Los amo tanto

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y alguna vez -no recuerdo si fue una mañana, una tarde o una noche de lluvia-, sentí el deseo y la necesidad de salir, correr a su lado, tomarnos las manos, formar un círculo y expresarnos, desde las profundidades y los rumores y los silencios de nuestras almas, el amor y el agradecimiento que nos tenemos, simplemente por la bendición de ser hermanos y compartir una historia terrena con el anhelo de conquistar la luz inmortal…

Los amo tanto. Somos hermanos. Desde los primeros años, los de la primavera, en el amanecer de nuestras existencias, fuimos compañeros de juegos y travesuras en un hogar maravilloso, con un padre y una madre amables, buenos, educados y amorosos. La familia, el hogar, la casa, eran nuestro pequeño mundo, un pedazo o un reflejo, quizá, de un paraíso encantador e infinito que siempre, por ventura, hemos llevado en lo más profundo del alma.

Convivimos intensamente. Fuimos gladiadores, aventureros, comerciantes, exploradores, padres, madres, hijos, hermanos, competidores, artistas, cocineros, profesores, magos, príncipes, mendigos, cantantes, atletas, músicos y todo lo que, en la imaginación y en los juegos infantiles, uno puede concebir, en un ambiente de armonía y de inocencia; aunque es innegable que, en ocasiones, surgía alguna diferencia,, cierta rivalidad, y enojábamos unos con otros, con el anhelo secreto, la esperanza y la ilusión de que pronto borraríamos, para dicha nuestra, las líneas desagradables del guión. Todo volvía a la normalidad. La gente que nos conocía, entonces, decía que éramos una familia amorosa y unida.

Compartimos una historia irrepetible, sigular e inolvidable, con todas sus luces y sombras, porque eso es la vida, en el mundo, una dualidad. Es innegable que fuimos bendecidos. Y así, la adolescencia fue una extensión de la niñez, con la suma de los rasgos de otra estación, hasta llegar a la juventud y a la edad madura..

Juntos, cada uno con su identidad y sus libertades, somos -los cinco- protagonistas de una historia que ahora, como siempre, nos identifica y enriquece, y, sin duda, lo sé, se proyectará hacia el porvenir, a otros días y planos, hasta que nuestra evolución nos lleve al infinito.

Amamos y recordamos, con amor, respeto, admiración, humildad y agradecimiento, al padre y a la madre que, en este plano, nos heredaron su ejemplo y sus principios. No podríamos traicionarlos. Honramos su memoria al seguir, a través de nuestros sentimientos, ideales, pensamientos, acciones y palabras, el legado que dejaron para nosotros. Y no hablo de dinero porque eso se queda atrás y un día se pierde todo, sino de sus valores, del tesoro etéreo que ya traían en ellos por ser más esencia que arcilla. Eso es lo que nos queda y lo que perdurará.

¿Dinero? ¿Riqueza material? ¿Lujos? No. Su herencia fue mayor. Somos inmensamente ricos por la historia que hemos compartido desde nuestros nacimientos hasta el minuto presente, por el padre y la madre que tuvimos, por los juegos y las travesuras, por la educación que recibimos, por la unidad familiar, por el hogar tan bello e inolvidable, por saber que el paso por el mundo solamente es la caminata temporal por una estación de las tantas que hay antes de cruzar el umbral de la inmortalidad.

Somos uno con diferentes rostros e identidades, pero en esencia no desconocemos que venimos de la misma fuente, de un origen grandioso, de la luz que engrandece e inmortaliza las almas. Y eso, lo admito y lo sé, es un tesoro invaluable que no se compra con riquezas materiales.

Somos hermanos. Reímos y lloramos, coexistimos entre las luces y las sombras, protagonizamos innumerables historias, estuvimos unidos en los instantes de dolor y tristeza y en los momentos de alegría y plenitud. Pertenecemos al mismo libreto, a la estirpe a la que nunca renunciaremos y que siempre llevaremos en nosotros. Deseamos multiplicar el encanto, el milagro, la bendición, el detalle sublime y la fortuna de ser hermanos y, por añadidura, llevar en la memoria los capítulos mutuos y al padre y a la madre insustituibles y magistrales que, alguna vez, aquí, en el mundo, estuvieron con nosotros, y que, indudablemente, permanecen en nuestras esencias.

