación, donde el viajero presiente y sabe que en la zona lacustre se desarrolló una importante cultura -el imperio purépecha-, como lo demuestran las evidencias en Ihuatzio -“lugar de coyotes”-, en Tzintzuntzan -“lugar de colibríes”- y en Pátzcuaro -“en donde tiñen de negro”, “lugar de cimientos” o “lugar de espadañas”-, entre otros sitios que han atraído la atención de arqueólogos, estudiosos en asuntos precolombinos, historiadores y antropólogos.

Es probable que la lancha, exhibiendo con orgullo su nombre de mujer bonita y morena, encuentre a su paso otras embarcaciones con turistas que ya regresan al muelle; sin embargo, a fuerza de navegar, aparece de frente, más real, la isla de Janitzio, tan legendaria como el lago y sus alrededores.

Todavía distante de la isla, el turista comprueba que, en la parte más alta, permanece de pie, con el puño levantado, el monumento hueco, dedicado a José María Morelos, héroe de la independencia mexicana, con sus casi cuarenta y ocho metros de altura, erigido durante la vigésima centuria. Se ha convertido, a través de los años, en centinela de Janitzio y del lago, donde una hora de la insurgencia, en el siglo XIX, estuvo el auténtico José María Teclo Morelos y Pavón. A sus pies se extienden el caserío con tejados y la torre del templo dedicado a San Jerónimo, muy cercano del gran petroglifo y del cementerio donde los nativos celebran, anualmente, en noviembre, la tradicional Noche de Muertos… Minúsculas ante el gigante de piedra que se erige libre, triunfante, las casas son hogar, taller, restaurante, tienda artesanal y recinto de pescadores, y las hay todavía de adobe y teja, y otras con rasgos de ladrillo y cemento, influidas por nuestra época de plástico.

Alguna ocasión, sin duda, el viajero habrá presenciado el espectáculo de las lanchas pesqueras con sus redes cual mariposas, o las costumbres legendarias durante la celebración que los isleños organizan en memoria de sus difuntos. Antes de llegar al muelle, la embarcación rodea la isla, dando oportunidad al paseante de contemplar las cuevas, el caserío y la vegetación que trepa incontenible, montaraz, por una de las laderas. Atraído por las costumbres de los moradores, mira en la orilla una red extendida, asoleándose; pero también observa alguna canoa de madera en la que se traslada una familia, o escenas cotidianas de un pueblo que sobrevive a la vorágine de nuestros días.

Tras concluir la vuelta a la isla, el turista desciende y camina por el muelle, siempre ante el encuentro con niños purépechas, con pequeños que cantan y hablan en lengua tarasca a cambio de unas monedas. Infancia mágica con el rostro hilvanado por la sangre purépecha.

Las callejuelas, escalonadas y chuecas, con algunos descansos, conducen a los rincones más extraños, donde los purépechas comercializan artesanía y comida. En un cuadro que representa el más puro mexicanismo, resalta el colorido del papel picado, en el techo, con el de las cazuelas con albóndigas, arroz, chiles rellenos, corundas, frijoles, pescado, salsas en molcajetes y tortillas de maíz elaboradas a mano.

Transita la gente por las calles chuecas e inclinadas, admirando el juguete artesanal de madera, casi pieza de museo, que comparte espacio con la muñeca de cartón con facciones de niña antigua, también objeto cada vez más raro. Las cazuelas, los jarros y las ollas de barro permanecen junto a los metates, los molcajetes, las cucharas, los molinillos y  las palas de madera… Fragmentos, trozos, vestigios de días consumidos y de un pueblo añejo, centenario, que ha protagonizado capítulos interminables de historia.

Con nueve cuarteles distribuidos en dos barrios indígenas -el de los artesanos y el de los pescadores-, Janitzio es la isla más poblada y visitada del lago de Pátzcuaro, y, sin duda, la que mayor hechizo ejerce sobre el viajero, acaso po su gente irrepetible, quizá por el encanto y la magia del indigenismo, tal vez por los colores, los aromas y los sabores que se mezclan en un estilo de vida irrepetible.

Tras ascender por las callejuelas que forman encrucijadas, el caminante llega, al fin, a la parte más elevada de Janitzio, donde permanece de pie la figura colosal de José María Morelos, quien durante las horas más angustiantes y cruentas del movimiento insurgente, en la aurora del siglo XIX, hay que repetirlo, eligió la isla como refugio.

Allí, en Janitzio, el Siervo de la Nación y sus seguidores se refugiaron y convivieron con los isleños, con los nativos que hablaban una lengua que otrora perteneció al imperio del cazonci, pero cuyo espíritu coincidía con el anhelo de justicia y libertad.

Cuántas noches pernoctó el cura Morelos en la isla, entre los nativos, llevando en el corazón y en la mente la idea de la independencia. Llegaría muy puntual a su cita con el destino, a su encuentro con la historia. El monumento de aproximadamente cuarenta y ocho metros de altura, es hueco y exhibe, en sus paredes interiores, sesenta y tres murales relacionados con él, con José María Morelos y la lucha insurgente.

