Te escribo en otoño

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Te escribo en otoño, cuando hay tanta hoja acumulada y dispersa en el bosque, el jardín y el parque, cual alfombra amarilla, dorada, naranja, rosada y rojiza que invita a correr, jugar, reír, saltar y rodar contigo en el suelo, hasta descubrir nuestros cuerpos y rostros cubiertos de la textura de los árboles. Te escribo en otoño, antes de los días invernales, con la idea de que prepares tu equipaje y permanezcas conmigo, al lado de la chimenea, con una taza de café o de té, cada uno, y un canasto pletórico de recuerdos y otro vacío, a la espera de la siguiente primavera y el próximo verano, con nuestros planes, sueños e ilusiones. Te escribo en otoño, cuando agoniza el año y hemos dejado la infancia y aprendido, olvidado, ganado y perdido tanto. Te escribo en otoño, estación en la que muchos lloran al creer que sus romances quedaron desolados, como los pasajeros que empequeñecen y se desvanecen al alejarse los furgones. Te escribo en otoño, fiel a ti y a mí, en el minuto en que coloco el amor del primer día en la hora presente y en los años que están por venir, para continuar con la misma emoción y tender un puente a la inmortalidad. Te escribo en otoño, una mañana, una tarde o una noche -qué importa, después de todo, la hora-, para que sepas que eres mi musa, a pesar de que el ferrocarril en que viajamos casi ha descarrilado por la historia y la realidad de nuestro tiempo. Te escribo en otoño una carta, un poema, un texto, las letras que dibujo y pinto con mis sentimientos e ideas, con este amor tan mío que por ti se convierte en un delirio, en una pasión, en un ministerio. Te escribo en otoño y mis palabras quedan cual testimonio de que también te amo entre las ráfagas de aire que arrancan hojas y flores y rasgan nubes. Te escribo en otoño, cuando por la ventana de mi buhardilla me visitan las fragancias de tu perfume que el viento dispersa. Te escribo en otoño, cuando poseemos tanta historia y aún faltan los capítulos más bellos y prodigiosos. Te escribo en otoño, cuando mis poemas y textos retratan la locura de este amor.

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Recuerdo de aquel amor

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Un amor, salva. Un amor, conduce a la eternidad. Un amor, pronuncia tu nombre y el mío en algún paraje del alma y el cielo

Cuando alguien, a cierta hora y en determinada fecha, descubra los pétalos secos de una rosa blanca entre las páginas amarillentas y quebradizas de un libro o alguna carta doblada y fielmente depositada en un baúl de secretos, percibirá el aliento y el recuerdo de aquel amor que le parecerá de ensueño. Un amor, es cierto, que siempre quedará entre tú y yo, en ti y en mí, con toda su esencia, acompañado de los días que vivimos en el mundo, de los juegos y las risas que compartimos, de los sueños que diseñamos, de los capítulos que protagonizamos, con sus luces y sombras, con el sí y el no de la existencia, con el compás de sus sonidos y silencios. Tengo la certeza de que el amor que hoy transformamos en alegría, encanto, prodigio e ilusión, alguna vez será la historia de un idilio que tras superar las pruebas de la finitud, traspasará las fronteras sutiles y se prolongará en la eternidad. Y es que un amor, cuando es como el nuestro, viene de la luz, alumbra la estancia temporal y retorna a su morada sin final. Alguien, en otro tiempo, abrazará con emoción el libro con la rosa y la carta con el poema, hasta derramar lágrimas al percibir los ecos y el palpitar ya distantes de la locura de nuestro amor convertida en dicha, sueños, detalles, promesas, vivencias e ilusiones. Los fragmentos y las huellas que tú y yo hemos dejado en nuestro camino, serán constancia de lo que algunos, a una hora y otra de mañana, definirán como el recuerdo de aquel amor. Tú y yo, entonces, pasearemos por los rincones de una morada etérea e iluminada por el amor que da luz y sentido a la vida y al universo. El recuerdo de aquel amor será el pulso del romance que hoy compartimos en el mundo y que más tarde, en la ancianidad, al ya no abrir más los ojos, arrullarnos en el sueño y despertar de nuevo, propiciará que tomados de las manos, giremos alegres y miremos de frente el rostro de la inmortalidad. Mi padre me enseñó a ser caballero y mi madre me aconsejó que el día que te descubriera en mi camino, te amara fielmente, como el tesoro del alma, porque eso, color de mi vida, es lo que provoca el retorno a un paraíso que se cree perdido.

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TROZOS DE VIDA… Armo las palabras

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

A ti, en quien descubrí que soy capaz de amar

Cuando armo las palabras y los textos que plasmo en confesiones de amor, en poemas que contienen letras manufacturadas con el polvo de las estrellas y la policromía de las flores, me convierto en niño porque me cautiva la inocencia con que los pequeños expresan sus sentimientos. Pienso que si retorno a los otros años, los de mi infancia dorada, escribiré con mayor ternura las cartas que cada día te entrego con la idea de que nunca olvides que estoy enamorado de ti y así dejar constancia al mundo de una historia de amor bella, irrepetible, especial, mágica e inolvidable. Me sumerjo en el océano del abecedario y ya en la profundidad, recolecto corales y piedras en forma de consonantes y vocales, con las que juego para armar sobre nubes blancas y rizadas el corolario de mi amor por ti. Tejo las palabras con que anuncio que tú te encuentras en mí y yo en ti porque al pensar uno en el otro o sentirlo en su interior, somos ambos proyectados en la vida, el universo y la eternidad. Al enlazar las letras y palabras, soy el niño juguetón y travieso que te invita a caminar juntos por el sendero, subir las cuestas y rodar divertidos, sumergirnos en los manantiales con la risa de dos pequeños ocurrentes, girar hasta caer al pasto, empaparnos con las gotas de la lluvia, salpicarnos en los charcos en los que asoman las frondas de los árboles y el cielo azulado, correr a la orilla del mar y sortear las olas, brincar cercas, contar dientes de león y estrellas, sorprendernos con las auroras y los ocasos, escuchar los murmullos de la mañana, percibir los rumores de la noche, atrevernos a protagonizar una historia intensa y ser muy felices, porque de otra manera, me pregunto, ¿qué te escribiría y propondría si no fuéramos un par de chiquillos amorosos? Prefiero volver a ser niño contigo para jugar y protagonizar una historia maravillosa e inocente de amor que nos envuelva y conduzca a las estrellas, que traslade nuestras almas a la morada del día y la noche sin final. Esa es la razón por la que, al escribirte, soy el niño enamorado que a hurtadillas deposita en tu buzón una carta con la esperanza y la ilusión de recibir a cambio un guiño, una sonrisa, un beso, una promesa de amor eterno. Eres una de las mujeres, en el mundo, que mayor cantidad de palabras escritas recibe, textos que un día se materializarán en gotas de cristal, en un libro que hombres y mujeres leerán una y otra vez hasta comprender que hay amores que dejan huellas indelebles y transportan al cielo. ¿Sabes por qué armo palabras para ti? Porque tú y yo somos dos niños felices y sonrientes que un día, al jugar, descubrimos nuestras almas unidas en una historia de amor sublime y de ensueño.