Y una mañana, al despertar…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Y una mañana, al despertar, la vida saluda con sus formas, sus colores, sus fragancias y sus sabores, y una tarde o una noche, a cualquier hora, envía a la tempestad y al viento, desafiantes, que tocan a la puerta y los cristales de las ventanas, simplemente con el objetivo de recordar que los instantes son breves y que las estaciones no perduran. Y una mañana o al mediodía, uno admira, en el espejo, la belleza y la juventud de su semblante y la fortaleza de sus músculos; pero una tarde o una noche, las imágenes son otras, con manchas y ranuras, totalmente envejecidas. Y un día, al amanecer, después de tanto vivir -intesamente o algo tan insulso-, uno empieza a sospechar que, tal vez, no se presente el anochecer o no haya más auroras. Y un día, uno abre un paréntesis y reflexiona, probablemente con la idea de que aún no ha cumplido su encomienda y, en consecuencia, faltan detalles de amor, proezas de bien, o, al contrario, con la necedad de que no importan la nobleza del ser ni la luminosidad de la esencia, y concluye la estancia y el paseo por el mundo. Y una mañana o una noche, cualquiera que sea, no importa la edad, uno voltea atrás y descubre rastros de su biografía -buena o mala- y llora y lamenta los minutos y los años perdidos en mentiras, simulaciones y estulticia, con la convicción, acaso tardía, de que apenas alcanza la vida para reír o llorar, gozar o sufrir, trascender o morir.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Muñecos de historietas

