¿Qué somos?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Qué somos? ¿Acaso un sueño del que rehusamos despertar, a pesar de los fantasmas y las pesadillas que suelen aparecer a hurtadillas y desvanecerse en nuestras correrías? ¿Qué somos? ¿Seremos pedazos rotos que Dios abandonó, desilusionado, una tarde desolada y febril? ¿Qué somos? ¿Quizá poemas maltrechos e incompletos, palabras deshilachadas que algún poeta olvidó en su libreta de apuntes? ¿Qué somos? ¿Eco de otros tiempos, reflejo de mundos paralelos, trozos de paraísos olvidados, piezas incompletas de vergeles perdidos? ¿Qué somos? ¿Alegría, tristeza, anhelo, ilusión? ¿Qué somos? ¿Hombres, mujeres, caricaturas de personas, minúsculas, mayúsculas, el rostro que aparece en el cunero, el semblante que reposa inerte en el ataúd, la cara que refleja el espejo? ¿Qué somos? ¿Primavera?, ¿verano?, ¿otoño?, ¿invierno? ¿Qué somos? ¿Aire?, ¿fuego?, ¿agua?, ¿tierra?, ¿o simplemente brisa, nube, cascada? ¿Qué somos? ¿Marionetas, títeres, muñecos de trapo? ¿Qué somos? ¿Proyecto, realidad, experimento, fantasía, invento, verdad, mentira? ¿Qué somos? ¿Arcilla condenada a morir ante una temporalidad inevitable? ¿Barro carente de porvenir? ¿Esencia, luz, alma inmortal? ¿Lucero sin final? ¿Qué somos? ¿Algo maravilloso e inolvidable? ¿Qué somos? ¿Mariposas de alas frágiles, colibríes suspendidos en el aire, libélulas, ángeles? ¿Qué somos? ¿Sol, luna, estrella? ¿Qué somos? ¿Cielo, mundo, infierno? ¿Qué somos? ¿Un suspiro accidental de Dios o uno de sus apellidos y parte de su linaje? ¿Qué somos? ¿Alguien escucha los murmullos y sigilos que provienen de su interior, el lenguaje de su ser, los rumores y silencios de su alma? ¿Qué somos?

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Miré tus ojos…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…y así la convertí en mi poema, en musa de mi inspiración, en personaje de mi historia. Comprendí que sería no compañera de una estación, porque las horas banales se desvanecen y olvidan rápido, sino en dama de mi vida, aquí, en el mundo, y allá, en un plano mágico que inicia en el alma y se extiende al infinito, con un amor tal que incendia el universo con sus tonalidades mágicas y su música inagotable

Miré tus ojos, tu boca, tus manos, y descubrí tus detalles, tus rasgos femeninos, esa clase tan tuya que provoca en uno el deseo de calzar sandalias de la misma talla para andar juntos por las sendas de la existencia, escalar cumbres, volar y sentir el paso de las nubes, soñar y vivir el arrullo de la temporalidad y el prodigio de la inmortalidad. Cuando definí tu perfil, te encontré en mí, en el perfume y la textura de las flores, en la belleza de las gotas de lluvia y en el encanto de los copos de nieve. Al verte, sentí emoción. Pensé, entonces, que algún día, cuando uno cree, los sueños y las ilusiones se convierten en realidad. Te identifiqué porque mi corazón latió con mayor celeridad, Me reconocí porque me miré en ti y supe que eres mi alma paralela. Comprendí que si alguien, a otra hora, me preparó para ser caballero, me encontraba ante una dama y era preciso, en consecuencia, probarme, aplicar los consejos y ejemplos con mi estilo. Observé tus movimientos delicados, palpé esos actos casi imperceptibles en nuestra época que distinguen a quien es ángel del cielo, probé tu sabor, experimenté asombro hasta de la admiración y el enamoramiento que me causas todos los días, sentí tus abrazos en el silencio de tu ser y el mío, escuché el susurro del cielo en tu voz y entendí que por fin, tras la espera, me encontraba ante ti, el sueño de mi infancia y juventud, la inspiración de mis obras, el personaje de mi historia, mi rostro femenino y mi amor y compañía de la eternidad. Tanta fue mi alegría, que me pregunté: si es bella, ¿cómo serán sus tesoros? Si es dama, ¿cómo será al transformarse en ángel? Si hermoso es su resplandor, ¿cómo será la luz de su alma? Si es un deleite amarla en la brevedad de la existencia, ¿cómo será nuestro romance en el columpio de la eternidad?

