A veces, cuando me siento tan ausente y roto…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A veces, cuando me siento tan ausente y roto, cautivo tras los barrotes de las remembranzas, en estos atardeceres lluviosos y melancólicos, me refugio en las profundidades de mi ser, me encuentro conmigo en mi interior -en algún remanso de mi alma-, hasta que me restauro por completo y retorno con nuevas fórmulas existenciales, con las ocurrencias que me ayudan a vivir y con lo que están mío. A veces, cuando me descubro tan solo, en medio del mundo y de la vida, noto que todo ha cambiado y que en mis listas existen muchos faltantes, rostros y nombres que ya no están, voces y risas que no se escuchan desde hace días o meses, proyectos e ilusiones que quedaron abandonados e inconclusos al lado del camino, perfumes que apagaron sus encantos. A veces, cuando despierto en la noche y me siento tan solo, experimento el dolor de los hombres y las mujeres que se retiraron de la senda y, por lo mismo, dejaron la memoria de sus historias. A veces, cuando siento que me deshilvano irremediablemente, evoco mis otros días, los del ayer; los repaso y sonrío al pensar que, al menos, se justifica mi existencia, acaso por las huellas que he dejado -nunca son suficientes-, probablemente por los abrazos y el bien que compartí -aún necesito dar lo mejor de mí-, quizá porque todos somos compañeros de viaje y llegaremos al mismo destino, tal vez por tantas causas que aún no entiendo. A veces, cuando me sé atrapado en mis propias murallas y escucho la tempestad nocturna, duermo con la certeza de que habrá otros amaneceres y, en cada uno, por cierto, un detalle, un motivo, un deleite, un encanto, un despertar. A veces, al no reconocerme en las imágenes del espejo, hago un recuento de mi historia y recolecto los vestigios de mi existencia para así sentirme y, paralelamente, saberme yo. A veces, al dormir entre mis murmullos e inquietudes y mis pausas y silencios, en la soledad, en mi propio destierro voluntario, me tranquilizo al entender que algún día, a cierta hora, despertaré en la alborada de la inmortalidad, al lado de ellos, de ustedes, de los que fueron, de los que son y de los que serán, en una magistral y prodigiosa unidad.

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Alegría y libertad

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La alegría y la libertad, parece, se refugian en las auroras y en los ocasos de otras fechas, cuando apenas ayer éramos poema y viento, lluvia y arena, cascada y río, y no sabíamos, por estar tan distraídos, que nuestra ruta conducía a destinos inciertos.

Por alguna causa -y muchas más-, la alegría y la libertad se volvieron encanto de apariencia irrecuperable -al menos es lo que pretenden que creamos quienes intentan atraparnos-, fantasías y sueños, añoranzas y suspiros, jeroglíficos indescifrables, piezas de museo, y ahora, desolados y tristes, los miramos naufragar y hundirse, lejos de nosotros.

Sin notarlo -así son las dosis de veneno cuando se aplican gradualmente, con cierta intencionalidad-, alguien -y muchos más- atrapó nuestras alegrías y libertades, presas desnudas y ultrajadas que padecen angustias y tormentos indecibles. Compramos, sin notarlo, promesas incumplidas, apariencias y trampas.

La alegría y las sonrisas, agotadas y rotas, son desdibujadas. Alguien -y otros más- las borra de nuestros rostros, las debilita de la naturaleza humana, las desmantela por completo, las desconecta del alma. Ante nuestras miradas de asombro y la pasividad de seres cansados por la monotonía y los acontecimientos terribles que se suceden unos a otros, propiciados por los titiriteros del circo humano, alguien -y muchos más- elimina lo que somos y lo que parecía de nosotros.

Ellos -y alguien más-, quieren que las personas -en masculino y en femenino, en mayúsculas y en minúsculas- destierren las voces y abracen los gritos, sepulten la alegría y las sonrisas, y coloquen epitafios dolorosos y tristes sobre sus ruinas y sus nombres. Pretenden que las multitudes desprecien la luz y la sustituyan, entre sombras, por lámparas que finalmente romperán o fundirán.

