En estos días y los que siguen

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Los días pasados y los actuales, han alterado las notas de la vida, y no es por el destino ni por el tiempo. La guerra continúa con su rostro deforme e irreconocible, casi sin que lo note la gente que está tan distraída y desconoce que, junto con otros miles de millones de seres humanos, se ha convertido en prueba de laboratorio, en ensayo perverso, en producción en serie, en estadística. El agua, el oxígeno, la tierra y los alimentos, en el mundo, se agotan, al mismo tiempo que manos ambiciosas, crueles y egoístas -las mismas que crearon los desórdenes y propician el caos, el odio, las enfermedades, los enfrentamientos, la destrucción, los antagonismos y la muerte- acaparan los recursos naturales y minerales y acumulan fortunas y poder inmensos que contrastan con el hambre, las carencias económicas y las enfermedades. Mucha de la gente que se dedica a la ciencia, al arte, al conocimiento, ya lo comprobamos una y otra vez, es soberbia, ausente de sentimientos, y tiene precio. Vende el arte y la ciencia igual que se comerrcializa cualquier baratija. Son mercenarios que se han aliado al mal y a los que no les interesa prostituir el bien, la verdad, la justicia y la libertad. La élite ha saqueado al planeta, con la cacería de animales, el botín que obtienen de las entrañas de la tierra y los paraísos de cristal y mármol que construyen sobre esteros, bosques y selvas, siempre culpando a las multitudes que formó a través de la televisión y los medios de internet. Y la guerra se acentuará. Ahora, tras el experimento del Coronavirus, poseen el mapa completo, la geografía humana, y saben cómo reaccionan cada pueblo y raza. Intentan, y lo están logrando, apoderarse de la voluntad humana, destruir a los que les estorban y significan cargas onerosas, a quienes sienten y piensan diferente. La búsqueda de condiciones favorables a la vida en el espacio, en otros planetas, no es con el objetivo de beneficiar a la humanidad, sino a un segmento privilegiado materialmente, y no solo con la idea de colonizar el universo, sino para obtener y ganar la supremacía militar y el control absoluto. Y claro, también saquearán las riquezas de otros planetas, aunque la inversión supere las cantidades que se requieren para alimentar y sanar a las multitudes. Seguramente habrá nuevos minerales y piedras que sustituyan al oro y a los diamantes. Todo será distinto. De hecho, ya lo es. Si el denominado Covid-19 fue diseñado, creado y disperso en sitios estratégicos para su propagación inmediata, se trata del principio de la destrucción masiva, y pronto, sin duda, surgirán otras expresiones que asustarán, desestabilizarán y aniquilarán a amplio porcentaaje de hombres y mujeres a nivel global. Si innumerables artistas y científicos se han escondido, por conveniencia, miedo o interés, otros, lo sabemos, son mercenarios que trabajan a favor de quienes les pagan. Dentro de esa basura humana que ha tenido oportunidad de dominar las manifestaciones artísticas y el conocimiento, también existen hombres y mujeres auténticos y extraordinarios, capaces de desafiar a los dueños de las fortunas y del poder, con el objtivo de defender la verdad, el derecho a la vida, las libertades y la dgnidad humana. Quienes aún poseemos la fortuna y el privilegio de contar con valores y practicarlos para bien propio y de los demás, en la incabable tarea de construir un mundo hermoso y pleno, tenemos la obligación, el compromiso y la responsabilidad histórica de crear e investigar con ética y respeto, siempre para beneficio de la humanidad. El arte y la ciencia, si son auténticos, tienen el compromiso irrestricto de invitar al bien, a la verdad, al desarrollo equilibrado e integral de la humanidad y de toda expresión con vida e inanimada, a la evolución. Y el arte y la ciencia, en manos de gente honesta y con valores, no están a la venta, y menos para causar sufrimiento en los demás. Al menos, yo no utilizaría mis letras y mis palabras, en la destrucción y en el engaño, y sobre todo cuando pienso que el arte es lenguaje de Dios, destello de la fuente de bien y luz.

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Preocupa tanto…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Preocupa tanto que a las generaciones de la hora contemporánea, la élite del poder económico y político las desmantele, en complicidad con medios de comunicación mercenarios e instituciones totalmente indignas de confianza. Cotidianamente les arrebatan sus ideales y sus sueños, interrumpen sus proyectos, vacían su esencia, endurecen sus sentimientos, acortan los días de sus existencias, colocan trampas, los entretienen con estupideces y superficialidades, manipulan sus pensamientos y los condenan a transformarse en marionetas y en títeres de un escenario que tiene dueños ambiciosos y perversos Diariamente presenciamos el infausto paisaje. ¿Reaccionaremos antes de que ocurra la deshumanización en el planeta? La mejor trinchera para defender a los niños, adolescentes y jóvenes es desde la familia, en el hogar, con ejemplos positivos, con la práctica del bien, la búsqueda del conocimiento y la defensa de la dignidad humana y la libertad, en ambientes de respeto, armonía, paz y amor, reforzada con la enseñanza, en la escuela, siempre que sus profesores sean auténticos, profesionales, éticos y responsables. Preocupa tanto, en verdad, que alguien -y muchos más- tenga interés en desarticular a la humanidad, a través de la niñez, la adolescencia y la juventud. Bastará con destruir a la generación del minuto presente para sepultar la esencia, la luz, lo que era tan nuestro, y transitar con ropaje manufacturado a la medida de hombres y mujeres enajenados, ausentes de sí, incapaces de crear y de soñar, distantes de sentimientos e ideales, empobrecidos racionalmente. ¿Eso deseamos? ¿Queremos retroceder? Los antagonismos, las desigualdades y el odio se acentúan, mientras las estructuras espirituales, mentales y orgánicas son manipuladas e intoxicadas por mentes y manos capaces de destruir masivamente a la humanidad. De eso no hay duda. Ya lo estamos viviendo, y lo peor no es presenciar y sufrir las atrocidades diseñadas e implementadas por alguien -y otros más-, sino callar y no defender lo poco que queda de nosotros.

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¿Paraíso o infierno?

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me asombra que tantos seres humanos anhelen, crean y sueñen un paraíso infinito tras su muerte física, en un ambiente de descanso y paz, al mismo tiempo que aquí, en el mundo, destruyen la naturaleza, contaminan, arrebatan, rivalizan, odian, ambicionan poder y riqueza sin fines nobles, critican, son violentos, se mofan y participan o respaldan guerras contra aquellos que no sienten ni piensan igual que ellos. Me parece contradictorio, estúpido y falso desear un cielo, un vergel, para reposo eterno del alma, mientras se colocan trampas mortales en contra de los más débiles, se les quita todo a los desposeídos y se consumen los días de la existencia con superficialidad, indiferencia al sufrimiento de otros, carencia de valores, ausencia de sentimientos nobles y estulticia. ¿Qué clase de criatura es ese porcentaje tan amplio de la humanidad que idealiza un paraíso tras su muerte física y hace de la Tierra, su único hogar temporal, un infierno? ¿Es lógico desear la vida, el bienestar, la salud y la felicidad, mientras se mata, se provocan enfermedades, se propicia el mal y se embiste a otros con dolor y tristeza? ¿Es razonable aspirar y soñar un cielo maravilloso, sublime e infinito, cuando la casa terrena es enlodada? ¿Qué clase de personas son aquellas que desean para sí un palacio y, antes de poseerlo, ensucian y destruyen la casa que habitan temporalmente?

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Encuentros y desencuentros en el colegio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Era pequeño e inocente, cuando la profesora, en el colegio, encolerizó y gritó, fuera de sí, totalmente descontrolada, por mis respuestas. Ordenó que me incorporara del pupitre que ocupaba y que de inmediato, sin titubeos, contestara sus preguntas, mientras los otros, mis compañeros, me observaban sonrientes y con mofa.

La maestra preguntó el motivo por el que había opinado, en el examen, que resultaba más aconsejable descifrar, comprender y asimilar lecciones de geografía e historia, que memorizar, a cambio de una calificación aprobatoria, continentes, países y sus capitales, fechas, nombres y apellidos de personajes, acontecimientos y guerras. Lo primero, dije, serviría para entender las conductas y las tendencias sociales, mientras lo segundo, en tanto, finalmente quedaría en la desmemoria y absolutamente desfasado ante nuevas realidades.

Rió burlona. Mis compañeros, respaldados por la mujer, carcajearon. Irónica, manifestó al grupo que yo, Santiago Galicia Rojon, al andar en las calles o en otras ciudades y naciones, sería un analfabeto e inculto al que habría que tomar de la mano para mostrarle los nombres de las avenidas, los jardines, las plazas y las urbes. Volvieron a reír. Escuché gritos colectivos, majaderías y silbidos, conductas indignas de una institución educativa.

Me resultaba complicado hablar, pero me atreví a explicar que en los siguientes años, ya en mi juventud y en mi madurez, la geografía sería diferente y quizá hasta las fronteras y los nombres de las naciones cambiarían. Ella pertenecía a una época que quedaría marcada en el pasado, en la historia, y yo, en cambio, pisaría otras tierras con distribuciones físicas y términos distintos.

Irascible, argumentó que demostraba atrevimiento e ignorancia, y que la ofendía al decirle que era una vieja que quedaría en el ayer. Simplemente, respondí que el mundo de mi juventud, de mi madurez y de mi ancianidad, sería diferente al suyo, y que si los nombres de los países cambiaban, era natural porque el mundo es dinámico y nada es permanente.

Mis compañeros mantuvieron silencio, en espera, tal vez, de que la profesora atacara de nuevo. Al demostrarle la inutilidad de la memorización de continentes y nombres de ciudades y países, transitó a la historia y expuso que sería tan ignorante, que ni siquiera conocería el significado de los días festivos y de las celebraciones nacionales.

Callé, pero exigió que hablara con la idea de arrojarme al escarnio, al coliseo, al anfiteatro, donde quedaría roto y destruido, envuelto en la basura y los escupitajos de la turba enardecida; sin embargo, al mirarme rodeado de sus fieras, cerca del patíbulo, argumenté que en otro tiempo, el de mi juventud y mi edad adulta, seguramente tendría capacidad para discernir entre la verdad y la mentira, con la fortuna, entonces, de identificar a la gente por sus obras, con sus luces y sombras, y no por ser estampas e imágenes de una farsa creada para engañar, manipular y controlar a una generación.

Insistí en marcar mi respeto al estudio, al conocimiento, y a ella, como profesora. No estaba de acuerdo con el enfoque de la educación; aunque, evidentemente, debía aprender y obtener el mayor provecho de la instrucción que recibía. Repliqué que se podría aprender demasiado sin necesidad de memorizar fórmulas, nombres, datos e información, generalmente sin procesar, como un robot que se programa y más tarde se desecha.

Me llevó, como otros días, a la oficina de la directora, no si antes golpearme con la regla de madera. Relató a la superiora, una monja, mi osadía de burlarme de ella y rebatir su enseñanza. La religiosa, a quien no simpatizaba a pesar de compartir detalles y motivos de la tierra nativa, me interrogó severamente, igual que lo haría, sin duda, cualquier tirano con poder, y repetí que carecía de lógica memorizar nombres de una geografía que cambiaría y de personas del pasado que, finalmente, eran catalogados ángeles y demonios, de acuerdo con los intereses oficiales de la época, respaldados por sus académicos e intelectuales, cuando lo más importante era, en todo caso, asimilar las lecciones, entender los sentidos y los motivos de la humanidad y su trayecto por el mundo.

Sumidas en su enojo e ignorancia, en su falta de dominio de sí y en su abuso de autoridad basado en su tamaño y en sus cargos dentro de la institución educativa, las dos mujeres -la monja y la profesora, la directora y la maestra- me escudriñaron, como pieza de laboratorio, y prácticamente montaron su espectáculo, un teatro grotesco, en el que ellas hubieran obtenido, en caso de estar presentes, los aplausos de mis compañeros, quienes innegablemente habrían mostrado sus colmillos.

Ellas se aferraron a que era un niño atrapado en los extravíos de la razón, ocrurente y loco, incapaz de asistir al colegio y estudiar con normalidad, como los otros alumnos, y yo, en tanto, con la defensa de mis argumentos -en casa, mi padre solía decir que los ideales genuinos se defendían, incluso, con la vida-, en una batalla, de su parte, por imponer la enseñanza por medio de sistemas y métodos desfasdos versus, de mi lado, la propuesta buscar e implementar mecanismos acordes a la época y congruentes con la realidad y el método cienfífico.

Definitivamente, no llegamos a un acuerdo y me castigaron. Horas después, en el portón del colegio, yo permanecía de pie, igual que otros niños, expuestos públicamente por haber orinado los uniformes o por conductas que parecían irracionales de nuestra parte. Recibíamos, entonces, el desprecio y el escarnio de la comunidad educativa.