En el vestíbulo de la galería, permanece en exhibición “El Niño”, que está resguardado en una caja de cristal y fue descubierto el 13 de abril de 2000, a diecisiete metros del embarcadero de la isla,, a una profundidad de un metro cuarenta centímetros. A diferencia de los dos cañones enormes que custodian el monumento, “El Niño” es pequeño, pesa doscientos kilos y es de bronce; además, se trata de una huella, de un testimonio añejo e histórico del paso de José María Morelos y sus seguidores por la isla de Janitzio. Se le bautizó como “El Niño” en memoria, precisamente, del primer cañón que utilizó Morelos en sus batallas, el cual, por cierto, era pequeño como el descubierto cerca de la isla.

Se distinguen, en los muros interiores del monumento al héroe de la Independencia, murales que relatan hazañas de aquellas horas aciagas del siglo XIX. La espiral conduce a la parte más alta de la figura de piedra, desde donde el trotamundos puede observar el paisaje lacustre que lo embelesa, que seduce sus sentidos, que rapta los latidos de su corazón. A tal altura, el caserío con tejados bermejos y las lanchas aparecen ante los ojos cual objetos minúsculos, casi irreales, que invitan a enamorarse, a jugar, a soñar.

Junto al templo de San Jerónimo y a la Jefatura de Tenencia -casona con arcos-, se localiza un pequeño recinto que por un tiempo funcionó como museo comunitario. Entre luces y sombras, el sitio exhibía una canoa antigua de madera, molcajetes, el portón original de la iglesia, una red de “mariposa” para pescar, incensarios, metates y vestuario religioso.

Pescadores con redes. Isla de Janitzio, Michoacán.
Foto: Janitzio, Michoacán, Facebook/ Galería Xanichu. Dirección: (@janitziomichoacanmexico.
Guía de turismo/ Janitzio, Michoacán. https://www.facebook.com/JanitzioMichoacanMexico/)

A los anticuarios y a los estudiosos de la historia, les hubieran cautivado las capas sacerdotales, entre las que destacaba, de acuerdo con las tradiciones de los nativos, la que utilizó Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, cuando ofició misa, en pleno siglo XVI, en la isla; posteriormente, en la decimonovena centuria, la usó José María Morelos al visitar Janitzio.

También figuraba el vestuario purépecha, de uso diario y para fiestas que, si bien es cierto confeccionaron manos indígenas, alguna vez, en el siglo XX, utilizó la actriz y diva mexicana María Félix -María de los Ángeles Félix Güereña, si hay que ser precisos-, durante la filmación de la película “Maclovia”. Junto a los vestidos, colgaban aretes y collares purépechas que usó la diva en el rodaje, la cual, por cierto, actuó en la antigua canoa de madera que entonces, durante los noventa días de filme, era adornada con flores naturales.

Había, en la misma colección, ropa femenina para el matrimonio y los días de carnaval y de Noche de Muertos, como también un altar católico.. Es creencia popular, entre los nativos de la isla, que si una mujer se embaraza sin estar casada, al contraer matrimonio y celebrarse la fiesta, “la música no toca igual ni la comida sabe bien”. En el caso del rosario que las mujeres utilizan en el matrimonio, pieza que es una simbología, tiene determinado número de perforaciones que deben coincidir con los hijos que concebirán ellas, las indígenas purépechas.

Para sorpresa de los turistas que tuvieron oportunidad de conocer el museo local, todavía en los primeros años del siglo XXI, ellos, los miembros de la comunidad, explicaban que no se registran divorcios en la isla, los cuales, como lo indica “el fajo de tela con adornos”, con el camino del santo Santiago, “si la mujer se casa, debe soportar la cruz del matrimonio”.

Un bastón de madera, extraño, misterioso, se encontraba en la habitación, con una serie de grabados indescifrables para quienes no son eruditos en la materia purépecha. Y es que lo utilizan los jóvenes, en edad de casarse, el cual deben sujetar con firmeza, ya que si doblan el brazo izquierdo o pierden en el juego, pasan por una etapa de vergüenza y la pretendiente no les entrega el pañuelo que simboliza compromiso matrimonial.

Las cruces talladas en el bastón, significan, según los isleños, cien años de mala suerte y, finalmente, la muerte; pero también contiene los triunfos de la vida. La guitarra grabada en el bastón, representa la música. El pueblo purépecha acompaña con música los días de su existencia, sobre todo en las comidas y cuando celebra acontecimientos alegres o tristes.

En una mesa, entre varias piedras, llamaba la atención una por su forma y sus atributos mágicos y raros. La piedra fue utilizada por una bruja o partera, quien, al pasarla sobre el vientre de alguna mujer, detectaba en seguida el grado de embarazo y sabía, igualmente, si el bebé estaba “mal acomodado”. La misma piedra permitía curar algunos males, como era el caso, verbigracia, del “empacho”. No obstante, en la comunidad existen piedras para otros usos.

Una vitrina rústica encerraba tres cáliz que los purépechas de la isla siempre han supuesto fueron donados por Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán en el siglo XVI; Maximiliano de Habsburgo, emperador de México en la decimonovena centuria; y la Basílica de Guadalupe, donde los mexicanos veneran y rinden culto a la Virgen del mismo nombre, que apareció ante el indio Juan Diego, en 1531, en el cerro del Tepeyac, en la Ciudad de México, con un mensaje que debía dar al obispo fray Juan de Zumárraga para que ordenara la construcción de un templo en aquel paraje montaraz.

