Mi otra lectura

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Tras la lluvia, salgo, feliz y agradecido, al bosque, a la montaña, al parque con sus calzadas, a los rincones y a las calles, con la intención de admirar el cielo nublado, las frondas de los árboles y los troncos humedecidos, la corriente ondulada del río, las rocas, los helechos y la tierra ennegrecida, para así dar lectura a la naturaleza, a la vida que palpita en mí y en cada expresión. Estoy acostumbrado a escribir y a leer documentos y libros, y soy, por lo mismo, artista de las letras con aroma a papel y a tinta; pero me encanta andar descalzo y hundir los pies en el fondo arenoso de los riachuelos, en el barro, hasta sentir el pulso de la creación que, milagrosamente, se conecta a mi ser. Interpreto los mensajes de la vida en cada forma, en todas las expresiones que me rodean, y percibo la esencia de todo El mar jade y esmeralda, forma pliegues que van y vienen, mientras el sol, al amanecer y al atardecer, antes de la noche, lo prende, junto con el cielo, de tonalidades amarillas, naranjas, rojizas y violetas, hasta que aparecen las estrellas y la luna que alumbran a los enamorados, inspiran a los poetas y guían a los navegantes. Mucha gente cree que dedico cada instante de mi existencia a mi arte de las letras y que, paralelamente, estoy atrapado entre las páginas de los libros, pasión que me emociona y es mi encomienda; sin embargo, la mayoría desconoce que tengo otras aficiones y lecturas y que aprendo mucho de la creación, de la naturaleza, de la vida, de cada rostro y sonrisa, de las miradas y de los detalles, de las conductas y de los motivos. Leo rostros adustos, felices, enojados, tristes e ilusionados. Descifro mensajes en las manos que arrebatan o que dan, en las que construyen y en las que todo lo destruyen. En cada signo descubro un camino, una razón, un sentido. En el campo, en los espacios públicos, en cualquier parte del mundo, escudriño los mensajes abiertos y ocultos, obtengo una enseñanza y, en tal medida, me acerco al conocimiento. Aprendo de los murmullos y de los silencios, de las caídas y de los ascensos, de la esencia y de la arcilla. En todo hay un sentido, un aprendizaje, una lección. La infancia y la vejez enseñan tanto, cono la aurora y el ocaso. Al regresar de mis jornadas, me descubro con una canasta pletórica de experiencia. Y así es como aprendo, construyo los días y los años de mi existencia y preparo la senda a rutas y destinos infinitos. La vida es maravillosa y es preciso experimentarla cada instante. Yo lo hago e intento, desde lo más profundo de mi ser, disfrutarla en armonía, con equilibrio y plenamente, hasta que, con la flor perfumada y tersa, con el lucero que alumbra desde otras fronteras, con el bien y la sonrisa, descubro la mirada de Dios y siento las caricias y el amor de la creación. Las cosas de la vida son, en verdad, mi otra lectura.

