Paleta de colores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida es una paleta de colores y uno, en tanto, artista que pinta cada instante, momentos que se presentan irrepetibles, minutos y horas que anhelan crecer y transformarse en adultos, en días y en semanas, tal vez en meses y en años. El aire que acaricia el rostro y juguetea y revuelve el cabello, posee tonos intangibles, que se sienten y se viven. La libertad, igual que la brisa y el viento, se experimenta y es imposible encarcelarla y borrar sus colores. El amor es auténtico y sus tonalidades no necesitan maquillajes. La dignidad, los sentimientos, la nobleza interior, el bien y la verdad se sumergen y flotan en un océano magistral y prodigioso que cada persona, hombre o mujer, pinta entre un suspiro y otro, una mañana de primavera y una tarde de verano, una noche de otoño y una madrugada de invierno, y aparecen ante la mirada en una estación de la vida y en muchas más, desde el cunero hasta la tumba, con una obra cautivante o simplemente con máculas y rayones. Los matices del alma son, parece, trozos del infinito, reflejo del paraíso, pedazos de cielo, pinceladas de Dios.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Náufrago de otro tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soy náufrago de otro tiempo, sobreviviente de días acumulados y consumidos en un paisaje y en otro, con una historia cargada de recuerdos, entre las luces y las sombras de cada momento irrecuperable, preparado, por cierto, para descubrir y recorrer nuevos caminos. Vengo de fechas que ya no existen, horas que se desvanecieron y resultaron breves por haberlas vivido mucho, tantas veces como me fue posible, entre sueños y realidades que cincelaron mi rostro y consintieron las pintara con los matices de mi alma y mi barro. Estoy aquí, en otra estación que ahora exploro, en medio de la arcilla y de la esencia, con la tierra y el cielo arriba y abajo, atrás y enfrente, a los lados, con todo y nada, pletórico de recuerdos e historias, con el anhelo de vivir y con una canasta que espera que recolecte las flores de cada instante. Soy, parece, eco y pedazo de un ambiente que ya es antaño, y me siento aventurero con incontables capítulos épicos, en espera de relatarlos durante mis noches de pláticas y silencios. Aquellos años los viví y permanecen fieles a mi experiencia, a mis recuerdos, a mi biografía; los de hoy, en tanto, me esperan en cada puerto, con una sonrisa o con un rostro fruncido, con la cara alegre o las facciones entristecidas. Tengo libertad de elegir la ruta y el destino. Soy náufrago de otro tiempo, vestigio de una hora y muchas más que apenas ayer eran hoy. No existe invierno todavía, pero entre las gotas de lluvia y las hojas doradas y quebradizas, solo hay un suspiro. Sobrevivo a otra época, como la flor de primavera que aparece entre verano y otoño, cuando los tonos y las fragancias anuncian el deseo vehemente de abrazar la vida que en el minuto presente intenta escapar anticipadamente y dejar abandonadas listas de ausencias, árboles deshojados y exceso de asientos vacíos.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Blogueros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Construimos y adornamos nuestras casas todos los días con las flores que cultivamos y los poemas que escribimos y colgamos una mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche estrellada, mientras la humanidad transita a un lado y a otro o se refugia en sus sueños cuando duerme.

Unos somos artistas -escritores, poetas, músicos, pintores, dibujantes, escultores-; otros, en cambio, se entregan a fórmulas prodigiosas de la cocina, a recetas de sabores, aromas, colores y formas que deleitan y cautivan los sentidos, o al maquillaje, a las modas, al embellecimiento de la gente, e incluso al ejercicio, a la salud.

Algunos toman a sus lectores de las manos y los llevan a recorrer todos los rincones del mundo, entre arquitectura, escenarios naturales, ruinas, museos, callejuelas, jardines, plazas y sitios encantadores, hasta que se sienten parte de la lista de pasajeros de un crucero, un autobús, un yate o un avión. Llevan a la gente a paseos bellos e inolvidables, y aparecen ante su mirada los restaurantes y cada espacio mágico.

Los patinadores, gimnastas, arqueólogos, excursionistas, consejeros y coleccionistas también comparten sus experiencias y dan lo mejor de sí en sus espacios, y en cada blog se nota la entrega auténtica y el orgullo de publicar algo propio y compartir, a través de citar a los autores y las fuentes, información de gran interés. Sin sospecharlo, formamos parte de una hermandad que

Otros impulsan sus creencias e ideologías o tratan asuntos científicos, de salud, académicos, técnicos, sociales y económicos, o recorren, apasionados, las páginas de la historia, las costumbres de la gente, las teorías y todo cuanto forma pare del conocimiento humano.

Los que publican acerca de temas políticos y religiosos, defienden sus convicciones desde sus trincheras; pero no atacan ni obligan a los demás a creerles. En sus opiniones, la mayoría de los blogueros somos respetuosos. Formamos parte, quizá sin sospecharlo, de una hermandad interesada en hacer del mundo un cielo, un terruño de alegría, progreso, dignidad, respeto y paz.

Hay quienes publican sus fotografías, sus creaciones, sus recuerdos, sus observaciones, sus análisis, y todo suma y multiplica en la medida que aporta y derrama el bien y la verdad. Dentro de tanto material que se ha dedicado a intoxicar los medios de comunicación y las redes sociales, un blog y muchos más, cuando son auténticos y bien intencionados, independientemente de los temas que traten, se convierten en luceros que alumbran las noches de millones de seres humanos en el mundo.