En el mueble reposaba la corona de la Virgen del Rosario, que antiguamente, cuando alguien se ahogaba en el lago, la comunidad la solicitaba a las autoridades porque indicaba, casi en un acto milagroso, la localización del cuerpo. Y es a la Virgen del Rosario, que se encuentra en el templo de San Jerónimo junto con otras reliquias, a la que hay que ofrecerle oraciones para que conceda, por medio de su lenguaje misterioso, que los cargueros resguarden a su Niño Jesús, de acuerdo con las tradiciones de los nativos de la isla.

Paralelamente, museo local exhibía con orgullo la imagen del Señor de la Misericordia o del Árbol, que data del siglo XVII y que es el único que los nativos adoraban en aquellos días lejanos en la isla de Janitzio. Imágenes y reliquias sacras que los moradores de Janitzio siempre han amado y sienten tan suyas.

Los ciclos marcan el inicio y el final. Todo momento llega. En Navidad, los habitantes de los nueve cuarteles que existen en la isla, conviven con entusiasmo y cada noche organizan piñatas y rosarios, sin faltar, indiscutiblemente, adornos y música.

Para algunos, Janitzio significa “flor de lluvia o de elote”; para otros, en tanto, ha modificado su nombre hasta en tres etapas diferentes. Al principio, según la creencia, se llamaba Xanichu, con la “a” al revés y con diéresis; más tarde, Janichu; finalmente, Janitzio. Significa, de acuerdo con su lengua, “cimentación de aquéllos cuantos”.

Al atardecer, el viento helado disipa las nubes y sacude los carrizos; horas más tarde, el telón de la noche duerme sobre el lago y recarga su rostro agotado, sonriente, en la isla, en el caserío misterioso que enciende sus luces de realidades y fantasías, de vivencias y de sueños.

Cual ermitaña, la isla permanece solitaria y somnolienta, compartiendo con sus moradores el ambiente lacustre y las estrellas que se reflejan, coquetas y enamoradas, en el lago oscuro, ente los rumores y los sigiles propios de las noches, en primavera y en verano, en otoño y en invierno.

Ya en la ciudad, uno repasa el paseo a Janitzio e imagina a los nativos acompañados del lago, de los carrizos y del lirio, de las garzas y de los patos, del ambiente nocturno y de las estrellas plateadas que miran su destello encantador y mágico en el agua.

En los latidos del corazón se percibe, fiel al recuerdo, el pulso de un pueblo isleño que ríe y llora, entre luces y sombras, orgulloso de descender de una raza inagotable, singular, que ha sido una en el espacio, en la historia y en el tiempo. Confieso que le dediqué algunos días, en diferentes años, y ya llevo un pedazo suyo en mi memoria y en mis sentimientos, a pesar de ser forastero en aquel terruño michoacano.

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Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Imagen de portada: Gobierno de México. Fotografías: Gobierno de México, Hotel Mansión Iturbe (https://www.mansioniturbe.com/es/index.html) y Janitzio, Michoacán, Facebook/ Galería Xanichu. Dirección: (@janitziomichoacanmexico. Guía de turismo/ Janitzio, Michoacán. https://www.facebook.com/JanitzioMichoacanMexico/)

Rutas de un viajero. Capítulo VII. Ihuatzio… la noche

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al pueblo de Ihuatzio

Es la otra hora, la noche, el espectáculo de las estrellas, en la oscuridad y lo infinito del cielo, o en la neblina que flota y se mezcla, en una añeja y tradicional alianza, con el humo que exhalan el copal, las fogatas, el incienso, las veladoras y los cirios. Son instantes nocturnos, envueltos con el prodigio de la vida y el retorno de los muertos, de acuerdo con la concepción purépecha, en su tierra nativa, en Ihuatzio.

Hay una fecha, en especial, en que las familias purépechas, reunidas en el cementerio, entre los altares con flores de cempasúchil y otros elementos indígenas, esperan a las ánimas, a sus difuntos, a la gente que a una hora y a otra, un día y muchos más, coexistió a su lado y protagonizó capítulos de una historia sin final.

Es la fiesta de los vivos para los muertos. La muerte abre paréntesis, espacios, honduras, con autorización de la vida. Bajo los sepulcros, reposan nombres y apellidos ya sin uso oficial, restos de hombres y mujeres que rieron y lloraron, gente que alguna vez asomó a los espejos y a los charcos después de las tempestades.

Semanas antes del encuentro mágico entre vivos y muertos, en aquel rincón lacustre, los sepulcros indígenas, húmedos y cubiertos de flores marchitas y hojarasca que aliento otoñal arrastra y reúne en montones, ocultan historias, recuerdos, perfiles, rostros. Exhiben nombres y fechas en cruces de madera que el aire, la lluvia, el tiempo, la polilla y el sol carcomen.

El viento es un viejo coleccionista que junta, con esmero y pasión, las flores descoloridas e inertes, y las hojas secas y quebradizas, que, finalmente, al paso de las horas, se consumen igual que gente que yace en las tumbas. Reposan los muertos de Ihuatzio en la profundidad, entre piedras y tierra, donde moran gusanos y raíces, muy cerca de ídolos y templos que pertenecieron a sus antepasados.