Alguien -y otros- sabe que si esclaviza la libertad, mientras enferma, aterra, enfrenta y mata a la gente, la dignidad, los sentimientos nobles, la originalidad, el amor, la verdad, el bien, la inteligencia, la creatividad y todo lo maravilloso de los seres humanos -luz y arcilla, alma y cuerpo-, se exraviarán y solo flotarán despojos mediocres, desgarrados, incapacs de restaurarse, transformados en maniquíes y en títeres en serie.

No obstante, si alguien -y otros más- pretende y ambiciona cortar y destruir nuestra alegría y libertad, con todo lo que significan, nosotros aún poseemos capacidad y fortaleza para cerrarles las puertas y las ventanas e impedirles el paso. Somos más, en número y, aunque no seamos dueños de fortunas inmensas que corrompen gobiernos, ejércitos criminales, redes sociales perversas y medios de comunicación mercenarios, tenemos capacidad de resurgir de los escombros, valorarnos y enfrentar las guerras, los ataques y los ensayos actuales con fórmulas pacíficas. Ellos -y alguien más- temen a los valores, a los sentmientos, a la razón, al despertar, a las familias, al amor, al bien, al conocimiento masivo, a los ideales. Poseemos los elementos para derrotarlos y parar su locura, sin necesidad de violencia.

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Un día, a cierta hora…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Una mañana incierta, de improviso, ya no calzaré mis sandalias para andar contigo, con ustedesm con ellos. Mis huellas no quedarán registradas más en caminos sucesivos, en rutas nuevas, y quedarán, empolvadas, en antiguos trayectos. Quizá al mediodía, a partir de alguna fecha desconocida, ya no beberé ni comeré a tu lado, entre ellos, frente a todos, porque andaré, sin olvidarlos, en busca de ricos manjares. Una tarde -acaso cálida, probablemente nevada, quizá de lluvia, tal vez de viento-, mi bolígrafo y mi libreta de apuntes quedarán desolados, entre los sigilos y los rumores de lo que escribí, resignados, seguramente, a permanecer sobre el escritorio, en mi taller de artista, presos en alguna caja o sin duda en la basura, en un naufragio extraño, en un delirio patético ante el naufragio, la desmemoria y la ausencia de autor y la falta de poemas. Una noche postrera de mi existencia -desconozco cuál-, finalmente callaré y no habrá letras ni palabras. Mis textos hablarán por mí a quienes deseen escucharme y recordar lo que soy, lo que fui. Una madrugada -aún no la identifico-, ya no soñaré que vivo en un mundo que fue paraíso y mi casa, al lado tuyo y de ellos, de los que más he amado. Un día, a cierta hora, sabré, finalmente, si gané o si perdí la batalla, si llegué a la cumbre o si resbalé a los desfiladeros, si alcancé la luz o si quedé en las sombras. Un día de este mundo, en la temporalidad, partiré y, al siguiente, en la inmortalidad, permaneceré en algún remanso, en un paraíso, feliz de esperarte, contento de aguardarlos, encantado del reencuentro y de la fusión. Y mientras llega la hora, el minuto que posiblemente navega en algún océano, el instante que desembarcará en un puerto, sonreiré a tu lado y al de ellos, caminaré con ustedes, descalzaré, hundiré los pies en el barro, abrazaré los árboles, sentiré el pulso de la vida y disfrutaré este regalo tan grandioso del cielo.

