De algún paraíso

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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De algún paraíso viene usted, de un edén, quizá, que visité una noche, mientras dormía y soñaba, del que traje pedazos, trozos en los que había flores y olía al perfume que tanto le encanta, fragancia impregnada, parece, con las esencias celestes de la inmortalidad. De algún rincón de mi alma procede usted, creo yo, porque de otra manera no me explicaría cómo es que la siento en mí. De alguna ruta llegó usted, por aquí o por allá, o tal vez ya la traía en mí, o, en todo caso, siempre caminó a mi lado. De algún vergel es usted, probablemente donde habitan las musas, cada una ya con el rostro, el perfil y el nombre del artista al que ha de acompañar. He escuchado que las musas son ángeles a los que Dios da forma de damas -sí, muy en femenino-, con la idea de que uno se inspire profundamente y lo emule, en minúsculas, en el interminable proceso creativo; sin embargo, confieso que desde hace tiempo me siento enamorado de usted. Me atrevo a declararle mis sentimientos para que transite del plano de mi musa de la inspiración de mi arte y mis letras, a la dama de mi vida, al ángel de mi alma. De algún paraíso viene usted.

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Y que no transcurra un día con más cargas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

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Fúndanse con la vida. Sean uno con la lluvia, con los arcoíris, con las cascadas, con el oleaje, con las flores, con los helechos, con el follaje. No desperdicien los días de la existencia en el mal. Recuerden, cada día, dar de sí, hacer el bien, difundir la verdad y luchar por la justicia y la libertad. No duerman sin antes asegurarse de que todos, a su alrededor, comieron y poseen una cobija. Jamás sean sordos ante quienes necesitan que alguien los escuche, ni nieguen sus consejos a aquellos que requieren palabras de aliento. Nunca, por ningún motivo, carguen con el peso de la culpa. Ayuden, den de si, hagan el bien. El amor, los sentimientos, la inteligencia, las palabras, los actos, la riqueza material y las cosas no solamente pertenecen a uno, porque son para el bien que se pueda hacer a los demás. principalmente a los que más sufren, a quienes se encuentran atrapados tras los barrotes del infortunio, a los desposeídos, a los enfermos. Que no transcurra un día con más cargas negativas que positivas. La luz disipa las sombras.

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Me pregunto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Me pregunto demasiado cuando la miro callada, inmersa en sus cavilaciones, acaso porque me encantaría adivinar que pertenezco a su mundo de ideas y sentimientos, a sus rutas internas, a sus notas musicales, y que soy, en consecuencia, quien la distrae, es decir, su huésped, el yo al que su tú esperó siempre. Me interrogo tanto cuando percibo su alegría y su sonrisa, que hasta creo que sus juegos y sus ocurrencias son por mi causa. Imagino, por lo mismo, que me contempla en el espejo al mirarse, peinar su cabello y maquillar la belleza de su rostro. Me planteo, a cierta hora de la mañana, al despertar, si me descubrió en sus sueños, en sus quimeras, o si, al menos, encontró, en su almohada, el tulipán fragante que le envié en la noche, al pensar en usted y abrazar su alma. Me respondo, entonces, que quizá leyó el poema que escribí mientras usted dormía o tal vez escuchó el soneto que le compuse el otro día. Y vuelvo a inquirir si habrá coincidido, en algún instante del día, con los pinceles, el lienzo, las pinturas y el caballete que preparé con el objetivo de que ambos pintemos nuestra historia, la alegoría de un amor convertido en locura, en ministerio, en colores. Y reflexiono mucho porque hoy, simplemente, deseo saber si usted está dispuesta a seguir el mismo destino conmigo, y, por añadidura, quisiera preguntarle si ya le confesé que la amo.

