Una noche antes de mi cumpleaños

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y abrí la ventana para mirar los días pasados, actuales y futuros de mi existencia. Observé las estrellas distantes y plateadas, en el cielo ennegrecido por la noche, e imaginé paraísos, otras dimensiones, auroras y ocasos en mundos paralelos y lejanos; percibí, igualmente, las fragancias de las flores y las plantas adormecidas, sentí las caricias y los rasguños del aire y escuché los murmullos y los silencios de la vida que transita indiferente y sin pausas. Me vi solo, como llegamos y dejamos este mundo, con las cosas y las imágenes rotas que quedan atrás. Contemplé mi biografía, mi figura con mi nombre y mis apellidos, la historia de mi existencia, y reí y lloré, enmudecí y hablé. agradecí y bendije. Todos los acontecimientos de mi existencia, desde mi nacimiento presente hasta esta noche previa a mi cumpleaños, transitaron frente a mí. Mi historia, lo que soy, lo que he hecho de mí, todo navega a rutas insospechadas. Siento en mí el pasado, el hoy y el porvenir. Ahora entiendo cada interrogante y respuesta. Me siento profundamente bendecido por el padre y la madre que elegí en otro plano, a quienes no renunciaría, y también por toda mi familia tan querida y por la gente que me ha acompañado en estas jornadas. Sé que no es el mejor período en la historia humana; no obstante, pretendo hacer de cada día, en la existencia actual, un capítulo extraordinario, inolvidable y maravilloso. Tengo el pentagrama de mi vida en mis manos; deseo continuar escribiendo signos en las páginas blancas y pautadas, hasta crear la más cautivante, bella, sublime y magistral de las sinfonías. Un día antes de mi cumpleaños, repaso la historia de mi vida, agradezco a Dios tanta bendición, expreso mi amor eterno a los seres que forman parte de mi círculo principal y a la gente que me rodea, con la esperanza de que haya más amaneceres y pueda, modestamente, convertirme en manantial que derrame bien a los demás.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Tal vez…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

En los desayunos familiares, mi padre solía expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”, Mis hermanos y yo, en minúsculas, envueltos en capas infantiles, escuchábamos los argumentos, las explicaciones y los conceptos paternos. Años más tarde, mi madre recordaba aquellas palabras: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Ambos tenían razón. Como bien entenderá quien interprete el significado del mensaje, había una enseñanza, una invitación a buscar la felicidad y el sentido real y pleno de nuestras existencias. Éramos más ricos de lo que imaginábamos porque los integrantes de aquella familia, estábamos vivos, teníamos salud, compartíamos un ambiente de amor y valores, disfrutábamos cada momento, aprendíamos y coexistíamos en un medio digno, libre y respetuoso. Aquel encanto, en nuestras vidas, era un acontecer cotidiano y natural al que estábamos acostumbrados y considerábamos una bendición. Ahora, muchos años después, analizo los escenarios local, regional, nacional y mundial, amenazados por contaminación, hambre, coronavirus, guerras, odio, violencia, escasez de agua, deshumanización, crecimiento de la miseria versus la concentración de la riqueza y el poder en un grupo reducido que dicta políticas y estrategias perversas, entre otros elementos, y llego a la conclusión de que mi padre y mi madre, cada uno en su momento, tenían razón al expresar: “tal vez somos muy ricos y no lo sabemos”. Lo fuimos. Era una exhortación al amor, al bien, a los valores, a la realización, a la felicidad. Hoy, entre pedazos de humanidad y trozos de mundo, aún somos ricos porque seguimos con vida y tenemos oportunidad, cada instante, de rescatarnos, comenzar de nuevo y ser extraordinarios como seres humanos. Quizá hemos perdido las cosas materiales, pero aquí estamos, en medio del destino y de la vida, dispuestos a construir biografías auténticas, libres, dignas, dedicadas al bien, dispuestos a hacer de nuestra estancia en el mundo un paseo maravilloso e inolvidable.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Niños. Adolescentes. Jóvenes.