El cementerio es otro pueblo, morada de incontables murmullos y silencios, penumbra y soledad, donde los habitantes -al menos sus cuerpos- duermen profundamente, hasta que se desmoronan y convierten en parte del polvo, de la tierra que un día y otro, en primavera y en verano, exhibe su manto de flores aromáticas y de intensa policromía.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Un abejorro zumba entre los sepulcros, como los caracoles se arrastran en las lápidas o las lombrices se refugian en la intimidad de la tierra; pero ellos, los difuntos, permanecen dormidos e inmersos en el gran silencio, un sigilo que a veces habla. Allí, en el cementerio, se han de encontrar, al fin, padres e hijos, abuelos y nietos, parientes y amigos, hombres y mujeres que se amaron y otros que se odiaron, que escribieron, sin saberlo, la historia y el rumbo de su pueblo. Personas, después de todo, que compartieron un camino y un destino en cierto momento y paraje mundano.

Los juegos y las rondas infantiles, las palabras de amor, una mirada y otra, las tertulias, la felicidad y la tristeza, un acto heroico, las conversaciones, el trabajo en la campiña, las preocupaciones, los sueños, el éxito, todo se agota en el panteón. Cada sepulcro, desde el más modesto, que es un montón de tierra con una cruz de lámina o madera, hasta el suntuoso, es hogar, refugio de un cuerpo y de una historia callada, de una identidad con anécdotas -buenas y malas- que se desvanecen en el discurrir de los minutos inagotables y naufragan, inciertas, sobre el oleaje de la desmemoria, de la amnesia.

A un costado del otro pueblo, del que pertenece a los vivos -San Francisco Ihuatzio-, se erige, imperturbable, el de los muertos –necrópolis-, y es allí, precisamente, a donde los moradores purépechas se dirigen, primero, el 1 y el 2 de noviembre de cada año, y luego, a la siguente semana, a lo que llaman la octava, cuando los muertos retornan al más allá, según la creencia popular en ese rincón indígena.

Costumbre es, en Ihuatzio, acudir al cementerio, la mañana del 1 de noviembre, con intención de llevarles ofrendas a los niños, a los pequeños que murieron, a los que llaman angelitos. Les llevan agua, flores, fruta, pan y veladoras, que colocan en las tumbas, para posteriormente orarles y recordarlos como eran en este mundo, alegres, risueños, o acaso huraños o traviesos, pero al fin niños.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Quizá por el amor tan intenso que sintieron por ellos o tal vez porque fueron parte de sus corazones y de sus vivencias, hay quienes todavía acostumbran llevar calabazas, chayotes, dulces, pan en forma de conejos y gelatinas a los pequeños difuntos. Otros colocan juguetes en las criptas infantiles. Dejan las canicas, el carrito, el soldado, o la muñeca, la pelota, la estufa y las tazas minúsculas de barro, para que ellos, los niños que murieron, se diviertan, como antes, cuando los matices campo se reflejaban en sus ojos y el sabor de las golosinas deleitaba sus paladares.

Muñecas, pelotas, sonajas, para que la algarabía infantil se hospede en el hueco de algún corazón que llora la ausencia de un hijo, de una hija, que un día o una noche, a cierta hora, se retiraron de la cuna, del campo, de la escuela, para arrullarse con el canto de la muerte tan coqueta e insinuante. Quien asiste al funeral de un hijo, se siente roto y jamás recupera los pedazos ausentes. Y si la ofrenda tiene o carece de una fotografía del pequeño difunto, ¿qué importa, si los familiares y padrinos lo recuerdan con amor y le dedican plegarias? Lo llevan en su interior.

Fundado en 1525 por misioneros franciscanos, Ihuatzio es pueblo de costumbres, fiestas y tradiciones; en consecuencia, cuando las pinceladas de la tarde tiñen el cielo, anunciando el ocaso del día, los moradores se reúnen en el templo con la finalidad de dirigirse al cementerio, en procesión.. Al caminar por las callejuelas chuecas, por donde otrora transitaron sus difuntos, ellos, los de la procesión, cantan y oran, entre sus silencios, hasta que llegan a su destino, al cementerio, a las tumbas.

Paralelamente, otras personas dedican la tarde del 1 de noviembre a instalar arcos con calabazas, flores de cempasúchil y ciertos motivos en los espacios del pueblo que cada año destinan a ceremonias y danzas. Durante la agonía de la tarde, el crepúsculo contagia las nubes que se reflejan en el agónico y legendario lago de Pátzcuaro, exhibiendo un maquillaje fugaz e idéntico al de las flores de cempasúchil y al de la vida que se consume cada instante. Es la hora de la nostalgia. Duele la falta de vida, lastiman los espacios de los ausentes, hieren los huecos de los que ya no están.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

A las doce de la noche, el paisaje nocturno de Ihuatzio, siempre acompañado de montañas que esconden vestigios prehispánicos de los purépechas, se incendia con incontables fogatas, velas, cirios y veladoras que proyectan siluetas de gente, sepulcros y arcos con flores.

