Las sandalias

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Un día antes, en el monasterio, el monje habló a sus discípulos acerca de las apariencias, las superficialidades y la petulancia que condenan a millones de hombres y mujeres, en todo el mundo, principalmente en occidente. Citó las prisiones que la gente fabrica, los anfiteatros y las trampas que los seres humanos construyen al rivalizar racialmente, por su aspecto, por sus grados académicos, por sus creencias y por el dinero, el poder y las cosas materiales que obtienen y, erróneamente, no utilizan para trascender. Mostró a sus alumnos, sorprendidos, carteles con fotogafías de calzado moderno. Se asombraron al detectar la incomodidad de la mayor parte de los modelos, unos que oprimían las puntas de los pies y otros, en tanto, que exigían mantener equilibrio, impedían caminar libremente, presionaban la corriente sanguínea, bloqueaban las terminales nerviosas y agotaban. El maestro explicó que en las grandes urbes, donde las personas se han transformado en criaturas de asfalto y plástico, como negación de la naturaleza, a la que asfixian cotidianamente sin entender que condenan su presente y su futuro inmediato, hasta los zapatos son más sintéticos. La gente no dispone de tiempo, en las ciudades, para despojarse, por algunos momentos del día, del ropaje que presume, del calzado que amuralla sus pies y obstaculiza su contacto con la tierra que exhala vibraciones, energía, propiedades magnéticas que armonizan y equilibran el organismo, las facultades y la salud. Son tan ignorantes, ambiciosos, superficiales y presuntuosos, que dedican sus existencias tan breves a satisfacer apetitos primarios, acumular cosas y fortunas, esconder tras apariencias lo que verdaderamente son, y, al final de sus días, con dolor y tristeza, descubrir, tardíamente, que si los placeres y la riqueza material son válidos, existen otros tesoros de mayor permanencia y valor, como la familia, el bien, el amor, las virtudes, la alegría, el conocimiento, la salud, el equilibrio, la armonía, la paz. Eso conduce a niveles superiores, expresó el místico, quien argumentó que los seres humanos diseñan sus propias historias, sus paraísos, sus sueños y sus pesadillas. La vida es algo más, desde luego sin olvidar satisfacer las necesidades naturales en todo ser humano. Toda persona, dijo, merece, si actúa correctamente, realizarse plenamente y ser intensamente feliz. Unos son artistas, científicos o, como nosotros, místicos, buscadores de la verdad y la iluminación; pero otros dedican los días de sus existencias a la industria, al comercio, a la medicina, a la filosofía, a la enseñanza, a la gastronomía y a diferentes disciplinas del conocimiento. No importa que sean de alguna raza en especial ni su condición social, como tampoco sus creencias, aspiraciones, estudios, jornadas laborales, sueños y vivencias, mientras no cometan atrocidades en contra de otros. Es patético que millones de personas se refugien en sus vestuarios no para lucir atractivas, lo cual es genuino y hermoso, sino con la intención de esconder lo que son en realidad y presumir y aplastar a los demás. Busquemos lo auténtico, la plenitud, el bien, la verdad. Aconsejó meditar. Al retirarse a sus celdas, en la noche, el monje solicitó a los jóvenes que reflexionaran, en medi0 de la noche y desde el silencio, la profundad y los susurros de su interior, acerca de la lección que les impartió sobre las apariencias, las superficialidades, la petulancia y las debilidades humanas, y el valor que significa mantener contacto permanente con la naturaleza, con los elementos, con la vida, con la creación; también les comunicó que, al amanecer, saldrían del monasterio con el objetivo de caminar durante todo el día por parajes insospechados. Y así fue. Temprano, el monje y sus alumnos salieron de la fortaleza monástica y caminaron, en silencio, Las cumbres, envueltas en neblina flotante y cubiertas de nieve, permanecían imperturbables, más cerca del cielo y sin perder, por su grandeza, los detalles, las partes minúsculas, sus bases en el suelo, en la tierra. Caminaron el maestro y sus alumnos por parajes abruptos y desolados que invitaban a fundirse con todo. En aquel ambiente, descubrieron un remanso próximo a un río que acariciaba las peñas dispersas en el cauce y salpicaba incontablels gotas cristalinas y heladas a la tierra, a la orilla, a los árboles, a la vegetación, en un concierto magistral que regalaba pedazos de vida. Tras el silencio de la caminata, el monje habló a los jóvenes, a quienes explicó que dispondrían del mediodía y de la tarde para ellos, lo que significaba, en consecuencia, que podrían reír, platicar, dormir, jugar, apartarse, meditar, correr, ensimismarse, soñar, refrescarse en la corriente que descendía de las montañas, estudiar, divertirse y consumir los instantes en la contemplación. Era un ensayo de la libertad. A partir de ese momento y hasta que él lo indicara, serían libres y responsables de sus sentimientos, actos y pensamientos. Mientras los discípulos corrían libres y plenos, el monje decidió permanecer sentado a unos centímetros de un árbol frondoso con la idea de recorrer y explorar su ruta interior, reencontrarse consgo y trascender desde el alma. Al contemplar el escenario y ver a sus alumnos que, en grupos, dialogaban en los peñascos, jugaban en la llanura y reían, descubrió a uno de ellos, apartado, desprovisto ya de sandalias, con los pies hundidos en la tierra, en el barro, mientras abrazaba un árbol y miraba la corriente del rio, hasta sentir el pulso de la naturaleza, el palpitar de la vida, el lenguaje de la creación, la voz de su interior. El joven, quien era conversador, alegre, inquieto y ocurrente, había aprendido la lección sobre la libertad y la decisión de elegir, y, por lo mismo, colocó sus sandalias a un lado, mientras se fundía con los elementos del paisaje, experimentaba los latidos del universo y percibía el ritmo de su alma, del infinito y de la creación. Sonriente, en armonía y en paz, el místico entendió que cada ser, en masculino y en femenino, en minúscula y en mayúscula, decide y elige el sendero, la ruta y el destino que anhela de acuerdo con el sentido de su naturaleza y el despertar de su esencia, y, después de todo, dedicar la existencia al bien, al desenvolvimiento del ser, al aprendizaje, a la acumulacion de una fortuna material, a la satisfacción de necesidades e impulsos, o a cualquier otra expresión humana, forma parte del inacabable proceso de evolución. Sintió, entonces, la energía magnética de los poros de la naturaleza que armonizaban con su ser interno, hasta experimentarse como esencia y arcilla. Voló libre de ataduras. Probó la libertad de elegir responsablemente de acuerdo con su naturaleza, como lo hacían, en la tierra, ls frores minúsculas que recibían las caricias del viento helado.

