El arte enseña a vivir diferente: Juan Torres

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

El arte es una locura, un sueño en vida. Tiene sus momentos, sus temáticas, sus etapas, y atrás quedan rostros, la retrospectiva de una existencia que piensa y siente distinto, las huellas de un proceso creativo inacabable.

Juan Torres Calderón, pintor, grabador y escultor moreliano, aparece de pronto, entre los muros de adobe de su casa, plantas y esculturas dispersas en la inmensidad del jardín, mientras las caricias del viento matinal desasosiegan los ramilletes de flores minúsculas que enseñan que los detalles pequeños, acumulados, forman la grandeza.

Seguimos un camino empedrado hasta la capilla de adobe que construyó como recinto de su galería, y es allí, entre pinturas y esculturas, donde abre el libro de sus recuerdos, la historia de su existencia loca y rara, porque “así somos los artistas, extraños e intensos, con capacidad para mirar y escuchar lo que la mayoría no percibe”, asegura.

“En mis días escolares fui pésimo estudiante. Las matemáticas, la historia y la geografía no fueron lo mío, definitivamente no cabían en mis esquemas mentales; en cambio, era hábil en las manualidades, en el dibujo, en los trazos, y por eso decidí ser artista plástico. Desde pequeño tuve claro que sería pintor”, relata el hombre, quien a sus 74 años de edad agradece encontrarse en la plenitud del quehacer artístico.

Como en la mayor parte de las familias, sus padres le aconsejaban que estudiara algo diferente porque la pintura, el grabado, la escultura, seguramente lo confinarían a días de pobreza y soledad, igual que las historias de artistas que uno, en la juventud, lee en los libros.

Quienes hablan así a los pequeños, agrega, es porque desconocen las riquezas que ofrece el arte a quienes pretenden explorar sus grutas. “Incontables maestros, en la primaria, cometen el error de desalentar a los pequeños para que renuncien a sus pretensiones de dedicarse al arte, a eso que unos denominan actividad, profesión u oficio”, reconoce.

Bohemios, pobres, solos, quizá con sus musas, los artistas son concebidos cual seres extraños, criaturas raras, “y tal vez tenga razón la gente porque eso somos, parece, personas diferentes, extraviados en nuestra locura, en el proceso inacabable de la creación”, argumenta.

Juan Torres, creador de la catrina monumental que se erige en el acceso al pueblo alfarero de Capula, tenencia de Morelia, capital del estado mexicano de Michoacán, narra que desde los primeros años de su existencia abrazó el arte con amor y pasión, con disciplina, responsabilidad y dedicación. El artista debe ser intenso, dice.

El arte es una actividad diferente a cualquier oficio y profesión, lo sabe muy bien Juan Torres Calderón, quien refiere que el proceso creativo abre las compuertas del ser y educa, enseña lo indecible, lo que la mayoría no percibe y uno, inspirado, transmite a la humanidad.

Se autodefine: “los artistas no somos comunes, sino raros; sentimos, pensamos y actuamos diferente a la mayoría, más allá de cuestiones académicas y de posición social. Es algo muy especial, una especie de locura o sueño que nos mantiene inmersos en un proceso creativo que no acaba”.

No es Juan Torres Calderón, el habitante de Capula, pueblo alfarero con antecedentes prehispánicos que gradualmente figura en la geografía nacional y mundial por su artesanía y sus catrinas; es Juan Torres Calderón, el pintor, el grabador, el escultor, porque el arte, él lo sabe y sostiene, es universal, de manera que si en la hora contemporánea, respaldado por la tecnología, un creador es mexicano, también es español o francés y viceversa, porque se trata de una tarea global que trasciende fronteras y distingue a ciertos seres humanos.

Alumno de Alfredo Zalce Torres y alguna vez galardonado con la Presea “Generalísimo Morelos”, galardón que anualmente entrega el Ayuntamiento de Morelia, Juan Torres Calderón mantiene su Escuela Popular de Arte “José Guadalupe Posada” y cuenta con planes para el futuro inmediato, como su exposición retrospectiva para el año 2017 e impulsar la creación del Centro Cultural de Capula.

Se queda en su casa, la única que se encuentra a un lado del cementerio, desde donde se distinguen el caserío de Capula, el templo de origen colonial y al otro lado la loma que esconde basamentos prehispánicos confinados a la destrucción y el olvido.