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El encanto de los pequeños charcos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al caminar por los parques y las callejuelas, en los pueblos y en las ciudades, o por la campiña, en las llanuras, en los bosques y en las montañas, asomo a los pequeños charcos que forman las gotas de lluvia al acumularse o los ríos al salpicar una y otra vez, con la intención de descubrir las imágenes que reflejan. Encuentro, al mirarlos, los perfiles modestos y presumidos de las casas, de los edificios y de las tiendas, y hasta de los faroles y de las personas y de los vehículos que transitan incesantes, o las siluetas de los árboles, de las montañas y de los peñascos; aunque al fijar la mirada, si el agua de los charcos es diáfana, observo el fondo arenoso o de tierra, en contraste con la profundidad del cielo azul intenso y la blancura o el grisáceo de las nubes que flotan y modifican su apariencia, en un intento metafórico, quizá, de mostrar la dualidad, el infinito y la temporalidad. Me encanta volver a los pequeños charcos, igual que los niños regresan a sus espacios donde juegan a la vida, porque enseñan mucho. He aprendido que lo diminuto y lo sencillo pueden reflejar tanto, lo mismo los paisajes con su naturaleza, que la grandiosidad y los días soleados y nublados. Cuando el viento sopla, se multiplican los pliegues en el agua y las imágenes se vuelven difusas y parecen distorsionar lo que reflejan, como acontece con las personas y sus cosas al transcurrir los años. Las estaciones transforman el panorama que humildemente reflejan los charcos, con los colores de la primavera, el celaje nublado y la lluvia del verano, el aire otoñal y la nieve del invierno. Cuando los escenarios cambian, uno aprende, al mirar los reflejos, que nada, en el mundo, es permanente. Con frecuencia, los charcos se secan o se contaminan al permanecer inmóviles, como ocurre con hombres y mujeres al perder su dinamismo e interés en la vida. En los charcos que se evaporan o que la gente pisa con descuido, he visto mi reflejo, el del entorno y el de la profundidad azul del cielo, siempre con el asombro y la interrogante de cómo, algo tan minúsculo, puede replicar tanto. Si yo pudiera, como los charcos, reflejar mi interior y el exterior, como parte de una vida noble, con mis razones y mis motivos, con mi cordura y mi delirio, sencillo y grandioso, a la vez, dispuesto a compartir hasta regalar la imagen del cielo, me parece que sería un hombre extraordinario; no obstante, me sé un caminante, un discípulo de los árboles, de las plantas, de las flores, del viento y del agua, observador del alma y de la textura, explorador del cielo y de la arcilla, con la curiosidad de asomar a las pequeñas represas naturales que me enseñan tanto y me piden, a su nombre, derramar lo que contienen para bien mío y de los demás.

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Entre la tierra y las nubes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Camino descalzo, en el césped y en la tierra de la que surgen aromas, colores y texturas con formas de helechos, flores y plantas, hasta que llego al río diáfano que trae pedazos del deshielo, en lo más alto de la montaña, donde me introduzco y hundo mis pies en el fondo arenoso. Abrazo uno de los árboles que crecen frondosos en la orilla y siento la textura rugosa de su corteza. El viento sopla, juega con mi cabello y torna carmesí mis mejillas. Al abrazarlo, cierro mi mirada física y abro los ojos de mi interior, la percepción de mi alma. Y así siento el palpitar de la creación, el pulso de la vida, como si el árbol y yo formáramos parte de la misma fuente. Al abrazar el tronco, escucho las voces y los sigilos que vienen de mis profundidades y de las hendiduras de la tierra, de las rocas y del bosque. Descifro su lenguaje. Me doy cuenta de que abajo, sepultados por tierra y piedras, abundan los minerales que enriquecen a los seres humanos durante su paso temporal por la estación llamada mundo. Miro arriba, más allá de las nubes, el cielo de azul profundo, y me doy cuenta de que el universo es grandioso. Cuántos mundos y estaciones. Reflexiono, en sentido metafórico, que ese cielo es infinito y está conectado a mi alma, a los suspiros del aire, a las gotas de lluvia, a la sonrisa de la infancia, a todo. Entiendo que el mundo, con sus bellezas, sus tesoros y su grandiosidad, es una estancia temporal, parte de la ruta al infinito. La ecuación, parece, consiste en vivir en armonía, con equilibrio, plenamente, dentro de un proceso ininterrumpido de amor, bien y evolución. Solo así dejaremos de ser el hermoso y cautivante barro del que nos enamoramos y ser parte de la esencia infinita. Es maravilloso.

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Cada letra, cada palabra, cada texto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cada letra es un pétalo, una flor, una hoja, un pedazo de árbol, un fragmento de tantas palabras que se escriben y a veces se pronuncian y en ocasiones se callan, igual que el viento que, al soplar, envuelve su aliento en murmullos o lo encapsula en silencios. Cada palabra forma parte de la narración o del poema, del cuento que arrulla a los niños o de las novelas que emocionan a los lectores, de los versos que enamoran y dan paz y armonía. Cada texto, en el arte, es un deleite, un regalo que se entrega, una noche o a cualquier hora, a alguien muy amado y especial, a los lectores, a la gente que se deleita al recibirlo. Cada letra abraza a la que uno traza al lado y, juntas, fabrican cuentos, novelas, relatos, poemas, como las gotas de lluvia al acumularse y formar charcos que reflejan la profundidad del cielo, las siluetas de los árboles y de las montañas, los rostros y los paisajes, incluso lo que parece resultar inalcanzable. No hay trucos ni engaños en las palabras que uno escribe porque vienen de los sentimientos y de las ideas, a veces con la esencia de paraísos y en ocasiones con la arcilla del mundo, en una inspiración que no termina nunca y con una labor incansable. Cada letra pura la escribe uno lejos de los escaparates, de las cámaras y de los reflectores, porque, al crear palabras, al integrarse a las páginas, al ser, simplemente, textos, derraman su encanto y su magia, un prodigio que viene de las almas y de un infinito que palpita incesante y provoca la vida, el aire, lo bello, el agua, el amor, lo sublime. Cada letra que se junta, arma palabras que obsequian lo más prodigioso, los destellos y los suspiros que parecen venir de Dios, de la creación, de la naturaleza, del alma. Cada letra, cada palabra, cada texto.