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A una mujer, a una dama…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre supe que eres mujer y dama, musa y ángel, mundo y cielo, tú y yo

A una mujer se le trata con ternura, se le entregan los sentimientos más bellos, se le consiente toda la vida y se le regalan flores; a una dama, por añadidura, se le admira, se le ama fielmente, se le hace feliz y se cubren los días de su existencia con arcoíris, alfombras de pétalos, estrellas y sonrisas. No son los poemas para desperdiciarlos en quien no los entiende; se escriben una noche y muchas más en la soledad de una buhardilla de artista, inspirado en una musa, para la más femenina de las mujeres. Grandioso es, durante la jornada terrena, enamorarse de una mujer bella y dulce; pero más sublime es amarla, ser el caballero de una dama y acompañarla a las rutas que conducen al más prodigioso de los cielos. Inspira obras excelsas, actos extraordinarios y hazañas aquella mujer superior a las banalidades, la superficialidad y el encuentro de unas horas. Es maravilloso amar a una mujer, pero si es musa y dama, resulta un honor, una bendición y un privilegio ser su poeta, su artista y la otra parte de ella. Tú eres, para mi dicha, mujer y dama, ángel y musa, poema y música, pintura y lluvia, aurora y ocaso. Es la razón, quizá, por la que te amo al amanecer y al anochecer, al nevar y soplar el viento, cuando aparece el sol y asoman la luna y las estrellas. Amar a una mujer es un deleite; a una dama, en tanto, es abrir la puerta del cielo y sentir el aliento de Dios. Mi amor, cuando te lo entrego, está dedicado a ti por ser yo, a mí por ser tú, a nosotros, a la dama que eres y al caballero que soy. Observo en tu mirada, en tus manos y en tus movimientos la esencia femenina que te distingue y propicia que sea el hombre de una mujer, el caballero de una dama, el escritor de una musa, el amor inextinguible que se transforma en destino, en historia, en locura.

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Mi ángel…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Y una noche creí soñar que estaba en el paraíso con un ángel; pero al despertar, al sentirme vivo en el mundo y consumir las horas del día, descubrí su sonrisa y presencia resplandeciente a mi lado. Le declaré mi amor y entonces aprendí que los ángeles existen para cumplir alguna misión especial aquí, en la temporalidad, con la promesa de estar a su lado y compartir la inmortalidad… y así lo hago, desde entonces, con el amor que te profeso”.