Juan Torres acepta que el arte es eso, una locura, momentos, un estilo diferente de concebir la vida, y sabe que de alguna manera, cuando ya no exista, su nombre y sus obras se insertarán en las páginas de la historia de un pueblo, de un país, del mundo.

Este texto fue publicado inicialmente en el periódico Provincia de Michoacán

La muerte enseña a vivir: artesano de Catrinas en Capula

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

“La muerte enseña a vivir, a reflexionar sobre el milagro de respirar cada instante, a descubrir el sentido de la existencia”, advierte Arturo Pérez Espinosa, artesano que durante los últimos 18 años se ha especializado en elaboración de catrinas de barro, quien reconoce, además, que “es el personaje que da de comer a mucha gente en el pueblo”.

Originario de Capula, tenencia de Morelia, rememora sus días infantiles, cuando tenía entre nueve y 10 años de edad, y ellos, sus padres y abuelos, le enseñaron las técnicas ancestrales para preparar barro, manipularlo y crear piezas de alfarería.

El aroma del barro y la leña al recibir el aliento de la lumbre, le recuerda los días en que mezclaba los juegos en la campiña, en las callejuelas del caserío, y el aprendizaje en la creación de ollas, platos y cazuelas.

Arturo es uno de esos artesanos que se sienten orgullosos de ser depositarios de una tradición legendaria, de sus obras, de cada objeto elaborado con paciencia e inspiración. La artesanía, asegura, “corre por mis venas, la llevo en la sangre, en la piel, en todo lo que hago, en mi estilo de vida”.

Fue en su juventud cuando decidió transitar de la artesanía utilitaria a la ornamental, y así sustituyó la alfarería por las catrinas, “actividad que me inspira y hace sentir artista. Es muy satisfactorio encontrarme en el taller, en Capula, y recibir visitantes interesados en conocer las técnicas de elaboración de las catrinas, o asistir a las exposiciones artesanales y cautivar la atención de mexicanos y extranjeros”, explica.

Refiere que al caminar por el monte o al dormir, llegan ideas inspiradoras a su mente, como si repentinamente se abriera una grieta de la que surgen modelos cautivantes, “y es así como al siguiente día, muy temprano, me dispongo a darles forma, a materializarlos con mis manos”.

El hombre acomoda sus obras, las catrinas elaboradas en su taller, en algún rincón de Capula, tenencia artesanal de la capital de Michoacán. Cada una posee un encanto especial, un rasgo que embelesa, acaso porque como él dice, hay elaborar las obras con pasión, amor e inspiración.

Reconoce que después de todo, la muerte enseña a vivir. Autor de catrinas de barro y pinturas alusivas a dicho personaje en platones de barro, símbolos del más puro mexicanismo, Arturo sonríe y acepta que “ella, la muerte, es quien da de comer a muchos artesanos y les muestra los senderos de la vida”.

Como dato adicional, se calcula que Xenguaro, hoy Capula, fue uno de los poblados indígenas conquistado con mayor celeridad por los españoles, quizá desde la llegada de Cristóbal de Olid a Michoacán en 1522, un año después de la caída de la Gran Tenochtitlán.

Fue el obispo Antonio Ruiz de Morales quien erigió en 1569, en pleno siglo XVI, la parroquia de Santiago Capula, siendo el primer párroco, en 1570, Juan Díaz Novela. Si bien es cierto que del primer templo cristiano se conserva un Cristo monumental de piedra, la actual parroquia fue construida, según cálculos de los especialistas, entre 1768 y 1770. El recinto es hijo del siglo XVIII.

Existe una piedra fechada el año 1528, que es testimonio de que Capula fue Encomienda de los españoles en el discurrir de la Colonia. Paralelamente, hay evidencias arqueológicas que aunque no han sido exploradas ni recibido la atención que merecen por parte de las autoridades en la materia, e incluso han sido destruidas y saqueadas, dan idea de la grandeza que Xenguaro tuvo antes de la llegada de los conquistadores europeos.

Quien recorra Capula, descubrirá talleres artesanales de alfarería y catrinas, un templo de origen virreinal, costumbres, leyendas y tradiciones que bien vale conocer, experimentar y vivir.