Los amo tanto. No los cambiaría. Simplemente, lo confieso, somos hermanos, y eso, amigos míos, es una distinción de la luz, de la vida, una bendición que he de agradecer cada día hasta el instante postrero de mi existencia terrena, con la convicción de que, en esencia, estaremos vinculados en el pulso infinito del que formamos parte. Los amo tanto. Somos hermanos.

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No hay tiempo para despedirnos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No hay tiempo para despedirnos. Simplemente, en algún momento insospechado, abandonamos a la gente que tanto amamos, las cosas que acumulamos, el paisaje en el que estábamos, y nos vamos en silencio a otras fronteras, a un plano que la mayoría supone y asegura que es superior e infinito.

Un día, a cierta hora y en cualquier minuto de la noche, la madrugada, la mañana o la tarde, uno parte y renuncia, incluso, a su cuerpo, a la envoltura de arcilla, a su apariencia, a su biografía, a su historia, porque no hay tiempo para abrazos y despedidas. La muerte, créanme, es impaciente.

Incontables personas, en femenino y en masculino, se enamoran y se aferran a las apariencias, a las superficialidades, a las cosas pasajeras, que olvidan vivir felices y en armonía consigo y con los demás, con equilibrio y plenamente. No se percatan de que cada segundo, por insignificante que parezca, es irrecuperable y contribuye a acortar el lapso entre la aurora y el ocaso.

Las hojas y los frutos caen de los árboles, igual que la gente se separa del camino y se ausenta de la excursión terrena. Como las flores que, con asombro e inesperadamente, ven marchitar la textura de sus pétalos y descomponerse el perfume que tanto cautivaba, los seres humanos se miran, alguna vez, perplejos, aproximarse hacia el final de su recorrido por el mundo.

Tarde decidimos sentir las gotas de la lluvia mientras corremos por el césped, hundir los pies en el fondo arenoso de un riachuelo y abrazar un árbol, contemplar el paisaje, respirar profundamente, escuchar el himno de las aves y el susurro del viento, admirar las estrellas y, lo más grandioso y extraordinario, comunicarnos con nosotros, en nuestro interior, expresar amor a la familia que tenemos y a la gente que nos acompaña, hacer el bien, dar lo mejor de sí, agradecer, sonreír y practicar, cada instante, una existencia de virtud modelo.

No hay tiempo para rencores, injusticias, desamores, tristezas, egoísmo, enojos, maldad, superficialidades, miedo y estulticia. La ambición es natural y justa, pero enferma y aniquila cuando se vuelve desmedida. Algunos dedican los años de sus existencias a conseguir más de lo que les daría paz y estabilidad, y acarician un diamante o un rubí y maltratan a un niño, a un anciano, a un enfermo, a un pobre, sin importarles destruir la naturaleza ni desequilibrar al mundo.

En verdad no hay tiempo. La vida es tan breve, que, entre un suspiro y otro, se fuga. Apenas hay etapas para amar y trascender con el bien y la verdad, o, al contrario, para hundirse en el lodazal y condenarse al extravío.

Ahora que es posible, solicitemos perdón a quienes hemos lastimado, abracemos sinceramente, amemos desde la profundidad de nuestras almas, regalemos sonrisas y lo mejor de nosotros, desterremos la maldad y la tristeza, eliminemos el odio, y seamos parte de una historia cautivante, hermosa e inolvidable. Es por nuestro bien, ahora que hay oportunidad de hacerlo.

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Amaneceres lluviosos y nublados

