De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Autor del texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico: Gerardo Torres Calderón

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Prólogo

Cuando mi padre y yo visitamos, por primera vez, la ciudad de Morelia (1), en julio de 1983, pernoctamos en una posada familiar con la idea de recorrer, al siguiente día, el centro histórico con sus palacios de cantera, sus conventos y sus templos virreinales, sus portales típicos, sus balcones románticos, sus jardines prodigiosos con fuentes y bancas de piedra o hierro, sus portones de madera y sus rincones insospechados. Morelia representaba, para nosotros, una tierra desconocida, un paréntesis dentro de nuestras existencias, la posibilidad de iniciar una historia en un terruño.

Aquel año de nuestras existencias, preferimos viajar en autobús de primera clase, lujoso y cómodo, perteneciente a la línea Tres Estrellas de Oro. No existía, entonces, la autopista México-Morelia-Guadalajara, que sería construida más tarde, durante la década de los 90, en el irrepetible siglo XX, lo que implicó que el recorrido de la Ciudad de México, entonces Distrito Federal, a la capital de Michoacán, resultara una aventura extraordinaria e inolvidable, y, sobre todo, porque iba con mi padre, ambos con el plan y la ilusión de elegir un sitio agradable para vivir, y qué mejor que el lugar del que tanto habíamos escuchado comentarios positivos.

Llegamos a la terminal de autobuses de Morelia, en aquel tiempo instalada al norte del centro histórico, frente a la colonia Industrial -el antiguo Paseo de las Lechugas-, y caminamos a esa hora de la noche -cerca de las nueve-, guiados por las respuestas de la gente que, en vez de informarnos el rumbo correcto para llegar hasta la zona donde se encuentran los portales típicos, la catedral, el Palacio de Gobierno y las fincas añejas y señoriales de cantera, nos condujeron hasta el templo colonial de El Carmen, donde coincidimos con incontables familias que celebraban las fiestas patronales del barrio. Era 16 de julio de 1983.

Cada uno con nuestra mochila de trotamundos, decidimos hospedarnos, descansar y explorar la ciudad al siguiente día. Antes de escudriñar los rincones insospechados de la ciudad, entonces apacible y envuelta en un ambiente provinciano, como era México, acordamos desayunar ensalada de frutas, jugo de naranja, café con leche, bizcochos y chilaquiles (2) en un restaurante que operaba en los portales, donde colgaba un letrero con el título El Paraíso, desde el que admiramos, enfrente, la catedral barroca, iniciada en 1660 y concluida hasta 1744, y escuchamos, arrobados, los tañidos de los campanarios vetustos del centro moreliano y el concierto de los pájaros que se reunían en los árboles de la Plaza de Armas, al recibir las primeras caricias del sol, entre el kiosco, las fuentes y las bancas.

Sonreímos y desayunamos, cautivados por el paisaje soberbio de cantera que parecía ofrecer un mundo mágico. Ambos comentamos que se trataba de un rincón mexicano muy hermoso y tranquilo, adecuado para vivir. Felices e ilusionados, dijimos que hasta estábamos desayunando en El Paraíso, acaso sin imaginar que 37 años después, en 2020, tendría oportunidad de escribir la historia del recinto donde convivimos aquella mañana nebulosa y fría, y no precisamente sobre el restaurante que atendió a tanta gente, sino por las remembranzas y tradiciones de otros días, los de atrás, entre los del siglo XIX y las primeras décadas de la vigésima centuria, que quedaron en sus muros y techos, en su memoria y en su pulso.

Elegimos Morelia. Nos encantó. De forasteros, establecimos la casa en tan hermoso lugar, fundado el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, como Ciudad de Mechuacan, nombre que perduró hasta 1545, cuando fue sustituido por el de Valladolid, y, posteriormente, en 1828, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, héroe de la Independencia que inició en México en 1810, por el de Morelia. Sin antecedentes familiares en esa ciudad, mi padre, mi madre, mis hermanos y yo protagonizamos una historia y fuimos bien recibidos. Desde muy joven me interesé en el pasado, en los otros días del ayer, y de esa manera me involucré, también, en la historia de Morelia, al grado de que mientras escribía mis obras y publicaba mis trabajos periodísticos en diferentes medios de comunicación, me dediqué a la actividad turística y disfruté guiar a los visitantes nacionales y extranjeros por las rutas cautivantes de esa ciudad y del estado de Michoacán.

Al estudiar y conocer la historia moreliana, aprendí que El Paraíso, donde mi padre y yo desayunamos alguna vez, no era el nombre del restaurante. Simplemente, el letrero quedó en el muro de cantera, en los portales, cual náufrago de otras horas, las del siglo XIX y la vigésima centuria, lapso en que El Paraíso, fundado en 1840 por el campanero de la catedral barroca, Marcial Martínez, funcionó en ese lugar con la venta de dulces y una variedad de productos que la negociación elaboraba y comercializaba.

Me interesé en la historia y en la tradición de esa firma dulcera, la de El Paraíso, sobre todo por los recuerdos que el local representaba para mí, al lado de mi padre, y por la trascendencia del sitio; sin embargo, fue hasta 2018 y 2019, cuando al investigar y escribir la historia de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado y prestamista Ramón Ramírez Núñez, descubrí otros datos e información que me condujeron, obviamente, a la Calle Real y su Museo del Dulce, donde encontré respuestas a mis interrogantes.

Conocí a su propietario, Gerardo Torres Calderón, quien fundó Calle Real como un eslabón de El Paraíso, con toda su historia, sus tradiciones y su experiencia, y con el encanto de insertar el ayer a la hora contemporánea. Entablamos comunicación y de un encuentro y otros más, surgió una amistad que hoy se traduce en un apunte, en un libro breve que reseña la historia de una empresa que inició como un sueño y se convirtió en realidad y símbolo de la dulcería auténtica de Morelia y México.

Gerardo Torres Calderón es un rescatista de la tradición dulcera moreliana y mexicana. Ha dedicado muchos años al estudio y a la investigación del tema, e incluso ha viajado a diferentes países de Europa y a regiones lejanas, en su interés de conocer más. Paralelamente, ha reunido apuntes, libretas y recetarios de dulces, repostería y postres morelianos y mexicanos.

Ahora, al revisar su tarea infatigable, descubro a un ser humano extraordinario que ha consagrado su vida al rescate de la historia y las tradiciones de la dulcería y la repostería de Morelia y México para entregar bocados a quienes aman la calidad y el buen estilo. Ha dejado huella, constancia de su paso, y merece, en consecuencia, un reconocimiento público por su aportación al acervo cultural y gastronómico.

Cuando me desempeñaba como reportero de la fuente económica en periódicos locales como El Sol de Morelia, La Voz de Michoacán, Buen Día, Nuevo Michoacán, Cambio de Michoacán, La Jornada Michoacán y Provincia, entre otros, tuve oportunidad de conocer al padre de Gerardo Torres Calderón -Luis Torres Villicaña-, quien, en su juventud, en 1938, a los 21 años de edad, compró El Paraíso con dinero que con honestidad, valor y firmeza solicitó prestado al empresario reconocido, en aquella época, Máximo Díez.

Luis Torres Villicaña, a quien conocí entre postrimerías de la década de los 80 y la aurora de la de los 90, fue, en el pasado, en 1957, un presidente muy querido de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, ya que aportó mucho a la institución y compró, a base de esfuerzo y talento, la casona que actualmente es sede de esa institución.

Tenía fama de hombre disciplinado y honorable. De él, relataban anécdotas, capítulos e historias interminables quienes tuvieron oportunidad de conocerlo. Mostraba congruencia entre lo que sentía y pensaba con sus actos y palabras. Era, como dicen, hombre de una sola pieza.

Durante mis diálogos y visitas a Gerardo Torres Calderón, en Calle Real, las delicias del chocolate semiamargo y del panqué, las galletas, el pan y los pasteles elaborados con tanto esmero, acompañaron nuestras tertulias, en las que tuve oportunidad de conocer más sobre la empresa y los padres de mi amigo -Luis Torres Villicaña y Soledad Torres Calderón-; además, aumentó mi interés en profundizar en el tema apasionante de la dulcería típica moreliana y mexicana.

Me di cuenta de que él, Gerardo, es un estudioso del tema y lo ha rescatado a través de la adquisición y conservación de recetarios antiguos, fórmulas caseras de hace una centuria o más tiempo, con la noticia de que cada una la ha elaborado personalmente y, en su caso, adecuado a la época contemporánea, desde luego sin perder calidad y originalidad.

Recorrí el Museo del Dulce y la fábrica de la Calle Real, donde cada sala está dedicada a la producción artesanal de piezas que resultan un deleite a los sentidos. Los dulces típicos y la repostería de esa marca no son productos industrializados con colorantes, materias primas y saborizantes artificiales. Cada dulce, pan, chocolate, café y pastel contienen la esencia y el secreto de las mujeres de antaño, cuando las familias disfrutaban sabores y aromas que cautivaban los sentidos.

Como artista y escritor, confieso que me sentí atraído y cautivado por la historia de El Paraíso y su rostro actual reflejado en Calle Real, con la estación intermedia de La Estrella Dorada, y de un documento con la reseña de la firma empresarial, una de las más antiguas de México, caí en la tentación de crear una obra breve y amena, basada en datos, cifras, documentos, fotografías y publicidad reales, paralelamente a la tradición oral, con el interés de contribuir al enriquecimiento y a la conservación de la dulcería moreliana y mexicana.

La aportación documental y oral de Gerardo Torres Calderón, tesoro invaluable al que ha dedicado su vida, resultó útil para la realización de la presente obra. Justo es, creo, que aparezca mi nombre como autor de la obra, pero también incluir el del propietario de Calle Real, cuya información hubiera exigido mucho tiempo de investigación.

Esta obra es pequeña en cuanto a número de páginas. Contiene la historia de un período registrado en 1840, y que, en 2020, fecha de su redacción, marca 180 años de trayectoria de una firma comercial, de servicios e industrial, con la promesa de continuar en el liderazgo de su ramo, más allá del tiempo y del espacio. Es un libro peculiar, una guía, la reseña de una historia real y ejemplar.

Curiosamente, los tres personajes más importantes al frente de esta historia -Ignacio Martínez Maciel, Luis Torres Villicaña y Gerardo Torres Calderón-, iniciaron actividades a los 21 años de edad, y dieron, cada uno en su momento, lo mejor de sí para colocar a la industria dulcera de Morelia en el liderazgo y en el gusto de los paladares más refinados.

Generalmente, el tránsito de una generación a otra y a muchas más, implica, paralelamente, que incontables nombres y apellidos, historias y tradiciones naufraguen en la desmemoria y se pierdan definitivamente; sin embargo, me parece loable rescatar los pedazos de antaño, reunirlos y ofrecer, en un libro diferente, el eco de algo que fue real y dio sentido a lo que hoy somos.

Más allá de la edad, las generaciones del minuto presente transitaremos a la historia por ser las que enfrentamos las adversidades, los desafíos, los obstáculos, los problemas y los retos derivados de conflictos globales y de la sombra que se proyecta sobre la humanidad con el Coronavirus y otros temas preocupantes, en una hora en que la continuidad de un planeta sano está en duda; no obstante, cada uno demostraremos lo que somos capaces de llevar a cabo en nuestras vidas, en lo individual y en lo colectivo, por medio de los sentimientos, las ideas, los actos y las palabras que expresemos y por las huellas que dejemos a nuestro paso.

En este sentido, Gerardo Torres Calderón -el amigo, el empresario, el amante de la historia y las tradiciones- y yo, Santiago Galicia Rojon Serrallonga -el artista, el escritor, el periodista-, optamos por aprovechar estos días con la convicción de que la vida es un suspiro y apenas alcanza para hacer algo bueno, aportar lo mejor de sí y dejar huellas indelebles.

La presente obra incluye, al final, un apartado cuyo título es “Calle Real, un apunte para la historia”, documento menos literario que sintetiza el presente escrito, dirigido a aquellos que les interese el tema y que, por alguna causa, no dispongan de tiempo y opten, en consecuencia, por la lectura rápida.

De El Paraíso a la Calle Real, un paseo por la historia, las recetas, los sabores y las tradiciones, es la obra que hoy se suma al compendio de la antigua dulcería moreliana y mexicana, tan celosamente guardada por las mujeres de antaño. Es un libro especial y pequeño, breve en su lectura y profundo e intenso en el devenir de los años.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

La historia

y una distinción

La historia se conoce, protege y conserva por medio de documentos, arquitectura, obras, vestigios y objetos; se recuerda cuando transita, en la memoria colectiva, de una generación a otra; se rescata a través de excavaciones, descubrimientos e investigaciones; y también se inventa, a veces, con la responsabilidad implícita de quienes recurren a tales prácticas, en ocasiones con la idea de rellenar los acontecimientos simples con detalles obvios y así tender puentes que eviten el naufragio, la confusión, el olvido y la mentira, y en determinados casos, en cambio, con el objetivo de desfigurar los hechos y engañar, manipular y controlar. Hay, incluso, quienes la rasguñan, la esconden y la destruyen.

En el caso de El Paraíso, establecimiento fundado en 1840 -año en que fue sustituida la nomenclatura vieja por una que se consideró más adecuada, lo cual implicó que el Ayuntamiento local destinara gran cantidad de dinero en la construcción, transporte y colocación de los azulejos correspondientes- y que es antecedente de La Calle Real, firma actual de la tradición dulcera y pastelera de Morelia, posee historia documentada y oral, coyuntura que la anota en la lista de las empresas que operan con mayor antigüedad en México.

Innegablemente, es la dulcería que actualmente tiene mayor antigüedad en la República Mexicana, rasgo que, junto con otros elementos relevantes, propició que, en 2010, la marca Calle Real recibiera un reconocimiento por el entonces mandatario nacional, Felipe Calderón Hinojosa, dentro de las celebraciones que se llevaron a cabo con motivo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución.

Durante el acto conmemorativo que encabezó el presidente de México, al que asistieron funcionarios públicos, intelectuales, artistas, empresarios, periodistas, académicos y propietarios de las firmas comerciales e industriales más antiguas del país, el director general de Calle Real, Gerardo Torres Calderón, recibió el reconocimiento oficial.

Paralelamente al reconocimiento, le fue entregado el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, lujosamente impreso y encuadernado, que consta de 212 páginas e ilustra con fotografías, documentos y textos los antecedentes de los negocios que han enfrentado y superado las diferentes etapas económicas, sociales y políticas del país, con sus vicisitudes y sus luces y sombras.

Portada del libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas.

En la obra, respaldada por la Secretaría de Economía y ProMéxico, aparece en las páginas 32 y 33, entre los perfiles de un centenar de negocios y bajo el título De la Calle Real, un paraíso que sabe a México, la reseña de tan tradicional empresa. Relata, grosso modo, la trayectoria de la dulcería con mayor cantidad de años de operar en la geografía nacional.

Obtener la distinción del Gobierno Federal y aparecer en el libro 100 empresas, cien años, la historia de México a través de sus empresas, implicó que Gerardo Torres Calderón, su familia y su equipo de trabajo reunieran pruebas, documentos, fotografías, anuncios, publicaciones y evidencias correspondientes a distintas épocas, que testimoniaran, efectivamente, los antecedentes y la trayectoria que ha tenido su marca. Resultaba indispensable poseer el respaldo que evidenciara y validara la continuidad del negocio de 1840 al año 2010, fecha en que, como quedó asentado, el mandatario nacional entregó los reconocimientos y los ejemplares del libro a los dueños y representantes de los negocios más antiguos que en esa época operaban en el país.

Hoy, el reconocimiento cuelga orgullosamente en uno de los muros de Calle Real, entre litografías, pinturas y fotografías antiguas; el libro conmemorativo, en tanto, forma parte del acervo cultural y de los archivos y estantes de la firma empresarial.

El principio

Calle Real ofrece fragancias y sabores de historia y tradición centenaria, ausentes de matices artificiales, porque su esencia es genuina y conserva, por lo mismo, las delicias y el encanto de las fórmulas y recetas de antaño, celosamente guardadas por las familias, las cuales transitaron a una e incontables generaciones.

Aquellas familias que poseían cocinas pletóricas de cazuelas, utensilios de madera y vajillas, con estufas de leña, de donde surgían manjares y postres que atraían y enamoraban por sus aromas, sus sabores y sus texturas, se reunían en sus comedores lujosos y, entre conversaciones amenas e interminables, diluían sus horas, sus días, sus años.

Los desayunos, acompañados de chocolate, leche o café con bizcochos y otros platillos, junto con las comidas suculentas y las cenas deliciosas, contaban con algún dulce casero, un pan horneado y, a veces, si la ocasión lo ameritaba, un pastel.

Celosamente, las mujeres, las madres, las hijas, las abuelas, las nietas, las tías, guardaban sus recetarios, libretas en las que un día, alguna tarde o cierta noche, a una hora y otra, anotaban fórmulas gastronómicas, indicaciones para elaborar dulces de leche y frutas naturales, y su contenido solo era conocido por las herederas de tan preciados apuntes.

Así se fue la vida. Transcurrieron los años, las décadas y el paso de una centuria a otra, con rostros y linajes distintos, en épocas cruentas y disímiles que hoy se estudian en los libros, en los colegios, en los documentos resguardados en archivos.

Calle Real posee, en sus archivos y biblioteca, los recetarios con letras que parecen moldes y dibujos artísticos de colecciones y de museos, y son, precisamente, la congregación de sabores que ofrece en sus dulces y postres, en sus bocadillos y pasteles.

En consecuencia, una firma que vende calidad, atención, servicio, experiencia, tradición, buen estilo, aromas, sabores, fórmulas y recetas originales, necesariamente debe agregar los encantos de su historia, rasgos que siempre, aquí y allá, en cualquier estación de la vida, la harán agradable, mágica e irrepetible.

Llama la atención, al ingresar al Museo del Dulce, a la cafetería y a las tiendas de Calle Real, el vestuario del personal, a la moda porfiriana (3). Hombres y mujeres atienden al público y sirven en las mesas, entre litografías, adornos, pinturas y muebles que exhalan suspiros por los muchos instantes del ayer y evocan las décadas del siglo XIX y las primeras de la vigésima centuria.

Uno, al ingresar a la Calle Real y a su museo, ya se siente entre dos épocas, la que le corresponde y la otra, la del pasado, la que pertenece al ayer y a la historia, con sabores y fragancias de antaño al gusto y las necesidades de la gente de la hora contemporánea. Es un estilo de vida y lo llevan consigo quienes disfrutan sus tesoros culinarios.

Calle Real y Museo del Dulce, en Morelia, Michoacán, al centro-occidente de México. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Se abre el libro de la historia

Las páginas amarillentas y empolvadas de la historia se abren, una vez más, con el perfume de otra gente y de horas que cada día parecen muy distantes. Cada hoja quebradiza, exhala el soplo de la tinta y de los recuerdos, hasta transportar al lector a las rutas del ayer, a los otros días, a los de 1840, cuando Marcial Martínez era campanero oficial de la catedral barroca de Morelia, capital del estado de Michoacán, al centro-occidente de México.

La ciudad fue fundada el 18 de mayo de 1541, en Guayangareo, con el nombre de Ciudad de Mechuacan. En 1545, cambió por Valladolid, para más tarde, en 1828, denominarse Morelia, en honor del héroe de la Independencia del país, en 1810, José María Morelos, quien nació en ese lugar.

El tañido de las campanas se sumaba a los de otros templos coloniales que también sonaban y envolvían la pequeña ciudad palaciega en un ambiente provinciano y apacible, a pesar de lo convulsivo que resultaba el siglo XIX, y él, Marcial Martínez, se sabía autor de ese concierto en una y en otra torre, concluida en 1742 la del lado poniente y en 1744 la del oriente, desde donde contemplaba la Calle Real, los portales, las casonas, la campiña y el Paseo de las Lechugas con su zona pantanosa y agreste, al norte.

Imagen antigua de la Catedral barroca de Morelia. Colección: Rosalía Sumano Márquez.

Morelia era ciudad señorial, donde coexistían familias acaudaladas y linajudas de españoles y criollos, establecidas en mansiones de cantera, herraje y madera, localizadas en el centro, y mestizos, indígenas, negros y mulatos, entre otras razas, que habitaban barrios aledaños.

Cuando Marcial jalaba las cuerdas con el objetivo de provocar el tañido de las campanas de bronce que colgaban de vigas macizas de madera, hacía un paréntesis entre una actividad y otra, y de inmediato colocaba sus dulces artesanales en los barandales de piedra, en las torres, en las cúpulas y en las azoteas catedralicias con la idea de que recibieran los abrazos del sol y las caricias del viento, y a eso sabían, a los matices y perfumes de la ciudad rodeada de montañas y campo.

Quizá ignoraba que el autor de quien realizó la traza de la catedral de Valladolid, en 1660, fue el arquitecto italiano Vicenzo Baroccio de la Escayola, quien, finalmente, pasó a llamarse, en ese lugar, Vicente Barroso de la Escayola. Ese hombre se entregó a la obra.

Los indígenas purépechas, que se contaban por miles, tallaban la cantera, arrastraban bloques enormes y pesados, construían muros, aplanaban y cincelaban. Los rumores de las herramientas contra las piedras se mezclaban con los murmullos de los peones que trabajaban en condiciones precarias y cantaban y hablaban en su lengua.

Vicenzo Baroccio de la Escayola murió en la aurora del siglo XVIII, en 1704, y la majestuosa obra quedó inconclusa durante algún tiempo, hasta que surgió otro personaje interesado en terminarla, Pedro de Guedea, quien la continuó hasta 1716. Fue Juan de Medina el hombre que se responsabilizó de concluir la obra catedralicia, junto con las fachadas y las torres. En 1744, la catedral estaba concluida y aparecía hermosa y magistral entre fincas palaciegas.

Antes de 1840, Marcial miraba, desde lo alto, el paso airoso de damas, caballeros y familias elegantes y aristócratas que asistían a la primera misa y a los siguientes oficios, mientras los carruajes y los jinetes transitaban libremente a diversas rutas, hasta que los arrieros y carretoneros irrumpían el paisaje tranquilo, embistiendo y salpicando de agua y lodo a los infortunados que encontraban a su paso y gritando improperios a las bestias de trabajo, cargadas de costales con productos frescos y mercancías que provenían de otras regiones.

Vista antigua de la Calle Real, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Los comerciantes se aglomeraban en los portales y en la plaza, donde realizaban transacciones. Los consumidores se acercaban, preguntaban y regateaban precios. Había mercancía procedente de otras regiones de Michoacán y la Nueva España, y hasta de Europa y China.

De las cocinas, en las fincas con corredores y columnas de piedra, escapaban los perfumes de las fórmulas y las recetas familiares, guardadas sigilosamente, que preparaban las mujeres con mucho amor y orgullo, para posteriormente servir, en las mesas de los comedores, chocolate espumoso, café, pan, rebanadas de algún pastel, fruta y una multiplicidad de platillos.

Hacía apenas 19 años -en 1821- que otro vallisoletano, Agustín de Iturbide y Arámburu, había consumado la Independencia de México que inició en 1810, para coronarse, en 1822, emperador. Apenas ayer, antes del movimiento insurgente, esas calles sintieron el paso de Miguel Hidalgo, llamado padre de la patria, quien era rector del Colegio de San Nicolás, al lado de sus colaboradores y alumnos, muchos de los cuales se sumaron a una causa, en lo que indudablemente fue una de las primeras muestras de nacionalismo, y acudieron, por lo mismo, puntuales y de frente a los abismos del destino y la historia.

Todo estaba tan cerca y lejos, al mismo tiempo, que Marcial, sin duda, recordaba y analizaba su vida y repasaba sus sueños y proyectos, entre los rumores y los silencios de las torres, desde las que escuchaba el órgano magistral del recinto catedralicio. A cierta hora de la mañana, puntual, colocaba sobre las azoteas y los espacios de cantera de la catedral, los ates y los dulces que preparaba en su hogar, al lado de su esposa Benita Maciel, instalado en la parte posterior del señorial monumento religioso, con la idea de que el sol brillante que suele aparecer en el cielo moreliano, mezclado con el viento suave, contribuyera a darles un sabor especial.

Así, Marcial mezcló hábilmente las recetas tradicionales con las caricias y las miradas del viento, el sol y los elementos de la naturaleza, hasta que sus dulces adquirían los perfumes y los sabores de las estaciones y de su terruño moreliano.

Entrada a El Paraíso

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Inicialmente, en la fiesta de los Fieles Difuntos y en otras celebraciones, el matrimonio Martínez Maciel se instalaba a un costado de la catedral, donde vendía sus ates y dulces a las familias que habitaban Morelia y a los comerciantes que llegaban de tierras distantes, quienes disfrutaban su esencia y sus sabores; aunque también le compraban, por antojo o recomendación, algunos personajes y visitantes mexicanos y extranjeros, lo que gradualmente dio prestigio a la familia. La calidad de aquellas recetas conservadas celosamente desde hacía varias generaciones, la amabilidad de Marcial y el buen servicio, lo motivaron a soñar y pensar en el tránsito de un negocio con nombre propio.

