El árbol del amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que me inspiras lo más sublime del amor

Ensimismado en su buhardilla desde hacía varios días, el artista deslizaba su pincel una y otra vez sobre el lienzo con la idea de pintar el árbol del amor, su obra maestra.

Reflexionaba mientras trazaba el paisaje, un vergel para los seres humanos en el que se distinguían los tallos de la vida, las flores de las virtudes, el follaje de la esperanza, las plantas de la fe y las enramadas de la alegría; pero cuando decidió pintar el árbol del amor, descubrió que era el elemento más complicado de la obra, acaso porque sus raíces ocultas en la tierra necesitaban poseer fortaleza para alimentar su interior, quizá por la cantidad de hojas que debía conservar con vitalidad, tal vez por tratarse del tema que lo había inspirado a crear el cuadro.

Esa mañana nebulosa, mientras lloviznaba y el aliento del aire fragmentaba y dispersaba las gotas en destellos, comprendió que estaba ante su obra maestra, el cuadro subyugante que sin duda transmitiría un mensaje a la humanidad y a todas las criaturas del universo; en consecuencia, el árbol de la vida tendría que ser magistral ante los moradores del jardín.

Solo y en silencio interior dentro de su taller, como le encantaba permanecer, contempló el esbozo, los trazos, las áreas cubiertas de tonalidades mágicas, y de pronto creyó que podría omitir el árbol del amor.

Miró el lienzo una y otra vez, hasta que en determinado instante notó que ante la ausencia del árbol del amor, el jardín empequeñecía y perdía sentido. Como que algo, en aquel paisaje edénico, entristecía y agonizaba. Se percibía la ausencia de algo y dolía mucho.

Insistió en abandonar el proyecto original, en renunciar a su idea; no obstante, la ausencia del árbol del amor dejó un hueco negro, un vacío insondable del que surgían lamentos, melancolía y plantas venenosas con tallos torcidos y espinosos. El hueco oscuro fue cubierto por cardos de discordia, flores de lascivia, matorrales de ambición desmedida y egoísmo, espinas de perversidad.

Angustiado por el caos en su obra maestra ante la falta del árbol del amor, el artista experimentó tal dolor y tristeza que determinó retirar todos los abrojos y dar luz al abismo de la oscuridad.

Mezcló las pinturas y creó otros colores, tonalidades nunca antes conocidas, quizá arrancadas del recinto más profundo de su alma, donde el principio y el fin, todo y nada, la luz y la sombra, la finitud y la eternidad, flotan en un ambiente etéreo para que cada uno, al sumergirse en las profundidades de su ser, elija de acuerdo con sus sentimientos e ideales.

Obtuvo colores especiales e irrepetibles, brillos y opacidades, que aplicó con destreza y cuidadosamente al pintar el árbol del amor sobre el hueco negro. Pensó que mientras el arbol se mantuviera sano, el abismo de la oscuridad no se convertiría en tentación para explorar sus profundidades y sí, en cambio, prevalecería el amor con todos sus destellos.

Reflexionó nuevamente acerca del significado del árbol del amor, hasta que lo hizo suyo y lo incorporó en los latidos de su corazón inmortal, en el palpitar de la vida, en los pulsos del universo, en ti, en mí, en toda criatura viviente.

Maravillado por el matrimonio que contrajeron su alma y la esencia del árbol del amor, el artista dispuso que en lo sucesivo toda creación y sentimiento tendrían que seguir el significado de aquella unión.

Utilizó el encanto de sus pinceles con la finalidad de convertir el árbol del amor en su obra magistral, y desde entonces no hay creación, buena o mala, ajena a su decreto.

Sutilmente, el pintor del universo aplicó colores al tronco, a las hojas, a las flores, a los frutos y a las ramas del árbol del amor, hasta que se transformó en la especie más bella y frondosa del paisaje. Colocó, adicionalmente, un columpio para recreo de quienes acudieran a la sombra o a cortar frutos del árbol del amor.

Aplicó, en cada hoja, una virtud del amor, una expresión del más sublime de los sentimientos, y así, con incontables nombres, bautizó todo cuanto miró a su alrededor, lo que fue, lo existente y lo que está por nacer.

Brotaron las hojas con su genética e identidad, y unas pasaron a llamarse felicidad porque el amor es fuente de alegría, encanto, dicha y risa. Otras, en tanto, ostentaron los apellidos de la dulzura, los detalles, la comunicación, la fidelidad, la confianza y las atenciones.

Esculpió en los detalles minúsculos de las hojas, los nombres de entrega, perdón y tolerancia; aunque no olvidó, como creador talentoso, la solidaridad, el enamoramiento y la innovación.

Las hojas sintieron, entonces, el aliento del pintor que se transformó en el más suave de los vientos. Y así siguió pintando y bautizando cada hoja con sus filamentos, y si a unas nombró respeto, a otras puso por apellidos creatividad, dicha y virtudes.

La pintura lucía hermosa. El árbol del amor dio vida a toda criatura existente en el vergel. Las hojas entendieron que se someterían a las pruebas que significan los ciclos de la vida, y que si un día sentirían el calor de la aurora, una tarde invernal experimentarían el ocaso, siempre con la certeza de que tras el anochecer, existe la esperanza del más hermoso de los amaneceres. Supieron, por lo mismo, que unas veces resaltaría la intensidad de su verdor y algunas ocasiones, en cambio, los besos del aire las arrancarían y se mecerían con su aspecto dorado y quebradizo, hasta dispersarse y alfombrar la tierra; pero siempre se distinguirían por su significado y por pertenecer al árbol del amor.

Así es como él, el artista del universo, concibió el árbol del amor para deleite, alegría, paz e inmortalidad de todos los seres de la creación. Por la emotividad, casi omitía decir que si notas mayor número de hojas que de flores, es porque si las primeras representan las cualidades y expresiones del sentimiento más sublime, las segundas simbolizan las historias de mayor belleza, excelsitud y prodigiosidad de amor, como el tuyo y el mío, y allí, parece, permanecen inscritos nuestros nombres. También olvidaba comentar que a un adyacente al árbol del amor, el artista del universo pintó un manantial diáfano donde tú y yo hemos asomado para mirar el reflejo de nuestros rostros felices y sonrientes.