Aprendí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Aprendí que en el amor, la humedad de un día es insuficiente para derruir los pilares de un palacio majestuoso y que un abrojo, por sí solo, es incapaz de perturbar a las flores ufanas con las que juguetean el aire matinal y la lluvia vespertina.

También supe, por experiencia, que en el amor hay juegos muy bellos e intensos, hasta que los enamorados se transforman en dos pequeños felices, tiernos y sonrientes, capaces de volver a la inocencia; pero nunca debe considerarse una relación sentimental la partida a ganar porque entonces las heridas que se causan son desgarradoras e incurables.

No imaginaba a qué grado, en el amor, se comparten los días de la existencia, hasta que a tu lado lo experimenté. Entonces me di cuenta de que la vida se transforma en una historia de ensueño y realidades, con sus claroscuros, como prueba, quizá, para escalar y conquistar el paraíso ofrecido.

En el amor, ahora lo sé, la entrega es total cuando uno y otro, al mirarse, se descubren retratados. Ninguno permanece atrás ni distante porque ambos, ya identificados, toman sus manos y caminan juntos.

Generalmente, muchos seres humanos evitan involucrarse en las relaciones sentimentales cuando implican que no habrá placeres, sino momentos de apoyo, comprensión y silencio; pero el amor prueba su grandeza precisamente en las horas cruentas y ante los desfiladeros de la vida. Quienes superan los instantes complejos, las pruebas difíciles, aseguran capítulos de alegría, ilusiones y felicidad.

Alguien me recordó alguna vez, mientras lloraba tristemente, que cuando una persona se siente enamorada en realidad, es capaz de renunciar a muchas cosas y se atreve a unirse a quien le inspira y ofrece sentimientos tan hermosos, a pesar de que el mundo se oponga. Tú y yo lo sabemos. Me demuestras tu amor no con palabras ni por medio de promesas, sino con hechos, con realidades.

Igualmente, aprendí que el amor no es el náufrago que se abandona en una isla desolada; es, ahora lo sé, el sentimiento más excelso que cotidianamente, a toda hora, se practica y hace de la vida un estilo irrepetible y especial.

Mi relación contigo me ha enseñado que el amor es la vida y que unas veces pueden manifestarse amaneces dichosos y otras ocasiones, en cambio, alboradas ensombrecidas por el dolor y la tristeza; pero todo es superable cuando las bases de los sentimientos y los valores son sólidos.

Entendí, a tu lado, que el amor conduce a la libertad y plenitud de las almas, y es tan parecido al vuelo de las aves, a la brisa del mar, a las cascadas, a las gotas de la llovizna, al rocío y, sobre todo, a la sonrisa de Dios, que conmueve los sentidos y hace vibrar los corazones y al universo. Tú y yo lo sabemos porque todos los días lo experimentamos y compartimos. Tejimos nuestros sueños para materializarlos en la historia más subyugante.

Originalmente, también lo he aprendido contigo, el amor proviene de Dios, del universo, de la creación; pero tú y yo, los de siempre, tenemos la dicha y el encanto de vivirlo con nuestro peculiar estilo, unas veces sonriendo y otras en silencio, pero siempre dejando huellas indelebles en las almas de ambos para asegurar un espacio y una luz en la eternidad.