Enfrente de la catedral se encontraban los portales con sus mansiones señoriales. El Portal Iturbide -hoy Galeana-, era transitado, como los otros adyacentes, por personas que los convirtieron en centro de sus reuniones, en eje de sus encuentros sociales, en motivo de sus operaciones comerciales y paseos.

Fue en aquel portal donde el consumador de la Independencia y otrora primer emperador de México, Agustín de Iturbide y Arámburu, fusilado en 1824, tuvo su residencia, motivo por el que el sitio fue denominado con su primer apellido. En el Portal Iturbide se encontraba la casa marcada con el número 10, espacio que pronto se convertiría en sede de El Paraíso.

Quizá la influencia religiosa que cotidianamente recibieron Marcial y la familia Martínez Maciel, quienes trabajaban y vivían en la catedral, propició el nombre de la dulcería -El Paraíso-, independientemente de que Morelia parecía, entonces, trozo de cielo, y sus manjares, en tanto, deleite del vergel.

La familia Martínez Maciel acudió con exactitud y de frente a su cita con el destino y fundó, sin sospecharlo, una negociación que daría fama y tradición a la dulcería moreliana y mexicana a través de las décadas, hasta convertirse, en la hora contemporánea, en la empresa más antigua de su género en el país. Ahora es, innegablemente, la dulcería de los siglos XIX, XX y XXI.

El hijo

Ignacio Martínez Maciel

Marcial Martínez trabajó arduamente al lado de su esposa Benita Maciel. Posteriormente, ya con una visión de industrial y comerciante, su hijo Ignacio, quien nació en 1844, aprovechó las recetas que sus padres recibieron de sus antepasados, junto con la experiencia y la trayectoria acumulada, para consolidar el negocio que iniciaron en 1840.

Refiere la historia que Ignacio Martínez Maciel, hijo mayor de Marcial y Benita, aprendió el oficio de comerciante al trabajar, desde los años juveniles de su existencia, en la tienda de Octaviano Ortiz, un abarrotero reconocido en Morelia, quien poseía extenso surtido de mercancía, como lo eran, en aquella época, los negocios que ofrecían de todo a sus clientes.

La familia Martínez Maciel dedicó un día, otro y muchos más a la industrialización casera y a la comercialización de dulces típicos, hasta que Marcial, el campanero oficial de catedral, heredó a su hijo Ignacio sus recetas, sus sueños y su negocio.

Con una visión más empresarial, acaso por la experiencia adquirida en la tienda de abarrotes, Ignacio reestructuró el negocio familiar y, en 1865, a los 21 años de edad, dio un semblante de empresa de prestigio a El Paraíso.

Fortaleció la empresa y multiplicó la variedad de dulces, motivo por el que la tercera generación -nietos del fundador Marcial e hijos del consolidador Ignacio-, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, continuaron con las actividades de la empresa familiar.

En aquellos minutos de la decimonovena centuria, ya en la etapa porfiriana, el Portal Iturbide fue conocido popularmente como “de las dulceras”. Cotidianamente, los fabricantes y comerciantes de dulces típicos se instalaban en el portal. Principalmente, eran mujeres quienes llegaban con los dulces resguardados en carretillas de madera que abrían cuidadosamente y se transformaban en mesas que exponían los productos recién elaborados, obviamente con la competencia de El Paraíso, que entonces era un negocio formal, acreditado y reconocido.

Los fabricantes de dulces aprovechaban la fertilidad del campo michoacano, incomparable productor de fruta e incluso con ingenios de azúcar instalados en algunas regiones. El clima favorecía mucho. Tradicionalmente, desde los minutos virreinales, algunas órdenes religiosas contaban con huertos en sus monasterios y preparaban dulces, pastas y frutas en almíbar, como también las mujeres, en diferentes familias, las elaboraban en sus cocinas.

Un paseo a los otros días

Para tener idea de la Morelia que los autores, hombres de negocios y visitantes conocieron durante el siglo XIX, hay que consultar a Juan de la Torre, autor del Bosquejo histórico y estadístico de estado de Michoacán de Ocampo. Quien recurra a los anales de la historia, descubrirá que, en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860. En la segunda mitad del siglo XIX, se distribuían en la ciudad 14 plazas y plazuelas.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el autor citado mencionaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, citaba el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe, en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con terminación en la Alameda; el Bosque de San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que, a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodón y contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia. El autor de la obra, lamentaba que Morelia no fuera ciudad de grandes industrias; aunque reconocía que gran número de familias se dedicaban a la producción de guayabate y otros dulces, giro que estaba adquiriendo prestigio en el país y del cual dependían amplio porcentaje de personas.

Premios mundiales

Los calendarios clásicos

Bajo la conducción de Ignacio Martínez, El Paraíso escaló peldaños de calidad y prestigio social, hasta que, en la época porfiriana, obtuvo diversos premios y reconocimientos locales, nacionales y mundiales, entre los que destacaron, de acuerdo con las menciones inscritas en los calendarios clásicos que la empresa obsequiaba anualmente a sus clientes, los que a continuación se enumeran:

Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días.

Calendario de El Paraíso, 1901. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Indiscutiblemente, los premios y reconocimientos que obtuvo El Paraíso, influyeron de manera determinante en la internacionalización del dulce típico moreliano y mexicano, coyuntura que abrió fronteras y mercados, con nuevas oportunidades de negocios. Los ates y los dulces morelianos llegaron a diferentes mesas, a otra gente, que los probaron, se deleitaron y se enamoraron de sus sabores.

Portada del calendario de El Paraíso, en 1902. Colección: Gerardo Torres Calderón.
Colección: Gerardo Torres Calderon.

Libros

Publicaciones antiguas

El Paraíso fue célebre en México y en el mundo. Su propietario, Ignacio Martínez Maciel, destinó recursos económicos a la difusión del establecimiento, en libros, periódicos y calendarios, documentos que hoy son fuente de consulta y respaldan la existencia del negocio y sus premios obtenidos a nivel local, nacional y mundial.

Anuncio antiguo de El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón

Bajo el título Reseña histórica, estadística y comercial de México y sus estados, editado en 1895, R. O´Farril y Compañía, relataba erróneamente que Morelia “es esencialmente industrial”, cuando la ciudad era comercial, primordialmente, con ausencia de fábricas; aunque no se equivocaba al informar que “se hacen primores en animalitos de pluma copiados del natural; muñecos, juguetes caprichosos, dulces exquisitos de todas clases, siendo verdaderamente una especialidad las conservas y pastas de guayabate, membrillo, durazno, chabacano, etc.; jaleas de todas las frutas y multitud de estas conservas tan renombradas y estimadas en toda la República, y aun en el extranjero, a donde se exportan en gran cantidad”. Citaba, entre “los más ricos importadores que garantizan la legitimidad de las mercancías”, a “D. Ignacio Martínez, que tiene además una excelente dulcería”.

Dos años antes, en 1893, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y autor del libro Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, dio a conocer que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requiere para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”.

Innegablemente, Juan de la Torre se refería, especialmente a El Paraíso, negocio que aparece publicado en una página completa de su obra Historia y descripción del ferrocarril central mexicano, editada en 1888, que difundía “gran dulcería moreliana, establecida en 1860. Única premiada con medalla de primera clase en la Exposición de 1877. Especialidad en los guayabates y demás dulces batidos y cubiertos. Variado surtido de frutas de pasta de almendra, frutas garapiñadas, secas y prensadas. Depósito de aves artificiales de pluma. Excelente chocolate, diversas clases. Primorosas bateas. Legítimo café de Uruapan. Morelia. Portal de Iturbide. Letra Y. Ignacio Martínez”.

En tanto, las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Sierra y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”. Desde luego, entre esa “industria que primero comenzó en las familias”, estaba incluido, por su prestigio, El Paraíso.

Las obras citadas, demuestran que El Paraíso y la dulcería tradicional no solamente estuvieron presentes en los comedores y platillos como deleite de las familias morelianas del siglo XIX, sino se volvieron, con el paso del tiempo, en industria, en medio de vida para incontables personas que se organizaron, promovieron y comercializaron sus productos naturales a distintas regiones de la geografía mexicana.

En una de las páginas del Primer Almanaque Michoacano, publicado por A. Mier en 1882, aparece un anuncio de la empresa: “El Paraíso. Gran Dulcería y chocolatería. Letra Y. Portal de Iturbide. Letra Y. Morelia El dueño de esta acreditada casa, no omite gasto para elaborar con el mayor esmero y limpieza, el magnífico chocolate que expende por mayor y menor, y emplea los mejores cacaos y azúcares. De acuerdo con las principales fábricas de México, se encuentra un abundante y variado surtido de cigarros de Tolú, Brea, Venado, Aztecas, Niña, César, Profeta y legítimos Habanos de la Honradez. Aquí no hay falsificaciones en los artículos que se expenden”.

Y los calendarios y anuncios publicitarios, difundidos en periódicos, entre el ocaso del siglo XIX y la aurora de la vigésima centuria, convertidos ahora en piezas de colección y de museo, dan idea de las especialidades de El Paraíso, como ates, frutas secas y cubiertas, dulces de leche, de almendra y de nuez, piloncillo, confites, garapiñados, caramelos, chocolate de metate, colaciones y pastillas de menta, por citar algunos. Ya en el inicio del siglo XX, El Paraíso contaba con maquinaria.

Durante la administración de tres generaciones de la familia Martínez -principalmente en la de Ignacio Martínez Maciel-, El Paraíso se transformó en una de las empresas dulceras de mayor prestigio en Morelia y México del siglo XIX y los primeros años de la vigésima centuria, e incluso se fortaleció, registró crecimiento, se acopló a la modernidad y sobrevivió a las vicisitudes de una época convulsiva e inestable.

Ya en 1902, en uno de sus calendarios tradicionales, “obsequio de la dulcería”, siempre con diseños especiales, creativos y originales, El Paraíso, en su página de enero, presumía sus reconocimientos y premios internacionales, y anunciaba su “especialidad en artículos propios del ramo, preparados en casa”, junto con su “espléndido surtido de frutas secas: higos, pasas, ciruelas, manzanas, dátiles, chabacanos, peras, duraznos, etc.” Refería, así, que se trataba de “la casa mejor surtida en esta capital”, la de Morelia, y todavía firmaba Ignacio Martínez, quien ese año cumplió 58 de edad.

Al siguiente año, en 1903, según consta en archivos hemerográficos, El Paraíso, empresa que supo aprovechar los medios de comunicación de cada época para difundir la calidad y el surtido de sus dulces y productos, aunados a sus premios y a su antigüedad y tradición, que siempre fue motivo de orgullo para sus propietarios, daba a conocer que “últimamente, con fecha 30 del que acaba de pasar” -mayo-, “se inauguró en la referida casa un elegante salón para familias, en el que se sirven refrescos, pasteles, sodas heladas y otras especialidades”.

Y continúa el texto de la publicación periodística -El Pueblo-, al plantear que “el crédito que en tanto año ha sostenido la casa, la mejora que se le acaba de hacer y la finura de su propietario, Sr. D Ignacio Martínez, para con todos sus parroquianos, son otros tantos motivos para que la casa comercial de que tratamos, se vea constantemente concurrida”.

Para tener idea de lo que significaba este negocio tan prestigioso, habría que viajar, otra vez, hasta las muchas horas del ayer, a las del 19 de febrero de 1910, meses antes del inicio de la Revolución Mexicana, que fue el 20 de noviembre de ese año, cuando el periódico El Pueblo publicó, entre otras noticias, un anuncio enmarcado que informaba: “Gran Dulcería El Paraíso. Participo a mis numerosos consumidores que acabo de recibir, para la presente temporada de cuaresma, un abundante y variado surtido de conservas alimenticias, francesas y españolas: pescado salado, bacalao con o sin espinas, atún en escabeche, por kilos, en latas y al menudeo; chiles jalapeños rellenos. Todos los viernes, camarones, ostiones y huauchinango frescos. Empanadas y pasteles. Completo surtido de vinos españoles y franceses. Ignacio Martínez. Portal Hidalgo 40. Morelia, Michoacán”.

Y si en época de cuaresma, Ignacio Martínez difundía, a través de los medios de comunicación, los productos tradicionales para dicha temporada, también promovía, entre el tránsito de un año a otro, la mercancía que interesaba al público, como lo demuestra un anuncio del periódico El Diario de la Tarde, ejemplar que costaba dos centavos al iniciar 1910: “Gran Dulcería el Paraíso, Portal Iturbide 10. Esta casa participa a sus numerosos consumidores que acaba de recibir en abundancia y variado surtido de juguetes para posadas y año nuevo. Bombones y chocolates. Confeti, serpentinas. Servilletas japonesas. Velitas para pasteles. Almacén de abarrotes extranjeros y del país. Ventas por mayor y menor. Precios sin competencia. Ignacio Martínez. Morelia. Apartado 62. Teléfonos Comerciales, 101. Empresa Telefónica, 100”.

El salón para familias

Cuando Ignacio Martínez Maciel inauguró, en 1903, el grandioso y espectacular salón para familias, pronto fue concurrido por gente de nombre y apellidos, personajes reconocidos en el arte, el pensamiento, las empresas, las profesiones y la política.

Proclives a las modas francesas, los morelianos del porfiriato, como ciertas clases sociales de México, vestían con elegancia y portaban bombines, trajes, vestidos, bastones, abanicos, perfumes, bolsos, paraguas y sombreros con plumas, entre otros accesorios que adquirían, generalmente, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred, fue uno de los almacenes que frecuentaba la sociedad porfiriana de Morelia. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.
Almacén Puerto de Liverpool. Colección: Jean Jaubert Jauffred y Raul Reynaud Bernard, cónsul honorario de Francia en Morelia.

Fue el salón de El Paraíso punto de encuentro, eje de los acontecimientos sociales de Morelia, sitio de reunión, espacio para deleitar los sentidos por medio de aromas, sabores y texturas. Convivieron las familias y los amigos, y repentinamente, acompañados por alguien, los enamorados. Allí se establecieron pactos, ceremonias, acuerdos, y hasta se diseñaron proyectos de vida y destinos. El chocolate, los refrescos, la nieve, el café y los pasteles deleitaban a aquellos visitantes que convivían, dialogaban, reían, callaban, entre los rumores y silencios de sus vidas, hasta que un día, el destino y la historia llegaron puntuales a Morelia y a la República Mexicana.

Los días turbulentos

Si en 1903, El Paraíso inauguró su elegante salón familiar en el que se servían sodas heladas, pasteles, refrescos y otras especialidades de la casa, según lo hizo constar el diario La Libertad, en un ambiente porfiriano, durante el movimiento revolucionario de México, que inició el 20 de noviembre de 1910, el establecimiento fue testigo, junto con otros negocios e instituciones de la época que operaban en locales situados en esquinas de calles céntricas, como Palacio de Justicia, Puerto de Liverpool, Correos, Administración del Timbre, La Cruz y las farmacias Elizarrarás, Reynoso y La Equitativa, de las trincheras que diversos hombres y militares cavaron con el objetivo de enfrentar a los enemigos.

Las fuerzas de resistencia ocuparon templos -catedral, San Agustín, San Francisco, Capuchinas, Las Monjas, Lourdes, Santuario de Guadalupe, San Juan, San José, El Carmen, Las Rosas y La Merced-, como paralelamente lo hicieron en el Colegio Salesiano, Escuela de Artes, Palacio de Gobierno. Antigua Cárcel de San Agustín, Palacio Municipal, Plaza de Toros e Inspección General de Policía. Existían noticias referentes a la cercanía de los enemigos.

La Calle Real, en la que se erigían los principales palacios y fincas de las familias acaudaladas, los portales típicos, la catedral, los templos virreinales de Las Monjas, La Cruz y La Merced, la Plaza San Juan de Dios y la de Armas, y no pocos de los comercios más prósperos, transformó su rostro ante el riesgo del estallido social.

A Morelia llegaban noticias, por los diarios o por medio de algunas personas, acerca de las irrupciones de los revolucionarios en ciertas poblaciones estratégicas. Ellos, los comerciantes más acaudalados, pagaban por la información e incluso contrataban a algunos hombres que estaban al tanto de la presencia enemiga, cerca de la ciudad, para así prevenirse, cerrar sus establecimientos, esconder a las mujeres y sus objetos de valor.

A pesar de los días y los años de amargura, El Paraíso siguió endulzando las mesas y los paladares. No desfalleció. Resistió con la misma energía y valentía de su fundador, y sobrevivió a los estragos que dejan las revoluciones al desdibujar muchos detalles del tejido social.

En las mesas y en los paladares

Dueño de su prestigio, El Paraíso resguardó, en su esencia, en su memoria y en su práctica, los sabores, fórmulas, recetas, tradiciones y aromas que lo hicieron célebre. El establecimiento dulcero enfrentó la turbulencia de las últimas seis décadas del siglo XIX, y nadie duda, por su calidad y por la costumbre que tienen los mexicanos de obsequiar algo típico y clásico de su terruño a sus visitantes, que los ates y otras presentaciones de productos se hayan ofrecido a personajes célebres de cada época, lo que innegablemente, al tratarse de la mejor fábrica y tienda de dulces típicos de Morelia, fue el elegido para cautivar el gusto de cada hombre y mujer.

Cambio generacional

El otro dueño

Agustín Ortiz García

Con las luces y sombras de un México convulsivo, parado entre las laderas y los abismos de sus desafíos, su historia y su destino, El Paraíso continuó al frente de la especialidad dulcera de Morelia, con la tercera generación de la familia Martínez, los hermanos Ignacio y José Martínez Uribe, quienes, finalmente, en 1928, época que aún segregaba los olores del reciente movimiento revolucionario del país que inició en 1910, la lucha y las traiciones de los generales y la persecución cristera -movimiento que empezó en 1928 con el conflicto entre las autoridades mexicanas con laicos y religiosos que se oponían a la Ley Calles, la cual pretendía controlar y reprimir el culto y la práctica católica en el territorio nacional-, vendieron el establecimiento a otro inversionista, Agustín Ortiz García.

De ese año y de la década de los 30, pertenecientes al inolvidable siglo XX, Agustín Ortiz García hizo de El Paraíso, eje de la vida cotidiana de Morelia. Era su negocio, su casa, su vida. En una historia familiar y citadina, que inició en 1928 y concluyó en 1938, la familia Ortiz hizo de El Paraíso una leyenda, un destino, una costumbre y un deleite para los paladares. Fue punto de encuentro de familias, amigos y hasta de enamorados, quienes dejaron la amenidad de sus pláticas en aquellos rincones de los portales típicos de Morelia.

El Paraíso. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ni el desequilibrio económico ni la inestabilidad social impidieron que Agustín Ortiz García, viviera su ilusión y entregara una década de existencia a un negocio que formaba parte de la historia de los morelianos. La gente asistía. Era la negociación en la que compraban y convivían sus antepasados, las otras generaciones -bisabuelos, abuelos, tíos y padres-, y donde celebraban reuniones familiares y sociales. En El Paraíso se encontraban fragmentos de su historia. Y asistían las generaciones de esa época. La marca y el lugar tenían un significado especial. La gente buscaba y valoraba lo que era tan suyo.

Luis Torres Villicaña,

la historia

A los 21 años de edad, en 1938, Luis Torres Villicaña (1917-2014) se atrevió a golpear con la aldaba de hierro el antiguo y pesado portón de madera de la casona de Máximo Díez, hombre de negocios respetable, acaudalado y reconocido en Morelia y en diversas poblaciones y ciudades de Michoacán y la República Mexicana, con el objetivo de hablar con él, de frente, y solicitarle crédito para comprar El Paraíso, afamado establecimiento dulcero que su dueño, Agustín Ortiz García, había perdido a una hora infausta, en una apuesta.

Máximo Díez, acostumbrado a los negocios, a las ganancias, al trato con comerciantes, hacendados, industriales e inversionistas, quedó sorprendido al mirar y escuchar los argumentos del muchacho, quien no únicamente se sentía motivado por la adquisición de una empresa acreditada, de la que ya conocía, en la parte dulcera, la dinámica, sino por sus convicciones y proyectos.

Escuchó el hombre de negocios al joven. Percibió sus rasgos de sinceridad y conoció las observaciones, los análisis y los estudios que había realizado. El joven no era improvisado. Tenía deseos de triunfar. Sabía lo que deseaba en la vida. Luis lo convenció por medio de argumentos bien planteados. Con asombro ante la visión empresarial y las convicciones del muchacho, a quien escuchó y al que formuló preguntas con la idea de comprobar la autenticidad de aquellas palabras juveniles y de los valores nobles que irradiaba, Máximo Díez sintió confianza y le prestó, finalmente, el dinero requerido

Máximo Díez, quien participó activamente en la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, de la que frecuentemente era comisionado, por su capacidad, experiencia y conocimiento, para analizar y dar su opinión respecto a temas de relevancia municipal, estatal y nacional, fue un hombre de negocios exitoso y reconocido, con amplia experiencia en el trato humano, y no dudó en el plan que le expuso el joven.

Colección: Gerardo Torres Calderón.

De él, la publicidad contratada en la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930, detalla que “en el cruzamiento de las calles Morelos Sur y Allende, se halla esta importante negociación mercantil, ampliamente conocida por la amplitud de sus transacciones comerciales”.

Y asegura que “el señor Máximo Díez es concesionario de la Pierce Oil Company, S.A., cuyos productos conocidos son: petróleo, gasolina, parafina, aceites y grasas lubricantes, y gas oil para toda clase de motores”.

Máximo Díez diversificó sus negocios, de acuerdo con la reseña del documento dedicado al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, de manera que fue “agente de la Cervecería Moctezuma, S.A., de Orizaba, Ver., de la que distribuye sus exquisitas cervezas XX, XXX y Superior”.

Paralelamente, fue “representante de La Tolteca, Cía. de Cemento Portland, S,A,”, y también, por su amplia experiencia, “agente de El Buen Tono, S.A., disponiendo de todas sus acreditadas marcas de cigarros”, y, por añadidura, “tiene una existencia constante de todos los productos de la región”.

En cuanto al moreliano Pascual Ortiz Rubio, cuya familia fue propietaria de la Hacienda del Rincón, en la capital de Michoacán, asumió la presidencia de México en febrero de 1930, con el hecho de que, tras tomar posesión del mandato y disponerse a viajar al Palacio Nacional, fue acribillado por un tipo de nombre Daniel Flores González. El mandatario nacional permaneció dos meses en convalecencia. Fue a él quien Agustín Vega dedicó el libro citado, el cual tuvo el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, entonces liderada por Bernardino F. Perraldí Carranza, propietario, con su hermano Santiago, de La Esmeralda, una de las tiendas mejor surtidas de la época, que fundaron en 1900. Por cierto, los hermanos Perraldí Carranza eran sobrinos directos del otrora constitucionalista y presidente Venustiano Carranza Garza.

La Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industria, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán, publicada en 1930 por Agustín Vega, con el respaldo de la Cámara Nacional de Comercio, Industria y Agricultura de Morelia, fue dedicada al presidente Pascual Ortiz Rubio.

La hacienda, los recuerdos y el inicio

Mientras el entonces joven Luis Torres Villicaña esperaba, impaciente, la fecha acordada para comprar El Paraíso, repasaba las horas de su niñez y adolescencia diluidas en la Hacienda El Tigre, y en la casa solariega, en el pueblo de Quiroga, en tiempos prehispánicos denominado Cocupao, paso forzoso de quienes viajaban de la Ciudad de México a Zacapu, Zamora y Guadalajara, y viceversa, y reflexionaba también en los acontecimientos que, inesperadamente, de un día a otro, despojaron a su familia de sus propiedades y medios de producción.

Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con el proceso de expropiación de tierras que llevó a cabo el presidente Lázaro Cárdenas del Río durante su gestión, entre 1934 y 1936, al transformar los otrora latifundios y haciendas en ejidos y cuadricular el campo con la finalidad, principalmente, de arraigar a la gente y evitar levantamientos armados y desórdenes sociales, más allá de las causas revolucionarias, la supuesta justicia social y las promesas gubernamentales de tantos generales que se traicionaron en la lucha por el poder, los integrantes de la familia Torres, como otras, de pronto fueron despojados.

Propietarios de la Hacienda El Tigre desde 1730, los miembros de la familia Torres se encontraron repentinamente entre el destino, la historia, el pasado esplendoroso, el presente inseguro y el futuro incierto. Las tierras hacendarias fueron repartidas por el mandatario nacional, y años más tarde, Luis Torres Villicaña cedió unos terrenos aledaños a las familias que moraban en el lugar, con el consejo de que establecieran restaurantes para los viajeros que transitaban aquella carretera rumbo a Quiroga, Santa Fe de la Laguna, Zacapu, Zamora y Guadalajara, y así lo hicieron desde entonces con el atractivo y el éxito que han obtenido.