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Somos muñecos de historietas pasajeras, redactadas de prisa, sin esmero ni detalles; marionetas débiles, maquilladas y vestidas en serie, ausentes de cuidados y ternura, que los titiriteros manipulan en las carpas, mientras los otros, sus patrones, contabilizan los boletos vendidos en las taquillas y las ganancias que les reditúa divertir y entretener a ociosos espirituales y mentales; siluetas, apenas visibles, en masculino y femenino, en mayúsculas y en minúsculas, que alguien pretende desdibujar, romper y alterar en su cuaderno de dibujo. Somos criaturas débiles, de enorme fragilidad y destino incierto, a las que faltan sentimientos, capacidad de asombro, laboriosidad, sueños, ilusiones, creatividad e inteligencia que desdeñamos y, quizá sin danor cuenta, desechamos y cambiamos por simples formas, apetitos y cosas inertes. Ya no somos protagonistas de odiseas ni tenemos capacidad de emprender hazañas. Nuestros héroes dejaron de ser reales. Los preferimos en pantallas, virtuales, engañosos, como los alimentos y las bebidas que consumimos o los abrazos y los besos que enviamos en mensajes. Somos espectadores agotados, público aburrido de su propia historia, gente que mira transitar su vida de acuerdo con los intereses y el agrado de quienes se convirtieron, sin percatarnos, en directores de nuestras biografías. Somos ropa deshilachada que cubre despojos de lo que alguna vez, a otra hora, fuimos. ¿En qué momento consentimos perdernos y sepultar lo más valioso que teníamos? ¿Por qué preferimos ceder nuestra riqueza, los sentimientos nobles, la luz, y los pensamientos, las ideas y los valores a quienes pagaron tan poco? ¿En qué minuto del día, la tarde o la noche, incluso de la madrugada, confundimos el sendero con el calzado y así renunciamos al itinerario, a la ruta? ¿A qué hora entregamos lo que éramos, lo que teníamos, lo que resplandecía en nosotros? ¿Dónde estamos? ¿Quién aplicó pegamento en nuestros sentimientos nobles, en los pensamientos, en la felicidad? ¿Fuimos nosotros? ¿Fueron ellos? ¿Fuimos ambos? Conforme transcurren los minutos, las horas, los días, y los meses, los dueños del poder económico, social y político nos despojan y dejan nuestro interior con ausencias, completamente desolados y vacíos, para rellenarnos de estulticia, maldad e indiferencia que venden como la mejor oferta de todas las épocas. ¿Reaccionaremos antes del amanecer o despertaremos, ya sin privilegios, ante las molestias de los grilletes que hasta del agua natural y del oxígeno -regalos de la vida- han hecho mercancía y transformarán en motivos de guerra y muerte? ¿Por qué optamos por el engaño y la prisión y no por la verdad y la libertad plena del ser?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Un padre amoroso y el hijo roto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Su hijo, lo entiendo así, es retrasado mental. Lamento darle la noticia. En el colegio, los otros niños, sus compañeros, se mantienen alejados de él porque lo consideran diferente. No les gusta. No creo que sea capaz de terminar sus estudios básicos; al menos no en este colegio, donde el nivel de preparación de los estudiantes se orienta a la excelencia académica y al desarrollo integral. Su hijo está herido e incompleto. No encaja en el salón de clase ni con sus compañeros, ni tampoco, creo, en la sociedad. Necesita atención médica y, tal vez, psiquiátrica. Estos trastornos no siempre se corrigen. Son errores de la vida. Tengo reportes de las maestras y de algunos de sus compañeros, respecto a su personalidad extraña. Se distrae en clases. Mientras la profesora expone algún tema, él, su hijo, se pierde en su mundo interior, en los árboles y en las flores que mira a través del cristal, en sus apuntes y en sus dibujos. No habla. Es silencioso. Tampoco juega. Sus lecturas son aterradoras. Hemos descubierto, en su mochila, desde libros referentes a dinosaurios, fósiles y arqueología, hasta obras literarias, filosóficas y esotéricas. Lee, a hurtadillas, tratados acerca de diversas religiones, e incluso sobre los lamas, lo cual es inadmisible en una institución educativa que se rige por normas estrictas y una doctrina pura. Lee libros de arte e historia, al mismo tiempo que no ha aprobado sus asignaturas. Cuando la maestra habló a los niños acerca de los señores feudales, en Europa, su hijo estremeció y tuvo un lapso extraño, como si se hubiera ausentado más de lo que generalmente acostumbra. Oculta, entre sus libros y cuadernos, una libreta con apuntes y dibujos indescifrables. Crea historietas fantasiosas con textos y dibujos. que ya le hemos descubierto. Es inconcebible que produzca historias sobre viajes a Marte y otros planetas, cuando apenas la humanidad a pisado la Luna. Y en sus escritos menciona estupideces y ocurrencias como el hecho de que si se explorara el interior de la Luna, los científicos obtendrían información que los asombraría; pero el niño va más allá al asegurar que mayor sería la sorpresa si la gente se internara en su ruta interior, donde encontraría la conexión con el universo, la vida y la creación. Habla de un Dios diferente al que nosotras, en el colegio, enseñamos a los alumnos a través de nuestra doctrina. No es un niño normal. ¿Qué opinión tendría de un niño que dibuja líneas diagonales con escaleras y números que se deslizan al vacío? Traza espirales, formas geométricas y estrellas repletas de números, letras y signos. ¿Qué sentimientos e ideas tendrá un alumno ensimismado que dibuja laberintos y pasadizos subterráneos debajo de castillos, fortalezas, monasterios e iglesias? Hace rato, cuando le llamé por teléfono a su oficina, su hijo, enmudecido, me miraba sonriente y burlón. Es majadero. Recomiendo que lo inscriba en una institución especializada en atención de problemas de lento aprendizaje. Si no recibe atención, este niño será una carga más, una persona dependiente e inútil, un ser humano de desecho con necesidades biológicas. Es todo lo que puedo decirle. Examine las calificaciones escolares de su hijo. Es evidente que algo no está bien”, informó la religiosa, directora del colegio, al padre del niño acusado, quien escuchó atento y silencioso las palabras ansiosas y precipitadas de la mujer.

