El juego de los aparadores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi musa, con quien he aprendido que reír forma parte del amor

Muchas tardes calurosas, en las boutiques de las plazas comerciales, hemos quebrantado la formalidad entre las fragancias de los perfumes y el colorido y las formas de la ropa y los zapatos, donde el hechizo de la moda y el encanto de los reflectores atrapan la atención. He asomado en los aparadores, imitando a los maniquíes, para que sonrías y te diviertas o me tomes una fotografía graciosa, mientras tú, ocurrente, pronuncias algunas palabras o me colocas encima un vestido para modelarlo. Miramos las prendas y hasta uno de nosotros, según el caso, entra a los vestidores para posteriormente salir a modelar alegre, incluso ante las miradas recelosas de señores fastidiados y mujeres engreídas. Jugamos como dos chiquillos que retornan a la infancia dorada, a sus años inolvidables, acaso porque en realidad somos adultos con esencia de niños, quizá por compartir todos los instantes de nuestras existencias, tal vez por divertirnos y reír ante la brevedad de los días. Palpamos texturas, vemos etiquetas con precios, admiramos las tonalidades y discurrimos horas enteras en pruebas de vestidor, bromas, juegos y risas. De improviso, alguno se esconde entre la ropa o comenta la exageración de un corte, su color o la apariencia, y lo disfrutamos. Hemos aprendido a compartir y reír. Por lo mismo, esta mañana, cuando caminaba solitario en una plaza comercial, mi atención se sintió atraída por los maniquíes ataviados con ropa de moda e iluminados por reflectores. Detuve mi marcha por un momento, hasta que recordé que iba solo. Comprendí, entonces, que conforme transcurren los días y uno, al amarse, comparte historias, se conoce más y, a la vez, se transmite códigos y señales que identifican y fortalecen la unión de los corazones. Al observar el ambiente de modas e ilusiones que presumen las boutiques, recordé nuestras ocurrencias y juegos, los instantes consumidos una y otra vez. De actos cotidianos, aparentemente superficiales e insignificantes, es posible tejer días grandiosos e inolvidables. Entendí que en la risa demostramos el sentimiento más grandioso y sublime. Reír y ser felices significa amar, y nosotros lo experimentamos diariamente. Sí, la risa y la alegría se derivan del amor, y eso lo sabemos tú y yo.

La magia del calzado

“…Como a su hermana y sus amigas, o a la niña de cartón, les interesaba y preocupaba el zapato, pero raras veces el sendero”. Fragmento de la obra “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, de Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Ediciones Papiro Omega, México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tras los aparadores de cristal, entre la magia de espejos y reflectores, los zapatos aparecen aquí y allá, coquetos, seductores a los sentidos, quizá porque cubren la desnudez de los pies y se convierten en sus rostros, en el maquillaje de efímera existencia que les da estilo y personalidad ante el mundo.

Uno, al entrar a las zapaterías, descubre a un lado y otro calzado infantil, para adolescentes y jóvenes, deportistas, adultos y ancianos de todas las clases sociales, como si compitieran entre sí en comodidad, materiales, precio y belleza para no quedar rezagados ni enfrentar el drama de la caducidad frente a los modelos que llegan con altivez y los compradores que los desdeñan.

Pies femeninos y masculinos prueban el calzado en un acto de enamoramiento, y también de necesidad. Hay quienes toman los zapatos como si se tratara de una criatura animada, de un ser delicado que compartirá a su lado incontables días y experiencias, y por eso los acarician, los miran una y otra vez con cuidado, deslizan sus dedos sobre la textura y hasta perciben el aroma que exhalan los materiales, mientras otros, en cambio, los agarran con tosquedad, igual que quien coge una piedra o cualquier objeto burdo.

Se distinguen, por los movimientos y las expresiones, los espíritus superficiales entre los compradores de calzado, aunque también los seres refinados y los semblantes de aquellos que los adquieren por necesidad o urgencia, o por la importancia de contar con variedad de modelos, o por cualquier otro motivo.

La magia no solamente consiste en adivinar quién comprará cada par de calzado, sino los sitios que pisarán las suelas, los caminos por donde andarán, las historias que protagonizarán, porque lo mismo los hay para bebés, niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos.