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Ya no hay tiempo

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

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Ya no hay tiempo. La gente transita presurosa, imparable, como las manecillas de los relojes que tienen prohibido dedicarse un instante de reposo, regalarse un minuto de sueño, porque deben llegar sin faltantes a su destino. Los días son colecciones de historias repetidas, monótonas e inciertas. Se acabaron las horas destinadas a las ilusiones, a los sueños, a la imaginación, a los juegos, acaso porque el escarnio es cómplice de otros males y destruye las fantasías, lo que viene del interior, lo que es tan natural y de uno, con el objetivo de dejar huecos y rellenarlos con estridencia y reflectores en un teatro de marionetas. Se extinguen, gradualmente, los períodos para el amor, los recintos para la familia, los segundos para reír, las oportunidades para hacer el bien, quizá porque a los nuevos inquilinos -ambiciosos, egoistas, insensibles, perversos, ignorantes, deshonestos, materialistas, astutos- les molestan los rumores y los silencios de las alegrías, de los sentimientos nobles, de la creatividad, de las ideas geniales, de la originalidad, a los que consideran enemigos y pretenden deshilvanar. Se agotó el tiempo para disfrutar los relatos y los poemas, los colores y las formas, los sonidos y los sigilos, tal vez porque el arte fue aprehendido por rivales que intentan desdibujarlo y suplantarlo por simples apariencias, disfraces y prisas. La gente argumenta que no dispone de tiempo y no atiende ni educa a sus hijos, no cultiva el amor ni los sentimientos excelsos, no da de sí, no aprende, no explora su ruta interior ni disfruta su paseo terreno; aunque disponga de lapsos de ociosidad, espacios en posadas de una noche, días golosos y planes egoístas y crueles. Ya no hay tiempo para el bien, la verdad, lo bello y lo supremo. Hombres y mujeres andan con prisa, en busca, parece, de algo que todavía no definen y que, por cierto, no recuerdan que llevan consigo, en su interior. Por eso, admiro a quienes, a pesar de la tempestad, controlan el timón de sus existencias con fe, esperanza, benevolencia, optimismo, honestidad, alegría y valores. Son personas que sueñan, aman, aprenden, actúan y siembran el bien. No obstante, descorro las cortinas, asomo a las calles, a las plazas comerciales, a los parques, y miro a incontables hombres y mujeres que caminan aceleradamente, embistiéndose, distraídos, enajenados, arrebatándose lo que ambicionan, transformados en figuras de barro que temen liberar a la esencia que han encarcelado y protagonizar, en consecuencia, la más grandiosa de las hazañas, la de la vida plena. Ya no hay tiempo para lo sublime, parece, y no porque los relojes hayan decidido parar y subastar los minutos postreros; sencillamente, es por voluntad humana, por enamorarse del calzado -lo cual es válido- y olvidar y desdeñar el sendero.