De todas las razas, edades y creencias, los blogueros partimos desde las bases y cotidianamente, a través de disciplina, esfuerzo, constancia y pasión por lo que hacemos, entregamos el ladrillo, el ornamento, el detalle que embellece las casas que edificamos, los puentes que construimos, los espacios que cubrimos con lo que es tan nuestro y compartimos a los demás.

Como artista y escritor, me he preguntado una y otra vez, aquí y en incontables foros, ¿dónde se ocultaron los autores, los intelectuales, cuando por ser figuras públicas reconocidas, deberían de contribuir a iluminar a la humanidad en horas en que el mundo se ha apagado? ¿Dónde está la mayoría de ellos? ¿O será, pregunto, que prefieren auditorios pletóricos que les aplaudan y compren sus obras?

Igualmente, como periodista, y siempre con admiración y respeto a mis colegas que actúan con honestidad y profesionalismo, me he preguntado, con la respuesta que surge de inmediato, ¿por qué se han convertido, en gran parte, en mercenarios serviles de quienes los mantienen, los controlan, los manipulan y al final los desecharán?

Y lo mismo podría hablar de académicos, científicos, médicos y otros que han olvidado la esencia para cubrirse con maquillajes superficiales y temporales. ¿Dónde se encuentran, en una etapa en que millones de seres humanos los necesitan? ¿Dónde los líderes políticos, sociales y religiosos?

Estos meses de incertidumbre humana, he recorrido, cual viajero que transita de una estación a otras más, incontables espacios de blogueros, y todos, a pesar de las limitaciones técnicas, han aportado algo bueno, como quien siembra semillas que un día florecerán digna y libremente en un jardín ausente de fronteras y abismos.

Quienes creemos con amor y pasión en lo que somos y hacemos, definitivamente seguimos presentes con la intención de enriquecer nuestros hogares cibernéticos, los recintos en los que publicamos y difundimos lo que producimos y convidamos al público que hace favor de visitarnos.

A excepción de aquellos que se dedican a plagiar obras y exhibirlas como suyas -textos, fotografías, dibujos, ideas, recetas-, a los que hay que denunciar públicamente con firmeza y valor -yo lo hice al descubrir que alguien había robado tres párrafos de mi publicación Gota de agua, los cuales publicó en francés-, la mayoría de los blogueros nos entregamos a la creación de lo que es tan nuestro y convidamos a los demás con alegría, como las nubes plomadas que comparten sus gotas diáfanas o las noches oscuras de las que cuelgan luceros que alumbran los caminos y dan sentido a las rutas.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La música que te dedico

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La música que te dedico es la que componen los poetas al escribir sus versos y leen, una noche de luceros, especial e inolvidable, a sus musas. Las notas que te entrego en el pentagrama, conservan rumores y silencios del paraíso, y están impregnadas con las voces de las cascadas y los océanos. La música que escapa, a esta hora y a otra, es el canto del arpa, el piano, el violín, la flauta, el clarinete y el violonchelo. La música que te regalo es la paleta de matices que descubro en las flores, con sus texturas y perfumes, y también es el agua de la fuente. La melodía que te entrego es mi inspiración, el dictado de mi alma para la tuya, el lenguaje de nuestro amor al reunirse aquí y allá, y el vuelo libre y pleno de la gaviota, la libélula y la mariposa. La música que busco para ti, es, parece, trozos de cielo y mundo, pedazos de esencia y arcilla, fragmentos tuyos y míos. Es el burbujeo de los manantiales, los gritos de la vida, los susurros del viento, los murmullos de la lluvia y la nieve. Se trata, pienso, de los sentimientos y las ideas cuando uno y otro, ella y él, tú y yo, se abrazan y escuchan el sigilo y los sonidos que provienen de la más hondo de las almas. La música que te ofrezco es el secreto que uno escucha al cerrar los ojos y abrazar, en el bosque, un abeto. La música que te dedico es el amor de un artista, de un escritor que hunde los pies en el barro y recibe las gotas de lluvia que se precipitan de la altura, con sabor y fragancia de ángeles; pero es, ante todo, el idioma de Dios, su lenguaje, y quizá, sus palabras al contemplar el nacimiento de los árboles, las flores y las plantas en alguno de sus jardines.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Recuerdos: Diario de la Tarde. Advenimiento del 1910

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La historia humana permanece disuelta entre la memoria y la amnesia, inscrita algunas veces en trozos de papel, ruinas y vestigios, y otras ocasiones, en cambio, perdida o escondida, extraviada en refugios que uno busca aquí y allá, y explora, cuando los descubre, un día y otro, sin tregua ni importar la hora.

Hay instantes en los que asoman fragmentos del ayer, pertenecientes a otra gente que tuvo nombres y apellidos, cuya ausencia apenas se advierte dentro de la trama de la vida y la dinámica del minuto presente que arrasa imágenes y recuerdos distantes, atorados en orillas rotas e irreconocibles o atadas en su naufragio irremediable.

Ahora, al revisar una de las páginas amarillentas y quebradizas del Diario de la Tarde, impresa en la aurora de 1910, en Morelia, capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México, encontré una nota que reseña una celebración de fin e inicio de año, como otras que se registraron en el mundo por el mismo motivo. El título de la publicación es Advenimiento del 1910.

El texto periodístico empieza casi poéticamente, con una reflexión con sabor a verdad y amargura: “un día, igual a otro, lo mismo que los meses, que los años, pero la humanidad no piensa que la aparición de un nuevo año significa el anuncio de que hemos descendido un escalón en la fatal escala que conduce al sepulcro, se regocija y alboroza, y con alegre entusiasmo saluda a la aurora del primero de enero”.