Años más tarde, en mi etapa juvenil, enfrrenté una situación parecida con un profesor radical, quien militaba en un partido político de ideología extrema, en Europa. Pidió, en clase, que elaboráramos un texto relacionado con el contexto global y nuestra opinión personal. Cuando terminé la encomienda, le entregué el breve manustrito, como lo hicieron, en su momento, otros compañeros. Leyó mi texto en silencio, sonrojado, entiendo, por el coraje que le produjo mi planteamiento.

Con las hojas de papel en la mano, como quien sostiene basura, me preguntó que si estaba seguro de lo que había escrito. Mi respuesta fue afirmativa. Volvió a interrogarme y advirtió que si no cambiaba mi opinión, me reprobaría. Solo contesté que modificar mi opinión equivaldría a intentar transformar los procesos de transformaciones mundiales.

Amenazante con la idea de romper mi manuscrito, expresó “cómo es posible que un joven, en pleno siglo XX, trate de anticipar que el Muro de Berlín caerá y quedará como triste y vergonzoso recuerdo en las páginas de la historia, y que la Unión Soviética se transformará. No me convencen tus argumentos. La realidad humana no es sueño, joven poeta”.

El hombre me reprobó y condenó mi actitud y mi pensamiento, como años antes, en el colegio, lo hicieron la religiosa y la profesora. No transcurrió mucho tiempo después de aquel incidente, cuando el Muro de Berlín, en Alemania, fue derrumbado, mientras la geografía, en otras naciones, modificó sus fronteras, independientemente de que surgieron, a nivel internacional, tendencias orientadas a revisar la historia y denunciar la falacia de tantos capítulos respaldados por ciertos gobiernos y sus ideólogos, académicos e intelectuales.

Si hoy tuviera oportunidad de traer del pasado a la religiosa, a la maestra y al profesor, no fabricaría mi anfiteatro, como ellos lo hicieron. Simplemente les recordaría nuestros encuentros y desencuentros, en clases, y les aclararía con sencillez que mi idea no era, como suponían, aplastar el conocimiento ni tampoco considerarme superior ni desprestigiarlos, porque mi intención era proponer otros mecanismos y sistemas en la forma de enseñar. De nada o de muy poco sirve memorizar en un mundo cambiante, donde vale más lo real, asimilar las lecciones para entender la situación presente y no repetir errores.

Hoy, en el verano de mi existencia, insisto en el mismo mensaje. Estamos impartiendo educación, en diversas regiones del mundo, con herramientas anticuadas e impropias para que las generaciones de la hora contemporánea se preparen integralmente, asuman sus responsabilidades y afronten con éxito los problemas, las contradicciones y los retos que amenazan a la humanidad y parecen ensombrecer su presente y su mañana tan cercano.

No esperemos grandes humanistas ni científicos mientras continuemos empeñados en impartir educación desfasada, pobre, inadecuada y parcial, más proclive a obedecer intereses egoístas y a fabricar seres humanos alejados de su esencia, del bien, de la justicia, de la dignidad, del conocimiento puro y de la libertad, en un entorno en el que valen más las personas que rinden culto a las apariencias, a las cosas, a los temas superfluos y a poseer sin destino ni motivo.

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De pedazos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Estoy hecho de pedazos -fragmentos de cielo y trozos de barro, partes de aquí y porciones de allá, colores y fragancias de un lado y también de otro-, porque así, simplemente, es mi naturaleza. No tengo arraigo en el mundo porque conozco mi destino, mi ruta, mis detalles, mi encomienda; aunque reconozco que aquí poseo mis afectos y mis motivos, mis caminos y mis paseos, mis realidades y mis sueños, mi biografía presente y mis espisodios, mis apegos y mis relatos. Vivo en el destierro y extraño mi casa, mi origen, mi hogar, como añoro, igual, mi tierra nativa. Soy un fotastero en este plano, con fracciones de un sitio, otro y muchos más, como el reloj que exhibe en su rostro gajos de tiempo, minutos y horas disímiles, matutinas, vespertinas y nocturnas, diluidas no sé donde, o similar al navegante que trae consigo tantos mares y puertos. Con la memoria de incontables comarcas y rincones, en el mundo, ¿acaso pertenezco a un pueblo, a una ciudad, a una nación? Me es imposible negar la historia acumulada en mi memoria, en mi sangre, en el linaje que cada uno conservamos. Es imposible traicionar lo que forma parte de uno. Traigo segmentos de paraísos y de arcilla, de corriente etérea y de riachuelos, y aunque me cautiven las formas y me enamore de las cosas, sé que todo, aquí, es temporal, y que si quiero conquistar el infinito, la fuente de donde vengo, debo hacerlo, antes, conmigo. El sendero de regreso a la morada sin final, se encuentra en mí, comienza en mi alma, y se extiende al infinito, y mucho se relaciona con el bien y la verdad; pero el camino de la envoltura que traigo, con nombre y apellidos, es un viaje temporal, con sus alegrías y sus tristezas, su risa y su llanto, sus luces y sus sombras, y he de aprender, por lo mismo, a conciliar todos mis fragmentos para ser uno y llegar completo, real, auténtico, y así resplandecer al lado de quienes tanto amo. Estoy hecho de pedazos, de arcilla y de luz, de tierra y de cielo. He tenido que desmantelarme, una y otra vez, en diferentes ciclos, con la idea de volver a armar las piezas, unir las partes, y saberme completo.

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Al repasar mi biografía

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A mi padre y a mi madre

Al repasar mi biografía, mi historia, los otros días de mi existencia -los del ayer-, descubro en mi camino a mi padre, a mi madre, a los hombres y a las mujeres que coincidieron en mi ruta existencial y se distinguieron, sin presumirlo, por la luz que irradiaban, por el bien que hacían a los demás, por la enseñanza que trasmitían, por los consejos que daban, por saber escuchar, por sus gestos y sus sonrisas amables. por no dejar a la gente con hambre y con frío, por consolar a los más desfavorecidos, por su sencillez que contrastaba con su grandeza humana y algo más. Cierro mis ojos, sonrío y agradezco infinitamente la dicha de haber convivido con ángeles, con seres maravillosos y superiores, con esas criaturas que, por algún motivo infinito, Dios coloca entre millones de personas con el objetivo de que alumbren sus senderos y coadyuven a su evolución. Son ángeles, en un sentido muy especial de la palabra. Tuve la dicha de conocerlos y tratarlos, aprender de ellos e intentar, de alguna manera, emular su ejemplo. Aún existen tales seres humanos, quizá en menor cantidad, en un mundo cada día más materialista e indiferente, pero los hay. Es una bendición coincidir con ellos. Sus señales son inconfundibles: hacen el bien, entregan lo mejor de sí a los demás, enseñan, dan ejemplo con sus actos, aconsejan, escuchan, no abandonan ni traicionan, comprenden y no se mofan, muestran su amabilidad y a nadie dejan sin comer o sanar. Hay que buscarlos. Yo tuve la fortuna de vivir con dos.

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Al elegir el camino, se definen el rumbo y el destino

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Cuando se apaga una vida, en el mundo, se agrega de nuevo un alma y se enciende una luz en el infinito. Lloramos, con frecuncia, por la ausencia de las presencias físicas, por la gente que de pronto se retiró del sendero, sin recordar, acaso, que solo se trataba de una caminata y de un ensayo, de una prueba dentro de la finutud, una excursión terrena muy breve y temporal. Nos acostumbramos tanto a los encantos de la vida humana, que olvidamos la otra parte de nosotros, la que se encuentra en nuestro interior y tiene, por lo mismo, conexión con paraísos mágicos, con planos inmortales, con la Fuente Infinita. Es maravilloso experimentar los instantes, las horas y los años de la existencia en el mundo, dentro de una textura de arcilla que iremediablemente envejece y se transforma al pasar por una transición, prrincipalmente cuando la vida se experimenta en armonía, con equilibrio y plenamente, rumbo a la evolución; no obstante, es tan temido el final terreno, la llamada muerte, que, consciente o involuntariamente, desde los primeros minutos de la infancia, colocamos diques y capas de tierra a los recintos del alma para no encontrarnos con nosotros, con lo grandiosos que somos, y seguimos, entonces, cual náufragos en el destierro, una y otra vez, en ciclos que parecen interminables. Somos tan anbiciosos, egoístas e ignorantes, que hasta el concepto y la imagen de Dios es procesada y asimilada por nosotros de acuerdo con nuestros intereses, cuando se trata de algo superior que, incluso, es posible experimentar. La invitación toca a la puerta de cada ser y asoma a sus ventanas con insistencia. Nadie está peleado con las cosas materiales. Es legítimo, por ejemplo, aspirar a verdaderos niveles de bienestar y disfrutar al máximo lo que la vida ofrece en la Tierra. Al elegir el camino, cada hombre y mujer define su rumbo y su destino. Una vida que se experimenta en el mundo y, por añadidura, se dedica al bien, la verdad, la justicia, la dignidad humana, el respeto, la libertad y los valores, innegablemente trascenderá y, al apagarse en el mundo, será luz.

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A veces, cuando me siento tan ausente y roto…

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A veces, cuando me siento tan ausente y roto, cautivo tras los barrotes de las remembranzas, en estos atardeceres lluviosos y melancólicos, me refugio en las profundidades de mi ser, me encuentro conmigo en mi interior -en algún remanso de mi alma-, hasta que me restauro por completo y retorno con nuevas fórmulas existenciales, con las ocurrencias que me ayudan a vivir y con lo que están mío. A veces, cuando me descubro tan solo, en medio del mundo y de la vida, noto que todo ha cambiado y que en mis listas existen muchos faltantes, rostros y nombres que ya no están, voces y risas que no se escuchan desde hace días o meses, proyectos e ilusiones que quedaron abandonados e inconclusos al lado del camino, perfumes que apagaron sus encantos. A veces, cuando despierto en la noche y me siento tan solo, experimento el dolor de los hombres y las mujeres que se retiraron de la senda y, por lo mismo, dejaron la memoria de sus historias. A veces, cuando siento que me deshilvano irremediablemente, evoco mis otros días, los del ayer; los repaso y sonrío al pensar que, al menos, se justifica mi existencia, acaso por las huellas que he dejado -nunca son suficientes-, probablemente por los abrazos y el bien que compartí -aún necesito dar lo mejor de mí-, quizá porque todos somos compañeros de viaje y llegaremos al mismo destino, tal vez por tantas causas que aún no entiendo. A veces, cuando me sé atrapado en mis propias murallas y escucho la tempestad nocturna, duermo con la certeza de que habrá otros amaneceres y, en cada uno, por cierto, un detalle, un motivo, un deleite, un encanto, un despertar. A veces, al no reconocerme en las imágenes del espejo, hago un recuento de mi historia y recolecto los vestigios de mi existencia para así sentirme y, paralelamente, saberme yo. A veces, al dormir entre mis murmullos e inquietudes y mis pausas y silencios, en la soledad, en mi propio destierro voluntario, me tranquilizo al entender que algún día, a cierta hora, despertaré en la alborada de la inmortalidad, al lado de ellos, de ustedes, de los que fueron, de los que son y de los que serán, en una magistral y prodigiosa unidad.

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Alegría y libertad

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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La alegría y la libertad, parece, se refugian en las auroras y en los ocasos de otras fechas, cuando apenas ayer éramos poema y viento, lluvia y arena, cascada y río, y no sabíamos, por estar tan distraídos, que nuestra ruta conducía a destinos inciertos.

Por alguna causa -y muchas más-, la alegría y la libertad se volvieron encanto de apariencia irrecuperable -al menos es lo que pretenden que creamos quienes intentan atraparnos-, fantasías y sueños, añoranzas y suspiros, jeroglíficos indescifrables, piezas de museo, y ahora, desolados y tristes, los miramos naufragar y hundirse, lejos de nosotros.

Sin notarlo -así son las dosis de veneno cuando se aplican gradualmente, con cierta intencionalidad-, alguien -y muchos más- atrapó nuestras alegrías y libertades, presas desnudas y ultrajadas que padecen angustias y tormentos indecibles. Compramos, sin notarlo, promesas incumplidas, apariencias y trampas.

La alegría y las sonrisas, agotadas y rotas, son desdibujadas. Alguien -y otros más- las borra de nuestros rostros, las debilita de la naturaleza humana, las desmantela por completo, las desconecta del alma. Ante nuestras miradas de asombro y la pasividad de seres cansados por la monotonía y los acontecimientos terribles que se suceden unos a otros, propiciados por los titiriteros del circo humano, alguien -y muchos más- elimina lo que somos y lo que parecía de nosotros.

Ellos -y alguien más-, quieren que las personas -en masculino y en femenino, en mayúsculas y en minúsculas- destierren las voces y abracen los gritos, sepulten la alegría y las sonrisas, y coloquen epitafios dolorosos y tristes sobre sus ruinas y sus nombres. Pretenden que las multitudes desprecien la luz y la sustituyan, entre sombras, por lámparas que finalmente romperán o fundirán.