Renata Sofía, una artista, una flor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay seres humanos extraordinarios por su esencia y por lo que son. Silenciosos, navegan en sus sueños y en sus vivencias, en sus sentimientos y en sus ideas, igual que las estrellas que uno mira arrobado cuando es tan joven. Cautiva al mirarla en su taller, entregada a su arte, a la pintura que le apasiona desde que era muy pequeña; pero también llama la atención su figura cuando es dama y, en plena adolescencia, asoma a la ventana y observa el jardín, o al cocinar espagueti y pizza que tanto le gustan y al prepararse con la intención de seguir sus lecciones de taekwondo. Es adolescente. Con la ilusión de toda joven, cumplió 15 años de edad, década y media de una existencia bella y pura, en aprendizaje continuo, con sueños maravillosos e ideales que la transportan a fronteras y mundos prodigiosos. Renata, como le llama su padre, es Sofía, cual es nombrada por su madre, porque, finalmente, se trata de una sola persona, en femenino y todavía en minúsculas, Renata Sofía, quien baila, bromea, canta, ríe, juega, estudia y planea una existencia bella e inolvidable, digna y libre, equilibrada y armónica. Recuerda, por su educación, a aquellas niñas, adolescentes y jóvenes risueñas y amables, virtuosas y dispuestas a ser mujeres, damas, seres humanos, ángeles. Es una persona real que, en la ciudad tan distante en la que vive, mantiene sus ilusiones y confía en que otro día, al amanecer de nuevo, surgirá la oportunidad de volar a horizontes grandiosos. Sabe esperar. Reconoce que la vida empieza cada instante. Se está preparando con la finalidad de acudir, puntual y de frente, a su grandiosa cita con el destino. Anhela vivir intensamente feliz y dar lo mejor de sí a los demás.. Pretende construir puentes y rutas a la cima y a la luz. Uno, al conocer biografías tan maravillosas, suspira y se repite en silencio: “qué bendición tan grande es, sin duda, tener una hija que se percibe es regalo del cielo”.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Y un día, al amanecer de nuevo…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré sonrisas y flores, abrazaré a la gente y le expresaré mi amor -dijo alguien con la promesa de salir a las calles, a los espacios públicos, a los jardines con calzadas y árboles, a cierta hora de una fecha indefinida, con la idea de repartir alegría y sentimientos, transformarse en fuente de amor y dulzura, dispersar palabras amables.

Alguien más, reflexivo, le obsequió una flor silvestre, minúscula y humilde, y le preguntó, al mismo tiempo, la razón por la que postergaba la oportunidad de irradiar luz y entregarla a la gente a partir de la fecha en que la humanidad saliera a las calles con el objetivo de celebrar la libertad mundial, tras permanecer amordazada ante el riesgo y la amenaza de una enfermedad creada y manipulada por una élite ambiciosa y perversa.

Aquella persona soñadora que prometía tanto para un día incierto, sintió que las palabras de su amiga le hicieron titubear, mirarse empequeñecida, dudar de la autenticidad de sus promesas y sentimientos. Permaneció en silencio.

La amiga la abrazó y explicó:

-Es ahora, no mañana, cuando hombres y mujeres -niños, adolescentes, jóvenes, personas de edad madura y ancianos- necesitan sonrisas, detalles, consejos y palabras dulces, sentimientos genuinos, fe, esperanza, alegría, actos, amor, compañía.

Incómoda y quizá un tanto molesta por la intromisión de su amiga, la mujer contestó esquiva e indiferente, con deseo de marcharse:

-Abriré mis sentimientos, igual que una flor asoma una mañana al sentir las caricias de las gotas del rocío, para regalar al mundo, a la humanidad, mi amor, mis sentimientos, lo mejor de mí; no lo haré antes, definitivamente no.

Su amiga la miró tristemente y dijo:

-Es hora de demostrarnos de qué arcilla estamos hechos. No seamos como los artistas, científicos y tantos personajes que se han ocultado ante la falta de público que les aplauda, pague y engrandezca su soberbia. Seamos como la flor que acabo de regalarte, resplandeciente y de humilde belleza que la hace grandiosa, con matices y perfumes auténticos que no necesitan antifaces.

Ambas fueron interrumpidas por un mozalbete desharrapado, apenas cubierto con un pantalón corto y una playera de mayor talla, con los brazos y las piernas cubiertos de mugre y granos, quien imposibilitado de hablar, emitió sonidos guturales y estiró la mano, ansioso de obtener comida o algunas monedas.

La mujer lo vio con asco, sintió repugnancia e hizo señales con las manos para ahuyentar a la criatura hambrienta. Volteó, altiva, a otra dirección y hasta soltó la flor sencilla al piso de concreto, mientras la amiga sustrajo de su bolsa una manzana, una botella con agua y una naranja, y las entregó al menor atrapado en la miseria y la pubertad de sus años, cubierto de granos y manchas, a quien recomendó lavar sus manos antes de probar los alimentos. El muchacho, enmudecido, escudriñó a la dama, le sonrió agradecido y se marchó de prisa.