Lejos estaba de imaginar aquella sociedad aristócrata que moraba en palacios con columnas, muros y pasillos de cantera, y salones lujosos, con fachadas, portones de madera y balcones con herrajes, que meses más tarde, casi al finalizar el año que festejaban, el 20 de noviembre de 1910, iniciaría el movimiento revolucionario en México, con sus luces y sombras, más allá del significado que le han dado, a través de las décadas, políticos, intelectuales y académicos con ciertos rasgos e intereses comunes.

La narración periodística refería que “Morelia no faltó a la mundial costumbre, y muchas fueron las casas en que se celebraron agradables reuniones para esperar el instante -las doce de la noche. en que se habían de cambiar cariñosas felicitaciones, para seguir después en regocijada animación, hasta que en el oriente apareció el primer destello de luz solar”.

Y cita los templos virreinales, construidos, en amplio número, durante las horas y los días del siglo XVIII, incluso con antecedentes, algunos, de las centurias decimosexta y decimoséptima, que “desde las primeras horas de la noche se vieron llenos de fieles que iban a dar gracias por las mercedes recibidas en el año que expiraba, y en jardines, plazas y calles se notaba gran animación, contribuyendo a ello el H. Ayuntamiento que dispuso magnífica iluminación, serenatas y fuegos artificiales”.

Así, el autor anónimo recuerda que “en el Salón Morelos, después del picante Granito de Sal, la empresa Alva y Cía. dispuso la exhibición de vistas cinematográficas novedosas y de actualidad, y en esta forma se esperó el 1910 que fue saludado con dianas y aplausos”.

Hay que recordar que México se agotaba, entonces, con lo que la gente consideraba una dictadura que inició, en 1877, el general Porfirio Díaz Mori, quien favoreció las inversiones extranjeras, impulsó el ferrocarril y la arquitectura afrancesada, propició el latifundismo y descuidó, en tanto, a las clases menesterosas que trabajaban, en condiciones de esclavitud disfrazada, en haciendas, minas y cultivos de caña de azúcar y henequén, entre otros. México estaba fracturado. Ya venía enfermo e incompleto del siglo XIX. En 1910, los pedazos del país eran contrastantes y ya olía a descomposición social, a descontento, a rebelión.

No obstante, de acuerdo con la reseña publicada en el ejemplar de Diario de la Tarde, que en esa época costaba dos centavos, “entre las fiestas más notables, está seguramente el concierto y baile organizado por la familia López, y que tuvo verificativo en su casa, número 47 de la calle del Águila, habiéndose desempeñado con grande acierto todos los números” del programa, “ante el distinguido concurso de las familias invitadas a la fiesta”.

Concluye la reseña y da a conocer, en dos partes, el programa cultural de la mencionada reunión, entre las que destacaron el Vals N° 1 de Durand, que tocó el señor Francisco Plata; Secreto, melodía de Tosti, que cantó el señor Francisco Alonzo. También aparecen en la lista, Canzone d´Azucena, de Verdi, que cantó la señorita López, junto con La Partida, de L.G. Urbina, Tosca y Pregiere, ambas de Puccini. Las cantaron el señor Adalberto López y la señorita Josefina López, respectivamente.

No faltaron, dentro del programa, Rapsodia Húgara N° 5, de Franz Liszt, interpretada por Francisco Plata, y Sprito Gentil. Favorita y Fantasía, de Donizetti, entre otras piezas clásicas.

Simplemente, el artículo Advenimiento del 1910, publicado en el Diario de la Tarde, en enero de ese año, es el relato de una fiesta privada, como tantas que se celebraron en Morelia, en la República Mexicana y en el mundo, con alegrías y tristezas, con esperanza e ilusión, con el sí y el no de la vida. Cada generación protagoniza su historia y enfrenta los desafíos de su propio destino.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Fotografía: Cortesía de La Página Noticias/ Víctor Armando López Landeros

No estaban en el manuscrito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No estaban en el manuscrito. Busqué, primero, en la papelera de mi escritorio, en los cajones, en el suelo; más tarde, desesperado, hurgué en el cesto de la basura. En la novela que escribía entonces –Los señores Pérez o la otra infancia-, se percibía la ausencia de dos hojas -cuatro páginas- que esa mañana, inspirado, había escrito. En ese momento de mis años juveniles, me había parecido que se trataba de cuartillas muy interesantes dentro del relato. Me urgía localizarlas. Tenía que integrarlas a la obra. Tampoco estaban en los anaqueles pletóricos de libros. Algo faltaba en la acumulación de cuartillas escritas a una hora y a otra, en las mañanas, las tardes, las noches y las madrugadas, sin tregua., en un rincón, en un espacio y en muchos más.

Tengo la costumbre de destruir , en pedazos minúsculos, los documentos y papeles que no utilizo. Las cuatro páginas de mi novela, junto con otras hojas, se encontraban confinadas en la papelera, confundidas con otros fragmentos, igual que la gente, en las ciudades, al caminar en un sentido y en muchos más en las avenidas y calles transitadas, en busca de todo y nada. revuelta, masificada, confundida y extraviada entre tanto número en serie.

Eran las hijas ausentes, las integrantes de una familia entristecida por los faltantes. Mi deber, como artista y escritor, era rescatarlas, en pedazos, con la intención de restaurarlas, curar sus heridas y fracturas, o definitivamente renunciar a su aliento, a la creatividad y pasión con que las formé y conformarme, más tarde, ese día o el siguiente, con el intento componer de algo parecido.

Tres años antes, mi padre, poco antes de pasar por la transición, me había narrado una historia que en su niñez le relataron algunas personas ancianas, con la idea de que yo, su “muy inquieto hijo”, como solía llamarme, la escribiera y consiguiera su publicación. Él ya no estaba presente en casa, en el mundo, y yo, su hijo y discípulo, no podía fallar en mi promesa.

