Despedidas y bienvenidas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Despido, en la estación del tren, a la lluvia que se marcha como se va la vida, con sus gotas de agua y de cristal, transformadas en sueños e ilusiones, y recibo al viento que llega y desciende de uno de los furgones al andén, con su equipaje de hojas secas y quebradizas -amarillas, doradas, naranjas y rojizas-, igual que un día aparecen, en los humanos, las tardes postreras. Agradecido con la lluvia veraniega, que en sus maletas carga pinceles, lienzos y pinturas, la abrazo y le confieso que me cautiva y enamora, seguramente por recordarme los años de mi infancia azul y dorada. Al escucharme, sus ojos y labios de agua reflejan alegría, y promete volver para empaparme, dar vida y abrir los capullos y las flores. Asoma por la ventanilla, sonríe y con una señal me muestra el celaje nublado que ha dejado como un regalo. La locomotora arrastra los furgones sobre las vías de acero que reposan en durmientes de madera, hasta que entra a un túnel rumbo a otras fronteras. A mi lado permanece, silencioso, el viento, el aire que me abraza con la idea, tal vez, de causarme embeleso y mostrarme su magia y encanto. Lo acompaño y caminamos por aldeas, ciudades, llanuras, bosques, montañas, abismos y playas, donde sopla y agita las flores y los árboles, las palmeras y los rosales, que siento en mí y disfruto plenamente. Me enseña a no temerle porque una fecha incierta, puntual y de frente, se hospedará en mí. Volamos entre nubes rasgadas, igual que una cometa, hasta que entiendo que los días de la vida son irrepetibles y es preciso, en consecuencia, asimilar sus lecciones, sentirlos, experimentar su blancura y negrura. Sé que después, al partir el viento otoñal, como lo hizo la lluvia veraniega, llegarán, con exactitud, el frío y la nieve invernal, y posteriormente el sol primaveral. Forman parte de los ciclos de la vida y hay que disfrutarlos, experimentarlos y vivirlos. He conocido personas que en temporada de lluvia, preguntan con desagrado el motivo de los aguaceros, o en período de frío se quejan de las temperaturas bajas, cuando es natural que se presenten tales fenómenos. Prefiero disfrutar cada una de las estaciones con sus diferentes rostros y pieles. Sé que si visitan el campo, las aldeas, los océanos y las ciudades, también se hospedan en toda la gente y marcan su paso en las cara, en la vitalidad, en la mirada, en el cabello, hasta que desciende el telón. Con la visita del otoño a la ciudad donde vivo, quiero disfrutar el espectáculo que ofrece el viento al desprender incontables hojas de los árboles y dispersarlas aquí y allá, en alfombras de tonalidades nostálgicas, porque si aprendo de sus sigilos y rumores, de sus caricias y rasguños, no dudo que estaré preparado para recibirlo, alguna tarde de mi vida, cuando el final de mi historia se encuentre próximo. Y así seguiré aprendiendo las lecciones de cada estación -primavera, verano, otoño e invierno-, hasta asimilarlas, comprender el mensaje y el sentido de la vida, y aplicarlo en mí. He abrazado a la lluvia veraniega con la esperanza de su retorno. Le agradecí por lo mucho que me ha enseñado y regalado. Y recibí al otoño recién llegado, envuelto en los perfumes que dispersa al soplar. No sabe que también lo abrazaré y le daré las gracias cuando parta. Es nuestro huésped momentáneo. Cuánta belleza descubro en la vida.

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Las hojas que el viento otoñal desprende