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Y si le escribo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y si le escribo, es para que conozca con acentuación, exactitud y puntuación los sentimientos que me inspira y con el objetivo de que algún día, cuando ya no me encuentre con usted, en el mundo, suspire y recuerde que fue amada con delirio por un artista que se sentía cautivado al mirarla y que, por lo mismo, la esperará en cierto remanso del infinito. Si construyo palabras -textos y poemas-, es para que descubra en mis letras su nombre y el mío, nuestra historia y el encanto de un amor. Y si me empeño en dibujar sentimientos e ideas en el cuaderno, es para que conserve la fragancia de mi arte en cada página y sonría al recordar la locura de este amor. Y si le entrego mis textos, es para que no olvide que fue niña y adolescente, joven y mujer madura, y que, cualquier otra fecha, ya en la ancianidad, abrirá el cofre de sus añoranzas y descubrirá, entre flores marchitas de fugaz perfume y belleza, las cartas que le escribí, los pedazos de nuestro romance y de la vida que compartimos, las confesiones de amor irrenunciable que le presenté con ilusión y con esperanza de recibir una sonrisa, alguna mirada, una expresión de delirio, arcoíris y globos, al fin, de colores, que dan sentido a la existencia. Y si le escribo, es para que sepa que siempre la amaré en pretérito -por nuestro ayer-, en presente -por el hoy que compartimos- y en futuro -por los muchos ciclos que viviremos-, y que una historia como la que usted y yo protagonizamos, no tiene caducidad. Y si me atrevo a delinear acentos, letras y signos que se atraen entre sí y forman palabras, sentimientos e ideas, definitivamente es con el objetivo de explicarle que un amor como el que usted y yo inventamos, ayuda durante la caminata y salva del destierro porque, simplemente, conduce a paraísos sin final.

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Dicen…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dicen que, por usted, despierto a las letras y desvelo las ideas y los sentimientos que cada noche y madrugada plasmo en hojas de papel, con el objetivo de que, al otro día, al amanecer, aparezcan en las páginas de mi poemario, al lado de las flores que, desde temprano, recolecto en el jardín y coloco en su almohada, mientras duerme y sueña no sé qué historias. Dicen que lo mío es un tanto de usted mezclado conmigo, con dos nombres y un par de rostros inconfundibles, en un vuelo libre y maravilloso hacia rutas insospechadas, horizontes infinitos, rumbos cautivantes y prodigiosos. Dicen que permanezco atrapado en los extravíos de la razón, pero desconocen que mi delirio es por usted, y tiene nombre porque le llamo la locura de este amor. Dicen que el arte es mi cómplice, un viejo amigo y compañero de incontables alegrías e inspiraciones silenciosas y estridentes, y que usted es mi musa y la responsable de mis desvaríos y ocurrencias. Dicen, en privado y en público, que usted ordenó mi armario y mi vida, mi alacena y mis horarios, mi cordura y mi demencia, mis amaneceres y mis anocheceres. Dicen que, ahora, mi arte y mis letras huelen a usted, a usted y a mí, a los dos y a cada uno, con el encanto que tienen los perfumes cuando revelan la identidad de la gente y de quienes se enamoran. Dicen que cuando la miré por primera vez, con asombro me vi reflejado; pero no saben que, simplemente, al descubrirme en sus ojos, definí pedazos de cielo y paraísos, una historia inagotable a su lado. Dicen que mi itinerario cambió desde el minuto en que usted y yo coincidimos, y no es así, lo confieso, porque solo enriquecí mi caminata y le di un sentido más bello, como aquel jardinero que cultiva flores y planta árboles. Dicen tanto y nada de nosotros, que saben y desconocen lo mucho y lo poco de nuestra historia, repiten y olvidan el idilio que vivimos y soñamos, prolongan y resumen lo que imaginan hablamos y jugamos, y, quizá, hasta cuentan, emocionados o intrigados, los encuentros y los desencuentros que suponen enfrentamos. Dicen, eso sí, que usted y yo ya poseemos una historia, un recuerdo, un ayer, un porvenir, la locura de un amor.

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Y asomé…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y asomé a mi vida, en la noche, al oscurecer, cuando pensaba que ya no estabas conmigo, y descubrí, inesperadamente, tus huellas en el jardín con olor a tierra mojada, tus pisadas sobre la hojarasca y el aroma de tu perfume. Y miré desde la ventana de mi existencia, hacia dentro y afuera. y te vi, a veces silenciosa, en ocasiones con tu voz, interesada en mí, en el amor que nos convierte en tú y yo, en lo que es tan nuestro. Y abrí la puerta al creer que estarías afuera, acaso con una sonrisa, tal vez con una flor; pero recordé -vaya descuido el mío- que siempre estás adentro, conmigo, y que no espero, por lo mismo a alguien más. Y llegué al balcón de la casa, abrí el ventanal corredizo y observé, maravillado, la pinacoteca celeste con incontables mundos y luceros mágicos que colgaban plateados, y escuché el murmullo de los grillos, el lenguaje del viento al acariciar las frondas de los árboles, los susurros de la vida y de la creación, y, entonces, al voltear a mi lado, te miré y te sentí conmigo. Y así, profundamente emocionado, asomé al infinito, a nuestras almas, y te vi conmigo, inseparable, mecidos ambos en un columpio de orquídeas y tulipanes, elaborado con mucho de ti y de mí.

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Nací en marzo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estoy feliz. Me siento intensamente bendecido y dichoso. Nací en marzo, cuando las abejas, las libélulas y las mariposas posan sobre las flores que brotan de la tierra con la fórmula de sus colores y sus perfumes mágicos, cautivantes a los sentidos y tan parecidos al encanto del vergel. Mi cuna data de marzo de cierta fecha -¿importan el día, el año, la edad?-, en algún minuto y una hora que el tiempo raptó al sentirse dueño de las manecillas del reloj, mientras el sol y la lluvia de primavera, en el hemisferio norte, fabricaban arcoíris para provocar alegría y sonrisas. Desembarqué en marzo, procedente de algún paraíso etéreo, con la idea de reencontrarme, abrazar a los otros -oh, mi grandioso tesoro-, protagonizar una historia, fundir la esencia en la arcilla y probarnos en un paseo terreno, en una jornada mundana, hasta descubrir la ruta y preparar el regreso a casa. Nací en marzo, cuando en el hemisferio sur las hojas otoñales eran mecidas por el viento al soplar inagotable y melancólico. Llegué al puerto de la existencia, en marzo -en marzo de cierto año-, donde ya me esperaban mis padres, amorosos y nobles, contentos ante el prodigio de la vida, y, lo mejor de todo, agradecidos con Dios por la oportunidad del reencuentro. Nací en marzo, alguno de esos días que posee el mes -el tercero del año-, en un tiempo, con una familia y en un sitio que no cambiaría. Vengo de un marzo distante y cercano, espectacular y normal, con los besos de primavera y los abrazos de otoño al coincidir, en algún punto de encuentro, los hemisferios norte y sur, enamorados al obsequiarse, mutuamente, las tonalidades de las flores y los matices de las hojas, el calor y el viento, los perfumes de uno y otro. Nací en marzo, en marzo de cualquier año -el día 30, si hay que ser exactos-; sin embargo, estoy agradecido con Dios por cada instante que vivo, por la oportunidad de ser yo y el privilegio de formar parte de una historia con las almas que tanto amo. Sé que nací en marzo y tengo la fortuna de desconocer la fecha de mi partida, quizá porque es maravilloso y preferible despertar, cada mañana, o dormir, en la noche, con el milagro de la vida, y agradecer, siempre, por un instante más y la oportunidad de amar, reír, abrazar, compartir, aprender, dar de sí, caminar y hacer el bien. Nací en marzo, pero en realidad me renuevo cada momento con mi agradecimiento a la fuente infinita que me ha dado tanta dicha, a pesar de sus claroscuros.