Coloqué todos los papeles diminutos en el suelo. Estaban adoloridos por las fracturas que les causé al romperlos. Conservaban rasgos de mis letras rotas. El piso se convirtió, inesperadamente, en mesa de salvamento y curación, en cama hospitalaria para criaturas deformes y lastimadas, en campamento y en sala de curación y restablecimiento,

Me convertí, sin planearlo, en médico de mi manuscrito. Paciente, disciplinado, controlé mi ansiedad por los minutos consumidos, por las horas irrepetibles que transitaron, hasta que, finalmente, emocionado, miré el paisaje con dos hojas recién operadas en la sala improvisada de cirugía.

Uní, primero, todos los fragmentos minúsculos de papel, similares a las piezas de un rompecabezas que sigilosamente reta la paciencia e inteligencia de los individuos que se atreven a probar su capacidad mental y de observación; pero se trata, igualmente, de la caminata del tiempo imperturbable que esculpe jeroglíficos y signos en los rostros.

Tras armar cada hoja, me sentí vencedor de una prueba en la que el único competidor era yo, y así coloqué, una y otra vez, cinta adhesiva, hasta que rescaté cuatro cuartillas de mi novela, emocionado y feliz, cual médico que salva las vidas de un paciente y de otro que esperan la hora infausta en sus lechos arrinconados y cubiertos de sombras y recuerdos.

Me apresuré a reproducir el texto, recién vendado, en otras hojas que incorporé al manuscrito de la novela, obra que no publiqué y que ahora, al recordarla, rescataré del silencioso y triste asilo en que reposa, en el archivo olvidado, con la idea de reencontrarme con su esencia, disfrutar su perfume de papel y tinta añejos, revisarla y publicarla.

Solo es, la de hoy, una evocación de las hojas rotas, una añoranza, quizá, de aquellos años juveniles, de las horas primaverales, cuando los seres humanos no dependíamos tanto de aparatos y resolvíamos los problemas enfrentándolos con creatividad, observación, inteligencia y esfuerzo. Únicamente eran dos hojas -cuatro páginas- que no estaban en el manuscrito.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Los mercados

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me encanta visitar los mercados, en todos los pueblos y ciudades, en cada rincón del mundo, porque disfruto los colores, las formas, los sabores y las fragancias de las frutas y las verduras.

Cada fruto y vegetal trae consigo la frescura y el sabor de la lluvia, el lenguaje del viento, los signos de las estaciones, el perfume de la tierra, las miradas del sol alegre y de las nubes blancas y rizadas o plomadas, y hasta el encanto de las estrellas distantes y de la luna cuando asoma en el cielo de la noche con su cutis y su sonrisa de columpio.

Disfruto caminar por el boulevard, fundirme en el follaje de pinos y eucaliptos, escuchar el concierto de los pájaros, entre calzadas y senderos con flores, hasta llegar al mercado, donde el murmullo de la gente -oh, la comedia humana tan bella e inolvidable- llega a cada rincón y es incesante.

Me fascinan los mercados, un día normal o durante un paseo o un viaje a tierras cercanas o distantes, porque entre sus murmullos y silencios, conozco el ambiente, las costumbres, las delicias y los rostros de las personas -mujeres y hombres-, con sus historias y sus rasgos, sus alegrías y sus tristezas, sus esperanzas y sus ilusiones, sus sueños y sus realidades.

Aprendo de cada pueblo y raza en los mercados, de la señora que compra y del comerciante que vende, de la gente modesta y de las personas engreídas, de los pordioaeros y de los cargadores. Así me vuelvo más persona y hermano, igual que la fruta y la verdura al combinarse en una ecuación prodigiosa, en un mosaico de matices que parecen suspiros y trozos del paraíso.

Los mercados son un libro abierto, un cuaderno de apuntes, una lista de asuntos y compras pendientes, un paseo aquí y allá, con pedazos de mundo y cielo, cubiertos y rellenos de sabores, tonos y aromas.

En los mercados distingo las legumbres de las frutas que cargan el recuerdo de la campiña, la granja y la huerta, y pienso, al mirarlas partir, en su destino final, porque seguramente llegan a hogares con niños, a casas con hombres y mujeres, a restaurantes, a hospitales y a todas partes.

Me gustan los mercados porque me enseñan a despojarme de antifaces y maquillajes, y a ser más pulpa y esencia que cáscara de porvenir tan breve e incierto.

Reconozco, en los mercados, la esencia y el palpitar de cada pueblo y raza, de tal manera que me integro a los sabores, a las fragancias y a los matices, hasta descubrir que el secreto de la vida consiste en crecer y madurar con dulzura y sencillez, en un regalo cautivante y hermoso para sí y los demás.

Derechos reservados conforme a la le/ Copyright

Mascarillas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando las mascarillas permanezcan en los rostros, igual que una moda o, tal vez, una necesidad o una imposición, ¿dónde miraremos nuevamente la sonrisa de los niños, las expresiones de amor, la dulzura de alguien que pronuncia la más bella de las palabras?

Y si las mascarillas y otros inventos se hospedan en los rostros y esconden alegrías y tristezas, besos y sonrisas, gestos y sentimientos, amabilidad y enojo, hasta volverse paisaje de cada día, ¿dónde quedaremos nosotros, los de apenas hace uno días, con las expresiones que mostrábamos facialmente al mundo?

