El amor, la amistad…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre he pensado -y aquí, en la colección de mis letras, es posible comprobarlo- que el amor y la amistad son sentimientos excelsos, algo que brota del interior y parece venir de lo más alto. Se trata, cuando son auténticos, de dos joyas reales que alumbran y distinguen a las personas, a los seres humanos que han aprendido a equilibrar la fórmula de la esencia, la luz, con la arcilla y la finitud. Para algunos, por sus apetitos, intereses, caprichos y arrebatos, el amor y la amistad parecen envolturas de simples objetos que utilizan y desechan, y lo miramos aquí y allá, en todas partes, con resultados que se traducen en gente traicionada, sola y entristecida; otros, en tanto, saben, y así lo sienten desde las profundidades de sus almas, que entre más genuinos e intensos son ambos sentimientos y los practican no como una simple coincidencia, un saludo, una casualidad o un fin para obtener ciertos resultados, sino los vuelven estilos de vida, parte de sí mismos, ministerio y lectura de sus códigos humanos, ya se encuentran en otro nivel, en un peldaño superior donde la vida sonríe y todo se muestra más pleno. Significa que uno ya posee, entonces, dos de las llaves que abren las puertas a cielos insospechados. El amor y la amistad, principalmente en la hora actual en la que tanto sufrimiento parece desmantelar a la humanidad entera, hacen falta, y no para saciar apetitos en posadas de una noche ni con el objetivo de embrutecerse con bebidas embriagantes hasta caer a estados de fieras. Son rasgos que exclusivamente pertenecen a aquellos hombres y mujeres que han superado estados primarios y se encuentran en niveles superiores, con parte de la fórmula de la inmortalidad.

Abrazo a mis queridos compañeros blogueros, a mis amables lectores y a mis contactos en las redes sociales, con amistad y cariño.

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Si un día no estás conmigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si un día no estás conmigo, acaso porque tuviste que partir a rutas distantes, mi prosa poética sentirá tu ausencia y sus letras, signos y palabras marchitarán, igual que las hojas que despiadadamente arranca el viento otoñal y dispersa en el bosque, en las calzadas de los parques y en el boulevard. Si alguna vez, por cierto motivo, partes de mi lado, volveré una tarde y muchas más a la banca de piedra, junto a la fuente, donde solíamos admirar la pinacoteca celeste, mecernos en la luna sonriente y contabilizar luceros. Si en cierta fecha indefinida, renuncias a mí simplemente porque te cansé o por no ser iguales, te extrañaré tanto que no dudo que a partir de entonces comenzaré a morir. Si una mañana o una tarde, una noche o una madrugada, me dejas, atrapado en la soledad y los recuerdos, pienso que al asomar al espejo, un tanto irreconocible y desmejorado, te identificaré en mí porque un amor como el nuestro no se desvanece ni muere con una despedida. Si en determinado momento, corres al tren y subes a uno de sus furgones, rumbo a un destino incierto, trataré de alcanzarte, y si en el camino mis fuerzas desfallecen, sentiré consuelo al voltear atrás y recordar los días y los años de nuestra historia. Si un día te encuentras en otro sitio, lejos de mí, te aseguro que construiré puentes y escalinatas con la intención de cruzar los abismos que separan al mundo del paraíso, transitar de la arcilla a la esencia, y reencontrarte en un jardín matizado de colores mágicos y envuelto en la delicia del perfume de los ángeles. Si un día no estás conmigo, te buscaré en mi alma, en mi memoria, en mis sentimientos, en mis ideales, en mis sueños, en mis pensamientos, en las huellas que dejamos.

