Las flores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores son el poema que Dios matiza con los colores del paraíso, el fragmento de un jardín que se presiente inconmensurable, el eco de un ramillete de intensa policromía que alguien, al principio, regaló al mundo. En cada flor encuentro el sentido de la vida, un suspiro de la naturaleza y del universo, las formas interminables de la creación. Una flor, otra y muchas más suman y multiplican la finura del alma y la textura de la piel. Descubro, entre la delicadeza de sus pétalos, las fragancias de un cielo infinito, la alegría de un amor perdurable, la inocencia de un acto noble y de una sonrisa feliz, auténtica y plena. Mayúsculas y minúsculas, las flores me enseñan que la superficialidad, las apariencias y la vanidad, tan lejanas del bien y de la inteligencia, son barrotes que encarcelan, fantasías que estorban, carentes de porvenir, y que, por lo mismo, un día, una tarde o una noche, llegan a su final y mueren; aunque también, es cierto, algunas me dan una lección en el sentido de que antes de la grandiosidad, existen, en los caminos, abrojos que pueden desgarrar la piel y la ropa si uno no crece ni evoluciona. Las flores, agitadas por las caricias del aire, dispersan sus perfumes y obsequian su policromía durante los grandes y los pequeños acontecimientos de la humanidad, al nacer una persona, al cumplir años, al obtener algún reconocimiento, al sanar, al enamorarse, al adornar su mesa, al dar un detalle, al morir. Son indiferentes a la vida humana y lo mismo crecerían en las montañas, en los barrancos, en las laderas, a la orilla de los ríos, en las llanuras, si no existieran hombres y mujeres a su alrededor, con el regalo fugaz de sus tonalidades y aromas, pedazos, quizá, de un vergel perenne que se anhela y extraña. Quien regala una flor, da un trozo de cielo. Aquellos que ceden un espacio en sus jardines para cultivarlas, emulan el proceso de la creación y seguramente añoran paraísos que uno cree perdidos. Hay flores que resguardan, en su intimidad, la dulzura y el encanto del néctar, y existen otras que, al contemplarlas, transportan a las profundidades insondables del alma, donde los rumores y los silencios de la creación se perciben en océanos infinitos. Las flores, las flores. Quien las ha admirado y tocado, de alguna manera ya ha sentido la textura del cielo. Son el regalo de Dios, su pintura, su concierto, su poema, y si a ti, a ella, a él, a ustedes, a todos, un día, a cierta hora, entrego una flor, será porque, dentro de su simbolismo mágico, desearé transmitirles que las recolecté con amor en los jardines del paraíso.

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¿Salvador de la humanidad?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Inquieta, preocupa y enoja que un hombre, por ser uno de los más acaudalados del mundo, aparezca con rasgos histriónicos ante un auditorio ignorante y masificado que lo cree vidente, científico y humanista. Ante el temor y la pasividad de millones de personas y el silencio de la comunidad científica -atemorizada, oculta, mezquina, cómplice, mercenaria, debilitada o amenazada-, este hombre se ha convertido, arbitrariamente, en especialista del coronavirus, al grado de que cualquier declaración que haga, es considerada verdad absoluta, como si se tratara de una eminencia en el tema. ¿Tal poder da el dinero acumulado y multiplicado? La ciencia, como el arte, requieren que uno les dedique toda la vida, y aún así el tiempo no es suficiente para alcanzar la plenitud y la maestría. ¿Cómo es posible, entonces, que un hombre se atreva a pronosticar y hablar de un tema tan delicado, perteneciente a la ciencia, igual que lo haría el más reconocido de los especialistas? Sin duda, posee una fortuna que le permite comprar la información, lo cual no es sinónimo, para nada, de sapiencia. El hombre predice, anuncia y habla. Ha seducido a millones de seres humanos que permanecen callados, sumisos, temerosos. Tanto vacío, superficialidad y estulticia humana le han entregado la licencia para que vaticine, hable como el más brillante de los científicos y genere confianza global. Si tiene capacidad de pronosticar las desgracias mundiales y posteriormente aconseja y ofrece soluciones, es porque tiene acceso a información privilegiada y restringida, y habría que investigar, en consecuencia, los objetivos que persigue. ¿Qué hemos hecho de nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Nos sentimos tan rotos que, confundidos, en muletas y ciegos, somos tan conformistas que recogemos los pedazos hediondos que creemos nuestros? ¿Cómo es posible que un hombre aparezca como salvador de la humanidad? ¿A qué hora nos convertimos en la Caperucita Roja y permitimos que el otro individuo, el lobo feroz, aceche nuestras vidas? Si uno está equivocado en la interpretación de los signos y este magnate demuestra que, efectivamente, tiene como prioridad el rescate de la humanidad, entonces su nombre quedará grabado en la historia. Admiro la capacidad de la gente que dedica los días y los años de sus existencias a un proyecto especial y consigue la grandeza en lo espiritual, lo intelectual o lo material. Son personas que definen sus proyectos de vida y plantean retos, conquistas, y logran trascender en el arte, la ciencia, el pensamiento, los negocios, los deportes o cualquier otra disciplina humana. En ese sentido, este hombre, Bill Gates, tiene mi reconocimiento por su visión para convertirse en uno de los hombres más acaudalados del planeta y poseer tanta influencia entre millones de seres humanos; sin embargo, me encantaría comprobar que mis argumentos son infundados cuando pienso que algo extraño y preocupante existe detrás de quien predice acontecimientos perjudiciales para millones de personas en el mundo, habla como si fuera científico y ofrece opiniones y respuestas orientadas a resolver el problema masivo. Ojalá me equivoque.

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El arte… el arte abre las otras puertas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El bolígrafo que desliza suavemente sobre las hojas de papel, es el pincel que traza y pinta colores y formas en el lienzo, el arco que acaricia las cuerdas del violín, el martillo y el cincel que esculpen la piedra yerta. En cada movimiento percibo rasgos similares, algo que es tan propio de los artistas y sus obras. Existe, parece, una correspondencia sutil en el arte, como si cada expresión -las letras, la pintura, la música y otras- perteneciera al mismo linaje, a una casa solariega, a una hermandad luminosa e infinita que emula los amores y las pasiones de Dios. Entiendo que el arte no es del mundo, pero lo envuelve al provenir de cielos inmortales que están en uno y en todo. Es para los humanos, a quienes presenta, sintetiza y asimila la creación, la vida, las ilusiones, los sueños y las realidades. Son burbujas que exploran y regalan lo que los sentidos materiales no captan. Enseñan a la humanidad lo que a veces, por sus distracciones, no mira ni escucha. Al dibujar letras y palabras con el lápiz o el bolígrafo, o al oprimir teclas para registrarlas en una pantalla, en un aparato, el escritor es el pintor que crea algún cuadro y el músico que cubre el ambiente con los rumores y silencios de un paraíso mágico. El arte es un mundo infinito, rico e inacabable. Creo que al formar el mundo, Dios hizo incontables paréntesis y dejó espacios, trozos ausentes de sonidos y matices, listas con faltantes, para que sus discípulos, los artistas, los completemos con los materiales que cargamos desde tierras lejanas y tiempos distantes. Dejó palabras incompletas, paisajes a medios tonos, silencios y piedras informes con el objetivo de que los escritores y poetas, inspirados, regalemos las historias y los versos más cautivantes, los pintores obsequien colores, los músicos repartan conciertos supremos y los escultores ofrezcan formas cautivantes. Nadie debe apagar las voces de los escritores y poetas, borrar la policromía y los trazos de los pintores, callar el lenguaje de los instrumentos musicales y destruir las formas cinceladas y fundidas, porque equivaldría, en consecuencia, a derrumbar la entrada a otros recintos, a profundidades hasta ahora insondables, donde se encuentran vetas, tesoros grandiosos, secretos y la fórmula de la inmortalidad. Hay quienes denigran, escupen y encadenan al arte porque saben que tiene alas y luz, y transporta, por lo mismo, a la libertad, a la plenitud. Otros, en tanto, con capacidad y talento de artistas, se transforman y solo aparecen cuando hay butacas ocupadas, reflectores y cámaras, como si las obras fueran mercancía fabricada en serie. El arte es superior porque viene del alma, del ser, y emula el poder de la creación, retrata el sí y el no de la vida, explica lo que casi nadie entendería de otra manera, y acerca, definitivamente, a paraísos, mundos e infiernos, como para que todos conozcan cada sitio y elijan la esencia y las flores o los cardos. El arte es clave, signo, llave. Abre las puertas del alma, del cielo, del mundo.

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Con las flores y las gotas que recolecto en mi mochila y en mi canasto de artista

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La flor que una mañana, en su cielo, Dios pintó con los matices de su paleta de artista y perfumó antes de plantarla y regar sus hojas, sus raíces y su tallo, asoma un día cualquiera, en el jardín, a la hora que recolecto gladiolas, orquídeas, tulipanes y rosas en mi canasta de escritor, en mi mochila de poeta, con la idea de armar letras con los pétalos y formar palabras dulces. Así es como fabrico los poemas que un minuto y otros más, en cierta fecha -hoy y siempre-, me inspiras. La corriente que serpentea el paisaje abrupto y refleja el cielo y las frondas de los árboles, hasta navegar tonos azulados y verdosos sobre su piel de agua, me regala sus faenas y sus pausas, sus murmullos y sus sigilos, en un acto de correspondencia con la vida, con la naturaleza, para que mis poemas, al entregártelos, te salpiquen gotas diáfanas y comprendas y descubras que el amor se siente y que existen otros paraísos en uno. El viento que sopla y llega de rincones lejanos, de mundos insospechados, lleva consigo, en sus alas etéreas, incontables mensajes, los que te escribo cada momento, cuando pienso en ti y te siento en mí. Los colores de primavera, los perfumes de verano, la música del otoño y los rumores y silencios del invierno, se presentan en mi tintero, en mi libreta de apuntes, en mi pentagrama, en mi lienzo, con el objetivo de fundirse y acompañarme durante mis horas de creación, los instantes de magia e inspiración, cuando la locura de este amor se apodera de mí y escribo para ti. Salto las cercas del paraíso, frente a la casa de Dios, y desprendo pedazos de cielo, ecos y reflejos del infinito, con la intención de que sepas, al recibirlos, que existen un lugar y una inmortalidad para nosotros -los de ayer, los de entonces, los de hoy, los de mañana, los de siempre-, con un tú y un yo muy nuestros.

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Y tenían razón

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En sus disertaciones sobre el arte, mi padre me aconsejaba que a las letras les entregara lo mejor de mí, igual que un enamorado a su amada, y que todos los días las cultivara con amor, constancia, esmero y pasión, como quien cuida un viñedo con la ilusión de cosechar las uvas que ha de destinar a la producción del vino más preciado.

Las letras y las palabras, si te entregas a su arte y a su encanto, finalmente te devolverán obras cautivantes, hermosas y magistrales, aseguraba mi padre, quien decía que quienes dan de sí sin esperar una recompensa a cambio, un día, una tarde o una noche, a cierta hora, abren a la puerta y se encuentran de frente con el resultado de sus sentimientos, palabras, actos y pensamientos. Y tenía razón.

Mi madre, en su jardín inmenso y perfumado, siempre de intensa policromía, daba lecciones de vida a mis hermanos y a mí, y no olvido que constantemente planteaba que si uno desea obtener flores hermosas, plantas sanas, frutos deliciosos y árboles bellos y corpulentos, es preciso atenderlos, remover la tierra, abonarlos, podar las partes inservibles, regarlos y cortar los abrojos. Y tenía razón.

Explicaba que como seres vivos y parte esencial del mundo, la flora y la fauna devolvían con gratitud lo que recibían, y lo multiplicaban, hasta regalar a la mirada y a los sentidos trozos del paraíso. Su jardín, tan cuidado, reflejaba y sumaba lo que entregaba con tanto amor y dedicación. Era un pedazo de cielo. Así lo ganó mi madre. Y tenía razón.

En los minutos y las horas presentes de mi existencia, empiezo a comprender que mi padre y mi madre tenían razón y que, además, existe un principio inquebrantable que es lección y clave de vida, y que consiste en el hecho de que quien da de sí, abre los baúles y las puertas de la abundancia.

Parece que existe una relación cósmica entre dar y recibir. Aquel que da lo mejor de sí -una mirada de amor, una mano que apoya, una palabra de aliento, unos minutos de atención, un acto humanitario, un abrigo, medicina, alimento, consejos-, abre portales y, sin esperarlo, recibe el bien en abundancia.

El que arrebata y todo lo desea para sí -dinero, viajes, residencias, automóviles, yates, objetos y placeres-, gradualmente coloca barrotes y candados y hace de los caminos, pasillos estrechos y lóbregos que, finalmente, lo aplastan y destruyen.

Aquel que da desinteresadamente sin esperar reconocimientos públicos, aplausos y reflectores, retribuciones y humillaciones de los más débiles, tal vez no sospecha que tras sus actos nobles, llegan canastas con los regalos más hermosos y preciados.

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Blogueros

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Construimos y adornamos nuestras casas todos los días con las flores que cultivamos y los poemas que escribimos y colgamos una mañana soleada, una tarde lluviosa o una noche estrellada, mientras la humanidad transita a un lado y a otro o se refugia en sus sueños cuando duerme.

Unos somos artistas -escritores, poetas, músicos, pintores, dibujantes, escultores-; otros, en cambio, se entregan a fórmulas prodigiosas de la cocina, a recetas de sabores, aromas, colores y formas que deleitan y cautivan los sentidos, o al maquillaje, a las modas, al embellecimiento de la gente, e incluso al ejercicio, a la salud.

Algunos toman a sus lectores de las manos y los llevan a recorrer todos los rincones del mundo, entre arquitectura, escenarios naturales, ruinas, museos, callejuelas, jardines, plazas y sitios encantadores, hasta que se sienten parte de la lista de pasajeros de un crucero, un autobús, un yate o un avión. Llevan a la gente a paseos bellos e inolvidables, y aparecen ante su mirada los restaurantes y cada espacio mágico.

Los patinadores, gimnastas, arqueólogos, excursionistas, consejeros y coleccionistas también comparten sus experiencias y dan lo mejor de sí en sus espacios, y en cada blog se nota la entrega auténtica y el orgullo de publicar algo propio y compartir, a través de citar a los autores y las fuentes, información de gran interés. Sin sospecharlo, formamos parte de una hermandad que

Otros impulsan sus creencias e ideologías o tratan asuntos científicos, de salud, académicos, técnicos, sociales y económicos, o recorren, apasionados, las páginas de la historia, las costumbres de la gente, las teorías y todo cuanto forma pare del conocimiento humano.

Los que publican acerca de temas políticos y religiosos, defienden sus convicciones desde sus trincheras; pero no atacan ni obligan a los demás a creerles. En sus opiniones, la mayoría de los blogueros somos respetuosos. Formamos parte, quizá sin sospecharlo, de una hermandad interesada en hacer del mundo un cielo, un terruño de alegría, progreso, dignidad, respeto y paz.

Hay quienes publican sus fotografías, sus creaciones, sus recuerdos, sus observaciones, sus análisis, y todo suma y multiplica en la medida que aporta y derrama el bien y la verdad. Dentro de tanto material que se ha dedicado a intoxicar los medios de comunicación y las redes sociales, un blog y muchos más, cuando son auténticos y bien intencionados, independientemente de los temas que traten, se convierten en luceros que alumbran las noches de millones de seres humanos en el mundo.

De todas las razas, edades y creencias, los blogueros partimos desde las bases y cotidianamente, a través de disciplina, esfuerzo, constancia y pasión por lo que hacemos, entregamos el ladrillo, el ornamento, el detalle que embellece las casas que edificamos, los puentes que construimos, los espacios que cubrimos con lo que es tan nuestro y compartimos a los demás.

Como artista y escritor, me he preguntado una y otra vez, aquí y en incontables foros, ¿dónde se ocultaron los autores, los intelectuales, cuando por ser figuras públicas reconocidas, deberían de contribuir a iluminar a la humanidad en horas en que el mundo se ha apagado? ¿Dónde está la mayoría de ellos? ¿O será, pregunto, que prefieren auditorios pletóricos que les aplaudan y compren sus obras?

Igualmente, como periodista, y siempre con admiración y respeto a mis colegas que actúan con honestidad y profesionalismo, me he preguntado, con la respuesta que surge de inmediato, ¿por qué se han convertido, en gran parte, en mercenarios serviles de quienes los mantienen, los controlan, los manipulan y al final los desecharán?

Y lo mismo podría hablar de académicos, científicos, médicos y otros que han olvidado la esencia para cubrirse con maquillajes superficiales y temporales. ¿Dónde se encuentran, en una etapa en que millones de seres humanos los necesitan? ¿Dónde los líderes políticos, sociales y religiosos?

Estos meses de incertidumbre humana, he recorrido, cual viajero que transita de una estación a otras más, incontables espacios de blogueros, y todos, a pesar de las limitaciones técnicas, han aportado algo bueno, como quien siembra semillas que un día florecerán digna y libremente en un jardín ausente de fronteras y abismos.

Quienes creemos con amor y pasión en lo que somos y hacemos, definitivamente seguimos presentes con la intención de enriquecer nuestros hogares cibernéticos, los recintos en los que publicamos y difundimos lo que producimos y convidamos al público que hace favor de visitarnos.

A excepción de aquellos que se dedican a plagiar obras y exhibirlas como suyas -textos, fotografías, dibujos, ideas, recetas-, a los que hay que denunciar públicamente con firmeza y valor -yo lo hice al descubrir que alguien había robado tres párrafos de mi publicación Gota de agua, los cuales publicó en francés-, la mayoría de los blogueros nos entregamos a la creación de lo que es tan nuestro y convidamos a los demás con alegría, como las nubes plomadas que comparten sus gotas diáfanas o las noches oscuras de las que cuelgan luceros que alumbran los caminos y dan sentido a las rutas.

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En el arte y en el amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En el arte y en el amor, te descubro y te siento en mí

En el arte, uno sustrae trozos de cielo para regalarlos al mundo; en el amor, obtengo fragmentos de mi alma y del paraíso porque al ser un tanto de ti, te siento yo y así te entrego mis sentimientos hoy y siempre. En el arte, uno transforma los rumores de Dios, de la lluvia, del silencio, del océano y del viento en música; en el amor, tu voz me parece susurro celeste. En el arte, uno desliza los pinceles sobre el lienzo para crear cuadros subyugantes; en el amor, el color de tu alma embellece e ilumina los tonos de tus ojos, tu piel y tus labios. En el arte, uno escribe el texto, el poema, para deleite de la humanidad; en el amor, eres mi musa y me inspiras obras y el sentimiento más sublime. En el arte y en el amor, somos tú y yo, nosotros.

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El arte es un delirio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es un delirio, una pasión, un ministerio. Quienes dedicamos los días de nuestras existencias a las letras, a la pintura, a la música, a la escultura, somos los aprendices de Dios, los seres que emulamos la creación para dar luz a la humanidad y dejar huellas durante nuestro paso por el mundo. No nos concebimos sin el arte porque forma parte de nosotros y tenemos la misión de manifestarlo en obras que si uno escudriñara y descifrara con calma y sensibilidad, descubriría la verdadera belleza y entendería el sentido de la vida. Nosotros, los artistas, alumbramos a la humanidad. Imaginen un mundo sin arte, pueblos ausentes de poemas y relatos, cuadros, conciertos y canciones, figuras y formas… sería un amanecer con un faltante, una noche fría y helada ante la falta de estrellas. El día que no haya artistas, los seres humanos se encontrarán ante su funeral porque ya no habrá plumas que relaten historias, pinceles que plasmen colores, instrumentos que emitan sonidos melódicos, cinceles que den forma al material yerto. Los sueños, la inspiración, las obras magistrales, pertenecen al arte. El arte, insisto, es un servicio, un susurro del paraíso, un rumor del universo, una mirada de Dios. Acerca al amor, a la paz, a los valores, a la fraternidad, al alma, al cielo.

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Confesión

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Le compuse un poema, la describí en mis conciertos incansables, la pinté en el lienzo, y decidí, al sentir su aliento de musa, llevarla de paseo al cielo y quedarnos en alguno de sus parajes

Dicen que los artistas no somos de este mundo, que venimos un rato de otras fronteras, quizá de los sueños, de las quimeras o de planos inimaginables, porque transformamos las estrellas y los cometas en poemas, el oleaje del océano y las tormentas en conciertos y sinfonías, el trinar de las aves y los rumores del viento en canciones, las fragancias y la policromía de las flores en cuadros y murales, y la dureza del mármol yerto en formas cautivantes. Piensan algunos que nosotros, los artistas, somos bohemios incorregibles, seres que hablamos con las musas, soñadores que volamos libremente con la imaginación allende las nubes de colores tenues, para traer textos, poemas, relatos, pinturas, sonidos, formas, belleza; sin embargo, pocos saben, en verdad, que si traspasamos las murallas del cielo o nos sumergimos en nuestras propias profundidades, es para alumbrar y colocar luceros en la pinacoteca celeste, faroles en las calzadas empedradas y pletóricas de árboles, bancas y fuentes. Hacemos vibrar a los seres humanos y les ofrecemos, a través de nuestras creaciones, los regalos de Dios. Desconocen que nuestras obras son las piedras y el herraje tejido que forman el puente hacia la altura, donde termina el mundo y concluye el firmamento porque inicia la inmortalidad, principian el día y la noche interminables. Ignoran que Dios presta a los artistas su bolígrafo, su libreta de anotaciones, sus pinceles y su lienzo, sus instrumentos musicales, su marro y su cincel, con sus fórmulas inmortales y secretas, y como regalo una musa, para crear obras sublimes. Somos sus aprendices, sus discípulos, sus artistas. Si no fuera así, ¿quién haría del amor un canto, una pintura, un concierto o un poema? ¿Quién convertiría el amor y la vida en letra, en música, en color, en forma? ¿Alguien más podría transformar la realidad en sueños, fantasías, juegos e ilusiones? Si tú, color de mi vida, eres mi musa, entiendo que al inspirarme, al salpicar la tinta de mis letras y las pinturas de mi paleta en ti, al rozarte con los detalles de mi marro y cincel, al escuchar los fragmentos de mi violín, notarás que parte de mi creación es tuya porque tu esencia, tu perfume y tu aliento están impregnados en mí, en mis obras, en mi palpitar. Somos tú y yo en los textos que escribo, en el arte y las ideas que concibo, en la inspiración que recibo. Nadie entiende que los artistas, cuando amamos, poseemos capacidad de hacer de nuestros sentimientos un verso, un texto poético, una partitura, un lienzo… Sí, trozo de ángel, los artistas podemos entrar al cielo libremente, en compañía, si lo deseamos, de nuestras musas.

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¿Qué me falta?

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Noté que se sentía orgullosa de ser mujer, y siempre lo demostró con su naturaleza de dama , sus detalles y su sencillez femenina, incluso sin importarle el desprecio de quienes han olvidado la belleza de las flores que resisten el embate de las tormentas y asoman a pesar de los cardos y la hiedra. Emocioné al identificarla y me acerqué a ella para reconocerme y volar a su lado. Feliz el hombre que tiene el amor de una dama

¿Qué me falta? De tu nombre, mirada y perfume he hecho un poema, un relato con las mejores letras; de tu rostro, perfil y silueta he pintado un lienzo, una obra magistral; de tu voz y lenguaje he traducido y plasmado signos que forman parte de un concierto, de una sinfonía cautivante que se funde con los rumores de la vida y el universo; de tus manos he tallado una escultura en mármol de Carrara. Al verme en el espejo, en los charcos que forman las gotas de lluvia, en los lagos, en la nieve y en las estrellas, te he descubierto a mi lado. Al diseñar mi itinerario e inventar mi historia, te he encontrado en los capítulos más bellos e intensos, en las páginas de mi existencia, en el ayer, el hoy y el mañana. Al sumergirme en mis profundidades, te he descubierto en mi morada, en el recinto de mi alma. Ante la caminata de los minutos y las horas, he buscado la manera de entregarte detalles, ofrecerte sorpresas, causar tu alegría y darte el amor más fiel. He prometido construir puentes para unir nuestros sueños e ilusiones con las realidades, el pleno terreno con la eternidad. He dicho, igualmente, que trazaré una escalera hasta los portones del cielo para llevarte a sus jardines y salones, y allí, entre nubes de tonalidades insospechadas, jugar como al principio. He confesado que te amaré siempre, que conquistaré fronteras y escalaré cumbres para ambos, y que emprenderé la odisea más grande para que nuestra historia quede inscrita en la inmortalidad. Eres la musa de mis obras y mi vida. Repaso la lista. ¿Falta algo? Quizá asentar con letras de polvo de luceros, que siempre busqué una dama para materializar mi caballerosidad, alguien irrepetible para compartir la más subyugante historia de amor, un ente femenino, un ser que en su interior tuviera una flama inextinguible y se sintiera orgullosa de ser eso, una mujer auténtica, plena y libre, no una negación de su naturaleza, con un código existencial para su vida terrena y los otros planos. Eres tú. En ti descubrí la otra parte de mí. ¿Falta algo en la lista?

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