Antepasados de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los integrantes de la familia Torres y Torres y sus descendientes se mudaron a Morelia. Establecieron su casa al poniente de la ciudad, a la orilla, donde aún olía a campo, río y tierra. No era fácil coexistir en el destierro, en un lugar que siempre se caracterizó por la ausencia de grandes industrias y la abundancia de comercios dedicados a diferentes giros: abarrotes, calzado, cervezas, ropa, tabaco.

Padre, madre y hermanos de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Ya el autor de la obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, editada en 1883 por la Imprenta de Ignacio Cumplido, Juan de la Torre, criticaba en sus páginas, específicamente en el capítulo denominado Industria y Comercio, que “no tiene, a la verdad, Morelia, ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El escritor, quien era miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, sabía que los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente. Expresaba en su libro que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…” Y finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

La expropiación de la hacienda y los bienes de la familia Torres, los colocó en una situación de quebranto económico, igual que a tantas familias que de improviso perdieron todo. La madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a quienes tenían oportunidad de probarlos y que, ante la adversidad, decidió elaborar con el objetivo de comercializarlos y contribuir al alivio de las necesidades económicas.

Elaboración de laminillas. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Al ser hijo primogénito del matrimonio Torres Villicaña, Luis se sumó al trabajo productivo de la familia, con tal madurez que orientó su atención en la actividad dulcera de Morelia. Dedicó tiempo a observar y analizar el mercado de los ates, las conservas y los dulces, hasta que una vez con la certeza de que poseía elementos suficientes para dirigir una empresa del ramo, decidió comprar, a los 21 años, El Paraíso.

Luis Torres Villicaña, en su juventud. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Entre los rasgos favorables que Luis detectó en El Paraíso, destacaron su antigüedad y tradición en Morelia -en esa fecha, la de 1938, la empresa cumplió 98 años-; la ubicación del establecimiento en uno de los portales típicos, conocido popularmente, por sus actividades cotidianas, con el término “de las dulceras”; la llegada y salida de camiones, en esa zona, frente a la catedral y cerca de los principales comercios y oficinas públicas. De pronto, con la adquisición de El Paraíso, a Luis Torres Villicaña le llegó toda la tradición dulcera de Morelia.

Tres familias

El negocio

Con la incursión de Luis en el giro, El Paraíso cumplió, entonces, tres etapas importantes con el mismo número de propietarios: 1840, fundación de la empresa por parte de Marcial Martínez, con la incorporación posterior de su hijo, Ignacio Martínez Maciel, quien fortaleció, modernizó, internacionalizó y formalizó el negocio y finalmente lo heredó a sus descendientes, Ignacio y José Martínez Uribe; 1928, aparición en el escenario de Agustín Ortiz García, que continuó con la firma que era industria y comercio, a la que convirtió en eje de su vida y de su círculo familiar y social; 1938, los apellidos Torres Villicaña llegaron para reconocer su historia y su tradición, y darle prestigio, coronar la firma con la experiencia, la calidad, el servicio y la atención que siempre la han caracterizado.

La memoria y los registros de la historia lo confirman: Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad, con el recuerdo de una niñez y una adolescencia felices, en medio de las condiciones en que la política, la economía y la dinámica social de México de aquella hora, los colocaron a él y a su familia en una situación emergente de luchar para no caer y sí, al contrario, fortalecerse y crecer, y con la confianza y el dinero que le prestó el empresario Máximo Díez, llegó a El Paraíso, lo compró, con el sueño y la idea de hacer realidad el concepto del nombre tanto en los dulces y mercancía que fabricaba y comercializaba como en su existencia y en la gente que tanto amó. Y conquistó El Paraíso.

De El Paraíso había que hacer el mundo y el cielo, y así, con tal idea, Luis se entregó a la empresa, a la que se sumó, dos años más tarde, al contraer matrimonio, su esposa, María Soledad Calderón Orozco, pieza clave en el fortalecimiento de la empresa, ya que se dedicó a atender las labores de la casa, a su marido y a los 16 hijos que procrearon.

María Soledad Calderón Orozco. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Los empleados de la dulcería atendían al público en el Portal Galeana, esquina Benito Juárez, frente a la catedral moreliana, que una centuria antes recorrió, una y otra vez, el campanero Marcial Martínez, quien soñaba en que los productos que elaboraba con la ayuda de su esposa Benita, resultaran una delicia y le abrieran paso a la prosperidad. Desde los campanarios contemplaba el paisaje urbano con esqueleto de cantera y piel de cal pintada de colores, y con esencia capaz de mover a México.

El inquieto Luis Torres Villicaña, atendió la fábrica de dulces que desde tiempo atrás se localizaba en la calle Serapio Rendón, detrás del templo virreinal de San José, construido en el siglo XVIII, cuyas dos torres fueron añadidas entre 1943 y 1945, en la vigésima centuria. La industria, la búsqueda de clientes y las negociaciones para la distribución de los dulces y la contabilidad, cada día requerían mayor atención y tiempo por parte de su dueño, quien, por otra parte, confiaba en el amor y la responsabilidad que, como madre y esposa, caracterizaban a Soledad, descendiente, por cierto, de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los encomenderos españoles que fundaron la Ciudad de Mechuacan el 18 de mayo de 1541, con respaldo del Virrey Antonio de Mendoza.

Nadie imaginaba que, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco, uno de los fundadores de Valladolid -hoy Morelia- en 1541, con autorización del Virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, la familia Torres, propietaria de la Hacienda El Tigre desde 1730, pronto aparecería en el escenario dulcero de El Paraíso.

Las habitaciones de la casona vetusta, en la calle Serapio Rendón, permanecían repletas de colaciones, dulces y confitería, mientras el rumor de la maquinaria anunciaba, en su lenguaje mecánico, el trabajo constante y disciplinado de aquel hombre que desde temprana edad aprendió a dirigir una empresa dividida en industria, comercio y servicio al público.

Elaboración de dulces. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Pronto devolvió a Máximo Díez el préstamo que le concedió, y se lo agradeció con la caballerosidad de antaño, siempre con el reconocimiento de la confianza y el apoyo que recibió, a pesar de no conocerlo y de su juventud e inexperiencia; sin embargo, algo inquietaba a Luis. El mundo enfrentaba la sombra de una guerra amenazante, México se reacomodaba tras el período de los generales revolucionarios que ambicionaban el poder, El Paraíso crecía tanto industrial como mercantilmente y la familia Torres Calderón aumentaba en cantidad de integrantes y, a la vez, en necesidades.

Tras minutos y horas que anhelaban madurar y convertirse en días, y días que se volvieron semanas, Luis tomó la decisión de fortalecer la industrialización de dulces, como una rama importante de El Paraíso, y cerrar el establecimiento comercial y de servicio al público que acostumbraba reunirse en su salón, y así lo hizo, con todo lo que implicaba. Fue aconsejado por Soledad, su esposa, mujer que dispuso de tiempo para atenderlo, educar 16 hijos y aconsejarlo, como lo hacía, con sabiduría.

El Paraíso, con su dulcería y su salón de convivencia social, donde los morelianos solían compartir sus horas y sus días, y consumir pasteles, refrescos y otras delicias como chocolate de metate, frutas cubiertas, rompope, jamoncillos de leche, morelianas y cajetas, cerró sus puertas en los portales típicos. Dio vuelta a la página de la historia con la intención de proseguir otros capítulos, y la tienda, el salón de reuniones sociales y las recetas irrepetibles, quedaron en la memoria colectiva.

El letrero

La mudanza trasladó el mobiliario a la casa marcada con el número 42 de la calle Miguel Silva, en el centro moreliano, donde se cambiaron la fábrica y las bodegas; no obstante, como si se sintiera aferrado a su origen, a su historia, a su linaje, a su tradición, al recuerdo de tantos años y décadas, a los murmullos y sigilos de una centuria y otra -XIX y XX-, el letrero de El Paraíso quedó olvidado en el muro, dentro de aquel portal con tanta historia e incontables tradiciones, cual testimonio, quizá, de que en ese rincón del mundo, en la capital de Michoacán, hubo sabores, fragancias, suspiros, colores y formas de recetas guardadas en la memoria de otras familias y mujeres, igual que se conserva el más bello de los secretos. Quedó un trozo de El Paraíso.

Todavía los primeros años de la década de los 90, antes de que expirara el siglo XX, el letrero permanecía en los portales y las generaciones de esa hora lo miraban un día, otro y muchos más con la creencia de que se trataba del nombre de un restaurante con cafetería al que todos llamaban El Paraíso.

Y si el nombre de la Dulcería El Paraíso perduró, a través de las décadas, Luis continuó trabajando en la fábrica que fundó, con el recuerdo, probablemente, de sus padres y sus hermanos, quienes al llegar a Morelia se unieron y solidarizaron en los instantes más críticos de sus existencias.

La época moderna

Recordaba Luis, en sus instantes de añoranzas y lucha, a su tío Alfredo Torres y Torres, fundador, entonces, de un negocio tradicional en Morelia, El Hortelano, quien, adicionalmente a las actividades de las semillas, los jardines, las flores y las plantas, elaboraba ates y los comercializaba, a través de su hermano Manuel, en una tienda de dulces en la estación del ferrocarril, en el antiguo Paseo de las Lechugas que posteriormente se convirtió en la colonia Industrial, inmersa en la ruta de los molinos de harina y las fábricas de las primeras décadas del siglo XX.

Antigua estación de ferrocarril, en Morelia. Colección: La Página Noticias.

Alfredo Torres y Torres involucró a sus sobrinos en el negocio de dulces. El hombre no tenía hijos y era muy hábil para los negocios. Finalmente, estableció alianzas con Luis y su hermano Fernando, y uno de los primos, Eduardo Torres Mier, quien radicaba en la Ciudad de México, coyuntura que los formó e impulsó en ese giro.

Ya en la década de los 50, los hermanos Luis y Fernando Torres Villicaña se independizaron y fundaron La Estrella, fábrica que tenía antecedentes por parte de su tío Manuel Torres y Torres, quien en los días convulsivos de 1917 la estableció en su primera versión, mientras su primo Eduardo Torres Mier, por su parte, se dedicó a la producción de ates enlatados, a través de la industria que inició con el nombre La Colmena.

La Estrella. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Tales recuerdos animaban y fortalecían a Luis durante sus lapsos de lucha consigo y con las realidades de un mundo cambiante. En la casa que compró en Miguel Silva, al oriente del centro de Morelia, donde instaló a su familia y estableció una dulcería, eslabón de lo que fue El Paraíso, integró su negocio a la fábrica que inició su tío Manuel Torres y Torres, La Estrella. La familia requería solidaridad. Establecieron alianzas. Eran tiempos de unidad y trabajo.

En la calle Antonio Alzate. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Con la industrialización más moderna de la época, Luis introdujo maquinaria de cobre que funcionaba con vapor, y orientó sus esfuerzos en la fabricación de jaleas, ates y laminillas. Redujo costos, intensificó la producción en serie y abrió nuevos mercados, con la conveniencia de que encontró distribuidores que le compraban grandes volúmenes de mercancía. Dos mayoristas nacionales de La Mereced, en la Ciudad de México, adquirían casi toda la producción de dulces.

La Estrella Dorada

Luis y su hermano Fernando eran socios de La Estrella, hasta que, en la misma década de los 50, tomaron la decisión de separarse. Cada uno siguió su camino en los negocios. Con el tesón que aplicó desde que adquirió El Paraíso, Luis denominó dedicó lo mejor a su fábrica, La Estrella Dorada.

Con una familia numerosa que cada día requería mayor atención y espacio, Luis adquirió varios terrenos al oriente de la ciudad, metros adelante del acueducto barroco y virreinal del siglo XVIII, que más tarde heredó a sus descendientes.

Trabajó arduamente. No ignoraba que tenía cita con el destino y con la historia. Repartió los días de su existencia en La Estrella Dorada, fábrica especializada en la producción de jaleas, ates y laminillas, en esa etapa dedicada a atender la demanda del mercado popular, como ferias y mayoristas.

En calzada Madero. Colección: Gerardo Torres Calderón.

La Cámara de Comercio, la Cámara de la Industria de la Transformación y la Cruz Roja

Quienes tienen la misión de aportar y dejar huellas insondables, valoran el tiempo, las horas de sus existencias, y no desperdician los minutos y los días en superficialidades. A Luis Torres Villicaña le alcanzó el tiempo para engrandecer el negocio dulcero y convertirlo en tradición de Morelia, educar a su familia con ayuda de su inolvidable Soledad Calderón Orozco y alcanzar la presidencia en la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen y otros empresarios, y protocolizada, un año más tarde, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez y algunos hombres de negocios.

Refiere la tradición que la Cámara de Comercio de Morelia pagaba renta para contar con instalaciones dignas. Compartió espacios con su Academia en la ostentosa mansión construida por el ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, y en las casonas ubicadas en las calles 4ª de Morelos, Benito Juárez e Ignacio Zaragoza, como también efectuó, en el pasado, algunas reuniones en la Casa de Cristal o en los despachos y domicilios de ciertos presidentes y consejeros.

Antigua Casa de Cristal, en Morelia, donde innumerables ocasiones sesionaron los consejeros de la Cámara de Comercio e Industria de Morelia. Colección: La Página Noticias.
Palacio que construyó el ingeniero belga, Guillermo Wodon de Sorinne, a un costado del otrora Palacio de Justicia, en el Portal Allende, en Morelia. Colección: Santiago Galicia Rojon Serrallonga.

Habían transcurrido 72 años desde la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, en 1895, la cual, a pesar de su trascendencia local, estatal y nacional, carecía de sede propia. Fue ese año, el de 1957, cuando el empresario Luis Torres Villicaña presentó su iniciativa para comprar la finca que actualmente ocupa la institución, en la antigua calle del Olvido, marcada entonces con el número 11, y que más tarde se llamó Segunda de Guerrero, para finalmente ostentar el nombre 20 de Noviembre, y cambiar al 55. Las escrituras fueron signadas el 31 de diciembre de 1957. Un año después, en 1958, la agrupación empresarial y su institución educativa poseían domicilio propio. La iniciativa y el esfuerzo de Luis Torres Villicaña, se concretaron en una finca digna y majestuosa para tan tradicional institución.

No conforme con su gestión en la Cámara de Comercio de Morelia, que todavía es recordada, Luis fue presidente estatal de la Cruz Roja y posteriormente delegado regional y nacional, institución a la que entregó lo mejor de sí por los beneficios que sabía representa para la sociedad; además, participó activamente en la Cámara de la Industria de Transformación de la ciudad, como fabricante de dulces.

En la Cámara de Comercio de Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Orgullo familiar

Templo de Fátima

El cortejo fúnebre resultó imponente. Los sentimientos se desbordaron. Al concluir la homilía, en el tradicional templo de Fátima, donde antiguamente existió una capilla virreinal, familiares, amigos, trabajadores y gente que conoció y trató a Luis Torres Villicaña, impidieron que el ataúd fuera colocado en la carroza, y así, a pie, lo trasladaron hasta el Panteón Municipal de Morelia. Discurrían, entonces, los días de 2014.

La gente despedía al industrial del dulce con agradecimiento, lágrimas y emoción. Dejaba recuerdos, huellas, trozos de sí en cada persona. Influyó positivamente en mucha gente. El dulce sabor de sus productos quedaba entre hombres y mujeres que tuvieron la fortuna de conocerlo y tratarlo.

Nadie olvidaba, en ese momento, que Luis Torres Villicaña era benefactor del templo de Fátima, y que, con sus recursos y su tiempo, había contribuido a la obra tan querida por los morelianos. La gente platicaba que cada semana reunía dinero con la intención de pagar la nómina a albañiles y personal que trabajaba en la construcción del recinto sacro. Y la obra fue concluida. Luis cumplió. El templo de Fátima, en la colonia Cuauhtémoc de Morelia, con la antigua cruz atrial a un costado, aparece bello, espacioso y rico en detalles, tan grandioso y sencillo, a la vez, que no se olvida, quizá cual testimonio de que los dulces que un hombre y su equipo produjeron no solamente endulzaron a una y diversas generaciones, sino como prueba de que el bien puede derramarse en beneficio colectivo.

Templo de Fátima, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Época contemporánea

Calle Real

Con el hijo menor de Luis Torres Villicaña y Soledad Calderón Orozco -Gerardo Torres Calderón-, inició otra etapa dentro del eslabón de El Paraíso. Reunió el acervo documental y fotográfico, la historia y las tradiciones, las fragancias y los sabores, los recetarios y la experiencia, y ya de regreso del pasado, miró a sus lados, al frente, con la certeza de que el mundo es otro y se encuentra inmerso en una competencia acentuada que desgarra a quienes no se preparan y son débiles, y, en cambio, favorece a aquellos que se encuentran fortalecidos.

Cada época tiene sus propios rostros, sus biografías y sus motivos, y si hay quienes maquillan su historia, existen otros que la recuerdan, conservan y rescatan con el propósito de atesorarla y compartir su encanto y majestuosidad a aquellos de mayor sensibilidad.

Tal es el caso de la Calle Real y sus ancestros de linaje, El Paraíso y La Estrella Dorada, cuyos propietarios, en cada etapa, siempre se distinguieron por dar lo mejor de sí para ofrecer calidad, atención y servicio, y quedar en la preferencia de sus clientes, en su memoria y en sus paladares.

En 1999, entre el ocaso del siglo XX y la aurora de la vigésima centuria, con el tránsito de un milenio a otro, Gerardo fundó la Calle Real. Arquitecto, investigador y amante de la historia y las tradiciones, sin perder de vista la modernidad, Gerardo dialogó con su padre, una y otra vez, como quien prepara una expedición a tierras prodigiosas e inexploradas, con la determinación de convencerlo de que era momento oportuno de cerrar la etapa de producción en serie y la distribución de jaleas, ates y laminillas en el mercado popular, en las ferias, porque no resultaba justo ni lógico perder las fórmulas y recetas heredadas y plasmadas en libretas y páginas amarillentas.

Náufrago de otra época, Luis se sentía conmovido al escuchar los argumentos que cada mañana, tarde y noche, a toda hora, le presentaba su hijo Gerardo; aunque le expresaba continuamente que se trataba de una aventura y una locura. Luis, ya retirado y con una canasta enorme de conocimientos y experiencias, escuchaba los argumentos de su hijo menor, quien explicaba que no sería conveniente ni lógico perder tantas fórmulas, recetas, historia, tradición y experiencia, y menos abandonarlas en un baúl o en la desmemoria.

Inauguración de Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

En las palabras y expresiones de su hijo, el empresario retornó a sus horas primaverales, en 1938, cuando a los 21 años de edad, sin más armas y escudos que su iniciativa, empuje, honestidad e interés, se atrevió a hablar con Máximo Díez, quien, sin conocerlo, le dio oportunidad de hacer realidad su sueño y entrar, triunfante, a El Paraíso.

Luis Reflexionaba y en su hijo Gerardo se miraba 61 años atrás, seguro de sí, dispuesto a emprender una hazaña grandiosa, una epopeya, la aventura y la historia de su vida, como en otras etapas, a partir de 1840, lo fue para todos sus propietarios, que dieron al negocio un sabor, una forma, un perfume.

Inauguración de Calle Real, en Morelia. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Hábil en los negocios, Luis colocó diques en las pláticas con Gerardo; no obstante, el joven sorteó los obstáculos y, finalmente, argumentó que entre los rasgos y signos de la hora contemporánea, destacaba el hecho de que, a diferencia con las décadas de antaño, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en México y a nivel mundial, cuentan con estudios universitarios, paralelamente a que sus empleos, cargos, profesiones y negocios, aunados a la dinámica social y económica, los mantienen ocupados. Se trata, dijo, de personas que legítimamente aspiran a mantenerse en niveles socioeconómicos estables, progresar, consumir productos y contratar servicios de mayor calidad, estatus que Calle Real podría ofrecerles inicialmente en Morelia.

Orgulloso de Gerardo, su hijo, Luis le dio libertad de concretar el proyecto, con un estilo especial, como descendiente de El Paraíso, quizá sin imaginar que Calle Real sería la coronación de su historia, su esfuerzo y su vida. Durante los últimos 15 años de su existencia, Luis Torres Villicaña disfrutó Calle Real, con todo su significado.

Fundado por Gerardo Torres Calderón, Calle Real fue la coronación al esfuerzo, trabajo y legado de Luis Torres Villicaña. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Si en su juventud conquistó El Paraíso, en su ancianidad se coronó y entró dignamente a la Calle Real, donde tuvo oportunidad y tiempo de mirarse reflejado y reconocerse por medio de lo que forjó y su hijo le mostraba. Recordaba Luis que Gerardo, el menor de sus hijos, se había incorporado al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir sus estudios universitarios en Arquitectura.

La calidad, los sabores, las formas y los perfumes extraídos de recetarios de antaño, probados una y otra vez y adecuados a los gustos, realidad y necesidades de las generaciones modernas, retornaron a las vitrinas y a las mesas con el encanto de deleitar los sentidos. Calle Real es un reencuentro con el buen gusto y el estilo.

Innegable es que la idea de fundar el Museo del Dulce, al interior de una casona del centro histórico de Morelia, como un apartado de la tienda de la Calle Real, propició el rescate de fórmulas y recetas antiguas, elaboradas y guardadas celosamente por amas de casa, junto con los cazos, fotografías, procesos, herramientas y maquinaria. Contribuyó a salvar la dulcería moreliana y mexicana del naufragio y el olvido. Es una aportación gastronómica, cultural e histórica que permanece cual legado para la presente y las futuras generaciones.

Cuando Calle Real y su Museo del Dulce fueron inaugurados, Luis Torres Villicaña se notaba asombrado e intensamente feliz. Innegablemente, sabía que se trataba, en su caso, de la culminación de una vida de esfuerzo, llena de historia e inscrita con huellas indelebles, y la permanencia de una historia familiar y moreliana.

Acompañado de su esposa y de sus hijos, nietos y bisnietos, se sabía, internamente, personaje central de algo que no era teatro ni fantasía, de una historia inolvidable, esplendorosa e irrepetible. Familiares, amigos, empresarios, turistas y funcionarios públicos asistieron a la inauguración de la Calle Real y el Museo del Dulce, atendido por hombres y mujeres vestidos a la moda porfiriana.

Gerardo Torres Calderón, que entonces había viajado alrededor del mundo en su pasión e interés de conocer y estudiar distintos esquemas de negocios tradicionales, rescató y preservó la dulcería moreliana y mexicana de antaño a través de la Calle Real.

Una anécdota

Alguna vez, ya retirado, Luis Torres Villicaña comentó a Gerardo, su hijo, que le encantaría regresar a las actividades productivas e incorporarse a la Calle Real. Estaba acostumbrado a los negocios, a la productividad, y a esa hora de su existencia -más de 90 años- consideraba que podría aportar a la empresa y ganar algunos recursos económicos, motivo por el que su hijo lo complació y ordenó la fabricación de un carro pintoresco con equipo para elaborar algodones de azúcar.

Inicialmente, Luis se instaló en el patio final de la tienda y del Museo del Dulce, donde los turistas y visitantes pasaban con el objetivo de reiniciar sus paseos en el tranvía. Los niños y enamorados le compraban algodones, golosinas cargadas de colores y sabores que indudablemente le recordaban los muchos instantes del ayer, cuando era joven y ya estaba en El Paraíso para trabajar y cumplir sus sueños, hasta que, al cabo de unas semanas, volvió a hablar con su hijo con la intención de confesarle que en realidad la venta de algodones, en Calle Real y el Museo del Dulce, no era atractiva para los visitantes y, por lo mismo, no resultaba tan buen negocio, motivo por el que renunciaba al pequeño carro.

La marca

Calle Real es una marca, una firma empresarial; pero también un estilo, un concepto de vida. Va más allá de modas, apariencias, producciones en serie y negocios del momento. Es, simplemente, una empresa que fabrica dulces artesanales, repostería con aroma y sabor a recetas del hogar, un crisol de fórmulas de antaño. incorporados a los gustos de un mundo globalizado, exigente y moderno.

Todos los detalles, en Calle Real y el Museo del Dulce, tienen un encanto, poseen un detalle, y ofrecen un deleite. El Museo del Dulce, establecido en una finca antigua del centro histórico de Morelia, es el recorrido a otros años, a épocas distantes. Rescata de la desmemoria, del tiempo, de la historia y de las tradiciones, las fórmulas y recetas de la dulcería típica moreliana y mexicana, la repostería que tanto se extraña. El recinto y la idea valen por lo que contienen y presentan. Simplemente, el rescate, la exhibición y la conservación de la dulcería y la repostería antigua de Morelia.