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Ya no están aquí

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Ya no están aquí, cerca de nosotros, para acariciarlos y expresarles nuestro más profundo amor y la gratitud que sentimos por ellos. Se ausentaron. Ya no están aquí, familiares y amigos, compañeros y vecinos, para conversar con ellos, compartirles una sonrisa y comentarles que, felizmente, son parte de nuestras historias. Dejaron suspiros y hondos vacíos. Ya no están aquí, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, que provocaban risa o coraje en nosotros, y, después de todo, siempre se mantuvieron presentes, muy fieles, en las mañanas soleadas, los mediodías de lluvia, las tardes de viento otoñal y las noches invernales. Abandonaron sus nombres, apellidos y todo lo que eran. Ya no están aquí los de nuestra generación, los de ayer y los de hoy. Sus asientos permanecen vacíos. Ya no están aquí los que estiraron sus manos para recibirnos durante nuestros primeros pasos, aquellos que entregaron lo mejor de sí para hacernos muy felices y enseñarnos las lecciones y los secretos de la vida. Abordaron el furgón en alguna estación abandonada y vieja. Ya no están aquí, minúsculas y mayúsculas, en femenino y en masculino, con sus sonrisas y sus enojos, sus sueños y sus ilusiones, sus luchas y sus desencuentros, sus triunfos y sus fracasos. Se fueron y quedamos solos. Ya no están aquí, ellos, quienes nos enseñaron que el mundo solo es un paseo que conviene disfrutar con el sí y el no de la vida, en armonía, con equilibrio, plenamente y con dignidad, y que el sendero hacia el infinito, a los cielos sin final, principia en el alma y está más próximo cuando uno es otro, más esencia que arcilla, y los sentimientos, palabras, acciones y pensamientos son nobles y resplandecen con la luz interior. Viajaron, sin duda, a los paraísos que tanto anunciaron. Ya no están aquí, con nosotros, aquellos que nos acompañaron durante nuestras jornadas terrenas. Algo sucedió con ellos. Ya no están aquí, en el mundo, los que nos amaron tanto y los que sintieron envidia y odio contra nosotros. Ni a unos les expresaremos nuestro amor ni a otros los perdonaremos de manera personal. Ya no están aquí los que igual que tú, yo, ellos, nosotros y ustedes, protagonizaron minutos y años existenciales. Algo los deshilvanó. Ya no están aquí, entre nosotros, seres humanos con identidad, para amarlos, solicitar su perdón o disculparlos. Partieron de improviso, cuando las noches parecían tan silenciosas y alguien tocó a sus puertas. Ya no están aquí los que crecieron a nuestro lado. Oh, presagio de que nos estamos yendo y de que el árbol se deshoja sin que nos demos cuenta. Ya no están aquí los que se mantuvieron presentes en nuestras vidas. Todavía, a pesar de los dolores de las ausencias, hay gente a la que podemos expresar nuestro amor, pedirle olvide y perdone nuestros errores y ofensas, abrazar y sentirla desde la profundidad y el silencio de nuestras almas. Ya no están aquí los de antes y los de ahora. Nos vamos quedando solos, o, tal vez, ya lo estábamos desde que preferimos las apariencias y no la esencia, a partir del momento, quizá, en que elegimos lo inmediato, lo desechable, y no lo perenne. Ya no están aquí los que apenas hace rato o ayer nos regalaron una sonrisa, algunas palabras o la calidez de un abrazo. Solo quedan los recuerdos que alguna vez, a cierta hora, se volverán olvido y el viento dispersará como las hojas que desprende del árbol. Ya no están aquí.

