No hay tiempo para despedirnos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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No hay tiempo para despedirnos. Simplemente, en algún momento insospechado, abandonamos a la gente que tanto amamos, las cosas que acumulamos, el paisaje en el que estábamos, y nos vamos en silencio a otras fronteras, a un plano que la mayoría supone y asegura que es superior e infinito.

Un día, a cierta hora y en cualquier minuto de la noche, la madrugada, la mañana o la tarde, uno parte y renuncia, incluso, a su cuerpo, a la envoltura de arcilla, a su apariencia, a su biografía, a su historia, porque no hay tiempo para abrazos y despedidas. La muerte, créanme, es impaciente.

Incontables personas, en femenino y en masculino, se enamoran y se aferran a las apariencias, a las superficialidades, a las cosas pasajeras, que olvidan vivir felices y en armonía consigo y con los demás, con equilibrio y plenamente. No se percatan de que cada segundo, por insignificante que parezca, es irrecuperable y contribuye a acortar el lapso entre la aurora y el ocaso.

Las hojas y los frutos caen de los árboles, igual que la gente se separa del camino y se ausenta de la excursión terrena. Como las flores que, con asombro e inesperadamente, ven marchitar la textura de sus pétalos y descomponerse el perfume que tanto cautivaba, los seres humanos se miran, alguna vez, perplejos, aproximarse hacia el final de su recorrido por el mundo.

Tarde decidimos sentir las gotas de la lluvia mientras corremos por el césped, hundir los pies en el fondo arenoso de un riachuelo y abrazar un árbol, contemplar el paisaje, respirar profundamente, escuchar el himno de las aves y el susurro del viento, admirar las estrellas y, lo más grandioso y extraordinario, comunicarnos con nosotros, en nuestro interior, expresar amor a la familia que tenemos y a la gente que nos acompaña, hacer el bien, dar lo mejor de sí, agradecer, sonreír y practicar, cada instante, una existencia de virtud modelo.

No hay tiempo para rencores, injusticias, desamores, tristezas, egoísmo, enojos, maldad, superficialidades, miedo y estulticia. La ambición es natural y justa, pero enferma y aniquila cuando se vuelve desmedida. Algunos dedican los años de sus existencias a conseguir más de lo que les daría paz y estabilidad, y acarician un diamante o un rubí y maltratan a un niño, a un anciano, a un enfermo, a un pobre, sin importarles destruir la naturaleza ni desequilibrar al mundo.

En verdad no hay tiempo. La vida es tan breve, que, entre un suspiro y otro, se fuga. Apenas hay etapas para amar y trascender con el bien y la verdad, o, al contrario, para hundirse en el lodazal y condenarse al extravío.

Ahora que es posible, solicitemos perdón a quienes hemos lastimado, abracemos sinceramente, amemos desde la profundidad de nuestras almas, regalemos sonrisas y lo mejor de nosotros, desterremos la maldad y la tristeza, eliminemos el odio, y seamos parte de una historia cautivante, hermosa e inolvidable. Es por nuestro bien, ahora que hay oportunidad de hacerlo.

