El encanto de las manos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En el arte, aliadas de la inteligencia y la sensibilidad del ser, las manos  interpretan el lenguaje de la vida, las voces del universo, los rumores de la creación, hasta transformarlos en poema, concierto, pintura. Son creativas y deslizan el bolígrafo sobre las hojas de papel, igual que lo hacen al acariciar las cuerdas con el arco del violín, al esculpir y dar forma a la piedra yerta o al mezclar colores y formas en el lienzo. Parecen mágicas y emulan a Dios en su proceso creativo cuando trabajan para el arte. En el amor, acarician y convierten la existencia en belleza y detalles, en trozos de una historia sublime e irrepetible, en sueños y realidades, en mundo y cielo. Me encantan aquellas manos que lejos de acumular, dañar y arrebatar, se vuelven punto de apoyo, entregan el bien y producen para sí y la humanidad. No me agradan, en cambio, las que permanecen atadas a instintos bajos ni las que lastiman, ni tampoco las que lucen artificialmente y se sienten inseguras sin alhajas y decoración. Me fascinan las manos que retornan después de una jornada de estudio y trabajo, las que se desgarran al sostener a quienes resbalan, al retirar la hierba y las piedras del camino, al dar felicidad a los que más sufren. Las manos carentes de inteligencia, amor, sentimientos y virtudes son monstruosas, capaces de destruir y cometer las más horrendas perversidades. Hay manos que curan, enseñan, apoyan y entregan; otras, al contrario, oprimen y lastiman, son crueles e ingratas. En las manos, uno descifra si un hombre o una mujer son cuidadosos, sus edades, sus costumbres y hasta la trayectoria de sus existencias. En las manos descubro al artista, al generoso, al estudioso, al que trabaja y produce, al que ama, al místico, al que aporta, al que vive en armonía y equilibrio, y también al que destruye, al que quita, al que traiciona, al ocioso, al que odia, al que causa mal. Insisto, las manos tienen un encanto, una señal, una misión que engrandece o destruye a los seres humanos. Son la historia y el mapa que cada persona talla para su evolución o su caída.

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A una mujer, a una dama…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre supe que eres mujer y dama, musa y ángel, mundo y cielo, tú y yo

A una mujer se le trata con ternura, se le entregan los sentimientos más bellos, se le consiente toda la vida y se le regalan flores; a una dama, por añadidura, se le admira, se le ama fielmente, se le hace feliz y se cubren los días de su existencia con arcoíris, alfombras de pétalos, estrellas y sonrisas. No son los poemas para desperdiciarlos en quien no los entiende; se escriben una noche y muchas más en la soledad de una buhardilla de artista, inspirado en una musa, para la más femenina de las mujeres. Grandioso es, durante la jornada terrena, enamorarse de una mujer bella y dulce; pero más sublime es amarla, ser el caballero de una dama y acompañarla a las rutas que conducen al más prodigioso de los cielos. Inspira obras excelsas, actos extraordinarios y hazañas aquella mujer superior a las banalidades, la superficialidad y el encuentro de unas horas. Es maravilloso amar a una mujer, pero si es musa y dama, resulta un honor, una bendición y un privilegio ser su poeta, su artista y la otra parte de ella. Tú eres, para mi dicha, mujer y dama, ángel y musa, poema y música, pintura y lluvia, aurora y ocaso. Es la razón, quizá, por la que te amo al amanecer y al anochecer, al nevar y soplar el viento, cuando aparece el sol y asoman la luna y las estrellas. Amar a una mujer es un deleite; a una dama, en tanto, es abrir la puerta del cielo y sentir el aliento de Dios. Mi amor, cuando te lo entrego, está dedicado a ti por ser yo, a mí por ser tú, a nosotros, a la dama que eres y al caballero que soy. Observo en tu mirada, en tus manos y en tus movimientos la esencia femenina que te distingue y propicia que sea el hombre de una mujer, el caballero de una dama, el escritor de una musa, el amor inextinguible que se transforma en destino, en historia, en locura.

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Antes de morir

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Antes y tras los ocasos de antaño, hubo auroras. Cada mañana, tarde y noche cubrieron sus rostros con matices de ensueño o desencanto. El palacio o la choza no fueron motivo para descubrir la alegría en la flor minúscula, mirar el cielo reflejado en un charco cualquiera o sentir la lluvia repentina que moja al caminante.

No es que piense que la actual es mi hora postrera. El minuto final de mi existencia puede presentarse informal en los próximos instantes o más tarde, en unas horas, dentro de algunos días o después de varios años. No lo sé. Tampoco es una despedida anticipada. Simplemente deseo escribir mis sentimientos, tejer letras y bordar palabras de un viajero, un artista que piensa que la vida es para experimentarse plenamente, más allá de creencias, modas y tabúes, y que lo importante, después de todo, es lo que se hace por uno y los demás, es la huella que se deja, no la riqueza material que nunca se compartió y finalmente se convierte en causa de rapiña.

He transitado entre tumbas para percibir los gritos de la muerte y las voces de la vida. Allí, entre sepulcros, he leído incontables epitafios, unos escritos con el dolor de la ausencia y otros, en cambio, cual prolongación de la soberbia que caracterizó a quienes evocan las inscripciones talladas sobre la piedra, y es por eso que uno lee “aquí yace don…” o “el doctor…”, como para que todos, en el mundo, sepan que durante sus vidas tuvieron alguna posición importante dentro de la estructura material de la sociedad. |Vaya estulticia y vanidad. Me pregunto dónde se encuentran los monumentos fúnebres que deberían resaltar “en este sitio reposan los restos de quien entregó lo mejor de sí, sonrió a la vida e hizo el bien a los demás”.

Pienso que si me encontrara tras los barrotes de la existencia, en una cama en la que irremediablemente el aliento escapara de mí cada segundo, lloraría desconsolado por lo poco que hice para ser feliz y dar alegría a los demás. Nunca es suficiente lo que se hace. No se trata de hacer un bien casual este día, anunciarlo a todos, exhibirlo como trofeo y seguir en el fango. Debe ser un estilo de vida, algo que forma parte de uno porque lo siente en verdad.

Desconozco el número de estaciones que me faltan para abordar el tren hacia otro destino; sin embargo, lo primero que haría es perdonar mis desaciertos, amarme y entrar en armonía conmigo para posteriormente hacerlo con la creación, la naturaleza y todo cuanto me rodea. Me daría otra oportunidad en todo lo que me gusta de la vida. Una vez, en la adolescencia, agonicé y morí por un instante, y sé, por lo mismo, lo que significa perder la vida y dejar un proyecto trunco.

Cada instante significaría, entonces, la oportunidad de renacer y protagonizar una historia sublime, bella, irrepetible, maravillosa, libre, plena e inolvidable. Recordaría que uno, al nacer, posee una cuenta regresiva que compromete a no descuidar cada día en el mundo para ganarse así el próximo ciclo.

Reiría mucho, volaría libre y pleno, olvidaría las apariencias y los prejuicios. Entendería que la felicidad no consiste en acumular fortunas ni en conseguir placeres momentáneos o fugaces, sino en vivir bien cada día y en amar fielmente.

No tendría ese gesto de persona amargada o soberbia que uno encuentra en todas partes, en las cafeterías, en el autobús, en la excursión, en los centros laborales, en las profesiones, en los negocios, en la academia. En los restaurantes, boutiques, aviones, calles, paseos, actividades laborales y profesionales, reuniones y momentos cotidianos, trasmitiría mi alegría y entusiasmo, la pasión de experimentar la vida como quien siente los copos al nevar o las gotas al llover cuando es muy joven o se enamora.

Mi mayor tesoro humano son los miembros de mi familia y la mujer que amo; no obstante, cada persona en el mundo tendría un espacio significativo en mi vida porque tras el cascarón, pulsa el alma que hermana a los seres y los funde en la corriente que fluye dentro de la eternidad.

Evitaría murmuraciones para no rebajar mi dignidad ni ser cómplice del dolor ajeno. Los chismes son la basura que pepena la gente ociosa y carente de proyecto existencial y valores.

Mi rumbo no serían los chismes ni las mofas; pero exigiría respeto para mí, denunciaría a los que intentaran molestarme o herirme por envidia o por el hecho de pensar y sentir diferente.

Correría apresurado con cada miembro de mi familia para expresarle mi amor y confesarle frecuentemente que es mi bendición y un regalo que Dios me concedió al darme la dicha de pasear por los rincones del mundo y las horas de la vida terrena. A cada uno le daría un beso en una mejilla y en otra, lo abrazaría fuerte y uniría sus latidos a los míos para estar juntos eternamente.

La familia es el diamante que Dios entrega a cada ser. Dichoso aquel que sabe que es uno con todos los miembros de su familia. Una esencia con una multiplicidad de rostros e identidades.

Prepararía una cena romántica para la mujer que amo, a quien pediría mirarnos a los ojos con la intención de reconocernos, le daría un beso tierno y le entregaría una sortija delicada y fina, símbolo de los sentimientos más bellos y sublimes que me inspira. Suavemente le recordaría que nunca es tarde para inventar un hogar mientras se pueda empezar, y le pediría que dedicara el tiempo conveniente al análisis e interpretación de nuestro encuentro en el mundo, la historia que compartimos y su verdadero significado.

Entre velas, platillos, agua, vino, flores y estrellas, yo renunciaría a mi soledad y le pediría ser mi esposa, no por un contrato que muchos violan, sino por amor fiel y puro, por un sentimiento que Dios da más allá de cualquier moda, creencia o ley. Sólo hay que recordar que el amor proviene del alma, de lo alto, y que no se necesitan condiciones humanas y terrenas para impedir que dos seres lo expresen con plenitud. Si existen abismos y fronteras, son las que cada uno fabrica desde su interior.

Hay que descifrar el lenguaje oculto en los signos de la vida. Dios los inscribe secretamente para que uno, al amarse, los descubra y sea feliz. El amor es superior y se encuentra más adelante de toda creencia y moda.

