Destello de cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Si descubrí, al mirarte, una luz que proviene del cielo, ¿cómo debo llamarte? ¿Cómo se ama, pregunto, a quien trae algo del resplandor que pulsa en los jardines y recintos de la inmortalidad?

Me consta. Es verdad, lo confieso: en el mundo existen seres prodigiosos, envueltos en burbujas de cristal, en gotas de lluvia, en polvo de luceros, en partículas de mar. Son música, canto, poema, color, forma. Embelesan por su esencia sutil, por ser de otra arcilla, por su estilo de vida, por las huellas que dejan en el sendero. Vuelan, junto con los colibríes, libélulas y mariposas, entre flores policromadas, sobre cascadas y en bosques encantados; por eso creo tienen similitud con los ángeles. Parecen fragmentos de nieve, pétalos fragantes, trozos de paraíso. Uno, tras la caminata de una mañana primaveral, una tarde veraniega o una noche de otoño o invierno, coincide de pronto con una criatura especial y entonces, asombrado, agradece el regalo que aparece en el sueño llamado vida. Admito que es real. Al amanecer, en las tardes y al anochecer, he asomado a tu mirada para descubrir la brillantez que proviene de tu interior y comprobar que es tu esencia la fuente de tal resplandor que me recuerda el crepúsculo en el horizonte, cuando el océano y el cielo se funden en el más subyugante de los besos. En tu luminosidad distingo la fragua que Dios, al formar el universo, utilizó para fundir las estrellas que decoran el firmamento. Como que traes la flama que alumbra la buhardilla donde suele dedicarse al proceso mágico de la creación, o quizá me equivoco y alguna vez, al consentirte, transmitió a tu alma la llama que regala a algunos seres especiales con la intención de que alumbren los caminos del mundo. La luz que proviene de tu interior es la misma que aparece cada noche en la luna y los astros, en nuestros corazones cuando laten, en el sol que anuncia la aurora, en los capullos que revientan para dar forma a las expresiones más bellas, al rocío de la mañana, a tus ojos. Ahora que descubrí, al mirarte, el fulgor que viene de lo alto. ¿cómo te llamaré?, ¿de qué manera te amaré? ¿Cómo se ama a quien es flama del cielo, llama del desván de Dios, fuego que ilumina el alma? Acepto que me transformaré en centinela, en fiel guardián, para cuidar la luz que te ilumina; pero también anhelo vivir la locura de un amor grandioso, a tu lado, con la intención de ser lámpara humilde que nunca se apague. Deseo unirme a ti para juntos ser destello que como constancia del delirio de un amor inextinguible, cruce el firmamento durante su ruta a la morada que palpita en nosotros, en ti y en mí, en todo lo que parece obra sustraída de una fuente bella e inagotable. ¿Qué clase de amor se da a un destello de cielo?

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Mi ángel…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“Y una noche creí soñar que estaba en el paraíso con un ángel; pero al despertar, al sentirme vivo en el mundo y consumir las horas del día, descubrí su sonrisa y presencia resplandeciente a mi lado. Le declaré mi amor y entonces aprendí que los ángeles existen para cumplir alguna misión especial aquí, en la temporalidad, con la promesa de estar a su lado y compartir la inmortalidad… y así lo hago, desde entonces, con el amor que te profeso”.

Un día, el cielo abre su portón y sus ventanas con la intención de despedir, temporalmente, a una de sus almas consentidas, al ángel que Dios creó con su fórmula especial e inmortal, quizá una mañana distante, en una de las orillas de la eternidad, cuando el principio era agua y nubes, corriente etérea que fluía, como ahora, en el interior de uno y en todo lo que es y existe.
Ante tan grandioso hecho, también se abren los corazones y las constelaciones, la vida se alegra y la creación se ilumina de tonos subyugantes, como si todo en el universo estuviera conectado y en armonía con una directriz mágica.
Entones se registra en el mundo un acontecimiento sublime porque igual que los luceros de aparición repentina que uno observa con asombro en el firmamento, el nacimiento de un alma de ángel no es noticia cotidiana. Un ángel ha nacido, pronuncia felizmente el universo.
No toda la gente tiene capacidad de percibir en el ambiente, a su alrededor, en la atmósfera y en su interior, que la encarnación de ciertas almas no significa exclusivamente un nacimiento más; se trata de la fragancia de Dios disuelta en la Tierra para dar luz e impregnarla en un corazón que destilará sentimientos excelsos, ojos que comprenderán y derramarán lágrimas ante el dolor y las infamias, manos que darán de sí a los necesitados y apoyarán a los débiles y enfermos, labios que emitirán palabras inteligentes y de aliento, pies que dejarán huellas indelebles a su paso por corresponder a quien será de virtud modelo.