Unos nacerán y otros morirán, igual que las flores y las plantas de los jardines que hoy asoman a las ventanas, entre auroras y ocasos, y quizá alguna generación llegue y se acostumbre al atuendo, a la ropa de la cara, sin tener oportunidad de disfrutar la belleza y el esplendor de un rostro libre, auténtico, feliz y pleno

Y si con las mascarillas, ¿también pretenden callarnos, desdibujar nuestros rasgos, uniformarnos, acostumbrarnos a las órdenes y reglas, a la obediencia, a la ausencia de oxígeno puro? ¿Y si el significado es ajeno e indiferente a la salud, a la protección, y es resultado de una ecuación cuyo resultado es la masificación y el silencio? ¿Y si es cadena simulada o el inicio de un pasillo repleto de barrotes y celdas?

Si las mascarillas son preámbulo de otras cosas que se sucederán unas a otras, y que alguien, en su ambición de poder y dominio, ya tiene diseñadas y programadas, ¿en qué momento, como humanidad, perdimos la libertad, el derecho de ser felices, la justicia y la dignidad? ¿A qué hora cedimos derechos a los abusivos y perversos? ¿En que momento renunciamos a lo bello, a lo sublime, a cambio de estulticia y superficialidades?

Al dificultar la respiración, provocar calor y molestias, tapar las caras, a cambio de reducir las posibilidades de contagio de coronavirus, parece que se genera un deseo irresistible de liberación y una ansiedad hacia la invención y la aplicación de una vacuna que esconde intenciones perversas.

La mascarilla oculta la sonrisa amable y genuina y el gesto adusto y grosero, la piel natural y el cutis maquillado, el color y los rasgos faciales. Es, en todo caso, la invitada especial de la generación de la hora presente, o, acaso, un huésped que inesperadamente se alojó y cubrió parte de la cara, como esos males necesarios que un día o una noche, a cierta hora, llegan, tocan a la puerta y forman parte de las apariencias, se integran definitiva o temporalmente en el paisaje humano, acompañan a la gente en sus horas activas y ociosas, como si se tratara de debilitar a las mayorías y otorgarles, provisionalmente, andaderas y muletas para que tropiecen constantemente y pierdan capacidades, agilidad y habilidades.

Esconde los gestos y las reacciones de millones de personas, en el mundo, quienes, por necesidad y urgencia de protegerse contra una enfermedad real que alguien desea convertir en pandemia con la intención de justificar la invención y la aplicación de vacunas, el quebrando de la economía internacional, el derrumbe de esquemas y la imposición de un modelo cruel e injusto a nivel global, las utilizan irremediablemente. Unos las usan por convicción y protección, otros forzosamente y algunos más como moda. Se volvió parte del arreglo y el vestuario, y las hay de todas clases y materiales, de acuerdo con la capacidad económica, la disposición en el mercado y hasta las modas de quienes las utilizan.

En un ambiente contradictorio y enrarecido, con frecuencia intoxicado por las sombras del miedo, el contagio, la enfermedad y la muerte, provocado, al parecer, por un virus degenerado en las entrañas de uno o más laboratorios y disperso, inicialmente y con cierta intencionalidad, en diversas zonas estratégicas del planeta para su inmediata propagación global, como parte de la estrategia, el plan y las acciones de una élite ambiciosa, despiadada y poderosa económica y políticamente, que, además, corrompe, manipula y controla gobiernos, medios de comunicación e instituciones, la mascarilla forma parte del atuendo cotidiano de la humanidad, más allá de creencias, sexo, nivel socioeconómico y raza.

Las mascarillas, parte y símbolo de la historia que vivimos durante estos días, también marcará diferencias sociales, la condena y el desprecio a quienes no las utilicen, porque después de todo, tras la protección humana contra algo tan despiadado, se trata de volver a todos cifra, objeto, estadística.

Surgen las opiniones, las dudas, las interrogantes, las criticas, las discusiones. ¿Qué es, en realidad, la mascarilla, y cuál es su verdadero significado? ¿Protección eficiente? ¿Atuendo? ¿Prótesis? ¿Signo de control? ¿Grillete? ¿Represión? ¿Ensayo de manipulación? ¿Medida de emergencia? ¿Protocolo de seguridad e higiene? ¿Extremo de una cadena con tentáculos que pretende destejer alegría, sonrisas y expresiones nobles para transformar a las personas en artefactos utilitarios, en sujetos impersonales, en autómatas inexpresivos? ¿Fin de una época e inicio de un ciclo oscurantista? ¿Antítesis de la higiene? ¿Necesidad? ¿Urgencia? ¿Imposición? ¿Emergencia sanitaria? ¿Salud, vida, deficiencia, control, muerte?

Más allá de utilizarlas racionalmente, en el más amplio sentido de responsabilidad, compromiso y respeto individual y colectivo, para proteger la salud, las mascarillas esconden, sin duda, expresiones, rostros, semblantes, imágenes físicas; sin embargo, cada hombre y mujer, aquí y allá, deben salvaguardar la nobleza de su interior, su creatividad, sus sueños, sus ilusiones y su libertad de sentir, pensar, hablar y actuar.

Las expresiones faciales, al  interpretarse correctamente, suelen dar lectura a los sentimientos y a la personalidad de cada hombre y mujer, y encantan por ser alfombra de flores bellas y fragantes o desagradan por parecer un campo estéril cubierto de tierra, abrojos y piedras. Ahora, las mascarillas cubren tal lenguaje y, bien o mal, forman parte del escenario cotidiano.