A mis amigos y conocidos les diría que estoy con ellos, que tienen un espacio reservado en mi ser, y que la fraternidad durará mientras ellos lo deseen y se comporten con honestidad, principios y humildad. Siempre tendrán mi cariño y respeto. Algunos, incluso, hasta despertarán mi admiración.

Cierto, igual que otros, correría descalzo por el césped, hundiría los pies en el barro, mojaría mi piel bajo la lluvia o en un río, escucharía el concierto de las aves y las cascadas, percibiría los rumores del océano y el viento, bebería café, saborearía los helados, asistiría al cine y a los teatros y sería menos complejo dentro de mis esquemas mentales y conductuales; aunque antes tendría que limpiar los recintos de mi ser para desempolvar la alegría de vivir y experimentar hasta lo que tiene apariencia minúscula e insignificante. Los detalles forman la grandeza.

Dedicaría muchos días y años al bien, la verdad y la belleza, es decir a la práctica real de los valores y las virtudes, al conocimiento que se comparte para grandeza de la humanidad y al arte que es la estrella que alumbra al mundo y guiñe en el universo para que estalle en luces y tonalidades mágicas y de ensueño.

Cuidaría mucho mi nombre, y no por cuestiones de linaje, sino para que todos, al mencionar mi identidad, supieran que soy hombre confiable y honesto. Retiraría la enramada y la piedra del camino, sin importar las llagas que quedaran en mi piel ni la ropa desgarrada, precisamente con el propósito de que otros, los que deambulan atrás, descubran huellas indelebles y las sigan sin perder su personalidad y proyecto existencial.

Mandaría al carretón de la basura el cascajo que sobra en toda vida feliz, ejemplar y productiva: celos, envidia, ambición desmedida, crueldad, murmuraciones, racismo, coraje, opresión, estupidez, vanidad, codicia, hipocresía, promiscuidad, odio, violencia, resentimiento, inseguridad, enojo, mentiras y tristeza, entre otros despojos.

Sería, en consecuencia, protagonista de mi historia. Trataría de hacer realidad los sueños e ilusiones, sin frustrarme en caso de no conseguir todo. Haría de mi existencia un cuento maravilloso e inagotable. Convertiría las quimeras en realidades, en vida, y así, insisto, entiendo que mis días existenciales se convertirían en el más dulce y excelso de los sueños.

¿Qué caso tendría engañar a la mujer que amo, si ella es un ángel, el color de mi vida y un trozo de cielo que alumbra todos mis momentos? ¿No acaso he dicho que al mirarla por primera vez, comprendí que no esperaría a alguien más? Lástima de quienes desperdician sus días en engaños e infidelidades.

Tampoco mentiría a otros porque es basura que se acumula en los arcones reservados para las joyas y los tesoros del alma, Dibujaría una sonrisa de alegría, amor, bien y paz en mi rostro, y así, lo sé, en mi cuerpo y organismo la vida esculpiría sus signos.

Es tan hermoso este paseo llamado vida. Cuando termina el viaje, uno puede voltear atrás y mirar a los demás, a la gente que formó parte de la historia, y contemplar sus rostros, percibir sus sentimientos, leer sus pensamientos, escuchar sus palabras, y saber, entonces, si sus lágrimas son sinceras, si en verdad quedaron huellas indelebles de quien parte en sus corazones y en su memoria.

Si uno descubre, en el ocaso de la existencia terrena, seres dispersos aquí y allá, significará que no consiguió la unidad y se encuentra, en consecuencia, extraviado en algún paraje oscuro; pero si se da cuenta de que forman un gran círculo, entenderá que no hay inicio ni final y que la vida comienza.

Deja uno, al final, una sinfonía excelsa y magistral o una serie de notas discordantes. Cada uno elige. Ser inolvidable no es convertirse en quien acumuló mayor fortuna, paseó en los mejores autos y yates, adquirió la más ostentosa residencia o coleccionó placeres y habló mayor número de estupideces. Es otra cosa.

No es una despedida la mía. Es que llega la hora, un día, en que después de ser arqueólogo de su vida, de su pasado, uno comprende finalmente que la mejor fórmula de restaurar su historia es cuando se dejan los lamentos atrás y se actúa.

Antes de morir, deseo vivir plenamente. Quiero amar  y ser feliz, cultivar detalles y actos nobles, dejar huellas indelebles, emprender hazañas, hacer de lo pequeño una grandeza. Pretendo solicitar perdón a quienes he lastimado u ofendido, si así ha sido, pero también disculpar a quienes me han herido, porque no tiene sentido acumular tristeza, rencor y venganza. El perdón genuino es un medicamento que supera las fórmulas químicas. Hay que romper todas las ataduras antes de que los días existenciales se consuman.

Ahora dispongo de tiempo, no sé si de segundos o de décadas; pero aquí, donde me encuentro, y allá y en todo paraje, viviré con mi estilo. Antes de morir, quiero asustarme por la oruga que trepe a mi brazo al caminar entre la hierba, reír hasta por descubrir un calzado extravagante en la tienda o que alguien, por descuido, derrame la comida en mi espalda, descubrir que estoy vivo al mirar mi reflejo en las fuentes y los charcos, saltar la cerca para entregar una flor a la mujer que amo, expresar a toda mi familia que es mi tesoro, fabricar sueños e ilusiones que se conviertan en realidades, desprenderme del pan para alimentar al pobre, enseñar al ignorante, escuchar y ayudar al que sufre, tomar de la mano al que se derrumba sin importar que mis brazos se cubran de llagas y mi ropa se desgarre.

Hoy, antes de partir, reconozco que la estancia en el mundo es un paseo breve con claroscuros, las luces y las sombras naturales que se presentan cotidianamente y por medio de las que uno crece, se mide y evoluciona.

Antes de morir, en unos minutos o dentro de muchos años, quiero recordar que al final de la vida uno lleva la fórmula para abrir, en otras fronteras, el portón del palacio, de un paraíso que ya se siente, al nacer, en el alma y el cielo, o la llave cubierta de herrumbre que conduce a los abismos. Quiero vivir antes de morir.

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Desmantelamiento

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno desmantela su vida cuando cierra la puerta al presente y cancela la posibilidad del mañana; desarticula los días de su existencia al confinar su historia en el cajón empolvado del desván y la transforma en tristes e ingratos recuerdos; la clausura a partir de la hora en que sella las ventanas de la alegría y el amor. Uno termina con la vida cuando revienta todas las burbujas de sus sueños e ilusiones y en su presente sólo abundan cardos y parajes desolados; anticipa su momento postrero al no percibir la fragancia de los jardines y disgustarse ante las gotas de lluvia o el vuelo de las mariposas. La menoscaba al no atreverse a dar un paso más y no luchar por lo que anhela su corazón. Uno marca su final cuando sustituye la felicidad por tristeza y gestos, la esperanza por desilusión, la risa por lágrimas, el amor por odio y los sentimientos por abandono y cruel indiferencia. Uno muere cuando no hay posibilidades de reconocer el próximo instante ni de sentir emoción y reír mucho. Uno cava una tumba ausente de epitafio, flores e identidad al arrancar las hojas de su cuaderno de apuntes y no las reserva para siguientes episodios, al arrebatar, al negarse dar lo mejor de sí a los demás, al ambicionar sin medida ni sentido. Uno concluye su existencia cuando cierra los ojos no para soñar y mecerse en el arrullo mágico de cada instante, sino con la intención de yacer en el dolor, la mediocridad, los remordimientos y la perversidad. Uno desbarata la trama de la existencia cuando renuncia a la oportunidad de experimentar el segundo que está por llegar, arranca las hojas con desdén sin palpar su textura y da la espalda a los demás. Uno no existe cuando destierra a Dios de sí y lo cubre con capas de lodazal, piedras y tierra. Uno muere cuando el tiempo se consume y no hay oportunidad de marcharse en paz ni de expresar a los demás palabras de aliento y ternura, dejar huellas indelebles a través de las obras y sonreír, porque simplemente todo se acaba. No vivir es morir.

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TROZOS DE VIDA… Se comparte la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, por amarte tanto y con quien deseo compartir los años de mi existencia y nuestra estancia en el cielo

Uno comparte la vida no con la persona que espera afuera, en la esquina, incapaz de mirar de frente y dar de sí, sino con quien hace de cada segundo inexorable la oportunidad de cultivar amor y detalles. Los días de la existencia se convidan no a aquellos que coleccionan pasiones; se entregan a quien sonríe y desea ternura. La historia se escribe y comparte no con maniquíes, bufones o clientes de cantina, sino con quien se distingue de los demás por su código de vida y el resplandor de su alma. Uno se compromete no con las manos que pretenden acariciar frenéticamente por unos minutos, arrebatar y cerrar puertas, sino con las que tienen capacidad de ofrecer una caricia, dar, acompañarse siempre y retirar las piedras del camino. La brevedad de los años se disfruta con quien juega honestamente y no traiciona, no con aquel que se burla y obtiene ventaja. Las horas, los árboles y las estrellas se cuentan al lado de quien se ama, jamás con la persona que prefiere contabilizar bienes materiales y amoríos eventuales. Se es feliz con quien ama de verdad, sonríe, juega, consiente y hace de cada instante un capítulo bello e inolvidable. Se abren las puertas del alma, el corazón, la memoria y la casa a quien colocará una decoración basada en sentimientos nobles, en actos puros, no a aquellos que intentan mancillar o saquear. Se da un beso no a quien busca el sabor de la lascivia, sino la dulzura del amor, y yo, enamorado de ti, pretendo compartir mi vida contigo en este mundo para cobijarte con mis sentimientos, reír, consentirnos, jugar, divertirnos y ser muy felices; aunque también, no lo  olvido por ser lo más importante, con la intención de sumergirnos en el silencio interior y dedicarnos a construir el puente y la obra que conducirá las almas de ambos al cielo, donde indudablemente el arrullo de Dios nos mecerá en la inmortalidad.

Citas… Dar de sí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay que dar de sí a los demás, a quienes lo necesitan de verdad, a los que más sufren, aunque sangren las manos, sude la frente, se desgarre la vestidura y nadie lo reconozca, porque tiene mayor validez la piel marcada por el esfuerzo y el sacrificio, que un corazón lacerado y oprimido por la codicia y el remordimiento.

TROZOS DE VIDA… Instantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los cuentos y las historias suelen ser reales cuando uno ama y cree, como tú y yo

Cómo reímos cuando a hurtadillas te entrego una servilleta de papel con la frase “te amo” y la besas antes de guardarla en tu bolsa, al mirar nuestros reflejos en el cristal de un aparador, al posar graciosamente con una prenda en alguna boutique y al descubrir aquí y allá que la vida es maravillosa e irrepetible. Arrancamos instantes a las manecillas para ser felices. Tal vez uno de los secretos en la vida no sea robar minutos al tiempo porque al esconderlos y más tarde pretender disfrutarlos, seguramente se habrán diluido; se trata, parece, de experimentarlos plenamente. El tiempo es la distancia que se acorta conforme avanza el furgón de la existencia. No tiene tregua. Atrás deja orillas, gente, juventud, oportunidades, cosas y recuerdos muy queridos. Por eso es que tú y yo, al amarnos, decidimos convertir los instantes pasajeros en detalles, convivencia, alegría y capítulos de una historia irrepetible y maravillosa que siempre, aquí y en la eternidad, latirá en nuestros corazones. Al desprender momentos fugaces del tiempo inexorable, los transformamos en oportunidades para amarnos y explotar los yacimientos de la felicidad, el desenvolvimiento de nuestros seres y la práctica del código que marca la diferencia y la señal en nosotros, hasta que se convierten en peldaños intangibles que conducen al firmamento, donde incontables luceros guían a la eternidad. Hoy, al disfrutar juntos los días de la vida, convertimos la estancia terrena en encuentro y paseo inolvidable, preámbulo, es cierto, de nuestra unión en el cielo. Con los instantes que ambos compartimos aquí, en el mundo, construimos, mi musa amada, nuestro alojamiento en la eternidad.

La servilleta y declaración de amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pareció escuchar una voz celestial que expresó: “ámala, cuídala y hazla feliz siempre, con todo tu corazón, sin olvidar descorrer el cortinaje del alma para recibir la luz”.

Hojeaba un libro, en la biblioteca de la casa, cuando descubrí entre las páginas una servilleta, la hoja blanca de papel de nuestro pasado, en la que inscribí para ti palabras y dibujos al reencontrarnos en un café, constancia inequívoca de mi declaración de amor tras descubrirme reflejado en tu mirada.

Extendí la servilleta y observé el dibujo de una flor que entonces tracé y a la que agregué: “sonríe y sé feliz. Te amo”. Leí, igualmente, otras palabras que aquella noche, a la mesa de un café, escribí para ti: “me encantas” y “te amo”. Tú, asombrada por mi inesperada declaración de amor, sonreíste con tu estilo natural, con el reflejo de tu alma que entonces, presentí, se reencontraba con la mía.

Tú, sorprendida por mi confesión, controlaste tus sentimientos y trataste el tema con madurez, como lo haces siempre, porque eres un verdadero ente femenino, un ser que a diferencia de otros, consulta los mensajes de su alma antes de tomar decisiones que marquen los días de su existencia en este mundo y definan, en consecuencia, su caminata a la ruta donde resplandece la luz.

Ahora, al mirar la servilleta arrugada con el dibujo y las letras color sepia, tinta que suelo utilizar, tú lo sabes, agradezco a quien da el aliento de la vida, mece las hojas de los árboles y decreta la fuerza del mar y la armonía de las estrellas que alumbran nuestros caminos, porque unir tu corazón al mío, compartir una historia de amor irrepetible, bella, subyugante, intensa e inolvidable, es más que derretir las horas existenciales en asuntos pasajeros, es abrir los brazos y recibir la felicidad plena, la bienvenida de Dios a los parajes de la inmortalidad.

Me parece que coincidir en el amor como lo hacemos tú y yo, equivale a experimentarlo aquí, en el mundo, con lo que somos y tenemos, dentro de la brevedad, sin desviar el timón hacia el itinerario trazado desde el interior de tu alma y la mía, unidas al murmullo de la lluvia cuando nos empapa y sus gotas deslizan por nuestros rostros, al susurro del viento al balancear las ramas de los árboles donde solemos columpiarnos, al concierto marítimo al convertirse sus pliegues en olas subyugantes que acarician y besan la arena y los riscos, al canto de las aves que enseñan a vivir plenamente y con sencillez, al himno de los ángeles que guía la senda a la eternidad.

Amar es, igualmente, protagonizar una historia en el mundo como preámbulo del guión excelso que Dios, en un cielo prometido, reserva para ambos cual regalo, es cierto, a nuestras almas.

El amor, como lo concebimos y pactamos tú y yo, no es un simple encuentro para desgarrar nuestras pieles en cualquier rincón y posteriormente marchar en busca de otras personas. Definitivamente se trata de sentimientos que provienen de las alturas y que uno, aquí, expresa; pero no es, como falsamente cree parte de la humanidad, vivirlo sin sentido ni fidelidad.

Solamente quienes abren las compuertas desde la esencia de sus seres, identifican el amor de los contratos pasajeros, los sentimientos de los apetitos fugaces, la profundidad de la superficialidad, quizá porque descubren y conocen las maravillas de la riqueza interior.

Un amor como el tuyo y el mío no acaba nunca, ni siquiera con la transición, con lo que la gente suele llamar muerte, porque su fuerza proviene de una fuente inmortal e inagotable.

Los seres que como tú y yo, amamos con un estilo diferente y especial, aprendemos a distinguir las expresiones más sublimes, las señales mágicas que derraman los sentimientos auténticos, de aquellas manifestaciones burdas que únicamente se inclinan ante la seducción y el brillo de lo efímero y superficial.

Idealistas, soñadores, tontos al perder los mejores años de la vida, retrógradas y criaturas raras del vecindario serán, entre otros, los calificativos que seguramente recibiremos por parte de amplio porcentaje de seres humanos que prefieren quedarse en el plano terreno, en las vitrinas de las apariencias, en las mazmorras de la ambición desmedida, en el lodazal de los vicios y en los pantanos de los apetitos sin amor.

No obstante, ambos, tú y yo, somos dos corazones amurallados, protegidos de la escoria que pudiera salpicar durante la jornada terrena rumbo a la meta que hemos trazado, porque nuestro amor y código de vida recibe la luz que viene de lo alto.

Recordarás, sin duda, que una mañana admití que experimenté paz en mi interior y dicha inmensa porque soñé que estaba contigo y me pareció escuchar una voz celestial que expresó: “ámala, cuídala y hazla feliz siempre, con todo tu corazón, sin olvidar descorrer el cortinaje del alma para recibir la luz”. Ese es el amor que te ofrecí aquella ocasión, cuando realicé algunos trazos en la servilleta que hoy descubrí entre las páginas de uno de los libros de la biblioteca y que hasta la fecha vivimos felizmente.

Mi amor por ti es tan auténtico e intenso, que soy capaz de emprender la más grandiosa de las epopeyas y en todo caso, si fuera preciso, ceder mi vida, sí, como en las historias románticas que conmueven los corazones y arrancan suspiros a los enamorados.

Grandiosa e inolvidable fue la fecha de nuestro reencuentro, pero la excelsitud y maravilla del cielo se expresó en tu corazón y el mío cuando entendimos que uno formaba parte del otro desde el inicio de la eternidad, sin cortarnos las alas ni lastimarnos. Y así inició nuestra historia de amor.

Me asomo por los cristales de nuestras almas, por los amplios ventanales de tu corazón y el mío ya fusionados, y contemplo dos rostros alegres, enamorados, dispuestos a dejar huellas indelebles en este mundo, el que nos tocó vivir, para trascender y así tocar a la puerta de la morada más hermosa.

Ahora, como la noche de nuestro reencuentro, susurraré a tu oído “me encantas” y “te amo”. Te lo digo, ángel mío, con la emoción, alegría e ilusión de la primera vez, tú lo sabes y sientes en tu corazón.

Ocultos por mucho tiempo en las entrañas de mi ser, el amor y las palabras brotan cual burbujas en un manantial, precisamente con la intención de admitir que me cautivas, que me siento embelesado por tu belleza e inteligencia; pero también, nunca me cansaré de repetirlo y anunciarlo al mundo, por tus virtudes, por los valores que fincan tu existencia, por tu alma que es espejo del cielo, por ser tan femenina, por tu alegría de vivir, por tus detalles que te engrandecen y por todos los principios que hacen de una persona, hombre o mujer, el ser más preciado por Dios.

Eres la mujer que siempre, desde que lo recuerdo, pedí a Dios amar. El nombre que escribí desde la primavera de mi existencia, los rasgos que plasmé en el lienzo y las voces que reproduje en el violín corresponden a ti, musa mía. El alma que sentí en la mía es la tuya.

Sólo un amor como el nuestro puede ser prueba de que los sentimientos entre dos corazones, cuando son auténticos, no se consumen ante el tiempo ni las dificultades; al contrario, las horas y las adversidades lo fortalecen y hacen superior, y tú y yo lo sabemos porque ya probamos el sabor de las alegrías y el cáliz del dolor, y mira, aquí seguimos, felices e ilusionados, con nuestros sueños y proyectos.

Los días han transcurrido raudos desde aquella hora de nuestro reencuentro. Llegamos muy puntuales y de frente a nuestra cita aquella vez, igual que ahora, instante que aprovecho para declararte, como entonces, mi más puro, fiel y eterno amor.

Ahora que miro la servilleta de nuestro reencuentro y repaso los capítulos que hemos compartido desde entonces, con sus auroras y ocasos, cual es la vida, quiero decirte que me siento embelesado ante la mujer que eres y que deseo, por lo mismo, reproducir cada minuto de nuestras existencias mis sentimientos por medio de las expresiones “te admiro”, “me cautivas”, “eres mi cielo”, “te amo”.

Imagino y siento que tu corazón y el mío, enamorados y unidos al ritmo de la creación, sonríen muy dichosos. Por eso es que pretendo refrendarte mi amor, mis cuidados, mis detalles, mi consentimiento y mi estrategia para tejer felicidad en tu ser.

No es que dude ni sienta el peso de la fragilidad hundir mis sentimientos, no, no es eso; simplemente deseo mirarme retratado en tus ojos, contagiarme con tu sonrisa, percibir tu alma en la mía y declararte mi amor de nuevo, prometerte tender un puente mágico para convertir en realidad nuestros sueños.

Al declararte mi amor de nuevo, tomo la servilleta de nuestro reencuentro y la guardo entre las páginas de un libro que cierto día, no sé cuándo ni dónde, alguien descubrirá con asombro y al observar la flor y leer “sonríe y sé feliz. Te amo”, “me encantas” y “te amo”, sentirá correr en sus venas la emoción de sentimientos reales entre dos seres que coincidieron en un lugar y durante un tiempo para después peregrinar al cielo y disfrutar las delicias de la eternidad. Hoy te declaro mi amor y lo grabo en esta servilleta que alguien, al ya no existir tú y yo en este plano, percibirá en su corazón porque intuirá que los sentimientos conducen a la eternidad. Tal es mi declaración de amor.

Un amor especial

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre a ti por ser el amor de mi vida

Tal vez, cada ser humano tiene capacidad para elegir su sendero y protagonizar la historia de su existencia; no obstante, ahora que te abrazo en silencio y percibo los latidos de tu corazón, entiendo que una vida se dulcifica y enriquece al compartir con otra el amor, los sentimientos, la alegría, los detalles y cada momento. Amar es, como yo lo siento, abrir a tu alma las puertas y ventanas de la mía, escuchar tus palabras y conducirlas a un sitio especial para componer con tu voz una melodía hermosa y magistral; enamorarme de tu mirada y acompañarla hasta lo más profundo de mi ser con la intención de disfrutar las siluetas, los colores y la belleza de la vida con la óptica de una musa; sentir tus caricias, la calidez de tus manos, para cobijarme en el más dulce encanto; contagiarme con tu sonrisa con el objetivo de dibujar felicidad en mi rostro; repasar los secretos que confiesas a mi oído para escribir un poema excelso; percibir la fragancia de tu perfume con la finalidad de reconocer los aromas de las flores y la cercanía del cielo; enamorarme de ti, con todo lo que eres, para agregar a mis días la dicha de no estar solo y caminar a tu lado, siempre contigo, rumbo a la cima que deseamos conquistar. Amar es poseer alas y volar, llegar al umbral del cielo, escuchar los coros de los ángeles y los susurros de Dios, para retornar al mundo con mayor aliento, fe y dicha. Al recargarte en mi hombro y abrazarte, comprendo que podría andar solitario por el mundo y así, cual navegante, llegar hasta el itinerario trazado; sin embargo, te extrañaría, me dolería tu ausencia, y no porque sea dependiente o carezca mi vida de sentido, sino por ser tú la otra parte de mi alma, el latido de mi corazón, o lo que es lo mismo, la mujer que amo. Y amar, ahora lo sé, es entregarse plenamente sin perder identidad, cordura y libertad; pero sí, lo admito, volar juntos, navegar en la misma embarcación, reír, sortear el oleaje una noche de tormenta, admirar la aurora desde una playa, jugar como dos chiquillos traviesos una mañana de recreo, empaparse una tarde de lluvia y sentir las gotas deslizar en nuestros rostros, compartir todo, enjugar las lágrimas del otro al carcajear tanto o llorar por algún dolor, sentir los corazones de ambos en un latido universal. Amar, creo yo, también es asegurar el porvenir, y no me refiero a conveniencias ni trucos; hablo del mañana inmediato, de la hora de la cuenta, del momento en que las velas de la vida terrena se extingan y nuestras almas, la tuya y la mía, lleven a cabo el acto más hermoso y subyugante al alumbrarse eternamente en la morada de un Dios maravilloso y pleno. Y es que de nada servirá decirte que te amo y que soy capaz, incluso, de conquistar este mundo con una serie de hazañas orientadas a coronarte con todas las riquezas materiales, si omitiera, ángel mío, ofrecerte, como lo deseamos desde lo más profundo del alma, enamorarnos plenamente de Dios y morar en su palacio de turquesa. Entonces sería un vendedor de seguros, un negociante interesado en satisfacer apetitos insaciables, no el hombre que siempre te amará en este mundo y el alma que, unida a la tuya, palpitará en la inmortalidad con los sentimientos más bellos y sublimes. El amor que te ofrezco, en consecuencia, contempla divertirnos en los columpios del mundo con la idea firme de mecernos eternamente en los del cielo. El amor que nos damos todos los días no es a corto plazo, en lo que el tren llega a la estación postrera; es reservar la banca en una historia encantadora y sin final. Eso es, parece, el amor. Al menos, tú y yo creemos que es así y, por lo mismo, seguiré percibiendo los latidos de tu corazón para fusionarlos con el mío y juntos, con la fortaleza del amor, llegar al palacio de cristal, donde la mañana y la noche del mundo se desconocen porque todo es siempre y la ropa que lo envuelve a uno ya está elaborada con la tela de la alegría y los sentimientos más hermosos y sublimes que entrega Dios a quien lo enamora.

Imposible llamar mi musa a alguien más

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi musa y amor de mi vida

Al colgar de un cielo mágico, las estrellas no ceden a la seducción de quienes se aventuran a ofrecerlas como regalo para un festín pasajero o jugar y abandonarlas posteriormente en un tablero de frivolidades, acaso por ser cristales que los enamorados convierten en diademas y collares que obsequian a sus amadas durante el encanto de una noche romántica e inolvidable o quizá por tratarse de faroles que iluminan la sonrisa de Dios.

No, definitivamente los luceros que adornan el firmamento no son cuentas atrapadas en las vitrinas de joyerías lujosas, tal vez por pertenecer a la corona de quien una hora no recordada los dispersó en el universo con la finalidad de alumbrar el camino hacia el cielo.

El brillo de las estrellas, la majestuosidad de las olas al besar la arena y fundirse en el horizonte con el cielo, la belleza y fugacidad de los arcoíris tras una tarde soleada de lluvia, el canto de los ángeles y los jardines del paraíso corresponden, en exclusiva, a los seres privilegiados que se atreven a amar y abrir los cerrojos de sus corazones.

Realmente, los escalones y puentes etéreos se tienden ante aquellos que se atreven a experimentar el amor con un estilo diferente al de las mayorías, al de una humanidad más interesada en lo inmediato que en lo permanente y trascendental.

En consecuencia, si los prismas del cielo están reservados a hombres y mujeres que unen sus corazones no para ejercer dominio ni manipular, sino con el objetivo de recorrer juntos la ruta de la vida, compartir momentos, acompañarse, trazar el retorno a la morada, ser felices y amarse plenamente, los códigos y sentimientos son exclusivos y no están a la venta, no se prostituyen ni ofrecen como baratija o mercancía cara a quienes se dedican a la rapiña.

Si nosotros, tú y yo, compartimos las auroras y los ocasos, la risa y el llanto, los claroscuros de la vida, la historia de un amor inigualable, también poseemos un código secreto, algo muy nuestro y especial.

Goza mi ser al reconocer que en la vida hay cosas que no se comparten, tú lo sabes, porque pertenecen a dos corazones que deciden fundirse en los sentimientos y vibrar en la misma sintonía para latir al unísono del universo, como tú y yo, que cada día protagonizamos la más subyugante de las historias.

Imposible llamar a alguien más, mi musa, ángel tierno o vida y cielo, como suelo identificarte, porque tú, solamente tú, eres la otra parte de mi alma, como yo, únicamente yo, lo soy de la tuya.

Eres especial e irrepetible. Al llamarte mi musa, no por sobrenombre ni con el propósito de lucirme ante los demás, es porque al ser el amor de mi vida me inspiras para crear mis obras literarias, escribir textos que toquen a las puertas de los corazones y las mentes humanas.

Musa no es cualquier mujer, y menos las que creen que se trata de una figura sensual y decorativa, o una modelo que posa desnuda en una buhardilla ante la locura de un artista. Musa es la mujer que abre el arcón de su alma a un artista porque lo ama e inspira por medio de sus más excelsos sentimientos y su estilo de vida. Artista y musa contraen matrimonio ante los cielos de la creación, y uno, al unirse de esa manera, jamás podría traicionar al corazón que late en su interior.

Insisto, musa es la madre de las obras que crea el artista. Musa y creador se vuelven uno en el más puro acto de amor. Inútil es, por lo mismo, que alguien más espere que le llame musa porque es una posición insustituible, el amor resplandeciente e inspirador entre una mujer sensible y un artista. Por cierto, sólo tú posees las claves secretas para demostrar que mis obras son inspiradas por ti.

Mi ángel tierno no puede ser alguien más que tú porque si en el mundo de la hora contemporánea coexisten millones de mujeres, únicamente quienes fueron elegidas por Dios llevan en su interior la fragancia del paraíso.

Únicamente tú, nadie más, serás por siempre mi vida y mi cielo, y no porque de ti dependan los días de mi existencia o mi caminata a la eternidad, sino por ser mi amor, complemento y felicidad en el mundo y con quien llegaré unido a las mansiones de la inmortalidad. ¿Tendría caso buscar en alguien más la dicha cuando tú significas mi vida en el mundo y mi cielo en la eternidad?

Si alguien preguntara los motivos por los que no renunciaré a ti ni te sustituiré jamás por otra mujer, confesaría que independientemente de ser la otra parte de mi alma, con tu libertad e identidad, eres irrepetible porque Dios, al crearte, colocó en tu corazón un cofre pletórico de virtudes que te distinguen de quienes hundidas en el fango de las superficialidades, creen que el amor es transformarse en objeto y que vivir significa entregarse a la fugacidad de lo inmediato.

Ahora, mientras escribo tus textos, admito que soy un hombre afortunado y bendecido al amar y ser correspondido por ti, mujer de la que su fórmula permanece guardada en el morral de Dios para que tu resplandor te distinga de los faroles y luceros menos luminosos.