Empecemos hoy

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Uno, con el tiempo, aprende que hay una hora en la que la cuerda se rompe y las historias de antaño, los relatos de familia, las remembranzas del ayer y las narraciones de barcos y naufragios, las etapas de paz y las épocas de guerra, se deshilvanan al marcharse los abuelos. Uno, entonces, deja de ser nieto, y queda, en el mundo, con la memoria de los rostros y la ternura de los abuelos. Uno, con el tiempo, es testigo del desfile de la vida y de las bienvenidas, en los cuneros, y de las despedidas, en las criptas, y agrega en las listas presenciales y en las de las ausencias, nombres y apellidos. Y se marchan los tíos, ya ancianos, y uno deja de ser sobrino en un sentido práctico y terreno. Y se van amigos, compañeros, vecinos. Uno no imagina, a veces, que un día, a cierta hora, dejará de ser hijo, porque ella y él, la madre y el padre, no estarán para regalar su amor y sus sonrisas, sus consejos y sus regaños, su ejemplo y sus momentos. Y así, un día, uno deja de ser hijo, aquí, en el mundo. Uno, entonces, voltea atrás, a los lados, adelante, hasta descubrir y percatarse de que comienza a estar solo. Los rasgos de los otros días, permanecen en el fiel recuerdo, y más cuando abundan rostros nuevos, quizá cariñosos, probablemente crueles, tal vez indiferentes, que transitan por las mismas rutas de la vida y la muerte. Y otro día y algunos más, uno, con dolor y tristeza, deja de ser hermano, indudablemente con la certeza de que la hora del balance se aproxima. Y se acumulan los instantes, los días, los años, casi sin que uno lo note, hasta que el espejo habla con la verdad y devuelve imágenes reales de una edad o de cierta ancianidad. Si a uno le va bien, hasta el minuto postrero compartirá lo que es con sus hijos y nietos; sin embargo, en determinada fecha dejará de ser padre y abuelo. Y de esta manera quedan incontables historias en el mundo, biografías que alguien encierra en el armario o que se rompen con la caminata presurosa del tiempo. Y lo que fue recuerdo, se vuelve olvido. ¿Quiénes somos, entonces? ¿A qué venimos al mundo? Es incomprensible y tonto que innumerables seres humanos, hombres y mujeres, dediquen los años de sus existencia a cultivar enojos, rencores, daños, cuando la vida, en el planeta, es tan breve. ¿Por qué empeñarse en sembrar espinas, cuando los perfumes y la belleza de las flores, los árboles y los helechos alegran y son trozos de paraíso? Las gotas de la lluvia, multiplicadas por millones, abrazan a los ríos, a los océanos impetuosos, a los bosques, a la campiña, y alivia su sed en un acto excelso, magistral y prodigioso, sin extraviarse en divagaciones porque tienen el privilegio y la fortuna de dar a todos, derramar los mejor de sí y expresar el milagro de la vida. ¿Por qué no aprendemos de la lluvia? No esperemos el instante de dejar de ser nietos y abuelos, hijos y padres, hermanos y primos, sobrinos y tíos, parejas inolvidables y amorosas, amigos y compañeros, vecinos y moradores de este mundo. Cuán triste resulta, al final, dejar de ser uno, con su nombre y sus apellidos terrenos, con la envoltura finita del alma que se mantuvo aprisionada, y voltear atrás, al paisaje que abandona, ausente de huellas, amor, sonrisas, virtudes y bien. No esperemos la hora postrera para lamentar lo que no nos atrevimos a hacer por nosotros y por los demás. Empecemos hoy a componer la obra, el concierto que deseamos ser.

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Silla vacía

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, que estás en mí. A mí, que estoy en ti

No me entristece la silla vacía, ni tampoco la taza sobrante de café sobre la mesa; es, creo, tu ausencia, la falta de ti, el espacio que es tan tuyo, con tu sonrisa y tus ocurrencias. No es el postre que tanto te encanta y te espera un minuto, otro y muchos más, y queda atrapado en el anhelo y la esperanza frustrante de deleitar tus sentidos y acompañarnos; es, quizá, la ilusión de endulzar nuestras horas y hacer de cada momento un detalle, un momento bello e inolvidable. No son las servilletas de papel que permanecen intactas y solitarias, igual que un viajero en una antigua estación de ferrocarril, en espera triste de la persona amada que lo recibiría con emoción, abrazos e ilusión, y nunca llega; es, pienso, que no estás aquí para escribir una confesión de amor y entregártela a hurtadillas. No me duelen las heridas de un tropiezo cualquiera porque se curan y olvidan durante la caminata de los días; me lastima la prisión impuesta por la maldad humana que alteró un virus y lo dispersó por el mundo con la intención de someter a millones de personas, y a ti y a mí que tanto amor sentimos uno por otro, para convertirnos en tablas rotas, en pedazos flotantes y náufragos, en desmemoria de lo que éramos. No es que una mañana o una noche transcurra y sienta tu ausencia en las paredes, en el jardín, en cada rincón; es que las horas repetidas se acumulan y se transforman en días, en semanas, en meses, en años, en álbum carente de estampas, ante la posibilidad de que en cualquier minuto, en cierta fecha, descienda el telón de la existencia y deje nuestra historia inconclusa, como el poema más hermoso y romántico que queda trunco por alguna causa infausta. No es entregarse a un sacrificio engañoso, mientras una minoría prepara trampas mortales; es el adormecimiento de la mayoría, su estado mediocre y permisivo, su masificación e ignorancia, su empecinamiento, que atentan contra el amor, los detalles y la alegría, y ensombrecen nuestros encuentros tan felices y dignos del cielo que juntos diseñamos y fabricamos con tanta ilusión. No es el hecho de que al caminar y voltear a mis lados no te encuentre físicamente ni descubra tus huellas en la arena; es la intención que otros tienen de separar a quienes se aman tanto y transformarlos en rebaño, en piezas insensibles, en números de series manipuladas. No es que ahora la silla vacía me provoque congoja, si de cualquier modo estás en mí, en mi alma, en mis sentimientos y en mis pensamientos; es, simplemente, la ausencia de tu rostro y tu mirada sonriente, la ceguera que intenta causar el aislamiento manipulado. Me duele la negación de estar contigo por los caprichos e intereses egoístas de quienes perdieron el amor, los sentimientos y el verdadero sentido de la vida. Lo asombroso es que si la silla permanece vacía por ausencias diseñadas para destruir a las personas, borrar sus sentimientos y su memoria, hasta convertirlas en astillas, en leña, en basura, el amor indestructible que une e identifica a ambos multiplica los espacios, las oportunidades, la vida, los paraísos, para llenarlos de ti y de mí, hasta la eternidad.

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Mientras tú no estabas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Mientras tú no estabas, caminé por los sitios que frecuentamos, quizá para seguir tus huellas con la mirada y así acompañarte con mis pensamientos y sentimientos, o tal vez con la intención de recolectar flores que posteriormente dispersé en los rincones de la casa para recibirte con la misma alegría e ilusión de la primera vez que te vi y decidí amarte.

Al no tenerte cerca, ocupé el tiempo que te dedico a escribir poemas, contar estrellas, abrazar un árbol, coleccionar hojas y hundir los pies en el barro, en el río, para sentir el pulso de la creación e inspirarme en lo que hago.

Iba al jardín, a la alcoba, a la cocina, al desván, a nuestra banca de madera, durante la brevedad de tu ausencia, seguramente para llenarme de ti, impregnar mi ser con la fragancia de tu perfume, sentir las caricias que siempre me das, probar los sabores de las recetas que preparamos, escuchar el eco de nuestras risas y hasta la música y los juegos que disfrutamos.

Me percaté, cuando no estabas, que adelante se encontraba el horizonte y podía, en consecuencia, seguir mi camino, como siempre lo hago; pero recordé que tú contribuyes a dar un sentido bello y sublime a mi vida, un itinerario esplendoroso e inolvidable a mis días, sin que nuestra historia se convierta en una serie de grilletes y mazmorras rutinarias.

Admito que siempre he navegado sin necesitar anclaje y también he volado mucho ante la ausencia de un nido; pero contigo, musa mía, confieso, igualmente, que el viaje resulta más grato e intenso, probablemente porque dos almas como las nuestras se reencuentran y deciden compartir sus coincidencias y diferencias, todo lo que son, con lo que se enriquecen y fortalecen eternamente en un amor incomparable.

Oí las voces del silencio, los rumores del universo, mientras tú no estabas, hasta que entendí que cada uno venimos a probarnos al mundo, que la evolución es individual y que la persona amada, cuando llega, es compañía fiel para alcanzar la inmortalidad con mayor alegría e ilusión.

No niego que cuando permanecí solo, en casa, seguí con mi historia, con lo que soy, seguro que donde te encontrabas, también continuaste protagonizando tus capítulos, con lo que eres, como símbolo del amor y la confianza que nos une e identifica.

Recuerdo que mientras andabas en otra parte, asomé al espejo y descubrí tu reflejo sin que tu encanto significara una sombra o un maquillaje en mi rostro, porque nunca se ha tratado de suplantar apariencias e identidades, sino de reafirmar, al mirarnos, nuestro enlace de amor y sentirnos uno al lado del otro.

Gracias a tu breve ausencia, supe lo que es extrañarte y valoré el amor que ambos descubrimos y atesoramos en nuestros corazones. Comprendí que la vida continúa y que uno debe seguir en la jornada sin dependencias; pero también aprendí que cuando dos personas coinciden en el sendero, como tú y yo, el arcón del amor se abre en algún rincón del cielo, en un sitio recóndito del paraíso, para irradiar una brillantez tal que ilumina, igual que un faro, el itinerario. Y es lo que hacemos cotidianamente, escalar cada uno con lo que tenemos, pero siempre mirándonos tiernamente y dándonos las manos para apoyarnos, no resbalar al abismo y llegar juntos a la cima más plena.

Imagino que si continuamos en el ascenso, como lo hacemos, finalmente llegaremos a la cumbre, donde sin duda podremos descansar en una banca, en el césped, recargados en un árbol frondoso, para mirar los capítulos y las huellas que plasmamos y compartimos durante la fugacidad de nuestros días existenciales, y contemplar, a la vez, el jardín más hermoso, en el que seremos protagonistas de una historia sublime y sin final.

Esa ausencia ocasionada por nuestras ocupaciones cotidianas, me enseñó que tú y yo estamos unidos no por necesidad apremiante de compañía o placer, ni por la ingrata conveniencia, sino porque nuestros corazones se enamoraron plenamente y desean latir al unísono de la eternidad sin interrumpir, desde luego, la evolución y el desarrollo de cada uno. Las horas de ausencia nos enseñan a entregar lo mejor de nosotros en lo que hacemos, en lo que somos; aunque también ofrecen la dicha, el estímulo, la esperanza y la ilusión que provoca un amor como el nuestro.