Y es que el arte, parece, es eso

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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…Y es que el arte es el lenguaje de Dios, su oficio, su esencia y su forma, la expresión magistral y sublime de su creación. Es un artista que crea. Es, parece, la primera flor que cultivó, alguna vez, en los jardines de un paraíso infinito. Siempre elige a algunos hombres y mujeres con la intención de que recorran el mundo y regalen flores transformadas en letras, poemas, matices, formas, notas, y, así, recordarles a las almas que forman parte de la más hermosa y magistral de sus obras… Creo, por lo mismo, que no solamente se trata de sembrar flores que decoren espacios fugazmente. Es importante enriquecer la tierra, removerla, depositar las semillas con amor y cuidado, proporcionar el agua y los nutrientes indispensables, multiplicar para bien, y, una vez que las plantas brotan y las flores expresan sus más exquisitos y ricos perfumes, texturas y colores, hay que acariciarlas, hablarles dulcemente, cuidarlas, escuchar sus rumores y sus sigilos, acaso por ser manifestación de Dios, quizá por tratarse de criaturas que sienten y sonríen, tal vez por los enigmas que trae la vida. El jardinero cuida las flores y hasta aporta sus habilidades para que tengan un sentido real. Lo mismo ocurre con el artista, quien no únicamente recibe la encomienda de escribir, pintar, esculpir o componer y ejecutar música o crear la obra más grandiosa; también comparte la responsabilidad de sumar a su estética, a las fórmulas de los sentimientos, la belleza y la razón, un mensaje, un código que, como el viento al agitar las flores, los dientes de león y el follaje, remueva conciencias, despierte a la arcilla empeñada en permanecer en mazmorras lóbregas e invite a participar en la luz, sí, en el bien y en la verdad, para así trascender y fundirse con el polvo estelar.

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En la buhardilla

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Refugiado en la soledad de mi habitación, en mi destierro voluntario, entre naufragios de épocas pasadas, recuerdos, caídas, períodos de esplendor, itinerarios y planes de viaje a otras rutas, al lado de los rumores y de los silencios de mi existencia, acompañado de mis luces y de mis sombras, de lo que soy en medio de estaciones desoladas ante tanta ausencia, lloro, a veces, en el desconsuelo canoro de los instantes que huyen y de las notas supremas de piano o violín, mientras pienso que definí mi destino desde la infancia, cuando me enamoré, irremediablemente, de arte, de las letras del abecedario y de las palabras que pertenecen a un idioma que me envuelve y deleita. Escribo, inagotable, en compañía del arte, el arte que es letra, el arte que es pintura, el arte que es escultura, el arte que es música, el arte que es, para mí, motivo, vida, rumbo y destino. Escucho el lenguaje de mi alma, en mi interior y afuera, con las voces del arte, los rumores de la vida, los susurros de mi historia. Y no significa, tal condición de escritor, que desdeñe el paseo por la vida que me fascina tanto; al contrario, cada momento tiene algo de mí, pedazos de mi biografía, fragmentos de mi perfume, las huellas que he dejado un día, otro y muchos más al caminar y al detenerme. En ocasiones, la gente pregunta si no me agota y fastidia escribir diariamente, permanecer atrapado en el encierro, en mi taller, entre la inspiración y la creación, planteamiento al que respondo, casi de inmediato y sonriente, que las letras, impregnadas de arte, de sentimientos y de razón, de esencia y de arcilla, de cielo y de mundo, son mi pasión, mi encomienda, mi ministerio, mi destino, y que, sin renunciar a su proceso, también experimento los instantes y los años de mi existencia con mi propio estilo. Nadie entendería, quizá, que renuncio a innumerables asuntos cotidianos y hasta superficiales con la idea de dedicar el tiempo a escribir, evidentemente sin olvidar que la epopeya que ofrece la vida merece experimentarse plenamente. Aquí estoy, en mi buhardilla, en mi ambiente de letras y palabras, con la música que me arrebata lágrimas que vienen de la emoción, el asombro y la inspiración, dispuesto a interpretar el lenguaje de Dios y los códigos de la naturaleza y de la creación. Solo soy eso, un modesto escritor que plasma letras y palabras con aroma a sentimientos e ideas, con la esperanza de que a alguien inviten a leerlas e interpretar sus mensajes. Aquí estoy, en mi taller de artista.

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Y si eso es el arte, ¿qué es la vida?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Y sí, el arte tiene mucho de esencia y es algo prodigioso que se lleva dentro por ser un regalo de Dios. Es un estilo de vida, un ministerio, una locura, un motivo -siempre lo he pensado así y lo repito aquí y allá-, acaso porque un artista es la criatura a la que Dios encomienda prender estrellas y faroles en el cielo y en el mundo para que la gente siga la ruta a sus paraisos cautivantes e insospechados, probablemente por tratarse de una pasión que no muere con la arcilla, quizá por ser el leitmotiv de la vida de los creadores, tal vez por tantas razones ignoradas y presentidas, al mismo tiempo. Y si uno, en el arte, escribe las palabras del cielo, los poemas de la vida, en el lenguaje que Dios dicta, o si pinta y esculpe los colores y las formas del paraíso, o si compone y reproduce las notas de la creación, que millones de hombres y mujeres, pertenecientes, en el mundo, a una generación y a otra, disfrutan tanto, ¿qué es la existencia? Más allá de los deleites y del encanto del arte, corresponde a todos vivir plenamente, en armonía y con equilibrio. Los minutos y los años de la vida son páginas en blanco para patinar sobre su textura, dibujar formas, plasmar colores y escribir historias cotidianas, no hojas cuadriculadas que es preciso llenar, ante la prisa, la locura y las presiones de las manecillas del reloj o la estulticia de las superficialidades, el mal y la ignorancia, con cifras, datos y números insensibles, tan lejanos e indiferentes al bien, a la verdad, al amor, a la nobleza. El artista suele regalar tesoros que enaltecen al ser y lo llevan a rumbos supremos, aunque a veces esconda sus angustias y dolores en la intimidad de su biografía, seguramente por ser el mensajero de Dios que, al socavar, al horadar, al buscar las manifestaciones etéreas en las cumbres y en las profundidades, muchas veces retorna desgarrado y roto; sin embargo, a los otros, a los hombres y a las mujeres que coexisten en el planeta, en un mundo que fue edén y transita a estados inferiores, toca enmendarse, restaurar su condición y aprender a vivir con el lenguaje más bello y puro -el del amor, el de la felicidad, el del bien, el de la verdad, el de los sentimientos, el de la razón-, con los matices de mayor hermosura y plenitud y con los acordes armoniosos que evitan pedazos de temporalidad e insignificancia y sí, al contrario, son puente a una existencia dichosa e infinita.

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El artista y el muchacho

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Un día, en la cabaña del bosque, un aprendiz de artista se acercó a su maestro, a quien preguntó: ¿qué letras elijo del abecedario, qué palabras armo en el cuaderno de notas, si somos, parece, hojas de papel que a cierta hora de la tarde se arrugan y se desprenden cuando el viento sopla y anuncia la noche? ¿Qué sentimientos comparto, qué ideas difundo, si todo, al principio, en medio o al final, en el camino o en el refugio, distrae y provoca amnesia? He encontrado muchos poemas rotos, incontables cartas transformadas en ceniza, páginas solitarias que alguna vez fueron confesiones y ahora exhalan tristes suspiros. ¿Qué lienzos pinto, qué colores plasmo en la tela, si antes de la hora postrera, el sol, la lluvia y el aire carcomen los matices, a la misma hora, quizá, en que el olvido los desdeña? ¿Qué rostros dibujo, qué miradas pinto, qué siluetas esculpo, si todo, en el mundo, es tan pasajero? ¿Qué signos trazo en el pentagrama, qué notas sigo en las partituras, si las cuerdas del violín revientan y nadie las escucha con atención?” El maestro, entristecido y mortificado por el pesimismo de su joven discípulo, habló: “Si Dios, en su taller, hubiera pensado en la debilidad, pequeñez y fugacidad humana, jamás habría concebido, en la inmensidad de su océano, la idea de animar con su esencia la arcilla de hombres y mujeres. Si las flores tuvieran miedo de ser cortadas por algún enamorado, antes de su final tan breve, no tendrían el encanto de regalar colores, texturas y perfumes. Si la lluvia temiera a los relámpagos y pretendiera evitar que sus gotas se dispersaran y se extraviaran, nunca aparecería y la campiña secaría, la tierra ofrecería ranuras y perderíamos la oportunidad de deleitarnos con los colores, las fragancias, los sabores y las formas de la vida”. El aprendiz mostró enfado e insatisfacción ante las palabras de su maestro, a quien replicó: “maestro, ya no hay público interesado en el arte. El artista está condenado a vivir en la pobreza. Creo que me beneficiará más fabricar sillas de paja que inviten al descanso, al reposo, que esforzarme en escribir, en pintar, en esculpir o en componer y tocar música. Con usted aprendí que el arte no es el mejor camino para obtener riqueza y poder. Hasta luego, maestro”. El hombre sonrió y dijo al muchacho: “si tu meta consiste, exclusivamente, en hacer del arte un disfraz que impresione y controle a la gente para manipularla, es preferible que te dediques a fabricar y vender sillas de paja. Si esa es tu decisión final y sientes que se trata de tu vocación,, abrázala con vehemencia, entrega lo mejor de ti y elabora las sillas más cómodas y hermosas, sin pensar, como ahora lo haces con el arte, que pudiera acontecer que ya no existan personas interesadas en ocupar un asiento agradable. Cree en lo que hagas. En cada labor, deja tu huella indeleble, la grandeza de tu ser”. El muchacho rió con mofa y se marchó; el artista continuó inmerso en su obra.

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Dicen…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Dicen que, por usted, despierto a las letras y desvelo las ideas y los sentimientos que cada noche y madrugada plasmo en hojas de papel, con el objetivo de que, al otro día, al amanecer, aparezcan en las páginas de mi poemario, al lado de las flores que, desde temprano, recolecto en el jardín y coloco en su almohada, mientras duerme y sueña no sé qué historias. Dicen que lo mío es un tanto de usted mezclado conmigo, con dos nombres y un par de rostros inconfundibles, en un vuelo libre y maravilloso hacia rutas insospechadas, horizontes infinitos, rumbos cautivantes y prodigiosos. Dicen que permanezco atrapado en los extravíos de la razón, pero desconocen que mi delirio es por usted, y tiene nombre porque le llamo la locura de este amor. Dicen que el arte es mi cómplice, un viejo amigo y compañero de incontables alegrías e inspiraciones silenciosas y estridentes, y que usted es mi musa y la responsable de mis desvaríos y ocurrencias. Dicen, en privado y en público, que usted ordenó mi armario y mi vida, mi alacena y mis horarios, mi cordura y mi demencia, mis amaneceres y mis anocheceres. Dicen que, ahora, mi arte y mis letras huelen a usted, a usted y a mí, a los dos y a cada uno, con el encanto que tienen los perfumes cuando revelan la identidad de la gente y de quienes se enamoran. Dicen que cuando la miré por primera vez, con asombro me vi reflejado; pero no saben que, simplemente, al descubrirme en sus ojos, definí pedazos de cielo y paraísos, una historia inagotable a su lado. Dicen que mi itinerario cambió desde el minuto en que usted y yo coincidimos, y no es así, lo confieso, porque solo enriquecí mi caminata y le di un sentido más bello, como aquel jardinero que cultiva flores y planta árboles. Dicen tanto y nada de nosotros, que saben y desconocen lo mucho y lo poco de nuestra historia, repiten y olvidan el idilio que vivimos y soñamos, prolongan y resumen lo que imaginan hablamos y jugamos, y, quizá, hasta cuentan, emocionados o intrigados, los encuentros y los desencuentros que suponen enfrentamos. Dicen, eso sí, que usted y yo ya poseemos una historia, un recuerdo, un ayer, un porvenir, la locura de un amor.

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Arte e inspiración

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La inspiración es tan amorosa, detallista y sorpresiva, que suele tocar a la puerta con la idea de visitarme y permanecer conmigo, diariamente, a cualquier hora, en la mañana y en la noche, en la madrugada y en la tarde, con lluvia o con viento, con calor o con frío, en la arena y en la nieve, como una enamorada feliz y plena que regala, fielmente, el más bello y cautivante arreglo de flores. Y cuando llega de improviso, a veces no cargo la libreta de apuntes ni el equipo móvil o de cómputo, situación apremiante que me obliga a escuchar e interpretar su lenguaje y escribir en una bolsa, en un trozo de papel, en alguna publicidad, en un boleto. Así es como el arte y la inspiración me abrazan en cualquier momento y construyo algunas de mis obras.. En el arte, la inspiración habla, lo despierta a uno, se encuentra presente en los sueños y en la vida, en el descanso y en las labores, en las comidas y en los viajes, ente el sí y el no de la existencia y en el palpitar del alma, de la creación, de la temporalidad y del infinito. Cada línea, al escribirla, tiene un motivo, una historia, como lo poseen, igualmente, los signos en el pentagrama, los matices en el lienzo y las formas en el material yerto. Así se construyen algunos fragmentos de arte y hasta obras completas.

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Sencillez de una libreta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Entre una estación y otra, en un rincón y en algunos más, durante ciertas esperas breves y prolongadas, construyo mi arte, escribo inmerso en mí, al mismo tiempo que la gente que me rodea permanece fascinada en las redes sociales, en sus mensajes cotidianos, en un mundo paralelo y digital que parece su destino y realidad. Me miran las personas, hombres y mujeres sonrientes que han añadido a sus vidas, a sus formas, a sus momentos, aparatos móviles que no abandonan. Piensan, tal vez, que soy alguien que diseña letras y traza palabras con ciertos significados -sentimientos e ideas, al fin- en páginas interminables de cuadernos, medios y herramientas que a la mayoría parecen caducos, inservibles y primitivos. Sospechan, creo, que naufrago en los extravíos de la razón, en los apuntes de una libreta frágil y sencilla, de esas marcas que los centros comerciales rematan como saldos de mercancía estática durante ciertas temporadas del año. Observan que el bolígrafo escribe innumerables letras, palabras, acentos, puntuaciones y signos. Piensan, seguramente, que vengo de otro tiempo y que soy, en consecuencia, prófugo de minutos, horas, días, meses y años inscritos en calendarios amarillentos; pero no es así porque conozco los rostros y las siluetas de la modernidad. Ignoran, por su propia inmediatez, que, más tarde o al siguiente día, recurro a un equipo moderno y transcribo mis apuntes y los publico. Así es como fabrico, generalmente, mis letras y mis obras, con pedazos de cotidianidad y trozos de ideas y sentimientos plasmados en una libreta de apariencia humilde.

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El encanto de un libro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El encanto de un libro es su esencia y su forma, su contenido y su textura. Desde que surgen las ideas y el artista e intelectual las escriben, con la magia y el aroma de las letras que se convierten en palabras -nobles y crueles, dulces y amargas, profundas y decorativas-, hasta la conclusión de la obra, tras momentos de inspiración en la buhardilla, en el jardín, en la antigua estación, el proceso creativo parece una emulación, en pequeño, de las tareas de Dios, de la labor incesante de la naturaleza. Y así, con todas las historias que el autor vive y calla, es concebido un destello del cielo y nace un ser de letras y palabras, sentimientos e ideas, capaz de transformar y conmover el sentido humano, cambiar el destino de la gente y llevarla a las rutas de la imaginación y a la realidad, a los sueños y a los hechos, a mundos insospechados. De la creación literaria, el documento transita al diseño editorial, donde le es aplicado el maquillaje y el atuendo que embellecerán su forma, su imagen, hasta ir, finalmente, a la imprenta, con sus perfumes de tinta y papel, donde ellos, los célebres duendecillos, suelen hacer travesuras. Cada libro cuenta con una historia, un motivo, un pedazo de vida. Las obras literarias son arte que ofrece las llaves del cielo y del infierno -con libertad de elección-, el paseo interminable por la vida y el infinito, el alma y el cuerpo reunidos en fiel comunión o en terrible contradicción y desencanto, enseñanza que abre puertas y derriba murallas. Un libro, al hojearlo, al leer las palabras impresas en sus páginas, segrega los aromas del alma y el cerebro, las fragancias del papel y la tinta, los perfumes de la creación, la libertad y la inspiración. Un libro es la vida misma. Espera en las librerías, en las bibliotecas, en cualquier espacio digno y humano. Su encanto consiste, tal vez, en que nos descubrimos en sus letras.

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Memoricé las letras del abecedario

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Memoricé las letras del abecedario, acaso sin imaginar que el aprendizaje era necesario para enamorarme profundamente de sus siluetas y de sus voces, y, así, dibujarlas en la libreta, en el cuaderno, en la pantalla, risueñas, con su música y sus colores, hasta transformarlas en poemas, en los textos que te regalo algunas mañanas, tras consumirse las madrugadas o cercanas al mediodía, y ciertas tardes, próximas a la noche. Aprendí a trazar letras, a enlazarlas cual enamoradas, y a pronunciar, al fundirlas en el crisol, las palabras, con sus puntuaciones y sus acentos, probablemente sin saber que más tarde las escribiría para ti, con mis amores canoros y mis ocurrencias de artista. Ensayé, una y otra vez, el lenguaje y el código de las letras y las palabras, con sus ritmos y sus pausas, quizá cuando aún era incapaz de escribir tu nombre y tus apellidos que ya presentía en mí. Me volví artista de las letras, tal vez, creo yo, para escribir con exactitud: te amo.

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En la otra esquina de la buhardilla

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y aquí estoy de nuevo, solo, como antes, igual que siempre, acompañado de mis letras, rodeado de mis recuerdos y mis suspiros, entre mis pausas de silencio y mis notas de sonidos. Miro el violín, callado, irreconocible, quieto, sobre algún mueble, también sigiloso e inmóvil. En la otra esquina, el caballete exhibe un lienzo, una pintura que espera nuestra cita, la hora del encuentro nocturno, para sentir los pinceles deslizar sobre su piel de tela y recibir los matices de las horas de inspiración y entrega, mientras mis lágrimas, al escuchar música, brotan incontenibles. Los libros permanecen acomodados en los anaqueles, en la mesa de trabajo y en el suelo, algunos abiertos y otros con separadores y hojas con anotaciones. Cuelgan, en la pared, retratos viejos, amarillentos, que definen a personajes de linajes distantes, con nombres y apellidos que nadie busca ni recuerda. Entre los papeles revueltos, asoman algunos pétalos desolados, marchitos como los años consumidos y las historias disueltas, náufragos, por cierto, de otros días. Escribo en una época en la que la lectura es escasa y pocos, en verdad, la aprecian; no obstante, tengo la esperanza de cultivar letras que germinen y se transformen en palabras bellas, en sentimientos e ideas, en realidades y en sueños, en libertades y en vuelos, en amores y en ocurrencias, en alegrías, en mundos y en cielos. El arte es irrenunciable. Lo lleva uno en el alma, en los latidos del corazón, en los pensamientos, en las vivencias, en los sueños, en los sentimientos, al hablar y al actuar. Un día, cuando era demasiado temprano, lo abracé y prometí no renunciar a su amor fiel. Y aquí estoy, envuelto en mi existencia e historia de artista, en mi ambiente creativo, en mis letras, feliz y pleno, como me encanta vivir. Cierto que los días de mi existencia forman parte de una historia intensa que nadie imagina por creer que escribir significa cargar una losa pesada, pasar los minutos y los años tras los barrotes de una celda voluntaria o sufrir un martirio indecible a una hora de la tarde y otra de la noche. Solo quien consagra su vida al arte, a la creación, entiende el significado de cumplir la encomienda en la otra esquina de la buhardilla.

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