Huele a vida y a muerte. Es la hora de los recuerdos. Los nativos conversan alrededor de los sepulcros. Todos ofrendan a sus familiares fallecidos; unos colocan, esa noche, agua, comida y bebidas embriagantes que más agradaban a los que se fueron y regresan, según sus creencias.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

No sólo hay ofrendas en Ihuatzio; también presentan la danza de los Moros y la otra, la del Viejo y las Huapanas, que es típica del poblado. La madrugada del 2 de noviembre y la noche de los ocho días posteriores, los habitantes de Ihuatzio, nuevamente llevan ofrendas hasta las tumbas.

Durante la octava, ellos, amigos, familiares y padrinos de los difuntos, colocan ofrendas con el propósito de que éstos, los que vinieron de visita de ultratumba, se marchen con provisiones necesarias. Si el ser querido tiene menos de un año de muerto, sus parientes colocan un arco de carrizo cubierto con flores de cempasúchil, que adornan, con frecuencia, con angelitos. Oran y piden por su eterno descanso.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

La noche de muertos y la octava, son dos fechas especiales en Ihuatzio, que los moradores, los que todavía viven, aprovechan para recordar a los que emprendieron la marcha a otras rutas, a sendas insospechadas, a los que traspasaron la línea de la existencia, la frontera de este mundo.

Ihuatzio pertenece al municipio de Tzintzuntzan y se encuentra entre esta población y las de Cucuchucho y Tzurumútaro. Se localiza a cinco kilómetros de Pátzcuaro. Algo palpita en esta tierra. ¿El pasado, con sus vestigios de barro y piedra enterrados, ocultos? ¿Los purépechas difuntos, atrapados en sepulcros, en tumbas cubiertas de flores, hojas y cera? ¿El paisaje lacustre? En algún rincón de Ihuatzio, el aventurero convivirá con los indígenas, con los nativos que recuerdan a sus muertos, quienes indudablemente le invitarán pan con forma de conejo y atole, y mientras el día agoniza y se apaga en el horizonte, en el reflejo efímero y plomado del lago d Pátzcuaro, las luces de los cirios y de las veladoras iluminarán la noche y proyectarán siluetas de gente, sombras de árboles y tumbas. Serán, después de todo, la vida y la muerte en sus noches de convivencia.

Ihuatzio, Michoacán. Noche de muertos.

Protegido del viento helado con chamarra y acaso con una mochila sobre la espalda, el viajero caminará entre sepulcros que exhalan aroma de cera y flores, pensando en la vida y en la muerte, en el recuerdo y en el olvido. ¿Cuál tiene mayor fortaleza? La muerte se siente invicta, suprema, intocable; pero el recuerdo sobrevive y el olvido, al final, lo consume todo. No obstante, el consuelo es que la vida es ciclo y se renueva cada instante… Las flamas de las veladoras se apagarán en Ihuatzio; pero otro día, quizá al siguiente año, volverán a encenderse, como las flores cuando se marchitan y mueren con el anhelo y la esperanza de renacer en la campiña. Tras un ocaso, siempre hay una aurora.

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De

Rutas de un viajero. Capítulo VI. San Francisco Ihuatzio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A los habitantes de San Francisco Ihuatzio y en memoria de aquellos años

de viajes y expediciones en tierras michoacanas

Autor del Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Fotografía de portada. Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Mich, (Facebook)/ Imágenes: Colección El Sol Turístico, Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Mich. (Facebook) y foro-mexico.com.

Las trenzas de la niña, envuelta en un rebozo, permanecen amarradas con listones amarillos, azules, morados, naranjas, rojos y verdes, como los colores que exhala la naturaleza después de una lluvia y muchas más, al brotar las flores, las hojas y las frutas con sus matices, texturas y perfumes.

Ella, la pequeña, luce orgullosa su vestuario indígena, igual que los de las abuelas purépechas, con delantal bordado, falda con pliegues y rebozo; pero se sabe hermosa con sus trenzas negras y sus rasgos de doncella purépecha. Presiente, en silencio, que su linaje ha sido grandioso y que viene de un ayer de gloria y esplendor. Define su espíritu y sus rasgos en el perfil de las montañas, en la fragancia de la campiña, en el color de la tierra.

San Francisco Ihuatzio. Fotografía: foro-mexico.com.

Como ella, otras niñas, adolescentes, jóvenes, señoras y ancianas, se sienten emocionadas y felices con su indumentaria y caminan por las callejuelas del pueblo -San Francisco Ihuatzio-, que fundaron los misioneros franciscanos durante las primeras horas coloniales, en el siglo XVI, cuando la gente vivía en el cerro, donde se yerguen, señoriales e imperturbables, las piráides.

Mujeres purépechas de San Francisco Ihuatzio, Michoacán. Foto: Colección El Sol Turístico.

Se trata de la fiesta de San Francisco de Asís, patrono de ellos, los moradores de Ihuatzio, que en lengua indígena significa “lugar de coyotes”, “donde los coyotes bajan a beber agua” o “en casa del coyote”. Los habitantes aprendieron a amar a San Francisco de Asís, que los frailes llevaron, representado en una escultura, durante las horas distantes de 1525, fecha desde la que lo consideran pare de ellos y de las cosas que más quieren.

La imagen original de San Francisco de Asís, permanece en su nicho, en el altar del templo; pero dos réplicas son preparadas con la intención de llevarlas, en procesión, por las calles que conservan algunas casas de adobe con tejas y puertas de madera, al estilo de los pueblos de la zona lacustre de Pátzcuaro.