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las hojas que el viento otoñal desprende de los árboles y dispersa en el suelo, en alfombras que pinta de amarillo, dorado, naranja y rojizo, me recuerdan a mucha gente que, por vivir tanto, desafía al tiempo, y una mañana, al despertar, o una noche, ante su insomnio enloquecido e incurable, asoma al espejo y descubre, asombrada, su rostro casi irreconocible y áspero que inútilmente compara con el de otros años o décadas, acaso refugiado en algún paraje de los recuerdos o quizá confinado en la desmemoria y el naufragio. Suspiran amargamente al observar su lozanía perdida, el lenguaje que los días y los años esculpen en el rostro, en la mirada que parece apagar su brillo, en los labios ranurados por los cinceles de las manecillas, y su alegría y sus ilusiones, si es que aún las conservan, se apagan igual que quien desconecta una lámpara para llorar por la vida perdida. Voltean atrás, a sus lados, adelante, con la noticia de que un nombre con apellidos, otro y muchos más, abandonaron la jornada terrena, y sienten, en consecuencia, las ausencias que crecen y dejan huecos irrecuperables, listas incompletas, sillas vacías. Por no haber aprendido a vivir con amor, equilibrio, alegría, pasión, armonía, ideales, sueños, ilusiones, realidades, inteligencia y nobleza de sentimientos, despiertan agotados, con sensaciones de abandono y soledad, aburridos y enfermos, entre una generación ausente y otra desconocida. No aprendieron a coexistir y, al final, quedan solos, igual que las ruinas que exhalan tristes suspiros. El envejecimiento es inevitable, lo que implica que alguna vez, a cierta hora, llegará en su barca, silencioso y casi imperceptible, ajeno e indiferente a la belleza y a la vitalidad de hombres y mujeres. Ni el dinero ni el poder, ni tampoco la fama y la belleza, sobornarán al tiempo que en cada uno decora sus huellas cual testimonio de su paso inevitable. Es un autor muy celoso. Hay quienes se preocupan y dedican los años de sus existencias a maquillar sonrisas y lo que no son ni sienten, a fabricar fortunas con lo que arrebatan a otros, a adueñarse de un poder que en determinado momento sucumbirá, a entregarse a la repetición de apetitos pasajeros, a rendir culto a las apariencias y a las superficialidades, cuando la vida es algo más valioso que el brillo del oro y la acumulación de placeres fugaces. La vida, en cada ser humano, es irrepetible. Los minutos, los días y los años se van y no regresan más. Las hojas que el aire otoñal desprende de las frondas de los árboles, apenas ayer bañadas por la lluvia y abrazadas por el sol, me recuerdan que hay un momento para vivir y un instante para morir, y que, por lo mismo, es necesario experimentar cada segundo con sus luces y sombras, siempre en busca de la esencia. Nunca es tarde mientras exista la posibilidad de empezar e intentarlo de nuevo. Y lo mismo si faltan años o días para concluir la ruta mundana, uno debe ser autor de una historia bella, ejemplar, grandiosa e inolvidable. En cierta fecha, el otoño desembarcará ante nuestras miradas y notaremos la proximidad del invierno; pero si desde hoy derrumbamos los muros que hemos edificado con cálculos y medidas tan mediocres y negativos, y construimos el hogar, la casa del amor, la alegría, el respeto, la salud, la justicia, los sueños, la libertad, la esperanza, las ilusiones, las ideas, la dignidad y los sentimientos nobles, seguramente habremos disfrutado nuestro paseo por el mundo y estaremos preparados para superar la arcilla y resplandecer. Las hojas que desprende el aliento otoñal me recuerdan que la vida es breve y que si uno desea llegar a otras tierras, debe armar una embarcación y ser su tripulante principal. Las hojas del otoño son preciosas cuando uno, pleno, las admira dispersas en alfombras, con la promesa e ilusión de que mañana, al despertar, habrá otros amaneceres y estaciones en las que aparecerán flores sonrientes y ríos cristalinos. Es primordial vivir en armonía, con equilibrio y plenamente, aunque se trate del minuto postrero de nuestras existencias, para renacer como las hojas que desprende el viento durante las tardes otoñales, trascender a planos superiores y no ser simples pedazos y retratos de hojarasca yerta.

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Juguemos a las ecuaciones de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos pedazos de cielo y mundo, retratos de ángeles y seres humanos, prólogo y conclusión de rutas mundanas, notas infinitas, y todo, en nosotros y a nuestro alrededor, fluye con el bien y el mal que destilamos. La trama de la vida es una ecuación incesante y sumamos o restamos, multiplicamos o dividimos lo positivo y lo negativo, de acuerdo con nuestra esencia, con lo que realmente somos, con la frecuencia vibratoria que descubre si estamos aliados con el bien o con el mal, o con todo o nada. Mi propuesta, este día y los que siguen, consiste en restar a la gente mala, la envidia, el odio, la discordia, el egoísmo, la ambición desmedida, la intolerancia, los abusos, las injusticias, los engaños, la violencia, la crueldad, la estulticia y las superficialidades, para sumar a las mujeres y a los hombres buenos, el bien, la verdad, el amor, la libertad, los detalles, el respeto, la dignidad, los sentimientos nobles y la razón. Mi planteamiento se basa en dividir a las personas malas con el objetivo de pulverizar y aniquilar las sombras, y multiplicar a la gente buena para cultivar y cosechar la luz. Urge, a esta hora de nuestras existencias y de la historia, sumar y multiplicar caminos, rutas y puentes, y restar y dividir abismos y fronteras. Si cada instante sumamos y multiplicamos personas buenas y restamos y dividimos a las malas, viviremos con la esperanza e ilusión de despertar en otros amaneceres más armoniosos, felices, equilibrados y plenos para nosotros, las personas que amamos y la humanidad. Juguemos a las ecuaciones de la vida y obtengamos resultados bellos y sublimes que toquen la luz y la derramen en gotas de cristal.

