Los que demandan apoyo y comprensión por medio de bloqueos y desmanes y los que estudian y trabajan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las dos jóvenes asomaron por la ventanilla del automóvil, extendieron las manos con la alcancía y solicitaron apoyo económico para surtir la despensa de la cocina escolar. Sus compañeros, hombres y mujeres, hacían lo mismo con otros automovilistas, a quienes impedían el paso en la carretera Morelia-Pátzcuaro.

Algunos viajeros discutían y otros, en cambio, hacían a un lado el coraje y depositaban monedas en las alcancías de los normalistas. Uno sabe, por las noticias, que si alega con esas personas, son capaces de agredir, e incluso robar e incendiar los vehículos, porque ante autoridades débiles e incompetentes y leyes absurdas, cada infractor paga 38 pesos -poco más de la mitad de un día de salario mínimo – para obtener su libertad en caso de ser aprehendido por trifulcas en los espacios públicos.

Desde hace aproximadamente 13 años, los dueños de autobuses han presentado más de cinco mil denuncias en Michoacán contra esa clase de grupos, sin respuesta satisfactoria por parte de las autoridades estatales. Si empresas consolidadas, con poder económico, no han conseguido que el Gobierno de Michoacán castigue a los normalistas y otros grupos que han causado daño a las cosas, menos lo lograrán los automovilistas que resulten agredidos por oponerse a dar dinero a quienes se apropian de las calles y carreteras. Así que la supuesta cooperación casi fue forzosa.

Mientras viajaba a Pátzcuaro, uno de los pueblos más bellos y pintorescos de México, reflexioné acerca del cinismo de quienes obstaculizan el paso en una carretera para pedir dinero. Argumentan ser pobres y tener necesidades económicas para solventar sus estudios, si es que acaso se dedican a los asuntos académicos; pero obtienen dinero de la gente que trabaja y debe solventar, como ellos, gastos alimenticios, medicamentos, transportación y vivienda, entre otros.

Recordé, entonces, que hace tiempo, cuando era adolescente y cursaba segundo año de secundaria, mis padres consintieron que laborara la última quincena de diciembre como promotor de una firma de sidra y vinos -anís, licores y moscatel, entre otros productos- en una cadena comercial. También lo hice el siguiente diciembre, cuando estudiaba tercer año de secundaria. La empresa contrataba adolescentes y jóvenes estudiantes de secundaria y preparatoria, a quienes tras una mañana de capacitación intensa, asignaba a diferentes tiendas comerciales de entonces: Aurrerá y Superama, Blanco, Comercial Mexicana, De Todo y Gigante, por citar algunas.

Éramos hijos de familia. El dueño, español, era un hombre que cumplía sus ofrecimientos. La contratación, por 15 días, contemplaba prestaciones sociales. Pronto simpaticé con él y quizá por mi formalidad, enmarcada con cabello corto, camisa blanca, saco, corbata y zapatos limpios, me envió a una de las tiendas de mayor prestigio, pero también donde la responsabilidad era mayor.

Así, en la aurora de mi existencia, en la primavera de mis días, obtuve mi primer empleo. Mis padres me dieron la oportunidad de probar, en ambos casos, la experiencia de trabajar durante vacaciones de diciembre. La primera vez, el gerente de la tienda, también español, a quien los empleados temían por su carácter irascible, me recibió como un hijo o un alumno y si bien era estricto, siempre con un puro en la boca, me dio consejos sobre negocios y la vida.

Cuando ingresé a la preparatoria, tuve oportunidad de trabajar durante el horario matutino en la oficina de una industria hulera, establecida en la Ciudad de México. Despertaba muy temprano para entrenar atletismo y me apuraba con la intención de llegar a la oficina a las nueve de la mañana. Salía de laborar a las dos de la tarde, comía y me dirigía a la escuela.

En la empresa aprendí tareas relacionadas con facturación, archivo, caja y hasta trámites en instituciones bancarias y gubernamentales. Fue otra escuela. Cumplí con las tareas académicas y laborales, sin descuidar el arte -literatura y pintura-, la correspondencia con amistades en distintas partes del mundo, los entrenamientos de atletismo y karate, la convivencia y los paseos familiares, las diversiones y otros estudios especiales que realizaba. Y no había computadoras ni internet, ni tampoco teléfonos celulares.

Supe el significado de ganar dinero y valorar cada peso. No niego que hubo momentos en que experimenté presiones fuertes cuando había exámenes o se acentuaba el trabajo en la hulera; no obstante, aprendí a enfrentar retos, trazar metas y conquistar lo que me impuse.

En la época universitaria, seguí trabajando. De la industria hulera fui a la parte oficial, a las dependencias públicas. La vida es, parece, una rueda que gira incesante, una embarcación que navega y anda en un puerto y en otro, de modo que desde entonces he vivido capítulos intensos y con grandes claroscuros.

Como yo, mucha gente ha combinado el estudio con el trabajo y se ha forjado. Hombres y mujeres lo hacen y cada día dan lo mejor de sí con la intención de superarse. Madres solteras, jóvenes honestos e interesados en progresar, personas que se proponen luchar para desterrar las sombras de la pobreza, muchachos que pierden a sus padres, trabajan diariamente, se esfuerzan, se sacrifican.

No es justo, en consecuencia, que hombres y mujeres jóvenes, amparados en supuestas necesidades económicas, se dediquen a delinquir, a vivir de los demás como parásitos. Hay una gran diferencia entre quienes se agrupan con la intención de obstaculizar el paso de la gente, pintarrajear fachadas, exigir derechos sin cumplir obligaciones y responsabilidades, demandar apoyo y comprensión destruyendo cosas ajenas, secuestrando autobuses y saqueando tiendas, y aquellos que anhelan desarrollarse y muchas veces sacrifican comodidades y diversiones con la intención de estudiar y trabajar con el objetivo de alcanzar sus aspiraciones.

Cuando deposité la moneda en la alcancía de los normalistas, lo hice para evitar conflictos y transitar libremente hacia Pátzcuaro. Pensé que si tuviéramos autoridades comprometidas con las leyes, el orden y la sociedad, no habría necesidad de enfrentar situaciones incómodas con grupos que alteran el desarrollo y la paz. No es lo mismo, definitivamente, el joven que quebranta leyes y lastima a los demás, que aquel que tiene verdaderos deseos de progresar, y hasta combina el estudio con el trabajo, por difícil que resulte.