Alguien -y otros- sabe que si esclaviza la libertad, mientras enferma, aterra, enfrenta y mata a la gente, la dignidad, los sentimientos nobles, la originalidad, el amor, la verdad, el bien, la inteligencia, la creatividad y todo lo maravilloso de los seres humanos -luz y arcilla, alma y cuerpo-, se exraviarán y solo flotarán despojos mediocres, desgarrados, incapacs de restaurarse, transformados en maniquíes y en títeres en serie.

No obstante, si alguien -y otros más- pretende y ambiciona cortar y destruir nuestra alegría y libertad, con todo lo que significan, nosotros aún poseemos capacidad y fortaleza para cerrarles las puertas y las ventanas e impedirles el paso. Somos más, en número y, aunque no seamos dueños de fortunas inmensas que corrompen gobiernos, ejércitos criminales, redes sociales perversas y medios de comunicación mercenarios, tenemos capacidad de resurgir de los escombros, valorarnos y enfrentar las guerras, los ataques y los ensayos actuales con fórmulas pacíficas. Ellos -y alguien más- temen a los valores, a los sentmientos, a la razón, al despertar, a las familias, al amor, al bien, al conocimiento masivo, a los ideales. Poseemos los elementos para derrotarlos y parar su locura, sin necesidad de violencia.

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Cuando el ser humano ya no era río

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-Miro un cauce con arena, piedras y varas secas. Dicen mis amigos que sus abuelos les han relatado que aquí era un remanso similar al paraíso que los más viejos de nuestra raza, hace muchos años, creían que existió, y que, en este sitio, precisamente, se sumergieron en el agua que corría, nadaron libres y dichosos, pescaron y disfrutaron paseos inolvidables, antes de poseer un número de control que bloqueó sus identidades. ¿Recuerdas alguna imagen lejana de este lugar? ¿Cómo era? ¿Realmente existieron los ríos? -preguntó el joven a su padre, mientras caminaban agotados, sedientos, en busca de algún árbol frondoso.

El hombre, sorprendido, volteó atrás, a los lados, al frente, como para cersiorarse de no ser escuchado y reprendido o castigado por los agentes del Régimen. Observó a su hijo, casi a hurtadillas, y se cuestionó si en verdad estaría planteando una pregunta sincera o si se trataba, como en tantos casos, de una trampa para delatarlo, arruinar su expediente y acelerar el fin de su existencia.

-Contesta, papá -insistió el muchacho-. No temas. Soy incapaz de causarte daño. Habla con confianza.

Nuevamente, el hombre miró a su hijo.

-Supongo que he roto las reglas, papá -confesó el joven-. Estoy preocupado y temeroso porque desde hace meses ingresé a hurtadillas a los archivos secretos del conocimiento. Sabes, como yo, que el Régimen lo prohíbe y aniquila sin misericordia a quienes se atreven a hurgar sus dominios.

Asustado por las revelaciones de su hijo, el padre no caminó más. Comprendió que su hijo, inquieto como él lo fue en la juventud, había quebrantado las leyes y las reglas del Régimen y que, en consecuencia, ambos se encontraban en riesgo de ser descubiertos, aprehendidos, martirizados y asesinados.

El Régimen era autoritario e intolerante, implacable y cruel. A sus dirigentes, inaccesibles a la gente, en el mundo, porque vivían en paraísos amurallados, les molestaba que cualquier hombre o mujer descubriera y explorara su interior, hasta reencontrarse consigo, con su alma, con sus sentimientos, y con la razón. Todo estaba diseñado para no sentir ni pensar con libertad. El alma y la razón estaban sometidos en mazmorras hediondas y oscuras, donde los gritos se volvían silencios torturados.

Padre e hijo fingieron indiferencia. Caminaron, igual que tantas personas lo hacían en sus días de asueto; pero se sabían complices y guardianes de un secreto, o tal vez más. La gente creía divertirse y ser feliz con lo que los funcionarios del Régimen les ofrecían, acaso porque sus recuerdos naufragaban en la desmemoria, probablemente por formar parte de generaciones recientes, quizá por el aprendizaje de sentir, pensar y actuar en serie, al gusto y de acuerdo con los interess de la élite, o tal vez por sentirse rotos, frágles e incompletos.

La risa, los juegos, las diversiones, las relaciones entre parejas y familias, los encuentros amistosos, todo estaba regulado por horarios y relojes estrictos, igual que el estudio, las obligaciones y el trabajo automatizado. Nada escapaba a la supervisión de los señores del poder, quienes eran dueños de la humanidad, de los territorios, de las riquezas y de la naturaleza del planeta.

El padre condujo al joven hasta un remanso apacible, lejos de la multitud, con la idea de hablarle:

-Hijo, reconozco tu valentía y tu decisión de ser libre y pleno. Corres peligro, igual que yo. Seguramente, el Régimen ya registró nuestra conversación sobre temas prohibidos y nos eliminarán. Antes de que eso ocurra, te invito a no rendirte, a luchar y a negarte a ser esclavo, aunque te sientas desgarrado… Es verdad, el agua era un regalo de Dios, de la creación, de la vida, de la fuente infinita; pero nosotros, los seres humanos, la contaminamos, la robamos, la desperdciamos, hasta que se agotaron los manantales, las cascadas, los ríos, los lagos, los esteros, abundantes en expresiones de la naturaleza, que tampoco existen porque las exterminamos. Cubrimos los poros de la naturaleza con cemento, plástico y concreto, y también, sin sospecharlo, sepultamos nuestra conciencia, los sentimientos más bellos y nobles, los ideales, el bien, los detalles, los pensamientos, las ilusiones, los sueños. Permitimos, sin darnos cuenta, que ellos, la élite del Régimen, con todo su poder económico, militar y político, en alianza con medios de comunicación mercenarios y gobiernos corruptos e ineptos, idiotizaran a las multitudes, enajenaran a la gente, arrebataran el amor y los sentimientos, desintegraran familias, borraran sonrisas, rompieran sueños e ideales, denigraran la libertad y destrozaran la alegría y la dignidad. Ofrecieron al mundo un supuesto paraíso en el que parecía factible consumir, satisfacer apetitos primarios, arrebatar, engañar, triunfar de acuerdo con los códigos de las apariencias, las superficialidades y la estulticia. Los grandes rebaños humanos, las multitudes, fueron enajenados, hasta ser controlados. Exterminaron sentimientos nobles, unidad familiar, ideales, sueños, ilusiones, detalles, raciocinio, que suplantaron con existencias monótonas y vacías, deshumanizadas y autómatas, estúpidas y controladas.

El joven escuchó, aterrorizado y en silencio. Su padre continuó, apresurado, como si supiera que sus palabras tenían que ser directas y breves, auténticas y reveladoras, antes de ser descubierto y eliminado por los agentes del Régimen. Prosiguió:

-Incontables gotas formaban corrientes, ríos caudalosos que regalaban vida, colores y sabores, alegría y paraísos. Eran pedazos de la fórmula de Dios. El agua que fluía y por sí sola se mantenía transparente y pura, semejaba los ideales, la libertad, los sentimientos, el bien, la verdad, el amor. Sé como el agua, libre y pleno, auténtico y digno. No permitas, por ningún motivo, que te sometan porque morirías, igual que ocurrió con el agua que permaneció estancada en las orillas, pútrida y ennegrecida.

El hijo intentó ayudar a su padre, quien de improviso sintió desfallecer ante la falta de oxígeno y la celeridad de los latios de su corazón. El Régimen descubrió su atrevimiento y su traición, conducta que propició su martrio, agonía y muerte.

-Huye de aquí, hijo querido. Refúgiate lejos. Bloquea el sistema que los científicos del Régimen diseñaron para vigilar y controlar a cada ser humano, en el mundo, y no permitas que te destruyan. Busca a otros hombres y mujeres que compartan el anhelo de la libertad, el bien y la verdad, y estén dispuestos a luchar contra el Régimen. Sé como la gota de la lluvia, del mar, de los lagos y de los ríos, unida a otras, por millares o millones, y juntas, fortalecidas, en torno a un proyecto común, rompan las compuertas que mantiene a a humanidad esclavizada, enajenada, manipulada y controlada.

El muchacho titubeó. De alguna manera, al encontrarse consigo, había descubierto sus sentimientos adormecidos, la nobleza del alma sometida al martirio y al encierro; pero el padre lo empujo con el objetivo de que salvara su vida, bloqueara las señales del Régimen y luchara por la libertad y el rescate de millones de seres humanos.

-Vete, hijo. Déjame aquí. Voy a morir. Sálvate y sé la gota de agua que atraiga millones, hasta que las paredes y las rejas del mal, sean destruidas. Este cauce seco que hoy contemplas, un día fue paso de millones de gotas de agua, convertidas en río, capaces de dar vida y regalar colores, fragancias, sabores y formas. Sé, con otros, el agua transparente, pura y fuerte que retorna a los cauces para cambiar los rostros de muerte por semblantes de vida.

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