Realmente, tú y yo lo sabemos, tales ángeles no viajan desde lo inconmensurable de la eternidad para hospedarse, cual forastero o inquilino común, en cualquier familia, no, definitivamente significaría un derroche que los pétalos más cautivantes y tersos de la flor se contaminaran con la pestilencia del lodazal.
Necesariamente, un alma esplendorosa encarna en el integrante de una familia cercana, por sus virtudes, a los ángeles, a los encantos del cielo. Recibir un ángel en casa, implica compromiso y responsabilidad con quien lo envió, con esa alma tan pura y con la humanidad.
Es así como al nacer aquí, en el mundo, un ángel, su linaje se nota desde el inicio, acaso en el fulgor de su mirada, quizá en su sonrisa, tal vez en la energía que transmite.
Generalmente, los seres humanos se asombran al definir rasgos diferentes en tales criaturas, sin comprender que en esos rostros resplandecientes asoman la mirada y la sonrisa de Dios.
Sólo aquellos que saben interpretar el lenguaje celeste, entienden que se encuentran ante un ser más espiritual que material, quien durante su estancia en el mundo cultivará flores que se convertirán en detalles que regalará al marchar hacia su morada.
En cada ángel que visita temporalmente el mundo, refugiado en aspecto humano, existe una misión específica, y si unos predican las doctrinas del bien y la verdad, otros, en tanto, demuestran con actos cotidianos que la vida es algo más que una historia fugaz o un sueño, es parte del camino y la prueba para alcanzar la inmortalidad.
Lamentablemente, amplio número de hombres y mujeres prefieren consumir los días repetidos de sus existencias en historias insulsas, en esquemas masivos y superficiales, en asuntos más temporales que trascendentales, alejándose así de las almas angelicales que bien podrían convertirse en los faroles que alumbraran su caminata durante las noches desoladas.
Tras reconocer la existencia de los ángeles, admito que cuando te reencontré en algún paraje del mundo, percibí, ipso facto, el resplandor del que hablo, la luminosidad de un alma especial, el perfume que proviene del interior y lo elevado. Quienes de alguna manera somos las criaturas extrañas del vecindario, los seres que optamos más por el gran silencio que por lo deslumbrante y estridente de lo pasajero, estamos familiarizados con la fragancia de las almas irrepetibles, y eso me ayudó a identificar la tuya.
Me percaté, asombrado, de que tú, mi musa, no eres un ser humano común. Bien sabes que la gente, a tu alrededor, suele criticarte por actuar distinto y regirte por medio de códigos registrados en tu interior, en tu alma, más vinculados al ambiente etéreo que a las superficialidades terrenas.
Admito que no es fácil tomar el bolígrafo y el papel u oprimir las teclas para expresar que la mujer que uno ama, es encantadora, diferente, especial, femenina, plena, triunfadora, hermosa y de virtud modelo, y también eso, un alma de ángel. Esa parte es complicada porque incontables hombres y mujeres preferirían, en todo caso, imaginar que uno, como escritor, tiene una musa que suele posar para la inspiración, con la que se experimentan los más tórridos encuentros, entre bebidas, papeles y caricias, cuando ambos sabemos que nuestro amor es especial y distinto a lo que podría suponer la mayoría.
Insinúo que es complicado no porque resulte imposible inspirarme en ti, echar la red al océano de las ideas y sacar letras para hilvanarlas y formar los textos más poéticos, sino por la responsabilidad de exponer la excelsitud de un alma como la tuya en un escenario acostumbrado al escarnio, al brillo de las superficialidades, al afán de poseer y contabilizar, a lo burdo, a lo inmediato, a los impulsos.
No es complicado tomar una vara y escribir en la arena de la playa: “la mujer que amo tiene alma de ángel”, pero las olas y la espuma del mar, al deslizarse de regreso, borrarían las letras. Podría gritar: “soy feliz porque amo a una mujer singular, opuesta al egoísmo y materialismo de la gente”. La humanidad no se percataría por mantenerse entretenida en asuntos inmediatos, por estar más de moda lo fugaz y placentero que los tesoros del interior.
Algo tan puro no se exhibe ni tampoco se expone, cual baratija, en un puesto callejero. La mayoría de la gente se burlaría por no entender el significado de la espiritualidad de un alma de ángel, y yo, amada mía, jamás rebajaría la luz al soplo de las tinieblas. No, no es sencillo hablar del amor y menos mezclarlo con la espiritualidad cada vez más desdeñada por las mayorías.
Gran dilema enfrento al tratar de exponer públicamente, con delicadeza y estilo, que el amor que me inspiras y te dedico no turba mis sentimientos ni mi razón, y que si insisto en que tu alma es de ángel, es porque la he sentido e identificado. La tuya es un alma diferente, especial, sublime, y llegó al nacer, precisamente, a un hogar, a una familia con alta dosis de espiritualidad.