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Cualquier día

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una mañana, al despertar, al retornar de los sueños, o una noche, antes de dormir, alguien asoma al espejo y descubre su aspecto, los ojos tristes y apagados que miran, sorprendidos, el cabello encanecido, la piel arrugada y ausente de lozanía, presagio de un final no tan distante, Los años transcurrieron implacables, casi imperceptibles, hasta cincelar y pintar el rostro con los tonos otoñales o de invierno. El hombre o la mujer, ante su imagen, totalmente irreconocible, se descubre por primera vez, acaso sin sospechar que ya los años desdibujan la estabilidad de su organismo, probablemente envuelto en los temores que surgen al comprobar, en uno, la caducidad de la existencia, la improbabilidad de un porvenir grandioso, o quizá acosado por una, otra y muchas dudas, o tal vez por todo y nada o por la angustia de definir las siluetas, el pulso y las sombras de la hora postrera. Si tal persona se encuentra inmersa en lo baladí y lo superficial, llorará, sufrirá y de inmediato tomará la decisión de rejuvenecer artificialmente, esconder su edad e incluso adquirir ropa diseñada para otras estaciones; pero si ha evolucionado y, por lo mismo, asimilado las lecciones, entenderá que si la apariencia física, como el arreglo, es importante, más lo es hacer un paréntesis para efectuar un balance y reconstruirse, enmendar el mal y seguir y aplicar el bien, perdonar a los demás y a sí mismo, sonreír, amar y siempre, a pesar de todo, desbordar lo mejor para bien suyo y de la gente que le rodea y encuentra a su alrededor. Nunca es tarde, en verdad, mientras exista la posibilidad de comenzar de nuevo. Los días de la existencia son tan breves, por increíble que parezca, que escapan de un instante a otro, entre un suspiro y alguno más que ya no llega. Y no se trata, como actualmente lo inculcan quienes suelen invitar a la gente, a las multitudes, a derrochar los años de la existencia en conductas aberrantes y de desecho, en estupideces y superficialidades. Hoy, al voltear a nuestro alrededor, notamos que las sociedades, en el mundo, incluyen a pobres y acaudalados, profesionistas y analfabetos, en un juego perverso, demasiado tramposo, en el que se comportan igual, casi con las mismas tendencias, irracionalmente, a excepción de los estilos que implican las posibilidades económicas. Alguien, con poder e influencia en el mundo, desde hace tiempo, acorde con sus planes crueles, los ha aplicado gradualmente y con cierta intencionalidad, y así regaló a gran parte de la humanidad la idea de que la vida es una y hay que vivirla irresponsablemente, para lo que volvió a las multitudes en consumidoras de lo desechable, en criaturas de plástico, en hombres y mujeres de apariencias, en muñecos que el titiritero controla de acuerdo con sus intereses y caprichos, en seres humanos de uso rápido igual que cualquier producto que se come y se arroja su envoltura a la calle o al basurero, en personas egoístas y ausentes de sí, transformadas en más arcilla que en esencia. Desequilibraron a millones de personas que hoy transitan confundidas, atrapadas en apetitos que se tiran una vez que son satisfechos. Y desde hace años, las generaciones de la hora presente -jóvenes, adultos de edad madura y ancianos- creen que el suyo es el período más pleno dentro de la historia y la trayectoria de la humanidad, seguramente sin percibir que alguien abrió los corrales con el objetivo de que todos, agotados por la miseria de otros días, consuman, se endeuden, pierdan sus valores y se desboquen enloquecidos, hasta precipitarse al abismo, vacíos y miserables. El cabello encanecido, las arrugas y la mirada cansada, deben estimular otra clase de vida. Son válidos la apariencia personal, el arreglo y la buena presencia, en la medida de lo posible; sin embargo, si alguien desea trascender y, en consecuencia, ser pleno, feliz, auténtico, digno y libre, debe buscarse a sí mismo, no en los reflejos de los aparadores, sino en su interior, donde reposan incalculables riquezas. La gente joven que suele criticar, burlarse y odiar a los ancianos y que alguna vez, a cierta hora, en una fecha no lejana, si acaso sus días se alargan con salud, llegarán a tal edad, están a tiempo de enmendar el camino y ser personas inolvidables, grandiosas e irrepetibles. Y quienes hoy, al despertar, o antes de dormir y entregarse a los sueños, descubrieron que el tiempo y la vida tallaron los primeros jeroglíficos de su paso, sin duda tienen oportunidad de descender en alguna estación y buscar un destino con verdadero sentido existencial. Nunca es tarde para cambiar y evolucionar, aunque se trate del último día en la vida.

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Pedazo de cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

De un pedazo de cielo, se compone un poema y se escribe una historia o una canción; también se pinta un lienzo y se arrancan notas al violín, al arpa, al clarinete y al piano. De un trozo de paraíso, aparecen el amor y las ilusiones, los sueños y la vida. De un fragmento de edén, desprendo tu nombre, contemplo tu mirada de niña ocurrente y traviesa y descubro el amor. Una fracción de cielo, eres tú cuando me amas, son tus palabras dulces al pronunciarlas, es tu nombre al unirse al mío. Un pedazo de cielo, lo incluyen las letras al escribir el poema, y se le salva, así, de perderse en el naufragio de la desmemoria. Un trozo de paraíso, es perdurable mientras se transforme en un amor de esos que no se olvidan, en el detalle de cada momento, en ilusiones y realidades. que solo disfrutan los seres privilegiados. Una porción de vergel, es el refugio que tú y yo, al amarnos, descubrimos en nosotros por tener mucho de uno y de otro y compartir una historia. Un destello edénico, únicamente lo miran quienes se enamoran un día y muchos más, incluidas las noches y las madrugadas con sus horas desiertas o en sus instantes de concierto. Un pedazo de cielo eres tú, al amarme, al reír, al abrazarme, al sentirte yo y saberme con mucho de ti. Y un amor que se compone de piezas de cielo y de mundo, no muere nunca porque se le construye con la esencia y la arcilla que hay en uno, y comparte, por lo mismo, la temporalidad y el infinito. Un trozo de paraíso, insisto, lo traen tu mirada y su sonrisa al amarme. Lo descubro en tu nombre al fundirse en el mío.