Era hombre educado, tolerante, respetuoso. Sabía escuchar sin alterarse ni perder el control de sí. Aquella mañana, la monja denunció la incapacidad mental del alumno -y seguramente hasta espiritual y motriz- y recomendó la cancelación inmediata de la matrícula escolar. Ella, al recibir al padre del niño, se enredó en el tropel de sus palabras. Presentó al monstruo horrible que tenía como alumno del colegio, al enano mental que diariamente orinaba los pantalones del uniforme, al error de la naturaleza, símbolo del mal, la ineptitud y la mediocridad, que solía fijar su mirada en las hojas de los árboles, en las plantas y en las flores, en las mariposas y en los pájaros que volaban libres y plenos.

Aquella voz chillante, ofrecía al hombre la descripción de un hijo roto e irreconocible, distinto al que conocía en el hogar, un despojo humano, idiota y silencioso, un hombrecillo en minúsculas, una aberración de la naturaleza al que solamente le faltaba babear, arrastrarse y balbucear.

El padre, mortificado por su hijo, interrogó a la directora; sin embargo, ella, trastornada por el enojo, no escuchaba. Le dolía, en verdad, que un menor de edad se hubiera mofado de ella con esa risa tan estúpida y un silencio repugnante. Estaba atrapada en su blusa blanca y en su hábito gris. Una cruz metálica reposaba en su pecho disimulado. Resultaba imposible dialogar con ella. Se sentía ofendida por un monstruo, una deformidad de la creación, un error de la vida.

Respetuoso y silencioso, el hombre tomó la mano derecha de su hijo, quien se incorporó de la silla inmediatamente, con el alivio de aquel que se libera de un juicio al que va a ser condenado sin piedad para posteriormente sufrir el martirio del castigo en el patíbulo y la vergüenza del escarnio. Antes de marcharse, el señor habló pausadamente, con la idea de solicitar a la religiosa que consintiera que el pequeño continuara asistiendo a clase, con la promesa de que entre él y su esposa se responsabilizarían de ayudarlo a corregir su atraso en clases. El plazo, dijo, sería ese ciclo escolar.

La mujer, encolerizada, asintió con la cabeza e hizo una señal de despedida con la mano. Una vez que salieron de la institución educativa, el hombre abrió la portezuela delantera del automóvil para que el niño se acomodara en el asiento del lado derecho. Arrancó el motor del vehículo y marcharon a casa.

Durante el trayecto, el señor relató al hijo fragmentado algunas historias con ciertos mensajes ocultos, precisamente con el objetivo de enseñarle, a través de ejemplos y metáforas, que los seres humanos más grandiosos, alguna vez enfrentaron problemas, adversidades y desafíos que los tambalearon y los motivaron a luchar y ser superiores a las circunstancias.

En cuanto llegaron a casa, el niño abrazó a su madre -la señora amable, como le llamaba la gente- y le dio un beso en cada mejilla, para correr de inmediato al lado de sus hermanos, mientras el hombre relató a la mujer el encuentro con la monja y la situación del pequeño en el colegio, quien realmente, por lo que percibían, se encontraba ante enemigos que podrían destruirlo.

La mujer lloró al escuchar la narración de su marido e imaginar el sufrimiento de su hijo primogénito. Ambos, el padre amoroso y la señora amable, asomaron por la ventana y descubrieron a sus hijos en la inmensidad del jardín, felices y plenos. El mayor de ellos -el niño roto del colegio-, reía, saltaba, y parecía tan contento, que contradecía los argumentos de la religiosa y los reportes y las acusaciones de la profesora.

Pactaron reconstruir al hijo mutilado, al alumno deleznable del colegio de monjas, a quien sus compañeros descalificaban por lo extraño de su vida y ellas, las religiosas y las profesoras, aplastaban con órdenes irracionales, castigos despiadados e inexplicables y el peso de su autoridad y su tamaño.

La señora amable, ofreció a su hijo un cielo prodigioso, un hogar maravilloso, y le enseñó a amar la vida por medio de las flores, las plantas y los árboles, que cotidianamente regaban, al mismo tiempo que ella nombraba cada especie y explicaba su importancia para mantener el equilibrio y la salud del planeta. Y así, el niño amó la naturaleza, desde las gotas del agua que entonces brotaba en abundancia, hasta los pinos que proyectaban sus sombras al recibir los abrazos y la mirada del sol. Hasta plantó, al lado de su madre y sus hermanos, un árbol que compró su padre.