La gente discute y pelea por los argumentos contradictorios respecto a las mascarillas, y si hay quienes defienden su uso, beneficio y protección, también existen aquellos que se oponen a utilizarlas y argumentan los perjuicios, las consecuencias de su uso prolongado y hasta su significado, e incluso se reúnen con la intención de denunciar los planes siniestros de una élite y dar a conocer que existen fórmulas para combatir tan nefasta enfermedad, la del coronavirus, sin necesidad de crear vacunas ni presentar un escenario teatral que distorsione la trama de la vida.

Ningún ser humano, en el mundo, debe consentir que otros, con mayor poder, intenten someterlos y verter sus sueños, sentimientos e ideas en cañerías inmundas, como lo han hecho desde hace mucho tiempo quienes pretenden apoderarse de las riquezas del mundo y de las voluntades humanas.

Si las mascarillas esconden los rostros amables, dulces y sonrientes, la capacidad de los seres humanos es superior para irradiar amor y sentimientos nobles y superiores a los apetitos, la ambición desmedida y la superficialidad de un grupúsculo cruel.

Una mascarilla ayudará, indudablemente, a proteger y reducir la multiplicación de contagios de coronavirus, a cambio, muchas veces, de disimular, esconder y silenciar la alegría y las palabras; pero mientras existan seres humanos capaces de amar, dar de sí a otros y actuar por medio de la nobleza de sus sentimientos, la luz disipará las sombras y ningún material que cubra la boca y las expresiones faciales, tendrá poder, en consecuencia, de borrar la alegría de vivir dignamente, la práctica diaria de valores, la libertad, el respeto y la justicia.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Recuerdos: Fraccionador de Morelia en 1908

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Discurrían los minutos de 1908, entre una hora y otra, que formaban días, semanas y meses que aspiraban, sigilosamente, convertirse en años. La vida cotidiana transcurría como en todas las ciudades mexicanas, bajo el régimen del general Porfirio Díaz Mori, quien ostentó el poder en México de 1876 a 1911, con enormes contrastes entre las clases sociales, en el injusto mosaico de familias acaudaladas y multitudes empobrecidas o desposeídas.

Morelia*, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, apenas tenía 37.278 habitantes en 1900 y 40.042 en 1910, de acuerdo con el documento Estadísticas Sociales del Porfiriato 1877-1910, editado en libro por la Dirección General de Estadística de la Secretaría de Economía, cifras que dan idea de una población no muy numerosa, para nuestra época, que se componía, principalmente, de familias ricas -comerciantes, hacendados, prestamistas, mineros, inversionistas y dueños de las escasas e insípidas industrias, unos mexicanos y otros extranjeros-, trabajadores y personas dedicadas a oficios y tareas de servidumbre en las fincas lujosas, entre otros.

El Diario de la Tarde era, en 1908, un periódico que circulaba en Morelia y costaba dos centavos. En sus espacios anunciaba desde acontecimientos de trascendencia local, estatal y nacional, hasta enlaces matrimoniales, defunciones y toda clase de noticias, análisis y comentarios.

Explicaba la nota que en Morelia se comentaba que ese hombre, el general, ya había ordenado el levantamiento de los planos con la idea de “distribuir convenientemente lotes que serán vendidos en buenas condiciones para que sobre ellos se construyan chalets, donde las familias morelianas puedan veranear”.

En una nota informativa que, curiosamente, no tenía la iniciativa de comprobar los rumores, el reportero anónimo comentaba que “la idea del señor Patiño no puede ser mejor, pues, en nuestro concepto, esto viene a satisfacer una necesidad, a la vez que permitirá el ensanche y embellecimiento de la ciudad, al formarse allí una colonia no como las que tenemos, sino a semejanza de las de Roma, Santa María y Guerrero, que existen en la metrópoli”, en la Ciudad de México, “y que son el centro de familias más o menos acomodadas que sienten la necesidad de vivir fuera de las ciudades, sin estar alejados de ellas, para que poder una parte, atender sus negocios fácilmente, y por otra gozar de una vida más higiénica, respirando el aire libre y bien oxigenado por la vegetación que crece en esos parajes”.

Y continúa la reseña: “en la actualidad, solo se dispone de Santa María de los Altos, pueblecillo que atrae, en distintas épocas del año, y de las inmediaciones del Bosque, que está comprobado tienen un clima saludable; pero ya es tiempo de que haya mayor ensanche en los lugares donde la vida es mejor, más cómoda e higiénica, que es la tendencia actual, lo mismo en Europa que en México, y por eso es que veremos con agrado que la idea del señor Patiño se lleve a la práctica, tanto más cuanto que beneficiando a todos, cooperará al embellecimiento de la ciudad, y él mismo se beneficiará vendiendo a buen precio las fracciones de su propiedad que hoy casi nada produce”.

En estos días, los de 2020, es interesante conocer, a través de las noticias y los documentos, el proceso de construcción y expansión de las ciudades en diferentes épocas, como es el caso específico de Morelia, en la cual, por cierto, la especulación, la corrupción e ineptitud de diferentes autoridades, el desorden heredado en la posesión histórica de tierras otrora ejidales, la necesidad de vivienda y la ambición desmedida de ciertos grupos, han roto el equilibrio entre la naturaleza y la sociedad, hasta cubrir los poros de la tierra, incluso en reservas ecológicas, humedales y zonas de riesgo, con asfalto y concreto, en una urbe donde el uso de automóviles es excesivo y asfixiante, entre una vida de apariencias, ociosidad en abundancia, superficialidades y necesidad de desplazarse ante la ineficacia del transporte público y la inseguridad que prevalece.

Obviamente, la expansión de las ciudades es inevitable; sin embargo, la corresponsabilidad de su formación armónica y equilibrada corresponde a autoridades, sociedad y fraccionadores, que los hay honestos y también motivados por la rapacidad de la ambición desmedida.