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Éramos sorprendentes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Éramos increíbles, grandiosos y sorprendentes. En la niñez, adolescencia y juventud, aprendimos a enfrentar y solucionar adversidades, obstáculos y problemas. Nos enseñaron a no darnos por vencidos, a observar y a analizar, a insistir, a luchar, a intentar una y otra vez. Y así nos forjamos. Supimos esperar. Entendimos que todo tiene una razón, un sentido, una encomienda. Si deseábamos saber más acerca de un tema, debíamos trasladarnos a una biblioteca o con la gente que conocía, investigar, preguntar, escudriñar, porque no existían sistemas ni aparatos que llevaran a la gente, como ahora, a toda clase de información. Hasta llamar por teléfono, desde la calle, implicaba buscar una caseta pública, esperar en la fila y depositar la moneda correcta. Y si, por algún motivo, no prendía el motor del automóvil, aunque fuera nuevo, lo empujábamos y lo hacíamos arrancar. Sabíamos desarmar una bicicleta y reparar la ponchadura de llanta de un vehículo. No éramos tan frágiles como los adornos de cristal y porcelana que, al caer al suelo, se fracturan o se despedazan, porque si, por alguna causa, nos sentíamos desgarrados, curábamos nuestras heridas, vencíamos los dolores y seguíamos adelante, y aún así conservábamos los sentimientos nobles, el bien, la verdad, la nobleza, los valores, la razón y los sueños. No culpábamos ni responsabilizábamos a otros de nuestros fracasos, culpas y responsabilidades. Así crecimos, y éramos sorprendentes. Nos respetábamos y también lo hacíamos con nuestras familias, con los ancianos, con los más débiles y con la gente que permanecía alrededor. El malo, el desleal, el deshonesto, el mentiroso, el cruel, eran identificados de inmediato y se les evitaba. La gente buena no trataba de normalizar los temas negativos. A veces, hasta con un alambre reparábamos las cosas. Nos gustaba destacar sin lastimar a los demás. Admirar la bóveda celeste, pletórica de estrellas, o escuchar el murmullo de las cascadas, de los ríos y del viento, al acariciar, en el bosque o en los jardines, las frondas de los árboles, enriquecía nuestras existencias. Sabíamos que las superficialidades eran eso, cáscaras que un día, a cualquier hora, se descomponen. Las cosas pasajeras tenían su utilidad y si vigencia, pero no se les idolatraba. Sabíamos divertirnos y claro que nos encantaba lo que estaba de moda; pero teníamos muy claro lo que deseábamos en la vida. No llorábamos ni escandalizábamos, ni tampoco sentíamos estar rotos, por el simple hecho de suponer que las palabras nos excluían ni porque alguien opinara contrario a nosotos. Hacíamos que las cosas funcionaran. Realmente, lo admito y lo confieso, fuimos asombrosos e irrepetibles.

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Christian David

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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¿Quién es Christian David? Es un hijo muy admirado y querido, un joven extraordinario, un hombre que merece ser feliz y realizarse plenamente como ser humano. Me siento orgulloso de él porque es educado, respetuoso y honesto. Estudió y se formó como Economista, con todo el esfuerzo, la disciplina y el sacrificio que implica, en la hora contemporánea, superarse, tratar de ser diferente y alcanzar la excelencia. Ajeno a superficialidades, vicios, tonterías y maldad, es una persona amable, culta y bien intencionada. Dichoso el hombre, como él, que cultiva, durante su existencia, el bien, los sentimientos nobles, el conocimiento y la razón. Sé que un joven como él, debe sentirse feliz y libre, auténtico e irrepetible. Christian David es un hijo inolvidable, una de esas personas que cautivan por su esencia y su forma, un joven por el que uno es capaz de dar pedazos de vida. Quiero abrazarlo al natural, mirar sus ojos de frente, en silencio, y expresarle mi cariño, decirle que me siento orgulloso de él, que por algo maravilloso y subime somos personajes de una historia y que el amor, cuando es real y viene del interior, lleva a rutas infinitas. Christian David es un buen hijo, un joven agradable, un hombre ejemplar. Me siento agradecido.

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El peligro inminente

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me preocupa que sean las generaciones jóvenes quienes estén participando en la destrucción de las bases y los principios que sostienen y dan sentido a cada persona, familia, grupo y pueblo. No me refiero a alguna religión específica ni a la moral de apariencias y simulación; hablo de valores que trascienden modas y tendencias del pensamiento y de la conducta. El plan y la intención de quienes forman parte de la élite que pretende ser gobierno global, es, precisamente, eliminar toda clase de principios orientados al bien, la verdad, la justicia, la originalidad, la iniciativa, el respeto y la dignidad humana, los cuales minimizan y ridiculizan, a través de películas, programas y series de radio y televisión, y contenido y mensajes en internet y en redes sociales, con la intención de normalizar los temas negativos y vaciar a la gente, sepultar sus sentimientos, sus capacidades, sus talentos, sus aspiraciones y sus anhelos, a cambio de engaños y superficialidades que, más tarde, al no tener obstáculos al frente, les arrebatarán para imponerles un esquema de control y explotación. Desde hace décadas, aplican la ley de gradualidad con una intención malsana. Lamentablemente, los progenitores de tales generaciones -también jóvenes-, justifican lo que acontece, se encuentran manipulados y tienen otros intereses. Y no se trata de volver al pasado ni de recolectar herramientas educativas que hoy ya no son aplicables, sino de enmendar todos los errores y diseñar rutas hacia el desarrollo pleno e integral, acorde a las necesidades y a los retos que plantean los signos de la hora contemporánea. En medio de la desintegración familiar, la corrupción y el quebranto de diversas instituciones, la deshonestidad, las enfermedades, la violencia, los crímenes, la escasez, lo baladí, la mediocridad, las enfermedades y el mal, los niños, adolescentes y jóvenes se están acostumbrando a las migajas que les ofrecen cotidianamente quienes pretenden ejercer el dominio absoluto del mundo. Afortundamente, existen jóvenes que todavía conservan principios y están conscientes de la importancia de impedir que la humanidad se desmorone; sin embargo, no son mayoría para enfrentar la terrible amenaza que parece inminente ante la pasividad generalizada. Junto con la gente joven, estamos presenciando el resquebrajamiento social con una pasividad e indiferencia que nos mantiene atados e inmóviles. Estamos asistiendo, casi sin darnos cuenta, a uno de los espectáculos más escalofriantes: el de la mutación natutal del ser humano a la criatura virtual que todo lo desecha y, ante las pruebas, es reducido a su realidad insignificante. ¿A dónde podrá llegar una generación humana a la que se le programa y automatiza para seguir una ruta existencial que resulta tan irreal como su incapacidad de sentir, pensar y soñar? ¿Seguiremos encadenados a la pasividad que es cómplice de lo que otros están haciendo en perjuicio de las generaciones del minuto presente? ¿Eso es lo que deseamos para nuestros descendientes? ¿En verdad deseamos una generación de personas intolerantes a la realidad natural, incapaces de acciones tan sencillas como destapar una lata o una botella, entregadas, ciegamente, a una existencia vacía?

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Y si un día

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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A mis descendientes, a mi familia, a mis amigos

Y si un día ya no estoy aquí, contigo, quiero que, en vez de llorar, leas los textos que escribí, para que así me sientas cerca y sepas que te estoy hablando. Y si, en algún momento de tu existencia, percibes mi ausencia, hojea las páginas con fragancia a papel y tinta y deja que su perfume te envuelva, hasta que coincidamos en alguno de sus parajes y, juntos, caminemos por los senderos y las rutas que se encuentran en cada letra, las cuales, por contener tanto de mí, te regalarán mis abrazos y mis consejos con el amor que te tengo. Y si, en alguna hora insospechada, cae la noche y me desvanezco, cierra tus ojos y sumérgete en las profundidades de tu ser, en tu esencia, donde te estaré esperando con la intención de mostrarte el oleaje que lleva a la fuente infinita. Y si en alguna fecha incierta, al amanecer, ya no me miras ni me escuchas, no olvides que mis voces y silencios se mezclarán con el lenguaje de la naturaleza, con los códigos de la vida, con los signos de la creación. Y si alguna vez, tras concluir mi presente ciclo en el mundo, no me sientes, toca los pétalos de las flores -orquídeas, tulipanes, rosas- y, al percibir su textura, experimentarás mi cercanía y sabrás que nunca te abandonaré. Y si cierto instante sufres por las ocasiones que dejamos de convivir, desecha el arrepentimiento, la tristeza y el dolor porque cada uno, en la caminata de la vida por el mundo, tiene sus motivos, sus sendas y sus razones; pero en la esencia -y tú lo sabes-, nos amamos y compartiremos, una vez superados los destierros que nos ponen a prueba y hacen crecer, la dicha de una existencia plena e infinita. Y si una tarde, mientras llueve torrencialmente, sopla el viento y los relámpagos desgarran las nubes plomadas y ennegrecidas, sientes que te desmoronas, no llores ni sufras por lo que ya pasó y forma, en consecuencia, parte de tu historia; fortalece tu ser, sé grandioso e irrepetible, derrama el bien y la verdad, y nunca actúes con maldad ni con injusticia, para que así, al llegar a la hoja postrera del libro de tu existencia, mires atrás, feliz y satisfecho, las huellas que dejaste en el camino y los puentes y las rutas que diseñaste y construiste durante tu andar por las estaciones de la vida. Y si en determinado instante piensas que todo ha acabado, no dudes en abrir las ventanas de tu ser y de tu casa, mirar a tu alrededor y recordar que la vida es incesante. Y si un día crees que ya no estoy contigo, siénteme, en tu interior, a través de tu alma, de tu esencia inmortal, y, afuera, en los rumores del viento, en la lluvia, en los colores de las flores y en el oleaje del mar. Prometo, por así saberlo, que nuestras almas siempre permanecerán inseparables y dichosas. Y si un día.

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Otro de los temas preocupantes

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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… Otro de los temas preocupantes es que las generaciones de la hora contemporánea, al nacer, ya se encuentran inmersas en ambientes locales, nacionales y globales de ausencia de amor y de bien, desbordantes de odio y de violencia, maquillados de asuntos, modas y tendencias que parecen ser la verdad, carentes de sentimientos nobles y de racionalidad. Quienes nacen, en los minutos actuales, se acostumbran, por tratarse de su época y de lo que está a su alcance, a la escasez, las crisis económicas, las guerras, las enfermedades contagiosas y el control de los más poderosos a los más débiles. No saben que alguna vez hubo alegrías, creatividad, ilusiones, libertad, originalidad y sueños. No disponen de elementos de comparación. La gente que pudo relatarles cómo era el mundo apenas unos años antes, ya murió o anda ocupada en diferentes asuntos, independientemente de que, a través de los medios de comuicación y las redes sociales, les enseñan a no respetar a los adultos y a desechar lo que les parezca caduco. La superficialidad, con sus estupideces y ligerezas, resulta tan pesada y tóxica, que cubre e impide sentir desde el alma y razonar. Nadie se atreve a denunciar públicamente lo siniestro del proyecto de dominar el mundo y someter a la humanidad. Y a los que lo hacemos, nos descalifican. Por favor, quienes aún se encuentren completos, espiritual y mentalmente, hablen, despierten y guíen a las generaciones actuales. Impidamos que una élite perversa se apodere de las voluntades y del destino humano. No acostumbremos a los niños y a los adolescentes al mal, al odio, a la superficialidad, a la falta de sentimientos nobles y de raciocinio. Si cada adulto se comprometiera a inculcar valores, sentimientos e ideas a los niños y a los adolescentes, sumaría y multiplicaría el bien y la verdad, hasta desvanecer al grupúsculo que, a nivel mundial, ambiciona controlar a millones de hombres y mujeres. Los niños, los adolescentes y los jóvenes permanecen envueltos en el mundo y en la realidad que les han fabricado, de la cual todos somos, en parte, responsables. Resulta perentorio despertarlos, inculcarles valores, hablarles con la verdad, antes de que la noche más oscura y desolada llegue a sus existencias.

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El otro contagio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Me parecen graves, mezquinas, preocupantes y tramposas las enfermedades de la hora contemporánea, diseñadas y creadas en laboratorios mecenarios de la ciencia, que, más tarde, son disueltas en el ambiente con la intención de afectar a la humanidad y, adicionalmente, debilitar a las generaciones de niños, adolescentes y jóvenes, y acostumbrarlos a una realidad terrible de dolor, escasez, dependencia, inutilidad, miseria, tristeza y muerte; sin embargo, siento mayor coraje, pesar y mortificación ante el otro contagio, el mal que desgarra los sueños y las ilusiones, aplasta los sentimientos, destroza el raciocinio y las ideas, y contamina el bien y la verdad. Y es que si las enfermedades de laboratorio atrofian los organismos y tienen capacidad de propiciar la muerte, el otro mal, el que atenta contra los principios y los valores, la creatividad y las libertades, los sueños y la originalidad, el amor y la honestidad, la alegría y las ilusiones, la dignidad y la justicia, es imposible combatirlo si ataca y carcome a las personas. Y ese plan dañino, perverso, irreversible y tóxico, que una élite poderosa, a nivel global, aplica gradualmente, desde hace años, con cierta intencionalidad, no tiene vacuna ni tratamiento. Una vez que el alma es sepultada y se vacían los sentimientos y el raciocinio de la gente, se le transforma en marioneta, en títere, en criatura desprovista de decisión, voluntad y sentido. Esa es la verdadera pandemia. Los grupúsculos que ambicionan el poder y el control del mundo, respaldados por sus mercenarios -científicos, intelectuales, gobernantes, militares, empresarios, multimillonarios, políticos y medios de comunicación-, han distorsionado la realidad humana, alterado la trama de la vida y normalizado el mal y lo negativo. Rompieron a las familias, las enfrentaron, como lo hicieron, igualmente, por medio de su cruel juego de los opuestos, con la generación de odio y violencia. Quebrantados el bien, la verdad, la justicia, la dignidad, los sueños, el ingenio y las libertades, hombres y mujeres se transforman el trozos de maquinaria humana a la que se puede manipular cual marioneta, controlar y explotar sin escrúpulos. Y para ellos, que se apropiaron del mapa de la humanidad, la niñez, la adolescencia y la juventud del minuto presente, son el rebaño de prueba que sacrificarán con el objetivo de establecer reglas injustas, decidir el rumbo de los pueblos y marcar e imponer un nuevo modelo que favorecerá a una minoría y embestirá a millones de hombres y mujeres. Ese es el contagio, la enfermedad, la terrible pandemia que atenta contra la aldea humana.

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Julio

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Apenas ayer iniciaba el año, con tantos anhelos y temores, con las páginas en blanco para dibujar y escribir nuestras historias, al lado de envolturas, regalos e ilusiones que quedaron a un lado ante el paso de las horas y de los días, y hoy, sorprendidos, vemos que es julio, mes que, en su madurez, sabe que es una estación de paso y que, alguna vez, en cierta fecha, se marchará sin voltear atrás. Permanece en sus silencios, en su caminata si tregua, en esos sigilos que poseen un lenguaje que casi nadie comprende. Si no es invención humana para medir y ordenar sus existencias y sus actividades, el tiempo, dicen, transcurre inevitablemente, cuando se trata, parece, de una sucesión de ciclos. Son luces y sombras vinculadas, materialmente, a lo que la gente llama nacimiento y muerte, lozanía y envejecimiento, porque, después de todo, las estaciones retornan, una y otra vez, desapegadas a afectos, romances y enamoramientos. No les es permitido quedarse. Notamos que los minutos, los días y los años marcan nuestros rostros y encanecen el cabello, y suponemos, en consecuencia, que es el tiempo. Y realmente son las estaciones de la vida, los ciclos de la existencia, la experiencia que tenemos, el paso por un mundo de temporalidades, que ofrece la alternativa de perderse y caer en hondos vacíos o descubrir el sendero hacia rutas y destinos esplendorosos e infinitos. Así que ya es julio y no es que el año envejezca y se aproxime a su inevitable agonía; somos nosotros quienes llegamos, alguna vez, a un mundo pasajero que prueba nuestra evolución y del que, generalmente, queremos arrancar y atesorar pedazos, apoderarnos de sus bellezas y de sus cosas, a pesar de saber que todo se quedará al partir. Culpamos al tiempo de la vejez, de los descalabros, de las enfermedades, sin percatarnos de que somos nosotros los responsables de lo que sufrimos o gozarnos, de acuerdo con la frercuencia y los niveles con que vibramos durante la vida. Es julio y se marchará. No es que se acabe el año; somos nosotros quienes navegamos, casi imperceptiblemente, hacia la otra orilla. Hay que saltar la cerca de la amargura, el enojo, la frustración, la ignorancia, el mal, el miedo, el resentimiento y la tristeza, para disfrutar, una vez liberados, la alegría, el amor, el bien, la salud, la verdad y la vida armónica, equilibrada y plena. Julio se irá. Quienes permanezcamos otro rato en el mundo -instantes, horas, días, años-, no debemos esperar el retorno de lo que se fue, de lo que quedó en el ayer; al contrario, tenemos el reto de incorporarnos de la banca en la que estamos sentados e ir al encuentro de un destino grandioso.

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Vete de mi lado

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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-No te quiero a mi lado. La vida humana es tan breve, que apenas uno dispone de tiempo para hacer algo grandioso, dejar huellas indelebles y evolucionar. Te equivocas conmigo. No dispongo de días para atenderte. Vete lejos, al destierro, sin causar daño. No pretendo alojarte en mí- advertí, enérgicamente, al coronavirus que, desde hace tiempo, me espía y pretende sorprenderme en la esquina, en las calles, en el parque, en cualquier sitio insospechado.

Desde su diseño y creación, en laboratorios de científicos mercenarios, patrocinados por una élite perversa que intenta apoderarse de la humanidad y del mundo, en un debut grotesco que, en 2020 y 2021, asesinó y afectó a millones de personas, el coronavirus ha intentado acercase a mí, coquetearme y tender redes mortales; pero no me simpatiza y no lo deseo a mi lado ni cerca de mi familia ni de la gente que tiene derecho a la vida. Es una porquería que se encuentra al nivel de quienes lo diseñaron, inventaron y dispersaron en la geografía mundial.

-No. Definitivamente no te quiero. Eres un criminal e invasor que, disfrazado de forastero, sirves a intereses mezquinos. Tu presencia no es grata. Regresa con quienes te inventaron y diles que aquí, en el planeta que desean saquear, todavía existimos hombres y mujeres que no nos doblegamos ni nos amedrentamos ante los fantasmas y las sombras que otros, en la oscuridad, crean con la intención e aterrorizar y convertirnos en simples marionetas sin alegría, sentimientos, ideas y sueños- le expreso, racional, al coronavirus, y le cierro las puertas y las ventanas para dejarlo sin opción de asomarse.

Y así sigo, con mi familia, mis amistades y la gente que me rodea, protagonizando una historia que anhelo sea grandiosa e inolvidable, en busca cotidiana de la fabricación de una biografía plena e irrepetible que derrame amor, bien, conocimiento, mientras el coronavirus permanece escondido en los rincones, en los pasillos, en cualquier lugar, para atacar el menor descuido. Es traidor y despiadado.

-Siento tu presencia. Sé que nuevamente te dispersaron en el ambiente. Vuelves a atacar con uno de los tantos rostros que tienes. Tu nueva versión pretende llevar, nuevamente, a incontables personas a la cremación, a la sepultura, donde yo te depositaré si intentas tocar a mi puerta- advierto al coronavirus-. Y conste que no es amenaza ni declaración de guerra. Ni siquiera te necesito para valorar y entender la vida porque la amo incondicionalmente. Sencillamente, tú tienes el descaro de acosar, invadir y enfermar a hombres y mujeres de cualquier edad, sin respeto, brutal como eres, igual que tus patrones. ¿Ya olvidaste que dos años antes te sentía venir? Retírate de nuestro camino. Nosotros elegimos un destino luminoso, un sendero grandioso; tú, en cambio, acechas, cobarde y escondido, en los caminos inciertos de la vida.

No ignoro que, en sus primeras versiones, en su presentación estelar, atentó contra las otras generaciones, las de las personas mayores, y a muchos los asfixió sádicamente y los hizo sufrir. Rompió familias. Destruyó sueños, ilusiones y proyectos. Desdibujó sonrisas. Alteró estados de ánimo, sentimientos, planes, anhelos, creatividad y pensamientos. Causó mayor cantidad de dolor, mal, estragos y desgracias que las bombas, evidentemente con el apoyo y la participación de una élite dominante y sus mercenarios y servidores los científicos, los medios de comunicaciión masivos y los líderes, entre otros.

-¿Acaso crees que permitiré que raptes la alegría, el bienestar, la salud y la vida de mi familia y de la gente que amo? ¿Pretendas que me rinda y te diga, oh, señor, ganaste la batalla, diles a tus creadores que me anoten en sus estadísticas y que de hoy en adelante he perdido la voluntad? No eres mi invitado. Tu presencia no es grata.

Escucho sus pasos y su respiración en la azotea, en el jardín, en cada espacio, acaso porque desea robar mis suspiros, probablemente en un intento de romperme y quebrantar a mi familia, quizá con la intención de que renuncie a la inspiración artística y a la tinta y al papel, tal vez por ser su función y su tarea destruir. Está hecho para causar sufrimiento.

Me persigue, como a ti, a ellos y a ustedes. Está atento a mis sentimientos, a mis palabras, a mis acciones, a mis pensamientos. Busca poros y ranuras para entrar exabrupto; pero desconoce -al fin consecuencia de la invención de seres humanos transformados en deidades- que la Mente Infinita, a la que pertenece mi alma, actúa y desvanece sus conspiraciones.

-No estoy distraído ni enajenado con la seducción de las redes, la estulticia y las superficialidades, y eso, coronavirus, no te agrada y disgusta a tus creadores. Aléjate de mi familia y de mí. No molestes a la humanidad. Somos libres y tenemos derecho a la felicidad y a realizarnos plenamente. Retorna a quienes te fabricaron. ¿Te gustaría permanecer sepultado y escuchar, en la profundidad de la tierra, el susurro del viento, el canto de la lluvia, o sospechar que afuera, en la superficie terrena, la naturaleza pinta sus paisajes con los tonos más bellos y que las flores, perfumadas, se expresan incansables? ¿Quieres ser polvo mientras la vida renace cada instante y palpita incesante al ritmo de la esencia infinita?

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El encanto de los pequeños charcos

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Al caminar por los parques y las callejuelas, en los pueblos y en las ciudades, o por la campiña, en las llanuras, en los bosques y en las montañas, asomo a los pequeños charcos que forman las gotas de lluvia al acumularse o los ríos al salpicar una y otra vez, con la intención de descubrir las imágenes que reflejan. Encuentro, al mirarlos, los perfiles modestos y presumidos de las casas, de los edificios y de las tiendas, y hasta de los faroles y de las personas y de los vehículos que transitan incesantes, o las siluetas de los árboles, de las montañas y de los peñascos; aunque al fijar la mirada, si el agua de los charcos es diáfana, observo el fondo arenoso o de tierra, en contraste con la profundidad del cielo azul intenso y la blancura o el grisáceo de las nubes que flotan y modifican su apariencia, en un intento metafórico, quizá, de mostrar la dualidad, el infinito y la temporalidad. Me encanta volver a los pequeños charcos, igual que los niños regresan a sus espacios donde juegan a la vida, porque enseñan mucho. He aprendido que lo diminuto y lo sencillo pueden reflejar tanto, lo mismo los paisajes con su naturaleza, que la grandiosidad y los días soleados y nublados. Cuando el viento sopla, se multiplican los pliegues en el agua y las imágenes se vuelven difusas y parecen distorsionar lo que reflejan, como acontece con las personas y sus cosas al transcurrir los años. Las estaciones transforman el panorama que humildemente reflejan los charcos, con los colores de la primavera, el celaje nublado y la lluvia del verano, el aire otoñal y la nieve del invierno. Cuando los escenarios cambian, uno aprende, al mirar los reflejos, que nada, en el mundo, es permanente. Con frecuencia, los charcos se secan o se contaminan al permanecer inmóviles, como ocurre con hombres y mujeres al perder su dinamismo e interés en la vida. En los charcos que se evaporan o que la gente pisa con descuido, he visto mi reflejo, el del entorno y el de la profundidad azul del cielo, siempre con el asombro y la interrogante de cómo, algo tan minúsculo, puede replicar tanto. Si yo pudiera, como los charcos, reflejar mi interior y el exterior, como parte de una vida noble, con mis razones y mis motivos, con mi cordura y mi delirio, sencillo y grandioso, a la vez, dispuesto a compartir hasta regalar la imagen del cielo, me parece que sería un hombre extraordinario; no obstante, me sé un caminante, un discípulo de los árboles, de las plantas, de las flores, del viento y del agua, observador del alma y de la textura, explorador del cielo y de la arcilla, con la curiosidad de asomar a las pequeñas represas naturales que me enseñan tanto y me piden, a su nombre, derramar lo que contienen para bien mío y de los demás.

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