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¿Dónde quedamos?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Qué fue de nuestros perfumes? ¿Qué de la sonrisa que compartimos? ¿Qué de nuestra historia y de la gente y las cosas que vimos pasar? ¿Qué de las gotas de lluvia que mojaron nuestras cabezas y sentimos deslizar en la piel? ¿Qué de los capítulos que vivimos y de nuestros sueños, esperanzas e ilusiones? ¿Dónde quedamos nosotros, los de apenas hace unos días, los de entonces, los del ayer? ¿Dónde están el deleite y el encanto de nuestros encuentros y desencuentros, de los juegos, de las palabras y los silencios, de los romances, de las compañías y las soledades? ¿Dónde quedaron las letras de los poemas y de las odiseas, los matices de los lienzos, la música de los pianos, las arpas y los violines? ¿Dónde permanecen las imágenes que reflejaron los espejos, las lagunas y los charcos? ¿Dónde las estrellas que descubrimos una noche espectacular y que otra, mágica e inolvidable, dedicamos a contabilizar luceros y a ponerles nombres? ¿Dónde está la fuente? ¿Dónde las bancas? ¿Dónde el puente? ¿Y nuestras complicidades? ¿Dónde quedamos después de vivir un rato en este mundo? ¿Acaso somos eco de antaño?, ¿probablemente, estamos rotos y permanecemos dispersos en la hojarasca y la tierra que pisamos?, ¿quizá todo resultó un sueño?, ¿tal vez no nos dimos cuenta de lo que fuimos? ¿Qué somos? ´¿Sombras dentro de la oscuridad que creamos o luz de los destellos que irradiamos? Un día, no estamos aquí y nadie imagina nuestra identidad; otra fecha desembarcamos y somos parte de una biografía, de una historia, cual espectadores o protagonistas en el muelle y tierra adentro; y más tarde, en otro tiempo, nos ausentamos. A una hora, nos sabemos arcilla, y a otra, en cambio, esencia. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Dónde quedó el tiempo que solíamos medir y temer? ¿Dónde el infinito prometido que tantas veces intuimos y sentimos en nosotros? Me pregunto si seremos el guión o el poema que Dios escribió al principio y que nosotros, por error, rompimos. ¿Somos burbuja vana e ilusa que revienta al sentir las caricias del aire o gota que en cierto instante, en algún ciclo, brota del manantial, transita por cascadas y ríos, para retornar a la fuente de dónde provino, tras ensayar la vida y probarse? ¿Dónde quedamos tras vivir tanto o poco? ¿Seguimos vivos en la temporalidad, en la finitud, o en la eternidad, en el infinito?

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Éramos tan felices

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Éramos tan felices, y transcurrieron los años, y pasaron las estaciones, y unos se fueron y otros llegaron, y cuando reaccionamos, algo había pasado y ya no nos reconocíamos. Éramos tan libres, jugábamos y reíamos, dialogábamos y paseábamos, y transcurrió el tiempo, y una mañana, distraídos y sin sospecharlo, despetramos amordazados y con cadenas, simplemente porque a alguien no le agradó nuestra felicidad y decidió, con otros, hacernos enemigos entre sí y rompernos con todo lo que significaban el mundo y la vida para nosotros. Éramos familia, amigos, compañeros, vecinos, colegas, habitantes, y si a veces reñíamos y teníamos diferencias, ganaban el amor, el perdón y el respeto, y volvíamos a reír y a abrazarnos, hasta que alguien, con otros más, nos enajenó, distrajo, enfrentó y dividió para borrar nuestros recuerdos, historias, sueños, ilusiones, creatividad y parentescos. Éramos, y así lo sentíamos, trozos de cielo, suspiros de Dios, y hasta anhelábamos, una fecha incierta, retornar a paraísos encantadores y prometidos; pero alguien, con otros, repitió que somos basura, que nuestro destino es caótico y que somos peores que las bestias, y así andamos ahora, insensibles, materialistas, interesados en saciar apetitos y en arrebatar. Éramos gente con auroras y ocasos, con el sí y el no de la vida, y planeábamos entregar a niños, adolescentes y jóvenes un mundo feliz y mejor que como lo encontramos; mas alguien, y muchos más, enseñaron que el sentido de la existencia es consumir hasta saciarse, acumular, competir insanamente, ser rival y entregarse a lo baladí y a la estulticia, y así caímos en trampas horribles. Éramos moradores de un planeta matizado de vergel, y hasta fuimos engañados al sentirnos deidades y superiores a las criaturas que nos acompañaban, y de esa manera asumimos que animales y plantas, carentes de sentimientos y raciocinio, simplemente eran parte de la naturaleza, y caímos en la equivocación, en la crueldad, en la soberbia, y alguien, con otros, al envenenarnos y mantenernos cautivos para quebrarnos, debilitarnos y enfermarnos más, montó espectáculos que mostraban, de un día a otro, la invasión de las especies que maltratamos, a las calles, a los parques, a los jardines. Éramos tan fuertes, que durante miles de años y centurias enfrentamos adversidades, problemas y retos, y triunfamoss; no obstante, alguien, con otros más, acordó el momento de aplicar cambios graduales y monstruosos con el propósito de exterminar a millones de hombres y mujeres, borrar sentimientos y valores, automatizar a la gente, explotar a los pueblos y apoderarse de las riquezas naturales y minerales de la Tierra. Éramos tan infantiles, que discutíamos por ser los primeros, ganar los juegos, obtener las mejores calificaciones y recibir los aplausos, las miradas de orgullo y la admiración, y todo pasaba y volvíamos a abrazarnos y compartir, y ahora rivalizamos y somos capaces de alegar, reñir y matarnos, simplemente por una “a” o una “o” que definen el género, muestra total de ignorancia, contradicción, rivalidad, odio e intolerancia. Éramos tan diversos y gozábamos tanto, que ni siquiera notamos que algo había cambiado y que parecíamos criaturas de asfalto, plástico y petróleo, antítesis de la naturaleza, negación del sentido humano. Éramos un milagro y ahora, por decisión de alguien, y otros más, parecemos seres condenados al sufrimiento. Éramos tan irresponsables, y lo somos aún, que permitimos que alguien, y muchos más, actuara y decidiera por nosotros, y no para bien común, sino de una élite perversa. Éramos tan vanidosos, casi dueños del universo, que ahora somos incapaces de reaccionar e impedir que una mafia se apodere de nosotros y de nuestro mundo. Éramos tan falsos y superficiales, que ahora descubrimos quiénes son, en realidad, a nivel de control global, los científicos, los gobiernos y sus políticos, los líderes religiosos y sociales, los dueños de las fortunas inmensas, las personas disfrazadas de artistas e intelectuales, todos ellos mercenarios y despiadados, de tal manera que busco entre la niñez, la adolescencia y a la juventud a quienes han de enfrentar a la mafia internacional con armas inteligentes -amor, bien, conocimiento, libertad, valores, respeto, dignidad, proyectos integrales, unidad, armonía-; pero con tristeza noto que muchos ya forman parte de una generación perdida, y me duele porque cada instante, entre un suspiro y otro, perdemos algo de nosotros y de mundo. Éramos tan felices, y no nos dábamos cuenta.