Igual que hace 192 años, México ha padecido el saqueo de gobiernos y políticos voraces que han menoscabado su riqueza, y de manera similar las diferencias entre las clases sociales cada día se acentúan más, con el engaño, la fascinación y el distractor, ahora, para la clase media que cree que es capaz de poseer todo, en un mundo disfrazado y en un intento de sepultar sus antecedentes, su historia. La historia transmite lecciones y mensajes que, generalmente, desfilan solitarios, carentes de atención y análisis.

En fin, habrá que disfrutar una taza con café y leer El Diario de la Tarde, en su edición del 16 de julio de 1908, con la idea, al menos, de recrearse con las costumbres, las noticias, los acontecimientos y la vida cotidiana de una época que huele a ayer, a historia, a otros días.

*Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Fotos: cortesía de La Página Noticias/ Víctor Armando López Landeros

Comparto enlace de La Página Noticias: https://lapaginanoticias.com.mx/recuerdos-fraccionador-de-morelia-en-1908-por-santiago-galicia-rojon-serrallonga/?fbclid=IwAR1ScS6OBGhVRzS57RucagqZY8FjEoN3jwdjZYIPrELHCfqUz72codwY_yA

De nombre y apellidos: José Guadalupe Muñoz Márquez, el hombre de Radio Ranchito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida escapa, huye, se consume entre un suspiro y otro. Nada es permanente. Todo queda en la memoria, en las huellas que dejamos, en lo que un día y otro hacemos por nosotros y por los demás, en la historia, buena o mala, que escribimos…

Lo conocí en 1989, hace 31 años, cuando en mis días juveniles iniciaba mi carrera periodística y laboraba en un diario, El Sol de Morelia*, con la responsabilidad de cubrir la fuente económica y empresarial. Una vez al mes, él y sus compañeros se reunían, en aquella época, en uno de los salones adyacentes al Centro de Convenciones de la capital de Michoacán*, con la idea de convivir, escuchar a algún conferencista y cenar.

José Guadalupe Muñoz Márquez era, entonces, gerente de Radio Ranchito, radiodifusora perteneciente al grupo de la familia Zorrilla. Formaba parte de la asociación Ejecutivos de Ventas y Mercadotecnia de Morelia y asistía puntualmente a las reuniones. Se sentaba, generalmente, al lado de Raymundo Rodríguez Macías, gerente de Grupo Acir, un grupo de radiodifusoras en la misma ciudad de Morelia, a quien sus amigos llamaban “Topo Gigio”, seguramente por el parecido que tenía, según algunos, con aquel personaje creado por la italiana María Perego y que Raúl Astor acompañó en diferentes series de televisión.

Las bromas de ambos gerentes de radiodifusoras eran fuertes y yo, que era muy joven y siempre portaba algún manuscrito y un libro al lado de mi libreta de reportero, prefería saludarlos con alegría y respeto. Evidentemente, asistían otros empresarios conocidos en Morelia, entre los que destacaban Julio Pacheco Aguilar, uno de los mejores sastres de México; Manuel Garrido Mejía, distribuidor automotriz; Juan Jaubert Jauffred, entonces propietario del almacén centenario El Puerto de Liverpool, en la ciudad, y cónsul honorario de Francia en la capital michoacana; Jaime Rafael Rodríguez Chávez, distribuidor de Pinturas Comex, fábrica que pertenecía a la familia Achar; Rubén Molina Almonte, dedicado al ramo zapatero.

Algunas veces, al evocar las horas y los días de antaño, José Guadalupe Muñoz Márquez explicaba que su familia había llegado a Morelia al escapar del movimiento cristero que afectó a México, principalmente, entre 1926 y 1929, ciudad donde más tarde, en sus años juveniles, se dedicó al negocio de la ropa e incluso, agregaba, a la venta de colchas y cobijas que vendía a crédito, como los antiguos aboneros.

Dos años antes, mi hermano Francisco Javier, locutor, había ingresado, demasiado joven, a Radio Ranchito, coyuntura que me permitió conocer, por referencia, a ese hombre de carácter bromista con sus amigos y enérgico en los negocios y en el ambiente laboral, aunque con grandes sentimientos y dispuesto a escuchar y aconsejar.

Años después, tuve oportunidad de tratarlo y convivir con él, y soy testigo, en verdad, de su carácter enérgico cuando se requería y de su amabilidad, sonrisa y bromas en otros momentos informales, con los amigos, o su rasgo de hombre caritativo.

Todos los días, al caminar, entonces, por los portales típicos de Morelia, construidos durante el Virreinato, donde se establecen diversas cafeterías y restaurantes, desde los que se contemplan la catedral barroca y algunos palacios centenarios de cantera, miraba al hombre con sus amigos, quien hacía un paréntesis dentro de sus actividades para disfrutar un rato de plática y convivencia.

Acontece que los días transcurren implacables, hasta formar años, tiempo que a veces da pautas con la intención de que uno conozca a la gente, y me parece que él, el señor Muñoz, combinó, en Radio Ranchito, la fórmula perfecta, igual que una ecuación precisa, al ofrecer música apropiada al perfil de la estación y del público numeroso que la escuchaba, radionovelas de personajes populares -Kalimán, el hombre increíble; Porfirio Cadena, “el ojo de vidrio”; La Tremenda Corte, con Tres Patines; y Pedro Infante, por citar tres ejemplos, y anuncios innovadores, casi diseñados y grabados a la medida y las necesidades de la gente, en las comunidades y en las colonias proletarias, antes de la llegada de los teléfonos celulares, desde vacas y animales mostrencos, perdidos o recuperados por los jefes de Tenencia, hasta mensajes sobre fallecimientos, horario de velación y sepultura, cancelación de alguna cita o reunión, los cuales, por cierto, resultaban muy sui géneris y propios de una época y diferentes generaciones.