La fábrica de dulces y repostería de Calle Real, expuesta al público en la sucursal de avenida Acueducto, al oriente de la ciudad, se encuentra separada por áreas y muestra los procesos artesanales de producción y la calidad con que es elaborada cada pieza. Nada es fabricado en serie porque la gente, el buen gusto, los dulces y la repostería no son moda pasajera ni número. Los sabores, las fragancias, los colores y las formas carecen de maquillajes, son auténticos, con esencia tradicional e histórica de otras generaciones para las personas de hoy.

Es importante destacar que la cafetería se encuentra envuelta en un ambiente porfiriano, acompañada del encanto de la época contemporánea. Une a las familias, a los enamorados, a los amigos, a los solitarios. El mobiliario, la mantelería, los cuadros, las pinturas y los elementos arquitectónicos y decorativos cautivan, atraen, enamoran, y más cuando la atención, el servicio y la calidad son atributos y virtudes.

La tienda de Calle Real significa disfrutar y vivir la experiencia de mirar, percibir fragancias, deleitarse y elegir dulces y repostería genuinos, extraídos de su colección de recetarios, fórmulas que datan de las décadas del siglo XIX y la primera mitad de la vigésima centuria. Son historia y tradición, pero rompen el concepto del tiempo y el espacio para deleitar a mujeres y hombres de esta época y trasladarlos hasta El Paraíso.

Inició la tradición en la antigua Calle Real de Morelia, la principal de su centro virreinal, con una entrada a El Paraíso, en uno de los portales típicos, hasta volverse un lucero. Todo es, ahora, Calle Real, digno descendiente de aquel linaje.

Autor del texto e investigación: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Acervo documental y fotográfico, e investigación: Gerardo Torres Calderón

Notas                    

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. La Ciudad de Mechuacan fue fundada en Guayangareo, el 18 de mayo de 1541, hasta que en 1545 cambió su nombre por el de Valladolid, y en 1828 por el de Morelia, en honor y memoria de José María Morelos y Pavón, personaje de la Independencia de México, movimiento insurgente que inicio la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Los mexicanos lo consideran el Siervo de la Nación
  • Chilaquiles. Es un platillo mexicano, elaborado a base de trozos de tortilla de maíz, que se fríen, a los que se les agrega salsa verde o roja, hasta que obtienen su condimento natural. Se sirven con queso y cebolla picada. Hay quienes los desayunan con carne de pollo deshebrada o con huevo. Su origen no es preciso, aunque algunos autores mencionan que se trata de un vocablo que proviene del náhuat, chilli, que significa chile, más aquilli, que es “metido en”, es decir metido en chile. Existen varios significados.
  • Época Porfiriana o Porfiriato se le denomina al período comprendido de 1876 a 1911, en que el General Porfirio Díaz Mori fue presidente de México. La Revolución Mexicana inició el 20 de noviembre de 1910.

Calle Real

Un apunte para la historia

Los antecedentes de Calle Real, datan de 1840, en el siglo XIX, cuando Marcial Martínez, campanero oficial de la catedral barroca y colonial de Morelia -iniciada en 1660 y concluida en 1744-, inició, junto con Benita Maciel, su esposa, la elaboración de ates y dulces que colocaba pacientemente en las azoteas, en las torres y en las cúpulas del monumento sacro con la intención de que recibieran las caricias del viento y la mirada del sol, y reposaran, hasta obtener bocadillos deliciosos que comercializaba.

Aún olía a años de insurgencia -los que principiaron en 1810- y a días monárquicos, con la presencia, en la historia nacional, del consumador de la Independencia, en 1821, y primer emperador de México, en el período del 21 de julio de 1822 al 19 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide y Arámburu, nacido en Valladolid -hoy Morelia-, cuando los colores y sabores naturales de los llamados guayabates y otros dulces típicos, dignos de las cocinas más refinadas, cautivaban y atraían al negocio de Marcial Martínez.

En verdad, apenas hacía unos años en que el llamado Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, junto con el Siervo de la Nación, José María Morelos y Pavón, y otros personajes de la historia mexicana, habían transitado las calles de la ciudad, con la sustitución posterior, en 1828, del nombre de Valladolid por el de Morelia. Morelia es toponimia del apellido Morelos.

Diariamente, el campanero admiraba, desde las torres, el paisaje urbano, con el anhelo de un día, a cierta hora, independizarse y dedicar los años de su existencia al negocio dulcero que su esposa y él iniciaron con tanta ilusión a un lado de la catedral monumental, donde la gente compraba sus productos caseros, sustraídos de recetarios con fórmulas que resultaban un deleite al gusto y a los sentidos por ser tan naturales y genuinos.

Valladolid se caracterizó, a partir del siglo XVI, por las conservas y los dulces de frutas naturales que elaboraban las damas y los frailes, en sus cocinas amplias, con alacenas y utensilios prácticos que intervenían en los procesos gastronómicos. Hay que recordar que el clima y el suelo favorecían la producción de fruta en los huertos conventuales y en las casonas de las familias linajudas.

Diversas familias preparaban ates y dulces, pero los de Marcial Martínez y su esposa Benita Maciel, eran preferidos, acaso por la combinación de los ingredientes en sus fórmulas, quizá por el sabor y el aroma que despedían y cautivaban, probablemente por su consistencia, tal vez por todo.

Pasaron los años y la familia Martínez Maciel creció. Pronto, el hijo mayor, Ignacio, quien nació en 1844, demostró capacidad y talento en los negocios, e hizo del comercio de sus padres un paraíso y un imperio en el ámbito dulcero.

Hombre que desde la adolescencia adquirió experiencia y habilidad en los negocios de abarrotes, Ignacio Martínez Maciel -hijo de Marcial y de Benita- se incorporó por completo al ámbito dulcero, a los 21 años de edad, en 1865, y dio mayor forma y sentido a El Paraíso, empresa que fortaleció a base de disciplina, constancia, esfuerzo, dedicación y trabajo, precisamente en uno de los portales típicos de Morelia -el de Iturbide-, en la Calle Real, que era la vía principal dentro del trazo urbano, donde se encontraban los palacios señoriales de la ciudad, fundada el 18 de mayo de 1541.

Durante el siglo XIX, Morelia fue visitada por diversos personajes, como el emperador de México, Maximiliano de Habsburgo, en 1864, y otros más, quienes, sin duda, al recorrer los principales espacios públicos de la ciudad, rodeados de conventos, templos, jardines y fincas palaciegas, miraron El Paraíso, cuyos dulces y pasteles, quizá, probaron, sobre todo si se toman en cuenta las tradiciones y costumbres mexicanas de obsequiar productos regionales y típicos a quienes llegan de otros sitios.

A partir de la incorporación y participación de Ignacio Martínez Maciel en El Paraíso, a las siguientes décadas de la decimonovena centuria se añadieron premios y reconocimientos estatales, nacionales y mundiales, con los que el prestigio de los dulces típicos del establecimiento se acrecentó y abrió, en consecuencia, las puertas a otros mercados, en la geografía mexicana, en Estados Unidos de Norteamérica y en Europa. La dulcería moreliana, conservada con mucho celo en la memoria y en los recetarios de las damas de la antigua Valladolid, resultó un deleite a los sentidos en mesas nacionales y extranjeras.

Entre los premios, menciones y reconocimientos, El Paraíso obtuvo los siguientes: Exposición Regional de Michoacán, en 1877, con medalla de plata; Exposición Universal de París, en 1889, con medalla de bronce; Exposición Universal de Chicago, en 1893, con medalla de bronce; Exposición Mundial de París, en 1900, con medalla de bronce. Competir a nivel internacional con empresas tradicionales y fuertes, no es fácil, y menos en aquellos días; sin embargo, El Paraíso llegó de frente y puntual a su cita con el destino y la historia, y ocupó un sitio preponderante dentro de la dulcería típica, en México y en el mundo.

Tan prestigioso era, en esa época, El Paraíso, que el portal donde se encontraba instalado fue llamado “de las dulceras”. El negocio establecido, ya acreditado a nivel nacional y con presencia en las principales ciudades estadounidenses y europeas, abrió, por medio de sus premios y reconocimientos sustentados en la calidad, los sabores y las fragancias naturales, posibilidades de comercio en la geografía nacional y en diversas regiones del mundo, a pesar de las distancias y los conflictos, adversidades y problemas mundiales.

Durante el Porfiriato, la familia Martínez Maciel introdujo vinos y productos nacionales y europeos de calidad, que se sumaron a la excelencia y tradición dulcera de Morelia, para lo que la negociación contaba, en esa época, con herramientas, equipo y maquinaria para la elaboración de sus productos.

Al principiar el siglo XX -específicamente, en 1903-, El Paraíso inauguró un salón, anexo a la tienda, donde los habitantes de la ciudad y los visitantes, en un ambiente familiar y amigable, al estilo parisino, convivían, organizaban reuniones y disfrutaban chocolate, helados, café, pasteles y refrescos que ahí se servían con atención y esmero.

El salón familiar, pronto se convirtió en sitio de reunión, en punto de encuentro de familias y personajes con ropa, sombreros, abanicos, paraguas, bolsos y accesorios a la moda afrancesada, que generalmente adquirían, en el caso de Morelia, en tiendas como El Puerto de Liverpool, de los hermanos Audiffred; Las Fábricas de Francia, de los hermanos Margaillan; La Mina de Oro, fundada por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, quien organizó y dio formalidad, como presidente, en 1896, a la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, que un año antes, el ferretero alemán Luis Andresen estableció con otros hombres de negocios; Al Progreso, iniciado por los hermanos Souve y administrado posteriormente por Tron Hermanos y Cía, entre otras firmas comerciales.

De aquel período, datan algunas fotografías en las que aparecen Ignacio Martínez Maciel, sus hijos -Ignacio y José- y diversos personajes, en el exterior del negocio, entre las columnas de los portales, y con el tradicional letrero que indicaba el nombre del establecimiento -Dulcería El Paraíso-, colgado a la entrada.

En su tercera generación, integrada por Ignacio y José Martínez Uribe, El Paraíso ya estaba consolidado como empresa que deleitaba los paladares más exigentes, con calidad y tradición, donde la atención y el servicio eran parte del negocio. Era una empresa que, como otras de la época, enfrentaron y superaron los retos, problemas y vicisitudes del turbulento siglo XIX y de las primeras décadas de la vigésima centuria.

Transitó El Paraíso por el Porfiriato, el movimiento revolucionario de 1910 y los sucesivos períodos de efervescencia política, social y económica en México, con la sombra de una guerra mundial, crisis financiera y epidemias, lo que fortaleció a la empresa que contaba con maquinaria competitiva y moderna, hasta que, en 1928, la negociación fue adquirida por Agustín Ortiz García, quien la hizo centro de su vida y de no pocas de las convivencias familiares y sociales de Morelia.

Una mala partida, de la que se arrepintió toda su vida, fue la causa de que Agustín Ortiz García perdiera El Paraíso, el cual fue adquirido, en 1938, por Luis Torres Villicaña, a los 21 años de edad. Hijo, sobrino y nieto de los dueños de la Hacienda El Tigre, próxima a Quiroga, asentamiento que se encuentra a la orilla del Lago de Pátzcuaro, el joven, nacido en 1917, obtuvo un préstamo del entonces reconocido hombre de negocios, Máximo Díez, quien creyó en el proyecto que le mostró con tanto entusiasmo.

Desde entonces, Luis Torres Villicaña, quien contrajo matrimonio. dos años más tarde, con Soledad Calderón Orozco, descendiente de Juan de Villaseñor y Orozco -uno de los encomenderos españoles que en 1541, con apoyo del virrey Antonio de Mendoza, fundaron, en Guayangareo, la Ciudad de Mechuacan, nombre que permaneció hasta 1545, cuando cambió al de Valladolid-, dedicó todo su esfuerzo a fortalecer El Paraíso, negocio que dio paso, en un proceso de transformación acorde a la época, a los gustos y a las necesidades de las generaciones de entonces, a fundar La Estrella Dorada.

El Paraíso terminó su ciclo en el llamado “portal de las dulceras”, para adquirir otro nombre y apellido, el de La Estrella Dorada, que, con la participación activa de Luis Torres Villicaña, Soledad Calderón Orozco al cuidado de los hijos y el compromiso irrestricto del equipo de trabajo, orientó su fabricación a los ates, las laminillas y las jaleas de frutas, acordes a la demanda de las ferias y los mercados populares del país. Los productos elaborados en la fábrica, endulzaron a múltiples generaciones de niños, adolescentes y jóvenes de México.

Con la fábrica, los productos de la familia Torres Villicaña conquistaron a incontables consumidores locales y nacionales, y fueron competitivos durante varias décadas. Tales dulces transitaron por los mercados, las tiendas y las ferias, cuando México era tan pintoresco, y así quedaron sus sabores, sus formas y sus colores en los gustos y en los paladares de una generación, otra y muchas más.

Años antes, la madre de Luis Torres Villicaña -Dolores Villicaña de Torres-, a quien le encantaba la cocina, inventó las laminillas de frutas, a las que llamaba “cueritos”, dulces que deleitaban a aquellos que tenían oportunidad de probarlos, los cuales fueron incorporados en la producción de la fábrica.

El trabajo disciplinado, apoyado en el orden, la honestidad, la constancia, los valores y la lucha incansable por ser los mejores dentro de su género, dio resultados favorables a Luis Torres Villicaña, como se encuentra acreditado en la historia dulcera de Morelia, del estado de Michoacán y de la República Mexicana, mientras Soledad Calderón Orozco, mujer culta y reflexiva, al cuidado de sus hijos y del hogar, aconsejaba a su marido, al padre, al industrial, al comerciante, al hombre que, no obstante las horas cotidianas de esfuerzo y retos, tuvo tiempo para disfrutar su hogar y legar a sus descendientes el ejemplo de entrega, rectitud, compromiso y responsabilidad.

La coronación de tantos años de esfuerzo, llegó a Luis Torres Villicaña y a su esposa, Soledad Calderón Orozco, en 1999, cuando su hijo -el menor de 16 hermanos-, Gerardo Torres Calderón, inauguró, en el centro histórico de Morelia, la tienda Calle Real y el tradicional Museo del Dulce, como una aportación al acervo cultural de la capital de Michoacán y México, dentro de un mundo globalizado que plantea grandes desafíos y retos.

Gerardo Torres Calderón, depositario de la tradición y de las marcas empresariales que sus padres dirigieron con acierto y orgullo, se incorporó al negocio familiar a los 21 años de edad, seis meses antes de concluir su carrera profesional de Arquitectura. Dedicó muchos años al estudio e investigación de los dulces típicos. Buscó, rescató y experimentó las recetas escritas con tanto cuidado y celo por mujeres de antaño, quienes elaboraban dulces y repostería que en verdad resultaban un deleite a los paladares. Viajó a distintas regiones del mundo, investigó negociaciones añejas y tradicionales, conoció el rostro de la dulcería y la repostería y decidió, con apoyo de su padre y consejo de su madre, fundar, como descendiente linajudo y digno de El Paraíso, Calle Real, con todo lo que es y significa, con su rostro, su experiencia y su tradición e historia, y con el paso firme en el presente para caminar con seguridad hacia el futuro sin perder su esencia.

Calle Real es dulcería, gastronomía y repostería tradicional y fina, preparada minuciosamente y con calidad, lejos de fabricaciones en serie, para gente con estilo, interesada en el embeleso de sus sentidos a través de las fragancias, los sabores y las formas.

Inmersos en la dinámica de la hora contemporánea, una generación y otra no disponen de tiempo para elaborar dulces y postres tradicionales en sus respectivos hogares. Las recetas naufragan, generalmente, en rutas inciertas que conducen al olvido, mientras no pocas de las marcas de productos comerciales, en su mayoría, están desprovistas de calidad; no obstante, se trata de un segmento de mercado muy significativo que se interesa en la calidad, en lo genuino, en el rescate de aromas y sabores perdidos. A esa clase de gente están dirigidos los bienes y servicios que proporciona Calle Real en su cafetería y en sus tiendas.

El mobiliario de la cafetería y las tiendas, denotan el estilo y la buena clase de la época del Porfiriato. Los dulces son fabricados con ingredientes auténticos y naturales, bajo estrictas medidas de calidad e higiene, ausentes de producciones en serie. La repostería, en tanto, procede de fórmulas exquisitas de antaño, adaptadas al gusto y a los protocolos del minuto presente.

Los empaques, la mantelería, los detalles arquitectónicos, las vajillas, los utensilios, el mobiliario, la decoración y el vestuario del equipo profesional de colaboradores, forman parte de una colección de elementos que necesariamente llevan a la excelencia, a la tradición y a la experiencia que fue acumulada desde la apertura, en 1840, de El Paraíso, y que hoy, en el siglo XXI, en la modernidad, ofrece Calle Real.

En 2010, al celebrarse el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, Calle Real obtuvo un reconocimiento por parte del Gobierno Federal, y fue el presidente de la República, en ese momento, Felipe Calderón Hinojosa, quien lo entregó a Gerardo Torres Calderón en un acto público al que asistieron empresarios, intelectuales, artistas y funcionarios públicos.

Como empresa descendiente de El Paraíso, Calle Real aparece en las páginas, lujosamente impresas y encuadernadas, de la obra 100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas, editado por el Gobierno Federal, por medio de la Secretaría de Economía y de ProMéxico. Su título es “De la Calle Real, un Paraíso que sabe a México”.

La marca Calle Real es resultado, en consecuencia, de los sabores, la tradición, los aromas, la experiencia y el conocimiento acumulados desde los instantes de 1840, atesorados y practicados por una firma que ya cuenta con un espacio y un nombre en la historia de los dulces y la repostería de Morelia y México, consolidada y preparada para afrontar los retos que plantea el mundo globalizado de la hora contemporánea.

Tranvía turístico del Museo del Dulce y Calle Real. Colección: Gerardo Torres Calderón.

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Escritor, periodista e investigador

Otoño de 2020

Bibliografía

100 empresas, cien años, La historia de México a través de sus empresas. (2010). México. Secretaría de Economía/ ProMéxico

El libro de referencias, directorio de profesionistas y principales hombres de negocios de la República Mexicana. (1912). México: Alv. F. Salazar

Estadísticas sociales del Porfiriato 1877-1910. (1956). México: Dirección General de Estadística de la Secretaría de Economía

FIGUEROA DOMENECH, J. Guía descriptiva de la República Mexicana. Historia, Geografía, Estadística. Con triple directorio del comercio y la industria, autoridades, oficinas públicas, abogados, médicos, hacendados, correos, telégrafos y ferrocarriles. (1899). México: Ramón de S. N. Araluce

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia. (2019). México: ImpresionArte

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. Rutas de un viajero.  (En proceso de revisión y edición)

MENDOZA, Justo. Morelia en 1873, su historia, su topografía y su estadística. (1873). México: Imprenta de Octaviano Ortiz

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MORALES GARCÍA, Rogelio. Morelia, horaciana de recuerdos II. (1990). México: Ayuntamiento de Morelia

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ORTIZ HERREJÓN, Patricia. Con olor a secreto. (sf). México: Edición particular

ROMERO FLORES, Jesús. Historia de la ciudad de Morelia. (1928). México: Imprenta de la Escuela de Artes

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TORRE, Juan de la. Historia y descripción del ferrocarril central mexicano. (1888). México: Imprenta de I. Cumplido

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VEGA, Agustín. Revista social ilustrada de la banca, comercio, industrias, agricultura y profesiones del estado de Michoacán, dedicado al Sr. Ing. Pascual Ortiz Rubio, presidente de la República Mexicana. (1930). México: Agustín Vega

Hemerografía

“Muy bien”. Morelia, Michoacán. La Exposición. 1877

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. La Libertad. 1903

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. Diario de la Tarde. 1910

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

“Gran Dulcería El Paraíso”. Morelia, Michoacán. El Pueblo. 1910

“El Paraíso”. Morelia, Michoacán. Revista Morelia en su IV Centenario (Junta Cívica). 1941

FARFÁN RÍOS, Antonio. Morelia, Michoacán. “Echando mano al feliz pasado. Recepción de los ornamentos del glorioso héroe Morelos”. Municipio, órgano del Ayuntamiento de Morelia, No. 9. 1955

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. Morelia, Michoacán. “La delicia de los dulces típicos”. El Sol Turístico, suplemento de El Sol de Morelia, No. 54. 2000

GALICIA ROJON SERRALLONGA, Santiago. “Museo del Dulce, empresa moreliana que apoya la cultura y el turismo”. Cambio de Michoacán. 2008

Otras fuentes

Calendario obsequio de la Dulcería El Paraíso. Morelia, Michoacán. 1902

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De nombre y apellidos. Luis Navarro García: Morelia nos toca

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es algo más que un eslogan, una llave política, una máscara, un truco, una ocurrencia o una moda; se trata, en realidad, de un estilo de vida, un anhelo, una y muchas acciones más por objetivos comunes, un compromiso, una realidad. Morelia nos toca, es un deseo legítimo de transformar el entorno, agregarle lo mejor de sí y multiplicarlo para bien de los habitantes de la capital de Michoacán* y las poblaciones aledañas.

Creador de esta iniciativa ciudadana, Luis Navarro García, empresario en el ramo mueblero, explica que Morelia nos toca presenta dos ángulos, el de su clima, sus paisajes naturales, su inigualable arquitectura colonial, su historia y sus tradiciones, que cautivan y enamoran a quienes tienen la fortuna de conocer ese rostro y sentirse envueltos en un ambiente privilegiado que a veces se siente, por lo que es, pedazo de terruño, rincón del mundo irrepetible, hermoso e inolvidable.

Morelia, agrega el empresario, abraza y envuelve con sus atributos, con lo que es en esencia y forma, siempre con algo bueno para quienes moran en su geografía y, desde luego, para aquellos que la visitan y recorren fascinados por sus atractivos.

En ese sentido, Morelia es vida y naturaleza, musa e inspiración, abrigo y diversión, estudio y trabajo, hogar y paseo, ambiente familiar y social, hogar y poema, escenario de múltiples expresiones que cada instante escriben la historia de hombres y mujeres que la habitan o la conocen y exploran. Morelia es cuna, principio y fin, punto de encuentro, y toca a todos con su encanto.

La otra vertiente de Morelia nos toca, argumenta el exfuncionario público y expresidente de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de la capital de Michoacán, consiste en lo que a cada morador, hombre o mujer, corresponde entregar lo mejor de sí a favor de la ciudad y las poblaciones rurales que forman parte del municipio.

Existe una multiplicidad de alternativas para hacer algo positivo e importante por Morelia, sin olvidar que al llevarlo a cabo, el efecto resultará grandioso y favorecerá a la generación de la hora contemporánea, desde niños hasta personas de mayor edad, y a quienes se sumen después a las familias, a las comunidades, a la sociedad, argumenta Luis..

Dentro de su proyecto ciudadano, diariamente suma y multiplica el número de personas que se sienten atraídas por su propuesta, ya que la perciben como es, ausente de rufianes políticos, abierta a iniciativas orientadas al bien, al progreso integral y sostenido.

Evidentemente, este hombre -empresario, expresidente de la agrupación de comerciantes más antigua y de mayor tradición en Michoacán y exfuncionario municipal, estatal y federal en materia económica-, quien nació en una familia tradicional y ha radicado en Morelia por el amor que le tiene a su cuna, a lo que es tan de uno cuando se nace con el orgullo de un lugar, es concertador y respetuoso, dispuesto a escuchar, diseñar estrategias, desafiar obstáculos, enfrentar problemas y presentar resultados positivos.

Resulta entendible que la gente, en México, se sienta defraudada de la clase política, con una carga impositiva voraz e irracional que embiste y desnuda y no corresponde a la capacidad y a las respuestas gubernamentales, y el peso de una burocracia lenta e ineficiente, en un entorno de caos general, salpicado de desempleo, devaluación, carencia de inversiones productivas, inseguridad, desmantelamiento de la educación y la salud versus los mercenarios que están aprovechando esa crisis, desigualdad social, inflación, atropellos, injusticias y deshonestidad.

Ante tal escenario, amplio porcentaje de hombres y mujeres, en la geografía nacional, siente repugnancia por los mismos rostros cínicos que cambian de partido político de acuerdo con su conveniencia e intereses, como si mudarse de institución y abanderar otros colores influyera en la rectitud de las personas.

Aclaro, por surgen críticas o dudas, que Luis no es oportunista ni alguien que pretenda resurgir de sus cenizas, como existen algunos casos muy evidentes en la Morelia que toca a sus moradores. Me consta que es hombre independientemente, libre de grupos políticos, amigo y conocido de todos, cuyo interés se basa, exclusivamente, en contribuir al progreso y la tranquilidad de la ciudad donde nació.