Un día, el cielo abre su portón y sus ventanas con la intención de despedir, temporalmente, a una de sus almas consentidas, al ángel que Dios creó con su fórmula especial e inmortal, quizá una mañana distante, en una de las orillas de la eternidad, cuando el principio era agua y nubes, corriente etérea que fluía, como ahora, en el interior de uno y en todo lo que es y existe.
Ante tan grandioso hecho, también se abren los corazones y las constelaciones, la vida se alegra y la creación se ilumina de tonos subyugantes, como si todo en el universo estuviera conectado y en armonía con una directriz mágica.
Entones se registra en el mundo un acontecimiento sublime porque igual que los luceros de aparición repentina que uno observa con asombro en el firmamento, el nacimiento de un alma de ángel no es noticia cotidiana. Un ángel ha nacido, pronuncia felizmente el universo.
No toda la gente tiene capacidad de percibir en el ambiente, a su alrededor, en la atmósfera y en su interior, que la encarnación de ciertas almas no significa exclusivamente un nacimiento más; se trata de la fragancia de Dios disuelta en la Tierra para dar luz e impregnarla en un corazón que destilará sentimientos excelsos, ojos que comprenderán y derramarán lágrimas ante el dolor y las infamias, manos que darán de sí a los necesitados y apoyarán a los débiles y enfermos, labios que emitirán palabras inteligentes y de aliento, pies que dejarán huellas indelebles a su paso por corresponder a quien será de virtud modelo.
Realmente, tú y yo lo sabemos, tales ángeles no viajan desde lo inconmensurable de la eternidad para hospedarse, cual forastero o inquilino común, en cualquier familia, no, definitivamente significaría un derroche que los pétalos más cautivantes y tersos de la flor se contaminaran con la pestilencia del lodazal.
Necesariamente, un alma esplendorosa encarna en el integrante de una familia cercana, por sus virtudes, a los ángeles, a los encantos del cielo. Recibir un ángel en casa, implica compromiso y responsabilidad con quien lo envió, con esa alma tan pura y con la humanidad.
Es así como al nacer aquí, en el mundo, un ángel, su linaje se nota desde el inicio, acaso en el fulgor de su mirada, quizá en su sonrisa, tal vez en la energía que transmite.
Generalmente, los seres humanos se asombran al definir rasgos diferentes en tales criaturas, sin comprender que en esos rostros resplandecientes asoman la mirada y la sonrisa de Dios.
Sólo aquellos que saben interpretar el lenguaje celeste, entienden que se encuentran ante un ser más espiritual que material, quien durante su estancia en el mundo cultivará flores que se convertirán en detalles que regalará al marchar hacia su morada.
En cada ángel que visita temporalmente el mundo, refugiado en aspecto humano, existe una misión específica, y si unos predican las doctrinas del bien y la verdad, otros, en tanto, demuestran con actos cotidianos que la vida es algo más que una historia fugaz o un sueño, es parte del camino y la prueba para alcanzar la inmortalidad.
Lamentablemente, amplio número de hombres y mujeres prefieren consumir los días repetidos de sus existencias en historias insulsas, en esquemas masivos y superficiales, en asuntos más temporales que trascendentales, alejándose así de las almas angelicales que bien podrían convertirse en los faroles que alumbraran su caminata durante las noches desoladas.
Tras reconocer la existencia de los ángeles, admito que cuando te reencontré en algún paraje del mundo, percibí, ipso facto, el resplandor del que hablo, la luminosidad de un alma especial, el perfume que proviene del interior y lo elevado. Quienes de alguna manera somos las criaturas extrañas del vecindario, los seres que optamos más por el gran silencio que por lo deslumbrante y estridente de lo pasajero, estamos familiarizados con la fragancia de las almas irrepetibles, y eso me ayudó a identificar la tuya.
Me percaté, asombrado, de que tú, mi musa, no eres un ser humano común. Bien sabes que la gente, a tu alrededor, suele criticarte por actuar distinto y regirte por medio de códigos registrados en tu interior, en tu alma, más vinculados al ambiente etéreo que a las superficialidades terrenas.
Admito que no es fácil tomar el bolígrafo y el papel u oprimir las teclas para expresar que la mujer que uno ama, es encantadora, diferente, especial, femenina, plena, triunfadora, hermosa y de virtud modelo, y también eso, un alma de ángel. Esa parte es complicada porque incontables hombres y mujeres preferirían, en todo caso, imaginar que uno, como escritor, tiene una musa que suele posar para la inspiración, con la que se experimentan los más tórridos encuentros, entre bebidas, papeles y caricias, cuando ambos sabemos que nuestro amor es especial y distinto a lo que podría suponer la mayoría.
Insinúo que es complicado no porque resulte imposible inspirarme en ti, echar la red al océano de las ideas y sacar letras para hilvanarlas y formar los textos más poéticos, sino por la responsabilidad de exponer la excelsitud de un alma como la tuya en un escenario acostumbrado al escarnio, al brillo de las superficialidades, al afán de poseer y contabilizar, a lo burdo, a lo inmediato, a los impulsos.
No es complicado tomar una vara y escribir en la arena de la playa: “la mujer que amo tiene alma de ángel”, pero las olas y la espuma del mar, al deslizarse de regreso, borrarían las letras. Podría gritar: “soy feliz porque amo a una mujer singular, opuesta al egoísmo y materialismo de la gente”. La humanidad no se percataría por mantenerse entretenida en asuntos inmediatos, por estar más de moda lo fugaz y placentero que los tesoros del interior.
Algo tan puro no se exhibe ni tampoco se expone, cual baratija, en un puesto callejero. La mayoría de la gente se burlaría por no entender el significado de la espiritualidad de un alma de ángel, y yo, amada mía, jamás rebajaría la luz al soplo de las tinieblas. No, no es sencillo hablar del amor y menos mezclarlo con la espiritualidad cada vez más desdeñada por las mayorías.
Gran dilema enfrento al tratar de exponer públicamente, con delicadeza y estilo, que el amor que me inspiras y te dedico no turba mis sentimientos ni mi razón, y que si insisto en que tu alma es de ángel, es porque la he sentido e identificado. La tuya es un alma diferente, especial, sublime, y llegó al nacer, precisamente, a un hogar, a una familia con alta dosis de espiritualidad.
Mi amor por ti no es barrera para hablar; al contrario, te conozco y hoy tengo la facultad de manifestar que tu trayectoria existencial, aunada a los códigos espirituales que te rigen, no pertenecen a los de un ser humano común; corresponden a un ángel de intensa brillantez que cada día vuela más cerca del techo inconmensurable del universo, donde se encuentra el acceso a la morada eterna, al palacio de un Dios que al contemplar todo, hace que las plantas germinen en la tierra y broten pétalos fragantes y policromados, que las nubes suelten innumerables gotas de agua que se convierten en perlas fugaces, que la vida terrena inicie con un despertar y concluya con un suspiro.
Es preciso no divagar, decir la verdad cual es. Al enamorarme de ti, ofrecí amarte todos los días de nuestras existencias y prolongar tan bello sentimiento a la eternidad, cuidarte siempre, dar lo mejor de mí para hacerte muy feliz, consentirte y colmar tus días de detalles, y así lo haré porque es una promesa que surgió de lo más íntimo de mi ser; no obstante, al saber que eres alma de ángel, me uní a ti con la intención de vivir plenamente aquí, en la temporalidad, es cierto, pero con la convicción de preparar el retorno a la inmortalidad del cielo.
Oh, si trasladar un fragmento del paraíso al mundo resulta una experiencia grandiosa y enriquecedora, cuán bello será llegar juntos, por la esencia de nuestras almas y el trabajo que desarrollemos, a la casa donde el amor y la felicidad son de naturaleza eterna por venir de quien todo lo concibe, desde la hoja que se mece al desprenderse del árbol y el vuelo zigzagueante de la mariposa, hasta la impetuosidad del mar y la maravilla de la constelación.
La interrogante que queda pendiente de responder es, sin duda, ¿qué me motiva a afirmar que tu alma es de ángel? Confieso que cuando te miré por vez primera, una noche ya lejana, te descubrí entre la conglomeración. Eras, entonces, una joven escolar. Mi atención se concentró en ti y ya lo dije un día, percibí una voz interior que me avisó: “es ella, es ella…”
Imagina lo que sentí al reencontrar un alma de hermoso fulgor como el tuyo. Te había buscado siempre en un rostro y en otro, aquí y allá, y esa noche, sin esperarlo, te encontré. Me gustaste, es cierto, como me encantas ahora; sin embargo, noté que había algo más en ti, esa luz indescriptible que solamente emana de las almas puras, los seres creados con la fórmula secreta de Dios, a quienes encomienda misiones especiales.
No niego que me atraen tus rasgos, pero ambos sabemos que la belleza física es temporal y carece, por lo mismo, de porvenir; en cambio, las riquezas internas, como las que almacenas y materializas en tu estilo de vida, conducen a niveles superiores.
Así que en tu alma de ángel yacen principios universales, virtudes excelsas, y no es de sorprender si recordamos que Dios, antes de enviarte al mundo, te encomendó algunas tareas específicas y te dio la facultad de encontrar el silencio interior para reconfortarte y fortalecer tu ser ante las pruebas y tribulaciones que se presenten en esta vida terrena.
Las almas angelicales, como la tuya, sobresalen porque suelen recluirse constantemente en ese silencio interior que propicia el contacto con la supremacía universal, con Dios, y cuando regresan a las cosas y la vida del mundo, lo hacen con tal fortaleza y renovación que cautivan por su esencia, por su brillantez, por su estilo tan peculiar de actuar y responder con acierto y maestría ante las circunstancias.
Ante los demás, aunque no les agrade o no lo acepten, un ser como tú se distingue por su alta espiritualidad, por su esencia, por sus principios. Eres inquebrantable, refinada, amable, femenina, sonriente y siempre dispuesta a ayudar, a vivir conforme a los principios que forman parte de tus valores internos.
Independientemente de los rasgos que te distinguen como alma de ángel, hemos dialogado, ahora que nuestros corazones están unidos y laten al unísono de la creación, con la idea de ajustar la historia que compartimos al proyecto, también trazado por ambos, de preparar cada día el retorno al cielo.
Dirá la gente, tal vez, que el amor que siento por ti me condujo a los extravíos de la razón y que ahora, confundido entre luces y sombras de una ilusión que seguramente imaginan fantasía, me desbarranco fatalmente; pero aquellos que conocen sobre el alma, entienden a lo que me refiero y saben, en consecuencia, que ambos, tú y yo, hemos abierto los cerrojos internos con la finalidad de desbordar sentimientos y virtudes, y que si estás familiarizada con la esencia de los ángeles, mi intención es emular tu vuelo para no separarme nunca de ti.
Nadie está obligado a compartir lo que escribo, pienso o siento. Respeto las creencias de todos mis lectores. Hoy me conformo con expresarlo y saber que ustedes, los ángeles, vienen al mundo por alguna razón, y si alguien no lo cree, que me lo pregunte porque soy testigo de que existen, y amo al mejor, a ti.

Cuando llegaste

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando llegaste a mi vida, descubrí mi capacidad para distinguir entre la majestuosidad y el encanto del cielo y la belleza transitoria del mundo, acaso porque en ti percibí al ángel tierno que me tomó la mano para amarlo, quizá por ser la mujer que tracé en mis sueños, tal vez, ahora lo entiendo, por haberte delineado al fundirme en el universo y tocar a la puerta de Dios para pedirle un regalo infinito.

Oí un día, cuando era niño, que los ángeles existen y se manifiestan, en ocasiones, a algunas personas afortunadas. Siempre creí que alguna vez tendría un encuentro extraordinario e intenso con mi ángel, y así aconteció, lo confieso, cuando llegaste a mi morada.

Me encontraba en medio del mundo, entre las páginas de mi historia, con las luces y sombras de mi vida, cuando llegaste con un farol en la mano y una sonrisa resplandeciente, invitándome a seguir las huellas inscritas en el camino.

Oscurecía, parece, cuando llegaste y me reconocí en tu mirada luminosa. En silencio, enlazamos las manos, observamos embelesados nuestros reflejos y pegamos las mejillas para susurrar palabras mágicas a los oídos.

Los murmullos de las cascadas, los ríos, el océano y la lluvia se disolvieron, cuando llegaste, hasta tocar con sus manos invisibles las cuerdas del arpa y los violines, las teclas del piano, y junto con la pintura de las flores, los bosques y las mariposas, crear un paraíso para nosotros, tú y yo, los de siempre.

Fue esa ocasión, cuando llegaste, uno de los instantes más dichosos que he experimentado, y no porque tuviera ante mí una figura hermosa, como lo eres, sino por la riqueza interior que irradias.

Dicen, los que creen saber, que duele nacer; pero me parece que se equivocan porque cuando llegaste a mi vida, experimenté regocijo ante la aurora que se anunció por el dintel de la puerta y la ventana.

Comprobé, cuando llegaste, que nunca es tarde para comenzar a vivir con plenitud. La vida empieza cada instante, y si alguna vez llega la tarde o la noche, existe la esperanza del amanecer.

Descubrí, cuando llegaste, que eres a quien dibujé, la mirada que me reflejó, el poema que compuse, la silueta que imaginé, el ser que sentí en mi interior, la musa que conocí en mi buhardilla de artista, la mujer que presentí desde algún rincón del alma.