Mi amor por ti no es barrera para hablar; al contrario, te conozco y hoy tengo la facultad de manifestar que tu trayectoria existencial, aunada a los códigos espirituales que te rigen, no pertenecen a los de un ser humano común; corresponden a un ángel de intensa brillantez que cada día vuela más cerca del techo inconmensurable del universo, donde se encuentra el acceso a la morada eterna, al palacio de un Dios que al contemplar todo, hace que las plantas germinen en la tierra y broten pétalos fragantes y policromados, que las nubes suelten innumerables gotas de agua que se convierten en perlas fugaces, que la vida terrena inicie con un despertar y concluya con un suspiro.
Es preciso no divagar, decir la verdad cual es. Al enamorarme de ti, ofrecí amarte todos los días de nuestras existencias y prolongar tan bello sentimiento a la eternidad, cuidarte siempre, dar lo mejor de mí para hacerte muy feliz, consentirte y colmar tus días de detalles, y así lo haré porque es una promesa que surgió de lo más íntimo de mi ser; no obstante, al saber que eres alma de ángel, me uní a ti con la intención de vivir plenamente aquí, en la temporalidad, es cierto, pero con la convicción de preparar el retorno a la inmortalidad del cielo.
Oh, si trasladar un fragmento del paraíso al mundo resulta una experiencia grandiosa y enriquecedora, cuán bello será llegar juntos, por la esencia de nuestras almas y el trabajo que desarrollemos, a la casa donde el amor y la felicidad son de naturaleza eterna por venir de quien todo lo concibe, desde la hoja que se mece al desprenderse del árbol y el vuelo zigzagueante de la mariposa, hasta la impetuosidad del mar y la maravilla de la constelación.
La interrogante que queda pendiente de responder es, sin duda, ¿qué me motiva a afirmar que tu alma es de ángel? Confieso que cuando te miré por vez primera, una noche ya lejana, te descubrí entre la conglomeración. Eras, entonces, una joven escolar. Mi atención se concentró en ti y ya lo dije un día, percibí una voz interior que me avisó: “es ella, es ella…”
Imagina lo que sentí al reencontrar un alma de hermoso fulgor como el tuyo. Te había buscado siempre en un rostro y en otro, aquí y allá, y esa noche, sin esperarlo, te encontré. Me gustaste, es cierto, como me encantas ahora; sin embargo, noté que había algo más en ti, esa luz indescriptible que solamente emana de las almas puras, los seres creados con la fórmula secreta de Dios, a quienes encomienda misiones especiales.
No niego que me atraen tus rasgos, pero ambos sabemos que la belleza física es temporal y carece, por lo mismo, de porvenir; en cambio, las riquezas internas, como las que almacenas y materializas en tu estilo de vida, conducen a niveles superiores.
Así que en tu alma de ángel yacen principios universales, virtudes excelsas, y no es de sorprender si recordamos que Dios, antes de enviarte al mundo, te encomendó algunas tareas específicas y te dio la facultad de encontrar el silencio interior para reconfortarte y fortalecer tu ser ante las pruebas y tribulaciones que se presenten en esta vida terrena.
Las almas angelicales, como la tuya, sobresalen porque suelen recluirse constantemente en ese silencio interior que propicia el contacto con la supremacía universal, con Dios, y cuando regresan a las cosas y la vida del mundo, lo hacen con tal fortaleza y renovación que cautivan por su esencia, por su brillantez, por su estilo tan peculiar de actuar y responder con acierto y maestría ante las circunstancias.
Ante los demás, aunque no les agrade o no lo acepten, un ser como tú se distingue por su alta espiritualidad, por su esencia, por sus principios. Eres inquebrantable, refinada, amable, femenina, sonriente y siempre dispuesta a ayudar, a vivir conforme a los principios que forman parte de tus valores internos.
Independientemente de los rasgos que te distinguen como alma de ángel, hemos dialogado, ahora que nuestros corazones están unidos y laten al unísono de la creación, con la idea de ajustar la historia que compartimos al proyecto, también trazado por ambos, de preparar cada día el retorno al cielo.
Dirá la gente, tal vez, que el amor que siento por ti me condujo a los extravíos de la razón y que ahora, confundido entre luces y sombras de una ilusión que seguramente imaginan fantasía, me desbarranco fatalmente; pero aquellos que conocen sobre el alma, entienden a lo que me refiero y saben, en consecuencia, que ambos, tú y yo, hemos abierto los cerrojos internos con la finalidad de desbordar sentimientos y virtudes, y que si estás familiarizada con la esencia de los ángeles, mi intención es emular tu vuelo para no separarme nunca de ti.
Nadie está obligado a compartir lo que escribo, pienso o siento. Respeto las creencias de todos mis lectores. Hoy me conformo con expresarlo y saber que ustedes, los ángeles, vienen al mundo por alguna razón, y si alguien no lo cree, que me lo pregunte porque soy testigo de que existen, y amo al mejor, a ti.