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Sueño de amor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Lo escribí para usted, tras despertar de un sueño de amor

Los sueños de amor son colección de los enamorados. Se entiende que significan citas nocturnas y encuentros tan anhelados, huellas indelebles que quedan cual constancia del paso de dos locos y ocurrentes que desafían el cortinaj de las horas, miradas silenciosas y palabras pronunciadas en algún puente de cristal. Los sueños de amor son exclusivos de quienes se saben uno con el otro, libres y plenos, con identidad propia y con las llaves de paraísos infinitos. Como que tienen el permiso de Dios. Pertenecen a los enamorados que pasean en una estación y en otra, en primavera y en invierno, en verano y en otoño, cuando uno vive y duerme en el mundo y en las estrellas, en el cielo y en las piedras que cubren los riachuelos, en el paraíso y en las nubes. Son, a veces, las olas impetuosas que besan la arena y los riscos con frenesí, tras sus jornadas marítimas, y, en ocasiones, el viento suave que canta, toca y arrulla las flores y las hojas. Se trata, parece, de pedazos de historias que llegan a la orilla con un tanto de uno y mucho de otro, ecos de capítulos que dos comparten a cierta hora, una mañana o una tarde, o quizá una noche, sí, trozos de un idilio consumido en algún instante del ayer, fragmentos de un romance que ambos reservan para el futuro, una mañana, al amanecer, o, tal vez, una tarde lluviosa o una noche estrellada y silenciosa. Un sueño de amor es un encuentro, casual o planeado, entre usted y yo, un alma y otra que se reconocen en un solo palpitar; es un poema sin final, la letra, el color y la música que expresan sentimientos que brotan del interior y que no pueden explicarse de otra manera. Un sueño de amor es la cita diaria, en las noches prodigiosas -tan nuestras-, entre usted y yo, con el encanto de mirarnos con la alegría y la emoción de la primera vez, ante el resplandor de los luceros que cuelgan de la bóveda celeste para alumbrar la banca que elegimos y el camino que seguimos. Un sueño de amor, seguido uno de otro, es el encuentro entre usted y yo, con la invitación a vivir una historia inolvidable y maravillosa, ahora y mañana, durante nuestra estancia en el mundo, y posteriormente, en la travesía y la estancia en un jardín infinito y sin fronteras. Un sueño de amor somos usted y yo, inseparables, dichosos, con la ilusión de vivir el mejor guión de una historia inagotable.

