Tengo un sueño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Y ese sueño tan real, eres tú

Tengo un sueño que me acompaña desde que estaba en otro plano, antes de nacer aquí, en el mundo. Es una quimera, el delirio de una ilusión. Olvido, a veces, que estoy despierto por unos instantes dentro de la eternidad, que me encuentro en un paraje terreno y que mi estancia es temporal, quizá por sentirte tan cerca de mí y saberte el amor de mi historia y el color de mi cielo. Mi desvarío eres tú, con  el anhelo y la idea de compartir nuestros sueños y la vida, hasta que ambas expresiones se fundan en el engranaje del tiempo y en la fórmula de la inmortalidad. Ahora que te sé ángel y humano, dama y mujer, poema y música, me reconozco en ti, seguramente por ser caballero y hombre, cuaderno de apuntes y violín. Ambos somos tú y yo, nosotros. Es así como reconstruyo los antiguos recuerdos que se diluyeron en mi memoria, cuando tú y yo éramos los niños de un paraíso y alguien decretó colocarnos en el mundo para probar la fidelidad y la pureza de nuestro amor. Tengo un sueño , y eres tú, es nuestra historia, es mi poemario y es mi locura de artista enamorado. Eres mi sueño y el encanto de un amor que pulsa en mí, en ti, en nosotros, y en la servilleta de papel que te entrego a hurtadillas -tú lo sabes-, en la que escribo mis confesiones y expreso mis sentimientos cuando me miras y sonríes. Respiro tu perfume, siento tu presencia en mi rostro y en mi alma, llevo tu sabor y me sé tú cuando eres yo, y es así que compruebo que los sueños no son intangibles, que se cumplen si uno cree. Guardo en ti una parte de mí y conservo en mi interior un fragmento tuyo, no para coexistir los dos encadenados en una celda, sino con la intención de ser tú y yo en una caminata libre e inolvidable. Eres mi sueño y mi vida, mi temporalidad y mi eternidad, mi yo y mi tú. No me he quedado con residuos de mis sueños porque todos, te lo aseguro, se han cumplido, y ahora que moras en mí y habito en ti, entiendo que alguien muy especial que pulsa en las frondas, en las cortezas musgosas, en el océano y en las estrellas, los cumple al percibirlos auténticos y nobles. Comparto a tu lado, siempre contigo, un sueño de amor, el encanto de un romance, la dulzura de un idilio que coloca a uno y a otro, a ti y a mí, en la realidad de un mundo de sensaciones y en un cielo de sentimientos. Hacemos vida de nuestra más dulce entelequia y sueños de la realidad. Al mirarte en mí y sentirme en ti, descubro lo mucho que tenemos de nosotros y compruebo que la vida es tan sueño como uno lo desea y que las ilusiones se vuelven reales en la medida que se les construye. Veo en tu mirada la mía y así es como entiendo tu vida y tu naturaleza, y hago de las coincidencias nuestra fortaleza y de las diferencias el complemento que nos enriquece. Eres tú mi sueño, mi realidad, mi estancia temporal y mi condición inmortal. Somos ambos el sueño que tuvimos durante una infancia azul y dorada, cuando te sabías una niña patinadora y me sentía conquistador de incontables hazañas para ti. Todo, en una historia de amor, es sueño como vida. Intento aclarar que tengo un sueño que data de otros tiempos y que consiste en fundirnos en un crisol para ser tú y yo, nosotros, uno más otro, y de este modo hacer de la vida un concierto sin final, una obra inmortal, un mundo y un cielo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Me ama…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, mi musa, que eres detalle y poema, amor y cielo

Me ama porque cotidianamente me regala el encanto de su sonrisa, la luz de su mirada y el sabor de sus labios. Me ama porque aquella temporada, cuando yo era fragmento, me rescató del naufragio y unió mis trozos con la ilusión de devolverme los colores de la alegría y la vida. Me ama porque su delicadeza femenina es un obsequio a mis sentidos, a mi existencia y a mis sentimientos. Me ama porque es detalle y ternura, realidad e ilusión, sueño y vida, ella y yo, nosotros. Me ama porque es mujer y dama, ángel y musa, día y noche. Me ama por sus atenciones, sus juegos y risas, sus ocurrencias, su apoyo y confianza, su fidelidad, su código de valores, sus felicitaciones y regaños, sus palabras y susurros. Me ama porque mecemos nuestros sueños, esperanzas e ilusiones en la luna cuando asoma entre la cortina de la noche con su cara de columpio. Me ama porque la encuentro aquí y allá, en un espacio y en otro, en todas las páginas de nuestra historia. Me ama porque venimos de un plano mágico y vamos a un mundo prodigioso. Me ama porque al asomar al espejo de la vida, al reflejo del lago custodiado de árboles y flores, me descubre a su lado. Me ama cuando estamos en el mundo y al abrazarnos desde el silencio y la profundidad de nuestras almas. Me ama porque todos los días está conmigo, aunque muchas veces, por la distancia o sus ocupaciones, se encuentre lejos. Me ama porque siempre estamos juntos en la excursión de nuestras vidas y me acompaña en todas las estaciones por la ruta que lleva al cielo.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Miré tus ojos…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…y así la convertí en mi poema, en musa de mi inspiración, en personaje de mi historia. Comprendí que sería no compañera de una estación, porque las horas banales se desvanecen y olvidan rápido, sino en dama de mi vida, aquí, en el mundo, y allá, en un plano mágico que inicia en el alma y se extiende al infinito, con un amor tal que incendia el universo con sus tonalidades mágicas y su música inagotable

Miré tus ojos, tu boca, tus manos, y descubrí tus detalles, tus rasgos femeninos, esa clase tan tuya que provoca en uno el deseo de calzar sandalias de la misma talla para andar juntos por las sendas de la existencia, escalar cumbres, volar y sentir el paso de las nubes, soñar y vivir el arrullo de la temporalidad y el prodigio de la inmortalidad. Cuando definí tu perfil, te encontré en mí, en el perfume y la textura de las flores, en la belleza de las gotas de lluvia y en el encanto de los copos de nieve. Al verte, sentí emoción. Pensé, entonces, que algún día, cuando uno cree, los sueños y las ilusiones se convierten en realidad. Te identifiqué porque mi corazón latió con mayor celeridad, Me reconocí porque me miré en ti y supe que eres mi alma paralela. Comprendí que si alguien, a otra hora, me preparó para ser caballero, me encontraba ante una dama y era preciso, en consecuencia, probarme, aplicar los consejos y ejemplos con mi estilo. Observé tus movimientos delicados, palpé esos actos casi imperceptibles en nuestra época que distinguen a quien es ángel del cielo, probé tu sabor, experimenté asombro hasta de la admiración y el enamoramiento que me causas todos los días, sentí tus abrazos en el silencio de tu ser y el mío, escuché el susurro del cielo en tu voz y entendí que por fin, tras la espera, me encontraba ante ti, el sueño de mi infancia y juventud, la inspiración de mis obras, el personaje de mi historia, mi rostro femenino y mi amor y compañía de la eternidad. Tanta fue mi alegría, que me pregunté: si es bella, ¿cómo serán sus tesoros? Si es dama, ¿cómo será al transformarse en ángel? Si hermoso es su resplandor, ¿cómo será la luz de su alma? Si es un deleite amarla en la brevedad de la existencia, ¿cómo será nuestro romance en el columpio de la eternidad?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

Sueño de amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los sueños se cumplen. Alguien se encarga de hacerlos realidad. Uno se convierte en personaje de sus sueños, de su vida, y todo se mueve en el universo para materializarlos. Los elementos de la naturaleza se mezclan y de pronto aparecen el viento, la lluvia, la nieve, transformados en espectáculos bellos, en trozos magistrales, en lienzos cautivantes. El carbón, con el tiempo, se vuelve diamante.  Las estrellas, para lucir una noche mágica e inolvidable, esperan que transcurran, en el mundo, las horas de la mañana y la tarde. Tengo sueños y vivencias. Vivo los sueños. Sueño la vida. Quizá parezca delirio, fantasía, extravío de la razón; no obstante, mis sueños y realidades son locura de este amor. Hay quienes durante las travesías de sus existencias soñaron palacios y formaron reinados; otros, en sus anhelos, construyeron puentes de cristal con la intención de cruzar abismos y llegar hasta bosques y jardines celestes. Los seres brillan y se vuelven extraordinarios e inmortales cuando sueñan y transforman sus fantasías e ilusiones en realidad

Fue una noche de encuentro conmigo, una hora de soledad y silencio, un rato de esos en que el tiempo parece detenerse, instantes que no se olvidan por el significado de lo que uno piensa y siente, por el encanto de los sueños que envuelven la vida y alumbran los anhelos e ilusiones.

Una noche aquella, recuerdo, cubierta de prodigios, pletórica de milagros, con luces y sombras, cielos y mares, calma y tempestades, donde navegué inagotable, guiado por la brújula de mi interior, para así llegar a los confines del infinito, a la morada de mi alma y a las mansiones de Dios.

Inmerso en mí, sentí el pulso de la creación, noté tu presencia, escuché los rumores del silencio, percibí tu aliento y admiré las llanuras de la vida, los destellos de la oscuridad y las sombras de la luz.

Ya en la región donde confluyen corrientes de agua etérea, ríos ingrávidos, con nubes de colores tenues, entendí que me encontraba a un paso de la eternidad, entre lo que la gente, en el mundo, llama vida y muerte. Zona aquella donde el espacio y el tiempo pierden sentido. Percibí, por lo mismo, los susurros de la creación, los murmullos de tu voz, el lenguaje de un paraíso que se siente tan cercano y a la vez muy lejano, las voces de Dios.

Recuerdo que años antes, cuando los espejos de la casa solariega sólo conocían mis rasgos infantiles, mi perfil y silueta de niño, algunas ocasiones, nostálgico y reflexivo, preguntaba a mi madre si ya habría nacido la mujer que amaría. Esperaba su respuesta ansioso y emocionado, mientras derramábamos el agua de la regadera sobre las plantas y flores de su jardín de aromas, colores y formas, prefacio de un edén mágico.

Ella, sonriente y maternal, con la nobleza que le caracterizó siempre, solía responder que seguramente no o que quizá se encontraba en un cunero, pero que pidiera a Dios, sobre todo, coincidir con una dama, con un ser extraordinario y femenino, con una mujer a la que pudiera entregar mi más fiel y puro amor y de quien toda la vida me sintiera orgulloso por la calidad de su arcilla y la flama de su interior.

Aprovechaba la coyuntura para relatarme historias maravillosas, sustraídas de sus sentimientos e imaginación. Me inculcaba que debía ser caballero con la niña de mi alma, respetarla como ser humano, apoyarla en todo, hacerla muy feliz, entregarle detalles todos los días y amarla con tal intensidad que las compuertas del infinito se abrieran para recibirnos. Habría que entrar por la puerta principal, alegres y de frente, para merecer el recibimiento más cálido y los mejores regalos.

Las palabras de mi madre, a quien siempre llamé mami, apaciguaban mi ser inquieto. Jugaba y vivía tranquilo, con la seguridad de que un día, al ser mayor, la bruma se dispersaría ante un amanecer esplendoroso, y descubriría frente a mí a la mujer que sentía en mi interior, con su nombre de ángel en el mío, acaso sin comprender entonces que tú, aún en otras fronteras, en un plano diferente, te sabías yo.

Fue la razón, quizá, por la que aquella noche juvenil me interné en mí, a tal profundidad que descubrí la entrada a ti, a la naturaleza, al universo, al cielo más subyugante. Tras sentir la presencia de Dios, caí en un sueño de amor, en una velada mística y romántica, entre el oleaje marítimo y la pinacoteca con luceros.

Pedí a Dios me concediera encontrarte en mi sendero, coincidir contigo en alguna estación del viaje, andar a tu lado por la misma ruta, aspirar al mismo destino, sin importar nuestras edades en tan dulce acontecimiento. Simplemente, ahora lo sé, mi encuentro contigo y la historia de este amor, significarían la coronación de nuestras vidas.

Hoy, por primera vez, confesaré mi petición a Dios. Con la pureza de aquellos años infantiles, cuando pregunté a mi madre por ti, también formulé interrogantes a quien decreta los signos de la creación, y le pedí descubrirte en determinado período de mi existencia para protagonizar la historia más hermosa y amarte en el mundo y en otros planos insospechados para la mayoría de los seres.

Como eres una de sus niñas consentidas, ahora lo sé, solicitó, en el silencio de mi ser, expusiera qué buscaba en ti, y como ya te presentía, no dudé en decir que la pureza y el resplandor de un alma evolucionada, digna de ser esencia, orgullosa de sus rasgos femeninos, con un tanto de mí , libre y plena, con los tesoros del interior.

Dios me mostró, en su taller, diseños femeninos, fórmulas de mujer, trazos de seres sutiles. Me invitó a examinar cada dibujo con su proyecto existencial. Había mujeres con ojos raptados del mar turquesa o con los tonos del jade y del cielo, como también tan profundos como el color de la madera. Otras poseían rasgos elegantes y finos, de hermosura incomparable.

Unas eran acaudaladas, poseían fortunas materiales; otras, en cambio, se distinguían refinadas y cultas; algunas portaban belleza física. Las había de todas las clases sociales, creencias y razas. Había mujeres bonitas, elegantes, superficiales, inteligentes, espirituales. Allá, en su buhardilla mágica, me mostró el catálogo de la humanidad. Observé a todas las mujeres de antaño, hoy y mañana. Comprendí, también, que hay una esencia que pulsa y posee innumerables rostros.

No oculté mi sobresalto cuando pregunté a Dios el motivo por el que no te encontré en el catálogo que me mostró. Sonriente, explicó que a seres como tú los resguarda en un arcón secreto porque les tiene encomendadas tareas significativas, alguna misión especial, y anticipó que si en verdad estaba dispuesto a amarte, tendría que acompañarte en el paseo y la estancia de este mundo y en el viaje a la ruta interior, a las mansiones del infinito.

Sé que Dios me puso a prueba. Colocó el álbum de las mujeres ante mi mirada, acaso para medir si era capaz de resbalar ante la seducción de las apariencias y la fortuna; sin embargo, el amor que te tengo, ese tú tan mío y ese yo demasiado tuyo, influyeron en mi búsqueda.

Desde el inicio de la conversación, Dios notó que deseaba una mujer con el resplandor de un alma pura, entregada a sus códigos y principios, auténtica y sonriente, fiel y traviesa, libre y plena, con manos laboriosas para dar de sí y apoyar, con oídos atentos a las necesidades humanas, con voz canora para dar consuelo, con mirada de ángel para difundir las riquezas del cielo. La pureza de un ser, anticipó, no se compra con tesoros materiales.

Prometí amarte aquí, en el mundo de la temporalidad, y en el plano de la eternidad, porque una historia compartida es el tú y el yo transformado en nosotros, en ti, en mí, que asegura la vida interminable, la dicha y el encanto de ser fuente y agua, manantial y río, nube y lluvia, volcán y lava.

Dios miró mis ojos y expresó que concedería mi petición, con la advertencia de que tendría que ser caballero de una dama, juego de una niña, alegría y consuelo en las tristezas, compañero fiel de un ser femenino, burbuja llena de detalles, amor interminable.

Al retirarme de aquel recinto donde todo era luz, regresé con la promesa de vivir contigo un sueño de amor, el encanto de la existencia, la alegría de permanecer juntos, el privilegio de estar hechos de otro barro.

Hoy, cuando te miro, agradezco a Dios aquel sueño de amor, la noche en que dormí profundamente y le pedí coincidir contigo para amarte y compartir a tu lado, en ti y en mí, el devenir de la creación interminable.

Cada día, lo he confesado, me enamoro de ti y siento embeleso hasta por el asombro que experimento al amarte, al descubrir tus detalles femeninos, al escuchar tu voz, al disfrutar nuestros juegos, al abrazarte, al buscar las notas musicales y los rumores del silencio interior, al besarte y llevar tu sabor, al regalarte una flor, al saber que eres dama, al compartir el sí y el no de la vida.

Observo tus movimientos sutiles cuando eres tan mujer, tus detalles femeninos, respaldados por un código inquebrantable de principios que rigen tu existencia e invitan a admirarte y sentir respeto por ti, cuidarte todos los días y las noches, consentirte, dispersar pétalos fragantes en tu camino, amarte con alegría y libertad.

No eres burda ni superficial. Jamás serás maniquí de aparador ni juguete pasajero en alguna posada, ni tampoco pepenadora de existencias ajenas ni fuente de odio y perversidad, porque una mujer como tú, hecha de ecos y fragmentos de un paraíso celeste, huele y sabe a la excelsitud y pureza de un alma contagiada por el aliento de Dios, y eso, musa mía, es lo que le solicité aquella noche memorable durante mi sueño de amor.

Una mujer es un ser humano maravilloso que merece volar libre y plena, segura de sí, rumbo a su desenvolvimiento. ¿Qué más podría solicitar a Dios si me concedió todo lo que le pedí durante aquel encuentro mágico? Ojos de espejo para mirarme, perfume del cielo para recordar la esencia de mi alma, sabor a ángel, actos femeninos, mujer de virtud modelo, dama innata, todo lo que soñé en ti desde los años de mi infancia dorada.

Mi madre tenía razón, había que soñar, creer y esperar pacientemente. Sabía que un día llegarías, cruzaríamos por algún camino y de ahí partiríamos a los escenarios del mundo, a las estaciones del firmamento, a la eternidad.

Quizá a muchos hombres y mujeres, aquí y allá, a una hora y a otra, les parezca repugnante y absurdo resaltar las virtudes de una mujer como tú, y hasta pensarán erróneamente y con mofa que estoy enamorado de tu cuerpo, de la pasión pasajera que la mayoría busca en una relación, o que sigo modelos caducos y acartonados; pero desconocen que cuando uno, tras la caminata de las centurias y los milenios, descubre la belleza y los secretos de la luz perenne, desbarata los intereses fugaces y el guiño de la superficialidad para emprender la jornada a tierras distantes y cercanas, donde la existencia es sueño y los anhelos e ilusiones se convierten en vida.

Me encantas. Eres bella, noble, sencilla, inteligente y equilibrada. Tus principios son elevados, pertenecen a otros planos, como los vi en el taller de Dios, un gran tesoro guardado en tu alma para que irradies resplandor durante tu caminata por el mundo, ilumines el sendero de vuelta a casa y tu flama se una a la gran luz universal.

La gente dirá, tal vez, no sé, que he perdido la razón; mas no sabe que me sumergí en mí, viajé por mi ruta interior, creí en mis anhelos y hablé con Dios para que me concediera la dicha y el privilegio de coincidir con una dama, con el color de mi vida y el perfume de mi cielo, contigo, mi musa, a quien entrego estas palabras cual prueba de mis sentimientos y admiración, y constancia de que alguien, desde su buhardilla, cumplió mi sueño de amor.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

 

 

 

Un preludio, una obertura…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

…en esos días, como ahora, sentí tanta emoción, que decidí hacer de nuestro amor un preludio, una obertura, con la idea de que siempre sea principio de un concierto magistral y una historia extraordinaria e inolvidable

Tienes tanto de dama y de cielo, que al percibir tu fragancia y probar tu sabor, te reconocí en mi esencia y encontré uno, otro e incontables motivos para sentirte y descifrarte en las expresiones más dulces y bellas de la vida, quizá por descubrir en ti la medida infinita del amor y mi talla de caballero, probablemente  por ser eco y fragmento de un ayer compartido en otro plano, tal vez por todo. En ti sentí, por primera vez, tal emoción que me atreví a expresar con alegría e ilusión: “me cautivas. Estoy enamorado de ti. Al coincidir contigo, entiendo que definitivamente no espero a alguien más porque te amo”, y así iniciamos, acaso sin percatarnos, una historia extraordinaria e inolvidable, tan hermosa e intensa como los guiones que Dios escribe para sus criaturas consentidas. Al descubrir mi rostro y mi silueta en tu mirada, comprendí que tus ojos de espejo me conducirían hasta los rincones de tu alma y a las rutas de un paraíso interminable que inicia en uno y se extiende hacia el infinito. Me percaté, entonces, de que siempre habías permanecido en mi morada y que sin darme cuenta, flotabas a mi alrededor, en mi buhardilla de artista, mientras escribía. Oigo los latidos de tu corazón en los míos, los interpreto y reconozco a la dama del caballero que soy, hasta convertirte, como lo he repetido, en un yo muy tuyo y en volverme un tú demasiado mío. Ahora sé que cuando uno ama a otra persona, debe ser con un sentimiento auténtico, fiel y puro, con un delirio tal que traspase las fronteras de la eternidad, con la sonrisa y la bondad que Dios enseñó al tallar la luna y fundir las estrellas, para ser uno, resplandecer en el mundo y el firmamento, trascender y llegar a las mansiones de un plano mágico. Nunca antes, como a tu lado, había sentido tanta alegría y paz, como la que se respira una noche romántica, a la orilla del océano, mientras el oleaje baña los granos de arena una y otra vez, probablemente acompañados, tú y yo, de los rumores que vienen de un cielo prodigioso que está en ti y en mí, en el canto de los ríos, en el perfume de las flores, en las tonalidades de las hojas, en el vuelo de los colibríes, en la esencia de la vida. Gozamos cada instante porque desde el principio, cuando te encontré en mi camino y te miré con tanto asombro, acordamos protagonizar una historia, la nuestra, con los claroscuros de la vida, con el sí y el no que implica excursionar por el mundo, con las luces y sombras que forman parte de las pruebas para conquistar la cima. Iniciamos así un guión distinto al que comparte la mayoría de la gente, ajeno a modas pasajeras y superficialidades, porque somos de una arcilla diferente y no importa que los demás rían con mofa o juzguen el enamoramiento y los detalles que tú y yo nos regalamos cada instante. En todo caso, habrá que confesar, si es preciso, que uno de los secretos, en el amor, es que hay que hacerlo un preludio, de manera que cada día se renueve con alegría, asombro, enamoramiento y romanticismo, elementos muy valiosos para que el concierto de nuestra historia sea magistral, una obertura interminable que envuelva a ambos en un sueño prodigioso y tienda un puente de cristal que una el mundo con los jardines de la inmortalidad.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Es el poema…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, con mi amor y admiración, por ser la dama del artista que te escribe. Gracias por justificar mi esencia de caballero

Una dama es el poema delicado que uno escribe alguna noche romántica, quizá a la orilla de un lago azul con cisnes, acaso recargado en la corteza de un pino, tal vez en una banca de herraje artístico o de cantera añeja, cerca de una fuente de la que brotan gotas que salpican y forman charcos en las baldosas y retratan la luna con rostro y sonrisa de espejo y los faroles dispersos en les calzadas solitarias.

Es el encanto de una vida porque ella habla con dulzura en los momentos de romance y sosiego y con energía cuando defiende sus convicciones, ideales y valores, igual que la rosa de blancura resplandeciente que luce ufana la belleza, el perfume y la textura de sus pétalos y espina a quien se atreve a mancillarla. Requiere amor y cuidado.

Se trata de una criatura que Dios, al crearla, consintió tanto que depositó en su alma la esencia de su palpitar, y por eso es que al mirar, lo hace con un destello especial, como si fueran las ventanas de un cielo prodigioso. Es el motivo, parece, por el que una dama posee mirada cautivante, tan parecida a la del día cuando amanece o a las estrellas al anochecer.

Una dama es mujer, pero también ángel y doncella. Es un estilo de vida que se percibe desde el cunero, al nacer, y se practica toda la vida, hasta antes de llegar al sepulcro, porque viene de la esencia, del alma.

Ella prefiere a su familia, al caballero que le entrega su amor. Se deleita al compartir con ellos los mejores días de su existencia. Son su mayor tesoro. Es el motivo por el que su casa es hogar, recinto en el que el ambiente es de armonía, sentimientos, alegría, valores y amor.

Sabe divertirse y reír, pero evita resbalar al pantano. Su porte inspira respeto. Ningún hombre se atreve a burlarse de ella ni a tomarla como juguete de su aventura porque es dama, exige respeto y se comporta como soberana.

Desde la infancia se nota su delicadeza. Sus acciones, palabas y modales son femeninos. Una niña con tales características, será la joven dulce y bella que al final de su existencia, quizá en la ancianidad, dará el último suspiro con la alegría de haber vivido en armonía, con equilibrio y plenamente, sin cargas encima y sí, en cambio, con la satisfacción de dejar huellas indelebles y una existencia ejemplar, inolvidable, extraordinaria y de servicio.

Una dama estudia, se prepara y trabaja, se realiza como ser humano, con la diferencia de que no se masifica ni se resquebraja hasta perderse y convertirse en maniquí de aparador, en objeto artificial y de placer para los demás, porque ante todo se sabe mujer y no desconoce que el respeto se lo dan sus principios.

Y no importa que vista pantalón o vestido porque su ser es el que trasciende. No es de las personas que creen que las uñas excesivamente largas y el rostro cubierto de maquillaje dan un toque femenino. Eso es decoración artificial.

Una dama, insisto, entra en sí, en su silencio interior, para reencontrarse con su alma, con la vida, con el universo, con la creación, con Dios. Siente el palpitar de su ser en sí y descubre rutas inimaginables a paraísos subyugantes y prodigiosos.

Las manos, los ojos, la boca y los oídos de una dama son los de Dios porque ella apoya y entrega, mira con ternura, da consejos sabios y escucha con respeto, principalmente a aquellos que más sufren. No se burla ni odia. Desconoce el rencor y las perversidades.

Feliz el hombre que, transformado en caballero, recibe el amor de una dama porque se trata, en verdad, del sentimiento más dulce, hermoso y sublime del universo. El amor de una dama es el que viene de Dios y uno, al recibirlo, debe sentirse dichoso y totalmente bendecido porque es eterno, fiel y puro.

Hoy, ante la falta de ejemplos vivos, amplio porcentaje de seres humanos ignoran el valor que representan una dama y un caballero, a quienes generalmente califican con mofa como seres anticuados y ridículos, casi extintos; no obstante, si supieran que tal estilo de vida conduce a un destino excelso e infinito, indudablemente admirarían a esa clase de hombres y mujeres extraordinarios.

Por cierto, mi musa, yo, tu amante de la pluma, ¿ya te expresé este día que te amo, te admiro y me siento profundamente enamorado de ti? ¿Te comenté, en algún momento, que este texto te pertenece porque eres la dama de un escritor que se siente caballero a tu lado?

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

No hay palabras

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Podrán resultar insuficientes las letras y las palabras para decribirte porque tendría que inventar un vocabulario o raptar el lenguaje del cielo; no obstante, al ser caballero y amarte tanto, todos reconocen que mi locura y destino eres tú, una dama

No hay palabras, por aliadas que sean de un escritor y artísticas que parezcan, capaces de describir la belleza de quien es mujer y dama, ángel y musa, vida y sueño, quizá porque quien coincide en la senda de un hombre y resplandece por la intensidad de su interior, es luz y encanto, compañía y amor, detalle femenino e ilusión, alegría y virtud. Dichoso aquel hombre que en su ruta descubre a la mujer en quien siempre podrá depositar el más fiel y puro amor porque será correspondido y tendrá la certeza, además, de que ella se convertirá en la compañera de su historia. La mujer que es dama, se parece tanto a las niñas que consiente Dios y que unas veces, por la ternura que les tiene, coloca en sitios especiales y con seres privilegiados y otras, en cambio, transforma en luceros del firmamento, siempre con la idea de que alumbren y embellezcan lo que miran y tocan, como si quisiera demostrar que el amor es fuente de los sentimientos más profundos y sublimes, del bien y la verdad, de la inmediatez y del infinito, del mundo y de los paraísos que se sueñan y presienten desde el alma. Estoy convencido de que aunque uno sea escritor y amigo de las letras y las palabras, resultan insuficientes para describir a una dama que, como tú, me invitas a ser caballero de tu vida y tus sueños, admirador de tus actos y detalles femeninos, niño y hombre de la infante y mujer que hay en ti, nombre y apellidos complementarios a los tuyos. Al ser tú mi dama y yo tu caballero, posees un tanto de mí y yo tengo algo de ti. No hay palabras que te describan porque las damas, como tú, son invento y diseño de Dios, medida exacta de un caballero, locura de un amor.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

A una mujer, a una dama…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre supe que eres mujer y dama, musa y ángel, mundo y cielo, tú y yo

A una mujer se le trata con ternura, se le entregan los sentimientos más bellos, se le consiente toda la vida y se le regalan flores; a una dama, por añadidura, se le admira, se le ama fielmente, se le hace feliz y se cubren los días de su existencia con arcoíris, alfombras de pétalos, estrellas y sonrisas. No son los poemas para desperdiciarlos en quien no los entiende; se escriben una noche y muchas más en la soledad de una buhardilla de artista, inspirado en una musa, para la más femenina de las mujeres. Grandioso es, durante la jornada terrena, enamorarse de una mujer bella y dulce; pero más sublime es amarla, ser el caballero de una dama y acompañarla a las rutas que conducen al más prodigioso de los cielos. Inspira obras excelsas, actos extraordinarios y hazañas aquella mujer superior a las banalidades, la superficialidad y el encuentro de unas horas. Es maravilloso amar a una mujer, pero si es musa y dama, resulta un honor, una bendición y un privilegio ser su poeta, su artista y la otra parte de ella. Tú eres, para mi dicha, mujer y dama, ángel y musa, poema y música, pintura y lluvia, aurora y ocaso. Es la razón, quizá, por la que te amo al amanecer y al anochecer, al nevar y soplar el viento, cuando aparece el sol y asoman la luna y las estrellas. Amar a una mujer es un deleite; a una dama, en tanto, es abrir la puerta del cielo y sentir el aliento de Dios. Mi amor, cuando te lo entrego, está dedicado a ti por ser yo, a mí por ser tú, a nosotros, a la dama que eres y al caballero que soy. Observo en tu mirada, en tus manos y en tus movimientos la esencia femenina que te distingue y propicia que sea el hombre de una mujer, el caballero de una dama, el escritor de una musa, el amor inextinguible que se transforma en destino, en historia, en locura.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Al amarte