No acostumbro, en mis artículos, adular a la gente. Jamás lo he hecho, y cuando me lo solicitaron en los medios de comunicación, me molestó demasiado recibir instrucciones para actuar como farsante y mercenario. No recibo dinero ni favores a cambio de publicarle a alguien un texto elaborado entre los maquillajes de un tocador cargado fotografías, teclas y letras encantadoras, motivo por el que tal vez me encuentro desterrado de grupos que se apropian de las oportunidades laborales y profesionales; sin embargo, ese rasgo da la certeza, también, de que si, como escritor y periodista, hablo de una persona, es con autenticidad, y hoy, al mencionar el nombre de Luis Navarro García, lo hago en reconocimiento a la labor ciudadana que realiza con la idea de aportar algo positivo a Morelia Y claro, lo escribí correctamente, tocador. En eso se convierten los escritorios cuando alguien maquilla y publica historias y perfiles lejanas de la realidad.

Evitaré relatar las historias que él y yo, como amigos, hemos compartido, unas veces en la oficina con alguna responsabilidad y otras, por ejemplo la oportunidad que me dio de escribir y publicar el libro 123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, cuando fue presidente de esa agrupación, y me concretaré a exponer que tiempo atrás, al tener la responsabilidad de desempeñar el cargo de secretario municipal de Fomento Económico, respaldó otra iniciativa, en conjunto con empresarios y consumidores, denominada Haz Barrio, la cual, por cierto, ausente de banderas políticas, contó con el respaldo de incontables ciudadanos interesados en favorecer el consumo local y fortalecer los negocios familiares y pequeños.

Coordinó el proyecto con agrupaciones productivas de Morelia -Comerciantes y Vecinos del Centro Histórico, Chapultered y Cámara Nacional de la Industria Restaurantera y Alimentos Condimentados de Michoacán, por citar algunas-, y tal esfuerzo conjunto llevó a que incontables familias tuvieran mayor conciencia de destinar parte de sus compras en tiendas locales con la consecuente reinversión y circulación del dinero, acción que coadyuvó a fortalecer los negocios familiares y pequeños y conservar el autoempleo y diversas fuentes laborales. Fue un programa exitoso que, lamentablemente, en la administración municipal que le sucedió no recibió el apoyo ni la importancia que merecía por sus resultados favorables, actitud caprichosa y necia que no es de extrañar en un gobierno que derrochó recursos en construir un andador con pista, juegos y mesas y bancas de concreto a la orilla de un canal de desagüe y en clausurar vialidades en el centro histórico, como quien gasta su presupuesto en comprar adornos antes de restaurar y ordenar su casa.

Tras el breve paréntesis, es prioritario informar que la propuesta que Luis Navarro García diseñó y promueve, está abierta, según explicó, a la aportación de iniciativas ciudadanas, aplicables y realistas, que sumen y multipliquen progreso, igualdad, respeto, justicia y cambios estructurales y de beneficio colectivo en temas relacionados con empresas, inversiones productivas, compra local, generación de empleos, educación, seguridad, mejoría de los servicios públicos y salud, entre otros.

Recientemente, tras varios meses de ausencia, coincidí con Luis Navarro García, a quien acompañé a una entrevista con otro amigo mutuo, mi colega Víctor Armando López Landeros, director general de La Página Noticias. La entrevista, transmitida en vivo a través de la web del portal de noticioso, consistió, básicamente, en la iniciativa Morelia nos toca.

Al escuchar los planteamientos de Luis, quien ahora tiene 42 años de edad, me pareció mirar al hombre emprendedor, inagotable y entusiasta, tiempo atrás, en su etapa de secretario municipal de Fomento Económico, con quien un fin de semana, otro y muchos más salíamos a las avenidas y calles de Morelia a promover la iniciativa Haz Barrio. Con el equipo de trabajo que tenía en aquellos días, aprovechábamos los semáforos en rojo con el propósito de convencer a los automovilistas del programa ciudadano Haz Barrio y pegar calcomanías en los cristales; pero también recorrimos mercados y calles, siempre motivados por el liderazgo, la energía y el optimismo que le caracterizan.

He mirado su imagen en múltiples espectaculares instalados estratégicamente en la capital de Michoacán, indicativo de que cada día mayor cantidad de personas se adhieren a la iniciativa ciudadana Morelia nos toca, indudablemente porque es más la gente que desea aportar y construir que arrebatar y destruir.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

*Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de México. Morelia fue fundada el 18 de mayo de 1541

Mensaje del empresario Luis Navarro García sobre su iniciativa Morelia nos toca
Entrevista a Luis Navarro García, en La Página Noticias

Historias de la Cámara de Comercio de Morelia: El inicio. Una historia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

La tumba está vacía, pero cargada de recuerdos que callan y ocultan la soledad, el tiempo y los rumores del silencio. Huele a otros días, a historia, a estaciones pasajeras, a humedad. Exhala el aroma y el eco de otra gente; esconde nombres de personajes que naufragan entre las escarpas de la memoria y los abismos del olvido, y se presienten, escuchan y perciben en algún instante del tiempo, en los rincones de la ciudad, en las callejuelas, en las plazas públicas, en los paredones de las casonas derruidas. Todo, casi, se encuentra en el olvido. Nada es permanente.

El monumento funerario permanece desolado, apenas circundado por una reja con herrumbre, entre eucaliptos ancianos y corpulentos que balancean sus ramas y se deshojan un día y otro, igual que las horas y los años de la existencia. Se erige entre sepulcros cubiertos de polvo, zumbidos de abejorros y el silencio y los rumores de la muerte y la vida. Con una ventana en cada lado, los bloques marmóreos sostienen en el techo cuatro antorchas del mismo material, en las esquinas, con una concha cóncava al frente, dos columnas y la entrada, desprovista de puerta, a la antigua capilla que dentro de su estrechez y oscuridad exhibe la fosa carente de ataúdes y lápida. Llegan hasta uno los murmullos del ayer, las pausas silenciosas de la vida ante la muerte, los ecos de tantas historias casi olvidadas. Cada uno lleva consigo su biografía, su historia, sus recuerdos, sus sentimientos.

De la tumba gravitan la soledad y el vacío, acaso porque todo pasa y nada es permanente, quizá por contar el tiempo y callar las historias, tal vez por el abandono y la ausencia de féretros y despojos. Carente de nombres y epitafios, en la parte superior aparece la inscripción “Familia Ramírez García”.

La tierra, en el Panteón Municipal de Morelia, suda remembranzas que provienen de su intimidad, fragmentos de historias y nombres. Los cuerpos de los Ramírez de antaño fueron exhumados un día ya olvidado. La tumba quedó abierta, con la ausencia de quienes en su hora protagonizaron una historia existencial, y con el aliento del encierro y la humedad.

Entre tanta cripta dispersa aquí y allá, la construcción sepulcral pasaría desapercibida y no tendría motivo de interés para aparecer en el recuento del ayer, si no hubiera sido morada de los restos del otrora hacendado, comisionista, arrendador, prestamista, minero, banquero,industrial y comerciante Ramón Ramírez Núñez, presidente, en 1896, de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, y antiguo dueño de “El Huizachal”, en postrimerías del siglo XIX, donde se estableció el panteón municipal porque los dos que entonces funcionaban en la ciudad -el de San Juan de los Mexicanos y el de Los Urdiales-, resultaban insuficientes e insalubres.

Originario de Valle de Santiago, Guanajuato, Ramón Ramírez Núñez está vinculado a la historia del Panteón Municipal de Morelia, al antiguo almacén La Mina de Oro, a la Hacienda La Huerta y a otras más en regiones de tierra caliente michoacana, y evidentemente a las comisiones, el arrendamiento y los préstamos que proporcionaba en aquellas horas del siglo XIX, incluida su participación en las minas, el ferrocarril y la banca; no obstante, también fue hombre activo, con sentido empresarial, que miró más allá de sus negocios y encabezó diversos movimientos entre los comerciantes para luchar por sus intereses y, claro, los suyos.

El Panteón Municipal de Morelia no exhibe la historia de su fundación en una placa pública digna, ni rinde memoria a Ramón Ramírez Núñez, antiguo dueño del terreno donde se encuentra y funciona desde el anochecer de la decimonovena centuria, seguramente por burocracia, descuido, desinterés o negligencia de las administraciones que han encabezado el Ayuntamiento. Y si amplio porcentaje de personas ignora que en ese sitio se localiza, verbigracia, la tumba de Domingo Cruz Acosta, abuelo materno del actor y cantante Pedro Infante, ídolo de incontables generaciones de mexicanos, con mayor razón desconoce la existencia del sepulcro que guardó los restos de Ramón Ramírez Núñez. De pronto, en las ciudades, la gente se adocena y mira un sitio con más de un siglo de existencia -el mismo que vieron sus padres, abuelos y bisabuelos- y no se interesa en su origen, tarea que deja a los historiadores e investigadores, a quienes dedican la vida a escribir documentos y libros, y hasta a los que inventan narraciones y leyendas como modus vivendi.

Por la importancia que significa el Panteón Municipal de Morelia, punto de encuentro de innumerables familias de la capital michoacana en algunos momentos de sus vidas, y precisamente por haber sido Ramón Ramírez Núñez personaje que en 1896 dirigió y formalizó la Cámara de Comercio de la ciudad, resulta interesante exponer la historia del lugar y relatar las actividades del guanajuatense que nació en 1839.

Consta en los documentos amarillentos y quebradizos de los archivos históricos y en la memoria de quienes escuchaban los relatos de sus abuelos, que Ramón Ramírez Núñez prestaba dinero a otros hacendados y comerciantes, a los que solicitaba, como garantía, el respaldo de propiedades que garantizaran la devolución y recuperación de los recursos. Igual que otros arrendadores, hacendados y prestamistas de la segunda mitad del siglo XIX, recibía mercancía que comercializaba hábilmente, siempre obteniendo ganancias significativas que contribuían a la expansión de sus negocios. Junto con otros hombres, se convirtió en uno de los empresarios más activos y prósperos de su época, al menos de Morelia, siempre interesado en acrecentar sus haciendas y en invertir en una multiplicidad de negocios. No es de extrañar que los comerciantes de aquella época también desarrollaran funciones de prestamistas. Era una práctica común en diferentes regiones de la geografía nacional.

En 1862, a los 23 años de edad, Ramón Ramírez Núñez fundó su primer negocio en Morelia, un cajón de ropa y “almacén de efectos extranjeros y del país”, denominado La Mina de Oro, que estableció en el Portal Aldama 9, esquina cerrada de San Agustín 1, en el centro de la ciudad. Fue uno de los comerciantes y prestamistas que más tarde se convirtieron en hacendados y arrendadores. Una década posterior a la fundación de La Mina de Oro, en 1872, compró la Hacienda La Huerta, una de las más importantes en producción de cereales en la región de Morelia. No esperaba que los acontecimientos se presentaran fortuitamente; propiciaba las condiciones y las aprovechaba con análisis e inteligencia. Introducía tecnología y habilitaba caminos que comunicaban sus haciendas y propiedades rurales. Anhelaba, como tantos comerciantes, hacendados e industriales, el establecimiento del ferrocarril, medio de transporte, sabía, que favorecería las actividades productivas. La mayor parte de la gente, como ahora, era emotiva en sus decisiones, y él conocía la naturaleza humana y actuaba, en consecuencia, con análisis y razón.

Quienes tuvieron oportunidad de conocerlo y tratarlo en La Mina de Oro, lo definían amable e interesado en satisfacer la búsqueda de artículos nacionales y extranjeros, conducta que atraía al público sorprendido, además, por el buen gusto y la elegancia de la negociación que competía con otros almacenes y cajones de ropa, algunos de los cuales se encontraban en poder de inversionistas extranjeros, principalmente originarios del Valle de Barcelonette, en los Alpes Bajos, Francia, comunidad que indiscutiblemente contribuyó al dinamismo empresarial de Morelia y la región.

La familia de Ramón Ramírez Núñez obtuvo, en Morelia, la primera línea de teléfono y fue dueña de los primeros tranvías jalados por mulas. Este empresario quedó huérfano de padre y madre a muy temprana edad y amó tanto a sus hermanos, que eran demasiados, al grado de que a los hombres los apoyó con diversos negocios, mientras a las mujeres más jóvenes las casó con personajes acaudalados, ya mayores, y les entregó dotes que consistieron en fincas soberbias en el centro de la capital michoacana.

Fue comerciante hábil que supo aprovechar las ventajas que obtenía de sus transacciones; aunque igual que no pocos de sus contemporáneos, también obtenía préstamos en determinados momentos de su vida para ampliar sus negocios, situación que no siempre resultaba favorable a sus intereses. Dedicaba mucho tiempo a sus haciendas, las cuales le redituaban enormes utilidades y requerían, por lo mismo, mantenimiento y obras tendientes a mejorar sus caminos y otros rubros, hecho que lo motivó a arrendar, cinco años antes de que finalizara el siglo XIX, en 1895, La Mina de Oro, al francés Jean Sauve, dueño del Gran Cajón del Progreso, situado cerca de la entonces Plaza de San Juan de Dios, conocida más tarde como Melchor Ocampo, a unos metros de la catedral barroca y virreinal de Morelia. El Almacén Progreso, fundado la década anterior por el francés Jean Sauve y del que eran socios Amado Tron, Pedro Ollivier y Camilo Tron, fue uno de los cajones de ropa más lujosos y competía con los que se encontraban establecidos en la zona.

No pocos de los hombres de negocios de la época, decidieron incursionar en la minería y hasta formaron sociedades. Ya en esos años de la década de los 80, en el siglo XIX, Ramón Ramírez Núñez mostró interés en la compra de acciones de empresas mineras. Atraído por las riquezas del subsuelo michoacano, incursionó en la aventura de la minería; aunque no de manera tan directa como lo hicieron otros personajes. Se interesó en la compra de acciones y en las denominadas barras de mina. Inició en 1886 como accionista en la minería, junto con otros hombres de negocios.

Si bien es cierto que la política de fomento minero, impulsada en 1886 por la administración del gobernador Mariano Jiménez, quien incluso también fue accionista en alguna de las sociedades, despertó interés en los comerciantes, hacendados y prestamistas michoacanos en ese rubro, en la siguiente década, la de los 90, decayó su participación en la explotación que empezaban a controlar compañías de origen francés, inglés y norteamericano, dueñas de mayor capital y poseedoras de tecnología moderna.

En el rubro de la minería, es digno mencionar el caso de Las Dos Estrellas, en Tlalpujahua, región michoacana colindante con el Estado de México. Tras una serie de análisis, investigaciones y cálculos, François Joseph Fournier, belga posteriormente nacionalizado francés, inició la excavación del túnel el 27 de diciembre de 1899, ya en el ocaso del siglo XIX. Denominó la mina Las Dos Estrellas en alusión a su esposa y él. Bajo la dirección del infatigable europeo, los peones cortaron, a los 600 metros, la imponente y célebre veta verde de hasta 32 metros de ancho, abundante en oro, convirtiéndose Las Dos Estrellas en una de las minas más productivas del mundo.

Resulta primordial destacar que el mayor auge de Las Dos Estrellas, la primera mina moderna de Michoacán por su administración y tecnología, se registró entre 1905 y 1913, período en que produjo alrededor de 45 mil kilos de oro y 400 mil de plata, con una planta laboral superior a cinco mil personas. Ya antes, el 3 de abril de 1909, Porfirio Díaz Mori, entonces presidentede Méx ico, visitó Tlalpujahua con intención de conocer y corroborar el apogeo de Las Dos Estrellas. Existe, incluso, una fotografía que captó la presencia del personaje en la mina, quien recibió por parte de François Joseph Fournier una barra de oro por el hecho de haber realizado la visita. La mina se abastecía de energía eléctrica y tenía capacidad para producir sus engranes, herramientas, moldes y refacciones.

Hijo de Jean-Baptiste y Hortense, François Joseph Fournier nació el 6 de enero de 1857 en Clavecq, Bélgica, en el seno de una familia de barqueros humildes que navegaban por el canalBruselas-Charleroi. Cuando era niño, el otro, su padre, transportaba gente y mercancía en una embarcación que era ayudada, desde el camino de la orilla, por caballos que la jalaban con cuerdas; sin embargo, el hombre necesitaba la ayuda de su hijo, a quien constantemente distraía de sus clases, a pesar de que el profesor Félicien Ballien insistía en que el menor tenía capacidad y talento en las aulas.

Cuando François Joseph se mudó a París, motivado por los consejos de su profesor, capital francesa y centro, entonces, de las modas, el arte y los negocios, con la idea de estudiar en la Escuela de Minas, consiguió empleo en un bar; además, cuentan que alguna dama acaudalada, ofrecía ayuda a ese muchacho tan apuesto, quien tiempo después escuchó noticias relacionadas con la construcción de un tren trascanadiense. Aventurero y emprendedor, partió a Canadá con el objetivo de participar en la obra que ya se encontraba avanzada en más de la mitad del proyecto, situación que lo motivó a dirigir su atención a México, país que de acuerdo con información de la época, ofrecía riqueza minera a los exploradores, aventureros e inversionistas.

El joven Fournier viajó hasta México. Se instaló en la casa de huéspedes de un paisano suyo. Realizaba viajes a zonas mineras del país. En Tlalpujahua, al oriente de Michoacán, se hizo compadre de un señor, quien un día, al caminar por el cerro, encontró una piedra y la guardó en espera de que el europeo regresara de la pensión donde vivía en la Ciudad de México. Se la mostró. Él identificó, por sus estudios truncos en París, que se trataba de mineral valioso, situación que lo animó a solicitar financiamiento a una institución bancaria francesa, cuyo agente se encontraba en México en busca de clientes.

Hombre de su época, personaje irrepetible, François Joseph Fournier convenció hábilmente al agente francés, quien le concedió el financiamiento solicitado, recursos con los que compró maquinaria inglesa e inició sus trabajos de exploración, para lo cual emprendió acciones orientadas al tendido de la línea de electricidad que provenía de Necaxa, en el estado de Puebla.

Una vez fundada Las Dos Estrellas, propició la comunicación entre El Oro, Estado de México, y Tlalpujahua, por medio del ferrocarril, cuyos furgones transportaban lingotes, un par de veces al mes, hasta una afinadora donde eran purificados, y posteriormente enviados a Francia por medio de barco.

Joven, Fournier contrajo matrimonio con Claudine, hija del dueño de la casa de huéspedes, establecida en la Ciudad de México, a quien llevó a vivir a Tlalpujahua, pueblo entonces próspero y con intensa actividad comercial, hasta que un día, en el declinar de los días porfirianos, escudriñó los signos de la época y llegó a la conclusión de que era momento oportuno de vender Las Dos Estrellas y marcharse a Europa. El malestar social contra el régimen porfirista era evidente.

Porfirio Díaz Mori, ofreció respaldo a franceses, alemanes e ingleses, entre otros, con la finalidad de propiciar el desarrollo nacional y, paralelamente, evitar la intromisión de los norteamericanos que se habían apoderado de más de la mitad del territorio mexicano y mostraban, como siempre, tendencias expansionistas; no obstante, uno de los errores del estadista oaxaqueño fue, sin duda, descuidar el aspecto social, las condiciones en que
coexistían las clases más pobres.

En 1906, Fournier se divorció de Claudine y casi de inmediato contrajo matrimonio con Matilde, de la que pronto se separó; no obstante, conoció a una dama más joven que él, Sylvia France Antonia Johnston Lavis, con quien casó en 1911 y realizó un viaje de bodas por toda la costa del Mediterráneo. Empezaron desde España y más tarde llegaron a Toulon, Francia, donde existía una base naval. Él y su esposa bebían café en uno de los tantos negocios al aire libre, cuando descubrieron en un anuncio que parecía un bando, que las autoridades francesas venderían, mediante subasta, la isla de Porquerolles, a un precio insignificante comparado con la
fortuna que poseía. La compró en 1912 y la dio a su esposa como regalo de boda. Un par de años más tarde, se nacionalizó francés.

Una vez dueño de Porquerolles, impulsó el servicio bancario, la oficina de correos y hasta los viajes, cada dos días, de la isla a Toulon. Favoreció a la gente que habitaba el lugar. Con alrededor de media docena de hijos, aprovechó el clima mediterráneo y adquirió árboles de todo el mundo, los cuales plantó, junto con la vid de la que su familia obtenía un exquisito vino
rosado. Autorizó el establecimiento de hoteles y así inició la actividad turística de la isla. El 13 de enero de 1935, murió el inagotable hombre de las incontables aventuras, François Joseph Fournier, quedando al frente de la isla su tercera esposa y sus hijos, quienes posteriormente la vendieron a las autoridades francesas; sin embargo, cuando el viento del Mediterráneo sopla a una hora y otra, parece que sus rumores pronuncian el nombre del minero que transformó los rostros de Tlalpujahua, en México, y de Porquerolles, en Francia. Fue capaz de modificar el destino y la historia de dos sitios, con su gente y sus cosas, uno en América y otro en Europa.

No obstante tales antecedentes y la biografía cautivante de François Joseph Fournier, el tema de la minería da idea del modelo de asociacionismo que concebían desde entonces los hombres de negocios morelianos para fortalecer sus proyectos productivos, esquema que continúa vigente hasta la fecha, como en diversas etapas lo han propuesto diversos líderes de la Cámara de Comercio de la ciudad al reconocer que la unidad en torno a un plan común, repercute en mayor fortaleza y posibilidades de éxito; aunque es innegable que la experiencia que vivieron los empresarios locales en la década de los 80 del siglo XIX, evidencia que la carencia de tecnología adecuada, obstaculiza competir, avanzar y conquistar resultados positivos. El esquema de asociarse en un proyecto de gran escala, da mayores posibilidades de triunfo cuando los inversionistas actúan con inteligencia, honestidad y respeto. Así lo creyeron y practicaron los empresarios morelianos, en el anochecer del siglo XIX, al probarse en la minería, no darse por vencidos y tratar de incorporarla a sus otras actividades.

La otra vertiente se relaciona con la diversificación de capitales, práctica que en la época contemporánea llevan a cabo grandes corporativos que invierten en comercio, industria y servicios. Estos hombres, estimulados por el anhelo de acrecentar sus fortunas, se dedicaron a explorar todas las oportunidades de negocios que se les presentaron.

El ferrocarril incentivó la minería e impulsó las actividades agrícolas, comerciales e industriales de la capital y otras regiones del estado que hasta antes de la década de los 80, en el siglo XIX, carecían de caminos, a pesar de que el tendido de sus vías significó, en la ruta AcámbaroMorelia-Pátzcuaro, alrededor de 550 hectáreas deforestadas para la obtención de materiales como durmientes, de acuerdo con reportes de la época.

De 1881 a 1886, período que la Compañía Constructora Nacional ocupó para la colocación de vías férreas de Maravatío a Pátzcuaro, se registró una deforestación preocupante como consecuencia de que en dicho tramo se requirieron más de 330 mil durmientes. Similar daño forestal se presentó en la Meseta Purépecha, al tenderse las vías a la región de Uruapan. A esa cifra habría que sumar todos los desperdicios que se produjeron en los aserraderos porque la compañía ferroviaria no aceptaba madera astillada ni de segunda clase. Es de entenderse que el peso del ferrocarril y las manifestaciones climáticas -lluvia, calor y humedad-, exigían durmientes de calidad.

Diversos personajes resultaron favorecidos por la comercialización de madera para durmientes y otras labores. La actividad forestal resultó, en ese período, un nicho de negocio lucrativo. Innegable es que las autoridades otorgaron amplias facilidades a la empresa ferroviaria, la cual resultó ampliamente favorecida en materia de venta de predios nacionales, explotación de recursos naturales, condonación de impuestos, y toda clase de prebendas. Tras los problemas financieros que reportó la Compañía Constructora Nacional, los hombres de negocios definieron nuevas oportunidades de inversión en el ramo ferroviario. Ramón Ramírez Núñez, junto con la clase burguesa de su tiempo, destinó parte de sus inversiones al nuevo proyecto que vislumbró propicio para aumentar su capital; aunque ocupó una vocalía suplente en la llamada Junta Menor Directiva del Ferrocarril Michoacano.