Cada par de zapatos se convierte en la morada de los pies humanos. Unos protagonizarán historias en bancos, iglesias, hospitales, escuelas; otros, en tanto, en hoteles, clubes deportivos, restaurantes, mansiones, pocilgas, casas y departamentos de mediana clase, tribunales, despachos, fiestas, sepelios. Todos irán a la campiña o al asfalto de las urbes, ascenderán al tractor, al camión de pasajeros, al autobús, al automóvil, al barco, a la lancha, al crucero, al avión.

Inseparables a sus dueños, atestiguarán silenciosamente pactos de amor, traiciones, alianzas, celebraciones, triunfos, fracasos, alegría, tristeza. Sus propietarios serán, indiscutiblemente, mandatarios, políticos, funcionarios públicos, periodistas, empresarios, médicos, abogados, contadores, ingenieros, diseñadores, pensionados, sacerdotes, prostitutas, meseros, albañiles, estudiantes, amas de casa, choferes, escritores, artistas, obreros, asesinos, delincuentes, cobradores, burócratas, actores, sepultureros, personas desahuciadas, profesores.

Innegablemente, algunos pares de calzado pisarán alfombras y pisos de mansiones; otros sentirán las caricias ásperas del asfalto, el calor o el frío del concreto. Tendrán que acostumbrarse a las piedras del camino, a la tierra, al polvo, o a la elegancia y el cuidado de las cosas. Cada par de zapatos experimentará su realidad.

Quizá se convertirán en únicas prendas de ciertos pies o tal vez serán agregados a la colección, al guardarropa; también asistirán a sus propios funerales, cuando sean arrojados al carretón de la basura, rematados en un mercado de cosas usadas, obsequiados a algunas personas, abandonados en los basureros y las calles o lanzados, como acostumbran ciertos sectores de mexicanos, a las azoteas y los cables de electricidad que cuelgan de un poste a otro.

Igual que los seres humanos, tan proclives a diferenciar las clases sociales y al racismo, los hay de piel, cuero, plástico y otros materiales; pero independientemente de su categoría, delatarán, al mirarlos, las costumbres de sus portadores.

¿Qué zapatos atestiguarán cirugías que salvarán incontables vidas? ¿Cuáles disfrutarán el sabor del triunfo en una competencia deportiva, los aplausos por una ejecución artística o la lectura de un discurso, el miedo de un crimen, la angustia de una batalla, la desolación de la cárcel, el canto de la libertad, la delicia del amor, un paseo, un funeral, una fiesta, un trato o una decisión nacional o mundial?

En apariencia, los zapatos revelan la personalidad de quienes los portan. El hechizo, desde que se les mira y elige en una zapatería, consiste en que no se conoce la identidad de quienes los comprarán y usarán, como tampoco los rumbos que tomarán, las historias de las que formarán parte, las situaciones que enfrentarán, el ocaso que tendrán.

Y es que lo mismo pueden ser adquiridos, de acuerdo con su calidad y precio, por mandatarios de un país, políticos, funcionarios, empresarios, artistas, personas públicas, rabinos, sacerdotes y religiosos de alto rango, que por gente anónima, hombres y mujeres de todas edades y clases sociales, con distintas realidades e historias. Existen zapaterías para todos los estratos socioeconómicos.

En aparadores, rodeados de luces, bullicio y colores, o en bodegas, entre la oscuridad y el silencio, permanecen los zapatos en espera de iniciar, protagonizar y concluir historias, acompañados de las personas que los harán suyos y testigos mudos de la comedia humana. Cada par marchará hacia un rumbo, una trama, un destino, y eso forma parte del encanto, del hechizo, del embeleso.

Tal vez parezca ocioso consentir los encantos y seducciones de la imaginación al ingresar a una zapatería; sin embargo, hay señales más profundas e inquietantes porque si bien es innegable que los seres humanos son variados y naturalmente buscan, según sus circunstancias, apariencia, calidad, precio y comodidad en el calzado, muy pocos se interesan en definir el itinerario del viaje, el sendero a las rutas de sus existencias.