Último domingo de 2020

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es último domingo de 2020. No lo abandonemos por el simple hecho de pertenecer a un almanaque que representa tantos dolores, ausencias y desaciertos. Disfruten este y los días que siguen, lo mismo si son soleados que nublados. Recuerden que las horas que se pintan de colores, regalan amor, paz, alegría, libertad, bien, armonía y vida, mientras los instantes sombríos, entintados por la falta de arcoíris, reclaman nuestra presencia y nos fortalecen durante sus vientos y tempestades. Vivan. Hagan de este domingo postrero, un día de alegría, un momento de reencuentro con el alma y sus infinitos tesoros, una oportunidad para expresar a otros lo tanto que los aman. Que no se vaya este domingo, ni los días que siguen, al embarcadero desolado y triste, donde lo espera un bote de remos con la idea de partir y no regresar jamás. Démosle las gracias y disfrutemos sus horas, con sus luces y sombras, porque la vida y el tiempo parecen insensibles a las historias humanas, y así transitan inexorables; pero no son indiferentes a lo que uno sienta, piense, actúe y hable, porque multiplican el bien que se irradia y el mal que se propaga. Finaliza el año y se acorta nuestra existencia. Es el domingo postrero del año 2020. Vivámoslo. Es nuestro, a pesar de su fugacidad.

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Noviembre se fue y diciembre llegó

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Se fue noviembre con su cara de hoja seca y su voz de aire. En su equipaje lleva hojarasca, suspiros y flores marchitas. Carga recuerdos. Promete regresar algún día, en otro tiempo, como lo hace siempre, con sus nostalgias y recuerdos de personaje envejecido. Marchó a otras rutas, a ciertos rumbos, con matices propios del anciano que es, con tonos graves y ausentes de policromía juvenil. El ambiente otoñal enseña a preparar la visita de las horas y los días invernales. Noviembre dejó, cual recuerdo, algunos días otoñales que reciben y dan la bienvenida a diciembre, con su costal de invierno a la espalda. Llegó diciembre, al principio con rasgos de otoño y, más tarde, con aliento helado y cutis de nieve. Y así envejecemos, cada día, acaso sin darnos cuenta, distraídos en asuntos baladíes y superficiales, con la esperanza de que la siguiente estación resultará más favorable en nuestras vidas, como si la alegría, el amor, la fortuna, el éxito y la evolución dependieran de un almanaque. Las estaciones llegan y se marchan. Y transcurre el tiempo, o es la vida, quizá, la que se consume ante la indiferencia de los años. Las estaciones llegan, se marchan y regresan, y no les interesa si estamos presentes o si ya formamos parte de las listas de ausencia. La humanidad, en porcentaje mayoritario, está tan enajenada y vacía que, por deambular en la oscuridad, no distingue entre la luz del sol y la de la luna, desde la disertación de mis metáforas, lo que significa que, a pesar del terror de una pesadilla que durante años prepararon los miembros de una élite poderosa e interesada en exterminar a millones de personas y apoderarse, posteriormente, de sus voluntades y de la riqueza del planeta, no reaccionan y se encuentran igual que el ganado, totalmente acorralado, nervioso y con miedo, incapaz de enfrentar los desafíos, problemas y retos que los de su propia raza les han impuesto, y en espera de acudir puntuales al matadero. Llegó diciembre y muchos hombres y mujeres esperan concluya con la idea de que inicie otro año, seguramente sin pensar que no es el relevo de fecha lo que traerá cambios positivos, sino la transformación que lleven a cabo desde su interior y apliquen de manera genuina e integral en sí. Los años que vienen, en esta década, ensombrecerán al mundo porque las estrategias y las acciones forman parte de un plan siniestro, a menos que un porcentaje significativo de personas reaccionen y detengan las pretensiones de un grupúsculo tan ambicioso y perverso. Se fue noviembre. Nació diciembre. Se vive o se muere cada instante, pero es absurdo e incongruente esperar que las horas lleven a otras playas apacibles, a puertos fuertes y seguros. Todos anhelan llegar a orillas distantes, salvarse de las tempestades y evitar el naufragio y la muerte; sin embargo, pocos están despiertos y llevan el peso de la carga. Diciembre está presente. Hay que vivirlo plenamente, en armonía y con equilibrio, más la ecuación algebraica que plantea, obviamente, permanecer atentos a los signos de la época contemporánea y tener capacidad de raciocinio, análisis y reacción. Diciembre está en casa, en el jardín, en la ciudad, en las montañas boscosas, en los lagos. Es nuestro huésped.

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Las horas que pasan

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las horas que pasan son eso, motivos para entregarte detalles, sorpresas, ilusiones. Los minutos, las horas y los días están contados en una vida y en otra, pero son para experimentarlos con sus luces y sombras, para crecer juntos, descubrir el camino y amarnos siempre. El tiempo agoniza cuando uno, por fin, descubre que el amor es la luz, que la alegría y la vida inician en el interior y se prolongan en el infinito

De las horas que pasan, las que más me gustan son las que dedico a ti, cuando estoy contigo, sin importar que sea de día o de noche, porque un amanecer o un ocaso no significan que inicie o concluya nuestra historia; al contrario, agregan momentos, capítulos, vivencias, sueños, ilusiones. De todos los segundos y minutos que transcurren presurosos, me encantan los que se toman las manos, cual enamorados, para no extraviarse en el desvarío del tiempo y prolongar los instantes que tú y yo compartimos. Entre la caminata de las manecillas y el péndulo que se columpia feliz e imperturbable, escucho los rumores de tu voz canora, tu risa, tu aliento, tu forma tan especial de hablar. Escudriño los ecos del tiempo, sus recuerdos, los trozos que deja a su paso, hasta que encuentro nuestros perfumes en las páginas del ayer, el sabor de tus besos en el devenir de cada ciclo, la mirada encantadora de un ángel que me transporta al cielo. De los lapsos que observo en el calendario, entre un día y otro, percibo tu presencia, la banca que ocupamos alguna vez, el viento que repite sus murmullos y confía sus secretos, las estrellas que contabilizamos, la luna con su sonrisa de columpio plateado, el bosque por donde corrimos una tarde de aguacero. De las horas y los días que pasan, los que más me gustan son los que consagro a ti, los que pertenecen a nuestra historia, los que ofrecen continuidad a otras rutas, a destinos donde el reloj y los almanaques -herramientas del tiempo- se desvanecen y pierden sentido porque conducen al umbral de la eternidad, a tu alma y a la mía, al sueño perenne, a la vida sin final. Eso es lo que deseo para ti y para mí, una casa sin las barreras ni los diques de los minutos y las horas, un jardín ausente de medidas, un infinito alegre y colmado de este amor que se ha convertido en locura, en destino, en estilo. De la vida que se consume cada instante, me cautivan los períodos a tu lado, la sonata de nuestro amor, la promesa de un romance perenne.

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Te distraigo por un instante porque te quiero para toda la vida…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, a quien amo y me cautivas

Te distraigo un instante, sólo unos segundos, para que sepas que anoche, mientras revisaba los almanaques de nuestras vidas, descubrí que tu nombre y tus apellidos, enlazados a los míos, aparecen en todas las hojas, como si una mano insustancial hubiera anotado que cada día estarás presente en mis sentimientos, palabras, reflexiones, pensamientos, actos y sueños. Leí, al hojear las agendas de nuestras existencias, que cotidianamente tendré diversas actividades, igual que tú, pero que siempre permaneceremos envueltos en un amor irrepetible. Recorrí, como en un viaje, cada página, y me observé hoy, mañana y otros días a tu lado; pero también miré que estaríamos juntos después, en las horas del balance, en la ancianidad, acompañados, con el amor idéntico al de ahora, sin menoscabo de la alegría y los sentimientos que unen nuestros corazones. Contemplé las anotaciones de un año y muchos más del futuro, y me percaté de que seremos inseparables. Mis lágrimas deslizaron con emoción cuando te vi conmigo, acompañándome, ya inmersos en nuestro invierno existencial, recordando la historia que hoy compartimos y que mañana será ayer. Cómo reímos y lloramos por todos los acontecimientos y detalles que habremos de experimentar. Entre más me introduje en las hojas con los días, las semanas, los meses y los años impresos, mayor fue mi emoción. Juntos, tú y yo, estábamos sentados en la sala y tomamos los pétalos quebradizos de una flor blanca y de otra rosa que alguna vez guardamos entre las páginas de uno de nuestros libros. Nuestras manos, trémulas por las horas acumuladas, pero satisfechas por lo que dieron e hicieron, sostenían una servilleta con las anotaciones “me cautivas”, “me encantas”, “te amo”. Y disfrutamos, igualmente, la flor que dibujamos en un trozo de papel con el texto “sonríe y sé feliz. Te amo”. Me di cuenta, al revisar los almanaques, que la historia de la vida puede ser maravillosa, especial, plena e inolvidable si uno así lo decide. No hay que temer. Sólo es necesario arriesgarse, atreverse a ser felices y amar intensamente. El amor auténtico viene de las alturas y nadie lo puede destruir. Quiero llamar tu atención durante algunos minutos para expresar que deseo amarte toda la vida y la eternidad, y siempre significa a toda hora dentro de la inmortalidad. No te distraigo. Únicamente pretendo invitarte a que nuestros corazones sigan latiendo al unísono del amor universal y que protagonicemos una historia bella y sublime, como lo descubrí anoche, a determinada hora, mientras revisaba las agendas de nuestras existencias, donde tu nombre y el mío, unidos con sus apellidos, permanecen enlazados hasta la fecha postrera, con la promesa de una eternidad compartida. Te distraigo algunos instantes, sí, unos minutos, para revelarte que en las agendas del presente y futuro y en el libro de la vida, descubrí nuestros nombres y apellidos felices e inseparables, como lo están tu corazón y el mío desde la noche del reencuentro inolvidable que vivimos. No te distraigo. Solamente pretendo anunciarte lo que vi. No te miento, las hojas de los calendarios, insisto, lucían pletóricas con nuestros nombres y apellidos rodeados de flores y un cielo precioso, magistral y subyugante.

El almanaque, los dientes de león y las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta mañana, cuando revisaba mi archivo en el desván, descubrí un almanaque de otros días, de un año ya diluido por las manecillas del reloj, como si allí, en el sobre amarillo, esperara la hora impostergable de la cita conmigo.

Me cautivó e impresionó la imagen del calendario porque a pesar de que lo obtuve y guardé años antes de coincidir contigo en el sendero, apareces tú con él, la niña con su padre, ambos sonrientes y felices, en la impresión.

Revisé la fotografía, la imagen de la hija con su padre, hasta corroborar que son ustedes, él y tú, captados en algún instante de antaño. Posteriormente resolví escudriñar los días y los meses de aquel año cada vez más distante, como la embarcación que se aleja del muelle donde felizmente permaneció anclada.

Intrigado por la paradoja, decidí apuntar con el dedo índice alguna fecha al azar, hasta que un extraño sopor se apoderó de mí y me condujo a un túnel iluminado tenuemente. Las luces eran de tonalidades nunca antes vistas por ojo humano. Llegué, envuelto en nubes, al ayer, a minutos consumidos, a los otros días, a la campiña, a un jardín que parecía sustraído de un sueño.

Emocionado, observé a un hombre de carácter firme y apariencia enérgica, con un alma sensible, quien dedicaba los minutos de su madurez a convivir con una niña hermosa, consentida e inquieta en aquel paraje silvestre.

Aquel día soleado, húmedo por la lluvia de una noche nebulosa, fue mágico porque una mayúscula se unió a una minúscula con el objetivo de llenar las planas de la vida con palabras de amor y encanto y para hacer de su convivencia un capítulo de ensueño que sin sospecharlo, se agregaría a una historia irrepetible, bella, intensa, extraordinaria e inolvidable.

Sentí enternecer mi alma cuando descubrí en el rostro del hombre los rasgos de tu padre y en los de la niña, en tanto, definí tus facciones. Eran ustedes, el padre y la hija, unidos por el hálito prodigioso que proviene del vergel.

Maravillado, comprendí que mi cita con el calendario fue, precisamente, con la intención de mirar y vivir un pasaje de tu infancia al lado del padre que ahora, al no encontrarse físicamente en el mundo, extrañas tanto.

Atrapado en su historia, en su estilo, él, tu padre, te llamaba y esperaba entre las flores y hierbas ufanas, frescas, para observarte arrancar los dientes de león, sujetarlos entre tus dedos minúsculos y soplar fuerte hasta que los filamentos de forma geométrica se desprendían, brillaban al recibir la mirada de la luz solar y flotar igual que ángeles, hadas o mariposas en el edén.

Obtenías uno, otro y muchos dientes de león que arrancabas ante la complacencia, dicha y sonrisa de tu padre, no para coleccionarlos, sino con la finalidad de admirarlos dentro de su efímera existencia, poseerlos como quien se adueña de un tesoro y dispersar sus partículas en el aire a través de uno, otro e innumerables soplidos.

Niña encantadora y feliz, consentida con los actos y regalos paternos, protegida por los brazos firmes que también supieron darte libertad, lucías encantadora, igual que una muñeca de edición limitada.

Realmente el amor, la convivencia, el diálogo y el juego entre una hija y un padre son perlas que jamás apagan su brillo, regalos que vienen de Dios, destellos que brotan del cielo, promesas divinas que se cumplen, capítulos inolvidables e intensos que moran eternamente en la memoria y los sentimientos.

Gritabas henchida de euforia en aquel jardín del recuerdo, en ese trozo de paraíso extraviado en el ayer, latente en el pulso del corazón, de la vida, del universo, de la naturaleza, y presente, por lo mismo, en el río, bajo las piedras, en las cortezas, en el follaje, en las montañas, en los lagos, en las nubes, en los mares.

Ibas y venías en busca de otros dientes de león, guiada por tu padre que los descubría y te aguardaba con emoción. Te entregabas al juego, a los sueños, a las ilusiones, al encanto de ser niña y tener un padre amoroso y protector.

Eran los otros días de tu infancia, lo confieso, y cómo derramé lágrimas de emotividad al ver a tu padre conmovido, totalmente agradecido con Dios por ser tú su bendición, y a ti, dichosa, consentida, libre, segura.

Los días transcurrieron raudos, cual es la realidad de la naturaleza humana -oh, lo palpé en las hojas del almanaque-, hasta que se transformaron en años, en los minutos en que los dientes de león se desvanecieron y sus filamentos brillantes se convirtieron en lágrimas al partir tu padre amado de este mundo e ir, quizá guiado por algunas de las partículas geométricas de aquellas plantas silvestres a las que soplaste alguna mañana o tarde de tu infancia dorada, al portón del cielo.

Impregnaste los dientes de león con la alegría e inocencia de tu infancia dorada, con las fragancias del amor de una hija a su padre, con las palabras tiernas a quien te cargó y meció en la cuna sin esperar otra cosa a cambio que una sonrisa.

Nunca imaginaste, parece, que los filamentos de los dientes de león que quedaron flotando en el jardín mágico de tu infancia, en la campiña arrancada del paraíso, formarían una hilera luminosa para guiar a tu padre hasta la morada celestial.

Durante la ensoñación que tuve, miré a tu padre en el cielo, rodeado de fragmentos plateados de dientes de león, los que soplaste desde tu tierna infancia y ahora, en la eternidad, le recuerdan los días dichosos que compartió a tu lado en un rincón del mundo.

Ahora eres tú quien lo llama en una campiña especial, donde en recuerdo a aquellos regalos y sorpresas que te daba con los dientes de león que fragmentabas en partículas a través de tu aliento, le entregas flores blancas para que él, como entonces, mantenga unida su alma a la tuya.