Enojada, la mujer que prometía tanto para otros amaneceres -abrazos, besos, felicitaciones, sonrisas, regalos, alegría-, habló en cuanto el adolescente corrió feliz con los regalos que le entregó la dama:

-¡Cuanta escoria hay en el mundo! ¡Esta basura debería extinguirse! Por esa clase de personas, la humanidad padece contagios y escasez de alimentos, espacio, oportunidades y equilibrio natural. Le diste agua y comida sin conocerlo. Es un muchacho rapaz. ¿Cómo es que alimentas basura, amiga? A esa gente hay que abandonarla a su suerte para que enferme y muera. No la necesitamos. Estorba. Es inmundicia.

La amiga escuchó incrédula a quien anunciaba regalos para otros amaneceres, burbujas, después de todo, que reventarían ilusas ante la realidad. Movió la cabeza en señal de desaprobación y pensó en la hipocresía de tanta gente. La verdadera grandeza, reflexionó, se mide ante las pruebas cotidianas y no por medio del ornato de palabras y ofrecimientos que jamás serán cumplidos.

La mujer interrumpió las cavilaciones de la dama:

-Habrá otros amaneceres y oportunidades para alegrar al mundo. Un día lo haré, te lo aseguro. Ya es tarde. Debo acudir a una cita con unas amigas, con quienes beberemos café e iremos a recorrer algunas boutiques, en la plaza comercial, para después comer en un restaurante de buena clase. La vida es breve, ya lo sabes, y hay que aprovecharla como sea antes de que llegue la noche. ¡Adiós!

Así, la dama permaneció en silencio. Distinguió, a unos metros, a la amiga que abordó un automóvil en el que viajaban otras mujeres, con quienes indudablemente iría a la cafetería y a las tiendas de la plaza comercial; en el otro extremo, más retirados y en sigilo total, descubrió la figura del adolescente enfermo y pobre, sentado en el césped de un jardín público, que compartía la botella con agua, la manzana y la naranja con su madre y una niña muy pequeña, descalza y de piel quemada por los días soleados tan repetidos en su existencia. Inmersos en su pobreza e ignorancia, disfrutaban aquellos tres pequeños regalos que sabían a cielo y manjar.

-Y un día, cuando amanezca otra vez, regalaré abrazos y sonrisas… -recordó la dama las palabras de la mujer que creyó su amiga, y pensó -: Para curar las heridas de quienes más sufren, devolver la alegría y la esperanza a los desprotegidos, tender puentes que salven abismos, provocar una sonrisa amigable, aconsejar y dar la mano, no se necesita esperar otros amaneceres; es preciso hacerlo ahora, en el minuto presente que rápido se convertirá en ayer y en oportunidad desperdiciada y perdida o aprovechada con sentimientos, palabras, actos, detalles y pensamientos nobles.

Las risotadas burlonas de su amiga y de las otras mujeres, mezcladas con la estridencia del motor al arrancar el automóvil, alteraron las reflexiones de la dama, quien sonrió al experimentar alivio y paz tras distinguir a la familia pobre -la madre, la niña pequeña y el adolescente- que lucían contentos al probar el agua, la manzana y la naranja que compartían en el césped. La dama caminó feliz y plena a otras rutas ausentes de un porvenir remoto e impreciso. Se sintió agradecida y bendecida.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Me encanta vivir y soñar contigo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Cuando dos seres coinciden en el sendero y uno y otro identifican sus nombres, disfrutan hasta su estatura y se sienten orgullosos al caminar juntos, felices al experimentar sus alegrías, tristes al sentir dolor en alguno e ilusionados al compartir la vida y soñar el cielo, hasta las estrellas vibran en el universo, se conmueve la creación e inicia una historia de amor subyugante. Cuando somos tú y yo -nosotros-, empieza nuestra historia. Cuando reconocemos nuestra esencia y aceptamos que el beso que hoy nos damos enamorados, mañana será el mismo de la ancianidad, y que las manos que ahora estrechamos con fuerza y ternura un día se transformaran en apoyo mutuo, se abren las puertas del amor eterno

Me encanta vivir y soñar contigo. En los sueños vivimos intensamente. En la vida soñamos con alegría y dulzura. Me deleita ser caballero de la dama que eres, caminar a tu lado, salpicarnos agua de la fuente, pisar un charco, mirar nuestros reflejos en los cristales de las tiendas, hacer alguna travesura, hurtar una flor para escribir tu nombre y el mío en los pétalos, tomar helado, beber café y arrojarnos las almohadas y los cojines hasta que revienten y las plumas se dispersen y cubran todo.

