Un encanto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

¿Y si soñamos y vivimos? ¿Y si un día, al soñar y vivir, descubrimos que entre la temporalidad del mundo y la inmortalidad sólo hay un paso? ¿Y si al proseguir con nuestra excursión, inventamos una historia sublime e inolvidable?

El encanto de los poemas y los textos románticos es que uno, al escribirlos, pronunciarlos y sentirlos, construye la ruta al cielo con detalles y trozos de sueños y realidades que acomoda cada día, materiales ambos que en el amor son complemento para hacer de la historia idílica un encuentro, la definición de una fórmula mágica, la coincidencia entre las ilusiones y las vivencias. No es, como suponen algunos, que el enamoramiento sea insoportable y ciegue a quienes verdaderamente lo experimentan porque sólo aquellos que han probado el sabor de su esencia, conocen el significado de la locura de un amor. Envueltos en ese delirio que rescata del naufragio a uno más otro -a ti y a mí- y nos coloca en el mundo de frente, como somos, descubrimos y experimentamos la felicidad cada instante, con sus auroras y ocasos, dentro de una epopeya irrepetible, plena e inolvidable, durante nuestra excursión por las estaciones de la vida, rumbo, tú lo sabes, al palpitar sin final.

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La flor de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un día, al amanecer, la rosa asomó entre las plantas, en el jardín, a quienes anunció que antes de que su belleza y vanidad fueran mancilladas por la brevedad de su existencia, les daría una lección. Árboles, plantas y flores miraron, asombrados y con cierto recelo, a la rosa de aparente petulancia, quien exclamó: “ay de aquel que al caminar por las rutas del mundo, solamente fije su mirada en las apariencias o se interese exclusivamente en poseer durante algunas horas fugaces las fragancias, los colores y las formas que el viento ha de desprender y dispersar, porque sus actitudes e impulsos le negarán la oportunidad de conocer la belleza, el sentido y la esencia de todo cuanto existe en la naturaleza y el universo. Su confusión lo trasladará a destinos erróneos porqueque olvidará que las verdaderas riquezas yacen en el interior”. Mientras las gotas del rocio deslizaban por su textura, agregó: “miren mi apariencia, soy una rosa de fugaz existencia, a la que alguien puede acercarse y arrancar sin recordar que para conquistar lo bello en todos los aspectos, no pocas ocasiones hay que espinarse; por lo mismo, resulta preciso aprender a no lastimarse en el camino. Como mi belleza es pasajera, el perfume que destilo no tiene porvenir y se transformará en pestilencia y mis pétalos arrugarán irremediablemente antes del próximo amanecer”. La flora del jardín intercambió miradas de interrogación y escuchó las explicaciones de la rosa que advirtió que la vida es dual al ofrecer, en su menú diario, auroras y ocasos, calor y frío, risa y llanto, amor y odio, y que uno, en el lapso que dura el hálito existencial, tiene la alternativa de elegir entre las luces y las sombras. “Quienes pretenden disfrutar el aroma y la tersura de mis pétalos de hermoso colorido, deben cuidarse de las espinas que me custodian, de modo que si alguien aspira a lo superior, antes tendrá que experimentar las pruebas de la jornada. La mayor parte de los seres humanos, impulsados por las apariencias, arrancan las flores sin apreciar las raíces que les dan sustento ni reparar en los tallos, las hojas y las espinas. Todo, en el mundo y el universo, tiene una razón de ser”. Ese día, mezclado con el sol matutino y la llovizna y el viento de la tarde, la rosa habló sobre la brevedad de la existencia y su significado, hasta que expuso que entre el nacimiento y la muerte sólo hay un suspiro, un parpadeo que implica experimentar los días de la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, sin olvidar los ingredientes del amor, la felicidad y las virtudes que son los que definen un sentido más auténtico y real. Recomendó, igualmente, no quedarse con el deseo de vivir, por más locura que parezca, siempre que uno no sea afectado ni perjudique a los demás ni al entorno. Recordó que la existencia es un ciclo interminable y que si hoy, al anochecer, se marchitan los pétalos y las hojas por desafiar al tiempo, mañana, al amanecer, el sol brillará pleno, las burbujas de los manantiales se iluminarán y se diluirán en el río; entonces surgirán flores tersas y perfumadas en el jardín y la campiña. “Eso es la vida, parece”, suspiró la rosa, quien al siguiente día, para asombro de la flora, estaba agachada, con las hojas y los pétalos marchitos porque su historia concluyó en el jardín; sin embargo, a diferencia de sus antecesoras, había dejado una huella, un recuerdo dentro de su finitud terrena. Fue diferente y enseñó que durante la trama existencial, con toda su brevedad, existe la posibilidad de elegir las luces o las sombras, y que es preferible abir la puerta a la esencia, hacer el bien, amar y practicar un código de principios que sin duda son la conexión entre el jardín y el cielo que todos los días resplandece y se refleja en los mares grandiosos y en los charcos de apariencia insignificante.