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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En la infancia, me encantaban los amaneceres lluviosos y nublados. Me parecían encantadores y mágicos, y más si la llovizna se prolongaba durante horas. El inmenso y primoroso jardín de la casa solariega, despedía fragancias exquisitan que embelesaban. Olía a árboles, flores, helechos, plantas y frutos empapados, a piedras y a tierra mojadas, a vida palpitante en cada expresión natural. La esencia y las formas de la creación fluían en el ambiente. Me parecía maravilloso aquel espectáculo. Era, pensaba, un milagro de la vida. Me causaba asombro mirar las gotas cristalinas que deslizaban en cada hoja del follaje y en los cristales de las ventanas. Las nubes, espesas y grises, flotaban tan bajo, que imaginaba que podía tocarlas e introducirme en sus capas misteriosas y prodigiosas. Creía, en aquella niñez azul y dorada, que el cielo descendía al mundo para sentirlo, descubrir sus tesoros infinitos y soñar y vivir en una felicidad eterna al lado de la gente que tanto amaba. Imaginaba tantas historias como gotas de lluvia se precipitaban. Ahora que lo recuerdo, este día nebuloso y de llovizna, confieso que me sentía inmensamente agradecido y cautivado, al grado, incluso, de que me gustaba y disfrutaba más contemplar el ambiente, que permanecer cautivo en el aula de clases. Me preguntaba, desde mi razonamiento infantil, por qué, si Dios me regalaba pedazos de cielo y de paraíso, debía soportar los castigos, desprecios, enojos y gritos de la profesora -una maestra agresiva que no dominaba sus impulsos negativos- y el acoso de mis compañeros, en un colegio de esos que hoy se exhiben en las películas de misterio, suspenso y terror. Me sabía, entonces, entre el cielo y el infierno. Aprendí, en consecuencia, que, en todo detalle y manifestación natural, podría reencontrarme conmigo, con el principio de la creación, sin olvidar que el mundo es transitorio y que uno, durante su paso, debe aprender, evolucionar y aportar lo mejor de sí para bien de la vida.

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Perfume de escritor

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Alguien dijo, una vez, que huelo a papel, a libro, y a tinta, a bolígrafo, a páginas impresas, mezcla que forma, inevitablemente, el encanto de una fragancia, especial que no tiene precio porque se trata, simplemente, de perfume de escritor. Y es que, a pesar de que conozco y manejo la tecnología de la hora contemporánea, soy un artista de las letras, muy romántico, proclive a escribir mis textos en un cuaderno o en una libreta, antes de transcribirlos en la computadora y publicarlos. En ocasiones, por la dinámica cotidiana, me resulta imposible tomar el bolígrafo y escribir sobre una hoja de papel; entonces recurro, directamente, a los equipos modernos y me entrego al arte. He escrito fragmentos de mis obras en servilletas, pedazos de cartón, trozos de papel, boletos y comprobantes de pago de las tiendas, porque la inspiración toca a la puerta en el momento inesperado, y se marcha cuando uno la desatiende y le es infiel. El perfume de escritor no solamente implica el ejercicio de trazar letras y tener contacto con el papel y la tinta, práctica que, sin duda, algunos podrían aprovechar como una oportunidad de pose y de lucimiento; significa entregarse al proceso de la creación de obras, a la composición de novelas, cuentos, historias, relatos, poemas y textos cautivantes e insíradores. Oler a libro, a papel, a tinta, equivale a transpirar letras y palabras, sentimientos e ideas, narraciones e historias, y derribar muros y fronteras, abrir las puertas y los ventanales, explorar caminos y acercar el mundo a paraísos insospechados. El perfume de escritor es una esencia que no se consigue fácilmente por ser escasa y selectiva. La fragancia del arte no se impregna en los impostores, acaso por estar reservada y ser exclusiva para quienes aman la encomienda de crear obras, como lo hacen la naturaleza y, siempre, Dios.

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Las sonrisas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Las sonrisas son orquídeas, tulipanes y rosas que no se marchitan, flores que aparecen en una estación y en otra y dejan sus fragancias a la gente buena, a los enamorados, a los artistas, a los que se quieren tanto, a los poetas inspirados, a los pintores de sueños e ilusiones, a los escritores incansables que construyen historias maravillosas. Las sonrisas forman palabras dulces que, una mañana, una tarde o una noche, se convierten en poemas, en textos cautivantes y tiernos, en versos sublimes y bellos. Las sonrisas genuinas, acompañadas de palabras amables, son, parece, pétalos tersos que abrazan y besan desde las profundidades del alma. Me encantan esas sonrisas que se presienten auténticas, ausentes de sombras y de prácticas malas. Como que traen los rasgos de la vida y la mirada de la creación que pulsa en cada expresión. Las sonrisas atentas y cordiales, son un puente entre las almas y significan, a veces, más que las palabras que no siempre se entienden. Quiero coleccionar sonrisas y regalar racimos de flores para que todos, hombres y mujeres, cultiven el jardín más hermoso y su mundo temporal, que simplemente es una estación inmersa en la ruta hacia el infinito, atraigan el bien. Pienso que debe ser motivo de dicha y encanto, regalar tantas flores a la gente que uno ama, a las personas que encuentra en el camino, a los seres que cotidianamente transitan por las rutas de la vida. Prefiero, con mi sonrisa y mi trato amable, ser el jardinero que siembra flores, que el segador que se dedica a arrancarlas. Necesito que tú, ella, él, ustedes, también se dediquen a regalar sonrisas agradables que surjan del interior, para así, juntos, hacer de este mundo un paraíso.