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El árbol centenario

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Todos los días lo contemplo con embeleso, en las mañanas y en las tardes, desde la ventana de la oficina. Me transmite su energía, la paz de la naturaleza, su fragancia de oxígeno, la sombra que proyecta en determinadas horas, el amor que exhala en cada suspiro y sus deseos de vivir. Es el árbol, un pirul centenario, que luce su tronco rugoso, su corteza agrietada y oscura, sus hojas peculiares, el aroma de su resina y sus pequeños frutos rojizos que cuelgan en racimos. Cuando llueve o al filtrarse la mirada solar entre sus hojas y tocarlo el viento, en sus interminables caricias, sus hojas agachadas, cada una con múltiples laminillas verdes, regalan un espectáculo mágico. La gente que entra y sale se acostumbró, parece, a verlo cerca del paredón de una finca antigua; sin embargo, me cautiva y es, en secreto, refugio de mis alegrías y de mis tristezas, de mis consuelos y de mis desconsuelos, de mis ilusiones y de mis esperanzas. Entre sus rumores y sus silencios, el árbol escucha la voz de mi interior y me abraza como un padre, igual que una madre, con amor y consejo, prudente y sabio. Me habla. Entiendo su lenguaje. Ha vivido tantas décadas en el mismo lugar y sus raíces no se han apropiado de las piedras ni intentan buscar y atrapar tesoros ocultos. Por eso es que, quizá, crece pleno y libre, contento, apacible y hermoso. Cuando más desolación siento, recibe los abrazos y los besos del viento que me comparte con dulzura y encanto, a veces con un consejo, en ocasiones ausente de mensajes, para tranquilidad mía. Constantemente me recuerda que las cosas intangibles y materiales no solamente son para uno, sino para el bien que pueda derramarse a los demás, principalmente a quienes más lo necesitan. Y como vive en armonía y en equilibrio consigo, con los elementos que lo componen y con las plantas que le rodean, entiendo el valor que significa amar a la familia y a los seres que están cerca y lejos, y respetar, siempre, a todos, por insignificantes que parezcan. Nadie es superior ni inferior. Solo los estúpidos y los necios juzgan por las apariencias. El árbol es testigo del paso de hombres y mujeres sencillos y amables, pero también de personas altivas, hostiles y groseras, sin que los malos gestos, la presunción y las superficialidades perturben su paz. A todos comparte frescura, oxígeno y sombra. Sus raíces se internan en las profundidades de la tierra y obtienen los nutrientes indispensables para vivir con salud, mientras su tronco arrugado y oscuro, es vigoroso y sostiene con firmeza las ramas que se multiplican, como una enseñanza, tal vez, de que la unidad da fuerza. Lo he mirado, desde la ventana, durante las horas de tormenta, digno, resistente, majestuoso, sin caer ni darse por vencido, y eso me enseña mucho. Al admirar sus ramas con cortezas ranuradas y la espesura del verdor de sus hojas con laminillas que apenas permiten distinguir, desde el césped, la blancura de las nubes y el azul profundo del cielo, pienso que me encuentro en un pedazo de edén y siento la presencia de las almas que tanto amo, de la creación palpitante y de la Mente Infinita de bien y de luz, un Dios bondadoso que me aconseja, enseña y abraza con el amor más puro y sublime.