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Más calzado que senderos y caminantes

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Soy caminante. Siempre lo he sido. Me gusta andar aquí y allá, en un lugar y en otro. Disfruto la belleza y la majestuosidad de los paisajes; aunque también escudriño los detalles que descubro a mi paso. Exploro otros destinos. Estos días de mi vida, he mirado gran cantidad de calzado y pocos caminantes hacia la cumbre. Hay exceso de zapatos, en minúsculas y mayúsculas, y tantas huellas que apenas es posible adivinar que se trata de multitudes que transitan ciegas e insensibles, transformadas en números y estadísticas, hacia rutas comunes, diseñadas para los rebaños humanos que dedican los años de sus existencias a consumir, acumular, encerrarse en burbujas de estulticia y superficialidades, y gozar sin amor ni sentido. Veo gran cantidad de zapatos, en femenino y masculino, por rumbos que parecen seguros y, paradójicamente, son inciertos. Pocos son los viajeros que se atreven a dar pasos por iniciativa propia y buscan otros senderos, itinerarios que los conduzcan a cimas que acaricien el cielo. Son quienes tienden puentes y retiran las enramadas, los abrojos y las piedras del camino, y dejan huellas indelebles para que otros, los que vienen atrás, las sigan. Toman el timón con firmeza y seguridad, a pesar de las tempestades de la noche y de los mares impetuosos que invitan al naufragio. Observo innumerables zapatos, en fino y en popular, revueltos, como ha acontecido con aquellos que cubrieron su esencia con paladas de lodo y piedras que engañan y aparentan ser diamantes y minerales preciados. En la senda común, descubro el teatro de la vida, con exceso de asientos para los espectadores que rehúsan protagonizar una historia, una epopeya, y un escenario dividido en tres, uno para los actores que se presentan dignos, libres, justos, dadivosos, honestos y con el resplandor de su belleza interna; otro dedicado a las marionetas que ellos, los titiriteros, manipulan desde un espacio cómodo y hacen creer al público que son criaturas genuinas; y el que está reservado a los poderosos, a aquellos que se dedican a arrebatar, causar daño y acumular poder y riquezas materiales. En los pasillos y en el vestíbulo, también encuentro innumerables pares de calzado, en académico y analfabeto, acaso porque quienes los portan olvidaron trazar sus propios itinerarios, quizá por formar parte del inacabable proceso de masificación que condenará y exterminará a la raza humana, tal vez por eso y por más. Soy caminante. Contemplo más zapatos que hombres y mujeres dispuestos a escalar, construir escalinatas, desafiar abismos, tender puentes, conquistarse a sí mismos y dedicar sus vidas al bien, la verdad, el amor, la justicia, la dignidad, el respeto, la armonía y la libertad. Veo más calzado que rutas y caminantes.