El vicepresidente del consejo era Pascual Ortiz de Ayala y Huerta, liberal moderado que fue magistrado de la Suprema Corte de la Nación, legislador, secretario de Gobierno en la entidad, regente del Colegio de San Nicolás y padre de Pascual José Rodrigo Gabriel Ortiz Rubio, quien nació el 10 de marzo de 1877 y posteriormente, en el período de 1917 a 1920, sería gobernador de Michoacán, y años más tarde, en 1930, presidente de la República Mexicana, el cual, por cierto, participó en la fundación de la Cámara de Comercio de Morelia, como lo recordaría el líder de ésta, Eduardo Laris Rubio, el 13 de febrero de 1931, cuando en asamblea fue propuesto José Ugarte para encabezar la comisión que recibiría al mandatario nacional durante su visita a la entidad. La propuesta de Eduardo Laris Rubio quedó asentada en el acta correspondiente: “obsequiar una medalla al señor presidente de la República, ingeniero Pascual Ortiz Rubio, ilustre michoacano, fundador de esta Cámara…”

Como en el caso de los esfuerzos fallidos en la minería, Ramón Ramírez Núñez y los empresarios de aquel tiempo, nuevamente encauzaron sus acciones a las haciendas, el comercio, la industria y los préstamos, porque no solamente requerían mayor inversión para sostener un giro con exigencias tecnológicas, sino Ferrocarril Michoacano obtuvo la recuperación financiera de la Compañía Constructora Nacional, que realizó ciertas transacciones con el consorcio estadounidense Camino de Fierro Nacional Mexicano.

Habría que destacar que el guanajuatense fue el primer michoacano que obtuvo un brazo de línea férrea particular en su Hacienda La Huerta, cuya propiedad se extendía hasta Cointzio y Urapilla. Uno de sus descendientes, Sergio Tirado Castro, autor del libro Casas y familias de Morelia, remembranzas de la cantera, sabe que el antiguo dueño de La Mina de Oro, al organizar a los empresarios con la finalidad de protestar contra las políticas gubernamentales, obtuvo autorización para fundar los tranvías jalados por mulas en la calle Real; aunque en contraparte, solventó la construcción de lavaderos públicos, al oriente de la ciudad, cerca de la garita y el Santuario de Guadalupe, al servicio de familias pobres.

El líder de los comerciantes e industriales morelianos fue hombre visionario de su tiempo, que tuvo capacidad para distinguir oportunidades de negocios. Estaba entregado a su deseo de acumular una fortuna, pasión que lo acompañó día y noche, durante todos los momentos de su existencia. Siempre estuvo delante de los demás y fue así como en las horas porfirianas, entre el anochecer de la decimonovena centuria y el amanecer del siglo XX, decidió integrarse a nivel nacional en el ramo de hilados y tejidos, en la Compañía Industrial de Atlixco, establecida en Puebla.

Aún insatisfecho con su trayectoria y con el peso de sus dos intentos malogrados en la minería y la empresa ferroviaria, extendió su capital a la banca y se volvió accionista, de modo que él, Ramón Ramírez Núñez, junto con Juan Basagoiti, dueño de J. Basagoiti y Compañía, empresa dedicada al comercio y al financiamiento, y León Audiffred, francés propietario, con sus hermanos, del Puerto de Liverpool, fueron nombrados representantes del Banco de Londres y México, establecido por William Newbold en la capital del país el 1 de agosto de 1864, época en que el archiduque Maximiliano de Habsburgo era emperador del país.

En 1897, llegó a Morelia una sucursal del Banco de Londres y México, como lo hicieron, en 1899, el Banco del Estado de México, y en 1903, el Banco Nacional de México. Motivados por las expectativas que se les presentaban, los más prominentes hombres de negocios se incorporaron a la nueva actividad financiera, obviamente sin descuidar sus tareas más rentables. De hecho, como prestamistas, conocían el ambiente y las condiciones del financiamiento. Solo era abrir mayores posibilidades, formalizar los esquemas, relacionarse, protegerse en firmas seguras e institucionalizarse.

Ya compañeros de aventuras pasadas, en 1901, se asociaron con Enrique Creelman y la Compañía Bancaria Agromexicana, que en la ciudad de Morelia había fundado el Banco Refaccionario de Michoacán con un capital inicial de 300 mil pesos. Estos hombres, acostumbrados a triunfar, propiciaron que su institución se transformara en banco de emisión. Con el fortalecimiento de la firma local, cambiaron la razón social a Banco de Michoacán, nombre con el que innegablemente los morelianos sintieron mayor identificación.

No era toda la competencia. Años antes, en 1892, el Banco Nacional Mexicano, establecido en la Ciudad de México, formalizó un convenio con Gustavo Gravenhorst, también hombre de mucha experiencia en el ámbito de los negocios, con el propósito de acreditarlo agente en la plaza michoacana. Coincidió que el mismo año, el Banco Mercantil Mexicano, establecido, como los otros, en la capital del país, comisionó a Juan Basagoiti representante de la institución, aprovechando, precisamente, la amplia experiencia que poseía en los negocios y especialmente en los créditos.

Iniciaba, en Morelia, la etapa bancaria. La banca se estableció gradualmente en los estados mexicanos, conforme lo demandaban las condiciones regionales y las necesidades de gobiernos y hombres de negocios. Así, Michoacán fue de las primeras entidades con bancos, al iniciar operaciones en 1882, paralelamente con Yucatán, después de Chihuahua, que lo hizo en 1875, y antes de Sinaloa, en 1889, y Durango, en 1890.

Si uno hojea las páginas amarillentas y empolvadas de la historia, llegará al año de 1865, cuando el entonces Banco de Londres, México y Sudamérica nombró un primer representante en Morelia. Existen antecedentes, incluso, de que entre el anochecer de la década de los 60 y la aurora de los 70, en el mismo siglo, los inversionistas trataron de establecer una institución bancaria de avío en la capital michoacana, proyecto que no se concretó, mientras en 1884, el Banco Nacional Mexicano y el Banco Mercantil de México, se fusionaron en el país para iniciar así, con mayor poder económico, el Banco Nacional de México.

Fieles a su idiosincrasia, los empresarios morelianos y michoacanos no abandonaron la idea de fundar un banco local, competitivo y fuerte, de modo que en 1897, favorecidos por la Ley General de Instituciones de Crédito, consideraron oportuno materializar sus aspiraciones y proyectos; aunque en noviembre de ese año, dos después de la creación de la Cámara de Comercio de Morelia, el Banco de Londres y México seleccionó a los empresarios de mayor prestigio y con capacidad para responder a todos los compromisos y responsabilidades, nombrándolos directivos en su estructura, entre los que figuraron, desde luego, Ramón Ramírez Núñez, León Audiffred y Juan Basagoiti, quien encabezaba J. Basagoiti y Cía. El primero, Ramón Ramírez Núñez, tenía acciones en el Banco de Londres y México, mientras el otro, Juan Basagoiti, responsable de la Fábrica de Hilados y Tejidos La Unión y de las haciendas San Rafael Turicato, Tepenahua y Los Otates, fue consejero, en su momento, del Banco del Estado de México. En reconocimiento a su amplia experiencia, este hombre, Juan Basagoiti, recibió el nombramiento de consultor del Banco Nacional de México, cuando la firma instaló su primera sucursal en el Portal Aldama, a un lado del número 9, donde se encontraba La Mina de Oro, y a unos metros de la finca marcada con el uno, en la otra esquina, ocupada por El Puerto de Liverpol.

Conviene recordar que en esa época, las empresas e instituciones nacionales y extranjeras acostumbraban enviar cartas a las Cámaras de Comercio e Industria existentes en el país, a cuyos directivos solicitaban referencias de ciertos hombres de negocios para realizar transacciones mercantiles e inversiones, o con la finalidad de invitarlos a participar como
representantes, distribuidores y socios de sus firmas.

Juan Basagoiti fungió, en la directiva camaral encabazada por Ramón Ramírez Núñez, como procurador, y León Audiffred, por su parte, desempeñó el cargo de tesorero. Ellos, en alianza con otros empresarios acaudalados, obtuvieron experiencia con su participación en los bancos establecidos en Morelia. Si por sus actividades como prestamistas conocían parte del mercado, la banca les permitió tener un panorama más amplio sobre el manejo de los recursos crediticios. Y si en 1897, esa generación fracasó en la fundación de una institución local, al iniciar la vigésima centuria, en 1900, el responsable de Hacienda y Crédito Público, en la administración porfiriana, José Ives Limantour, aprobó la solicitud de los inversionistas michoacanos, encabezados por el otrora presidente de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, para la creación del Banco Refaccionario de Michoacán, constituido formalmente en enero de 1901.

Acostumbrados a convertir las oportunidades y el tiempo en dinero, los prominentes hombres de negocios adquirieron diversas acciones de la institución que empezó con un capital de 300 mil pesos. Así, Ramón Ramírez Núñez cristalizó una vez más sus aspiraciones de multiplicar su fortuna, junto con varias decenas de inversionistas, entre los que destacaron religiosos, políticos, hacendados, comerciantes e industriales.

En septiembre de 1902, la institución obtuvo autorización gubernamental para ser emisora y denominarse Banco de Michoacán, S.A. Con tales antecedentes, la historia refiere, en sus archivos, la crisis del régimen Porfirista que necesitaba el respaldo de las instituciones bancarias extranjeras y atender, a la vez, los planteamientos, demandas y reclamos de los banqueros locales mexicanos que exigían para sí los mismos derechos que tenían los foráneos.

Aunado a lo anterior, y así lo relataban también los descendientes de los protagonistas de aquella epopeya, prevalecían competencia y rivalidades endurecidas entre las firmas bancarias, desacato a las reglas, favoritismo a sus accionistas, excesos, autorizaciones para disponer de recursos que beneficiaran sus empresas y negocios personales y una serie de problemas que derivaron, finalmente, en la extinción de varias instituciones, tema que fue comentado, incluso, varios años después e inscrito en las actas camarales más viejas que aún existían entre postrimerías de la década de los 80 y el albor de la de los 90, en la vigésima centuria.

Los ya descritos fueron algunos de los negocios que durante su vida desarrolló Ramón Ramírez Núñez, cuyos hijos, Ramón, Miguel y Salvador Ramírez García, continuaron con sus empresas. La Mina de Oro, recordada todavía por personas que nacieron en la década de los 30, en la vigésima centuria, fue manejada por Maurin Hermanos y Cía. Ellos, los hermanos Ramírez García, como su padre, tampoco se encuentran en la tumba del Panteón Municipal de Morelia. Solamente permanece, cual fiel recuerdo, la leyenda “Familia Ramírez García”. Todo, con la caminata del tiempo, se convierte en recuerdo y más tarde, al anochecer, en olvido.

Tras los años complicados de la Independencia, la intervención francesa, el imperio de Maximiliano de Habsburgo, la lucha de liberales contra conservadores y las Leyes de Reforma, junto con otros acontecimientos, resultaba fundamental restaurar al país, y fueron ellos, los comerciantes, prestamistas, arrendadores, hacendados, mineros e industriales, quienes aprovecharon la coyuntura histórica, social, política y económica para formar o engrandecer sus fortunas. Algunos descendían de familias morelianas de abolengo y otros, en tanto, provenían de diferentes entidades, como fue el caso de Ramón Ramírez Núñez, originario de Valle de Santiago, Guanajuato; aunque hubo extranjeros, incluso, que se establecieron en la capital de Michoacán y formaron empresas competitivas, con amplio surtido e innovadoras, entre los que destacaron los hermanos Audiffred, originarios de Jausiers, Francia, y fundadores, en el
siglo XIX, de los cajones de ropa Cornille y Audiffred, firma que cambió más tarde a Audiffred Hermanos y posteriormente a Audiffred Hermanos y Compañía, negocios respaldados, entonces, por El Puerto de Liverpool y El Louvre, de acuerdo con información disponible en el Consulado Honorario de Francia en Morelia, representado, entre 1977 y 2007, por el hombre del sombrero y los tirantes, el también barcelonette Jean Jaubert Jauffred, quien nació en 1937, y de 2007 a la fecha, por Raul Reynaud Bernard.

Los dueños de los capitales, en Morelia, eran hacendados, prestamistas, arrendadores, mineros y comerciantes, en su mayoría, porque la industria se encontraba en un estado muy incipiente, como lo reflejó, en su momento, Juan de la Torre, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, en su obra Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, publicada en 1883 por Imprenta de Ignacio Cumplido. En el capítulo VII, denominado Industria y Comercio, el autor expuso textualmente que “no tiene a la verdad Morelia ninguna industria manufacturera dominante, alguna producción o artefacto que le sea peculiar. Produce, es cierto, varios artículos, pero no en las proporciones que se requieren para constituir una verdadera industria. Puede, sin embargo, mencionarse una, la fabricación de la pasta llamada guayabate que de algunos años a esta parte ha adquirido cierta importancia. De ella se exportan algunas cantidades, cuya venta es un elemento de subsistencia para muchas familias”. Hay que aclarar que el término exportar, en aquella época y todavía en la década de los 30, en el siglo XX, no necesariamente se utilizaba para definir la comercialización y el traslado de mercancía al extranjero, sino a otras poblaciones, regiones y entidades de la República Mexicana.

El mismo autor mencionó que “en cuanto a la industria fabril, cuenta con algunas fábricas de hilados y tejidos de algodón, cerillos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera, fideo, catres de fierro, dulces, etc…”

Finalizó, en el breve capítulo, que “el comercio consiste en la compra y venta de efectos extranjeros y del país. Los productos de las fincas del campo de la tierra caliente y los de las haciendas circunvecinas a la ciudad, se depositan muchas veces en la plaza y son objeto de transacciones de alguna importancia”.

Ese era, grosso modo, el escenario de las actividades económicas en Morelia. Fue en el último tercio de la decimonovena centuria, el período de florecimiento de no pocos de los grandes almacenes y negocios que participaron en la dinámica económica de la ciudad, el estado de Michoacán y México; aunque en contraparte, en su obra Morelia en 1873, Justo Mendoza haya calificado de mezquino al comercio. Consideraba la posibilidad de hacer de la ciudad un “depósito” si felizmente el ferrocarril, que se inauguraría en Morelia 10 años más tarde, se enlazaba a la entidad, y si lo que se consideraba el nuevo puerto de Maruata, presentaba resultados favorables. Como puede notarse, ha sido dominante la tendencia de esperar a que se presenten los acontecimientos para cumplir proyectos y sueños, cuando se requieren acciones concretas y oportunas, bien planeadas, como lo intentaron diversas ocasiones los hombres de negocios. Cuando se espera y se sueña que acontezcan determinados hechos, pueden transcurrir y perderse los mejores años y no cumplirse los proyectos e ilusiones.

Al respecto, los hombres de negocios han puesto el ejemplo porque se adelantan a los acontecimientos y tratan de ser líderes en sus respectivas empresas. Alguna vez, ya en la época contemporánea, el empresario Alain Arnot, uno de los fundadores de la Asociación de Industriales del Estado de Michoacán, expuso a un inversionista norteamericano que si a pesar de los obstáculos que existen en la entidad y el país para las actividades productivas, las fábricas son capaces de exportar, si contaran con el respaldo gubernamental, conquistarían el mundo.

Para tener idea de la Morelia de postrimerías del siglo XIX, descrita por Juan de la Torre, habría que referirse a la Memoria del Ejecutivo del Estado de Michoacán, documento que en 1882 informaba que la urbe estaba habitada por 23 mil 835 personas, cifra que fue criticada por algunos analistas de la época que aseguraban que no era creíble dicho censo, los cuales daban mayor confiabilidad al dato contenido en el folleto Morelia en 1872, de un autor de apellido Mendoza -el mismo Justo Mendoza-, que mencionaba que solamente en el casco de la ciudad había 30 mil hombres y mujeres. Les parecía ilógico que si en 1868 coexistían 25 mil personas en la ciudad, la población hubiera disminuido en un período ausente de acontecimientos extraordinarios, como la peste de cólera que se registró en 1850, verbigracia.

Quien recurra a los anales de la historia, descritos por Juan de la Torre, descubrirá que en 1883, año en que llegó el ferrocarril a Morelia, la ciudad estaba dividida en cuatro cuarteles, dos barrios -San Juan y Guadalupe- y 216 manzanas. En 1856 había 30 calles, de las cuales 18 eran laterales y 12 longitudinales, hasta que en 1873 sumaron 99, 55 y 44 en el orden referido. La apertura de la calle de San Agustín se registró en 1856, mientras las de San Francisco, Las Monjas y El Carmen fueron abiertas entre 1859 y 1860.

Y si el ferrocarril llegó a Morelia el 12 de septiembre de 1883, década y media antes, en 1868, se establecieron en la ciudad algunas de las primeras fábricas. En 1870 se inauguró la primera línea telegráfica de la entidad. En 1888, fue instalado el alumbrado eléctrico en las principales calles de la urbe.

En la década de los 80, en el mismo siglo XIX, Morelia contaba con 103 abogados, 52 sacerdotes, 23 médicos y 22 farmacéuticos; además, el propio autor de Bosquejo histórico y estadístico de la ciudad de Morelia, capital del estado de Michoacán de Ocampo, Juan de la Torre, citaba que el consumo de artículos de primera necesidad se calculaba en la matanza, cada mes, de 600 cabezas de ganado vacuno y mil 800 cerdos. Estos últimos eran sacrificados en diversos sitios por no existir un espacio ex profeso. Paralelamente, en la capital de Michoacán se consumían, al mes, alrededor de nueve mil fanegas de maíz, y mil 800 cargas de harina; también se requerían 300 arrobas diarias de leche, entre junio y octubre, y 150 durante la llamada estación de secas. El consumo de arroz, azúcar, camote, frijol, garbanzo y piloncillo, entre otros productos, era considerable y muy difícil de calcular, admitía el autor.

El entorno incluía 21 templos y capillas, tres colegios -el Seminario, el de San Ignacio y el de Infantes-, nueve escuelas públicas -con matrícula para 339 niños y 331 alumnas-, y otra para adultos, dos hospitales -el Civil y el del Corazón de Jesús-, dos hospicios -el de hombres y el de mujeres-, una biblioteca pública, el Monte de Piedad que abrió al público el 22 de marzo de 1881, dos cárceles -la de hombres, en la Alhóndiga, y la de mujeres, a un costado del templo de La Cruz, donde antiguamente funcionó un colegio de niñas-, dos cementerios -el de San Juan y el de Los Urdiales-, dos teatros -el de Ocampo, construido en un terreno que perteneció a la Cofradía de la Sangre de Cristo, ocupado hasta antes de la edificación, entre 1828 y 1829, por varios jacales, y el mal llamado Hipódromo, establecido en un predio que se compró a los agustinos, a un lado de su convento, hecho a base de madera, con cubierta de forma cónica, y destinado más a peleas de gallos que a la dramaturgia-, una plaza de toros -una de las más notables de México, según analistas de la época, circular, totalmente de piedra, con galería y columnas, con capacidad para tres mil personas, establecida en el Barrio de San Juan-, sitios de paseo -Calzada de Guadalupe,en el barrio del mismo nombre, donde se establecieron fincas de familias acaudaladas, con
terminación en la Alameda; San Pedro, actualmente conocido como Cuauhtémoc; Las Lechugas, en la llanura de Los Urdiales-, cuatro imprentas, dos hoteles, cinco mesones de primera clase, ocho de segunda y más de 20 posadas, junto con 14 plazas y plazuelas, 30 fuentes públicas, 14 baños de agua fría, cuatro de tibia, e incluso cuatro para caballos. El inventario incluía el Colegio de San Nicolás y lamentaba la ausencia de escuelas normales a la altura de la época.

La actividad industrial, al inicio de la década de los 80, en el siglo XIX, era incipiente. Entre las fábricas, destacaban la de La Paz, cuyo proyecto fue concebido en 1865 e inaugurado en 1868 por Félix Alva, quien compartió la idea con los hermanos Macouzet y Francisco Grande, los cuales adquirieron la maquinaria correspondiente en Inglaterra, que a pesar de las vicisitudes de la época, llegó a Morelia y empezó a funcionar el 1º de marzo de 1868. El establecimiento fabril inició con dos mil 500 malacates y 68 telares, con capacidad para producir de mil a mil 100 piezas de manta a la semana, en horarios completos de día y noche, con la ocupación de 180 a 200 trabajadores en cada uno de los dos turnos. La fábrica estimuló el cultivo de algodóny contribuyó a la generación de riqueza.

En 1871, el inagotable Félix Alva emprendió otro proyecto industrial de hilados y tejidos de algodón, que estableció en la plazuela de Guadalupe, en la casa que alguna vez ocupó la Empresa de la Seda. Formó la fábrica con Francisco Grande y Pablo Torres Arroyo. La fábrica inició actividades en octubre de 1873, con mil 800 malacates y 36 telares, que daban empleo a un centenar de operadores.

La otra compañía que se formó con el nombre de Empresa de la Seda, en 1842, se instaló en la finca que ocupaba la fábrica La Unión, a la que se le compró la maquinaria. La escasez de seda provocó la caída del negocio. Al respecto, Luis G. Sámano y Dámaso López conservaron en aquellos días la industria de la seda en la célebre Hacienda de Guadalupe, en Tarímbaro.

Junto con esas industrias, funcionaban las de dulces, cerillos, catres metálicos, cerveza, aceite, jabón, tabacos, sombreros finos, velas de cera y fideo, entre otras de menor importancia.

Digna de recordarse es la publicación del 2 de marzo de 1868, en el periódico El Constitucionalista, elaborado en la imprenta del acaudalado Octaviano Ortiz y coordinado por Antonio Espinoza, cuyas páginas reseñaron, precisamente, la inauguración de la Fábrica de La Paz, destacando la cantidad de invitados que presenciaron con asombro el funcionamiento de la maquinaria.

Posteriormente, según la información, los invitados llegaron hasta la bella casa de campo, como las que existían al oriente de la ciudad, donde se encontraban platillos deliciosos que compartieron el industrial Félix Alva, el mandatario estatal, el secretario de Gobierno y algunos personajes destacados, como Celso Dávalos, Luis Iturbide y Gabino Ortiz.

Las páginas del libro Morelia en 1873, su historia, su tipografía y su estadística, escrito por Justo Mendoza y publicado en la capital de Michoacán, en la imprenta de Octaviano Ortiz, que se encontraba en Villalongín No. 2, plantean que “de desearse sería que la industria en Morelia estuviese a la altura que reclaman su civilización y especialmente sus necesidades… El trabajo que puede llamarse manual, por el que se producen artefactos en que principalmente se ocupa la clase pobre, apenas puede mencionarse. No hay en Morelia, como en otras poblaciones, una producción especial o un artefacto de ella, porque los tejidos de hilo y lana que en otro tiempo tuvieron algún valor, hoy puede decirse que se hallan en decadencia. Hay, sin embargo, una industria que primero comenzó en las familias, y que a la fecha ha llegado a tener alguna importancia, y es la fabricación de una pasta de dulce llamada guayabate. De ella se hacen algunas exportaciones para México, y es un elemento de subsistencia para muchísimas personas”.

Menciona la obra que “el año de 1868, se fundó la Fábrica de la Paz con dos mil quinientos malacates y sesenta y ocho telares, establecimiento dedicado a la fabricación de hilados y tejidos de algodón. La ciudad necesitaba una fábrica de este género porque pudiéndose producir en el estado el algodón y obligado su comercio a importar de otros la hilaza y las mantas, dejaba en la ociosidad a centenares de brazos e improductivos a muchos capitales. Si la especulación preside a todas las empresas mercantiles, no debe negarse a la compañía que con tal fin se organizó, el positivo bien que se hizo no sólo a la ciudad, sino a todo el estado. Así es la verdad, pues la Fábrica de la Paz produce de mil a mil cien piezas semanarias de manta, trabajando día y noche, y ocupa de ciento ochenta a doscientos operarios por el día, y otros tantos en los trabajos nocturnos. Las rayas semanales importan de mil a mil cien pesos, y el consumo de algodón en el año es de tres mil a tres mil quinientos quintales”.

Y anunciaba el citado libro que “casi es una realidad el establecimiento de otra fábrica de hilados y tejidos de algodón, en el antiguo edificio en que hace años estuvo el de la seda. La maquinaria está ya en camino para esta ciudad; poco falta para la conclusión del local en las condiciones a propósito y muy pronto por esto la clase trabajadora de Morelia tendrá más
medios de subsistencia y se dará mayor movimiento a la seda”.

Respecto a la industria de la impresión, resalta el antiguo volumen que “el arte tipográfico merece sin duda figurar entre la industria, así porque es un medio de subsistencia para muchas familias, como también por su noble destino, que es dar a conocer el pensamiento y propagar las ideas. En Morelia existen dos establecimientos de este género, uno a cargo de la viuda e hijos de don Ignacio Arango, que según estamos informados, tiene cuatro prensas útiles, y otro, propiedad del C. Octaviano Ortiz, que tiene seis prensas en ejercicio”.

Prosigue el texto con el hecho de que “repetidas veces se ha dicho, y con verdad, que Michoacán necesita comunicación para dar fácil salida a sus diferentes productos. Esto se logrará con los caminos, en lo cual ya se ha puesto mano”, y valora que existan oficinas de correos y telégrafos.

Habría que añadir que en su libro Historia y descripción del Ferrocarril Central Mexicano, publicado en 1888 por la Imprenta de I. Cumplido, Juan de la Torre informó que la producción agrícola de Michoacán consistía, principalmente, en algodón, añil, arroz, café, caña de azúcar, cascalote, tabaco, morera, vainilla, cebada, chía, frijol, haba, maíz, papa, chile “y toda clase de verduras y legumbres, fruta de toda especie y plantas medicinales y tintóreas. El corte de una gran variedad de magníficas maderas de construcción, especialmente en el sur, y la cría de toda clase de ganados en los distritos del poniente y otros, son también ramos de riqueza para el estado”.

Michoacán, donde “el valor fiscal de la propiedad raíz que paga impuestos es de 21´124,997 pesos y la exenta de contribuciones vale 1´416,248 pesos”, aportaba anualmente, a nivel nacional, a través de sus productos agrícolas -según documento basado en las condiciones del país en 1879 y elaborado el 21 de agosto de 1881, en Boston, Estados Unidos de Norteamérica, por Nickerson, citado en la obra referida- un valor de 10´540,601 pesos, mientras el Distrito Federal, Guanajuato, Jalisco y Querétaro lo hacían con 591,906, 13¨652,031, 20´862,066 y 1´726,055 pesos, respectivamente.

Ese era, en la ancianidad del siglo siglo XIX, parte del escenario empresarial y social de Morelia, donde él, Ramón Ramírez Núñez, moraba y desarrollaba sus negocios, acaso sin imaginar que pronto acudiría de frente y puntual a su cita con el destino y la historia de la ciudad, al convertirse, en 1896, en quien protocolizó, junto con los integrantes de su directiva, la Cámara Nacional de Comercio e Industria de la capital michoacana.

OTRO RELATO

El tema del Panteón Municipal de Morelia se relaciona con Ramón Ramírez Núñez en el sentido de que el terreno donde se localiza, formó parte de su Hacienda La Huerta. En 1883, la superficie ociosa de seis hectáreas que entonces era conocida como “El Huizachal”, ubicada entre el Río Grande y la Hacienda Molino de Parras, se convirtió en patrimonio de lo que sería el Panteón Municipal. Aunque la historia de ese sitio parece ajena a la Cámara, es interesante y pintoresca, digna de relatarse en este espacio como homenaje a quien formalizó a la institución.

Enclavado al oriente de lo que entonces era la ciudad, en el antiguo y tradicional Barrio de San Juan -San Juan de los Mexicanos-, funcionaba el cementerio de los morelianos de postrimerías del siglo XIX. Era el tradicional panteón de San Juan, totalmente insalubre y ajeno a las ráfagas de viento por estar encajonado. Su trazo se presentaba tan estrecho, que no pocas veces los cadáveres eran sepultados a profundidades inconvenientes porque a unos centímetros de las fosas yacían otros cuerpos putrefactos. Prácticamente, los cadáveres eran sepultados con sus historias fragmentadas y sus nombres y apellidos completos o ignorados, mientras otros, al remover la tierra, aparecían pútridos e irreconocibles. Olía a descomposición, a hierba, a encierro, a muerte.

La ausencia de árboles causaba un aspecto de mayor desolación. Las tumbas exhalaban el sudor de la fetidez y la muerte. Abejorros, cucarachas, gusanos, moscas, lombrices, insectos y roedores infestaban los sepulcros asoleados durante el día y desiertos y helados en las noches. En aquel ambiente de muerte y vida, reposaba la cruz ochavada, tallada por manos tlaxcaltecas en la juventud del siglo XVI y testigo de la primera misa que se celebró en la ciudad, según la tradición, condenada a acompañar la caducidad de la existencia porque permaneció mucho tiempo en el cementerio del Barrio de San Juan de los Mexicanos y posteriormente en el Panteón Municipal de Morelia, donde los soldados fusilaban a los presos en las madrugadas, todavía en la década de los 30, en la vigésima centuria, hasta que en 1967 fue trasladada a un costado del Santuario virreinal
de Guadalupe o de San Diego, como se le conoce popularmente.

Refieren las páginas añejas de la historia que en 1882, el gobernador de Michoacán, Pudenciano Dorantes, en coordinación con las autoridades municipales de Morelia, entonces encabezadas por Manuel Montaño Ramiro, planeó la construcción de un cementerio en la loma de Santiaguito, al norte de la ciudad, que era fértil por la humedad que abosorbía del pantano donde se encontraba el Paseo de las Lechugas; sin embargo, el proyecto no se concretó. Los problemas de espacio, insalubridad, ausencia de corrientes de aire, fetidez acumulada y proximidad entre unos cadáveres y otros, continuaron en San Juan hasta 1894.

Ese panteón, el de San Juan, había acrecentado sus problemas de capacidad en 1833, con la mortandad impresionante que provocó la primera epidemia de cólera. El 31 de diciembre de 1894, el panteón de San Juan registró la inhumación del último cuerpo.

Y si el cementerio de San Juan resultaba insalubre, angosto e incómodo, el de Los Urdiales, al noroeste de la urbe, fue fundado el 23 de mayo de 1850 como consecuencia de que el primero era insuficiente para sepultar a quienes morían por la segunda epidemia de cólera; además, ya antes, en enero del mismo año, el decreto gubernamental ordenaba, entre sus cláusulas, el establecimiento de panteones fuera de las ciudades, precisamente con el objetivo de evitar contagios y el terror de la población al presenciar el tránsito de cadáveres.

El antiguo Paseo de las Lechugas, donde incontables familias vallisoletanas de antaño acudían alegres a convivir y disfrutar días inolvidables de campo, de pronto transformó su rostro y pasó del verdor intenso sobre el valle pantanoso, a un escenario desolador y de miedo. El decreto ordenaba, incluso, el traslado de cadáveres durante la noche para evitar pánico, descontrol y mayores contagios. Las autoridades aprovecharon que la zona, donde alguna vez se asentó el barrio indígena de Santa María de los Urdiales, permanecía casi desolado desde el amanecer del siglo XIX.

Rodeado de pantano, el cementerio de Los Urdiales ofrecía un espectáculo aterrador y deprimente; sin embargo, resultaba perentorio sepultar a la gente que moría contagiada de cólera, epidemia que amenazaba acabar con importante porcentaje de moradores de la capital de Michoacán. El mal se extendía con celeridad como las sombras al aproximarse la noche. Igual que en 1833, el año de 1850 fue fatal, al grado de que las autoridades del país y el estado no solamente presentaron varios decretos, sino difundieron métodos curativos propuestos por el Protomedicato y la Facultad Médica.

Una vez superada esa crisis de salud pública, el cementerio se destinó a la inhumación de cadáveres de gente pobre e indígenas. Los rituales parecían demasiado impresionantes. Desde el muro circundante y de escasa altura, se distinguían las flores pútridas, los cadáveres, las sepulturas.

Bien es sabido que a los niños los vestían de “angelitos” y solían colocar en sus manos una palma, una flor o una cruz, y algunos hasta permanecían con los ojos abiertos, como si vivieran. En Michoacán se acostumbró, por un tiempo, fotografiar los cadáveres de adultos dentro de sus ataúdes, unas veces parados, en los patios de sus casas, y otras, en tanto, en los cementerios.

La contingencia que provocó la epidemia de cólera, reforzó la decisión de clausurar los cementerios de la catedral y de los templos de San José, El Carmen, La Merced, San Agustín y San Francisco. Ese año, el de 1850, incontables hombres trabajaban durante las noches en el cementerio atrial de San José, con la misión de extraer los cadáveres y trasladarlos a los panteones de San Juan y Los Urdiales, e incluso el Santuario de Guadalupe, que aún funcionaba. Es importante reseñar que todavía entre las décadas de los 60 y los 70, en el siglo XX, la infancia de entonces jugaba en las casas y los predios de la colonia Industrial a desenterrar cráneos y huesos humanos, seguramente sin conocer los antecedentes del cementerio que se estableció en el lugar como consecuencia de las muertes que se registraron ante la segunda epidemia de cólera. En cuanto a la catedral barroca del siglo XVIII, también se clausuraron sus criptas. El último cadáver en ingresar fue el del obispo de Michoacán, Juan Cayetano Gómez de Portugal, en abril de 1850.

Discurrían los minutos porfirianos de 1882, época en que las autoridades municipales planearon la construcción de un cementerio que sustituiría el de San Juan y el de Los Urdiales, proyecto que se concretó, finalmente, en 1883, en El Huizachal. Una vez con el predio destinado al establecimiento del nuevo cementerio moreliano, el desplante del mismo fue ejecutado por un especialista de apellido Roth; en tanto, el célebre ingeniero belga Guillermo Wodon de Sorinne, se encargó de la arquitectura de la fachada.

Las autoridades municipales trazaron y construyeron el Panteón Municipal de Morelia, cuya primera inhumación se llevó a cabo en 1885 y fue inaugurado formalmente 10 años más tarde, en 1895. Otras versiones refieren que el Panteón Municipal de Morelia inició su gestión, todavía incipiente, en 1894, y que un año más tarde, tras su inauguración oficial, el primer cadáver registrado fue el del contador y corredor Luis Lemus Olañeta. En los días de 1905, fue inaugurado el monumento dedicado al segundo arzobispo de Michoacán, José Ignacio Árciga Ruiz de Chávez. Posteriormente, la construcción recibió el título de Capilla del Panteón.

También inició la edificación de la rotonda de los hombres ilustres, media década antes del estallido social que modificaría el rumbo de los mexicanos. Olía, entonces, a acontecimientos intensos, a historia, a capítulos irrepetibles. La nación miraba de frente hacia el horizonte, a su destino irrenunciable, a las páginas que hoy, con sus verdades y mentiras, se estudian en los libros.

Según la tradición, el poderoso hacendado guanajuatense, Ramón Ramírez Núñez, comisionó al joven Fermín Ramírez, vigilante del terreno del cementerio, donde también fungió con el cargo de sepulturero y administrador. Vivió alrededor de 80 años en la necrópolis de Morelia. El velador llegó muy joven al “camposanto” y allí murió, cuando casi tenía un siglo de edad. Coleccionó anécdotas, protagonizó historias y el cementerio formó parte de las horas de su existencia. Como que él y las tumbas ya eran parte de lo mismo.

Acaso por su fortaleza y juventud, Fermín Ramírez no temía a la muerte ni a los difuntos. El cementerio era su hogar, su mundo, su realidad. Todos los días, durante varias décadas, caminó por las calzadas con árboles y criptas. Miró lápidas y cruces. Conoció los nombres de quienes yacían en cada sepulcro. Los epitafios no le eran desconocidos. Sintió y vivió con intensidad, quizá como nadie en Morelia, el ambiente fúnebre. Hasta dos de sus hijas nacieron en el cementerio. De hecho, su nieto José Inés Estrada Ramírez, nacido en la década de los 30 del siglo XX, optó por dedicar los días de su existencia a la elaboración de lápidas y monumentos fúnebres.

Ya anciano, el velador Fermín Ramírez solía contar que en las madrugadas, cuando los soldados llegaban de improviso, irrumpían la tranquilidad fúnebre y fusilaban a la gente junto a la cruz atrial de piedra que actualmente se localiza a un costado del Santuario de Guadalupe, conocido popularmente como San Diego, al oriente del centro histórico de Morelia. Los militares lo llamaban con el objetivo de que recogiera los cadáveres y los sepultara. Incluso, en la época revolucionaria que inició en 1910, la gente le denominó “la cruz de los condenados a muerte”, en alusión a los bandidos que eran ejecutados.

Cierta ocasión, los militares ejecutaron a un par de hombres, acertando todos los tiros a uno y cayendo ambos. Cuando Fermín pretendió enterrarlos, uno de ellos, quien fingió estar muerto ante los soldados, incorporó y huyó despavorido. Al otro hombre, aparentemente fusilado, una bala que parecía mortal pegó en una medalla que colgaba en su pecho, salvándole la vida. Ensangrentado, escapó igual que su compañero, el otro fugitivo.

José Inés Estrada Ramírez, nieto del primer velador y administrador del Panteón Municipal de Morelia, presenció, en los minutos de su infancia, los últimos dos fusilamientos. Miró a su abuelo retirar a los muertos y sepultarlos en una fosa común. El hombre no solamente era velador, administrador y sepulturero; también se dedicaba a esculpir lápidas de cantera, muy modestas, iniciando así, quizá sin sospecharlo, el oficio que más tarde heredaría su nieto, hijo de María Ramírez, la mujer que nació en el cementerio, y de José Inés Estrada González, el primer artífice de monumentos sepulcrales de materiales más modernos, en el amanecer del siglo XX.

Cuando el Hospital General de Morelia, cuya construcción inició en 1897 y la declaración inaugural se pronunció en 1901, hasta desaparecer a mediados del siglo XX, se localizaba al poniente del centro de la ciudad, personal médico ordenaba que los cadáveres sin identidad fueran conducidos al panteón municipal, para lo cual eran colocados en ataúdes que un burro transportaba en un carretón de madera. Ante la ausencia de carretonero, la bestia de trabajo llegaba hasta determinado paraje del cementerio y allí se detenía, en espera de que los sepultureros retiraran los féretros que un hombre de oficio carpintero fabricaba con tablones burdos cerca del hospital. El animal conocía el camino. Entendía su misión y sabía su tarea.

Iba al cementerio y regresaba al hospital sin arriero ni carretonero. Un día, el animal reparó y cayeron las cajas a la tierra, de las cuales rodaron los cadáveres amarillentos y ensangrentados. Los médicos cerraban las heridas con mecates burdos. Innegablemente, el hombre de negocios, Ramón Ramírez Núñez, nunca imaginó que un trozo de la superficie de su hacienda, la de La Huerta, reuniría tanta historia como es el caso del cementerio, con sus claroscuros. De alguna manera, aunque no se le recuerde en ese sitio y su tumba se encuentre vacía, se presiente, al recorrer las calzadas ensombrecidas por árboles corpulentos, que hubo historia y que sus hojas rotas permanecen entretejidas aquí y allá, en un rincón y en otro.

Y si entre las calzadas aparecen criptas fragmentadas, heridas por la humedad, por los saqueadores y por el tiempo, otras han cautivado, como la escultura de San José, firmada por Piccini, o los dos ángeles y la Virgen del Rosario, labrados en mármol, cuyo autor fue el célebre Ponzanelli, miembro de una familia de artistas europeos, entre los que destacaron Valerio Ponzanelli, a quien se atribuye la antigua catedral de Carrara, en Italia.

Personajes ilustres han sido sepultados en el cementerio, pero igualmente resguarda a los morelianos anónimos, a la gente que nació y vivió aquí y allá, en la ciudad, en la capital del estado, y en diversos rincones de Michoacán. Permanecen sepultadas incontables generaciones de hombres y mujeres, unos con nombres y apellidos y otros desposeídos hasta de identidad.

El Panteón Municipal de Morelia conserva fragmentos que recuerdan a quien alguna vez, en postrimerías de la decimonovena centuria, se convirtió en el primer líder formal de los comerciantes establecidos en la capital michoacana. Hay hombres que caminan y dejan huellas, remembranzas, trozos de vida que se recuerdan, aunque sus tumbas se encuentren desoladas y vacías.

Y si la tumba del personaje guanajuatense que protocolizó la fundación de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia, Ramón Ramírez Núñez, está vacía, cargada de recuerdos y suspiros que el tiempo y el olvido, aliados inseparables, se empeñan en diluir, el otro sepulcro mortuorio, el de los cuatro hermanos Audiffred, incluido León, el tesorero en 1896 de aquella directiva de empresarios, enclavado con su blancura marmórea en el Cementerio Jausiers, en los Alpes de Haute Provence, Valle de Ubaye, Francia, desprende ecos de un ayer, fragmentos de una historia aquí y allá, las voces y los silencios de la vida y la muerte.

El monumento sepulcral presume el relieve de un ángel, entre dos columnas, quien mira hacia arriba, a un cielo donde se encuentra una cruz que emana rayos luminosos. Las guirnaldas talladas no son menos cautivantes que la Anunciación. El sepulcro, tallado por el arquitecto F. Girard, mira de frente al caserío, y sentencia: “mirabille aeternumque lumen”.

Otro espacio, contiene los datos de los hermanos Audiffred. Bajo la leyenda Ici reposent, aparecen los datos de André Víctor Audiffred, quien nació en Lans el 28 de marzo de 1847 y murió en París, el 29 de marzo de 1905; León Jacques Audiffred, que inició su vida el 3 de septiembre de 1843 y falleció en Jausers, el 17 de junio de 1918. También yace en la tumba Pierre Remy Audiffred, quien nació el 13 de diciembre de 1850 y murió en Jausiers, el 22 de julio de 1922. El otro hermano fue Emile Audiffred, que nació el 21 de abril de 1855 y falleció el 2 de noviembre de 1936.

De entre los suspiros callados, en esos ambientes que flotan en los panteones, las voces parecen clamar que alguien las escuche, y es precisamente en la tumba de los cuatro hermanos Audiffred, tan ostentosa y con el valor, según especialistas franceses, de una finca bien construida, de donde brotan trozos de historias añejas que envuelven, hasta que uno, al escucharlas, se siente inmerso en aquellos días, los del siglo XIX y los de las primeras décadas de la vigésima centuria, después de todo parte de la trama humana.

Relata la tradición que de los cuatro hermanos Audiffred que en la aurora de la década de los años 70, en el siglo XIX, partieron en barco, hacia México, junto con otros contemporáneos de Barcelonette, cuando el mar olía a aventura, a comercio, a epopeya, a piratas, a romanticismo, León, quien nació en Lans, Jausiers, alrededor de 1843, y murió en su pueblo en 1918, de acuerdo con datos guardados en los expedientes del Consulado Honorario de Francia en Morelia, era el más dinámico en los negocios.

Junto con su socio Camilo Cornille, León y sus hermanos adquirían parte de la mercancía en la Ciudad de México y regresaban a Morelia tras seis días de viaje; aunque directamente compraban un porcentaje significativo de artículos en Inglaterra, París y Lyon, los cuales llegaban al Puerto de Veracruz.

Los hermanos Audiffred, quienes se asociaron con otros fundadores de la Compañía Industrial Veracruzana de Tejidos de Ciudad Mendoza, fueron conocidos como “los cuatro sin mujer”, ya que no contrajeron matrimonio. Como era costumbre en las casas francesas de Lans y otros lugares, ellos, los hombres de negocios, firmaban contratos por tres, cinco y hasta ocho años para no contraer matrimonio, que muchas veces refrendaban al término de los mismos, porque debían entregarse por completo a la encomienda de fundar empresas, fortalecerlas y transformarlas en firmas de prestigio, motivo por el que no es de sorprender que no pocos de ellos, en aquella época, permanecieran solteros.

Bajo el liderazgo de León, los Audiffred simbolizaron una dinastía y se sumaron a otros destacados migrantes barcelonettes que trabajaron con empeño y acumularon cuantiosas fortunas, indudablemente despertando suspiros femeninos porque en México no ha sido mínimo el número de personas que sienten embeleso por los extranjeros, a tal grado que a las miradas azules y verdes les denominan “ojos de color” y a la gente de tez más clara le llaman “güera”, aunque no sea rubia.

La alianza de los recién llegados hermanos Audiffred, en 1871, con su paisano Camilo Cornille, representó el inicio de un imperio económico. Fundaron, en Morelia, el cajón de ropa Cornille y Audiffred; pero bastaron seis años para que en 1877, inauguraran la negociación Audiffred Hermanos, que en el albor del siglo XX cambió su razón social por Audiffred Hermanos y Compañía, casa que en esa época porfiriana contó con el respaldo de El Puerto de Liverpool y El Louvre. Esa empresa, fue dirigida por tres familias, cada una en distinto período: Audiffred, Jaubert y Reynaud.

Como otros empresarios, los Audiffred otorgaban créditos refaccionarios e incluso hipotecarios a hacendados, comerciantes e industriales, con intereses bastante considerables y en ocasiones, ante situaciones económicas, sociales y políticas tambaleantes, en las que difícilmente era posible cubrir los adeudos.

Nadie desconoce que los cajones de ropa, fundados por extranjeros -franceses, en su mayoríay mexicanos, fueron resultado del interés de la aristocracia porfiriana y de la clase media en las modas europeas. París dictaba el estilo de vestir. Un país encadenado a la zozobra, a las simulaciones, a la miseria, a los conflictos políticos y sociales, a la corrupción, a la turbulencia y al racismo, acogía con beneplácito esa clase de cajones, donde había desde ropa y sombreros hasta perfumes, libros y mercancía de lujo, como hoy, en otro esquema, en las plazas y los centros comerciales.

México viene, como país, de conflictos sangrientos, corrupción entre políticos, ambición desmedida por parte de grupos capaces de descontrolar a la nación, violaciones, fracasos, traiciones, engaños y crímenes, y nadie, ayer y hoy, ha deseado para sí volver a las cadenas de la miseria. Los cajones de ropa, como actualmente los centros y las plazas comerciales, siempre han ejercido un encanto en la gente, acaso porque le da glamour, probablemente por ser un deleite el arreglo y el aspecto personal, quizá por ser maquillaje en un lugar de apariencias, tal vez por todo.

Consta en archivos notariales e históricos que ellos, los hermanos Audiffred, extendieron su influencia comercial a Pátzcuaro, Uruapan, Ario de Rosales, Tacámbaro y otras poblaciones michoacanas; pero igualmente se asociaron, al finalizar el siglo XIX, con la Compañía Industrial de Atlixco, textilera de la que Ramón Ramírez Núñez también poseía acciones. Tejieron una red y formaron un imperio económico. Establecieron alianzas y negocios no solamente en Atlixco, Puebla, sino en Guanajuato, Veracruz y Guadalajara, por medio de las firmas Caire y Audiffred, Audiffred y Compañía y Audiffred y Garel, respectivamente.

Cuenta la historia que cuando los hermanos Audiffred acumularon una fortuna cuantiosa, llegaron a una casa, en París, que se encontraba muy próxima al Arco del Triunfo. Sus días se diluyeron entre el ambiente parisino y las carreras de caballos; mas los meses de julio y agosto de cada año, radicaban en su palacete construido en una reserva enorme, en Jausier, conocida posteriormente como Villa Morelia.

Influyentes como la mayoría de los integrantes de la comunidad francesa establecida en la capital michoacana, los cuatro hermanos Audiffred construyeron, entre 1903 y 1904, la mansión de exquisita arquitectura ecléctica -le chateu-, ostentosa, con esculturas, chimenea y ático de pizarra, en su terruño, Vallée de l´Ubaye, Jausiers, Francia. Más tarde, el arquitecto F. Girard talló la tumba augusta en mármol, donde los cuatro hermanos, cada uno en su tiempo, fueron depositados al morir solteros, célebres y dueños de una fortuna cuantiosa.

De ambas tumbas, la de Ramón Ramírez Núñez, en Morelia, y la de León Audiffred y sus tres hermanos, en Jausiers, gravitan hondos suspiros y los susurros de un enorme vacío porque los fragmentos permanecen aquí y allá, en cada espacio y rincón, en los otros días, como si de pronto la vida y la muerte fueran un símbolo y se empeñaran, por alguna causa, en reunir a quienes compitieron en los negocios, y ante los signos de su época, establecieron acuerdos y alianzas y se inscribieron en la historia al convertirse, en los días de 1896, en presidente y en tesorero, respectivamente, del primer consejo formal de la Cámara Nacional de Comercio e Industria de Morelia. Compartieron días y capítulos, con sus encuentros y desencuentros, y cada uno partió con los episodios que protagonizó; sin embargo, los sepulcros quedan, al final, entre la desolación, los recuerdos y el olvido, con el resumen de la vida y la muerte, y el eco, quizá, de la historia humana.

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

  • Morelia es capital de Michoacán, estado que se localiza al centro-occidente de la República Mexicana. Fue fundada en 1541
  • La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia, fue fundada en 1895 por el ferretero alemán Luis Andresen, y formalizada un año más tarde, en 1896, por el comerciante y hacendado Ramón Ramírez Núñez. Se trata de una de las agrupaciones de comerciantes más antiguas de México
  • La bibliografía y las fuentes de consulta se encuentran inscritas en el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, escrito por Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

Historias de la Cámara de Comercio de Morelia: Circular 8

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Los nombres y apellidos, las cosas, los acontecimientos, las fechas y los rostros de antaño naufragan en la desmemoria, en las páginas amarillentas y quebradizas, en las hojas sueltas y fragmentadas, en los recuerdos incompletos, en las imágenes rotas. Son historia olvidada o fracturada.

En alianza con los años, con las manecillas del reloj que giran inagotables, el recuerdo y el olvido arrugan los documentos, los rasgan, y lo que no está escrito, lo que se vivió, finalmente se desvanece en los minutos postreros de la gente, se diluye en las tumbas frías y desoladas.