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Por usted

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Es que, por usted, he perdido la razón? ¿Es que, por usted, alguna vez decidí modificar mi ruta y mi destino, hasta seguir, juntos, el mismo sendero? ¿Es que, por usted, mis letras aceptaron compartir las novelas y los cuentos -oh, mi arte tan amado- con palabras románticas, con textos poéticos, con alfabetos que se convierten en flores y en gotas de lluvia y de cristal al dedicárselos? ¿Es que, por usted, renuncié a mi soledad natural y ahora la sé mi musa y la siento conmigo? ¿Es que, por usted, asomé y abrí la puerta y las ventanas, y recibí los abrazos de las ilusiones, las caricias del amor y las miradas de un idilio inolvidable? ¿Es que, por usted, cuando escribo algún poema, le entrego un soneto, una canción, un concierto? ¿Es que, por usted, al escribirle tanto, mis signos se convierten en trazos, en dibujos, en pinturas que la descubren en paraísos irrepetibles y hermosos? ¿Es que, por usted, al pintarla en el lienzo, le obsequio, finalmente, una página con letras, signos y palabras que expresan, sinfónicamente, el enamoramiento y el amor durante nuestra jornada terrena y la promesa de un cielo infinito? ¿Es que, por usted, al percibirla tan dama, me sé caballero? ¿Es que, por usted, al saberla mujer, confundo las fragancias de las orquídeas y de los tulipanes con los perfumes que le encantan, y me siento en el paraíso? ¿Es que, por usted, ya no temo, como otros, a la temporalidad, poque ahora, a su lado, reconozco que ya vivo en el infinito?

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Por favor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Por favor, cuando mi cuerpo permanezca yerto, ausente de alma, ya sin esencia, faltante de mí, no desperdicies un día completo en mirarme inmóvil ni en cavar en los años, en el tiempo, para llegar a alguna orilla del ayer, casi olvidada, buscar mis pedazos y recordarme. Las flores se marchitan y quedan abandonadas en los sepulcros, mientras las lágrimas de arrepentimiento, dolor y tristeza, en tanto, secan al amanecer y son olvidadas, cuando el sol pinta los jardines y el paisaje con matices de alegría, y los asuntos de la vida asoman cotidianamente con su sí y su no. La gente que se va y los recuerdos, quedan atrás, al expresarse el siguiente día. Parten de estaciones desoladas a rutas insospechadas. Prefiero que la mañana y la noche, la madrugada y la tarde, que indudablemente me dedicarás alguna vez, en una fecha desconocida y a cierta hora, las diluyas en instantes, en momentos con detalles, para que en verdad convivamos y, al final de nuestras existencias, resplandezcamos con ese tesoro grandioso y tan nuestro, y, ya sin llanto ni remordimientos, prevalezcan la alegría, las evocaciones felices, igual que cuando uno, contento y pleno, lee todo el libro y da vuelta a la página postrera. Prometo que haré lo mismo contigo y con la gente que amo y con la que aún no conozco. Repartiré detalles, motivos, instantes. No importa si es un mensaje instantáneo, si es una carta, si es una llamada o si es una visita. Lo importante es no sabernos ni considerarnos solos, compartir nuestras alegrías y tristezas, los triunfos y los fracasos que tenemos, la sonrisa y el llanto, porque de tales encuentros y desencuentros, sin duda, surgirán historias inolvidables, bellas e irrepetibles. Y si a los minutos que repartimos, agregamos el bien que podamos hacer a los demás, fundirnos en una cadena hacia determinados propósitos nobles, y enseñar a los que no saben, construir puentes y caminos que salven de caer a los abismos, seguramente, al despedirnos, no será en salas velatorias ni en hornos crematorios, ni tampoco en sepulcros. Nos recordaremos de manera idéntica a la de las personas que se aman, cuando se despiden tras una visita feliz y armónica, con la promesa de volver a encontrarse. Y así es. La jornada existencial solo es un paseo, una acumulación de años, para más tarde, si acaso existe el tiempo en otros planos, entregarse a la conquista, por méritos propios, del infinito. Por favor, evita, como lo haré yo, la pena, el dolor y la tristeza de mirar mi cuerpo ausente de mí, ya sin esencia, porque más que cavar una tumba que exhale hondos suspiros y cargar un ataúd en su despedida final, en el cementerio, me gustaría, contigo y con los demás, utilizar la pala para cerrar heridas y construir momentos grandiosos, vivencias inolvidables, oportunidades para hacer el bien y aliviar el dolor de otros. Más que cargar pesos innecesarios, abracemos a quienes están a nuestro lado, a aquellos que necesitan, por sus condiciones, una mano que dé, oídos que escuchen, miradas que vean con benevolencia, palabras de aliento que aconsejen y enseñen. No cavemos ni despediciemos los minutos y los días de la existencia en soportar tanto peso. Perdonemos el mal que nos causamos, si así ha sido, y repongamos la vida perdida -los segundos y los años componen los períodos de la existencia, en este mundo- con sentimientos, palabras, pensamientos y acciones nobles. Por favor, cuando sepas que mi cuerpo permanece con un faltante -yo, mi alma, mi esencia-, lleva alegría, buenos recuerdos, y continúa por la senda que diseñamos como seres humanos dichosos e íntegros. Dejemos las flores no para cubrir ni rodear ataúdes y sepulcros, decoración marchita de los cementerios, sino con la idea de cultivarlas, embellecer el mundo, alegrar a la humanidad y dispersar sus pétalos en los caminos, en las rutas a donde el paraíso, simplemente, inicia y parte de nosotros, de nuestro interior, de cada alma que palpita aquí y allá, en la arcilla y en la luz.