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El juego de los aparadores

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A mi musa, con quien he aprendido que reír forma parte del amor

Muchas tardes calurosas, en las boutiques de las plazas comerciales, hemos quebrantado la formalidad entre las fragancias de los perfumes y el colorido y las formas de la ropa y los zapatos, donde el hechizo de la moda y el encanto de los reflectores atrapan la atención. He asomado en los aparadores, imitando a los maniquíes, para que sonrías y te diviertas o me tomes una fotografía graciosa, mientras tú, ocurrente, pronuncias algunas palabras o me colocas encima un vestido para modelarlo. Miramos las prendas y hasta uno de nosotros, según el caso, entra a los vestidores para posteriormente salir a modelar alegre, incluso ante las miradas recelosas de señores fastidiados y mujeres engreídas. Jugamos como dos chiquillos que retornan a la infancia dorada, a sus años inolvidables, acaso porque en realidad somos adultos con esencia de niños, quizá por compartir todos los instantes de nuestras existencias, tal vez por divertirnos y reír ante la brevedad de los días. Palpamos texturas, vemos etiquetas con precios, admiramos las tonalidades y discurrimos horas enteras en pruebas de vestidor, bromas, juegos y risas. De improviso, alguno se esconde entre la ropa o comenta la exageración de un corte, su color o la apariencia, y lo disfrutamos. Hemos aprendido a compartir y reír. Por lo mismo, esta mañana, cuando caminaba solitario en una plaza comercial, mi atención se sintió atraída por los maniquíes ataviados con ropa de moda e iluminados por reflectores. Detuve mi marcha por un momento, hasta que recordé que iba solo. Comprendí, entonces, que conforme transcurren los días y uno, al amarse, comparte historias, se conoce más y, a la vez, se transmite códigos y señales que identifican y fortalecen la unión de los corazones. Al observar el ambiente de modas e ilusiones que presumen las boutiques, recordé nuestras ocurrencias y juegos, los instantes consumidos una y otra vez. De actos cotidianos, aparentemente superficiales e insignificantes, es posible tejer días grandiosos e inolvidables. Entendí que en la risa demostramos el sentimiento más grandioso y sublime. Reír y ser felices significa amar, y nosotros lo experimentamos diariamente. Sí, la risa y la alegría se derivan del amor, y eso lo sabemos tú y yo.

La magia del calzado

“…Como a su hermana y sus amigas, o a la niña de cartón, les interesaba y preocupaba el zapato, pero raras veces el sendero”. Fragmento de la obra “El Pájaro Lizzorni y la niña de cartón”, de Santiago Galicia Rojon Serrallonga, Ediciones Papiro Omega, México

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tras los aparadores de cristal, entre la magia de espejos y reflectores, los zapatos aparecen aquí y allá, coquetos, seductores a los sentidos, quizá porque cubren la desnudez de los pies y se convierten en sus rostros, en el maquillaje de efímera existencia que les da estilo y personalidad ante el mundo.

Uno, al entrar a las zapaterías, descubre a un lado y otro calzado infantil, para adolescentes y jóvenes, deportistas, adultos y ancianos de todas las clases sociales, como si compitieran entre sí en comodidad, materiales, precio y belleza para no quedar rezagados ni enfrentar el drama de la caducidad frente a los modelos que llegan con altivez y los compradores que los desdeñan.

Pies femeninos y masculinos prueban el calzado en un acto de enamoramiento, y también de necesidad. Hay quienes toman los zapatos como si se tratara de una criatura animada, de un ser delicado que compartirá a su lado incontables días y experiencias, y por eso los acarician, los miran una y otra vez con cuidado, deslizan sus dedos sobre la textura y hasta perciben el aroma que exhalan los materiales, mientras otros, en cambio, los agarran con tosquedad, igual que quien coge una piedra o cualquier objeto burdo.

Se distinguen, por los movimientos y las expresiones, los espíritus superficiales entre los compradores de calzado, aunque también los seres refinados y los semblantes de aquellos que los adquieren por necesidad o urgencia, o por la importancia de contar con variedad de modelos, o por cualquier otro motivo.

La magia no solamente consiste en adivinar quién comprará cada par de calzado, sino los sitios que pisarán las suelas, los caminos por donde andarán, las historias que protagonizarán, porque lo mismo los hay para bebés, niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos.

