La amada ausente

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Hay quien escribe un poema, entre sus propios suspiros y las hojas que el viento de la tarde suele arrancar de los árboles al entregarles el ósculo postrero, en un triste recuerdo que no vuelve ni promete repetirse porque las ausencias, parece, son definitivas, reales, y lastiman, duelen mucho. Otros pronucian, en su soledad, melancolía y silencio, el nombre de quienes tanto amaron, con la novedad de que las paredes ya no devuelven los ecos de unos y de otros. Algunos asoman a las fuentes, a los lagos, donde descubrieron, encantados y felices, sus rostros con alguien más, sonrientes y ocurrentes, acaso sin imaginar que se trataba, simplemente, de imágenes tambaleantes, reflejos pasajeros, historias fugaces, como lo fueron los instantes que partieron y los idilios que creyeron permanentes. Unos regresan a las calzadas, a los restaurantes, a las bancas, a las tiendas con cristales enormes, quizá en busca de un rastro de sus horas de ilusión, desvanecida de improviso al deshilvanarse la comunión de dos seres que se sintieron enamorados. Miro, aquí y allá, personas rotas, hombres y mujeres que nadie reconoce, extraviados unos de otros, que no esperaban asistir al entierro de sus romances. Descubro la tristeza de enamoramientos destilados con tanta alegría e ilusión, en quebranto y en tristeza, en dolor y en luto. Al observar huellas de tantos idilios mutilados, pienso en usted y en mí, en su nombre y en el mío, con el deseo de que nunca se quebrante esta historia tan nuestra, el amor que nos hace uno y otro, la locura de un sentimiento que vibra en nosotros y no puede sucumbir. Tras contempar, en un lugar y en otro, a incontables hombres que lloran la ausencia de sus amadas y a innumerables mujeres que sufren la partida de sus enamorados, tomo sus manos, asomo a su mirada y me busco en usted. No me gustaría ser el artista desolado ni el escritor de la amada ausente, porque usted ya tiene algo de mí y yo poseo mucho de su esencia y su forma. Una flor no lo sería sin los pétalos matizados, fragantes y tersos que regala todos días. Sin usted, no lo dudo, sería el poeta de la amada diluida en los recuerdos, en el ayer, en las letras, y yo la deseo, siempre, en mi historia, en mi nombre, en mi arte. Usted significa tanto para mí.

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Recuerdo de aquel amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un amor, salva. Un amor, conduce a la eternidad. Un amor, pronuncia tu nombre y el mío en algún paraje del alma y el cielo

Cuando alguien, a cierta hora y en determinada fecha, descubra los pétalos secos de una rosa blanca entre las páginas amarillentas y quebradizas de un libro o alguna carta doblada y fielmente depositada en un baúl de secretos, percibirá el aliento y el recuerdo de aquel amor que le parecerá de ensueño. Un amor, es cierto, que siempre quedará entre tú y yo, en ti y en mí, con toda su esencia, acompañado de los días que vivimos en el mundo, de los juegos y las risas que compartimos, de los sueños que diseñamos, de los capítulos que protagonizamos, con sus luces y sombras, con el sí y el no de la existencia, con el compás de sus sonidos y silencios. Tengo la certeza de que el amor que hoy transformamos en alegría, encanto, prodigio e ilusión, alguna vez será la historia de un idilio que tras superar las pruebas de la finitud, traspasará las fronteras sutiles y se prolongará en la eternidad. Y es que un amor, cuando es como el nuestro, viene de la luz, alumbra la estancia temporal y retorna a su morada sin final. Alguien, en otro tiempo, abrazará con emoción el libro con la rosa y la carta con el poema, hasta derramar lágrimas al percibir los ecos y el palpitar ya distantes de la locura de nuestro amor convertida en dicha, sueños, detalles, promesas, vivencias e ilusiones. Los fragmentos y las huellas que tú y yo hemos dejado en nuestro camino, serán constancia de lo que algunos, a una hora y otra de mañana, definirán como el recuerdo de aquel amor. Tú y yo, entonces, pasearemos por los rincones de una morada etérea e iluminada por el amor que da luz y sentido a la vida y al universo. El recuerdo de aquel amor será el pulso del romance que hoy compartimos en el mundo y que más tarde, en la ancianidad, al ya no abrir más los ojos, arrullarnos en el sueño y despertar de nuevo, propiciará que tomados de las manos, giremos alegres y miremos de frente el rostro de la inmortalidad. Mi padre me enseñó a ser caballero y mi madre me aconsejó que el día que te descubriera en mi camino, te amara fielmente, como el tesoro del alma, porque eso, color de mi vida, es lo que provoca el retorno a un paraíso que se cree perdido.

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