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Usted

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Disculpe que la distraiga e interrumpa sus labores. Desde hace tiempo, al pasar por aquí, la observo con alegría e interés, en silencio, acosado por una pregunta y mil interrogantes que, por su repetición, ya son permanentes en mí, igual que la sangre que fluye por mis arterias, mientras usted, inmersa en sus actividades, indica, también calladamente, que es una dama. La he mirado durante la mañana, cuando las flores, recién acariciadas por el viento, las gotas del rocío y el sol, destilan perfumes que cautivan los sentidos y se mezclan, parece, con su fragancia de mujer; pero, igualmente, la he visto en las tardes, con ese semblante que irradia la gente encantadora. Quisiera verla en la noche y en la madrugada, siempre, a toda hora. Perdone usted si la molesto con mi insistencia, pero tengo deseos de invitarle un café en el balcón de la casa o en uno de esos restaurantes que se encuentran en alguna calle empedrada, al aire libre, entre macetas con flores bonitas, simplemente con la idea de expresarle que me parece mujer y dama, ser humano y ángel, y, quizá, si me lo permite, musa e inspiración. No pretendo interrumpir sus minutos y sus horas de concentración en las tareas que desempeña con tanto esmero; pero sí, en cambio, anhelo involucrarme en sus años, en sus décadas, en un proyecto existencial entre usted y yo. ¿Entiende usted lo que pretendo decirle? Precisamente he buscado una dama. Entiendo que es usted a quien he tratado de localizar, dentro del mapa, en aldeas y ciudades. Me gustan sus ojos, sus pestañas, sus manos y todo lo que la hace mujer y dama. No pretendo abrumarla con mis palabras y mis historias; aunque confieso que, desde hace tiempo, planeo incluirla en mi viaje, en el itinerario de mi existencia, y si usted hace favor de colocar sus manos, junto a las mías, en el timón, creo que navegaremos por rutas esplendorosas e interminables.

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El sentido de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El sentido de la vida consiste en ser autores de pequeños milagros cotidianos que derramen alegría y amor en otros, principalmente en quienes nada tienen y no pueden entregar algo a cambio; en fabricar detalles de apariencia minúscula que sostengan la fe, los sentimientos, la esperanza y los sueños; en dejar huellas indelebles, a pesar de las borrascas y las tempestades, con la idea de que aquellos que caminan atrás, las sigan, no se extravíen y lleguen a destinos grandiosos. A la vida le dan sentido la dignidad, los actos y los sentimientos nobles, las sonrisas, la justicia, la libertad, el respeto y la pureza y la verdad de los pensamientos. Una vida honesta, sana y feliz, acostumbrada a dar lo mejor de sí, marca el rumbo a destinos superiores. Una existencia se justifica cuando es armoniosa, buena, equilibrada, feliz y plena. El sentido de la vida no es un glosario incomprensible; es, parece, la sencillez con que se consumen los días, con el amor y los sentimientos que se derraman, la alegría y el bien que se cultiva cada instante. El sentido de la vida evita la muerte y abre los cerrojos y el portón al infinito.

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Flores rotas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores están rotas. El jardín -incompleto, solitario, irreconocible- no es el mismo de ayer. Los pétalos, otrora fragantes y enamorados, permanecen en el suelo, dispersos, cerca de los charcos que antes los reflejaban, igual que las alegrías y los recuerdos de quienes los cultivaron. La tierra endureció y ranuró su piel oscura, mientras las macetas de barro y porcelana, fracturadas, están intoxicadas por la humedad y el salitre que las devora. Al morir las flores y las plantas, se extinguieron los colores, las formas y los perfumes. Las sombras esconden los cardos, el veneno de otras hierbas, los tintes que despiertan al aparecer esos murmullos y silencios que tanto asustan cuando los arrastra el viento. Algo perdió el jardín. Acaso a sus dueños, las manos que removían la tierra, cortaban los abrojos y regaban las plantas, responden algunos; probablemente, sus remansos, sus flores, sus represas, sus árboles, sus plantas, suponen otros; quizá sus detalles, su encanto, sus ilusiones, agregan unos; tal vez, coinciden todos, las horas y los días acumulados y repetidos, la tristeza, el mal, la superficialidad, el dolor. Anoche, mientras llovía, el jardín se quejó, y hoy amaneció desmejorado, con un semblante distinto al de apenas hace algunos días. Está mutilado y, lo que no murió, anda en muletas y se arrastra el sepulcro. “Y así acontece con ustedes -interviene la vida-, quienes creen que son las flores efímeras y petulantes que apenas ahora, al amanecer, sentían deslizar en su piel las gotas del rocío y desdeñaban a las abejas que buscaban su dulzura, sin imaginar que en la tarde empezarían a morir. La ausencia de bien, verdad, respeto, justicia, amor, dignidad, sentimientos nobles, inteligencia y libertad, y la abundancia de mal, falsedad e ignorancia, marchitan las hojas y los pétalos, endurecen la tierra infértil y desatan el aliento del dolor, la enfermedad, la tristeza y la muerte. Sean el jardín cautivante y hermoso que alguna vez cultivó el alma y deleitó la razón y los sentidos”.

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