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Y si un día

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A mis descendientes, a mi familia, a mis amigos

Y si un día ya no estoy aquí, contigo, quiero que, en vez de llorar, leas los textos que escribí, para que así me sientas cerca y sepas que te estoy hablando. Y si, en algún momento de tu existencia, percibes mi ausencia, hojea las páginas con fragancia a papel y tinta y deja que su perfume te envuelva, hasta que coincidamos en alguno de sus parajes y, juntos, caminemos por los senderos y las rutas que se encuentran en cada letra, las cuales, por contener tanto de mí, te regalarán mis abrazos y mis consejos con el amor que te tengo. Y si, en alguna hora insospechada, cae la noche y me desvanezco, cierra tus ojos y sumérgete en las profundidades de tu ser, en tu esencia, donde te estaré esperando con la intención de mostrarte el oleaje que lleva a la fuente infinita. Y si en alguna fecha incierta, al amanecer, ya no me miras ni me escuchas, no olvides que mis voces y silencios se mezclarán con el lenguaje de la naturaleza, con los códigos de la vida, con los signos de la creación. Y si alguna vez, tras concluir mi presente ciclo en el mundo, no me sientes, toca los pétalos de las flores -orquídeas, tulipanes, rosas- y, al percibir su textura, experimentarás mi cercanía y sabrás que nunca te abandonaré. Y si cierto instante sufres por las ocasiones que dejamos de convivir, desecha el arrepentimiento, la tristeza y el dolor porque cada uno, en la caminata de la vida por el mundo, tiene sus motivos, sus sendas y sus razones; pero en la esencia -y tú lo sabes-, nos amamos y compartiremos, una vez superados los destierros que nos ponen a prueba y hacen crecer, la dicha de una existencia plena e infinita. Y si una tarde, mientras llueve torrencialmente, sopla el viento y los relámpagos desgarran las nubes plomadas y ennegrecidas, sientes que te desmoronas, no llores ni sufras por lo que ya pasó y forma, en consecuencia, parte de tu historia; fortalece tu ser, sé grandioso e irrepetible, derrama el bien y la verdad, y nunca actúes con maldad ni con injusticia, para que así, al llegar a la hoja postrera del libro de tu existencia, mires atrás, feliz y satisfecho, las huellas que dejaste en el camino y los puentes y las rutas que diseñaste y construiste durante tu andar por las estaciones de la vida. Y si en determinado instante piensas que todo ha acabado, no dudes en abrir las ventanas de tu ser y de tu casa, mirar a tu alrededor y recordar que la vida es incesante. Y si un día crees que ya no estoy contigo, siénteme, en tu interior, a través de tu alma, de tu esencia inmortal, y, afuera, en los rumores del viento, en la lluvia, en los colores de las flores y en el oleaje del mar. Prometo, por así saberlo, que nuestras almas siempre permanecerán inseparables y dichosas. Y si un día.

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Vete de mi lado

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-No te quiero a mi lado. La vida humana es tan breve, que apenas uno dispone de tiempo para hacer algo grandioso, dejar huellas indelebles y evolucionar. Te equivocas conmigo. No dispongo de días para atenderte. Vete lejos, al destierro, sin causar daño. No pretendo alojarte en mí- advertí, enérgicamente, al coronavirus que, desde hace tiempo, me espía y pretende sorprenderme en la esquina, en las calles, en el parque, en cualquier sitio insospechado.

Desde su diseño y creación, en laboratorios de científicos mercenarios, patrocinados por una élite perversa que intenta apoderarse de la humanidad y del mundo, en un debut grotesco que, en 2020 y 2021, asesinó y afectó a millones de personas, el coronavirus ha intentado acercase a mí, coquetearme y tender redes mortales; pero no me simpatiza y no lo deseo a mi lado ni cerca de mi familia ni de la gente que tiene derecho a la vida. Es una porquería que se encuentra al nivel de quienes lo diseñaron, inventaron y dispersaron en la geografía mundial.

-No. Definitivamente no te quiero. Eres un criminal e invasor que, disfrazado de forastero, sirves a intereses mezquinos. Tu presencia no es grata. Regresa con quienes te inventaron y diles que aquí, en el planeta que desean saquear, todavía existimos hombres y mujeres que no nos doblegamos ni nos amedrentamos ante los fantasmas y las sombras que otros, en la oscuridad, crean con la intención e aterrorizar y convertirnos en simples marionetas sin alegría, sentimientos, ideas y sueños- le expreso, racional, al coronavirus, y le cierro las puertas y las ventanas para dejarlo sin opción de asomarse.

Y así sigo, con mi familia, mis amistades y la gente que me rodea, protagonizando una historia que anhelo sea grandiosa e inolvidable, en busca cotidiana de la fabricación de una biografía plena e irrepetible que derrame amor, bien, conocimiento, mientras el coronavirus permanece escondido en los rincones, en los pasillos, en cualquier lugar, para atacar el menor descuido. Es traidor y despiadado.

-Siento tu presencia. Sé que nuevamente te dispersaron en el ambiente. Vuelves a atacar con uno de los tantos rostros que tienes. Tu nueva versión pretende llevar, nuevamente, a incontables personas a la cremación, a la sepultura, donde yo te depositaré si intentas tocar a mi puerta- advierto al coronavirus-. Y conste que no es amenaza ni declaración de guerra. Ni siquiera te necesito para valorar y entender la vida porque la amo incondicionalmente. Sencillamente, tú tienes el descaro de acosar, invadir y enfermar a hombres y mujeres de cualquier edad, sin respeto, brutal como eres, igual que tus patrones. ¿Ya olvidaste que dos años antes te sentía venir? Retírate de nuestro camino. Nosotros elegimos un destino luminoso, un sendero grandioso; tú, en cambio, acechas, cobarde y escondido, en los caminos inciertos de la vida.

No ignoro que, en sus primeras versiones, en su presentación estelar, atentó contra las otras generaciones, las de las personas mayores, y a muchos los asfixió sádicamente y los hizo sufrir. Rompió familias. Destruyó sueños, ilusiones y proyectos. Desdibujó sonrisas. Alteró estados de ánimo, sentimientos, planes, anhelos, creatividad y pensamientos. Causó mayor cantidad de dolor, mal, estragos y desgracias que las bombas, evidentemente con el apoyo y la participación de una élite dominante y sus mercenarios y servidores los científicos, los medios de comunicaciión masivos y los líderes, entre otros.

-¿Acaso crees que permitiré que raptes la alegría, el bienestar, la salud y la vida de mi familia y de la gente que amo? ¿Pretendas que me rinda y te diga, oh, señor, ganaste la batalla, diles a tus creadores que me anoten en sus estadísticas y que de hoy en adelante he perdido la voluntad? No eres mi invitado. Tu presencia no es grata.

Escucho sus pasos y su respiración en la azotea, en el jardín, en cada espacio, acaso porque desea robar mis suspiros, probablemente en un intento de romperme y quebrantar a mi familia, quizá con la intención de que renuncie a la inspiración artística y a la tinta y al papel, tal vez por ser su función y su tarea destruir. Está hecho para causar sufrimiento.

Me persigue, como a ti, a ellos y a ustedes. Está atento a mis sentimientos, a mis palabras, a mis acciones, a mis pensamientos. Busca poros y ranuras para entrar exabrupto; pero desconoce -al fin consecuencia de la invención de seres humanos transformados en deidades- que la Mente Infinita, a la que pertenece mi alma, actúa y desvanece sus conspiraciones.

-No estoy distraído ni enajenado con la seducción de las redes, la estulticia y las superficialidades, y eso, coronavirus, no te agrada y disgusta a tus creadores. Aléjate de mi familia y de mí. No molestes a la humanidad. Somos libres y tenemos derecho a la felicidad y a realizarnos plenamente. Retorna a quienes te fabricaron. ¿Te gustaría permanecer sepultado y escuchar, en la profundidad de la tierra, el susurro del viento, el canto de la lluvia, o sospechar que afuera, en la superficie terrena, la naturaleza pinta sus paisajes con los tonos más bellos y que las flores, perfumadas, se expresan incansables? ¿Quieres ser polvo mientras la vida renace cada instante y palpita incesante al ritmo de la esencia infinita?