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Escalones

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La casona exhalaba suspiros callados de otros días -los del ayer- y permanecía abandonada y solitaria, herida y cubierta de polvo, como acontece a quienes se atreven a desafiar al tiempo por vivir tanto. Los balcones con herrería forjada en el calor de los yunques, testimonio, acaso, de romances huidizos y secretos, contrastaban con el portón de madera que aún conservaba una aldaba de hierro y un postigo cerrado a una hora ya olvidada. Los muros, fracturados y sucios, escurrían el sudor de años distantes y, por lo mismo, sus pieles de barro dejaban al descubierto bloques de piedra intoxicados por salitre que avanzaba incontenible y carcomía todo. Olía a humedad, a tiempo, a otra gente. Había salitre, polilla y herrumbre. Entre los paredones y las ruinas, los sigilos y los rumores, y las luces y las sombras que, a veces, en las fincas antiguas, se perciben tan cerca y lejos, había unos escalones de cantera que partían de un rectángulo inferior al nivel del piso y concluían en un muro ausente de puertas. ¿A dónde conducían las escalinatas? Había un abajo y un arriba entre los escalones, ambos clausurados. Topaban en el suelo y en el muro. Se encontraban desprovistos de rumbo y porvenir. Superficialmente y sin exploración e investigación, resultaba imposible determinar si aquellos escalones pétreos conducían a algún pasaje subterráneo o a una habitación superior al otro lado de la pared, o si su valor era ornamentario o utilitario. Al observar su triste e incierta figura, pensé que, idénticas a los escalones, innumerables personas transitan sin dirección ni sentido durante los minutos y los años de sus existencias, hasta que un día, como la mansión, envejecen y mueren. Las escalinatas de piedra carecían de rumbo, igual que tantos hombres y mujeres que caminan sin brújula ni proyectos de vida, más allá de que posean fortuna material o coexistan en la pobreza, y de que cuenten con títulos académicos o no hayan asistido a una escuela. Desconocen sus orígenes y se acostumbran tanto a los días repetidos, a sus historias insulsas, que inesperadamente, en una fecha cualquiera, desciende el telón y concluyen sus jornadas terrenas desprovistas de motivos y huellas. Se miran irreconocibles. Fueron viajeros que se conformaron con observar estaciones y no tejieron un destino. Al contemplarse frente al espejo y descubrir las ruinas en que se han convertido, sufren lo indecible y con amargura se preguntan, una y otra vez, por qué pasaron los años imperceptiblemente frente a ellos y raptaron sus alegrías, sus sueños, su lozanía, su salud, sus ilusiones, sus vidas. Si voltearan atrás, a los vestigios de sus existencias, descubrirían con asombro y pesar que, desde el cunero hasta antes de la tumba, fueron similares a los escalones de aquella casona que partían de un sitio indefinido y conducían a una pared sin acceso a otros recintos, a una muralla que bloqueaba el paso. Si volteáramos a tales escalones sin destino, quizá descubriríamos con oportunidad que los años transitan, escapan, y no disfrutamos el camino ni vamos, en consecuencia, hacia la estación correcta si carecemos de proyecto e itinerario.

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El encanto de la noche

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay una hora, entre la agonía de la tarde y la aparición de las sombras nocturnas, que me causó asombro y congoja desde que era niño, como si algo, en mí, muriera. Siempre lo sentí. Era, simplemente, que al extinguirse los minutos y las horas del día, notaba que mi cuaderno existencial tenía menos hojas en blanco, con la sospecha de que tras dormir profundamente o permanecer atrapado entre los pantanos del insomnio y retornar de los sueños y despertar al amanecer, el número de páginas habría reducido. La noche tiene su lenguaje, habla un idioma diferente que es preciso descifrar. No es necesario temerle. Es la otra parte del día. Entre sus sigilos y murmullos, la percibo alrededor de mí, me envuelve y cobija, con su aliento de luceros. De pronto, como en las narraciones épicas, surge el hálito de la noche nebulosa y fría, hasta que el viento y los truenos irrumpen la tranquilidad y el silencio del ambiente y las gotas de lluvia empapan el paisaje, la campiña, los bosques y el caserío. Los relámpagos incendian el cielo ennegrecido, apagado por completo y ausente de estrellas, hasta rasgarlo y proyectar las sombras y los perfiles de los árboles y las cosas que permanecen en la intemperie. Otras noches, en cambio, la nieve borra los colores y maquilla el escenario con sus matices blancos. Y existen otras noches en las que la luna con sonrisa de columpio, las estrellas y algunos mundos distantes asoman desde las ventanas del universo y resaltan la belleza y majestuosidad de la pinacoteca celeste. He dejado en los nudos de la amnesia, en los agujeros de la desmemoria, los abismos, las fronteras, los barrotes y los fantasmas que la gente suele colocar y cree sentir en su interior y afuera, consigo, durante las noches desoladas y calladas, porque entiendo que si existen las sombras que aterran, son las que cada hombre y mujer fabrican para sí y no las de la noche que es el manto que Dios tejió para cobijarnos y arrullarnos mientras somos personajes de nuestros sueños. Y en cuanto a las estampas de mi vida, comprendo que cada instante son menos y, por lo mismo, debo ilustrarlas con lo mejor de mí. También he aprendido que lo que no haga durante el día, me será imposible realizarlo en las horas nocturnas porque se trata del lapso en que Dios columpia a quienes cierran los ojos y se sumergen en sus profundidades con la dicha de sentirse en paz a la hora en que los colores del mundo no existen porque aparecen los del cielo y los del encanto y la magia de los sueños.

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No tiene caso tocar a las puertas de sus sepulcros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cursaba tercer año de primaria -educación básica- con la ilusión y los sueños infantiles de aprender gran cantidad de lecciones -Aritmética y Geometría, Ciencias Naturales, Historia, Civismo y Geografía, entre otras materias-; lucir, cada lunes, mi uniforme de gala -pantalón, camisa blanca, corbata de moño y chaleco-; leer incontables libros en la biblioteca escolar, divertirme y jugar con mis compañeros de aula, destacar en los ejercicios físicos y obtener, al final del curso, una medalla por mi conducta -era un niño bueno e ingenuo- y otra por mi aprovechamiento en clases. Sentí emoción al ir con mis padres al colegio, mirar mis documentos de reinscripción y percibir, en la papelería escolar, el aroma del papel y la tinta concentrado en los libros, el olor a madera de los lápices y colores y el perfume de los cuadernos, gises y crayones. Me parecía un mundo bello y mágico.

En el hogar -mi amado y pequeño mundo- existía un ambiente propicio para ser intensamente feliz. Mi padre y mi madre, siempre tan amorosos y dedicados a nosotros, me parecían seres humanos irrepetibles y extraordinarios, e incluso, a veces suponía que sus huellas eran tan profundas que nadie podría sustituirlos. Mis hermanos, en tanto, eran mis compañeros de aventuras y juegos, y si nos abrazábamos o reñíamos, finalmente sabíamos que existía un amor indestructible entre nosotros.

Tras las vacaciones, llegué de nuevo al colegio religioso, con sus corredores, pasillos y rincones que me cautivaban. Y ocupé mi pupitre, con la mochila repleta de útiles escolares, una cantimplora con agua, una manzana y un baguete elaborado por las manos maternas.

Algo complejo acontece con nosotros, los que pertenecemos a las minorías por diferentes motivos -creencias, ideologías, razas, conducta, esencia-, al grado de que la masa colectiva siente repulsión, antipatía y reacciones negativas por cualquier individuo, hombre o mujer, que sea diferente a sus modelos en serie.

Sentí una opresión terrible en el pecho. Ninguno de mis compañeros respondió mi saludo amistoso e ingenuo. Algo andaba mal. Eso no funcionaría. Me pareció inexplicable, a esa edad, que tratándose de un colegio religioso, los alumnos se comportaran igual que las hordas que se odian y se matan.

En mi vocabulario no existían palabras obscenas ni vulgares. Mi padre era un caballero que siempre corregía, en casa, nuestro lenguaje, y mi madre, una dama a la que la gente llamaba “señora amable”. Me sentí desarmado ante el compañero del pupitre contiguo, quien hizo señas desagradables con las manos y me amenazó, y sentí lo mismo con el que se encontraba detrás de mí, quien golpeaba mi espalda para que volteara y escuchara sus majaderías.

Me asusté. Todos parecían ser amigos de otros tiempos y aventuras mutuas. Compartían hábitos y conductas similares. Sentí miedo, nerviosismo, desolación y terror. Estaba en tierra hostil e insegura, rodeado de personas capaces de lastimar.

Inesperadamente, la puerta del salón de clases fue abierta por la profesora, mujer de baja estatura, vestida de negro, obesa y de gesto desagradable y adusto. El grupo calló y ella, ensoberbecida, caminó hasta el escritorio. No saludó. Escudriñó al grupo, como los generales que revisan hasta la limpieza de los zapatos de los soldados que minutos más tarde se enlodarán en la guerra y morirán, y advirtió que sería un curso demasiado complicado, y que ella, la maestra Teresa, era muy estricta e intolerante, y que, por lo mismo, no tendría piedad de aquellos alumnos que no se adaptaran a su estilo de impartir clases.

Recorrió los pasillos que formaban entre sí las hileras de pupitres, y revisó en cada alumno las uñas, el cabello, la ropa, el peinado. Sentí, de pronto, que era una sombra que se aproximaba a mí con la amenaza de entristecer y herir mis días. Llevaba una regla de madera en la mano derecha y una lista y un bolígrafo en la izquierda. Anotaba en el documento y reprendía a todos.

Todo momento llega, y así, la profesora Teresa abrió el campo de batalla al mirarme fijamente y advertir que no le agradaba y que no dudaba, en consecuencia, que ambos tendríamos problemas. La guerra estaba declarada por alguien mayor que yo. Mayúscula se empeñaría en aplastar a minúscula, respaldada en su autoridad de profesora, en su formación académica, en sus años de experiencia y en su volumen físico. ¿Qué podía hacer un niño inocente al recibir amenazas de una mujer amargada e intolerante?

Por algún motivo que hasta la fecha me parece complejo dentro de mi raciocinio infantil, decidí callar aquel capítulo y fingir ante mis padres y mis hermanos que todo marchaba bien en la escuela. Esculpí, con mi silencio, las injusticias que mis compañeros y la maestra Teresa cometieron contra mí. Fabriqué mi celda y les permití entrar. Me convertí en aliado y cómplice de golpes, insultos, castigos y gritos contra mí. Fui mi carcelero y verdugo.

La maestra Teresa, quien años después fue nombrada directora de la secundaria del mismo colegio, no me permitía ir al baño, y ella lo disfrutaba, se alimentaba con mi desesperación y malestar. Al final, orinaba los pantalones azul marino del uniforme o el de gala que al inicio del ciclo escolar me había impulsado a soñarme elegante y de esa manera presentarme orgulloso ante mi madre con la idea de explicarle que me sentía refinado como las imágenes que rescataba del ayer al relatarme la historia de su padre y sus antepasados.

Hace algunos años, cuando el reconocido urólogo Francisco Javier Valencia, analizó los resultados de mis estudios médicos y me informó que presentaba un pequeño y viejo daño en la vejiga, precisamente ocasionado por las retenciones urinarias de mi infancia, recordé la perversidad de la maestra Teresa. ¿Y cómo reacciona uno? ¿Odio o perdono? Imposible y tonto sería buscar a una mujer que, si vive, tendrá 90 años de edad o más, y muy ilógico sería tocar a la puerta de su tumba con el objetivo de reclamarle. No me quedo con espinas que en algún momento pueden rasgar mi alma. Prefiero el amor y la luz. Ella fue responsable de sus actos crueles e igual que cada ser humano, lleva una carga con lo bueno y lo malo que hizo. Lo que debo hacer es dar a conocer esta situación y prevenir a hombres y mujeres para que impidan crueldades e injusticias en perjuicio de sus hijos. Callé el martirio que viví, y en cierto fui corresponsable al ser aliado de los tormentos que una mujer desquiciada me impuso. Bastaba con denunciarla para exhibirla y vencer; pero adivinaba que no tenía amigos y que no me atrevería a confesarlo a mis padres.

Todos los días, al impedirme acudir al baño, orinaba los pantalones y era exhibido, con otros niños, hombres y mujeres, en el portón de la escuela, poco antes de que nuestros padres acudieran por nosotros. Permanecíamos expuestos a las miradas burlonas de nuestros compañeros, como monstruos horripilantes o criminales sentenciados a cárcel o a la horca que la gente mira aterrada y con mofa.

Los castigos se basaban en colocarnos hincados frente al pizarrón y estirar las manos hacia arriba o a los lados, con la amenaza de recibir golpes en las manos con el borrador o con la regla; pero también escribir en los cuadernos “debo portarme bien”, lo cual me parecía contradictorio y estúpido porque mi conducta era intachable. Los golpes en las manos o en las pantorrillas resultaban dolorosos.

En la medida que uno aprueba y permite abusos por parte de otras personas, tales seres crecen y se fortalecen, hasta convertirse en fantasmas, en tiranos, en forajidos. Es necesario denunciarlos de frente y con valor. No lo hice.

Los planes de la maestra Teresa parecían funcionar de acuerdo con su maldad y el odio que le inspiraba, y claro, estaba mal con ella, con los demás y con la vida. Una de tantas veces, me llevó con la directora general del colegio, llamada igual que ella, Teresa, una religiosa, quien sin interrogarme, me trató con asco al verme con los pantalones orinados y los ojos enrojecidos por el llanto que me provocaron los gritos, amenazas y golpes de la profesora de ropa oscura.

Nervioso y temeroso, pellizqué mis piernas, y minutos después reí y enmudecí. ¿Cómo explicar a la monja enfurecida que la profesora era un monstruo estúpido y mezquino que abusaba de mí solo por su autoridad en la enseñanza, su edad y su tamaño? ¿Y cómo hacerle entender que si orinaba los pantalones era porque ella, la maestra Teresa, me negaba los permisos para ir al baño? ¿Quién era más cruel e ignorante, la maestra que me atormentaba y contribuía a mi daño orgánico, o yo, un niño ingenuo, sin experiencia e inocente que callaba por miedo al escarnio y a la vergüenza, y que prefería la armonía, el amor y la paz? También deseaba aclararle algunos errores en los métodos de enseñanza, como el sistema en las restas, pero sentí que algo me aplastaba.

La mujer, que portaba ropa de su orden religiosa, marcó el teléfono y preguntó por mi padre, con quien de inmediato se quejó de mí, como si yo fuera un reo peligroso. Al hablar por teléfono con él, me acusó: “en este momento su hijo se burla de mí con una risa sarcástica”. Evidentemente, mi risa era provocada por el nerviosismo de encontrarme en un juicio severo e irracional.

Permanecí castigado en la oficina de la directora, hasta que mi padre llegó mortificado. Influida por la maestra Teresa, la religiosa desdibujó mi figura infantil y tejió la imagen de un delincuente. Advirtió, paralelamente, que la maestra y ella tenían idea de que yo era un retrasado mental, un niño que requería otra clase de atención, y que quizá, como ambas lo auguraban, mi capacidad mental me impediría concluir la educación primaria de seis grados. Cursaba tercer grado y mi incapacidad me impedía progresar, manifestó la mujer encolerizada, quien en ningún momento se atrevió a mirarme a los ojos.

Tras escuchar, mi padre ofreció revisar los argumentos de la reunión improvisada y, en todos los casos, reaccionar conforme lo ameritara mi condición humana y la realidad. Él y yo salimos ese día del colegio, silenciosos, inmersos en nuestros sentimientos e ideas. Abordamos el automóvil y llegamos a casa.

Mi padre y mi madre dialogaron. Ambos establecieron el compromiso de darme mayor atención de la que recibía amorosamente de ellos, y así lo hicieron. Mi padre aseguró, molesto, que las actitudes y los comentarios de la religiosa no habían sido de su agrado ni de su aprobación, y que demostraría que yo, su hijo, no estaba condenado, como anticipó, al subdesarrollo mental. Mi madre compartió su opinión y ambos diseñaron y aplicaron un programa integral para mí.

Un acontecimiento lleva a otro, y más si las personas reaccionan correctamente y con oportunidad y emprenden acciones y protagonizan sus propias historias. Mi padre y mi madre, que eran tan observadores y analíticos, no tardaron mucho tiempo en definir mis rasgos y establecer que yo, su hijo primogénito, al que en el colegio molestaban y creían retrasado mental, tenía capacidad y talento de artista, y al probar con las letras, me reencontré conmigo y con la vida.

Él, mi padre, cotidianamente me relataba algún episodio de su imaginación, y yo, su hijo, lo asimilaba y posteriormente lo escribía con mi estilo y mis ideas. Más tarde lo revisaba y me aconsejaba sabiamente y con amor. Ella, mi madre, al conocer mi pasión e interés por el ayer y sus historias, me narraba capítulos relacionados con sus antepasados, y de esa manera aprendí a amarlos y a emular su ejemplo, hasta que me formé como adulto.

La vida es una corriente que fluye inagotable. El agua cristalina avanza infatigable, mientras la que permanece estancada en la orilla, se enturbia y pudre. Crecí. Viví. Contra los pronósticos de la monja y la profesora, concluí todos los grados de primaria y continúe estudiando y formándome, desde luego sin renunciar al arte que llevo dentro de mí y sin el cual no me concibo.

Hace años, cuando publiqué mi primer libro, mi madre me aconsejó que dedicara un ejemplar a la directora del colegio. Escribí la dedicatoria y lo conservo en mi biblioteca. Reflexioné y llegué a la conclusión de que no necesitaba demostrar a quien me humilló, despreció y maltrató que no solamente había concluido mi formación escolar, sino que podía escribir y publicar obras. Y no se lo entregué. Es a mí a quien necesito demostrar que puedo cumplir mis sueños, ilusiones y proyectos si trabajo arduamente y con inteligencia para conseguirlos.

Pienso a esta hora de mi existencia que más allá de la crueldad, ignorancia y amargura de tantas personas, es posible, si uno lo decide, hacer un cielo sobre tantos infiernos. Mi padre y mi madre lo hicieron conmigo, y lejos de atormentarme más y hundirme con reclamos, críticas y regaños, me ofrecieron su amor, sus consejos y su apoyo. Me inculcaron valores, seguridad y amor, y también cultivaron mi pasión y encuentro conmigo y con el arte. Qué vale la escoria de algunos seres humanos, cuando hay otros que dan lo mejor de sí y ayudan a que uno encuentre la luz, disipe las sombras y trascienda. No tiene caso tocar a las puertas de los sepulcros de la religiosa y la profesora que intentaron hacer de mi existencia un martirio. La vida es superior y no merece desperdiciarse en seres que ya están muertos desde que nacen. Mis padres me ayudaron a descubrirme. Gracias, en verdad.

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El péndulo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los segundos y los minutos son, parece, niños que anhelan crecer y transformarse en adolescentes, en horas que suspiran por mirarse retratadas en la juventud de las mañanas y enamorarse entre sí para sumar y multiplicar su descendencia, en días y en meses, y recorrer las estaciones de primavera y verano, otoño e invierno, hasta madurar en años, en décadas, y una fecha incierta, casi sin darse cuenta, provocar los suspiros postreros de quienes miran con asombro las carátulas del tiempo y la caminata impostergable de las manecillas tan capaces de echar a andar los engranajes, el péndulo y la música enigmática de los relojes. Tal poderío y libertad tienen los instantes, los momentos, que parecen fugaces y, no obstante, construyen años, centurias y milenios. Y así, una mañana nebulosa y fría o una noche desolada y silenciosa, la gente acude al espejo para contemplar su realidad presente, y descubre, con sospecha, que el segador corta la lozanía y la existencia. Dicen algunos que el tiempo es fugaz, pero resulta innegable que, antes de partir, esculpe signos de su paso, o acaso no existe y definitivamente solo es una medida en este plano para contabilizar los años de vida y organizar las labores. Veo a los niños ansiosos de crecer y a los ancianos que añoran sus días lozanos de antaño y caminan como midiendo cada paso y sintiendo la carga del tiempo, y me pregunto acongojado, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿quién soy? Igual que el viento que, dicen, se siente y es imposible atraparlo, presencio el tránsito infatigable de los días y los años que me acompañan en los furgones de cada estación. ¿Son los años que me acompañan y me encadenan, o soy quien posee la facultad y el poder de romper candados y barrotes para vivir en armonía, con equilibrio y libre y plenamente cada instante huidizo, con la idea de hacer de mi existencia una historia maravillosa e inolvidable y prolongarla, después de mi breve estancia en el mundo, a otros destinos del infinito? No importa mi edad. No soy joven ni anciano. Tengo ayer e historia, y por delante contemplo el paisaje hermoso de páginas en blanco que me esperan con la finalidad de protagonizar capítulos épicos. El momento actual es lo que tengo para vivir y pronto, casi imperceptiblemente, se desvanece y se transforma en ayer. Si deseo convertir mi historia en un apunte bello y magistral, apenas dispongo del tiempo y el espacio para hacerlo, a pesar de la frecuencia con que escucho las campanas del reloj y su péndulo que se columpia placentero e indiferente a mi vida.

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Y un día, al amanecer de nuevo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré sonrisas y flores, abrazaré a la gente y le expresaré mi amor -dijo alguien con la promesa de salir a las calles, a los espacios públicos, a los jardines con calzadas y árboles, a cierta hora de una fecha indefinida, con la idea de repartir alegría y sentimientos, transformarse en fuente de amor y dulzura, dispersar palabras amables.

Alguien más, reflexivo, le obsequió una flor silvestre, minúscula y humilde, y le preguntó, al mismo tiempo, la razón por la que postergaba la oportunidad de irradiar luz y entregarla a la gente a partir de la fecha en que la humanidad saliera a las calles con el objetivo de celebrar la libertad mundial, tras permanecer amordazada ante el riesgo y la amenaza de una enfermedad creada y manipulada por una élite ambiciosa y perversa.

Aquella persona soñadora que prometía tanto para un día incierto, sintió que las palabras de su amiga le hicieron titubear, mirarse empequeñecida, dudar de la autenticidad de sus promesas y sentimientos. Permaneció en silencio.

La amiga la abrazó y explicó:

-Es ahora, no mañana, cuando hombres y mujeres -niños, adolescentes, jóvenes, personas de edad madura y ancianos- necesitan sonrisas, detalles, consejos y palabras dulces, sentimientos genuinos, fe, esperanza, alegría, actos, amor, compañía.

Incómoda y quizá un tanto molesta por la intromisión de su amiga, la mujer contestó esquiva e indiferente, con deseo de marcharse:

-Abriré mis sentimientos, igual que una flor asoma una mañana al sentir las caricias de las gotas del rocío, para regalar al mundo, a la humanidad, mi amor, mis sentimientos, lo mejor de mí; no lo haré antes, definitivamente no.

Su amiga la miró tristemente y dijo:

-Es hora de demostrarnos de qué arcilla estamos hechos. No seamos como los artistas, científicos y tantos personajes que se han ocultado ante la falta de público que les aplauda, pague y engrandezca su soberbia. Seamos como la flor que acabo de regalarte, resplandeciente y de humilde belleza que la hace grandiosa, con matices y perfumes auténticos que no necesitan antifaces.

Ambas fueron interrumpidas por un mozalbete desharrapado, apenas cubierto con un pantalón corto y una playera de mayor talla, con los brazos y las piernas cubiertos de mugre y granos, quien imposibilitado de hablar, emitió sonidos guturales y estiró la mano, ansioso de obtener comida o algunas monedas.

La mujer lo vio con asco, sintió repugnancia e hizo señales con las manos para ahuyentar a la criatura hambrienta. Volteó, altiva, a otra dirección y hasta soltó la flor sencilla al piso de concreto, mientras la amiga sustrajo de su bolsa una manzana, una botella con agua y una naranja, y las entregó al menor atrapado en la miseria y la pubertad de sus años, cubierto de granos y manchas, a quien recomendó lavar sus manos antes de probar los alimentos. El muchacho, enmudecido, escudriñó a la dama, le sonrió agradecido y se marchó de prisa.

Enojada, la mujer que prometía tanto para otros amaneceres -abrazos, besos, felicitaciones, sonrisas, regalos, alegría-, habló en cuanto el adolescente corrió feliz con los regalos que le entregó la dama:

-¡Cuanta escoria hay en el mundo! ¡Esta basura debería extinguirse! Por esa clase de personas, la humanidad padece contagios y escasez de alimentos, espacio, oportunidades y equilibrio natural. Le diste agua y comida sin conocerlo. Es un muchacho rapaz. ¿Cómo es que alimentas basura, amiga? A esa gente hay que abandonarla a su suerte para que enferme y muera. No la necesitamos. Estorba. Es inmundicia.

La amiga escuchó incrédula a quien anunciaba regalos para otros amaneceres, burbujas, después de todo, que reventarían ilusas ante la realidad. Movió la cabeza en señal de desaprobación y pensó en la hipocresía de tanta gente. La verdadera grandeza, reflexionó, se mide ante las pruebas cotidianas y no por medio del ornato de palabras y ofrecimientos que jamás serán cumplidos.

La mujer interrumpió las cavilaciones de la dama:

-Habrá otros amaneceres y oportunidades para alegrar al mundo. Un día lo haré, te lo aseguro. Ya es tarde. Debo acudir a una cita con unas amigas, con quienes beberemos café e iremos a recorrer algunas boutiques, en la plaza comercial, para después comer en un restaurante de buena clase. La vida es breve, ya lo sabes, y hay que aprovecharla como sea antes de que llegue la noche. ¡Adiós!

Así, la dama permaneció en silencio. Distinguió, a unos metros, a la amiga que abordó un automóvil en el que viajaban otras mujeres, con quienes indudablemente iría a la cafetería y a las tiendas de la plaza comercial; en el otro extremo, más retirados y en sigilo total, descubrió la figura del adolescente enfermo y pobre, sentado en el césped de un jardín público, que compartía la botella con agua, la manzana y la naranja con su madre y una niña muy pequeña, descalza y de piel quemada por los días soleados tan repetidos en su existencia. Inmersos en su pobreza e ignorancia, disfrutaban aquellos tres pequeños regalos que sabían a cielo y manjar.

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré abrazos y sonrisas… -recordó la dama las palabras de la mujer que creyó su amiga, y pensó -: Para curar las heridas de quienes más sufren, devolver la alegría y la esperanza a los desprotegidos, tender puentes que salven abismos, provocar una sonrisa amigable, aconsejar y dar la mano, no se necesita esperar otros amaneceres; es preciso hacerlo ahora, en el minuto presente que rápido se convertirá en ayer y en oportunidad desperdiciada y perdida o aprovechada con sentimientos, palabras, actos, detalles y pensamientos nobles.

Las risotadas burlonas de su amiga y de las otras mujeres, mezcladas con la estridencia del motor al arrancar el automóvil, alteraron las reflexiones de la dama, quien sonrió al experimentar alivio y paz tras distinguir a la familia pobre -la madre, la niña pequeña y el adolescente- que lucían contentos al probar el agua, la manzana y la naranja que compartían en el césped. La dama caminó feliz y plena a otras rutas ausentes de un porvenir remoto e impreciso. Se sintió agradecida y bendecida.

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Nadie sabe

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nadie sabe, quizá, que cuando escribo, en mi buhardilla, remo a parajes en los que me esperan una musa e incontables criaturas encantadoras que me inspiran y acompañan hasta alguna orilla, donde solicito a Dios las llaves del cielo para entrar a sus salones y recorrer sus jardines mágicos y hundir los pies en los manantiales de los que surge la vida. Recolecto hojas, pétalos y burbujas de cristal de mágico encanto. Me convierto, al escribir, en viajero inagotable, en excursionista que pasea y escudriña, en pasajero que transita por estaciones y rutas insospechadas y recónditas, con el anhelo de encontrarme, puntual y de frente, tanto como me es posible dentro de mi ministerio y locura, con las letras del abecedario, los acentos y sus signos, refugiados en cuadernos secretos. Tomo sus manos y formo palabras, en actos de idilio que cautivan. La gente ignora, al leer mis obras, que en el aislamiento y en el destierro voluntario, a una hora indefinida -la que sea porque al artista no le importan los muros impuestos por los horarios-, rompo los barrotes y las cadenas del mundo y me sumerjo en las profundidades de mi ser, donde se encuentran el paraíso y el infierno, el bien y el mal, el delirio y la razón, la alegría y la tristeza, la vida y la muerte, la temporalidad y el infinito, la arcilla y la esencia, que flotan entre mis rumores y silencios, en mí, con la intención de retornar con sentimientos e ideas que esculpo y pinto en hojas de papel, en páginas de extensión interminable. Desconocen mis lectores -oh, mis lectores, mis acompañantes de viaje- que al escribir mis obras, dejo mis suspiros y mi vida, impregno las riquezas que descubro al navegar y bucear en océanos insondables, disperso los pedazos de luz que arranco de la pinacoteca celeste. Nadie sabe, insisto, que cada palabra que escribo, la envuelvo con el perfume de las flores y con los matices del cielo, acaso porque anhelo que, al leerlas, ya abrazadas y enamoradas unas de otras, mis lectores las sientan, las palpen, las vivan, las sueñen y descubran los cielos y los mundos de sus existencias. Escucho música cuando escribo, y nadie lo sabe, porque las notas, al escapar de los violines, las arpas, los clarinetes, los pianos, las flautas y los violonchelos, me arrancan lágrimas que de alguna manera limpian mi alma y mi mente, y me permiten regalar fragmentos que descubro al caminar descalzo por otras sendas. Quiero, al escribir, coincidir con el prodigio de la vida, con la realidad y los sueños, con la sonrisa de Dios, para así compartir a otros, a mis lectores, lo mejor de mis expediciones.

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Alguien preguntó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Alguien preguntó, “¿dónde está el amor?”, y las flores, agitadas por el viento, respondieron alegres y seguras de sí, “aquí, en nosotras, que recibimos las gotas del rocío de la mañana y regalamos texturas, colores y fragancias”. Todos las miraron con asombro y deleite. “En nosotros -intervinieron los árboles-, porque nuestras frondas ofrecen sombra y somos amigos del aire, el sol, el agua, el oxígeno y la vida”. Y el aire acarició sus ramas y sus hojas. “Si alguien tiene duda -contestaron el agua y el oxígeno, secundados por el día y la noche-, entregamos lo mejor, lo que somos y tenemos, indistintamente de abrazar a buenos y malos, al fruto que nutre y endulza y al cardo que espina y hiere, al ave que canta y a la serpiente que se arrastra y muerde”. Interrumpieron el poder, las joyas y el dinero, intoxicados de soberbia, y advirtieron amenazantes y con desdén, en espera de que la naturaleza se arrodillara sumisa ante su presencia, “nosotros, unidos, somos capaces de desgarrar los sueños de los poetas, reventar las cuerdas del violín y destrozar los pinceles del artista. Tenemos capacidad de encadenar y desdibujar los rostros sonrientes, transformar el mundo en palacios, deformarlo o crear escenarios de pauperismo, y hasta enfermar a la gente o sanarla, de acuerdo con nuestros planes e intereses, e incluso desterrar el amor, la dignidad, los sentimientos nobles, la razón, la libertad, la esperanza, la creatividad y las ilusiones. Somos dueños de todo cuanto existe en el mundo”. Las abejas alertaron a sus comunidades y se reunieron con la idea de enfrentar al poder, al dinero y a las joyas, a quienes replicaron con valentía y de frente: “ustedes son de existencia pasajera. Su porvenir es incierto. Su naturaleza es ambivalente, y sus fines pueden ser positivos o negativos, grandiosos o aterradores; sin embargo, una y otra vez, en la historia de la humanidad, prefirieron establecer su reino por medio de la ambición desmedida y el engaño, y así, en su afán de dominio y supremacía, propiciaron que la gente crea que es triunfador quien obtiene mayores riquezas y vive superficialmente, entre apetitos y deseos que jamás termina de satisfacer, porque ustedes, enfermos de control, prefieren sepultar la alegría, el amor, el bien, la verdad, los sentimientos nobles y la inteligencia, que sustituyen por miseria, enfermedad, muerte e ignorancia. Conseguir el poder y la riqueza material es lícito, siempre que se utilicen para fines nobles”. Llegó la vida, envuelta en una corriente etérea, y habló: “el amor está en mí, que doy aliento a todos, sin importar edad, creencias, razas, sentimientos e ideas. Soy la fuente que viene del infinito y por amor les comparto, por instantes que ustedes desperdician, pedazos de conciencia en un mundo terreno que podría ser, si así lo desearan, un paraíso anticipado a los tesoros que resguarda el palacio. Y apareció Dios en cada alma, en la esencia de todos, y comprendieron, en consecuencia, que el amor proviene del interior y que solo aquellos seres que han evolucionado y se encuentran preparados para trascender, lo derraman a sí mismos y a los demás con la idea brillar y desvanecer la oscuridad. Liberado de barrotes, cadenas, grilletes y candados, el amor sonrió feliz y pleno, y agradeció a Dios y a la vida por permitirle hospedarse en todas las expresiones y resplandecer.

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