Cada par de zapatos se convierte en la morada de los pies humanos. Unos protagonizarán historias en bancos, iglesias, hospitales, escuelas; otros, en tanto, en hoteles, clubes deportivos, restaurantes, mansiones, pocilgas, casas y departamentos de mediana clase, tribunales, despachos, fiestas, sepelios. Todos irán a la campiña o al asfalto de las urbes, ascenderán al tractor, al camión de pasajeros, al autobús, al automóvil, al barco, a la lancha, al crucero, al avión.

Inseparables a sus dueños, atestiguarán silenciosamente pactos de amor, traiciones, alianzas, celebraciones, triunfos, fracasos, alegría, tristeza. Sus propietarios serán, indiscutiblemente, mandatarios, políticos, funcionarios públicos, periodistas, empresarios, médicos, abogados, contadores, ingenieros, diseñadores, pensionados, sacerdotes, prostitutas, meseros, albañiles, estudiantes, amas de casa, choferes, escritores, artistas, obreros, asesinos, delincuentes, cobradores, burócratas, actores, sepultureros, personas desahuciadas, profesores.

Innegablemente, algunos pares de calzado pisarán alfombras y pisos de mansiones; otros sentirán las caricias ásperas del asfalto, el calor o el frío del concreto. Tendrán que acostumbrarse a las piedras del camino, a la tierra, al polvo, o a la elegancia y el cuidado de las cosas. Cada par de zapatos experimentará su realidad.

Quizá se convertirán en únicas prendas de ciertos pies o tal vez serán agregados a la colección, al guardarropa; también asistirán a sus propios funerales, cuando sean arrojados al carretón de la basura, rematados en un mercado de cosas usadas, obsequiados a algunas personas, abandonados en los basureros y las calles o lanzados, como acostumbran ciertos sectores de mexicanos, a las azoteas y los cables de electricidad que cuelgan de un poste a otro.

Igual que los seres humanos, tan proclives a diferenciar las clases sociales y al racismo, los hay de piel, cuero, plástico y otros materiales; pero independientemente de su categoría, delatarán, al mirarlos, las costumbres de sus portadores.

¿Qué zapatos atestiguarán cirugías que salvarán incontables vidas? ¿Cuáles disfrutarán el sabor del triunfo en una competencia deportiva, los aplausos por una ejecución artística o la lectura de un discurso, el miedo de un crimen, la angustia de una batalla, la desolación de la cárcel, el canto de la libertad, la delicia del amor, un paseo, un funeral, una fiesta, un trato o una decisión nacional o mundial?

En apariencia, los zapatos revelan la personalidad de quienes los portan. El hechizo, desde que se les mira y elige en una zapatería, consiste en que no se conoce la identidad de quienes los comprarán y usarán, como tampoco los rumbos que tomarán, las historias de las que formarán parte, las situaciones que enfrentarán, el ocaso que tendrán.

Y es que lo mismo pueden ser adquiridos, de acuerdo con su calidad y precio, por mandatarios de un país, políticos, funcionarios, empresarios, artistas, personas públicas, rabinos, sacerdotes y religiosos de alto rango, que por gente anónima, hombres y mujeres de todas edades y clases sociales, con distintas realidades e historias. Existen zapaterías para todos los estratos socioeconómicos.

En aparadores, rodeados de luces, bullicio y colores, o en bodegas, entre la oscuridad y el silencio, permanecen los zapatos en espera de iniciar, protagonizar y concluir historias, acompañados de las personas que los harán suyos y testigos mudos de la comedia humana. Cada par marchará hacia un rumbo, una trama, un destino, y eso forma parte del encanto, del hechizo, del embeleso.

Tal vez parezca ocioso consentir los encantos y seducciones de la imaginación al ingresar a una zapatería; sin embargo, hay señales más profundas e inquietantes porque si bien es innegable que los seres humanos son variados y naturalmente buscan, según sus circunstancias, apariencia, calidad, precio y comodidad en el calzado, muy pocos se interesan en definir el itinerario del viaje, el sendero a las rutas de sus existencias.