Y fue la propia madre quien platicó a su hijo tantas historias del ayer, la epopeya de sus antepasados, con sus luces y sombras, hasta que despertó en el pequeño el interés en explorar e investigar su antiguo linaje; pero también lo educó con valores espirituales y con la elegancia de los modales franceses que recibió de algunas parientes. El niño mutilado del colegio, aprendió arte, ciencia, negocios, espiritualidad y todos los conocimientos que más tarde, en otra época y ante diferentes circunstancias, aplicaría en su vida.

El señor amoroso y educado, reforzó la sensibilidad, el talento y la creatividad del pequeño artista, a quien introdujo, además, en temas arqueológicos y en el conocimiento, siempre en una línea de rectitud y valores. El hombre poseía amplio conocimiento y experiencia. Lo mismo permaneció, como monje, en un convento, que voló aviones de dos alas y participó en la incursión del desembarco de Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, el alumno fragmentado del colegio nunca se atrevió a revelar los castigos a que era sometido por las maestras, principalmente una que lo aborrecía, quien le negaba permisos para ir al sanitario, obligándolo, irresponsablemente, a no contener sus necesidades fisiológicas y orinar los pantalones del uniforme. Le ordenaba que pasara al frente y que, hincado y con los brazos estirados hacia arriba, a un lado del pizarrón, quedara en silencio e inmóvil, ante la mofa de sus compañeros, para, finalmente, otorgarle el perdón y enviarlo a su pupitre, no sin antes golpearlo con una regla de madera, impactos que recibía en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos y en las pantorrillas. El menor temía que sus padres reclamaran y que ellas, la profesora del tercer grado de primaria y la directora, se vengaran de él. Y calló.

En ese colegio, el niño solamente confió en otro pequeño, hijo de un joyero alemán, en cuya casa, también con jardines amplios, la familia poseía aves exóticas, pavorreales, guacamayas, tortugas, perros y hasta un mono araña. El compañero, a quien, igualmente, le fascinaba el tema de los dinosaurios -ambos disfrutaban la colección Panorama Cultural, publicado por Novaro Editores, a cargo de Antonio M. Carneiro-, visitó diversas ocasiones al pequeño roto, al que alguna vez preguntó la razón por la que era tan diferente en la libertad de su casa, donde corría, platicaba, reía, gritaba y jugaba alegre y plenamente.

“Tú no estás enfermo, como aseguran la maestra y la directora -expresó a su pequeño amigo-. Tú eres más grande de lo que suponemos. Eres diferente a la mayoría. No pronuncias groserías, eres correcto al hablar y sabes escuchar, observar y respetar. Eres un niño educado. Me consta. Tu mundo interior y exterior es distinto al de la mayoría de nuestros compañeros. Ahora entiendo lo mucho que vales. Ni siquiera tu aspecto es como el de la mayoría. Te sucede lo mismo que a mí, pero no me molestan nuestros compañeros, y menos las autoridades educativas, porque siempre llevo dinero a la escuela y complazco a todos, hasta a la profesora que es feliz con la manzana que le regalo todos los días. Mi padre me ha enseñado que toda la gente, por monstruosa que sea, tiene un precio, y mira a la mujer amargada y tirana que es nuestra maestra, se doblega y me respeta por una simple manzana que diariamente coloco en su escritorio. No me alejo. Si llevo libros de dinosaurios al colegio, invito a mis amigos a observar cada página, y al deleitarse con lo que tanto nos gusta, me consideran amigable y poderoso. Eso es todo, amigo”.

El colegio era inmenso. Tenía, incluso, capilla e internado en otra sección. Había un comedor para quienes estaban inscritos como “medio internos”. El niño fracturado asistía a clases regulares, pero muchas ocasiones, ella, la profesora, lo mantuvo, igual que un rehén, en el aula, castigado por supuestos errores y travesuras que le atribuían, o lo enviaba, junto con otros menores, a permanecer cerca del portón, donde la comunidad escolar los miraba con desprecio y repugnancia, con los pantalones empapados de orines. Eran, por llamarles así, los pequeños delincuentes del colegio.

No pocas noches, el niño roto, acosado por fiebre y miedo, lloró inconsolable. Suplicaba a sus padres que ya no lo enviaran a la escuela. Algo le impedía explicar el terror que sentía. Su madre acariciaba su frente con el amor más puro y le narraba alguna historia dulce y tierna, o su padre le enseñaba a dominarse y le relataba capítulos de seres humanos extraordinarios.

Transcurrieron los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, como se consumen la vida y los sueños. El niño roto aprobó el curso y, felizmente, pasó al cuarto grado de primaria. Un año más tarde, su padre y su madre decidieron inscribirlo en otra institución educativa, lejos de aquel escenario tan pútrido que generaban la directora y algunas profesoras, como el personaje siniestro que tuvo como maestra en el tercer curso de primaria; pero esa ya es otra historia que quizá, algún día, haya que relatar.

No me avergüenza confesar que aquel niño despedazado del colegio, fui yo. El amor, la entrega, los valores, la disciplina, el ejemplo, la firmeza, el respeto y la enseñanza de mis padres fue determinante, al menos, para demostrarme, principalmente, que no estaba atrofiado espiritual, física y mentalmente, como aseguraban la directora y la maestra. Simplemente, fui víctima silenciosa, como tantos casos existen en el mundo, del abuso de autoridad, la burla, la injusticia y la crueldad que intoxica a ciertos seres humanos.

Por cierto, aquella “risa burlona” que denunció la directora, fue por varios motivos: me parecía ridículo que una mujer adulta, perteneciente a una doctrina religiosa de amor, respeto y tolerancia, hubiera perdido el control de sí, al grado de interrumpir a mi padre, en horario laboral, a través de una llamada telefónica, como absurdo y estúpido era que le asustaran mis pantalones empapados de orines, cuando la maestra no me permitía acudir al sanitario, basada en la irracionalidad de su autoridad, su tamaño y su poder.

No tengo resentimiento. Simplemente, ambas mujeres eran débiles y estaban intoxicadas por la amargura, la mediocridad, los temores, las debilidades y la fragilidad que caracterizan a algunos seres humanos, incapaces de ser maestros de sí mismos. Al contrario, su estulticia y maldad generaron el ambiente propicio para que ellos, mi padre y mi madre, orientaran mayor atención de la que ya me daban.

Soy un artista sencillo, un escritor que pretende tocar a las puertas de cada ser humano -en minúsculas y en mayúsculas, en femenino y en masculino- con el objetivo de compartirles sentimientos e ideas que descubro entre los murmullos y los silencios de mi interior, en el pulso de la naturaleza, en las estrellas, en la lluvia, en las cortezas enlamadas de los árboles, en los helechos.

Me siento profundamente agradecido y orgulloso de mi padre y de mi madre, quienes me regalaron un cielo extraordinario y maravilloso, contrario al infierno que cotidianamente me ofrecían la directora del colegio, la profesora y muchos de mis compañeros. Me rescataron de aquel pantano y, claro, me encantó el arte, me enamoré de las letras que hoy, humildemente, trato de obsequiar a mis lectores.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Excursión interior