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La vi de frente, sin atuendos ni máscaras, y quedé asombrado por amar a la niña con quien jugué, en otro ciclo, en el patio del cielo. Supe, entonces, que esta vez fundiríamos nuestras almas en la fragua de Dios para alumbrar y decorar el firmamento 

No necesitaste, para enamorarme de ti, la superficialidad de los atuendos ni la aplicación de maquillajes artificiales; bastó mirarte al natural y de frente, como eres, con el dibujo de tu sonrisa, el destello de tus ojos y tus labios de niña, para llegar hasta tu alma. No ocupaste, para fijarme en ti, carcajadas ni gritos; me cautivaron tu silencio, la sutileza de tu voz, al hablar y reír, y el encanto de tus sentimientos. No requeriste, para atraerme, la posada de una noche; me embelesaron tus detalles de mujer, tu alegría y orgullo de ser femenina, tu estilo tan especial. No utilizaste, para despertar mi admiración, mentiras ni trucos; me fascinaron, desde el principio, tu autenticidad y tu código. No fueron necesarios, para demostrarte mi fidelidad, contratos ni grilletes; a una dama se le entrega el amor más sublime y puro. No hizo falta, para ofrecerte burbujas de alegría, vivencias e ilusiones, entregarte cual mercancía; un caballero da su amor a una mujer extraordinaria y se siente dichoso cuando ella es feliz y se desenvuelve libre y plena. Al amarte, supe que Dios me entregó una joya, y un tesoro, musa mía, se conserva siempre con el más dulce, puro y fiel encanto.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

 

Regalo del cielo

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Siempre hay una mujer que cautiva y queda en los sentimientos, en la memoria, porque es diferente, especial, irreemplazable. Entre tantas mujeres, uno busca y elige a la mejor, a la que trae las ecuaciones y el perfume de Dios, a la que forma parte de su corona, a la que hace de la vida y de las cosas del mundo una serie de detalles parecidos a los encantos del cielo. Dios maquilla especialmente a las mujeres que elige para que sean damas, criaturas femeninas que embelesan y son su canto y su poema. Una dama eres tú y yo un caballero que desea colocar flores en tu sendero, ofrecerte mi más fiel y puro amor y hacerte muy dichosa

De la creación, la mujer es flor, estrella del firmamento, perfume de la vida y el universo; pero una dama es el valor que Dios agrega a su corona. Es su luz, su resplandor, su motivo. Es el nombre que anotó en su libreta de apuntes. Una dama es mujer y algo más. Es ángel y ente femenino. Es detalle, poema y canto. Es, parece, camino a la morada, destello del cielo, encanto sutil. Si una mujer es belleza, una dama es ensueño, luminosidad, hermosura. Su encanto viene de sí, de su esencia, de su estilo de vida. Como que trae consigo la fórmula de la inmortalidad. Cuando Dios moldeó y pintó a las mujeres, ellas, las damas, se transformaron en sus criaturas consentidas y selectas, a quienes maquilló con tonos femeninos para que uno, al mirarlas, aprenda a distinguirlas y sepa que aquel que ama a alguna, tiene una bendición y contrae, a la vez, el compromiso y la responsabilidad de cuidarla siempre y hacerla muy dichosa. Una dama es sueño, ilusión, vida, realidad, encanto y dulzura. Es alguien que no se olvida. Una dama es, además, remembranza de las historias celestes, palpitar del espíritu femenino que está presente en lo más sublime de la vida, la naturaleza y el universo. Es detalle, actitud, valores. Ser mujer es un privilegio y un regalo de Dios; pero una dama es su tesoro. Feliz el hombre que ama, finalmente, a una dama porque ella le entregará sus sentimientos fielmente y con pureza, lo hará dichoso y lo llevará a los jardines, las terrazas y los recintos del cielo. Una dama eres tú, con tu forma de ser, tu código de vida, tus detalles y tu forma femenina. Una dama es la mujer que amo y con quien doy vueltas en una espiral hasta llegar a los sueños de la eternidad, a la vida sin final. Una dama eres tú, un regalo de Dios, un dulce y gran amor.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright