Barquito de papel

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A don Jesús Bejarano Rojas, quien hizo favor, en mis años muy juveniles, de publicar mi primera versión de “Barquito de papel” en la sección Facetas de La Voz de Michoacán

El artista paseaba aquella mañana en la campiña, entre árboles de cortezas cubiertas de musgo y flores silvestres y ufanas que el viento agitaba suavemente. El riachuelo serpenteaba la llanura alfombrada de flores multicolores y los estanques reflejaban las nubles blancas y rizadas que el sol incendiaba durante su peregrinaje efímero. Hasta los charcos minúsculos retrataban la profundidad azul del cielo.

Buscaba un paraje abrupto y desolado para escuchar los rumores del silencio, los susurros de su interior, las voces de la creación, los gritos de la vida, y así plasmarlos en sus obras artísticas, en sus narraciones literarias, en sus pinturas, en sus conciertos de violín. Le encantaba inspirarse en medio de la naturaleza.

Caminaba inmerso en sus pensamientos, admirado por los detalles que encontraba a su alrededor, cautivo en su inspiración, cuando miró, ipso facto, un barquito de papel a la orilla del río.

El hombre colocó su morral de artista sobre un tronco carcomido por los días repetidos, por la lluvia, por el sol. Corrió hasta la embarcación, a la que preguntó:

-¿A dónde vas, barquito de papel?

-No lo sé, a donde me lleve la corriente.

El creador insistió:

-¿No tienes itinerario?

-No- respondió con desgano el barquito- ¿Me serviría de algo definir una ruta y seguirla?

-De mucho- aseguró el artista, quien explicó-: Aquel que diseña su proyecto existencial y define la ruta y el destino al que pretende llegar, es sabio y no desperdicia sus días en extravíos.

-Eso es de soñadores, amigo mío. Tú eres artista. Dedícate a tus fantasías, a tus sueños, para ilusionar a otros seres humanos. Déjame. Voy a experimentar la vida sin compromisos ni responsabilidades, como si fuera un paseo permanente. Evitaré mortificaciones y problemas. La vida es breve y hay que disfrutarla. Así que la viviré. Iré a donde me lleve la corriente antes de que sea demasiado tarde y me entuma como los viejos.

Reflexivo, el artista continuó parado a la orilla del río, cerca del barquito de papel que viajaría con el impulso de la corriente.

-Navegar o volar libre y plenamente es una experiencia maravillosa que lleva a la realización; sin embargo, quien lo hace irresponsablemente, se arriesga a hundirse una noche de turbulencia o a caer una mañana otoñal. Es primordial disponer de un código y un proyecto de vida, barquito.

El barquito de papel se dispuso a seguir la corriente del río, pero antes advirtió:

-Artista, no te equivoques conmigo. Ve con tus lecciones a otra parte. Soy joven y quiero disfrutar la vida, ¿entiendes? No deseo perder mis días en estudios, trabajo y esfuerzos. Tampoco quiero un código de valores. No lo necesito. Eso no es compatible con un barco aventurero que desea vivir cada día con lo que surja, sin ataduras, libremente. No tengo vocación de humanista. Voy a disfrutar mi vida. No molestes más.

La embarcación de papel abandonó la orilla del río. Avanzó entre rocas, hasta que la corriente lo impulsó y se alejó del artista a quien miró empequeñecer en el horizonte. Sintió la brisa de los vertederos y agradeció, entonces, haberse liberado de las disertaciones del hombre.

Se sintió muy joven, y en realidad lo era. Alguien, quizá alguno de sus amigos, le había aconsejado que se fuera a navegar porque la estancia en el mundo es muy breve, y no le interesó, por lo mismo, poseer y seguir un plan existencial y una ruta definida. Si era atractivo y joven, ¿necesitaba esforzarse, dar de sí y dedicarse a su desenvolvimiento? Le pareció más valioso ir en busca de riquezas por el mundo antes de descubrirlas en su interior, acumular placeres sin previamente aprender a amar, experimentar cada instante con ausencia de vida.

El artista, meditabundo, recordó que adelante, a menos de un kilómetro de distancia, el río era turbulento por las cascadas y los rápidos que abundaban en esa zona. Corrió con la idea de prevenir a la embarcación de papel y salvarla del peligro.

Resbaló una y otra vez en la orilla. Rasguñado por la hierba, sangrante por las caídas y cubierto de lodo, el creador sintió la brisa del río caudaloso en su rostro sudado, cuyas expresiones cambiaron de la sorpresa al dolor e impotencia al descubrir, entre rocas y agua estancada en una de las orillas, al barquito de papel.

Corrió a su rescate. Tomó los fragmentos de la embarcación de papel y los colocó con delicadeza y en silencio sobre una piedra. El barquito estaba desgarrado. Su breve y frágil existencia proyectaban la idea y la realidad de la finitud.

-Entre la vida y la muerte sólo hay una línea, un hilo demasiado endeble, un suspiro .pensó el artista-. El barquito de papel no aprendió que cada ser, en el mundo, venimos a crecer y probarnos. La felicidad no significa vivir en un vacío permanente, como lo hizo el barquito, a quien no interesaron los principios universales ni su proyecto existencial. Sólo quería arrebatar a la vida riqueza y placeres sin estar dispuesto a dar de sí.

Comprendió que igual que el barquito de papel, incontables hombres y mujeres en el mundo creen que vivir plenamente es acumular riquezas materiales, arrastrarse en los placeres y extraviarse en caminos sin sentido que definitivamente no contribuyen al engrandecimiento ni a la expresión de la esencia.

Habían transcurrido varias horas entre la conversación con el barquito de papel y su hora postrera. Esa tarde, el arista permaneció en silencio mientras el río y el viento exhalaban suspiros y un réquiem extraño que lo motivó a pintar la embarcación.

Dedicó varias horas a elegir tonos melancólicos de su paleta de madera y deslizar los pinceles sobre el lienzo, hasta que finalmente aparecieron los primeros trazos del barquito de papel, obra que contendría no solamente la estética de una pintura, sino mensajes ocultos sobre los claroscuros y las definiciones de la vida.

Al regresar a casa, el pintor asomó por la ventana de su taller, desde la que observó la luna plateada que asomaba en un estanque tranquilo con apariencia de cristal, tal vez por el encanto y la magia de aquella noche espectacular y romántica.

Observó la galería celeste pletórica de estrellas. Sonrió y concluyó que la vida es polifacética e inagotable, que existe mayor dicha en experimentarla con sus luces y sombras para escribir una gran historia, que en arrebatarle su encanto en un interés malsano de querer todo para sí.

El barquito de papel le enseñó mucho. Ese fue el motivo, quizá, por el que partió los fragmentos de la embarcación, ya secos, y los colocó sobre las palmas de sus manos para que las ráfagas del aire nocturno los dispersaran por el jardín con sus múltiples expresiones.

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Promesa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Esta promesa es para ti. Es tan bella y sublime, que me parece increíble que un barquito de papel pueda transportarla en la inmensidad del océano. Ahora creo entender que el amor es superior a cualquier fuerza

Construyo un barco de papel, una embarcación que deseo entregar a las olas turquesa para que la internen por el mar y se convierta en viajera incansable, con tu nombre y el mío inscritos, una carta y una promesa de amor eterno, precisamente con la intención de que la tinta se diluya e impregne al océano. Así, la tinta sepia llegará a las profundidades marítimas, mirará al cielo y navegará por todo el mundo para compartir la intensidad de un amor especial y mágico, con una promesa que pretende cruzar puentes de cristal, recibir polvo de estrellas y llegar hasta la puerta de la eternidad. Quiero que el viento sople y conduzca el barco de papel hasta una playa hermosa, donde al hundir tus pies en la arena blanca y sentir la espuma en tu piel, lo recibas, percibas la fragancia de mi perfume, reconozcas mi caligrafía y leas la promesa que siempre he hecho a tu corazón que late con el mío, a tu alma que también siento en mi interior: te amaré eternamente, te consentiré, te haré muy feliz y formaremos parte de la historia más bella, sublime y conmovedora. Te adelanté el contenido que lleva el barquito de papel, acaso porque te amo tanto y pretendo suprimir las fronteras del tiempo, quizá por creer que el mar y el viento pudieran embelesarse con la promesa que te hago y los sentimientos que te ofrezco, tal vez por desear mirar tus ojos para descubrir nuevamente nuestros reflejos y experimentar en el interior la alegría de recibir el regalo que Dios nos entregó: el amor que cada instante compartimos.