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Capacidades e incapacidades

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estamos rotos. Pertenecemos a la generación perdida. Hace años, durante postrimerías del siglo XX, escribí, una y otra vez, sobre mi percepción de un mundo fragmentado, antítesis del bien, dedicado más a satisfacer apetitos, caprichos y vanidades que a aliviar dolores y necesidades. Más que construir, la destrucción es una tendencia en las sociedades. El mundo agoniza. Naufragamos en una vorágine de personas que han perdido el sentido de la vida y que creen y piensan que la inmediatez, lo baladí, la estulticia y lo pasajero justificarán sus presencias nocivas, inserevibles y tóxicas. Muchos hombres y mujeres, en mayúsculas y en minúsculas, disponen de energía, dinero y tiempo para actuar cual marionetas cómicas y aberrantes que causan lástima. Hoy, somos capaces de pagar cantidades millonarias por el gusto y el placer de volar en lo que llamamos espacio y contemplar, en un sueño fugaz de austronauta, el planeta azul que ambicionamos conquistar y saquear, y que, a la vez, destruimos; en contraparte, parecemos incapaces de acudir a un hospital de pobres, donde la gente padece enfermedades terribles y hasta mortales, o a los asentamientos en los que las familias carecen de agua y de servicios básicos, con la intención de aliviar el dolor y contribuir al bienestar colectivo. Cotidianamente, dedicamos horas a enviar y recibir mensajes, a través de celulares y de equipos digitales, en amplio porcentaje, por cierto, estúpidos y superfluos; pero carecemos de tiempo para escuchar a quienes nos rodean y necesitan la sensatez de un consejo. ¿Qué se puede esperar de alguien que extiende la mano para colocarse una joya de lujo y no, en cambio, con la intención de dar de sí a aquellos que tienen hambre, que requieren un medicamento o que se encuentran desgarrados tras luchar tanto sin conseguir resultados? Los he visto. Son hombres y mujeres que se transforman al abordar un automóvil, al entrar a un restaurante lujoso o al transitar en las plazas comerciales, en los espacios públicos, para que otros, los que menos oportunidades de desarrollo tienen, los miren como se adora o se envidia un ídolo de piedra ataviado de alhajas. Algunos, incluso, disponen de recursos económicos y de tiempo para despilfarrarlos con alguien más, en un romance pasajero o en una ronda de amigos, y hasta pagan bebidas embriagantes y alquilan posadas de una noche; sin embargo, sus asientos permanecen ausentes en sus casas, sus parejas no reciben un solo detalle y sus hijos carecen de sus consejos, su presencia y su convivencia. Hay quienes duermen cómodamente, entre el lujo, después de participar en exquisitos banquetes, sin recordar que afuera, no muy lejos, otros duermen en el suelo, debajo de periódicos y cajones, o en colchones incómodos y viejos, con el anhelo de un lecho mullido, y comen lo que otros desprecian y tiran. Es una pena que mentes brillantes hayan inventado la televisión y la ciencia digital, y que la mayor parte de la humanidad -acaudalados y pobres, académicos y analfabetos- las utilice como si se tratara de cajas de resonancia de estupideces, violencia y superficialidades, en las que el mal se normaliza y el bien se aplasta y se ridiculiza. Todo ser humano tiene derecho a enriquecerse, a disfrutar las cosas materiales, a gozar lo mejor de la vida. Lo criticable es cuando la esencia es sepultada y los instintos, la ambición desmedida, el mal y la estulticia coronan a las personas que se sienten triunfadoras. Estamos vacíos. Algo falta. Se perciben innumerables ausencias. Poseemos tantas capacidades, pero la realidad demuestra, lamentablemente, que abundan más las incapacidades. ¿Algún día, en cierta fecha, demostraremos que poseemos mayor capacidad que incapacidad para presentarnos honorablemente con el resplandor del bien, el conocimiento, la justicia, los valores y la libertad? Me atrevo a formular tal interrogante porque volteo atrás, adelante, a los lados, y descubro con asombro que existe mayor cantidad de gente capaz de vivir con mediocridad, desequilibrio, tonterías, irresponsabilidad, proyectos temporales, desdicha, violencia, egoísmo, apariencias, deshonestidad y ambición desmedida, que con armonía, plenitud, alegría, sentimientos nobles, ideales, rectitud y pensamientos auténticos. ¿Cuánto valemos? Lo sabremos en cuando midamos de lo que somos capaces e incapaces ante las pruebas de la vida.

