La certeza y el minuto postrero

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Para ti

Tengo la certeza de que cuando ande entre las tardes otoñales y las noches invernales de mi existencia, aún tendré ánimo y fortaleza para enamorarme de ti al despertar, cada mañana, o al dormir, y sorprenderme, como lo hago ahora, de tu esencia, de la magia femenina en tu forma de hacer las cosas, de tu mirada y hasta del perfume que exhalan tu piel y tu ropa. Estoy seguro de que durante las horas postreras de mi vida, repasaré y experimentaré con alegría los días que me dedicas, las ilusiones que diseñamos y envolvemos en globos de colores para después reventarlos y hacerlos realidad, los guiños a hurtadillas, los juegos que tanto provocan nuestra risa, los paseos, los instantes de silencio y los minutos de charla, los momentos en que dices que me amas y hasta cuando lo callas. Otras estaciones vendrán a mí y me orillarán al sueño, al ocaso de una estancia feliz en el mundo, quizá porque uno, cuando ama, no resbala al naufragio y siente, en algún segundo, los labios que dan el último beso, los abrazos que en silencio comunican con un alma paralela. las lágrimas que derraman los ojos alguna vez transformados en poesía y en perlas. Mi convicción es de que tú y yo -nosotros- llegaremos al puerto más recóndito de la vida, acaso con bastón o tal vez con arrugas y canas, para abordar la barca a otras rutas, a un destino superior que Dios reserva a quienes se aman. Anhelo que así sea y que la alegría e ilusión que hoy sentimos, mañana sean la paz, el consuelo, la gratitud, el recuerdo y el amor inmortal que embarguen nuestras almas y las fundan en la eternidad. Estoy convencido de que los poemas que hoy me inspiras y te dedico, los besos que transmiten nuestro sabor, los abrazos que sentimos desde la profundad y el silencio de tu alma y la mía, los detalles que me regalas y la historia que compartimos, siempre palpitarán en nuestro interior y nos mantendrán inseparables. Imagino los días de mañana, no porque haya dejado de disfrutar los de la hora presente, sino por la emoción que siento al comprobar, cuando los miro, que tus manos serán las que me acaricien y las mías, en tanto, las que muevan la silla para que te sientes y reposes o las que te cobijen al dormir. Guardo en mi memoria la primavera dorada, cuando te sentía en mí e intuía que algún día, en cierto rincón del mundo, volvería a coincidir contigo, y reservo para nuestra felicidad el amor que ahora, en el verano, disfrutamos como quien pasea al cielo; además, atesoro para el otoño y el invierno horas de dulzura y encanto, no como final de una obra, sino por lo que significarán, el prefacio de un sueño inmortal. No dudo que alguna noche fría y nebulosa o una madrugada de tempestad, a tu lado, escriba para ti el último poema, te abrace y te dé el beso postrero, platique una anécdota repetida y te invite a leer nuestra historia, descubrir atrás las huellas que dejamos juntos y la ruta hacia el destino grandioso que nos espera. Ahora que paseamos por el verano de nuestras existencias, tengo la idea de que protagonizamos y compartimos una historia intensa, sublime, bella e inolvidable y que preparamos para la noche de la vida una estación de sentimientos y ternura que conectará y llevará a ambos a casa, donde el amor decorará el firmamento con las estrellas que hoy alumbran el universo y que Dios prende con su aliento.

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El globo, los universitarios y la vejez

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Recientemente, en una universidad privada de Morelia, capital de Michoacán -entidad situada al centro occidente de México-, un grupo de jóvenes entró en una dinámica liderada por uno de sus profesores, con resultados bastante negativos, preocupantes y vergonzosos.

El ejercicio consistió en suponer que varios hombres, cada uno con diferente profesión, viajaban en un globo aerostático y de pronto, por alguna causa, enfrentaron una situación emergente que los obligó a tomar la decisión de arrojar a uno de ellos con la intención de aligerar la carga de la nave y así salvar las vidas de la mayoría.

Los universitarios se dividieron en equipos de trabajo con la idea de protagonizar la historia y explicar, al final, la justificación de sus decisiones. En cada caso, la tripulación estaba integrada por un médico, un ingeniero, un abogado, un contador público, un arquitecto y un sacerdote. Uno de ellos, en el ejercicio, tendría que ser sacrificado.

El profesor solicitó a los alumnos razonaran la decisión de cada grupo porque tendrían que defenderla y justificarla con argumentos inteligentes. La mayoría de los estudiantes, en cada equipo, eligió al sacerdote como víctima y candidato de ser lanzado desde el globo aerostático.

Mientras actuaba el equipo en turno, los otros, sus compañeros, murmuraban entre ellos, se mofaban o se distraían con los mensajes que enviaban y recibían en sus celulares. En realidad tenían mayor interés en sus asuntos sociales que en la clase.