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Gracias por ser quien eres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con amor, por ser quien eres

Gracias por ser quien eres al permitirme colocar tu mirada, tus suspiros y tu voz en los poemas que me inspiras y te escribo. Gracias por ser quien eres al aparecer en mi vida y en mis sueños, en mis realidades y en mis quimeras, en mis auroras y en mis ocasos. Gracias por ser quien eres al dibujarme en tu mirada de espejo, al aceptar mis manos y al escuchar mis confesiones y las palabras que a una hora y otra pronuncio con la idea de que recuerdes que alguien, en este mundo -yo-, te ama de día y de noche. Gracias por ser quien eres al llevar un tanto de mí y regalarme mucho de ti. Gracias por ser quien eres al reír y llorar, al alegrarte y enojar. Gracias por ser quien eres al correr a mi lado mientras llueve y las gotas deslizan por nuestros rostros y brazos. Gracias por ser quien eres al convertir los días de mi existencia en un deleite y hacer de nuestro mundo un paraíso. Gracias por ser quien eres y por las historias de ayer y de hoy, y también por las que planeamos para el amanecer. Gracias por ser quien eres en mi esencia y en mi arcilla. Gracias por ser quien eres cuando nos mecemos en la luna con sonrisa de columpio. Gracias por ser quien eres al preparar tus recetas de dama y aceptar las mías de caballero. Gracias por ser quien eres, con tus ocurrencias y mis locuras, con el amor que nos tenemos y por la historia que compartimos. Gracias por ser quien eres tras comprobar mi delirio por ti, la locura que siento por este amor. Gracias por ser quien eres al permanecer sumergida en tus silencios, en tus cavilaciones, y al emerger con tus rumores y tus palabras de niña bonita. Gracias por ser quien eres al contagiarme con tu alegría y los sentimientos que destilas. Gracias por ser quien eres al esperarme en alguna estación, mientras retorno con mi mochila de caminante y trotamundos, cargado de detalles, historias y regalos. Gracias por ser quien eres cuando siento, al escribir, que cada letra es un trozo de ti. Gracias por ser quien eres al acercarte a mí, abrazarnos desde la profundidad y el silencio de nuestras almas, y así, inseparables, en vuelo libre y pleno, compartir el pulso del amor y de la vida, el palpitar del infinito y de la temporalidad, la sutileza del cielo y la textura del mundo. Gracias, sencillamente, por ser quien eres.

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El encanto de los libros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Duermen las letras y las palabras con los sentimientos, las ideas, los sueños y las realidades, en las páginas de los libros, entre el perfume de la tinta y el papel, en espera de que alguien -tú, yo, nosotros, ustedes, ellos- se atreva a explorarlos y desentrañar sus secretos. Descansan en los estantes de las bibliotecas, los hogares, las librerías y las escuelas, atentos a su cita, a su encuentro impostergable con lectores interesados en el viaje a mundos insospechados del pensamiento. Tras los cristales de las librerías, miran el paso indiferente de hombres y mujeres, acumulados en minúsculas y mayúsculas, distraídos en ambientes que brillan artificialmente, en modas que la tarde próxima serán pasado, en superficialidades que masifican y dejan estulticia y hondos vacíos, entre los que transitan personas que buscan el bien y la verdad en las letras convertidas en arte y conocimiento. Los libros -lo saben bien- regalan trozos de sí a sus lectores, quienes completan sus espacios rotos por la coexistencia en una sociedad en proceso de deshumanización. Los libros son la otra parte de la vida y se encuentran entre el mundo y planos infinitos, en medio de la arcilla y la esencia. Son vida y muerte, alegría y tristeza, luz y sombra, cielo e infierno, todo y nada. Enseñan. Acompañan. Llevan a fronteras y escenarios inimaginables. Jamás traicionan. Son leales. Una casa con libros que se consultan y se estudian constantemente, es un hogar vivo del que innegablemente surgirán mujeres y hombres cultos, amables, refinados, con valores, respetuosos y comprensivos; una vivienda ausente de obras escritas y repleta de bebidas embriagantes, sea residencia o pocilga, habrá sustituido el estante del conocimiento por una cantina, anticipo de existencias burdas y carentes de sentido. Los libros tienen magia. Su encanto consiste en el amor que le tienen a uno, cuando los lee, y sus detalles de construir, gradualmente, una escalera que conduce a los paraísos que se creían perdidos.