Todo, al final, queda preso en el ayer, en los otros días, y lo que no se registra y conserva, se pierde, queda recluido en mazmorras oscuras, tras los barrotes de la amnesia y del extravío de la razón. A veces, alguien intenta recordar, tejer o rescatar la historia, a pesar de que sus partes sean trozos, pedazos que deambulan con muletas, en el afán de descubrir el sentido de la vida y sus cosas y dar respuesta a tanta interrogante.

Hoy, al pasear y escudriñar los muchos días del ayer, es preciso caminar por los pasillos, corredores y recintos de la casona antigua de cantera que pertenece a la Cámara de Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia*, donde, en medio de rumores y silencios, se perciben el eco y las fragancias de otra gente.

Refiere la tradición que, desde su fundación, en 1895, por el ferretero alemán Luis Andresen, y su protocolización, en 1896, por el hacendado Ramón Ramírez Núñez, ambos respaldados por los hombres de negocios más importantes de la época, la Cámara de Comercio de Morelia tuvo participación constante e intensa en los acontecimientos y en la historia de México.

Y así lo respalda, verbigracia, la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industrias y Profesiones del Estado de Michoacán, escrita e impresa en 1930 por Agustín Vega y dedicada al presidente de la República Mexicana, Pascual Ortiz Rubio, al tratar, entre otros temas, el relacionado con la Circular número 8, elaborada por los directivos de la entonces Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia.

El libro establece que la institución “ha venido haciendo sentir su influencia dentro de los intereses que representa, logrando colocarse en situación de hacerse escuchar por todas las fuerzas vivas de la República”, principalmente en una época complicada para México que venía de un estallido social, en 1910, con sus posteriores luchas y traiciones entre generales y grupos interesados en apropiarse del poder.

La publicación establece que, “en la actualidad”, la institución “tiene en estudio varios problemas de gran trascendencia para el país, y ha realizado iniciativas tan importantes como la de su Circular número 8, del año próximo pasado”, es decir de 1929, “en la que anticipándose a las declaraciones últimas que hizo el señor general Calles”, en esos días presidente de México, “respecto del Agrarismo, pidió que todas las instituciones similares hicieran un esfuerzo para que el problema agrario fuera resuelto en todo el país, pidiendo a sus distintos gobiernos locales y al Federal, que se pusiera un plazo más o menos corto en el que, sin lesionar intereses, quedase cumplido el reparto de tierras”.

De esta manera, “la Circular de referencia causó gran impresión en todos los círculos a donde fue remitida, y en muchos estados se hicieron las gestiones que contenía la iniciativa, con magníficos resultados”, y cita: “otras iniciativas de grande importancia, y que han sido aprobadas por todas sus similares, han sido llevadas a cabo en esta época, por lo que la Cámara Nacional de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia ocupa un lugar prominente entre las instituciones de su género”.

Evidentemente, el documento citado, al referirse a agrupaciones similares y de su género, contemplaba las cámaras comerciales, agrícolas e industriales que en esa época había en el país, convulsionado por los estragos de la revolución de 1910 y la posterior lucha por el poder.

Y aquí se citan algunos ejemplos de las reuniones que celebraron, en su momento, los comerciantes, agricultores e industriales de Morelia, quienes trataron el tema y lo asentaron en las actas correspondientes.

En reunión de consejo del 10 de enero de 1930, fue leído por los comerciantes de Morelia el comunicado que la Cámara de Comercio de Zacatecas dirigió al Presidente de la República, de acuerdo con el contenido de la Circular número 8, e indicaba que estaba dispuesta a secundar la labor de los empresarios de la capital de Michoacán. La Cámara de Comercio de Morelia respondió que confiaba recibir la cooperación de esa agrupación homóloga una vez que Pascual Ortiz Rubio tomara posesión como mandatario nacional. Con similar estilo, los comerciantes morelianos respondieron a otras Cámaras del país, las cuales se sumaron y fortalecieron gradualmente la propuesta contenida en la Circular número 8.

La Circular número 8 resultó de tal importancia, que el propio Enrique Creel Cuilty, quien gobernó Chihuahua en el período 1907-1910, y fue secretario de Relaciones Exteriores de 1910 a 1911, fundador y presidente del Banco Minero de Chihuahua en 1882, del Banco Agrícola e Hipotecario de México en 1901 y del Banco Central de México en 1903, y líder de la Asociación de Banqueros de la República Mexicana en 1899 y vicepresidente de la compañía del Ferrocarril Kansas City México y Oriente, entre otros cargos, escribió a la Cámara de Comercio, Agricultura e Industria de Morelia, en febrero de 1930, cuyos consejeros asentaron por escrito: “si tenemos pensado todavía proponer al señor Presidente de la República algunas reformas a la Ley Agraria, pudiendo nuestra iniciativa acompañarse con los estudios que terminará el próximo mes de marzo y que publicará en forma de libro, del cual nos remitirá varios ejemplares. Túrnese al señor licenciado don Eduardo Laris Rubio para que se sirva contestarla en el sentido de que insistiremos y que se está estudiando la mejor forma de presentarnos al señor Presidente de la República, agradeciéndole además su inteligente colaboración”.

Un mes más tarde, en marzo de 1930, Enrique Creel expresó, a través de una misiva leída y asentada en uno de los libros de actas de la Cámara de Comercio de Morelia, que “celebra que hayamos continuado la buena labor de propaganda acerca de reformas al agrarismo, enterándose de nuestra resolución de dar cuenta de ellas al señor Presidente de la República; que igualmente, la Cámara Nacional Agrícola de México ha iniciado trabajos idénticos y que por correo remitirá diez ejemplares del folleto Agricultura y agrarismo“.

En marzo de 1930, la Cámara Nacional Agrícola de México lamentó “que no hayamos concurrido a la Convención Agrícola que debió celebrarse el día 10 del propio febrero y que por la prensa tienen conocimiento de los trabajos de esta Cámara, encaminados a resolver satisfactoriamente el problema agrario; insisten en que se nombre en la capital, persona que lleve la voz de esta Cámara para cambiar recíprocas impresiones”. La institución moreliana invitó a Alfredo Noriega y Salvador Cortés Rubio a convertirse en sus representantes ante dicha asociación agrícola.

Inmersos en los asuntos agrícolas, ellos, los consejeros de la institución, bajo el liderazgo de Bernardino F. Peraldí Carranza, quien por cierto fue sobrino de Venustiano Carranza Garza, presidente de México en el período 1917-1920, coincidieron, en una de sus reuniones de mayo de 1930, “dirigirse a las Cámaras de Comercio del Estado, rogándoles nos remitan a la mayor brevedad posible una lista de los principales propietarios de fincas, con el fin de unificar su criterio en materia agraria y procurar la cooperación de todos los trabajos que a ese respecto está llevando a cabo esta Cámara”.

Por cierto, el 22 de octubre de 1930, la Cámara de Comercio de San Luis Potosí dio a conocer a la de Morelia que se dirigió al Presidente de la República con la finalidad de respaldar la Circular número 8.

El 16 de junio de 1931, el presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio, comunicó a los miembros de la Cámara de Morelia que su administración estudiaba “la manera de resolver la difícil situación del país”, y que “el problema agrario no se dará por terminado mientras se soliciten tierras”.

Los problemas agrarios continuaban. El 10 de febrero de 1933, el presidente de la institución, Rafael Ramírez Jones, informó acerca de los asesinatos de Miguel Ponce de León y Felipe Castañón, cometidos por los agraristas, motivo por el que propuso, con el apoyo del consejo directivo, dirigir una nueva comunicación a los mandatarios nacional y estatal con el propósito de solicitarles el desarme de tales grupos.

No se doblegaron los comerciantes e industriales morelianos ante las circunstancias adversas de la nación. Defendieron su posición respecto a terminar el conflicto en el campo y agilizar el reparto agrario, con el apoyo constante de las asociaciones camarales y su Confederación. Y así se adelantaron, en sus propuestas, a los acontecimientos que entonces y años más tarde se registraron en México. 

Bien conviene enumerar los nombres de algunos de los empresarios que participaron en la elaboración de la Circular número 8 y de otros estudios y propuestas de trascendencia municipal, estatal y nacional, quienes demostraron arrojo y diversas ocasiones enfrentaron caprichos e intereses de la clase política: Miguel Herrejón Patiño, Bernardino H. Peraldí Carranza, Rafael Ramírez Jones, Vicente Barba y Casillas, Vicente González, Francisco G. Laris, Agustín Lagüera, Manuel Ruiz, Jesús Hurtado, José Román, Rafael Calderón, José Ramírez, Aurelio Delgadillo, Salvador Isla, Luis Ramírez, Pastor Castro Tinoco. Eduardo Laris Rubio, Agustín Martínez, Miguel Ramírez Munguía, Rafael Vallejo, Camilo Tron, Enrique Margaillan, Teófilo Jaubert, Enrique Gutiérrez, Heliodoro Durán y Leopoldo Sistos.

* Morelia es capital del estado de Michoacán y se localiza al centro-occidente de México. La antigua ciudad de Valladolid, hoy Morelia, fue fundada el miércoles 18 de mayo de 1541

Santiago Galicia Rojon Serrallonga es autor de diversos libros, entre los que destaca “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, publicado en el año 2019

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Foto de la Casa de Cristal: cortesía de Víctor Armando López Laderos y/o La Plana Noticias

Foto de la Revista Social Ilustrada de la Banca, Comercio, Industrias, Agricultura y Profesiones del Estado de Michoacán: K. Galicia

Mujeres de siempre: Lupita Vega Ibarra, una tradición, una historia y una vida de entrega a la Cámara de Comercio de Morelia

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fue la historia de la Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia*. Cuando nació, el 20 de diciembre de 1928, la institución en la que laboró desde las horas de 1952, apenas tenía 33 años de existencia. Conoció los días y las noches de la agrupación empresarial, sus luces y sombras, su tradición y sus capítulos. Por vivir tanto, llevó consigo los recuerdos del ayer, las imágenes de otros años y rostros con nombres y apellidos cada vez menos presentes en la memoria colectiva.

* Morelia, la antigua Valladolid, es una ciudad que fundaron los españoles el 18 de mayo de 1541. Es capital de Michoacán, estado que se sitúa al centro-occidente de México. La Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia fue creada en 1895 por el empresario alemán Luis Andresen y otros hombres de negocios, y protocolizada en 1896 por Ramón Ramírez Núñez, comerciante, hacendado y prestamista.

Desafiar al tiempo implica un costo, un peso, una carga. La vida es breve, se fuga igual que como llegó, entre un suspiro y otro, en un abrir y cerrar de ojos, y ella, Guadalupe Vega Ibarra -Lupita, como le llamábamos cariñosamente quienes tuvimos oportunidad de conocerla y tratarla-, se atrevió a caminar al lado de los minutos, las horas y los años.

Longeva y sana por naturaleza, “porque no sufro ni una gripe”, también lo fue por herencia, ya que su padre trabajó en la Harinera de Morelia durante 57 años consecutivos, hasta que se jubiló. Ella presumía que nunca presentó incapacidades laborales. Siempre se sintió bien y jamás se ausentó ni por vacaciones. Su vida y su sueño fueron la Cámara de Comercio de Morelia.

Recomendaba una alimentación equilibrada y sana, suficientes horas de sueño, acciones nobles y mucha productividad, Lupita fue la joya de la Cámara de Comercio de Morelia. Se formó como secretaria en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, perteneciente a la institución, de la que egresó en 1952 y en la que impartió clases de Mecanografía a las señoritas del segundo curso de Secretariado.

Como anécdota, habría que recordar los días juveniles de Lupita, época en que su cabello era tan largo que llegaba a sus tobillos. Daba atención especial a su cabellera. Un día, las autoridades municipales de Morelia realizaron una obra cerca del templo virreinal de San José y afectó las calles aledañas, como la de Serapio Rendón, donde se encontraba la casa de Lupita. Los vecinos enfrentaron carencia de agua. Una amiga invitó a Lupita a bañarse en su casa, pero la entonces joven estudiante de la Academia, sugirió que solicitara permiso a su madre porque era una señora muy delicada y severa.

Mientas la muchacha intentaba convencer a la madre de Lupita para que le permitiera bañarse en su casa, la mujer vio a su hija con enojo y se concretó a decir que estaba en libertad de elegir la decisión que más le conviniera. Lupita bañó en una pila enorme de piedra y posteriormente, una vez que secó su cabellera con una toalla y la peinó con un cepillo que le prestó su amiga, se retiró a su casa feliz, limpia, sin imaginar que días más tarde, tras la comezón intensa, descubriría que los piojos habían anidado en su cabeza. Con la molestia de su madre, quien atribuyó el contagio a la desobediencia de la muchacha, Lupita, entristecida, acudió al salón de belleza, donde una estilista cortó su enorme cabellera.

Al egresar de la institución educativa, presentó examen junto con otras dos jóvenes para ser contratada como secretaria de la Cámara de Comercio de Morelia. En aquellos días, tanto la Academia como la Cámara se encontraban en una finca de la calle Ignacio Zaragoza 148, en el centro histórico de la ciudad, donde los empresarios pagaban renta que cada día parecía más onerosa.

Como antecedente, hay que señalar que la secretaria que entonces laboraba en la institución, pronto contraería matrimonio. Mandaba a Lupita al mercado “Revolución”, en el antiguo barrio de San Juan de los Mexicanos, con el propósito de que le comprara algunos artículos para preparar la comida en su casa. Descubrió en la muchacha bastante talento, motivo por el que le confió que pronto se retiraría de la vida laboral para dedicarse a su hogar. Preguntó a la joven si le interesaría laborar como secretaria del presidente de la asociación, Francisco Páramo Castro, quien era propietario de una tienda de pinturas establecida en las calles de Valladolid y Morelos Sur, en el centro moreliano. Sin meditarlo tanto, Guadalupe Vega Ibarra pensó que se trataba de una responsabilidad enorme, pero aceptó con la alegría e ilusión juvenil.

De las tres aspirantes que se presentaron al examen, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, obtuvo la calificación más alta y fue contratada, acaso sin sospechar que a partir de entonces los días de su existencia estarían totalmente ligados a la Cámara de Comercio de Morelia. Se presentaba diariamente a las siete de la mañana y se retiraba a las nueve de la noche. En ocasiones trabajaba los sábados.

Armando García Sánchez, presidente en tres ocasiones de la Cámara de Comercio de Morelia, en los períodos 1948-1949, 1956 y 1961-1962, comentó alguna vez a Lupita que la renta mensual que pagaban por la finca era excesiva, motivo por el que requerían una casa propia. Era necesario, en consecuencia, conseguir dinero por medio de las cuotas que pagaban los socios. Lupita entendió el mensaje y se comprometió a multiplicar esfuerzos con la finalidad de captar mayor cantidad de recursos económicos. Y así lo hizo, salió a las calles un día y otro, donde visitó establecimientos comerciales para afiliarlos a cambio de los servicios que ofrecía la agrupación.

Un día, sin esperarlo, un comerciante anunció a Lupita que tenía en venta una finca antigua, cuyo precio era de 80 mil pesos. Anunció la oferta al presidente de la Cámara, Luis Torres Villicaña, quien tras analizar el precio con los consejeros, tomó la decisión de hablar con el propietario de la casona para negociar la compra-venta. Durante la negociación, ambas partes acordaron el precio del inmueble por 80 mil pesos a plazos.

En reunión de consejo, Luis Torres Villicaña y su equipo de consejeros establecieron el compromiso de adquirir la casa por la cantidad pactada, en abonos, más la aportación de 20 mil pesos que se destinarían a trabajos de restauración. Todos se dedicaron a conseguir recursos económicos para cumplir el compromiso, incluida Lupita Vega Ibarra, quien desde muy temprano salía en busca de socios.

Durante las siguientes gestiones, continuó la tarea de conseguir recursos para sostener los gastos de la Cámara, pagar el inmueble y concluir su restauración, al grado que en consejo se aprobó la elaboración de una circular a todos los socios, en el sentido de solicitar a cada uno la adquisición de bonos que se tomarían como préstamos. Obviamente, fue la fórmula para apresurar los pagos de la casa que se localiza en 20 de Noviembre 55, en el centro histórico de Morelia.

Años más tarde, en otros días que Lupita evocaba con nostalgia, un comerciante llegó a las oficinas de la Cámara con la idea de ofrecer en venta un terreno con una casa en ruinas, que poseía en la calle Quintana Roo, frente al templo de La Soterraña, oferta que de inmediato informó la mujer al consejo directivo que entonces estaba interesado en conseguir una propiedad para construir la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Lupita Vega Ibarra, quien nació en la calle Serapio Rendón, en casa de su abuela materna, y desde hacía décadas moraba en la calle Estaño, en la colonia Industrial, en el antiguo Barrio de Santa María de los Urdiales y el añejo Paseo de las Lechugas, fue pieza fundamental no solamente en la adquisición de las dos fincas que hoy son propiedad de la Cámara de Comercio de Morelia, sino en los pagos puntuales.

Perteneciente a la generación que inició sus estudios de secretariado en 1948, en la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil, Lupita fue amiga, entre otras jóvenes, de María del Carmen Hinojosa González, quien sería madre del otrora presidente de la República Mexicana, Felipe Calderón Hinojosa.

Durante mucho tiempo, transcribió los informes de los secretarios a los libros de actas, tramitó licencias municipales en el Ayuntamiento de Morelia, visitó diariamente a los comerciantes y prestadores de servicios, recuperó cuotas de filiación en gran cantidad y efectuó una diversidad de trámites en diferentes dependencias públicas e instituciones.

Cuando la directiva adquirió el inmueble para instalar la Cámara y la Academia, en su sede actual, el presidente de la misma, Luis Torres Villicaña, dijo a Lupita: “necesitamos dinero para pagar la casa. Usted sabe cómo le hace para conseguirlo…” Y cumplió la encomienda como lo hizo, más tarde, con la compra de la casa en ruinas de la calle Quintana Roo, donde fue establecida la Academia Técnica de Enseñanza Mercantil.

Moreliana por nacimiento y tradición, despertaba a las seis de la mañana, barría la calle, desayunaba y se preparaba para llegar puntual, como cada día, a su empleo; dormía entre nueve y media y diez de la noche. La mujer que durante los minutos de su infancia jugó en los campos del Molino Santa Lucía, en la colonia Industrial, y ganaba las competencias de carreras de una esquina a otra y brincaba la cuerda, se entregó años después, con la misma pasión, a la Cámara de Comercio de Morelia.

Ese es el secreto, parece, entregarse con autenticidad y pasión a algo, desarrollarse plenamente, dar lo mejor de sí, creer en algo, soñarlo y materializarlo. Y Lupita lo hizo, hasta fundirse, en cierto sentido, con la esencia de la Cámara de Comercio de Morelia, una de las más antiguas de su género en México.

A través de los años, Guadalupe Vega Ibarra fue, además, custodio de los muebles y documentos de la institución. Impidió, en diversas ocasiones, que algunas personas se llevaran las sillas, la mesa, el archivero, el perchero con su espejo y otros muebles, todos antiguos, como se opuso, en la última década del siglo pasado, a las actitudes de un director de la agrupación camaral, quien con apoyo de sus alumnos, extrajo cajas con papeles y libros de actas añejos que tiraron a la basura, con lo que eliminaron irresponsablemente la historia de la institución; sin embargo, lamentaba desconocer el paradero de las fotografías de antaño, las máquinas de escribir L.C. Smith y cajas y sumadoras del ayer, como también le lastimaban las modificaciones estructurales de la casona, “totalmente fuera de contexto”, aseguraba con molestia y de frente. “como el piso del patio principal que sustituyó los mosaicos tan hermosos. Ese piso verde es un adefesio, un insulto al edificio y a lo que representa la institución”.

Cuando escribí el libro “123 años de historia, Cámara Nacional de Comercio, Servicios y Turismo de Morelia”, entre 2017 y 2018, vivió, al menos, dos momentos emotivos que la conectaron con los otros días, los de ayer: la visita de Javier Esparza Rodríguez, zacatecano, también nacido en 1928, quien fue su jefe entre 1962 y 1963. Una de las empleadas de la Cámara, ofreció té al otrora presidente, quien minutos más tarde, para su sorpresa, recibió la taza y el pequeño plato por parte de Lupita. Ambos comprobaron que la vida es un engranaje incesante que determinado día, en cierto lugar y hora, puede reunir a los protagonistas de los otros años. El otro capítulo emotivo para Lupita fue cuando salí con ella, como escritor, periodista y amigo suyo, a la finca marcada con el número 148 en la calle Ignacio Zaragoza, en el centro histórico de Morelia, antigua sede de la Cámara de Comercio y de la Academia. Alguien permitió amablemente nuestro paso y Lupita, profundamente emocionada, suspiró y exclamó que habían transcurrido por lo menos seis décadas, 60 años, desde la última vez que ingresó a la finca.

Entendió, porque así lo confirmó, que aquella visita al inmueble que albergó sus amadas y entrañables Academia y Cámara, era un regalo de la vida, como lo fue, igualmente, el encuentro con su antiguo jefe, Javier Esparza Rodríguez, a quien calificó como hombre afable, justo, productivo y honesto.

Miró un rincón y otro, como si pretendiera atrapar los ecos del ayer, los murmullos de antaño, aquellas pláticas y risas de las jóvenes que estudiaban Secretariado y se enamoraban y soñaban y ensayaban el juego de la vida, las voces de los muchachos que cursaban Contaduría y compartían aventuras, espacios, momentos; pero también las cátedras de los profesores, el paso del tiempo, las reuniones de los hombres de negocios, las juntas semanales que entonces realizaban los directivos camarales. Encontró, a su paso lento, pedazos de historia, un ayer roto, testimonios rotos de su vida.

La mujer caminaba por los espacios públicos y las callejuelas del centro histórico de Morelia, como desafiando al tiempo, con su carpeta con documentos de filiación y su blusa que presumía el nombre de la institución a la que perteneció desde hacía casi siete décadas y el suyo, Guadalupe Vega Ibarra.

Era un ser humano fuerte e inagotable. Hace algunos años apenas -oh, ¿qué es el tiempo si no la sucesión de acontecimientos? ¿Acaso es recolección de sentimientos, ideas y actos, o es, quizá, la acumulación de momentos, realidades, sueños e historias? ¿Qué es? ¿Es sueño, es vida, es ilusión?-, Lupita fue atropellada en dos ocasiones y resultó con las heridas consecuentes y, asombroso, sin fracturas, al grado de que el médico que la atendió le preguntó, en broma, de qué estaba hecha, y ella, como era, respondió: “igual que usted, doctor, de carne y hueso; pero con muchos deseos de vivir”.

Un final

La trama de la vida está formada de compases, momentos, colores y susurros que la enriquecen, la hacen diferente o la empobrecen y convierten en notas discordantes. La biografía de un ser humano inicia un día y concluye otro. A una hora sube el telón y a otra, casi siempre insospechada, desciende al mismo tiempo que los reflectores se apagan.

Lupita Vega Ibarra llegó ese día a laborar, a la oficina que la añora y exhala su aroma, el viernes 14 de diciembre de 2018. Cobró su sueldo por honorarios y recibió una compensación extraordinaria por las fiestas decembrinas y de fin de año y abrazó a todos sus compañeros, deseándoles una Navidad feliz y el inicio de 2019 con alegría, salud y prosperidad.

Se despidió como si algo, en su interior, le indicara que no retornaría más a su Cámara de Comercio tan amada. Y así fue. Por su edad, el entonces presidente de la institución, Luis Navarro García, dialogó con su hermano y otros miembros de su familia con la idea de concluir la relación laboral con una mujer que ha quedado en la historia de la agrupación. Quedan inscritos el aroma y los recuerdos de Lupita en los paredones de cantera, en los recintos, en los dos patios, en memoria de quien entregó los días de su existencia a una institución que algo tiene de encanto.

Luis Navarro García es un hombre justo y honesto. Comprendió, entonces, que Lupita, a sus 90 años de edad, se exponía al salir cotidianamente a la calle en busca de agremiados y socios, y que era conveniente, por lo mismo, ofrecerle condiciones para su retiro digno. Años antes, ella obtuvo su jubilación. Laboraba por honorarios.

Y se fue y mantuvo consigo el recuerdo de la Cámara de Comercio de Morelia, su mundo, su vida, su ilusión, su historia, su aliento. Y llegó el día de su transición, la hora de abordar el furgón en una estación para dirigirse a otro plano, a su destino.

La tarde del lunes 20 de julio de 2020, ella, Lupita, Guadalupe Vega Ibarra, casi de 92 años de edad, dio el último suspiro y así, con su estilo y su biografía, dejó su ejemplo y remembranza en la Cámara de Comercio de Morelia, cuyos paredones y corredores de cantera indudablemente exhalan su fragancia y la proyectan, dentro y fuera de la institución, como una mujer de siempre. ¿Qué somos? ¿Realidad, sueño, ilusión? ¿Esencia?, ¿arcilla? Tal es la vida.

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