Imagen de San Francisco de Asís. Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

Representan a San Francisco de Asís, con el hábito que recuerda la ropa de los campesinos italianos de los siglos XII y XIII, de acuerdo con las opiniones de algunos presbíteros que han resguardado el lugar; además, ambas imágenes, una más grande que la otra, llevan el crucifijo que simboliza el amor y la pasión que él, el santo, sintió por Cristo. En la otra mano, cada imagen sostiene un cráneo que recuerda a los nativos de Ihuatzio la finitud de la existencia y, a la vez, que él, San Francisco, fue un hombre que padeció dolor por su gran amor a Dios, a Cristo y a la creación.

Entre la multitud concentrada en el atrio, donde los “coheteros” preparan el “castillo”, y en las calles aledañas al templo vetusto, la niña de las trenzas observa la torre y el campanario. Recuerda que sus padres, sus tíos y sus abuelos siempre han platicado acerca del coyote de piedra empotrado en la torre, imagen de animal que sus antepasados purépechas consideraban sagrada, hace centurias, antes de la conquista que emprendieron los españoles por estas tierras que ahora son historia, leyenda, añoranza, tradición, suspiro.

Preparativos para la fiesta, en Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Parroquia
de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Sus ojos brillantes y grandes de niña indígena, reflejan el campanario y la torre, con la evocación permanente de la escultura del coyote, acaso en un juego enigmático y complejo, que recuerda la fusión de dos razas, la asimilación de una cultura y de otra, el enlace entre dos religiones, porque, finalmente, parece, sólo hay un palpitar en el universo con una multiplicidad de rostros. Si los antepasados de la criatura indígena creyeron en lo que representaban las deidades de piedra -expresiones profundas y sabias de la vida, después de todo-, asimilaron, tras siglos de catecismo, la religión impuesta por los conquistadores y los evangelizadores españoles.

Y si un día lejano, ya olvidado, rindieron culto a una o a otra deidad de piedra, barro o madera, o si después fueron devotos de Cristo, de la Virgen María y de los santos, que convirtieron, incluso, en patronos de sus pueblos, iban por el mismo camino, por senderos paralelos, porque aquí, allá y en todas partes, el soplo de la vida y del universo proviene de la misma fuente.

Lo seres humano pueden representar la energía primaria, la fuerza esencial de vida, a través de una imagen -un ídolo, un santo-; pero la fuente, el origen de la creación, es el mismo, y todos, indígenas y europeos, transitaban hacia un fin similar. La religión sólo era el sendero para llegar a la meta espiritual que les anunciaron sus líderes; pero la verdad permanecía oculta y latente al otro lado, a la vuelta, en algún escondrijo de su interior. Algunos más, en cambio, argumentan que simplemente se trató de otra conquista, la de las ideologías y las creencias.

El coyote en la torre católica, el estilo de la fachada del templo de San Francisco o el ritmo prehispánico de las chirimías de barro y el tambor rudimentario que contrastan con las notas de la banda de viento, forman parte del sincretismo de los pueblos enclavados en esa tierra. Hasta el nombre del poblado, San Francisco Ihuatzio, sugiere la unión de dos culturas disímiles, pero inseparables a través de las centurias.

Ya en la mañana de ese día, el 4 de octubre, la gente se levantó temprano y acudió al templo con el propósito de cantar Las Mañanitas a su santo, a San Francisco de Asís, y participar en la misa, mientras el estruendo de los cohetes se mezcla con el campanario y con el murmullo de asnos, gallos, pájaros y vacas.

Esa tarde, la niña mira, contempla, aprende, porque San Francisco Ihuatzio, como otros pueblos purépechas, es lugar de costumbres, fiestas, leyendas y tradiciones. Es el hogar, la morada indígena, donde ella, la pequeña, asimila el mundo de los mayores, de sus abuelos, de sus padres, de la gente que ha transitado en el devenir de las centurias.

Cuatro caballos con moros encabezan la procesión por las callejuelas chuecas y desniveladas, siguiéndoles la banda de música de viento que emociona a los niños, a los jóvenes, a los adultos, a los ancianos, quienes caminan y llevan flores, veladoras y recipientes con copal. El pueblo huele a fiesta, a alegría, a bebidas y platillos típicos.

No son pocas las mujeres que lucen y presumen atuendos y delantales bordados. Saben que cada delantal bordado, que requiere de uno a dos meses de elaboración, cautivará la atención de los visitantes. Es su ropa, son sus cosas, es su costumbre.

Solemnes, las mujeres indígenas llevan una flor, una vela, un incensario o copal, que ofrecen al patrono, a su santo, a San Francisco de Asís, en su día; aunque la fiesta, en la que algunos cargueros invierten enormes cantidades de dinero, se prolonga cinco o seis días. Es la festividad de San Francisco Ihuatzio.

Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Continúan los soldados. Ellos batallarán más adelante, en las calles que forman una cruz, en honor al santo que en el siglo XVI llevaron al poblado indígena los evangelizadores franciscanos. Tras ellos, otras mujeres avanzan con la distinción de llevar estandartes de Cristo y de la Virgen, antecediendo a quienes cargan las dos imágenes de San Francisco de Asís.