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Basta sumergirse en las profundidades del ser. entre sus compañías y sus soledades, sus murmullos y sus silencios, para descubrir la maravilla incesante de la vida y sentir la corriente etérea que proviene de una inteligencia suprema, de una fuente infinita, conectada al alma, vinculada a todo. Uno, tras su búsqueda, coincide con el bien el y el mal, donde no existen ayer, hoy y mañana por ser un siempre incomprensible y la luz inextinguible que da todo al caminante sincero. Cada uno es responsable de su frecuencia vibratoria. Existe libertad de elegir el bien, la luz, o el mal, la oscuridad, con las consecuencias implícitas en cada una, Uno, después de todo, diseña y fabrica su cielo o su infierno. Al sentir las caricias del viento que balancea las ramas de los árboles y mece las hojas, al percibir el encanto de los colores de la naturaleza y al percibir la belleza y los perfumes del cielo y las estrellas, uno agradece tanto bien y abre las puertas del ser. Con asombro y totalmente cautivado, admiro desde lo más minúsculo hasta lo de mayor dimensión, y agradezco a la inteligencia suprema e infinita ser parte de su amor eterno. ¿Existe mejor oración que sumergirse en las profundidades del alma, fundirse con el pulso de la creación y descubrir a Dios para admirarlo en su plenitud y agradecer tanta bendición, y regresar al mundo a derramar el bien?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Encomienda

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Las flores, en el jardín, nacen y mueren. La gente, en las casas, en los sitios de encuentro, en las calles, inicia sus propias historias y también las concluye en algún momento. Los segundos y las horas, los días y los años, se mezclan con las auroras y los ocasos. Nada es permanente en este plano. Muchas veces, al asomar desde la ventana, he descubierto a la vida y a la muerte, cada una en un sentido, o juntas, tocando a las puertas, a las biografías, mezcladas entre personas que van y vienen. En ocasiones, cuando las miro pasar cerca, voltean y me observan momentáneamente, y continúan entregadas a su tarea, a su misión, a su encomienda. Es inevitable coincidir con alguna, principalmente cuando la gente desafía al tiempo o ya carga tanta historia. Al no anunciar sus visitas, he pensado que cualquier día, a cierta hora, podrían llegar a mi taller de artista. Es el motivo por el que me pregunto si realmente me agrada quién soy y lo que he hecho desde que nací hasta el minuto presente. Me reviso constantemente con la idea de dar respuesta a mis interrogantes. ¿Me gusta quién soy? ¿Me cautiva mi biografía? ¿Me enorgullece mi trayectoria existencial? Oh, tengo que salir a los hogares, a las calles, a todos rincones del mundo, con el objetivo de saludar a la gente, sonreír, expresar mi amor, dar lo mejor de mí a los demás, escuchar, pedir disculpen mis errores, aconsejar. Aún no he escrito mi obra más excelsa, pero tampoco he derramado tanto bien y conocimiento a los otros, a quienes me rodean, a los hombres y a las mujeres, en minúsculas y mayúsculas, que necesitan palabras de aliento, instantes de atención, medicina, sonrisas, alimentos, una mano y otra más que los sostenga y rescate de su fatal caída, detalles que les devuelvan la fe y la esperanza. Interrumpo mis cavilaciones porque, al observar a la vida y a la muerte tan próximas y entregadas a sus labores, entiendo que mi biografía no está completa ni soy el hombre cautivante, ejemplar e inolvidable que supuse. Estoy incompleto en una época en que aumentan las listas de ausencias y faltan, por lo mismo, entrañables presencias. Tengo, ante mí, el desafío de moldearme como lo soñé.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Hay algo mágico

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Hay algo mágico en los perfumes de las plantas y las flores, un deleite incomprensible en las cortezas y en las hojas de los árboles, un éter indescriptible en los ríos que fluyen incesantes, un ambiente que cautiva en las auroras y en los ocasos. En cada expresión -un tronco, una piedra,, un helecho, granos de arena, copos de nieve, gotas de lluvia, nubes, relámpagos, tierra- descubro y percibo el sentido de la vida, el pulso de la creación, el bien que surge de alguna fuente infinita y lo dispersa en formas, perfumes, policromía, sabores. Existe algo sustancial que pulsa en uno, en los demás, en cada manifestación, en todo. Uno, al despertar en el mundo, se distrae con la belleza de la superficie, con las apariencias, y olvida, en consecuencia, su origen, el paraíso de donde viene, con sus encantos perdurables y ese sentido prodigioso que late en el alma y en cada ser. La maravilla de la vida está presente en uno y en todo lo que le rodea. Solo hay que encontrarla. Todavía existen rutas y tesoros ocultos en el interior y afuera, aquí y allá. El portento de la vida inicia cada amanecer y no concluye al anochecer porque es permanente, magistral e imperturbable. Siento asombro, en verdad, por la esencia y por la arcilla, por la vida que se expresa en todo y conecta a rutas y sentidos infinitos.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Lo sabemos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Lo sabemos -por experiencia y por las horas y los años que se han consumido a nuestro lado-. la vida se desvanece y solo quedan suspiros y añoranzas que más tarde, al atardecer, el viento dispersa entre las hojas secas que se mezclan con el olvido. Lo sabemos -y no conviene que la desmemoria aparezca-, la existencia es un lapso muy breve de conciencia en el mundo, que ofrece, en sus instantes de destello, la fortuna de amar, sonreír, dar lo mejor de sí a los demás, ser intensamente dichosos y volar libres y plenos. Lo sabemos -jamás, por ningún motivo, lo olvidemos-, desde el cunero hasta los instantes previos al sepulcro, tenemos la maravillosa oportunidad de crecer, probarnos y evolucionar. Lo sabemos, la jornada existencial es tan breve, que apenas alcanzan los días para convertirnos en protagonistas de una historia cautivante, esplendorosa e inolvidable, o de un libreto contradictorio, triste y sucio. Lo sabemos -y hay que dedicar mucha atención-, la vida, en el mundo, es dual, ofrece claroscuros, contrastes suaves e intensos, un sí y un no, y la sabiduría consiste en experimentarlos con maestría e inteligencia, de manera que en un equilibrio integral, no enloquezcamos por el júbilo desbordante de algunos ciclos ni nos sepultemos, antes de morir, por el dolor y la tristeza de ciertos períodos. Lo sabemos, no tiene sentido atorarse en la orilla de la corriente, donde el agua se estanca y pudre junto a las ramas secas en lo que otrora fueron remansos alegres. Lo sabemos, con frecuencia confundimos la esencia de la vida y abrimos grandes paréntesis existenciales con la idea de dedicarlos a asuntos baladíes, apetitos pasajeros, ambición desmedida y sentimientos negativos. Lo sabemos, la vida es para experimentarla en armonía, con equilibrio y plenamente, con la alternativa de multiplicarnos en el bien y atraer, así, la felicidad. Lo sabemos, la oportunidad de vivir y hacer algo grandioso por uno y los demás, a través de pequeños detalles cotidianos, es hoy, el minuto presente, porque dejarlo para más tarde u otro día, significará bajar las persianas y negar la posibilidad de que la luz solar penetre a nuestra habitación. Lo sabemos, es algo tan sencillo y complejo, a la vez. Lo sabemos desde que venimos y al marcharnos, aunque finjamos desconocerlo o lo cambiemos por otros rumbos y destinos. Lo sabemos, la vida, en este plano, es temporal. Lo sabemos.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Nací en marzo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estoy feliz. Me siento intensamente bendecido y dichoso. Nací en marzo, cuando las abejas, las libélulas y las mariposas posan sobre las flores que brotan de la tierra con la fórmula de sus colores y sus perfumes mágicos, cautivantes a los sentidos y tan parecidos al encanto del vergel. Mi cuna data de marzo de cierta fecha -¿importan el día, el año, la edad?-, en algún minuto y una hora que el tiempo raptó al sentirse dueño de las manecillas del reloj, mientras el sol y la lluvia de primavera, en el hemisferio norte, fabricaban arcoíris para provocar alegría y sonrisas. Desembarqué en marzo, procedente de algún paraíso etéreo, con la idea de reencontrarme, abrazar a los otros -oh, mi grandioso tesoro-, protagonizar una historia, fundir la esencia en la arcilla y probarnos en un paseo terreno, en una jornada mundana, hasta descubrir la ruta y preparar el regreso a casa. Nací en marzo, cuando en el hemisferio sur las hojas otoñales eran mecidas por el viento al soplar inagotable y melancólico. Llegué al puerto de la existencia, en marzo -en marzo de cierto año-, donde ya me esperaban mis padres, amorosos y nobles, contentos ante el prodigio de la vida, y, lo mejor de todo, agradecidos con Dios por la oportunidad del reencuentro. Nací en marzo, alguno de esos días que posee el mes -el tercero del año-, en un tiempo, con una familia y en un sitio que no cambiaría. Vengo de un marzo distante y cercano, espectacular y normal, con los besos de primavera y los abrazos de otoño al coincidir, en algún punto de encuentro, los hemisferios norte y sur, enamorados al obsequiarse, mutuamente, las tonalidades de las flores y los matices de las hojas, el calor y el viento, los perfumes de uno y otro. Nací en marzo, en marzo de cualquier año -el día 30, si hay que ser exactos-; sin embargo, estoy agradecido con Dios por cada instante que vivo, por la oportunidad de ser yo y el privilegio de formar parte de una historia con las almas que tanto amo. Sé que nací en marzo y tengo la fortuna de desconocer la fecha de mi partida, quizá porque es maravilloso y preferible despertar, cada mañana, o dormir, en la noche, con el milagro de la vida, y agradecer, siempre, por un instante más y la oportunidad de amar, reír, abrazar, compartir, aprender, dar de sí, caminar y hacer el bien. Nací en marzo, pero en realidad me renuevo cada momento con mi agradecimiento a la fuente infinita que me ha dado tanta dicha, a pesar de sus claroscuros.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

La casa

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Estoy en las paredes de mi existencia, entre ladrillos y cemento, mármol y cristales, madera y herrajes, cerca de las ventanas, desde las que miro los amaneceres y los ocasos -con su sol, sus arcoíris y sus flores, y su luna, sus estrellas y su negrura- y distingo las tonalidades y las fragancias del jardín. Limpio las habitaciones, la casa de mi vida, cada instante, de día y de noche, hasta en la madrugada y en la tarde, mientras protagonizo capítulos y sueño mi historia. Me encuentro en el hogar temporal de mi alma, entre mis rasgos, mis formas, mi nombre y mis apellidos, con lo que fui hace años y con lo que soy ahora, simplemente con la idea de disfrutar mi estancia en la casa que elegí habitar durante mi jornada terrena. Cuido y restauro la fachada, los salones, las habitaciones, para entregar, al final, al partir, el palacio que recibí al nacer. Evito que el herrumbre, la polilla y el salitre intoxiquen la finca con su desamor, contradicciones, maldad, odio, envidia, resentimiento, tristeza, miedo, estulticia y ambición desmedida. Trato de embellecerla con los matices del amor, la verdad, el bien y los sentimientos nobles. Anhelo que mi casa sea distinguida por la calidad y grandeza de quien la habita.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

El sentido de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El sentido de la vida consiste en ser autores de pequeños milagros cotidianos que derramen alegría y amor en otros, principalmente en quienes nada tienen y no pueden entregar algo a cambio; en fabricar detalles de apariencia minúscula que sostengan la fe, los sentimientos, la esperanza y los sueños; en dejar huellas indelebles, a pesar de las borrascas y las tempestades, con la idea de que aquellos que caminan atrás, las sigan, no se extravíen y lleguen a destinos grandiosos. A la vida le dan sentido la dignidad, los actos y los sentimientos nobles, las sonrisas, la justicia, la libertad, el respeto y la pureza y la verdad de los pensamientos. Una vida honesta, sana y feliz, acostumbrada a dar lo mejor de sí, marca el rumbo a destinos superiores. Una existencia se justifica cuando es armoniosa, buena, equilibrada, feliz y plena. El sentido de la vida no es un glosario incomprensible; es, parece, la sencillez con que se consumen los días, con el amor y los sentimientos que se derraman, la alegría y el bien que se cultiva cada instante. El sentido de la vida evita la muerte y abre los cerrojos y el portón al infinito.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright