Claroscuros de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

He andado por el mundo. No me impresionan la belleza física, los automóviles de lujo, las fortunas, los yates, las mansiones y el poder; tampoco me asustan la miseria y la ignorancia. Simplemente me alejo de ambas expresiones. Quienes permanecen atrapados en el traje pasajero de la belleza física, tras los antifaces de la temporalidad, con frecuencia demuestran que sus rasgos y líneas son inversamente proporcionales a la inteligencia y a los valores. Aquellos que intentan demostrar su grandeza por medio de las cosas materiales que acumulan y presumen, son tan pobres que no merecen que uno pierda tiempo en atender su demencia y ausencia de luz. En cuanto a la miseria, le temo más a la humana que a la material, a la que se multiplica en cada generación para mal del mundo. Eso no implica que cierre las puertas a la ambición natural, al desarrollo y a la consecución de niveles de bienestar. Más que disfraces mundanos, parece que tienen mayor encanto y mérito la alegría, el bien, los detalles, el amor, los sentimientos, las acciones y los valores. Uno puede aspirar a un castillo durante su jornada terrena, y es válido siempre que se piense y trabaje para alcanzar el palacio una vez que concluyan los días de la existencia. Si uno, en el mundo, experimenta la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, ¿cómo será, entonces, la otra morada? La vida presenta claroscuros. Los resultados dependerán, finalmente, de la búsqueda permanente de la luz o de la preferencia por la sombra. Cada uno tiene la opción de escribir su propia historia.

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