Imposible llamar mi musa a alguien más

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi musa y amor de mi vida

Al colgar de un cielo mágico, las estrellas no ceden a la seducción de quienes se aventuran a ofrecerlas como regalo para un festín pasajero o jugar y abandonarlas posteriormente en un tablero de frivolidades, acaso por ser cristales que los enamorados convierten en diademas y collares que obsequian a sus amadas durante el encanto de una noche romántica e inolvidable o quizá por tratarse de faroles que iluminan la sonrisa de Dios.

No, definitivamente los luceros que adornan el firmamento no son cuentas atrapadas en las vitrinas de joyerías lujosas, tal vez por pertenecer a la corona de quien una hora no recordada los dispersó en el universo con la finalidad de alumbrar el camino hacia el cielo.

El brillo de las estrellas, la majestuosidad de las olas al besar la arena y fundirse en el horizonte con el cielo, la belleza y fugacidad de los arcoíris tras una tarde soleada de lluvia, el canto de los ángeles y los jardines del paraíso corresponden, en exclusiva, a los seres privilegiados que se atreven a amar y abrir los cerrojos de sus corazones.

Realmente, los escalones y puentes etéreos se tienden ante aquellos que se atreven a experimentar el amor con un estilo diferente al de las mayorías, al de una humanidad más interesada en lo inmediato que en lo permanente y trascendental.

En consecuencia, si los prismas del cielo están reservados a hombres y mujeres que unen sus corazones no para ejercer dominio ni manipular, sino con el objetivo de recorrer juntos la ruta de la vida, compartir momentos, acompañarse, trazar el retorno a la morada, ser felices y amarse plenamente, los códigos y sentimientos son exclusivos y no están a la venta, no se prostituyen ni ofrecen como baratija o mercancía cara a quienes se dedican a la rapiña.

Si nosotros, tú y yo, compartimos las auroras y los ocasos, la risa y el llanto, los claroscuros de la vida, la historia de un amor inigualable, también poseemos un código secreto, algo muy nuestro y especial.

Goza mi ser al reconocer que en la vida hay cosas que no se comparten, tú lo sabes, porque pertenecen a dos corazones que deciden fundirse en los sentimientos y vibrar en la misma sintonía para latir al unísono del universo, como tú y yo, que cada día protagonizamos la más subyugante de las historias.

Imposible llamar a alguien más, mi musa, ángel tierno o vida y cielo, como suelo identificarte, porque tú, solamente tú, eres la otra parte de mi alma, como yo, únicamente yo, lo soy de la tuya.

Eres especial e irrepetible. Al llamarte mi musa, no por sobrenombre ni con el propósito de lucirme ante los demás, es porque al ser el amor de mi vida me inspiras para crear mis obras literarias, escribir textos que toquen a las puertas de los corazones y las mentes humanas.

Musa no es cualquier mujer, y menos las que creen que se trata de una figura sensual y decorativa, o una modelo que posa desnuda en una buhardilla ante la locura de un artista. Musa es la mujer que abre el arcón de su alma a un artista porque lo ama e inspira por medio de sus más excelsos sentimientos y su estilo de vida. Artista y musa contraen matrimonio ante los cielos de la creación, y uno, al unirse de esa manera, jamás podría traicionar al corazón que late en su interior.

Insisto, musa es la madre de las obras que crea el artista. Musa y creador se vuelven uno en el más puro acto de amor. Inútil es, por lo mismo, que alguien más espere que le llame musa porque es una posición insustituible, el amor resplandeciente e inspirador entre una mujer sensible y un artista. Por cierto, sólo tú posees las claves secretas para demostrar que mis obras son inspiradas por ti.

Mi ángel tierno no puede ser alguien más que tú porque si en el mundo de la hora contemporánea coexisten millones de mujeres, únicamente quienes fueron elegidas por Dios llevan en su interior la fragancia del paraíso.

Únicamente tú, nadie más, serás por siempre mi vida y mi cielo, y no porque de ti dependan los días de mi existencia o mi caminata a la eternidad, sino por ser mi amor, complemento y felicidad en el mundo y con quien llegaré unido a las mansiones de la inmortalidad. ¿Tendría caso buscar en alguien más la dicha cuando tú significas mi vida en el mundo y mi cielo en la eternidad?

Si alguien preguntara los motivos por los que no renunciaré a ti ni te sustituiré jamás por otra mujer, confesaría que independientemente de ser la otra parte de mi alma, con tu libertad e identidad, eres irrepetible porque Dios, al crearte, colocó en tu corazón un cofre pletórico de virtudes que te distinguen de quienes hundidas en el fango de las superficialidades, creen que el amor es transformarse en objeto y que vivir significa entregarse a la fugacidad de lo inmediato.

Ahora, mientras escribo tus textos, admito que soy un hombre afortunado y bendecido al amar y ser correspondido por ti, mujer de la que su fórmula permanece guardada en el morral de Dios para que tu resplandor te distinga de los faroles y luceros menos luminosos.