Carta para ti

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si un día, al dormir, no abrí más los ojos, es porque desperté en el cielo, al lado de Dios; pero te recuerdo que te amo y siempre estaré contigo. Mi esencia permanece unida a la tuya y somos parte de la misma historia.

Y si mi ausencia física provocó tu llanto, quiero que tengas el consuelo de que sólo me adelanté por un momento de nuestro camino con la intención de preparar un sitio especial y digno para ti, cuando retornes. Sé que tú, en el mundo, contribuyes con los sentimientos y las acciones que te corresponden, y eso me enorgullece.

Cuando visitas la tumba donde reposan mis restos, siento tus caricias al colocar las rosas blancas que compras y tanto me encantaban, ¿recuerdas? Percibo tus lágrimas al rodar y caer al pasto, a la tierra, al mármol, y escucho, adicionalmente, el rumor de tus oraciones.

Si crees que te abandoné o que no te escucho, voltea a tu alrededor y descubre que alguien, antes de tu paso, limpió la grama y cultivó flores y colocó en tu camino una alfombra de pétalos de exquisita fragancia y textura.

Tuvimos, en el mundo, la bendición y la dicha de compartir un destino, un sendero, unos días, una historia dentro de la fugacidad de la vida. Aquí y allá, en el mundo y otros planos, siempre nos identificará algo que palpita en nosotros, en nuestro interior, y eso es una riqueza enorme, sí, vale más que cualquier tesoro material.

No es condición, para escucharte y permanecer contigo, que visites mi tumba -lápida que evoca mi nombre, estimula remembranzas y sin duda causa llanto-, porque mi esencia, como la tuya, es etérea, inmaterial, y siempre que lo desees y necesites, me encontrarás en ti, en tu alma, cuando cierres los ojos y entres en el silencio interior.

Podrás visitar mi sepulcro cuantas veces quieras y lo necesites; pero recuerda que el cuerpo carece de porvenir y el alma, en tanto, es perenne; en consecuencia, no te sientas culpable ni mal si un día no te es posible hacerlo. Ahora no hay fronteras para mi alma y siempre te acompañaré. Siénteme, pero no olvides vivir cada instante de tu existencia, construir tus sueños, ser intensamente feliz, amar y destilar la luminosidad de los seres elegidos para derramar el bien sobre los demás.

Construye puentes y nunca dejes trampas ni señales hacia abismos y caminos erróneos y peligrosos. Brilla. Sé tú con tu código de valores. No importa que la humanidad te condene. Nunca te sumes a la tendencia malsana de destruir lo bello, el amor, el bien, la verdad, los detalles y los valores.

Observa a tu alrededor y analiza los ciclos de la vida. Hay un momento para nacer y otro para transitar a un estado superior. Uno elige entre la luz y la sombra. Las hojas de los árboles tornan sus otrora tonalidades verdes a amarillo, naranja y rojizo cuando extienden su alfombra en la campiña otoñal, antes de ser cubiertas por la blancura de la nieve; más tarde, un amanecer inesperado, el sol aparece en el horizonte y el lienzo de la naturaleza se cubre de colores y fragancias. Tal es la vida.

La vida no concluye con la caducidad del cuerpo y el organismo. Sólo es un paso, una escala, no un destino ni una condena. Es maravilloso y subyugante, cuando experimentas la verdadera aventura de la vida sin final, el destino de las almas.

Sigue adelante. Estoy contigo. No desmayes. Cada instante, a través de tus sentimientos, palabras, pensamientos y acciones, construirás la escalera que te conducirá al hogar, a la mansión de las almas, a tu casa, donde te esperaré.

Si un día, al dormir, no abrí más los ojos, es porque desperté en el cielo, al lado de Dios. Sólo me adelanté para reservar el espacio y la historia que seguiremos compartiendo. Estoy seguro de que durante tu jornada terrena, sabrás reconocer las señales para un día, como yo, llegar a casa. Prometo que al mirarnos de frente y reconocernos en la morada, te abrazaré con el amor y el consentimiento que sentiste cuando te cargué al nacer y durante los años de infancia.

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Tal es la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tal es la vida. Nada es permanente. Hay quienes tal vez podrían expresar, desconsolados: “esta noche de desolación, amada, requiero un espejo, un triste espejo, para definir mi silueta abatida, mi semblante de hombre viejo. Miraba la primavera de mi existencia, cuando de pronto descubrí el invierno en mi rostro. Sobre mis otrora rasgos infantiles y juveniles, el tiempo y la vida cincelaron sus jeroglíficos, su código inexorable, su lenguaje. Entonces comprendí que la estancia en el mundo semeja una embarcación que navega y atrás deja rostros, cosas, historias, orillas, hasta que empequeñecen y se transforman en ayer, en recuerdos, en olvido. La vida es tan breve que aún no concluyen el asombro y la maravilla de la aurora, cuando la entintan las sombras del ocaso. Tarde comprobé, ante el espejo, que la dicha y verdadera riqueza no consisten en acumular bienes y deambular por el mundo con enojo, amargura, desconsuelo, arrogancia, envidia, conflictos, lascivia y perversidad. La vida es algo más que pasiones, dinero y poder. Es la maravilla de amar y sonreír, el milagro de hablar y caminar, la dicha de dar de sí a los demás, la satisfacción de aportar luz al mundo, el encanto de la inocencia. En lo sencillo se encuentra lo bello. Hay que atreverse a realizar lo que uno anhela y sueña, aunque muchas ocasiones se quebranten esquemas y se tengan que enfrentar creencias e intereses. Después de todo, uno trasciende por medio del amor y sus actos, valores y sentimientos. Lo demás es dogma o prejuicio y muchas veces va contra la verdad universal. Resulta ocioso castigarse tras los barrotes de la ignorancia. Es lamentable que tantos seres humanos se encarcelen y no acepten  experimentar el viento de la libertad. Unos temen andar descalzos por el césped o hundir los pies en la arena del río, acaso porque desde pequeños les inculcaron que es incorrecto o que resulta dañino, o quizá por creer que así es, por una fe ciega, mientras otros, en tanto, se atreven a protagonizar una epopeya. ¿Quieres ser infinitamente feliz? Escucha, entonces, las voces de tu interior. La vida es un suspiro fugaz entre el cunero y la cripta. Feliz aquel que al sumirse en el sueño más profundo, descubre atrás las huellas que dejó y las manos que lo saludan”. Los años de la existencia son breves. Quien vive con amor, alegría y valores, lleva durante su travesía la brújula que lo guiará hasta la plenitud del horizonte, al éter de la inmortalidad.

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La flor de la vida

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un día, al amanecer, la rosa asomó entre las plantas, en el jardín, a quienes anunció que antes de que su belleza y vanidad fueran mancilladas por la brevedad de su existencia, les daría una lección. Árboles, plantas y flores miraron, asombrados y con cierto recelo, a la rosa de aparente petulancia, quien exclamó: “ay de aquel que al caminar por las rutas del mundo, solamente fije su mirada en las apariencias o se interese exclusivamente en poseer durante algunas horas fugaces las fragancias, los colores y las formas que el viento ha de desprender y dispersar, porque sus actitudes e impulsos le negarán la oportunidad de conocer la belleza, el sentido y la esencia de todo cuanto existe en la naturaleza y el universo. Su confusión lo trasladará a destinos erróneos porqueque olvidará que las verdaderas riquezas yacen en el interior”. Mientras las gotas del rocio deslizaban por su textura, agregó: “miren mi apariencia, soy una rosa de fugaz existencia, a la que alguien puede acercarse y arrancar sin recordar que para conquistar lo bello en todos los aspectos, no pocas ocasiones hay que espinarse; por lo mismo, resulta preciso aprender a no lastimarse en el camino. Como mi belleza es pasajera, el perfume que destilo no tiene porvenir y se transformará en pestilencia y mis pétalos arrugarán irremediablemente antes del próximo amanecer”. La flora del jardín intercambió miradas de interrogación y escuchó las explicaciones de la rosa que advirtió que la vida es dual al ofrecer, en su menú diario, auroras y ocasos, calor y frío, risa y llanto, amor y odio, y que uno, en el lapso que dura el hálito existencial, tiene la alternativa de elegir entre las luces y las sombras. “Quienes pretenden disfrutar el aroma y la tersura de mis pétalos de hermoso colorido, deben cuidarse de las espinas que me custodian, de modo que si alguien aspira a lo superior, antes tendrá que experimentar las pruebas de la jornada. La mayor parte de los seres humanos, impulsados por las apariencias, arrancan las flores sin apreciar las raíces que les dan sustento ni reparar en los tallos, las hojas y las espinas. Todo, en el mundo y el universo, tiene una razón de ser”. Ese día, mezclado con el sol matutino y la llovizna y el viento de la tarde, la rosa habló sobre la brevedad de la existencia y su significado, hasta que expuso que entre el nacimiento y la muerte sólo hay un suspiro, un parpadeo que implica experimentar los días de la vida en armonía, con equilibrio y plenamente, sin olvidar los ingredientes del amor, la felicidad y las virtudes que son los que definen un sentido más auténtico y real. Recomendó, igualmente, no quedarse con el deseo de vivir, por más locura que parezca, siempre que uno no sea afectado ni perjudique a los demás ni al entorno. Recordó que la existencia es un ciclo interminable y que si hoy, al anochecer, se marchitan los pétalos y las hojas por desafiar al tiempo, mañana, al amanecer, el sol brillará pleno, las burbujas de los manantiales se iluminarán y se diluirán en el río; entonces surgirán flores tersas y perfumadas en el jardín y la campiña. “Eso es la vida, parece”, suspiró la rosa, quien al siguiente día, para asombro de la flora, estaba agachada, con las hojas y los pétalos marchitos porque su historia concluyó en el jardín; sin embargo, a diferencia de sus antecesoras, había dejado una huella, un recuerdo dentro de su finitud terrena. Fue diferente y enseñó que durante la trama existencial, con toda su brevedad, existe la posibilidad de elegir las luces o las sombras, y que es preferible abir la puerta a la esencia, hacer el bien, amar y practicar un código de principios que sin duda son la conexión entre el jardín y el cielo que todos los días resplandece y se refleja en los mares grandiosos y en los charcos de apariencia insignificante.