Renuncia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Renuncia a las lágrimas de la amargura porque a diferencia de las del desconsuelo, nadie se sentirá conmovido ni te proporcionará un pañuelo con la intención de que las enjugues; tampoco sentirás los abrazos sinceros ni los trozos de cariño que se dan a quienes lloran ante el sufrimiento real.

No permitas que el llanto de los sinsabores frecuente tus ojos y deslice por tu cutis porque entonces en tu rostro se formarán ranuras, canales, cual testimonio de su paso, y todos los seres, en el mundo, se alejarán de ti.

La amargura ofrece en su menú diario, el sabor del enojo con la vida, consigo, con los demás, con el aroma y el color de los jardines, con el concierto de las aves, con la dulzura de una sonrisa, con la ternura de una mano amiga, con el corazón que se abre para entregar sentimientos.

Los ojos que destilan coraje, molestia, resentimiento, nunca experimentarán la dicha de admirar y sentir la magia del amor y el encanto de una sonrisa, porque ¿quién que es y alguna vez ha probado el sabor de la hiel, ha disfrutado por completo, instantes después, la esencia de la fruta?

Como peregrino del mundo, un día llegué a un paraje desolado, entre el lago y las montañas, donde los moradores de un caserío utilizaban herramientas y técnicas ancestrales para sustraer sal.

El agua sulfurosa hervía tanto, que los nativos introducían algunos alimentos crudos con la finalidad de cocerlos. El contenido de los pozos humeantes era ambivalente, de manera que podía emplearse para bien, como el cocimiento de las verduras, o con el objetivo de provocar quemaduras incurables.

La temperatura era tal, que ellos colocaban tierra sobre tablones para finalmente, por medio de sus técnicas ancestrales, obtener sal. El azufre y la composición del agua es tan fuerte, que la sal es comercializada, en muchos casos, con productores de quesos que la utilizan para ahuyentar moscas y otros insectos.

Igual es la amargura. No le coquetees ni te conviertas en su enamorado porque suele comportarse como una amante obsesiva e intolerante. Busca a su adversaria, la alegría, porque tomada de la mano del amor y de todos los valores, conduce a la felicidad plena. Entonces tus lágrimas no serán ácidas, sino dulces y cristalinas porque provendrán de la dicha y de reír tanto.

La vida es tan breve que no merece que uno la someta a torturas en el patíbulo. Solamente es un camino con luces y sombras, un paseo fugaz que finalmente conduce a dos destinos, a la inmortalidad o al desfiladero. De uno depende la elección.

No te atormentes. Deja de añadir nudos al hilo endeble de tu existencia. No lo ensucies ni lo maltrates con la ofuscación de tu mente y el arrebato de tus manos. En el momento que lo rompas, jamás volverá a ser el mismo y te precipitarás a las honduras, al pozo más oscuro e insondable.

Las aflicciones, el dolor, las tristezas, el odio, los resentimientos, el coraje y los deseos de venganza sólo conducen a la amargura, a la destrucción. Y si desfiguran tus facciones, si descomponen tu organismo, si destruyen a los demás, calcula a qué grado mancillan tu interior e impiden el desenvolvimiento de tu ser, el retorno a la morada de la inmortalidad.

Que tu amargura no te estimule a derribar escalinatas y puentes. Constrúyelos para sortear las desavenencias inherentes a la vida y que otros, a tu lado y atrás, también los utilicen para su desarrollo interior. Abandona las torturas de tu alma. Olvida y perdona. Date la oportunidad de experimentar los días de tu existencia como si de pronto emergieras de las profundidades de un mar oscuro e impetuoso y descubrieras, al fin, la isla prometida, el vergel soñado alguna noche ya lejana de tu infancia.

Sepulta las enfermedades de tu ser, cierra los ojos y entrégate al silencio interior para que escuches los murmullos de tu alma, el susurro de Dios, los gritos de la vida, las voces del universo. Al despertar, un nuevo día alumbrará tu ser y ya no renunciarás a la lámpara que te acompañará hasta el horizonte, donde concluye el mundo e inicia la eternidad.

Consume tus días no atrapado en una mazmorra, nunca encadenado a los grilletes que bloquean tu caminata y las obras de tus manos, jamás sometido a tormentos indecibles que nublan las praderas y los bosques floridos y soleados. Dedícalos a la alegría, al amor, a la práctica de las virtudes, a ser muy feliz y salpicar el resplandor del universo al mundo para embellecer las almas y transformarlo en el planeta de mayor belleza y colorido.

Renuncia, insisto, a las lágrimas de la amargura. Derrámalas con todo lo que las provocan y sustitúyelas por el canto de la vida, por el himno de la creación, por el concierto del amor y los sentimientos más excelsos, por la ruta que felizmente conduce a casa.

Pepenadores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ante la ausencia de una historia interesante, bella e intensa, millones de personas en México y el mundo resbalan a los abismos de la cotidianeidad, el desaliento y la monotonía, hasta conformarse con el guión que diseñaron o creen les impuso el destino. Consienten cargar el peso de una vida carente de proyecto y sentido, y nada -ni el dinero ni los títulos académicos- compra su felicidad.

Dentro de la vorágine de la hora contemporánea, pocos son los hombres y mujeres que más allá de riquezas materiales y otros asuntos temporales, protagonizan capítulos existenciales plenos, diferentes, extraordinarios e irrepetibles.

La mayoría de la gente se acostumbra a hundir los pies en el pantano de una vida similar a la de la mayoría, con esquemas repetidos y mediocres, con la única diferencia entre unos y otros en la posición socioeconómica. No son las riquezas materiales, como tampoco la belleza física o los títulos académicos, los que atraen la felicidad, sino los valores, la fortaleza interior, la disposición y los deseos de crecer y ser auténticos.

Innumerables seres humanos olvidan la alegría y belleza de la vida, conformándose con hacer de cada día un evento repetido y dedicando sus horas a envidiar y condenar a quienes les rodean o demuestran, al menos en apariencias, mayor éxito.

Ya sin proyecto existencial ni ruta definida, la amargura y mediocridad los transforman en pepenadores de vidas ajenas, al grado de acechar incesantemente a sus familiares, vecinos, amistades y compañeros, de quienes hablan mal, con coraje y envidia, e incluso sin temor de involucrarlos en problemas, ofenderlos y crearles historias inverosímiles.

Resulta lamentable que lejos de que la gente cultive una vida inolvidable, la desperdicie en recolectar historias de otros, en pepenar chismes, en coleccionar lo que hablan y llevan a cabo quienes les rodean. Acumulan inmundicia en sus vidas.

Sólo aquellos que son especiales y, por lo mismo, diferentes, tienen capacidad de vivir intensamente lo mismo a la orilla de un lago, bajo la lluvia o entre árboles y piedras, que en el más lujoso de los cruceros, porque saben que la existencia está formada de instantes, de momentos que acumulados, llevan al final, a las horas postreras, y qué mejor que al partir uno pueda llevar una canasta pletórica de experiencias enriquecedoras, una historia irrepetible, genuina, subyugante, intensa, auténtica e inolvidable.