Niños, Adolescentes, Jóvenes: Renata Sofía, la artista*

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es artista. Trae consigo la esencia de la creación, el estilo y la inspiración, la sensibilidad, el amor y la pasión por el arte. Dibuja, pinta y da forma y vida a los materiales yertos.

Escucha la música que tanto le gusta; aunque, en ocasiones, flota en su estudio ese ambiente de rumores y silencios que se percibe en los talleres de los artistas, y hasta a ella se le nota reflexiva, inmersa en sí, entregada a su creación.

Traza figuras y líneas sobre las hojas de papel o en el lienzo, y lo disfruta tanto, que traslada sus esbozos a otras fronteras, a sus sueños, mientras duerme, y a sus mañanas, tardes y noches, entre una hora y otra, porque el artista lleva sus obras en su ser. No renuncia a su arte.

Una vez concluido el dibujo, lo escudriña minuciosamente, lo revisa, lo observa desde diferentes ángulos, y lo perfecciona, si es necesario, hasta que desliza los pinceles, aquí y allá, con la destreza y seguridad de quien se fusiona en su obra, a la que entrega parte de su vida, un trozo de su ser, un semblante de sí, la magia del proceso creativo que emula a Dios y a la naturaleza.

Ella, Renata Sofía, quien a sus 14 de edad ya posee su firma artística que plasma en cada dibujo, pintura y objeto plástico, conserva a su lado, entre libros y papeles de su escuela -la secundaria-, el caballete que su padre mandó fabricar, hace años, a un carpintero, y le regaló un sábado con la idea de estimular su creatividad y talento.

Un día, entre un juego y otro, alguna película y una más, su padre la invitó a pasear y la llevó cargada hasta la carpintería, donde, emocionada, descubrió, a sus tres años de edad, el caballete tan anhelado, el cual, desde entonces, forma parte de sus cosas tan queridas, en su habitación pletórica de muñecas, recuerdos, pinceles, fotografías y libros.

Y los siguientes años de su infancia, supo mezclar los juegos, las tareas, las diversiones, los paseos y el estudio con su pasión innata al arte. Dibujar y pintar son, para ella, prioridad, un gusto, una necesidad, un delirio, la llave que abre la puerta a un cielo infinito.

A los 11 años de edad, por actividades inherentes a la escuela, ya había participado en los teatros de su ciudad natal, a través de las artes escénicas; sin embargo, el dibujo, la pintura y la escultura fluyen en sus arterias, en su linaje, en su alma, en sus sentimientos, en su vida, en sus sueños, en sus ideales y en sus pensamientos.

Su madre y su padre le compran y regalan cuadernos de dibujo, lienzos, pinceles, espátulas, pinturas y materiales con la idea de que prosiga con su trabajo creativo, con sus obras de arte de adolescente.

Renata Sofía, realiza estudios secundarios y aprende Tae Kwon Do, en su país de origen, donde sueña y vive como adolescente, con el anhelo, cada día, de dedicar unas horas al arte, al dibujo, a la pintura, a la plástica.

Sabe que la grandeza consiste en la suma y multiplicación de detalles. Busca soluciones y respuestas favorables a los desafíos, los problemas y las adversidades, y aprovecha la corriente a su favor para crecer y evolucionar. No desconoce que los abismos, barrotes, fantasmas, muros y sombras existen en quienes no se atreven a ser ellos mismos ni a escalar la cumbre para trascender.

El artista es un ser cautivante, prodigioso y especial que conoce la entrada al paraíso y su retorno al mundo, al cual alumbra y guía con su arte que viene de su interior y del cielo sin final. Es un enviado de Dios, una estrella, que anticipa la belleza y los tesoros del infinito. Y Renata Sofía, como artista, promete algo grandioso.

* Niños, Adolescentes, Jóvenes, es una sección de este blog, basada en personajes e historias reales. Es un reconocimiento a las minúsculas que un día serán mayúsculas, a la infancia, a la adolescencia y a la juventud de todo el mundo. Por tratarse de menores de edad, en el texto se omiten apellidos y pueblos, ciudades y naciones de origen.

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El arte… el arte abre las otras puertas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El bolígrafo que desliza suavemente sobre las hojas de papel, es el pincel que traza y pinta colores y formas en el lienzo, el arco que acaricia las cuerdas del violín, el martillo y el cincel que esculpen la piedra yerta. En cada movimiento percibo rasgos similares, algo que es tan propio de los artistas y sus obras. Existe, parece, una correspondencia sutil en el arte, como si cada expresión -las letras, la pintura, la música y otras- perteneciera al mismo linaje, a una casa solariega, a una hermandad luminosa e infinita que emula los amores y las pasiones de Dios. Entiendo que el arte no es del mundo, pero lo envuelve al provenir de cielos inmortales que están en uno y en todo. Es para los humanos, a quienes presenta, sintetiza y asimila la creación, la vida, las ilusiones, los sueños y las realidades. Son burbujas que exploran y regalan lo que los sentidos materiales no captan. Enseñan a la humanidad lo que a veces, por sus distracciones, no mira ni escucha. Al dibujar letras y palabras con el lápiz o el bolígrafo, o al oprimir teclas para registrarlas en una pantalla, en un aparato, el escritor es el pintor que crea algún cuadro y el músico que cubre el ambiente con los rumores y silencios de un paraíso mágico. El arte es un mundo infinito, rico e inacabable. Creo que al formar el mundo, Dios hizo incontables paréntesis y dejó espacios, trozos ausentes de sonidos y matices, listas con faltantes, para que sus discípulos, los artistas, los completemos con los materiales que cargamos desde tierras lejanas y tiempos distantes. Dejó palabras incompletas, paisajes a medios tonos, silencios y piedras informes con el objetivo de que los escritores y poetas, inspirados, regalemos las historias y los versos más cautivantes, los pintores obsequien colores, los músicos repartan conciertos supremos y los escultores ofrezcan formas cautivantes. Nadie debe apagar las voces de los escritores y poetas, borrar la policromía y los trazos de los pintores, callar el lenguaje de los instrumentos musicales y destruir las formas cinceladas y fundidas, porque equivaldría, en consecuencia, a derrumbar la entrada a otros recintos, a profundidades hasta ahora insondables, donde se encuentran vetas, tesoros grandiosos, secretos y la fórmula de la inmortalidad. Hay quienes denigran, escupen y encadenan al arte porque saben que tiene alas y luz, y transporta, por lo mismo, a la libertad, a la plenitud. Otros, en tanto, con capacidad y talento de artistas, se transforman y solo aparecen cuando hay butacas ocupadas, reflectores y cámaras, como si las obras fueran mercancía fabricada en serie. El arte es superior porque viene del alma, del ser, y emula el poder de la creación, retrata el sí y el no de la vida, explica lo que casi nadie entendería de otra manera, y acerca, definitivamente, a paraísos, mundos e infiernos, como para que todos conozcan cada sitio y elijan la esencia y las flores o los cardos. El arte es clave, signo, llave. Abre las puertas del alma, del cielo, del mundo.

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Una de esas noches

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Una de esas noches, cuando Dios pintaba el mundo, rasgó el cielo con la espátula, de donde sustrajo estrellas, luceros que colgó aquí y allá, igual que el poeta que escribe versos en las páginas de su libreta y los dispersa para deleite de los enamorados y soñadores. Una de esas noches, parece, por la misma hendidura escaparon algunas notas musicales que se mezclaron con el lenguaje de la vida, con los sonidos de la creación, con las pausas del infinito y la temporalidad, con los rumores y los sigilos terrenos, y aparecieron, entonces, las melodías, los conciertos, los susurros que se perciben en el interior -en el alma, en los sentimientos- y afuera, en la lluvia, en los ríos, en las olas, en el viento. Una de esas noches, cuando el mural parecía réplica del paraíso, brotó una corriente sutil que fluyó por todas las rutas del mundo y repartió, como ahora, pedazos de vida. Una de esas noches, cuando el artista pintaba inspirado, un ángel, otro y muchos más asomaron por la misma rendija y se introdujeron en los seres que poblaron el mundo, y así, entre un suspiro y otro, la arcilla fue animada por la esencia, y desde entonces los sentimientos y la razón se volvieron compañeros inseparables. Una de esas noches, al retocar Dios los escenarios terrestres y planear la creación de incontables planos, tuvo la idea de colocar en un sitio y en otros tantos, a los artistas -escritores, músicos, pintores, poetas, escultores- con la idea de legarles el privilegio de adornar e iluminar el mundo. Una de esas noches, Dios y sus artistas derramaron matices, fragancias y sabores en la tierra, en los frutos, en los paisajes. Una de esas noches, Dios abrió los portones de su casa, la entrada a sus recintos palaciegos, el ingreso a su hogar prodigioso, y quedaron en uno y en todos la esperanza y la ilusión de la inmortalidad. Una de esas noches, tú, yo, nosotros, ustedes, ellos, todos, ya estábamos concebidos en las notas y en los versos de Dios.

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No estaban en el manuscrito

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No estaban en el manuscrito. Busqué, primero, en la papelera de mi escritorio, en los cajones, en el suelo; más tarde, desesperado, hurgué en el cesto de la basura. En la novela que escribía entonces –Los señores Pérez o la otra infancia-, se percibía la ausencia de dos hojas -cuatro páginas- que esa mañana, inspirado, había escrito. En ese momento de mis años juveniles, me había parecido que se trataba de cuartillas muy interesantes dentro del relato. Me urgía localizarlas. Tenía que integrarlas a la obra. Tampoco estaban en los anaqueles pletóricos de libros. Algo faltaba en la acumulación de cuartillas escritas a una hora y a otra, en las mañanas, las tardes, las noches y las madrugadas, sin tregua., en un rincón, en un espacio y en muchos más.

Tengo la costumbre de destruir , en pedazos minúsculos, los documentos y papeles que no utilizo. Las cuatro páginas de mi novela, junto con otras hojas, se encontraban confinadas en la papelera, confundidas con otros fragmentos, igual que la gente, en las ciudades, al caminar en un sentido y en muchos más en las avenidas y calles transitadas, en busca de todo y nada. revuelta, masificada, confundida y extraviada entre tanto número en serie.

Eran las hijas ausentes, las integrantes de una familia entristecida por los faltantes. Mi deber, como artista y escritor, era rescatarlas, en pedazos, con la intención de restaurarlas, curar sus heridas y fracturas, o definitivamente renunciar a su aliento, a la creatividad y pasión con que las formé y conformarme, más tarde, ese día o el siguiente, con el intento componer de algo parecido.

Tres años antes, mi padre, poco antes de pasar por la transición, me había narrado una historia que en su niñez le relataron algunas personas ancianas, con la idea de que yo, su “muy inquieto hijo”, como solía llamarme, la escribiera y consiguiera su publicación. Él ya no estaba presente en casa, en el mundo, y yo, su hijo y discípulo, no podía fallar en mi promesa.

Coloqué todos los papeles diminutos en el suelo. Estaban adoloridos por las fracturas que les causé al romperlos. Conservaban rasgos de mis letras rotas. El piso se convirtió, inesperadamente, en mesa de salvamento y curación, en cama hospitalaria para criaturas deformes y lastimadas, en campamento y en sala de curación y restablecimiento,

Me convertí, sin planearlo, en médico de mi manuscrito. Paciente, disciplinado, controlé mi ansiedad por los minutos consumidos, por las horas irrepetibles que transitaron, hasta que, finalmente, emocionado, miré el paisaje con dos hojas recién operadas en la sala improvisada de cirugía.

Uní, primero, todos los fragmentos minúsculos de papel, similares a las piezas de un rompecabezas que sigilosamente reta la paciencia e inteligencia de los individuos que se atreven a probar su capacidad mental y de observación; pero se trata, igualmente, de la caminata del tiempo imperturbable que esculpe jeroglíficos y signos en los rostros.

Tras armar cada hoja, me sentí vencedor de una prueba en la que el único competidor era yo, y así coloqué, una y otra vez, cinta adhesiva, hasta que rescaté cuatro cuartillas de mi novela, emocionado y feliz, cual médico que salva las vidas de un paciente y de otro que esperan la hora infausta en sus lechos arrinconados y cubiertos de sombras y recuerdos.

Me apresuré a reproducir el texto, recién vendado, en otras hojas que incorporé al manuscrito de la novela, obra que no publiqué y que ahora, al recordarla, rescataré del silencioso y triste asilo en que reposa, en el archivo olvidado, con la idea de reencontrarme con su esencia, disfrutar su perfume de papel y tinta añejos, revisarla y publicarla.

Solo es, la de hoy, una evocación de las hojas rotas, una añoranza, quizá, de aquellos años juveniles, de las horas primaverales, cuando los seres humanos no dependíamos tanto de aparatos y resolvíamos los problemas enfrentándolos con creatividad, observación, inteligencia y esfuerzo. Únicamente eran dos hojas -cuatro páginas- que no estaban en el manuscrito.

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Apenas alcanza el tiempo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tienen una misión, un quehacer, un encargo. Saben que la vida es un río que fluye incesante, entre remansos, cascadas y rápidos, y que el agua, al estancarse en la orilla, ennegrece y se vuelve pútrida No olvidan que los días de la existencia apenas alcanzan para amar, sonreír, hacer el bien, aportar, dejar huellas indelebles, retirar los abrojos y las piedras del camino, tender puentes y ser felices, o, al contrario, arrugar el semblante ante los rasguños de la mediocridad, el odio, la tristeza, el miedo, la desdicha y los sentimientos negativos. Los años se fugan, entre un suspiro y otro, para no volver más. Los hombres y las mujeres que se dedican al arte, a la ciencia, a obras humanitarias, al conocimiento, a tareas excelsas, no se distraen en asuntos baladíes ni en superficialidades porque tienen presente que la vida se compone de instantes, momentos fugaces e irrepetibles que parecen indiferentes al destino que les den los seres humanos. Los genios de la humanidad no maquillan sus existencias ni les colocan atuendos innecesarios. Se entregan a sus obras, a sus investigaciones, a sus luchas, a sus sueños, a sus conquistas, que les acompañan día y noche, a toda hora, en cualquier lugar, sin tregua. Son quienes tienen la responsabilidad de trazar rutas grandiosas, alumbrar los senderos y llevar sobre sí la carga del mundo. Han aprendido que si uno desea convertir los sueños en realidades, transformar las ideas y los deseos en algo tangible y magistral, es necesario prepararse, creer, construir, trabajar arduamente y hasta enfrentar críticas, obstáculos e intereses opuestos. Quienes son más esencia que arcilla, concilian su naturaleza y viven en armonía, con equilibrio y plenamente, generalmente resultan personas más auténticas y felices. Si los artistas, los científicos, los humanistas y los pensadores, con su capacidad, talento, creatividad, imaginación, originalidad y sensibilidad, no desperdician los ciclos de la vida en superficialidades y tonterías, y apenas les alcanza el tiempo para concretar sus obras grandiosas, con mayor razón las personas comunes deben aprovechar los días de sus existencias en su realización humana, y no se trata de convertirse en personajes famosos; simplemente, es necesario dar lo mejor de sí, conducirse con rectitud, extender las manos a quienes las necesitan, ayudar a los menos afortunados, practicar cotidianamente los pequeños detalles y actuar con sentimientos e ideales nobles. En la medida que nuestras vidas sean ejemplares, sumemos y multipliquemos pensamientos, actos y sentimientos positivos, seremos hombres y mujeres extraordinarios, cautivantes e irrepetibles. Lo mismo valen un barrendero y una costurera que un intelectual o un magnate. No son la colección de apetitos alcanzados ni la presunción de joyas y opulencia, ni tampoco una cara disfrazada con pinturas sintéticas, lo que engrandece a la humanidad; lo que la hace superior es algo muy diferente, su humildad, su amor, sus detalles, sus valores, su dignidad, su respeto, sus convicciones, su libertad, sus sueños, sus aspiraciones, su riqueza interior, su autenticidad. Apenas alcanza el tiempo, es verdad, para amar, ser felices y evolucionar.

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El amor de un poeta

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En cada poema y texto que me inspiras, detecto un encuentro, un paseo al mundo y una excursión al cielo, una cita entre tu alma y la mía, un juego llamado amor y vida, una sonrisa y otra más…

El amor de un poeta no se extingue porque si alguna vez se apagaran sus latidos, su canto y su voz naufragarían en la memoria y los sentimientos de quien lo inspiró. Los poemas de un artista no mueren mientras exista quien los lea. Las ocurrencias y la locura de un escritor -artista al fin-, quedan como constancia de que el amor se hace poema, se sueña y se vive cada instante. El delirio de un autor convierte a su amada en voz del cielo, en susurro del océano, en rumor del viento, en murmullo del lenguaje universal. La obra de un poeta descubre que atrás de sí hay una musa, un amor inmortal, un alma paralela. Los poemas y los textos de un escritor, quedan inscritos en el libro, en la servilleta, en los pétalos de las flores, en la arena de la playa, en el papel, en las hojas doradas y quebradizas que alguna vez , en su frenesí, arrancó el viento otoñal a la arboleda; pero también permanecen en los latidos del corazón, en los recuerdos, en las páginas de la historia que uno protagoniza. El amor de un poeta no se diluye porque verdaderamente lo siente por su musa y lo vive con la locura de un artista enamorado y ocurrente, feliz e intenso, que  por alguna razón, entre papeles, tinta, colores, música y silencio, pactó con ella la historia de un idilio inmortal. El amor que hoy te expreso, es el de un poeta enamorado, un escritor que cotidianamente experimenta asombro hasta por la admiración que siente por ti, un artista que te hizo su musa. Mis poemas que son tan tuyos, tienen en sus acentos, comas, puntos y letras el sabor de un romance que sabemos nuestro; no obstante, tú y yo hacemos de cada palabra un sueño, una ilusión, un fragmento de vida, instantes en el mundo y destellos en la inmortalidad. El amor de un poeta no te traiciona porque su tinta es esencia, sabor, perfume y forma de su estilo de expresarte sus sentimientos.

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El arte es un delirio

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es un delirio, una pasión, un ministerio. Quienes dedicamos los días de nuestras existencias a las letras, a la pintura, a la música, a la escultura, somos los aprendices de Dios, los seres que emulamos la creación para dar luz a la humanidad y dejar huellas durante nuestro paso por el mundo. No nos concebimos sin el arte porque forma parte de nosotros y tenemos la misión de manifestarlo en obras que si uno escudriñara y descifrara con calma y sensibilidad, descubriría la verdadera belleza y entendería el sentido de la vida. Nosotros, los artistas, alumbramos a la humanidad. Imaginen un mundo sin arte, pueblos ausentes de poemas y relatos, cuadros, conciertos y canciones, figuras y formas… sería un amanecer con un faltante, una noche fría y helada ante la falta de estrellas. El día que no haya artistas, los seres humanos se encontrarán ante su funeral porque ya no habrá plumas que relaten historias, pinceles que plasmen colores, instrumentos que emitan sonidos melódicos, cinceles que den forma al material yerto. Los sueños, la inspiración, las obras magistrales, pertenecen al arte. El arte, insisto, es un servicio, un susurro del paraíso, un rumor del universo, una mirada de Dios. Acerca al amor, a la paz, a los valores, a la fraternidad, al alma, al cielo.

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Pintura

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si pinto entre las estrellas el amor que me inspiras?

¿Y si pintamos un camino con alfombras de pétalos para andar descalzos? ¿Y si sustraemos colores de los arcoíris, las flores, el océano, las mariposas y los crepúsculos para mezclarlos e inventar sueños y crear un paraíso en el mundo? ¿Y si fundimos nuestros corazones en la forja para transformarlos en una estrella plateada y la insertamos en la pinacoteca del universo con la intención de que todas las noches, al admirarla, alumbre los senderos por donde caminamos, la fuente en la que asomamos y la banca que ocupamos? ¿Y si deslizamos los pinceles en nuestros rostros con la finalidad de plasmar sonrisas? ¿Y si en el lienzo colocamos tus manos y las mías, nuestros labios y el palpitar de la vida? ¿Y si retratamos los signos del amor y la felicidad? ¿Y si esta noche que la luna aparece resplandeciente e inmensa, captamos sus tonalidades para tenerla siempre al mecernos en el columpio? ¿Y si al tomar el pincel coloco mi mano sobre la tuya para pintar detalles, regalos, sorpresas e ilusiones? ¿Y si maquillamos los juegos que nos divierten? ¿Y si trazamos el abecedario en una pizarra para componer las palabras que nos identifican? ¿Y si recolectamos de las profundidades del mar y de la grandiosidad del universo los colores del amor y la dicha? ¿Y si dibujamos tu silueta y la mía en nuestras miradas? ¿Y si volamos hasta la puerta del cielo para visitar a Dios en su buhardilla de artista y solicitarle pinte tu rostro y el mío, junto con nuestros nombres, en el mural de la eternidad? ¿Y si al concluir nuestro cuadro de intensa policromía descubrimos nuestra historia y prometo hacer de los sentimientos que me inspiras una obra maestra? ¿Y si descubres que ya te amaba y pintaba antes de coincidir contigo?

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El árbol del amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que me inspiras lo más sublime del amor

Ensimismado en su buhardilla desde hacía varios días, el artista deslizaba su pincel una y otra vez sobre el lienzo con la idea de pintar el árbol del amor, su obra maestra.

Reflexionaba mientras trazaba el paisaje, un vergel para los seres humanos en el que se distinguían los tallos de la vida, las flores de las virtudes, el follaje de la esperanza, las plantas de la fe y las enramadas de la alegría; pero cuando decidió pintar el árbol del amor, descubrió que era el elemento más complicado de la obra, acaso porque sus raíces ocultas en la tierra necesitaban poseer fortaleza para alimentar su interior, quizá por la cantidad de hojas que debía conservar con vitalidad, tal vez por tratarse del tema que lo había inspirado a crear el cuadro.

Esa mañana nebulosa, mientras lloviznaba y el aliento del aire fragmentaba y dispersaba las gotas en destellos, comprendió que estaba ante su obra maestra, el cuadro subyugante que sin duda transmitiría un mensaje a la humanidad y a todas las criaturas del universo; en consecuencia, el árbol de la vida tendría que ser magistral ante los moradores del jardín.

Solo y en silencio interior dentro de su taller, como le encantaba permanecer, contempló el esbozo, los trazos, las áreas cubiertas de tonalidades mágicas, y de pronto creyó que podría omitir el árbol del amor.

Miró el lienzo una y otra vez, hasta que en determinado instante notó que ante la ausencia del árbol del amor, el jardín empequeñecía y perdía sentido. Como que algo, en aquel paisaje edénico, entristecía y agonizaba. Se percibía la ausencia de algo y dolía mucho.

Insistió en abandonar el proyecto original, en renunciar a su idea; no obstante, la ausencia del árbol del amor dejó un hueco negro, un vacío insondable del que surgían lamentos, melancolía y plantas venenosas con tallos torcidos y espinosos. El hueco oscuro fue cubierto por cardos de discordia, flores de lascivia, matorrales de ambición desmedida y egoísmo, espinas de perversidad.

Angustiado por el caos en su obra maestra ante la falta del árbol del amor, el artista experimentó tal dolor y tristeza que determinó retirar todos los abrojos y dar luz al abismo de la oscuridad.

Mezcló las pinturas y creó otros colores, tonalidades nunca antes conocidas, quizá arrancadas del recinto más profundo de su alma, donde el principio y el fin, todo y nada, la luz y la sombra, la finitud y la eternidad, flotan en un ambiente etéreo para que cada uno, al sumergirse en las profundidades de su ser, elija de acuerdo con sus sentimientos e ideales.

Obtuvo colores especiales e irrepetibles, brillos y opacidades, que aplicó con destreza y cuidadosamente al pintar el árbol del amor sobre el hueco negro. Pensó que mientras el arbol se mantuviera sano, el abismo de la oscuridad no se convertiría en tentación para explorar sus profundidades y sí, en cambio, prevalecería el amor con todos sus destellos.

Reflexionó nuevamente acerca del significado del árbol del amor, hasta que lo hizo suyo y lo incorporó en los latidos de su corazón inmortal, en el palpitar de la vida, en los pulsos del universo, en ti, en mí, en toda criatura viviente.

Maravillado por el matrimonio que contrajeron su alma y la esencia del árbol del amor, el artista dispuso que en lo sucesivo toda creación y sentimiento tendrían que seguir el significado de aquella unión.

Utilizó el encanto de sus pinceles con la finalidad de convertir el árbol del amor en su obra magistral, y desde entonces no hay creación, buena o mala, ajena a su decreto.

Sutilmente, el pintor del universo aplicó colores al tronco, a las hojas, a las flores, a los frutos y a las ramas del árbol del amor, hasta que se transformó en la especie más bella y frondosa del paisaje. Colocó, adicionalmente, un columpio para recreo de quienes acudieran a la sombra o a cortar frutos del árbol del amor.

Aplicó, en cada hoja, una virtud del amor, una expresión del más sublime de los sentimientos, y así, con incontables nombres, bautizó todo cuanto miró a su alrededor, lo que fue, lo existente y lo que está por nacer.

Brotaron las hojas con su genética e identidad, y unas pasaron a llamarse felicidad porque el amor es fuente de alegría, encanto, dicha y risa. Otras, en tanto, ostentaron los apellidos de la dulzura, los detalles, la comunicación, la fidelidad, la confianza y las atenciones.

Esculpió en los detalles minúsculos de las hojas, los nombres de entrega, perdón y tolerancia; aunque no olvidó, como creador talentoso, la solidaridad, el enamoramiento y la innovación.

Las hojas sintieron, entonces, el aliento del pintor que se transformó en el más suave de los vientos. Y así siguió pintando y bautizando cada hoja con sus filamentos, y si a unas nombró respeto, a otras puso por apellidos creatividad, dicha y virtudes.

La pintura lucía hermosa. El árbol del amor dio vida a toda criatura existente en el vergel. Las hojas entendieron que se someterían a las pruebas que significan los ciclos de la vida, y que si un día sentirían el calor de la aurora, una tarde invernal experimentarían el ocaso, siempre con la certeza de que tras el anochecer, existe la esperanza del más hermoso de los amaneceres. Supieron, por lo mismo, que unas veces resaltaría la intensidad de su verdor y algunas ocasiones, en cambio, los besos del aire las arrancarían y se mecerían con su aspecto dorado y quebradizo, hasta dispersarse y alfombrar la tierra; pero siempre se distinguirían por su significado y por pertenecer al árbol del amor.

Así es como él, el artista del universo, concibió el árbol del amor para deleite, alegría, paz e inmortalidad de todos los seres de la creación. Por la emotividad, casi omitía decir que si notas mayor número de hojas que de flores, es porque si las primeras representan las cualidades y expresiones del sentimiento más sublime, las segundas simbolizan las historias de mayor belleza, excelsitud y prodigiosidad de amor, como el tuyo y el mío, y allí, parece, permanecen inscritos nuestros nombres. También olvidaba comentar que a un adyacente al árbol del amor, el artista del universo pintó un manantial diáfano donde tú y yo hemos asomado para mirar el reflejo de nuestros rostros felices y sonrientes.