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De cada detalle

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tomo de las orquídeas y de los tulipanes sus fragancias y sus matices con la idea de impregnarlos en cada letra que te escribo, en las palabras que susurro a tus oídos cuando el viento juega con tu cabello y lo enreda en mi cara. Busco, en el concierto de la lluvia, los ríos y las cascadas, las notas que reproduzco al acercarme a ti y expresar, simplemente, “te amo”. Descubro en cada amanecer, y en las tardes y en las noches, un motivo que rompa la monotonía de los relojes -sus manecillas, sus engranajes y sus péndulos inagotables-, para jugar y amarnos, como en nuestra infancia perdida en un paraíso lejano, y así, felices, abrir las puertas a una historia sin final, tan hermosa e intensa como nuestros anhelos y sueños. Horado, a ciertas horas, mi interior, mi ser, y busco rutas al alma, al cielo, con la intención de traerte alguna flor, un detalle o un poema, y, sencillamente, entregártelo como quien comparte los regalos que le obsequia Dios al caminar a su lado y hablarle en sus jardines. Me encanta mirar la hoja blanca y anotar las letras y las palabras que destilo al pensar en ti, al saberte tan yo como sentirme tú, en el vuelo más libre y bello de la vida. De cada detalle -los de la vida, los del amor, los de la arcilla, los de la esencia, los de mis manos- hago un motivo, construyo un sendero, tiendo un puente, fabrico una escalera, para estar contigo.

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Juguemos a las ecuaciones de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Somos pedazos de cielo y mundo, retratos de ángeles y seres humanos, prólogo y conclusión de rutas mundanas, notas infinitas, y todo, en nosotros y a nuestro alrededor, fluye con el bien y el mal que destilamos. La trama de la vida es una ecuación incesante y sumamos o restamos, multiplicamos o dividimos lo positivo y lo negativo, de acuerdo con nuestra esencia, con lo que realmente somos, con la frecuencia vibratoria que descubre si estamos aliados con el bien o con el mal, o con todo o nada. Mi propuesta, este día y los que siguen, consiste en restar a la gente mala, la envidia, el odio, la discordia, el egoísmo, la ambición desmedida, la intolerancia, los abusos, las injusticias, los engaños, la violencia, la crueldad, la estulticia y las superficialidades, para sumar a las mujeres y a los hombres buenos, el bien, la verdad, el amor, la libertad, los detalles, el respeto, la dignidad, los sentimientos nobles y la razón. Mi planteamiento se basa en dividir a las personas malas con el objetivo de pulverizar y aniquilar las sombras, y multiplicar a la gente buena para cultivar y cosechar la luz. Urge, a esta hora de nuestras existencias y de la historia, sumar y multiplicar caminos, rutas y puentes, y restar y dividir abismos y fronteras. Si cada instante sumamos y multiplicamos personas buenas y restamos y dividimos a las malas, viviremos con la esperanza e ilusión de despertar en otros amaneceres más armoniosos, felices, equilibrados y plenos para nosotros, las personas que amamos y la humanidad. Juguemos a las ecuaciones de la vida y obtengamos resultados bellos y sublimes que toquen la luz y la derramen en gotas de cristal.

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Náufrago de otro tiempo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soy náufrago de otro tiempo, sobreviviente de días acumulados y consumidos en un paisaje y en otro, con una historia cargada de recuerdos, entre las luces y las sombras de cada momento irrecuperable, preparado, por cierto, para descubrir y recorrer nuevos caminos. Vengo de fechas que ya no existen, horas que se desvanecieron y resultaron breves por haberlas vivido mucho, tantas veces como me fue posible, entre sueños y realidades que cincelaron mi rostro y consintieron las pintara con los matices de mi alma y mi barro. Estoy aquí, en otra estación que ahora exploro, en medio de la arcilla y de la esencia, con la tierra y el cielo arriba y abajo, atrás y enfrente, a los lados, con todo y nada, pletórico de recuerdos e historias, con el anhelo de vivir y con una canasta que espera que recolecte las flores de cada instante. Soy, parece, eco y pedazo de un ambiente que ya es antaño, y me siento aventurero con incontables capítulos épicos, en espera de relatarlos durante mis noches de pláticas y silencios. Aquellos años los viví y permanecen fieles a mi experiencia, a mis recuerdos, a mi biografía; los de hoy, en tanto, me esperan en cada puerto, con una sonrisa o con un rostro fruncido, con la cara alegre o las facciones entristecidas. Tengo libertad de elegir la ruta y el destino. Soy náufrago de otro tiempo, vestigio de una hora y muchas más que apenas ayer eran hoy. No existe invierno todavía, pero entre las gotas de lluvia y las hojas doradas y quebradizas, solo hay un suspiro. Sobrevivo a otra época, como la flor de primavera que aparece entre verano y otoño, cuando los tonos y las fragancias anuncian el deseo vehemente de abrazar la vida que en el minuto presente intenta escapar anticipadamente y dejar abandonadas listas de ausencias, árboles deshojados y exceso de asientos vacíos.

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