Cuando llegaste al puerto desolado de mi existencia, yo era un náufrago que había perdido la embarcación durante una noche de tormenta implacable, en el océano más impetuoso. Miraste mi estado desgarrador en aquella playa solitaria, confiaste en mí y estiraste los brazos para recibirme.

Recuerdo que cuando llegaste al desierto de mis días, yo era un caminante extraviado en la arena, donde todos los rumbos parecían idénticos; sin embargo, al ofrecerte mi amor y mi vida, me mostraste el sendero al oasis, donde bebí agua cristalina y me recuperé.

Al observar las manecillas y el péndulo del antiguo reloj de pared, acuden a mi memoria las imágenes de cuando llegaste por primera vez a casa y tras beber café, hiciste una pausa con la finalidad de recomendarme que no intentara desarticular el engranaje y la maquinaria para frenar el tiempo, sino que aprendiera a vivir cada instante en armonía, con equilibrio y plenamente, siempre envuelto en el amor, la justicia, el bien y la verdad, porque los minutos son fugaces y sólo quedan los recuerdos, lo bueno y lo malo que se hace.

Nadie sabe que cuando llegaste a mi vida, portaba un libro -el de mi historia- con incontables capítulos escritos y protagonizados aquí y allá; pero también con innumerables páginas en blanco que preferí reservar para compartir y disfrutar contigo.

También, cuando llegaste, no lo olvido, descolgaste los cuadros de la tristeza que lucían en el muro de mis días, y los reemplazaste por pinturas alegres y hermosas, por imágenes iluminadas no con las luces artificiales, sino con el resplandor que solamente se desprende de los seres de esencia casi etérea como la tuya.

Estaba parado en la esquina, después de haber abierto y sellado cerraduras, cuando llegaste a mi lado con una llave distinta y me invitaste a entrar a otro recinto que hasta entonces presentía y que al conocerlo, quedé embelesado por las riquezas atesoradas.

Guardaba nostalgia en los expedientes de mi vida, cuando llegaste a mi archivero gris, al desván empolvado, con la intención de sacudir y destruir los documentos y fotografías entintados por las tonalidades de la melancolía. Sugeriste, entonces, que no hundiera los pies en el fango porque adelante, ante mi vista, la campiña era de intensa policromía y belleza. La diferencia, insististe, es mirar con alegría o tristeza, con amor u odio, con esperanza o desaliento, con ilusión o dolor.

Imaginé, cuando llegaste, que eras un ángel, uno de esos seres que Dios envía para amar y derramar felicidad, y no me equivoqué porque con el paso de los días, mi corazón ya palpitaba con el tuyo.

Estaba sentado en la canoa, solitario, cuando llegaste a mi lado, tomaste uno de los remos y me animaste a emprender un paseo por la vida. Remamos juntos, miramos paisajes, reímos con nuestras ocurrencias de niños inquietos y en medio del sigilo, el gran silencio, escuchamos las voces del universo, los gritos de la vida, los susurros de Dios.

Aprendí, cuando llegaste, que los años de la existencia son pasajeros y que lo mismo se consumen si uno es feliz o desdichado, porque la vida es indiferente, a menos que la decisión sea protagonizar la más extraordinaria e intensa de las aventuras.

Miraba la brillantez del cielo, cuando llegaste con el objetivo de informarme que si deseaba alcanzar la excelsitud o una estrella, tendría que construir un puente, una escalera, algo grandioso que impactara y dejara huellas en los demás. Fue, lo recuerdo muy bien, el día que me pediste que escribiera para que vibraran tu corazón y el del mundo.

Otras veces, cualquier día de mi vida, hubiera pensado que mi enamoramiento era un estado de ánimo fugaz, el espejismo de una ilusión sin fundamento, la hora que escapa ante el apresuramiento de las manecillas; pero cuando llegaste, descubrí que eres tú, la de siempre, el amor que conocí al principio de todas las cosas y que busqué incansablemente porque sé que contigo traspasaré las fronteras de lo humano para descansar en la banca inmortal.

Sí, cuando llegaste, el jardín de mi existencia floreció y crecieron, aquí y allá, flores fragantes, ufanas, multicolores, donde las mariposas de intensa policromía suelen posar en su vuelo alegre y ligero.