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Las letras, en el arte

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Las letras, en el arte, son el bosque del que se desprenden hojas con mensajes inscritos desde algún rincón del paraíso. Las palabras que surgen de la inspiración, las traen los murmullos y los silencios de la creación. Las expresiones literarias, en las páginas de los libros, son, simplemente, la voz de Dios que relata guiones que aún no convierte en historias de personajes reales, notas y recados que encomienda a los artistas, a los escritores, cuando se ocupa en otros quehaceres. El arte de las letras, parece tener mucho de gotas de lluvia, envueltas en nubes grisáceas o en los colores de los arcoíris; pero también es el mar que se funde en el horizonte y besa el último crepúsculo para reflejar sus tonalidades amarillas, naranjas, rojizas y violetas. En el arte, las letras y las palabras que se escriben son, definitivamente, el tablero con los códigos del infinito, el bien y la sabiduría sin final, la vida que pulsa en cada expresión. Las páginas literarias enseñan, llevan a espacios recónditos, muestran la creación e invitan a experimentar incontables vidas en una sola existencia. La tarea de escribir es el destino y el privilegio del artista, quien permanece atento a las voces y a los sigilos del alma y del universo. El arte de escribir es para aquellos que saben comunicarse con la vida, consigo, con la creación palpitante, con la esencia inmortal.

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Collar de diamantes y perlas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Alguien me preguntó, hace poco, el motivo por el que diariamente, sin molestar, saludo con tanto amor y emoción a mis familiares más cercanos. Sonreí. Amablemente, respondí que los miembros de una familia son como las cuentas de un collar de diamantes y perlas, las cuales, por sí solas, poseen belleza y valor. Son genuinas e irrepetibles. Se les ama y se les protege como el más querido de los tesoros. Contrariamente a los argumentos de innumerables personas en el sentido de que a la familia no se le escoge, creo y pienso -y así lo siento- que desde antes de tener la dicha de nacer, Dios me dio oportunidad de elegir, para mi aventura terrena, las almas más bellas de la creación. ¿Cómo podría, entonces, despreciar y olvidar a los integrantes de mi familia cercana? Cada uno tiene su propia identidad, sus libertades y sus motivos, con un valor que trasciende fronteras, porque se trata, precisamente, de almas, de esencia infinita, de ellos y yo en una unidad con diferentes rostros. Para mí, es un honor, una bendición y un privilegio, saberlos almas gemelas e inseparables, compañeros amorosos de toda la eternidad y sustancia con algo de arcilla y mucho de esencia. Todos forman el collar más bello y sublime. ¿Cómo no amar y cuidar los diamantes y las perlas del collar que atesoro en mi alma?

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He guardado las letras de mis poemas

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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He guardado las letras de mis poemas con la idea de entregártelos en otra fecha, algún día -el menos esperado, quizá-, cuando aparezcas de nuevo en mis sueños y en las andanzas de mi vida. He desarticulado cada palabra de mis textos poéticos con la intención de conservarlos como fiel recuerdo y vivir de nuevo, al leerlos, la emoción y la ilusión de sentirme tan enamorado. He desmantelado de los cuadernos y de las libretas las historias que compartimos para que nadie hurgue, cuando no estemos, lo que es tan nuestro. He atesorado las páginas que escribí, inspirado en ti, como las abuelas al colocar, en sitios especiales de sus roperos, los objetos tan queridos. He desbaratado palabras, textos, poemas y cartas, acaso sin darme cuenta de que, al guardar las letras, los acentos y los signos de puntuación, me llevo pedazos de nosotros. He recogido del camino las flores que cultivé para ti porque deseo, en otro plano, entregarte el jardín cautivante que te prometí, un paraíso como el que uno suele imaginar cuando se enamora. He reservado, para otro instante, los rumores y los silencios, las confesiones y los secretos y los encuentros y los desencuentros de la historia que es tan nuestra y que llevamos en nosotros. He recolectado, en mis encuentros conmigo, tus perfumes y tu sonrisa, tus memorias y tus olvidos, tus anhelos y tus motivos. He desarmado las páginas escritas que ahora, ante el delirio de las horas y de los días, son hojas secas que el viento desprende de los árboles y que se asolean, solitarias, en las calzadas de los parques. He apartado de la historia, nuestros capítulos, los relatos y los idilios que tienen tu nombre y el mío, enlazados en instantes de felicidad, para que nadie los altere ni haga creer a otros que el amor no existe. He guardado las letras de mis poemas, no porque ahora no te ame, sino con la intención de conservar eternamente lo que es tan nuestro.

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