Igualmente, disfruto tu compañía en los instantes de silencio y en los momentos de risa y diálogo, acaso porque retornamos a la infancia consumida, probablemente por recordar la unión de días distantes en un paraíso apenas recordado, quizá por reconocer que tu alma y la mía son una, tal vez por todo.

Estar contigo, a la hora de entregarme a mi arte, es sentirte, percibir tu esencia e inspirarme. Me acompañas y envuelves durante las horas de creación artística, como la musa que eres y la niña que fuiste cuando soplabas a los dientes de león y disfrutabas observar sus filamentos mecerse en el aire.

Iluminas los días de mi existencia con tus ocurrencias y travesuras, tu sonrisa permanente, tus detalles femeninos, tu ruta interior, tus ojos, tus labios, tus manos, tus besos y tu perfume. Todo me gusta de ti. Eres la estatura de mi ser, la medida de mi vida, el destino de mi amor.

Gritamos, callamos, hablamos, musitamos. Escuchamos los murmullos del oleaje, los susurros del viento que arrastra fragancias, los suspiros de la vida, las voces de nuestras almas y los rumores de las estrellas, el universo y la creación.

No somos, aunque otros nos critiquen, de los que confunden el amor con momentos pasajeros que se condenan al olvido porque el nuestro, color de mi vida y matiz de mi cielo, es un sentimiento auténtico, fiel, puro e inagotable que brota del interior y sólo experimentamos quienes somos de una arcilla especial.

Amar, en nuestro caso, es ante todo dar gracias a Dios por la bendición del reencuentro en este mundo y la oportunidad de fundirnos en los sentimientos más sublimes, caminar juntos hacia la morada sin final y compartir una historia extraordinaria e inagotable.

Tú y yo somos resultado de las ecuaciones de Dios, fórmula guardada en los arcones celestes y amor de nuestros sueños y realidades. Con nuestras respectivas identidades, me sientes en ti y yo te percibo en mí.

Es un privilegio ser tu amante de la pluma y excursionar contigo durante nuestra jornada existencial. Juntos hemos aprendido que el amor es de entrega mutua y tiempo completo. Se trata de sentimientos que forman un estilo de vida y trazan el sendero a destinos grandiosos e inexplorados por la mayoría de la gente.

Observo tu figura, tu naturaleza femenina, tu mirada, tu alegría, tu código de vida, y no encuentro decoraciones falsas en ti ni rumbos artificiales e inciertos que indiquen que yo, al amarte tanto, pueda convertirme en pasajero de una estación y huésped de una noche; al contrario, descubro, a tu lado, mi historia, un destino compartido, la coronación de nuestras almas, la entrada magistral a un palacio.

Mi amor por ti es inextinguible. Siempre presumo que igual que la primera vez, siento emoción, alegría e ilusión cuando te expreso mi amor y confieso a tu oído que me cautivas y me siento enamorado de ti. Esto, parece, es prueba de que nuestro amor siempre se renovará como los amaneceres de la eternidad. Y quien no crea, que me defina cuando te miro.

Aquí y allá, en los rincones del mundo y en los escenarios sutiles, en nuestro interior y en el palpitar de la creación, me deleita volar contigo y sentir que el amor que recibo de ti y te entrego cada instante, no es el vapor que dispersa el ferrocarril que recorre estaciones aburridas, fugaces y desoladas, ni el barco que navega hacia un puerto y otro, sino el hálito de algo superior que pulsa en ti y en mí. Me encanta vivir y soñar contigo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Mi padre

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Voló aviones de dos alas, impartió clases, participó en el desembarco de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial, conoció el encierro y el silencio de las celdas conventuales, exploró las entrañas de la tierra y descifró las ruinas arqueológicas, se sumergió en las profundidades de su ser, leyó incontables libros y me relató historias, me mostró el sendero del arte, me indicó la ruta interior, me invitó a descubrirme y escalar la cumbre.

También montó un elefante en su infancia, estudió el libro de los Vedas y las obras más antiguas y profundas de la humanidad, fue aventurero, vivió lo que soñó y dedicó muchos años a los inventos, a orientar sus esfuerzos en el descubrimiento del movimiento continuo, principio que desarrollaría para entregar a la humanidad un sistema que generara por sí solo su propia energía, con lo que intentó eliminar el uso de hidrocarburos y otras fuentes contaminantes.

No era hombre arrogante ni ostentoso. Prefería mostrarse al natural, honesto, sencillo, humano, dispuesto a trascender, ayudar a quienes le rodeaban y dejar huellas indelebles en el camino. Su mayor riqueza reposaba en las profundidades de su ser y se manifestaba en sus sentimientos, palabras, acciones e ideas.

Fue mi padre. De él aprendí a amar y entregarme plenamente a mi familia, los secretos del arte y el pensamiento, la caballerosidad, el sendero a fronteras insospechadas, el código que rige los días de mi existencia.

Me enseñó, además, a enfrentarme a mí mismo, a mis miedos, a los abismos diseñados y creados desde mis sentimientos y pensamientos, a las sombras que se disipan ante la luz. Su fuerza de voluntad era inquebrantable. Poseía la fórmula de la vida.

Igualmente, me amó y consintió mucho, pero también me corrigió y me mostró la energía y disciplina. Parecía saber todo. Hablaba de Dios, del ser, de filosofía, de religiones, de medicina, de política, de inventos, de historia, de arte, de ciencias, como si tuviera acceso al conocimiento universal.

Le agradezco que me haya abrazado para protegerme y, a la vez, dado oportunidad de volar libre y pleno, auténtico y feliz, con un relicario de principios que no caducan con el tiempo ni se doblegan ante las modas, pasiones y tendencias humanas.

Amó a mi madre, que era una dama. Cada día le entregó alegría y detalles de caballero. Su familia fue lo más amado en el mundo. Fue un ser humano espiritual, artista, intelectual y práctico, con incontables vivencias en una sola existencia.

Recuerdo que la gente, a su alrededor, acudía en su búsqueda para recibir un consejo, palabras de aliento, opiniones sobre determinados temas y hasta ayuda en alguna reparación. Parecía inagotable. Siempre estuvo dispuesto a ayudar a los demás.

De él podría escribir una obra bella y sublime porque fue un ser humano extraordinario e inagotable, demasiado luminoso; sin embargo, al rendirle mi más profundo amor, respeto, admiración y agradecimiento dentro de la brevedad de este texto, recuerdo que yo era muy joven cuando aquella noche, la última que lo miré con vida, lo saludé como cada día, con un beso en una mejilla y en otra, y la idea de reunirme pronto con él, mi madre y mis hermanos, ya que me ausentaría algunos días de la ciudad.

Reservaré para mí los prodigios, los detalles, el capítulo de sus horas postreras. Retorné a la casa solariega antes de tiempo. Cuando llegué en el automóvil, acompañado de uno de mis hermanos, descubrimos personas en el jardín del frente, siempre con flores y plantas cultivadas por mi padre. Uno de los vecinos interceptó a mi hermano, lo abrazó y dijo: “lo siento mucho, tu papá falleció”. Escuché la noticia y corrí desolado a mi habitación con la intención de llorar como nunca antes lo había hecho.

Él, quien durante alguna hora de su niñez aprendió a tocar violín y otro día de su vida regresó invicto del umbral de la muerte, tras su agonía en cierta época, supo interpretar la proximidad de su instante postrero en el mundo y señaló su corazón aquella madrugada de octubre, cuando mi madre escuchó su estertor. Tras señalar su corazón, su brazo desplomó ausente de vitalidad, igual que un guerrero victorioso. Su transición fue breve, acorde al personaje y a su grandeza.

Han transcurrido los años, unos primaverales, algunos veraniegos, otros otoñales y unos invernales, con sus luces y sombras, sus senderos, sus dualidades y la intensidad de nuestra historia; no obstante, es octubre, cuando el hálito del viento desprende las hojas de los árboles, las mece y las barre posteriormente, al acumularse en alfombras doradas y quebradizas, el mes que él, mi padre, pasó por la transición.

Los años, transformados en décadas, no han impedido que recuerde y sienta a mi padre cada día, como el primero de mi existencia en este plano, cuando abrí los ojos y lo vi amoroso y protector. Él me enseñó a fundir la esencia del ser a pesar de la frontera que parece existir entre la vida en el mundo y planos superiores. Siempre le llamé papi. Lo recuerdo con amor y le rindo homenaje al expresarle que fue un honor y un privilegio ser su hijo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright