Me lo debo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me debo un instante, otro y muchos más de alegría, con incontables abrazos, sonrisas y tratos amables. Adeudo, para mi existencia, dejar atrás cualquier síntoma de amargura, enojo, desconfianza, miedo y tristeza. Tengo pendiente convertirme en personaje extraordinario, cautivante y sencillo, y en hacer de mi biografía una historia sublime, maravillosa e inolvidable. Y sí, me debo una vida más bella, en armonía y en equilibrio, plena y sabia, abundante en detalles, sin los sobresaltos de quienes no descansan ni logran dormir tranquilos por la urgencia de apaciguar, a cualquier hora, los apetitos que tocan a sus puertas y los acosan, por la ausencia de sí y el exceso de superficialidades con que se presentan ante el mundo, por la ambición desmedida que arrebata la riqueza genuina o por los tintes sombríos que transpiran por medio de sus sentimientos, ideas, palabras y actos. Uno, desde que nace, vive y comienza a morir, generalmente sin darse oportunidad de ser intensamente feliz, amar, dar lo mejor de sí a los demás, practicar las virtudes, irradiar bien y protagonizar la historia de una vida bonita y afortunada, a pesar del sí y del no de cada instante, de las auroras y de los ocasos, de los murmullos y de los silencios. Reservo para este día y los que siguen, una estancia agradable y esplendorosa en el mundo, una ruta fascinante en mi vida, un rumbo que me ofrezca tantas cosas lindas como yo tenga capacidad de buscarlas, crearlas, propiciarlas, hacerlas reales y compartirlas. No perderé mi esencia, pero merezco, como todos, lo mejor de la vida en cualquier sentido -espiritual, mental, físico, material-, hasta transformarme en la luz que disipa las sombras y derrama amor, bien, conocimiento, ideales, sueños, vivencias y sentimientos nobles. Me debo, para estos años, una vida ejemplar, una sinfonía magistral, y la oportunidad para conseguirlo es ahora y aquí. Me lo debo.

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Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

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Repaso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un caballero no olvida el detalle de sorprender a su dama con una canasta pletórica de flores y la promesa de hacer de cada instante un motivo de alegría

Hoy recorro, felizmente, las rutas del amor, entre paisajes al natural y otros de luces y cristal, donde te miro conmigo, me veo contigo, en el sutil encanto de dos miradas que son una. Abro las páginas de nuestra historia y, en cada línea escrita, con sus mayúsculas y sus minúsculas, sus acentos y su puntuación, doy lectura a tus capítulos y a los míos, a lo que somos y hemos construido, hasta comprobar que tenemos un ayer compartido, poseemos un hoy que hacemos prodigioso y aseguramos, por lo mismo, un mañana sin final. Repaso, a tu lado, igual que dos patinadores sobre hielo -ella y él, tú y yo-, las horas y los días, los callejones y los remansos, los sueños y las vivencias de un amor que descubre nuestros rostros en notas de colores, en matices, supongo, parecidos a los que Dios utiliza cuando pinta los sentimientos que nos regala. Rescato de fechas lejanas momentos irrepetibles, instantes dichosos, que ilusionan, dan alegría e invitan a convertirlos en cimientos y puentes a un hoy esplendoroso y mágico, cautivante e inolvidable, entre tú y yo.

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No lo olvides

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Nunca olvides la ruta que un día, a cierta hora soñada, trazaste feliz, con tanta ilusión. No la pierdas. Si así aconteciera, también se extraviaría algo de ti y serías, tristemente, una persona rota. No sepultes tus alegrías ni tus sueños -reflejos de tu alma-, y menos por apariencias o por complacer a gente que envidia tu dicha. No te condenes al sufrimiento a cambio de superficialidades y tonterías. Es una locura empeñar la eternidad feliz y tranquila a cambio de unos años, en el mundo, de poder y riqueza obtenidos y utilizados cruelmente. Siempre recuerda de dónde vienes y quién eres para que nadie ni nada te confunda. No empeñes ni vendas tus sentimientos, que valen más que los apetitos, el poder y las fortunas sin causa ni rumbo. Sé tú, completo, inconfundible, sin mezclas que te aparten de ti. No te confundas con las imágenes que los días, al repetir sus pasos y multiplicar sus ascensos y descensos, transforman y desfiguran. Confía en ti y sigue la luz que proviene de tu interior. No busques en tumbas; mejor descúbrete en el amor, los sentimientos, los ideales, las sonrisas y los pensamientos que hay en ti y en otros. Encuéntrate en ti, en las gotas de lluvia, en los árboles, en el pulso de la creación. Sé feliz. No cargues maldad. Construye tus alas con el amor y el bien que derrames en los demás. Sálvate con la intensidad de tu luz interior. No apagues tu destino infinito. Y cuando llegue tu instante postrero, deja huellas, una sonrisa y un “te quiero”.

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Se llamaba Salud

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Era una niña descuidada. Estaba en un rincón, atrapada entre muros carcomidos e intoxicados de salitre, cerca de goteras, lodo y telarañas que cubrían vigas apolilladas, objetos de acero con herrumbre y piedras enlamadas. Se sentía abandonada y triste. Ya no estaban a su lado, como antes, apenas ayer, la alegría, los sueños, las ilusiones y el encanto de la vida. Todas, en su huida, habían renunciado a los juegos. La armonía y el equilibrio permanecían desgarrados. Le acompañaban sus hondos suspiros que se diluían con los ecos y pedazos de los otros días -ayer, cuando jugaba tan feliz- y con los murmullos y sigilos que, a veces, en la soledad, aparecen de improviso, acaso cual remembranza, probablemente como tortura, quizá porque así son las condenas, tal vez por todo y nada. Entumecida, no olvidaba su valor; mas la casa, otrora palacio, desmoronaba cotidianamente por el descuido de tantos años repetidos. Paredes y techos se desgajaban y caían, igual que un leproso contempla su cuerpo incompleto y pútrido que se despedaza irremediablemente. La hediondez se acentuaba cada instante, resultaba insoportable y ofendía los sentidos. Ella, la niña, ya no jugaba. Su rostro pálido y su mirada extraviada, indicaban un naufragio inevitable en rutas demasiado peligrosas, donde los sobrevivientes, al final, perecen. La niña era una vieja desdentada y enjuta, ciega y mutilada, manca y tullida, que apenas se arrastraba para comer hongos, musgo, lombrices y caracoles. Era la salud con aspecto de enfermedad. La salud -tan jovial que había llegado- enfermó gravemente y, por lo mismo, sentía morir. Permanecía agónica y presa en aquella casa, antaño intoxicada por la ignorancia, el descuido, la lujuria y la irresponsabilidad de su dueño. Cuántas personas, en el mundo, contaminan y pervierten a su huésped -la salud- y la encarcelan en órganos putrefactos, mientras abren puertas y ventanas a otra invitada -la enfermedad-, aliada incondicional de la muerte en su más dolorosa y macabra expresión. Parece que hombres y mujeres, en amplio porcentaje, ignoran que la salud es una niña que necesita jugar y recibir alimentación nutritiva, combinada con ejercicio, aire y sol; al contrario, la amargan e intoxican, hasta deformarla, envejecer su rostro, deformar su organismo y entregarla a la muerte, con bebidas y alimentos artificiales, inactividad y vicios. El coronavirus y otras enfermedades contagiosas y mortales, buscan, entre sus víctimas preferidas, a quienes han olvidado a esa niña de nombre Salud, a la que cotidianamente acorralan y sepultan, hasta provocarle formaciones extrañas, segregación y derrame de líquidos enrarecidos, pestilencia, cansancio y ausencia de vitalidad. El encanto se acaba y, en consecuencia, se manifiestan goteras, muros fracturados, techos rotos, ayeres nostálgicos, presentes dolorosos y mañanas inciertos. Hay que entender que, como dueños de la casa, las personas tienen la responsabilidad de cuidarla y hacer de sus recintos un palacio hermoso o una pocilga.

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La vida aconsejó a un hombre que caminaba

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Se feliz e intensamente rico”, aconsejó la vida a un hombre que caminaba, reflexivo y cabizbajo, quien preguntó, asombrado, cuál es la fórmula para obtener una fortuna inmensa. La vida, sonriente, aclaró: “al invitarte a ser feliz e intensamente rico, demostraste mayor interés en el dinero, en las cosas materiales, que en tu dicha, actitud que te coloca en un estado muy primario, en el cual, por cierto, generalmente es más grande la necesidad de satisfacer apetitos, poseer todo y colocarte antifaces, que la búsqueda de amor, salud, alegría, sentimientos nobles, bien, sabiduría y valores. Quiero aclararte, además, que al expresar intensamente rico, no me referí, precisamente, a dedicar los días de tu existencia a la acumulación de dinero, mansiones y alhajas, a lo cual es legítimo y válido aspirar, principalmente cuando las fortunas sirven para aliviar necesidades humanas y mejorar el entorno, el mundo; mi idea fue, exactamente, resaltar la trascendencia de que cada ser humano, hombre o mujer, posea tal cantidad de tesoros en su interior, que tenga capacidad de sonreír y derramar, como un regalo infinito, amor y bien a los demás, que es lo que justifica su paso por la vida terrena. Alguien que tolere y no enfurezca por cualquier motivo, una persona incapaz de almacenar y procesar odio, un ser humano que no cause daño. ¿Entiendes el sentido de mi invitación? Urge, en el planeta, gente dispuesta a construir escalinatas y tender puentes, arrojar la cuerda a los que andan perdidos en abismos, retirar cardos y piedras de los caminos, abrir celdas y romper barrotes para que se liberen los que se sienten aprisionados. Vive feliz quien dedica su biografía a hacer el bien y lo reproduce aquí y allá, en cualquier lugar, a todos y más a los que mayor sufrimiento cargan. En la medida que dediques tus días y años, dentro de su fugacidad, al bien, sin olvidarte de ti y de tus necesidades humanas, serás inmensamente rico y feliz, y todo lo bueno de la creación, intangible y material, vendrá por añadidura”, explicó la vida al hombre, quien al experimentar una mezcla de enfado, coraje y vergüenza, decidió alejarse de su consejera, no sin antes pensar que no requería lecciones, sino dinero, bienes materiales, para compensar su historia de dolor, tristeza y sufrimiento. Se marchó. La vida, acostumbrada a los desdenes humanos, lo miró alejarse desafiante, molesto, en busca de felicidad que creyó descubriría en la posesión de cosas que, si es innegable son útiles y valiosas, en la práctica, por sí solas, carecen de parentesco con los sentimientos y las riquezas del alma. Al dedicarse la vida a continuar regalando invitaciones a otros hombres y mujeres, distinguió, en la siguiente esquina, a la muerte que impartía su doctrina y conseguía adeptos.

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Y llegó febrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y llegó febrero, como se marchó un día, a cierta hora, con exactitud, puntual y sin remordimientos ni temores, a pesar de saberse el más pequeño de sus hermanos. Vino completo, sin instantes de más ni momentos con faltantes. Aquí está, con nosotros, imperturbable, en el invierno del hemisferio norte, patinando sobre la nieve, al lado de la chimenea, y en el verano del hemisferio sur, empapándose con las gotas de la lluvia y asoleándose mientras reposa en la hamaca, indiferente, como siempre, a lo que tú, yo, nosotros, ustedes, ellos y todos los hombres y mujeres, en el planeta, hagamos de nuestras existencias. Sabe que le nombramos febrero, pero realmente no le interesan las identidades ni los linajes porque sus 28 o 29 amaneceres y ocasos podrían continuar sin la presencia humana. Todo es pasajero en el mundo, en la vida terrena, y los días transcurren más allá de acontecimientos, fechas memorables y aniversarios. Febrero contempla un grupo de días que coinciden con cierta temporada, en una estación de paso, en espera del siguiente pasajero, llamado marzo. No se arraiga en ningún sitio porque de caer en la tentación de refugiarse en una cabaña, en alguna posada, como en ocasiones lo ha hecho, perturbaría a su hermano -marzo- con un clima diferente y el año parecería, simplemente, desvertebrado. Ya lo hacho. Le encanta jugar, en ocasiones, hasta salpicar a marzo. No trae regalos ni ofrece alegrías o desventuras. No promete. Es inquieto y se marcha sin despedirse. Una noche, al llegar la madrugada, simplemente ya no está en casa. Sabe, por experiencia, que los seres humanos son responsables de su destino y que, extraordinario y feliz o desventurado e infausto, solamente ellos podrán pintarlo con los colores más bellos y cautivantes o salpicarlo con los tintes de su drama, y así crear paraísos o infiernos. Llegó febrero y pronto se marchará sin anunciarlo.

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Si acaso existe el tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te amo en pretérito, desde el ayer, porque recuerdo -y las remembranzas son colecciones del pasado, si acaso existe el tiempo- que, en un paraíso, tú y yo jugábamos al amor y a la vida, entre flores, helechos y tréboles. al lado de la corriente etérea que retrataba nuestra alegría. Te amo en presente, a pesar de que los instantes se pulvericen y las horas se desmoronen, porque significa, entonces, que puedo demostrarte mi delirio, la locura y las ocurrencias de un amor que me inspiras en cada letra y palabra que sustraigo del abecedario y escribo en mi buhardilla de artista. Te amo en futuro -mañana y siempre- porque creo que tenemos porvenir. Te amo en pasado, presente y futuro -si acaso existe el tiempo-, quizá por tratarse, en parte, de la fórmula de la inmortalidad. Te amo sin edades ni fechas, convencido de que, en esencia, soy yo, eres tú, somos ambos, aunque el tiempo -si acaso existe y es el autor, y no la vida, de los rasguños que dejan signos de su paso en la piel, en la arcilla- se empeñe en marcarnos. Te amo en el ayer, en la infancia perdida, desde que éramos ángeles y polvo de estrellas; en el ahora, como tu escritor y mi musa; en el mañana, cuando volvamos a ser gotas de agua dentro de la inmensidad del océano, esencia, eternidad. Te amo desde el ayer hasta el mañana, en la aurora y en el ocaso, en cada estación donde la vida se detiene por ratos para hacernos tan felices y recordar que el tiempo no es barrera ni enemigo, sino eso, simplemente, pedazos de vida.

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Es momento de contagiar a la gente