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De usted

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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De usted, identifico su nombre, sus apellidos y su rostro… oh, y también su alegría, sus palabras, sus silencios y sus ocurrencias. De usted, no olvido que es mi musa cuando la descubro en las rutas del arte, en mis expediciones en busca de inspiración, en las horas y en los días de encuentro conmigo y con las letras. De usted sé, por lo que defino en la lectura de sus rasgos, que su belleza y su encanto no son improvisados, que provienen de su interior y que tienen mucha similitud con la orquídea, el tulipán y la estrella. De usted, no desconozco que ha dado mucho de sí a la gente que ama y que, a veces, por lo mismo, carece de espacio y tiempo para sus aficiones. De usted, no ignoro que cada mañana, al despertar, su amabilidad y su sonrisa brotan y se manifiestan como las gotas de los manantiales, diáfanas y amigables, con un no sé qué que invita a tomar sus manos y cantar, girar dichosos e incansables, sin importar que sea en el césped bañado por la lluvia o sobre una alfombra de hojas amarillas, doradas, naranjas y rojizas que el viento de la tarde barre y dispersa con nostalgia por tener que desbaratarlas. De usted, sospecho que, desde la infancia, ya era dama, y tan próximo estoy de comprobarlo, al observarla, al descubrirme en su mirada, al sentirla en mi ayer, en mi presente y en mi mañana, mezclada con mi nombre, que confieso, entre mi asombo y mi locura, que me siento caballero y príncipe cuando actúa con naturalidad y es tan princesa de mi historia. De usted, defino la inspiración de mi arte, de mis letras, y la sé mi musa. De usted, rescato las letras del abecedario, enamoradas entre sí, y escribo un texto poético, una obra en la que percibo su fragancia y me percato de su presencia. De usted, simplemente, acepto y confieso que tengo el alma con sus pedazos, fragmentos suyos que palpo en mí, en mis sentimientos y en mi razón, en la locura que significa amarla. De usted, admiiro que Dios, al decorar el mundo, le haya dedicado las pinceladas que pasó sobre el mar jade y turquesa, en los copos blanquecinos, en la lluvia de gotas de cristal y en los arcoíris que juegan en el paisaje. De usted, es la tinta con que escribo en mis libretas, el perfume de las hojas de los libros y el deleite que siento al amar, al vivir, al saberme temporal e infinito. De usted, sencillamente, está hecha cada una de mis letras, los trazos de mis palabras escritas, la esencia de mis obras. De usted.

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