El sacerdote camina al lado de una de las imágenes, rodeada de mujeres que oran y pretenden depositar, en el templo, flores y velas. Caminan emocionadas y orgullosas. Todos sienten felicidad. Son los instantes que esperaron durante el lapso del año.

Los músicos de la banda de viento, caminan despacio y emotivos, mezclando sus notas con las de los dos hombres que tocan las chirimías de barro y las del tambor rudimentario, un descendiente del teponaxtle, que carga un niño purépecha. Los tres personajes -los de las chirimías y el tambor- reconocen que se trata de instrumentos que representan las bandas primitivas de música. Se sienten contentos y orgullosos de tocar la música de sus ancestros.

Otros hombres, apartados de la multitud, lanzan cohetes que estallan arriba, a unos metros de los tejados. El estruendo se propaga, huye por la ribera del lago y se pierde en las montañas. En otros pueblos lacustres, reconocen que ellos, los nativos de Ihuatzio, celebran su tradicional fiesta patronal.

Hay quienes asoman en las puertas y las ventanas de sus casas para observar, más cómodos, la procesión de San Francisco de Asís; pero los que tienen el mérito son, precisamente, aquellos que se suman a la fiesta, porque pertenecer a una raza como la purépecha y vivir sus tradiciones, ofrece un sentido auténtico dentro de sus existencias.

Callejuela típica de Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

Ya en las calles que, por su trazo, forman la cruz, el sacerdote recuerda que fue en 1525 cuando los otros, los de ayer, los evangelizadores franciscanos, establecieron su primer ermita en Ihuatzio. Ellos, los misioneros, legaron a San Francisco de Asís como patrono y, además, para que aquellos, los nativos, no olvidaran seguir el camino de su vida ejemplar de humildad y sencillez.

Fiesta en Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

En los pueblos fundados por franciscanos, los frailes dejaron un Cristo y una Virgen -la Inmaculada Concepción-, dos pilares de la evangelización. San Francisco llevó las llagas de Cristo. Los franciscanos recurrieron al dibujo y a la escenografía para evangelizar. No es raro encontrar, por lo mismo, frescos en los conventos; tampoco extraña el hecho de que utilizaron las pastorelas y otras escenas como método de enseñanza cristiana.

Al concluir las explicaciones sacerdotales, los cantos y las oraciones que los purépechas dedican a San Francisco de Asís, los moros inician su danza al ritmo de la banda de música de viento que se suma al estruendo de los cohetes. Cuando termina la danza de los Moros, reinicia la procesión por las callejuelas, rumbo al templo de San Francisco de Asís. La multitud camina henchida de euforia, rodeada de colores y envuelta en el humo de los juegos pirotécnicos, el copal y el incienso.

Nuevamente se escuchan las notas prehispánicas, antiquísimas, de las chirimías y del tambor, que el viento arrastra y lleva hacia el ayer, a las páginas ocultas de la historia. Cuántas costumbres, historias, leyendas y tradiciones existen en Ihuatzio y en los pueblos purépechas, donde todavía permanece en la memoria colectiva el recuerdo de hombres como fray Jacobo Daciano o de Dacia, quien vivió en Tzintzuntzan y en no pocos asentamientos indígenas, hasta que murió en Tarecuato.

Música de banda de viento. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

Y es que en las primeras horas coloniales, los indígenas no tenían derecho a los sacramentos; la comunión les era negada. Un día, en apoyo a la tesis de fray Jacobo Daciano que defendía a los nativos, un sacerdote sintió que la hostia se desprendió de sus manos durante la misa y ésta, como un mensaje y un milagro divino, quedó suspendida y fue hasta los labios de una indígena, de acuerdo con la tradición.

Ese hombre, fray Jacobo Daciano, príncipe de nacimiento, quien mantuvo el secreto de ser hijo de los reyes Juan y Cristina, poseía la facultad de aparecer en varios lugares al mismo tiempo y levitar, según la tradición oral, comprendió que los indígenas no eran bestias, sino seres humanos, y los defendió y protegió. Tuvo enemigos dentro del catolicismo, es cierto; pero amó a los indígenas, quienes lo consideraron santo y hasta la fecha lo recuerdan como su benefactor.

Los nativos continúan su procesión, hasta que, finalmente, son recibidos con cohetes y música en el atrio y acceden al templo, donde colocan las imágenes de San Francisco de Asís, las flores, las velas y las veladoras. También llevan ofrendas, que consisten en fruta y pan. Preparan arroz con mole y pollo, junto con algunos otros platillos de origen purépecha. Es día de fiesta. Por algo elaboran más de mil quinientas piezas de pan que reparten entre los asistentes.

Todos los participantes de la procesión ingresan al templo y escuchan las palabras del sacerdote, para más tarde, ya en la noche, asistir al baile y presenciar el “castillo” que se incendia, explota y lanza mil luces que se desvanecen como las horas, la lluvia y la vida.

Refiere la tradición oral que hace muchos años, los antepasados de quienes hoy moran en Ihuatzio, tenían la costumbre, como la gente de otros pueblos, de llevar, durante Semana Santa, sus Cristos a Tzintzuntzan. Las imágenes coloniales de Cristo, muchas de pasta de caña, permanecían toda la Semana Santa en Tzintzuntzan, hasta que el siguiente miércoles, en la Semana de Pascua, los peregrinos regresaban de los pueblos y los trasladaban, en procesión, a sus respectivos templos.