Cuando el maestro y algunos alumnos más aplicados interrogaron a la mayoría sobre las razones que los motivaron a elegir al sacerdote en el sacrificio de dar la vida por los demás, coincidieron con desdén en que se trataba de un hombre dedicado a predicar estupideces y que, además, era un hombre viejo, un anciano inservible que robaba oxígeno, tiempo y espacio a los jóvenes.

Asombrados, el profesor y su reducido número de estudiantes aplicados, preguntaron qué los hacía suponer que el sacerdote era viejo, y ellos respondieron que la mayoría de los ministros son de edad avanzada.

Recalcaron con desdén que la gente vieja es basura y sobrante en las sociedades de la hora contemporánea y que, en consecuencia, debería de hacerse a un lado o ser eliminada para no quitar el oxígeno y las oportunidades que pertenecen a las generaciones jóvenes.

Más allá de creencias religiosas y doctrinas, resulta preocupante que jóvenes universitarios de una institución de prestigio, sientan repugnancia por los ancianos, por la gente que envejece, y hasta desee su muerte por el simple hecho de considerarlos basura humana y estorbos.

Significa que no pocos de esos jóvenes que hoy estudian en instituciones universitarias privadas, algún día, cuando sean profesionistas y se encuentren al mando de empresas o se desempeñen como funcionarios públicos o políticos, tomarán decisiones crueles en perjuicio de las personas débiles y viejas, les atravesarán los pies y les cerrarán puertas y ventanas.

No solamente no respetan a los ancianos que hoy transitan por las calles o encuentran en sus rutas, casi siempre entristecidos y desolados, como quien cuenta las horas postreras de su existencia, sino son estúpidos al no respetar a sus padres ni recordar que un día, ante la caminata de las manecillas, también arrugarán sus rostros y sus cabellos cambiarán a tonos plateados o caerán irremediablemente, y peor porque quienes viven en el vacío no siempre tienen la dicha de coronarse y probar el sabor de la vejez.

Tal soberbia, rompe límites y resbala a la estulticia y la perversidad. Lamentablemente, como ellos, existen muchos jóvenes que creen que el mundo les pertenece, cuando solamente es el paso de un sueño llamado vida, y lo que cuenta, en verdad, es el bien que se hace a los demás.

México no necesita engreídos e imbéciles. Esos abundan en la política, en las cantinas y en todas partes. La nación requiere seres humanos auténticos y completos, responsables y honestos, comprometidos consigo y con el momento histórico que les tocó vivir.

En nuestras disertaciones cotidianas, mi padre y yo coincidimos una y otra vez en que la infancia, adolescencia y juventud son parámetro de una sociedad, de manera que si una generación es educada y respetuosa durante la primavera de su existencia, innegablemente sus padres son personas con calidad humana; al contrario, si prevalecen las bajezas y la perversidad, reflejarán lo infrahumano de sus progenitores.

Quizá existen otros jóvenes que estudian y trabajan, honestos, comprometidos consigo y con los demás, capaces de emprender acciones nobles y orientadas al engrandecimiento de la humanidad y sus países; pero también es verdad, como en el caso de dicha institución universitaria, que hay personas capaces de cometer atrocidades contra los más débiles.

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Tesoro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy cerré los ojos para imaginarme a tu lado durante los años postreros de nuestras existencias. Resbalé a los abismos del sueño y descubrí dos figuras seniles y resplandecientes que se consentían y protegían uno al otro. Me vi, ya anciano, sonreír, besar tu frente y abrigarte mientras dormías. Me sentí consentido por ti cuando escuché tus consejos y me ofreciste un postre. Éramos dos ancianos felices. Experimenté la misma emoción, alegría e ilusión que la primera vez, cuando admití sentirme enamorado de ti y te confesé mi amor. Descubrí que el amor es eterno y conduce a los arcones de Dios

Tesoro, en el amor, es recordar aquellas dos figuras lozanas que otrora maquillaban sus rostros de carmesí cuando reían con intensidad o casi eran descubiertas al enviarse un beso o un guiño a hurtadillas, y mirarlas ahora, en la ancianidad, enamoradas, acaso en una banca, entre hojas doradas y quebradizas, como dos chiquillos que se cuidan uno al otro porque simplemente se aman y no soportarían el desconsuelo y la tristeza de la partida y la soledad. Ya son uno y otro. No se conciben distantes.

Es advertir que las manecillas del reloj y las fechas de los calendarios resultaron insuficientes para agotar su romance, porque a pesar de las arrugas de la piel y las canas, el amor, cuando es auténtico y fiel, no se debilita ni muere.

Amor es eso, fundir dos almas para hoy y la eternidad, sin importar que un día, mañana o dentro de algunos años, la belleza física desvanezca y ceda su lugar a los pliegues, la desmemoria, el cabello plateado o la lentitud.

Mirar, una tarde de lluvia, a quienes antaño se divertían al sentir las gotas deslizar en sus caras sonrientes y empaparse, y ahora uno ayuda al otro a abrigarse para evitarle un resfriado durante el aguacero que ambos presencian tras el ventanal, es una fortuna, algo que vale más que cualquier alhaja atesorada en un relicario de madera fina.

Observar a dos ancianos, un hombre y una mujer, que caminan despacio, como midiendo los pasos o el tiempo, es una bendición y quizá eco del atrevimiento de la declaración y aceptación, a la vez, de un amor que desde el inicio se presintió especial, tierno e inmortal.

Es común que la mayor parte de la humanidad coincida en que el amor queda desgarrado en el camino o se le lleva con cicatrices y duelo; pero cuando uno descubre dos manos débiles y marchitas que se toman para cruzar la calle, evitar caer a un charco o subir la banqueta, igual que en la juventud, identifica la señal de quienes fundieron sus almas en un crisol celestial y todavía, a pesar de la caminata del tiempo, se miran con dulzura.

Insisto en que es un tesoro la mujer de manos cansadas y piernas frágiles que una tarde nebulosa y fría, en casa, camina lentamente, apoyada en los muebles y las paredes, con la intención de acercarse al sillón de la sala y cubrir con un abrigo o una cobija a su amado, al hombre que fue vencido por el sueño mientras hablaba y repetía la misma historia, para que su cuerpo no enfríe ni recaiga su salud.

Grandioso tesoro es, igualmente, cuando él, agotado por el peso de los años, despierta a media noche y pregunta a ella si se siente bien, si está cómoda o si se le ofrece algo, o un día, en la mañana, ver al caballero anciano que cede el paso a su dama o retira la silla para que se siente.

Nunca ha sido la búsqueda de belleza física y placeres fugaces, ausente de sentimientos y valores, garantía de un amor verdadero y perdurable. Quienes hoy se entregan a la inmediatez de las apariencias y los apetitos, no deben esperar un amor pleno, fiel y seguro durante su vejez.

Amar hoy y mañana es un tesoro que no se comercializa y que muy pocos seres humanos, en el mundo, tienen el privilegio de disfrutar. Si es romántico besar los labios juveniles, resulta conmovedor y extraordinario llevar y conservar el sabor y la fragancia del amor hasta los días de la ancianidad. Mi plan se basa, justamente, en transformar nuestro amor en historia sin final, en que me sientas en ti como yo te percibo en mí, en ser tú y yo, los de siempre.

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En otra fecha

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hoy corremos, saltamos y jugamos como dos chiquillos porque de eso se trata, de vivir, amarnos, reír y ser dichosos cada instante; mañana, cuando las tardes otoñales y las noches invernales anuncien la proximidad de la hora postrera, miraremos con alegría las páginas de nuestra historia y coincidiremos en que fundir tu corazón y el mío fue la mejor decisión porque entonces, por el amor especial que elegimos para darnos, estaremos cerca de la inmortalidad. Si ahora me atrevo a construir una torre con el objetivo de alcanzar las estrellas y tejer una diadema luminosa para ti, observar juntos los luceros fugaces o sentir la proximidad del cielo, durante los días finales no me cansaré de mirarte, acariciar tus mejillas otrora lozanas y expresarte, igual que la primera vez, “me encantas” y “te amo”. Mi embelesamiento por ti no se habrá diluido; al contrario, me sentiré profundamente enamorado de ti y agradecido contigo por haberme dado la oportunidad de entregarte mi amor y recibir el tuyo, por los momentos de alegría, por tus ocurrencias y risas, por limpiar las lágrimas de mis ojos, por enfrentar juntos el sí y el no de la vida, por tus consejos, por diseñar el camino al cielo, por compartir una historia intensa, bella, irrepetible, plena e inolvidable. Las canas y los pliegues en la piel nunca han ahuyentado al verdadero amor. Un día o una noche de otra fecha, quizá aún no definida en el calendario, cuando te observe en la biblioteca leyendo mis obras inspiradas en ti, en el jardín o en el sillón de la sala, acudirá a mi memoria la imagen de aquella joven que alguna vez me cautivó al grado de mover las fibras del universo y escuchar la voz de mi interior que anticipó: “es ella, el amor de tu vida, el corazón que buscas desde hace mucho tiempo en todos los rincones del mundo”, y te veré igual de hermosa y resplandeciente, orgulloso de haber elegido a la mujer especial y distinta, a mi musa, al ser femenino que atesora riquezas en el alma. Entonces, igual que hoy, te abrazaré y confesaré a tu oído: “hoy no te he dicho que me gustas, que estoy enamorado de ti y que te amo”. No tendré miedo, insisto, de navegar contigo y llegar a los días del ocaso existencial porque juntos, tú y yo, ya tendremos una historia compartida, un amor eterno y el código para acceder a la inmortalidad. En otra fecha, aún no señalada, tu rostro y el mío exhibirán los signos del tiempo y exhalarán las notas de la más subyugante de las sinfonías porque estaremos demasiado próximos a compartir, por fn, el amor eterno que preparamos aquí, en el mundo.