El secreto

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

No dormí cuando supe que pronto estaría a su lado. Asomé al espejo, igual que un adolescente enamorado, para revisar mi apariencia y mi peinado. Me urgía confesarle mi secreto, declararle mi amor, mirarla a los ojos… y así fue como iniciamos una historia inagotable, extraordinaria y sublime

Quizá uno de los secretos de este amor es que al ir a tu encuentro, lo hago con la misma alegría e ilusión de la primera vez, cuando regresé al espejo a una y otra hora, antes de llegar a tu lado, para revisar mi peinado, mi sonrisa y mi apariencia de muchacho enamorado. Tal vez la fórmula consiste en enamorarme de ti cada amanecer y dormir con la sensación de que te encuentras a mi lado y volamos libres y plenos, siempre juntos y felices, al mundo de los sueños, donde reímos y jugamos como dos niños inocentes. Acaso la receta se basa en que lo mismo disfruto beber café en casa una tarde de lluvia que en un restaurante al aire libre, en la calle o plaza más romántica del mundo. Probablemente, la ecuación consiste más en sumar y multiplicar que en dividir y restar. El encanto, supongo, se finca en ser tú y yo, en fundir tu mirada y la mía, en simplemente tomar nuestras manos y contemplar el firmamento en silencio, contar los luceros, oír los susurros del mar, sentir el aire en nuestros rostros y percibir los rumores de la vida. Seguramente, la pauta del amor que me inspiras se fundamenta en sentimientos auténticos. El secreto consiste en sentir emoción a tu lado, en enamorarme de ti cada instante, en definirte en mi alma, en amarte hoy y cada día, en sentirte en mí y saber que seremos eternos, en reconocernos en nuestra historia, en ser tú y yo.

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La noche de nuestro reencuentro

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, nombre de ángel, porque cuando te vi llegar a nuestra cita, supe que se trataba de nuestro reencuentro y del inicio de una historia subyugante e inolvidable de amor

Tengo la sensación de que ciertos días de la vida parecen sustraídos de un jardín de ensueño y de un mundo mágico, como si una fuerza superior eligiera a los seres que por alguna causa desea cubrir con su encanto y premiar con un sendero lleno de luminosidad.

Es un regalo inagotable que uno, en cierto momento, recibe con emoción, alegría e ilusiones, acaso por venir de lo alto, quizá por prometer la dicha inacabable de un mundo sutil y extraordinario, tal vez por traer consigo el reflejo de un cielo pleno e inagotable.

Ahora recuerdo que aquella noche, la de nuestro reencuentro, fue especial. Se trató de fragmentos de tiempo que ni el olvido se atrevió a borrar del cuaderno de notas por la intensidad de nuestra alegría y emoción.

Mi ilusión ante nuestro reencuentro fue tanta, que horas antes permanecí frente al espejo, igual que un muchacho rebelde e inquieto, y asomé una y otra vez como si buscara mejorar mi sonrisa, agregarle un toque especial, rescatar el semblante que alguna vez, en los muchos días del ayer, conociste.

Otra vez busqué mi reflejo, seguramente con la intención de cerciorarme de que todo estaba bien, de que era el mismo de antaño, hasta que me convencí de que el mayor tesoro no se descubre en las apariencias, sino en la esencia, y que tú, nombre de ángel, te interesas en las verdaderas riquezas.

A pesar de todo, rocié perfume en mi rostro y en la ropa y me peiné una y otra vez con la esperanza e ilusión de atraerte y de que reconocieras al hombre que alguna ocasión, otra noche inolvidable del pasado, te miró e identificó en la multitud, entre la gente que iba y venía dentro de la vorágine existencial.

Nuevamente, antes de marcharme al café donde acudiríamos muy puntuales y de frente a nuestra cita, observé al escritor que te reconocería y plantearía una historia de amor especial y mágica, plena y sublime, real y de ensueño, terrena y celeste, intensa e inolvidable.

Grandioso encuentro, en verdad, porque mi declaración consistiría en amarte con fidelidad, de tal manera que nuestra relación quede inscrita en las páginas de la historia; en construir puentes de cristal y escaleras para subir al cielo y juntos, siempre tú y yo, jugar y reír muy contentos.

Entonces incluí mi propuesta de consentirte y hacer de cualquier motivo un detalle, instantes ricos e inagotables, precisamente con la intención de descubrir siempre una sonrisa en tu rostro y besar tus labios con sabor a cielo.

La lista parecía interminable. En el camino, no lo niego, agregué a la fórmula que te propondría, otros ingredientes, con la advertencia de que estaba preparado para amar a una dama con detalles de caballero.

Imaginé nuestro reencuentro. Faltaban minutos para definirte de nuevo. Llovía. Las luces de la ciudad se distorsionaban con las gotas que bajaban del cielo cual ilusiones de un enamorado. Reventaban al tocar el suelo y dejaban escapar suspiros, detalles, sentimientos, esperanza, sueños e ilusiones.

No tardé en recordar que siempre, a pesar de la ausencia de varios años, te había sentido en mi interior, en lo más profundo de mi morada, seguramente porque como bien lo intuí desde la primera vez que te miré, ya formabas parte de mi alma, con tu propia identidad, tu rostro y tu vuelo libre.

Abrí la puerta de la cafetería y ocupé una mesa, pero estaba tan inquieto como un adolescente, igual que cuando me miré al espejo una y otra vez, que me mudé a otro espacio y repetí la acción sin importarme que ellos, los meseros, me creyeran loco e indeciso.

Ya instalado en la mesa que me pareció acomodada en el rincón más apropiado y romántico, esperé, no te miento, con el pulso acelerado, a pesar de que mi historia cuenta tantos capítulos, probablemente, ahora lo pienso, porque esperaba al amor de mi vida, a quien siempre será mi musa y llamaré vida y cielo, nombre de ángel, tesoro mío.

Sentí tal emoción cuando descubrí tu presencia, que no dudo que en ese instante el firmamento abrió sus puertas y ventanas para alumbrar nuestras almas con las constelaciones más hermosas y subyugantes e iluminar el universo.

Al estar ante mí, miré tus ojos y descubrí nuestro reflejo. Eras la misma de antaño. Allí estabas, igual que siempre, con tu rostro de niña alegre y juguetona, con tu mirada que siempre me cautivó, con el resplandor de tu alma.

No lo niego, musa mía, la emoción de sentirte tan cerca provocó que mi corazón acelerara más y mis palabras de escritor tropezaran unas con otras. Estaba ante ti, la mujer que nunca dejé de amar y que siempre percibí en mí.

Tras la plática inicial, confesé, y ahora te lo digo con la emoción, alegría e ilusión de entonces, que me cautivas y me encantas, que estoy enamorado de ti y dispuesto a amarte aquí y allá, en el mundo y en la eternidad, porque el sentimiento que me inspiras es reflejo, parece, del que alguna vez sopló para crear el universo.

Intuí que tú, mi niña consentida, serías eso, el amor de mi vida. Platicamos y reímos, recordamos y suspiramos, no lo olvido porque fueron instantes especiales, momentos en que nuestras almas ya se habían reconocido.

Ante mi tropel de palabras, tomé tu mano y no me importó que entre nuestro primer y segundo encuentro existiera un paréntesis llamado tiempo. Eso, la temporalidad, es para criaturas atadas a las superficialidades que contabilizan hasta los días sin dedicarse a vivir y ser dichosos.

Generalmente no titubeo; pero necesitaba expresarte mi amor, como si con hacerte saber mis sentimientos pretendiera recuperar los años consumidos y rescatar la oportunidad de abrir las puertas de nuestras almas para que se reconocieran y no se separaran más.

Ofrecí alcanzar el cielo con la promesa de regalarte en cada estrella una ilusión, un detalle, una sonrisa, una realidad, un suspiro, y así, en un camino alumbrado por faroles, tocar a su puerta para mecernos en paraísos insospechados donde el principio es final y el momento postrero es inicio.

Sé que fueron fragmentos e instantes que consumimos en la cafetería aquella noche prodigiosa, prólogo de un amor que quedará inscrito en las páginas de la historia más bella, cautivante, intensa e inolvidable entre un escritor y una musa con nombre de ángel.

Insistí en que saltaría de las páginas de papel a la realidad con el objetivo de protagonizar a tu lado el guión más hermoso y sublime de amor. Estaba profundamente emocionado, sobre todo al percibir el resplandor de tu ser, la brillantez de tus ojos de espejo, tus palabras dulces con acento de criatura celeste.

Estaba feliz e inquieto. No me mortifica parecer anticuado porque sé que la mayoría de los seres humanos naufragan en el océano de las superficialidades y la temporalidad, y por eso me atrevo a decir que más allá del embeleso que siento por tus ojos y tu belleza, hay algo que me atrapa y enamora, y es, precisamente, tu esencia. Tu estilo de vida, con tus valores y esa forma tan femenina y natural que te distingue, me indicaron que es un privilegio amarte.

Me encantó nuestro encuentro. Tú y yo sabemos que se trata de una coincidencia especial y extraordinaria, como si el autor de la creación, en su buhardilla de artista, hubiera decretado premiarnos con la dicha del amor.

Pedí la oportunidad de fundir tu corazón en el mío para que sin perder cada uno su libertad, plenitud e identidad, siempre volemos juntos hacia el horizonte dorado y majestuoso donde inicia el cielo y la dicha es inmortal.

Reímos y conversamos aquella noche de nuestro encuentro, hasta que las horas se agotaron y la lluvia cesó. Te llevaste mi promesa de amor y yo, en cambio, me retiré con la esperanza e ilusión de albergarme en tus sentimientos.

Era una de esas noches que uno no olvida por su significado, por la emoción del encuentro, por las ilusiones que se despiertan, por el resplandor de dos seres que vuelven a coincidir y emiten palabras dulces, sonríen y prometen ser muy felices.

Todo fue un sueño que hemos convertido en realidad. Desde entonces, los capítulos que ambos protagonizamos han resultado intensos, con auroras y ocasos, con claroscuros cual es la vida, y si muchos de nuestros abrazos y besos han sido envueltos por el amor y la dulzura del enamoramiento, otros los reservamos para los momentos de quebranto y tristeza, como consuelo y prueba de que no estamos solos y que la unión de nuestros corazones es uno de los regalos más preciados que hemos recibido del cielo.

Últimamente he recordado aquella noche de nuestro reencuentro y siento mucha emoción al repasar cada instante. Es como zambullirme en el océano cósmico, en la historia de la creación donde no hay ayer, hoy y mañana, para recoger perlas con las que ambos nos sentimos identificados.

Yo, tu amante de la pluma, tu escritor, he grabado aquella noche lluviosa y perfumada en mi memoria, en los latidos de mi corazón, porque fue un encuentro tan auténtico, feliz y puro que hoy lo contemplo como prólogo de un amor especial e inagotable.

Ofrecí amarte, dar lo mejor de mí para cuidarte, hacer de cada segundo la oportunidad de un detalle, regalarte juegos y sonrisas, contribuir a tu alegría, consentirte y viajar juntos hacia los parajes de la inmortalidad.

Admito que quien entrega su alma y sus sentimientos a una mujer como tú, a la que indudablemente no pocos calificarán de extraña por no entender ni coincidir con tus valores, tiene la garantía de verdaderamente ser amado y respetado porque es una bendición entrar al alma de un ser que atesora riquezas internas y resplandece por sus virtudes.

¿Demencia? ¿Fantasía? ¿Cosas que ya pasaron de moda? No importa lo que piense la gente porque si aquella noche fantástica de nuestro reencuentro comprobé que tu alma destilaba brillantez, ahora sé que amar a un ángel es una bendición, un regalo del cielo.

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