Cuando el ser humano ya no era río

SANTIAGO GALICIA ROJON SERRALLONGA

Derechos reservados conforme a la ley/ Copyright

-Miro un cauce con arena, piedras y varas secas. Dicen mis amigos que sus abuelos les han relatado que aquí era un remanso similar al paraíso que los más viejos de nuestra raza, hace muchos años, creían que existió, y que, en este sitio, precisamente, se sumergieron en el agua que corría, nadaron libres y dichosos, pescaron y disfrutaron paseos inolvidables, antes de poseer un número de control que bloqueó sus identidades. ¿Recuerdas alguna imagen lejana de este lugar? ¿Cómo era? ¿Realmente existieron los ríos? -preguntó el joven a su padre, mientras caminaban agotados, sedientos, en busca de algún árbol frondoso.

El hombre, sorprendido, volteó atrás, a los lados, al frente, como para cersiorarse de no ser escuchado y reprendido o castigado por los agentes del Régimen. Observó a su hijo, casi a hurtadillas, y se cuestionó si en verdad estaría planteando una pregunta sincera o si se trataba, como en tantos casos, de una trampa para delatarlo, arruinar su expediente y acelerar el fin de su existencia.

-Contesta, papá -insistió el muchacho-. No temas. Soy incapaz de causarte daño. Habla con confianza.

Nuevamente, el hombre miró a su hijo.

-Supongo que he roto las reglas, papá -confesó el joven-. Estoy preocupado y temeroso porque desde hace meses ingresé a hurtadillas a los archivos secretos del conocimiento. Sabes, como yo, que el Régimen lo prohíbe y aniquila sin misericordia a quienes se atreven a hurgar sus dominios.

Asustado por las revelaciones de su hijo, el padre no caminó más. Comprendió que su hijo, inquieto como él lo fue en la juventud, había quebrantado las leyes y las reglas del Régimen y que, en consecuencia, ambos se encontraban en riesgo de ser descubiertos, aprehendidos, martirizados y asesinados.

El Régimen era autoritario e intolerante, implacable y cruel. A sus dirigentes, inaccesibles a la gente, en el mundo, porque vivían en paraísos amurallados, les molestaba que cualquier hombre o mujer descubriera y explorara su interior, hasta reencontrarse consigo, con su alma, con sus sentimientos, y con la razón. Todo estaba diseñado para no sentir ni pensar con libertad. El alma y la razón estaban sometidos en mazmorras hediondas y oscuras, donde los gritos se volvían silencios torturados.

Padre e hijo fingieron indiferencia. Caminaron, igual que tantas personas lo hacían en sus días de asueto; pero se sabían complices y guardianes de un secreto, o tal vez más. La gente creía divertirse y ser feliz con lo que los funcionarios del Régimen les ofrecían, acaso porque sus recuerdos naufragaban en la desmemoria, probablemente por formar parte de generaciones recientes, quizá por el aprendizaje de sentir, pensar y actuar en serie, al gusto y de acuerdo con los interess de la élite, o tal vez por sentirse rotos, frágles e incompletos.

La risa, los juegos, las diversiones, las relaciones entre parejas y familias, los encuentros amistosos, todo estaba regulado por horarios y relojes estrictos, igual que el estudio, las obligaciones y el trabajo automatizado. Nada escapaba a la supervisión de los señores del poder, quienes eran dueños de la humanidad, de los territorios, de las riquezas y de la naturaleza del planeta.

El padre condujo al joven hasta un remanso apacible, lejos de la multitud, con la idea de hablarle:

-Hijo, reconozco tu valentía y tu decisión de ser libre y pleno. Corres peligro, igual que yo. Seguramente, el Régimen ya registró nuestra conversación sobre temas prohibidos y nos eliminarán. Antes de que eso ocurra, te invito a no rendirte, a luchar y a negarte a ser esclavo, aunque te sientas desgarrado… Es verdad, el agua era un regalo de Dios, de la creación, de la vida, de la fuente infinita; pero nosotros, los seres humanos, la contaminamos, la robamos, la desperdciamos, hasta que se agotaron los manantales, las cascadas, los ríos, los lagos, los esteros, abundantes en expresiones de la naturaleza, que tampoco existen porque las exterminamos. Cubrimos los poros de la naturaleza con cemento, plástico y concreto, y también, sin sospecharlo, sepultamos nuestra conciencia, los sentimientos más bellos y nobles, los ideales, el bien, los detalles, los pensamientos, las ilusiones, los sueños. Permitimos, sin darnos cuenta, que ellos, la élite del Régimen, con todo su poder económico, militar y político, en alianza con medios de comunicación mercenarios y gobiernos corruptos e ineptos, idiotizaran a las multitudes, enajenaran a la gente, arrebataran el amor y los sentimientos, desintegraran familias, borraran sonrisas, rompieran sueños e ideales, denigraran la libertad y destrozaran la alegría y la dignidad. Ofrecieron al mundo un supuesto paraíso en el que parecía factible consumir, satisfacer apetitos primarios, arrebatar, engañar, triunfar de acuerdo con los códigos de las apariencias, las superficialidades y la estulticia. Los grandes rebaños humanos, las multitudes, fueron enajenados, hasta ser controlados. Exterminaron sentimientos nobles, unidad familiar, ideales, sueños, ilusiones, detalles, raciocinio, que suplantaron con existencias monótonas y vacías, deshumanizadas y autómatas, estúpidas y controladas.

El joven escuchó, aterrorizado y en silencio. Su padre continuó, apresurado, como si supiera que sus palabras tenían que ser directas y breves, auténticas y reveladoras, antes de ser descubierto y eliminado por los agentes del Régimen. Prosiguió:

-Incontables gotas formaban corrientes, ríos caudalosos que regalaban vida, colores y sabores, alegría y paraísos. Eran pedazos de la fórmula de Dios. El agua que fluía y por sí sola se mantenía transparente y pura, semejaba los ideales, la libertad, los sentimientos, el bien, la verdad, el amor. Sé como el agua, libre y pleno, auténtico y digno. No permitas, por ningún motivo, que te sometan porque morirías, igual que ocurrió con el agua que permaneció estancada en las orillas, pútrida y ennegrecida.

El hijo intentó ayudar a su padre, quien de improviso sintió desfallecer ante la falta de oxígeno y la celeridad de los latios de su corazón. El Régimen descubrió su atrevimiento y su traición, conducta que propició su martrio, agonía y muerte.

-Huye de aquí, hijo querido. Refúgiate lejos. Bloquea el sistema que los científicos del Régimen diseñaron para vigilar y controlar a cada ser humano, en el mundo, y no permitas que te destruyan. Busca a otros hombres y mujeres que compartan el anhelo de la libertad, el bien y la verdad, y estén dispuestos a luchar contra el Régimen. Sé como la gota de la lluvia, del mar, de los lagos y de los ríos, unida a otras, por millares o millones, y juntas, fortalecidas, en torno a un proyecto común, rompan las compuertas que mantiene a a humanidad esclavizada, enajenada, manipulada y controlada.

El muchacho titubeó. De alguna manera, al encontrarse consigo, había descubierto sus sentimientos adormecidos, la nobleza del alma sometida al martirio y al encierro; pero el padre lo empujo con el objetivo de que salvara su vida, bloqueara las señales del Régimen y luchara por la libertad y el rescate de millones de seres humanos.

-Vete, hijo. Déjame aquí. Voy a morir. Sálvate y sé la gota de agua que atraiga millones, hasta que las paredes y las rejas del mal, sean destruidas. Este cauce seco que hoy contemplas, un día fue paso de millones de gotas de agua, convertidas en río, capaces de dar vida y regalar colores, fragancias, sabores y formas. Sé, con otros, el agua transparente, pura y fuerte que retorna a los cauces para cambiar los rostros de muerte por semblantes de vida.

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Entre montañas y pueblos

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Es un lienzo, una sinfonía, un poemario. Es, para los seres humanos, el regalo de la vida, el arte de Dios transformado en mural de intensa policromía, en poema y en formas, en canto y en notas magistrales, en fragancias y en texturas.

De pronto, el escenario natural se convierte, ante la mirada, en trozos de cielo, en fragancias y en suspiros del paraíso. Todo rima y es verso en la naturaleza, concierto y pintura que cautivan, forma y lenguaje que uno siente en sí y alrededor.

Abrazar un árbol, mezclar los pies con el barro y hundirlos en un riachuelo, equivale a fundirse con la creación, sentir el pulso de la naturaleza, experimentar las caricias de Dios y de la vida, escuchar sus voces y sus sigilos, ser uno con el todo.

Hemos caminado, el equipo de expedición y yo, durante horas, un día y otros más, entre bosques de coníferas, donde los abrazos y las caricias del viento helado sonrojan la cara, y uno, al encontrarse en la cima de alguna montaña, contempla los pliegues del escenario, como si alguien, al moldear el paisaje, hubiera creado figuras y siluetas caprichosas.

El espectáculo resulta imponente. A cierta hora, el cielo arde y se decora con tonalidades amarillas, doradas, naranjas y rojizas, como al inicio, mientras las aves, en parvadas, retornan a sus nidos, a sus refugios, en las frondas de los árboles y en los acantilados.

También hemos sentido la mirada del sol ardiente que, mezclado con las ráfagas de aire, impregnan en nuestros rostros y manos fragmentos de tierra y polvo, compañeros inseparables de huisaches, nopaleras, magueyes y cactus.

Las entrañas de la tierra, con sus hendiduras y salientes, aparecen con paredones rocosos y arrugados, donde se ocultan murciélagos y otras especies, e invitan a horadar y explorar las profundidades que nadie sospecha, donde los colores se desdibujan y se tornan negros y el oxígeno se confunde con gases.

Uno admira el paisaje y camina entre árboles, piedras, manantiales y hierba, al lado de lagos, con la mochila a la espalda y una canasta pletórica de aventuras e historias, porque si la existencia, por sí misma, es grandiosa e irrepetible, andar en las profundidades de los barrancos, escalar paredones escarpados de piedra, hundir los pies en el barro y en los ríos, llegar hasta la cima, descubrir parajes insospechados, observar la belleza de las flores minúsculas y de los helechos e introducirse a las entrañas de la tierra, regala el placer de adelantar, en pedazos, la hermosura y el prodigio de otros paraísos.

Estos días, he andado entre cumbres y desfiladeros, con los brazos, las manos y el rostro maquillados por el sol y rasguñados por ramas, insectos y varas. He retornado a parajes naturales, como lo hice en la niñez y en la adolescencia, e igual en los años juveniles, con la pasión de escribir y protagonizar capítulos intensos y agregarlos a la historia de mi vida.

Y si me es tan apasionante andar entre piedras, desfiladeros, hondonadas, cumbres, lagos, cascadas, bosques y riachuelos, o contemplar los amaneceres con sus fragancias y policromía, y, por añadidura, las horas del anochecer, bajo la pinacoteca celeste decorada con la luna e innumerables luceros, también me encanta andar en los pueblos, en las aldeas, en los caseríos, y entrar a las casas de adobe con tejabanes, a las cocinas con hornos rústicos y cazuelas de barro en las paredes, al lado de gente de campo, con sus historias, costumbres, leyendas y tradiciones.

Me encanta la gente de las montañas En las aldeas, mientras las mujeres elaboran platillos al más puro mexicanismo -en molcajetes, cazuelas y ollas de barro, metates y comales-, uno escucha, ausentes de superficialidades, pláticas amenas e historias legendarias, costumbres y remembranzas que los dibujan y retratan.

No soy magnate ni dispongo de tiempo ante la cantidad de proyectos y tareas que debo cumplir durante los años de mi existencia; al contrario, alguna vez perdí todo lo material y cada día enfrento el reto de inventar mi vida.

Por diferentes motivos, mi biografía contiene lapsos que me alejan de la estridencia, los aparadores y las luces de las ciudades, pautas que me llevan a parajes recónditos, escenarios insospechados, donde me refugio voluntariamente y experimento una e incontables aventuras.

Estos días me he ausentado y, por lo mismo, no he publicado los textos de mi autoría, que ahora escribo en mi cuaderno de notas, en hojas sueltas, en páginas que enumero; pero no olvido mis obras, mi arte, ni tampoco a mis lectores queridos.

Tengo la encomienda de escribir un libro turístico sobre algunos pueblos y ciertas regiones naturales, y necesito entregarme, en consecuencia, a esa responsabilidad y tarea,

Siempre, cuando exploro e investigo, regreso a los lugares, al lado de su gente y su naturaleza, con sus colores y fragancias, y más tarde, al concluir mi labor, me voy, busco el aislamiento, el silencio, acaso por ser hombre subterráneo y tratarse de mi esencia, probablemente por la necesidad y urgencia de reconstruirme, quizá por el anhelo de reencontrarme conmigo, tal vez por todo y por nada.

Me han acompañado dos fotógrafos excelentes y un amigo que ha dedicado los años de su vida al turismo; pero también he viajado aparte, acompañado de mi mochila e itinerario de trotamundos incansable.

Hoy, desde algún rincón de la ciudad, en mi destierro voluntario, asomo por una de las ventanas y, al contemplar las montañas azuladas por la lejanía, me parece escuchar el crujido de la hojarasca al pisarla, los rumores y los silencios de la fauna y la flora y el concierto de la vida incesante en cascadas, ríos, lagos, helechos, flores, hojas, cortezas, hongos y orquídeas.

Y aquí estoy, con mis letras y mi vida, entre recuerdos y vivencias, dispuesto a continuar con mi arte y mi historia, a pesar de las ruinas de una sociedad deshumanizada y los despojos de maldad, odio, tristeza y violencia que descubro en las calles, con personas distraídas en aparatos que sustituyen la compañía, los sentimientos y las ideas reales, más felices de ver un automóvil de lujo o una joya tras los cristales de un aparador, que la hoja dorada y seca que el viento arranca y mece suavemente hasta la alfombra amarilla, naranja, rosada y rojiza que, más tarde, a cierta hora, dispersa aquí y allá.

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Texto: Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Fotografía: Lázaro Alejandre Gutiérrez

De cada detalle

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Tomo de las orquídeas y de los tulipanes sus fragancias y sus matices con la idea de impregnarlos en cada letra que te escribo, en las palabras que susurro a tus oídos cuando el viento juega con tu cabello y lo enreda en mi cara. Busco, en el concierto de la lluvia, los ríos y las cascadas, las notas que reproduzco al acercarme a ti y expresar, simplemente, “te amo”. Descubro en cada amanecer, y en las tardes y en las noches, un motivo que rompa la monotonía de los relojes -sus manecillas, sus engranajes y sus péndulos inagotables-, para jugar y amarnos, como en nuestra infancia perdida en un paraíso lejano, y así, felices, abrir las puertas a una historia sin final, tan hermosa e intensa como nuestros anhelos y sueños. Horado, a ciertas horas, mi interior, mi ser, y busco rutas al alma, al cielo, con la intención de traerte alguna flor, un detalle o un poema, y, sencillamente, entregártelo como quien comparte los regalos que le obsequia Dios al caminar a su lado y hablarle en sus jardines. Me encanta mirar la hoja blanca y anotar las letras y las palabras que destilo al pensar en ti, al saberte tan yo como sentirme tú, en el vuelo más libre y bello de la vida. De cada detalle -los de la vida, los del amor, los de la arcilla, los de la esencia, los de mis manos- hago un motivo, construyo un sendero, tiendo un puente, fabrico una escalera, para estar contigo.

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Con sorpresa descubro la vida que asoma en la flor…

Santiago Galicia Rojon Serrallonga

Con sorpresa descubro la vida que asoma en la flor, cada mañana, al sentir las gotas del rocío que deslizan suavemente en sus pétalos de delicada textura y al derramar en el ambiente sus fragancias y sus colores prodigiosos, tan similares a los del paraíso, mientras las ráfagas acarician las frondas y balancean las ramas de los árboles corpulentos. Con embeleso, observo las gotas diáfanas que brotan incesantes de la intimidad de la tierra y revientan en el manantial al sentir el aliento de la vida y la mirada del sol, para fusionarse con otras de igual destino y excursionar por el mundo en corrientes apacibles, ríos caudalosos, cascadas, lagos y mares, hasta regresar, un día, una tarde o una noche, a su fuente, a su origen, y prepararse para el siguiente ciclo. Veo, cautivado, el vuelo de las mariposas de intensa policromía, de los pájaros de fino plumaje, de las abejas y de las libélulas que posan repentinamente sobre las flores silvestres que se extienden cual alfombra en los valles serpenteados por riachuelos. Admiro, a cierta hora, el oleaje interminable del océano, entre espuma blanca y sus tonos jade y turquesa, y escucho su concierto magistral, hasta que defino, en el horizonte, los tonos amarillos, naranjas y rojizos que refleja el océano al recibir los besos del sol adormecido del atardecer. Y espero, impaciente, la noche pincelada con las estrellas que el artista del universo colgó geométricamente tras fundirlas en el crisol de su taller. Las nubes plomadas, al abrazarse, derraman gotas de lluvia que empapan y dan alegría y vida a todo. Hundo los pies en el barro, abrazo un abeto, me sumerjo en mis profundidades y escucho los rumores y los silencios de mi ser, de la vida, de la creación. Descubro la vida en todo y me pregunto con mortificación y tristeza dónde quedaron la alegría, los sueños, las ilusiones, el respeto, la dignidad, los valores, lo más bello, la esencia y la libertad de los seres humanos. Me interrogo, una y otra vez, en qué momento, hombres y mujeres dejaron de ser hermanos y se odiaron tanto, hasta convertirse en piezas rotas en un mundo donde la vida fluye y se reinventa cada instante, con sus luces y sus sombras, con sus flores y sus cardos, con su sí y su no que le da sentido. Miro este pedazo de cielo llamado mundo y vuelvo con la interrogante sobre el destino humano y la razón por la que se causa daño y no disfruta, cada minuto, los perfumes y las tonalidades de la naturaleza, el regalo de la vida…

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