Olvidaba decir, por la emoción, que cuando llegaste al bosque de mis días, el ambiente umbrío se disipó ante tu caminata resplandeciente, quizá porque tu paso seguro indicó que conoces el itinerario, el sendero a la mansión más excelsa.

Ya no tiene caso llevar sobre la espalda el cargamento de los días nublados porque cuando llegaste, musa mía, me transformé en tu amante de la pluma y vislumbré los escenarios paradisíacos que esperan nuestra llegada. Sólo hay que ir tomados de la mano.

Todos los colores del universo se fusionaron y transformaron en arcoíris cuando llegaste, acaso porque en tu morral cargabas el lienzo y los pinceles para pintar nuestro paraíso.

Únicamente los seres privilegiados, los hombres y mujeres bendecidos, tenemos la dicha de unir los años de nuestras existencias a ángeles que rondan en este mundo para derramar todo su amor y sus virtudes, y eso lo comprobé cuando llegaste.

Yo sé que cuando llegaste a mi vida, a mis sentimientos, el cielo se aproximó al mundo con todo su esplendor. Así, al mirar arriba o estirar las manos, empecé a alcanzar las estrellas y a tocar el edén que creía tan olvidado y lejano.

Otras veces, insisto, hubiera pensado que se trataba de una fantasía, un sueño de esos que uno tiene al suspirar por un amor; pero cuando llegaste, musa mía, me convertí en tu amante de la pluma, en el corazón que palpita con el tuyo al unísono del concierto universal, con la música de la vida que se percibe en la lluvia, el río, la cascada y el viento.

Cuando llegaste, aprendí que no se trata de contar las estrellas que asoman en la bóveda celeste, y menos apagarlas, sino admirarlas y gozar su compañía en la inmensidad de un espectáculo irrepetible; comprendí que el sentido de la vida no es inventariar los árboles del bosque, las burbujas que surgen de los manantiales y las gotas de la lluvia, porque se trata de disfrutar y vivir magistralmente, auténticos y plenos, libres de ataduras.

Admito que cuando llegaste, tu risa natural, la dulzura de tus palabras, tus valores, tu inclinación al silencio interior, la búsqueda permanente de Dios como propósito de vida, la congruencia entre tus principios y tus actos, tu estilo especial y excelso, me parecieron, porque así lo son, diferentes a los de la mayoría del mundo.

Entendí, cuando llegaste, que eres distinta a la humanidad y, por lo mismo, fácilmente condenable por quienes te desearían por sus apetitos, por el afán de coleccionarte entre sus pasiones, por el embeleso de un coqueteo falso, y fue así que acepté unirme a ti por medio de un amor diferente, mágico, especial, intenso, superior e inolvidable.

Imaginé, cuando llegaste, que contigo protagonizaría una de las historias más esplendorosas y románticas que se hayan escrito en el mundo, y también, lo confieso, que serías mi inspiración para componer una obra especial, un libro sobre el amor, textos que quedarán como constancia de los sentimientos que desde entonces acompañan y fluyen desde nuestro interior.

Evidentemente, cuando llegaste, ya sabía que pocas mujeres son como tú, y que si los necios te llaman anticuada y tonta sólo por no acceder a sus apetitos y caprichos, eres de virtud modelo y capaz de dar todo tu amor y hacer feliz a quien te acepte, valore y respete.

No me equivoqué, cuando llegaste, al ofrecerte mi amor para cada día de nuestras existencias e incluso por toda la eternidad, porque la unión de ambos garantiza que navegaremos por los océanos de la inmortalidad.

Cuando llegaste, nací de nuevo, reí y miré los días de mi existencia como el azul del mar y el cielo al besarse en el horizonte. Desterré, en caso de que existieran, la soledad, el dolor, la tristeza y el miedo, porque a cambio recibí una cascada de encanto y felicidad.

No niego que cuando llegaste, Dios agregó nuevos colores, creó música e inventó el vergel más cercano a su hogar, tal vez porque tú y yo, la musa y el amante de la pluma, acordamos enlazar nuestras manos con la intención de caminar y mecernos en el columpio de la inmortalidad.