Ese hombre de cabello encanecido, totalmente blanco, quien alguna ocasión fue presidente de la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión en Michoacán y que solía concluir muchas de sus pláticas con la expresión “Radio Ranchito me gusta más, tan tan”, ayudaba generosamente a otras personas con necesidades económicas, enfermas o con hambre. Buscaba su cartera, de la que sustraía uno o varios billetes, acto que demostró siempre, el de su caridad, que si bien es cierto que con su carácter enérgico y su disciplina fortalecía su autoridad, era un ser humano con sentimientos nobles, dispuesto a aliviar el dolor de la gente menos favorecida.

Muchas veces lo miré en las calles del centro histórico de Morelia, ciudad fundada el 18 de mayo de 1541, con un pequeño portafolio con documentos de cobranza. Fue gerente de la empresa, pero también gran vendedor de anuncios comerciales y cobrador. Respetaba y valoraba la empresa denominada Radio Ranchito, e igual al público, y la prueba está en que no le agradaba mezclar problemas en la programación. Aseguraba que la gente tenía mortificaciones y problemas como para sumar más conflictos en los programas de la estación.

El señor Muñoz, don José Guadalupe Muñoz Márquez, manifestaba, cuando alguna plática o determinado asunto le parecían baladíes e ilógicos, “estas son mafufadas”. En México, mafufo es una persona que fuma marihuana o que es loca y disparatada.

Murió el jueves 3 de septiembre de 2020, quizá con la memoria de su historia, acaso con los ecos de la música ranchera, los anuncios peculiares y las radionovelas de Radio Ranchito, probablemente con el recuerdo de los cafés al aire libre en los portales típicos de Morelia, tal vez con todo lo que significó su vida productiva. Supongo que las generaciones que en determinados instantes de sus vidas escucharon Radio Ranchito, lo han de recordar con cariño en aquella ciudad y sus alrededores.

Comparto algo de lo que escribió mi hermano, Francisco Javier Galicia Rojon, sobre el otrora gerente de Radio Ranchito, un gran personaje dentro de la radio comercial de Morelia y México, hombre él que se formó a base de disciplina, trabajo, honestidad y respeto. Perteneció a la generación de personas que se forjaron en la práctica e hicieron de la radio una pasión, un deleite, una profesión hermosa:

“Con profundo dolor comparto la triste noticia del fallecimiento de mi exjefe, el señor José Guadalupe Muñoz Márquez. Para su familia, mi más sentido pésame. El señor Muñoz fue el hombre, en la gerencia, que mantuvo, durante décadas, en los primeros lugares a Radio Ranchito de Morelia, en el 1240 de A.M. Salía todos los días a vender publicidad; monitoreaba a su competencia, hacía sus propias mediciones con radio en mano, creaba conceptos aparentemente sencillos que tenían éxito, sabía dirigir a su personal; era el hombre que nos daba consejos de vida y que nos enseñaba sobre radio. Creó un sistema de trabajo y una línea a seguir que resultó en el gusto del oyente. Supo cómo llegarle a la gente de los ranchos, los pueblos y la ciudad; Radio Ranchito era la estación querida, potente y que más se escuchaba”.

En su relato menciona lo siguiente: “entrabas a un mercado, al transporte, a los comercios, a la central de autobuses, e ibas a algún puesto de periódicos, a bolear los zapatos, y en todos lados estaba prendido un radio en el 1240. El señor de las canas era de carácter fuerte, pero de buen corazón, bromista en algunas reuniones, conocedor del medio. Fue conocido por muchas personas de la audiencia por ser quien, junto con sus secretarias, atendía en la oficina a los cientos o miles de personas que llegaron durante todos esos años para poner un anuncio, de aquellos que le llamábamos “comunico”, característicos de la estación y que se usaban mucho en un tiempo en el que no todos disponían de teléfono para informar algo importante”.

Y expone: “creó un personaje conocido como el gangosito que atendía a algunas personas que salían al aire para ganarse un premio o simplemente a aquellos que llamaban de Estados Unidos de Norteamérica y querían saludar a sus familiares; él los atendía al aire. Muchas anécdotas y mucho conocimiento de la radio con el famoso “güero”, como le decían sus amigos”.

“En la estación que dirigió, formó a varios locutores que fueron a trabajar a otras empresas. Fue un centro de enseñanza porque, además, llegaron de otros lugares del país y del extranjero a aprender radio con él. Querían saber su exitosa fórmula. Hacía anuncios, a veces sencillos, que resultaban atractivos y exitosos por alguna frase que se le ocurría, como aquel que quedó en la memoria colectiva de Morelia: Con Muebles del Centro, el pueblo está contento”. Francisco Javier Galicia Rojon.

Tras recordar que con el paso de los años, algunos amigos comentaban a José Guadalupe Muñoz Márquez su parecido físico con el Papa Juan Pablo II, lo cual aparentemente no le molestaba, mi hermano y yo, junto con quienes tuvieron el privilegio de conocerlo, damos la vuelta a la página y llevamos su recuerdo en la memoria porque afuera, en la calle, entre los rumores de las ciudades, los pueblos y el campo, los días de la vida continúan, y quizá, en aquella ciudad de Morelia, Radio Ranchito continúa en la preferencia de ciertos sectores de la sociedad.

  • Morelia es la capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Fotografía tomada del archivo familiar, en Facebook, del señor José Guadalupe Muñoz Márquez