Discurrían las horas de 1918, en Semana Santa, cuando una epidemia se registró en Ihuatzio y la región, causando la muerte de innumerables personas. Angustiados y entristecidos, los habitantes de Ihuatzio decidieron trasladarse hasta Tzintzuntzan con el propósito de visitar a su Cristo, el Señor de la Expiración, a quien suplicaron evitara más muerte y desterrara la epidemia.

Señor de la Expiración. Fotografía: Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Ante la admiración y la fe del pueblo, la epidemia se disipó, según conta en la memoria colectiva, en las pláticas de abuelos a nietos, de padres a hijos. Desde entonces, el Señor de la Expiración tiene su fiesta en Ihuatzio, que coincide, precisamente, con el miércoles posterior a Semana Santa, en recuerdo de aquel acontecimiento.

Altar con el Señor de la Expiración, San Francisco de Asís y otras imágenes sacras. Fotografía: Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Hay varias fiestas en Ihuatzio. El 15 de mayo de cada año, verbigracia, los campesinos llevan la imagen de San Isidro Labrador a las parcelas, acompañada, desde luego, con música de banda de viento. Se trata de la temporada de siembra.

Entre otras celebraciones, hay que recordar la danza de las Huapanas, que se presenta dos veces en diciembre y dos en enero. Es la danza que evoca la fundación del pueblo de Ihuatzio. Las mujeres descienden del cerro, donde están las pirámides, en busca de agua; en ese momento aparece un viejo que las cuida y aconseja. Todas las danzantes forman un tejido que simboliza la unión de Ihuatzio.

La danza de la Malintza se presenta el 12 de diciembre. Es representada por niños. Aparece el sol con las estrellas, con quienes baila; sin embargo, llega la Malintza con intención de conquistar al astro. Se unen las estrellas y expulsan a la Malintza. El bailable se realiza frente a la Virgen de Guadalupe.

Imagen sacra. San Francisco Ihuatzio, Michoacán, México.
Fotografía: Colección El Sol Turístico.

El templo posee una colección reliquias coloniales, destacando el Señor de la Expiración, San Francisco de Asís, San Nicolás, Virgen de Agosto, San Isidro Labrador y Virgen de la Candelaria, entre otras. Llaman la atención, en algún rincón del conjunto religioso, la presencia de dos imágenes coloniales de manufactura indígena, la de Cosme y la de Damián, de las que referían los otros, los antepasados de los nativos, que fueron descubiertas en un potrero, entre piedras, y que si bien es cierto que inicialmente eran dos bultos que apenas sugerían la identidad de los santos, fue a través de los días, de los años, cuando adquirieron forma y tamaño, hasta llegar a las características actuales.

Imágenes sacras. Ihuatzio, Michoacán.
Fotografía: Colección El Sol Turístico.

También hay quienes cuentan que el coyote original de piedra, cuya réplica fue admirada por tantas generaciones en la torre del templo, lo descubrió un campesino en un predio de labranza. Un hombre, al sembrar en su parcela, topó con una gran piedra, la cual dejó por un rato; pero al regresar, descubrió totalmente desenterrada la escultura del coyote, de acuerdo con la tradición oral.

Imagen sacra. San Francisco Ihuatzio.
Fotografía: Colección El Sol Turístico.

Ihuatzio pertenece al municipio de Tzintzuntzan. Se localiza entre Tzurumútaro y Tzintzuntzan. Se encuentra a cinco kilómetros de Pátzcuaro. Cuenta, además, con una interesante zona arqueológica. En días prehispánicos, los purépechas convirtieron las pirámides de Ihuatzio en centro ceremonial y observatorio astronómico. Allí rindieron culto a Curicaveri y a Xaratanga.

Templo de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Michoacán (Facebook).

Anochece. La neblina impide apreciar, como otros días, las estrellas que se reflejan en el lago plomado y legendario de Pátzcuaro; pero cuando estallan las luces del “castillo”, iluminan el caserío, los rostros y el paisaje, hasta que los destellos se desvanecen y retorna la oscuridad.

Detalle en la fachada del templo de San Francisco de Asís, en Ihuatzio, Michoacán. Fotografía: Colección El Sol Turístico.

La pequeña de las trenzas con listones policromados, estremece y algo impreciso la estimula a acudir a la memoria colectiva, donde aparecen, cual fantasmas, las siluetas de sus antepasados. Sus abuelos y sus antecesores, todos de linaje purépecha, la abrazan. Son los nativos del ayer quienes parecen retornar a la tierra nativa. Reconocen a la niña y la abrazan entre el humo del copal y las luces efímeras de los juegos pirotécnicos. Voltea la pequeña durante el estallido de las luces, contempla brevemente a su familia, a los habitantes de Ihuatzio, y nuevamente regresa la oscuridad, hasta que la música de la banda de viento irrumpe e inicia el baile, porque la vida es eso, luz y sombra, alegría y tristeza, calor y frío, y es cierto que Ihuatzio lo enseña.

Derechos reservados conforme a la ley

Autor del Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga. Fotografía de portada. Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Mich, (Facebook)/ Imágenes: Colección El Sol Turístico, Parroquia de San Francisco de Asís, Ihuatzio, Mich. (Facebook) y foro-mexico.com.