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es momento de contagiar a la gente, a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, que apenas hace rato, quizá ayer, cantaban y reían felices e ilusionados, alrededor de la vida, y hoy, irreconocibles, temen a las sombras de la muerte que amenazan entintar los días de sus existencias con matices luctuosos. Es perentorio escapar de los barrotes y las celdas que hemos creado egoístamente, salir del estado de comodidad aparente que equivale más a irresponsabilidad que a razón, y transmitir a otros -familia, amistades, vecinos- auténticas dosis de alegría, fe y optimismo. No hay que esperar a que alguien enferme para llorar, mortificarse y contabilizar uno más dentro de la lista de ausencias. Es momento de formar una cadena humana con innumerables eslabones, todos unidos entre sí, atentos y solidarios, no con la intención de encadenarnos, sino con la idea de fortalecernos y ser auténticos, libres y plenos. Desde hoy, es aconsejable llamar por teléfono a los familiares, a los amigos, a los vecinos, a los contactos más próximos, con la intención de animarlos, preguntar por su salud, recomendarles se cuiden, recordar historias y días felices, planear futuros encuentros, alegres y sanos, para celebrar el milagro de la vida. Es urgente que ellos, a la vez, marquen a otras personas y las saluden igual. Las emotividades presenciales deben reservarse para otras fechas. En ocasiones, las apariencias y las superficialidades, emparentadas con la ansiedad, el consumismo, la soberbia, la necedad y la ignorancia, provocan que la gente no entienda y cometa imprudencias que propician mayores problemas y complicaciones. Es indispensable contagiar a los demás, aquí y allá, ahora y siempre, con sentimientos, ideales, deseos y pensamientos nobles, evidentemente con amabilidad, entrega, sinceridad y sonrisas. El aislamiento y las mascarillas, confinan, aprisionan, a pesar de las recomendaciones en su uso; mas no son excusa para transformarse en criaturas burdas, groseras y malvadas. Es tiempo de demostrar que tú, yo, ellos, nosotros, ustedes, somos mejores y superiores a grupúsculos perversos que causan tanto daño a la humanidad en su afán de reprimirla y dominarla para apoderarse de las riquezas del mundo. Si una élite poderosa, en complicidad con gobiernos serviles y corruptos, militares irracionales, científicos mercenarios y medios de comunicación sin escrúpulos, entre otros, diseñó, formó y dispersó un virus criminal que ha enfermado y asesinado a incontables hombres y mujeres, en el planeta, no olvidemos que Dios colocó un alma en cada uno, sentimientos e ideales, pensamientos y sueños, que se demuestran con la mano generosa que da a otros lo mejor de sí, con palabras de aliento, con una sonrisa, con una mirada comprensiva. Es hora de contagiar a la humanidad.

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La vida es un prodigio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vida es un prodigio. Estoy agradecido con sus auroras y ocasos, con sus sonrisas y enojos, con sus alegrías y tristezas, con su sí y su no. Se expresa, inagotable, en la sonrisa auténtica de un niño, en el acto maternal, en la lucha de un padre por sus hijos, en un romance genuino, en un abrazo, en un juego de hermanos, en las palabras de amor y consuelo, en el follaje de los árboles, en las nubes pasajeras y en las flores de exquisita textura, deliciosos perfumes y multiplicidad de tonalidades. Hoy quiero, por lo mismo, pintar el lienzo de la vida con los colores del amor, la amabilidad, el bien, la verdad y la justicia. Deseo volar libre y pleno, aquí y allá, a una hora y a otra, con la idea de invitar a la gente a vivir, recuperar la felicidad, definir el sentido del viaje y dejar huellas de seres humanos superiores al simple barro. La vida brota incesante de una fuente infinita, igual que las gotas diáfanas que surgen de la intimidad de la tierra y del manantial emprenden el viaje por cascadas y ríos, hasta que, alguna vez, en cierto instante, retornan a su origen. Me siento agradecido con la vida, con mi historia, con la gente tan amada que ha caminado a mi lado, con el concierto de los pájaros y con la lluvia que me empapa. He sido, en gran parte, autor y protagonista de mi biografía. Y claro, si tuviera oportunidad de iniciar de nuevo mi historia, elegiría a la misma gente, a los seres que tanto he amado y a los que de alguna manera son pasajeros del mismo furgón. Les entregaría más de mí, y eso haré en lo sucesivo, a partir de hoy, ahora que paseo por el mundo. Estoy vivo, igual que tú, ellos y todos los que caminamos por las sendas del mundo. Vivamos. Seamos no las gotas de agua que se estancan y pudren a la orilla de los ríos o en los pantanos, en medio de sus amarguras, ambiciones, tristezas y maldades, sino las que transitan plenas, alivian la sed y colaboran con la vida en sus colores, formas, sabores y fragancias. Seamos la luz que alumbra sin medida y no la oscuridad que apaga lo bello y sublime. Pretendo escribir un poema, otro y muchos más a la vida, experimentarla, compartir sus momentos e invitar a mayor número de seres humanos a deslizar los pinceles con los matices del amor, la dicha, el bien, la verdad, la justicia y los valores. La vida es, en verdad, un milagro.

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