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¿Vivir?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Vivir? Caray, qué pregunta. Vivir consiste, parece, en detener la marcha cotidiana, voltear a los lados y sonreír a la gente que se encuentra cerca y lejos, aliviar el hambre de los miserables e impedir que alguien muera por enfermedad o tristeza. ¿Vivir? En eso estamos, aunque a veces olvidemos quiénes somos y cuáles son nuestras encomiendas. ¿Vivir? Lo hacemos desde el nacimiento, en el cunero, con el aprendizaje y los juegos de la infancia, con las ocurrencias y las inquietudes de la adolescencia, con las ilusiones de la juventud, con los asuntos de la madurez y con los pasos de la ancianidad, hasta un instante previo a la muerte, a la sepultura. ¿Vivir? Me consta que se vive al amar, al hacer el bien, al disfrutar cada instante con sus luces y con sus sombras. Se vive, según sé, cuando se invita a otros -a la familia, a los amigos, a las personas con las que trata uno y hasta a los desconocidos- a la convivencia, al respeto, al orden, a la evolución, y a gozar los pequeños detalles que cotidianamente se transforman en milagros, como despertar, conservar la salud, reír, estar cerca de los seres amados. ¿Vivir? Con frecuencia olvidamos vivir, aprovechar al máximo cada instante, deleitarnos con la travesía por el mundo y por la existencia, y curiosamente, dentro de esa amnesia y de tal descuido, solemos llorar al aproximarse el momento postrero, el final, la muerte. ¿Vivir? Nos encariñamos tanto con la vida humana, que olvidamos que es temporal y que hay otra, tras la finitud del cuerpo físico, que ofrece, al trascender, el encanto y el milagro de una existencia infinita. ¿Vivir? El agua, al brotar por las hendiduras del manantial, al salir de la intimidad de la tierra, no pierde el tiempo ni se distrae en asuntos baladíes, porque sabe que corre el riesgo de estancarse y podrirse; conoce su esencia y alivia la sed, moja la campiña que multiplica sus sabores, sus aromas y sus colores, y, finalmente, regresa a la fuente de la que surgió. ¿Vivir? Hoy tienes vida y te encuentras en el mundo. Abre la puerta, asoma por la ventana, brinca la cerca, hunde los pies en el barro, abraza un árbol y siente la pulsación infinita de la creación que permanece conectada a ti, agradece tanta bendición, atrae lo bello y lo positivo, ama, derrama bien. ¿Vivir? Qué pregunta.

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La Tierra

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Era un pedazo de cielo, un trozo de paraíso, con la sustancia que fluía en todo, con el agua que corría etérea, con el viento que acariciaba suave o intensamente, con el fuego que calentaba y con la tierra de la que brotaban los colores, las formas, los sabores y las fragancias. Parecía, entonces, un milagro, un destello del infinito dentro de la realidad y del sueño de la temporalidad. La Tierra estaba diseñada para hacer una escala inolvidable durante la travesía hacia el hogar eterno. Alguien, y muchos más, la convirtieron en basurero al sentirse sus propietarios. Todos se adueñaron de porciones, alrededor del mundo, hasta que olvidaron devolverle su sentido natural. Simplemente, la Tierra fue herida con perforaciones y la sustracción de sus tesoros, matizada de tonalidades ficticias y cubierta de concreto, plástico y asfalto. Le arrebataron su esencia y la transformaron en cascarón. Ahogaron sus poros. Sobre la Tierra, donde se expresa el milagro de la vida, alguien, y otros más, provocan incendios, deforestan, contaminan, depredan y explotan armas mortales. Asustados por sus muestras y rasgos de agotamiento y colapso, alguien, y los otros, desdeñan a la Tierra y a sus moradores, pretenden aniquilar a la mayoría y someter a quienes sobrevivan, y buscan, paralelamente, otros mundos que les ofrezcan condiciones naturales para habitarlos. Creen merecer, por sus fortunas materiales, su poder militar y político, y su complicidad perversa con científicos mercenarios y ensoberbecidos, con mentes desequilibradas, un mundo perfecto, cuando han hecho de un fragmento de cielo, un escenario infernal. La Tierra fue un paraíso, hasta que alguien, y otros más, por generaciones, la volvieron un muladar. No es que la Tierra ya no dé frutos; es que muchos le arrebataron su aliento y su producción natural, y pocos le entregaron una retribución que compensara y equilibrara sus faenas. No es que la Tierra caduque; es que el ser humano, la única criatura que en el planeta se ha sentido racional y privilegiada, la envejeció y la enfermó. No es que la Tierra ya no produzca alimentos y otros bienes naturales; es que la ambición humana prefirió pisos de mármol, objetos de oro, albercas privadas y terrazas de lujo, al mismo tiempo que taló árboles en bosques y selvas, arrasó con esteros y lagos, secó cascadas, manantiales y ríos. No es que la Tierra sea una estación de paso, inhóspita en el universo; es, simplemente, que la humanidad le ha faltado al respeto al convertirla en el infierno que concibió en su mente. La Tierra era un pedazo de cielo.

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En estos días y los que siguen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días pasados y los actuales, han alterado las notas de la vida, y no es por el destino ni por el tiempo. La guerra continúa con su rostro deforme e irreconocible, casi sin que lo note la gente que está tan distraída y desconoce que, junto con otros miles de millones de seres humanos, se ha convertido en prueba de laboratorio, en ensayo perverso, en producción en serie, en estadística. El agua, el oxígeno, la tierra y los alimentos, en el mundo, se agotan, al mismo tiempo que manos ambiciosas, crueles y egoístas -las mismas que crearon los desórdenes y propician el caos, el odio, las enfermedades, los enfrentamientos, la destrucción, los antagonismos y la muerte- acaparan los recursos naturales y minerales y acumulan fortunas y poder inmensos que contrastan con el hambre, las carencias económicas y las enfermedades. Mucha de la gente que se dedica a la ciencia, al arte, al conocimiento, ya lo comprobamos una y otra vez, es soberbia, ausente de sentimientos, y tiene precio. Vende el arte y la ciencia igual que se comercializa cualquier baratija. Son mercenarios que se han aliado al mal y a los que no les interesa prostituir el bien, la verdad, la justicia y la libertad. La élite ha saqueado al planeta, con la cacería de animales, el botín que obtienen de las entrañas de la tierra y los paraísos de cristal y mármol que construyen sobre esteros, bosques y selvas, siempre culpando a las multitudes que formó a través de la televisión y los medios de internet. Y la guerra se acentuará. Ahora, tras el experimento del Coronavirus, poseen el mapa completo, la geografía humana, y saben cómo reaccionan cada pueblo y raza. Intentan, y lo están logrando, apoderarse de la voluntad humana, destruir a los que les estorban y significan cargas onerosas, a quienes sienten y piensan diferente. La búsqueda de condiciones favorables a la vida en el espacio, en otros planetas, no es con el objetivo de beneficiar a la humanidad, sino a un segmento privilegiado materialmente, y no solo con la idea de colonizar el universo, sino para obtener y ganar la supremacía militar y el control absoluto. Y claro, también saquearán las riquezas de otros planetas, aunque la inversión supere las cantidades que se requieren para alimentar y sanar a las multitudes. Seguramente habrá nuevos minerales y piedras que sustituyan al oro y a los diamantes. Todo será distinto. De hecho, ya lo es. Si el denominado Covid-19 fue diseñado, creado y disperso en sitios estratégicos para su propagación inmediata, se trata del principio de la destrucción masiva, y pronto, sin duda, surgirán otras expresiones que asustarán, desestabilizarán y aniquilarán a amplio porcentaje de hombres y mujeres a nivel global. Si innumerables artistas y científicos se han escondido, por conveniencia, miedo o interés, otros, lo sabemos, son mercenarios que trabajan a favor de quienes les pagan. Dentro de esa basura humana que ha tenido oportunidad de dominar las manifestaciones artísticas y el conocimiento, también existen hombres y mujeres auténticos y extraordinarios, capaces de desafiar a los dueños de las fortunas y del poder, con el objetivo de defender la verdad, el derecho a la vida, las libertades y la dignidad humana. Quienes aún poseemos la fortuna y el privilegio de contar con valores y practicarlos para bien propio y de los demás, en la inacabable tarea de construir un mundo hermoso y pleno, tenemos la obligación, el compromiso y la responsabilidad histórica de crear e investigar con ética y respeto, siempre para beneficio de la humanidad. El arte y la ciencia, si son auténticos, tienen el compromiso irrestricto de invitar al bien, a la verdad, al desarrollo equilibrado e integral de la humanidad y de toda expresión con vida e inanimada, a la evolución. Y el arte y la ciencia, en manos de gente honesta y con valores, no están a la venta, y menos para causar sufrimiento en los demás. Al menos, yo no utilizaría mis letras y mis palabras, en la destrucción y en el engaño, y sobre todo cuando pienso que el arte es lenguaje de Dios, destello de la fuente de bien y luz.

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El matorral y la lluvia

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-¿Por qué insistes en formar charcos y represas? -preguntó el matorral a la lluvia.

La lluvia, sonriente, contestó:

– Contribuyo a mantener los ciclos y el ritmo de la vida. Es mi encomienda.

El matorral, cubierto de polvo, sostenido por tallos insensibles y ásperos, abundantes en espinas con veneno, tenía la costumbre de agredir, desafiar, mofarse y discutir. Criticó a la lluvia, quien explicó:

-Mira y disfruta el esplendor de la vida a tu alrededor. Los árboles, las plantas y las flores coexisten en remansos apacibles, desde los que regalan sus colores, sus fragancias, sus sabores y sus formas. Beben el agua con sus nutrientes y conviven en armonía y en equilibrio. Son plenos. Unas especies obsequian la delicia de los sabores del paraíso, mientras otras, en tanto, decoran el paisaje con sus matices y sus perfumes. Todas las criaturas dan lo mejor de sí y contribuyen a la evolución de la naturaleza y la vida, igual que la corriente diáfana del río que serpentea la comarca y las abejas, los pájaros y las mariposas que revolotean despreocupados y ufanos.

El matorral sonrió burlón, con interés de molestar e interrumpir a la lluvia que dedicaba minutos y horas en formar sus motivos, sus detalles, sus encantos. Le molestaba tanta minuciosidad.

-Pierdes tiempo en formar charcos y represas. ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo si, finalmente, se evaporarán, las otras criaturas la beberán y se esfumará?

-No soy presuntuosa porque la sencillez me hace auténtica, libre, rica y feliz, matorral. Podría asegurar que me extrañarás durante las estaciones de mi ausencia y que, seguramente, en ciertos momentos, padecerás sed y experimentarás la sensación de la muerte; sin embargo, mi misión es contribuir a dar vida, no a maldecir. Si requiero demasiado tiempo en construir represas naturales y charcos, es porque lo extraordionario y grandioso está compuesto de detalles pequeños. Nunca lo olvides, amigo mío: la acumulación de veneno, intoxica y mata; el conjunto de obras buenas, eniquece y da vida. Todo se construye a través de la aportación paciente de detalles pequeños.

Los árboles, las plantas y las flores, agradecidos con la lluvia, permanecían callados, atentos a sus enseñanzas. Sabían que el matorral, de infausto aspecto, destilaba odio y veneno. Sus espinas rasgaban y sus hojas envenenaban.

Tras una mañana de trabajo, la lluvia, finalmente, concluyó su tarea y se retiró a otras comarcas, no sin antes hablar con el matorral que la acosaba y espiaba:

-Matorral, he terminado mi labor. Me retiraré, pero te aconsejo, amigo mío, que asomes al charco que formé junto a ti, no solo para que te nutras, sino con el objetivo de que te descubras de frente, definas tus rasgos y tu semblante, sustituyas tus gestos amargos por una apariencia feliz, dadivosa y amable de todo ser que proviene de la esencia y de la fuente infinita.

-¡No lo creo! -replicó el matorral.

-Al descubrir tu imagen, notarás en el reflejo que a tu alrededor hay otras criaturas -árboles, plantas, flores- que coexisten libres y plenas, agradecidas y justas, dispuestas a dar lo mejor de sí y a decorar el paisaje con los colores, las formas, los sabores y las fragancias del paraíso.

Irascible, el matorral contestó:

-¿He de ocuparme en dar de mí, en desprenderme de lo que soy y tengo? No, lluvia. Mi odio me impide compartir. Solamente conozco el mal y soy capaz de espinar, herir y envenenar. Alejáte de mí.

Ya convertida en llovizna fugaz, la visitante agregó:

-Y cuando te descubras dichoso en el reflejo del charco, con la decisión de eliminar tu maldad, quizá te darás cuenta de que a tu alrededor coexisten seres maravillosos y que arriba se extiende un cielo inagotable, bello y cautivante, que de día te regalará la luz, las tonalidades de la vida, mientras en la noche, en cambio, te obsequiará las estrellas como faroles y la oscuridad para que tengas oportunidad de descansar e internarte en ti, en tu ser, hasta que percibas el palpitar de la creación, te encuentres y tu esencia recuerde que el bien atrae la inmortalidad.

Y la lluvia, envuelta en su ambiente prodigioso, marchó a otras rutas.

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Cuando el ser humano ya no era río

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-Miro un cauce con arena, piedras y varas secas. Dicen mis amigos que sus abuelos les han relatado que aquí era un remanso similar al paraíso que los más viejos de nuestra raza, hace muchos años, creían que existió, y que, en este sitio, precisamente, se sumergieron en el agua que corría, nadaron libres y dichosos, pescaron y disfrutaron paseos inolvidables, antes de poseer un número de control que bloqueó sus identidades. ¿Recuerdas alguna imagen lejana de este lugar? ¿Cómo era? ¿Realmente existieron los ríos? -preguntó el joven a su padre, mientras caminaban agotados, sedientos, en busca de algún árbol frondoso.

El hombre, sorprendido, volteó atrás, a los lados, al frente, como para cersiorarse de no ser escuchado y reprendido o castigado por los agentes del Régimen. Observó a su hijo, casi a hurtadillas, y se cuestionó si en verdad estaría planteando una pregunta sincera o si se trataba, como en tantos casos, de una trampa para delatarlo, arruinar su expediente y acelerar el fin de su existencia.

-Contesta, papá -insistió el muchacho-. No temas. Soy incapaz de causarte daño. Habla con confianza.

Nuevamente, el hombre miró a su hijo.

-Supongo que he roto las reglas, papá -confesó el joven-. Estoy preocupado y temeroso porque desde hace meses ingresé a hurtadillas a los archivos secretos del conocimiento. Sabes, como yo, que el Régimen lo prohíbe y aniquila sin misericordia a quienes se atreven a hurgar sus dominios.

Asustado por las revelaciones de su hijo, el padre no caminó más. Comprendió que su hijo, inquieto como él lo fue en la juventud, había quebrantado las leyes y las reglas del Régimen y que, en consecuencia, ambos se encontraban en riesgo de ser descubiertos, aprehendidos, martirizados y asesinados.

El Régimen era autoritario e intolerante, implacable y cruel. A sus dirigentes, inaccesibles a la gente, en el mundo, porque vivían en paraísos amurallados, les molestaba que cualquier hombre o mujer descubriera y explorara su interior, hasta reencontrarse consigo, con su alma, con sus sentimientos, y con la razón. Todo estaba diseñado para no sentir ni pensar con libertad. El alma y la razón estaban sometidos en mazmorras hediondas y oscuras, donde los gritos se volvían silencios torturados.

Padre e hijo fingieron indiferencia. Caminaron, igual que tantas personas lo hacían en sus días de asueto; pero se sabían complices y guardianes de un secreto, o tal vez más. La gente creía divertirse y ser feliz con lo que los funcionarios del Régimen les ofrecían, acaso porque sus recuerdos naufragaban en la desmemoria, probablemente por formar parte de generaciones recientes, quizá por el aprendizaje de sentir, pensar y actuar en serie, al gusto y de acuerdo con los interess de la élite, o tal vez por sentirse rotos, frágles e incompletos.

La risa, los juegos, las diversiones, las relaciones entre parejas y familias, los encuentros amistosos, todo estaba regulado por horarios y relojes estrictos, igual que el estudio, las obligaciones y el trabajo automatizado. Nada escapaba a la supervisión de los señores del poder, quienes eran dueños de la humanidad, de los territorios, de las riquezas y de la naturaleza del planeta.

El padre condujo al joven hasta un remanso apacible, lejos de la multitud, con la idea de hablarle:

-Hijo, reconozco tu valentía y tu decisión de ser libre y pleno. Corres peligro, igual que yo. Seguramente, el Régimen ya registró nuestra conversación sobre temas prohibidos y nos eliminarán. Antes de que eso ocurra, te invito a no rendirte, a luchar y a negarte a ser esclavo, aunque te sientas desgarrado… Es verdad, el agua era un regalo de Dios, de la creación, de la vida, de la fuente infinita; pero nosotros, los seres humanos, la contaminamos, la robamos, la desperdciamos, hasta que se agotaron los manantales, las cascadas, los ríos, los lagos, los esteros, abundantes en expresiones de la naturaleza, que tampoco existen porque las exterminamos. Cubrimos los poros de la naturaleza con cemento, plástico y concreto, y también, sin sospecharlo, sepultamos nuestra conciencia, los sentimientos más bellos y nobles, los ideales, el bien, los detalles, los pensamientos, las ilusiones, los sueños. Permitimos, sin darnos cuenta, que ellos, la élite del Régimen, con todo su poder económico, militar y político, en alianza con medios de comunicación mercenarios y gobiernos corruptos e ineptos, idiotizaran a las multitudes, enajenaran a la gente, arrebataran el amor y los sentimientos, desintegraran familias, borraran sonrisas, rompieran sueños e ideales, denigraran la libertad y destrozaran la alegría y la dignidad. Ofrecieron al mundo un supuesto paraíso en el que parecía factible consumir, satisfacer apetitos primarios, arrebatar, engañar, triunfar de acuerdo con los códigos de las apariencias, las superficialidades y la estulticia. Los grandes rebaños humanos, las multitudes, fueron enajenados, hasta ser controlados. Exterminaron sentimientos nobles, unidad familiar, ideales, sueños, ilusiones, detalles, raciocinio, que suplantaron con existencias monótonas y vacías, deshumanizadas y autómatas, estúpidas y controladas.

El joven escuchó, aterrorizado y en silencio. Su padre continuó, apresurado, como si supiera que sus palabras tenían que ser directas y breves, auténticas y reveladoras, antes de ser descubierto y eliminado por los agentes del Régimen. Prosiguió:

-Incontables gotas formaban corrientes, ríos caudalosos que regalaban vida, colores y sabores, alegría y paraísos. Eran pedazos de la fórmula de Dios. El agua que fluía y por sí sola se mantenía transparente y pura, semejaba los ideales, la libertad, los sentimientos, el bien, la verdad, el amor. Sé como el agua, libre y pleno, auténtico y digno. No permitas, por ningún motivo, que te sometan porque morirías, igual que ocurrió con el agua que permaneció estancada en las orillas, pútrida y ennegrecida.

El hijo intentó ayudar a su padre, quien de improviso sintió desfallecer ante la falta de oxígeno y la celeridad de los latios de su corazón. El Régimen descubrió su atrevimiento y su traición, conducta que propició su martrio, agonía y muerte.

-Huye de aquí, hijo querido. Refúgiate lejos. Bloquea el sistema que los científicos del Régimen diseñaron para vigilar y controlar a cada ser humano, en el mundo, y no permitas que te destruyan. Busca a otros hombres y mujeres que compartan el anhelo de la libertad, el bien y la verdad, y estén dispuestos a luchar contra el Régimen. Sé como la gota de la lluvia, del mar, de los lagos y de los ríos, unida a otras, por millares o millones, y juntas, fortalecidas, en torno a un proyecto común, rompan las compuertas que mantiene a a humanidad esclavizada, enajenada, manipulada y controlada.

El muchacho titubeó. De alguna manera, al encontrarse consigo, había descubierto sus sentimientos adormecidos, la nobleza del alma sometida al martirio y al encierro; pero el padre lo empujo con el objetivo de que salvara su vida, bloqueara las señales del Régimen y luchara por la libertad y el rescate de millones de seres humanos.

-Vete, hijo. Déjame aquí. Voy a morir. Sálvate y sé la gota de agua que atraiga millones, hasta que las paredes y las rejas del mal, sean destruidas. Este cauce seco que hoy contemplas, un día fue paso de millones de gotas de agua, convertidas en río, capaces de dar vida y regalar colores, fragancias, sabores y formas. Sé, con otros, el agua transparente, pura y fuerte que retorna a los cauces para cambiar los rostros de muerte por semblantes de vida.

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